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Humanidad

�ANO 1 - FEBRERO 1945 - NUMERO 1

Latitud
PUBLICACION

MENSUAL

Precio del ejem plar
$
Un año de suscripción $ 5.00

DIRECCION Y
Av. de M ayo 1370

ADMINISTRACION
Bs. As. U.T. 38-3330

EDITOR
Rubén Núñez

SENTIDO DE
UNA TRAYECTORIA
L a conmoción espiritual ocasionada por el desarrollo de la guerra y su epílogo inmi­
nente, han impuesto a los intelectuales la tarea urgente de comprender el curso de los
sucesos, advertir su rumbo probable y adelantar en lo posible la hora de las soluciones
pacíficas y progresistas.
No están lejanos los tiempos en que el mérito más alto de la inteligencia, consistía en
apartarse del tumulto y rehusarse sistemáticamente a todo contacto con la realidad social,
con la suerte del hombre, el proceso del trabajo, las luchas y las crisis profundas que ello
originaba. La inteligencia se evadía entonces de la realidad; el intuicionismo se situaba por
encima del pensamiento racional; el neovitalismo y las concepciones de Sorel, se ubicaban
en el lugar de la ciencia positiva y la Sociología. Prodújose. diría Morente, una reacción
antiintelectualista, en que el romanticismo filosófico consagraba la supremacía del sentir
intuitivo e inefable sobre la razón y el concepto.
La reacción en lo económico y en lo político, condicionaba un retroceso similar con
respecto a la concepción del mundo, que otrora inspiró la teoría revolucionaria de la burgue­
sía progresista de la diosa Razón y la Enciclopedia, cimentando en cambio, filosofías conso­
ladoras y engañosas. Paralelamente, surgieron en el arte, el simbolismo y el movimiento
surrealista, en la Historia prevaleció la doctrina del héroe, del hombre providencial opuesto
a las masas amorfas y sumisas, y en las ciencias psicológicas, extendieron su vastísimo
dominio las doctrinas del inconsciente, aplicadas luego a la interpretación de los sucesos
históricos, las costumbres y los cambios sociales y políticos, el contenido de la obra de arte
y las diversas modalidades de la expresión estética. De ese modo, aunque el desarrollo do
la técnica había ampliado hasta lo increíble el dominio del hombre sobre la naturaleza, se
adueñaba de los intelectuales una concepción del mundo cada vez más pobre y deformada.
El cálculo y el instrumento de alta precisión, habíanles permitido discernir los cambios más
delicados de los fenómenos físicos, penetrar la estructura de la materia y el mecanismo
íntimo de los fenómenos biológicos; pero actuaban a ciegas con respecto a la procedencia y
destino de su labor, a las relaciones existentes entre el desarrollo de las ciencias y las artes
y el proceso general del trabajo.
Ignorando la procedencia y determinismo social de su labor, llegaron a creer incluso,
que el progreso técnico constituía un factor de desconcierto y que, muy lejos de asegurar
la felicidad de los hombres, labraba su desdicha, creaba nuevos incentivos de temor e
incertidumbre. Tal era el precio de esa constante evasión de la realidad que caracterizó
la concepción del mundo de muchos intelectuales y artistas que predicaron el apoliticismo
de la cultura y se aislaron herméticamente en sus talleres, mientras las fuerzas oscuras y
antihistóricas preparaban las grandes crisis que traban el desenvolvimiento de la producción,
mientras estallaban las guerras destinadas a destruir aquello que más amaban y cultivaban
con esmero en el sosiego de los laboratorios.
La guerra actual, con sus inenarrables horrores, tuvo la virtud de despertar de su letargo
a un número inmenso de intelectuales y artistas. La lección de los hechos fué dolorosa y
terrible, pues ante sus ojos atónitos, la barbarie se adueñaba del solar de las más viejas
culturas, se desterraba a los sabios, se incendiaban las bibliotecas y se regimentaba la inte­
ligencia, para dirigirla hacia la preparación material y moral de la guerra, por los principios
bárbaros del racismo y la hegemonía mundial de la fuerza y la incultura.
Tuvieron entonces la evidencia de que la investigación y la técnica perfeccionadas con
tanto ahinco, no eran independientes del proceso del trabajo y que sus hallazgos en el orden
científico y artístico, se incorporaban a un sistema de convivencia basado en el máximo
desarrollo de la socialización del trabajo y en constante antagonismo con la apropiación
privada de sus frutos. Esta contradicción profunda que condicionaba por una parte el des­
envolvimiento de la riqueza y el progreso técnico que nos enorgullecía, determinaba a la
vez retrocesos periódicos, crisis y guerras que convertían los instrumentos de trabajo y
los adelanto» de la ciencia, en factores de muerte y exterminio. Grandes núcleos de
hombres de todas las disciplinas, los espíritus más esclarecidos, procuraron advertir en el
complejo y largo período de la guerra, cuáles eran de las fuerzas en presencia, aquellas que
podían asegurar la subsistencia de la civilización; cuáles otras las que socavaban la libertad
de los pueblos derribando hasta sus cimientos la civilización que decían defender.
La elección no era difícil si se analizaban los sucesos que precedieron al estallido de la
guerra... Antes de que muchos sabios y artistas advirtieran el peligro que les amenazaba,
los hombres humildes del trabajo se alistaban para el combate desigual. Fueron los obreros
de Altom. de los muelles de Hamburgo, los obreros de \ iena, de París, de Asturias, y con
ellos muchos pensadores, hombres de ciencia y artistas quienes defendieron los fueros de
la libertad, se opusieron a conceder al agresor el atributo de su dignidad y confraternizaron
con la China heroica en su combate interminable con el invasor. Ellos fueron, como antaño
(sigue en la pág. 5)

�LETRAS

FUNDACION ESPIGAS}

Dirige
ENRIQUE AMORIM

F

L ARTISTA

E

u

n

d

a

m

e

n

t o

s

d e

u n a

e n c u e s t a

ambicioso supera a su tiempo. Aun de su obra sin realizar

perdurarán las intenciones.

y

lo que en ella hay de vital y profundo

puede transmitirse a otra generación. Colón era un ambicioso y acabó
en visionario.

Se trata. por lo tanto, de reclamar obra visionaria.

Cuando la ambición toca sus límites de posibilidades materiales, la
palabra suena a utopía. Sarmiento fue el más ambicioso de los argéntinos. Todavía están por materializarse algunos de sus ideales. En ello
finca la magnitud de sus propósitos.

En general, nuestros artistas carecen
de ambiciones. Ambición, es perspectiva&lt;*en el tiempo, anhelo de perduración.
Escritores, pintores, músicos, dotados de
fuertes medios expresivos — estilo pe­
netrante, paleta múltiple, maestría en la
ejecución— se malogran por lo pequeño
de su anhelo. Escriben, pintan, com po­
nen. sin la seguridad de una cierta pro­
yección en el arte. Así, nos preguntamos
muchas veces: ¿Qué se propone Fulano?
¿Hacia dónde se dirige Zutano? ¿Cuál
es su aspiración? ¿Por qué escribe?
La obra escasamente totalizadora se
produce con un ritmo pausado, apenas
para no dejarse devorar por los años.
Raro es el escritor que enfrenta la rea­
lidad de su tierra. Muy pocos pintores
orientan sus pinceles con una idea cen­
tral — convicción ardiente— que pueda
conducirlos al descubrimiento de su
América visionaria. Entre los desapare­
cidos, Fígari fué el más ambicioso.
Una gran novela, una gran tela, pue­
den quedar detenidas en el tiempo. Son
meros hitos aislados, por falta de ambi­
ción en los artistas que las crearon. La
vida argentina y americana, rica en la

naturaleza y en la historia, suele ser es­
camoteada al prescindir de su realidad.
Un hecho de magnitud extraordinaria
— valga el caso— fué el terremoto de
San Juan, que quedó entre las líneas
apresuradas de los cronistas. .No se en­
vió al artista al campo de la tragedia:
al escritor capaz de recoger la visión de
la tremenda realidad. Nadie ambicionó
ser el historiador de la catástrofe. Ape­
nas si el “ noticiario” asomó sus frías
narices sobre las calientes ruinas. Unas
frases huecas y sensibleras. Eso fué to­
do. Como el terremoto de San Juau
existen otros cataclismos que quedan al
margen de nuestra intención.

DELA
ALTA
AMBICION
EN EL ARTE
¿ P O R QUE
E S CR IB E U S T E D ?

Creemos que no se cumplen las fun­
ciones nobles que reclamaban nuestros
antepasados. Cualquiera de ellos, se apo­
yaba en la realidad para proyectar su
sombra sobre el futuro de la tierra que
habitaba. La obra aislada —el cuadro,
el libro magistrales, resulta un intento
de superación individual, si no está abo­
nada por la alta ambición que reclaman
los tiempos más violentos que se han
registrado en la historia del hombre.

AMBICION LIT ER AR IA?

¿ QUE P RE PA RA
P A R A EL F U T U R O ?

E. A.

Cont est a

FOTO SADERMAN

¿ C U A L ES S U M A Y O R

EDUARDO

\ T o SÉ lo QUÉ es la ambición literaria; en puri^
dad no sé lo qué es. Puedo imaginármela,
puedo hacerme a la idea de que es algo así como
una convención de naturaleza retórica según la
cual un señor dado se propone obtener de un
dado público ciertas calificaciones presuntas. Pero
la palabra no me gusta. Implica, en cualquier
forma, cierto trueque, y en este cambio es a veces
más ilegítimo lo que se da que legítimo lo que
se obtiene.
A la palabra ambición prefiero la voz proyecto:
me parece más próxima de la artesanía proble­
mática y menos garantizada de complacencias cos­
tosas. Por lo demás escribo en virtud de un
proceso cuya calificación no es tan simple. Elija­
mos una palabra: catártico. Catártico en lo perso­
nal; ¿pero qué tiene que ver “ lo personal" con
la función real de escribir? El esteta puede ajus­
tarse a un ejercicio de tal modo suntuario, privado,
fortuito, presuntuoso; pero nadie más. Escribir,
en el sentido decente del término, entraña otros
contratos. Por lo pronto, una necesidad de estruc­
tura, o de relaciones proporcionadas, entre el ob­
jeto producido y el medio en que se produce. No
es menester siempre que la literatura refleje su
tiempo; es a veces menester —es a veces forzoso
por un complejo de secretas leyes— que la lite­
ratura refleje lo que está en su tiempo sin ser
visto o lo que su tiempo reclama por conductos
tácitos que sólo por la creación producida se
hacen — y a veces sólo a largo plazo— explícitos.
(Chaucer - Dante).
Un escritor refleja de su tiempo lo que su

MA L L E A

tiempo no encuentra. Por eso cuando la política
prevalece atacando la libre expansión creadora de
la criatura humana, la literatura recoje tiempo en
sus trojes. Una literatura llamada a perdurar es
generalmente profética; en raros casos apologé­
tica; menos aún de propaganda. Cuando la lite­
ratura no es de anunciación, de suscitación, se
vuelve mostrenca, subordinada, subalterna. Como
los cleros, la literatura necesita para ser grande
engrandecerse en la privación y nacer de un pro­
lijo y noble tormento. Dostoieicsky está bien en
el tiempo de Dostoieicsky. Su concepción de su
tiempo llevaba ventaja sobre el tiempo. Pero los
países fascistas han matado su literatura; con eso
sólo, por mucho que blandón otros estandartes*
han renunciado ya a la mitad de su genio.
Cervantes es tan importante como Lepanto; en
muchos sentidos más: porque lo que una batalla
tiene de eterno es su leyenda, pero lo que un genio
nacional artístico tiene de eterno es su eterna
actualidad.
No sólo persiste el escritor, según su verdadera
ley, en hallar lo que su tiempo no encuentra,
sino lo que él, en tanto que hombre dotado de
medios expresivos, halla en su medio inexpresado.
De ahí que algunos no nos hayamos dado la
paciencia de limitarnos y estemos todavía dando
manotadas acumulativas, tocando a veces temas
que no elegiríamos y empleando a veces registros
que sin causa decisiva no utilizaríamos y exten­
diendo nuestro abarcar en vez de ajustar nuestro
apretar.
¡Cuánto tiempo hace que no me doy yo el gusto
(sigue en la pág. 4)

3

�(viene de la pág. 3)

de escribir un libro a mi gusto! Estoy escribiendo,
por mi parte, sobre lo que creo que no puede
pasar sin ser recogido, aunque no sea más que
para acusar el tema y dejarlo fuera del limbo,
fuera de la región de lo inexpresado.
\ de este modo yo mismo considero mis libros
como voluminosas aproximaciones. Pues no quiero
dejar — ni a trueque de darme un gusto a mí
mismo— de acercarme y enfrentarme con materias
que no podemos dejar imprevistas, que no pode­
mos dejar inéditas, que no podemos dejar ocultas
en la masa indiferenciada. Y sucede después como
en los edificios: si uno llega a techar los basti­
mentos la obra se salva, y si no, no.
Así, pues, a lo que tiendo es a ir figurándome
los libros que podrán servir de techo. Si los ob­
tengo, las voluminosas aproximaciones obtendrán
mecánicamente su sentido parcial y su justificación
general; y si no. quedarán como eso, como meras
masas aproximativas, aproximativas a unas paredes
y a un techo, de una arquitectura sustantiva, que
nunca se consumaron.
Mientras tanto nuestro quehacer es una labor
ímproba, una labor a la que no le importa más
que poseer un fin y estar desarrollando un ejer­
cicio, un ejercicio hacia ese fin. Libro escrito
es libro al que ya somos extraños: nuestra aten­
ción está de nuevo reclamada por otros objetivos
y por otros ritmos. ¿Quién puede favorecer o
contrariar el destino de un libro ya lanzado? No
hay injusticias en materia de arte, no hay botellas
en el mar. Por eso son tan pocas las obras total­
mente ignoradas que las posteridades descubren.
Hay libros que se reactualizan, pero casi nunca,
prácticamente nunca, libros que se descubren, que
se traen a la vida de la muerte. El libro que
no halla vida es el que nace muerto. Los que
llegan a la vida con vida pueden conocer vicisi­
tudes pero no óbito. ¿D e qué vale que nos empe­
ñemos en matar, o en ayudar, a un ente que
nace muerto, o a uno que va a vivir? ¿Qué tiene
que ver eso con nosotros? Amigo, crítico.
En cuanto a las preguntas concretas sobre lo
que actualmente estoy haciendo, ¿a quién importa?
Que salga a la luz y allá veremos si vive o está
muerto. Eso sólo es lo que para los demás — y
para mí— puede tener alguna significación.

vocabulario
•

BIEN

•

Hay una cantidad de gente que dice estar más
allá del Bien y del Mal. Pero, por alguna razón
curiosa, son gente que está siempre en el Mal.
•

DIOS DE LOS FILOSOFOS

Esta Potencia ha imaginado un castigo para los
que hablan mal de la filosofía:
que esas habladurías sean tam­
bién filosofía, pero mala.
£

OSCURIDAD

Aparte de razones vinculadas a la psicología de
la infancia, el prestigio de la oscuridad se debe al
hecho de que lo profundo es frecuentemente oscuro,
lo que — desde luego— no implica la verdad recí­
proca. Especulando sobre este alegre paralogismo,
muchos escritores modernos han logrado fama de
grandes psicólogos a causa de
que sus personajes son tene­
brosos.
Habría que distinguir, como
ha dicho alguno, la oscuridad
de expresión y la expresión de
la oscuridad. Es cierto que hay
problemas oscuros, como el de
Dios o el del libre albedrío.
Pero al menos es deseable que
un filósofo haga ver claramen­
te en qué son oscuros.

ESPRIT DE MESURE

Es sabido que la literatura
francesa se caracteriza por su
espíritu de medida. Por alguna
circunstancia desconocida — no
obstante— muchos se empeñan
en considerar como franceses
a Fran^ois V illo n , R abelais,
M on taign e, P ascal, M oliere,
Voltaire, Balzac, Stendhal, Rimbaud, León Bloy, Lautreamont
y Paul Claudel.
•

•

INVENCION
Y DESCUBRIMIENTO

Podría decirse que cuando
un hombre inventó el ajedrez
quedaron dadas, potencialmen­
te, todas las partidas: a través
de los siglos, los jugadores des­
cubrirían penosamente las par­
tidas preexistentes, como en
una selva.

s&amp; 'v *
DIBUJO

Pero dando un paso más
atrás, se podría decir que el hombre no inventó
sino descubrió el ajedrez. Considerando el Universo
como dado, todas las creaciones e inventos del
hombre serían como partidas en este Gran Ajedrez
y, como tales, descubrimientos en esa Gran Selva.
Pero dando otro paso más, se podría decir — qui­
zá— que este Universo no ha sido creado sino que
ha sido descubierto en una Selva de Universos
Posibles, selva difícil, oscura, sublime, en que sólo
un Dios puede aventurarse.
•

POESIA PURA

Algunos opinan que en la
poesía pura no deben interve­
nir elementos didácticos; otros
han prohibido la filosofía, la
política, las teorfas raciales, la
ciencia; otros, los valores mu­
sicales, como la rima y el rit­
mo.
Sería bueno escribir un
poema purificado según todas
estas recomendaciones: no que­
daría nada.

OFICIO

En literatura el oficio consiste en que el lector
no lo note.

v_ '

V

Se cree que el problema de
la poesía pura es un gran pro­
blema porque es interminable,
olvidando que también eran interminables las dis­
putas medievales sobre los granos de trigo que son
necesarios para formar un montón. Los logísticos
modernos dirían que tanto uno como otro son seudoproblemas de definición: dada una definición se
termina la disputa, que simplemente se debe a que
cada uno habla de algo diferente.

DE NINA

HAEBERLE

En general, todos los conceptos en que entra la
palabra “ pura” son sospechosos de escolasticismo:
poesía pura, raza pura ,música pura.
Propongo la siguiente definición: “ poesía pura
es toda poesía exenta de impurezas” . Puede parecer
irritante, pero hay que reconocer que es irrebatible.
ERNESTO SABATO

En los próximos números —y por estricto orden de recepción— daremos a conocer las
respuestas de Cordova Iturburu, González Lanuza, Max Dickmann, Canal Feijoo, Amado
Alonso, Serrano Plaja, Roberto Giusti y otros.

Contesta JORGE LUIS BORGES

¿POR QUE ESCRIBE USTED?
T J orque n o puedo no escribir, sin ese peculiar
A sentimiento de desventura que engendran la
cobardía y la deslealtad. Me creo mejor razonador,
mejor inventor, que otros escritores; sé que casi
todos escriben mejor que yo, que a casi todos
los asiste una espontánea y negligente facilidad
que me está vedada y que no lograré ni por la
meditación ni por el trabajo ni por la indiferencia
ni por el magnífico azar. Escribo, sin embargo,
porque para mí no hay otro destino. (Eso lo sé,
desde la ya remota niñez). Para mi salvación,
de nada me serviría ganar batallas como mi bis­
abuelo Suárez, ni morir en la cruz como el Reden­
tor, ni traicionar por treinta dineros al Redentor
como Judas Iscariote lo hizo; Judas, cuyo miste­
rioso destino era traicionar. Cada hombre tiene
su destino, más allá de la ética; ese destino es

su carácter (hace dos mil quinientos años lo dijo

Heráclito en el Asia Menor) ; ese destino es la
ética secreta del hombre; así interpreto yo el
apotegma que se lee en la falsa carátula de cada
uno de los cuatro volúmenes de la Historia de
San Martín: “ Serás lo que debes ser, y sino no
serás nada” . (Mi padre discutía conmigo esa inter­
pretación; afirmaba que San Martín dijo más o
menos: Serás lo que debes ser — serás un caba­
llero, un católico, un argentino, un miembro del
Jockey Club, un admirador de Uriburu, un admi­
rador de los extensos rústicos de Quirós— y sino
no serás nada — serás un israelita, un anarquista,
un mero guarango, un auxiliar primero; la Comi­
sión Nacional de Cultura ignorará tus libros y el
doctor Rodríguez Larreta no te remitirá los suyos,
avalorados por una firma autógrafa... Sospecho
que mi padre se equivocaba).
¿CUAL ES SU MAYOR AMBICION
LITERARIA?
Escribir un libro, un capítulo, una página, un
párrafo, que sea todo para todos los hombres, como
el Apóstol (1 Corintios 9 :2 2 ); que prescinda de
mis aversiones, de mis preferencias, de mis cos­
tumbres; que ni siquiera aluda a este continuo
J. L. Borges; que surja en Buenos Aires como
pudo haber surgido en Oxford o en Pérgamo;
que no se alimente de mi odio, de mi tiempo,
de mi ternura; que guarde (para mí como para
4

todos) un ángulo cambiante de sombra; que co­
rresponda de algún modo al pasado y aún al
secreto porvenir; que el análisis no pueda agotar;
que sea la rosa sin por qué, la platónica rosa
intemporal del Viajero querubínico de Silesius.
¿QUE PREPARA USTED?
Para el remoto
larga narración o
El Congreso y que
más explícito) los
Kafka.

y problemático porvenir, una
novela breve, que se titulará
conciliará (hoy no puedo ser
hábitos de Whitman y los de

Para el porvenir inmediato, un cuento fantástico
sobre una ciudad de inmortales, que ilustrará
Leticia Alvarez de T oledo; un cuento simbólico
(a la manera de ciertas composiciones de Browning) que procede de un párrafo de Renán y que
se llamará A verroes; otro cuento fantástico sobre
el tema del eterno regreso, que se titulará, si no
me equivoco, El traductor de H um e; un cuento
de contrabandistas que ocurrirá en 1890, cerca del
Arapey; un cuento policial, en colaboración con
Adolfo Bioy Casares, cuyos protagonistas son Isi­
dro Parodi, Gervasio Montenegro y el inédito
Marcelo N. Frogman (que es una hipérbole de
Savastano), y cuyo título ignoramos aún.

f7^
J

C

�Sentido de una trayectoria

La poesía aníológica

.

los hombres del 89, del 48, como todos los pue­
blos levantados contra el despotismo, baluartes
incorruptibles de la soberanía y la independencia
de su tierra; los primeros que, al oponerse al na­
zismo, defendieron la cultura.
Los intelectuales han hallado, en su contacto
con los pueblos combatientes, los maquis del
mundo, los vectores del gran caudal de energía
que ha de nutrir el ingenio del artista e impulsar
a la ciencia por el rumbo de una incesante crea­
ción, sin las limitaciones impuestas por las alter­
nativas mercantiles, estimulada por la demanda de
una sociedad progresista y las posibilidades inhe­
rentes al desarrollo de la técnica.
En nuestra Argentina, en nuestra América, la
tarea decisiva consiste en tomar contacto con la
entraña de nuestro pueblo, con su tradición de
libertad que nos hermanó con los pueblos libres
del mundo en las guerras emancipadoras, con los
proceres que lucharon contra la tiranía y nos
dieron la Constitución, que es nuestro orgullo y
que inspiró a los creadores de nuestra jerarquía
nacional. Su prédica y su conducta nos dicen que
la cultura argentina digna de tal nombre es liberal
y que su expansión será tanto más amplia cuanto
más sensible y profundamente nos incorporemos
a las corrientes liberales de nuestra historia, re­
husándonos a compartir ese estrecho nacionalismo
excluyeme y xenófobo que exhorta al retorno a
formas primitivas de la cultura nativa. Los de­
beres contraídos con nuestras tradiciones nos im­
ponen rumbos muy distintos. Las corrientes huma­
nas procedentes de toda la tierra han enriquecido
la República con su potencia racial y su cultura,
y nuevas corrientes humanas nos elevarán todavía
a alturas mayores. Ello no disminuirá nuestro
acervo ni será un menoscabo para nuestro pen­
samiento y arte nacionales. Diremos tanto mejor
lo nuestro cuanto más grande y profunda sea
nuestra solidaridad con las colectividades libres
del mundo, pues sólo los pueblos libres engendran
una ciencia vigorosa, un arte digno de las mejores
tradiciones de su cultura.

SONETO
Entra la aurora en el jardín; despierta
los cálices rosados; pasa el viento
y aviva en el hogar la llama muerta,
cae una estrella y raya el firmamento;
canta el grillo en el quicio de una puerta
y el que pasa detiénese un momento;
suena un clamor en la mansión desierta
y le responde el eco soñoliento;
y si en el césped ha dormido un hombre
la huella de su cuerpo se adivina;
hasta un mármol que tenga escrito un nombre
llama al Recuerdo que sobre él se inclina . . .
Sólo mi amor estéril y escondido
vive sin hacer señas ni hacer ruido.

El profesor Georgalas, de la Universidad de A te ñas, ha formulado — desde la radio de los guerri­
lleros griegos— un patético llamado a los intelec­
tuales del mundo, solicitando su apoyo en momentos
en que la artillería inglesa disparaba sobre su
pueblo en la roca sagrada del Acrópolis.
DIBUJO DE USA

E l l ec t or
y el L i b r o

Para establecer un vínculo entre los lectores y los libros
nacionales, rogamos a nuestros amigos que remitan al
director de esta sección la lista de páginas memorables
de las obras de sus bibliotecas. A través de los márgenes
(citar capítulos, páginas, párrafos) intentaremos un en­
tendimiento significativo entre el lector y el autor.

trastienda
a PAPELES DE RECIENVENIDO,
donio Fernández. Ed. Losada.

de

Mace-

No era muy necesaria su reedición. Humorismo
con trampa, puesta en descubierto por hábiles
exégetas, resulta un poco pasado de moda. He
ahí un libro, y, también un autor, fácil al pasti­
che. Kafka, si continúan explicándolo con tanta
lucidez, nos dará idéntico disgusto. (Guardando
las distancias, se entiende).
• ANTES QUE MUERAN, de Norah Lange.
Una escritora con fervor literario, pero sin ningu­
na convicción. Trabaja con intimidad, quizás con
fervor. Gómez de la Serna aparece de vez en
cuando en sus observaciones menos audaces. Siem­
pre hemos creído en la señora Lange. Terminamos
por convencernos de su calidad, de su buen gusto
poético, con esta última entrega que lanza don
Gonzalo Losada, editor.
• POESIA, de Emilio Oribe. Oribe es un gran
poeta. De los primeros del Uruguay. Su poesía
filosófica, quizás se recuerde a la par que la otra,
la menos intrincada y de natural presencia. Y es
mucho decir, porque no siempre los poetas del
Río de la Plata son filósofos y sensibles a la
belleza, en una misma medida.
Ed. “ Mundo Libre” , Montevideo.
• LA VENTANA ENTREABIERTA, de Gon­
zález Carbalho. Cuando un poeta hace prosa, 6e

comparan ambas manifestaciones y el crítico le
insinúa que siga haciendo poemas. A González
Carbalho se le reclama más prosa, porque ya co­
noce el oficio y los secretos del cuentista con los
que logra muchas piezas de valor perdurable.
Ed. “ El Ateneo” .
® NUE\ E CANTOS, de José Pedroni. ¡Qué
gran poeta es este sencillo cantor del solar santafesino! Admirado y admirable, en su robusta po­
sición de hombre, de labriego de la tierra de
arriba y de la de abajo. Hombre en vecindad con
el otro hombre, con el del pueblo, Pedroni me­
rece siempre el respeto de sus contemporáneos
que no será desmentido en ningún futuro, ni
próximo ni lejano. Nueve cantos, en una edición
desacostumbrada —lomo cosido por un hilo de
alambre como los anotadores a los que se Ies
arranca una página y se mantienen igual—, N ueve
cantos, cuadernillo de Lilulí, conforma el gusto
poético más exigente.
• SUR, en el número correspondiente al mes de
noviembre, publica un patético relato —escrito con
el apresuramiento de los que no mienten, urgidos
por el amor a la verdad que es el amor a la
libertad— firmado pt&gt;r Jean Paulhan. Conviene
que la gente de letras de por aquí, lo lea con
detenimiento. Quedan algunos hombres valientes,
todavía.
LAZARO RIBT
5

Frente al clamor unánime de todos los sectores
progresistas, incluso del propio pueblo británico, el
señor Churchill se encarga de dem ostram os, con
trágica evidencia, la realidad de su aserto de que
‘no ha sido llevado al cargo que ocupa para liquidar
imperios” . En cumplimiento de esta afirmación hace
tabla rasa de las conquistas que representan, para
la causa de la libertad y la democracia que sus­
tentan las Naciones Unidas, la Carta del Atlántico
y el Pacto de Teherán; suma al horror de la ocu­
pación alemana una nueva ola de violencia contra
la sagrada cuna de la civilización occidental, y ame­
tralla a los descendientes de los héroes de las
Termopilas, de los defensores de las libertades del
ágora.
Desde estas columnas asociamos nuestra voz a la
del profesor Georgalas, expresando nuestra indig­
nada protesta por las masacres de Atenas y las
tentativas de imponer al heroico pueblo griego un
gobierno títere reaccionario que salvaguarde los
tambaleantes intereses imperialistas en la cuenca
mediterránea.

• • •
En prensa ya esta revista nos llega la dolorosa
confirmación de la muerte de Romain Rolland. acae­
cida en Vezelay (Suiza) el 30 de diciembre. A la
lista de espíritus superiores que hemos visto des­
aparecer en estos trágicos años se agrega el nombre
de quien para nosotros representa la pérdida más
sensible. Romain Rolland, maestro de la juventud,
auténtico humanista, incorruptible buceador de la
verdad a través de toda su épica existencia. Ren­
dimos desde aquí emocionado homenaje a este aban­
derado de la libertad de todos los pueblos, algunos
aspectos de cuya obra estudiaremos en nuestro
próximo número.

• • •
Leopoldo Hurtado, director de nuestra página de
música, se ausentó para Cuba como delegado de
la S.A.D.E. al Congreso de la F.I.S.A.C. (Federación
Interamericana de Sociedades de Autores y Com po­
sitores). Este viaje ha de permitir, sin duda, a
Hurtado, brindar a nuestros lectores aspectos inte­
resantes del movimiento musical de Centro América
y de Estados Unidos, país que también visitará.

�PINTURA Y GRABADO

Nuestra plástica
y sus p ro yeccio n es

Dirige
ANTONIO BERNI

SECCION, dedicada particularmente a la pintura, el dibujo, el grabado, tenderá
a reflejar una síntesis de los hechos salientes propios de las artes plásticas del
país y del continente americano, ubicándolos sobre el telón de fondo del
ma universal del arte contemporáneo.

E

STA

I na misión importante se atribuirá esta sección: será la de aportar
recoger to­
do juicio, punto de vista o doctrina, sin excepción ni dogma, considerados útiles a la
definición y divulgación de los conceptos que caractericen nuestro pensamiento y nues­
tra sensibilidad. En este sentido, pretendemos llegar a una labor especulativa. No con­
sideramos el arte como una elaboración, en abstracto, del pensamiento o del espíritu.
Consideramos el arte como un fenóm eno privativo de personas, grupos o clases, engra­
nados dentro del fenóm eno universal de pensamientos afines.

DIBUJO DE MIRABELll

Consideramos interesante destacar como ejemplo
de solidaridad, el nuevo frente común constituido
per los tres grandes líderes de la revolución artís­
tica mejicana, Siqueiros, Rivera y Orozco, a raíz
del rechazo del grabado “ El gran atentado” , de
Leopoldo M éndez, en el salón anual de la Galería
Decoración “ Eduardo M éndez99.
Los tres artistas firmaron un manifiesto expre­
sando: “ Este humillante acto de discriminación fué
llevado a cabo contra el artista por causas políticas.
La razón es precisamente que el artista difundió
el interés progresista del pueblo mejicano. A ren­
glón seguido, diez de treinta y siete artistas reti­
raron dieciséis de cincuenta obras del salón, efec­
tuando su propia muestra en el “ Taller de Arte
Gráfico Popular99.
Como documento que refleja la firme posición
que adoptan los artistas de ese país en defensa de
los principios plásticos que sustentan, transcribimos
a continuación la diatriba de Rivera contra un juicio
crítico del escritor español Bergamín, dejando a
salvo el respeto que nos merece este último en
su terreno específico de actuación.

UNA CARTA DE

Al Seminario de Cultura Mexicana, y especial­
mente a los miembros de la Sección de Artes
Plásticas. — Presente. — Respetables miembros
de esa institución:
Con el mayor respeto y dentro de la estimación
muy grande que tengo por la institución de que
ustedes son cuerpo, y sobre todo en completa
cordialidad, les ruego me permitan llegar hasta
ese Seminario de Cultura con esta carta para
presentar ante él. por medio de ella, mi protesta
enérgica que juzgo ser justa, contra los conceptos
que un escritor extranjero a nuestro país, más
por su sensibilidad ajena a la nuestra que por
su nacionalidad de origen, expresó respecto al
gran maestro de la pintura mexicana José María
Velasco y al grande artista contemporáneo nuestro
José Clemente Orozco. Esos conceptos aparecie­
ron en el Boletín de ese Seminario en un artículo
referente a la obra de mi amigo el excelente
pintor Antonio Ruiz. miembro de él.
Si ese Boletín fuera sólo una revista literaria
y artística, nada encontraría yo de objetable en
el caso; aun me parecería laudable por parte de
los editores responsables, abrir tribuna libre hasta
para los conceptos contrarios a nuestros más altos
intereses nacionales. Un hecho semejante sería
materia de polémica y clarificación, que siempre
pueden llegar a ser útiles.
Pero no es ese el caso; el Seminario de Cultura
Mexicana tiene sobre sí y ante el país una gran
responsabilidad clara y definida. No puede ser
considerado como un cuerpo difusor ecléctico e
indeferentista. que lance a los cuatro vientos toda

Esta conducta no puede dar lugar a equívoco, atribuyéndosenos desinterés y opo­
sición acerca de sensibilidades o escuelas surgidas en horizontes distintos al nuestro.
Por el contrario, ellas se darán a conocer después de severos análisis que nos den la
certeza de si pueden o no ser injertadas a nuestro tronco en formación. No toda co­
rriente estética, de valores positivos en determinado momento y lugar, ha de ser buena para nosotros en esta etapa. Muestro defecto ha sido, hasta hoy, el de recoger ciega­
mente, sin decantamiento, sin depuraciónf toda escuela de arte impuesta y prestigiada
en los más grandes centros de cultura. Así nos hemos iniciado en una despersonaliza­
ción que continúa "in crescendo . Para ello se han asignado su parte ciertas críticas:
la "snob por un lado: la conservadora '‘cursi” por otro. Colaboran también en esta
tarea algunas editoriales de arte, sólo preocupadas en la fácil traducción de textos y
divulgación productiva de libros con láminas, mal tomadas de otras láminas, o con
introducciones escritas por quienes jamás vieron las obras originales a las que se refie­
ren.
A oso tros creemos, mejor dicho estamos seguros, de que el mejor ejem plo no con­
siste en imitar la obra maestra, sino el gesto del hombre de genio: l a p a s i ó n c r e a d o ­
r a . Esta distinción es importantísima en e;tos momentos en que, en el Río de la Pla­
ta, dos nefastas desviaciones quieren sacar de su cauce una corriente que se encamina
hacia un mundo real y humano, para agotarla, una en la charca de la imitación "pu­
rista", sin ninguna concomitancia sensible con nuestros verdaderos problemas ideoló­
gicos y psíquicos, y otra en un doble pasatismo de viejas estéticas y de caducos tipos
folklóricos ya inexistentes.
es:

Nosotros nos encaminamos resueltamente hacia nuestros propios problemas inter­
nos; ellos son difíciles porque exigen la solución por obra de nuestro pensamiento v
de nuestro propio trabajo. Lo otro es fácil: es tomar lo ya realizado sin preocuparse
por lo que ha de llevar de nuestro aporte. Llegar a afirmar nuestro arte sobre una ba­
se real y positiva, en un doble fundamento: plástico y objetivo, es la tarea más inme­
diata y necesaria. Hacia esta afirmación encauzaremos toda nuestra más cara energía.

semilla para que los hombres y el tiempo escojan
los frutos de ella si es que llega a darlos. No. el
Seminario de Cultura tiene que tener sobre sí,
y que cumplirla, la tarea de escoger aquellas
semillas que sean las más útiles para la marcha
progresiva del pueblo de México, en el camino
de su cultura nacional; entendiendo por ésta
aquella que sirva al desarrollo de lo que es nues­
tro, hasta el grado máximo posible, y el injerto
en el árbol propio de aquello que pueda hacerle
dar mejores frutos; el Seminario debe también,
como parte de esta tarea, llevar a cabo la elimi­
nación cuidadosa de todo lo que estorbe el des­
arrollo de esa cultura nacional.
La difusión de juicios injustificados e incom­
prensivos, fundados tan sólo en la opinión perso­
nal de un señor que se autoriza a sí mismo para
emitirlos, sin poseer calificación profesional nin­
guna en las artes plásticas, respecto a dos de
nuestros grandes valores, no es ciertamente una
tarea de acuerdo con las funciones técnicas, socia­
les y culturales que son de esperar sepa cumplir
un cuerpo de la importancia del que ustedes
forman.
Dice el señor Bergamín, autor del artículo, res­
pecto a don José María Velasco:
“ Naturalismo romántico, como todo el natura­
lismo lo fué. retrato y paisaje tienen en la pintura
mexicana del siglo XIX originalísima fisonomía
propia. De Estrada a Velasco que bastarían para
recordárnoslo. Parece que nada tienen que ver
los grandes lienzos de este último con toda la
pintura moderna. Su proyección de gran super­
6

ficie especular, luminosa y vacía, se aleja de nues­
tros ojos, como sus encendidas perspectivas, sin
dejarnos siquiera un solo eco o resonancia humana
por la huella de su panorámico romanticismo.
“ Nada más ajeno al parecer a la pintura de
Ruiz que estas deshumanizaciones de espejo; que
estas iluminadas figuraciones naturales del pai­
saje, panorámico siempre, que este ilusorio pano­
rama teatral de Velasco, reproducido como en la
placa de una cámara fotográfica; nada más ajeno,
decimos, a estas otras concentraciones pictóricas
que en Ruiz se nos ofrecen” .
Cuando el funcionamiento glandular de una per­
sona es irregular, especialmente por lo que con­
cierne a la producción de hormonas y adrenalina,
muy particularmente esta última, el individuo se
vuelve no emocional, sino neutro, y en consecuen­
cia puramente intelectual; en este caso no puede
ser sensible a una pintura profundamente sensual
y emotiva por su propia plástica, sin auxilio de
anécdota y representación de situaciones humanas,
permitiendo al intelectual frío y neutro bordar
sobre ellas literatura y falsa poesía. Las palabras
del señor Bergamín permiten un preciso diagnós­
tico respecto a su caso; su solidarización con ele­
mentos españoles y mexicanos de naturaleza ine­
quívoca en su neutralidad, confirman lo que él
mismo enseña en su escrito. Pero si es preciso
situar la personalidad del crítico a quien el
Boletín del Seminario dió hospitalidad, lo im­
portante es cotejar su juicio con lo que realmente
existe en la pintura de Velasco.

�DOS GRANDES PRODUGCIONES
DE LOS ESTUDIOS SAN MIGUEL
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Duende
os hallamos ante

lacabal demostración de que el cin

nacional ha superado su estapa de tanteos, en que lo primi­
tivo de la realización unido a la chabacanería de los temas
provocaba la huida de los espectadores. Hoy, escenógrafos,
artistas, argumentistas, directores, modistos, han logrado
crear una hermosa realidad, que anticipa perspectivas aun
más promisoras.

LA C A B A L G A T A D E L C I R C O

Aparecen en la foto algunos de los principales intérpretes de ''La Dama Duende", verdadera fiesta
del espíritu que se aprestan a brindarnos los Estudios San Miguel.
E s interesante destacar el gran progreso
logrado en materia de argumentos, domi­
nio en el cual, afortunadamente, se ha
roto con la tendencia que tanto perju­
dica a nuestro teatro n acional. Nos
referimos a la estereotipia de tipos y
ambientes rep etid os en in nu m erables
sainetes que pretenden, por una parte,
reflejar típicos aspectos de nuestra reali­
dad nacional; satisfacer, por otra parte,
exigencias de nuestro público. Nada más
falso. Lo demuestra el éxito alcanzado
por argumentos cinematográficos vincu­
lados a grandes crea cion es literarias,
desde “ Los caranchos de la Florida” , de
Benito Lynch, con la cual Alberto de
Zavalía marcó el camino a seguir, hasta
Malambo, La guerra gaucha, Tres hom­
bres del río, Juvenilia, pasando luego a
las fuentes extranjeras, inagotables para
el logro de films de gran categoría.
Siguiendo esta p on d era b le tendencia.
Estudios San Miguel se ha abocado al
esfuerzo que representa llevar a la pan­
talla “ La Dama Duende” , clásica come­
dia de D. Pedro Calderón de la Barca,
adaptada por los talentosos escritores
emanóles María Teresa León y Rafael
Alberti. Esta obra, plena de belleza, ha
de constituir, sin duda, una verdadera
fiesta para el espíritu, por el chispeante
ingenio que campea a través de todo su
desarrollo y la exactitud lograda en la
reconstrucción de la época. A tal efecto,
Gori Muñoz ha hecho un serio estudio
de los estilos arquitectónicos imperantes
en la España del siglo X VIII, y con am­
plio dominio técnico ha combinado el
estilo español con el rococó importado
de Francia y el seu d o-clásico itálico.
Ha logrado así, triunfando ampliamente
en una empresa de suma responsabili­
dad, un reflejo fiel de la época de Goya,
donde se trasunta un conocimiento de la
historia, costumbres y ambientes de su
país, que llega a los mínimos detalles.
En posesión de todos esos elementos,
G ori M uñoz dibujó bocetos que, con
gran fidelidad y fina concepción, corres­
ponden totalmente a la plástica cinema­
tográfica. M erecen destacarse, entre
otros, el dormitorio de la posada, la
callejuela del Soto, la plaza del pueblo,
la cocina del palacio, el patio de la

¿Ha pensado Ud. alguna vez en
el real estado de ánimo del payaso
que le divierte en el circo? Tema
de inspiración de poetas, músicos,
pintores, ha sido la antítesis entre
las carcajadas de la pista y los
pesares que llevan por todos los
caminos estos trashumantes sem­
bradores de alegría. El genial
Garrick sigue paseando su incu­
rable melancolía a través de los
tiempos.
Este hermoso tema ha sido cap­
tado brillantemente por Francisco
Madrid y Mario Sóffici, quienes
han llevado a la pantalla, por in­
termedio de Estudios San Miguel,
un ágil libro cin em atográfico,
bajo el nombre de “ La Cabalgata
del Circo” . Aparece allí el histó­
rico circo Politeama. de la calle
Florida, destruido por un incen­
dio, que fuera sede tradicional
de esa clase de espectáculos y

cuna de nuestro teatro nacional.
S ó ffici ha con segu ido una fiel
reproducción de ese am biente,
secundado por Eduardo Bonero
y Leo Fleider. Contribuye eficaz­
mente a realzar el interés de este
herm oso espectáculo un ininte­
rrumpido desfile de canciones de
la época: El dúo de los payasos
(1893), La canción de la panade­
ra; Caburé; Melenita de oro; Ay,
Aurora; Maldito tango; Mi noche
triste; El porteñito, etc.
La respon sabilidad de la inter­
pretación de los papeles principa­
les ha sido asumida brillantemente
por Libertad Lamarque y Hugo
del Carril, secundados por un efi­
caz elenco de reconocidos méritos:
José Olarra, Orestes Caviglia, Juan
José Míguez. Evita Duarte, Arman­
do Bó. Ilde Pirovano, Elvira Quiroga y otros. Actúa como jefe de
producción Francisco Cárdenas.

Delia Garcés, que supera sus ya extraordi­
narias creaciones anteriores con el papel protagónico de "La Dama Duende".

posada, los exteriores del convento, la
entrada a palacio y el puente que atra­
viesa el pueblo, v e r d a d e r a o b r a de
ingeniería.
El personaje central de la película ha
sido confiado, con todo acierto, a la
actriz Delia Garcés, a quien acompañan
Enrique Diosdado, Ernesto Yilches, An­
tonia Herrero, Amelia Sánchez Ariño,
Manuel Collado, Andrés Mejuto, Elena
Cortesina, Paquita Garzón, Alberto Contreras, Francisco López Silva, Alejandro
Maximino. La dirección ha sido ejercida
por Luis Saslavsky, acompañado por sus
ayudantes F rancisco Tarantini y I u¡i
María Cáceres.
Gracias al alto grado de capacitación
alcanzado por el personal técnico y artís­
tico de Estudios San Miguel, los pueblos
de América conocerán pronto este bellí­
simo ambiente español reflejado en la
grandiosa producción “ La Dama Duende .

Mé* Pirovano, José Olarra y Orestes Caviglia, en una escena de "La Cabalgata del
Circo", magnífica reconstrucción de un aspecto del 900.

En números sucesivos daremos a conocer en esta página
interesantes aspectos del plan de producciones que Estu­
dios San Miguel presentará derante e! año en curso, y
que han de constituir otros tantos éxitos de la temporada.

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�Tres acuarelas del maestro Diego Rivera, expuestas últimamente en la Galería Comte, de Buenos Aires.

Todo aquel que tenga sensibilidad ocular y
no se distinga por padecer incapacidad glandular
y en consecuencia estado mental anormal y mu­
tilado, puede darse cuenta del desarrollo ascensional de la personalidad de Velasco a todo lo
largo de la producción de su obra. Empezó pre­
cisamente como todos los pintores europeos del
tiempo en que él se inició en la pintura; entonces
sí tenía con ellos la conexión que no le encuentra
el señor Bergamín.
Buscaba crear el espacio de sus cuadros por
medio de una gradación de contrastes de valores,
oponiéndolos de claro a oscuro, del más negro
al más blanco en los primeros términos, hasta
los grises más sutiles armonizados en las lejanías;
a esos valores acompañaba el color pero no era
el color mismo el que creaba la situación en el
espacio de los objetos construidos dentro del
cuadro.
Así fué toda la pintura europea hasta la apa­
rición del impresionismo, post-impresionismo y
neo-impresionismo, nacidos todos ellos del gran
maestro precursor, Eugenio Delacroix. En esas
tendencias, se sustituyó el contraste de blanco y
negro por el de colores fríos y cálidos; se tradujo
a colores la escala de valores, pero de todos modos
no era sino el claro y oscuro colorido que seguía
sirviendo para crear el espacio del cuadro. Por
esta etapa pasó también Velasco, pero rápida, casi
fugazmente; su Alta Mar y su Marina del puerto
de la Habana, pintadas durante su viaje de vuelta
de Europa hacia 1889, son ejemplos de esto, y su
parentesco con los grandes maestros del impre­
sionismo contemporáneos a esas telas, a quienes
Velasco iguala en calidad, es en tal forma evidente,
que se necesita ser un Bergamín para no percibirlo.
Desde allí, la ascensión de Velasco es continua.
A partir de entonces sí puede decirse realmente
que su pintura no tiene conexiones con la pintura
moderna ni con la antigua; pero para ser exactos
deberemos decir que tanto la pintura antigua como
la moderna ya no alcanzan a conectarse con la
de Velasco. A la escala de valores, al claro oscuro
colorido hecho con la gama de colores cálidos
en contraste con los fríos, pero establecidos en
el espacio del cuadro, claro a más claro, que
equivalía, aunque en más luminoso, a la antigua
gradación de negro a blanco; Velasco sustituyó
no una nueva escuela sino una nueva valorización
intrínseca del color, el que, de por sí, ocupa un lu­
gar en el espacio del cuadro según los elementos
que contiene. Creó Velasco una paleta cuyos dife­
rentes tonos al ser hechos sobre ella tenían ya
un lugar determinado en el espacio del cuadro
aparte de las relaciones de valor (puesto que
siempre hay un valor inherente al color) que
pudieran tener con el resto de la composición.
Este hecho no tenía precedente en toda la his­
toria de la pintura ni ha tenido consecuente toda­
vía. Velasco llegó a ser y permanece siendo único
en toda la vida del arte humano. Su genio tuvo
tal grandeza, que se envolvió en una sencillez
enorme tomada de la apariencia del mundo físico,
cuando en realidad su pintura es creación pura.
Su elegancia suprema lo llevó a envolverse con
esa apariencia sencilla e inmensa que hace que
ante un cuadro de él los pobres Bergamines se
crean delante de un espejo; en cambio, las gentes
sencillas, capaces de emoción, obtienen de la obra
del maestro el máximo de placer de que son capa­
ces. Velasco tuvo la altivez superior de hacerse
accesible a los humildes e inaccesible e impene­
trable a los mediocres, a los pedantes y a los
mentecatos, aunque sean “ poetas’' o “ investiga­
dores estéticos” .

\ elasco descubrió una geometría en el espacio
por el color. Su talla se agigantó en tal forma
que es muy difícil apreciar su verdadera altura
desde abajo, especialmente para quien no posee
el orgullo humilde necesario para no creerse un
gigante cuando no se es sino un señor cualquiera.
^ elasco jamás copió ni repitió una forma ni un
solo color; creó un mundo paralelo al mundo
físico ,tan próximo a él como lo está el aire a la
superficie del agua de un lago; pero siguen siendo
medios diferentes. Ese paralelismo hace que los
mediocres, cuando ven un cuadro de Velasco,
crean que están mirando una fotografía. La obser­
vación del maestro fué en tal forma potente y
entendió tanto el mecanismo de las fuerzas uni­
versales, que creaba, hacía y deshacía y jugaba
con las montañas, como el héroe del Popol Vuh.
Su dibujo, más bien dicho, su forma fluyente,
sólo es comparable a la de la maravillosa escul­
tura tarasca.
En realidad \ elasco creó un mundo plástico
nuevo, si la pintura es color, y es evidente que
lo que no es color sólo puede ser gráfica, dibujo,
bajorrelieve o escultura, pero jamás pintura; si
pintor es aquel que se expresa básicamente por
medio del color, entonces José María Velasco será,
y lo es, señores, por su propia grandeza de creador
y por la magnitud de su descubrimiento, no por
la opinión de nadie, ni por la mía propia, insig­
nificante, aunque apoyada en cuarenta años de
ejercicio de oficio plástico, EL PINTOR POR
EXCELENCIA, con el cual la pintura más “ mo­
derna” aun no alcanza a tener conexión.
Velasco pudo alejar sus últimos planos, ponerlos
a distancia mensurable con equivalente en el
espacio físico, pintar cielos que tienen años de
luz de profundidad, poniendo en sus más lejanos
el color valor más oscuro, pero como color de
Velasco era el más lejos, mientras que en sus
primeros términos pudo hacer existir los colores
valores más claros porque el color Velasco de
éstos era tan próximo, que la mano de los simples
y limpios de corazón, y la de los falsos poetas
y criticoides pedantes, pueden creer que tocan,
una realidad maravillosa los primeros; la superficie
de un vidrio que refleja, o una fotografía del natu­
ral, los segundos.
Respecto a José Clemente Orozco dice Bergamín:
“ La expresión pictórica, por serlo tan intensa,
puede parecer exageración caricaturesca; y muchas
veces este parecer puede llegar a convertirse en
el ser mismo de una pintura, cuando ésta fracasa
en su propio intento de forma o figuración tan
intensamente expresiva; cuando la impotencia crea­
dora del pintor, que no mide su propio ímpetu,
lo hace caer, involuntariamente, en esa dolorosa

QUIHOS

y grotesca caricatura de sí mismo. Este es el caso
en la moderna pintura mexicana del desorbitado
pintor Clemente Orozco” .
La verdadera impotencia emocional ante una
grande obra de arte que manifiesta el señor Ber­
gamín en el caso de Velasco, la sufre ante la
de José Clemente Orozco. La enorme fuerza diná­
mica de Orozco lo sobrepasa, es demasiado para
sus posibilidades receptivas y sus creaciones endocrino-simpáticas; no se entera de ella, ni siente
la estructura finísimamente geométrica de vida
en movimiento que rige desde el interior de ella
toda la obra de Orozco. Extraño tiene que serle,
y le es, el tremendo poder mágico, demoledor de
mitos, del gran Orozco; poder ordenado en su
movimiento, profundamente ordenado en medio
de su gran violencia.
En el arte mexicano antiguo cupieron desde las
pirámides bellas y formidables hasta los diminutos
jades maravillosos; en el arte mexicano contem­
poráneo caben desde los murales monumentales
del Hospicio de Guadalajara. hasta los paisajes
construidos dentro del hueco de una nuez y las
pulgas vestidas. La obra de Velasco es más grande
que un mural y una pirámide, es un poema del
color con estrofas que son montañas; pero Ber­
gamín prefiere las pulgas vestidas.
El caso del señor Bergamín no es único ni le
faltan precedentes, hasta ilustres precedentes; la
sensibilidad del artista, el poeta y el escritor espa­
ñol son muchas veces contrarias a las nuestras,
precisamente por la diferencia de nuestras dos
tradiciones inamalgamables; misticismo que se
expresa con realismo subjetivado en la española,
y materialismo ocultista y poético, que se expresa
con realismo monumental abstractivado en la mexi­
cana. Esta diferencia que antagoniza dos tradi­
ciones y que hace que la española no sea un
elemento asimilable para la mexicana, es un hecho
que no debe ser motivo ni para lamentos ni para
dicterios. Pero es preciso tenerlo en cuenta. No
es posible hacer que los organismos creados para
el engrandecimiento de nuestra cultura nacional
sirvan para la difusión de juicios que para nos­
otros son perjuiciosos, originados en la lamentable
pero inevitable incomprensión.
Señores miembros del Seminario de Cultura
Mexicana: espero se sirvan ustedes recoger mi
protesta cordial y respetuosa.
Anticipo a ustedes las gracias por la atención
que quieran acordar a las palabras de un discípulo
de José María Velasco y compañero de José Cle­
mente Orozco, que se honra con ser ambas cosas.
Muy atentamente a las respetables órdenes de
ustedes,
DIEGO RIVERA

- T O R R E S

En la Galería Comte se realizó una exposición
de Pintura Moderna del Uruguay, organizada por
una comisión de damas y caballeros. Reza el catá­
logo: “ Los organizadores de esta exposición han creí­
do más eficaz constituirla en un sentido crítico” .
Nosotros entendemos el sentido “ crítico” particular
de los organizadores, porque no se concibe que en
una muestra donde se han seleccionado sólo trece
pintores uruguayos, entre otros tantos valores, figu­
ren juntos, y en calidad de artistas representativos
del arte de su país, veinte alumnos del taller de
Torres García. Con el mismo derecho, o mayor aún,
podrían figurar treinta o más alumnos de la Aca­
demia de Bellas Artes de Montevideo.
Como crítica, como orientación, esto deja mucho
que desear. Hacer del taller de Torres García el
eje de la pintura uruguaya moderna es estar fuera
de la realidad, del conocimiento del arte como
fenómeno humano.

GARCIA

En otras salas, en el Museo Nacional de Bellas
Artes, otra comisión organizó una gran exposción
de las obras de Cesáreo Bernaldo de Quirós. Como
Torres García, ese pintor tiene su base en el pen­
samiento vivo y sensible de su tiempo. Quirós es
un post-iinpresionista y su estética deriva del im­
presionismo. Torres García es un post-cubista y
su estética deriva del cubismo. Las diferencias for­
males no invalidan la identidad de pensamiento
existente en ambos pintores: “la evasión de la rea­
lidad” ; el uno en el sujeto, el otro en la forma. El
uno hace tipos irreales; el otro imágenes irreales;
el uno es el romanticismo sensible de cosas pasadas;
el otro la especulación teórica de cosas desvitali­
zadas. .Ambos operan sobre la base de influencias
teóricas, no pudiendo ninguno de los dos, en un
sentido o en el otro, dar la tónica de un arte
realmente personal o local.
A.

B.

�ESCULTURA
Dirige
LUÍS

L

a

FA

El redescubrimienlo de u^a obra m aestr

PLENITUD c r e a d o r a

deAugusto Rodin. en la hora de sus más audaces realizaciones, dió

al mundo de las formas expresivas la verdadera estatua de Sarmiento V una de las más
altas afirmaciones de la escultura contemporánea. La imagen de Sarmiento pertenece al

ciclo heroico que culmina en la efigie de Balzac.

Para valorarla con sentido universal con­

EL S A R M I E N T O

viene recordar que Rodin la libró al conocimiento público en 1898, es decir, un año después
de haber terminado la extraordinaria figura del creador de la Comedia Humana.
De esta certidumbre y de la libertad de expresión que informan las dos concepciones, se in­
fiere que ellas solicitaron simultáneamente las facultades creadoras del gran escultor, durante

DE

el largo y paciente proceso de gestación a que sometía sus obras.

RODIÑ

Para abarcar la totalidad de Sarmiento y poder crear la imagen
más expresiva que se conozca de nuestro gran constructor, Rodin
comenzó por internarse en el hombre, en el medio y en la obra
del ilustre argentino. Luego se dejó desbordar por esa fuerza de
la naturaleza hasta captar su ritmo, cuyo conocimiento le permi­
tiría crear la equivalencia plástica capaz de evocarla. Ese cono­
cimiento le reveló hasta qué punto el dinamismo interior, la fe
encendida por la visión de una Argentina mejor, transfiguraban
de continuo los rasgos físicos de la tumultuosa figura de nuestro
liberalismo ascendente.
En posesión de esa imagen elemental, Rodin emprende la
tarea de retratar a Sarmiento según su concepto de la proporción
óptica, la perspectiva y la semejanza integral, mediante formas
que han de vivir en plena luz. Aplica sus conocidos principios
plásticos: imprime a la masa de su estatua el movimiento domi­
nante, movimiento que estudia desde todos los ángulos en suce­
sión circular de siluetas, que se han de perfilar en el cielo;
modela los planos como una suma dinámica de todas las siluetas,
unidas sumariamente para lograr lo que él llamaba “ un movi­
miento en el aire” , de acuerdo a las leyes naturales de la escul­
tura para ser vista al aire libre, las que llevan a la búsqueda del
perfil y del valor, cuidando que los detalles no distraigan del
conjunto, del movimiento principal del personaje y, consiguien­
temente. del espíritu que encarna.
En la realización del movimiento expresivo, amplifica razonada­
mente las partes que puedan concurrir a intensificar la vitalidad,
la energía y el espíritu del personaje, de modo que las formas
acusadas y las otras mantengan la debida relación de dependencia
con la forma total de la obra, que la atmósfera vibre alrededor
de los volúmenes y los modelados esenciales ocupen su lugar sin
dejar de concurrir a la mejor inteligencia del conjunto. Rodin.
al perseguir esta doble síntesis, de realidad y de valores plásticos,
alcanzó la imagen cabal de Sarmiento.
Esta apasionada imagen de Sarmiento fué recibida en el mundo
oficial de Buenos Aires con la misma incomprensión con que el de
París recibió en su hora a la estatua de Balzac. Nuestra clase
dirigente combatió la creación de Rodin en nombre del “ pareci­
do” , del estrecho e inanimado concepto burgués de la semejanza
miope, instantánea, anecdótica. No alcanzó a comprender que el
gran estatuario acusara el carácter, la ley específica del objeto y
del sujeto representado. No comprendió que el artista hiciera
surgir la figura de la mediocridad que lo rodeaba, destacando los
valores dominantes que la individualizaban. Sólo supo escarne­
cerla y cultivar su olvido.

T a documentación fotográfica de es­

tas páginas y la que figura en
la portada corresponden al trabajo
que lleva a cabo actualmente Hora•
ció Cóppola. Destinada a difundir
los valores plásticos y la fuerza
expresiva del bronce epónimo, con­
tribuirá sin duda a d espejar el
malentendido que facilitó el desco­
nocimiento popular.

El Sarmiento por Rodin, lejos de ser una invención arbitraria
de escultor, es la síntesis apasionada de uno de los mayores con­
ductores que tuvo la Argentina, lograda por la intuición genial
del artista. Por ello creemos que la semejanza de destinos de esas
dos obras señeras, puede llegar a completarse. La estatua de
Balzac, después de cuarenta años de negación, tuvo su consagra­
ción pública en las calles de París, al mismo tiempo que muchos
jóvenes escultores de Francia, hastiados de tanto formalismo de
ayer y de hoy, rendían homenaje a esa obra maestra, última evo­
lución de la escultura de todos los tiempos y punto de partida
de nuevos impulsos. Entre los escultores argentinos parece adver­
tirse una reacción semejante hacia la obra rodiniana. Y con ellos
no ha de lardar el pueblo argentino en descubrir en el bronce de
Palermo la verdadera imagen de Sarmiento, el Sarmiento de sus
amores con la libertad.

�MUSICA
Dirige
LEOPOLDO HURTADO

MUSICA
C on' motivo del día de la tradición, ha
habido un recrudecimiento de música po­
pular, especialmente del género folklóri­
co, nativo o indigenista. El viejo reper­
torio, manoseado y falsificado en sus tres
cuartas partes, ha salido a relucir — o re­
sonar— en esta oportunidad, en dosis
abrumadoras.
¿Es esa nuestra tradición musical? ¿Tra­
dición es entre nosotros sinónimo de atra­
so. de analfabetismo artístico, de cursilería,
de mal gusto?
Está bien clara la tendencia de esta cla­
se de exhumaciones. Pertenecen al mismo
plan de exaltación del gaucho y de la vida

1í

TRADICION

primitiva. Interesaba mucho mostrar que
lo genuinamente argentino era la milonga
que el mulato rosista, semi-mamado. ento­
naba en la pulpería de arrabal, y no la
música culta que el “ cajetilla" unitario
tenía que aprender en Montevideo o en
Chile, o las ingenuas piezas de salón que
entonces se escribían por acá. porque la
cultura musical del medio no daba pa­
ra más.
Sin embargo, en medio del candombe
nativista. algo de esa música culta tradicio­
nal ha conseguido hacerse oír. Nos refe­
rimos a esos ingenuos y deliciosos minués
de Alcorta. de Esnaola, a esas piezas de

De Adolfo Solazar
que se hace frecuentemente sobre la autenticidad de un motivo
popular, de una frase o de una melodía entera proviene de otra línea de razones. Es
porque existe aún cierto “ nacionalismo” primerizo que consiste en tomar esos motivos
en colecciones o en el “ natural" (café cantante, prado florido o montaña umbría) y
simplemente acompañarlos con una armonización según el gesto rudo, literal, refina­
do, vejancón o modernista del compositor. Se comprende que esta labor es demasiado
modesta para que se dé, realmente, el nombre de compositor a quien la practica, en
ocasiones, sin más artes que el de hilvanar unos motivos con otros formando "suites
que ni siquiera merecen ese nombre clásico, porque las "suites fueron en su tiempo
series de páginas cerradas, cada cual dentro de su tipo de forma y combinadas opor­
E l HINCAPIÉ

Alberdi que se han podido escuchar aquí
y allá.
Nos resulta particularmente grato que
en la tradición de la música culta argéntina esté el minué. Es algo que nos liga
positivamente a la cultura europea, de
donde salimos y en la que nos formamos.
He aquí la tradición que — creemos— han
de reconocer nuestros músicos cultos, cons­
cientes de su misión de crear entre nos­
otros una música de un nivel equivalente
al que han alcanzado — o habían alcan­
zado— otras manifestaciones espirituales.
No se vea en esto un menosprecio de lo
popular. No es en absoluto admisible que
lo popular sea necesariamente malo. Sin
recurrir al ejemplo de países europeos, de
larga formación cultural, hay en América
muy buenos ejemplos de músicas popula­
res que han llegado a un alto grado de
calidad artística. Bastará mencionar el
“ jazz” , esa formidable contribución neta­
mente popular a la música contemporá­
nea. \ constantemente nos llegan de los
Estados l nidos, de Méjico, del Brasil, ex­
presiones musicales que constituyen apor­
tes valiosos aun para el criterio estilístico
más exigente.

tunamente entre sí."
“ Ocurre así que encontremos en todos los países de América tipos de naciona­
lismo musical retrasados que, al creerse a tono con los tiempos, acentúan las carac­
terísticas de ese retraso en lugar de transformarlas ni de superarlas. Coincidentemen­
te y por fortuna, encontramos también en estos países artistas que, sus codos en
contacto con los codos de aquéllos, han logrado esa superación semejante o equiva­
lente en sus países respectivos a la del ruso Stravinsky, a la del húngaro Bartók o a
la del español Falla. Entre la multitud de músicos nacionalistas de fases retrasadas,
esos otros son figuras de excepción, profetas mal escuchados en sus patrias, pero cuya
voz, “ a control remoto

es la que se dirige al p o rv e n ir...

A dolfo Salazar .

("L a Música

edición Losada. 1944).

"El Cielito", por Carlos C. Pellegrini (18411. De la colección de Alejo B. González Garaño

Nos vemos obligados a denunciar lo po­
pular cuando, como en este caso, se pre­
tende confundirlo con las manifestaciones
espúreas de una música adulterada para
el consumo, cuyo origen popular es de lo
más discutible, y que se exhibe con un des­
precio absoluto del buen gusto.
Por suerte en nuestra tradición musical
tenemos el minué; esas piecitas de Alcorta
nos ponen en el verdadero camino de la
tradición culta argentina. Implican el en­
tronque de nuestro arte incipiente con
Haydn, con Mozart. con Beethoven. Por
ahí vamos bien; esa es nuestra mejor ge­
nealogía, y la única aceptable. Porque si
el lenguaje, la gramática, la sintaxis musi­
cales que empleamos son las europeas,
nuestra tradición está allí y no aquí.
“ Nadie puede saber lo que hay en un
minué” , decía Wanda Landowska. Tenía
razón la ilustre clavecinista. En un minué
puede caber nada menos que todo un pro­
grama de regeneración de las malas prác­
ticas de la música argentina.
L.

H.

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48-2206

�TEATR
Dirige
MARIA ROSA OLIVER

Aldridgea Paul Robeson

De Ira
Lv

queva a continuación es sacada

SÍNTESIS

American

folleto "Cavalcade of

Negro",publicado a raíz de la Exposición de las actividades negras, reali­

zada en el estado de Illinois, en el año 1940.
Los negros, cQn su vitalidad

y su

sentido del ritmo, de lo mu

mucho antes de llegar a las tablas, fueron fuente de diversión para los demás habi­
tantes de lo que son ahora los Estados Unidos. Primero en las plantaciones del Sur,
donde los esclavos participaban en los festivales organizados por sus amos, y después
en las ciudades del Norte, donde los negros libres cantaban y bailaban en las calles
para ganarse unas monedas...

Consagración

Ballet de los boxeadores, de Carmen Jones, interpretado
por Sheldon Hoskins y Randolph Sawyer.

Recién en el año 1796. el negro hizo su apari­
ción en un escenario de la América sajona, cuan­
do a un muchacho "de color” le dieron un pequeño
papel en El triunfo del amor, de Murdock.
representado en Filadelfia. Luego, en Nueva York
y Boston, se pusieron en boga esas óperas cómicas
donde los actores blancos, con la cara tiznada de
carbón, hacían el papel de los esclavos negros,
caracterizándolos exagerada y caricaturescamente,
como haraganes, supersticiosos, ladrones de galli­
nas y excesivamente aficionados a sacar el cuchi­
llo. Estos “ caracteres” gustaron tanto que pronto
se recurrió a los negros mismos para interpretar
dichos papeles. Estos lo aceptaron debido a las
grandes sumas que les ofrecían por ello.
La tradición de los “ minstrels” , nombre que se
dió a esos bufos de cara tiznada imitadores de los
negros, impidió por muchos años que los verda­
deros negros ingresaran seriamente a la vida tea­
tral. Exceptuando a los pocos que participaron
en la escenificación de La cabaña del Tío Tom,
recién a partir de 1895 tomaron parte en las come­
dias musicales, debutando en las S. H. Dudley y
John Isham. La primera comedia musical escrita
y representada enteramente por negros, se estre­
nó en 1898, se tituló Ln viaje a Coontoicn y su
autor era Robert Alien. En 1905 se crearon dos
grupos, después famosos, de autores, músicos, di­
rectores y actores negros, el de Best Williams
y George W. W alker y el de Robert Alien Colé
y Jy. Rosamond Johnson. A la muerte de su com­
pañero, en 1911. Best Williams se convirtió en
estrella de las Ziegfield Follies, y en la década
de los veinte, la última de su vida, triunfó como
primer actor en Brevedades de Broadivay y Geor­
ge ff ashington Jones.
Antes de que la comedia musical entrara en
una especie de eclipse, que muchos creyeron una
decadencia definitiva, se hicieron célebres en ella
Sissle y Blake, Miller y Lyles, Florence Mills,
Josephine Baker. Ethel Waters y Bill “ Bojangles”
Robinson. Su actuación en producciones tales
romo Dixie to Broadway, Shuffle Along, Choco­
late Dandies y Blackbirds of 1926, elevaron el
nivel artístico de la comedia musical preparando
al público para otras manifestaciones teatrales
más importantes.
Al revisar la trayectoria y el progreso realizado
por los negros en el teatro, no debemos olvidar el
hecho de que los barrios negros tenían sus teatritos

del teatro
negro
locales, donde, a veces, el elemento era mixto. El
primero cuya fama trascendió los límites locales
fué el de Robert Moth Pekín, de Chicago. A ejem­
plo suyo, otros teatritos se superaron y llegaron
al público en general. El precursor de íos actores
dramáticos negros fué Ira Aldridge, oriundo de
la ciudad de Bel Air, estado de Maryland. Exclui­
do de los escenarios americanos debido a su color.
Aldridge marchó a Inglaterra y el 10 de abril de
1833, debutó en Londres, haciendo el papel de
Otelo frente a la Desdémona de Ellen Terry. Ira
Aldridge murió en Lodz, Polonia, en 1867, y ha­
brían de transcurrir cincuenta años antes de que
otros grandes actores dramáticos negros llegaran
a ocupar en los escenarios de su país el lugar que
les correspondía. Esto sucedió el 5 de abril de
1917, día en que los Estados Unidos entraron en
guerra con Alemania. En esa fecha, los actores
de Hapgood iniciaron el movimiento en favor del
establecimiento del teatro negro, ofreciendo en su
programa tres obras en un acto de Ridgley Torrence, el poeta del Garden Theater de Nueva
\ ork, bajo la dirección de la señora de Norman
Hapwood y de Robert E. Jones.
Aunque el momento de la presentación no re­
sultó oportuno, obras, directores y actores fueron
aclamados por la crítica. A raíz de ese éxito, el
autor de las obras, Ridgley Torrence, escribió:
"He pensado muchas veces que el negro, siendo
igual al blanco en todos los otros sentidos, puede
llegar a producir el arte teatral más directo, más
poderoso y más grande del mundo” . Por primera
vez, los negros tuvieron en Broadway papeles es­
telares. La tradición de los “ minstrels” estaba
superada.
Con el retorno a la vida normaL tres grupos
experimentales dieron gran impulso al arte dra­
mático negro y despertaron el interés general por
los problemas raciales. Estos tres grupos fueron:
el de la Universidad de Howard. el de los actores
de Provincetown y el del Teatro de Arte Etíope,
que produjeron, entre otras obras, tres de Eugene
O’Neill, El niño que sueña (un acto sobre la vida
de los bajos fondos de Harlem ), El emperador
Jones y Todos los hijos de Dios tienen alas* Ex­
ceptuando a O’NeilI, el mayor éxito obtenido en
el teatro negro fué el de Paul Green con sus
obras Trajes blancos, Abuelita Bobing, El inútil
y En el seno de Abraham, representadas por el
grupo de Provincetown.
11

La lista de obras de importancia en la historia
del teatro negro incluye El camino de las cabras,
de Howard Culbert; El muchacho negro (historia
de un campeón de b ox ), de Tully y Dazey; En el
fondo del cáliz, de Battle y Perlman; Estigma (la
tragedia de la mujer de las razas negra y blanca),
de Donald y Dorothy D uff; Tierra, de Jo Em Bash
y la ópera con música de jazz Río Profundo,
donde Jules Blesdoe encarnó a un rey Yudú. A
ellas debe agregarse la Sulú bella, de David Belasco; la representación de Porgy en el teatro
Guild. de Nueva \ ork ; el Show Boat, de Ziegfied
y la niás célebre de todas, Praderas del Cielo,
con Richard B. Harrison en el papel de “ Nuestro
Señor” .
En los años de la depresión económica, cientos
de actores negros quedaron sin trabajo, pero, al
poco tiempo, el proyecto del Estado creando el
Teatro Federal, brindó empleo a todos, hasta a
aquellos, ya célebres, que creían su hora pasada
para siempre. En Chicago, dentro de esa orga­
nización estatal, se fundó el grupo División Ne­
gra, destinado a utilizar a los artistas de color,
llegando en su afán a crear de nuevo los antiguos
"minstrels” y los presentó en parques, hospitales
y colegios, hasta que, habiendo llegado a conse­
guir el Igae Hall, el grupo volvió a dedicarse a
la producción dramática. Aunque el local no era
del todo adecuado para el drama o la comedia
en tres actos, las obras ¿P ecó Adán?, Todo el
mundo en su humorismo y Rom y and July fue­
ron aclamadas por el público. Rom y and July
fué un ensayo de adaptación del drama de Shakes­
peare; se la traspuso al dialecto negro para na­
rrar la enemistad entre una familia de las Indias
Orientales y una de Harlem. El mismo sistema de
adaptación se empleó para la opereta de Gilbert
y Sullivan Swing Mikado. Luego, el Proyecto de
Teatro Federal alquiló otra sala más adecuada para
que el grupo siguiera produciendo. Allí se ensayó
El himno al Sol Naciente, de Paul Green. cuya
representación fué impedida por algunos de los
accionistas, miembros de la comisión, por encon­
trar en la obra una condena demasiado franca de
la vida de los presidiarios del Sur. A pesar de
ello, el grupo siguió adelante y al poco tiempo
presentó El arco iris del Mississippí, de Brownell,
donde actuaron Hermán Green y Theodore Ward,
autor este último de la obra que más fama había
(sigue a la vuelta)

�(viene de la página anferior)

de dar al grupo División Negra: La gran bruma
blanca, donde se trata de una familia de los Es­
tados del Sur que vive en un ambiente dominado
por el prejuicio racial.
El éxito del Teatro Federal renovó el interés
del público por la comedia musical negra, género
en el cual se destacaron otras dos adaptaciones,
la de Sueño de una noche de verano, hecha por
Bennv Goodman bajo el título de Swinging the
Dream y Hot Mikado, con los mirobolantes pasos
de danza de Bill Robinson, y la original obra
John Henry, cuyo principal intérprete fué Paul
Robeson.
Aquí termina la síntesis publicada en “ Cavalcade
of the American Negro". Desde 1940 hasta hoy,
el teatro negro en Nueva York ha triunfado en
varios géneros. En la comedia musical basada en
una balada popular, Porgy and Bess; en la adapta­
ción de la Carmen de Bizet. que bajo el título de
Carmen Jones describe el drama de amor entre
una cantante negra y un boxeador; en el melo­
drama de Richard Wrighl Nati ve son (novela
publicada aquí bajo el título de Sangre negra,
puesto en escena por Orson Welles y teniendo por
intérprete principal al talentoso actor negro Ca­
ñada Lee; en el drama de Shakespeare donde el
más grande de los artistas de color, Paul Robeson,
encarna a Otelo.
Más de cien años han transcurrido desde que
Ira Aldridge tuvo que emigrar a Londres para
poder actuar entre actores blancos. Sólo diez años
atrás se prohibió una obra por ser demasiado
audaz su crítica al racismo. Hoy, Paul Robeson es
aclamado en Broadway, y la obra de Wright Natire son, acérrima condena contra la discriminación,
se ha mantenido más de dos años en su escenario
neoyorkino. El progreso ha sido lento pero se­
guro, y la crítica, sin excepción, admite que los
actores, autores, músicos y cantantes negros han
dado una nota intrínsecamente americana al tea­
tro de su país.
M. R. O.

Margarita Xirgu, en un pasaje de su magní­
fica interpretación de "La dama del alba".

La «lanía
del
alba
4Í*&gt; i h’jumlro 1 a nona

. A c e r c a r s e a la tierra implica casi siempre,
para el escritor y el artista, desprenderse de lo
superfluo y de lo retórico, y tomar o dejarse tomar
por los fenómenos elementales. Aun cuando se
trate de artistas inclinados y formados en un arti­
ficio compacto, como en el caso de D’Annunzio,
ese movimiento de aproximación resulta en extre­
mo provechoso para el arte, como lo prueba “ La
figlia de Y orio” , que cuenta entre lo más perdu­
rable del autor de “ Laudi” . En Alejandro Casona
el propósito de acercarse a la Asturias de su naci­
miento, después de variadas experiencias dramá­
ticas realizadas sobre temas y climas urbanos, ha
sido singularmente promisor. La dama del alba,
obra reveladora de tal propósito, es, a nuestro jui­
cio, la más equilibrada y la más armoniosa de sus
comedias. Es verdad que ese equilibrio y esa
armonía logrados no tienen vínculo aparente con
el espíritu de su suelo, sino más bien con la con­
ciencia profesional vigilante, mas esas virtudes
están presentes en el retablo y nadie puede afir­
mar que no exista una secreta relación entre los
elementos utilizados por el escritor y la delectación
de las fuerzas interiores que se movilizan para
realizar una comedia. El gozo íntimo puede ser
y es, con frecuencia, la mejor explicación de una
venturosa labor.

La dama del alba, que presentó Margarita Xirgu
en el Avenida, desarrolla lo que podríamos llamar
el reverso de una leyenda, paralelamente a la
leyenda misma. Esta consiste en lo siguiente: una
recién casada abandona al marido, y nada más
se sabe de ella. Las gentes del lugar lanzan la
conjetura de que se ha tirado al río. Los familia­
res y el marido la buscan angustiosamente, pero
el cadáver de la moza no aparece. Transcurren
varios años y un día los aldeanos hacen el hallazgo
del cadáver antes buscado en vano, y lo llevan
a la casa de la madre y del abuelo. El conflicto
dramático imaginado por Casona intenta explicar
los hechos que originaron la leyenda. Angélica
—que así se llama la moza en La dama del alba—
abandona a su marido. Martín de Narcés, al tercer
día de casada para huir detrás del hombre al que
verdaderamente ama. Bacante tiempo más tarde
aparece en la casa de aquélla una joven, Adela,
cuya desventura mueve a tanta piedad que la ins­
tan a que permanezca allí, donde visible y sensi­
blemente irá ocupando el lugar de la desaparecida,
incluso en el corazón de Martín, que la rehuye
sospechosamente, actitud que la reemplazante sólo
comprenderá cuando él le confiese sus sentimien­
tos y le haga conocer la verdad en tom o a la
misteriosa desaparición de Angélica, lo que ocurre
en un día de festividad religiosa, en que todos se
van al pueblo. Esa misma tarde, en que también los
nuevos enamorados se van a la fiesta, vuelve An­
gélica, arrepentida y derrotada, pero resuelta a
ocupar su puesto en la casa y en los sentimientos
de todos, sin excluir los del marido. Angélica es
recibida por un extraño personaje, La Peregrina,

que es nada menos que un símbolo de la muerte.
Esta Peregrina narra a la moza la leyenda susci­
tada con su desaparición y la hace comprender
lo bello que sería salvarla, yéndose, es decir, sa­
crificándose por su propia leyenda. Angélica se
deja persuadir y se va para — ésta vez ciertamen­
te— hundirse en las aguas del río, de donde no
tardarán en extraerla las gentes del lugar.
En La dama del alba todo está realizado con
mesura. Las situaciones dramáticas están levemen­
te expuestas y todos los personajes, hasta el resen­
tido Martín y la parlanchína criada Telva, se
caracterizan por una común discreción. Pero la
fragancia seca y densa de la tierra no se percibe.
En todo caso, un perfume que apenas se le parece,
en los trozos de diálogo en que alguna sentencia
o dicho campesino recuerda que no todo lo que
se oye es la prosa limpia y desindividualizada de
Casona. Ello induce a creer que el comediógrafo
de “ Nuestra Natacha” ha ido medrosamente a
abrevar en las aguas del terruño, lo que ha impe­
dido, por igual, que fuera tomado por los elemen­
tos de la tierra o que los tomara él decididamente.
En cuanto al extraño personaje de La Peregrina,
que tanta intervención tiene en la trama de la
obra, es evidente que Casona ha querido dar una
noción, digamos amable, de la muerte, lo que sin
duda ha comprometido la gratitud de no pocos
espectadores, pero la idea de la muerte queda así
“ viciada de nulidad” , como diría un jurista. Cual­
quier ser humano puede tener una idea particular
de la muerte —como lo demuestra Casona, a nuest o entender— pero la muerte misma no puede ser
más que la muerte, es decir, lo que pone término
a la vida visible, sin discriminación de vida alguna,
sin distingos de edades o circunstancias. La Pere­
grina de La dama del alba no sólo se singula­
riza por su ternura en el trance de compartir un
juego de niños, lo cual no deja de ser bello, aun­
que arbitrario —no podemos olvidar que Casona
se ha propuesto dar una explicación “ real” de una
leyenda— sino que también se equivoca presen­
tándose a destiempo, lo cual destruye toda idea
de inexorabilidad, sin la cual la muerte resulta
algo así como un acreedor ahuyentable.
Margarita Xirgu encarna a La Peregrina. Lo
hace componiendo una figura ingrávida, llena de
sugestión y de delicadeza, que hace pensar inme­
diatamente en una imagen inmaterial. María Gámez. en la criada Telva, muestra, una vez más,
sus excelente cualidades; Teresa León, en La
Madre, transmite el pesar que la aflige por la
ausencia de la hija; Amelia de la Torre, en la
Angélica, pone de manifiesto su hosco tempera­
mento dramático, e Isabe] Pradas, en la Adela, se
muestra sensible y expresiva. López Silva, en El
Abuelo, no logra salvar la monotonía de su tono,
y Alberto Closas, en el Martín, nos parece dema­
siado rígido.

Paul Robeson en una escena de "Otelo", de Shakespeare Lo secun­
dan Uta Hagen en el papel de Desdémona y José Ferrer en Yago.

SAMUEL

EICHELBAUM

�MAPA CONTINENTAL
Dirige
NORBERTO

1

Panorama Brasileño
I.

VALOR DE LAS RETICENCIAS
MANUEL BANDEIRA

Hay en las Vozes &lt;TAfrica una sextina, admi­
rable de vigor pictórico, en la que el simple em­
pleo de unas reticencias aviva extraordinariamente
el poder sugestivo, ya de por sí muy fuerte. Es
la siguiente:

DIBUJO DE PORTINARI

De Tebas ñas colunas derrocadas
As cegonhas espían debru^adas
O horizonte sem f in ...
Onde branqueja a caravana errante
E o camelo monótono, arquejante,
Que desee do Efraim” .

H alada
das

Obsérvese, de paso, la fuerza de la descripción
que hace de la propia decadencia de Africa: lo
que fuera grandeza, murió — las columnas de
Tebas de Cien Puertas, derrocadas; e inclinadas
sobre ellas, las cigüeñas pensativas enhebran el
largo mirar en la monotonía del horizonte infinito
que no presenta más que las comunes imágenes
de una civilización difunta: la caravana vagabun­
da y el camello fatigado.
Pero vamos al caso de las reticencias.
Ellas están en el tercer verso, usadas de manera
no muy normal, pues el pensamiento debe prolon­
garse sin solución de continuidad, en los versos
restantes de la estrofa, en continuos “ enjambements” . El tercer verso es, como se vió, O hori­
zonte sem fin . . . La expresión nos sugiere de
pronto el infinito, algo en que somos instados a
detenernos. “ El horizonte sin fin” , oím os; y pa­
rece que una voz interior nos pide en seguida
una pausa, como para la contemplación de ese
infinito. Hay en aquellas cuatro palabras una
atmósfera de sueño. No es posible huir del toque
de cierta emoción, al fijar los ojos en lo ilimitado
del horizonte; y las cigüeñas, que desde las co­
lumnas truncadas, lo contemplan como si soñaran
—humanamente— el extinguido esplendor de que
todavía hablan esas mismas columnas. De aquí la

Foram as sereias.
A ño tardou, voltaram
Com o perdido anel.
Maldito o capricho
De rei
táo
c

TECNICA POETICA
por Aurelio Enarque de Ilollanda

II.

ORIGINALIDAD

Se sabe que la originalidad no siempre es cosa
como por descuido caída del cielo. A veces es
conseguida sin esfuerzo aparente; pero bajo la
supuesta ausencia de cualquier dificultad, cuánta
lucha —lucha sorda, profunda, seguida en lo más
íntimo del subconsciente— . ¡Generaciones ente­
ras trabajaron para el poeta (o el artista, en ge­
neral), sin que de eso él tuviese conocimiento;
el invento, el estallido fué producto de una lenta
y callada elaboración, en que participaron muchas
fuerzas insospechadas! Lo más común, entretanto,

sereias

O rei atirou
Seu anel
aomar
E (lisse as sereias:
— Ide-o lá buscar.
Que se o nao trouxerdes,
Virareis espuma
Das ondas do mar!

TRES ASPECTOS DE

demora, la pausa emotiva, esencial en la lectura
de la estrofa, indicada, en ésta, por las reticencias.
Podría haber una coma en vez de los puntos de
reticencia; pero la coma señalaría simplemente
la pausa, descarnada y desnuda. Sería, sin duda,
de algún efecto, y si su ausencia fuese advertida
en la lectura, dañaría bastante los versos. No
obstante, las reticencias, a más de la pausa, de­
terminan una entonación especial, expresiva del
éxtasis de la contemplación, del estado en que el
alma queda en suspenso; no es por otro motivo
que se les dá también el nombre de puntos sus­
pensivos.
Por otra parte, siendo la pausa de los tres pun­
tos más viva y más característica que la de la
coma, me parece que su efecto contagia los ver­
sos siguientes de la estrofa, que pasan a ser leídos
más despaciosamente, lo que es de buen efecto,
pues la idea de monotonía, de lentitud, domina
los tres versos finales de la estrofa, sobre todo el
segundo, bellísimo, en que Castro Alves nos mues­
tra “ o camelo monótono, arquejante” .

cío r e y

es que el poeta, el escritor, realice conscientemen­
te, a duras penas, la conquista de la originalidad
esquiva y rebelde. Es conocida la explicación de
Edgard Poe sobre el modo como consiguió El
cuervo. Todo allí — confiesa— fué objeto de lar­
ga y cuidadosa meditación: desde el “ Never more”
crascitado en refrán por el ave agorera, hasta los
mínimos accidentes, como la elección del busto
de Pallas, blanco, en el que resaltaría el negro
solemne del siniestro visitante de la media noche.
• • •

Si es consciente o inconsciente, no lo sé decir:
lo cierto es que tiene prodigioso efecto una ori­
ginalidad de Augusto Federico Schmidt, en su
poema Luciana. Transcribo la primera estrofa:
•

As raparigas que dan^avan,
Luciana, a pálida, todas,
Como os frutos, apodresceráo;
Porque só’há um destino,
Con muitos caminhos, embora.

¿Dónde la originalidad? En el segundo verso.
Luciana, a pálida, todas. Existe allí una anomalía.
Después de Luciana, y antes de todas, debería
haber otros nombres de mujer, formándose, de
esta manera, una gradación. Con la huida de lo
convencional de los patrones retóricos, ¡cuánto
ganó el poema! No fué observada la gradación,
y, en consecuencia, adquiere extraordinario real­
ce la figura de Luciana. En realidad, es solamente
de ella que el poeta desea hablar y habla. Aquel
as raparingas que danqavan es un débil marco
para el cuadro en que se muestra, ocupándolo
por entero, la figura de Luciana, con su presencia

O rei atirou
Graos de arroz ao mar
E disse as sereias:
—Ide-os lá buscar,
Que se os nao trouxerdes,
Virareis espuma
Das ondas do mar!
Foram as sereias,
Nao tardou, voltaram,
Náo faltava um grao.
Maldito o capricho
Do mau coraqáo!
O rei atirou
Sua filha ao mar
E disse as sereias:
—Ide-a lá buscar,
Que se a nao trouxerdes,
Virareis espu ma
Das ondas do mar!
Foram as sereias. . .
Quem as viu voltar?. ..
Aao voltaram nunca:
\ ira ra m es pu ma
Das ondas do mar!
MANUEL BANDEIRA
Río de Janeiro, 1944

todopoderosa. Luciana era una de las muchas
muchachas que danzaban. Pero, ¿qué importan
las otras? Danzaban muchas, pero todas se des­
vanecieron en el vértigo de la danza y de ellas
apenas restó en la memoria sencilla del poeta, la
imagen de Luciana. “ Luciana que no se repite” .
Se debe, sin embargo, observar que el todas no
viene inmediatamente después de Luciana; y có­
mo disminuiría — desaparecería, acaso— el efecto
si viniese! ¿Qué hizo el poeta? Dió un epíteto
a Luciana: “ la pálida” . Así amplificado y valo­
rizado, el nombre Luciana parece contener en sí
todos los otros no mencionados. El rostro de la
mujer, crece, afírmase y vive dentro de nosotros.
Y la demora en el “ pa” del esdrújulo — pálida—
fija un linde bien nítido entre la expresión Lu•
(sigue a la vuelta)

13

�E
Dirige
HORACIO COPPOLA

Sinof

PUNTA SECA DE PORTINARI
E l pr o f u n d o sentid o de la realidad del Brasil que demuestran poetas, novelistas, ensayistas y
artistas plásticos brasileños contemporáneos, logra en la pintura de Portinari una leal y rica expresión
en tema, forma y color. La obra por él realizada, Za serie de cuadros para Radio Tupí de Río
de Janeiro, sus exitosas exposiciones en Estados Unidos, su infatigable capacidad de trabajo y su per­
sonalidad, por otros motivos plena de interés espiritual, le colocan en la nómina de los grandes hom­
bres-artistas de América. De su obra más reciente, un formidable fresco de setenta metros cuadrados
en uno de los muros interiores del edificio del Ministerio de Educación de Río de Janeiro, cuyo
personaje múltiple son los niños de toda la geografía del Brasil, ha dicho la gran escritora brasileña
Lucía Miguel Pereira: “ En ella Portinari se supera y concentra toda la ternura y toda la poesía
que se desleían en sus trabajos anteriores, dominados por la exhuberancia de su tumultuoso tempe­
ramento de artista” .
N.

ciana, a pálida y la palabra-síntesis todas, y liga
más estrechamente esta palabra al verso siguiente,
haciendo resaltar el efecto del conjunto. Compá­
rese. Sin el epíteto:
As raparigas que dan^avan,
Luciana, todas,
como os frutos, apodesceráo.
Y con el epíteto:
As raparigas que danyavan,
Luciana, a pálida, todas,
como os frutos, apodesceráo.
III. POCOS VERSOS Y MUCHA POESIA
Es el caso de Andorinha, poema de Manuel
Bandeira. Una realización poética perfecta en
cuatro versos:
Andorinha lá fora está discendo:
— Passei o dia a toa, a t o a ...O )
Andorinha. andorinha, minha cantiga é
[ inais triste. ..
— Passei o dia a toa, a t o a ...
Allí se halla, admirablemente sintetizado, el
paralelo entre el destino del poeta y el de la go­
londrina.
Obsérvese, como nota bien característica, el
tono simple de lengua popular, de conversación
íntima, que da la ausencia del artículo antes de
andorinha. No es la golondrina que habla; ni
una golondrina. Es andorinha, simplemente, inde­
terminadamente. Es muy feliz aquí la omisión de
“ la” : pareciendo a primera vista disminuir a la

A.

F.

pobre ave, en realidad le confiere mayor realce.
Sin artículo (y también con él) acostumbramos
usar los nombres de personas o ciertos nombres
propios. De modo que la falta es, en el caso, un
enriquecimiento: la golondrina gana en realce, se
humaniza como conviene a su alta condición de
confidente del poeta.
La primera repetición —a toa, a toa— sirve
para destacar el desaliento de la confesión. La
otra — Andorinha, andorinha— frisa vivamente la
angustia del poeta para suplicar la atención de la
avecilla hacia un dolor todavía más punzante que
el suyo.
Andorinha lá fora. . . Lá fora recuerda el aban­
dono del poeta acá dentro, sin el dominio de los
aires, sofocado en su desaliento.
El primer verso es un decasílabo musicalLimo.
El segundo y el cuarto, octosílabos. En ellos se
observa un paralelismo de gran efecto. El ter­
cer verso está fuera del ritmo tradicional: es la
combinación de un exasílabo con un heptasílabo
—Minha cantiga e mais triste. Es el gran verso,
aquel en que el poeta llama la atención hacia su
tristeza. Verso cargado de ii nasales, ii tristonas
e ii pungitivas:
Andorinha, andorinha. minha cantiga é mais
triste. . .
Río de Janeiro, noviembre 1944.
Traducción del portugués por N. A. F.
(i)

A tóa, al acaso, inútilmente, tontamente
14

E i s e n s t e i n redactó este escenario "ofi­
ciar' en 1931 con su colaborador G. V.
Alexandroff. Su lenguaje es de prosa poé­
tica sin intromisión de indicaciones técni­
cas. Su método el de proyectar imágenes
escritas sin definir su forma cinematográ­
fica final. Resulta, en cierto sentido, un
conjunto de imágenes del cual el director
extraerá lo que oportunamente necesite
según la decisión creadora del momento.
Su redacción estuvo condicionada por lo
siguiente: primero, la necesidad de Eisen­
stein de ganarse la confianza y la coope­
ración oficial para filmar cualquier cosa
que se le ocurriera; segundo, el contrato
— que resultó el instrumento legal jxira
desposeerlo de su trabajo— con L pton
Sinclair. (Con el material usurpado a
Eisenstein y utilizando la parte "Maguey"
de este escenario, el señor Lesser hizo el
montaje de "Thunder over M éxico" y "de
acuerdo a las ideas de Eisenstein. . . " ) ;
tercero. no figura el detalle de filmación
del vasto material obtenido posteriormen­
te por Eisenstein como parte independien­
te del argumento, ni otros materiales a
usar "como tejido de conexión
en el
montaje final; cuarto, no está expreso el
designio conceptual, inevitable en el di­
rector: la interpretación dialéctica de Mé­
xico. En 1932, Eisenstein mismo declaró
que, considerando la censura mexicana y
su desconfianza creciente para con L pton
Sinclair, lo redactó del "modo más azuca­
rado posible” , y que creía que su lectura
impresionaría desfavorablemente a los co­
nocedores de su obra anterior. Su texto
auténtico y completo fué publicado en la
revista " Experimental Cinema" de I\ueva
York y es el original con el cual hemos
preparado esta versión completa.

L a historia de este film no es una historia co­
rriente; es una entidad que toma cuerpo en forma
de cuatro novelas, encuadradas entre un prólogo
y un epílogo, unificadas en su concepción y espíritu.
Diferentes por su contenido.
Diferentes por el lugar en que acontece.
Diferentes por el paisaje, la gente, las costumbres.
Opuestas en el ritmo y en la forma, crean una
amplia y multicolor film-sinfonía sobre México.
Seis canciones populares mexicanas acompañan a
estas novelas, y estas últimas no son sino cancio­
nes. leyendas, cuentos de diferentes partes de Mé­
xico reunidas en una exposición cinematográfica
unitaria.
Prólogo
El tiempo en el prólogo es de eternidad.
Puede ser hoy.
Puede ser. igualmente, hace veinte años.
O hace mil.
Porque los habitantes del Yucatán, tierra de rui­
nas y de pirámides enormes, aún conservan los ras­
gos y las formas, el carácter de sus antepasados,
la gran raza de los antiguos Mayas.
Piedras —
Dioses —
Hombres —
Actúan en el prólogo.
En tiempos remotos.
En la tierra de Yucatán, entre templos paganos,
ciudades sagradas y majestuosas pirámides. En rei­
nos de muerte, donde el pasado todavía prevalece
sobre el presente, allí se sitúa el punto de partida
de nuestro film.
Como símbolo de evocación del pasado, como rito
de despedida de la antigua civilización maya, se
celebra una fantasmagórica ceremonia fúnebre.
Toman parte en esta ceremonia. ídolos de los
templos paganos, máscaras de los dioses, fantasmas
del pasado.
El acto inmóvil del funeral s*. presenta en la co­
rrespondiente agrupación de las imágenes de pie­
dra. las máscaras, los bajo-relieves y las personas
vivas.
La gente tiene parecido con las imágenes de pie­
dra. imágenes que representan las caras de sus
antepasados.

�En

esta s

paginas
las

sis para un film

e s ta r á n

siempre

Implícitas

sig uie ntes cu estio nes:

• Por qué vamos al cine y qué nos dan a cambio de
nuestro dinero.
• Por qué las películas son como son.
• Cómo el aine influye en nuestra manera de vivir.
• Por qué y cómo se ejerce censura sobre el cine.

. Q U E VIVA
MEXICO
p or

S.
G.

A.

M.

• Por qué el cine es un nuevo “ racket” industrial.
• Qué es el cine nacional, quiénes hacen cine nacional y
qué hacen con el cine nacional.
• Qué temas trata el cine nacional.
• Por qué hay temas “ tabú” en el cine norteamericano.
Por qué Gran Bretaña es la fuente de las grandes pe­
lículas documentales.
• Qué ha logrado el cine en cuarenta años de vida.

isv
E

• Hacia dónde tamos nosotros y el cine.

A lexandroff

La gente parece petrificada sobre el sepulcro de
los muertos en la misma actitud, con la misma ex­
presión en las caras, de los retratados en las anti­
guas piedras esculpidas.
Diversos grupos de personas como petrificadas y
de monumentos de la antigüedad — las partes com­
ponentes de los funerales simbólicos— aparecen en
procesión alterna en la pantalla.
Y sólo el ritmo arcaico de los tambores de la mú­
sica del Yucatán y el agudo canto maya, acompañan
a esta procesión inmóvil.
Así finaliza el prólogo — obertura de la sinfonía
cinematográfica— , cuyo significado será revelado en
los contenidos de los cuatro cuentos siguientes y
del final que sigue al término de estos.
Primer cuento: Sandunga
El Tehuantepec tropical.
El istmo entre los océanos Pacífico y Atlántico.
En proximidad a la frontera de Guatemala.
El tiempo es ignorado en Tehuantepec.
El tiempo corre lentamente bajo variada urdimbre
de palmeras y trajes, y las costumbres permanecen
invariables durante años y años.
Personajes:
1. Concepción, una joven india.
2. Abundio, su novio.
3. La madre de Abundio.
4. Tehuanas (jóvenes de Tehuantepec).
5. Pueblo de Tehuantepec en festivales, ceremo­
nias y una boda popular.
S andunga

El sol naciente envía su irresistible llamado a la
vida. Sus rayos que todo lo invaden, penetran hasta
lo más oscuro de la selva tropical, y, con el sol y
el murmullo de la suave brisa mañanera del océano,
los naturales de la tierra mexicana tropical se des­
piertan.
Bandadas de estridentes loros revolotean atrope­
lladamente entre las ramas de las palmeras desper­
tando a los monos que se tapan las orejas con ira
y se descuelgan hacia el río.
En su carrera espantan a los solemnes pelícanos y
se zambullen luego, dando fuertes gritos, en el agua,
para pescar las bananas y cosas que flotan en su
superficie.
De lo hondo del río se arrastran hacia la orilla,
cangrejos, tortugas, lentos caimanes para asolear
sus cuerpos centenarios.
Jóvenes indias se bañan en el río; yacen en las
aguas poco profundas del cauce arenoso del río. y
entonan una canción.
Lenta como un vals antiguo, sensual como un
danzón, y feliz como sus propios sueños, es una
canción Oaxaca: ‘'Sandunga” .
Otro grupo de jóvenes sobre pequeños botes cur­
tidos se deslizan lentamente sobre la brillante su­

i OATIUIM &lt; l O A »

• Por qué el cine es una nueva formo de arte.

Al .

perficie del agua, abandonándose al lujo del ocio y
al calor de los besos de los rayos del sol.
Una cascada de brillantes cabellos de azabache
secándose al sol muestra a otro grupo de jóvenes,
sentadas junto a los troncos de las palmeras.
Arrogante y majestuosa, como una reina de ha­
das en su natural belleza de doncella, se encuentra
entre aquéllas una joven llamada Concepción.
Bajo la caricia de las ondas de su cabellera se
deja mecer hacia el país de ensueños. Una guir­
nalda de flores corona su frente. Cierra sus ojos
mientras escucha la canción de sus compañeras y
en su imaginación el oro toma el lugar de las flores.
Un collar de monedas de oro adornado con toscas
perlas enhebradas con cadenillas de oro brilla sobre
su pecho.
Un collar de oro es el objeto de todos sus sueños:
es el sueño de toda Tehuana, de las jóvenes de
Tehuantepec.
Desde su tierna infancia toda joven comienza a
trabajar y ahorra con afán cada monedita, cada
centavo, para poder llegar a tener su collar de oro
a la edad de diez y seis o diez y ocho.
El collar es una fortuna, un bien. El collar es la
futura dote.
Y cuanto más grande, más costosa sea, mayor la
felicidad de la futura vida matrimonial.
Esta es la razón del apasionado soñar de Concep­
ción; y el por qué de las visiones llenas de colores
que bailan frente a los ojos de su espíritu.
Jóvenes apuestos alternan en sus sueños con el
collar...
La canción multicolor de las jóvenes flota sobre
el voluptuoso trópico multicolor...
¡O h f ...t nosotros mismos nos hemos dejado llevar
tan profundamente por el ensueño, que no nos
hemos dado cuenta cómo las jóvenes han ido al
trabajo, dirigiéndose a la plaza del mercado para
exhibir sus mercancías: naranjas, bananas, ananás,
flores, cacharros, pescado, y otros artículos para la
venta. El mercado en Tehuantepec ofrece una vista
interesante. Si usted mira de este lado pensará que
está usted en la India.
Si se vuelve usted hacia el otro lado, lo encon­
trará parecido a Bagdad con las grandes tinajas de
barro rodeando a su joven vendedor.
Por algún otro rincón semeja lugares de los Ma­
res del Sud. Sin embargo, rincones hay que a nada
de otra parte de la tierra se parecen, pues sólo en
Tehuantepec se venden peces de cuatro ojos.
Tan pronto como una jovencita vende una frus­
lería, tan pronto como ella recibe en pago los con­
tados centavos, comienza inmediatamente a pensar
en su collar, comienza a calcular cuántas monedas
de oro debe todavía conseguir.
Pues, moneda a moneda, es la forma en que el
collar Pega a hacerse, a aumentar, aunque ¡ay
todavía falta una: la mayor, la moneda central.
Así, Concepción se figura que sólo necesita una.

PASA»

♦ Los cinematógrafos son tan esenciales para un mayor esfuerzo de guerra como todas las municiones
que puedan producirse. Son tan esenciales que es imposible prescindir de ellos. — T rade P aper .
♦ Así era el final que yo creía necesario para “ Blackmail”, pero tuve que cambiarlo por razones
comerciales. — A lfred H itchcock .
♦ La gente está llena de dinero para gastar. Jamás podrá darse una mejor oportunidad para elevar
los precios. — T rade P aper .
♦ Es muy peligroso andar enturbiando las cosas en una industria en la cual la diferencia entre espí­
ritu de empresa y “ racketeering” es frecuentemente escasa y que puede pasar inadvertida en medio de
la confusión. — F. D. K lingender y S tuart L egg.
♦ El cine necesita una continua represión de la polémica a fin de evitar el desastre. — L ord T yrrell ,
presidente del Consejo Británico de Censores de Películas.
♦ De todas las a rte s, la más importante para Rusia es, a mi juicio, el arte cinematográfico. — L e n i n .
♦ ¿Qué clase de películas quiere ver el público?. . . No importa qué tip o . . . Tomad cualquier tema,
tratadlo como se debe, y el público la verá con gusto. — Exhibidor en un Periódico Comercial.
♦ El cine, como la novela policial, hace posible experimentar sin mayor peligro las excitaciones, anhe­
los y pasiones que deben ser reprimidas en un orden humanitario de la vida. — C. G. Junc.
♦ El cine es la forma de arte más vigorosa de hoy. — C on st a n t L a m b e r t .
(De “ FILM”, por R^ger Manvell.
15

Pelican Books, 1944).

justo una moneda más para ganar su derecho a la
felicidad!
Los negocios, sin embargo, caminan lentamente
en el tranquilo, perezoso mercado tropical.
Concepción continúa soñando con esta última mo­
neda mientras la canción, la canción que favorece
la suerte de las jóvenes de Tehuantepec, flota in­
interrumpida en el aire de la plaza.
Pero las bananas son al fin vendidas, esas bana­
nas que debían traer el dinero necesario para com­
pletar el collar. Y cuando el cliente paga a Con­
cepción, ella dice: “ Que su collar le traiga a usted
suerte”.
La feliz Concepción aprieta en su puño la mone­
da largamente deseada.
E l B aile

Lo más hermoso que la selva tropical puede ofre­
cer, flores, bananos, hojas de palmeras, frutos, ador­
nan las paredes del salón de baile.
Allí se ven las Tehuanas más elegantemente tra­
jeadas. La sala de baile es el único lugar donde
pueden encontrarse un joven y una muchacha, don­
de pueden confiarse mutuamente los secretos del
corazón.
Resplandeciente en su mejor vestido y en el col­
mo de su emoción, Concepción se quita el velo de
seda para atraer los ojos de todos los jóvenes y
doncellas y hechizarlos con el esplendor de su be­
lleza y de su nuevo collar de oro.
Después del baile, cuando Concepción se aleja con
su novio hacia un rincón retirado. Abundio le pro­
pone matrimonio. Y ahora:
CONTINUARA

�L a titu d
REVISTA MENSUAL DE ARTES Y LETRAS - AVDA. DE MAYO 1370 - BS. AS. - U. T. 38-3330

�</text>
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                <text>Thénon, Jorge&#13;
Amorim, Enrique&#13;
Mallea, Eduardo&#13;
Sábato, Ernesto&#13;
Borges, Jorge Luis&#13;
Riet, Lázaro&#13;
Berni, Antonio&#13;
Rivera, Diego&#13;
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Hurtado, Leopoldo&#13;
Salazar, Adolfo&#13;
Oliver, María Rosa&#13;
Elchelbaum, Samuel&#13;
Fontini, Norberto&#13;
Buarque de Hollanda, Aurelio&#13;
Coppola, Horacio</text>
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                    <text>Para

el s u r c o f e r a z

de

nuestra

,

la

mejor

simiente

de

la

Humanidad

�AÑO 1 - MARZO 1945 • N U M E R O 2

A

C

T

U

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P U B LICACION

MENSUAL

P r e c io d e l e j e m p l a r

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U n a ñ o d e s u s c r ip c ió n $ 5.00

DIRECCION Y ADMINISTRACION
Av. Córdoba 836 - Bs. As. - U.T. 32-0470

EDITOR

R O M A IN R O L L A N D
Y LA IN D E PEN D E N CIA
D EL E S P IR IT U

Rubén Núñez

ACTUALIDAD

Jorge Thénon

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LETRAS

Enrique

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M USIC A

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Leopoldo Hurtado

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TEATRO

María Rosa OI iver

PIN TURA Y G R A B A D O

Antonio Berni

M A P A C O NTIN EN TAL

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jfl

Norberto A . Frontini

CINE

Horacio Cóppola

ESCULTURA

Luis Falcini

P R O D U C C IO N

Bartolomé
Sam Malamud
Jorge Naranjo Cuadra

L a obra de R o llan d es una sola en su varia m u ltifo rm id ad . Ella representa un continuo
y doloroso exam en de conciencia, a p a rtir de lo que él m ism o ha llam ado su “ obstinada ilu ­
sió n ”, la in d ep en d en cia del e sp íritu , cuyo más alto destino —declara— solo se alcanza cuan­
do se convierte en soldado de la A cción que renueva al m undo, abandonando su actitud
p rescin d en te y contem plativa.
Nace a la vida del arte y del e sp íritu con la exaltación apasionada de los grandes va­
lores de la lite ra tu ra , la m úsica y la plástica. P ero ya entonces, sum ido en el encanto de la
m ás expresiva y vaga de las artes, deja e n tre v er la intención, aún tenue e indecisa, que se
incuba en su alm a so ñ a d o ra: en el secreto de la obra de arte busca afanosam ente al hom bre
y p ro c u ra c o o rd in a r la vida in d iv id u a l del genio con su actividad c rea d o ra; la recíproca
dependencia del arte y la conducta social, del bien y la belleza. M iguel A ngel, Beethoven
y T olstoi son, e n tre otros, sus arq u etip o s, sus ideales hum anos, elevados a las altas cum bres
donde la vida e sp iritu a l se desenvuelve en sosiego, ajena a las alternativas de la vida colec­
tiva, sobre la cual proyecta sin em bargo su benéfica influencia. A tenaceado p or un m iste­
rioso llam ado de la vida, sensible a los dolores y angustias de los hom bres, R olland consi­
dera que todo debía darse desde la a ltu ra donde los e sp íritu s escogidos elab o rab an la b e­
lleza com o un suprem o bien. ¿A caso no herm an an a los hom bres las em ociones com partidas
en un Edipo-R ey o en una S infonía? Su defensa de la lib e rtad del e sp íritu no le exim ía
po r lo tanto de la acción, acción rectora y norm ativa, serena y desapasionada, de los que se
a le jan del tu m u lto y que pu ed en y deben a n tic ip a r a las m uchedum bres el itin e rario his­
tórico, a la m anera de la V erdad revelada, esta vez. p o r las é lites.
R olland proclam ó desde el p rim e r m om ento que el e sp íritu no podía guardar su in ­
d ependencia al m odo de P ilatos “ que se lava las m anos de la sangre del Justo, al que sabe
in ju sta m en te con d en ad o ”. Las creaciones del e sp íritu evolucionaban de acuerdo con un
d esarro llo in d ep e n d ien te, flotante sobre el proceso histórico de la H um anidad, sobre el cual
de rra m ab a su luz, sin p a rticip a r, no obstante, de sus violentas a lte rn a tiv a s; sin contam inarse
de sus m iserias e in fo rtu n io s.
Los hechos dram áticos de la guerra del 14, sus prolegóm enos y consecuencias, fueron
d e rrib a n d o los frágiles ensueños de R olland. El tránsito del pensador, del e rro r a la verdad,
se realizaba a expensas de los m ás grandes desgarram ientos sociales y los cam bios más p ro ­
fundos que haya p odido p re sen c iar y so p o rta r jam ás hom bre alguno. E ntre una religión que
se iba y u n p ensam iento nuevo que venía, dice Bloch, la inteligencia y el arte de O ccidente
flotaban sin sostén, sin finalidad, sin justificación. R am ain R olland vivió efectivam ente este
m om ento del m undo.
El d e rru m b e de la revolución espartaquista en A lem ania y el asesinato de L iebneckt
y de Rosa L uxem burgo, conm ueven como n ingún otro suceso la paz de su retiro, y desciende
al com bate p ro teg id o siem pre p o r el escudo de su “ obstinada ilu sió n ” . Sin de ja r de com ­
b a tir, se esfuerza todavía en resolver la an tinom ia de la independencia del esp íritu y el
de b er im p e rativ o de p a rtic ip a r en la contienda. En su carta a M orel esboza un plan para
una “ O rganización In tern a cio n a l del E sp íritu ”, “algo así como un cerebro de la sociedad
po r llegar, desde la cual los intelectuales h a b ría n de ser los esclarecedores del cam ino que
h a b ría n de c o n stru ir los trab a ja d o re s p ro le ta rio s”. Mas la m ism a fuerza social que había
corro m p id o e l significado de las grandes palabras de la R evolución Francesa, llevó a las
aguas de su m olino la iniciativa de los “E sp íritu s In d e p en d ien te s”, y los propósitos gene-

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fundación espigas
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rosos d el obstin ad o so ñ ad o r q u e d aro n anegados en el In stitu to de C ooperación Intelectual,
que no ta rd ó en a le ja r de su seno a los in telectu ales rebeldes que lo in sp iraro n . Cleram b a u lt se eleva entonces com o un rép lica v ib ran te fren te a la tibieza de los que h u ían del
c o m b a te ; expone su vida, arriesga su lib e rtad , y proclam a su fe renovada y a rd ie n te que,
com o una llam a votiva, ilu m in a a los dioses caídos en el a lta r del e sp íritu in d ep e n d ien te.
A prende así que en la lucha social c ontem poránea, toda utopía, toda posición in d ep e n d ien ­
te y a p o lític a, sirve a d m irab le m e n te a las fuerzas regresivas.
F u e entonces, cuando lib ra b a su b atalla final contra los m olinos de viento de los p re ­
ju ic io s y e rro re s, que p o r su m al creyó que eran verdades eternas, que una nueva ilusión le
p e n etró en el alm a a trib u la d a . La figura descarnada del M ahatm a se adelanta al e ncuentro
del ensueño p o stre ro de R olland. llevando e n tre los pliegues de su túnica y en las escuá­
lid a s u b re s de su cabra, la esencia que h a b ria de n u trir de nuevo aquella su “ obstinada ilu ­
sió n ”. G andhi se le ap arece a R olland com o el sím bolo viviente de la om nipotencia activa
d el e sp íritu , capaz de a d e la n ta r el progreso del m undo sorteando las alternativas dolorosas
de la R evolución. M ientras t a n t o .. . la tie rra se m ovía a los pies del pensador, que oteaba
en las a ltu ras la señal in d ic a d o ra del ru m bo in cierto de la H isto ria. La reacción m undial,
obstaculizaba p o r el asedio el progreso de la p rim e ra R epública p ro letaria , p re p ara b a con­
tra ella la g u erra de agresión y a p u rab a la descom posición política en todos los rincones del
m undo. R o lla n d c o m p re n d ió entonces que los brazos caídos del M ahatm a no pod ían sos­
te n e r siq u iera la palabra-espada que el creyó más eficaz que la espada de a ce ro ; co m p ren ­
dió que el sacrificio in d iv id u a l y colectivo, el silencio y el m artirio , d ebían ser sustituidos
p o r la lucha activa y organizada. El nazism o llevaba ya m uchos años de delan tera, en fuerza
V ex p erien cia, a los filósofos y soñadores que o ponían a las arm as de fuego su confianza
in a lte ra b le en el e sp íritu , en el p rogreso, en el contenido a n tih istó rico de la d o ctrina nazi
y en su espo n tán ea decadencia. M ientras ellos creían en la om nipotencia del e sp íritu y el
a p o liticism o de la c u ltu ra, el fascism o, p ro b ab a de hecho todo lo co n trario , d e sterra ­
ba a H eine del recin to de los in m o rta le s y p roclam aba el rein ad o de la b a rb arie y la
se rv id u m b re de la c u ltu ra. El fascism o dem ostró a los intelectu ales las relaciones de la te o ­
ría y de la p ráctica, se a dueño de naciones poderosas, p e n etró en las organizaciones civiles
y m ilita res de todos los países, violó las restricciones arm am entistas, y en tanto que el m i­
n istro inglés se d edicaba a la pesca y el polaco a la caza de venados, se oía en G inebra la
voz de R usia p ro c la m a n d o la in d iv isib ilid a d de la paz. y los o b rero s de A ustria, de A lem a­
n ia, de F ran cia, c om batían en cada país contra las avanzadas del nazism o, en defensa de esa
lib e rta d y su c u ltu ra . La m ism a clase social que o tro ra e m puñó la antorcha de la lib e rtad ,
pisoteaba sus p ro p ias leyes y volvía sus arm as m ortíferas contra aquellos que apelaban a
los sublim es p rin cip io s del 89. A nte la in u tilid a d de su esfuerzo in d iv id u al, R olland se
dispuso a c o m b a tir sin a b an d o n a r sus escrúpulos, sin a b d ic ar de nada de lo que había ce­
leb ra d o . . . “ del lib re e sp íritu que ha cantado en Ju a n C ristóbal, en Colas B reugnon, en Cíera m b a u lt” . En su respuesta a B arbusse, expone su p lan de co m b atir sin descanso, juzgando
p o r un lado los actos del p o d e r am igo y conm oviendo p o r otro la conciencia del adversario.
Su lem a es entonces “ m an te n er la in te g rid ad del p ensam iento lib re , aún contra la R evolu­
ción, si ella no co m p ren d e la necesidad vital de aq uella lib e rta d ” . (L ’art lib re , 1922).
La ex p erien cia dolorosa de esos años acude de nuevo en auxilio de R olland. El e n ­
carcelam ien to , la m u erte y el exilio de los m ejores exponentes del pensam iento, le inducen
a d a r u n paso m ás hacia adelan te, reclam a su puesto “en las filas de los ejército s p ro letario s
d el p ro g reso ” e in teg ra con E instein, B arbusse y L angevin, el C om ité M undial contra el fas­
cism o. “ Mi p rin c ip a l e rro r y mi decepción más acerba de esos años —d irá más tard e— estuvo
c o n stitu id a p o r mi sobreestim ación de los espíritus lib res, cuya m ayoría (e n tre quienes no
estab an los m enos ilu stre s) se eclipsó ante los peligros, replegándose tras el orden social
existen te que, m ed ian te su garantía de p erm a n ec e r juiciosos y discretos, se constituyó en su
defen so r. T om a y daca. El e sp íritu fué lib re en su n ich o ”. Ju a n C ristóbal resuelve a b an ­
d o n a r p ara siem p re “ su viv ir para v iv ir” . R o llan d tom a p a rtid o en el frente único de los tra ­
ba ja d o res m anuales e in telectu ales y llam a a la un ió n a todos los hom bres h o nrados d ispues­
tos a b a tirse p o r la d ig n id a d del h o m b re contra el oscurantism o y la guerra. En el congreso
de A m sterdam . en 1932, R o llan d se ad elan ta p o r fin al en cu en tro de su lib e rtad , la única, que
no consiste en el ensueño de una acción in d ep e n d ien te de las leyes de la naturaleza, dice
E ngels, sino en el co n o cim ien to de esas leyes y en la p o sib ilid a d , así dada, de hacerlas obrar
en un se n tid o d e term in a d o . El cam ino está ab ie rto al fin y la luz que le orien ta es la m ism a
que guía los pasos de la h u m an id a d tra b a ja d o ra y p rogresista. D espués de quince años de
co m b a te co n tra los e rro re s p ro p io s y ajenos, saluda alborozado el cortejo de sus sueños fu ­
gitivos, bellos sueños que al disiparse, se in co rp o ra n a la nueva sociedad donde a d q u ie ren la
fe cu n d id ad de la form a y de la vida. Com o E neas y D ante, había descendido a las p ro fu n d i­
dades de la conciencia y de la tie rra cuyo contacto ab o rrecía. A llí escuchó la voz de las co­
sas m uertas, los sofism as y las palab ras sagradas, tergiversadas p o r los usu fru ctu ario s del p o ­
d er. “ El a u to r a p ren d ió a sus expensas que la lib e rta d de e sp íritu de que tanto se ufanan los
esc rito res de la dem ocracia estaba tan lejos de los hechos como todos los otros “ D erechos del
H o m b re ” que la R evolución Francesa h abía p a te n ta d o ”.
Q uince años de com bate y P or la R ev o lu c ió n a la paz son —dice A níbal Ponce— el
d ia rio d oloroso de un e sp íritu que se va a rra n c an d o a jiro n e s de la carne viva del alm a, los
p re ju icio s, las m entiras, las ilusiones, depositadas en largos años de educación burguesa.
“ D ía a día nos va m o stran d o en ellos cóm o la guerra y la R evolución fueron para él —y
con él para un puñ ad o de in telectu ales h o n ra d o s— una escuela p rim a ria de educación po ­
lític a ; escuela p rim a ria, en efecto, p o rq u e todo lo tenían que a p re n d e r” , i P o n ce: De Erasm o a R om ain R o lla n d ).
R o m ain R o lla n d ha m u erto cuando desde la lejan ía llegaban a sus oídos los bellos
sonidos de los cañones victoriosos. Sobre los hom bros de los m aquis, el viejo cam arada
será llevado al P a n teó n . Es el m ism o p u eb lo de la B astilla, del 48. de la Com una, la turba,
la m u ch e d u m b re , que desdeñaba C leram b au lt. M ultitu d en m archa, creadora de una nueva
sociedad sin serv id u m b re , “ que a b rirá al trab a jo hum ano un cam po de progreso ilim ita d o ” .
J. T.

ROMAIN ROLLAND ADOLESCENTE.

Rolland

y

s u s detractore

A l cum plirse el
65° aniversario del nacim ie
de Rom ain R olland, la revista EUROPA le d e­
dicó un núm ero especial de hom enaje. El es­
píritu francés, siem pre alerta, agregó un apén­
dice que hoy adquiere singularísim a im portan ­
cia. B ajo el rótulo de “
A nthologie de la
sottise ” hizo desfilar a los enemigos de Rolland,
a los que le atacaron por su condición humana
y su valentía ejem plar. D ebem os recordar aho­
ra, con in evitable delectación, que la mayoría de
los seudodetractores d el gran escritor, enrique­
ce la lista de los traidores de la Francia eterna.
A quellos integrantes de la original antología,
aparecen ahora fatigando la infamia en una lista
que la prensa parisiense publica para vergüen­
za d e los mismos. Figuran en ella: Cam ille Mauclair, A ndré T herive,
MauMartin du Gard,
A n dré M aurel, G abriel Boissy, H enri Massis.
He ahí un faccu sse de 1931, que viene a dar
sus frutos negros en 1945.
E. A.

ALEXEI TOLSTOY
Junto a millones de seres que han dado su
vida por la libertad del mundo, desaparece el
escritor soviético Alesei Nikolayevitch Tolstoy,
en quien la U.R.S.S. pierde a uno de sus más
destacados intelectuales. Un proceso de com­
prensión. que su honestidad y su talento expli­
can suficientemente, lo llevó a identificarse con
la nueva organización de su pueblo en esta eta­
pa decisiva de su historia. “Nosotros somos
realistas; estamos en presencia de un milagro
—ha dicho alguna vez— : el nacimiento del
hombre nuevo, la refundición de la concien­
cia. objetivos, usos, hábitos de enormes masas
humanas”.
Sin tiempo material para ocuparnos de su
personalidad en este número, reservaremos para
el próximo número de abril el estudio que
ella merece.

�LETRAS
Dirige
ENRIQUE AMORIM

Acerca

de

kía n a

obstinada

ilusión"

UNA VISITA A
ROM AIN ROLLAND
por JULIO NOE
Sin h aberse apagado to ta lm e n te el eco de las encontradas o p i­
niones qu e su posició n “au-dessus d e la m é lé e 9 había p ro vo ca d o ,
a p o co d e con clu ida la p r im e r guerra m u n d ia l, com enzaba a com ­
p re n d e rse en F rancia la a c titu d d e R o m ain R o lla n d du ran te la
cru el con tien d a . G racias a e llo , el escrito r, que p o r varios años
h abía re sid id o en Suiza, v o lv ió a su p equ eñ o a p a rtam en to p a ri­
sién d e la ‘Vue B o isson ade99 y con tin u ó la vid a recoleta que antes
d e la ca tá stro fe h abía lleva d o .
Y a no era el suyo, exclu sivam en te, uno de los más altos n om ­
bres d e la litera tu ra u n iversal, sino, tam bién , de la conciencia hu­
m ana, qu e en m ed io d e las te rrib le s pasiones desatadas p o r la
lu ch a fe ro z d e los p u e b lo s más civ iliza d o s de E uropa, anhelaba
una reform a fu n d a m en ta l que hiciera p o sib le la p a z y la ju sticia
e n tre los h om bres. P or ellas había clam ado el escritor ilu stre d es­
d e el m o m en to m ism o en que las fu erzas d el m al habíanse lan ­
za d o so b re e l m undo. P or ellas h abía d irig id o , en setiem b re de
1914, su carta p a té tic a a G erh a rt H au ptm an n in tim á n d o le en
n o m b re d e la civ iliza c ió n p o r la cual luchaban, desde hacía si­
glos, los m ás gran des esp íritu s, a p ro te sta r con la postrera en er­
gía con tra e l crim en alem án d e d e stru ir a B élgica inocente.
Y p o r ellas h a b ía acusado a los resp o n sa b les
de la c atástro fe — in te le c tu a le s, p o lítico s y sa­
c e rd o te s— p o r la m ald a d o p o r la c o b ard ía con
q u e h a b ía n a ctu ad o . D espués, h a b ía p e d id o a la
o p in ió n p ú b lic a u n iv e rsa l, y m uy esp e cialm en te a
los e sp íritu s lú cid o s de to d o el m u n d o , la c o n sti­
tu c ió n de u n a S u p re m a C orte M oral, de “ un t r i ­
b u n a l de c o n cien c ias” , que c u id a ra y ju z g a ra to d as
las v io la c io n e s al d e rec h o de gentes, c u a lq u ie ra
fu e ra su o rig e n y el cam po en que se h u b ie ra n
p ro d u c id o . Se le h a b ía d ich o — cla ro está— que
cu an d o la m e jo r ju v e n tu d de F ra n c ia se d e sa n g ra ­
ba en d efen sa d el suelo n a ta l in v ad id o , no d eb ía
in ic ia r el p ro c eso de q u ien e s, en su in te rio r, in c i­
ta b a n al o d io , y m enos a ú n te n e r c o n m ise rac ió n
p o r q u ie n e s, e n tre los en em ig o s, re n e g a b a n de la
g u e rra q u e les h a b ía im p u e sto “ el e sp íritu de im ­
p e ria lis m o á v id o y de o rg u llo in h u m a n o ” . N o p o r
e llo h a b ía c am b iad o R o m ain R o lla n d . C onfiaba
en las “ é lite s ” de las n u ev as g e n era cio n e s e u ro ­
peas y en los jó v en e s de to d o el m u n d o p a ra su
g ra n cru za d a re d e n to ra . Y esto lo h acía re sp e ta ­
b le a ú n p o r a q u e llo s que, e scép tico s o d e sc re íd o s,
no a d m itía n la p o sib ilid a d d el p re d o m in io en A le ­
m an ia de o tro e s p íritu q u e el de lu ch a y d o m in a ­
ció n u n iv e rs a l. L ejo s e stab a e n to n c es de p e n sa r el
g ra n d e h o m b re v a lie n te y gen ero so , qu e en los m o ­
m en to s m ism os en qu e él lu c h a b a p o r la d e fin i­
tiv a re c o n c ilia c ió n de los p u e b lo s, e n tre los jó v e ­
nes a le m a n e s n acía, con c ara cte re s de su p re m a in ­
h u m a n id a d y m a ld a d d ia b ó lic a , el e s p íritu que los
lle v a ría a u n a n u ev a y m ás d e sp ia d a d a g u e rra , y
q u e su p a tria , y E u ro p a to d a, de la q u e él era
u n a de las m ás lim p ia s y n o b le s fig u ras, se rían
h o lla d a s, d e stru id a s y v e ja d as p o r el p u e b lo ir r e ­
d im ib le y feroz.
P e ro esto no se q u e ría c re e r a los pocos años
d e c o n c lu ir la p rim e ra g u e rra . Se p en sa b a en u n a
“ n u e v a e ra h u m a n a ”, com o decía el m uy fran c é s
y m u y a rg e n tin o P a u l G ro u s sa c ; la S ociedad de
las N a cio n e s in te n ta b a , e n tre tre m e n d a s d ific u lta ­
des, la c re a c ió n de u n n u ev o o rd e n a m ie n to j u r íd i ­
co a fin de a se g u ra r la paz y la lib e r ta d ; R u sia h a ­
cía su tra s c e n d e n ta l re v o lu c ió n y A le m a n ia p a re ­
cía o rie n ta rs e h a cia n u e v as n o rm a s p o lítica s.

E n tales m om entos d el m u n d o , llegué a c o m ie n ­
zos de una ta rd e de in v ie rn o de 1921 a casa de R o ­
m ain R o lla n d . Me sentía, com o tan to s otros jó v e ­
nes de los cinco co n tin e n te s, llam ad o p o r la voz
n o b ilísim a del c re a d o r de “Je a n -C h risto p h e ”, y
q u e ría , tam b ién com o otro s m uchos, d e cirle la a d ­
m ira ció n que p o r él sentíam os los a rg en tin o s de
la p ro m o ció n m ás re cien te . M anuel G álvez, que
con R o b e rto F. G iusti h ab ía trad u c id o poco antes
su “ C lé ra m b a u lt”, h a b ía m e en tre g ad o e sp o n tán e a ­
m ente, al p a rtir de B uenos A ires, una carta de p re ­
sen tació n p ara el m aestro ilu stre , y v alido de ella
d e cid ím e a v isita rlo , no sin v encer alguna resis­
ten cia tem p e ra m en ta l.
H e tem id o sie m p re la ap ro x im ac ió n a los g ra n ­
des e sc rito res. ¿ Q u é p u e d e n o frec e r m e jo r que
sus o b ra s? ¿ P a ra qué con o cerlo s p e rso n a lm e n te ?
P e ro en esa circ u n stan c ia no era el e sc rito r q u ién
m e in te resab a , sino el h o m b re. A un así la visita
p o d ía d e silu sio n a rm e. Si d e sc u b rie ra p o r a lguna
p a la b ra , p o r a lg ú n gesto — m e decía al d irig irm e
a su casa— que su a ctitu d , a p a re n te m e n te tan sin ­
cera, ha sido d e te rm in a d a p o r re sen tim ie n to o p o r
calcu lad o d isco n fo rm ism o , ¿ q u é gan aría con la
v isita ?
C reo que cu an d o llam é a su p u e rta , aú n estaba
d o m in a d o p o r la du d a. Y es p o sib le que ya casi
deseara no h a lla rlo .
P e ro el p ro p io R o m ain R o lla n d a te n d ió el lla ­
m ado, y con lig e ra so n risa m e in v itó a p asar a la
salita de e stu d io en la que, e n tre lib ro s, re tra to s
y p e rió d ico s, un p ian o estaba a b ie rto . N ada in d i­
caba que h u b ie ra in te rru m p id o el tra b a jo p ara
a te n d e rm e .
M ie n tra s la co n v ersació n girab a en to rn o de los
tem as que el azar p ro p o rc io n ó en los p rim e ro s m o ­
m en to s, o bservé su fisonom ía, en la que d o m in a ­
b a n la fre n te alta y la m ira d a fu e rte . Su tip o fí­
sico, m ás de suizo que de francés, m e hizo sospe­
c h ar q u e su d isc u tid a posició n h u b ie ra sido d e te r­
m in a d a , en cierto m odo, p o r m otivos raciales. “N o
es un fran cés p u ro ”, lleg u é a p en sar.
N o supe después, y hasta a h o ra lo ign o ro , si esa
im p re sió n era a ce rta d a . La v e rd ad es que si en
4

p a rte m e servía p a ra c o m p re n d er la posición de
R o m ain R o lla n d , m e p lan te ab a otro p roblem a. Y
era é ste: ¿ p u e d e n colocarse “ p o r encim a del tu m u l­
to ” quienes, si b ien od ian la in ju stic ia y la gue­
rra, están dom in ad o s p o r an cestrales sentim ientos
n acionales, raciales o relig io so s? E inversam ente,
¿es preciso p ara que tal cosa sea posible, desnatu­
ra liza rlo s, d ism in u irlo s o tra ic io n a rlo s? ¿H asta
d ó n d e es ésto a d m isib le?
(N o conocía yo, p o r ese entonces, el ju icio cruel
de A n d ré G ide, que negó a R om ain R olland todos
los dones del gusto y del idiom a francés. “ El de­
sastre fin al de F ra n c ia d aría a su Jean-C hristophe
su m ás grande y defin itiv a im p o rta n cia ”, había d i­
cho G ide, “p o rq u e tra d u c id o , es m e jo r” ).
La re co n c iliac ió n de los “ herm anos enem igos”
p o r la que R o lla n d luchaba, su fe en una h u m an i­
dad más cuerda y b o ndadosa, su odio al bism arkism o y a la m en tira crim in al, era lo que nos a d ­
m irab a en esos años de grandes esperanzas. Y po r
éso h a b ía llegado yo hasta él.
D espués se ha visto que todos sus sueños eran
im posibles. La paz que había reclam ado, jam ás fué
alcanzada. Ya no fu ero n enem igas, solam ente, las
naciones que h a b ía n luchado, sino, den tro de cada
una de ellas, las clases, las sectas, las razas y los
p a rtid o s. Y tam b ién , com o antes y como siem pre,
los “ serv id o res del E sp íritu ”, de quienes R olland
esp erab a la salvación.
No sé cuáles han sido sus pensam ientos en los
últim o s años, y m enos aún en los de la guerra
a ctual. \ a apenas lo leíam os y casi lo teníam os
o lvidado.
La nueva catástrofe, que él p re sin tió a fines de
1918 com o necesaria consecuencia de los odios en ­
tonces renovados o nacidos, debió ensom brecer sus
últim o s días. El tu m u lto fo rm id ab le alcanzó a
todos, y n ad ie pu d o colocarse p o r encim a de él.
A lguna vez sabrem os de las dram áticas
que deb ió vivir, antes de h u n d irse en la
q u ien confió en las fuerzas m orales, y acaso
p ro b ó , angustiado, la te rrib le y desoladora
ria de los hom bres.

horas
nada,
com ­
m ise­

�“ La frate rn id a d que me liga a M áxim o G orki
es tanto más n o table cuanto que hem os llegado a
e ncontrarnos desde dos puntos opuestos del h o ri­
zonte. El, de la vieja Rusia y de raza p opular,
robusta y end u recid a. Yo, de la vieja burguesía
francesa, déb il de salud, pero in q u eb ra n ta b le de
e sp íritu .
El se ha in stru id o gastando las p lantas de
sus pies p o r todos los cam inos. Yo, gastando sobre
los bancos de las escuelas y las universidades, m is
codos y m is posaderas. Y es seguro que G orki ha
llevado la vida, m aterialm ente, más ruda. P ero no
es tan seguro que haya tenido, m oralm ente, la más
dura vida. Los dos hem os tenido que ab rirn o s
nuestra ru ta a través de ciénagas y selvas de p re ­
juicios. H ay los del p u eblo y los de la burguesía.
Y los de la burguesía no son los m enos envene­
nados. Es una ruda faena la de tra ta r de hacer el
día en esta noche de ignorancia y de m ala v o lu n ­
tad.
Lo bello es que, penando cada uno po r su lado,
al final de nuestros esfuerzos, nos hayam os encon­
trado y que, desde la p rim era m irada, hayam os re ­
conocido que éram os com pañeros. P o r diferentes
que fueran las circunstancias de nuestras vidas y
nuestros tem peram entos, hem os debido pasar p o r
la m ism a experiencia. L’na experiencia de dos fa­
ses: p o r una parte, habíam os sentido apasionada­
m ente la grandeza de la c ultura hum ana, el precio
de los tesoros am asados p o r la in teligencia en el
curso de los siglos. P o r otra, hubim os de cons­
tatar la indignidad m oral de casi toda la clase
que se había constituido en la guardiana, esa cas­
ta de la intelligentsia que, en F rancia desde hacía
dos siglos, consciente de su su p erio rid ad , había
m inado el p o d er de la nobleza soberana y p re p a ­
rado la R evolución del 89, no para lib e ra r al p u e ­
blo entero, sino para su stitu ir su p ro p ia a risto c ra ­
cia del esp íritu a la aristocracia de nacim iento,
que ella destruía y para in stalar sobre estas ruinas
el gobierno de la clase burguesa, de la que se es­
tim aba cabeza orgullosa.
En un artículo de D. Zaslavsky, aparecido en la
revista Ara L ieteratournem P ostou (a b ril de 1931)
leo que antes de la R evolución de octubre, G orki,
en sus cam pañas de prensa, em peñó la lucha po r
la verdadera cultura, contra la intelligentsia b u r­
guesa de Rusia, e hizo el proceso despiadado de
esta casta intelectual, de su pasividad, de su m o li­
cie de alm a y de su verbalism o hueco. En los m is­
mos años, mi Juan C ristóbal lib rab a b atalla contra
la Feria de la plaza de P arís, contra la “m entira
idealista” de los estetas y de los rectores. Se ha
dicho de la religión que es “el opio del p u e b lo ”.
¡ C uánto más verdaderas serían todavía estas p a ­
labras aplicadas al arte y a la lite ratu ra de E uropa
desde hace m edio siglo! H an em botado la con­
ciencia pública y le han facilitado coartadas para
escapar a sus responsabilidades sociales; castillos
d onde encerrarse al abrigo de lo re a l; pretextos
para volver la espalda a la acción y d e cir: “me
lavo las m anos de las in ju stic ia s” . Los más c la ri­
videntes, como F lau b ert, juzgaban que ver y p e n ­
sar dispensaban de obrar. Poco ha faltado para
que d ije ran que la acción era el estado llano del

Un a b r a z o

fraternal

a

de

l as

on l e r a s

DE ROMAIN ROLLAND
A MAXIMO GORKI
e sp íritu . C uando, hacia el fin del siglo últim o, la
crisis del affaire D reyfus llevó bruscam ente en su
torm enta a esp íritu s generosos com o Zola, no fué
más que una h ora de re b elió n donde se e n co n tra ­
ron m om entáneam ente reu n id o s el p u eblo y los
más valerosos intelectuales. En seguida, estos vo l­
vieron a su tienda y no han salido más. H asta es­
tos quince ú ltim os años, los m ejores de en tre nos­
otros no pod ían lib ra rse del c allejón sin salida del
individualism o. N osotros obrábam os aislados, guia­
dos ú nicam ente p o r la voz de n uestra p ro p ia co n ­
ciencia. Era a la vez n uestra fuerza y nu estra d e­
b ilid a d . Le hem os d ebido —todos ju n to s— n u e s­
tra ind ep en d en cia y nuestra im potencia. El que
escribe estas líneas lo ha sabido m ejo r que nadie
cuando, a p rin cip io s de la guerra de 1914, lanzado
su g rito : Por encim a de la c o n tie n d a , escribía con
una altivez am arga de v en cid o : — “N o hablo para
convencer a E uropa, hablo para aliviar m i co n ­
ciencia '. Nos faltaba tie rra firm e en que a p o y ar­
nos. La indep en d en cia del e sp íritu , tal com o la
entendía en 1919, cuando elevé un llam ado en su
nom bre, es un árb o l que tien d e sus ram as hacia
el cielo, pero sus raíces están casi e n te ram e n te fue­
ra del suelo. Está condenado a m o rir si no se lo ­
gra p lan ta rlo en plena hu m an id ad , en esta “ tie rra
n eg ra” que es el pueblo del T rab a jo . G orki lo ha
conseguido. H oy hace cuerpo con la conciencia
m isma del p ro letaria d o . Es la coronación intelec-

trastienda
por LAZARO

• “LA TIERRA DE SANABRIA” (Vocación auto­
nómica de la Banda Oriental) del Dr. G. García
Moyano , es una lúcida y precisa investigación his­
tórica. El profesor uruguayo elucida un tópico fun­
damental en la historia del Río de la Plata: la
obstinada tendencia a la autonomía de la Banda
Oriental. El rigor en la investigación se alía con
la fluidez del estilo: difícil conjunción en trabajos
de la índole del presente, que capta la atención
del lector, y aún le subyuga. “Su vocación auto­
nómica —dice G. García Moyano — llevó a la Banda
Oriental a la soberanía absoluta. La estructuración
estática constituyó un penoso proceso, en el que
debieron solucionarse trem endos problemas, de
orden interno e internacional. La historia del Uru­
guay es la historia de las repúblicas de América,
que debieron luchar contra los factores disociantes
de dentro y contra los imperialismos en todas sus
formas. Pequeño estado de raíz democrática, des­
pués de un azaroso aprendizaje llegó a darse una
apreciable estructura progresista. Su historia de
país independiente es el camino recorrido hacia la
efectividad de su liberación para convertir la in­
dependencia en positiva y verdadera, que su eco­
nomía semi-colonial iba a dificultar grandemente.
Todavía se encuentra recorriendo ese camino. Aún
deberá pasar por m omentos difíciles, pero la m ar­
cha, aún llena de tropiezos, tendrá un sentido
ascensional. Porque su destino —que es el destino
de América — debe llevarlo hacia un mundo m ejor.
(Editorial “SELECCIONES”, M ontevideo).

través

RIET

• J. L. B. escritor de prim era categoría, al que
se le han consagrado números extraordinarios
de revistas literarias —recuérdese un significa­
tivo homenaje de SUR— no ha sido favorecido
por la clase oficial. El mayor premio en me­
tálico, todavía se m uestra esquivo. No así el
GRAN PREMIO DE HONOR, que la SADE ha
resuelto otorgar en el presente año, el Día del
E scritor. E ntre los posibles candidatos ya se
perfila la figura de Jorge Luis Borges. Su re­
ciente libro FICCIONES reclam a el lauro má­
ximo. (Ediciones “S u r” ).
•

•

•

• La inteligencia de hoy, justo es decirlo, no
siente como antes la b rutal tu tela de quien
manda. Pero no ha perdido del todo su vieja
servidum bre. Muchas ligaduras le quedan to­
davía y m ientras el intelectual aguarde una
dádiva, aspire a un favor, cuide una prebenda,
seguirá revelando todavía en la m archa inse­
gura y en la voz cortesana, el rastro profundo
de la antigua humillación.
A níbal P once. “ L os deberes de la inteligencia”.
5

tual. Son in sep arab les el uno del otro . M enos fe­
lices que él, los h om bres de m i su erte, en O cci­
dente, buscan en vano su p u e b lo p ara a rra ig arse.
\ o lo he buscado tre in ta años. E sc rib ien d o en
1900 el Teatro d e l P u e b lo , term in o el lib ro con
estas p a la b ra s : “Q ueréis un arte d e l p u e b lo ? C o­
m enzad por tener un p u e b lo de e sp íritu lib re , un
p u e b lo al que no aplasten la m iseria, el trabajo
sin descanso; un p u e b lo al que no e m b ru te zca n
todas las su p ersticio n es, todos los fa n a tism o s, un
p u e b lo am o de sí y vencedor d el com bate que se
libra h o y d ía !"
No he e n co n trad o este p u e b lo en O ccidente. Lo
espero, lo llam o, lo a nuncio desde m i infancia.
El suelo de O ccidente está seco y e n d u rec id o a l­
re d e d o r de m í, p ero yo a larg u é m is raíces, yo he
ido p o r deb ajo de la d u ra corteza de E u ro p a al
e n cu e n tro de las capas fecundas de los p u e b lo s
soviéticos, de la inm ensa vida d e sp ertad a en las
p ro fu n d id ad e s de la U.R.S.S. Y es al final de es­
te trab a jo su b te rrán e o que m is raíces se han j u n ­
tado a las de G orki. N uestras m anos frate rn as se
han an u d ad o . A hora, com pañeros de un extrem o
a otro de E u ro p a, m ezclam os nu estro a lie n to y
nuestra sangre. ¡P o n em o s en com ún n u estras e n e r­
gías! ¡E l e sp íritu cam ina in v isib le p o r toda la
tie rra ! ¡Q ue él sea la savia del m ayo n u e v o !”
(E l presente saludo de R o lla n d fu é e nviado en
ocasión d e l regreso de G o rki a la U .R S S .)
• Los libreros de Buenos Aires han aprendido a
discriminar. Se puede obsei~var en los escapara­
tes, grupos de autores perfectam ente diferenciados.
Aún en los anaqueles ya se les ve am ontonados de
acuerdo a la ideología que profesan. Así vem os
en armónica gavilla, como después de la cosecha
los libros que responden a una ideología d eterm i­
nada. No es necesario especificarla, porque el lec­
tor ya sabe a qué atenerse. José María Pemán
al lado de Manuel G alvez y Fernández Flores, codo
con codo con Arturo Cancela. Le siguen, César
Carrizo, Carlos Obligado, Cambur Ocampo que en
la revista “A ntología” recoge artículos de Emilio
P ettoruti, organizador de ciclos p r o v in c ia le s de
notoria repercusión en el oficialismo, o de H ome­
ro M. Guglielm ini, exégeta de todo pensam iento
totalitario. La lista la com pletan otros intelectua­
les c ó m o d a m e n te situ a d o s
tras los cristales de vid rie­
ras hábilmente ordenadas
por el librero propagandista.
La novedad en m ateria edi­
torial, no puede pasar inad­
vertida y menos aun, silen­
ciada. Están todos o casi to ­
dos: Ponferrada, Carlos Astra d a , C arlos Ib a r g u r e n ,
Leopoldo Marechal, Lisardo
Zía, Ignacio V. Anzoátegui
y otros.
No cab e duda que los
m ercaderes del libro, han
empezado a discriminar en
fo r m a a tin a d a . D e b em o s
agradecerles la clasificación.

•

•

•

En un diario de La Plata, capi­
tal de la primera provincia ar­
gentina, el aviso al margen.

Cuchillo de punta pa­
ra carnear extranje­
ros a ....................... $

5.90

�L

O

E

O

N

A

L

O

G

C

A

a lister
Jefe en los ejércitos del ebro
Tu carta — oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte
tu carta, heroico
Lísteme consuela
de ésta, que pesa en mí, carne de muerte.
—

Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española
de monte a mar, esta palabra mía:
“ Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.’&gt;
ANTONIO

MACHADO

Dibujo de SEOANE

otra a largo p la zo . Esta no debe hacer descuidar
aqu élla . N i aquélla debe b loquear todo el h o ri­
zo n te d e l p e n sa m ie n to . N in g u n a de las dos debe
ser sacrificada por un verdadero y v iv ie n te “in te ­
lectual” . E l h o m b re que piensa debe proyectar
sie m p re su p en sa m ie n to en el surco de la uno y
la otra. U n p en sa m ie n to q u e no obrara, sería un
p e n sa m ien to que no piensa, la in m o v ilid a d , la
m u erte. E l estetism o in fe c u n d o en qu e se m antieune una élite de n uestro tie m p o , “el pen sa m ien to
po r el p e n sa m ie n to ”, está a dos dedos de la fosa.
A p esta a cadáver. S ólo v ive q u ien o b ra __
Im A nfang w ar die T a t . . .

Xilografía de F. Masereel

• . . . N o era, por cierto, para em plear sus p ala­
bras, “la fétid a in d ifere n c ia ” ; pero era sí la a fir ­
m ación term in an te de la suprem acía del hom bre
que p ien sa sobre el hom bre que v iv e; el desdén
por la lu ch a y por la acción; la soberbia de la
élite in telectu a l, con su certid u m b re orgullosa de
que fuera de ella no hay en el m undo m ás que
a g ita ció n sin im portancia. Egoístas élites que por
con servar m enguados p rivilegios continúan d efen ­
diendo un ESPIRITU y una LIBERTAD en ab s­
tracto que la realidad sin cesar se los d esm ien te;
candorosas élites cu yos su eñ os absurdos son fo ­
m en tad os por los m ism os que de ellos b en efician;
porque son esas con stru ccion es del “arte puro” y
de la “in te lig en cia pura” las que d esvían los ojos
de las grandes m asas de la única escen a en que se
desarrolla de veras el dram a de la historia. Las
clases g ob ern an tes estim u lan con m aña a esos ar­
tista s que son com o niños; a esos sabios que son
com o Juan de la Luna. Y los prefieren, y los
cu id an y los cargan de honores; hasta que llega
el día en que una palabra im prudente, o un d escu ­
brim iento inesperado, los arroja sin saber por qué
de los p riv ileg ios y los cargos.
A N IBA L PONCE — De Erasm o a Rom ain Roiland.

•

•

•

M I M E N S A JE A LA JU V E N T U D
— “¡N o separéis nunca el p en sa m ie n to de la ac­
c ió n !" H ay dos acciones: la una in m e d ia ta , la

E n consecuencia, m i incesante exhortación a la
ju v e n tu d es a la energía. N in g ú n tie m p o la ha
reclam ado más. Este tie m p o es fe r o z9 cru e ly car­
gado de devastaciones, pero ta m b ién es poderoso
y fec u n d o . D estru ye y renueva. N o es hora de
gim o tea r y p o n e r ceño adusto a la tarea. Es hora
de rem angarse los pu ñ o s y de acogotarse en tanto
que el día llega. Es el com bate de Jacob con el
A n g el. D urará hasta qu e el alba se levante.
. . . Y el A ngel d ijo : “ D éjam e, pues el alba ha
lle g a d o ”. P ero Jacob d ijo : uNo te d e ja ré hasta
que m e hayas b e n d e c id o ” .
E ntonces el A ngel d ijo : “ T ú has luchado con
D ios y con los h o m b res y tú has sido el más fu e r­
te ”
N osotros hem o s de luchar ahora con D ios y
con los h o m b res: con las ideas v ieja s, los dioses
m u rie n tes y asesinos, y con los m illo n e s de e sp í­
ritu s sin ojos que los sirven ciegam ente. H em os
de crear dioses nuevos y una nueva hu m a n id a d .
N o lo po d rem o s sino a costa de la más intensa
energía y de un co m p leto sacrificio. ¡D ios sea
lo a d o ! N osotros no faltarem os a la o b ra __ ¡V iva
la a cció n ! ¡ Y viva la pa z, h ija de la a c c i ó n ! __
P ues la paz que yo sirvo es la que he tom ado
de la divisa de m i m aestro S p in o za :
Pax enim non b e lli p riv a d o ,
Sed v irtu s esL quae ex anim i fo rtitu d in e o ritu r
La paz no es la ausencia de la guerra,
Es la v ir tu d que nace d e l vigor d e l alm a.
ROMAIN

6

ROLLAND

Ser inteligente, es necesario; vivir no es
necesario.
No está uno en donde está, sino en donde
está su espíritu.
Es curioso. A veces, se conquista la libertad
en poesía para ser más obscuro.
EMILIO ORIBE

EL

LECTOR Y

EL LIBRO

Para establecer un vinculo entre los lectores
y los libros XACIOXALES , rogamos a nuestros
amigos que remitan al director de esta sección
la letra de páginas memorables de las obras
de sus bibliotecas. A través de los márgenes
(citar capítulos, páginas. párrafos)y intentare­
mos un entendimiento significativo entre el
lector y el autor.
R e sp o n d e n :
G regorio D. A lem ani, de La P la ta : lo m arginado
en p ágina 46 de “R adiografía de la P am pa". El
cuchillo. Ed. Losada.

C arm en

A ram ayo

R íos, de

R esistencia,

Chaco:

T iene señaladas las páginas 203, 204 y 205 de
Ensayos A m ericanos de N ew ton F reitas. E d ito ­
ria l S chapire. B uenos A ires.

Ju lio José, de A sunción del P araguay, suele releer
el p rim e r acto de “P ájaro de B arro” de Sam uel
E ichelbaum .

Ju lio V alle C isneros, de M ercedes, P rov. de Bue­
nos A ires - In d ica “ S arm iento, santo y seña de
h oy”, de Crítica y E stim ación de L uis E m ilio
Soto, e d ito ria l Sur.

�EN CORDOBA 8 5 6 , SOBRE LA NUEVA Y ELEGANTE AVENIDA PORTEÑA

MJ
«

el sig n o d e l a m a u ta - e l s a b io , e l m a e s tr o - a b r e s u s p u e r ta s u n a e n t i d a d d is p u e s ta a m a r c h a r
r itm o d e la é p o c a .

AM AL
IAt
l i b r e r í a ,e d i t o r i a l y g a le r ía d e en su t r ip le
e n c a u c e ,e s ta r á d e d ic a d a a e x a lta r lo s a u té n tic o s v a lo re s d e la
c u ltu r a .

Usted puede

C o n c e b id a c o m o a lg o v i v o , d in á m ic o , A M A U T A h a rá lle g a r a
u s te d la la b o r o r i e n t a d o r a d e u n g r u p o d e in te le c tu a le s : e s ­
c r ito r e s , a r tis ta s , h o m b r e s d e c ie n c ia , v in c u la d o s a l p e n s a m i e n ­
to d e to d o e l p a í s ... d e to d o e l c o n t i n e n t e .

pertenecer a

AMAUTA
Para que A M A U T A pueda d e sa rro llar
cabalm ente sus fines cultu rales, es p re ­
ciso que cuente con el auspicio am istoso,
con el apoyo m oral, de un grupo de p e r­
sonas que se sientan p artícip es de su
lab o r o rien tad o ra .
Estas personas to m arán el carácter de
m iem bros ad h eren tes m ediante una cuo­
ta m ensual de $ 2.— El beneficio m ás
valioso que o b ten d rá n de su vinculación
con AM AUTA será de ord en e sp iritu a l:
el goce que se siente en las m anifesta­
ciones de la cu ltu ra, en v ivir d en tro de
ella, en c o n trib u ir a extenderla.
P ero adem ás, los m iem bros ad h eren tes
te n d rá n estas otras v en tajas:
• U n 10% de descuento sobre toda c o m ­
pra que efectúen en A M AUTA.

In ase a
AMALTA.Sea c u a l fu e r e su a c tiv id a d , n u e s tr a s p u e r ­
ta s e s tá n a b ie r ta s p a r a u s te d . E n A M A U T A e n c o n tr a r á s ie m p r e
a a I g u ie ti d is p u e s to a s a tis fa c e r su c u r io s id a d , o r ie n ta r su
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siciones que abarcará, entre
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EL

SIN FO N IA

PRO GRAM A:

N? 3

(H eroica)

de Beethoven

�•«

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A LS INA

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B U E N O S

A I R E S

�Homenaje a Homain Holland
bajo

los

auspicios

de

la

Comisión

Organizadora

del

Día

de

la

Música

en el Teatro Grand Splendid, Santa Fe 1860
con la adhesión de la

A SO C IA C IO N

DEL PR O FE SO R A D O O RQ U ESTA L
del maestro

JU A N JO SE

C A ST R O

y del Sr.

•/

M A X G L IT K S M A X X

A

D

En el

Programa:

H

S

E

I

O

SINFONIA

N

N° 3 (Heroica)

D E

L

A

T

I

T

U

D

�RESPUESTAS A UNA

p ero yo no invoco m i situ ac ió n com o un estado
de perfecció n v irtu o s a ; h ab lo de un m étodo, cuyo
ascetism o, cuyo supuesto cilicial. han sido m enos
elegidos que im p u esto s p o r las circ u n stan c ias “ mesológicas” y tem p e ra m en ta le s, y han sido sie m p re
m al a d m itid o s p o r m í).

ENCUESTA
¿PO R QUE E SC R IB E U STED ?
L IT E R A R IA ?

¿C U A L ES SU M A Y O R A M B IC IO N

¿Q U E P R E P A R A P A R A EL F U TU R O ?

Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea, han contestado en el primer
número de LATITUD y ambos enfocaron las tres cuestiones en forma su­
mamente personal. No menos sinceras y de profunda significación para
sus numerosos lectores, son las respuestas de Amado Alonso, el renombra­
do filólogo y de Bernardo Canal Feijóo, ensayista y poeta de pareja en­
vergadura.

Contesta

CANAL

FEIJOO
¿P or qué escribo? — No lo sé. No m e satisface
pensar que sea sólo p o rq u e no puedo d e ja r de
hacerlo. A pesar de que siem pre m e descubro es­
c rib ien d o m ás de lo justo, nunca me he sentido
aqu ejad o de grafom anía. Las circunstancias de m i
vida y un sentim iento quizá suicida de la re sp o n ­
sabilidad lite ra ria , han hecho para m í de las letras
un oficio casi penoso. D ebo p ro fesarlas e n tre c ró ­
nicos cansancios e x tra litera rio s y p e rm an en tes in ­
c ertid u m b res intelectuales. Supongo que el m e­
dio histórico y m oral, poco resonante (creo que
el e sp íritu vive de re so n an c ias), en que me ha to ­
cado e n co n trarm e sum ergido, desde m uy te m p ra ­
no. me ha despojado de esa gustosa vanidad p e r­
sonal que es el p rin cip io de tanta riqueza lite ­
raria. He debido p ro fesar la letra com o un ofi­
cio sistem ático de m odestia, de ren u n cias m uy ín ­
tim as, de m etódica co m unidad. De ahí sin duda
el descontento rad ical que me aflige respecto de
todo lo que llevo hecho, y m i escepticism o acerca
de lo que aún tu v iera que hacer. (C o m p ren d o que
ésto significa que, en re alid a d , no he sido capaz
de re n u n c ia r ín tim am en te a la vanidad p e rso n a l;

Contesta

AMADO

P re sie n to que si d e ja ra de e sc rib ir, te rm in a ría
—según la regla c o m p ro b a to ria c o n o cid a — m u rié n ­
d o m e ; lo cual no significa que no m e sienta ca­
paz de d e ja r de e sc rib ir en c u a lq u ie r m o m en to ,
— p e q u eñ a fantasía hero ica que no p o d ría so b re ­
estim ar, p o rq u e e n tie n d o que éso sólo im p o rta ría
su b stra e rm e a lo que re su lto h a cien d o y no a lo
que h u b ie ra p o d id o o al m enos deseado hacer. Así
com o no sé qué escribo, tam poco sé p a ra qué, ni
en g eneral p a ra qu ién .
¿C uál sería m i m ayor am b ició n literaria? — H a ­
cer c o in c id ir en m is letras un estado de felicid ad
lite ra ria m ía (n u n ca alcanzada en n in g u n a de m is
te n ta tiv a s ), con un estado de felicid ad hom ologa
del lecto r (q u e com o lec to r de otros esc rito res la
d isfru to a m e n u d o ). Uso la p a la b ra felicid ad en
toda su la titu d p o sib le ; no excluyo la did ascalia,
la m etafísica, la p o lítica , la m ística, la re v o lu c ió n ,
ni la sim ple bio lo g ía. Sé que un lec to r feliz es
capaz de lo g ra r luego lo que n unca han p o d id o
lo g rar d irec ta m en te los escrito res, p o rq u e los p ro ­
gram as del m undo son tras-litera rio s, y los e sc ri­
tores están siem p re un poco antes de la le tra (de
otro m odo no h a b ría letra, ésa que al p a re c e r si­
gue siendo necesario que e n tre con sangre, y que,
p o r tan to , no p o d ría ser m an ejad a p o r q u ién la h a ­
ce; los b uenos e scrito res son m alos pedagogos y
n a tu ra lm e n te m alos p o lític o s ).
¿Q ué preparo para el p o rv e n ir? — La v o lu n ta d
de su b sistir rectam en te b a jo o e n tre los o sc u rec i­
m ientos del tiem po h istó rico gen eral y d el tie m p o
biológico p erso n al. Ese es el tra b a jo co n stan te y
a veces d esesperado. T am b ién — y e n tre otras co ­
sas— p re p aro un “ A lb e rd i”, p ara la e d ito ria l m e­
jican a “ F o n d o de C u ltu ra E conóm ica”, en que
ensayo una ex p erien cia biográfico-crítica del gran
p a trio ta, to m án d o lo , p o d ría decir, con ánim o de
raíz y de in te g ral re d esc u b rim ie n to , com o si ig ­
n o ra ra lo m ucho, y bu en o y siem p re lim ita d o que
se ha escrito de a q u ella insigne figura de la p a ­
sión a rg en tin a .

t í CAs* a je M**

ALONSO

Yo no puedo alegar al im perativo del num en,
po rq u e yo no soy un p ro d u c to r de arte sino de
ciencia, o a lo m enos a éso he tendido toda m i
vida. A p ren d er lo averiguado y averiguar en lo
desconocido son las dos ocupaciones de todo h o m ­
b re de ciencia. ¿Q ue para qué escribo? D ebe ser
un sereno placer exponer arm ónicam ente lo a p re n ­
dido, pero yo nunca me he dado ese gusto. Yo es­
cribo para averiguar. Cuando me tienta un en ig ­
ma con su posible vencim iento, suelo h acer la r­
gas prep aracio n es (ya sabes cómo es el taller de
un e ru d ito ), y casi siem pre me pongo a red actar
creyendo que sé bastante del asunto para salir con
bien. P ero la verdad es que sólo entonces e m p ie­
zo a ap ren d er, cuando en la soledad de mi fuero
in te rn o me pongo a considerar sobre el grado de
p ro b a b ilid ad de cada conocim iento. Cada idea es­
tá siem pre enganchada con im previstos problem as
laterales, de m odo que, creyendo ir a cazar a tiro
hecho, uno va husm eando como perd ig u ero p o r
p ajo n al. Sí, am igo A m o rím ; el esc rib ir resulta
así una aventura. No es, pues, el enseñar, ni el
ten e r averiguado, sino el av eriguar lo que me p ro ­
voca un placer e sp iritu al tan intenso que, me fi­
guro, se debe p arecer un poco al que en los p o e ­
tas llam am os in spiración. P o r desgracia ni la in s­
p irac ió n en los poetas ni la exaltación esp iritu a l
en el científico son estados p e rm a n en te s; y, sin
em bargo, uno sigue escribiendo. Pues, c la ro ; m i

d eb er es h acer lo m ejo r que pueda, y sin d e se r­
tar, la tarea que se me ha encom endado.
U n m om ento, que me da vergüenza p in ta rm e
tan noblem ente. H ay tam b ién una razón de v a n i­
dad o, com o se dice, de validez p e rso n a l: cuando
otros im pulsos fallan, m e asiste todavía el deseo
de ser yo el que e m p u je un poco más lejos los lí ­
m ites de lo desconocido.
¿C uál es su m ayor am b ició n ?
No sé si me dices lo m ás grande que am bicione
o lo que am bicione m ás a rd ie n te m en te . Com o sea,
te diré que tengo una am bición d eshauciada, con
lo cual ya no la creo am bición, p o rq u e una a m b i­
ción sin esperanza, ya nos deja de atosigar, que
es (q u e e ra ), la p re p ara ció n de un D iccionario
histórico de la lengua literaria hispanoam ericana;
necesitaba un e jé rcito de co lab o rad o res técnicos,
una m illonada y a b an d o n a r todo otro tra b a jo p ara
ded icar al D iccionario todos m is días. Mi am bición
su p erviviente es hacer un D iccionario histórico de
los indigenism os am ericanos en el español y en
las otras lenguas europeas.
¿Q ué hago en estos m o m en to s?
Estoy term in an d o
ción d e l español en
sistem a fonético de
dia y la revolución

un lib ro sobre La p ro n u n cia ­
el siglo X V I , donde estudio el
nuestra lengua en la E dad M e­
que sufrió de 1550 a 1620, con
7

que se pasó rá p id a m e n te, au n q u e tras secular p re ­
p aració n , de la p ro n u n c ia ció n m edieval a la m o­
derna. Y a ese lib ro seguirá otro sobre E l castella­
no en A m érica en el siglo X V /, ya m uy a d e la n ta d o ,
y que in te rru m p í para te rm in a r el otro, d o n d e te ­
nía que reso lv er cuestiones previas.

�MUSICA
Dirige
LEOPOLDO

U n nuevo valor a r t í s t i c o
de n u e s t r o m e d i o
[ S o es fre c u e n te en n u estro m e d io lo aparición de un m ú sico n u e vo que, com o E itle r,
d e je una im p re sió n tan halagüeña acerca de su ta len to artístico y de sus recursos téc­
nicos. La p resen ta ció n de este jo v e n c o m p o sito r en el T eatro d e l P u eb lo p e rm ite in ­
co rp o ra rlo d e una m anera d e fin itiv a al m u y re d u c id o n ú m e ro de m úsicos argentinos
— o radicados en e l p a ís, q u e es lo m ism o — q u e tie n e n una obra sig n ific a tiv a y q u e
están llam ados a g ravitar e fe c tiv a m e n te en las a ctividades artísticas de nuestro m ed io .

Esteban Eitler
N o se tra ta , claro está, de una o b ra re aliz a d a y
co n clu id a, que p u e d a e x am in arse con visión p a ­
n o rá m ica . E itle r es u n jo v en que está todavía
b u sc á n d o se, que ensaya una y o tra salida, que
in d ag a , e n tre las m il so licitac io n e s que le p re sen ta
el cam po de la com p o sició n , a q u ello s cam inos que,
p o r c e rte ra in tu ic ió n , sabe qu e han de lle v a rle a
b u e n té rm in o . ¡P e ro con qué se g u rid ad se o rien ta,
y q u é b u e n o s fru to s va d e ja n d o en las etapas de
su a u to -d e sc u b rim ie n to !
E l p ro g ra m a , e la b o ra d o en form a cro n o ló g ica,
p e rm itió se g u ir m uy de cerca la e v o lu ció n de su
e stilo , que en u n lapso so rp re n d e n te m e n te breve,
en tres o c u atro años, ha pasado de los ensayos incaico -p en tato n ales, de fácil sed u cció n p ara todo
m úsico in c ip ie n te en este país, a sus ú ltim as te n ­
tativ as en la técnica n ovísim a de los doce tonos.
E l d e sa rro llo de este cam ino, a trav és del im p re ­
sio n ism o , d el neoclacisism o, de la p o lito n a lid a d y
la técn ica d o c eto n al, si b ie n ha d o c u m e n tad o la
afanosa b ú sq u e d a de su p e rso n a lid a d p ro p ia , ha
p e rm itid o asim ism o d e stac ar alg u n as de sus cu a­
lid a d e s g en erales, a q u e lla s que dan la tó n ica de
su o b ra , tan to en sus p rim e ro s ensayos com o en los
ú ltim o s.
N os p a rec e q u e la c u a lid a d d o m in a n te en él es
su gozosa flu en c ia c rea d o ra, su de se n fa d a d o y ágil

BEETHOVEX

m an ejo del m ate ria l sonoro. Q uizás el hecho de
que E itle r haya ten id o que ganarse la vida tra b a ­
ja n d o en una o rq u esta de “jaz z ”, le ha dado una
e x tra o rd in a ria fa m ilia rid a d con el in stru m e n tal,
una riq u eza rítm ica y una facilidad discursiva que
re cu e rd a m ucho a la de las obras de ju v e n tu d de
H in d e m ith . En uno y otro caso, se trata de una
c u alid ad que p ro v ien e de la actividad p ro fesio n al
d el a rtista , m ás que de su p re p a ra c ió n escolástica.

de su d e sa rro llo m elódico, sacan todos los re c u r­
sos im aginables de los estrechos lím ite s que el
tem a le ha im puesto.

Esa ex h u b era n cia crea d o ra, esa fuerza expansiva,
v erbosa de su m úsica, expuesta sin p re ju ic io s ni
trab a s, 6e va ciñ en d o p a u la tin a m e n te a form as
a ju sta d as, a u n c o n tro l cada vez m ayor de sus e le ­
m entos, a m edida que nos acercam os a sus obras
actuales. Son evid en tes los p rogresos que realiza
el a rtista en el d o m in io de las form as, en la es­
tru c tu ra a rm ó n ica y c o n tra p u n tística , en el sentido
cada vez m ás sutil del tim b re y de las a g ru p acio n es
in stru m e n ta le s con un p ro p ó sito con stru ctiv o . Y
es p len a m en te d e m o stra tiv o de su tale n to el hecho
de que este pro g reso haya p o d id o ser realizad o
en tan corto n ú m ero de años.

Las R em in isc en c ia s, con sus dos flautas que se
m ueven en d istin to ám bito to n al, son un curioso
y b ien lo g rad o ensayo de c ontraste en tre la bu s­
cada m o n o to n ía de color de las flautas, y la cons­
tan te in te rfe re n c ia rítm ica y arm ó n ica de la gui­
ta rra a co m p añ an te. Este tra b a jo de indagación a r­
m ónica, de c o m p le jid ad ton al, u n id o a una gran
fluidez m elódica, se pone en evidencia en el Div ertim e n to , de 1943, tra b a ja d o con un exquisito
sen tid o del re n d im ien to de cada in stru m e n to y de
sus fricciones arm ónicas y crom áticas, inevitables
e n tre in stru m e n to s tan disím iles com o el flautín, la
flauta, el c la rin e te, el c la rin e te b ajo y la g uitarra.

Ya la S erie B o liv ia n a , que data de 1941, nos pone
de llen o an te la riq u eza im ag in ativ a del a u to r p ara
e la b o ra r elem en to s tan in g rato s y p o b res com o los
que p ro v ien e n del p e n ta to n ism o . Su ag ilid ad r ít­
m ica, su a rm o n ía a cid u lad a y sabrosa, la fa cilid a d

“ S erie S e n tim e n ta l” no es quizá el títu lo más
in d icad o para la serie de piezas que com prende,
otra de sus obras escrita p ara distintos in stru m e n ­
tos solistas. U na vez m ás apreciam os aq u í el do­
m inio in stru m e n ta l de E itler, sus recursos de toda
ín d o le p ara e x p lo ra r cada p o sib ilid a d de sonido
y de tim b re , su im aginación d e sb o rd an te para m an ­
te n e r el in te ré s de este renovado solilo q u io , es­
crito con su fluencia característica.

Y EL D I N E R O

Veámoslo,
talcomo es, con los rudos reversosIVOWsO
de
VAN BEETHOVEN
;
i s rudas virtudes; como un sólido burgués que, a despe­
go de su apariencia desordenada y del fogoso idealismo
ue arde en su cerebro, tiene una visión muy realista de la
ida; está felizmente habituado a luchar con las
es y prosigue ese cuerpo a cuerpo hasta su muerte —que
rranca al destino el alimento, la independencia—, el capital
ue necesita, y que se da maña para conservarlo y hacerlo
jler. Pero él sabrá, asimismo, en medio de las estrecheces,
srvir a la comunidad; ya que es el más fuerte, el mayor
se reconoce o se abroga, sobre los mas débiles, deberes de
rotección. 2¡o sólo de su sobrino es tutor. Lo es de los
obrés y los desgraciados. Este hombre, duro consigo mismo
con quienes se le aproximan, tiene el alto sentido de las
ssponsabilidades sociales
(otropunto de semejanza con
Hguel Angel).
Permanecerá toda la vida siendo aquél que, joven,
ia a su amigo Wegeler su sueño de que su arte pudiera
onsaararse solamente al bien de los pobres
dann solí
ich meine Kunst nur zum Besten der Armenzeigen..
Excusemos, pues, su afición a ganar y a guardar. La
ida es para él un combate. Y está orgulloso, con todo dereho, de haber ganado este combate por ¡a existencia. Todas
pasiones, todas sus virtudes, todos sus defectos, son
AGUAFUERTE DE EMIL ORLIK
iriles.
.
Beeth

o ven

,

por R om ain R oliand.

8

En la Sonatina para guitarra, de 1942. nos m ove­
m os ya en un clim a d istin to . Las to n alid ad e s fluctu an tes de su m elódica están apoyadas aquí en
una rítm ica a le rta y vivaz, que consigue e stru ctu ­
ra r y d a r sentido orgánico a elem entos arm ónicos
en a p are n te d isp ersió n .

De a q u í en a d elan te , en el T río, en la Pieza
para guitarra, y en las C uatro fábulas de D aniel
D evoto, que son obras recien tísim as, presenciam os
el aju ste p rogresivo de todas estas cualidades, que
si p o r algo pecan es p o r exceso de entusiasm o y de
ju v e n il d e se n v o ltu ra. P ero el T río revela una ce­
ñ id ísim a tram a c o n tra p u n tística , que em plea los
recursos m ás á rd u o s con sin g u lar so ltu ra ; en la
P ieza para guitarra asistim os a un m inucioso tra ­
b ajo de com posición, en el estricto sentido de la
p a la b ra, c o n striñ e n d o su im aginación desb o rd an te
a un rig u ro so p lan de d e sa rro llo ; y en las fábulas
c om probam os cóm o ha sabido E itle r salvar los
escollos de la c onstrucción d ocetonal en la in te r­
p re ta ció n em otiva de un c o ntenido poético, que
a p rim e ra vista d ifíc ilm en te p u ed e com paginarse
con un tratam ien to tan ajeno a las ha b itu a le s con­
venciones de la exp resió n sen tim en tal.
H ay en E itle r una condición sim pática en tre
to d as: se ad v ie rte que se goza en la m úsica y en
su m úsica, que se m ete en ella com o el n ad ad o r
se zam b u lle in tré p id o en el río. P e ro ya ha a p re n ­
d ido a d o m in a r el flú id o elem ento com o para avan­
zar d e rech am en te hacia la m eta que se ha p ro ­
puesto.
L H.

�E l teatro de Rom ain R o lla n d
por iMARCEL MARTINET (*)
* * R e c u e rd o la in d ig n a c ió n y el desp recio que
se n tí, cu an d o al lle g a r p o r vez p rim e ra a P a rís,
d e sc u b rí el a rte de los b o u lev a rd s p a risin o s. Ya
no siento in d ig n a c ió n , p e ro me q ueda el d e sp rec io ” .
Esas lín e a s de R o m ain R o lla n d son sacadas de
ese T eatro d e l P u eb lo que, después de casi vein te
años, sigue siendo el lib ro d o n d e a q u éllo s que
su e ñ a n con u n te a tro a ere ad o , v e rd ad e ro y noble,
a p re n d e n a sa b e rlo e sp e ra r, a c u id arse y d e se arle.
Las he citado a q u í, a n te todo com o p u n to de p a r­
tid a , com o testim o n io de las d e stru ccio n es n ece­
sarias, de la lim p iez a sobre la cual un c rea d o r
establece los cim ien to s de su obra.
La o bra, q u e ya e ntonces h a b ía su p e rad o la fa­
se in ic ia l, era una c o n stru cc ió n audaz y sobria,
d o n d e el p e n sa m ien to del a rtista a d elan ta b a ya
la to ta lid a d del m o n u m e n to .
M al c o m p re n d id a , o m ás b ie n in a d v e rtid a , no p o ­
d ía el p ú b lic o — el de los esp e ctad o re s— ver una
o b ra que el otro p ú b lic o , el de los d e sc u b rid o re s
de v iejas lu n as de cartó n , el de los d irec to re s y de
los crítico s, d e b ía e sc o n d erle, sin d u d a m ás p o r
in stin to que p o r re n co r, puesto que la estu p id ez
es m ás com ún que la p e rfid ia , y la pereza y la
ru tin a m ás que la e stu p id e z. C ap tar una poesía
v e rd ad e ra, fu e rte , p len a , los m u rm u llo s de la sel­
va h u m an a o el soplo d el m ar p u rific a d o de la
p re sen c ia h u m an a , y la n z a r ese v iviente escándalo
en m edio de los e strib illo s se n tim e n ta le s; en el
a ire ag ria d o d el pseu d o -realism o o e n tre el p a la ­
b re río p seudo-m etafísico de los p e n sa d o re s p ara
p erso n as p álid as, re q u e ría sin d u d a no poca re ­
flex ió n y una au d acia su p e rte a tra l.
Es así com o la leg ió n de am igos que p e d ía a
Juan C ristóbal el v a lo r y la ale g ría de los h e rid o s
que no a ce p ta n la d e rro ta ; el v a lo r y la aleg ría
d el fin al de la N o v e n a ; en su m ay o ría ni sospe­
ch ab a n siq u ie ra al p o eta d ra m á tic o que, en R o ­
lla n d , so b rep asa quizás a Juan C ristó b a l. E n esa
leg ió n secreta, p ro fu n d a , dem asiado secreta a ve­
ces, la n ovela h a b ía p o d id o p e n e tra r p o r un m is­
terio so e n c a rn a m ie n to de alm a a a lm a ; p e ro el
te a tro exige p a ra sus co n q u istas m ás b ru ta le s el
d e sp lie g u e de los m edios y la p ru e b a p ú b lic a . A l­
gunas re p re se n ta c io n e s aisladas en escenarios casi
desco n o cid o s y en c irc u n stan c ias poco favorables,
y de nuevo el silencio. La o bra, com o casi todas
las o b ras de gran calid ad , lleg ab a a d e la n ta d a ; ne
cesitaba e sp e ra r, c rearse un m edio. Su tiem p o lie
g aría. L le g aría cuan d o el a rtista , según la m edi
da trág ica de su d estin o , ya a le ján d o se de ella, ha
b ía de e sta r m ás lejo s, m ás alto , y sie m p re solo
L le g aría el tie m p o . P e ro no a p risa. E n tre las
sin iestra s payasadas de los ú ltim o s años, una de
las m ás sin ie stra m e n te re p u g n a n te s fué la choca­
rre ría de to d o lo que se agita, grazna y trafica
en to rn o al E sp íritu de la P atria, el A rte y dem ás
p ro v ech o so s a rtíc u lo s de consum o con m ayúscula,
de to d o s esos h ip ó c rita s p o lic h in e la s que d ecla­
ra b a n g u e rra sin treg u a a las in ep ta s p o rq u e ría s
de la escena lla m ad a p a risie n se , que re clam a b an
a g rito s un te a tro sim p le, generoso, sano, que h a ­
blase a los h o m b res de sus luchas, de sus su fri­
m ie n to s, de sus a le g ría s y sus sueños, que a n u n ­
c ia b an cada m añ an a la re su rre c c ió n p a ra vo lv er
cada no ch e a c h ap u c ea r en su vóm ito y p escar la
p ro p in a , y que, de m añ an a o de noche, si p o r des­
g racia se to p a b a n con el a rte que sim u la b a n d esear
y q u e existía, b a ja b a p ú d ic a m e n te los ojos, d e cla ­
ra n d o in o c e n te m e n te que no h a b ía n visto nad a.
H e a q u í p o r qué ta rd ó tan to en lle g a r el tie m p o .
Sin em b a rg o , en to d as las lenguas, so b re todos
los tab la d o s, tan to en el Ja p ó n com o en C hecoes­
lo v a q u ia , en N ueva Y o rk com o en M oscú, el te a ­
tro de R o m ain R o lla n d , a trav esad o p o r el soplo d el
alm a u n iv e rsa l, p e ro am asado en siglos de p e n sa ­
m ie n to fran cés e irra d ia n d o la c la rid a d de la le n ­
gua fran cesa, ig n o ra d o en F ra n c ia , era re p re se n ­
tad o en el resto d el m u n d o , y reco n o cid o y a cla ­

m ado p o r las m u ltitu d e s com o un canto de lib e ­
ración.
P o r m aravillosa co incidencia, la grandeza del
h o m b re, es aq u í una con la grandeza del artista.
V iv ir no es b uscar la tem pestad ni h u ir de ella.
V iv ir es ace p ta r la tem pestad y d o m in a rla ; es el
co n ju n to de con trad iccio n es que se d estrozan sin
cesar e n tre ellas y que sin cesar vuelven a ju n ­
tarse, y sin las cuales el corazón y el e sp íritu son
sólo cadáveres. Dos c o rrien tes, n inguna de las
cuales a n iq u ila jam ás a la otra, atraviesan y a n i­
m an co n stan tem en te la d ra m a tu rg ia de R o lla n d :
la n ecesidad de escuchar en lo m ás p ro fu n d o de
sí m ism o esas fuerzas en lu c h a ; la necesidad de
c ap tar los fulgores que em iten y de lanzarlos, a n ­
to rch as c en tellean tes y ensangrentadas, en las ti­
nieblas de los hom bres. P oeta del in d iv id u o y p o e ­
ta para las m u ltitu d e s. A hon d am ien to de los re ­
p liegues oscuros, de las tin ieb las, ante las cuales
los más v alientes re tro c ed e n . R e tiro a las a ltu ras
serenas, do n d e arran cam o s de nosotros el d o lo r

Dibujo de FRANS M ASEREEl

y d o n d e el m al m ism o se ilu m in a con la m úsica
de las esferas celestes. V o lu n tad que nada a m o r­
daza, fe inco n m o v ib le. U n tea tro para los m ás
p ro fu n d o s in te rro g an te s del alm a so lita ria y un
gesto de los p ueblos. El com bate e n tre los com ­
b a tie n te s. El com bate de uno co n tra todos. El
com bate de cada uno contra sí m ism o, sopla p o r
d o q u ie r su h á lito ru d o . De p ie fren te a su llam a,
sentim os que nos calienta los ro stro s a la vez que
un v iento a lp e stre, que re cu e rd a la frescura de
m ontes y glaciares, d istie n d e y fortalece el c o ra ­
zón. La re a lid a d y la a ltu ra ayudan a quí, p o r p a r­
tes ig u a le s; son ig u alm en te necesarias. A parta dos
pelig ro s, tan m o rtales el uno com o el o tro ; el “ dilettan tism o in d ife re n te ”, p o r supuesto, y la “ p e ­
dagogía m o ra l”, que p o r cierto no vale m ás. N u n ­
ca hay “ tesis” en sus piezas cálidas de p e n sa m ien ­
to, ni u n “ ra z o n a d o r” e n tre esos p e rso n ajes d e­
vorados, tanto de pasión in te lec tu a l com o de p a ­
sión de am o r. P e ro en ellos vela el dios oculto
que in fu n d e vida a los re cita n tes exactos.
V ida n u trid a p o r la v e rd ad e ra vida que vivie­
ro n , pero que la trascien d e m ás allá de la vida re ­
co n stitu id a que re en c u en tra sobre las tablas.
H isto ria d o r, R o m ain R o lla n d ha d escartado la
in v en ció n falsa y p e d id o au d azm en te a la h isto ria
una m ate ria que su im ag in ació n h ab ía de re su ci­
9

tar. V arias razones lo llevan a esa elección, a esa
peligrosa selección, pero sabiendo, tam bién en
ésto, que de triu n fa r se ju stificaría. Sin duda, con­
sideró ante todo que de triu n fa r, la obra, tallada
así en m ateria au téntica, m an ten d ría un acento
más p leno, una resonancia m ás de acuerdo con
los fines a los cuales tendía. Y no eran fines de
h isto ria d o r. Las piezas de R om ain R olland. p ie ­
zas históricas, son piezas de actualidad. No po rq u e
busque m ezquinam ente en la h istoria la alusión
al p re sen te : la actu alid ad no reside en una soli­
citación y un recuerdo de los hechos sino en el
m ovim iento de los pensam ientos y de las aspira­
ciones. N acido de la m editación sobre lo actual,
ese teatro donde el pasado palpita, está todo él
vuelto hacia el presente y el fu tu ro ; y el público
lo re co n o ce; algunos de los dram as del Teatro de
la R e v o lu c ió n , representados fuera de F rancia, a n ­
te m u ltitu d e s parecidas aún po r la tem pestad que
había pasado sobre ellas, d e se n te rraro n la re ali­
dad de su tum ba, fresca todavía, y le im pusieron
la resu rrecció n , en una luz tan trágica que un vér­
tigo poseyó a los espectadores, que veían ante ellos
no el reflejo del dram a, sino el dram a m ism o, más
desnudo, más entero, más verdadero, el dram a p a l­
p itan te de sus corazones.
U n tal testim onio de la fuerza de una obra ga­
rantiza la p ro fu n d id ad de las fuentes de esa fu e r­
za, su vivacidad, su riqueza. El talento construc­
to r del a u to r tiene su parte en éllo, al diseñ ar n í­
tidam ente, en cada pieza, la perso n alid ad de cada
actor y, todas unidas em pero, sólo unidos todos
hacen el dram a, existiendo cada uno no sólo p o r
el reflejo y las som bras que prov ien en de sus
com pañeros, sino p o r su pro p io secreto. P ero la
gracia, en el artista que es R olland, nunca se re ­
duce al virtuosism o. Es la gracia de una fuerza
más esencial. Esa so lid arid ad en tre los p e rso n a ­
jes de una m ism a obra —aún, a veces, especial­
m ente cuando se e n fre n tan — que hace a cada uno
más viviente, trad u ce la de esa vida en los e n cu en ­
tros del p resen te y en el curso de los siglos; ven­
tana p equeña pero b ien ab ierta hacia lo descono­
cido. Y ese desconocido m ism o, im perioso y p re ­
sentido p o r d o q u ier, que m ueve a cada héroe con
una in te n sid a d y to n alid ad propias, la fuerza m is­
teriosa que la razón ind iv id u al, en rebeldía, trata
vanam ente de c o n tro lar y red u cir, y que, a veces,
es una form a su p e rio r de la razón, ese descono­
cido ¿no es acaso, bajo otra luz, la solidaridad
oculta, inexpresable, que no une tan sólo en tre
ellos a los héroes de un dram a, sino que nos une
a e llo s: nos invita a e n contrarnos en ellos?
H é r o e s ... La sagrada fuerza actúa aún sobre
el h e roísm o. H éroes, lo son esos actores del d ra ­
ma de la h isto ria y, en una época en la cual para
p a rec er sincero hay que a d o rar la m ediocridad, la
v u lg arid ad , la d eb ilid ad . R olland no las ha dis­
m in u id o de talla, no ha aflojado la firm e textura
de sus alm as. H éroes, pero seres vivientes, y cu an ­
to m ás estrecham ente tom ados están p o r la idea
p o r la cual viven y m ueren, m ás patéticam ente,
b ajo la v o luntad sobrehum ana, sangrará el cora­
zón hum ano, dem asiado hum ano. Son los más fu e r­
tes los que p ueden y saben su frir más. Son ellos
quienes m ejo r saben dar fuerza a quienes la n e ­
cesitan. El secreto de la vida de este teatro re ­
side en lo sig u ien te : no se sale de él p ersuadido
ni satisfecho, pero la idea, que era el dram a m is­
m o, siguiendo al ho m b re que vuelve a su sole­
dad, ilu m in a secretam ente su ser y su cam ino. Se
va después, exaltado, conm ovido, en tre estos dos
com pañeros que ya nunca lo a b an d o n arán del to ­
d o : la seren id ad de los fuertes y la recia alegría.
* Publicado en el núm ero extraordinario de la revista
"E uropa” con m otivo del 6SQ aniversario de Rolland.
T rad u cció n de M .R.O.

�PINTURA Y GRABADO
Dirige
ANTONIO BERNI

Con una original iniciativa, clausura
E xcepcion al repercusión alcanzó el P R IM E R SA LO N DE A R T E P L A ST IC O o r­
ganizada p o r nuestra revista , en h om en aje a tres grandes pin to res argentinos del pasa­
d o : P rilid ia n o P u eyrred ó n , E du ardo S ívori y M artín M alharro , que tuvo lugar , d el 5
al 19 d e feb rero ú ltim o , en la G alería W itco m b , de Mar d el Plata. La nóm ina de los
37 ex p o sito res , que insertam os en esta página , da idea de la alta calidad de la m uestra ,
cuya origin al clausura congregó a un num eroso p ú b lico , entre el cuál m uchos artistas
y escritores de p restig io . C uatro de los expositores respondieron a un interesante re­
p o rta je , que transcribim os. En núm eros sucesivos darem os las respuestas que sobre los
m ism os pu n tos nos hagan llegar los dem ás concurrentes a dicha m uestra.
E s t a exposición, o r g a n i z a d a p o r la r e v i s t a
L A T IT U D , tien e un claro y d e te rm in a d o sentido,
com o lo tien e y re fle ja la m ism a revista, a través
de sus diversas secciones. U n grupo de p in to re s a r­
gentinos, de lo m ejo r e n tre los m ejores, se d isp o ­
ne a m an ifestar su in d ep e n d en c ia fren te a toda si­
tu ació n negativa de los valores m orales e in te le c ­
tuales.
E n tram o s en una nueva etapa h um ana. A cada
cual se le p re g u n ta rá ¡si lo tien e! cóm o ha hecho
su caudal. E n toda exp resió n in te lec tu a l im p o rta
cada día m ás saber de q u ié n es, qué cosa dice y
cóm o la dice. P o rq u e en toda expresión va im p lí­
cita una a ctitu d , p ositiva o negativa, con relación
a la colectividad.
A todos estos artistas que aq u í exponen, los ve­
rem os dispersos en docenas de salones a rgentinos,
pero p e n d ie n tes de una constante, determ in ad a
idea fija : la de alcanzar para el arte a rgentino
las n ecesarias condiciones m ateriales y e sp iritu a ­
les que p e rm itan el d e sa rro llo y flo ració n de una
gran p in tu ra .
T odo m ovim iento artístico que ha m arcado
con su sello la época vivida, ha sido siem pre,
a la p a r que una idea estética, una acción v i­
va y eficaz sobre el m edio social. Este aspecto ha
pasado, en general, d e sap ercib id o p ara la p o ste­
rid ad , no o bstante ser lo esencialm ente im pulsivo,
el nerv io y din ám ica de la cu ltu ra.
A quí, en esta exposición, existe una c o in c id en ­
cia que tie n e toda su ló g ica: la posición in d e p e n ­
d ien te coincide con lo m ás m o derno y progresista
de la p in tu ra arg en tin a . P u e d e h a b er excepciones
a ésto que es regla, p ero se confirm a p o r su cons­
tan te re p e tic ió n en todos los tiem pos y en todos
los lugares. A quí están rep re se n tad a s las más d i­
versas ten d e n cia s: fauvism o, cubism o, surrealism o,
nuevo-realism o, y sin em bargo, se apoyan sobre
una p lata fo rm a com ún que las une in v isib lem en te
y las o rien ta hacia una d e te rm in a d a fin alid ad .
Cada uno de estos artistas, com o cada uno de
todos los otros in te lec tu a les, acicateado p o r el a n ­
helo de la lib re creación en un m u n d o p o sitiv o ,
siente el trem en d o obstáculo de una nube a sfixian­
te de conform ism o e in to le ran c ia , que sólo la ac­

ción com ún y unificada pu ed e lle g a r a disip ar, d e ­
fin itiv am en te. Este es el p ro b lem a e se n cial; p ara
el a rtista arg en tin o , no c o m p re n d erlo im plica ca­
re ce r del necesario alcance m ental, o b ien caer en
el m ás grave cinism o a rrib ista . H oy, m ás que n u n ­
ca, cuando las in stitu cio n es fracasan, lo m ás avan­
zado, lo más d ecidido de la in te lec tu a lid a d debe
da r su p a la b ra y su acción para ay u d ar a e stru c ­
tu ra r el m undo lib re , im p re sc in d ib le a la vida y
m anifestación de lo que es m ás esencial del se r:
la pasión creadora. P o r ella y hacia ella abrim os
estos cam inos conducentes.

su Primer Salón de Arte

HABLAN LOS
ARTISTAS
ARGENTINOS,

1

|

—Tom e usted la pregunta com o una necesidad
didáctica o com o una cordial im posición de los
am antes de su arte pictórico . . .

—Vaya entonces como una rápida intención di­
dáctica , cosa que me satisface al ser interrogado
por ustedes. Es una loable finalidad. A sí , resultará
interesante ver cómo en la m ayoría de los casos,
el autor ha enfrentado los problem as sim ples de
pintor y no los retóricos e intelectuales que le
asigna la crítica en general. Lamento que de mis
obras “A tardecer” no sea precisam ente la más
apropiada para referirse a problem as específica­
m ente pictóricos, ya que en definitiva, de ésto se
trata y no de bueyes p e rd id o s... El tem a o el
asunto, estará siem pre más a la vista y alcance
del espectador.

bía pintado muchas veces. Al cruzarlo, al hallar­
me en la otra orilla, me despedí de él, pareciéndome ver m ultitud de brazos, de pañuelos que
me hacían señales de adiós, de viejo signo que
tomaba dramático sentido.
A quí, en América, a la distancia, cobró para m í
sentido poético aquella despedida, y apareció en
mis cuadros de diverso modo.
¿Cuál es mi posición frente a los problem as es­
téticos actuales?
La pregunta es interesante, y aunque sería nece­
saria una m ayor extensión para contestar adecua­
damente, diré algo que pueda dar una idea de mi
posición. La variedad de las teorías y escuelas de
estos últim os tiem pos tiene relación con la trans­
formación social de nuestra época. Su valor polé­
mico es im portante, pero como la finalidad del
artista no es precisamente teorizar, sino crear, ga­
nar libertad para su obra en constante y conciente
lucha, creo entonces en un arte vital, vivo, cuyo
valor esencial resida en sí mismo, no en el sentido
especulativo que se intente darle.
El arte plástico es emanación directa de la vida
y no teoría imaginada; es pensam iento en acción
cuya trascendencia no puede prever el mismo ar­
tista. Por ello considero al artista un ser, un hom­
bre, responsable tanto de su actuación como de su
obra, de su labor. La obra de arte no es planta cuya
semilla pueda ser m ejorada en un laboratorio de
genética; sólo su creador tiene derecho a concebirla
sin amparo ajeno. Prefiero trescientos años de arte
independiente a tres mil de arte dirigido. Esto es
tan evidente como lo es que la m ejor selección la
hace el tiempo.
La plástica argentina está en pleno desarrollo y
sus artistas logran obras de reconocido valor. A mi
juicio, las posibilidades plásticas de un país son
tanto m ayores cuanto más se aproveche los elem en­
tos humanos y naturales del mismo.

—H ablem os de este m odelo, en particular . . .

—En el cuadro que mandé al salón de LATITUD,
he sentido y abordado el personaje en su aspecto
su bjetivo a través de los principios plásticos del
trinom io DIBUJO, FORMA y COLOR, tratando de
llevar sus argumentos a una exaltación expresiva.
Es el resultado de una serie de dibujos y bocetos
realizados con el mismo modelo donde el tema ha
sido repetido en distintos aspectos. Sistema muy
aconsejable para desentrañar la esencia íntim a del
ASUNTO. Tal el ejem plo que nos han dado m u­
chos grandes m aestros: Holbein, Ingres, El Greco,
Cézanne, Picasso, etc.
—¿Qué preconiza usted para una superación o
estructuración seria en nuestras artes plásticas?
—SEÑOR CENTURION, ¿nos puede exp licar usted
los m otivos de orden estético que determ inaron la
con cep ción de su tela “A tard ecer”, exp u esta en el
P rim er Salón de LATITUD?

—Es tan eviden te que un cuadro no necesita de
la explicación de su autor que no recuerdo que
alguno lo haya hecho , por lo menos en form a es­
crita. Y es natural que así sea , ya que toda obra se
presenta al final de cuentas , clara y depurada en
su idea y realización ante el espectador. Su len­
guaje expresivo está en la pintura misma como lo
está en la obra del escritor , quedando el artista en
actitud de silencio con sus naturales reservas de
escrúpulo.

—Creo en un arte con una fisonomía consistente
y recia, sincronizado con los difíciles momentos de
nuestra época y enriquecido por las m últiples espe­
culaciones de la técnica moderna; no en un arte
condicionado y aprisionado por las conquistas ideo­
lógicas, ni tampoco en el arte desaprensivo y con­
vencional de los tiem pos holgados. Un arte que
participe de los buenos fundamentos clásicos de la
pintura y pueda a la vez ser libre y sin trabas,
tanto en sus cualidades de forma cuanto en las de
su contenido. Un arte que pueda adm itir la abs­
tracción y la realidad —el sentim iento y la razón —,
la técnica y la idea al mismo tiem po, conservando
un sentido humano y profundo de las cosas y de
los seres.

Roberto Azzoni
Héctor Basaldúa
Marina

Bengoechea

Antonio Berni

DE

Contesta Juan C. Castagnino, que p resentó el óleo
“P aisaje del río”.

—¿Es éste un tema ocasional o responde a un plan
orgánico dentro del conjunto de su producción?
—En esto s ú ltim os tiem p os he esta d o abocado
al estu d io del p a isa je de la llanura, tratan d o de
“dar” con su tono y con su s elem en to s esen cia les.
H e pasado a lgu n os a ta rd eceres ob servand o y p in ­
tando n u estra s la g u n a s y arroyos. A e s ta eta p a
p erten ece la tela ex p u esta .

Gertrudis Chale

Anselmo Piccoli

Armando Chiesa

Orlando Pierri

Minerva Daltoe

Enrique Policastro

Nelly Dobranich

María Carmen Pórtela

Juana Dourge
Norah Borges
Manuel O. Espinosa
Horacio Butler
Andrés Calabrese
Lucía Capdepont

D esde luego que el tem a es in agotab le; pero h áy
algo m ás poderoso que seg u ra m en te m e obligará a
in sistir en esto s asu n to s: es mi p asión por la s
cosas de n u estra tierra, tanto en lo que a ta ñ e a
su elem en to hum ano com o a su p a isa je.

EXPOSITORES

Raquel Forner

—¿Cuál es su posición frente a las diversas es­
cuelas plásticas actuales?

Luis Seoane
Hércules Solari
Lino Spilimbergo

Carlos Giambiaggi
Juan B. Tapia
Nina Haeberle

Carybé

Amadeo

Juan C. Castagnino

Manuel Angeles Ortiz

López Armesto

Emilio Centurión

Alicia

Pérez Penalba

Manuel Colmeiro

Julia Peyrou

Demetrio Urruchúa
Domingo Viau
Abraham Vigo
Sofía Zarate

La obra de arte no es planta cuya sem illa pueda
ser m ejorada en un laboratorio de genética, dice
Colm eiro. autor del óleo “M ujeres y m ar”.

Hay cuadros que no son más que una parte de
la obra de un pintor, por m uy completa y defini­
tiva que esa parte sea. La tela expuesta en el
Primer Salón de LATITUD fué pintada al año de
llegar a Buenos Aires y tiene relación con otras
sem ejantes; con otras despedidas. Dejé mi país
contra mi voluntad, forzado por una lucha de todos
conocida. Salí precisamente por ese mar que ha­

JEAN

CASSOU

Principios orientadores
a c e r c a d e un r e a l i s m o a c t u a l
A rtistas, vuestro rein o es de este m u n d o !
P o r ésto apelo a vosotros, c o n ten to s y d esco n ten to s,
pero que am áis la vida y sabéis lo que es la luz, y os d ig o : d irig id vu estro s ojos llen o s de p rism as y
vuestros corazones de poetas hacia la re alid a d triu n fa n te , hacia lo real, c arn e y su stan cia d el a rte p o r
nacer.
A n u n c io pues un “n u e v o ” realism o en el arte. C on ésto no su p o n g o de n in g ú n m o d o un re to r­
no al v ie jo realism o. E l arte no p u d o haber pasado im p u n e m e n te po r las e xp erien cia s de los ú ltim o s
ochenta años. R eten d rá seguram ente lo esencial.
L os “realistas” d e l Seg u n d o Im p e rio eran realistas vulgares, a u n q u e contaran con grandes p in ­
tores com o C ourbet. Su realism o era n aturalism o. La naturaleza era su n o r te ; la c o n clu sió n q u e el arte
trataba de alcanzar. Su p apel consistía en copiar a la naturaleza. L os “realistas” de los días d e l F re n ­
te P opular no p odrían ser naturalistas. La naturaleza no es para ellos el b ien y la be lle za suprem as.
P ertenecen a un tie m p o en el cual los h o m b res han e m p re n d id o la tarea de tra n sfo rm a r a la n a tu ra le ­
za. Es d e cir, que la naturaleza sólo les p ro vee los e le m e n to s de su arte, pero q u e ellos tra n sfo rm a n
para que estos ele m e n to s resu lten provechosos al h o m b r e ; desarrollo a rm o n io so d e l h o m b r e d u e ñ o de
la naturaleza. A la ilusión n aturista, fu e n te d e l n a tu ra lism o , q u e p rocede de R ousseau el G in e b rin o ,
im p o n d rá n ¡a realidad. La exp resió n h u m ana en el arte ya no les será dictada p o r las fu erza s d e la
naturaleza, será el resultado de las fuerzas hum anas, y traducirá c o n sc ie n te m e n te , sin los ro d eo s de
antes, a los h o m b re s, no com o detalles d e l paisaje, ni e xistie n d o in d e p e n d ie n te m e n te los unos de los
otros, sino com o d ete rm in a d o s los unos y los otros, po r relaciones sociales. E ste rea lism o dejará de
ser un realism o d o m in a d o por la naturaleza, es d e cir, un naturalism o, para ser un rea lism o , e xp resió n
consciente de las realidades sociales, y parte integrante d e l c o m b a te q u e m o d ifica rá esas realidades.
LOUIS ARAGON

—¿Piensa insistir en estos temas?

LISTA

LOUIS ARAGON

Creo firm em en te en la acción ren ovad ora que
cabe a las escu ela s de v a n g u a rd ia y esp e cia lm en te
al grupo de P arís, con Spilim bergo, B erni, B u tler,
etc., a los que hay que a g reg a r lo s nom bres de
Góm ez Cornet, Sibellino, F a lcin i y otros que s o s ­
tuvieron la a ctitu d n ecesa ria del cu b ism o y la s
n u evas ten dencias fren te a un a m b ien te d efo rm a ­
do por las m alas escu ela s europeas, por el cu a drito “de buen g u sto ” y de tem a cursilón, que aún
exhiben las ga lería s p orteñ as.
Por eso creo oportuno este h om enaje a los
m aestros Pueyrredón, Sívori y M alharro. E llos
encararon n u estro p a isa je y n u estra s co sa s con
un len gu aje nada p recio sista y un co n ten id o lle ­
no de poesía.

—¿Y con respecto a la plástica argentina?
—Creo que la p lá stica a rgen tin a, a p oyán d ose en
esto s tres precursores y en la ren ovación a p o rta ­
da por todas las escu ela s m odernas, cum plida su
etap a de superación, llegará a su verdadero s e n ­
tido, para adquirir el valor u n iv ersa l que co rre s­
ponde a una expresión propia.

Los p intores, fre n te a la fo to g ra fía , adoptaron diversas actitudes. D esp recio p rim e ro , em u la ció n
después y pánico más tarde. V iero n en el aparato foto g rá fico un c o m p e tid o r. L o m ira ro n co m o los o b re ­
ros d e l siglo X IX a las m áquinas. L o h icie ro n responsable de sus desgracias. T rataron de no hacer
lo m ism o que él. E sto c o n stitu y ó su idea d o m in a n te. T a l d e sc o n o cim ien to de una a d q u isic ió n h u m a ­
na, de un in stru m e n to para aum en ta r el cam po d e l c o n o c im ie n to , deb ía n a tu ra lm e n te c o n d u cirlo s a la
negación de los c o n o cim ien to s, es d ecir, a un c o m p o rta m ie n to reaccionario. Q u isie ro n q u e su p in tu ra
representara y significara cada vez m enos. Se d ilu y e ro n en la delecta ció n de la m anera, d e la m ateria.
Se p erd iero n en la abstracción. l\a d a de lo h u m a n o q u e d ó en sus telas. L es sa tisfizo c o n v e rtirse en
dem ostradores de problem as técnicos de la pin tu ra . D eja ro n de p in ta r para los h o m b r e s y solo p in ta n
para los p in to r e s . . .
Las con d icio n es sociales que p e rm itie ro n esta extraña e v o lu c ió n , esta fuga ante la re a lid a d , hacia
cerem onias mágicas y a todo un jueg o de alusiones a la histo ria d e l arte, q u e se lla m ó la “E scuela d e
P arís”, esas con d icio n es ya no e xisten . E m pero, los p in to res, en tre los cuales la in q u ie tu d su e le ser
m u y grande, son lentos en revisar ideas que, es preciso decirlo, son las de toda su vida.
LOUIS ARAGON

El a rtista no es tan sólo un re g istra d o r. Es an te todo un tra n s fo rm a d o r de e n e rg ía ; u n h o m ­
b re que hace uso de cierta “p e rsp ec tiv a ” . No hem os n acido p o r c ie rto p a ra c o m p ila r d ato s acerca de
la existencia de d e te rm in a d a n a tu ra le z a. E v ita r la p in tu ra p u ra p a ra caer en el o tro exceso q u e p o d ría
ser “el espectáculo p o r el esp e ctác u lo ” — es d e cir, el espectácu lo sin c o n clu sió n — y de sp u é s de h a b e r
reg istrad o un aspecto de los fenóm enos re tira rn o s satisfechos, sería re co m en z a r la e x p e rie n c ia n a tu ra ­
lista sin re aliz a r n in g ú n avance. Es preciso a h o n d a r en la idea de que el e sc rito r, com o el a rtista , tie ­
nen el com etido de a ctu a r sobre el m u n d o e x te rio r o so b re el m u n d o sim p le m e n te y tra n s fo rm a rlo .
En ésto radica, de hecho, n u e stra d ig n id a d .
El realista, debe carg ar su obra, hasta hacerla e stallar, con todo el a rsen a l de los se n tim ie n to s,
necesidades y exigencias de la h o ra que vive, que es la suya. C arg arla de cosas claras, si son cla ras
en él. y de cosas no del todo claras, si no p u e d e h acerlo m ejo r. Su fuerza a p u n ta rá , e v id e n te m e n te , en
el tacto con que trate de h a ce r va le r la altísim a tra n sfo rm a c ió n q u e a m b ic io n a . Y sie n d o de esta s u e r­
te actual, será p ro fu n d a m e n te “ c o n fo rm ista ”, en la m e jo r acepción.
JcAN

LURCyAT

E l realism o que exalta el apego d e l h o m b re al h o m b r e y d e l h o m b r e a la naturaleza, parece
haber sido el poderoso fe r m e n to de las grandes épocas. E l artista, p o r solo q u e se e n cu e n tre, si se
siente c o m p ro m etid o en este pacto, p u e d e, desde el in terio r, arrancar a la re a lid a d sus secretos. E l ar­
tista que, po r el contrario, se coloca, por sí m ism o , al m argen, y se c o n fo rm a co n el p a p e l m e n o s p e ­
ligroso de espectador, no tardará en in te rp o n e r en tre él y e l o b je to , la p a ntalla de lo c o n v e n c io n a l.
(sigue a la vuelta)

10

11

�Ya no se nutre de la acum ulación de fu erza v ita l q u e le ofrece el o b je to . E l artista queda so lo ; v iv e
de sus propias reservas; si éstas son considerables, una cultura de in vern a d ero p u e d e hacerlas durar
cierto tie m p o ; si no, es el academ icism o. E l artista q u e ya no considera al o b jeto c o m o su in ev ita b le
com pañero de juego, com o su in evita b le a d v ersa rio ; q u e no lucha con él de igual a igual, se ve o b li­
gado a una usura sin reposición. A sí han m u e rto m uchas épocas. M A R C E E G R O M A IR E .
E xiste en todo estilo una p o sib ilid a d p erm a n e n te de cam bio. E sto es lo qu e d ife re n cia al es­
tilo de la fó rm u la académ ica. Y es p o r lo cual el estilo nada tie n e q u e tem er de un ca m b io social,
m ientras que la fó rm u la académ ica d ebe tem er todo. S in e m bargo , d eb em o s darnos más apasionada­
m ente que nunca a d istin g u ir lo que es e stilo , de lo que es fó rm u la académ ica, y c o n sig u ie n te m e n te
a aligerar nuestra noción de estilo de todo lo q u e , en u n estilo d a d o , es p ro c e d im ie n to . Es preciso
que im ag in em o s, más allá de los p ro c e d im ie n to s qu e c o m p o n en el arte de cada uno de n o so tro s, otra
cosa, que es el estilo m ism o , es decir, la facu lta d qu e posee este arte de adaptarse c o n tin u a m e n te a la
vida. N o deb em o s considerar n uestro arte personal com o un c o n ju n to de p ro c e d im ie n to s q u e cada uno
ha d escubierto y explota para d eterm in a d o s clientes.
N uestro arte no nos p erten ece. ¿S abéis qué es un p ro le ta rio ? Es el h o m b re que no posee m as
que su p ro p ia existencia, de la cual saca sus m edios de existencia. Lo m ism o acontece con el a rtista ,
q u ién sólo saca frutos de su estricta y d esnuda existencia. Es d el e n cu e n tro de esta ex istencia, de este
destino, con la re alid a d actuante, que extrae sus obras. Lo que p ro d u jo una vez ya no le p e rte n ec e , en
cuanto esta obra expresa una re la ció n que no volverá a re p re se n tarse.
P ero el a rtista se com porta com o un p ro p ie ta rio cuando considera, no ya su arte, sino los p ro c e ­
d im ientos de su arte, com o in venciones p a ten tad as, d eb id as solam ente a su genio, las que seg u irá ex ­
plo tan d o d u ra n te toda su vida. E ntonces se le plan tea n a tu ra lm e n te la c uestión de sab er si estos p ro c e ­
d im ientos serán del gusto de los nuevos clientes. E l a rtista que se conduce com o un p ro p ie ta rio , es el
académ ico, el artista que solo m ira a los p ro c ed im ie n to s de su arte.
P ero el a rtista autén tico que piensa, no ya en térm in o s de p ro c ed im ie n to s, sino en té rm in o s de
estilo, sabe que, según la fam osa e in m o rta l d efin ició n de n u e stro X Y III9 siglo h u m an ista , el estilo es
el h o m b re. P o r encim a de los p ro c ed im ie n to s de n u e stro arte, está la vida de éste, las p o sib ilid a d e s
de tran sfo rm a ció n del a rte en carn ad as en las p o sib ilid a d es de tran sfo rm a c ió n del a rtista , e n c a rn ad a s
en el ho m b re, el h o m b re estricto, d esnudo, que acepta a le g rem e n te las tran sfo rm a cio n e s de la re a li­
d a d . La re alid a d cam bia, el m undo se m ueve, u n univ erso nuevo está p o r n acer. E l h o m b re tam b ié n
cam biará, y con él el arte, y al c am b iar cum ple su fu n ció n esencial que es la de c am b iar c o n stan te ­
m ente. Esto no se h ará p o r d ecretos e x terio res. Esto no “ p u e d e h a ce rse ” p o r de cre to s e x te rio re s.
P e ro son los artistas en p resen cia de una re alid a d nueva, que su stitu y e a una re a lid a d cad u ca,
quienes e n co n tra rá n en la p ro p ia conciencia razones m ás claras p a ra d e sp re n d e rse de las fó rm u la s gas­
tadas, con el fin de ex p resar un nuevo acu erd o del h o m b re con los h o m b res y del h o m b re con el u n i­

Pablo Picasso en la actualidad.

PABLO PICASSO
EN UNA
NUEVA ETAPA

verso.

Pablo Picasso, el artista más celoso de su
libertad, de la libertad de expresión, ha expues­
to a un diario de los EE. UU. las razones de su
reciente ingreso a la política m ilitante, como
afiliado al partido francés que luchó con más
bravura contra el invasor. “Mi ingreso, ha
dicho, constituye un paso lógico en mi vida y
en mi trabajo, paso que da a éstos su signifi­
cación. Mediante el dibujo y el color he tra ta ­
do de lograr un conocimiento más profundo
del mundo y de los hombres, a fin de que este
conocimiento sirva a liberarnos. Siempre he
expresado , a mi manera, lo que consideraba
más verdadero, más justo y mejor y era por
lo tanto más bello; pero durante la opresión
y la insurrección advertí que ésto no era bas­
tante; que debía luchar no sólo con mis pince­
les, sino con todo mi ser. Una inocencia pecu­
liar, me había impedido antes compréndelo así”.
A clara luego que se afilió a ese partido
porque “se esfuerza más que cualquier otro
por conocer y por edificar al mundo, convir­
tiendo a los hombres en pensadores más claros,
más libres y más felices”. Y term in a con esta
lúcida afirm ación de valores hum anos: “Jam ás
me he sentido más libre ni más completo que
desde que ingresé. M ientras espero el momento
en que mí país pueda acogerme de nuevo, ese
partido de F rancia será para mí una patria.
En él me he reunido de nuevo con todos mis
amigos —los grandes hombres de ciencia Paul
Langevin y F rederik Joliot-Curie, los grandes
escritores Louis Aragón y Paul E louard— y
tantos bellos rostros de los insurgentes de
París. De nuevo vuelvo a encontrarm e entre
mis herm anos”.
(•) El gobierno de Francia acaba de informar
que Pablo Picasso, por sugestión del General De Gaulle, se incorporará al ejército
para realizar. como primera misión, pintu­

ras de la guerra.
L F.

A d vertid com o el arte se re tra e, se co n tra e en sí m ism o, se reh ú sa y re b ela, com o niega, p e ro
com o en esta m ism a negación reside la prom esa de su a m o r al h o m b re y de su re co n c ilia c ió n p o sitiv a
con un m undo m ejo r. Basta a d q u irir conciencia de este d o b le m o v im ien to p ara e sp e ra r el p o rv e n ir con
confianza, y no solam ente esp e ra rlo , sino d e se a rlo ; m ás aú n q u e re rlo , y no q u e re rlo so lam en te, sino
p a rticip a n d o para ello desde ya con toda n u e stra en erg ía c re a d o ra ; con esta fa cu lta d que re sid e en n o s­
otros, artistas, esta m aravillosa facultad, este m aravilloso p riv ile g io de re ju v e n e c e r c o n stan tem e n te en
nosotros la presencia del m undo.
U na nueva sociedad, una nueva c o m u n id a d se form a, en la cual debem os e n tr a r ; al m ism o tie m ­
po que una nueva re alid a d se form a, de la cual es p reciso to m a r conciencia. U n nuev o a cu e rd o va
a p ro d u c irse e n tre nosotros y el m u n d o . El m u n d o , p o r v uestro in te rm e d io , p ro d u c irá u n a e x p re sió n
nueva. Esto, h a b rá que p ro p o n é rselo . El a rte p o r v e n ir no d e p en d e de dogm as e x te rio re s ; d e p e n d e de
vosotros. La lib e rta d y la o b lig ació n artísticas d e m añana serán vu e stra lib e rta d y v u estra o b lig a ­
ción. De vuestra u n ió n y de vuestra v o lu n ta d de p a rtic ip a r en la nueva vida, d e p en d e el e m b e lle c i­
m iento de ésta, su p ro g ram a c onstructivo, su fuerza y la fu n ció n de in g en ie ro s de las fo rm as q u e a su ­
m iréis en ella.
JEAN CASSOU

•

Viaja

E xtractado de “L a Q u e re lle d u R é a lism e ”, p o r L . F .

a México e l . p i n t o r

uruguayo

Berdía

Entrevistado por L atitud , Berdía form ula las siguientes declaraciones:
“Voy a México, a estudiar el m ovim iento artístico que la historia del arte
moderno califica con el nom bre de renacim iento m ejicano. Creo que, en lo
que va del siglo, después de la acción depuradora de las búsquedas y de los
nobles ferm entos de la Escuela de París, aquél es el m ovim iento artístico de
conjunto más im portante del mundo.
Su proyección sobre el arte de toda Am érica se hace sentir con eficiencia,
y estoy seguro de encontrar, en la obra de los m aestros m ejicanos, la ruta más
segura para m i labor.
Observemos que son los prim eros que han provocado la curiosidad, y luego
la admiración y el estudio, por parte de la alta critica europea, sobre la
expresión plástica de un pueblo americano; adm iración conquistada por una
obra en la que inciden la potencia y grandiosa vitalidad de la revolución
m ejicana y la acción conjugada —y no individual — de poten tes personalidades
que, como en todas las grandes épocas, han sido el m ejor eco de un alto ideal
fundam entado en una aspiración colectiva.
Observemos que la grandeza de esa obra se afirma, al partir de la trem enda
sencillez de una emoción para llegar a la estructura sinfónica total, arqu itecturada al servicio de une idea. Partiendo de una realidad local, ellos llegan
a lo universal; usando una expresión nacional, llegan a la universalidad, por
su emoción y contenido.
Y creo que es bien válido destacar, en este m om ento, cuán definida fué
la posición que ellos tomaron en esa hora de lucha, de tanta trascendencia
para la historia de Méjico.
Intentaré aprender de ellos la com pleta eficiencia técnica con que se
expresan en la pintura mural, tratando a m i re to m o de poner esa técnica
bajo el m andato de m i pueblo, en el afán de cum plir tan alto destino como
el que ellos cum plen.
12

NORBERTO BERDIA

�M APA CONTINENTAL
Dirige
NORBERTO FRONTINI

Sobre i nsurrecci ones de esclavos en el B r a s i l

A rtu ro R am os — psiq u ia tra
m édico
legisla brasileño — nació en Alagóos y p a ­
só su infancia ju n to a las poblacion es ne­
gras de los ingenios d e azúcar. Fue d iscí­
pu lo d e N ina R odrígu ez, el in iciador d e
los estudios de an tropología negra en e l
Brasil. C ontinuador de los trabajos d e és­
te, A rtu ro R am os es h o y la más alta au to­
ridad brasileña en dich a ciencia y sus in ­
vestigaciones han sido y son d e una sin­
gularísim a im portan cia en un país que co­
m o el B rasil cuenta con casi 6 m illones
ab o lició n , h ubo q u ilo m b o la s, que h u ía n a isla d a ­
de negros en tre 40 que form an la población
m ente, enzarzándose en las selvas u o rg a n iz án d o ­
total. Sus obras más destacadas son: “E l
se en grupos, en q u ilo m b o s y que re accio n ab an con
N egro
B rasileño”(h a y traducción españo­
violencia a la c ap tu ra.
la de reciente d a ta ), “E l F olklore negro
siglo X V II, en el p e río d o que va desde
del B rasil”, “
Las culturas negras d eEn
l Nelu e­
1630 a 1697, los negros esclavos del N o rd este b ra ­
vo M undo” y “La aculturación negra en el
sileño conseguían h u ir y se org an izab an en aldeas
B rasiV \ de don d e se ha ex tra íd o el p r e ­ ( q u ilo m b o s) de los cuales el m ás c éleb re fué P a l­
m ares, en A lagóas.
sente trabajo (V o l. 224 Ed. B rasiliana. San
Pablo, 1942; pgs. 131/140).
P e ro no fué sólo P alm ares. E n 1650, los escla­

UN E S T ADO NEGRO
EN EL SI GLO XVI I

H a sido un e rro r la afirm ació n re p etid a p o r
h isto riad o res y sociólogos b rasileñ o s de que el
negro, a diferencia del indio, fue en el B rasil un
elem ento pasivo y resignado al régim en de es­
clavitud y de que había sido ésta la causa de la
sustitución de la esclavitud in d ia p o r la african a.
Según aquellos h isto ria d o res, el in d io se resistió
v iolentam ente a la esclavitud, huyendo hacia las
selvas, al paso que el negro africano, h u m ild e y
dócil, dejóse cap tu rar, som etiéndose sin pro testas
al trab ajo esclavo.
Es ésta una p erspectiva que la lección de la so­
ciología y de la h isto ria d esm iente de m odo cate­
górico. La an tro p o lo g ía c u ltu ral nos m uestra que
la adaptación del negro a los trab a jo s agrícolas,
en el B rasil, fué una consecuencia de la coinci­
dencia de regím enes. El ind io fué un m agnífico
esclavo antes de la fijació n ag raria que lo iba a
arra n c ar de su sistem a c u ltu ral. A l pasar del n o ­
m adism o al trab a jo sed en tario , el in d io fracasó.
En cam bio el negro se adaptó m arav illo sam en te a
la faena agrícola com o consecuencia de su estado
de cu ltu ra, su p e rio r al del in d io .

vos de R ío de Ja n e iro se o rg a n iz aro n en q u ilo m ­
bos que d iero n m ucho tra b a jo a las a u to rid ad e s
policiales, h a b ie n d o sido p o r fin d e stru id o s p o r
el cap itán M anuel Jo rd á n da Silva.
En el N o rd este, se fo rm aro n varios p o r el m o ­
delo del de P alm ares. De estos q u ilo m b o s secu n ­
darios, el m ás im p o rta n te fué el de C um be, en
P a ra ib a , hoy usina Santa Cruz. D espués de la des­
tru cc ió n de P alm ares, varios negros h u id o s de a llí
se re u n ie ro n con otros de P a ra ib a y fo rm aro n un
la zona de la p lan ic ie aquel a g u errid o q u ilo m b o .
En v irtu d de carta regia este q u ilo m b o re cib ió o r­
den de d estru cció n en 1731. U na p rim e ra ex p e­
dición de cu aren ta ho m b res arm ados, b ajo el co­
m ando de Je ró n im o de M acedo, fué d e rro ta d a. El
q u ilo m b o se to rn ó tem ib le. S olam ente después,
pu d o Ju a n T avares de C astro, en una exp ed ició n
de esclavos y m ercen ario s, d e stru ir el q u ilo m b o
de C um be.

La experiencia histó rica nos m uestra, p o r otra
parte, que el negro no fué en absoluto ese tip o
dócil, lleno de sum isión e incapaz de reaccio n ar.
Es verdad que el tipo del P a d re Ju a n , m anso y
hum ilde, pasa m uchas veces d elan te de n u estro s
o jo s; pero ésta no es la regla.

La frecuencia de esta fuga de esclavos y la fo r­
m ación de los q u ilo m b o s o rig in ó enérgica reac­
ción p o r p a rte del R eino de P o rtu g a l. O rdenes
regias y A lbalás sucesivas d e te rm in a ro n las m ed i­
das a to m a r: m arc ar a fuego con la letra F (fu ­
gado) y el corte de una o re ja , si re in c id ía , al n e ­
gro h u id o que fuese cap tu rad o , castigo de azotes,
etc., a p arte de las p ro v id en c ia s que, p o r su p ro ­
pia cuenta, tom aban los señores, com o el castigo
de las novenas y trezenas que consistían en azo­
tainas a los esclavos que d u ra b a n nueve o trece
días seguidos.

El negro, no obstante ser m ás capaz que el in d io
en el trab a jo agrícola, se resistió a veces v io le n ­
tam ente al régim en de esclavitud. F ué b u en tra ­
b a ja d o r y no obstante m al esclavo. Los cuatro
siglos del régim en esclavista nos m uestra sus re ­
beldías y revueltas tanto en el B rasil com o en las
otras partes de A m érica. D esde las fugas hasta
el suicidio. D esde la fuga in d iv id u a l hasta los
grandes m ovim ientos de in su rrecció n colectiva. E n
estos m ovim ientos se destacaron sus c ualidades de
gobierno y de organización, el ím petu del com bate
y los sentim ientos de afirm ación de la d ig n id a d
personal.

No o bstante los q u ilo m b o s no d ism in u ía n . E s­
tab a n co n stitu id o s p o r negros, h u id o s de los tra ­
bajo s de las m inas y de las fazendas, que se es­
tab le ciero n en los sertones del oeste y al su r de
Sapucal. V arias com itivas fu e ro n o rganizadas p a ra
c o m b atirlo s y fu ero n destrozadas. Los negros h a ­
b ían o rganizado un servicio perfecto de v ig ila n ­
cia con espías en las calles, en las aldeas y villas.
V iv ían del com ercio con oro, pieles y otros gé­
neros que v e ndían p o r sus agentes secretos, o cam ­
b iab a n m un icio n es y géneros alim en ticio s. P u d ie ­
ro n así re sistir p o r m ucho tiem po, hasta las d eci­
sivas cam pañas d irig id a s p o r B arto lo m eu B ueno.

Ya en los p rim e ro s tiem pos de la esclavitud,
eran frecuentes las fugas de esclavos. Los escla­
vos huidos denom inados q u ilo m b o la s, re u n ía n se
m uchas veces en agrupaciones organizadas, lla m a ­
das q u ilo m b o s O ) . Estos m ovim ientos fu e ro n
más intensos en el siglo X V II, cuando o c u rrió la
form ación de la célebre rep ú b lica de P alm ares, y
en el siglo X IX , con los m ovim ientos de guerra
santa de los M alés, en B ahía.

Los q u ilo m b o s de P a lm a res siem p re m e re cie ro n
un estudio especial de n u estro s h isto ria d o re s y so­
ciólogos. P alm ares fué la p rim e ra gran epopeya
que los negros e sc rib iero n en el B rasil. No fué u n
sim ple q u ilo m b o com o los otros. P alm ares pasó a
la h isto ria b ra sile ñ a com o una gran ten tativ a negra
de organización de E stado. Un E stado con tra ­
diciones african as d e n tro del B rasil. F ué una d es­
esp erad a reacción co n tra la disgregación c u ltu ra l
que el africano sufrió con el régim en de la escla­
vitu d . Algo sem ejan te al fenóm eno de la Guayana holandesa, con las fugas de esclavos a p rin c i­
pios d el siglo X V III.

Desde los p rim e ro s tiem pos del tráfico, los s e ­
ñores q u ejábanse de las rep etid as fugas de los n e ­
gros y a pelaron a los po d eres p úblicos y después
a los servicios del capitán de cam po y a los a n u n ­
cios en la pren sa, para que fuesen cap tu rad o s los
negros huidos. D u ran te cuatro siglos, hasta la

por ARTU RO RAM OS

r

La R e p ú b lic a de los P a lm a res fué un E stado
N egro que los esclavos fu n d a ro n en el B rasil en

El esclavo Isidoro encadenado (dibujo de un artista popular
alagoana

de 1888).

plen o siglo X V II. L o calizado en el N o rd e ste b r a ­
sileño, en el cen tro d el a ctu al estado de A lagóas,
P a lm a res se e x te n d ió de 1630 a 1697. D u ró p o r
lo tan to , esta e x tra o rd in a ria em presa, m ás de m e­
dio siglo. F ué tan in c re íb le , que la c rónica de P a l­
m ares to davía hoy se h a lla e n v u elta en un espeso
velo de leyenda.
La m ayoría de los h isto ria d o re s señala el año
1630 com o el de in ic iac ió n de los q u ilo m b o s qu e
ib an a c o n stitu ir P a lm a res. Mas todo in d u ce a
c ree r que las fugas de los negros esclavos de a q u e ­
lla reg ió n veníanse p ro d u c ie n d o desde fechas m uy
a n te rio re s. H u id o s de las c iu d ad es y de los in g e ­
nios, los negros se in te rn a b a n en las selvas de A la ­
góas, en el valle del río M u n d aú , com o p ru e b a n
docu m en to s de p rin c ip io s de siglo X V II.
La inv asió n de los ho lan d eses en P e rn a m b u c o y
las luchas que sig u iero n p ara la e x p u lsió n de los
invasores d ie ro n a los negros una m agnífica o p o r­
tu n id a d de o rg a n iz ar sus q u ilo m b o s. Lo» c ro n is­
tas del d o m in io h o lan d é s en el B rasil y e sp e c ia l­
m ente G aspar B arleo, re fié ren se a los q u ilo m b o s

�/

\

de P a lm a res y a la e x p ed ició n victoriosa llevada
a cabo p o r R od o lfo B aro, en 1644. Estos q u ilo m ­
bos e stab an situ ad o s pró x im o s al lu g ar d onde hoy
está la c iu d ad alagoana de P u e rto Calvo. E staban
d iv id id o s en p equeíios y grandes palm ares, n o m ­
b re que se debe a la gran a b u n d an c ia de p alm eras
(p a lm ae ) ex istentes en la selva de A lagóas.
N ina R o d ríg u ez, uno de los m ás com pletos h is­
to ria d o re s de P alm ares, d istin g u ió allí tres fases:
la del P a lm a res h o lan d és, d e stru id o en 1644 p o r
B a ro ; la del P a lm a res de la re stau ra ció n pernam b u c an a (1674) y la del P a lm a res term in al, d e stru i­
do d e fin itiv a m e n te en 1697.
Es im p o sib le , sin em bargo, d e sig n ar p e río d o s
d istin to s y n ítid a m e n te d e lim ita d o s a los q u ilo m ­
bos de los P alm ares. P arece c o n stitu ir un ciclo
de activ id ad es, con una serie de q u ilo m b o s, su ­
cesivam ente d e stru id o s y re stau ra d o s, con p e río ­
dos altei nados de decadencia y de esp len d o r.
P a lm a re s no sólo asom bra p o r el v alo r m ilita r
que re v elaro n los líd e res negros, sino tam b ién p o r
el e je m p lo de o rg an izació n p o lítica y económ ica
que o freció este v e rd ad e ro E stado N egro, en el
B rasil, en p len o siglo X V II. C o n stitu id o al p r in ­
cip io p o r esclavos h u id o s de los ing en io s y de las
ciu d ad es ( q u ilo m b o la s) se fué tran sfo rm a n d o en
q u ilo m b o s, o ciu d ad es negras, un id o s e n tre sí p o r
lazos de so lid a rid a d p o lítica y m ilita r. Los negros
que h u ía n de los ing en io s e n c o n tra b a n a brigo y
p ro tec ció n en los q u ilo m b o s. Con el tiem po d e ­
b ie ro n los negros ro b a r las m u je res de que c are ­
cían, v e rd a d e ro ra p to de las Sabinas, com o d e sta ­
c aro n los h isto ria d o re s. P a lm a res llegó a te n e r
una p o b lac ió n de 20.000 alm as.
La o rg an izació n económ ica era p erfecta. Los
neg ro s m an te n ía n re lacio n es com erciales con los
h a b ita n te s de las v illas vecinas llev an d o los p ro ­
du cto s de su tra b a jo , caña, b a n an a , frijo l, etc., y
c am b ián d o lo s p o r los a rtíc u lo s que necesitaban,
com o tejid o s, in stru m e n to s, arm as y m uniciones.
Los negros e ran re cib id o s sin desconfianza y los
neg o cian tes a te stig u ab a n la p ro b id a d de su com ­
p o rta m ie n to . C uando la lu ch a se desen cad en ó c o n ­
tra ellos to rn á ro n s e p reca v id o s y en v ia ro n agentes
secretos qu e c o n tin u a ro n siendo los in te rm e d ia ­
rios de sus negocios.

equivalente a aldea o ciudad o Estado, rebeldes en
épocas de esclavitud, pasa a nom brar los hacina­
m ientos de negros en barracones de estancias del
Brasil sureño y del Uruguay, en épocas posteriores
a la abolición de aquélla. Hace algunos años, un
escribano de M ontevideo, al inquirir en infolios no­
tariales el rumbo histórico de un título de dominio,
observó que en algunos testam entos se instituían,
a hijas o sobrinas, l e g a d o s de t i e r r a s “con el
quilombo sito en ellas”. La natural sorpresa del
escribano desprevenido se disipó, luego de com pro­
bar que los tales eran barracas de negros, segura­
m ente ex esclavos o evadidos del Brasil, transfe­
ridos con la herencia, como cosa cualquiera. El dato
com prueba la existencia de quilombos en la otra
banda y justifica, por las razones que se dan en
seguida, la otra significación, o sea la que resulta de
su referencia a los hacinamientos de blancas en
burdeles, luego de aclimatada en nuestros pzises, a
fines del siglo XIX, la trata de las mismas. En el
tránsito de la segunda a la tercera significación ha
intervenido, decididam ente, la bullanga o alboroto
más o menos común de los negros o blancos haci­
nados. Los negros han sido —felizm ente — gentes
de entusiasmados bailes y de cantos a todo pulmón.
Los “candom blés, o macumbas, o xangós o catim bós”
en el “terreiro”, los batuques, las zambas, etc., y el
decorado a veces histérico de contorsiones y vocin­
glerías que los envuelve, han debido provocar en los
blancos establecidos en la otra banda —sobre todo
a los nuevos blancos de la inmigración — exclam a­
ciones de sentido peyorativo (todavía en el Uruguay
suele decirse de embarullados sitios o de líos m uy
enredados, que son “quilombos de negros”). A fines
del siglo XIX y a principios del que corre, en épocas
en que las regiones platenses fueron invadidas por
la inmigración europea y cuando entre la ciudad y
el campo no existía la solución de continuidad que
es el arrabal, que después se les interpone —los

P

L

A

S

T

I

C

A

muchachos porteños y los montevideanos solían fre­
cuentar los burdeles metiendo escándalos, incitantes
de la peripecia que le va a ocurrir a la palabra —.
A propósito de la bullanga de los negros he oído a
más de un abuelo porteño esta rememoración: por
el año 80 solía llegar al centro actual de la ciudad,
en los atardeceres de verano, el gangoso tan-tan de
los “candombes”, venido desde las orillas (entonces
muy cercanas a ese centro) como testimonio de la
emocionada y alegre existencia de sus habitantes
de color. Y a propósito de cómo fué naciendo el
tango en Buenos Aires —fenómeno probablemente
parejo al de Montevideo — solia contarme nuestro
tan fraternalm ente querido y recordado poeta Mi­
guel A. Camino, que a principios de siglo y a falta
de teatros, cines, deportes, etc., los muchachos por­
teños —con alguno que hacía punta por sus viajes
a París y su cultura musical— se reunían en patotas
para invadir, en sábados y domingos, los burdeles
de la ciudad, que así quedaban colmados y clausura­
dos para parroquianos extraños a aquéllas. La m u­
chachada, a la vez que dedicada a sensualidades ele
baile, bebidas y otros entretenim ientos, inciaba los
pininos rítmicos de nuestro tango. Nada más natu­
ral que terminasen los susodichos encierros burdelescos en escándalos de marca m ayor. Peringundines
o academias o lupanares, de la otra banda o de ésta,
de sem ejante abolengo escandaloso, encontraron al
final la enjundiosa y apropiada palabra —con nueva
resonancia espiritual — para denominarlos. La sim i­
litud de la apariencia ruidosa fué el incentivo de la
nueva significación y mientras el “quilombo” negro
quedaba como sim ple noticia escrita en papelotes de
escribanía y administración, el blanco, de parecido
bullicioso escenario, adquiría nueva y desagradable
fisonomía social en las regiones que bañan las aguas
del Río de la Plata.
(Traducción del portu­
gués y notas de N .A .F .)

P

E

R

U

A

N

A

JULIA CODESIDO nació en Lima, recibió allí su primera instrucción en la Escuela Nacional de Bellas Artes, y posteriormente
fué miembro de su Facultad, posición que ocupa hasta ahora. Lima fué el lugar de su pr.mera exhibición, llevada a
cabo en 1932. Cuando expuso en el Palacio de Bellas Artes, ciudad de México, tres cños después, los críticos manifes­
taron gran entusiasmo. Al año siguiente, cuarenta pinturas y diez grabados en madera fueron presentados en Nueva
York. Su obra ha sido también expuesta en San Francisco y Santa Bárbara, California.

H a b ía o rd e n en los q u ilo m b o s y todos e ran go­
b e rn a d o s p o r un rey electivo. De a q u í que el h is­
to ria d o r R ocha P itta com parase a P alm ares con
una “ re p ú b lic a rú stica , b ien o rd e n ad a a su m o­
d o ” . M e jo r sería lla m a rla “ m o n arq u ía e le ctiv a ”
com o lo hizo A yres de Casal.
S u b o rd in a d o s al rey, o Z a m b i, estab an los ca­
p ita n e s, sus e je cu to re s de ó rd en es. Estos eran
escogidos e n tre los jefes m ilita re s m ás valien tes
y capaces. La u n id a d p o lítica y social era el q u i­
lo m b o , re u n ió n de p e q u eñ a s h a b ita cio n es o mocam bos c o n stru id o s en un re cin to fo rtifica d o , de
cerco de p alo a p iq u e, v e rd a d e ra m u ra lla de g ru e ­
sos tro n co s, a veces disp u esto s en tres órd en es de
cerco, te n ie n d o en la p a rte in te rn a y en la e x te r­
na, a nchos y p ro fu n d o s fosos, en cuyo lecho h a ­
bía m ad e ras de p u n tas agudas. D e n tro de este
re c in to los m o ca m b o s se d isp o n ía n en calles ir r e ­
gulares. La h a b ita c ió n d el rey era sie m p re una
casa m ay o r q u e las o tras y servía ta m b ié n de casa
de c onsejo y de c u artel.
El Z a m b i ten ía su g u a rd ia p e rso n al, m in istro s
y poseía m uchas m u je re s y esclavos. Sus súbditos
ío v e n era b an , le o b e d ec ía n c iegam ente y solo le
h a b la b a n de ro d illa s.
E n esta “ re p ú b lic a ” d esenvolvióse un código m o­
ra l elev ad o . El e sp íritu de d isc ip lin a era a b so lu ­
to. In stitu y e ro n trib u n a le s de alta ju stic ia p a ra los
casos que p asa b an de com unes. El h o m ic id io , el
a d u lte rio , el ro b o , la d e serció n , e ra n castigados
con la p e n a de m u e rte .
L os usos y c o stu m b re s de los q u ilo m b o s de los
P a lm a re s c o p ia b an las o rg an izacio n es africanas,
de o rig e n bantú, p e ro con las m od ificacio n es in ­
tro d u c id a s p o r los h á b ito s a p re n d id o s en el N u e ­
vo M un d o . D e sg ra cia d am en te no se ha lo g rad o
h a c e r un e stu d io d e ta lla d o de la o rg an izació n de
los P a lm a re s. Solo d isp o n e m o s de alg u n o s datos
a trav és de los re la to s de los cro n istas ) e x p e d i­
c io n a rio s de la época. C on to d o , lo que los escla­
vos b ra sile ñ o s o rg a n iz a ro n en el siglo X \ II fué
re a lm e n te un E stado N egro, h a b ie n d o con ello
e v id e n cia d o la c ap acid ad de lid e ra n za , de a d m i­
n istra c ió n , de táctica m ilita r, de e sp íritu asocia­
tivo, de o rg a n iz ac ió n económ ica y de co n stitu c ió n
le g i s l a ti v a ... d el N egro B ra sile ñ o . 1
1) Esta palabra ha seguido un curioso itinerario
sem ántico desde su noble sentido afro-brasileño has­
ta el peyo ra tivo actual ríoplatense. No es difícil,
em pero, conjeturar su transición. De significación
14

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p o r el P a tro n a to de Leprosos de la R ep ú ­

P a tria y a sí m ism os.

b lica A rg e n tin a en su e je m p la r c a m p a ñ a

A p o y a r esta o b ra de g ra n tra n sce n d e n cia

de " P r e v e n ir , c o m b a tir y c u ra r la le p r a " ,

so c ia l, es co o p e ra r al e n g ra n d e cim ie n to del

se d e sta c a la C o lo n ia In fa n til "M i E s p e ra n ­

p a ís y a que sea una b e lla re a lid a d , en

za ",

el p o rv e n ir el h a b e r d e ste rra d o p a ra sie m ­

p re v e n to rio

p a ra

niños

sa n o s,

hijos

o c o n v ivie n te s de e n fe rm o s de le p ra , d o n ­

pre el m al de H an se n .

de los n iñ o s, a p a rta d o s de todo co n tag io

E n v íe su d o n ació n a : S e ñ o ra H e rsilia C a ­

y b a jo co n stan te v ig ila n c ia m éd ica p re v e n ­

sa re s de B la q u ie r, P re sid en ta G e n e ra l del

t iv a , recib e n

P a tro n a to

instru cció n e sco la r y a p re n ­

den d iv e rso s o ficio s que los h a b ilita r á , en

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�¿P O R Q U E

no p u e d o e o n se t/u ir t e l é f o n o a h o r u ?

En estos m om entos, q u izá s m ás que en c u a l­
q u ier otra ép oca, nos se ría sum am e n te g rato
p ro p o rcio n ar se rvicio telefónico a toda p e r­
sona que lo so licite, pues una de las p rin c i­
pales fin a lid a d e s que p ersegu im o s es poner
este m oderno elem ento de co m u n icació n al
alcan ce de todos. Las d ific u lta d e s o rig in a d a s
por la g u e rra im p id en , por la fa lta de e q u i­
pos in d isp e n sa b les, cu m p lir ese propósito en
la m ed id a de nuestros deseos y s a tis fa c e r en
fo rm a n orm al los pedidos que se nos h a g a n .
N uestras in sta lacio n e s están re c a rg a d a s al
m á xim o . A d q u irim o s todos los m a te ria le s p a ­
ra te le fo n ía que la p u ja n te in d u stria n a cio n a l
puede b rin d a rn o s, pero éstos no b astan p a ra
reso lve r nuestro p ro b le m a , a g ra v a d o por la
circu n sta n cia de que aú n no se m a n u fa c tu ra n
en el p aís d iverso s e q u ip o s, entre otros, los
au to m ático s.
Por las cau sas s e ñ a la d a s , sólo estam os en co n­
diciones de d a r curso a un núm ero lim ita d o
de so licitu des, dep end iend o en g ran p arte la
in sta lació n de nuevos teléfonos de las v a c a n ­
tes que se v a n o rig in a n d o en las lín e a s , cab le s
o co nm u tado res, a m ed id a que los ab o n ad o s
can cela n su se rv icio . N atu ra lm e n te , estam os
o b lig ad o s a d a r p refe ren te atención a los p e ­
didos del go b ierno p a ra p ro v e e r los s e rv i­
cios necesario s a la d e fe n sa n a c io n a l, se g u ­
rid a d y salu d p ú b lic a .

Si usted está a la espera de turno para conseguir teléfono,
tenga la certeza de que su pedido merece nuestra mayor y
mejor atención, y que apreciamos debidamente cuanto nece­
sita este servicio, que confiamos poder facilitarle en la prime­
ra oportunidad, lamentando no poder hacerlo de inmediato.

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Una reco p ilació n de las m ejo res páginas en h o m en a je a un e sp í­
ritu de excepcional calidad, e je m p lo in te lec tu a l y cívico, una de
las figuras pro ceres de nu estro país.

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A gotada esta novela en su p rim e ra edición, la in co rp o ra m o s hoy
a n uestra B iblioteca C on tem p o rán ea a fin de h acer lle g a r esta
obra o rig in al a un m ayor n ú m ero de lectores.

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d esarro llo de la h ipótesis com o c o n je tu ra , los p rin c ip io s y el fu n ­
dam ento de la inducción.

E D IT O R IA L LO SA D A S .A .
A L S I N A 113 1
BUENOS AIRES
Argentina

M IT R E

991

R O S A R I O

COLONIA 1060
M O N T E V I D E O
Uruguay

Av. O'HIGGINS 253
SANTIAGO DE CHILE
Chile

�C I N E
O ír i ge
IIOK

ICIO

Un retrato, cuatro notas y unas declaraciones de
R I T M O

E l suelo deslizándose bajo un “ capot*' de a u to ­
m óvil. Dos puños tendidos. U na boca que grita.
A rboles engullidos uno tras otro p o r las fauces
de la p antalla.
La velocidad del pensam iento rivaliza con la
sucesión de im ágenes. P ero se atrasa y, vencido,
el pensam iento se entrega a la sorpresa. Se a b an ­
dona. La pantalla, nuevo m irar, se im pone fren te
a nuestro m ira r pasivo. Es en este in stan te que
el ritm o puede nacer.
Se ha dicho “ritm o ” y nos hem os dado p o r sa­
tisfechos. Se descubre un valor rítm ico en todos
los film s, con algo de com placencia. Y parece, no
obstante, que de este valor, el orbe film ado está
notablem ente desprovisto. N ada más in co h e ren te
que el “m ovim iento in te rio r” de la m ayor p a rte
de los film s. La in fo rm id ad de esa m asa de im á ­
genes sería desconcertante si no supiéram os que
esta últim a se e ncuentra en la época de caos. A
veces, una esperanza. T res breves llam adas de ta m ­
bor. El cuerpo del espectador p ro n tam en te se em o ­
ciona. A legría dem asiado breve. El to rre n te de
visiones continúa ch o rrean d o b lan d a m en te e n tre
los engranajes de acero bien regulados.
D efin ició n general d el ritm o : La últim a parece
ser la del P ro feso r S onnenshein. El ritm o sería
“ una serie de acontecim ientos en el tiem po, que
p roduce en el e sp íritu que la capta una im p resió n
de p ro p o rció n en tre los tiem pos de d u ració n de
los acontecim ientos o de los grupos de aco n teci­
m ientos que com ponen la se rie ”. Sea. P ero , en la
p antalla, la serie de acontecim ientos se p ro d u ce
en el tiem po y en el espacio. H ay que te n e r en
cuenta el espacio. La calidad sentim ental de cada
acontecim iento dá a su duració n m en su rab le un
valor rítm ico com pletam ente relativo. No nos a p re ­
surem os para d e fin ir la naturaleza del ritm o c in e ­
m atográfico. A bram os los ojos.
Yo pensaba, hace tiem po, antes de in clin arm e so­
bre la mesa lum inosa donde se unen las im ágenes,
que sería fácil darle al film ritm os regulares. D is­
tinguía en el ritm o del film tres factores, gracias
a los cuales se p u d iera o b ten e r una cadencia no
sin relación con la de los versos latin o s:

RENE CLAI R
R ene C lair es un m aestro y un ex p erim en ta d o r. Sus realizaciones perdu rarán com o
ejem p la res. El p roblem a de la lib e rta d le in spiró su film “A nous la lib e rte \ d e fresca
m em oria. Creem os que ocupará un sitio de p rim e r plan o en la cinem atografía fran ce­

sa de la reconstrucción.
talos para acogerte en su corazón suavizado. H azte
estatua, casa, p e rro joven, bolsa de oro, c o rrie n te
d eslizante de las encinas. Ya no sé cóm o a isla rte
en m edio de tu re in o , oh cazadora.
Las frases no p o d ría n lle v a r p o r m ucho tiem po
el ilogism o en su seno sin que o b ra ra a favor de
su p ro p ia m uerte. P ero esa serie de im ágenes a
la cual n in g ú n sentido lógico se relacio n a y que
no atan los viejos hilos del pensam iento, ¿ p o rq u é
se e m b arazaría con una lógica?
R ub ia, levantáis la cabeza y vuestra cabellera
en círculo descubre vuestro ro stro . A esa m ira d a,
gesto hacia la p u e rta supuesta, yo puedo d a rle un
sentido a m i elección. Si las pa la b ras os d iera n
la vida, m e sería im p o sib le su straero s a su a ju s­
tado p o d e r; seríais su esclava. Sed mi am ante,
im ágen.
Sois para m í, q u e rid a ilu sió n óptica. P a ra m í,
este universo recreado cuyos aspectos c o m p la cien ­
tes o rien to a mi agrado.
(de “ Les cahiers du m ois” 16/17/1925)
C IN E PU R O Y C IN E C O M ER C IA L
El cine es, ante todo, una in d u stria . La ex isten ­

19 la d uración de cada visión.
29 la sucesión a ltern a de las escenas o “ m otivos”
de la acción (m ovim iento in te rio r).
39 el m ovim iento de los objetos registrados p o r
el objetivo (m ovim iento e x te rio r: el juego del
actor, la m ovilidad del decorado, etc.)
P ero las relaciones en tre estos tres factores no
son fácilm ente definibles. La d uración y la a lte r­
nación de las visiones están som etidas en su v alor
rítm ico al “ m ovim iento in te rio r” del film y cuya
calidad sentim ental es in ap reciab le. Y ¿ q u é leyes
m étricas resisten a ese balanceo del esp ectad o r y
del paisaje ig ualm ente m óviles a lre d e d o r del eje
que la p antalla constituye? ¿A ese incesante p a ­
saje de lo objetivo a lo subjetivo gracias al cual
vivim os tantos m ilagros? Así, el esp ectad o r que
vé sobre la tela alguna lejan a carre ra de au to m ó ­
viles es a rro ja d o de pro n to bajo las ru ed as e n o r­
mes de uno de los coches, escudriña el velocím e­
tro, tom a en sus m anos el volante. Se hace a cto r
y vé, en los virajes, cómo los árb o les sacudidos
se h u n d en en sus ojos.
AGNOSTICISMO
N uestra generación ¿conocerá lo que debe p e n ­
sarse de tal p roblem a p lan te ad o p o r el film y del
film m ism o? Lo dudo. U na actitu d tal p uede ju z ­
gársela incon ciliab le con aq u el conocim iento que
de su arte se sim ula exigir a un artista. R eclam e­
mos para el cine el derecho a no ser juzgado sino
p o r sus prom esas.
P ara m í yo sabré resignarm e fácilm ente y a d m i­
tir en n uestros días la ausencia de reglas y de ló ­
gica en el m undo de las im ágenes. La m aravillosa
b a rb arie de este arte me encanta. Al fin, he aq u í
tie rras vírgenes. No me disgusta ig n o ra r las leyes
de este m undo naciente al cual no lo o p rim e n in ­
guna pesada esclavitud. Siento fren te a estas im á ­
genes un placer que frecu en tem en te no es aq u el
que se q u ería d e sp e rta r en m í, una sensación de
lib e rtad m usical.
G alopa, am azona. Que se v u elq u en los h o riz o n ­
tes levantados y que el abism o e n tre a b ra sus p é ­
15

cia de un “ cine p u ro ”, c o m p a rab le a la m úsica
“p u ra ”, parece, hoy día, dem asiado som etida al
azar com o p ara que se la exam ine se riam en te .
¿ E l p ro b lem a del cine p u ro está ín tim a m e n te li­
gado al del cine “a rte o in d u s tria ? ” . P a ra re sp o n ­
d er a esta p re g u n ta h a b ría que co m en zar p o r d e ­
fin ir con p re cisió n el concepto “a rte ” . A hora b ien ,
n u e stra época no es fav o rab le a tales p recisio n es.
A dem ás, sería n ecesario tra s to rn a r las con d icio n es
de la existencia m ate ria l del cine. U n film no ex is­
te sobre el p apel. Un film sólo existe so b re la p a n ­
talla. Y e n tre el cere b ro que lo co ncibe y la p a n ­
talla que lo re fle ja está toda la o rg a n iz ac ió n in ­
d u stria l y sus n ecesidades de d in e ro .
L uego, parece vano
“ cine p u ro ” m ie n tras
de existencia del cine
evolucione el e sp íritu

p re v e r la ex istencia de un
las co n d icio n es m ate ria le s
no sean m odificadas o no
d el p ú b lic o .

Sin em bargo, el cine p u ro ya se an u n cia. Se lo
en cu e n tra , frag m e n ta riam en te , en m uchos film s;
en efecto, parece que un frag m en to de film llega
a ser cine p u ro cuando en el e sp e ctad o r se p ro v o ­
ca una sensación con la ayuda de m edios p u ra ­
m ente visuales. D e fin ic ió n a m p lia, sin du d a, p e ro

�su ficien te p a ra n u e stro tiem p o . De ahí que la ta ­
rea p rin c ip a l del “ re a liz a d o r” actual consiste en
in tro d u c ir, con un cierto m odo de astucia, el m a­
y o r n ú m ero de tem as visuales en el “e sc en a rio ”
hecho p ara c o n te star a todo el m undo. P o r otra
p a rte , el v a lo r lite ra rio del escenario es d ejado
c o m p letam en te a un lado.
4de “ Les c a h i e r s ... etc.)
C IN E Y SU R R EA LISM O
Las relacio n es e n tre el su rrealism o y el cine han
sido b ien e stu d iad as p o r M. J. G oudal en la “ Revue H e b d o m a d a ire ” . Sería dem asiado largo discu­
tir a q u í sus ideas. U n p u n to , sin em bargo, m erece
b reve co m en tario . M. J. G oudal e sc rib e : “ que
la a p licació n de las ideas su rre alistas en el cine,
escapa a las objecio n es que p u e d en hacerse al su­
rrea lism o lite ra rio ”. Sea. P ero otras o bjeciones
se p re sen ta n . Si el su rrealism o tie n e su técnica
p ro p ia, tam b ién el cine tien e la suya. Lo que m e
in te resa en el su rre alism o es lo que de “ p u ro ”, de
extra a rtístico , m e revela. P a ra tra d u c ir en im á ­
genes a la m ás p u ra concepción su rre alista, h ab rá
que so m eterla a la técnica cinem atográfica, y se
c o rre el riesgo de h acer p e rd e r, a ese “a u to m a tis­
m o psíq u ico p u ro ”, una gran p a rte de su pureza.
P o r esta razón, yo no creo que el cine sea el
m e jo r m edio de e x p resió n su rre alista. P ero el c i­
ne y el su rre alism o lejo s están de p e rm a n ec e r ex­
trañ o s uno al otro. E n ésto, estoy de a cuerdo con
M. J. G oudal que señala el c arácter de a lu cin ació n
d el cine y la in u tilid a d de todo com entario lógico
fren te a los hechos que p re sen ta la p a n ta lla . A u n ­
que el cine no p u e d a ser u n m edio perfecto de
ex p resió n p ara el su rre alism o , constituye, sin em ­
bargo. un cam po de activ id ad su rre alista in co m ­
p a ra b le p a ra el e sp íritu del esp ectad o r. El n o ta ­
b le “S h e rlo c k H o lm e s jú n io r ” de B usten K eaton
ha dado de este carácter del cine una especie de
crítica d ram ática co m p arab le a lo que fué p ara el
tea tro “Seis personajes en busca de un autor” de
P ira n d e llo .

EN H O LLY W O O D , 1941
. . . R ené C lair . . . asegura, “sin exceso de m odes­
tia ” , que se lo ha elogiado dem asiado. Le re co r­
dam os el estudio de M aurice B ardeche y R o b ert
B rasillach sobre su obra.
— Lo escribió —dice— gente joven que en E u ­
ropa no estaba m uy fam iliarizada con el m aravi­
lloso desenvolvim iento del cinem atógrafo n o rte ­
am ericano. N ada ha tenido, ni tiene im portancia
al lado del cine de la U nión. E ntiendo exacta la
noción de “b a lle t” en la exégesis y en la e stru c­
tu ra de m is film s, pero responde a un período, el
p e río d o que podem os lla m ar de la teoría. A hora
estoy en el de la práctica, en la época de co n stru ir
cosas más ligeras, m ás dig erib les para el grueso
del público. Me he dedicado a e x p erim en tar d u ­
ran te toda m i carrera. D ejé de hacerlo cuando ro ­
dé “E l espectro errante”, la pro d u cció n de A le­
ja n d ro K orda, para q uien debía d irig ir otra p e lí­
cula que no d irig í p o r no c o m p a rtir sus puntos
de vista. C ontra lo que se piense p o r ahí, “£Z es­
p e ctro errante” m e satisfizo.
. . . R ené C lair . . . afirm a que no conviene que
los d irecto res conduzcan frente a las cám aras sus
p ro p io s argum entos. Se in to x ic an ; no divisan los
erro re s. Lo afirm a después de echar un ráp id o vis­
tazo a su pasado y de confesar que su m ejo r film
es “ Un som brero de paja de Italia” y que el que
recu erd a con m ás cariño es el p rim e ro suyo, “Pa­
rís q u i d o rt”, realizado con desnuda pobreza.

— ¿N o le satisfizo “París que ríe ”?
— En parte, sí; en parte, no. El argum ento era
m uy m alo.
— ¿D e quién era el arg u m en to ?
—Mío.

— No se debe co n fu n d ir la necesidad con el ta­
lento. Mis invenciones en “B ajo los techos de Pa­
rís” su rgieron de la carencia de m edios, de las
dificultades técnicas al re c u rrir al sonido, de una
urgencia de escam oteo, y no de una t e o r í a ...
— Lo que no im pide su ingenio . . .
— Quizás un ingenio forzado. Se ha hablado m u ­
cho de lo artificial y m ecánico de algunas de mis
películas, de su falta de alm a, sin que se haya
reparado en los obstáculos técnicos. En cine, se ha
vivido en E uropa im provisando, po r lo m enos en
la E uropa latina. El clim a, la idiosincrasia, la in ­
com prensión se han confabulado. No existe o r­
ganización, ni genuino aliento de em presa. En
los E stados U nidos se ha cultivado la m áquina y
se ha estim ulado al hom bre. En los países m eri­
dionales, no.

(de “ R ené C lair en H ollyw ood”, por
M. Peña R odríguez. La N ación, 17-841).
H. C.

1922 — Parí* que duerme.

1924 — Entreacto.

1928 — El sombrero de paja de Italia.

1928 — Los dos tímidos.

(de “ Les c a h i e r s ... etc.)
M IL L O N E S
Sobre la p a n ta lla a p are ce n todos los años m i ­
chos “ grandes film s”. Sabed que así se llam a a
las p e líc u la s cuya realizació n significa un gasto
m ín im o de cinco m illo n es (de francos o dólares,
poco im p o rta , puesto que cinco m illo n es de fra n ­
cos son m ás ra ro s en F ra n c ia que cinco m illones
de d ó lares en los E stados U n id o s).
Y la p ren sa se m a ra v illa ; fren te a la pa n ta lla
lle n a de yesos ru in o so s y de m u ch e d u m b re m aq u i­
llad a, ciertas alm as buen as descu b ren la grandeza
d el cine. Los re aliz a d o res de esos film s, a veces
h o m b res de gran talen to , son in m e d iatam e n te co n ­
sagrados grandes ho m b res. (E n el cine, el v alo r
de un a u to r crece p ro p o rc io n a lm e n te al nú m ero
de m illo n es que g a sta). Así, todo el m undo q u e ­
da co n ten to . ¿ Q u ié n está de tu rn o ?
Es gracias a prácticas parecid as que el cine (al
m enos lo que unos pocos llam am os cine) se e n ca ­
m in a hacia un fin d o rad o . Se ha son reíd o cuando
he h a b la d o d el fin del cine. No he ten id o la in ­
ten c ió n de h a ce r b ro m a s: el cine m o rirá p o r el
d in e ro .
A rte y d in e ro ; in te lig e n cia cread o ra y reglas fi­
n a n ciera s están aq u í en lucha. A te n ció n : o rie n ta r
n u e stro a rte hacia realizacio n es “ suntuosas”, acos­
tu m b ra r a la gente a espectáculos cuya p rin c ip a l
calid ad re sid e en su riq u ez a, es ju stam e n te a rro ­
ja rn o s en boca del lobo. Es h a ce r al film cada
d ía m ás esclavo del d in ero cuyas leyes ya lo a h o ­
gan. U n a u to r que no p u e d e d a r p ru e b as de su
genio o de su tale n to sino a golpes de m illones, a
m en u d o confiesa así su d e b ilid ad , p ero tam b ién
traicio n a , m uy frecu en tem en te, los intereses su ­
p e rio re s d el cine. C uanto m ás necesidad ten g a ­
m os de la ayuda de los fin an ciero s, tanto m ás te n ­
d re m o s que d e ja r en sus m anos lo poco que nos
q ueda de n u estra in d ep e n d en c ia artística.
Si no d esesperam os del todo del p o rv e n ir del
cine, es p o rq u e creem os en la creación de salas
no ta n en o rm es com o los palacios p o p u lare s, d o n ­
de se p asarán film s m ás p o b re s de d in ero y m ás
ricos de e sp íritu que las “ su p e rp ro d u cc io n es” na­
cidas en casa de b an q u ero s. Ya han nacido las
p rim e ra s de estas salas. N acerán otras en todas
las c iudades del m undo. En ellas la p a n ta lla no
re fle ja rá , com o lo hace en otras, las m ás som brías
p ru e b a s de la idiotez hu m an a. A llí el cine reco ­
n o cerá a los suyos.
(d e “ Le R ouge et le N o ir”, julio- 1928)

1929 — Bajo los techos de París.

1931 — El Millón.

1934 —

El último millonario.

�Sinopsis

p

QUE VIVA
MEXICO
por S.
M.Eisenstein y
G.
.A A le x a n d r o ff
(Continuación)

La propuesta m atrim o n ia l . . .
m an tien e tem b lan d o a C oncepción, p en sa tiv a , a s u s ­
tada. En este m om en to el au tor habla:
—¿Por qué, C oncepción? ¿N o es ésto lo que
bu scab as? ¿N o es lo que esp erab as? En resp u e sta
a la voz del autor, C oncepción son ríe, in clin a su
cab eza en a se n tim ien to .
¡Pero! ¡L a m adre del novio es una m u jer p r á c ­
tica! M anda a su s m u jeres a la ca sa de la n ovia
para que tom en n ota de la d ote y a se g u r a rse de
que todo e s tá en regla.
Si h ay su fic ie n te s en a g u a s en el ajuar. Si las
m onedas de oro del collár e stá n com p letas.
V ieja s ex p erim en ta d a s, casi c en ten a ria s que han
intervenido en c a sa m ien to s d u ran te tres^ g e n e r a ­
cion es entran en la ca sa de C oncepción. E xam in an
toda su v a jilla , ta n tea n el terciop elo, h u elen la
seda, cu en tan la s m on ed as del collar so m etién d o la s
a la prueba de su s d ien te s para com probar la p u re­
za del oro.
E x cita d a en lo m ás profundo de su alm a, C on­
cepción ríe a legre y feliz. L as v en era b les m u jeres
pronuncian su ju icio:
¡Todo e s tá p erfecta m en te en regla! A sí, los
ritos tra d icio n a les com ien zan .
A m ig o s de C oncepción le traen los regalos: u na
v a ca en ja eza d a con arreos de m áscara, cab ras con
m oños en el p escu ezo; sobre su s h om b ros traen
gallin as, p avos, lech o n es y otros ob seq u ios y a sí
a v an zan en a rca ica p rocesión h a cia la ca sa de
la novia.
D e acuerdo a la trad ición c en ten a ria le traen
v ela s de cera pura de ab ejas fa n tá stic a m e n te d e c o ­
radas. M ujeres m adu ras está n ocu p ad as en la
preparación de los d elicio so s m an jares típ ico s para
el in d isp en sab le y p ecu liar b an q u ete.
Todo T eh u a n tep ec e s tá ex cita d o con e s te a c o n ­
tecim ien to .
T odas la s jó v en es llevan v isto so s tra je s r eg io n a ­
les y esperan a los recién ca sa d o s ju n to a la ig lesia .
El repique de esp o n sa les de las cam p an as cubre
la procesión que se d irige a la c a sa de la joven
pareja llevan d o h ojas de palm era.
Y cuando se quedan solos, C oncepción tím id a ­
m en te p erm ite a su esp oso q u itarle el ob jeto de su
orgullo —el collar de oro.
A bundio sa le al balcón y an u n cia en a lta voz a
los T eh u a n teca n o s e s p e c ia n te s que C oncepción —la
doncella—, es ahora C oncepción la m ujer.
C ohetes se elevan en el cielo, fu e g o s a r tific ia le s
esta lla n , tod as las jó v en es a m ig a s de C oncepción
dan v u elta su s co fia s com o una b andada de p á ja ­
r o s . . . exten d ien d o su s alas, y bailan y ca n ta n .
La Sandunga
L a S an d un ga que siem p re su en a en el aire
dondequiera lleg a la felicidad — se a en su eñ o s o en
la realidad.
M ientras la v id a co n tin ú a su cu rso cu otid ian o
h a b itu al a tra v és de la se lv a trop ical bajo la a p a c i­
ble fra g a n cia de las p alm eras.
Los v iejo s m onos acu n an a su prole para que
duerm an.
Loros en señ an a ch illar a su s p ich on es.
P elíca n o s traen pescado p ara su s p eq u eñ ito s en
el pico.
El tiem po p asa, n u evas flores florecen . C on cep ­
ción, la m ujer, es ah ora m adre feliz.
A sí lleg a a su fin la h istoria de C oncepción, con
el retrato de padres c o n ten to s y fe lic e s y un niño
son rien te.
Con el sol p on ien te tras el océano.
Con la ap acib le canción lírica de b ellas jó v en es
en soñadoras.
T erm in a el rom ance de T eh u an tep ec.

Segundo cuento: Magüey
La acció n de e s ta h istoria tran scu rre en los
in fin ito s cam p os de M aguey en los “L lan os de
Apam " y en la a n tig u a H a cien d a de T e tlap ayac,
E stad o de H id algo. “L lan os de A p am ” es la p ri­

m era s e c c i ó n de M é j ic o en la p r o d u c c ió n de
“pulque*'.
E poca de la acción : co m ien zo s de sig lo bajo la s
con d icion es so c ia le s de la d ictad u ra de P orfirio
D íaz.
P erso n a jes:
1. S eb a stiá n , peón indio.
2. M aría, su n ovia.
3. Joaq u ín, padre de la novia.
4. A na. la m adre.
5. E l H acen d ad o.
6. Sara, su h ija.
7. Don Julio, su prim o.
8. Don N ico lá s, el ad m in istrad or.
9. M elesio, su m ozo.
10. S eñ or B a ld era s, un h u ésp ed .
11. F élix .
12. L u cian o, p eon es, a m ig o s de S eb a stiá n .
13. V alerio.
14. C harros, m ozos, h u ésp ed es y p eon es.
E l M aguey

A g resivid ad , virilid ad, a rro g a n cia y a u sterid a d ,
ca ra cteriza n e s ta h istoria. A sí com o se d iferen cian
*1 P olo N orte y el E cuad or, a sí tam b ién el T e h u a n ­
tep ec en soñ ad or y los fa m o so s “ L lan os de A p am ".
A sí su s h a b ita n tes, la s co stu m b res, m odos y
m a n era s de vivir.
Al pie de los a lto s v o lca n es, a u n a a ltitu d de
tres m il m etros, en e s ta tierra d e sie r ta crec e el
gran c a c tu s —el m a g ü e y .
Con su s b ocas ch u p an el ju g o de e s te c a c tu s
para h acer la beb id a india con ocid a con el n om bre
de “pulque".
B lan co, com o lech e — un reg a lo de lo s d io ses,
se g ú n la ley en d a y la cree n c ia — e s te fu e rte tó x ico
a liv ia la s p en as, in flam a la s p a sio n es y h ace salir
volan d o los rev ó lv ere s de su s fun d as.
E sta d o s feu d ales, an te rio rm e n te m o n a sterio s de
los co n q u ista d o res h isp á n ico s, se alzan com o fo r ta ­
le z a s in ab ord ables en m ed io de v a s to s m ares de
m onte de ca ctu s.
M ucho a n te s del am an ecer, m ucho a n te s de que
lo s p rim eros rayos del sol en cien d an lo s p icos n e v a ­
dos de lo s v o lca n es, por sobre los a lto s m uros de la
co m p a cta co n stru cció n rural, se elev a n la s tr iste s,
le n ta s v o c e s de una can ción .
“ El A labado", a sí la llam an los p eon es.
E llos la can tan to d a s la s m a ñ a n a s a n te s de ir al
trab ajo.
E s un h im n o con el cu al ru eg a n a la S a n ta
V irgen para que los a yu d e d u ran te el n u evo día
que a m a n ece. C uando los a lto s p icos n ev a d o s de
la s m o n ta ñ a s em p iezan a brillar con el sol n a cien te,
los p esa d o s p orton es de la H a cien d a se abren com o
p u ertas de u n a fo rta lez a y sa le n , term in an d o su
can ción , los p eon es c eñ id a m en te arrop ad os en su s
sarap es, llevan d o en la m ano los gra n d es so m b r e ­
ros, h a cia los cam p os de m a g ü ey , p ara e x tr a e r el
ju g o y recogerlo con ca la b a za s esp e c ia lm e n te a rre­
glad as.
V erán U d s. en la p a n ta lla el sorp ren d en te y
origin al p roced im ien to de la producción de pulque
— cu yo origen d a ta de sig lo s y que no h a variad o
h a sta la ép oca de e s ta h isto ria .
M ás tarde, cu an d o la n ieb la se h a d esv a n ecid o ,
cu an d o el sol h a c a len ta d o la tierra, la g e n te de
se rv icio en la c a s a del patrón de la tierra co m ien za
los p rep a ra tiv o s para la tarde, p u es en e s te día se
celeb rará la f ie s ta an u al de la H acien d a.
L os “charros" v iste n su s m ejo res tra je s en h o ­
nor de los h u ésp ed es y exh ib en con ja c ta n c ia su s
n o ta b les cab allos.
M ien tras tan to, en lo s cam p os de m a g ü ey , donde
trab aja el peón S eb a stiá n , tien e lu gar una reu n ión .
L os p adres de M aría traen a su h ija p ara p on erla
en m an os de su n ovio.
D e acu erd o con la trad ición , S eb a stiá n d eb erá
llev a r su n ovia al p atrón de la H a cien d a , com o
h om en aje.
P ero los ch arros que m on tan gu ard ia en la c a sa
del patrón no d ejan p asar a S eb a stiá n , que debe
a sí p erm an ecer en el p atio de en trad a.
17

En la terraza, el p atrón e s tá b eb ien d o en c o m ­
p añ ía de un gru p o de su s a m ig o s m á s ín tim o s,
y su s e sp ír itu s se aleg ra n .
El “h a cen d a d o ’* recib e a M aría; es un v iejo
borrachón; h u rg a en lo s b o lsillo s de su ch a q u e ta en
b u sca de a lg u n o s p eso s con que o b seq u ia r a la
n ovia. P ero en e ste m o m en to se a c e r c a rápido un
a n tig u o ca rru a je tirad o por se is m u ía s.
L a h ija del p atrón, Sara, h a lleg a d o .
H a traíd o a su prim o con ella y h a irrum pido
en el gru p o de la v era n d a en u n a to rm e n ta de
risa s y a leg ría . V u ela en b razos de su padre. Y
tod os los a m ig o s brindan a su sa lu d .
M aría es olvid ad a.
S eb a stiá n se pone im p a c ie n te, esp era n d o en el
p atio de en tra d a . Su b ien a m a d a ta rd a en v o lv er
y la s r i s a s e x p l o s i v a s de la v era n d a in s p ir a n
so sp ech a s.
M aría, o lv id a d a , a s u s t a d a , sin e x p e r i e n c i a ,
a g u ard a su su erte.
L a m a la su er te a p a rece en form a de un h u ésp ed
g rosero y borracho, de g ra n d es b ig o tes.
D án d o se c u en ta qu e la co m p a ñ ía e s tá d em a sia d o
e n tr e te n id a con la s b eb id as y la ch a n za , a g a rra a
M aría por d etrá s de u n a p u erta y la a rra str a h a cia
un h a b ita ció n a leja d a .
U no de lo s sir v ie n te s, a m ig o de S eb a stiá n , t e s t i ­
go de e s ta escen a , corre con to d a s su s fu e rza s
h a sta el p a tio de en tra d a con su a la rm a n te n o tic ia .
L a sa n g re in d ia de S e b a stiá n d icta su a cció n
su b sig u ie n te .
D isp a ra h a cia la v era n d a v o ltea n d o a lo s g u a r ­
dias, e irrum pe com o un h u ra cá n en m ed io de lo s
a le g r e s h u ésp ed es.
P id e por M aría, su n ov ia .
U n a lu ch a se orig in a , que term in a tan p ron to
com o h a em p ezad o y m a g ra es la su e r te de S e b a s ­
tiá n , solo fren te a to d a la reu n ió n .
S eb a stiá n e s arrojad o rodando e s c a le r a s a b ajo,
por su au d az in so len cia .
U n a p u erta se ab re y a p a rece, fren te al a c a lo ­
rado grupo, el v illa n o borracho.
A tu rd id a, en lla n to , M aría se d e sliz a tr a s él,
fu r tiv a m en te .
L a ten sió n de la situ a c ió n se a g ra v a . P ero el
“H acen d ad o" es un v ie jo b orrach ón . N o q u iere
m o rtifica r a su s h u ésp ed es, no q u iere ech a r a p er­
der la fie sta . P a ra d istra er a la g e n te d a órd en es
de com en za r a to ca r m ú sica , en cen d er lo s fu e g o s
a r tific ia le s e in icia r lo s ju e g o s.
M aría es p u e sta b ajo lla v e h a sta la m a ñ a n a
sig u ie n te , h a sta la v is t a del ca so .
Con el barullo de la m ú sica , la e x c ita c ió n de lo s
ju e g o s y la em b ria g u ez del júb ilo, el tr iste in c i­
d en te q u ed a olvid ad o.
C uanto m ás b rilla n tes son lo s fu e g o s a r tific ia le s ,
m ás v io le n ta es la ira q u e b ram a en el corazón
de S eb a stiá n .
L a v e n g a n z a g erm in a en su m en te.
L a v e n g a n z a en g en d ra la co n sp ira c ió n .
T res de su s ca m a ra d a s se o frecen para a y u d a rlo
a o b ten er v en g a n za .
En m o m en to p rop icio d irigen lo s c o h e te s e n c e n ­
didos co n tra p a rv a s de h en o. L a s lla m a s se e x t ie n ­
den en fu eg o v io len to .
M ien tra s la reu n ió n es p resa de p á n ico , S e b a s ­
tián y su s co m p a ñ ero s se p ro v een de a rm a s y
ca rtu ch o s en los d ep ó sito s del p a tró n e in te n ta n
re sc a ta r a M aría de su c o n fin a m ien to .
P ero lo s g u a rd ia s c o n te sta n con fu eg o y lo s
con sp irad o res d eb en huir.
B ajo la oscu rid ad de la n och e lo s fu g itiv o s se
su str a en a la p ersecu ció n .
L a m a ñ a n a lo s to m a en u n a s e lv a en la la d era
de u n a m o n ta ñ a .
D irigien d o su ca m in o h a c ia el p a so de la m o n ­
ta ñ a a tr a v ie sa n lo m a s y se a fa n a n tra b a jo sa m e n te
a tr a v é s de lo m á s cerrado del b osq u e feérico . L os
ch arros, sin em b argo, en su s fin o s ca b a llo s, a c o m ­
p añ ad os por la in d om ab le S ara y su prim o, lleg a n
prim ero y lo s in te rcep ta n .
F u eg o cru zad o se abre en la m a ra ñ a del m o n te
de n op ales.
Sara, fa scin a d a por el tiro teo , h a c e in te n to s por
a v a n za r y su prim o debe, a la fu erza , su je ta r la del
paso de la s b a la s silb a n tes.
S ara m a ta a un peón y p a g a con su v id a su
a trev im ien to .
U n a b ala en cu en tra el ca m in o de su corazón a
tr a v é s del reloj que S ara lle v a con cariñ o. E l m e ­
ca n ism o tiem b la con lo s d isp a ro s y le n ta m e n te
para su s m o v im ien to s.
Su prim o pone el cu erp o de S ara so b re la silla
de su cab a llo y la a leja del cam p o de b a ta lla . E l
tiro teo reco m ien za con m ayor v io len cia .
L os fu g itiv o s retro ced en h a c ia lo s ca m p o s de
m agü ey.
P a ra p eta d o s tra s un en orm e c a c tu s, tr e s de ello s
b u scan refu g io .
L as silb a n te s b a la s a tr a v ie sa n la s h o ja s s u c u ­
le n ta s del m a g ü e y y el ju g o , com o lá g rim a s, g o te a
a lo largo del tronco.
Se term in a n lo s ca rtu ch o s.
L os p eo n es in te n ta n huir.
L os á g ile s ch a rro s rev u ela n su s la zo s a lred ed o r
de los fu g itiv o s y lo s ca p tu ra n .
S eb a stiá n , v a c ila n te , todo d esg a rra d o , e s llev a d o
con d os de su s co m p a ñ ero s v iv o s h a c ia el lu g a r del
fu n eral de Sara.
Ojo por o j o . . . P a g a n con su v id a su o sa d ía .
E n tre los m a g ü e y s, donde S e b a stiá n h a tr a b a ­
jado y am ado, en cu en tra su trá g ico f i n . . .
M ás a llá de la s g ra n d es cim a s n e v a d a s de lo s
v o lca n es se pone el sol. E l d ía e s tá m urien do.
L as a n c h a s p u erta s de la h a cien d a se cierra n .
M aría e s p u e sta en lib erta d y v a en b u sca del
cu erp o de S eb a stiá n en m ed io de lo s m a g ü e y s.
Su ap a rició n e sp a n ta a lo s b u h arros q u e se
a leja n volan d o.
M ien tras, flo ta n lo s la m e n to s sobre lo s m u ro s
de la h acien d a .
Un la m en to p lañ idero, p ro lo n g a d o — el a d ió s
indio del sol p o n ien te.
M aría en cu en tra lo s r e s to s de su am a d o , de
quien d eb ía lleg a r a ser su esp o so , que le v a n tó su
brazo para d e f e n d e r la ... so llo z a c o n v u lsiv a m e n te
sob re su cu erp o m uerto.
M ás allá de lo s a lto s m u ros de la h a cien d a lo s
p eon es en to n a n su c a n to crep u scu la r ta n q u e ju m ­
b ro sa m en te com o su “E l A lab ad o" m a ñ a n ero .

(Continuará)

�E SCULTURA
Dirige
LlIS

Hacia

FAL

una

liberación

de

ataduras

fo rmalistas

ALFREDO STURLA
L a reciente exposición panorámica de la obra escultórica realizada por Alfredo
Sturla en su corta y activa existencia, organizada en su homenaje por la Sociedad Ar­
gentina de Artistas Plásticos, vino a actualizar la pérdida experimentada con la tem­
prana desaparición de este joven escultor.
A través de las esculturas expuestas, el público pudo conocer la trayectoria se­
guida por el artista en busca de su propia expresión. Le vió partir de la realidad inme­
diata; luego, desviarse detrás de actividades estéticas; más tarde, volver a la realidad y
ahondar en sus formas basta transformarlas de acuerdo con su auténtica sensibilidad
de plástico, capaz de captar y de expresar la vida en constante devenir.

D urante este alejam ien to de su entraña,
cuando todavía no dom inaba a la reali­
dad, se d ió a la rebusca de “
”, sin ad­
vertir que éste es la síntesis de un proceso
in d ivid u a l o colectivo, de sucesivas gene­
ralizaciones que se concretan en form as
depuradas, cuya econom ía d e m edios suele
produ cir e sp e jism o s. . . Las esculturas “Se­

''Venus", obra postuma de Sturla.

D esde sus prim eros in ten tos de dar for­
ma a su vocación de escultor, Sturla abor­
da la interpretación de im ágenes fa m ilia ­
res o de su m edio real, in m ediato. D el in ­
cipien te retrato titu lado “Mi padre”, rea­
lizado con verism o d escriptivo, asciende
por grados al objetivism o-su bjetivo de “La
obrerita”, que significa sobre la escultura
anterior un avance sensible en el estudio
de la realidad.
En este m om ento de su proceso evo lu ti­
vo, se produ ce una ruptura de continuidad.
Sin un conocim iento sólido acerca de las
leyes de la gran escultura del pasado y ur­
gido p o r la necesidad de adquisiciones cul­
turales, se deja llevar, com o m uchos otros,
en seguim iento de soluciones form alistas,
en lugar de seguir avanzando p o r el cam i­
no de sus prim eras intuiciones. C om ienza
el p e rip lo que durará hasta las p o strim e­
rías de la pen ú ltim a etapa de su labor.

rena”, “Cabeza de mujer”, “Aurea”, “Pri­
mavera” y “Cabeza de bañista” denuncian
esa preocupación que le hace descuidar
las calidades plásticas de un m odelado en
p ro fu n didad para atenerse a ex terio rid a ­
des estilísticas. A esta persecución d e l es­
tilo, sigue la de la com posición: las figu­
ras “Ritmo” y “Náyade” revelan un in te ­
rés exclusivo p o r el continente, y una sub­
estim ación d el contenido sensible, de la
pla sticid a d de sus form as interiores. Pero
el virtu al escultor que existe en Sturla p a ­
rece sentir sus contradicciones. En reno­
vados in ten tos p o r alcanzar el secreto de
la com posición y de los valores plásticos,
si bien todavía p o r un cam ino que va de
afuera adentro, trata ahora de com pon er
sus figuraciones m edian te eq u ilibrios de
masas en las tres dim ensiones, según lo tes­
tim onian “Susana”, “Leda” y “Cadencia”.
Sus form as son todavía am pulosas, pero

i r a g m
.. . N o levanto estatuas a héroes inaccesibles. Odio
al idealismo cobarde que desvía los ojos de las
miserias de la vida y de las flaquezas del alma.
Es preciso decir a un pueblo demasiado sensible a
las ilusiones engañosas de las palabras sonoras: la
m entira heroica es una cobardía. En el mundo
existe un solo heroísmo: es el de ver al mundo tal
cual es, y de amarlo.

•

•

•

...Ita lia se tom aba m ojigata; no tardaría mucha
la Inquisición por la
inconveniencia de su “Cena en casa de Simón”. No
faltaron los que se escandalizan ante “El Juicio
Final”. Quien gritó más fuerte fué el Aretino. El
maestro pornógrafo endilgó lecciones de decencia
en llevar a Veronese ante

acusan un ritm o y una sen sib ilid a d plá s­
tica que anuncian la m etam orfosis que a fir­
mará a Sturla en nuestra escultura. P ero
antes d e produ cirse el hecho auspicioso
que celebram os, com pletará el ciclo d e ex­
ploración exterior con incursiones en e l ar­
caísm o, com o la d e l ‘'Busto de mujer” rea­
liza d o en piedra.
Tras tan em peñosa persecución d e ele­
m entos form ales, Sturla se concentra en su
in tim id a d , com pren de que sólo p u ed e ex­
ternar sus sen tim ien tos en im ágenes sensi­
bles p o r un cam ino que lleva d e aden tro
afuera, es decir, opuesto al que transitaba
la víspera.
La transform ación asoma ya en el bron ­
ce d e “Marina”. P ero la revelación cobra
resonancias singulares en la figura d e “Ve­
nus”, la obra inconclusa ante la cual cayó
h erido d e m u erte el joven escultor. Sus
form as aún en d even ir revelan una sensi­
b ilid a d depu rada, un ritm o claro d e m o­
vim ien tos, cálida p lasticidad. Las anim a
un lirism o lib era d o d e ataduras fo rm a lis­
tas y un m ayor d o m in io expresivo. E sta
liberación, d e la que tan to necesita nuestra
escultura, es lo que celebram os en estas lí­
neas críticas d e h om en aje a Sturla.
L. F.

e n t o s

al casto Miguel Angel. Llegó a escribirle una carta
de Tartufo impúdico. Lo acusaba de representar
‘“cosas que harían sonrojar a una casa de corrup­
ción”, denunciándolo de im piedad a la naciente
Inquisición; “pues seria m enor crimen no creer,
decía, que el de atentar de ese modo a la fe de los
otros”. Incitaba al papa a destruir el fresco. Mez­
claba en sus denuncias de luteranismo innobles insi­
nuaciones acerca de las costum bres de Miguel Angel;
y, para term inar, lo acusaba de haber robado a
Julio II. A esta infame carta de extorsión, donde
todo lo que había de más profundo en el alma de
Miguel Angel — su piedad, su am istad, su sentim iento
del honor —era salpicado y ultrajado; a esta carta
que Miguel Angel no pudo leer sin reír de desprecio
y sin llorar de vergüenza, nada contestó. Sin duW/*
pensó lo que solía decir de ciertos enemigos, con su

18

aplastante desprecio: “que no valia la pena de com ­
batirlos; pues la victoria sobre ellos no tiene im por­
tancia”. Y cuando las ideas del A retino y de Biagio
sobre su “Juicio Final” se extendieron, nada hizo
para contestarlas ni para detenerlas. Nada dijo,
cuando su obra fué considerada “basura luterana
Nada dijo, cuando Pablo IV quiso destruir el fresco.
No dijo nada, cuando, por orden del papa, Daniel de
Volterra puso taparrabos a sus personajes. Al p re­
guntársele qué pensaba de todo eso, respondió sin
cólera, con cierta m ezcla de ironía y de piedad:
“Decid al papa que eso es m uy poca cosa, m uy fácil
de arreglar. Que Su Santidad se cuide solam ente de
poner orden en el mundo: restaurar una pintura no
cuesta m ucho” . . .
R o m a in R olland

“La v ie de M ichel-Ange*'

�P o r una feliz casualidad tuve ocasión de
trabar conocimiento con esa “
Fe­
menina” de Bruno Giorgi, pieza enteriza
y sólida que me recuerda las buenas cosas
de Maillol y Despliau. No se porqué, es
decir, sé pefectamente porqué, al mirarla
surgen a mi memoria, lentamente, los ver­
sos de Baudelaire:
“/e suis belle, o m ortel, como un reve de
p ie rre !”

Creo que nada ilustra mejor el famoso
soneto que esa estatua, de perfecto equi­
librio monumental. Bruno Giorgi es un
clásico y no obstante no carece de senti­
miento. La densidad es el carácter primor­
dial de su poesía: es tan profunda, tan
fuerte, tan viril, que se la siente como con­
tenida en la euritmia de los amplios equi­
librios, de los sólidos volúmenes dentro
de cuyos límites no cabe un solo rincón
vacío.
Lo clásico griego fué un poco amable
demás e intelectual en exceso. En las Ve­
nus, las Dianas y en los Apolos de los gran­
des siglos hay siempre un reflejo de la fi­
losofía establecida, aunque sutil y precio­
sa, de toda una diligente ‘'élite”. Hay al­
go de refinado y epidérmico en la concep­
ción de la belleza de los griegos. Le falta
inquietud. El nuevo clasicismo que viene
de Maillol surge más puro y sujeto a la

U N A

C O L A B O R A C I O N

B R A S I L

LAS ESCULTURAS DE

BRUNO GIORGI
p o r Sergio Milliet
dura realidad, y por otra parte, más que
el griego, ?e integra en lo monumental.
Bruno Giorgi entiende así su arte. Tomó
de los griegos el equilibrio y de los egip­
cios el hieratismo. Agregó la construcción
geométrica del edificio moderno y dentro
de ese molde de ritmos serenos y evidentes
encerró el lastre del sentimiento del mun­
do. No hay concesiones en su escultura ni
a la moda del día, que ya se inclina hacia
el barroco, ni al academicismo sin raíces
en nuestra vida presente.
Hay entre los modernos ya envejecidos
venidos del surrealismo o del expresionis­
mo de la pre-guerra, cierta tendencia ha­
cia una indisciplina formal tan violenta
que fatalmente llevará al más descomedí-

romántica y a la vez viril cabeza procer de Castro Alves, realizada en
travertíno, y un "Fragmento", son las dos logradas creaciones de Bruno Giorgi
que ilustran esta página.

La

D E L

do romanticismo. De un lado las muecas
barrocas de Lipchitz, de otro las interjec­
ciones primarias de la poesía instintiva. El
gran arte no se satisface con la materia
prima: exige una forma que lo defina y
lo comunique al público. Porque es a tra­
vés de esa forma que el arte cumple su mi­
sión de expresión comunicativa y de enri­
quecimiento emotivo. Bruno Giorgi supo
encontrar el camino y demostrar que es
posible ser docto y conmover, sin explotar
lo vulgar. Su escultura se integra en el es­
píritu de los hombres sanos que recons­
truirán el mundo y que harán de él una
armonía viva, densa, disciplinada, y a un
tiempo libre.
San Pablo l Brasil) enero de 1945.

�Latitud
REVISTA MENSUAL DE ARTES Y LETRAS

-

AVDA. CORDOBA 836

-

BS. AS.

-

U. T. 32-0470

O

FRANQUEO PAGADO
CONCESION N° 3129

g ooczUJ
&lt;u

TARIFA

REDUCIDA

CONCESION N ° 2684

1

"MONUMENTO A LA JUVENTUD" (ESTUDIO) y ' FRAGMENTO", EN PIEDRA, OBRAS DE BRUNO GIO RGI QUE
ILUSTRAN EL ARTICULO QUE APARECE EN ESTE NUMERO, FIRMADO POR SERGIO MILLIET.

�</text>
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                  <text>Ejemplares 1 a 5/6 del año 1 de la revista Latitud, publicados en el año 1945.</text>
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                <text>Thénon, Jorge&#13;
Amorim, Enrique&#13;
Noe, Julio&#13;
Riet, Lázaro&#13;
Machado, Antonio&#13;
Rolland, Romain&#13;
Oribe, Emilio&#13;
Canal Fiejoo, Bernardo&#13;
Alonso, Amado&#13;
Hurtado, Leopoldo&#13;
Martinet, Marcel&#13;
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Berni, Antonio&#13;
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                    <text>Para

els u r c o f e r a z

de

nuestra

tierr

m ejor

s im i ente

de

la

H um anidad

�D em ocra cia
R efo rm a t n iversitaria
D IR E C C IO N
Y A D M IN IS T R A C IO N
Av. C ó r d o b a 836 - B s. A s. - U .T . 32-0470

EDITOR

Rubén Xúñez
i)

i

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e

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ACTUALIDAD

Jorge Thénon

LETRAS

i

Enrique

M USIC A

Leopoldo Hurlado

TEATRO

María Rosa 01 iver
P

PIN T UR A Y G R A B A D O

Antonio Berni

M A P A C O NTIN EN TAL
IT; _ .

Norberto A. Frontini

L a Reforma Universitaria surgió como un m ovim iento renovador y democrático de
los estudiantes argentinos, al fin de la primera guerra mundial. Coincidió su aparición, no
por mero azar, con la derrota del im perialism o alemán y el triunfo de las armas de Ingla­
terra, Francia y Estados Unidos. La Reforma apareció como una necesidad impuesta por
la situación intrínseca de la Universidad, pero reflejaba los efectos de acontecim ientos
internos y externos que elevaban el nivel político de los pueblos, esperanzados en el triun­
fo de la libertad en los campos de batalla de Europa. La R evolución rusa fue el saldo de
la guerra y aunque los aliados de entonces lanzaron sus ejércitos contra la joven República
para contener la R evolución, no pudieron im pedir que su ejem plo y su influencia se pro­
pagaran a todos los rincones de la tierra.
La Reforma triunfó, no sólo porque sus consignas eran justas en el orden universi­
tario, sino porque el clima democrático reinante en la Argentina y en el mundo favoreció
su desarrollo, im prim iendo a sus proclamas ese acento heroico que propagó sus principios
a toda la América hispana. Cuando se hablaba de la Reforma, todos presentíam os en ella
algo más profundo y general, que tocaba al corazón del patriota más que a la inteligencia
del universitario. Es que ella no era tan sólo un conjunto de postulados concernientes a
la organización técnica y administrativa de los estudios superiores; poseía además un
contenido social, pues abría la Universidad a grandes sectores de la población y mediante
la extensión universitaria procuraba llevar al pueblo los conocim ientos que hasta entonces
constituían el privilegio de grupos reducidos. Aunque muchos de sus postulados eran
utópicos, pues chocaban con una organización político-económ ica que tornaba ilusoria la
mayor parte de las promesas reformistas, fué grande su influencia en la Universidad y penetró
como un soplo vivificante en los claustros húm edos y oscuros, reveló nuevos valores y
elevó, sin duda, la calidad de la cultura superior.
Los estudiantes del 18 creyeron derribar una Bastilla de la reacción, un fuerte reducto
de la oligarquía y el clero, un organismo vetusto y herm ético, im penetrable a toda in­
quietud y hostil al progreso técnico y científico. Sin duda era así, pero confiaron en de­
masía en el valor intrínseco de la Universidad y en la propagación de su influencia bien­
hechora sobre la marcha del país. No advirtieron entonces, como lo advierten hoy, que las
alternativas políticas de la República repercuten inevitablem ente sobre la Universidad.
El gobierno de Uriburu asestó un gran golpe a la autonomía universitaria, suprim ió el es­
tatuto reformista y apeló, cuando fué menester, a los m étodos dulces y persuasivos de la
policía política.
La situación universitaria refleja desde entonces, con claridad meridiana, el estado de
cosas imperante en el país. A medida que el fraude electoral, la impostura y el perjurio
se convertían en prácticas republicanas, los centros de estudios se corrompían: el asalto a
las posiciones públicas estimulaba el asalto de las cátedras. Los estudiantes, desalojados ya
de toda función electiva o administrativa, observaban la corrupción de las costum bres; la
lucha por las cátedras tomaba a veces el carácter de una pelea entre fieras, en que los con­
trincantes acudían a todos los recursos: el soborno, la intriga o la calumnia, o rivalizaban
en la conquista de influencias de caudillos, funcionarios y hasta sacerdotes. Los estudiantes
comprobaban con asombro que aquello que aprendían en los textos no tenía aplicación
en la práctica; que la virtud era una debilidad de carácter y que el éxito a cualquier
precio revelaba talento y capacidad. Observaron asim ism o que alguno de sus profesores, en
función de m inistro, encontraba en las más remotas comarcas — casi siempre en Massachussets— la jurisprudencia que justificaba todas las violaciones de la ley; y que otro profesor
no menos famoso y en igual trance, elaboraba un código penal que negaba el espíritu y
la letra de la Constitución que decía defender.
Mas a pesar de todas las decepciones y derrotas, los estudiantes mantuvieron encen­
dida la luz de la Reforma. Sus organismos reformistas, a través de los Centros y Uniones
estudiantiles, luenaron con denuedo por la dignidad de la cultura superior. Sobrevino una
gran pausa; la juventud se recogió en silencio, conservando sin embargo, como lo demostró
en estos días, su fervor democrático y una gran com prensión política, fruto inesperado
del m ovim iento de junio del 43. Este m ovim iento, a su vez, llevó hasta sus últimas con­
secuencias. en el orden universitario, la obra desquiciadora de los gobiernos que la pre­
cedieron. Cada ministro e interventor, sin autoridad ni jerarquía — cuesta ya recordar sus
nombres— llegaba al recinto universitario y, como un ilum inado, vaticinaba el adveni­
miento de una nueva era, fundada en las concepciones políticas del nazismo y el falan­
gismo, sellados con el cuño de la tiranía de Rosas.
El fascismo criollo, hoy en declinación, al adueñarse temporariamente de la Univer­
sidad. demostró en la práctica los vínculos que la unen al Estado. Su lección no ha sido
estéril para los profesores y estudiantes reformistas que no se conforman con la “normalización universitaria” y reclaman el retorno a la vigencia de la Constitución. Nada puede
construirse sobre la arbitrariedad, fuera de las normas de laley, a las cuales deben acata­
m iento por igual los poderes del Estado y el ciudadano más hum ilde. Los estudiantes han
com prendido que una Universidad autónoma no puede subsistir erguida y desafiante como
una fortaleza en medio de un vasto territorio donde reina la ilegalidad y pende sobre
cada ciudadano la amenaza de la fuerza.

�Jiuenos Airea ■Arp^nn.. ,
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A

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D E

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A

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P a r á b o l a tlvl S a b io #/ #*/ P o r r o
t i sabio profesor Lapicque. m undialm ente conocido por su cronaxímetro. destinado al
estudio de la corriente nerviosa, ha declarado que durante la ocupación alemana los sabios
franceses fueron som etidos a privaciones extraordinarias, que im posibilitaron la investigación
y el estudio. Lanzados a la lucha ilegal contra el invasor y la Gestapo, cooperaron con los
maquis en el m ovim iento de la liberación. El hambre llegó a ser tan agudo —cuenta Lapicque— que él y su familia debieron alimentarse sacrificando los perros y otros animales
destinados a la experim entación. Tal es, en resumen, la noticia publicada por “La France
N ou velle”, en la segunda semana de marzo.
Han transcurrido ya ocho años desde aquella noche, tan grata para mi. en que el profe­
sor Lapicque pronunció en la Sorbona su conferencia sobre “La l .R.S.S. vista por un fisió­
logo”. Comenzó expresando su fe en la democracia, su desprecio por las dictaduras. Se
consideraba un francés m edio, racionalista, equilibrado, hijo de un país privilegiado, en el
que la Victoria Alada habíase quitado la sandalia.
~Fuí a la U.R.S.S. por invitación del Gran Pavlov al Congreso Internacional de F isio­
logía de Moscú. De otro modo — añadió— no hubiese ido”. Recuerdo la conferencia casi
literalm ente, porque siempre me ha conm ovido el espectáculo de estas grandes inteligencias,
que crean y producen a veces cosas maravillosas, pero sin cuidarse de lo que les rodea, sin
examinar el suelo que pisan, sin averiguar la procedencia y destino de su creación en el
proceso y desarrollo humano. A islados en su disciplina, en el recinto de su propia colmena,
creen que no les incum be pensar en las causas sociales e históricas que im prim en su rumbo
al progreso técnico.
Cuando las fuerzas se agruparon en los prelim inares de la gran contienda, muchos sabios
permanecieron indiferentes o perplejos frente a los acontecim ientos, cuando no se plegaron
por ignorancia a la fuerza desquiciadora que bajo la férula de los tiranos preparaba el de­
rrumbe de la cultura. Muchos de ellos salieron del error cuando la soldadesca y la policía
política invadieron las Ldiversidades y encarcelaron, desterraron o dieron muerte a los in ­
telectuales que habían incurrido en el delito de opinar contra la guerra y el racismo.
Los sabios alejados de aquellos países en que imperaba ya la reacción política, abrigaron.
—como Lapicque— la ilusión de que Francia podía permanecer indem ne por la sola virtud
de su tradición liberal. Cerrando los ojos y tapándose los oídos al clamor de los pueblos
avasallados, creyeron retardar el ritmo de los acontecim ientos, cuando no im pedirlos.
Lapicque fué a la U.R.S.S. como el observador que llega de un mundo lejano, ajeno a
la órbita de su sistema, deseoso de juzgar equitativam ente los adelantos de la Unión Sovié­
tica, prescindiendo de su estructura político-económ ica. Quería saber si el obrero y el paisano
eran felices, si poseían su vaca y sus enseres, a la manera del campesino francés. Habituado
a pensar, en su laboratorio, de acuerdo con los principios del determ inism o y la evolución,
se apartaba de ellos en el examen del nuevo mundo de la revolución proletaria y no podía
concebir que la conciencia de los hombres nuevos de aquel continente hubiera cambiado como
consecuencia del cambio social, económ ico y político iniciado en octubre de 1917. Creía
honestamente que él era el hombre, expresión de valores estables, eternos, en quién todas
las posibilidades de desarrollo estaban dadas, sin necesidad de cambio alguno en el orden
de la convivencia. Encontró en Rusia cosas notables que reconoció sin reservas. Mientras
su laboratorio de París se desenvolvía penosamente, con pequeños aportes del Estado, insu­
ficientes al extremo de requerir su sacrificio personal, en la U.R.S.S. —afirm ó— funcionan
muchos laboratorios sim ilares en que los jóvenes fisiólogos rusos habían realizado innova­
ciones con su propio cronaxímetro. sin que él tuviera de ellos la menor noticia. Y pensar que
si no hubiera sido por Pavlov. Lapicque no hubiese ido a la l .R.S.S. !
Mas, ¿qué significaba todo ésto para un sabio que aborrecía “las dictaduras” y que
identificaba los regím enes según el aspecto exterior, desconociendo su procedencia y el rumbo
general de su desarrollo?
Era necesario sugerir a los franceses que imitaran lo bueno y probar que sin dictadura
del proletariado era posible superar los defectos y atrasos de la técnica. Consideraba que
en Francia se podían lograr aquellos adelantos, el mismo respeto por la ciencia, el formidable
apoyo que el gobierno soviético prestaba a la investigación científica. Lapicque no advertía
el grado de penetración de la fuerza desorganizadora del fascismo en el seno de su propio
país; la intriga, el soborno, la traición. Mientras él medía el paso de la corriente nerviosa,
el Comité Des Forges vendía a Alemania el hierro de Lorena y triunfaba la política de com ­
placer al agresor en Etiopía, Munich, España. La dictadura proletaria no sólo protegía y es­
timulaba a sus sabios, según revelaba Lapicque, pues al mismo tiem po perseguía sin tregua
el espionaje, el sabotaje, neutralizaba la política internacional de guerra y se esforzaba en
crear una industria pesada que diera eficiencia al poder combativo del ejército y del pueblo.
Entendía así proteger al hombre de ciencia que de otro modo hubiera sucum bido. Lapicque
no com prendió esta dura necesidad y retornó a la blanda y tolerante “dem ocracia” francesa,
impregnada de enem igos y espías que labraban su desdicha.
Los años pasaron con su cortejo de dolor y de muerte. La tormenta de acero arrasó el
suelo sagrado de Francia. Y fué el pueblo ruso, organizado por aquella “dictadura”, el que
libró la batalla decisiva, que auguró para Francia el renacim iento de la libertad y para La­
picque la posibilidad de retornar al trabajo que sólo fructifica en la seguridad de sus fines
y la continuidad de su desarrollo. Stalingrado fué la respuesta generosa al francés m edio,
equilibrado j justo que Lapicque representaba. El sabio ha com prendido; las desdichas e
infortunios de su patria han esclarecido al fin su conciencia, ha reconocido el poder amigo
del progreso y de la cultura en el alma del pueblo socialista. El sacrificio de los perros de
Lapicque no ha sido vano.
J.
3

T.

Franklin D. Roosevelt, cuya desaparición enluta a todos
los demócratas del mundo, firmando la "Ley de prés­
tamos y arriendos".

PSJCOM. OOMA
PE LAS MASAS

Lospsicólogos
y psiquiatras han estudiad
la psicología de las
multittomando como
ejem plo sus manifestaciones explosivas y violen­
tas: el m otín, la rebelión armada. Gustavo Le
Bon,
en su "Psicología política’’ y Ortega y
sset, en la “
Rebelión de las han conver­
tido esos hechos aislados en factores decisivos
del m ovim iento histórico. Recuérdese sino el
hecho parado jal de
un pueblo ham briento q
asalta las panaderías y las quem a en lugar de
comer el pan. El filósofo español ha escrito m u­
chas páginas sobre ese hecho, que generaliza al
punto de no decir cuándo y dónde ocurrió.
Con excepción de Freud que, más penetrante
y audaz, sometió al análisis al ejército y la igle­
sia, todos, en suma, han estudiado las expansio­
nes colectivas, no los retraim ientos silenciosos.
Con m otivo de la declaración de guerra de
nuestro país al Eje, el pueblo argentino ha ofre­
cido una manifestación silenciosa que llamará
la atención de los psicólogos. Este pueblo, in te­
ligente y sensible como pocos, estuvo con las N a­
ciones Lnidas desde el com ienzo de
guerra.
La ayuda que prestó a los com batientes fué
mayor y m ejor organizada en toda América. A l­
canzaron contornos im ponentes las pocas m ani­
festaciones populares perm itidas en las grandes
ocasiones. La peregrinación a
Plaza Francia,
con m otivo de la liberación de París, repercutió
en el m undo entero.
Luego de todos estos antecedentes, el gobier­
no declara
la guerra
al Eje, y el p
nece apático, frío, casi indiferente. ¿Puede in ­
terpretarse ésta como una reacción parado jal
dentro de las leyes de
psicología de las
sas?
La explicación de esta actitud de nuestro pue­
blo está en todos los estratos del alma de sus
ciudadanos, que tem en
laprolongación de
galidad im perante, que el estado de sitio se con­
vierta en una necesidad de guerra, como ha sido
declarado antes necesidad de tiem po de paz; que
tem en
la prolongación de este estado de cosas,
el continuism o, y desean participar en los asun­
tos mundiales a través de representantes libre­
m ente elegidos.
El pueblo no ha acudido a la Plaza de Mayo
a aclamar a sus gobernantes, en el dramático
m om ento en que, aparentem ente, se cum plen
sus deseos. L ríase a la declaración de guerra el
llamado a elecciones generales, librem ente rea­
lizadas, y se verá dónde está el pueblo.
J.

T.

�• »

Viva

9 9

lamuerte, muera

Q u é indignación, prim ero; qué colera luego; qué
ansias de venganza subieron a m i garganta después de
lento proceso. al caer el telón en el últim o acto del último
drama de Federico García Lorca. Porque allí termina la
marcha ascendente del más grande ingenio de la España
contemporánea. Pensé que no existirán cenizas de García
Lorca, porqu e sus huesos han de mantenerse como astas
de nuestras invisibles banderas. Recién ahora, en 1945.
al estrenarse “La Casa de Bernarda Alba", puedo penosa­
mente despojarm e del nom bre familiar de Federico.
Ahora es García Lorca, el gran dramaturgo, cien veces
asesinado por los que todavía giran en torno al dictador.
¡Cuánto ha perdido el teatro de nuestra lengua! Nos
faltaba esta obra postuma para contemplar las d im e n ­
siones de su preclaro genio creador. Quizás por esta
patética comprobación se nos enciende un oscuro deseo
de venganza. No existe un culpable absoluto, pero exis­
ten sí, cientos de intelectuales del otro lado, en el campo
enemigo. Porque no nos engañemos, todavía continúa
la batalla. A l caer el telón del Teatro Avenida, con una
Margarita Xirgú transida, deshecha, em pezó a crecer la
marea de la indignación. Nos hemos conformado d e ­
masiado con llamarlo por su nombre, Federico, y, en su
homenaje, al nombrarlo familiarmente, perdonar a Caín.
Demos por terminados los funerales del hermano. A h o ­
ra empieza a padecerse la muerte del extraordinario
dram aturgo, al convencernos que ya no nos quedan
posibilidades de renovar nuestra admiración. Con “La
Casa de Bernarda Alba”, termina la trayectoria del poeta.
Es la muerte misma de García Lorca. N i un paso más
dará su portentoso ingenio. Y esta idea es la que en­
ciende la cólera. Aquí termina el autor dramático que
deslum bró al mundo, pero él debe animarnos en la
lucha contra aquellos que gritaron en Salamanca: ¡Viva
la muerte, muera la inteligencia! ¿O es que la inteli­
gencia no sabe vengarse? ¿O es que ya nadie recuerda
el grito indigno? ¿Es tan im probable que le volvamos
a oír? Si la inteligencia está de nuestro lado y con ella
la Belleza y la Poesía, no perm itamos que una vez más
un puñado de pólvora nos ahogue la garganta. Inteli­
gencia se hizo sinónimo de indulgencia, y también de
tolerancia. Pero los tiempos actuales no son de indul­
gencia, porque se nos acusa de blandura y cobardía.
Aquel grito indigno no debe atravesar el tiempo. Del
otro lado, en el bando enemigo, no hay nadie en quién
vengarse, porqu e nadie vale una descarga de ametralla­
dora. Los pocos que quedan, rehuyen el encuentro con
los fervorosos de l poeta granadino. La otra España —ya
sobre la tierra mancillada o ausente de la península—
/a propagandista de turbios totalitarios ¡qué menguada
sim iente arroja sobre el suelo americano! . . . La poesía
de los Alberti y León Felipe, se adelanta en el tiem po
por el cielo de una España ya liberada. La poesía de
los hom bres libres. Y conviene tener en cuenta que de
la guerra de l 14 ninguna inteligencia dejó un alegato
a favor de la barbarie. ¿D ón de está el Remarque del
bando contrario? ¿Quién escribió en la presente gue­
rra, de sde el otro lado de la barricada, un libro como
“La luna se ha puesto” ? ¿Qué novela, qué cuento, qué
relato han escrito los que oficiaron de quintacolumnistas,
los colaboracionistas de la presente contienda? ¿Algún
poeta cantó a los “quisling”, como Machado a Lister?
Sólo quedan algunos picos de gas. aún abiertos; todavía
se balancean algunas cuerdas siniestras. La poesía no
floreció en el bando de los que humillaron a Salamanca.
Un año antes de la muerte de Federico, yo anduve
con él por las calles de Madrid. Recuerdo que imaginé
su muerte y me hice esta pregunta: ¿Cóm o se sentirá
la desaparición de alguién a quien uno quiere y, al
mismo tiempo, admiran las multitudes? Supe bien pron­
to cómo se sufre la muerte del amigo. No sabía, hata
ayer, cuánto se padecía la muerte de aquel a quién el
mundo admira. Pasó como compartida, diluida entre
gente que le lloraba sin conocerle.
Paz en la tumba de Federico. Grito de alerta desde
los huesos de García Lorca.
E.

A

Foto inédita de Federico, con Ma­
ría Teresa León y Rafael Alberti

Dibujo de LUIS SEOANE para el libro de Alberti "Eh! los toros"

Llanto por
Ignacio Sánchez Mejías
(Fragmento)
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.

tu perfil y
gracia.
tu conocimiento.

Yo canto para luego
La madurez insigne de

Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
FEDERICO GARCIA LORCA

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A r t e

R E S P U E S T A S A UNA
ENCUESTA

'

Contesta

MAX
DICKMANN

Contesta

ARTURO
SERRANO
PLAJA
¿POR QUE ESCRIBE USTED?
Si no hubiera de p a re cer dem a sia d o insolente,
diría: p o rq u e m e da la gana. Mas para e vita r gro­
serías, diré que p o r vo ca ció n , cosa que en el fondo
vien e a se r lo misino.
Intentaré ex p lica rm e m ed ia n te una an écdota:
A los diez años, pocos m eses des pués de ingresar
en el Real Colegio de Alfonso XIII de San L o ren ­
zo de El Escorial, regen tado por los RR. PP. A g u s ­
tin os, un grupo de co m p a ñ ero s y yo decidim os
escalar el Pico de Abantos, c u m b re de aquellas
serranías. Hicim os la proeza de escalar los m il y
tan tos m e tro s y , en la euforia de la altu ra , supon go
que a título de co n m em oració n gloriosa, surgió el
p ro y ecto de hacer un relato escrito de la e x c u r ­
sión. Al día sig u ien te, cu ando de n u evo nos re u n i­
m o s, re su lté ser el único que había to m a d o en serio
el p r o y e c to (cosa que m e d ep r im ió ); m is cuartillas,
arreb atadas po r el m a y o r de mis amigos, fuero n a
pa rar a m an os del P. G e r a rd o , quien las leyó (lo
que m e p ro d u jo p rofu n da ver g ü en za ) y finalm ente,
publicada s en el “Cuadro de Honor** de la Revista
del colegio, siendo ésa la p rim er a y ú ltim a ve z
que m i n o m b re f ig u r ó , a lo largo de todo el b a ­
chillerato, en el citado “ Cu adro**. Dicho honor,
pasados los p rim ero s m o m e n to s de bochorno, tu vo
la v i r tu d de enso b e rb ece rm e hasta el p u n to de
cr eerm e re d im id o para sie m p r e en lo re lativo a mi
obligación de a p re n d e r a d ivid ir o en cuanto a
sa berm e la tabla de multiplicar.
Pero ocurrió que el P. Regino —que en aquel
curso de ingreso era nuestro ex clusiv o profesor y
que, dicho sea de p aso, no debía c o m p a rtir m i
pu nto de vista sobr e m is tareas escolares— nos
anunció p o r aqu ellos días que hab íamos de reah zar
un ejercicio de compos ición; y acto seguido nos
fué ad m in istra n d o temas. Al llegar a m í me ord enó
que escribiese un artículo sobre el p a rtido de “f ú t ­
bol" habido el di a an terio r en tre los alum nos de
“prim a ria ” y “primero*9. Y p a re cién d o m e que la
palabra “a rtícu lo ” —artículo 37, p o r ejem p lo— d e­
bía q u ere r de cir reglam ento, hice cu anto p u d e y
supe para especificar lo que en ten día —o no en ­
tendía— en relación con los diversos “offsid es”,
“p e n a l t y s ”, etc., en que mis condisc ípulos habían
incurrido. Creo que el hecho de se r aquello un
ejercicio m e inclinaba pa rticu la rm en te a esa i n te r­
pretación de la palabra artículo.

tú eras tonto**) y ro m p ió el escaso fru to de mis
afanes. A c to seguido m e dió un capón, y m e o r d e ­
nó p e r m a n e c e r de rodillas en el aula dura nte el
tiem p o ded icado h a b itu a lm en te a recreo.
Estoy seguro d e que aquel día se acabaron mis
veleid a d es con lo que m e a tre v e ría a llam ar la
“fam a literaria** de que había gozado, du ran te b r e ­
ve s días, ¡ay! fren te a d iverso s m ie m b r o s de mi
familia. Mas si las palabras del P. Regino m e in cu l­
caron la in eq u ívo ca noción de m is escasas d otes
m entales (“t o n te ría ”), no p o r eso se alteró en mí lo
que ahura m e im p o rta señalar. Dura nte aquel m i s ­
mo curso, y en un len guaje cu y a filológica clave
sólo p ose íamos un p rim o m ío y yo, escribí algo asi
como una c o m ed ia -relá m p a g o no destin ada a la p u ­
blicidad. P ie za que, a la larga, ha ve n id o a ser
para m í como la piedra de toque de m i vocación.
Porq ue si, a pesar de todo, v o l v í en tonces a escribir
—aunqu e no, claro está, artícu los— era e v id e n te
que m e daba la gana de hacerlo, era e v id e n te que
nunca habría de tro p e za r con m a y o r resistencia
a escribir.
Quiero aclarar que contesto como lo hago t e n i e n ­
do m u y pre sen te el estricto se ntido de la pregun ta
que form ula “L atitud” : “ ¿Por qué escribe usted?**
y no, como ejem p lo de v a ria nte conceptu al “ . .P a ra
qué escribe usted ? ”
¿SU M A Y O R AM BICION LITERARI A?
Mi m a y o r ambición, en lo esencial, ha sido ya
realizada. P o rq u e un día de rela tiva calm a en el
fren te del Ebro, d ura nte la guerra que so stu vo mi
pueblo contra el fascismo internacional, hube de ir
a p a ra r a una batería dos de cu yos artilleros esta ­
ban leyen d o un libro. Me acerqué a ellos y el libro
resultó ser de versos, titu la d o “El h o m b re y el
tr a b a jo ” apare cido hacía poco t iem p o en Barcelona
y firm a d o p o r el que suscribe estas líneas.
Au n q u e nunca ja m á s hubiese de alcanzar otro
éx ito literario tan increíble, la sola esperanza de
que un libro m ío hallase lector como aquellos, sos­
tendría m i voca ción no años, siglos. Y aún cu ando
tu viese la negra ce rteza de que tal hecho no habría
de pro ducirse nunca más, to d a vía m e habría de
sentir ín tim a m e n te justificado, en m i conciencia
de escritor, si acaso estuvie se seguro de haber co­
municado lo que puse en uno solo de mis verso s a
uno solo de aquellos artilleros.
Porq ue aquellos h om bres eran no sólo pueblo, y
pu eblo al que más amo, sino h o m b res del pueblo
en trance de a firm ar una v e z más, en su eje m p la r
historia, su dign idad de tal, su radical v o lu n ta d de
existe nc ia libre, su jera rq u ía de h o m b res libres.
¿Necesitaré, des pués de to do éso, re p etir las p a la ­
bras de don A n ton io Machado : “ ¡Escribir para el
pueblo! ¿Qué más quisiera y o ? . . . ”
¿QUE P R E P A R A P A R A EL FUTURO?
Creo que está po r aparecer un libro de v e r s o s ,
selección de dos libros m íos ya publica dos en Es­
paña, y de otro inédito recogiendo algunas c o m p o ­
siciones inéditas escritas en Francia, en Chile y
Argen tina, es decir, en el destie rro. Intento, a d e ­
más, concluir una n ovela que, de llegar a buen fin,
se titularía “El otro m u n d o ”.

Todos m is com pañ eros habían ya con clu ido su
redacción y aun estaba yo p en an do con la mía.
El P. Regino se acercó con aire de impa ciencia
m u y fácil de ad ivin a r p o r el m o d o peren torio de
a rrebatarm e el p apel en que yo escribía. Lo tom ó
en sus manos, com en zó a leer lo , em itió en alta v o z
una opinión que m e afectaba (“Si ya decía yo que

F lo ren cio
¿P odría om itir L A T I T U D en este número el
nom bre de Florencio Sánchez ' La obra del autor
de uLa Gringa” y de “M ’hijo el dolor”, de “Ba­
rranca abajo” y de “En familia”, representa, para
el teatro rioplatense, el prim er paso en el camino
de un arte realista, la primera tentativa — en
considerable proporción lograda— de creación
dramática inspirada en la realidad social y hu­
mana de nuestro medio. No quita valor a esta
afirmación la circunstancia de que el teatro de
Sánchez sea, en sus primeras expresiones parti­
cularmente, más uruguayo que argentino. Lo
cierto, lo válido, es que cuando se estrena “W h i jo el do to r”, allá por el año 1903, en el viejo
Teatro de la Comedia, dirigido p or Ezequiel

Soria, su representación constituyó un aconteci­
miento desconcertante. La buena voluntad de
aquellos precursores — los Podestá, Soria, Trejo,
García Velloso, Martín Coronado— no había lo­
grado realizar, fuera de unos atisbos de trasplan­
tes, otro teatro que un teatro de criollismo con­
vencional, de gauchos caballerescos y problemas
de honor de declamatoria ascendencia peninsular.
Frente a aquella literatura teatral absolutamente
desvinculada de toda realidad humana y social,
Sánchez representa la contrafigura de la retórica,
la presencia cálida y conmovedora de lo verda­
dero. Su mérito fundamental es éste. Su mérito
y lo indiscutible. Lo demás ahí está, a someterse
todavía al análisis y a la estimación crítica.
C.
5

I.

¿POR QUE ESCRIBE USTED?
En m i caso, esta prim era pregunta debía haber
sido hecha en dos tiem pos. Es decir: por qué
com en cé a escribir; por qué continúo escribiendo.
P erm ítasem e la libertad de desdoblar así la p re­
gunta.
Como todo m uchacho educado en el período de
transición rom án tico-d ep ortivo que siguió a la p a­
sada guerra m undial, escribí versos, p ubliqué cu en ­
tos y term in é una n ovela. H ice deportes en a b u n ­
dancia y viajé. Todo esto para dar salida a una
energía que andaba en busca de la propia y huidiza
personalidad que entre los diez y ocho y v e in tic in ­
co años escoce a la juventu d .
Cuando m e di cuenta de cuántos años cabales
había em pleado en este jueguito, ya ten ía v e in ti­
ocho cum plidos.
Mi prim er libro: Europa, fu é la realización del
deseo de concretarm e en algo que yo am aba y se n ­
tía. El libro fu é publicado y yo m e encontré al día
sigu ien te ante dos problem as con los que no co n ­
taba de antem ano. P rim ero, para m í Europa estaba
concluida d efin itivam en te. Esto ocurría en 1930.
Con ese libro le decía adiós a v ein tio ch o años
de una educación, una cultura y un m undo en el
que ya no creía. Segundo, sentía la n ecesidad de
reintegrarm e espiritu alm ente a mi país, que no co ­
nocía, que hasta casi ignoraba.
E ntonces m e di a escribir Madre A m érica , para
probarm e a m i m ism o que estaba liberado to ta l­
m ente de una parte de m i vida que ya no m e
interesaba, que para mí no contaba en absoluto.
Con ese espíritu, en ese estado de ánim o p ubliqué
Madre A m é r i c a ; adem ás, m e fortalecía la propia
con cien cia y la satisfacción de que ex istía en m í
la capacidad de sentir y expresar una vida cu yos
problem as com enzaba a intuir.
Una nueva prueba de todo esto fué mi tercer
libro G en te y el cuarto, Los Frutos A m argos, la
confirm ación d efinitiva, ante m is propios ojos, que
sólo el drama de mi patria era el que yo sentía y
era capaz de expresar.
Ahora, ya con cuatro libros a cu estas y nel m ezzo
del ca m m in di nostra vita, m e he preguntado m ás
de una vez:
¿He realizado to talm en te o al m enos en parte el
ideal de expresar ín tegram en te lo que en form a de
inquietudes, sueños, vigilias, penas, dichas y e sp e­
ranzas m e enseña la vida a diario?
¡No!, fran cam ente ¡no!
Por esa razón es que escribo actu alm en te. P o r­
que en la realización de ese ideal trato de rea li­
zarm e a m í m ism o. Eso hace que m i obra literaria
esté con su stan cialm en te ligada a mi vida, en cam ­
bio de ser algo separado de ella.
¿CUAL ES SU MAYOR AMBICION LITERARIA?
Ser un n ovelista total. Un n ovelista que d esen ­
trañe e interprete el m undo que lo rodea. Un n o ­
velista que tom e de la vida, m om entos, seres, s e n ­
tim ientos. h echos y los apriete en las páginas de
n ovelas llenas de vida.
Para ello m e he propuesto escribir una serie de
n ovelas que tien en una vin cu lación de tem a, p er­
son ajes e ideas. Así son m is tres novelas. Si puedo
realizar este ideal, no quiero para m í otra cosa
en la vida.
¿QUE PREPARA PARA EL FUTURO?
Una novela grande que tien e m ás que ninguna
de m is anteriores, las características a que aludía
en la pregunta anterior. Una n ovela en la que
ven go trabajando hace m ás de dos años. He e s­
crito m uchas de sus páginas en las region es m ás
opuestas de A m érica: en Salta, en una estancia
en Lobos y durante mi v ia je a los Estados U nidos,
en N ew York, San Francisco, Los A n geles y Miami.
E xplico ésto para probar que no im proviso m is
libros, sino que los m aduro len tam en te y así ta m ­
bién los escribo. No soy un escritor que plum ea
fácilm en te. Cada página m e cuesta una ím proba
labor, pero de ello no m e quejo.
Mi próxim a novela que se titulará Esta G e n e r a ­
ción Perdida, abarca cuarenta ^ ñ o s de vida a rgen ­
tina y hay en ella m ultitud de h ech os y personajes
que recordarán a m uchos lectores g en tes y escen as
de la vida real.
¿D espués de este libro? P u es otra novela. Una
n ovela bárbara cuya acción transcurre en los cam ­
pos entrerrianos y en la que narro la historia de
una típica revolución sud-am ericana.

�«INFLUENCIA DECISIVA DE

— ¿Qué es ahora de “So/ y Luna*9?

Sol y Luna se desenvolvió siempre con pe­
nuria y en estos mom entos muchos de sus ele ­
m entos más im portantes han tenido que darse a
altos servicios de la Patria. Conmigo la dirigía
antes Mario Am adeo, actualm ente jefe de política
exterior del M inisterio de Asuntos Exteriores;
nMadrid se publican revistas.
hasta después estuvo Ignacio B. Anzoátegui, ahora se­
revistas literarias,
al parecer.cretario
Por de Cultura del M inisterio de Justicia e
Instrucción Pública. “Sol y Luna” volverá a una
que los españoles que quedaron aislados
gran actividad. La última expresión de este orden
del resto del m undo, desean ponerse al día
que me ha llegado de la Argentina es la nueva
con las literaturas de ultram ar. E l m iem ­ revista “Nuestro T iem po”, que continúa la línea
bro info rm a n te con respecto al pensam ien­ trazada por las anteriores, intensificando y depu­
to argentino — no sabemos si de paso por
rando una conciencia de argentinidad dentro de
aquella capital o con alguna m isión d e fi­ los valores católicos, hispánicos y e u r o p e o s...

LA GENERACION DE LOS

TREINTA AÑOS”

nida — es el señor
GoyenSin quitarle
.—¿Qué género literario es el preferido actual­
mente en Argentina?
una coma, he ahí lo que se les hace saber
a los madrileños. E l reportaje aparece en
— Le aseguro que en estos últim os tiem pos se
han puesto en primer plano los problemas na­
E S T A F E T A L IT E R A R IA , núm ero recién
cionales, todos los libros que tratan de esclarecer
llegado a Buenos A ires , de escasa difusión
entre los escritores. Para subsanar su de­ difusión entre las juventudes.
— ¿Cuáles han sido los más relevantes en este
fectuosa circulación le damos este breve
aspecto?
tránsito por L A T IT U D .
L.

R.

*\La charla con Juan Carlos G oyeneche acerca del
actual m ovim iento literario argentino em pieza,
naturalm ente, por los grupos de las nueve genera­
ciones, que han aunado, con fuerte conciencia del
m om ento histórico de su Patria y del m undo, lo
literario y lo p o lítico ; la creación poética y la
fijación y depuración de conceptos políticos. Un
alto sol y un fresco viento nos acompañan, m ien­
tras paseam os por los terrenos casi selen íticos de
la Ciudad U niversitaria.
— El m ovim iento que llevó al Ejército en la
Argentina, en m om entos de gran dificultad, a
asumir la dirección del país para salvaguardar su
soberanía y dignidad internacional ha estado ins­
pirado en la labor fecunda de algunos grupos
literarios políticos, en los que figuran los má­
xim os valores de una generación que tiene por
tope superior los cuarenta años.
— ¿P ero quiénes destacaban entre tales grupos?
— De m om ento le citaré pocos nom bres, pero
seguram ente bastarán: L eopoldo M arechal. Francis­
co Luis Bernárdez, Ignacio B. Anzoátegui, Juan
Oscar Ponferrada, A lberto Franco, en el campo
de la literatura; en el de ensayos filosóficop olíticos, César E. Pico. N im io de Anquin. Ernesto
Palacio, los herm anos Irazusta, Marcelo Sánchez
Sorondo, H éctor Sáez y Quesada, los hermanos
Santiago y José María de Estrada y los PP. Sepich.
M en vielle y D e r is s i...

—¿Qué órganos de expresión eran utilizados
por estos grupos?
— Aparte del libro, al que varios de ellos lle ­
varon sus ideas o creaciones, casi todos colabora­
ron un tiem po en el suplem ento literario del
diario “La N ación”, hasta que se produjeron cier­
tas circunstancias, por las que abandonaron aque­
lla tribuna. Los verdaderos órganos de estos gru­
pos han sido varias revistas como “Nueva P o líti­
ca”, “Sol y Luna”, “ C riterio”, “N úm ero” . . .
(G oyeneche, com o es sabido, ha sido hasta su
venida a España, el director de “Sol y Luna” ).

—¿Trascendía al gran público la labor de es­
tos jóvenes?
— Ya lo creo. De ellos han salido los últim os
prem ios nacionales. Por ejem plo, L eopoldo Marechal, con su “Laberinto de am or” y “El Cen­
tauro”, y Bernárdez, con su “El buque \ han
obtenido el prem io nacional de P oesía. Asim ism o
Ignacio B. Anzoátegui con "Tres ensayos espa­
ñ oles”, obtuvo el prem io nacional de libros de
ensayo. Por cierto, “H az”, la revista del S.E.U.,
inaugurará sus ediciones con una de las citadas
obras de A nzoátegui. Para todas las aludidas aca­
bo yo de terminar los prólogos.

— Entre otros títulos y autores que me vienen a
las mientes, le citaré “La Argentina ante sí mis­
ma”, de Alejandro Ruiz Guiñazú, y “La Unidad
N acional”, de Ricardo Font Ezcurra.
— ¿Entre nosotros y, en general en toda la li­
teratura actual parece que las biografías están de
m oda? ¿Ocurre lo m ismo en la Argentina?
— En efecto, pero con una característica: nues­
tras biografías giran casi todas en torno a “hom ­
bres fuertes” de América. Así M anuel Galvez
— que no es de la nueva generación— está pu bli­
cando una serie entera, de la que recuerdo las
vidas de “Don Juan Manuel de Rozas” (esta per­
sonalidad desfigurada por la historia liberal y par­
tidista, es hoy juzgada por una profusa b ib lio ­
grafía como figura procer entre las fundadores
del espíritu de soberanía nacional argentina) ;
“ Don Gabriel García M oreno” &lt;el gran presiden­
te católico del E cuador), “H ipólito Irigoyen . y
prepara la de D iego Portales, chileno, y la del
dictador Francia, del Paraguay.
— ¿Qué corrientes se advierten en el campo de
la creación poética?
— Dentro del ritmo ordinario se marcan una
preocupación religiosa y otra patriótica. Mare­
chal, v.g.. demuestra una delicadísim a sensib ili­
dad en temas que lindan con la M ística, influen­
ciado del sim bolism o italiano del “dolce stil
nuovo” . . . A nzoátegui, por su parte, ha enrique­
cido su poesía con facetas de alto patriotism o, al
que responden su “F elipe II”, “El Alm irante”,
“Las invasiones inglesas” y otras creaciones que
espero ver reunidas en un volum en editado en
España. A nzoátegui exalta con gran ardor y
gracia nueva, declarándolas como cosa propia, las
virtudes hispanas.
— Esta preponderancia de temas filosóficos y
políticos en la prosa argentina, ¿ha llevado como
correlativo algún olvid o de la novela?
..L e diré que dentro de este grupo generacional
con vocación nacionalista, tanto como literaria, al
que por regla general me refiero por formar yo
m ism o parte de él y ser, por tanto, el que m ejor
conozco: efectivam ente la novela se cultiva poco.
Sin embargo, Eduardo M allea y M anuel Mugica
Lainez, que tienen afinidades con el grupo citado,
cultivan con el mayor éxito ese género.
— ¿ Y los consagrados de la generación a n te rior:
Larreta, Hugo f f a s t . . ?
— Larreta acaba de publicar una colección de
cien sonetos suyos. En cuanto a Hugo ^ ast. tan
conocido en España como en la Argentina, o qui­
zá más. influido del drama gigantesco que vive
actualm ente el mundo hasta parecer próxima la
ultim idad de los tiem pos, cultiva una nueva fa­
ceta novelística con temas de gran sabor apoca­
6

líptico: “ El sexto sello ”, “666” . . . La popularidad
de Hugo 'Vv ast ha sido renovada con las continuas
versiones que se están haciendo de sus novelas al
cinem atógrafo: por ejem plo, de “El camino de las
lla m a s’, “La corbata celeste” y varias más.
Juan (.arlos G oyeneche no9 habla a continua­
ción del gran m ovim iento editorial que existe en
la Argentina y M éjico. La Casa “Estrada” ha
acom etido sim ultáneam ente la edición de dos co­
lecciones de clásicos españoles y argentinos con
prólogos y notas de las m ejores plumas. En
cuanto al m ovim iento cultural religioso, que tan
necesario es en este tiem po, se enorgullece de la
altísima jerarquía que ha logrado en Buenos
Aires, lo cual es signo y promesa de que se
suh sanará finalm ente esa gran falta de una edito­
rial de orientación católica que de a conocer los
valores destacados del pensamiento católico con­
temporáneo. Editoriales de ese tipo existen ya
en otros países como “Sheeph and War”, en In­
glaterra; “Herder”, en Alem ania; “D esclée”, en
Francia y Bélgica; “M orelliana”, en I ta lia ... A l­
ma de esas publicaciones de alta cultura católica
son en Buenos Aires los Cursos de Cultura Ca­
tólica, en los que se han formado los valores de
la nueva generación argentina, que, en m om en­
tos tan difíciles para el país ha sabido hacerse res­
petable ante el mundo. Que se estreche la vincu­
lación hispano argentina — termina Goyeneche—
vinculación tan vital para el futuro. Que se favo­
rezca un mutuo y exacto conocim iento, a fin de
que nuestras relaciones y nuestra común imagen
hispánica no sufran desfiguraciones por intereses
ajenos a los nuestros.
Los señores Eduardo Mallea y Manuel Mujica Láinez nos
ruegan que hagamos saber a nuestros lectores que no tie­
nen ni han tenido vinculación alguna con el grupo nacio­
nalista a que se refiere el señor Goyeneche.

•

•

•

•*7 . 0 0 0 . \ a s i * e n M o H e ú
Querían entrar en Moscú.

Querían arrasar la

ciu dad, arrasar un pueblo. A hí están ahora, dentro
de los muros de la ciudad abierta, en una plaza,
reposando en el suelo fecundo de una tierra ex­
puesta a los grandes vientos.

Pero sus duras es­

paldas tocan las piedras seculares donde la pala­
bra derrota está escrita para la eternidad . . .
¿Son éstos los términos del speaker que anun­
cia la proyección de una de las películas más
em ocionantes

de la época?

Podían

serlo.

Son

57.000 nazis que están tirados sobre las baldosas
de una plaza moscovita, vivo girón de una de las
derrotas más espectaculares de la historia. Gran­
des altoparlantes dan la orden de ponerse de pie
y la cámara va captando la cabeza de la columna.
30 generales, coroneles, capitanes, al frente de sus
pobres huestes, avanzan por las calles con rumbo
desconocido.

La raza superior, personificada en

los más característicos rostros de un m ilitarism o
deshecho, tambaleante, agónico.
la

tropa, marchan

con

A la cabeza de

arrogancia

de

vencidos,

en ese últim o estertor de la fiera acorralada. Se
suceden las im ágenes más patéticas de la guerra,
mientras el espectador transido, fermentando sus
íntimos pensam ientos, medita en la incapacidad de
la pluma de cualquier historiador, para dar una
idea de lo que sucedió en aquel día inolvidable.
Nada más expresivo que la imagen, nada más ro­
tundo que esa lente fría y encendida, ojo pene­
trante de la

cámara cinem atográfica, superando

toda expresión escrita. He ahí una función toda­
vía no valorada del cinem atógrafo.

He ahí un

film que hace estrem ecer a los públicos de toda
América. Aguardemos nuestro turno que, por ser
el últim o, será quizás el más significativo porque
la espera acrecienta el interés y agranda las pers­
pectivas.
E.

A.

�ALEJO TOLSTOY
por
1 enía voz de patriarca. Un cuello de toro ali­
mentado por una savia de tres generaciones de
condes. Y un apellido con dos siglos de fama
literaria. Primero, Pedro, después León, y luejo
Alejo. Astros de diferente órbita.
Ahora acaba de morir el últim o de los Tolstoi,
y uno de los m ejores novelistas contemporáneos.
A l prologar la edición argentina de su novela
“Pedro el Grande*’, decía que el hombre no elige
el momento de nacer, pero le es dado elegir el
momento de morir. Alejo T olstoi nació en una
familia de condes, y murió como el camarada
Tolstoi. mariscal de la gran literatura rusa, con­
decorado por 47 ediciones de su novela “Pedro 1”.
La órbita paradojal y aleccionadora de su vida,
se vió cruzada por el com ienzo de una nueva
era. Tolstoi se inició en la literatura en la torre
del snobism o, el erotismo y el m isticism o. La
torre no era de marfil. Pero Tolstoi no lo sabía.
La torre estaba sobre las ruinas de un mundo des­
tinado a desaparecer. Y viviendo sobre las ruinas,
sin saberlo, es difícil descubrir la brújula de la
historia. Un gran artista jamás pierde su brújula.
Alejo Tolstoi comienza escribiendo poemas, y
pronto se descubre como novelista. En los veinte
volúm enes de su obra figuran entre otros títulos:
“El conde rengo”, “Los raros”, “El suceso en la
calle Baséin”, “El manuscrito encontrado deba­
jo de una cama”, “El p erfil”, “Las aventuras de
Rastioguin”, “El hombre con lentes”, “La dama
espléndida”, “Las hermanas”, “Bajo el agua”,
“Ciudades celestes”, “En el Y olga”, y muchas
otras.
Novelas todas escritas con la maestría y la sen­
cillez de la gran literatura rusa. Reflejan su épo­
ca. Pero son psicológicas, y también costumbris­
tas. Todo ubicado con el equilibrio del genio.
En sus primeras novelas aparece el ambiente se­
ñorial. Jardines soñolientos, hidalgos arruinados,
personajes fracasados. A lgunos muy recios pero
desorientados, cuyo destino el autor no sabe re­
solver. También desfilan los suicidas, los deses­
perados. Las vidas malogradas, derrochadas.
¿Q uién no recuerda aquella "Kasatka”, que v i­
mos adaptada al teatro, representada en Buenos
Aires por la compañía italiana de la temperamen­
tal Tatiana Pavlova?
No obstante, Tolstoi descubre la dim ensión de
sus posibilidades creadoras cuando la gran tor­
menta de Rusia del año 1917 abrió de par en par
sus ventanas. La tormenta respetó su cuna lite­
raria, pero anuló los blasones de su condado. El
conde enfurecido se olvida que es escritor y se
va a París y espera. Pero pasan los años. El

t r a s í i e nd a

&gt;

escritor Tolstoi comprende que se secan las raí­
ces de su origen.
El m últiple dramatismo social de nuestra ép o­
ca golpea todas sus concepciones. El ve que la
historia se bifurca. Además ha perdido al lector.
Un escritor puede perder un condado pero no
puede perder al lector. Y vencido por la verdad
de la tormenta siente que debe ir con ella y
lavarse. Limpiarse y lavarse por fuera y por den­
tro. Por otra parte, en Rusia están dispuestos a
recibir al escritor y no al conde. Entonces A lejo
Tolstoi deja la vieja cultura, pomposa y triste,
de la Europa de Spengler y vuelve a la Rusia
soviética.
La nueva y milagrosa realidad de su patria lo
ganan del todo y aborda los temas más difíciles.
Escribe su novela épica “Pan”, la trilogía “El
camino de las penas”, aborda por séptima vez la
figura de “Pedro I” publica la biografía novelada
de “Ivan el Terrible”.
Armado de un enroque nuevo, descubre el pa­
sado portentoso de su pueblo, que antes no va­
loraba con justeza. Ye m ejor porque está en la
carretera general de la historia.

A los argentinos, que no vivim os ninguna gran
tragedia nacional hace más de cincuenta años,
nos asombra la experiencia de \id a s tan singu­
lares. T olstoi nació en el año 1882. V ivió la gue­
rra ruso - japonesa. La r e v o lu c ió n de 1905, la
guerra de 1914-1918, la r e v o lu c ió n s o c ia lis ta ,
la guerra civil. Y ió lejos las etapas victoriosas de
una reconstrucción admirable y humana hasta el
siniestro del 22 de Junio, cuando H itler invadió
el único país socialista. Y esta vez, Tolstoi no se
fué a otras orillas tranquilas. N o se asustó de la
tormenta. Levantó su potente voz junto a las
banderas del ejército libertador.
Cuando los ex-peones de su condado defendían
con su sangre los restos de la casa de León T ols­
toi arrasada por los nazis en Iásnaia Poliana, su
\o z rugía como los cañones. “ ¡M atemos a la bes­
tia !” Así comenzó su discurso en el Congreso
pan-eslavo, llamando a los últim os resentidos de
su clase a defender la patria socialista. Su voz
era im placable. Desde Stalingrado hasta las puer­
tas de Berlín exigía justicia contra los que u l­
trajaron la tumba de H eine y de Puschkin. Su
voz de valiente amor irreductible marchaba con
los com batientes, junto a los 15 m illones de
muertos rusos y junto al pueblo inmortal que
\ ivirá defendiendo con porfía la libertad ido­
latrada.

(contin uació o

L os in t e le c t u a le s v e r d a d e r o s, lo s q u e n o
d u d a n d e su s c o n v ic c io n e s c iu d a d a n a s , —
a u n q u e te n g a n la s sa lu d a b le s d u d a s r e c o ­
m e n d a d a s p o r la f ilo s o f ía y p o r to d o m é ­
to d o c ie n t íf ic o — n o m e d r a n n i c o la b o r a n
c o n las a u to r id a d e s d e u n r é g im e n tir á n ic o
y to ta lita r io , p o r q u e n o p u e d e n a c e p ta r el
s u p lic io d e so m e te r su p e r s o n a lid a d y su
m e n te a lo s d ic ta d o s d e fu n c io n a r io s o f i ­
c ia le s. P r e fie r e n a le ja r se d e eso s a m b ie n ­
tes sin lib e r ta d , v iv ir e n la p o b r e z a y d ig ­
n a m e n te , d o n d e p u e d a n se g u ir p e n sa n d o
sin tr a b a s; y c u a n d o n o lo g r a n c r u z a r la s
fr o n te r a s d e su p a tr ia , se r e sig n a n a se g u ir
e stu d ia n d o , sin p r o d u c ir p a ra e l p ú b lic o ,
a c u m u la n d o sa b e r p a ra lo s tie m p o s b u e ­
n o s, q u e sie m p r e lia n d e v o lv e r . D e e se m o ­
d o , d e ja n e l c a m p o lib r e a lo s q u e n o a d ­
v ie r te n q u e la s tir a n ía s n o so n e l a m b ie n te
a d e c u a d o p a ra la s in t e lig e n c ia s , p u e sto q u e
e lla s tr a ta n d e s o m e te r la s a sus d e s ig n io s o
a sfix ia r la s.

Del editorial de “La Prensa99
A bril 8 de 1945

“La V anguardia”, siem pre alerta y vigilan te, es
uno de los periódicos m ejor docum entados de la
vida de escritores y artistas. N o ha perdido uno
solo de sus ficheros. Para m uestra, transcribim os
estos elocu en tes párrafos, del núm ero del 27
de m arzo:
Otro e jem p lo más: el p i n to r futu rista Emilio
Petto ru ti, que desde que regres ó al p a í s , si bien no
vo lvió a pin tar, se caracterizó p o r su a m o r al fa scis m o , clama p o rq u e quieren hacerlo aparecer “ co ­
mo c o m p a rtien d o una ideología contrar ia a sus
se n tim ien to s de h o m b re a m a n te de la lib erta d y
extraño en absoluto a to da bandería política que
no co n tem p le una co nducta d em o crá tic a esen cial­
m en te coinciden te con los nobles principios que
dieron fo rm a a n uestra C onstitu ción”. ¡Hay que
v e r . . . Hay que v e r cóm o se m u ltip lica n los B ernard y los P etto ru ti. Y habría que v e r que se
co n virtieran a la dem ocr acia A lbin o P ug n a lin , P ej e r to Osés, el chico G o yen eche, el m u y noble se ñor
de L a b o ug le, o Giordano Bruno Gen ta.
Y lógico es ta m b ié n que se les ponga en cua­
rentena su a r r e p e n tim ie n to , como se pone en
cuare ntena las m anife staciones d em o crá tic a s al s e ­
ñor P e tto ru ti, o las que p u d iera hacer m añana el
se ñor Baldrich.

#

•

•

En estos m o m e n t o s tan difíciles para los in d ife ­
re ntes, una p re g u n ta les resultará cáustica: ¿QUE
HA HECHO USTED P A R A EL TRIUNFO DE LA
D EM O CR AC IA? ¿SE MERECE UD. LA P A Z FU ­
TURA? Si p erm a neció im pasible, bien p u ed e ser
confundido co m o totalitario. Esto se lo v e n im o s r e ­
pitien d o desde el 39. ¿Persiste u sted en su posición
de neutral?
7

Xilografía de F. Masereel

e s e a p a r a te
L IB R O S D E L M E S
L.4 ESPADA D O R M ID A , por Manuel P eyro u . E d i­
torial Sur. Buen os Aires.
No es nada fácil el do m inio de los m ú ltip les re so r­
tes de la n o vela policial. El au tor que se en tre ga
a ese m ágico ju eg o d eb e estar d o tado de una i m a ­
ginación fértil. V ivim o s en un pa ís sin gracia i m a ­
ginativa. Las p a te n te s de in ven ción no han de
ocu par m u ch o espacio en las oficinas destin adas
- esas especu laciones de la inteligen cia. El t e m p e ­
ra m e nto i n v e n tiv o es tan p o b re que hasta en la
política carece de interés . Y no hablem os de la
propaga nda. Buen os Aires es la ciudad m ás opaca
del orbe. Del orb e comer cial y del orb e literario.
P o r eso la n arrativa argentina p u e d e darse po r
satisfech a con el libro de P eyro u . Su fu e rte origi ­
nalidad no la em p a ñ a cier to estilo m u y “asé p tic o ”,
d em asia do frío.
“La espada d o r m i d a ” necesitaría un aire po rteño,
ca llejer o , cotidiano. Ese tono que im p rim ier o n a
sus relatos los Bustos D o m ecq en aqu ellos “Seis
p ro b le m a s para don Isidro P a ro d i”, p recurs ore s
lúcidos de un gén er o en que Manuel P e y ro u consi­
gue notables aciertos. Com ienza m u y bien la n a rra ­
tiva policial de 1945. A g u a r d em o s, con se gura e s p e ­
ranza, el p o r v e n i r de este autor, p o r cier to nada
co m ú n en nuestra literatura.

© •

•

VIDA EN CLARO, por José M oreno V illa.
“Vida en Claro” es el lúcido títu lo del ú ltim o
libro, adm irable b iografía de José M oreno V illa.
P oeta que en “G arba” nos dió una m uestra de su
talen to creador, no dism inuido en ulteriores libros
com o el in olvidab le “Jacinta la P elirro ja ”, de p er­
sisten te m em oria en las m em orias del poeta. P ro ­
sista. logra M oreno V iilla, al poner en claro su
vida, una tal diafanidad de estilo que p u éd ese ten er
com o ejem plar. El español de M oreno V illa es
sencillo y lim pio com o su vida m ism a. Su n a tu ­
ralidad em erge de la razón que le asiste m ientras
escribe. Fervoroso de la única España que atra­
vesará las edades, vale decir, la que no ha oído
a Franco, el poeta y pintor y ensayista, logra un
libro de am ena lectura y de aguda sign ificación .
A lgunas páginas sobre su visita a B uenos A ires
lo m uestran com o refractario a esta tierra, com o
olvidadizo de ese lapso de su vida. P ero la certeza
con que traza retratos, figuras y p aisajes de su
España, lo redim en del error viajero.

•

•

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LA GRAN LITERATURA IBEROAMERICANA, por
Arturo T orres-R ioseco. Em ece Editores.
H abía una v e z . . . Había una v ez en P arís un
avispado grupo, por un lado sem ifrances, por el
otro sem icentroam ericano, pronto a repartir gloria
y con seguir condecoraciones. (D e ahí salió “El
hom bre que hablo en la S orb on a”, de G erch u n o fi).
Era una especie de A gen cia Cook de la nom bradla.
En Torno a esos bien in ten cion ad os ciudadanos la ti­
nos giraban nom bres de escép ticos y hasta h u m o­
ristas que servían de pantalla. Un banquete y una
Legión de Honor ten ían precio. Se llegó al curioso
ágape en que el orador de turno desconocía por
com pleto la obra y la persona a la que se le
dispensaba el hom enaje. “La A m érica co loread a”
se desquitaba de la in d iferencia francesa. E scritores
del b o u l e v a r d , caren tes de escrúpulos, se sentaban
a la cabecera y com ían a dos m andíbulas. Fué una
em presa provechosa que. ya en vísp eras de esta
guerra, acentuó su decadencia. L legaron a ten er
tal “celeb rid ad ” algu n as ex p o n en tes gen u in os de
nuestra fauna, que regresaban “con sagrados” por
“Le G au lois” y la prensa v en al de París. Y en
B uenos A ires v ivieron m ucho tiem po de la glorióla
parisién. V erdaderos indianos de la plum a, co n se­
guían ser recibidos por can tantes y v e d e t t e s .
El profesor Arturo Torres-R ioseco, nos parece
que sin darse cuenta, inicia la corriente la tin o a m e­
ricana de relum brón. Está creando en los Estados
U nidos un am biente, adecuado a la triste “con sa­
gración , confiado en la buena fe de los yanquis.
Su últim o libro es un batiburrillo, sin m étodo y
sin rigor, totalm en te alejado de nuestra realidad
Por cierto que al lector de U.S.A. le será d ifícil
situar a los escritores sudam ericanos con un m entor
tan arbitrario, tan poco conocedor de los problem as
de nuestra literatura. El “m uestrario” del señor
Rioseco nos hace recordar los opíparos días de la
anteguerra, abundantes en cen ácu los que la discreta
tolerancia francesa recibía con una sonrisa. ¿Sabráu
sonreír tam bién los norteam ericanos?

�MUSICA
Dirige
LEOPOLDO HLUTADO

El Grupo “ Mtenoración M u sica lApuntes de

ta m poco las busca en procura de un “ e f e c to ” .
Esta a m p litu d de con cepto está se rvid a p o r la t é c ­
nica más co m p leta , d otando a sus estru ctura s b á ­
sicas fo rm a les de un fu e rte acento personal.

viaje

a Cuba
D o * gratísimas sorpresas esperan al viajero que
llega a Cuba. Una de ellas es el descubrimiento
de un núcleo de pintores modernos —Víctor Ma­
nuel,

Portocarrero.

Mariano,

Peláez.

Ponce

de

León. Carreño, Lam. Orlando. Arche. Bermúdez.
etc.— de un valor individual y de conjunto como
quizá ningún otro país de América pueda presen­
tar hoy; y la insospechada existencia de un núcleo
de músicos jóvenes, agrupados bajo el título del
epígrafe.

De estos últimos q u erem o s o c u p a m o s aquí. El
Grupo, se gún reza uno de sus m a n ifies to s, “nació
en las aulas del Conserva torio Municipal de La
H ab an a, don de estudian com posició n casi todos sus
m iem bro s. Estos consideran un honor p o d e r traba­
jar en dicho C o n servatorio”. (Sin hacer c o m p a r a ­
ciones odiosas, ¿cuándo p o d rá salir de algún co n ser­
vatorio nuestro un grupo re no v a d o r de la música?).
Están capitanea dos p o r un j o v e n músico español,
José A r d évo l, radicad o de t iem p o atrás en Cuba
y p e r fe c ta m e n te identificado con su vid a artística.
En el con cier to de p re se ntación que el Grupo
dió en La Habana en junio de 1942. A r d é v o l definió
con tod a claridad sus alcances y propósitos: “No
creem os —dijo— m á s que en la música única y
eterna. Estamos co n ven cid o s de que la Música
N u eva y la Música An tig u a son en ver d a d la m i s ­
ma cosa, así com o d e que no vale la p en a d ed ica r­
se a la m úsica actual si no se v e en ésta la natural
con tinuación de la tradición antigua. El músico
d ebe r e t o m a r a la a rtesan ía, p ersiguiendo antes
qu e nada la calidad y la posible p erfe cción de su
traba jo. La Música no necesita de in terpretaciones
ni de alusiones a cosas que le son inferiores. La
música no es un espectácu lo —a pesar de que es
tan frecu en te ve rla ex p lo ta d a así— sino la crea ­
ción que m e j o r explica al h o m b r e ”.
Y m ás ad elante agregaba: “No ex clu im os n in g u ­
na diferen cia person al m ien tra s no signifique una
con trad icción a los prin cipios esenciales de la m ú ­
sica. No nos interes an los “ ism o s” ; los a cep ta m o s
sólo co m o cosas que ya p er ten ecen al pasado, y
com o resultad o in evita b le de causas que les son
superiores. Y p o d ría m o s añad ir: el odio al humo,
a la se rpiente, al p olvo, a la se lva, a lo exótico, a
los ríos que se d e s b o r d a n ; el a m o r a la con stru c­
ción, al dibujo, a lo angélico, a los cu er p o s, a los
pies l i g e r o s . . . ”
Con sus ojos perspicaces, que brillan detrás de
los an teojos, A r d é v o l mira, juzga, aprueba o d e s ­
ap ru eb a. Realiza una labor musical y pedagó gica
en orm e, y, según dice, com pon e co n sta n tem en te.
Las re un iones que el grupo celebra en el con ser­
vator io de Orbón, o en la bella residen cia de A lejo
C a rp en tier —uno de los escritores m ás originales
e in teresan tes de Cuba— son ejem p lo s de afán
corpora tivo, de comunicación espiritual, de d iscu ­
sión v i v a y alerta de todo lo que concierne a la
mÍLsica.
La obra de A r d é v o l es ya nutridísim a, y se
a cr ecien ta de continuo. S eñ alarem os en ella sus
dos Con ce rti Grossi, su p rim era Sinfonía, de 1943
(está term in a n d o a ctu a lm en te la se gun da); su Con ­
cier to para tres pian os y orqu es ta, el Concierto
para piano e in stru m e n to s de vien to , sus varias
sonatas para piano, varios cuartetos, etc. Mención
especialísima m erece su ballet “Form a”, au daz t e n ­
ta tiva de crear en el a m b ien te un poco provincial
de La Habana una obra de gran originalidad y de
la con cepción más moder na.
Este ballet, de a rg u m en to filosófico —es la lucha
del h o m b re en pro cura de su perso nalidad y en la
consecución de su destino— con un p o em a adi cio­
nal de José L eza m a L im a , está escrito para o rq u es­
ta y coro, este ú ltim o en el p apel de es pectador
lírico de la escena coreográfica. La partitura, es­
crita con la m a y o r libertad de expresión y utili­
zan do los recursos de la técnica musical más m o ­
derna, aunque re sp eta n d o los antiguos m o ld es del
ricercar, del rondó, etc., triunfó gracias a los in fa ­
tiga bles esfuer zos de A r d é v o l para llevar a la c o m ­
prensión de la orq uesta y del coro un estilo
nuevo, erizado de dific ultades insólitas para los
ejecutantes.
En sus ob ras A r d é v o l hace un am plio uso de los
recursos a rm ónicos según su adecuación expresiva.
Utiliza el pian o ya co m o i n str u m e n to de percu sión ,
con acor des densos, ya como pu ra línea c o n tra p u n ­
t i s t a . Su ex p resió n es p o r lo general áspera y
fuerte, y sus recursos in strum e nta les sie m p r e n o ­
vedosos. No vacila ante ninguna audacia sonora
cuando así se lo ex ige el sentido de la obra, pero

Entre los discípulos de A r d évo l, la figura que
por el m o m e n to acusa una perso nalidad más d e s­
t acada m e ha pare cido se r la de Harold Gramatges.
Este j o v e n músico ganó p o r concurso una beca
para p erfe ccionar sus estudios en los Estados Uni­
dos, y en su obra tiene ya realizaciones i m p o r t a n ­
tes. Señalare m os la música para el ballet “lc a r o ” .
sobre coreog rafía de Lifar, escrita ex clu siv a m e n te
para in stru m e n to s de percusión y piano, audaz en ­
sa yo que fué coronado po r el m a y o r éxito. La
partitu ra fué co m p u esta después de estar planeada
la coreografía, a la manera de las películas.
G ra m a tg e s es m u y lim pio y pulcro en su es cri­
tura, cualidad es estas que son las car acterístic as
de to do el Grupo. Su flex ib ilid a d de fraseo co n tra pu n tístico le p e r m it e crear obras de gran extensión
a dos vo ces reales, con su m a m o vi l i d a d m elódica;
no hay nada en ellas de su p erp u esto ni del relleno;
to do está henchido de jugo e x p resivo ; y la ex tr em a
diafanidad de la tram a no ex c lu y e un lirismo í n ­
tim o, una particular m anera de pleg a r la línea m e ­
lódica a un co ntenido poético que no es el m en o r
de sus encantos. Tiene G ra m a tg e s en su haber,
adem ás, una Sonata para piano, un dúo para flauta
y piano y otras obras intere santes, que p e r m ite n
augurarle un halagüeño porven ir.
La perso nalidad del j o v e n co m p o s ito r Julián O r­
bón ofrece t a m b ié n característic as propias.
Su
t e m p e r a m e n t o es im p u lsivo , arrebat ado , su dicción
rápida y fu e r t e m e n t e expresiva. Su escritura es
fron dosa, y busca im p o n erse m ás p o r el impulso,
p o r el élan, que p o r una ord enada expos ición de
sus elem entos. La cu idadosa arq uitectura, el ju ego
de las vo ces in t e r m e d i a s , la ju sta concatenación a r ­
mónica, todo des aparece para el o y e n te en el a r r e ­
batado torbellino de su música. Su t e m p e r a m e n to
apasionado y ardoroso pare ce no te n e r frenos ni
obstáculos en el teclado. Música intrincada en su
forma, lleva en sí una poder osa fuerza, un ardoroso
fuego interior que la hace su b yu g a n te, a p esa r de
se r m u y co m p leja y difícil. Las vo ces y los r i t ­
m os se su p erp o n en en un laber into in extricable y
ese cuer po sonoro es m o v i d o p o r el avasalla dor í m ­
p e t u de su espíritu, ansioso de expresa rse t o t a l ­
m en te en cada partícula de su obra. De Orbón
se conocen dos danzas para “La Gitanilla ” de C e r­
va n tes, un Toccata y una Sonata para piano, ca n ­
cion es con te x to de García Lorca, un Capricho
concertante para orques ta de cámara, etc.
Un t e m p e r a m e n to m u y fino es el de Virginia
Fleites. (Uno de los aspectos m ás sim páticos del
G rupo es co ntar en su seno con músicos f e m e n i n o s ) .
Su m úsica busca el estilo de los gra ndes c l a v e cin istas del siglo XVIII y se siente m u y cóm oda
en él, aunqu e dotándolo de un conten ido bastante
libre y m oderno. Gu stan a su espíritu las a n t i ­
guas form as, las delicadez as del lenguaje d iecio ­
chesco, que ella sabe im p reg n a r de una sutil m u ­
sicalidad, con un contrapunto fluido y elegante.
Se so m e te con facilidad a las rígidas n orm as de
los v ie jo s m a estr o s del teclado, per o inculcándoles
una expresión n u eva y propia. Su acento delicado,
ex p u esto lib rem en te y sin trabas, encuentra en
ellos el camino m ás seguro y eficaz para d e s e n v o l ­
verse. Ha escrito una Pequ eñ a Suite para piano,
una Sonata de cámara, y otras obras.
Hilario G onzá lez rep resen ta en el Grupo la t e n ­
dencia a u tilizar en la música culta elem en to s p r o ­
ven ien tes del fo lklo re cubano, ten den cia que tu vo
su m á x im o re p resen ta nte en el m alogra do A m a d eo
Roldán. Esto propor ciona a su m úsica una e x t r a ­
ordinaria riqueza rítm ica. G o n zá lez es uno de los
que se han a den trado más a cer ta d a m en te en el d i ­
fícil pro b lem a de insertar las fo rm a s espontánea s
del folklo re en las re flex iva s de la música e s tr u c ­
turada, aunque n a tu ra lm en te no p u ed e eludir lo
rapsódico y anecdótico que es la consecuencia fatal
de dicha tendencia. La d estreza con que Hilario
González ha sabido a p ro v ech a r los riq uísimos e s ­
qu em as rítm icos populares de Cuba le p e r m ite sa l­
JULIÁN ORBÓN

var la m a y o r p a rte de los in co n ven ien tes de este
origen y crear obras de gran v iv a c id a d y f uerte
sabor regional; pero el p ro b lem a , para él y los
de su escuela, residirá sie m p r e en la superación
de ese p r i m e r plano y la creación de una música
que v a y a m á s allá del fácil atra c tivo racial y e x ­
terno, que ahora of rece n sus Danzas A fro cubanas
y su Pre ludio en conga.
Edgar do Martín co m p a r te las tare as de la c o m ­
posición con las de la musicología y la crítica m u ­
sical en uno de los m ás i m p o rta n te s diarios de
Cuba, crítica que e j er ce con m esura y auster idad.
(De paso diré que el Grupo está re no v a nd o la c r i ­
tica m usical cubana, en gener al casi tan mala como
la nuestra). Esas cualidades de p ro b id a d , de f a c tu ­
ra limpia y expresión pro fu n d a se hallan ta m b ién
en su música, unidas a un lirismo, a una ven a
poética que tra nspare nta a p esa r su yo en cierto
uno de los j ó v e n e s de m ás p o r v e n i r del Grupo, y
así lo ates tiguan su Sonata para piano, sus R o m a n ­
ces, y “La m u e rte de la b a ca n te” pa ra contralto,
flauta, c o m o inglés y fagot.
El ta lento de A rg eliers León p re sen ta ta m b ién
m ú ltip les facetas. Enseña en el Conserva torio M u ­
nicipal Teoría de la Música, Historia de la m ism a
y Psicología musical, disciplinas pa ra las cuales ha
redactado excelen tes textos.
En su música, León se caracteriza p o r su riquez a
rítmica. En sus Cuatro Inve nciones para piano,
po r ejem p lo , trata t a m b ién tem a s folklór icos en un
co n tra p u n to a dos vo ces de e x t r e m a f lu id e z r í t ­
mica, así com o de gran sim p licid a d de diseño. Su
línea melód ica, d es en vo lvién d o se en gracioso ara ­
besco, da a su escritura una in co m p a ra b le va ried a d
de contornos, que se percib e con claridad gracias
a la lim pieza de la ejecución. En su Sonata para
piano tra b a ja con riquez a im a g in a tiva ritm o s e n ­
co ntra dos y contra punteados, llevándo los con su
aco stum b ra d a d estreza de m o vilid a d . Esto es lo
que da ver d a d e r o sa bor cu ban o a su música y no
la tem á tica p ro p ia m en te dicha; está logrado el a m ­
biente, la at m ósfer a, más que la copia o la i m i t a ­
ción de elem en to s to m a d o s de la re alidad. Su
obra co m p ren d e, a d em á s de las Inve nc ione s, una
Sonatina para piano, una Sonata pa ra tro m p eta ,
tro m b ó n y percusión, cuatro escenas de ballet, p a ­
ra tro m p eta , clarinete, piano y percu sión, diversa s
canciones y música coral. En algunas de estas
obras se p ro p o n e León cr ear a m b ien tes t íp ic o s.
Serafín Pro. otro de los in teg ra n tes del Gr upo,
m u estra ta m b ién en su m úsica las cualidad es d o ­
m in an te s del m ism o : lim pieza y claridad de f a c t u ­
ra, con trapu n to flúido y elocución ceñida. Su Suite
Clásica para piano es un p o n d era b le tra b a jo de
im itaciones a dos voces , con un sabor peculiar en ­
tre arcaico y moder no. Toda su m úsica revela
una disciplina clásica m u y seria, que Serafín Pro
deberá su p era r m ás ad elante en procura de una
expresión actual m ás au téntica.
En el Pre ludio y Giga de Gisela H er nández , asi
co m o en su Sonata para piano, hay una graciosa
invención melódica , ex p resa d a con se ncillez y ló­
gica consecuencia, que hacen que estas obras se
escuch en con agrado, p e r m itie n d o ap re ciar la f i ­
nura de los detalles y su delicad o a m b ie n te es p i­
ritual. Es otra de las com positoras j ó v e n e s de
Cuba en plena form ación to d a vía .
v
Desg ra cia d a m en te nada hem os po d id o oir de los
restantes m i em b ro s, Juan An to n io Cámara, Esther
R odríguez y Enrique A p a r ic io , que c o m p leta n por
ahora el G rupo y qu e han estrenado obras en los
concier tos dado s p o r el m ism o. De más está d e ­
cir que to d o s estos músicos se honran con la
h ostilidad de buena p a rte de la critica p e r i o d ís ­
tica, inclinada a f o m e n ta r el “ c u b a n ism o ”. Parece
que Cuba está en tran do recién en el p erio d o del
seudo nacionalismo musical, del cual nosotros —por
fin — v a m o s saliendo, po r lo m en o s en las m a n i ­
festaciones su periores de n uestro arte.
La música de Cuba, b ru sca m en te tronchada por
la p re m a tu r a y trágica m u erte de A m a d e o Roldán
y A leja n d r o García Caturla, renace con el Grupo
a nueva y esperan zad a vida.

HAROLD GRAMATGES

8

L. H.
JOSÉ ARDÉVOL

�UNA NUEVA ENTIDAD EN PLENÜ
CENTRO CULTURAL DE Rs. AIRES
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3 2 - 01 0 2

�TEATRO
Dirige
MARIA ROSA OLIVER

El es t r eno del
LiZ dramaturgia de Federico García Lorca es
una consecuencia evidente de su lírica. Tan hen­
chido está su verso de substancia vital. de grave
m ovim iento.

de

colores

calientes,

de

plástica

airosa, q u e , por fuerza. había de expandirse en
esa forma fundamentalmente humana que es el

t e a t r o

A

ven id

LA CASA DE
BERNARDA ALBA

teatro. Sus canciones tiernas e infantiles del “Li­
bro de Poemas" se convirtieron en los romances
sangrientos de los gitanos y en el estremecido
"Llanto

de Federico (¿arcía horca

por el tore ro. y con desarrollo dramático

semejante al lírico “El maleficio de la mariposa”,
fábula escénica, se trocó en el poema trágico de
la pasión, de los irrefrenables instintos germina­
tivos , y, también, en la doliente elegía de la mujer
olvidada. Próximos y directos o indecisos y leja­
nos. los antecedeentes líricos se adelantan en la
memoria cada vez que ha de examinarse una obra
teatral del poeta.

“La casa de Bernarda A lba” —drama postumo de
Lorca estrenado por Margarita X irgu— los ofrece
tal cual las anteriores creaciones escén icas del
autor de “Yerm a”. Como en ésta m ism a, no son
ni precisas ni inm ediatas aquellas referencias. P e­
ro bien puede advertirse que la idea de la m ujer
encerrada y cohibida, sin natural posibilidad de
cumplir su función de amor fecundo, se vierte en
la estrofa desde las horas de la adolescencia lírica.
Ya un día de 1918, García Lorca escribía en un
poema elegiaco estos versos:
“ Como un incensario lleno de deseos,
Pasas en la tarde lum inosa y clara
Con la carne obscura de nardo m archito
Y el sexo potente sobre tu m irada”.
Y en el “Poema del Cante Jondo” repetía de
otra manera esa lam entación a la recluida Amparo:
“ ¡Qué sola estás en tu casa!
Esta idea había aparecido en el teatro de García
Lorca anteriorm ente a “La casa de Bernarda A lba”.
En realidad, la afirm ación categórica de la mujer
que rechaza todas las trabas para amar según los
dictados más enérgicos de su condición, aparece
en “Bodas de sangre”. Este im pulso vital directo
se com plica espiritualm ente en “Yerm a” y, a causa
de ello, se contiene, por cuanto esa m ujer fina y
profunda no concibe un hijo sin honra, puesto que
es una esposa y no, sim plem ente, una hembra
buscadora de la m aternidad sólo por instinto como
las irracionales. Y en “Doña R osita”, el mismo
deseo, entibiado, se malogra desvaídam ente por
obra del abandono. Ahora, en el últim o drama
lorquiano, aquel arrebato sexual, legítim o o no le ­
gítim o, tropieza con la cruel hipérbole de la trad i­
ción castellana del honor.
Es curioso señalar —aunque sea una digresión—
que esa tradición exacerbada com prende el honor
familiar, el honor conyugal, el honor en todas sus
fases posibles. . e im posibles. Así, el español —el
hispánico —en general— no cela su honor m atri­
monial, únicam ente, como cristiano esposo m onó­
gamo, sino que se siente ofendido de igual modo
en sus relaciones am orosas extralegales, com o el
bigamo m usulm án. Tiene un concepto del honor
a b so rb en te... y elástico. Per más que Federico
García Lorca hiciera burla de tan trem enda cu es­
tión en el “R etablillo” y en “Don P erlim plín”, la
honra le inquietaba, naturalm ente, com o a cu al­
quiera. “ ¡Al agua se tiran las honradas!”, grita
la Madre de “Bodas”. Yerma —queda anotado—
pene su honor sobre su enloquecedora pasión m a­
ternal. Y la misma coqueta Zapatera no se rinde
ni al Corregidor in flu yen te ni al mozo más guapo
que haga piafar la jaca más blanca ante su v en ­
tana de hierro y clavel. Por todo ello, “La cas?,
de Bernarda Alba” se aproxim a por su fondo a la
raíz de Calderón, según lo dijim os hace tiem po
—perdónese el recuerdo propio— y se aleja de la
corriente de Lope de Vega, en cuya obra —lo ob­
serva Vossler, agudam ente— “la locura de amor
no es un problema, sino un resorte”. En cam bio,
en la calderoniana la enajenación amorosa es for­
m idable, los celos son “el mayor m onstruo” y Don
Gutierre posee un concepto del honor realm ente
absurdo por lo retrospectivo, com o lo prueba al ser
“médico de su honra”. Mas la influencia —mejor
diríase la consanguinidad— lopesca no deja de ser
evidente aún en esta obra donde el anhelo lírico
tiene tan escasas fugas. Ahí está para demostrarlo
la ronda de los segadores, que trae a la m emoria
la de “P eribáñez”, canción popular inventada por
su “ poder de gran artista m etido en la raíz afectiva
de su pueblo”, según lo apunta Dámaso Alonso al
referirse a este drama en su ensayo “García Lorca
y la expresión de lo español”.
Lo m ism o que l ’namuno, V alle-Inclán, Antonio
Machado, se va haciendo castellano García Lorca
a m edida que desarrolla su creación dram ática. Esa
Castilla —Castilla es substanciaim ente drama— que
le atrae poco a poco y le subyuga, se presenta ya
en “Bernarda A lba” dura como su m eseta, rigu­

rosa com o el bochorno de su estío. Y es ella la
que le dicta escuetam ente, in exorab lem en te, su dra­
ma final con puntos de tragedia.
“El poeta advierte que estos tres actos tien en la
intención de un docum ental fotográfico”. Federico
García Lorca anticipaba así su inclinación hacia
formas realistas, recogiendo su libertad poética, a
fin de dar mayor brío al conflicto, acaso para que
Ja obra no pareciese a Juan Ramón Jim énez —tier­
no y punzante en la ocasión— una “zarzu elita”
más. Pero ¿hasta dónde iba a llegar este poeta que
siem pre esfum aba la vida —com o su gran M aes­
tro— en su no m uy convencido propósito de im ­
primir seca realidad a su “ drama de m ujeres en
los pueblos de España”? No m ucho más lejos que
cuando se entregaba de lleno a la poesía. Veam os
cómo la m ateria hum ana 9e alquitara y se difum ína, efectivam en te, por gracia del poeta.
El sim bolism o leve que aparece siem pre en la
creación teatral de Federico García Lorca está pre­
sente, tam bién, desde el primer instante, en “La
casa de Bernarda A lba”. A esta Bernarda es d ifí­
cil tomarla com o un personaje de caracterización
individual. Una viuda reincidente, m ujer que dió
al amor todo su alcance en la vida, se m ostraría
poco natural, en una interpretación psicológica, d i­
recta, respecto a la enconada clausura de las hijas.
Queriéndolo o no, se erige indudablem ente en una
figura representativa de la tradición castellana del
honor. Esta silueta sim bólica, donde culm ina en
hosquedad la soterrada poesía del drama, tien e su
oposición en el perfil de la A buela, esen cialm en te
lírico —lo dice su canción de cuna—, cuyo desvarío
inocente es un him no m uy hum ilde a la libre p le­
nitud del amor en los cam pos fértiles o en la orilla
del mar. El jinete, esta vez invisible, no deja de
redoblar con su galope en “el tambor del llan o”.
Es, como en cada una de sus m anifestaciones, un
heraldo de amor y de m uerte; es la m ism a m uerte
que viene a buscar por florecidos senderos n oc­
turnos a la más joven, a la elegida entre las d on­
cellas encarceladas. Esta m ujer quem ada se alza
como un im pulso vital; es la pasión que se desbor­
da ciega y pujante, es la propia corriente de la
vida lanzada en su rapto fecundo, sin im portarle
el in evitable aniquilam iento postrero. Ahí, entre
esas dos figuras, está la boda —unas veces presente,
otras inm ediata— con su aroma de azahares m al­
ditos. com o en los poem as anteriores; con sus sáb a­
nas de encaje que siem pre se tornan en banderas
trágicas. La ráfaga pagana vuela dejando un rastro
de fragancia perturbadora. Como en “Bodas de
sangre”, como en “ Yerm a”, la Criada —o la Vieja
cam pesina—, rotunda expresión de la vida agreste,
evoca la cabalgata lasciva de Paca la Roseta, d es­
nuda y cruzada en el caballo com o un guitarra
al viento. La superstición se vislum bra en la ago­
rería de la sal derramada y las perlas del an illo
nupcial. Y el llanto se reproduce con las Plañideras
entre la salm odia de rezos y m urm uraciones. Todos
ellos son atributos m uy sign ificativos en la obra del
poeta y del dram aturgo, y se presentan nuevam ente
con esa fundida m ezcla de em blem a hum anizado y
de hum anidad estilizada, que se com pleta siem pre
con genuinas sustancias telúricas en el taller im a­
ginativo de Lorca.
I^as “ dram atis persona?” del teatro lorquiano son
criaturas de tierra y nube. En su realism o tam izado,
esta vez el poeta las caracteriza más, con rasgos
tenues y agudos a un m ism o tiem po. Y les ha
dado nom bres de pila. Ha determ inado una d ife ­
renciación espiritual entre todas esas m ujeres que
viven “m etidas en alacenas”. Sabem os que una es
enferm iza y grosera, otra contrahecha y envidiosa,
aquella tím ida, esta descarada, la menor “una m ulilla sin desbravar” ; sabem os que puede incidirse
en el com plejo de inferioridad y en los im perativos
categóricos de la salud más joven y fresca. Son
estos trazos m uy bien conseguidos para el dibujo
de la fam ilia de las Alba, y revelan cóm o el dram a­
turgo llevaba de la mano al poeta para lograr una
psicología mayor en sus personajes.
Cabría hacer, sin em bargo, un paralelo entre estas
figuras fem eninas y otras de obras com puestas a n te­
riorm ente por García Lorca. La Madre de “Bodas”,
tan opuesta a Bernarda, se m uestra extraordinaria­
m ente varona en el final del segundo acto —pide
un caballo, casi romo Ricardo III—, y cuando se
quedó viuda no hizo otra cosa que 'mirar “a la
pared de en fren te”. La de Alba “tapia con ladrillos
ventanas y puertas”. La N ovia n ecesita un “río
oscuro lleno de ju n cos” para apagar su fiebre, sus
llagas. Adela siente un fuego “levantado por pier­
nas y boca ’ y mira los ojos del hom bre com o si
“bebiera su sangre len tam en te”. La P oncia es h er­
mana m elliza de la Criada, la Vieja Pagana y el
Ama de Doña Rosita. Todas estas criaturas se a se­
m ejan tanto porque son, en verdad, m ucho más
representativas que individuales y porque están
hechas de la misma aleación de sangre y estrella
9

Aún cuando su m edio es brusco, están rodeadas
de una atm ósfera poética. El poeta no ced e al pro­
sista en la m etáfora, en la riqueza im aginativa
dentro de la parquedad del estilo. Si bien algo más
directo, todo el diálogo está lleno de Camaradas
líricas, desde las “cuatro mil bengalas am arillas en
las bardas del corral” hasta el caballo blanco y
redondo —poderosa representación del m acho— ,
grande com o una aparición en la oscura noche
estrellada. Late esa poesía, unas veces grave y
negra, según corresponde a día de duelo y cam p o­
santo, en la salm odia cereada de la viuda, y en
otras ocasiones alegre e in citan te en la m elodía de
los hom bres que pasan:
“Abrid puertas y ventanas
las que v iv ís en el pueblo,
el segador pide rosas
para adornar su som brero”.
P oesía inquieta y am arga en el discurso de las
m ujeres enlutadas y encendidas, en el contraste de
la calm a exterior de siesta y rosario, y en el “n u b lo”
oculto de la pasión; poesía de som bra y relám pago.
Podía esperarse, acaso, que esta poesía se levan tase
y cuajara con m úsica y resplandor, com o en el co rte­
jo nupcial de “Bodas de san gre” o en las sonrientes
lavanderas de “Y erm a”. El poeta no lo quiso por­
que el drama no lo pedía, y eso cabe lam entarlo,
pero no confundirlo. A este respecto, hay que dejar
“La casa de Bernarda A lb a” en el plano que le
corresponde: el del drama poético; no el del poem a
dram ático. Drama de la virginidad custodiada por
un orgullo despiadado y estéril, drama de la castidad
forzada e im puesta sobre los naturales deseos de
la sangre, drama del corazón que se rom pe contra
las rejas de su fría, de su oscura prisión.
Vem os, en con secu en cia finaJ, que el neorrom anticism o del teatro lorquiano, incluido en la am plia
y d iversificada ten dencia actual de la literatura
dram ática, se atem pera a pesar de sus elem en tos
poéticos, en “La casa de Bernarda A lb a”, para a ju s­
tarse, para ceñirse a una realidad más asentada,
de m enor figuración, pero siem pre estilizada. El
procedim iento im porta para el drama una m ayor
unidad, pues ni las fugas líricas cortan el d ese n ­
volvim ien to norm al de la fábula, ni la fantasía de
un trasm undo la divide en dos planos distintos. Un
decidido propósito de concentración del tem a y de
igualdad en el tono, hacen de esta obra la más
hom ogénea y prieta creación dram ática de Federico
García Lorca. Hay en ella una seguridad en la
gradación del desarrollo, ausente en com p osicion es
anteriores; una gradación d ifícil por cuanto, luego
del p lanteam iento, el con flicto perm anece laten te,
con grave palpitación hundida, durante todo el acto
segundo —el de m ejor facura— hasta la últim a
escena, y durante toda la tercera jornada —un poco
presurosa— hasta la exp losión final. Esta dificultad
está salvada con una gran habilidad técn ica r e v e ­
ladora de los progresos que hacía en Lorca el
escritor de teatro. La calm a aparente, presagio
insinuado, prepara con exactitu d aq u ellas dos situ a ­
cion es de potente vibración hum ana: la prim era
de una autenticidad dram ática innegable; la segunda
el m em ento más legítim am en te trágico de todo el
teatro de G arcía Lorca. Este crecim ien to de la
m aestría en el “o ficio ” —palabra que le gustaba
al poeta— dem uestra que ya cuajaba, en la bien
fundida unión de los elem en tos con cep tivos y los
procedim ientos form ales —drama, poesía, p en sa­
m iento, técn ica —, la obra cim era del teatro español
en el siglo vein te, gem ela de “La vida es su eñ o ”
en el décim o séptim o.
Margarita Xirgu ha cum plido un largo em peño
de arte, que debe ap radecérsele, no cejando desde
que tuvo noticia de que se había salvado el m anus­
crito de G arcía Lorca hasta conseguir el estreno
del drama. Este fervor se ha logrado por fin en
el teatro A venida —donde diéronse a conocer “La
zapatera p rodigiosa”, “Mariana P in ed a ” y el “R eta­
blillo de Don Cristóbal” —con una representación
muy viva de la obra, que ofrecía, sin duda, no
escasas dificultades, sobre todo, para una com pañía
heterogénea, a la cual no pudo su directora ajustar
a un estilo. Tam poco pudo evitar que la su p erfi­
cialidad de algunas actrices afectara dem asiado a
sus respectivos personajes. La interpretación, en
conjunto, se vertió un poco exteriorm en te cuando
exigía una introversión, una con cen tración m uv
densa. M argarita X irgu perfila el tipo de Bernarda
con su espíritu acendrado, con profundidad de
expresión y adem án plástico. Isabel Pradas, Pilar
Muñoz y Celia Gám ez m erecen una m ención. A n to­
nia Herrero, tan buena actriz, no puede dar a la
Abuela, por su fuerte m odalidad escén ica, el lirism o
que eleva esa figura. De la escen ografía de San­
tiago Ontañón cabe destacar el decorado del acto
tercero.
ALFREDO DE LA GU A RD IA

�El e s t r e n o

d e l T e na t r o

Un

Odeó

"•frróa im o #/
sa
alaioliatla**

“ La novia «le arena** es
un feliz intenlo draniálieo
j?
a lu cin acion es y los sueños, tan pródigos en
v arian tes literarias desde la ju ven tu d de A lain
F ournier y la m adurez de G iraudoux. gravitan con
in q u ieto poderío sobre la heroína de “La novia
de arena*’, leyen d a dram ática que com porta el p ri­
m er in ten to teatral de U lises P etit de Murat y
H om ero Manzi.
Elisa, que con ayuda de S hakespeare puede ser
d efinid a com o la O felia del R iachuelo, presencia
el arribo de un náufrago que de antem ano es su
prom etido. Su im agin ación extrem osa y la am arga
elocu en cia de Jane, han creado esa atm ósfera
p renupcial.
Las salin as deid ad es del mar, que devoran h om ­
bres y m utilan barcos, están p resen tes en el diálogo
de esta obra in ten sa y delicada. B ueno es señalar
que la acción se desarrolla en años de guerra, y
que el padre de Elisa — autor de m ú ltip les b atallas
n a v a les— es un je fe in vestid o de gloria. El n áufrago
que a cced e al am or de aquella, m uere com batiendo
a las órd en es del victorioso alm irante. La rom ántica
m uchacha elig e una m uerte paralela y se destina
al mar.
Si bien los au tores no se dejaron avasallar por
el im perativo de p erfección , han organizado sus
elem en to s dram áticos con destreza continua y la u ­
dable eficacia. A lien ta en ellos una in ten ción evocativa, y se autorizan de cierta leyen d a que arraigó
en las riberas del P lata y que se vin cu la al presunto
su icid io de Elisa Brow n. P ero U lises P etit de Murat
y H om ero M anzi sólo vieron un punto de partida
en estos im probables o ilu sorios h ech os. A n tes que
su fid elid ad a la heredada anécdota, im porta el
destino que le dieron, su reverberación artística.
Y es grato señalar que una fu erte dulzura y un
desolado esplend or irradian las escen as que d efinen
el carácter de la desdichada Elisa.
La fronda m etafórica gravita n otab lem en te sobre
el d iálogo y por m om en tos d etien e el curso de la
acción. A u nque esa op u len cia es poco alentadora,
no la señalam os con rígida in ten ción pu n itiva. Otra
cosa im plicaría caer en la vacilación o dualidad
de q u ien es “so licitan p o esía ” cuando el len gu aje es
t

as

-

llano y desnudo, pero que abom inan del estilo p oé­
tico cuando la obra com entada sobrelleva un diálogo
fastuoso y cincelado.
No son pocas las situ acion es pródigas en persua­
siva fuerza dram ática y, las m ás veces, los perso­
najes aparecen regidos por sus propios im pulsos
y sentim ien tos. Pero las criaturas dram áticas de
“La novia de aren a” no difieren por su idioma
sino que se m uestran dom inadas por las m ism as
propensiones verbales. Un dadivoso fervor cu lte­
rano las id en tifica en la sin écdoq u e y la m etonim ia.
P ese a lo dicho, este considerable drama puede
inscribirse en esa nueva proyección teatral que re ­
basa los preceptos del realism o escén ico y que no
in tenta persuadir m ediante la reproducción facsim ilar del m undo extern o. Los hechos son p resen ta­
dos desde una p erspectiva poética y, por m om entos,
alucinatoria. Las su gestion es del mar y de la noche,
los hom bres dados a la guerra, la calm osa vida de
las ad olescen tes en el Buenos Aires casi agreste
de la prim era m itad del siglo pasado, la patética
nobleza que prestigia (P oe y Rilke lo dijeron de
algún m odo) a la juventu d que se desposa con
la m uerte: todo con trib uye a rodear de sublim ada
y com pleja herm osura a los personajes de “La novia
de aren a”.
Los elem en tos gratos al vasto público —un bello
náufrago, un concurrido oratorio, una joven v u ln e ­
rada por el en su eñ o— no m enoscaban la básica
dignidad de esta realización venturosa. Sus artifi­
cios parciales no im piden la em oción ni le restan
jerarquía artística.
Sobria y natural. D elia G arcés se reveló una
actriz de estim ab les dotes. Identificada con la pro­
tagonista, supo dar exp resión al infortunio que la
in voca y oscurece. Se plegó sin esfuerzo a sus
m udanzas aním icas y, en los m om entos d ecisivos
de la obra, en sayó la entonación dram ática con
vigor un tanto secreto. O restes Caviglia, generoso
de aciertos, cum plió una labor valiosa y destacada.
M ilagros de la Vega, Enrique Diosdado y D om ingo
Sapelli no desanim aron el noble y su gestivo esp ec­
táculo.
CARLOS MASTRONARDI

El

eSt

r

e

n

o

" E l A va ro
r f&lt; &gt;

M o lie r e
éx ito tan g ran de com o natura l —aunque para
algunos haya sido una so rp resa—. no artístico
m
sino tea tra l p u ra y s i m p l e m e n t e , o b ten id o p o r la
ver sió n de la céleb re c o m ed ia m o lieresca p re sen ta d a
p o r Cunill Caba nellas y p ro ta g o n iza d a p o r Luis A r a ta, no y a ce s e g u r a m e n t e , y com o algunos creerán,
en las v i r t u d e s literarias de la obra ni en el rango
in n eg a b le de la versió n que d ia ria m en te se gusta
en el tea tro B uenos Airs, y sí, se gún m i s e n t i r ,
en la in su p era b le eficacia cóm ica de la piez a, que
p ese a cu alquiera ín dole de cortes y m o d ifica c io n es,
se an cu ales f u e r e n , c o n s e r v a , m ás allá de tod a poda
m ás o m e n o s critica b le —eso v a en opiniones— la
r o b u s te z y sa via del i m b a tib le tronco original. Tipos,
situaciones , lenguaje, m a tic e s y d e m á s in g red ien tes
co m u n e s a toda gran creación escénica, dén senos
aquí re u n i d o s , no p o r in sp iración d ivin a y sí com o
resu lta d o de la larga, larguísima ex p erien cia teatral
de su autor, qu e a lo largo de toda una existe ncia
de estud io y afición, fué co n sta ta n d o los efectos,
p ro b a n d o los chistes, e s tud ia n d o las situaciones,
o b s e rv a n d o los c a ra cteres y, re su m ien d o en f i n ,
hasta de stilarlas en sus m ás p u ra s esencias y en
in cre íb le p u rez a las in a ltera b les sales de lo cóm ico
en cu ya dosificación eficaz n ad ie ha p o d id o ja m á s
a ve n ta ja rle .
M a estro en el arte de hacer reír, la bondad de
su ingenio quizás no su p era d o es fácil de c o m p r o b a r
en su actual e f e c t i v i d a d en cu alquiera de las r e p r e ­
se nta cio n es que d i a ria m en te se ce lebran a teatro
llen o , y en las que el p ú blico —ni buen o ni malo,
ni culto ni incu lto— se ríe a más y m e j o r con las
d e s v e n t u r a s del buen avaro, que si ahorra, lo hace
en to d o m e n o s en dars e d isg ustos a sí m ism o y
en hacer re ír a los d em á s. De ahí nuestra g ra titu d
para con él, d es graciado alguacil de sus entrañ as
sin sosiego ni des canso, al p a r que im p o sib le su jeto
de nu estro renc or, ya que en su pro p io p eca d o lleva
la p ro p ia p e n iten cia : fam ilia, servid o r es, amigos,
c o n f id e n te s m ás o m e n o s leales y hasta el propio
d e s t in o , se a únan fá c i l m e n t e para salirse con la
su y a y d e ja r le con su a d o ra d o cofrecillo que a ellos
nad a les i m p o rta y a él no le ha s e rv id o más que
para q u ed a rs e con dos p a lm o s de narices. La m o r a ­
leja se d e s p r e n d e p o r sí sola y la v ieja co m ed ia
de P la u to, d e s p o ja d a de su p r i m i t i v a ru deza y e n ri­
q u ecid a en su ingen ua sim p licid a d , sigu e tan fresca
y v i v a c o m o sie m p r e , evid e n c iá n d o n o s que no es
una nieza pa ra que ú n ic a m e n te la hagan d ivo s
y sí, p o r el co n t r a r i o , capaz de hacerlos. Las c o m e ­
d ias hacen a los a cto res pero los actores no hacen
las c o m ed ia s. Y con. o so b re los actores, las c o m e ­
dias las au tén tica s co m ed ia s teatra les, hechas p o r
y para el p ú b lico en cu en tra n s i e m p r e en este — el
m ism o a t r a v é s d e los t i e m p o s — un eco con fortador,
a g ra d e cid o y fiel.
.
Luis A r a ta , una de las masc ara s h um anas m as

Buenos

ro

d e l

e s t r e n o del A s t r a l

i r es

prodigiosas que hayan visto los escenarios, aum en ta
de día en día su ex traordin aria m ím ica al hacerse
fiel i n térp r ete de la sie m p re ca m b ia n te fisonomía
aním ica del v ie jo en am ora do de Frosina. Helena
Cortesina, la ex celen te actriz de siempre, nos da en
su brillante versió n de la e n tre m e tid a zurcidora de
amoríos, un eco de lo que debió se r aquel teatroteatro que se llamó la “c o m m e d ia delVarte”. Den tro
ta m b ién de este tono se m u e v e la ex presión del
fingido In ten den te. Bien todos los d em ás actores
en tre los que. algunos p o r dem asia do jó ven es, re p i­
ten de m anera quizás e x c e s iv a m e n te mecán ica las
lecciones de su m a estr o y d ire cto r artístico de la
versión.
Una postura escénica concien zuda y fiel a un
crite rio al que no hay p o r qué discutir, sino es
en lo ex cesivo del beato que m u estra la mansión
del avaro y la dem asia da riquez a de los a ta vío s de
sus q uejoso s se rvidores, sirve de fondo a la m a g ­
nífica com ed ia, por cu ya gen erosa incorporación a
la actual tem p o ra d a teatra l hem os de estar p r o ­
f u n d a m e n te agra decidos al gran actor que es Luis
Arata y a la diligencia, f e r v o r e in q u ietud de su
culto y perscna'Asimo director Sr. Cunill Cabanellas.

L a s orillas del Paraná, m osquitos, aguas barro­
sas, una actriz que estudia a Shakespeare, unos
personajes que se tratan castizam ente de tú y de
pronto se apaisanan y dicen “naides”, un retardado
m ental que adora a su alm ohada —es decir, por
primera vez el dadaísmo en el teatro nacional.
Jerónim o ama la soledad y los versos; la alm o­
hada es el sím bolo de su gusto per la lectura y la
vida interior. Se enam ora de Lavinia, la actriz, y
am bos se refugian en el bosque. Allí Lavinia le
confiesa que ha trabajado en las tablas. El es
ingenuo y no entiende. ¿Tablas? ¿Será lavandera?
¿Será planchadora? Jerónim o sigue sin com pren­
der. Acude al diccionario de ideas sugeridas, al
de sinónim os. Tablas, em pate, ajedrez, tablón, se­
pulturero. Pero no: cada vez se aleja más. La
revelación es atroz: ella es actriz. Jerónim o se
hunde en un infierno de horror. No puede amar
a un ser tan pervertido como una m ujer de teatro.
Esta ofensa gratuita fué rápidam ente tomada en
cuenta por Palom a Cortés, Sofía Bozán, Luisita Vehil y otras actrices que estaban en la sala y que,
a la salida, se reunieron para cambiar ideas acerca
de las posibilidades de una acción judicial por
difam ación.
Después vien e una pequeña sesión de filosofía
de la naturaleza, con reflexion es acerca de la “in ­
finita sabiduría de la alim aña”, en contraste con
nuestra torpeza de m eros autores teatrales. Jeró­
nimo com prueba por fin que no hay nobleza como
la del escarabajo ni ternura como la del bicho
canasto. Escruta con devoción la vida privada de
la araña pollito, cae en convulsiones de alegría al
descubrir sentim ientos m utualistas en el yaguareté,
decide no traicionar jam ás la amistad que le ofre­
ce el piojo del m onte.
Llegan los m azorqueros bajo el mando del in ten ­
dente. Este proclama a voz en cuello: “L’Etat c’est
m oi”, aunque es difícil sostener que el personaje
sea una caricatura de un conocido funcionario. La­
vinia acucie en defensa de su am ante, pero su sa­
crificio es inútil. La parábola consiste en que
Jerónim o se queda solo y pierde hasta su “ barco
de plum as”, com o le llama a la alm ohada. En­
tonces el indio fiel establece una granja en el
bosque y cría gallinas. Una escena fuerte es la del
sacrificio de un perro a manos de un m azorquero,
pero por una distracción del autor el suceso ccurre
entre telones.
Una casual afonía de Pepe Arias y el tono suave
de la voz de la herm osa R enée Barell transform a­
ron, en un m om ento dado, el drama en pantom ima,
y luego el teatro en teatro íntim o; privilegiados,
les espectadores de las dos prim eras filas, se n e­
garon al principio a transm itir a las filas de atrás
lo que pescaban del diálogo. Realizadas algunas
gestiones, se llegó a un acuerdo, y el diálogo fué
transm itido de fila en fila, para atrás y hacia los
lados. Esto requirió, por supuesto, la presencia de
apuntadores colocados en las filas im pares. El
efecto de coro griego que con ello se logró fué
inesperado y novedoso, y Pepe Arias y Renée B a­
rell, interesados, se quedaron hasta el final de la
función.
Bueno es advertir que el fracaso de la obra no
se debió a Pepe Arias ni a su afonía, como se ha
querido insinuar, ni tam poco a la versión escénica
de Mottura. E squem áticam ente pueden anotarse en
•‘Jerónim o y su alm ohada”, los sigu ien tes factores
negativos: carencia casi absoluta de escenas, en el
sentido estricto, pues todo ya ha pasado o está por
pasar; inform ación directa de los sucesos sum inis­
trada por los personajes; confuso idealism o, ego­
centrism o ingenuo en el personaje principal, que
no despierta ninguna sim patía; ausencia de efectos
provenientes de las situaciones; discursos banales
sobre la vida, el destino. Dios, el amcr, etc.
MANUEL PEYROU

JAVIER FARIAS

E

l

e

s

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r

e

n

o

d

e

l

"L a voz
l profesor lon d inense John van Druten sien te
la preocupación de escribir com edias de pocos
personajes. Más que el barullo de m uchos in té r­
pretes prefiere barajar unos cuantos caracteres bien
definidos. En 1931 estrenó T h e re ’s A l w a y s Juliet
(Siem p re hay una Ju lieta) con cuatro figuras. “La
voz de la tórtola” —¿por qué no “El arrullo de la
tórtola”?— tien e tres. En esta obra —escrita en
tres sem anas de vacacion es en un rancho de Cali­
fornia. adquirida por el em presario A lfred de Liagre, Jr. en vein ticuatro horas y contratados en una
rem ana los tres artistas que la estrenaron en EE. UU.
Van D ruten p lantea cierto problem a que inquieta
a otros autores norteam ericanos. El tedio que sie n ­
ten las m u je ie s por la práctica de “vivir su v id a ”.
Al parecer, las jó v en es que aspiran a un porvenir

E

o

E m p i r e

t!v la
en cualquier actividad, se han cansado de vivir
solas. Eva necesita de Adán. En Stag e Door (La
puerta del escenario) Edna Ferber y George S.
K aufm an ya exh ib ían un m uestrario de m ujeres
que deseaban con vivir con un hom bre —con uno
solo— y arrebujarse en un hogar tranquilo, lejos
del “m undanal ruido”. Las m odelos que sirvieron
para la “m ujer fa ta l”, la w a m p . la del oom ph o la
del se x -a ppeal consideraban que había que regresar
al cam ino recoleto de ser m ujer m ás que hembra.
En Siem pre hay una J u lieta ”, lo m ism o que en
“La voz de la tórtola”, la m ujer entrega su destino
a un hom bre porque tien e el orgullo de no ser
m anoseada. Se resucita el amor y se ¿ e.tru y e el
teorem a de la cam aradería. Es un regreso al honor
fem enin o o, ti se quiere, al orgullo del sexo.

Aída Luz, Juana Sujo y Esteban Serrador, en una escena de “ La voz de la tórtola'

�Van D ruten señala el tedio de la m ujer, cansada
de probar, y que clam a por un solo amor, que no
será el de las p asiones literarias, pero sí sencillo
y cotidiano. Con tres personajes —una joven que
representa este carácter, un hom bre que se en a­
mora y una aventurera que “v iv e su v id a ” y e n v i­
dia el verdadero destino de su an tagon ista— el
autor de Oíd A c q ua in ta n ce (V ieja am istad) ha e s­
crito una ex celen te com edia plena de acción.
La acción teatral no es m ovim ien to. Un diálogo
que plantea y desarrolla un con flicto, desde el
principio al fin, tien e m ás acción que cualquier
com edia en la que vayan y vengan de un lado
para otro cien personajes. La acción es vida y el
m ovim ien to, m ecánica. En “La voz de la tórtola”,
idilio claro y dom éstico, escrito con sen cillez lite ­
raria, Van D ruten va directo al corazón del e sp e c­
tador. La sociedad pacata de las p rovincias n orte­
am ericanas ha protestado su avem en te por el atre­
v im ien to de algunas escen as y ciertas frases que
hieren una sensib ilid ad harto acostum brada a la
literatura rosácea.
La obra es un docum ento fotográfico. Una bur­
guesa historia de am or de n uestros días. El d iá­
logo, en in glés, tien e donaire, suavidad, ternura y
elegan cia.
En B u en os Aires. “La voz de la tórtola” —trad uc­
ción de M anuel Barberá— ha tenido la suerte de
una certera d irección y un ex celen te reparto. E ste­
ban Serrador —director y feliz in térp rete— ha re­
conquistado el puesto a que tien e derecho en su
carrera artística; Aída Luz —clara revelación de
una actriz ev id en te— ha dado sim patía sentim en tal
a su heronía y Juana Sujo ha ofrecido, una vez
m ás. su h abitual y epigram ática coquetería.
La presentación, reflejo de la neoyorkina. tuvo
un acierto sobre la original del Morosco T h e i t r e ,
pues Esteban Serrador luchó en el escenario local
con la peq u eñ ez del m ism o, logrando con in gen io
que hubiera cuanto hay en el norteam ericano, m ás
un clim a de intim idad m ayor.
FRANCISCO

MADRID

El estreno del Teatro National

"S a n g r e X e g r a **
es im posible com entar la versión
L OGICAMENTE,
escén ica de “ Sangre negra” sin recordar los
valores de la novela hom ónim a de Richard Wright,
en su idiom a original “N ative son ”. Y señalar la
inferioridad de la prim era con respecto a la se g u n ­
da, resulta casi un lugar com ún, pues es la suerte
reservada a cuanto esfuerzo se ha hecho por llevar
al proscenio una n ovela de m ayor o m enor calidad.
Tal posibilidad encaja m ejor en los ám bitos más
am plios de la cin em atografía, donde a poco que
d irectores y adaptadores se propongan ese m ínim o
de fidelidad hacia el original que es indispensable
para encarar la tarea con responsabilidad artística,
se logran version es tan m agistrales com o “Viñas de
ira” o “ N uestro p u eb lo”, bajo ciertos aspectos aún
superiores al tex to.
El teatro es celoso de sus prerrogativas; sus e x i­
gen cias son más rígidas, aún contando en la actu a­
lidad con el atuendo de las escen ografías m odernas.
En “ Sangre n egra” su adaptador teatral, Paul
G reen, no logró suplir el ritm o narrativo y descrip ­
tivo de la n ovela —son tres actos d ivididos en diez
cuadros— por la sín tesis indispensable que exige
el teatro.
El espectáculo reem plazó así en gran parte a lo
que debió ser la trayectoria psicológica, fun d am en ­
talm en te dram ática de Bigger Thom as, el hom bre
de color que entra en el recinto privado de la c iv i­
lización blanca, sólo cuando el crim en eleva su
personalidad a la categoría de un ser peligroso para
la sociedad.
El director N arciso Ibáñez M enta en realidad
o b jetiv ó la obra al darle ex cesiv a prim acía al esp ec­
táculo en sí; lógicam en te, los valores p sicológicos
de cada personaje y el con ten ido social de la obra
resultaron sen sib lem en te am inorados. Aún en el
asp ecto in terp retativo, N arciso Ibañez com puso su
tipo con acierto exterior, ob jetivo, pero no marcó,
sobre todo en los prim eros cuadros, el drama su b ­
jetiv o del hom bre de color. Su incorrecta dicción
—d efecto agravado por su ten dencia a trabajar de
espaldas al público, cosa que requiere una dicción
p erfecta y que es im perdonable en un actor de ca te­
goría— resta m atices dram áticos a su labor, que
com o señalábam os más arriba, debió ser de esen cial
fibra dram ática. Si hubiera que resaltar otra d efi­
cien cia técn ica, ella sería la no siem pre bien d istri­
buida ilu m in ación escén ica que con frecuencia
su m ía a los actores en som bras excesivam en te
densas.
Pero com pensando en parte estos errores de reali­
zación —que una crítica sana y con stru ctiva está
en el deber de no silen ciar— hubo aciertos in d u ­
dables, pudiendo m encionarse com o paradigm as elo ­
cu en tes, la escen ografía adecuada, la supresión total
de los en treactos, el oscurecim ien to previo a cada
cam bio de escen a, el d esplazam iento fe iz de los
in térp retes en el proscenio. El resto de los actores
acom pañó con h om ogeneidad la labor del protago­
nista; decorativa y eficien te la actriz Norm a Cas­
tillo, que tam b ién debe corregir su dicción; correcto
pero afectado el veteran o A lberto Contreras, a quien
recordam os en m uchos papeles de gran jerarquía.
R esulta halagadora la franca acogida que el pú­
blico está d ispensando a esta versión de la fam osa
n o v ela am ericana. Ese m ism o público a veces in d i­
feren te a los esfu erzos de superación artística con
que, esporádicam en te, gen te de nuestro teatro p re­
ten de superar el clim a gris y m ediocre en el que
len ta m en te está agonizando la escena vernácula.
Y lo cierto es que N arciso Ibañez con frecu en cia
nos recu erda sus in q u ietu d es por rom per con la
rutina.
B. R. GALLO

GUERRILLAS
o

DEL

TEATRO

una experiencia española
por M A R IA T E R E S A L E O N

p

s una historia vieja esta del teatro. Cada cual
cree que le asiste derecho a añadir un capítulo.
He aquí mi experiencia.
No sé qué afortunado encontró durante la guerra
de España (1936/1939) este buen nombre: ^Gue­
rrillas del Teatro”. Tampoco recuerdo en qué
momento comenzamos a usarlo, ni en cuál lugar
situar su nacim iento, aunque parece ser lo fuá
Valencia. Lo cierto es que así designamos a los
grupos volantes que por todos los frentes repu­
blicanos trataban de burlar la idea de la muerte
con el juego feliz de la im itación de la vida.
Me gusta siempre volver a hablar de ellas. Las
“G uerrillas” han sido durante muchos meses nues­
tra razón de existir. Fueron la expresión teatral
más mínima que haya alcanzado el número más
grande de espectadores. El ritmo de la guerra
hacía que nuestro tabladillo, salpicado de barro
y de metralla, se m ultiplicase acudiendo sin des­
canso allí donde éramos requeridos. ¡Y cuántas
peticiones llegaron hasta nuestro grupo, que se
llamaba “Guerrilla del Teatro del Ejército del
Centro”. Su sede era Madrid.
Puede que algún día nadie recuerde su nombre,
reducido a dos líneas en los manuales de historia
su heroísmo de aleluya, pequeño y audaz. Mujeres
fuertes desarmaban a los hombres cobardes. Tenía
todo algo de carnaval, de día de toros y de entie­
rro. El hombre malo y el hombre bueno; el
valiente y el temeroso. Madrid sacaba su capa
de grana, la que le conoció Napoleón, y parecía
decirle al tiroteo: embiste. La aleluya madrileña
era manóla y varonil, arrogante y cortés. \ o la
he visto dirigirse a una fiesta imaginaria, a unos
fuegos artificiales. Sacaba el pie. y bailaba. Tenía
teatros, cafés, bares con agua de Lozoya. y un
rumor de mercado por las calles donde casi nada
había que vender, y desfiles reclamando cosas mal
definidas que hacían llorar. . . En ese ambiente
hicim os nuestro ensayo de teatro para las masas.
Fuimos hacia nuestros espectadores con una
gran preparación sentimental. El amor y la fe
eran las características de aquellos días. Estábamos
seguros de que el instinto de nuestro nuevo
público sabría comprender nuestros propósitos,
que — ¡oh sueño del retorno teatral a sus orígenes
inocen tes!— estaban basados en restituir el teatro
al pueblo.
¿Cuál fué el espectador que hallamos delante?
Trataré de explicar mi im presión. Nadie que no
lo haya visto conoce al hombre de la guerra.
Nada hay más puro que él, contemplativo y difícil.
Su voluntad de acción está controlada al máximo
por la obediencia militar. Las nociones más ele­
mentales le bastan para su vida diaria. El hori­
zonte mental se le achica al problema de su cu­
chara o su escudilla. Hasta el lenguaje se le
deforma, em pequeñeciéndose, achicándose a las
necesidades nuevas. No nos pareció fácil, al cono­
cerlos, la tarea de ensanchar su panorama con la
aparición farandulera de un carro de cómicos.
Nuestra presencia con su música y su comedia
exigía un esfuerzo contradictorio entre su rea­
lidad casi agresiva y el mundo de las apariencias
que nosotros les planteábamos. Realm ente no&gt;
pareció que aquellos hombres cansados, que nos
proponían como espectadores, no tenían &gt;u e&gt;píritu propicio para ejercicios estéticos, puesto que
parecían haber regresado a una edad incierta de
la infancia, donde el miedo ocupaba otra \ ez un
gran lugar. ¿Con qué lenguaje hablarles a los que
volvían de burlar la muerte? ¡Qué extraño espec­
tador! Se agrupaban todos iguales, con una sola
cara, uniform ados de ojos y maneras. ¿Qué hacer
para entregarles nuestra mercancía? Mercancía
de papel de colores y trajes rutilantes, mercancía
de bailes, música y palabras, consuelo de niños,
gracia de las metamorfosis. Se sentaron dócil­
mente. y com enzó la representación y el milagro.
Yo atribuyo este milagro de comprensión de
tantos m iles de soldados como formaron nuestro
público, a que el hombre de España no ha roto
su tradición teatral, entendiendo por tradición no
11

la fácil repetición milenaria, sino el poso de la
cultura que queda impalpable casi en el fondo
de los seres, esa tradición difícil que Unamuno
quería encontrar en la cueva de M ontesinos ahon­
dándola, escarbándola, recorriéndola como si se
tratase de las propias entrañas. Cuando comen­
zaban los versos de Lope, Calderón o Quiñones
de Benavente. nuestro espectador se iba sintiendo
llamado por la escena, acudía a su reclamo y se
quedaba prendido, siguiendo sin esfuerzo el des­
arrollo de un sainete o un entremés. Nuestro com­
batiente-espectador no era solamente un soldado.
La guerra de España trajo consigo un proceso
moral y político. No entregábamos únicamente
el milagro del descanso, de la evasión y la alegría
en aquellos versos antiguos; era la puerta abierta
a paraísos negados anteriormente, era el teatro
al servicio del pueblo, era la variación de los
tiempos.
¿Y cómo no iban a creer en nosotros, que les
dedicábamos todas nuestras horas? El actor que
tenían delante no era un hombre cómodo que
esquivaba la guerra en un trabajo de retaguardia.
El actor soldado fué una variante afortunada del
actor profesionl. Los actores y actrices estaban
sometidos a una disciplina. Disciplina que obli­
gaba al abandono de muchos vicios teatrales: “No
entre aquí quien desee conservar su vanidad'*.
El sueldo que recibían era el de un soldado. Los
caminos, como en los tiempos de Lope de Rueda,
eran su descanso. No sabían al salir cuando les
tocaría volver, ni si volverían. Se acostumbraron
a los ametrallamientos de las carreteras; a conti­
nuar la representación mientras volaban sobre ellos
los j u n k e r s alemanes; a no sentir fatiga; a dejar
prioridad a las ambulancias cuando comenzaba
una batalla, aún a riesgo de tener que retroceder
bajo el fuego enemigo. Representábamos en todos
los lugares que nos ofreciesen: iglesia rota, campo
libre, bosque o patio de cuartel. Espectadores
con arma al brazo, sentados o rodilla en tierra,
nos escuchaban absortos, prontos a entrar en ac­
ción. mientras otros batallones de su unidad com­
batían no lejos de allí. Los obreros de los altos
hornos de Sagunto detuvieron una hora su trabajo
después de un año de incesante labor para ver
representar a las “Guerrillas en un galpón volado
por las explosiones. Los infantes del Batallón
Alpino salieron a conquistar un monte del Gua­
darrama después de oír nuestras canciones, y lo
mismo aquellas escuadrillas del sur que volaron
hacia el Ebro horas después de aplaudir nuestra
inmensa buena voluntad al no romper en llanto
despidiéndolos. El actor de las “Guerrillas del
Teatro” fué una creación feliz. Creo que también
lo fué su repertorio.
Además del teatro clásico, punto en que unía­
mos a nuestro espectador con la lógica tradición
de su cultura, representamos el “Teatro de L rgencia”. Eran obrillas cortas, algo así como un cartel
hablado sobre la actualidad, resumen teatralizado
de consignas que habían de ser popularizadas por
todos los medios. También cantares. También
bailes. Era corriente, cuando nos encontrábamos,
por ejem plo, en una unidad de catalanes, concluir
la actuación con una sardana que bailaban pronto
todos los soldados.
Todo esto se conseguía con un tablado, cuatro
cortinas y trajes audaces para disimular nuestra
obligada improvisación. Improvisación aparente,
puesto que esa misma compañía pudo representar
más en la retaguardia: El enfermo de aprensión,
de M oliere; El milagro de San Antonio, de Maeterlin k ; La Cantata de los Héroes. de Rafael Alberli; Un duelo, de Antón Chejov, etc.
Yo creo que aquel combate épico en todas las
actividades de la vida española que comenzamos
el día 18 de julio de 1936 no ha concluido aún.
La sustancia del tiempo no puede destruirnos
aquella razón de fe. En las entrañas de las cosas
ha quedado aquel esfuerzo teatral que intentamos.
A lo ancho, alto y largo de nuestra razón y con
ella al hombro, volverem os para continuarla.

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p o r L E O N ID A S B A R L E T T A
E l te a tro in d e p e n d ie n te en B uenos A ires, responde a causas \ tiene lincam ientos
d istin to s de los eu ro p eo s y am ericanos. Ig u alm en te se d esarro lla con una p recaried ad
física c o rre sp o n d ie n te a la a ltu ra in te le c tu a l de los fu n cio n ario s que d eb erían fo m e n ta r­
lo. P o r a h o ra , el d e p o rte tien e m ay o r p red ic a m e n to que el arte. Y los gustos v p re fe ­
ren cias de q u ien es p o d ría n o rie n ta r al p u eb lo desde sus cargos, no favorecen las e x p re ­
siones su p e rio re s del a rte de las tablas.
Las causas que dan nacimiento al teatro indepen­
diente entre nosotros, son compleja s y de encon­
trados intereses. El nervio m otor fue la desespe­
ración de tener que padecer un teatro comercial
de tan menguados valores y propósitos. Y la dolo-

actores ingenuos, instintivos, de una bastedad que
no ofrecía posibilidades de ningún refinamiento
poético. Sus limitados recursos, su incapacidad
imaginativa impedían a los autores extender la m i­
rada hacia horizontes abiertos a la fantasía y a la
creación. N o representaban — las excepciones por
escasas no cuentan— obras modernas extranjeras e
ignoraban el teatro clásico. Se debatían en un as­
fixiante naturalismo que ahuyentó a los poetas,
quedando dueños del campo los que se habían im ­
provisado cronistas de teatro y sus allegados. Sin
coacción era punto menos que imposible contar
con la cursilería y ordinariez de los actores que
habían conseguido cierta popularidad aprovecha­
ble.
Pero el teatro no era solamente autor y actor.
¡ Y escenógrafos sí que teníamos! I iejos decorado­
res maravillosos que habían hecho su aprendizaje
en Europa, en talleres de fama mundial, se veían
constreñidos sin embargo, a embadurnar papeles,
a plegarse al absurdo y antiteatral naturalismo de
actores. Directores no había.
Entonces, sin haber logrado una significación, el
teatro se sintió morir. La ciudad perdió su falsa
tónica y las muchedumbres, apasionadas y necesi­
tadas de este arte, defraudadas una y mil veces,
enderezaron derechamente hacia el cinematógrafo
como teatro fotografiado. Pero el teatro argenti­
no o rioplatense murió, aunque conservando apa­
rentemente cierto automatismo. Para una pobla­
ción que posiblem ente excede de los cuatro m illo­
nes, pues se trata de la ciudad y sus aledaños, y
en la que es presumible que un millón de perso­
nas buscan ansiosamente su pan espiritual, ape­
nas una veintena de teatros pueden admitir veinte

mil espectadores en los me pores días. Y el cálculo
es generoso. Hay una sola agencia de autores para
todo el país y sus integrantes todavía no han vuel­
to en sé del pasmo que les produce una recauda­
ción de derechos que alcanza al millón de pesos
anuales; pero que de acuerdo a la importancia de
la ciudad y altura de la civilización no debería
bajar de los veinte millores. Teatros nadie quie­
re construir por que es más productivo instalar
tina tienda que una sala de espectáculos. Los exis­
tentes no están de acuerdo con los adelantos m o­
dernos en el escenario, ni en la platea. Los acto­
res son de la vieja escuela instintiva o de algún
curso retórico que los amanera para toda la vida.
Xo hay directores; los autores son los mismos au­
tores discursivos de hace treinta años; no existen
casi empresarios.
No podemos hacer una síntesis más clara de
las causas que dieron nacimiento al movimiento del
teatro independiente entre nosotros. Quienes sen­
tían la atracción de este arte, comprendiendo la
trascendental misión que le está confiada, como
alta escuela de humanidad, como gran tribuna del
mundo, como expresión del espíritu de un pueblo,
iniciaron su tarea en condiciones inverosímiles.
En quince años ha dado sus frutos. Un núcleo
de poetas de la escena, de categoría que descono­
cen los de la escena comercial; un plantel de ar­
tistas. a veces, quizás menos actores, pero siempre
mucho más artistas que los del teatro comercial;
directores sin otras limitaciones que la falta de m e­
dios y su mayor o menor capacidad artística; d e ­
coradores. electricistas, modistos, maquilladores. sin
los prejuicios de la vieja escena.
El tropiezo mayor que ha encontrado el teatro
independiente en Buenos Aires es la falta de lo­
cales adecuados para sus experiencias.
Pero las autoridades siempre dispuestas a inquie­
tarse por un club de deportes, no sienten espontá­
neo entusiasmo por la cosa artística. Ningún pin­
tore squism o, por ejemplo, es posible en una sala
de teatro de arte, pues le salen al paso un sinnú­
mero de ordenanzas que lo prohíben. Iais innova­
ciones en materia de luz. son poco menos que im ­
posibles por las dificultades que opone la inspec­
ción. sin atender razones artísticas. No ignoramos
los defectos de que adolece el teatro independiente
de Buenos Aires, al que algún viejo autor teatral.
por celos, quiso desprestigiar, sumjndole, en un
concurso oficial, los cuadros filodramáticos que tie­
nen todas las sociedades recreativas, tan necesarios
para hacer tiempo, mientras llega la hora de dar
comienzo al baile del sábado. No ignoramos que
algunos fracasados de la vieja escena han querido
rehabilitarse en el nuevo tablado y que no pocos
mediocres han utilizado este movimiento y el fer­
vor del público, como trampolín para sus m ezqui­
nos propósitos. Pero es halagador comprobar que
los enemigos de adentro y de afuera del teatro in­
dependiente se quiebran los dientes contra una ini­
ciativa que ya no pertenece a sus fundadores, sino
a la ciudad que salva, con los teatros de arte, su
decoro espiritual.

Dos escenas de "La máquina de sumar" de Elmer Rice, representada en el Teatro del Pueblo.

rosa insinuación de algunos extranjeros cultos de
que acaso este teatro era el que correspondía a
la mentalidad de nuestro p u e b lo . Sin e m bargo, es­
ta sospecha era infundada y fueron los teatros in­
dependientes los encargados de desvanecerla.
La vulgaridad irrem ediable de nuestros autores
provenía de un defecto original: no eran poetas.
El teatro no era teatro porque no se le insuflaba
poesía. Está demeís aclarar que no nos referimos
a la poesía en verso, aunque no la descartamos.
Los visionarios peinaban en un comienzo sus m e ­
lenas populares y desarrollaban aburridas tesis en
tres actos. Otros dialogaban ciertas variaciones del
psicologismo y ésto les otorgaba alguna solem ni­
dad y había quienes taquigrafiaban una corrosiva
mixtura de grosería y naturalismo.
Pero el teatro no era solam ente autor y actor,
que vivificara y ennobleciera los materiales e m ­
pleados. Pero el teatro no era exclusivamente el
autor y el de estas regiones fue creado por actores.
Las primarias ansias de representar nos dieron

�Pal u s t i a n o

y

l o s

t i t i r i t e

r o

s

Nos so rp ren d e en c o n tra rn o s fren te al p ap el en blanco p o rq u e desde ju n io de 194/5
no hem os p u b licad o una frase lite ra ria en diario s o revistas. Más nos so rp re n d e aún que,
después de ese ex p licab le silencio, debam os e n fre n ta rn o s con el m undo d isp a ra ta d o de
los m uñecos. H ubiésem os p re fe rid o referirn o s a la e n tra d a de las tro p as aliad as en B er­
lín o

al e x tra o rd in a rio caso del robo de un avión.

m ucho

de esta revista

y

Io d o sea p o r

LATITUD.

E sp eram o s

querem os co n g raciam o s con la d irección p a ra , algún d ía, d a r­

nos el in efab le p lacer de los poetas, esto es: a n o ta r dos o tres no m b res p ro p io s y luego
rociarlos, am etra lla rlo s con adjetivos.

El teatro secreto de Washington Pérez
por
Palustiano decía: “No debéis permitir que los
falaces den vuelta los hechos porque veréis a los
hechos convertidos en víboras; no debéis permitir
a los falaces que utilicen la feria para embaucar
incautos; y llegado el caso, entronizados éstos,
recurrid a los garrotes y a los perros; porque el
burro debe pacer en el pesebre; y las cosas en
su lugar; y los hechos como fueron hechos”.
Se refería a Estroite. su odiado rival, tan ducho
en zancadillas, aquel que le burlara una plaza en
&gt;u tierra natal y a quien más tarde topara en
Sevilla. Se refería al mundo de los muñecos, don­
de también viven las polillas y las pasiones, y es­
pecialmente. se refería a los estipendios que había
obtenido Estroite de unos señores del lugar.
Hemos traído a Palustiano de los pelos para
colocarlo en esta nota mal parida. Pero el maes­
tro siempre sirvió de com odín, porque era un
conceptual tan generoso que del suceso más ni­
mio cosechaba una filosofía. Recordemos la fa­
mosa anécdota: cuando, citado por las autoridades
de un pueblucho, hubo de enterarse, tras un
largo discurso leído por el personero del al­
calde, que en aquel lugar no se daba venia al­
guna a los titiriteros, Palustiano levantó una ma­
no y soltó su conocida sentencia: “El mal es de
causa escrita”.
Por todo esto y mucho más, Palustiano siempre
viene al caso. Y es tan desolado, en general,
nuestro panorama titiritero que no está mal re­
currir a los clásicos para rememorar tiem pos de
bonanza. La hermosa edición de los “Comen­
tarios” que nos ha facilitado don Ernesto Morales
no' permite reproducir textualmente los párrafos
citados. Y ahora, con el alma confortada, vamos
a lo nuestro, en nuestro tiempo.

Aquí no ha pasado nada. Si quisiéramos encon­
trar sucesos, tendríamos que volver a Javierito y
“La Andariega”, a Juan Penales y su muñeca
mágica, a Mejuto. al teatro de Larco y Arancibia.
Todo es viejo y manido. Y del silencio actual
i el silencio que sentimos nosotros) solo surge
una increíble acusación:
Javierito ha traicionado a la titiretería.
Javierito ha hecho mucho bien a los niño? y
mucho mal a los titiriteros al desparramar tea­
tros por los cuatro vientos. Según la estadística
publicada en el último pliego de “Los títere? y
los Niños” pasan de cien lo? teatros escolare*.
He aquí un tremendo crimen. Imaginemos con
qué cara habrán oído esos muñecos las frases di­
rigidas de las última? fie?tas nacionales. Por su­
puesto. eso no quita que los niños se diviertan,
que escriban, pinten, etc., acercándose rápida­
mente a los poetas de Jesualdo. Y, por otro lado,
una vez maduro el zapallo, otra brisa soplará
entre las bambalina* de los tinglados. Pero, ¿y

lo? ?eñore? titiriteros? ¿A la truhanería? ¿Y
nosotros, que pitanza recogem os? La com peten­
cia pedagógica descorazona y son muchos los titi­
riteros qeu han debido tornar al robo de gallinas.
Está mal que se reniegue de una larga tradi­
ción de picardía. El oficio debió permanecer en
secreto. La quinta ley de Palustiano lo dice: “El
público siempre es bobo y aquél que lo desbobalice, palos en las costillas, con sarmientos y
estacas, para que no olvide”.

Con los titiriteros pasa algo semejante a lo
que ?ucede con los gitanos: no se sabe qué hacer
para ubicarlos en el mundo moderno. Es co­
nocido el sistema que se utilizó en la U.R.S.S.
para resolver este último problema. Una leve
presión, mucho alegato y, finalm ente, un empujoncito que los colocó detrás del arado. Sabia
solución que terminó con un círculo vicioso: lo&amp;
gitanos no querían afincarse porque eran haraga­
nes y eran haraganes porque no se afincaban. A
nosotros nos toca resolver el problema de titire­
tería. pero resolverlo ahora inm ediatam ente, sin
e?perar. como sugiere Em ilio Novas, a las resolu­
ciones de San Francisco. Se trata de actualizar un
arte m ilenario sin que pierda su encanto, sin des­
virtuar su proceso histórico, encauzándolo dialéc­
ticamente.
¿Cuál e? y ha ?ido siempre el mayor encanto
de la titiretería? Para nosotros, la picardía. D eci­
mos nosotros, porque en Inglaterra, Checoeslova­
quia. Alemania, etc.. *e buscó una magia distinta
durante elsiglo pasado.
En aquellas tierras de
industria, la técnica superó toda dificultad y logró
ofrecer al público infantil un mundo de maravi­
llas. digno
de Andersen y S. Lagerlóf. Pero,
aunque parezca un ?acrilegio. preferim os la picar­
día. Además, si el títere quiere vivir debe ceder,
en este aspecto, ante el cine. La solución se
ofrece, pues, por nuestro camino. Aprovechem os
la libertad
del titiritero, ?u desvinculación con
toda empresa. Y ahora, hablemos de W ashington
Pérez.

Pocos, muy pocos, conocen el “Teatro Secre­
to’* de \A á*hington Pérez porque su director, ce­

loso tradicionalista. cree en la truhanería y en la
pitanza. Se trata de un remozado titiritero, más
o menos hábil en su arte, que se ha jurado vivir
de los muñecos solucionando la crisis que aqueja
a estos espectáculos. Desde luego, su punto de
vista, coincide con el nuestro. Desem boca direc­
tamente en la picardía y es curioso comprobar
dónde ha ido a encontrar la sim iente. Para
Wá?hington Pérez la picardía está en el pueblo
y dentro de éste, en la crítica mordaz, especial­
mente la política. W áshington no cree en M olie­
re y tampoco en García Lorca. Asegura que las
malas palabras se han desm onetizado y que. en
cambio, el interés público es cosa al día. Su
“Teatro Secreto” será crítico y llevará a los tí­
teres cuestiones palpitantes, figurones literarios,
pelmazos y demás. Escapará del sainete ahondan­
do las causas que provoquen los sucesos y u tili­
zando con toda la am plitud posible los m ágicos
recursos de su oficio (Títeres que vuelan, som ­
bras chinescas y truco? espectaculares!.
Conocem os los m uñecos de su teatro y hem os
asistido a una especie de ensayo. Los títeres son
manejados con hilos y gozan de todos los m o­
vim ientos del hom bre m oderno, hablan, huyen
de la policía, se rascan. Tendrán unos cincuenta
centím etros de altura y los esqueletos han sido
construidos en cedro. El m odelado de la cabe­
za? es sintético y mordaz. Los vestuarios ligero?,
en colores violentos. Todo esto lo vim os al pa­
sar, mientra? ensayaban los prim eros paso? de la
“ Balada para pito, flauta y clarinete”.
En esta obra original, los titiriteros no hablan
e imitan las voces con los instrum entos citados.
El efecto era curiosísim o. Nunca habíamos apre­
ci ado el procedim iento, aunque es sabido que así
■hablaron” los antiguos muñecos españoles.
Del argumento no podem os hablar porque no
lo conocem os, pero indudablem ente, era satírico.
Abundaban uniform es y entorchados y en el cen­
tro de la escenografía habían colocado una enor­
me pila de monedas.
Trucos, sólo gustamos de uno. bastante inge­
nioso. El personaje central, cuya voz la daba la
flauta, tenía un par de alas y volaba. La per­
fección de los m ovim ientos era notable y en
cierto momento el muñeco se posó sojbre la ca­
beza de su contrario. Verlo allí, sentado en el
aire, aplastando lentam ente al enem igo, en tanto
*e confundía el clamor del clarinete con las dul­
ces notas de la flauta fué más que suficiente para
que lo* contado? presentes gritaran de entusiasm o.
A nada más podem os decir sobre W áshington
Pérez. La sombra de Palustiano nos cose la boca.
Oportunamente, cuando toda esta niebla que nos
cubre se deshaga, tendremos el placer de ver
representar al “Teatro Secreto”. Mientras tanto,
en mi casa, esperando las empanadas.

13

�Conversación

sobre

TEATRO
Y TEATRO
p or

el

DE
DE

Teatro

Argentino

IDEAS
MASAS

ALVARO

[ nés M onte — ¿ Qué les parece, a m i g o s , si n ú esira conversación de hoy la d edicam os al teatro?
P edro C imbeles — ¿Al teatro en general?
I nés M onte — N o , doctor: al teatro a rg e n tin o ,
A mador T rola — ¡Puf!
J ulio C eja — ¿Vale la p en a , acaso?
J uan S erú — A m í m e divier te el tea tro a rg e n ­
tino. A y er, p o r ejem plo, reí con ganas o y e n d o ,
o mejor, viendo, lo que hacían esos actores, o
excéntricos, que repre sentan “El Conve ntillo de la
P alo m a” de A lb erto Vacarezza, ahijad o del éxito.
A mador T rola — ¿Y usted llama a eso teatro?
J uan S erú — Tal v e z tenga razón la e x tr e m a
izqu ierda protestando. Recu erdo que mi am igo T i­
to Insausti. otro autor a quien el éxito le pone
pa peles de a cien en la billetera, m e decía: ¿Sabe
po r qué triu nfam os nosotros con este t e a t r o ? . . .
Porqu e aquí no hay buenos circos. Nuestr o teatro
llena sus funcion es ante el público que sólo desea
divertirse , r e i r . . .
P edro C imbeles — ¿El pan y el circo de los e m ­
perad ores romanos? La h u m anidad no avanza.
M artín Y añez — Concé dame que ava nza len ta ­
m en te. Ya lo ve. En lugar de gladiado res d e s ­
panzurrados, el público de hoy busca d ivertirse
vien do d espanzurr ar el se ntido co m ún y el arte, dos
a b str a c c io n e s ... A p r u eb o la propo sición de nuestra
amiga: hab lemos sobre teatro argentino.
J ulio C e j a — ¡El teatro argentino no existe!
M artín Y añez — Yo creo, a pesar de afirm ación
tan neg ativa de nuestro j o v e n amigo, que el teatro
argentino es una realidad.
A mador T rola — ¡Una realidad económica!
M artín Y añez - Neg a r que el tea tro argentino
es una realidad p o rq u e en sus escenarios no se
re pres en tan los dram as que usted desearía, amigo
Cejd, es co m o negar la realidad del ejército a r­
gentino, sea el caso, p orqu e él no ha ganado una
batalla como la de Stalingrado, ni tien e un g e n e ­
ral, supongo, ya que aún no ha tenido o portunidad
de demos trarlo, como los de los ejércitos rusos.
in gleses y yan quis. ¡Y el ejército argentino e x i s t e !

S e n tid o

t! v

E J otro día. leyendo un libro de Havelock Ellis
que no me entretuvo demasiado, tropecé con estas
palabras, que Ellis cita a su vez de no recuerdo
que autor: “A savage doesnt preach religión, he
dances it99 (l'n salvaje no predica la religión, la
baila).
Ahora bien: la danza es la expresión más pri­
mitiva y directa. La palabra “p rim itiv o " empieza
a rehabilitarse últimamente. La danza, por ser la
más prim itiva jornia de arte resultaría, en estos
m om entos, la que puede llegar más directam ente
a nosotros. En la actualidad parece que “el m o­
vim ien to99 comenzara a descubrirse. No tenemos
tiem po para meditar sobre lo estático y el cuerpo
humano comienza también a descubrir p o sibili­
dades insospechadas. ( The art of seeing" de Aldous
H uxley, aunque no se relacione directamente con
lo que antecede, es, en general, un planteo del
problema del m ovim iento). Como lo físico influye
directam ente en lo moral y viceversa, la coordina­
ción armoniosa de los m ovim ientos físicos e q u i­
valdría a una mayor coordinación de los elem en­
tos espirituales.
De ésto se de spre nde que la danza podría llegar
gar a tener en un futuro no demasiado lejano va­
lor educativo. En e f e c to : el baile es la manifes­
tación más directa, porque es, de todas las mani­
festaciones de l arte, la que utiliza directam ente
el cuerpo humano como instrumento. Más que
una emoción, el cuerpo del bailarín debe trans­
mitirnos deseos de repetir sus m o vim ientos, de
seguirlo en su ritmo. A llí donde el m ovim iento
no fluye, no puede haber correspondencia y, por
lo tanto, el baile carecerá de sentido. Pero el

¡Es una re alidad! ¿Quién duda de que el ejército
argentino es una realidad?
I nés M onte — ¿Pero, hablem os del t e a t r o . quieren?
P edro C imbeles — Yo creo que la culpa de la d e ­
cadencia del tea tro la tiene la m u jer.
I nés M onte — ¿Misógino?
J uan S erú — ¡S o lter ó n , al fin!
P edro C im beles . — Me e x p l i c a r é : la m u j e r es
quién lleva al h o m b re a los espectáculos públicos
en Buen os Aires. Ella es la que tiene ti e m p o de
enterarse, leer la crónica de los es trenos. Los e m ­
pre sarios y d ire cto res que lo saben, pre p a ra n e s ­
pec táculos para “f a m ilia s”, com o ellos llaman a ese
co n glom erado de varias m u j e r e s a las que se a g r e ­
ga un h om bre. Y esos espectáculos resu ltan c o m e ­
dias b l a n c a s . . .
A mador T rola — ¡Ñoñería!
J ulio C eja — O sea, una fuga hacia el polo o p u e s ­
to de la originalidad.
P edro C imbeles — Exacto. Ocurre con el tea tro
lo que ocurre con las revista s se m anales . Se fafrican para la m u j e r con p ro fesionales del cuento
amoroso de factura cin em atográ fica . Es decir, d o n ­
de “ellos”, los prota gonistas, sie m p r e term in a n s ie n ­
do f e l i c e s . . .
I nés M onte — ¿Casándose?
M artín Y añez — Es el éxito de los herm an os
Q u in tero . ep italám icos p o r excelencia.
A mador T rola — Agu a con azúcar.
J ulio C eja — H ojeen una revista de hace v e i n t e
años. ” Caras y C a r eta s” o ”P. B. T.” o ”Fray
M ocho” ; verán ustedes las m e jo re s firm a s de la
literatura argentina del m o m en to . ¿Quiénes f irm a n
los cuentos y artículos en las de hoy? ;A n ó n i m o s !
Ya se acabó el tiem p o en que un An íb a l Ponc e
tenía a su cargo la sección bibliográfica de “El
Hogar” y un Nicolás Coronado, hacia profilaxis
desde este m ism o sem anario, m a ta n d o m o sq u ito s
teatrales con el insecticida de su m ord a cid a d .
P edro C imbeles — ¿Culpa de todo? La m u je r.
A mador T rola — La incu ltura de la m u je r.

lianza
m ovim iento debe estar informado por algo inte­
rior. por el gesto espiritual que corresponde al
gesto físico, porque, de lo contrario y precisa­
mente porque toda danza tiene algo de magia,
se pierde el valor del ademán externo. La danza,
en tal caso, se vuelve un juego intermitente, ab­
surdo, sin sentido.
Estamos ahora especialmente preparados para
este tipo de manifestación. El cinematógrafo (en
la época de las grandes películas) , e m pe zó acos­
tumbrándonos al m ovim ie nto. Puede recordarse
en este sentido dos grandes “films'9 en los que el
m ovim iento integraba el argumento, ayudaba a
desenvolverlo, dejando al final la impresión de
dos inmensos “ballets99: “La kerm esse heroica'9 y
“Alejandro Nevsky". El tono de burla y de fan­
tasía de la primera película, unido a su vestuario
y colorido de tapices flamencos y al gran de sp lie ­
gue armónico de las masas, tenía la leve angustia,
la sensación de pesadilla brillante que deja un
“b a l l e t ' bien presentado. En “Alejandro N e v s k y 99
las escenas preliminares de la batalla, en la que
cada gesto tiene un sentido, en las que se siente
la presencia de cada palabra entre el cielo y la
llanura, hasta que las palabras desaparecen y que ­
da en la extensión infinita el interminable avance
de la carga de caballería, se parecen tam bién a
un “ballet". Porque la calidad armónica que si­
túa a estas dos películas fuera de la re alidad, no
está dada por su argumento o la maestría de la
fotografía, sino por su extraordinario sentido de l
ritm o ; vale decir: porque en ambas existe, esen­
cialmente, un sentido de la danza.
ESTELA CANTO

14

y su

realidad

P edro C im beles — Estim ulada t o d a vía po r el afán
de lucro de los e m p resa rio s tea tra les y p eriodís ticos.
E nrique H errero — C reo, amigos, que u sted e s es­
tán to m a n d o el efecto p o r la causa.
I nés M onte — Se busca el éx ito. ¿Y cuál es la
ex p resió n del éx ito para la hora en que vivim o s?
J ulio C eja — ¡El dinero!
I nés M onte — Así es. T riu n fa r es e n r i q u e c e r s e :
An to n io Botta, f a b rica n te de re vistas, e x t r a y e n d o a
su m agn o ingenio un in terés del 200 p o r ciento
m en su al, es un t r i u n f a d o r ; en c a m b i o , Ro m á n G ó ­
m e z Masía m u ere p o b re y. a p e s a r de h a b er es crito
“El se ño r Dios no está en casa”, es un fracasad o.
M artín Y añez — No para nosotros.
I nés M onte — Insignifica nte min oría, tal v e z
con tan te, p ero no sonante.
M artín Y añez — Le hace d e c ir el v e n c i d o H o n o ­
rato Balzac a ese ex tra o rd in a rio m ed io cr e, ente del
éx ito fugaz, que fuera Na p o leó n B o n a p a rte: “para
g o b ern a r a los h o m b re s hay qu e p e n sa r co m o ellos
acerca de los más im p o r t a n t e s asuntos, y d eja rse
co n d u cir p o r la o p in ió n ”. Esto lo hace el po lítico
malo. Y ta m b ié n el mal autor.
A mador T rola — Y a m b o s triunfan: se en riquecen.
J u a n S erú — “A d a p t a r s e es v i v i r ”.
E nrique H errero — P ero no so b r e v iv ir . Creo que
las m e j o r e s ob ras del tea tro a rg e ntin o han q u ed a d o
en el tin tero de sus au tores. Se a d a p ta ro n para
es trenar, y no fue ro n ellos q uienes lograron e s­
trenar. Fueron hom ú nculos para cu ya fa bricación
ellos sólo p re sta ro n su talen to, p er o qu e el p ú b lico
—por obra y gracia del e m p resa rio— m o d eló a su
hechura. Y más qu e en los autores, esta a d aptación
d efo rm a n te, p u e d e p ercib irse en los actores. P e n ­
se m o s lo que hubiera sido ca paz de hacer R o b e rto
Casau x en otro m ed io . Lean el re p e rto r io que su
pú blico le obligó a h a c e r . . .
J ulio C eja — ¡L a m en ta b le!
J uan S erú — Y la hora en qu e se da la función,
de noche, cu an do todos se hallan m ás o m en o s
fa tig a d o s de su tra gín diario, ¿no influirá en la
clase de espectácu los qu e se da a ese público?
P edro C im beles — Es posible.
E nrique H errero — Esp ectáculos qu e son. co m o
dice Paul Gsell, epílogo de la co m id a y p ró logo del
lecho.
A mador T rola — La v id a diaria, dolorida y a fa ­
nosa, p u e d e h a c e m o s bu scar sólo una d iver sió n en
el teatro . V am os a él com o a un baño que nos
limpia de p reocu pacion es. Tal v e z si se dier an es­
pectá cu lo s escogidos los d o m in g o s a la m añ ana,
com o se dan concier tos, se im p o n d r í a en ellos un
tea tro super ior.
M artín Y añez — A una m in oría in telectu a l. Y
esto a m í. p o r e je m p lo , no m e in teresa. A m í
m e in teresa la masa. Hacer que el p u eb lo reciba
esa co rrien te de exaltación p ro p ia de l v e r d a d e r o a r­
te. R e c o rd e m o s las co n dicion es qu e en su sabio
libro “El tea tro del P u e b lo ” ex igía R o m a in Rolland a un tea tro pa ra el pu eb lo . Estas: S e r v i r de
se d a n te alivio, ser f u e n te de en er gía e ilu m in a r
la inteligen cia.
I nés M onte — Y v o l v i e n d o al te m a de n u estra
con versación de hoy, ¿no les pa re ce que es te i n s ­
ta n te de n u estra v id a po lítica , con la su p resió n de
las lib erta d es de prensa y de pa labra, p u e d e haber
influido en la d eca d en cia del tea tro ? El a rte es un
pájaro. Sin lib erta d no vu ela.
M artín Y añez — A r t e es sin ó n im o de libertad, es
cierto. ¿Pero u sted cree, am iga, que en las so c ie ­
d a d es burgues as, hubo alguna v e z la lib e rta d i m ­
pre scin d ib le al gran artista? H ubo si e m p r e un
d es p o tis m o em b o z a d o . Al a u to r que escribía i d e o ­
lógica y aún e s té t ic a m e n t e l i b r e , no se lo ponía
preso, p ero no se le r e p re s e n ta b a su obra. La e m ­
presa, en re sg u a rd o de sus in teres es p articu lares,
obra ba tirá n ica m en te. Su censura econ óm ica a m o r ­
daza ba al au tor, si no tan v i o l e n t a m e n t e co m o bajo
la A lem a n ia nazi, con igual eficacia. Conozco yo
escritores a rg e ntin o s que tien en m á s de una pieza
teatra l en sus ca jo n es d es d e hace años, sólo p o r
haberla es crito a lo artista, lib re m e n te .
J uan S erú — ¿Y los tea tro s in d ep en d ien tes? Creo
que sólo en Buen os A ires su n ú m e ro alcan za a
va rias decen as.
I nés M onte — ¿Pero p o r qu é los tea tro s i n d e ­
p e n d i e n t e s casi sólo dan ob ras ex tr a n je r a s de a u t o ­
res famosos?
M artín Y a ñ e z — P o rq u e no son i n d e p e n d ie n te s.
P o rq u e ellos t a m b ié n se hallan ba jo la féru la del
capitalism o. Los n o m b r e s de S ó fo c les, S h a k esp ea r e
o Calder ón defien d en su bo letería m e j o r que los
n o m b res de d escon ocidos j ó v e n e s argentinos.
A mador T rola — P ero a sí los tea tro s i n d e p e n ­
d ien tes han p e r d id o su p rin cip a l razón de ser. la
de con stitu ir un m an an tia l de n u e v o s va lores.
P edro C im beles — ¿Para qu é re p re s e n ta r, p o r
ejem p lo , m e d ia n te ac tores n o v a to s “La da m a de
las ca m elia s”, y a hecha p o r a cto res del llam ado
tea tro com er cial, pero eficaces por lo diestros?
I nés M onte — Entre n osotros el t e a tro in d e o e n dien te ha p er d id o su ca rá cter e x p e r i m e n ta l . Si no
es un ta ller de autores, actores, d irecto res, es c e n ó ­
grafos, ¿por qué inten tarlo?
A mador T rola — Esto han sido los tea tro s i n ­
d e p e n d ie n te de Europa: una f u e n t e de re no va ció n .
De ellos han surgido a u to res audaces.
J ulio C eja — ¿Y nuestros t ea tro s oficiales? ¿Qué
m e dicen del d éficit con que el te a tro M u nicipal
inició su vida?
A mador T rola — ¡Un es cán dalo!
J ulio C eja — ¿Y el otro, el p ro h ija d o p o r la Co­
m isión de Cultura?
A mador T rola — Se d eja m ecer, tra nquilo, el
a m p a ro de la se nectu d .
I nés M onte — Tan to qu e e s p era m o s algunos cu a n -

�do directores de la capacidad de Cunil Cabanellas
o A rm an do D is c é p o l o . . .
J uan S erú — Si al m*&gt;'or general le pone usted
un estado m a yo r de d o c to r e s, v ie jo s y g otoso s, esté
seguro que pi erde toda s las batallas. Igual le o cu ­
rre a cualquier di rector artístico de nuestro tea tro
oficial. ¿Cómo da r un paso hacia la audacia? ¿Có­
mo intentar lo im p revis to , có m o en sa ya r lo n u evo
llevando ese peso m u erto de opiniones m u y siglo
XIX. de a dm ira dores de Eche garay y Scribe como
estado mayor?

Dirige
NORBERTO FRONTIN!

A mador T rola — El arte oficial sie m p r e ha sido

un fracaso.
J ulio C eja — “ El Estado —dice Rollan d— p e r t e ­
neció y p erten ece al pasado. Detien e cuan tas f o r ­
mas nuevas surgen. Pero a la vid a no p u ed e i n ­
movilizarla. El papel del Estado es p etrif ica r cu an ­
to toca, con vertir un ideal v i v i e n t e en un ideal
bu rocr ático”.
M artín Y áñez — ¿Y por qué no ocurre ésto con
los teatros estatales de la U. R. S. S.?
I nés M onte — ¿Y po r qué el teatro in d ep en d ien te
de Norte América, que es re volucionar io en am bas
direcciones, ideológica y estétic a m e nte , co m p ite
con el teatro comercial, aún en el ca m po de éste,
en el negocio?
M artín Y añez —¿Por q u é ? . . .
P edro C imbeles — Oigamos

El fra terno
paña

en

gislatura

pueb lo

chileno

ha

elegido

el c o ra zó n ”, de su corazón
de

Chile

anhelando

para

se na d o r de
en

la República

España.

su v o z

a Pablo

C e le b rem o s a le g r e m e n te

N eru da,

el

p o eta

de

su incorp oración

una espiritual d im en sió n amer icana.

Para

que

“Es­

a la L e ­
le re c u e r ­

den quienes le quiere n y a d m ira n en su poes ía de tan digna hum ana prese ncia, re p ro d u c im o s su f e r ­
voroso segundo canto a Stalingrado, ciudad que en el m artirologio de esta guerra, es un n u e v o p u n to

a

Lope

de

Vega:

“Sepa quién para el público trabaj a
que tal v e z a la plebe c u l p i en v a n o ,
pues que si le dan paja come paja,
siem p re que le dan grano, co m e g ra n o ”.
M artín Y añez — Yo creo en el instinto artístico
del pueblo. Los empresarios in terp u esto s en tre el
autor y el público, im piden que aquel se le llegue
y lo despierte. Para mí. la culpa de la decaden cia
artística del teatro argentino, decad en cia de la cual
participa todo el teatro de Europa, e x cep to Rusia,
reside en la organización comercial del teatro , en
que es una em pr esa particular, el negocio de un
señor que en él quiere sacar fru to a su dinero.

de partida —p a rtida y parto— en el destin o de los pu eblos del m u n d o .
histórico,
de

lo es p o r la real

responsa bilidad

del

y

de

h om bre

de

a rdiente
tal

Si Stalingrado es un sím b o lo

m em o r i a m illonaria m u erte, p o r la em o cio n a n te con cien cia

tam aña g e s ta

heroica

y

por

la espera nza

de

vid a

de

noble

estilo de su pelea y de su moral su p erviven cia . — F.

em
itoilea m o r a STA IA X t.lt. 1 //O

X itero

escribí sobre el tiempo y sobre el agua,
describí el luto y su metal morado,
yo escribí sobre el cielo y la manzana,
ahora escribo sobre Stalingrado.
^La la novia guardó con su pañuelo
el rayo de mi amor enamorado,
ahora mi corazón está en el suelo,
en el humo y la luz de Stalingrado.
Yo toqué con mis manos la camisa
del crepúsculo azul y derrotado;
J uan S erú — ¿ S ab en , amigos, que nos hemos
ahora toco el alba de la vida
puesto peligrosos? ¿No sería m e j o r “d i s o l v e m o s ”,
naciendo con el sol de Stalingrado.
para em plear un térm ino adecuado?
Yo se que el viejo joven transitorio
J ulio C eja — ¿Y por qué adecuado?
de pluma, como un cisne encuadernado,
J uan S erú — ;Por ser policial, pues!
desencuaderna su dolor notorio
P edro C imbeles — Los amigos Y a ñe z y Herrero
no se andan po r las ramas, según parece. Escar­
por mi grito de amor a Stalingrado.
ban en la raíz. Ellos, para ten er otro teatro, ¿pre­
Yo pongo el alma mía donde quiero,
tenden antes ten er otra s o c i e d a d ? . . . ;Caracoles!
I nés M onte — Empresa difícil.
y no me nutro de papel cansado,
A mador T rola — Lenta.
adobado de tinta y de tintero.
P edro C im beles . — ;A rries g a d a !
Nací para cantar a Stalingrado.
J uan S erú — Nos hemos p u esto e x c es iva m en te
Mi voz estuvo con tus grandes muertos
trascendentales. Y no m e gusta. La conversación, el
contra tus propios muros machacados,
palique como dicen los hispan os, la “ca uss erie” de
mi voz sonó como campana y viento
los franceses, esa “ causserie” tan grata a nuestros
López, Wilde. Cañ é, Mansilla, C a m b a c e re s. . .
mirándote morir, Stalingrado.
I nés M onte — ;A todo s los he oído!
Ahora americanos com batientes
J uan S erú — Esa “causs er ie” que ya prac tic aban
blancos y oscuros como los granados,
los amab les chinos milenarios, debe se r una cosa
matan en el desierto a la serpiente.
leve, dicha so nrien do, ágil, ponién dole alas de an éc­
dotas. Les narraré una, que tal v e z p u eda ser
no estás sola, Stalingrado.
ejemplar, sin d eja r de ser risueña: Hace años, un
Francia vuelve a las viejas barricadas
joven poeta llevó una pieza a Pascual Ca rca va llo,
entonces em pr esar io y director, según es habitual
con pabellón de furia enarbolado
en nuestros teatros, de una compañ ía que actuaba
sobre las lágrimas recién secadas.
en el Teatro Nacional. Carcavallo rech azó su pieza
al poven poeta y para ello inten tó dar razones de
no estás sola. Stalingrado.
orientación estética. El creía que el camino se ha­
Y los grandes leones de Inglaterra
llaba en el sainete, como “ Tu cuna fué un c o n v e n ­
tillo”, no en el áspero grotesco, influen ciado p o r
volando sobre el mar huracanado
los rusos Chejof, Andreief, que el jo v e n p o eta le
clavan las garras en la parda tierra.
ofrecía. Este lo interr um pió : “Escuche, Don P a s­
cual. A q u í no se trata de que discutam os acerca
Ya no estás sola. Stalingrado.
de nuestros respectivas estéticas. No disentim os por
Hoy. bajo tus montañas de escarmiento
ellas, precisam en te. Dise ntim os po r esto: Usted
tiene un negocio de z a p a te ría ; yo, fabricante de
no sólo están los tuyos enterrados,
sombreros, ve ngo a ofrecerle una m erca d ería que
temblando está la carne de los muertos
usted supone no ven d erá a su clientela. ¡No la
compra! Eso es to d o ”. Y se fué.
que tocaron tu frente, Stalingrado.
E nrique H errero — Sin em ba rgo , la anécdota es
Deshechas van las invasoras manos,
más seria de lo que usted quiere.
triturados los ojos del soldado,
I nés M onte — ¿Y en qué hemos re m ed ia d o la
están llenos de sangre los zapatos
situación de nuestro teatro con la charla de hoy?
que pisaron tu puerta, Stalingrado.
A mador T rola — ¡En nada!
Tu acero
azul de orgullo construido,
J uan S erú — ¿Pero acaso buscamos algún r e m e ­
tu pelo de planetas coronados,
dio conversando?
tu baluarte de panes divididos.
M artín Y añez — A d e m á s: El rem edio de cu alquier
tu frontera sombría, Stalingrado.
mal no se halla buscándolo. Se lo encu en tra ha­
ciendo.
Tu patria de m artillos y laureles,
P edro C imbeles — ;Eso es! F u n d em o s una S o ­
la sangre sobre tu esplendor nevado,
ciedad filo-dr amática como hacíamos los m u c h a ­
la mirada de Stalin a la nieve
chos de a n t e s . . .
tejida con tu mano, Stalingrado.
J ulio C eja — Los co n tem p o rá n eo s de Bataglia,
Angelina Pagano. Pablo P o d está* Alippi, Muiño.
Las condecoraciones que tus muertos
Pidam os obras. Vendrán p o r cientos. Habrá cinco
han puesto sobre el pecho traspasado
o seis buenas, quizás excelentes. Se ofrecerán a c to ­
res y directores por decenas. ¡Y hagamos!
de la tierra, y el estrem ecim iento
A mador T rola — ¿Qué?
de la muerte y la vida, Stalingrado.
E nrique H errero — Lo que otros no han hecho.
La sal profunda que de nuevo traes
El sendero de la gloria y hasta el de la fortuna
al corazón del hombre acongojado
está allí. Darle la espalda al a n ch o -c a m in o a b ie r­
to, y abrir otro. De todas man eras, ¿no es m e j o r
con la rama de rojos capitanes
cansarse cortando zarzas que cansarse de ca m inar
salidos de tu sangre, Stalingrado.
hundiéndose en un camino embarrado ?
E nrique H errero — Me parece que p o r este c a m i­
no sí llegamos a la causa de la postración del teatro,
y tal ve z de todo arte, en las socied ades ca p ita ­
listas. Si el pu eblo tiene el gober nante que mer ece,
la sociedad ta m bién tien e el arte que mer ece. La
sociedad capitalista, afanada, en la m a yo ría de
sus compo nen tes, sólo en ganar, lo m ás y lo antes
posible, ¿qué arte teatral m e r e c e , sino un arte
m edian te el cual su p ro d u cto r sólo busca dinero?
Y me particularizo en el arte teatral p o r se r el
que más d epen de del m undo que lo rodea. Un
poeta lírico pu ede apare cer en tod o m o m e n to de
una nación. ¿Por qué la Grecia dominada p o r A l e ­
jandro no dió otro Esquilo?

15

La esperanza que
como la flor del
la página grabada
las letras

rompe en los jardines
árbol esperado,
de fusiles
de la luz, Stalingrado.

La torre que concibes en la altura,
los altares de piedra ensangrentados,
los defensores de tu edad madura.
los hijos de tu piel. Stalingrado.
Las águilas ardientes de tus piedras,
los metales por tu alma amamantados,
los adioses de lágrimas inmensas
y las olas de amor. Stalingrado.
Los huesos de asesinos malheridos,
los invasores párpados cerrados,
y los conquistadores fugitivos
detrás de tu centella. Stalingrado.
Los que hum illaron la curva del Arco
y las aguas del Sena han taladrado
con el consentim iento del esclavo.
se detuvieron en Stalingrado.
Los que Praga la Bella sobre lágrimas,
sobre el enm udecido y traicionado,
pasaron pisoteando sus heridas,
m urieron en Stalingrado.
Los que en la gruta griega han escupido,
la estalactita de cristal truncado
y su clásico azul, enrarecido . . .
¿Ahora dónde están. Stalingrado?
Los que España quemaron y rom pieron
dejando el corazón encadenado
de esa madre de encinos y guerreros,
se pudren a tus pies, Stalingrado.
Los que en H olanda, tulipanes y agua
salpicaron de lodo ensangrentado
y esparcieron el látigo y la espada.
ahora duermen en Stalingrado.
Los que en la noche blanca de Noruega
con un aullido de chacal soltado
quemaron esa helada primavera.
enm udecieron en Stalingrado.
H onor a tí por lo que el aire trae,
lo que se ha de cantar y lo cantado,
honor para tus madres y tus hijos
y tus nietos, Stalingrado.
Honor al com batiente de la bruma,
honor al com isario y al soldado,
honor al cielo detrás de tu luna.
honor al sol de Stalingrado.
Guárdame un trozo de violenta espuma,
guárdame un rifle, guárdame un arado,
y que lo pongan en mi sepultura
con una espiga roja de tu estado.
para que sepan, si hay alguna duda,
que he muerto amándote y que me has amado,
y si no he com batido en tu cintura
dejo en tu honor esta granada oscura.
este canto de amor a Stalingrado.

�LOS ABSTENCIONISMOS Y LOS “ VALORES ETERNOS” PUEDEN
QUEDAR PARA D E S P U E S . . . DIJO

MA R I O «|«&gt; A N D R A D E
H a poco más de dos meses falleció en San Pablo el poela brasileño Mario de Andrade. N ovelista,
crítico, ensayista, musicólogo, folklorista, su obra tuvo resonancia en todas las inteligencias creadoras
de su patria. Su verbo, de buena estirpe, fue uno de los más vigorosos y claros de la intelectualidad
contemporánea del Brasil. En 1943. con inigualable serenidad, proféticam ente nos decía: “mi vida tie­
ne ya un lím ite preciso, no viviré más de tres años’’. En aquella ocasión tuve el privilegio de escu­
char de su propia voz — rica de calidades y matices expresivos— la lectura de su entonces últim o y
maravilloso poema. “El Café*’, un ballet. —cuya música debía estar a cargo de Camargo G uarnieri—,
elaborado con formas rítmicas populares —las más afrobrasileñas— y cuyo tema, resuelto con satí­
rica intención, es la revolución social consiguiente a la crisi&gt; de la industria de los cafetales y a la
inevitable desocupación y hambre colectiva. Obra aquella que por sus enorm es exigencias técnicas
y musicales únicamente podía producir el poético y científico ingenio privilegiado de Mario.

La novela que le diera estrepitosa fam a fué
"Macunaima, el héroe sin ningún carácter”. Osorio
de Oliveira dice: “Se trata de un libro que en
su propio estilo pretende ser una rapsodia del hablar
brasileño y que por la m ateria que con tien e es
una antología del folklore variado y h eterogén eo
del Brasil. Sólo un hom bre de la vastísim a in for­
m ación folklórica y de la cien cia etnográfica de
Mario de Andrade podía realizarla en la form a
truculenta, desm edida, absurda y fulgurante que la
torna tal vez la creación más original de toda la
literatura b rasileñ a”.
Inspirador y coautor principalísim o del M ovim ien­
to M odernista, hizo de él un severo juicio crítico
en su ya fam osa conferencia. El M ovim iento M o­
dernista fué una honda y esforzada lucha por la
libertad de expresión “contra la d isciplina portu ­
guesa de la lengua y la disciplina francesa del
gusto, del equilibrio y de la m ed id a”. Aunque el
M odernismo fué cosa de exportación, en realidad
sólo predicaba la libertad: por eso “sirvió de e stí­
mulo a la com pleta em ancipación, a la absoluta
independencia y por lo tanto a la d efin itiva n acio­
nalización de la literatura b rasileñ a”. Mario de
Andrade —dice el escritor A ugusto de A lm eida—
es ante todo y sobre todo un sím bolo que se afirm ó
y d esenvolvió en la lucha contra la ru tina”. Su
gravitación aleccionadora sobre el espíritu de los
escritores de su generación y de la que le sigue
ha sido asim ism o personalm ente directa: sólo cu an ­
do se publique su num eroso epistolario se tendrá
una exacta visión de la m edida de su generosa y
patriótica influencia en pro de la form ación de
una libre y auténtica cultura brasileña.
En la referida con feren cia —abril de 1942. ya en
tiem pos de guerra—, Mario de Andrade hizo la
revisión del M ovim iento M odernista y entonó un
mea culpa que es a la vez una preceptiva em ocio­
nada de la dignidad del escritor. Como hom enaje
a la m em oria de uno de los hom bres m ás rep resen ­
tativos de la m ejor y m ás noble in teligen cia a m e­
ricana transcribim os fragm entos de los últim os
párrafos de aquélla:
“El arte tien e una función hum ana, inm ediata y
m ayor que la creación h edonística de la belleza.
Y es dentro de esta función hum ana del arte que
el “asu n to” adquiere un valor prim ordial y rep re­

#

o

r r n s p n n t iv n v it i

senta un m ensaje im prescin d ib le. Es com o actu a­
lización de la in teligen cia artística que el m o v i­
m iento m odernista representó un papel con trad ictodio y m uchas v eces gravem en te precario.
“A ctu ales, actualísim os, un iversales, aún a v eces
origin ales en n uestras in vestigacion es y creacion es,
los participantes del período llam ado “m od ern ista”,
fuim os, con algunas excep cion es, nada con vin cen tes,
víctim as de nuestro placer de la vida y de la fe s ­
tividad en que nos desvirilizam os. Si todo lo cam ­
biábam os en nosotros, una cosa nos olvid am os de
cam biar: la actitud interesada ante la vid a co n ­
tem poránea.
“Yo que siem pre m e pensé, que aún m e sentí,
salu d ab lem en te bañado de am or hum ano, llego, en
el d eclivio de m i vida, a la con vicción de que m e
falta hum anidad. Mi aristocratism o m e castigó.
Mis in ten cion es m e engañaron. V íctim a de m i in d i­
vidualism o, busco en vano en m is obras, y tam b ién
en la de m uchos com pañeros, una pasión m ás du ra­
dera, un dolor m ás viril de la vida. No los hay.
Lo que hay en m uchos de nosotros es una anticuada
ausencia de realidad. P ercibo la in su ficien cia del
ab sten cion ism o . D ebim os haber inundado la cad u ­
cidad utilitaria de nuestro discurso de m ayor an ­
gustia del tiem po, de m ayor rebeldía contra la vida
com o está. Si ahora recorro mi obra, no m e veo
una sola vez asir la m áscara del tiem p o y ab o fe­
tearla com o ella m erece.
“No m e supongo p olítico de acción. Pero nosotros
estam os vivien d o una edad política del hom bre y
a esto yo tenía que servir. Tam poco m e desearía
escribiendo páginas exp losivas, dando palos por
ideologías y ganando los fáciles lau reles de una
prisión. Nada de esto soy ni es para m í. Mas esto y
con ven cid o de que debíam os habernos con vertid a
de esp ecu lativos en especuladores. N os v o lvim os
abstencionistas, abstem ios y trascend en tes. U nos
verdaderos in con scien tes. Mas por lo m ism o que
fui sincerísim o. que d eseé ser fecu n do y ju gu é
lealm en te con todas m is cartas a la vista, alcanzo
ahora esta con cien cia de que fuim os bastante
inactuales.
“Todo lo que hicim os, todo lo que yo h ice fu é
una celada de mi felicid ad personal y de la fiesta
en que vivim os. Es, adem ás, lo que con azucarada
decepción nos exp lica h istóricam en te: nosotros éra­
mos los últim os hijos de una civilización que se

tir u t it io r

Angel Rojas es uno de los más jóvenes escritores del
Ecuador y pertenece, con Demetrio Aguilera Malta,
Enrique Gilbert, Joaquín Gallegos Lara y algihi
otroy al grupo de Guayaquil. La carta que se trans­
cribe vale por lo que tiene de documento vivo au­
téntico y por haber sido escrita, diríamos, casi en el
fragor de la revolución ecuatoriana. Juzgamos nece­
sario agregar que es Angel Rojas un poeta muy ame­
ritado.
Señor Norberto A. Frontini. — Buenos Aires. —
Kstin ado am igo: Los hechos acaecidos en la últim a
semana le habrán explicado el por qué de mi silencio
al demorar la respuesta a su carta anterior. Hoy
acabo de recibir otra suya, fechada el 2 del actuai,
a los ocho días de haber hecho nosotros nuestra
modesta pero form idable revolución popular, que se
trajo al suelo la ignom iniosa dictadura de Arroyo
del Río. En una ocasión le dije ya a usted cóm o
me había dolido no poder hablar oportunam ente,
largam ente con usted para presentarle nuestro punto
de vista: el de las agrupaciones políticas que habían
constituido un solo frente, A lianza D em ocrática
Ecuatoriana, que son. entre otras, el Partido Con­
servador. el Socialista (el m ío) y el Com unista, y
que pudieron elaborar un program a político que
tratan de defender. Pues bien: esa coalición, viendo
la absoluta im posibilidad de im ponerse en los com i­
cios para la elección presidencial, ya que el fraude
electoral lo sabíam os consum ado de antem ano, re­
solvió seguir el cam ino del golpe m ilitar, y en

esta ciudad de G uayaquil y en la de Quito em p e­
zamos a vincularnos con elem en tos de las fuerzas
arm adas que fueran de izquierda o, por lo m enos,
que tuvieran fervor dem ocrático.
Se pensó en organizar pronunciam ientos sim u l­
táneos en Quito y G uayaquil, pero en un m om ento
dado hubo necesidad de acelerar la cosa en esta
ciudad, ante el peligro del contragolpe del gobierno,
que descubrió en parte el com plot. En las filas del
electorado (se hicieron num erosos com ités electo ­
rales para trabajar por la candidatura del doctor
Velazco Ibarra) escogim os con todo cuidado un
considerable grupo de hom bres resueltos, con el
cual h icim os una guardia de choque que, cuando
fué preciso, tom ó las armas en la noche del dom ingo
28 de m ayo últim o. El problem a m ilitar central
era dominar el cuerpo de carabineros atacándolos
en su cuartel. Esa operación duró desde las diez
y m edia de la noche hasta las seis de la m añana
del día sigu ien te, hora en que nuestras fuerzas
se tom aren el cuartel. Corrió sangre a torrentes.
Ese cuartel y los alrededores quedaron literalm en te
cubiertos de cadáveres. Pero conseguim os, a las
prim eras horas, dominar la situación En la m ism a
mañana hicim os un cable a Velasco Ibarra in v itá n ­
dolo a venir a la zona liberada, y em pezam os a
esperar el resulado de la conspiración de Quito.
El gobierno no trató en un principio de sofocar
nuestro m ovim iento, ordenando la m ovilización de
tropas sobre G uayaquil, mas pudim os interceptar
tedas esas órdenes y oponernos a ellas en form a
eficaz. Una de las gu arn icion es que debía hacer
el cerco, la de Ríobam ba, a m edio día, se p legó a
nuestro m ovim iento. Y se inició, desde las prim eras
horas del lunes, la rebelión sistem ática en todos
16

acabó, y es sabido que el cu lto d eliran te del p lacer
in d ivid u al reprim e las fuerzas de los hom bres sie m ­
pre que una edad m uere. H ay una ob servación
que puede traer alguna com p lacen cia para lo que
yo fui y es que yo estaba en gañ ad o. Creía sin c e ­
ram ente cuidar m ás de la vida que de m í. D eform é,
nadie im agina cuánto, m i obra; lo que no qu iere
decir que si no h iciese eso, ella fu ese m ejor. Y ahora
llego a esta paradoja irrespirable: h ab ien do d efo r­
m ado toda mi obra por un an tin d iv id u a lism o d iri­
gido y volu n tarioso, toda m i obra no es m ás que
un h ip erin d ivid u alism o im placab le! Y es m ela n có ­
lico llegar así al crep ú scu lo sin contai* con la s o li­
daridad de sí m ism o. No p uedo estar sa tisfech o
de m í. Mi pasado no es m ás mi com pañero.
“Yo creo que los m odern istas de la “S em ana de
A rte M oderno” no d eb em os serv ir de ejem p lo a
nadie. P ero podem os servir de lección . El hom bre
atraviesa una fase in teg ra lm en te p olítica de la h u ­
m anidad. N unca jam ás él fu é tan “m o m en tá n eo ”
com o ahora. Los ab sten cio n ism o s y los v a lo res
etern os pueden quedar para desp u és. Q uiero e x a c ­
tam en te decir que en una edad hum ana com o la
que vivim os, cuidar sólo de esos v a lo res y r e fu ­
giarse en ellos, en libros de ficció n y aún de
técnica, es un a b sten cion ism o d esh o n esto y d es­
honroso com o cu alq u ier otro, una cobardía com o
cu alq u ier otra. P or lo dem ás, la form a p o lítica de
la socied ad es un valor etern o tam b ién . A p esar
de nuestra un iversalid ad , una cosa no fa v o recim o s
verd ad eram en te, de una cosa no participam os: del
m ejoram ien to p olítico social del hom bre. A h í está
la esen cia m ism a de nuestra edad.
“Si de algo p u ed e v a ler m i d isgu sto, la in sa tis­
facción que yo m e causo, que los otros no se
sien ten , así, a la vera del cam ino, espian d o a la
m ultitud pasar. H agan o se reh ú sen a h acer arte,
cien cias, o ficios. P ero no se qued en sólo en espías
de la vid a cam u flad os de técn ico s de la vid a. M ar­
chen con las m u ltitu d es. A los esp ía s nunca les
fu é necesaria esa “lib erta d ” por la que tanto se
grita. La vida hum ana es algo m ás que cien cia,
artes y p rofesion es. Y es en esa v id a donde la
libertad y el derecho de los hom bres tie n e un
sentid o. La libertad no es un prem io, es una sa n ­
ción que d ebe v iv ir ”.
F.

los distritos electorales —las parroquias— . En la
tarde, ante el giro de los a co n tecim ien to s, y en
vista de que una gran parte de la gu arn ición m ili­
tar de Quito se preparaba para atacar a los ca ra ­
bineros, que sosten ían in co n d icio n a lm en te al g o ­
bierno, éste, viendo el juego perdido, dim itió. Los
carabineros se rindieron, en vez de ser red u cid os
a polvo com o aquí, y a m edia n oche, A lianza D em o­
crática ocupaba el P alacio de G obierno y estab lecía
un n u evo régim en. La Junta Civil y M ilitar de
G uayaquil, de la cual form é parte rep resen tand o
al Partido Socialista, vien d o la rev o lu ció n triu n ­
fante, y en virtud de haber ven id o al Ecuador el
doctor V elasco Ibarra, el candidato de A lianza, p re­
cisam en te, resignó sus fa cu lta d es una vez que n u es­
tro candidato, recibido triu n fa lm en te en Q uito, asu m ió en m ando suprem o y ordenó la con vocatoria
de una asam blea co n stitu y en te, que estará reunida
el 10 de agosto próxim o.
T enem os ahora una rabiosa* libertad, y la libertad
electoral va a dejar de ser un m ito. Nos hallam os
organizando en todas partes n uestras fuerzas, ya
ahora operando con toda franqueza, para con stitu ir
un electorado fuerte y d isciplinado. Hace una hora
que V elasco Ibarra retornó a Quito. Ha pasado en
esta ciudad desde el dom ingo, en donde ha reci­
bido el h om enaje fervoroso de una población que
le ha exaltad o hasta el delirio. H em os hablado largo
con él. H em os con ven id o en m uchas cosas in te re­
santes. Hay razón para estar sa tisfech o s. Los par­
tidos de izquierda hem os dejado de ser cosa p roh i­
bida. Y en el m es próxim o, con el franco apoyo
del gobierno, va a reunirse un form id ab le con greso
obrero, para dejar co n stitu id a la C onfederación de
T rabajadores Ecuatorianos.
Ya he de seguir con tánd ole cosas, de estas casi
in verosím iles que están su cediend o.
E ntretanto, le abraza y recuerda
A. F. ROJAS

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dencia.
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ca esos métodos al estudio de lo
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zada, y siguiendo en esta forma
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U. T. 31 - 8867

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�T? l chicle se cosecha en una vasta zona de más
-*-J de 8.000.000 de hectáreas, de propiedad fiscal,
que va de Campeche a Quintana Roo, en la penín­
sula de Yucatán, y de Champoton a Valladolid.
Lo produce un árbol llamado Chicozapote, que
suele tener hasta veinte metros de altura. Su copa
es alta, pequeña y muy verde la hoja y dura la
madera. Lo explotan varias compañías. El diez
por ciento lo recoge la “R igle” y el noventa por
ciento restante una compañía americana, llamada
la “American Chicle Company”, que tiene una
subsidiaria llamada a su vez “Mexican Explotation
Company”. Campeche produce el cuarenta por
ciento del chicle mundial. Dichas empresas vienen
trabajando desde el año 1890. Pero fue un tal
Roberto Boy el primero que empezó a explotarlo
en el año 1860 durante la guerra de secesión. Se
instaló en Tuxpan y desde aquí lo enviaba en
pequeñas cantidades a Norteamérica. En el año
1884 se establecieron las primeras explotaciones
mexicanas. El chicle era conocido por los indios,
que lo llamaban chilli, pero su generalización es
un fenómeno norteamericano, y en este sentido
puede considerarse como invención suya. Los
mayas también lo conocieron pero con el nombre
cha y denominaban al árbol yah. Los indios lo
mascaban puro, sin cocer.
La explotación del chicle se hace mediante inter­
mediarios. quienes contratan, para las grandes em ­
presas, a los obreros que van a los chenes. Los
chenes son los bosques, la jungla, donde se en­
cuentra el chicozapote. Los obreros son llamados
rhicleros. Trabajan desde junio a febrero inclusi­
ve. Parten en grupos hacia los chenes, desde el
pueblo más inmediato. Tardan más de ocho días en
llegar y cuando se han internado escogen un lugar
apropiado para la instalación de los hatos, palabra
que ellos pronuncian aspirando la h. Construyen,
por lo general, seis o siete en derredor de una
oficina que está en el centro de un terreno de
forma poligonal de igual número de ángulos, y
en la dirección de cada uno de ellos, pero a
larga distancia del mismo. El jato viene a ser.
así, una suerte de caserío de enramada hacia donde
los chicleros regresan cada día, después de la
jornada de trabajo. Los jatos se establecen, pues,
en medio de la jungla y en plena libertad, pero
sujetos a las lim itaciones sin cuento de la jungla
misma, separados varios días de marcha a muía
de la oficina central y semanas del pequeño centro
civilizado de donde partieron. Los chicleros ini­
cian las jornadas desde los jatos, en plena oscu­
ridad. pues los abandonan a las tres de la madru­
gada. Van con linternas, penetrando profunda­
mente en los chenes, casi siempre pantanosos y
siempre llovidos. Como la arboleda es espesa y
la menuda ramazón tupida y enredada, los chi­
cleros van abriéndose paso a machete. Toman
precauciones para el regreso — podrían perderse
definitivamente
dejando un intermitente sendero
de muescas en la corteza de un árbol que llaman
chit. Cuando les parece conveniente, se separan
unos de otros y comienzan el trabajo. Regresan
a las tres de la tarde, a la hora en que empiezan
las lluvias. Los chicleros se alimentan con carne
de venado, jabalí o faisán y con fríjoles. Cuando
no les envían alimentos, comen una raíz del lugar.
Con cada 20 chicleros, o con el grupo que inte­
gra cada jato, va una mujer que sirve de cocinera
y a la que el chiclero paga diez centavos por vez
que le hace la comida. Pero la mujer sirve ade­
más para lo que sustitutivamente se llama “el
lavado de ropa”. La mujer es, pues, cocinera y
concubina colectiva. Mientras ella ejecuta esta
doble locación de servicios como quien cumple
una función de orden público, nada grave acon­
tece en el jato. Pero la tragedia se cierne el día
en que ella se decide convertirse en barragana
exclusiva de un solo chiclero. La^ cuestiones y
pendencias domésticas se liquidan a juego lim pio
y las más peliagudas a machete, un corvo machete
filosísim o, de más de ochenta centím etros de
longitud, que los chicleros, por razón de su o fi­
cio, usan para tajear la corteza de los árboles
para que de ellas escurra el chicle. Con ese filoso
instrumento de trabajo, los chicleros resuelven
las enconadas broncas de carácter sexual que se
promueven cada vez que uno de ellos monopoliza
el servicio de “lavado de ropa” de la mujer del
jato. Los duelos a machete por una mujer son
duelos a muerte. Fuera de los duelistas, ningún
otro interviene: los demás son simples especiado-

¡CHICLE!
Fué en 1940, en ocasión de mi estada en
Méjico, cuando Juanito de la Cabada, el
enjundioso autor de uPaseo de Mentiras”,
me contó cómo es la vida de los chicleros.
Juanito de la Cabada, que conoce de cora­
zón los más interesantes rincones de M é­
jico, que tiene estrafalarios amigos en los
pintorescos mercados de la ciudad capital,
que sabe despertar voces cordiales en la
nocturnidad de sus calles, que estuvo en
España durante la guerra civil con los
escritores libres de América, convivió una
larga temporada con los chicleros de Cam­
peche, para descubrir, en la penumbra de
la selva, el estilo de vida de unos hombres
miserables. Fruto de esa convivencia es
la novela que prepara. Con los recuerdos
y las notas que con su anuencia en aquella
ocasión tomé redacto la siguiente escueta
memoria.

res y a veces ni siquiera eso, pues el duelo suele
cumplirse como un rito en la soledad de la selva.
Cada hectárea rinde, por año, dos árboles pro­
ductores de chicle; el árbol sólo admite una faena
cada cuatro años. Pero los árboles no ofrecen
sus jugos espontáneamente. Es necesario herirlos
en forma técnica adecuada para que puedan dar
su viscosa resina blanca. El chiclero debe hacer
con el filoso machete tajos regulares a todo lo
largo de la corteza, sobre el tronco y las ramas
importantes. Este trabajo lo hace de abajo hacia
arriba, subiendo por el árbol sujeto a una gruesa
cuerda que a la vez que rodea el tronco rodea
su propio cuerpo y le sirve pora posar las asen­
taderas. La ascensión es peligrosísim a. Los tajos
que hace el chiclero en la corteja a medida que
va ascendiendo inciden unos en otros, en ángulo
recto, formando un canal en zig-zag, en cuyo
extremo inferior se coloca la bolsa que recoge el
cicle. Es maravilloso el dom inio que tiene el
chiclero en el manejo del machete: los cortes
deben tener la profundidad exactamente necesaria,
pues cualquier exceso malogra la faena y perju­
dica la cosecha. El brazo del chiclero blande el
machete, seguro, preciso y continuo. A veces,
cuando está en lo más alto del árbol, la cuerda
se zafa y el chiclero cae por entre las ramas
ensartándose en ellas o en su propio machete.
El árbol da de 2 a 20 litros de chicle. El chi­
clero siente una gran alegría cuando halla un
árbol del que comienza a manar chicle en abun­
dancia. Calcula los litros que va a rendir y el
lucro posible. Esta alegría es explicable pues la
faena es la misma, se trate de un árbol de óptima
o menguada cosecha.
Cada semana los chicleros llevan el chicle a la
oficina central. El transporte lo hacen en muías.
Las muías marchan solas pero junto a ellas va
un arriero. El camino es pantanoso; deben atra­
vesar frecuentes charcas y seguir a menudo por
el borde de lagunas profundas. A veces la muía
resbala y desaparece con su carga de chicle, y
a veces, también, arrastra al arriero empeñado
en evitar el desastre. Durante la travesía, los chi­
cleros duermen en chinchorros que tienden entre
los troncos de los árboles, en medio de la espe­
sura. Para defenderse de las picaduras de los
mosquitos productores de la fiebre palúdica usan
m osquiteros; ellos los llaman pabellones. El m os­
quito enferma a casi todos los chicleros. Además
hay en los chenes otro terrible enem igo: la mosca
chiclera, que pica en los cartílagos de la nariz
y las orejas dejando sus larvas. Sólo cuando las
larvas empiezan a evolucionar los chicleros des­
cubren su existencia; entonces se cortan con el
machete la parte larvada del cartílago. Esta cirugía
la practican con estoica resignación, liberándose
de la podre con un solo tajo de su instrumento
de trabajo, arma y bisturí. Cuando no pueden
hacerlo ellos mismos lo hacen sus compañero?.
Hay también serpientes de picadura letal: la cuatronarices. la barbamarilla. la cascabel. Contra la
17

picadura de las serpientes usan un contraveneno
eficaz.
El chicle es llevado a la oficina central y aquí
se le deposita en grandes peroles de cobre esta­
ñado, donde se lo cuece. Después es volcado en
marquetas de diez kilos, con siete de las cuales
se hace un fardo.
La psicología del chiclero es muy curiosa: per­
tenece a todas las razas y nacionalidades y procede
de todos los lugares del mundo. M uchos tienen
cuentas pendientes con la justicia. Los hay m eji­
canos, japoneses, chinos, alem anes, guatemaltecos,
españoles, árabes. Los contratistas son, por lo
general, árabes. Todos son de un extremado in d i­
vidualism o. Durante las faenas no se hablan; sólo
conversan en los jatos en las horas de descanso
que son las horas de las lluvias. La conversación
es siempre anecdótica y sobre cosas del trabajo.
El regreso del chiclero al pueblo es de un espe­
luznante dramatismo, aunque ni él ni las gentes
tengan conciencia moral alguna del significativo
espectáculo. Lo espera, voraz y vocinglero, poco
menos que todo el pueblo. El farmacéutico, para
venderle rem edios, pues el chiclero vuelve enfer­
mo y casi siempre palúdico. Los fulleros para
m alquitarle las ganancias del penoso trabajo. Los
com erciantes para sonsacarle diez por la bagatela
que cuesta uno. Las prostitutas para su m erce­
nario q u eh a c e r ... Durante ocho m eses de trabajo
en los chenes, apenas si ha ganado 400 pesos
m ejicanos, o sea un jornal inferior a un peso y
setenta centavos. En el pueblo el ritmo de su
vida adquiere una urgencia pavorosa y en un par
de días se queda sin un cobre.
Cuando está por comenzar nuevam ente la tem ­
porada el chiclero se pone fuera de sí. Siempre
se promete no volver a los chenes. Pero el pobla­
do no es su am biente. Tolera m ejor las lim ita­
ciones y exigencias de la selva. En ella goza
de una libertad casi absoluta. Se siente dueño de
sí m ism o, pues la conoce bien y la ama y sufre
como a una apasionada costumbre metida ya en
el tuétano de su vida. Su m ente y sus brazos son
duchos para ejecutar una faena perfecta y para
abrirle camino en la espesura de los chenes, pero
de poco o nada le sirven en la abigarrada y
d ifícil espesura de la picardía pueblerina. De la
mosca chiclera se defiende a tajos reductores de
su propia hechura corporal y es capaz de sufrir
el paludism o y la mordedura de las serpientes;
pero no sabe defenderse del hom bre civilizado.
Ignora, y acaso no podría com prender jamás, que
la miserable vida que lleva — y que lo lleva—
es también pecam inoso fruto de la civilización
actual. V uelve, pues, el chiclero al chene, porque
en el chene se siente libre y hom bre. U n día dice
secamente: “Me voy” Es inútil preguntarle a
dónde. Nada ni nadie podrá detenerlo ya.
El chiclero muere en la selva. La ciudad y
el poblado le han impuesto un sufrim iento incom ­
prendido y una soledad que no se alivia con
diálogo alguno. La selva, en cambio, es una p eli­
grosa pasión sin trampa. La presencia de esta
vida vegetal, lluviosa y enmarañada — que en algo
se le parece— le estrem ece las fibras más hondas
del corazón. La selva es su asilo y su tumba.
N.

A.

F.

La contrafigura del chicle de los chenes tien e
otra pinta. Sostén oculto de una pa sta de azúcar
p er fu m a d a y o b je to n eu tro de un m a sca r que no
a li m e n t a , pone en las caras gestos de indiferen cia
o locu ra , siendo su fo rz osa expu lsión causa de v e r ­
gonza nte dem o ra .
E v id e n te su b ter fu g io de una
ener gía humana d esvia d a e indicio quizá de un
desequilibrio n e r v i o s o , es có m o d o d isim u lo de p e ­
rezas m en ta les y un se guro lim ita d o r y es tro p e a dor del habla. En todo cas o, ju g u e t e frívo lo de
much ach as y m uch ach os de escasa im ag in ación

�PINTURA Y GRABADO
Dirige
ANTONIO BERNI

‘'Un buen jardinero se conoce en los rincones de su jardín

LA ESCENOGRAFIA
EN NUESTRO TEATRO
L o s teatros de Buenos Aires, tomando como medida la calidad y el valor interpretativo de las
obras que llevan a escena. se pueden clasificar en dos categorías, distintas y diametralmente diferen­
ciadas; unos. los menos, se dedicaban al A rte , procurando alcanzar, con 51/ labor honesta. inteligente y
tenaz, la altura de las grandes obras y de los mejores artistas que han hecho historia en el teatro
universal. Otros, /os más, buscan, antes que cualquier otra cosa, el éxito de taquilla, con el menor
gasto posible en todo aquello que consideran superfluo. Estos teatros responden a empresarios que

"Estcncia". Ballet de Ginastera. Decorado de Horacio Butler.

improvisan compañías alrededor de una o más vedettes de moda, impuestas artificialmente al público
por medio de una propaganda desenfrenada de radio, diarios y revistas. Anualmente se estrena en Bue­
nos Aires docenas de piezas; algunas responden a.plausibles intenciones artísticas; el resto pertenece
al teatro comercial, sainetero y cursi.

Es indudable que el nivel cualitativo del teatro
argentino no es muy halagüeño. Lo salva de una
crisis total un puñado de directores y artistas, lu ­
chando desventajosamente, sin desfallecim iento, en
un medio deliberadamente adverso. Toda deca­
dencia conceptual en el teatro, repercute sobre
cada una de las partes que lo componen. Se des­
engaña el autor de ingenio al no encontrar em ­
presario o compañía que se interese por su género
literario; se resiente el actor al verse obligado a
soportar los papeles más anodinos; el escenógrafo
al sustituírsele la creación por los telones de fondo
de utilería; y así, todo ese conjunto de profesiona­
les o aficionados que participa en el montaje de
un drama.
La escenografía es un com plem ento del que no
puede prescindir el arte de las tablas; es, en cierta
medida, lo que mejor descubre el alcance artístico
de un director de compañía. “El buen jardinero
se conoce en los rincones de su jardín*’, dice un
proverbio. En la escenografía, como en los pocos
minutos intercalados de música o de danza, el di­
rector toca un terreno de gran amplitud mental,
que pone a prueba su cultura universal, erudita y
calificada, sin cuyo requisito no puede llegar a
desempeñar correctamente la m isión de seleccionador, organizador y animador de las personali­
dades que deben integrar una buena escena. Para
discriminar, en escenografía, la sensibilidad es tan
importante como en artes plásticas. El director,
si conoce la vida artística y trabajos de los plástiEscenografía

de

Christian Bérard, para
femmes", de Moliere.

"L'Ecole

des

eos del país en que actúa, está capacitado para
seleccionar personalmente al pintor escenógrafo;
de lo contrario, debe hacerse asesorar para esta
selección o recurrir al primero que encuentre. L na
escenografía ajustada a un drama, es como la
ilustración de un libro adecuada al texto. Existe
un formato, una planta, un lincam iento y una co­
loración, todo ilum inado convenientem ente para
favorecer y exaltar los personajes del drama. Cuan­
do no se acierta en esta conjugación, el decorado,
aunque tenga valor plástico por sí mismo, disi­
mula, molesta o contradice las otras partes de la
escena. La escenografía tiende — y tiene que
serlo— a un adaptación estética al espíritu del
drama. Ella puede construirse utilizando desde
los elem entos más simples y humildes hasta las
más costosas y palaciegas figuraciones; pero in­
discutiblem ente, en cada caso, concebida con la
aguda sensibilidad que sólo la educación artís­
tica seria y experimentada puede resolver. Esto,
que es axioma, lo ha desconocido la mayor parte de
los directores de escena, compañías y empresarios.
Con la escenografía se ha procedido como el
buen burgués procede cuando cree poder prescin­
dir del arquitecto para proyectar su soñada “her­
mosa” casa. Desde luego, no en todos los casos
es necesario recurrir al especialista para la solu­
ción de una escenografía, pero siempre hace falta
un mínimun de sensibilidad y experiencia por
parte de quien concibe y ejecuta. Para confirmar
la justeza de nuestro punto de vista, tenemos los
ejem plos más positivos y famosos dados durante
este siglo por los mejores teatros del mundo. Ellos
no dejan el menor lugar a dudas sobre la impor­
tancia que corresponde al decorado en la calidad
y expresión del arte escénico: M eyerhold en Rusia;
Piscator en Alem ania; los Ballets Russes y la
Comédie Fran^aise en Francia; es decir, todo lo
más calificado del escenario, mundialmente, con­
firma sin excepción esta regla.
En la Argentina, la escenografía como arte, no
obstante el desamparo colectivo en que se encuen­
tra, se ha mantenido en la tradición, por obra de
grupos de artistas que han defendido la calidad
del arte de las tablas contra todo derrotismo o
incapacidad profesional. La escenografía tendrá la
jerarquía que le corresponde cuando el buen tea­
tro deje de ser una excepción y consiga un verda­
dero arraigo popular.
A.
18

■

B.

Bramante Decorado de teatro (grabado).

El Salón
ile la Liberación
en M*arís
Esta vez se habla del Salón de Otoño mucho más
que de costumbre y ello se debe a que este año
tuvo una importancia excepcional fácil de com ­
prender. Fue el Salón de la Liberación. El pri­
mero desde hace cuatro años en que los artistas
pudieron exponer libremente, sin que mediaran
cuestiones de raza o de opinión política. Un Sa­
lón libre, en una palabra, que aleja para siempre
la amenaza que los alemanes significaban para el
arte francés, amenaza que se hubiera transformado
en opresión definitiva si no hubiésemos sacudido
a tiempo el dominio germano. ¡Loado sea Dios!
En nuestra pintura no hay huellas de la ocupación.
Expuso en este Salón Pablo Picasso. Se pre­
sentó con ochenta cuadros y esculturas. También
estaban presentes los viejos maestros: Matisse,
Bonnard. Duf y , Brague, Gromaire y Lothe.
El realismo ocupó también un puesto de honor,
de acuerdo a su jerarquía dentro del arte francés
contemporáneo. La pintura joven estuvo presente;
iniciada poco antes de la guerra y continuada
durante estos últimos cuatro años, se destacó por
su marcada tendencia humanista, aunque picturalmente mantenía una acentuada influencia del arte
abstracto post-fauvista.
(Extraído del artículo de André Warnod)

f

�HABLAN

LOS

ARTISTAS

ARGENTINOS

Con m otivo de la clausura de su Pri­
mer Salón de A rte Plástico, realizado

Dice
en Mar del Plata del 5 al 19 de fe ­

DEMETRIO
U RRUCH UA

brero últim o.

a u to r d el óleo

encuesta entre los expositores. R es­

66C abeza"

L a t it u d

organizó una

pondieron a ella, en esa oportunidad,

ser m ás breve, trataré de con d en sar las
*
cinco respuestas en una sola.
P refiero siem pre la calidad de h o m b re que hace
un determ inado tipo de arte, a la posición que
puede determ inar solo una actitud política, cuya
obra no estará obligada a una ex ig en cia social.
Por ello no creo que en el arte con tem p orán eo
solo sea ju sta m en te cu estión de posición estética
o no. Lo esen cial es ten er la condición in d isp en sa­
ble para asim ilar el drama, la an gu stia y el pro­
blem a presente. En últim a instancia, tam bién p o ­
dríam os afirm ar, que cuando la calidad com o h o m ­
bre, es honda, au téntica y hum ana, la posición
resulta ex a c ta , v ale decir: a la obra la alienta, la
m ueve y le da grandeza un desbordante principio
moral, económ ico y social, lo cual el gran arte que
m arcará la hora y el carácter de nuestra época no
puede ignorar, ni exclu ir de su seno ese anhelo
grandioso de los pueblos, que es clam or un iversal
y fondo m ism o de la pintura m ás profunda y s e ­
ria. Es por ello, en tonces, que el tem a siem p re
actual de m is trabajos ob ed ece a este fin: sim b o­
lizar, cantar, o en altecer la lucha por la cual los
hom bres buscan una nu eva vida.
Seguiré trabajando en los m ism os tem as de un
m odo u otro, pues nada tra nscurr e en m is obras
que se pueda sindicar com o tem a ocasional. P e r ­
fectam en te organizado, procuro en todo lo posible
ser intérprete fiel de la realidad m undial, y co n ­
sidero que un tem a se d esprende de otro, así c o ­
m o una im agen trae prendida otra n ecesariam ente,
pero todo ello, o la obra en total, tien en un solo
eje, una sola m ística: la vida del hom bre. Com ­
prendo que ésto parezca m uy pretencioso, pero
es así, pasional y am biciosam en te así, y no podré
dejar de hacerlo de este m odo, por cuanto co n ­
sidero que el artista no puede viv ir un m undo
aparte: por el contrario, es quién, antes que nadie,
percibe el sentido y la voz de la realidad.
Si así no lo hiciera, in d ivid u alm en te m e co n sid e­
raría, traidor al hom bre, com o tal, e incapacitado
para ver y sentir el m undo, e incapaz de dar com o
artista un verdadero m ensaje pictórico, fraternal y
solidario, adem ás de no desear sentirm e jam ás
turista de la vida o desertor del pueblo.
i &gt; a ra

G ER T R U D IS
CHALE
explica el
porqué
de su obra

i tela “P rim eras casas” es la sín tesis de una
su cesión de im presion es recogidas en d istin tos
lugares de un m ism o paraje. V iajando y paseando
con tin u am en te entre B u en os A ires y Q uilm es, he
E. Centurión, M. C.olmeiro. J. C. Casobservado la vida del suburbio, las andanzas de
sus habitantes, y he con ocid o su s problem as. A sí,
fu i com poniendo, poco a poco, éste y otros cuadros
tagnino
y A.Berni. cuyas respuestasque p ueden ser de todos los suburbios del país.
* Estos ú ltim os han sido y serán p rob ab lem ente el
leit m o t i v de m i obra; porque allí se m e apareció
la A rgentina, desp u és de buscarla sin éx ito en la
se publicaron en nuestro núm ero an­
ciudad. A llí en el bañ ad o de Q uilm es —suburbio
del suburbio— por prim era vez m e sen tí invadida
por el espacio. Me sen tí por fin m uy lejo s de
Europa,
y m uy cerca tam bién de una verdad h u m a ­
terior. Transcribim os hoy las de G.
na (por no decir social) que hasta en to n ces había
ignorado.
Pero nada hubiera pintado si no h u b iese e n co n ­
Chale, D. L rruchúa y L. Seoane.
trado en esto s paisajes una fu en te in agotab le y
original de em o cio n es e in sp iracion es pictóricas.
Me sentía descubridora de otro m undo; de algo que
sólo a m í perten ecía, pues no lo había visto e x p re­
sado en ningún otro cuadro.
A llí nada es trivial. Todas las cosas tien en un
las gen tes sus tem as folklóricos, sus leyen d as, co n ­
sig n ifica d o, una fun ción . (El surrealism o está en
tem plando los trabajos de todos los días y con ­
la calle, en los objetos: se ha m aterializado en form a
m ovién d oles las alegrías y los dolores populares.
racion al). Basta v iv ir un poco por allí para ver
Me gustaría clasificarm e entre éstos. P orque ta m ­
que lo ap aren tem ente absurdo e in sólito tien e hondo
bién los hay que “p resien ten ” al pueblo y p reten ­
sentid o y corresponde a d eficien cia s o n ecesid a d es
den hacer un arte popular, a veces con técn icas
hum anas.
trasnochadas, reflejand o unas gen tes deform adas,
T am bién veo allí cristalizada y hasta sim bolizada
con stan tem en te doloridas y enferm as que a m i
la inestabilidad de la con d ición hum ana, tan ca ra c­
ju icio no tien en nada que ver con la energía, con
terística
de n uestros tiem pos, com o tam bién todos
la alegría y con el dolor de la vida creadora de los
sus problem as v ita les al desnudo. Por lo dem ás,
trabajadores. Tales artistas ni exaltan ni ayudan
el asp ecto plástico del hom bre de aquellos parajes
al pueblo, ni sirven a las causas que creen servir.
es m ás verdadero, m ás au téntico, jam ás disfrazado
No han oído jam ás una canción tierna y sana en
com o en las urbes, y por éso m ás u n iversal y
el in stan te m ás terrib le de una huelga, o e sc u ­
m ás etern o.
chado el alegre coro im provisado al regreso de
Mi im perativo es reflejar im ágen es sin tética s de
una faen a cam pesina.
un sector de la A rgentina actual, rehabilitando p a ­
Los hom bres d eben recon ocerse en la obra de
rajes, g en tes y cosas, que d esp ectivam en te, erró ­
arte o deben recon ocer en ella aquello que m ás
n eam en te se ca lifican de “fe a s”. P ero tam bién
quieren. P or m i parte, no ten go tem or alguno
rep resentaré la tierra argentina com o fen óm en o
a ser un “pintor literario”, aún ignorando el se n ­
integrador de A m érica, en sus asp ectos etern os e
tido exacto de esta clasificación . El tem a m e
inm
utables. Q uisiera pintar in co n fu n d ib les im á g e­
pareció siem pre no m en os revelador de un artista
nes de la tierra argentina; ta les que se vea en
que el grafism o de su dibujo.
ellas algo de su trem enda realidad y de su m iste­
El arte de la A rgentina ocupa, a m i ju icio, uno
rio. A lgo que sea d istin to a todo lo dem ás. Ese
de los p uestos prim eros del co n tin en te y creo que
algo inm enso y hondo que, a u n q ue no se ve, está
a m edida que los artistas argentinos com enzaron
detrás de todas las cosas, y llevarlo, por su calidad,
a estudiar seriam en te la propia realidad hum ana,
a un n iv el universal.
el aire y la naturaleza que les rodea, sacu d ién d o­
En cuanto a la in vitación para p articipar en la
se del pintoresquism o, fueron h acién d ose m ás ar­
exp osición organizada por LATITUD, he sido m uy
gentinos. Lo d iferen cial está en el aire, en los tonos
sen
sib le a ella, porque m e sien to m ás a gusto e n ­
que produce la n aturaleza y en los gestos de las
tre com pañeros que andan por parecidos cam inos.
gentes.

M

í'orrcsp om ivn cia fiel l ’ru q u n y
Estimado colega:
A propósito de su nota en el prim er nú mero de la revista L A T I T U D , relacionada con la ex­
posición de artistas uruguayos en la Galería C o m te , rogamos a Vd. tenga a bien publicar la siguiente
aclaración.

Obispo A daúlfo” form a parte, desde luego,
de los tem as que m e gusta desarrollar y que
pertenecen, algunas veces, al folklore de G alicia.
Otras reflejan trabajos cam pesinos o m arineros de
esa tierra, o son escogidos de la historia m ed ioeval
y legendaria del pueblo gallego, com o ocurre en
este caso del Obispo, acusado de sodom ía en el
siglo X. por lo que fu é condenado a “la prueba
del toro” y cuya inocencia está proclam ada en la
actitud reverente del toro.
Los temas, como ejecu ción de la obra de arte,
son producto casi siem pre de una m editación ra­
zonada y de las convicciones, a veces no m uy
analizadas, del artista. M uchas veces surgen e s­
pontáneam ente. El grabado que exp u se en “LATIcon stituye una con secu en cia lógica de mi
obra anterior, por lo m enos de mi tem peram ento.
Solo creo en un arte que nace de la tierra,
aquella tierra que cada uno ama librem ente, al
margen de las oficinas del R egistro Civil. Cada
pintor, cada artista, al m ism o tiem po que debe
buscar su propia definición fren te a aquella n a ­
turaleza que más ama, debe desarrollar en sí
mismo aquellas cualidades d iferen ciales que le h a ­
cen distinto a otro artista, de m odo que sea
siem pre él.
En cuanto a escuelas, considero que el artista
no debe tem er violar cualquier disciplina im positiva. El arte es individual. Para el artista no debe
existir ninguna ortodoxia que im ponga reglas a su
producción. Debe, a mi juicio, seleccion ar de la
realidad, la externa e interna, la que lleva dentro,
aquellos elem entos que estim a m ás para exaltarlos.
No creo en el artista apartado, com o hom bre, del
pueblo y al m argen de sus luchas. Los hay que
se desarrollaron en m edio de la calle, entre las
inquietudes populares, escuchando de los labios de
t? l

“£n oportunidad se invitó a un grupo de plásticos para concurrir a una exposición organizada
por la Sra. Giselda Zanni y propiciada por la Sociedad Am ig os de l Arte de M o n te v id e o , manifestándo­
les que se trataba de una muestra representativa de los valores actuales y sin ninguna otra finalidad.
Con gran sorpresa nos enteramos posteriorm ente, que en realidad se trataba de utilizarnos para
prestigiar, con nuestra presencia, la escuela Torres García, dándosele preferencia, es claro, en nú mero
y ubicación a la obra de este señor y sus discípulos, quienes llenaban la sala, mientras los demás artis­
tas, enmarcando la tendencia predominante, la justificaban con su presencia, pero anulada de antemano
su representación por cuánto sólo correspondía una obra por autor.
Para m ejor ilustrar sobre la forma y procedim iento usados, anotamos el caso del grabador Car­
los González, quien invitado, se rehusó a mandar obra; no obstante se le hizo figurar, habiéndole re ­
tirado a tal efecto. sin su autorización ni conocimiento, un grabado que se hallaba deposita do en la ca­
sa Moretti.
En cuanto a lo manifestado por Vd. en la referida nota, declaramos que la pintura post&lt; u b istu designada en su hora constructivista, no sólo no representa al arte nacional en ninguno de sus as*pecios funcionales: físico, étnico, económico o político-social, lo que m overía a risa; sino tampoco en
la actualidad a ningún otro país.
Más aún, al evadirse de la realidad, niega estos elementos fundamentales a través de los cua­
les se representa al hombre. Tremenda inconciencia; negación absoluta de los grandes valores hum a­
nos en esta hora dramática y decisiva en que mueren millones de hombres, mujeres y niños por un m un­
do mejor. Rezagado trasplante de una ya vieja especulación intelectual m uy su perada, pero con razón
de ser en su época y tan sólo como un eslabón necesario a la elaboración dinámica y no estática del
pensamiento vivo en constante su p er a ció n 9.
Muy agradecidos de antemano, saludamos a Vd. m uy cordialmente.
Carlos González, Luis Mazzey, Bernabé M ichelena. Ricardo Aguerre
19

�Dirige
LÍ IS

D

o

u

m

n

F.4L

o

LIBERTAD
DE C R E A C I ON
E ntendem os que el arte es conocim iento de
sensible; que se dirige a

vida

form a de intuición viva y

lanaturaleza sensible del hombre, y trasciende en

tagio em otivo, im pulsando su actividad

espirtu;

da, sino que la explica. 1 en determ inados momentos

el arte no solo

a significar juicio? sobre

sus manifestaciones.

'Ni ver, ni oír, ni hablar", de Raquel Forner.

"Nocturno español", de Aquiles Badi.

Relieve para una casa sindical", de Luis Falcini.

Si la ciencia analiza, el arte sintetiza. Este,
como aquélla, da verdades objetivas. La percep­
ción artística no deja de ser objetiva ni cuando
es lírica. Pero la percepción no es involuntaria,
no es pasiva. Si el artista no se lim ita a la per­
cepción, tiende naturalmente al sentim iento y
por él, a la idea. Si no se detiene en el aspecto
exterior del objeto, de los fenóm enos, se interna
en el hombre, en su compleja vida interior. La
historia, en sus momentos creadores, demuestra
en qué medida el arte puede impulsar a los hom ­
bres a la acción. Siendo el contenido del arte to­
da la vida, sin lim itaciones ni prohibiciones, es
absurdo prohibirle que tome m otivos políticos o
sociales.
No pocos escultores, pintores y grabadores ar­
gentinos se sienten com penetrados con las gran­
des ideas emancipadoras de nuestro tiem po, pene­
tran el espíritu de las mismas y tratan de inter­
pretarlas a través de su temperamento de artistas.
Sus producciones constituyen un ponderable apor­
te al humanismo artístico en formación, por la
innegable resonancia que ellas provocan en los
sectores de la sociedad cuya realidad material y
espiritual tienden a expresar. Testim onian acerca
de la importancia de esta corriente expresiva en
el arte nacional, los ataques liberticidas de que
viene siendo objeto, por parte de una obscura
minoría cavernaria, político-confesional, pregonera
de un “arte puro”, deshumanizado, cuyos turbios
propósitos de dom inación niegan libertad de crea­
ción a todos los artistas que no acusen manifiesta
indiferencia político-social. En nombre de un ex­
clusivo nacionalism o nazi-clerical, se opone a la3
nuevas imágenes. Teme su contagio em ocional y
la actividad espiritual que ellas suscitan. Oscu­
ras m entalidades de primarios, temen el poder tras­
cendente de estas imágenes, y tratan de im pedir­
las como el troglodita se oponía a su represen­
tación, temeroso de que la magia ejerciera, a tra­
vés de ella, sortilegios contrarios a su poder en
la tribu; como el clero de la remota edad media,
—los “rompedores de im ágenes” del siglo A III,—
sum ió al arte en la barbarie porque ellas distraían
al pueblo de los sofismas teológicos; como H itler
y sus ideólogos nazis desterraron el arte moderno
de los museos de Alemania, calificando a sus
más altas expresiones de “arte degenerado , por­
que ellas denunciaban el ejercicio de la libertad,
que se proponían desterrar del mundo.
Su fanatismo no conoce, no admite la duda fi­
losófica. La libertad de expresión le infunde
terror, le hace temer por la “verdad revelada .
Llegados al poder por obra de circunstancias
conocidas, se constituyeron en “id eólogos” de la
revolución junia y comenzaron la tarea destruc­
tora, dando vía libre a su furor liberticida. Sus
20

desmanes no encontraron frenos ni en las auto­
ridades de hecho ni en la mayoría de los intelec­
tuales que, en lugar de erguirse como defensores
de la ciudadanía y de la cultura agraviadas, pre­
firieron desentenderse de lo político-social en nom ­
bre del espíritu.
Los pasquines diarios y periódicos, haciendo
de “squadristi”, denunciaban a las instituciones
de cultura popular y a sus directores progresista?,
cuya ejecución pidieron y obtuvieron. Fué así
que en Septiembre de 1943 el General Pcrtiné.
respondiendo a esos reclamos, dispuso, primero,
el retiro de las pinturas, esculturas y grabados de
“contenido ideológico” existentes en el Museo
M unicipal de Bellas Artes de la Ciudad de Bue­
nos Aires, y, luego, la cesantía del profesional
que había organizado y dirigía desde su creación
esa pinacoteca del arte nacional, con el consenso
público conocido. Para que la destrucción se
llevara a cabo en forma eficiente, el técnico que
dirigía este museo fué reemplazado por un len­
guaraz. como en 1931 el director del Museo
Provincial de Bellas Artes de La Plata fué sus­
tituido por un guitarrero, de hilarante memoria.
La “purga”, que comenzó con el retiro de “Cha­
careros” de Berni y los “R elieves” de Falcini, al­
canzó luego a “Nocturno Español”, de Badi, “Ni
ver. ni oir. ni hablar”, de Raquel Forner, “Com­
posición”, de Urruchúa y a las litografías de
Fació Hebequer. entre otras piezas sustraídas al
conocim iento público. Con evidente propósito
de sepultar la obra realizada por esa institución
hasta 1943, se prohibió la difusión del prospecto
ilustrado que documentaba la labor cumplida en
el acopio, conservación, clasificación y presen­
tación didáctica de las producciones más signifi­
cativas de las artes argentinas. A esta tarea “re­
paradora” siguió el traslado del museo a su nuevo
local y la afligente colocación actual de las obra-,
que todos los artistas conocen.
La verdad histórica exige que se documenten
estos hechos, en momentos en que la inminencia
del Salón M unicipal aconseja a las autoridades
sacar de la encerrona a algunas de las piezas aludi­
das. Pero la interesada liberalidad no alcanza a
todas. En efecto, permanecen aún incomunicadas y
bajo llave varias obras, entre la? cuales las tres
que ilustran esta nota.
La Intendencia Municipal viene a confirmar lo
expuesto en esta nota con su reciente decreto que
modifica el reglamento del Museo, deroga la Or­
denanza 5259 que lo creóy y con ella las caracte­
rísticas de Museo del arte nacional que lo distin­
guió de los demás, sin dar a conocer los fundamen­
tos de la medida.
L. F.

�De la creación se derivan p ara el artista derechos que son inalienables
9

L a Sociedad suele interesarse en la d ifu ­
sión de las obras de o rd en e sp iritu a l en
cuanto ellas sirven a su educación y p e r­
feccionam iento. Pero si se a te n d ie ra ú n i­
cam ente este interés p o r la d ifusión, la so­
ciedad acordaría todo al p ú b lico y n ad a al
au to r de la obra. Así lo e n tie n d e el D ere­
cho, cada vez m ás, en la ju ris p ru d e n c ia re s­
pectiva que garan tiza los derechos del a u ­
tor sobre su obra, fu n d ad o en que éstos
d erivan de la creación, sin discrim in ació n
de sus valores artísticos. E stablece que todo
artista que ha creado u na o b ra tie n e : a) el
derecho moral , in h e re n te a su p e rso n a li­
dad. de h acer conocer sus ideas cuán d o y
cómo m ejo r lo e n tie n d a : b) el d erecho p a ­
trim o n ial, ap reciab le en m etálico, o sea
pro p ied ad m aterial del o b jeto creado y d e­
recho de o b te n e r provecho m ed ia n te re p ro ­
ducción o exhibición, en ten d id o s com o as­
pectos inseparables de un m ism o derecho.

Siendo el derecho del autor sobre su obra un
derecho intelectual —“la libertad personal del
-utor en uno de sus aspectos, la independencia
del ejercicio de sus facultades”— el derecho m o­
ral es en realidad, el que pertenece a cada uno
de protejer su personalidad. Hacer conocer su
obra implica asumir una responsabilidad, por la
influencia que puede ejercer sobre lo&gt; demás, que
sólo a él compete.
Consiguientemente, considera que el derecho
moral del artista es un atributo de la personalidad
humana, y la obra una exteriorización de esta per­
sonalidad. Al referirse a las artes plásticas, pre­
cisa con toda claridad que el artista al enajenar
una obra, enajena solamente la propiedad ma­
terial de la misma, y que puede oponerse a
cualquier cambio, como reclamar indem nización
si se hace aparecer bajo su nombre una obra
que ya no es suya, porque se la ha m odificado
o mutilado, o si se borra su firma. Enajena sus
derechos patrimoniales, conservando el derecho
de hacer respetar la integridad de su pensamiento.
Solamente el autor puede modificar su obra o
autorizar retoques; aún en casos de cesión —salvo
acuerdo en contrario— tiene el derecho de opo­
nerse a cualquier cambio en su obra. Los jueces
no pueden entrar a considerar si las alteraciones
perjudican o no a la reputación del artista. Sólo
éste puede apreciar el carácter y la importancia
de las m odificaciones operadas en su trabajo.
Después de la muerte del artista, los herederos
integran este derecho a su patrimonio y deben
oponerse a que se m odifique o desfigure su pen­
samiento. La obra queda ne varietur por la muer­
te del autor. Nadie puede cambiarla. N i los
herederos pueden violar el pensamiento del ar­
tista. Este derecho pertenece a todos los artistas
sobre sus obras, salvo que sean copias. N i antes
ni después de la muerte del artista, el que ha
recibido en donación una obra de arte posee
el derecho de reproducción, salvo que exista un
acuerdo expreso que lo autoriza. Pues no se
puede inferir del hecho de la donación de una
estatua o de un cuadro, que el artista ha regalado
el derecho de reproducción.
Se incurre, pués, en delito de orden común
ruando se reproduce una obra sin autorización
del autor o de sus herederos, cualesquiera sean
las circunstancias en que se efectúa. La legisla­
ción sobre derechos de autor considera la repro­
ducción total o parcial, como robo de la forma
de la obra. El cambio de destino o de materia
de la misma no altera el delito.
Las precedentes garantías, que integran el cuer­
po de la doctrina comentada tan inteligentem ente
por Renée-Pierre Lepaulle ( * ) , se fundan en la
necesidad de legislar acerca de los derechos del
autor sobre su obra, y en la conveniencia de ase­
gurar la integridad de ésta a los miembros de la
comunidad en que actúa, para que ejerzan el dere­
cho de conocerla, gustarla y juzgarla en la plenitud

DERECHOS DEL
ARTISTA
SOBRE SU OBRA

"Niño" obra de Medardo Rosso violada en el Museo
Nacional de Bellas Artes.

de su&gt; valores originales, a los efectos estético.- e
histórico-sociales. ya que la alteración de las for­
mas de origen puede inducir a errar acerca del
verdadero valor artístico de la obra y de las fa­
cultades creadoras del autor; del valor docum en­
tal sobre la realidad histórico-social que ella tra­
duce como expresión artística, desviando el juicio
crítico y las resonancias espirituales que provoca
en los espectadores.
Para asegurar esta verdad histórica y su debido
conocim iento, las propensiones naturales del hom ­
bre y sus com unidades a salvaguardar los frutos
de la cultura son anteriores a ley que las inter­
preta. Q uienes han recorrido Europa para cul­
tivar su espíritu, recordarán haber visto en sus
museos, cuidadosamente conservados, unos m o­
delos en cera de obras realizadas o no en ma­
terial definitivo, mármol o bronce, por escultores
del Renacim iento. Se habrán detenido, en F lo­
rencia, ante unas esculturas de arcilla sin cocer,
con sensibles rajaduras por contracción de la
tierra al secar, modeladas por M iguel Angel, man­
tenidas así, fielm ente, desde la muerte del artista.
Habrán visto, igualm ente, en Francia y otros países,
m odelos en yeso de esculturas de los siglos XVII.
X V III y XIX.
Semejante sentim iento natural de respeto hacia
la obra del artista, es extraño a los secretarios eri­
gidos sucesivam ente en directores de nuestro
Mu-eo Nacional de Bellas Artes, según hemos de
documentarlo a continuación, lim itándonos por
; hora a los casos concretos que se refieren a obras
escultóricas.
En 1920 llegó al país el “N iño”, cera original
de Medardo R o - o . Fué adquirida por un escritor,
y luego por nue-tro Museo. Un día los diarios
anunciaban el envío a provincias de una repro­
ducción en yeso de esta pieza. Esto anticipaba
su fundición en bronce, lo que aconteció, según
quedó demostrado al exhibirse la reproducción,
durante años, en lugar de la cera original. Los
que han conocido a este singular artista, saben
que su sentido de la exactitud lo llevaba a eje­
cutar su- obras en todos los aspectos técnicos

hasta el estado definitivo de las mismas, en cera
o en bronce; no autorizando a nadie a fijar el
material definitivo, ni a reproducirlas. Al ex­
tremo de poderse afirmar que ninguna de sus
producciones que no haya sido fundida en cera o
en bronce por Rosso mismo, es pieza original
de este artista.
La “Bacante”, escultura de Bourdelle. ejem ­
plar en yeso procedente del taller del artista, que
figuraba hasta hace poco en el apartado de Es­
cultura del M useo, fué sustituida por una re­
producción en bronce, fundida en Buenos Aires,
no sabemos si con autorización del autor expedi­
da desde la Eternidad.
De este mismo escultor, una “Cabeza de M ujer”,
en yeso, dedicada al escritor Enrique Larreta y
que en determ inado m omento sufrió alteraciones
en su forma, fué a parar al Museo en concepto
de depósito o de donación. A llí se reconstruyó
de “pálpito” la parte destruida. Y luego repro­
ducida en bronce. Hay más que ind icios para po­
der afirmar que esta operación no se hizo con
autorización de la heredera del artista, ni con la
de quien la recibió en donación, ya que éste no
podía por sí mismo tomar tal determ inación.
Muchos son los que recordarán aún la serie de
retratos realizados por el escultor belga Lagae.
cuyos pulcros yesos figuraron durante muchos
años en la galería del Museo. Pues bien, han sido
reproducidos en bronce y enviados los originales
a museos del interior.
En cuanto al “Esclavo”, escultura del malogrado
escultor argentino Cafferatta. ingresó con otros
trabajos trabajos en yeso de su producción. Un
buen día resolvieron reproducirla en bronce y
mandar el m odelo a un museo del interior. Pero

Escultura de barro y cera tal como se conserva en
Florencia, con la obra de Miguel Angel.

�CINE
llegó la ‘intrusa bajo la forma de una prueba
en bronce de esa misma obra; al parecer de la
época en que vivía el escultor, que ofrecía a la
vista una pureza de ejecución que no aparecía
en la reproducción existente en el Museo. El
director, que en 1943 lo era el perito de arte
D om ingo \ iau. después de un prolijo examen de
los dos bronces comprobó la superioridad de la
pieza salida a subasta pública en el Banco Muni­
cipal y aconsejó su compra. En un reciente tra­
bajo aparecida en Buenos Aires, sobre la pericia
en arte, quedó demostrado fotográficamente que
las autoridades que ordenaron la reproducción
en bronce del “Esclavo” ignoraban, además, que
existía una prueba de época.
Por lo documentado someramente en esta nota
podrá advertirse que el acervo artístico del Mu­
seo Nacional de Bellas Artes está librado al
discrecionalism o irresponsable que hace tabla ra­
sa de derechos consagrados universalm ente por
los preceptos legales y el amor a la cultura.
Solamente el desconocim iento de estos \ otros
hechos podría explicar la reciente declaración de
algunos intelectuales.
( * ) . R e n é e P i e r r e L e p a u l l e . “ Les d r o it s de
so n o e u v r e ” . P a r í s 1927.

l'au teu r

L.

sur

El escritor argentino Héctor Agosti pronunció
últim am ente en la Facultad de Arquitectura del
enjundiosa

defensa

del

realismo.

“ Amauta” anuncia su próxima aparición en libro.
transcribiendo

el

siguiente

párrafo

sobre

INFLUENCIA TEATRAL EN EL CINE

L as gentes satisfechas
y burguesas de fines del siglo pasado, ab
das los ojos, ante
lavisión im perfecta de las fotografías animadas: las olas del mar,
llegada del tren, las primeras carreras absurdas de Le Prince y Toribio Sánchez, las
gracias de dandy de Max Linder, algunos dramas de cinco minutos, heredados del viejo
teatro de provincias, y decorados de papel, cenefas, cortinas, jarrones y palmeras por
doquier. 1 sobre todo,
la mágica inventiva aplicada a los primeros trucos, qu
nacim iento a la poesía del cine: Meliés. Fué
época maravillosa de un cine superficial
y deslum brante, que Rene Clair recuerda con nostalgia en
“Un sombrero
de paja de
Italia",y hasta en la persecución infantil de su más reciente producción:
“H oy es mañana”.

F.

Inofensa
del
rea lism o
Uruguay, una

DEBE Y HABEK DE LA

‘7a

reconquista del h o m b re *\
“Para el realismo, en última instancia, el hom ­
bre vuelve a señalarse como centro del mundo,
y es en este sentido antropomórfico que puede
hablarse de un nuevo renacim iento, de una nue­
va sum isión a las esencias terrenas. La deshuma­
nización había significado nada menos que la
insurgencia fecunda frente a la trivialidad del
antiguo realismo antipoético. Mas en virtud de
esa repugnancia, la reconquLta de los valores es­
téticos de la forma quedaba desmedrada por el
abandono de los valores éticos del contenido. El
desprecio del tema, especialm ente en pintura, de­
rivábase de una inconcebible confusión entre la
anécdota, que es la exterioridad transitoria del
tema, y el tema mismo, que es el intersticio para
introducirse en la esencia última de la realidad.
La revolución del arte abstracto fué así. por largo
tiem po, un heroico ascetismo de las formas, una
tortura inacabable para despojar a las formas de
toda substancia carnal, para hacerlas vibrar por
su pura y absoluta necesidad de formas abstrac­
tas. Pero el arte no podía obstinarse en ese divor­
cio del mundo real, sin correr el riesgo de abdicar
de su propia condición transformadora. La rela­
ción entre el artista y el espectador —ese elem ento
funcional de la obra de arte que cobra tan em ­
pinada jerarquía para el realismo dinámico— ,
¿era posible conseguirla, pongamos por caso, me­
diante el extremismo de la evasión c u b is ta ? ...
Y bien: este retorno al hombre es lo que, si la
fórmula no estuviese tan desacreditada, yo diría
que recoge el realismo como un mandato histó­
rico. Pero este realismo ya no es un antípoda del
arte abstracto, sino una superación hereditaria de
ese arte abstracto, por que recoge todos los resul­
tados de sus excursiones técnicas y los enriquece
con la pompa soberbia de un flamante contenido
humanizado. ¿Q uiere decir, entonces, que el tu­
m ulto de las escuelas abstractas ha sido una ex­
periencia inane? Cuanto hemos dicho hasta aho­
ra sirve para asegurar que este nuevo realismo
sería incom prensible si se lo despoja de esa
riqueza de análisis que los subjetivistas brindaron
al arte m oderno. Aquella riqueza a los subjetivis­
tas los desarraigaba del m undo; a los realistas
les sirve, en cambio, para insertarse en el mundo
y para hacer de su arte de representación también
un instrumento de transformación del mundo*'.

Pero un día. se descubrió que. si el cine era
espectáculo, bien valía la pena utilizar los ele­
mentos básicos del espectáculo teatral: actores,
escena y obra. Estaban tan a m a n o ... Y MonetSully, reeditó su célebre monólogo de “Edipo”.
se creó de nuevo el drama operístico del asesi­
nato del Duque de Guisa; Mme. Rejane, sexage­
naria. jugaba la ingénua con penosos y exageradas
ademanes en “Mme. Sans Gene” . . . Era el teatro
incorporado al cine.
Desde entonces, data para los enamorados del
cine de imágenes, la adversa influencia del teatro
en el cine. Y es verdad que esta influencia de­
tuvo durante casi dos décadas, la maravillosa evo­
lución del arte cinematográfico, que comenzó a
parodiar en serio un teatro, más que mudo, amor­
dazado, e impotente, sujeto a la inm ovilidad del
teatro sin su maravillosa vibración de vida; al
ademán del teatro sin su relieve y su palabra; a
la unidad del teatro sin su luz y su público y
su tercera dim ensión: a una sombra mortecina
del teatro.
\ surgieron los dramas dannunzianos en Italia,
las enfáticas tragedias wagnerianas en Alemania,
los romances de Bataille y Bernstein en Fran­
cia. Hasta que Griffith. Ince y De M ille. desa­
taron sus caballadas vertiginosas en la luz del
Far West, en rítmicas epopeyas de la dura con­
quista, y Chaplin nos enseñé su inim itable len­
guaje sin palabras, trayendo otra vez al cine, de
una oreja, hacia los campos infinitos de la poesía.
Cada actriz famosa del teatro, era una lamen­
table fracaso en el cine: Geraldine Farrar, Sarah
Bernard. Eleonora D u s e ... Pero los intérpretes
m ediocres en la escena, o la gente que no pisó
las tablas, infundían vida a la pantalla: los William Hart, Perla W hite, Francisca Bertini, Max
Linder y todos los d e m á s... Parecería que el
aporte teatral al cinematógrafo, sólo había de
significar cada vez una nefasta reacción, un re­
troceso de años sobre la imagen naciente.
Cuando en las postrimerías del cine mudo, se
afirmó un cine de vanguardia, inspirado a la vez
en las formas nuevas de la poesía, y en la épica
realista y vibrante de ritmo, inventado por los
cineastas rusos, pareció iniciarse una definitiva se­
paración del cine y de la escena. El arte cinema­
tográfico se orientaba hacia el juego libre de la
luz y el ritmo: desde “Potem kin” hasta “El perro
andaluz”, una dramática intensa y plena de ima­
ginación. señalaba un camino al parecer defini­
tivo, hacia un séptimo arte.
Hasta que la incorporación de la palabra a la
imagen, pareció arrasar con todo lo hecho: pe­
lículas “habladas 100
versiones teatrales de
obras te a tr a le s ... Sí; el teatro había vuelto a
ganar su maléfica batalla.
El teatro, siempre el te a tr o ... Pero las gentes
amantes del cine, no se ocuparon, ni entonces ni
después, de discriminar entre el concepto de tea­
tro, y el del mal teatro viciado, cuyos vicios sin
sus virtudes, aparecieron en el c in e ...
Porque de un teatro como el de Baty, o Pitoeff. de gran pureza narrativa y de bella visua­
lidad. surgieron los film s inolvidables de Louis
22

Delluc. y aquella sugestiva intérprete que fué
Eve F r a n c is ... Del de un Piscator o un Hans
Riehter. la inolvidable pesadilla del “Calegari”
y toda su secuela del expresionismo, que solo
era un expresionismo teatral. Del teatro de un
Tairoff o un Stanislavsky, surgió un Einsestein o
un Pudovkin. que transvasaron la noción de un
extraordinario teatro “teatral” a un extraordina­
rio cine cin em atográfico... en los dos casos un
espectáculo de equilibrio, con medios p r o p io s...
Esos nombres dados así, un poco a la ligera, in­
tentan sólo señalar las dos tendencias definitivas
que siempre existieron en el cine como en el tea­
tro: el esfuerzo fácil para dar la obra efectista,
cuyos resortes saltan descompuestos al menor es­
fuerzo. frente al espectáculo aparentemente fácil,
pero producto de mil recursos ocultos y difíciles,
para crear la obra que funciona por sus propios
medios de e x p r esió n ... Dualismo eterno, en que
tienden a confundirse los creadores con los si­
muladores.
Pero el aporte de la palabra al cine, pasada la
primer tempestad, sirvió para aplacar los ánimos
y plantear una necesidad evidente: la de humani­
zar el cinematógrafo, en forma de combinar su
fascinadora imagen, con la profundidad de ex­
presión de la p ala b ra ... En fin, puesto que el
cine tiene que ser. por lo menos en su etapa
actual, un arte narrativo, que al menos lo haga
bien.
Dos caminos intenta desde entonces explotar el
cine —si se descuenta el tercero y más difícil:
el de sus propias creaciones. El de recurrir a la
novela, por una parte, utilizando su inventiva de
la narración, y el de depender del teatro, utili­
zando no sólo el éxito ocasional de ?u tema, sino
?us propios recursos, traducidos en un ritmo de
acción, por medio de una gran cantidad de
decorados.
Puesto que. como decimos, el cine es un es­
pectáculo. no puede negarse que en dicho sentido,
el teatro le ha sido extremadamente útil: le apor­
tó actores perfectos y cuyo nombre constituye ya
un atractivo para el espectador. Le dió obras de
éxito resonante que aseguraban la fácil venta de
una película, y sobre todo le evitó esforzarse de­
masiado en crear situaciones, prestándole otras
cuyo efecto estaba ya probado y asegurado.
L.
Una escena de "Alejandro Nevsky".

K.

�Desde el punto de vista de la difusión cultural,
la obra ha sido importante: “Sueño de una noche
de verano” y “Romeo y Julieta”, no eran obras
cinematográficas sino verdiones teatrales inm en­
sas en su despliegue, y respetuosas en su espíritu
shakei-periano, que permitieron a m illones de
hombres, gustar una versión pura y fiel de una
gran obra de teatro. “El bosque petrificado” y
“Bajo el puente”, en América, y “Tempestad”, de
Ostrovsky, en Rusia, aportaron al mundo el co­
nocimiento de un teatro que solo conocíamos de
nombre. Y además, el cine devolvía generosamen­
te esos préstamos, difundiendo en forma decupli­
cada, la fama inicial aportada en el teatro por
sus actores y autores.
Pero fuera de ese aspecto divulgador o vulga­
rizados no se ha resuelto el problema de la li­
beración de esas influencias: es evidente que el
teatro y el cine deben ser dos espectáculos distin­
tos. Y sin embargo viven de continuo el drama
del parasitism o... Los autores cinematográficos,
no son autores de teatro, su diálogo es com pleta­
mente distinto en sus periodos, en su sintaxis. Y
ningún gran autor de teatro, aportó una dramá­
tica cinematográfica. Pero las obras de teatro han
sido utilizadas —y lo seguirán siendo, segura­
mente— en “adaptaciones” que sirven sólo para
empobrecer su grandeza, sin aportarle ninguna
ventaja.
¿Es que, por lo menos, el teatro deja un sedi­
mento favorable en su acercamiento o utilización
por el cine? No, fuera de su utilidad com ercial:
evidentemente, el utilizar el teatro perjudica no­
tablemente a la creación cinematográfica. El día
que directores y autores, se esfuercen conjunta­
mente en crear una temática del cine, como hay
un lenguaje del cine, éste ganará una batalla gi­
gantesca, y su triunfo será generoso y rico en re­
sultados. Su camino debe orientarse hacia la ép i­
ca y la fantasía, aprovechando todo aquello que
el teatro no puede realizar, y como lo probó hace
veinte años, aquel inolvidable “Acorazado Potemkin’\ Como lo prueban los film s de Disney.
Y “El ciudadano”.
Pero este último ejemplo nos acerca en una
suave parábola a otra verdad que debemos ad­
mitir: que el teatro es una gran escuela del cine
si se conocen bien ambas técnicas, y se tiene
talento e imaginación. Porque no se resiente por
cierto de vicios teatrales, la actualización del
Mercury Theatre, al frente de su brillante direc­
tor. .. Porque son los países que tienen gran
teatro, los que tienen un gran cine: Estados U n i­
dos, Rusia. Alemania (hasta 1925), cuando tenía
un gran teatro), como Francia, desde 1935 (cuan­
do Jouvet y Baty, recogieron la rica cosecha de
Pitoeff y otros). U lises Petit de Murat, lo señaló
hace poco en una conversación: España, cuyo
gran teatro del siglo de oro, sólo vive hoy de re­
cuerdos, no tiene teatro (salvo Lorca) y no tiene
cine ( salvo “La traviesa m olinera” ). Y M éjico,
que no tiene un teatro mejicano, lucha denodada­
mente por imprimir un carácter definido a su
cine, que padece la ausencia de figuras inter­
pretativas.
Y por eso también, el cine argentino, creció
industrialmente con tanta rapidez: porque si su
teatro no es de creación en cuanto a obras, lo
es en cuanto a espectáculo: porque tiene actores,
grandes actores, y algunos grandes autores. Y
algunos de sus buenos directores, proceden del
teatro. Aunque también procedan de él sus mu­
chos malos realizadores. Nuestro mal reside, por
ahora, en la falta de personalidad de los direc­
tores, porque seguimos, demasiado al pie de la
imagen, el estilo americano, que es en gran parte
teatral. Y porque es tan fácil seguir la huella de
un espectáculo ya seguro y probado, como es el
tea tro ...
Pero no nos quejemos en d e m a sía ... por aho­
ra. ¿Acaso no acabamos de observar los mismos
vicios en el cine medio americano? Las cosas
han de cambiar seguramente en nuestro medio,
cuando podamos dejarnos influenciar por el cine
ruso, francés y alemán de post - guerra, que nos
enseñarán nuevos c a m in o s... ya que no preferi­
mos seguir el propio. Y que conste que sabemos
lo que nos van a observar: que no es fácil se­
guir el propio camino. Y que es más fácil
juzgar que hacer. Seguramente, tienen razón.
L. K.

Sinopsis

para

un f i l m

QUE VIVA MEXICO
p o r S.

M.

E
isensteiny G. A . A l e x a n d r o f J
(versión castellana de H. C.)

(CON TINUACION)
TERCER CUENTO: LA FIESTA
E p oca de la acción : la m ism a que en “ M agu ey” ,
es decir an terior a la R evolu ción de 1910.
La acción in clu ye escen arios de todos los m ás
bellos lu gares de estilo e in flu en cia colon iales e s p a ­
ñoles en el arte, ed ificios y población de M éiico .
(Ciudad de M éjico, X och in ilco, Mérida, Taxco,
P uebla, Cholula, etc .).
La atm ósfera de e s ta parte es de puro carácter
h isp án ico.
P erson ajes:
1. B aronita, picador y Don Juan.
2. El M atador (rep resen tad o por el m atador
D avid L ice a g a ).
3. Señora Calderón, una de las rein as de las
corridas de toros.
4. Señol Calderón, su esposo.
5. M iles de “d a n za n tes” ritu ales, fren te a la
b asílica de G uadalupe.
6. M uchedum bre de p eregrin os y crey en tes.
M uchedum bre en la plaza de toros y en los
jard ines flo ta n tes de la V en ecia M ejicana X ochim ilco.
L a F iesta

F antasm agoría, rom ance y en can tam ien to c o n s­
titu yen la com posición de la tercera h istoria. A sí
com o en el barroco colonial español está n tr a b a ­
jados la piedra en cap rich oso en caje y la s cin ta s de
hierro de colu m nas y altares, a sí la com p leja e s ­
tructura, la com posición elaborada de e ste episodio.
Toda la b elleza que los esp añ oles han llevad o
con ellos a la vida de M éjico, ap arece en e sta parte
del film .
A rq u itectu ra española, trajes, corridas de toros,
am or rom ántico, celos m erid ionales, felon ía, fa c i­
lidad para em puñar el revólver, m a n ifiésta n se en
esta h istoria.
En el viejo M éjico p re-revolu cion ario tien e lugar
la festiv id a d del cu lto a la S an ta V irgen de G u a­
dalupe.
D e ahí la ab u n dan cia de tiovivos, ferias, flores,
m u ltitu d es de g en tes.
P eregrin os de todas p artes del p aís vien en a la
fiesta.
D a n za n tes de las d an zas ritu ales preparan su s
trajes y m áscaras fa n tá stic a s. O bispos y a rzo b is­
pos se revisten con su s su n tu o sa s ropas de rango.
L as jó v en es d estin ad as a figurar com o rein as
en las corridas de toros, se ponen su s co sto sa s p e i­
n etas y m an tillas con un estre m ecim ien to de v a n i­
dad. Y, finalm en te, los h éroes de e s ta h istoria, los
fam osos m atad ores, se trajean para la corrida, en
la veran d a de un p atio español, entre el rasgueo
de las gu itarras y los son es de b elicosas can cion es
de la arena.
El m ejor m atador es rep resen tado por D avid
L iceaga, el m ás renom brado m atador de M éjico y
cam peón de la “oveja de oro” .
F ren te a la pared de espejos, en greíd os con la
con cien cia de propia gran d eza e im portan cia, los
m atad ores se ciñen su s trajes de luces.
Más aún que los otros, se m en ea fren te al
espejo (el m ás preocupado por su ap arien cia p er­
so n a l), el picador libre de cuidados, el p erezoso
Don Juan B aronita.
P resta toda aten ción a cada d etalle, p u es espera
un en cu en tro m ucho m ás azaroso que la corrida
de toros.
¡T ien e una cita con la esp o sa de otro! Ya listo s,
los m atad ores se en cam in an h acia la C apilla de la
S an ta V irgen, patrona de su p eligroso arte.
L uego de arrodillarse fren te al a lta r y de m u r­
m urar su ruego a la V irgen, pidiendo su bendición,
el m ejor de los gran d es m atad ores se d irige a la
casa tranquila de su m adre para darle el ¡adiós!
A caso por ú ltim a vez.
Y en la plaza una m ultitud de u n as se se n ta mil
p ersonas, m ezcla con ap lau sos gritos de im p a cien ­
cia. La orq u esta, con arm on ías llen as de alegría,
inicia la m archa oficial de ap ertu ra y los m atad ores
salen a la arena.
D urante la parada, el picador B aronita ap arece
en pleno esplendor, m ontado en su cab allo blanco
y lanza una fu rtiva m irada en dirección al palco
de las reinas.
Las b eldades de la ciudad con c o sto so s en ca jes,
refrescán d ose con el aire de los ab an icos y en
ab ierta coq u etería, ocupan el palco “real” .
B aronita procura localizar la reina de su in fla ­
m ado corazón y en viarle su m irada “m atad ora” . Y
com o en la trad icional “C arm en” , los ojos de los
m atad ores cam bian m iradas con los oscuros ojos
de las h erm osas rein as y com o lo dicta la tra d i­
ción, esta m irada en cien d e la llam a del coraje en
los ojos del m atador.
Los se sen ta m il esp ecta d o res su eltan un ¡A H !
de adm iración cuando el toro sale corriendo a la
arena. El m uy fam oso D avid L iceaga d esp liega
toda la b elleza y eleg a n cia del arte del m atador.
Lleno de g racia y coraje danza su “d an za” al
borde de la m uerte y el triunfo.
Im perturbable en su p u esto, aún cuando los
cuernos del toro p asen a un pelo de su cuerpo,
no tiem bla, pero son ríe sereno, y com o rem ate de
todo, acaricia los afilad os cu ern os del anim al, p ro­
vocando una sa lv a je e in term in ab le exp losión de
en tu siasm o en la m uchedum bre.
Pero el toro, rabioso por el toreo de L iceaga,
23

derriba el cab allo del in fa tu a d o B a ro n ita , quién
se ve forzado a sa lta r v erg o n zo sa m e n te la tap ia
bajo los bram idos de risa y de burla de la m u c h e ­
dum bre.
No o b sta n te todo ésto , su am ada sig u e fiel a
su p ersona —ella le en v ía la señ a l lev a n ta d a de la
posibilidad de la cita .
Al m ism o tiem po, en la p laza, feria s y m erca d o s
de la ciudad, una m uchedu m b re de v a rio s m ile s de
p erson as con tem p lan la cerem o n ia de la s d a n za s
ritu ales de los indios, tra jea d o s con brocado d o ra ­
do, p lum as de a v estru z y en orm es m á sca ra s.
B ajo el repique de las a n tig u a s ca m p a n a s de la
ig lesia esp añ ola, bajo los so n es de la m ú sica y el
redoble de tam b ores y el estru en d o de los co h etes
exp lotand o en el cielo, florece la fie sta . B a jo el
bram ido de la m uchedum bre ex a lta d a , en la otra
plaza, el toro m atad o es retirad o de la a ren a.
Un rem olino de som b reros y una o vación de
ap lau sos acom p aña la sa lid a del v a lie n te m atad or.
B aron ita se en cu en tra con su “r ein a ” . C u b ierta
con una capa, la p areja de a m a n tes se en ca m in a
por e stre ch a s ca lleju ela s esp a ñ o la s h a cia el em b a r­
cadero de los b o tes ad orn ad os con flores.
Su bote n a v eg a en tre lo s ja rd in es flo ta n te s a
tra v és de los ca n a les de en su eñ o de X och im ilco,
llam ada la V en ecia de M éjico.
B ajo la som b ra de un toldo y ju n to al rum or
de gu ita rra s y m arim b as los dos a m a n te s olvidan
su s cuidados.
P ero los d isg u sto s no los olvid an a ellos.
La esp o sa a p ercib e a su m arido; la p a reja se
escon de tras una cortin a y v elo z cam b io de d ir e c ­
ción los sa lv a de una trá g ica ojead a.
El m arido está furioso, d eliran te, porque no
en cu en tra h u ella de su esp osa.
U na loca p ersecu ción a tra v és del la b erin to de
los tem p los flo ta n tes del am or, cu b ierto s de flo res...
El bote de los a m a n tes p a sa bajo su m ism a
nariz y d esa p a rece en tre cien to s de o tros b o tes
adornados v isto sa m en te.
En retirad o escon drijo de un rem oto ca n a l la
“B arca del A m or” h ace p uerto. B a ro n ita con d u ce
a su am or prohibido a la cim a de u n a m o n ta ñ a
h a sta un gran cru cifijo de piedra, d esd e donde
con tem p lan la p u esta del sol y cam b ian b esos.
En el in sta n te de m ayor arro b a m ien to son so r ­
prendidos por el m arido. El em p u ñ a su v isto sa
p istola españ ola. E stá pronto a d isp arar y por
puro m ilagro B aron ita elude la m ano v e n g a d o r a ...
La can ción final de la gran fie sta term in a el día.
F eliz, rom á n tico es el fin a l de e s ta h isto ria de
la a n tig u a y h erm osa festiv id a d españ ola.
CUARTO CUENTO: LA SOLDADERA
El fondo de e s ta h isto ria es el tu m u ltu o so c u a ­
dro de los in in terrum p id os m o v im ien to s de ejército s,
b atallas y tren es m ilita res que sig u iero n a la r ev o ­
lución de 1910, h a sta el esta b lecim ien to de la paz
y del n u evo orden del M éjico m oderno.
D esierto s, se lv a s, m o n ta ñ a s y la c o sta del P a c í­
fico en A capulco y C uantía, M orelos, son lo s p a is a ­
jes de esta h istoria.
P erson a jes:
1. P ancha, la sold ad era— la m ujer que a co m - m
paña a los soldados.
2. Juan, el soldado de P a n ch a .
3. El cen tin ela , seg u n d o soldado de P a n ch a .
4. El hijo de P an ch a.
5. El ejército en m arch a y en lucha.
6. C ien tos de sold ad eras, e sp o sa s de sold ad os,
acom p añan d o los ejército s.
S oldadera

G ritos de guerra, v iv a s, grito g en era l a d egü ello
y saqueo, parecen rein ar en el p eq u eñ o pueblo
m ejicano.
En un prim er m om en to se e s tá aturdid o — no se
puede s a b e r qué p a sa — , m u j e r e s que escon den
gallin as, puercos, pavos; m u jeres qu e recogen con
gran apuro to rtilla s, ch ile, para gu a rd a rla s en la s
ca sa s.
M ujeres riñendo, peleando, g ritá n d o se u n as a
otras ..
¿Q ué p a s a ? ...
A q u éllas son esp o sa s de soldados, “so ld a d era s” ,
van gu ard ia del ejército que ha in vad ido el pueblo.
E s ta s son la s so ld a d era s que se a p rovision an
para a lim en ta r a su s fa tig a d o s esp o so s.
U n a de ella s es P ancha; una cin ta de ca rtu ch o s
de am etrallad ora cu elg a cru za d a sobre su s h o m ­
bros; un gran saco co n ten ien d o u te n silio s d o m é s­
ticos cu elg a p esa d a m en te sobre su e s p a ld a ...
H ab ién d o se apropiado de un pollo y dado su
seca rép lica a la s p ro testa s de la dueña, P a n ch a
en cu en tra un lu gar ad ecu ad o para el cu ertel del día.
L as sold ad eras a cam p an en el banco del río
jun to al p u en te; sacan su s b a tería s de su s sa co s,
d esgranan m aíz, en cien d en fu eg o s, y el a g ita r de
su s p alm as, el voleo de la s to rtilla s en los m oldes,
parecen an u n ciar la paz.
U na n iñ ita llora, y para con solarla, la m adre
a fa lta de go lo sin a s, le da un cartu ch o. La niña
chupa la bala du m -d u m y se reg o cija con el b ri­
llan te ju g u ete.
El fa tig a d o ejército llega al pueblo y los so ld a ­
dos, en voraz a n ticip o, in h alan el hum o de la s h o ­
gueras.
(c o n t i n u a r á )

�A

Latitud
REVISTA MENSUAL DE ARTES Y LETRAS

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AVDA

CORDOBA 636

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Margarita Xirgu, con el conjunto de actrices que lo acompaño en "lo
luis Arata y Helena Cortesino. en "El Avaro"

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Una escena de "lo Novio de Arena", con Delia Garcés y Milagros de la Vegc

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                  <text>Ejemplares 1 a 5/6 del año 1 de la revista Latitud, publicados en el año 1945.</text>
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�Precio del ejemplar
$ 0.50
Un año de suscripción $ 5.00

En la doctrina de
la Revolución de M a y o
reside la única base segura

D IR ECCIO N

Y

A D M IN IST R A C IO N

Av. Córdoba 836 - Bs. As. - U .T . 32-0470

de organización nacional

EDITOR
Rubén Núñez

ACTUALIDAD

Mariano M oreno no fue sólo un doctrinario, sino principalmente un hombre

Jorge Thénon

de acción. Com o tal, dió instrucciones al jefe de la expedición a las provincias
que definen su concepto de la aplicación de la soberanía popular. Ordenaba:
“En estando a cuatro leguas de Córdoba, se hará una intimación al Go­
bernador y Cabildo, para que dejen obrar libremente al vecindario en la elec­

LETRAS
Enrique Amorim

ción de su Diputado.

Se exigirá, com o condición precisa de la libertad del

pueblo para elegir, que el Gobernador y Teniente salgan de la ciudad mien­
tras dure la elección, asistiendo a ella un oficial de la expedición, para pre­
senciar si hay alguna violencia.

Si el Gobernador resistiese esta conducta, se

moverán las tropas contra él, echando antes una proclama en que se anuncie

TEATRO

al pueblo que no se trata de su agresión sino de su defensa, y conminando al

M aría Rosa Oliver

Gobernador con que pagará con su sangre y sus bienes la que hiciese derram ar. . . .
(Registro Oficial, tomo I, N ° 39)

ESCULTURA
Luis Falcini

PINTURA Y GRABADO
Antonio Berni

MUSICA
Leopoldo Hurtado

M A R I AIS O M O R E A O
y la soberanía popular
por RODOLFO P U IG G R O S
Hay un hecho tenaz y persistente que define, mejor que ningún otro, el carácter del
pueblo argentino: la gravitación que ejerce, a través de su historia y hasta nuestros días, la
Revolución de Mayo, Esteban Echeverría lo explicó, hace un siglo, con palabras de una
actualidad manifiesta:
"El problema fundamental del porvenir de la Nación Argentina fue puesto por M ayo:
la condición para resolverlo en tiempo, es el progreso: los medios están en la Democracia,
hija primogénita de M ayo: — fuera de ahí, como lo dijimos antes, no hay sino caos,
confusión, quimeras.
La fórmula única, definitiva, fundamental de nuestra existencia como pueblo libre es:
Mayo, Progreso, Democracia.

MAPA CONTINENTAL
Norberto A . Frontini

“ Los tres términos de esta fórmula se engendran recíprocamente; se suponen el uno al
otro; ellos contienen todo, explican todo: lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos.
“ Quitad a Mayo, dejad subsistente la contrarrevolución dominante hoy en la República
Argentina, y no habrá pueblo Argentino, ni asociación libre, destinada a progresar; no habrá
Democracia, sino Despotismo.
“ ¿Qué quiere decir Mayo? Emancipación, ejercicio de la actividad libre del pueblo
Argentino, progreso: ¿por qué m edio? — por medio de la organización de la libertad, la
fraternidad y la igualdad, por medio de la Democracia.

CINE
León Klimovskv

PRODUCCION
Bartolomé M irabelli
Sam Malamud
Jorge Naranjo Cuadra

“ Resolved el problema de organización, resolveréis el problema de Mayo” .
No existe, que sepamos, otra explicación de nuestra existencia nacional que la iguale en
exactitud, profundidad y síntesis. Los acontecimientos contemporáneos lo demuestran. Rosas
contrapuesto a Moreno es el despotismo, con nuevos ropajes pero la misma entraña, preten­
diendo anular la democracia y conduciendo al caos. Moreno sobreponiéndose a los ultrajes
de minúsculos aspirantes a tiranos es el espíritu de Mayo prevaleciendo para acercar a la
República a su organización equilibrada y sólida en el progreso y la democracia.
La actualidad de la Revolución de Mayo se deriva de que, como decía Echeverría paro
ayer y podemos repetirlo nosotros para hoy, el problema de organización que planteó no ha
sido aún resuelto. Ese problema no es otro que el del ejercicio pleno de la soberanía
popular como fuente, apoyo y garantía de gobierno. Fuera de ella “ no hay sino caos,
confusión, quimeras” .

�i FUNDACION ESPIGAS
I Buenos Aires - Argentina
Mariano Moreno expuso la doctrina y quiso que un congreso, en el que estuvieran libre
y legítimamente representados los pueblos, organizara a la nación.

No encontró al país

maduro para ese salto del despotismo colonial a la democracia que anhelaba.

La Junta

saavedrista lo hizo a un lado y como, según las palabras de una orden del día. “ no tenía
una confianza entera en los pueblos” , resolvió “ no alterar el sistema antiguo” .

La V ic to r ia
y la P a z
6 de Mayo, dia de la Victoria, señala el fin
de la segunda guer armundial y el triunfo de
las democracias sobre las fuerzas destructoras
del nazismo.
¿Contra quiénes se ha ganado esta guerra? ¿Có­
mo asegurar la paz contra todo retomo de la bar­
barie? La experiencia vivida por los pueblos ha
sido tan dolorosa, que bien vale la pena que cada
ciudadano del mundo se formule estas preguntas
y aprenda a preservarse del veneno que todavía
destilan los sobrevivientes y cómplices de la dicta­
dura nazi. Por momentos parecía que todo lo que
amábamos, la libertad, el progreso y la cultura,
iban a sucumbir arrollados por el enemigo de la
Humanidad, pero los pueblos lucharon por su exis­
tencia con denuedo y sellaron el pacto defensivo
que condujo a la victoria, prometiéndose solemne­
mente mantenerse unidos para asegurar la paz y
evitar que un flagelo semejante azotara de nuevo
al mundo atribulado. Para saber cómo ha de edi­
ficarse la sociedad futura y de qué modo será neu­
tralizada la tercera guerra mundial, anticipada por
el nazi alemán von Ivrossik. es preciso recoger la
experiencia de la preguerra, conocer los factores y
las fuerzas que la prepararon y fomentaron y esta­
blecer claramente cuáles son las condiciones polí­
ticas que han de asegurar la destrucción total de
las potencias de la guerra.
El fascismo italiano y el nazismo alemán nacieron
y llegaron a fortalecerse como dictaduras terro­
ristas apoyadas en ei gran capital y en la gran
masa de aquellos que escucharon su propaganda
engañosa, confusa, su demagogia anticapitalista y
pacífica que la presentaba a la vez como una ex­
presión de la justicia social y como un antidoto
contra la revolución proletaria y el advenimiento
del comunismo. Gracias a ese fantasma agitado de
continuo por la radio y la prensa dirigida, el fascis­
mo y el nazismo se consolidaron, aboiieron la liber­
tad sindical, suprimieron la libertad de pensamiento,
destruyeron con saña todos los atributos legados por
la declaración de los derechos del hombre y del ciu­
dadano. dirigieron la economía y esclavizaron a los
hombres, a las mujeres y los niños convirtiéndolos
en autómatas guerreros inflamándoles ei corazón
de odio, preparándolos para la guerra...
La propaganda del fascismo no repercutió sola­
mente en el territorio nacional de Alemania e
Italia, pues su doctrina y sus métodos se difun­
dieron por todas partes preparando la ruina de las
democracias con la ayuda de sus agentes especia­
les y les cómplices de cada nación. Los reaccio­
narios de todo el mundo se agruparon en torno de
la doctrina nazi del espacio vital, de la esclavitud
del hombre, el sometimiento del ohrero, la muti­
lación de la inteligencia y el delito racial. Los
llamados nacionalistas de todos los países se con­
virtieron en adeptos de los amos de Beriín y Roma,
copiaron sus procedimientos, gestos y doctrinas,
propugnando en cada país la destrucción de la
democracia. Y con el pretexto de la defensa de la
soberanía, los Quislings" preparaban en realidad
la entrega de sus países al dictador alemán. Para
lograr este resultado nada mejor que derribar la
única garantía de libertad e independencia de la
patria, esto es. la insobornable y consecuente vo­
luntad de los pueblos soberanos.
La acción de Hitler y Mussolini no fué sólo el
resultado de sus genios destructores: fueron alen­
tados y estimulados desde muchas partes: desde
Inglaterra, Francia, Estados Unidos, y cuanto pais
albergara en su seno núcleos reaccionarios dispues­
tos a conculcar la libertad de sus pueblos para
fortalecer al dictador alemán en su plan imperia­
lista y fundamentalmente en la preparación de la
guerra contra Rusia. La lucha contra la democra­
cia en cada pais era el prolegómeno estratégico de
la gran batalla que Hitler preparaba para la des­
trucción de la U .R .S.S . Muchos ciudadanos de­
mocráticos y honestos que se dejaron arrastrar
por el “ antícomunismo" de Hitler. debieron más
tarde arrepentirse cuando advirtieron que el ata­
que a la Unión Soviética involucraba la pérdida de
su propia independencia bajo la férula de Hitler y
sus “ Quislings” .
l

El problema de la organización nacional, o sea el problema capital de Mayo, quedó así
diferido y vino la anarquía que abrió paso de nuevo al despotismo. Antes de llegar a Rosas,
sin embargo, menudearon las tentativas, todas ellas infructuosas, de hacer triunfar una
democracia muy pregonada pero de difícil realización. Así. un día de octubre de 1812, San
Martín abandonó con sus tropas los cuarteles para “ proteger la libertad del pueblo, para
que pudiera libremente explicar sus votos y sus sentimientos, dándose a conocer de este
modo que no siempre están las tropas como regularmente se piensa para sostener gobiernos
tiránicos; que sabían respetar los derechos sagrados de los pueblos y proteger la ju-ticia de
éstos—

que debía evitarse toda intervención y el mejor influjo de la tropa en una elección

del pueblo; porque hacer lo contrario sería exponerse a la censura de las Provincias Unidas;
además de que su honor no les permitía ni aún indicar sujetos en quienes pudiera recaer
la elección” . Era Mayo resucitando en la acción de San Martin para restablecer, con el
gobierno del pueblo, un orden que perturbaba la camarilla del Triunvirato.
Tampoco el vencedor de los Andes encontró al país maduro para el salto. Ni fuá más
afortunada la Asamblea' del año X III? al querer un gobierno que representara la “ libre y
espontánea voluntad de los pueblos” . Con el Directorio, poder unipersonal y despótico, la
nación se despedazó y no lograron unirla las Constituciones de 1819 y 1826, con su concep­
ción de la soberanía restringida al voto de las minorías propietarias y cultas.
Como lógica consecuencia de la negación de Mayo, se llegó al encumbramiento de Rosas,
que fue su antítesis y trató de ocultar el caos bajo una máscara de terror y servidumbre.
Caseros colocó al problema en su punto de partida: Mayo, Progreso, Democracia.

Pero al

plantearlo de nuevo no lo superó, sino trató de solucionarlo elevando al pueblo a la condi­
ción de soberano por medio de la educación, de la inmigración, del trabajo agrícola e
industrial, de la propiedad, del trasplante del progreso europeo para que brotara en nuestra
tierra de una vez la planta de la democracia.
En los años que siguieron, la soberanía popular, que todavía no caminaba sola, fue
substituida por la acción de estadistas, políticos y educadores en los que renacía el espíritu
de Moreno. No eran elegidos por el pueblo, pero Sarmiento y Mitre consagraron sus vidas
a prepararlo para que pudiera y supiera elegir libremente a sus gobernantes.

El colono y

el ferrocarril, la chacra y la escuela hicieron el resto. Y así llegó el 90 y el verbo de Alem
trajo resonancias de decretos morenistas. Entonces el tribuno, al cabo de ochenta años de
combates, hallaba eco en las masas, era comprendido, podía movilizar y organizar, veía
encarnarse a la doctrina de Mayo.
Los partidos políticos comenzaron a surgir de abajo y, por lo tanto, el problema de la
organización, de acuerdo a “ la fórmula única, definitiva, fundamental de nuestra existencia” ,
se planteaba, al fin, sobre una base concreta. Cuando Sáenz Peña d ijo : “ Quiera el pueblo
votar” , pareció por un momento que la Argentina se encontraba a sí misma en las masas
identificadas con la doctrina de Mayo. Moreno retornaba al gobierno. San Martin abando­
naba su voluntario exilio, Sarmiento podía

esperar ser elegido

por el “ soberano” .

El

problema de organización estaba en camino de resolverse.
Le aguardaba, sin embargo, una prueba dura antes de llegar a esa sintesis que. en la
consubstanciación del pueblo con el gobierno o sea en el gobierno del pueblo, ha de hacer
triunfar, en un futuro próximo y seguro, el pleno contenido de la Revolución de Mayo.
El despotismo, alentado esta vez por tenebrosas fuerzas foráneas, no se resignó a ser ahogado
para siempre por la poderosa y creciente marea de las masas. Descolgó retratos de Moreno
y sacó de los desvanes, olvidados retratos del tirano Rosas.

No atreviéndose a tacar de

frente a San Martín, intentó presentarlo como un epígono del gaucho de Los Cerrillos y
reducir su cruzada contra España colonial y feudal a una campaña sin contenido emancipador.
Cubrió de agravios la memoria de Sarmiento, y al predicar el odio al progreso, procuró
llevar a la nación a un aislamiento suicida. La Argentina de la Revolución de Mayo y de
las guerras de la independencia, se desinteresaba de la suerte de aquellos pueblos que se
desangraban en la gigantesca lucha por las libertades de todos y aparecía ante el mundo
como cómplice de las fuerzas propulsoras del caos, la esclavitud y el retroceso.
Sería incompleto afirmar, para definir la otra cara de la medalla, que el espíritu de
Mayo no ha muerto, porque en estos últimos años una amarga y difícil experiencia ha venido
a sumarse a los acontecimientos internacionales, para elevar al puebTo argentino a un grado
de educación política y social que sólo espera la oportunidad para demostrar que la demo­
cracia ha echado profundas raíces en nuestro suelo.
Nunca hemos estado tan cerca como hoy de ver materializada la doctrina de la Revolución
de 1810. En la acción consciente, organizada y autónoma de la clase obrera, en la preocu­
pación de nuestros millones de campesinos por los problemas nacionales, en la estrecha
dependencia del porvenir de industriales, comerciantes y ganaderos respecto al desenvolvi­
miento de la gestión gubernamental, en la movilización de grandes masas ante los aconte­
cimientos nacionales y mundiales, reside la garantía de que la soberanía popular triunfará
sin que nada pueda detener o amenguar su triunfo.
se ha cumplido el mandato de Mayo.

Entonces podremos decir también que

E

La política de apaciguamiento, en el fondo cri­
minal política de guerra y provocación, aprovechó
ese estado de ánimo exaltado por la prédica espec­
tacular de Hitler. Mientras que en la Liga de las
Naciones la U .R .S.S . y otros estados proclamaban
la paz indivisible y demostraban que las conce­
siones reiteradas conducían indefectiblemente a la
consolidación del régimen de la barbarie y de la
guerra, los apaciguadores, traicionando a sus pro­
pios países, concedieron a los tiranos carta blanca
en Etiopía y Rhenania. apoyaron y financiaron gran
parte del armamentismo alemán, destinado "a con­
tener el bolcheviquismo” y decretaron fríamente
el sacrificio de la heroica España republicana, esto
es, del pueblo español.
(sigue en póg. 4)

3

�Mientras Hitler vociferaba contra Rusia, a la
manera del tero que despista la ubicación del nido,
se armaba hasta los dientes y ocupaba los puntos
estratégicos que anulaban el poderío militar de sus
vecinos. La ocupación de Austria puso a prueba la
tolerancia traidora de los apaciguadores y, por
último, el pacto de Munich, con la consiguiente
entrega de Checoslovaquia, aliada de Francia y de
la U .R .S .S .. mostró ya inequívocamente la futura
dirección del ataque.

lidad, aunque los munichistas la presentaron como
un plan imperialista y de complicidad con el na­
zismo alemán. Ese año y medio de tregua salvó a
la Humanidad, pues permitió a los rusos acrecen­
tar sus fuerzas militares, y acelerar el ritmo de
producción de sus industrias de modo tal, que aun
atacando Alemania en ese solo frente, sin nada que
la preocupase a sus espaldas, el ejército rojo pu­
diese contener por sí solo el alud invasor. Por fin
el dictador, ensoberbecido por sus triunfos en occi­
dente y ante el fracaso de la misión de Hess, se
lanzó contra la U .R .S.S . Lo demás es bien cono­
cido, hasta el epílogo magnífico que hoy celebra­
mos los argentinos con el mundo entero, bien que
en la intimidad de nuestros corazones silenciosos y
oprimidos.
En los cinco años de duro batallar, ¡cuántas ten­
tativas de división fueron frustradas, cuántas obs­
táculos vencidos para llevar el esfuerzo de guerra
al fin previsto! Toda ocasión era buena para se­
parar a los aliados. La rendición final del ejército
alemán, dada la forma que adoptó, significó tam­
bién una maniobra postrera destinada a romper
la firme alianza de las Naciones Unidas. Ellos
mismos proclamaron que el frente del Elba fué
desguarnecido deliberadamente para oponer a los
rusos toda la fuerza disponible, y el mariscal Montgomery se negó a negociar la rendición de los
ejércitos alemanes que luchaban en el Este, según
le proponía el jefe alemán. En el extremo de su
degradación y cobardía intentaron contagiar su
miedo ficticio a los ejércitos y pueblos de América
e Inglaterra. Ello no evitó que la rendición incon­
dicional se firmase entre las ruinas de Berlín ante
los mariscales de las Naciones Unidas, unidas para
la guerra y la paz anhelada por el mundo libre.

ANTE LA AGRESION
Cuando Hitler atacó por fin a Polonia, los apa­
ciguadores no pudieron ya ocultar a sus pueblos
que la ambición y el poderío creciente del impe­
rialismo germano amenazaba la suerte de sus Im­
perios. El monstruo había crecido demasiado y era
imposible domesticarlo hasta el punto de dirigir su
ataque. Fué entonces que Chamberlain y Daladier
declararon la guerra al Gran Reich y comenzó
aquella lánguida batalla de patrullas en el bosque
de Warms, mientras se intrigaba para envolver a
Rusia en esa “ extraña guerra", según se la deno­
minaba entonces, pues nadie combatía.
¿Cómo podían defenderse del fascismo aquellos
gobernantes que lo habían favorecido? Inglaterra,
Francia y Polonia, impregnadas de nazis y apaci­
guadores, habían llevado al extremo la debilidad
militar y la vulnerabilidad estratégica de sus paí­
ses. En cuanto a Polonia, ¿qué resistencia podía
ofrecer? Los coroneles polacos y los dirigentes po­
líticos, muchos de los cuales integran el gobierno
exilado de Londres, conspiraban contra su pueblo
en favor de Hitler y no disimulaban su simpatía
por su oposición a la U .R .S.S . El coronel Beck.
primer ministro y muchos militares polacos, orga­
nizaban cacerías con Goering y creyeron o afecta­
ron creer en sus falsas promesas de amistad. Cuan­
do Checoslovaquia fué avasallada, esos dirigentes
polacos, que hoy dicen defender la libertad de su
pueblo, se lanzaron con avidez contra su vecina y
aliada, apoderándose de las minas de Teschen.

PREMISAS PARA LA PAZ
La paz debe cimentarse en primer término en la
unión inquebrantable de todos los países comba­
tientes, en el castigo ejemplar de los culpables, en
la autodeterminación de los pueblos liberados y
en la ruptura de todo proyecto de bloque que le­
vante de nuevo la bandera del anticomunismo,
grosero pretexto de los herederos de Hitler y
Mussolini que desean redimirse de la derrota en
una tercera güera mundial. Para ello es necesario
destruir el fascismo donde quiera que impere, con
el auxilio del único instrumento eficaz de la demo­
cracia, la soberanía popular y la vigencia de los
poderes legítimos por ella consagrados. Después de
esta guerra terrible, el deber de todos los demó­
cratas, de todos nosotros, argentinos, es luchar por
el restablecimiento de la democracia y la sobera­
nía del pueblo.
La unión de los patriotas en el interior de cada
país y el exterminio de los reductos nacionales
del fascismo, es la premisa de la unión fraternal de
todos los pueblos del mundo para el trabajo, la
paz y el progreso de la cultura.
Rindamos nuestro homenaje a los tres grandes
que salvaron a la Humanidad del caos y la bar­
barie, a sus gloriosos ejércitos, a los pueblos abne­
gados que unidos trabajaron en las fábricas y los
campos contra los nuevos señores de esclavos, a
los guerrilleros, a los patriotas de la resistencia,
a los héroes y mártires que dieron su vida por la
libertad.
J. T.

HABIL POLITICA RUSA
En ese momento, los dirigentes de Francia y de
Inglaterra reclamaban de Rusia el cumplimiento
de sus pactos de alianza, pero los dirigentes pola­
cos se opusieron a que el ejército rojo atravesara
las fronteras para luchar contra el enemigo común.
Si en esas condiciones, en tanto se desarrollaba
tan "extraña guerra” , Rusia se hubiera lanzado al
combate para defender a Polonia, habría dado gran
satisfacción a los munichenses y fascistas de todo
el mundo, pues era evidente que ni Inglaterra ni
Francia estaban preparadas para una lucha deci­
siva. Habría entrado a actuar un gigantesco Comité
de No Intervención, y mientras Chamberlain en
tono plañidero reclamara la ayuda del Todopode­
roso, el plan de Munich de guerra contra la
U .R .S.S. se hubiera consumado. Pero Rusia neu­
tralizó hábilmente la maniobra, mediante su sor­
presivo pacto con Alemania, que obligó a Hitler
a lanzarse contra Occidente. Durante ese año y
medio en que Hitler marchó en esa dirección, el
ejército rojo perfeccionó sus equipos y ocupó los
lugares estratégicos que le permitirían contener el
inevitable ataque alemán. La guerra de Finlandia,
la ocupación de la parte oriental de Polonia, de
los Estados Bálticos y Besarabia tuvieron esa fina­

EL I NF L UJ O DE LAS I DE A S
EN LA R E V O L U C I O N DE M A Y O
por JO SE P. B A R R E IR O

TT'L influjo de las grandes ideas en el proceso
espiritual y político que tuvo com o corolario
magnífico la Revolución de Mayo, es un factor
indiscutido. Sin embargo, hace menos de un lus­
tro, cuando la gravitación de las doctrinas totali­
tarias se reflejaba tan inquietantemente en las cla­
ses gobernantes argentinas, uno de sus exponentes
sombríos — el ex canciller Ruiz Guiñazú, apologis­
ta de “ La Inquisición en América” — afrontó el
difícil problema de sostener, en una declaración
oficial, que las grandes ideas del siglo X V III no
habían tenido vinculación alguna en el aconteci­
miento. Eran los días en que, de acuerdo a las
consignas que venían de Roma, de Berlín y de
Madrid, ciertas minorías de nuestro país se obsti­
naban en negar en los hombres del Plata el influjo
del enciclopedismo y de la Revolución Francesa.
Los hechos ,en todo el decurso del siglo X V III
y en esos primeros años del siglo X IX, habían
demostrado cuán vano era el contralor sobre los
cerebros y la acción de policía realizada sobre las
ideas, que habían constituido la obsesión imperial.
La guerra decretada a los libros —no ya a los li­
bros históricos y políticos, sino a los de simple

imaginación— había resultado innocua. La historia
guardaría, com o documento de una época, la Cédu­
la Real de Carlos III expedida para que la “ Enci­
clopedia Metódica” fuera perseguida en las colonias
americanas. Igualmente no había podido conseguir
unificar las almas aquel documento de su sucesor
Carlos IV en que el monarca español confesaba
“ que el celo infatigable de los ministros del Santo
Oficio no había alcanzado a contener los grandes
perjuicios que causaba al Estado la lectura de los
malos libros” . De idéntica forma, había resultado
tarea ingenua la de impedir la difusión de las
nuevas doctrinas científicas. A pesar de que la
Inquisición amenazaba los cuerpos con su régimen
terrible, en el escenario de las colonias españolas,
sobre todo en Nueva Granada, existían espíritus
que se empeñaban en enseñar que la Tierra se
movía alrededor del Sol, por más que España —la
España de la Inquisición que algunos todavía se
atreven a reivindicar en el ambiente democrático
de América— había resuelto negar las conclusiones
de Copérnico. Ahí están los casos de José Celes­
tino Muttis, la brillante figura de Nueva Granada,
considerada por Linneo com o “ el príncipe de los
botánicos americanos” , o el de Juan Francisco
4

Vázquez, enjuiciados por la Inquisición por pro­
clamar que la Tierra se movía alrededor del Sol.
Existen propósitos estériles, pero probablemente
ninguno com o el de querer mensurar las ideas con
aqueta pragmática que inmortalizó al bárbaro Pro­
custo. Lo probó España en su intensa y vana ac­
ción. Pese a las órdenes reales. las ideas nuevas
llegaron a América e iluminaron el espíritu de los
nativos. Pero ocurrió algo más. Entraron en la
propia España y pusieron una luz en la mente de
muchos de sus hombres de gobierno. Lo prueba
el ejem plo inmortal de Jovellanos. Lo demostra­
ron las Cortes de Cádiz en 1812.
A Belgrano corresponde una participación be­
nemérita en la difusión de las grandes doctrinas,
en la divulgación de las ideas nuevas, más bien
dicho, de las ideas eternas.
En momentos en que Belgrano estudiaba en
Valladolid, irradiaba aún sus terribles reflejos el
Tribunal de la Inquisición. Como lo ha señalado
Mitre, “ apenas hacía dos años que el célebre Olavide había sido procesado por el Santo Oficio y
condenado a penas afrentosas por haber cometido,
entre otros delitos, el de tener en su biblioteca la

�LETRAS

r

Enciclopedia y los escritos de Baile, Montesquieu,
Rousseau y Voltaire” . Pese a ello, ávido de to­
mar contacto espiritual con los escritores del ins­
tante, Belgrano gestionó ante el papa Pío VI
licencia para poseer esas obras. El je fe de la
Iglesia se mostró más tolerante que los gober­
nantes de España. Otorga a Belgrano autorización
para “ leer y conservar durante su vida todos y
cualesquiera libros de autores condenados, aun­
que sean heréticos, y en cualquiera forma que
estuviesen publicados, con tal que los guarde pa­
ra que no pasen a otras manos” . Belgrano, así,
asimila las doctrinas políticas, sociales y econó­
micas que habían comenzado a poner una nota de
hermosa inquietud en Europa. Lee a Montesquieu,
a Rousseau, a Filangieri, a Adam Smilh, a Condorcet, a Jovellanos, a Campomares, a Alcalá Galiani, y se entrega apasionadamente al estudio de la
economía política y del moderno derecho público.
Bien pronto las lecturas asimiladas por Belgra­
no en el ambiente europeo encuentran clima pro­
picio en el escenario de Buenos Aires. En 1805
traduce del inglés la despedida de Jorge ICáshington al pueblo de los Estados Unidos. En 1806,
Hipólito Vieytes elogiaba en el “ Semanario de
Agricultura” a Mirabeau y a Adam Smith. En
1809 Belgrano presenta al virrey Liniers un me­
morial sobre com ercio libre con los ingleses. Poco
tiempo después, Moreno, en el molde de las mis­
mas ideas, redacta la histórica “ Representación de
los Hacendados” . Paulatinamente, Belgrano va ha­
ciendo escuela. Explicaba fervorosamente las doc­
trinas de Smith sobre el valor, los precios, la
moneda, el capital, la tierra y la colonización.
Como ha dicho el profesor Gondra, “ si el egoísmo
de los mercaderes y la desconfianza, el apoca­
miento o la incomprensión de los funcionarios
reales hacían oídos sordos, era indudable que las
nuevas ideas prendían, generosamente, en el espí­
ritu de algunos jóvenes entusiastas, com o Castelli,
Moreno, Vieytes y otros, para los cuales fué Bel­
grano, sin duda, maestro e iniciador revolucio­
nario” .

Dirige
ENRIQUE A M O R IM

La

HIMNO

NACIONAL

Oíd ¡mortales! el grito sagrado:
¡Libertad, libertad, libertad!
Oíd el ruido de rotas cadenas;
Ved en trono a la noble Igualdad
¡Ya su trono dignísimo abrieron
Las Provincias Unidas del Sud!

y los libres del mundo responden:
¡Al Gran Pueblo Argentino, ¡Salud!

Sean eternos los laureles
Que supimos conseguir:
Coronados de gloria vivamos
0 juremos con gloria morir
VICENTE LOPEZ Y PLANES

Pero es en la formación mental y espiritual de
Moreno, es decir, en el numen de la revolución
de Mayo, donde ese influjo se acentúa con ca­
racterísticas inequívocas. Alberdi dijo que “ El
Contrato Social era la brújula de M oreno” . Fué
algo más: fué la brújula de la Revolución de
Mayo, fué una de las luces que iluminaron el
génesis del proceso histórico argentino.
•

arito l ó g i c a

ARGENTINO

En toda esa promoción juvenil que habría de
controlar los primeros pasos de la revolución de
Mayo, el influjo de los enciclopedistas es indis­
cutible. Moreno, por ejem plo, durante sus estu­
dios en Charcas, se había impregnado de las nue­
vas doctrinas que estaban en la biblioteca de
Francisco de Ortega, en la librería del padre
Moscoso, en los anaqueles de Maciel, en los es­
tantes del padre Terrazas. A llí leyó a D ’Agresseau, a Montesquieu, a Reynal, a Bacon, a Fi­
langieri, a Jovellanos. Mientras tanto, aquí en
Buenos Aires, en la biblioteca' de Rivadavia, se
exhibían con orgullo los libros de Voltaire, de
Rousseau, de Necker, de Malby, de Montesquieu,
de Re^-nal, de Condorcet, de Locke, de Bentham.
Esos libros iban formando una conciencia doc­
trinaria en los hombres jóvenes que habían nacido
en el Virreynato.

•

poesía

•

Hiparon iéios. . . !
Ha llegado a nuestro país la embajada intelec­
tual de Francia combatiente. Los argentinos saluda­
mos con regocijo a esta pléyade de hombres escla­
recidos y patriotas, que expusieron su vida por la
libertad de Francia, luchando contra el enemigo ex­
terior y los entregadores de Viehv. Pasteur Yallery-Radot, Albert Ledoux, Raymond Ronce, Emmanuel de Sieyés y Pierre Gabard, constituyen un
ejem plo de como la intelectualidad democrática
debe luchar, en todos los países, por todos los
medios a su alcance, contra las fuerzas de la reac­
ción. Centenares de intelectuales libres han sabido
cumplir en Francia ese mandato. Bienvenidos sean
hoy sus representantes!
5

�¿Cont i nuaremos cantando a la De s es pe rac i ón y a la Muert e?

RILKE
E L

Y

N A Z I S M O

por IS ID O R O F L A U M B A U M
I

de crisis tan profunda
que en ningún otro m om ento
intelectualidad decadente, frente
tradicciones no alcanza a concienciar ni

U

NA época

com o la que nos toca vivir, hace más claro
el hecho de la terrible desorientación de la
a la realidad social que la rodea, cuyas con­
explicarse.

Vem os así a esos intelectuales, colocados en la disyuntiva de postular su fracaso,
su impotencia o el indeterminismo filosófico, refugiarse en el abismo de una estéril
desesperación que desemboca en el culto de las ideas de muerte, angustia y desinte­
gración total, negadoras del poder creador del hom bre, con su suprem o instrum ento:
la razón.
Sobran ejem plos a través de esos períodos históricos a que nos referim os: los
últimos tiem pos del Im perio Rom ano produjeron el estoicismo de la decadencia; el
fin de la Edad Media el m em ento morí jesuítico y manifestaciones afines; por úl­
timo, nuestra época, el existencialismo y cantidad de corrientes sem ejantes; el más
cercano, el de Martín Heidegger, entregándose sin vacilar al poder avasallador del
fascismo alemán.

El existencialismo contemporáneo es la desem­
bocadura de las manifestaciones artísticas y filo ­
sóficas a que nos referimos. Toma todos sus te­
mas aguzándolos y adaptándolos a las condiciones
del mundo contemporáneo. También esta es época
de crisis y por muchas razones, de mayor agudeza
y significación histórica. Por tal razón, el “ muertismo” de los intelectuales decadentes aparece agu­
zado y agresivo, en formas mucho más refinadas
y reflexivas que en épocas anteriores. Es precisa­
mente Alemania, piedra de toque de las contradic­
ciones de nuestra época, el país que posee las ma­
yores manifestaciones en tal sentido.
Rainer María Rilke (1875-1926), es el más gran­
de poeta representante de la corriente actual que
analizamos. Austro-checo de nacimiento, es Ale­
mania el país donde su influencia se hará sentir
más hondamente. Fue postrer representante de
una familia noble venida a menos en momentos
de la decadencia del imperio Austro-Húngaro.
Este hecho, unido a su natural melancólico, deter­
minado por su debilidad constitucional, torna
su espíritu pesimista. Clara exaltación de glorias
pasadas hay en su cuento de juventud “ Hermano
y Hermana” pero sobre todo en su primer gran
poema “ Canto de Amor y de Muerte del Corneta
Cristóbal Rilke” . Dice al comienzo del mismo:
“ __ el 24 de noviem bre de 1663, le fue conce­
dida a Otto von Rilke, en Langenan y Linda, la
posesión de la parte del feudo heredado de su
hermano Cristóbal, caído en Hungría; empero,
debía presentar una contracédula, mediante la cual
dicha posesión quedaba anulada, en el caso de que
dicho hermano Cristóbal ( caído com o abanderado
de un regim iento austríaco de caballería a las ór­
denes del Barón de Pirovano), volviese —
También en los cuadernos de Malte Laurids
Brigge notamos esa característica:
“ __ Todavía en mi pueblo, el anciano chambe­
lán Brigge, llevaba — ello era palpable— su muerte
consigo. ¡Y qué m uerte! D e dos meses de dura­
ción, y tan ruidosa que se la oía hasta en la casa
de labor. La vieja y antigua casa señorial era de­
masiado pequeña para contener esta m u e rte ...
Desde muy joven siente atracción hacia el tema
de la muerte, pero en una forma evidentemente
espontáena. Sólo más tarde se convierte esa atrac­
ción en doctrina y concepción del mundo. Su
formación cultural es europea. Data de una épo­
ca, la anterior a la guerra del 14-18 —en que
ningún conflicto serio enturbiaba las relaciones
entre las naciones europeas, hecho que favorecía
un cierto cosmopolitismo aristocrático entre los
intelectuales de las clases altas, cosmopolitismo

éste, ni muy serio ni muy profundo. Lo defini­
tivo es que Rilke seguía siendo en lo esencial un
alemán, y un alemán aristócrata. Y fué precisa­
mente Alemania el país que lo consagró y donde
su influencia se hizo sentir de manera más acen­
tuada. Esto se debe evidentemente a que Rilke
pertenecía a una corriente intelectual esencial­
mente germana: el existencialismo.
En 1909 se editan en alemán las obras com ple­
tas de Kierkegaard. Rilke, que había manifestado
deseos de aprender el danés para traducir a Kier­
kegaard al alemán, se convierte en partidario en­
tusiasta de las ideas del místico danés y descubre
en su obra elementos singularmente acordes con
su propia manera de ver el mundo. La influen­
cia de Kierkegaard sobre Rilke fué tan profunda
que impregna gran parte de su obra. En la fi­
gura del danés Malte Laurids Brigge podemos
ver claramente el reflejo de la impresión que
causó en el espíritu de Rilke la personalidad de
Kierkegaard. Hay, no obstante, una diferencia
esencial entre Rilke y Kierkegaard. Este último
expone doctrinas que pretenden ser cristianas;
Rilke, en cambio, es en esencia un pagano, como
Hólderlin y Nietzsche. Kierkegaard exalta la
“ existencia teológica” com o el desiderátum en la
vida humana; Rilke, en cambio, exalta un pecu­
liar misticismo telúrico de raigambre eminente­
mente nietzscheana. Dice así el poeta del “ Libro
de Horas” :
“ ¡Q ué locura distraernos hacia un más allá,
cuando nosotros estamos aquí rodeados de tareas
y especulativas y futuro! ¡Q ué fraude, sustraer
imágenes del encanto de aquí abajo para vender­
las en el cielo detrás de nuestras espaldas!”
Como vemos, el elemento nietzscheano confiere
a las concepciones de Rilke un matiz no solamen­
te antirreligioso, sino anticristiano. El filósofopoeta había contrapuesto lo terrenal a lo religioso
en su lucha reaccionaria contra el cristianismo,
para él religión de plebeyos resentidos, incapa­
ces de asumir responsabilidades y que p or eso
atribuyen a Dios.
No obstante, la Tierra es para Nietzsche senci­
llamente el lugar donde habita el hombre. Lo
telúrico carece en él de todo significado metafisico-trascendental. Todo lo contrario ocurre en
R ilke:
“ La caducidad se precipita por doquiera en un
profundo ser. D e aquí que todas las formas de
acá abajo hay que lomarlas no sólo com o tem po­
ralmente limitadas, sino que, en la medida que
nos sea imposible incluirlas en aquellas signifi­
caciones superiores de que participamos. Pero no
6

EN SENTIDO CRISTIANO (d el que siem pre más
apasionadamente me a lejo), sino que, con una con­
ciencia puramente terrena, beatíficamente terrena,
es necesario introducir todo lo contemplado y pal­
pado en este mundo en el más amplio ámbito. No
en un más allá, cuyas sombras entenebrecen la
tierra, sino en un todo, en el todo. La naturaleza,
las cosas de nuestra convivencia y uso son provi­
sorias y caducas, pero, mientras permanecemos
en esta tierra, ellas son nuestra posesión y nuestra
amistad, consabedoras de nuestras penas y de
nuestras alegrías, com o ya fueron los confidentes
de nuestros antepasados. Por esto no sólo no hay
que calumniar y rebajar todo lo de aquí abajo,
sino que justamente a causa de su provisoriedad,
que ellas comparten con nosotros, estas manifes­
taciones y cosas deben ser concebidas y transfor­
madas por nosotros con una comprensión muy
íntima. ¿Transformadas? Sí, pues nuestra tarea
misional es grabarnos esta Tierra provisoria y ca­
duca tan profunda, tan doloroso y apasionadamen­
te, que su ser resurja “ invisible” en nosotros.”
Su culto a la Tierra es un panteísmo pagano
íntimamente relacionado con su concepto de la
muerte. Esta no es para Rilke tránsito a la Eter­
nidad com o para el cristianismo, sino que tiene
valor y sentido por sí misma. Como lo dice en
una carta a W iold von Hulewicz, el hombre que
se adentra en “ su” vivencia de la muerte, en su
“ muerte propia” realiza al mismo tiempo el “ en­
cargo de la tierra” . Pero realizar el “ encargo
de la tierra” no es dado a la gran masa, al vulgo.
Es cosa eminentemente aristocrática y patrimonio
de unos pocos elegidos. Es decir, el panteísmo
pagano sirve para establecer jerarquías humanas
íntimamente emparentadas con la nietzscheana de
“ señor” y “ esclavo” , y que reaparecerán en la
filosofía heideggeriana según las expresiones
“ existencia banal” y “ existencia propia” .
Pasemos ahora a otra cuestión. ¿En qué queda
el Dios que Rilke invoca tan a menudo en sus
pseudo-cristianos poem as? Si analizamos deteni­
damente el concepto rilkeano de Dios, nos encon­
traremos con que es absolutamente distinto del
concepto general acerca de Dios. Dios no es para

Rainer María Rilke

Rilke lo absolutamente objetivo, fuente de donde
proviene todo lo que existe. Es un algo borroso,
distinto para cada hombre y con el cual el indi­
viduo se une y conoce al adentrarse en su
muerte propia . Acentúa hasta el extremo la
subjetividad de Dios, en metáforas y conceptos
evidentemente inspirados en los grandes místicos
germanos, en especial Meister Eckart y Angelus
Silesius:
. . . ¿qu é quiere significar lo otro, sino que
nuestro semblante y la faz divina, que miran ha-

�cia ajuera en la misma dirección, con u n o ? . . . ”
y también:

La obra de d oy ce es corno la vida misma: no puede tener fin

“ Dios y la muerte eran, pues, externos, eran lo
otro, y lo propio (lo intransferible) era nuestra
vida, la que ahora al precio de esta escisión pa­
reció ser humana, pareció ser, en un sentido con­
cluso, la nuestra, íntima, posible, realizable.”
Es decir, el Dios de Rilke es una imagen b o­
rrosa e indeterminada, metáfora y figura poética
a menudo, y cercana a la “ nada” heideggeriana.

en la última página de un libro -d ice ./. S A L A S S U B I R A T -

•

•

•

Entre las concepciones de Rilke y Heidegger
hay, desde luego, diferencias notables. Pero las
similitudes son mucho más numerosas e impor­
tantes. Estas similitudes provienen de que ambos
pertenecen a la misma corriente cultural, la que
preparó ideológicamente el advenimiento del na­
cionalsocialismo. Resulta violento para toda sen­
sibilidad normal relacionar lo que es esencial­
mente la anti-cultura, a un poeta de las condiciones
excepcionales de Rilke. Pero cometeríamos un
error fatal si nos detuviéramos en esta faz pura­
mente externa del problema. No podemos ni de­
bemos olvidar que cosa muy distinta es el precur­
sor de un hecho histórico cualquiera, del actor
del mismo. El nacionalsocialismo no ha produci­
do nada comparable a un Nietzsche o a un Rilke.
Pero es que ambos se nutrieron de la época que
ayudaron a destruir. Es decir, que las manifes­
taciones reales de su talento, en las condiciones
actuales, no hubieran podido revelarse. Las ra­
zones para deducir este hecho sobran. Además,
hay ya una diferencia notable en los méritos de
Rilke como poeta y de Heidegger como filósofo.
Este último es muy inferior. Por otra parte, el
pathos nazi ha asimilado los temas de tierra y
muerte hasta vulgarizarlos al extremo, como lo
muestran las elucubraciones de Keyserling, Klages,
Splenger, Rosemberg y otros taumaturgos de la
Alemania nazi.
Rilke es el paganizador del existencialismo y
uno de los más distinguidos representantes del
renacimiento pagano en la Alemania contempo­
ránea, cuyo sentido histórico social es bien co­
nocido.
El irracionalismo germano, en sus manifesta­
ciones artísticas y filosóficas, pudo aparecer desde
el Romanticismo cristianamente disfrazado, salvo
en los casos de Schopenhauer y Hólderlin. Pero
a medida que acentuaba sus características y acen­
tuaba su agresividad, arrojó su exterior cristiano
por la borda y se mostró en todo su cinismo, a
partir de Federico Nietzsche. ¿Las razones de este
fenóm eno? El cristianismo es demasiado eviden­
temente opuesto a su concepto zoológico del hom ­
bre. En ese sentido, las elucubraciones de un H ei­
degger y el racismo no son sino manifestaciones
de un mismo fenómeno.
Rilke le ha legado al rector de la Universidad
de Friburgo, las bases de su erudita filosofía. Pe­
ro para Heidegger, la muerte, además de ser pro­
blema puramente personal, permite la realización
de la “ historia” , la “ tradición” , el “ destino” , etc.
Heidegger no habla siquiera de D ios; lo ha sus­
tituido por la nada.
En otro trabajo (“ Meister Ekbart y Martín H ei­
degger” Minerva, año I, N ? l ) hemos señalado
cómo Heidegger, apropiándose de temas cristianos
y místicos, ha creado una doctrina esencialmente
anticristiana. En todo ello Rilke se le ha adelan­
tado. Heidegger no ha hecho más que dar un
remate lógico a lo que estaba íntegramente en
el poeta.
En el mundo contemporáneo, pletórico de fuer­
zas renovadoras, existen intelectuales que se ama­
rran a un pasado caduco y levantan como en
otras épocas la bandera de la muerte. Los Berdiaeff, los Chestov, los Rilke, los Unamuno, los
Heidegger, se multiplicaron vertiginosamente des­
de principios de siglo. Su doctrina se constituyó
en erudita filosofía en Alemania, como es lógico.
Q u ien es creem os en el p o r te n to s o d estin o
del hombre sobre la tierra, ¿podem os conciliar
con ellos?

UNA ENTREVISTA
CON EL
TRADUCTOR
DE "LUISES”
A punto de aparecer la versión castellana de
"Ulises". de James Joyce. nos entrevistamos con
J. Salas Subirat, responsable de esa traducción.
—¿Cómo se le ocurrió acometer la empresa de
traducir ‘‘Ulises"?
—Para entender mejor algunos pasajes que me
resultaban oscuros.
—¿Hace mucho tiempo que conoce este libro?
—Alrededor de veinte años.
—¿Cuándo empezó a traducirlo?
—En 1940 empecé a traducir las páginas que no
me resultaban claras. Así lo fui pasando todo, sin
pensar en que esa traducción pudiera publicarse.
Le diré, además, que en estos veinte años me en­
teré repetidas veces de que alguien lo estaba tra­
duciendo en Buenos Aires, lo que hacia innecesaria
mi traducción con el objeto de darla a la imprenta.
Un día. hablando de James Joyce con Santiago
Glusberg, le dije que tenía "Ulises" traducido. Un
tiempo después Santiago Rueda le comunicó a
Glusberg que había adquirido los derechos para la
edición castellana y que Max Dickmann iba a
formar un comité de traductores para emprender
la tarea. Glusberg le habló de mí y el domingo
siguiente estaba Max Dickmann en mi casa, donde
puse en sus manos la versión completa en caste­
llano, desde la primera hasta la última página. Le
pedí tres meses para darle una leída definitiva y
tardé más de un año para entregarlo listo para la
Imprenta.
—¿Es fundada la fama de intraducibie de esta
obra?
—No: se trata sólo de un libro difícil de leer en
el original. No creo, por lo demás, que exista nin­
gún libro intraducibie una vez que se lo ha com­
prendido en el idioma original. Entiendo, por otra
parte, que ninguna traducción puede dar exacta­
mente los valores del original en todos sus aspectos.
—¿Se refiere usted solamente al ‘‘ Ulises"?
—No: me refiero a todas las traducciones. Cada
idioma es como un sistema, cuyas características
le son exclusivas: entre unos y otros hay equiva­
lencias, pero no igualdades: eso hace imposible dar
exactamente el estilo de un gran escritor. Una
traducción no puede ser nunca más que una
aproximación.
—¿Cree usted que un m ejor conocimiento de “ Uli­
ses" permitiría rastrear la influencia de Joyce en
la literatura actual?
—Sin duda alguna. Es indispensable tener en
cuenta esta obra para cualquier estimación de la
literatura actual. A pesar de no haberse difundido
su texto entre nosotros, éste ha tenido, indirecta­
mente, una repercusión indudable, por vía de
autores influenciados por su lectura. Este libro
constituye un caso extraordinario de influencia
directa e indirecta.
—¿Qué relación guarda “ Ulises” de James Joyce
con la “ Odisea" de Homero? ¿Existe, a su juicio,
alguna similitud entre una y otra obra?
—Difícilmente se le ocurriría a nadie, si no fuera
por el título, que existe ese paralelismo. Hay
mucho que decir todavía, sin ignorar a Edmund
Wilson y a Valery Larbaud, no solamente sobre el
contenido simbólico del libro y los protagonistas
que se mueven en él, sino también con respecto a
James Joyce mismo como viajero curioso en las
regiones más intrincadas del pensamiento. A este
fin sería precisa una incursión complementaria en
ese otro mundo que está representado por su obra
siguiente: Finnegan's Wake.
—-¿Entiende usted que después de su traducción
será siempre necesario ir al original para formarse
un concepto acabado de lo que es “ Ulises” ?
—Al pasar de un idioma a otro, los juegos de
palabras palidecen, de igual manera que los giros
onomatopéyicos, y la percusión que tienen las alu­
siones a modalidades y episodios que nos son
extraños disminuye en algunos casos, hasta des­
vanecerse; los neologismos y asociaciones de ideas
pierden a veces su vigor. Es natural, entonces,
que sólo podría prescindirse del original, para un
estudio profundo de la obra, presentando una edi­
ción plagada de notas, explicaciones y citas que
harían perder al libro la agilidad que le imprimió
Joyce.
—¿Agilidad? ¿Acaso es “ Ulises” un libro ágil?
Muchas plumas de categoría han afirmado lo con­
trario.
—No lo ignoro. La opinión de Joung es bien cla­
ra: Me aburre hasta las lágrimas, dice. Pero estoy
convencido de que la agilidad de Joyce ha escapado
7

Jaimes Joyce (Dibujo de Cotton)

a muchos críticos, ya sea por falta de enfoque o
por una actitud mental que llamaría extraliteraría.
Joyce bombardea las escenas desde diversos ángu­
los, sin eludir ninguno, con un lenguaje directo y
libre de limitaciones. Lo notable en esta obra es
el aligeramiento de trascendentalismos para expre­
sar lo trascendental. Se ha dicho ya que no ha
de marearse la cabeza que sea bastante fuerte para
leerlo. No ha faltado quién sostuviera que para
interpretar a "Ulises” se necesita ser un genio o
un alienado. No es para tanto: se trata solamente
de una cuestión de agilidad mental. En el libro
de Herbert Gorman sobre James Joyce hay una
cita de un doctor Joseph Collins, neurólogo, para
quien, según afirma Gorman, todos los autores son
casos clínicos. "Ulises —dice Collins—r 710 podrá
ser leído completo ni por diez hombres o mujeres
de cada cien, y de cada diez que lo consigan, cinco
lo harán como un “ tour de forcé". Soy probable­
mente la única persona, aparte del autor, que
lo haya leído desde el principio al fin.” Y á ren­
glón seguido agrega imperturbable: “ Aprendí en
él más psicología y psiquiatría que durante diez
años en el Instituto de Neurología” . No conforme
aún con esta prueba de irresponsabilidad crítica,
añade: “ Hay otros ángulos desde los cuales Ulises
puede ser revisado con provecho. Pero ellos no son
muchos” . En efecto, hay otros ángulos desde los
cuales puede ser, no solamente reviewed —como
afirma Collins— sino también cotizado y gustado
el "Ulises", y tales puntos de vista, que no sólo
no son escasos, sino numerosos y fundamentales,
no podían ignorarse al Intentar su traducción!
Jung, pensador profundo, recupera intuitivamente
el terreno perdido al aburrirse hasta las lágrimas
en el primer centenar de páginas del “ Ulises” y
salva su prestigio que sobrepasa lo científico al
sospechar “ algo que escapa a nuestra percepción,
un designio secreto que le presta sentido” . Ese
sentido secreto sólo reside en la agilidad con que
Joyce sabe salir de ciertas posturas en que se
vuelve demasiado serio.
—¿Cree usted, como sostienen algunos ensayistas
que Joyce, precedido por Proust y seguido dé
Kafka, ha realizado con ellos, ya sea intencional o
fortuitamente, algo asi como uno de los grandes
sistemas metafísicos de la literatura moderna?
La pregunta es un tanto imponente y no creo
que estas tres figuras solas pudieran ser respon­
sables de tal sistema metafísico. Dejando a un
lado que para dilucidar eso del sistema metafísico
sena necesario un estudio serio y dilatado le
diré que, a mi juicio, se ha intentado con cierta
ligereza establecer una correlación de Proust a
Joyce y de Joyce a Kafka. En lo que se refiere
a los dos primeros, ese intento se explica por la
diferencia de enfoque de ambos autores. Los es­
cenarios mentales que recorre Proust vienen sobre­
cargados de posturas y decorados anacrónicos; sus
personajes parecen asfixiarse dentro de ambientes
en que el artificio y la complejidad de los pre­
ceptos sociales, en desacuerdo con el espectáculo
del mundo a esa hora, dan la visión de épocas re­
motamente anteriores a la que transitan los perso­
najes de Joyce. Es una diferencia que tiene que
ver más con la perspectiva aérea en pintura que
con la correlación apuntada. Como los colores de
conjunto de los cuadros de Proust vienen agrisados
por una materia social en decadencia, se tiene la
sensación de un plano más alejado en el tiempo.
Tanto en uno como en otro autor existe un desme­
nuzamiento psicológico que los aparea en algunos
instantes, y por eso podría afirmarse tal vez, y
tan sólo, la co-existencia de dos sistemas —la si­
multaneidad de sistemas es un fenómeno de épo­
cas: por eso Bergson, Freud, Proust, Joyce, Rilke,
Kafka, etc. ■, derivados de un mismo avance en
la introspección; pero no veo ningún otro aire de
familia. Kafka, que conserva también ese carácter
introspectivo, presenta un panorama que tiene que

�ver directamente con Ja angustia: la angustia del
esfuerzo fallido, realizándose, ese esfuerzo, en una
dimensión fundamentalmente onírica.
—¿Cree usted, como se ha dicho, que "Ulises”
es una expresión del escepticismo del autor y que
ese libro podría calificarse como una “ boutade”
magnífica?
—Indudablemente hay en todo el libro una co­
m ente de escepticismo, pero entiendo que leída la
obra con atención, es difícil engañarse al respecto
Jung cita esta frase del Portrait of the Artist as
a Young Man: "El artista se halla como el Dios
de la Creación, o dentro o detrás o más allá o
por encima de su obra; es invisible, sin vida pro­
pia, indiferente y se limpia las uñas” . Otro pasaje
ael mismo libro hace plausible la sospecha de que
el escepticismo de Joyce es una postura que se
da Fi?1?- j^ ,ecuencia entre
espíritus de aguda
sensibilidad, como una suerte de defensa para
encubrir su alma sollozante. "Y se acordaba Este­
ban de aquel atardecer en que apeándose de una
bicicleta prestada y rechinante, se había puesto a
orar en medio del bosque, cerca de Malahide. Ex­
tático, los brazos levantados hacia el cielo había
dirigido sus palabras hacia la sombría nave de
troncos, conociendo que estaba en un lugar sagrado
y que sagrada era también la hora. Pero al divisar
los guardias, surgidos de un recodo del camino oscuro, había interrumpido su plegaría, para ponerse
a silbar sonoramente una cancioncilla de la última
pantomima” . El episodio de Gerty MacDowell en
que el señor Bloom, nuevo Ulises retenido por el
espectáculo de Nausicaa, surge lentamente trans­
figurado de las meditaciones de una niña descabe­
lladamente mujer, es la creación más notable del
libro desde el punto de vista de la transfusión de
una mente en otra: Joyce asimila y es asimilado
en el reducto psicológico femenino. La fusión es
tan absoluta que se hace difícil concebir una rea­
lización más definitiva. La clave de esta extraor­
dinaria idoneidad nos la da el mismo Joyce en
Dubliners, (A rab y): " Pero mi cuerpo era como un
arpa y sus palabras y gestos como dedos corriendo
sobre las cuerdas” , Se hace difícil, ante estas evi­
dencias, insistir sobre el escepticismo de Joyce.
Esto no impide que, en algunos momentos, se tenga
la sensación de cierta pose “ pour épater les bourgeois” . Eso justificaría señalar la "boutade” mag­
nífica que usted menciona.
—¿Y desde el punto de vista filosófico?
Una vez más estamos ante una pregunta cuya
respuesta exigiría una atención y un espacio de
que no disponemos. Sintetizando, le diré que a mi
juicio la trayectoria de Joyce sigue una línea que
va de Aristóteles a Bergson; el siguiente fragmento
de su libro antes citado (The Portrait, etc.) está
lleno de sugerencias:
Estas cuestiones son muy profundas, señor Dedaíus —afirmo el decano—; es como mirar hacia
el abismo desde la pendiente del Moher. Alguno&lt;

penetran en la profundo para no volver a salir.
Sólo buzos bien adiestrados pueden sumergirse en
esas profundidades, explorarlas y volver a la su­
perficie” .
—“ Si es a la especulación a lo que se refiere
usted, señor —dijo Esteban—, estoy seguro también
de que no hay tal pensamiento libre, puesto que
todo pensamiento está limitado por sus propias
leyes” .
" — ¡Ah!”
" —Pa.ra lo que me propongo, al presente puedo
seguir trabajando a la luz de una o dos ideas de
Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino” .
" — ¡Ya! Comprendo perfectamente su idea".
“ —Me hacen falta para mi propio uso y guia
hasta que haya logrado algo por mí mismo a la
luz de ellas. Si la lámpara humea o da tufo, procu­
raré despabilarla. Si no da bastante luz, la venderé
y compraré otra” .
—¿Podría señalarse alguna ' afinidad entre Berg­
son y Joyce?
—Los cuadros de la realidad que nos presenta la
observación, afirma Bergson, son como una serie
de vistas estáticas de una película cinematográfica.
Sólo cuando la película se desarrolla en el proyec­
tor, que es nuestra inteligencia, se produce el
fenómeno vital, que no es la serie de vistas está­
ticas ni tampoco la acción de nuestra inteligencia
que las pone en movimiento. Joyce hace recordar
continuamente, cuando se recorren las páginas de
“Ulises” , el postulado hegeliano de que el todo
trasciende la suma de las partes. Las palabras que
componen un párrafo significan más que las frases
contenidas, la suma de los párrafos de un capitulo
trascienden el contenido del capítulo: una escena,
un diálogo o una descripción, aún mismo el abun­
dar sobre tales o cuales familias de ideas, ponen
en marcha verdaderos regimientos de sugestiones
estéticas que se entrelazan y se incorporan defi­
nitivamente a la mente del lector, creándole una
visión del mundo a la que no estaba habituado y a
la que ya no podrá substraerse jamás, del mismo
modo que no puede olvidarse la emoción produci­
da por algunas sinfonías, que no deriva de la suma
sólo captable en la audición del conjunto, o el
de sus notas, sino de un elemento desconocido,
plan fundamental a base del cual han concurrido
las partes con posterioridad al todo ya existente
por sí, en abstracto también, en la mente del crea­
dor. Joyce, lejos de proponer un código aritmé­
ticamente juicioso, se recrea en un surgir y caer
de imágenes, antes que en rito formal de lo defi­
nido, lo idiomático, lo consabido, lo traducible, lo
palabras. Los números del tiempo y el espacio,
tocados por una acumulación de penumbras —suma
de lo humano—, dejan de disciplinarse en lo descriptible. y una suerte de espectros sombras men­
tales, que giran sin cancelarse en el reducto tiem­
po, se concretan en una cambiante desmenuzada

dispersa recuperación de imágenes captadas en ple­
na huida. La afinidad entre Bergson y Joyce se
pone de manifiesto en “ Ulises” por la conducta
mental de sus personajes.
—Se ha dicho que Flaubert era muy estimado
por Joyce. ¿Hay huellas de tal influencia en
"Ulises” ?
—El doctor Bovary, en el libro de Joyce, con
una señora Bovary en tono menor, no es más que
un señor Bloom intrascendente, cuyas sensacio­
nes y pensamientos más insignificantes se vuelven
trascendentales. La bifurcación de ambos prota­
gonistas parte de una encrucijada: la agilidad men­
tal. Bloom es un Bovary consciente y la señora
Bloom se piensa a sí misma con más universalidad
que la Bovary. Mientras ésta constituye un tipo
de mujer anormal, llevada y traída por su sed de
pasiones, aquélla es la imagen razonada de todas
las mujeres. Claro que, con harta justicia, una
multitud de mujeres, posiblemente todas, han de
repudiar el prototipo propuesto; pero, y aquí se
evidencia la vigorosa creación de Joyce, en un
grado que va desde lo meramente instintivo a lo
consciente, y de lo potencial a lo consumado, la
universalidad contenida en esa figura reciamente
divagadora trasciende las páginas del libro y se
sumerge en las mismas ondas en que flotan, hun­
diéndose y volviendo a la superficie, en un juego
de luz y sombra, los otros esquifes (Esteban Dedalus y Leopoldo Bloom) que, arrojados en medio
de la corriente, se sintetizan, rehacen y encrespan
entre un cortejo de dublinenses habitantes del
mundo y forjadores de imágenes y gestos que
murmuran y son murmurados. Flota en todo este
monólogo la congoja ya señalada por Joyce en
Exiles, en que hace decir a Berta: "No, Brígida,
esos tiempos no vienen más que una vez en la
vida. Y el resto de la vida no sirve más que para
recordar aquellos t i e m p o s La señora Bloom es
un alma típica de mujer lentamente explorada y
que por momentos da sus pensamientos en ralentisseur, para pasar luego a una vorágine en que
el dolor de la vida se vuelve angustia espectral y
humanidad; por eso Joyce nos evita el espectáculo
trágico del envenenamiento en Madame Bovary y
lo reemplaza y hace terminar el torbellino del
monólogo final con una serie de visiones más tras­
cendentes que la muerte: “ ...pu se mis brazos
alrededor de él y lo atraje hacia mí para que pu­
diera sentir el perfume de mis senos sí y su cora­
zón latía como loco y sí dije si quiero si” . Y el
señor Bloom. en su reencarnación, “meten si co­
sas” , en lugar de rodar herido por el rayo de la
vida —" ¡Muerto!”— duerme opíparamente al borde
de una devanadera de luces sombras claroscuros
santidad cinismo madre tierra. El libro de Joyce
termina sin que ocurra nada irreparable. En rea­
lidad no termina. Es la vida misma, que se sucede
de unos a otros y no puede tener fin en la última
página de un libro.

EL DIA DEL ESCRITOR
13 de Junio, la Sociedad Argentina de Es­
critores, (SADE) festeja el Día del Escritor.
Celebramos en estas columnas una fecha tan llena
de sugestión. Todos los escritores del país, se reu­
nirán en un banquete de grandes proporciones.
Pero este año la fecha tiene una significación par­
ticular pues se entregará al escritor Jorge Luis
Borges. la medalla del “ Gran Premio de Honor
de la Sade” . Por primera vez, un premio sin la
más remota intervención oficial, garantizado por
un jurado de categoría, surgido del mismo medio
en que se desarrolla la actividad del hombre de
letras. Por arriba de componendas y de toleran­
cias, lejos de las tómbolas y el toma y daca de
jurados expertos en sacar a flote a tal o cual
escritor de campanillas. Un premio que con el
correr de los años tendrá una austera razón de
existir.
Jorge Luis Borges ha merecido tan alta distin­
ción. Escritor entre escritores, demócrata ciento
por ciento, de posición inalterable y valiente, salu­
damos en él a un hombre libre y lo felicitamos
por su bien ganado laurel.
La próxima entrega de "Latitud” estará consa­
grada al pensamiento liberal argentino y su porta­
da, compuesta con las fotografías de los escritores
desaparecidos que han honrado la cultura desde
sus comienzos hasta nuestros días, tendrá el signi­
ficado de un homenaje de nuestra revista a los
grandes constructores de la patria.

E

por LAZARO RIET

Juan Ramón Jiménez, uno de los tres dioses ma­
yores de los poetas (entonces) jóvenes de España,
les declaró a todos ellos la guerra por medio de un
famoso telegrama: "Retiro mi articulo y mi amis­
tad” al aparecer la revista SIGNO. (Los jóvenes
habían pedido artículos a J. R. J., a Unamuno y a
Antonio Machado: en el número inicial publicaron
el de Unamuno. no el de J. R. J. Desde entonces
J. R. J. ha sacrificado parte importante de su tiempo
a prepararles flechas herboladas y a disparárselas
con su cerbatana disfrazada de flauta pánica. El
último soplo: J. R. J. atribuye (REVISTA DE IN­
DIAS, n? 63), a Jorge Guillén, una ANTOLOGIA
POETICA DEL ALZAMIENTO MILITAR publicada
ahora en Madrid por un no-sé-qué falangista lla­
mado Jorge Villén.
Jorge Guillén fué sorprendido por la guerra ci­
vil en Sevilla. Entre el ruido de los fusilamientos
y de los altoparlantes de Queipa de Llano, Jorge
Guillén tradujo, y no por propia iniciativa, una oda
A LOS MARTIRES DE LA GUERRA ESPAÑOLA,
de Paul Claudel. Esa fué toda su concesión. Es
verdad que J. R. J. no la tradujo, pero también
es verdad que no estaba en Sevilla. Quizá J. R. J.,
en tal trance, se habría dejado perseguir y fusilar
antes que traducir a Paul Claudel; pero el heroís­
mo no es obligación. Jorge Guillén, en 1939, pidió
un permiso precario para dar unas conferencias
fuera de España. En cuanto se víó libre, manifestó
públicamente su intención de no volver más. Y
rechazó amenazas. Desde entonces vive en una
universidad norteamericana, explicando literatura
española y haciendo poesía, y su vida es tan in­
tachable desde el punto de vista político como
la de J. R. J.
A. A.
SOLICITADA

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EL OMNIBUS ESTA COMPLETO
La conocida empresa de La Victoria, comunica
a sus distinguidos abonados a La Línea Recta que
en lo sucesivo se verá obligada a colocar el letrero
de COMPLETO en los ómnibus que llevan al Ba­
rrio de La V erdad... La empresa no se responsa­
biliza por los accidentes que pueden sufrir los
encaramados imprudentes, que se suben a los es­
tribos y las plataformas de sus coch es... En la
confusión por falta de nafta —léase ideas claras—
el amontonamiento de público ha obligado a la
empresa a agrandar las salas de espera. Se nota
gran afluencia de público después de ver los horro­
res de los campos de concentración.
Conviene que los que se arriesguen a viajar en
los estribos, tengan cuidado con los vehículos que
pasan en sentido contrario pues es fácil que les
decapiten utilizando la técnica de los Noticiarios...

ALQUITRAN

PARA LAS ESTATUAS
PROCERES

DE LOS

El más violento de los revolucionarios, el más
exaltado izquierdista no recurre al alquitrán ni se
esconde en las sombras, ni rehuye a la polémica.
Pero el rancio reaccionario, el nazi que atenta con­
tra la inteligencia, arma la bomba de alquitrán en
el sótano de su casa.
Sarmiento es el padre de las letras argentinas.
Manuel Galvez se encarga de salpicar de alquitrán
la obra del gran constructor de la nacionalidad.
Entre ambos atentados, entre ambos alquitranes,
desde luego el de Galvez, a la luz del día, es
menos canallesco. Pero los dos pertenecen a la
visión negra de la historia del pensamiento, ambos
son tan repudiables que no necesitan calificativo.
La prensa recogió con indignación el atentado.
Los escritores han “ tenido” que callarse la boca:
con Gálvez, para no hacerle propaganda y con los
que arrojan bombas, por no favorecer a la industria
del alquitrán.
• • •
LLEGO UNA CARRETA TIRADA POR BUEYES
QUE SE DIRIGE A MENDOZA
LUJAN, 19. — A las 10.45 llegó a ésta la carreta
que se propone efectuar el recorrido entre San
Martín y Mendoza.
El vehículo se detuvo frente a la basílica, rodeado
por numeroso público, y en seguida los ocupantes
de aquél penetraron en el templo, donde el párro­
co, Pbro. Armando Serafini, les entregó una pla­
queta de la Virgen de Lujan, patrona de las rutas
nacionales, para ser colocada en el interior de
la carreta. Por la tarde, el comisionado municipal,
Sr. Muñoz Pirón, acompañado por el secretario
y otros funcionarios, se trasladó al puente de las
tropas, donde acamparon posteriormente los via­
jeros, y firmó el pergamino que éstos conducen,
en el que figuran ya las firmas de autoridades y
miembros del clero de las poblaciones recorridas
y que incluirá, asimismo, las de las localidades
de toda la ruta, para ser entregado finalmente al
interventor federal de Mendoza. El señor Muñoz
Pirón entregó a los viajeros una cantidad de di­
nero en nombre de la municipalidad local.
Madrid, 19. (Habas) El Semanario “ La Caverna” ,
“ en su número 3 del Año de la Victoria” se lamenta
de que los aviones que vuelan por la estratosfera
a velocidades tan peligrosas no llevan en el puesto
de comando una estampa de la Virgencita del Pilar,
la misma que Franco hizo grabar en los obuses
destinados a las tropas republicanas. La impru­
dencia de los aviadores es muy comentada en los
círculos científicos de Valladolid.
8

l

• • •
CORREO DE TRASTIENDA
Si, Macedonio Fernández, tiene usted razón, la
razón que ampara siempre al hombre de talento.
Ya sabe usted quiénes se han encargado de afirmar
ya esta perogrullesca aseveración del que suscribe.
Escritores, de los más importantes. Poetas de ver­
daderos méritos. Pero no reclaman de usted, al
parecer, lo que este Lázaro pretende.
Di­
jo Jesús: “ DESATADLE Y DEJADLE IR” . Cuénte­
nos usted sus padecimientos porque todos sufrimos
en la hora aciaga, preparados por sus disconformismo estético, desde un tiempo no venido. Expliquenos usted por qué escribiendo TAN BIEN,
se obstina en un NO ESCRIBIR para nosotros.
“ Tan mal, tan mal no escribo” , dice usted en
“ Papeles de Buenos Aires” . ¡Tan, tan bien DEJA
usted de escribir! Porque usted deja de decimos
muchas cosas, hablando así: "Soy algo bajo; y hu­
biera deseado o bien una adición a mi estatura de
una mitad de una otorrinolaringología” o bien haber
alcanzado naturalmente la talla de cuatro enteras
otorrinolaringologías oñadidas verticalmente” .
Con esta frase se despide usted del lector. Es el
apretón de manos que me dió al salir de sus
“ papeles” .
Reclamamos de usted un Humorismo que nos
permita saber qué es lo que pensó, o dejó de pen­
sar, da lo mismo, la inteligencia aplicada de Mace­
donio Fernández. Los grandes humoristas que le
precedieron en el uso de la pluma, fueron mora­
listas, críticos; fueron constructores de un mundo
que disfrutamos a medias. No me voy a dar
corte con citas que usted bien oye, a la dictando.
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metedora. Puestos en ese plan, por qué no pre­
guntaron: ¿Por qué existe usted? Cartesius les
hubiera contestado: Pienso, luego existo. Esto me
da una idea: pienso, luego escribo, o m ejor dicho,
a la inversa: escribo, luego pienso. Porque en
verdad, cuando trato de pensar con un mínimo
de claridad y de faltas de contradicción, me valgo
de la escritura. Dios, se me ocurre, tenia pensado
el mundo desde siempre, pero un día se decidió a
escribirlo, y de ahí la Creación, una de cuyas prin­
cipales erratas somos nosotros. Escribo como se
palpa el que duerme cuando en un sueño quiere
cerciorarse de que está despierto. Si estuviese des­
pierto, bien despierto, no me palparia, vale decir,
no escribiría. La poesía para mí es éso: una ten­
tativa de alcanzar la certidumbre del más alto
desvelo.
¿Cuál es su mayor ambición literaria?
Es tan grande que me da vergüenza decirlo. Poco
me importa que a los dos días de morir yo, nadie
se acuerde ni de las iniciales de mi nombre, y
mucho menos me interesa la perduración de esos
abortos que son cada uno de mis libros, vanas ten­
tativas que sólo pueden tener un valor para mí
para ejercitarme en la humildad contemplando su
reiterado fracaso expresivo.
Pero si un verso, un solo verso, un cantar cual­
quiera, totalmente anónimo, desprendido de la mor­
talidad de su autor, acertara a perdurar en la
memoria y en el corazón de los hom bres...
¿Q u é prepara para el futuro?
Pues eso, la inmortalidad del cangrejo. Porque
toda inmortalidad, bien considerada, es la inmor­
talidad del cangrejo: un caminar hacia atrás en el
tiempo, una insistencia en ir hacia el futuro y no
hacia el pasado.
Pero ya sé que por lo menos esta pregunta era
más modesta. ¿Qué libro preparo? Uno de Odas,
un libro en tono mayor, a pleno pulmón, ejercicio
respiratorio no del todo común en la actualidad,
y en el que al menos no tengo mayores posibilida­
des de fracaso que en cualquier otro.

Primero por darme corte (puesto que firmo lo
que escribo), segundo por lucro (puesto que acep­
to el pago de un artículo). Además no estoy segu­
ro de que seguiría escribiendo si lo estuviese de
que nada de lo que escribo se publicaría. En fin,
debo confesar que nunca he sentido con precisión,
y sin poner algo de mi parte, la presión de una
fatalidad ineludible o la de una necesidad interior
que, según lo declaran los demás escritores, cons­
tituyen los motivos que los obligan a escribir. Pa­
ra mí, y no puedo disimularlo, soy un escritor oca­
sional, movido por la vanidad y la necesidad eco­
nómica, cosas ordinarias a todos los mortales, des­
contando la satisfacción de tener razón. Para ser
del todo franco, debo agregar que me hubiera gus­
tado también escribir para ganarme el afecto y la
admiración de las damas. A este respecto he c o ­
metido un error. Debería haber pensado que la
poesía y las novelas de amor eran sin duda más
eficaces a ese fin que los ensayos críticos y abstrac­
tos que suelo escribir.
¿Cuál es su mayor ambición literaria?
Componer un tratado de moral que diese a la
reflexión un punto de partida seguro sobre esta
materia. Pero quizá ésto sería pretender una es­
pecie de cuadratura del círculo, pues es posible
que algún riesgo fuese esencial a la acción moral.
En este caso valdría la pena establecerlo.
¿Q ué prepara para el futuro?
Casi nada: varios estudios que tratan acceso­
riamente de problemas morales, de manera que
puedo hacerme la ilusión de que ellos me servirán
com o preparación del antedicho tratado de moral.
Además, encuentro esa última pregunta un poco
superflua: ¿cóm o no va uno a pensar para el futu­
ro la realización de su mayor am bición literaria?

e sca p a ra te
político, con el progreso de la ciencia y sus pe­
ripecias.

Xilografía de F. Masereel

THE SOCIAL FONCTION OF SCIENCE. Edit Mac
Millan Co., Londres.
Si la ciencia proporciona los instrumentos de cu’
progreso depende la ampliación del conocimiento
el poderío humano, es también cierto que las gu
rras utilizan el progreso de las ciencias para
destrucción de la riqueza y el exterminio de 1
hombres. ¿Que puede hacer el hombre de cieñe
para evitarlo? Los científicos se han lamenta*
siempre de esta contradicción, pero la guerra 1
ha movilizado, los ha convertido en autómatas
servicio del Estado, viéndose obligados a profu
dizar el conocimiento de los medios de ataque
defemsa. ¿Pueden ellos oponerse a semejante de
tino? El libro de Berna! plantea este problema
lo resuene, esclareciendo la conciencia del cié
tífico, a través, del conocimiento de los lazos 01
vinculan el proceso social, histórico, económico

La ciencia ha dejado de ser, como lo era en 1
época de Paracelso y Raymundo Lulio, la ocupació
de un individuo aislado. Se ha transformado e
una industria basada, en grandes monopolios priva
dos por una parte: en el Estado po rotra. La difi
cuitad mayor que debe afrontar la organización d
la ciencia para convertirse en un instrumento di
bienestar y del progreso humanos, son los obstácu
los a la espontaneidad y la originalidad, que so
esenciales en su desarrollo. Este es el problema cu
ya solución preocupa a Bernal, que investiga 1
organización del trabajo científico en las distinta
épocas históricas y en los diversos países contem
poráneos. ¿Es posible conservar la espontaneida
y originalidad del ingenio del investigador, sin qu
esos atributos sean sacrificados a la planificación
cEs indistinto el régimen económico y politico e
que la ciencia se desenvuelve?
El modo de producción capitalista, especialmente
orientado hacia la disminución del costo y la pro­
ducción de instrumentos de guerra, ha tenido co ­
mo consecuencia una extraordinaria desproporción
en el desarrollo de las diferentes ciencias... “ las
ciencias biológicas, y más aún las sociológicas,
han estado en retraso frente al incremento de las
ciencias físicas y químicas” . La ciencia ha mar­
chado con el desarrollo de la producción industnal, y esta, a su vez, le ha proporcionado los
medios que le han permitido perfeccionar su utilaje técnico. Pero el modo de producción capi­
talista ha sometido a la ciencia a las alternativas
de las crisis, a la deformación operada por el pro­
vecho mercantil, y, en la encrucijada terrible de la
guerra, el capitalismo ha utilizado los adelantos
científicos para la exterminación del bando adver­
sario. ¿Pueden los científicos evitar ese desenlace
9

fatal, por el que sus instrumentos se utilizan para
enviar sobre ciudades distantes e indefensas las
modernas bombas voladoras? Pueden, sí, si se con­
vierten en colaboradores conscientes de las fuerzas
progresistas y piensan, en último análisis, que la
ciencia beneficiará a la humanidad, sin peligro de
retrocesos, aquel día y en aquel lugar en que el
modo de producción socialista sustituya al modo
de producción que representa el provecho priva­
do, con todo el cortejo de calamidades que le
conocemos.
Bernal afirma, en consecuencia, que Una discu­
sión sobre la aplicación de la ciencia implica, ne­
cesariamente, cuestiones económicas, y es preciso
establecer cuál de los sistemas que hoy existen, ha
favorecido un desarrollo científico más útil para
el hombre. Además, dice, los hechos económicos
no pueden separarse de los políticos. El adveni­
miento del fascismo y la preparación de la 24 gue­
rra mundial ha afectado a los científicos, no solo
como ciudadanos, sino también como trabajadores.
Reconociendo que el provecho privado en el modo
de producción capitalista, ha elevado el conoci­
miento y el poderío técnico a un grado infinita­
mente superior al de cualquier forma social previa,
también debe reconocerse —dice— que el sistema
social imperante no ha podido utilizar este des­
arrollo en su totalidad, sino para la destrucción
y la muerte que acaecen en las guerras.
J. T.

•

•

•

LA MENTALIDAD PRIMITIVA. U edición caste­
llana. Editorial Lautaro, 1945.
ta esdeñaíído toda interpretación antojadiza acerca
del pensamiento primitivo, Levy Bruhl acumu­
la los hechos escuetos comunicados por los m ejo­
res observadores, sobre el modo de actuar y expre­
sarse de las mentalidades primitivas que aún
sobreviven. Las diferencias entre el pensar lógico
del hombre evolucionado y el pensar prelógico del
primitivo son tales, que resulta difícil o imposible
establecer comparaciones entre los valores de uno
y otro.
En el examen de la idea de la muerte, Levy
Bruhl pone de relieve las características de la
mentalidad primitiva, mítica y prelógica, animista
y mágica. La causalidad mediata y la concatena­
ción temporal y espacial de los sucesos es subor­
dinada a la actividad caprichosa del mundo invisi­
ble y sobrenatural que rodea al primitivo y que
no se diferencia en modo alguno de su mundo
visible y natural.
El primitivo aspira a establecer el por qué y la
causa de un suceso, pero no la hallará nunca' en
la causalidad lógica y empírica, sino en la influen­
cia misteriosa del “más allá” .
La referencia a tales causas adopta siempre ex­
presiones concretas, nunca abstractas. La muerte
sobreviene por la acción de un hechicero, o emana
de ciertos objetos mágicos como el "turwam" (cris­
tal de cuarzo). Aún la muerte por asesinato pro­
viene de un hechicero (p. 31). “ La mentalidad
primitiva desdeña buscar la causa de los fenóme­
nos” (p. 59) pero ello no establece una diferencia
substancial con la mentalidad evolucionada. Sim­
plemente busca las causas por otro rumbo, no co­
noce el azar ni el determinismo. Los muertos
permanecen en contacto con los vivos y para los
zulúes la sombra del cuerpo es el “itongo” que
luego de la muerte actúa conservando su rango
(pág. 76).

La razón de ser de todas estas diferencias es
expuesta por Levy Bruhl en forma concreta di­
ciendo: “ Es que viven un mundo diferente del
nuestro” . De ese modo Levy Brhul se aproxima al
concepto materialista dialéctico y todos los elemen­
tos de juicio que acumula están orientados en esa
dirección, aún cuando su posición filosófica frente
a la noción del tiempo se resiente de la influencia
de Bergson. La mentalidad primitiva no es ente­
ramente prelógica y mistica. La asociación de cau­
sa a efecto inmediato dentro del orden natural se
pone de relieve en la ejecución de sus instrumentos
técnicos. El primitivo confía en los presagios y
los sueños para iniciar o interrumpir la cacería,
la pesca, o la guerra, pero los instrumentos y la
finalidad de los mismos, revelan que en todo lo
que impone la ejecución de un fin práctico, rige
la causalidad lógica.
De acuerdo con este tipo de mentalidad prelógica
se elabora el lenguaje asintáctico, compuesto de
palabras aisladas, monosilábicas, cada una de las
cuales representa un objeto, una propiedad, una
acción. Cada palabra no es raíz de otra u otras,
según ha demostrado Wundt (Elemente der Volkerpsychologie, t. n i) y para mencionar un nuevo
objeto o acto, el indígena realiza costosos rodeos
sin modificar el rígido vocablo inicial. En las ma­
nifestaciones plásticas del arte primitivo, el len­
guaje abarca contenidos más amplios, valiéndose
de la condensación, la aglutinación, estilización y
desplazamiento, como han demostrado los magní­
ficos hallazgos de Steinen, Schoolcraft y el mismo
Wundt en su tratado. Pero en la formación de
estas imágenes intervienen mecanismos afectivos
que el libro de Levy Bruhl desarrolla en el capí­
tulo de los sueños y presagios.
El sueño es para el primitivo un medio de comu­
nicación con el mundo invisible. Cuando un maorí
de Nueva Zelandia afirma que “ ha estado en rein­
ga” quiere decir que ha soñado y se ha comunicado
con los muertos.
En algunos lugares de Borneo un hombre es cul­
pable de todo lo que otro le ha visto hacer en
sueños. La estructura del sueño y su lenguaje, se
adaptan notablemente al pensamiento prelógico y
místico. La ausencia de principio de contradicción
y las características de su lenguaje que con tanto
provecho ha estudiado Sigmund Freud, le hacen
un instrumento el más adecuado para conectarse
con el mundo de los muertos. Por otra parte su
técnica concuerda con otras disposiciones del alma
primitiva, tales como la omnipotencia del deseo y
el pensar mágico que de ello se deriva.
Sería imposible comentar por separado el denso
contenido de todos sus capítulos. Este es un libro
de consulta indispensable para el psicólogo, el psi(sigue en pág. 10)

�V H v n p u r a ív

(viene de póg. 9)

Dirige

quiatra. el etnólogo, el naturalista, el historiador,
el sociólogo, para todo aquél que quiera conocer
la filogenia del pensamiento humano y sus me­
canismos.
La editorial Lautaro realiza una obra de gran
envergadura en favor de la cultura científica. La
traducción cuidadosa y el excelente prólogo de
Gregorio Weinberg, facilitan el estudio de esta obra
fundamental.
J. T.

“ DE LA CONQUISTA A LA INDEPENDENCIA” .
Editorial FONDO DE CULTURA ECONOMICA.—
Colee. TIERRA FIRME, por Mariano Picón Salas.
T a aparición de América señala el comienzo de
•*-' una vastísima literatura, actual en cada uno
de sus momentos. Tal actualidad se mantiene viva.
El proceso de “ trasculturación” (válganos el neolo­
gismo que Picón Salas aplaude) no ha dejado de
cumplirse. Entonces, como ahora, se escribía sobre
un fenómeno en plena formación, sin la ventaja
de la perspectiva histórica y con la visión inmedia­
ta de los hechos; es decir, teniendo que vencer cir­
cunstancias de lugar y tiempo en la exposición
historiográfica que conspiran contra su objetividad.
El escritor de América hoy más que ayer debe re­
doblar su esfuerzo para evitar ese peligro, porque
es cada día más americano.
Hay pistones y revisiones de la obra colonizadora
de España en América, puestas al servicio de
aquélla o de ésta. A ninguna de ellas pertenece el
libro de Picón Salas. Su acertada exposición de
tres siglos de vida cultural hispanoamericana está
sintetizada en su prólogo: "Cómo se forja la cultu­
ra hispanoamericana, qué ingredientes espirituales
desembocan en ella, qué formas europeas se modi­
fican al contacto del Nuevo Mundo y cuáles brotan
del espíritu del mestizo” .
La imagen que da de los tres siglos es despejada,
precisa: esquiva la cargazón erudita, el tono pro­
fesoral, para que las páginas del libro no estén
huérfanas de la presencia animadora del historiador.
Delinease un carácter para cada siglo: el XVI, de
acento épico, el de la cruzada conquistadora, el
de los varones fuertes, el del español que “ casi
ama más la aventura de buscar la riqueza que la
especulación económica” , el del fraile abnegado por
el mejoramiento del indio, el siglo, en fin, en que
la hazaña del conquistador pudo redimirlo de una
ambición tan indigna de la malintencionada cen­
sura de la leyenda negra como de la ingenua inter­
pretación de la leyenda blanca.
En el siglo XVII va cambiando el temple de los
hombres que llegan a Indias: las nuevas genera­
ciones “ quieren disfrutar más que combatir” ; se
comienza a “ hacer la América” . A ella llegan la
Inquisición, la escolástica y el barroco. La Contra
reforma aleja a España de Europa y en conse­
cuencia a América del mundo moderno. En el
XVIII despierta la conciencia del hombre americano;
termina el siglo con el simbólico nacimiento de
Simón Bolívar.
Durante estas tres centurias todo llegó aquí por
España o a pesar de España; lo importante para la
unidad espiritual de estos pueblos es haber nacido
históricamente al conjuro de los mismos estímulos
y resistencias.
¿Habremos perdido los americanos la conciencia
de nuestro destino común, que despertó el movi­
miento revolucionario, como lo afirma Picón Salas?
Si gsi fuera, a nuestro anhelo de volver a encon­
trarla pueden contribuir libros como éste y otros
que vayan escribiéndose sobre el complejo cultural
de América.
“ No hay historia sin patria” , afirmaba el ameri­
canista Rodó; para invertir la frase e ir hacia la
patria americana por el camino de la historia
puede ser este libro el m ejor de los intentos.
CARLOS F. MINGO.

DIAGONAL Y DIEZ Y OCHO, por Julio Verdie,
Montevideo. Lo interesante de "Diagonal y Diez y
Ocho” radica en las escenas episódicas, que se
desarrollan en el Montevideo que festejó —en me­
dio de una gran depresión económica mundial y
el campeonato mundial de fútbol— el centenario
de la República; que conoció la desocupación y los
albores de la lucha antifascista, las huelgas estu­
diantiles y el movimiento popular por la defensa
de la España Democrática.
CABEZA YACENTE, por Vicente Barbieri. “Des­
tiempo” , Buenos Aires. Una "Oda a Katherine
Mansfield” , de sobria arquitectura y poco frecuen­
te inspiración. Un poema fervoroso, perdurable
por su hondura. Y "Cabeza Yacente", de las más
logradas piezas de un poeta que se mantiene firme
en la primera fila de los escritores de la hora
actual.
TERCERA CLASE, por José Rabinovich. Una se­
rie de cuentos donde campea una humanidad lace­
rada, con sus rebeldías y sus profundos contrastes.
Su prologuista Elias Castelnuovo lo presenta con
elogiosas palabras que se justifican cuando el lec­
tor ha entrado en el mundo dolorido de este obre­
ro entregado a la literatura con no equivocada
vocación.
STEFAN ZWEIG, por Alicia Ortiz Oderigo. Bien
escrito y pensado, con relevantes condiciones para
la critica, Alicia Ortiz Oderigo trata una vida no
como simple biografía, sino como presencia huma­
na en el tiempo. Movida por una simpatía muy
profunda por el autor de "Amok", aprovecha las
consecuencias de su obra para juzgar acertadamen­
te los acontecimientos sociales. De estilo reposado,
ennoblecido oor oportunas citas, la lectura se hace
agradable y 'd e ja la certeza de haber enfrentado
a una escritora dotada de facultades nada comunes
para la biografía.
^
(continúa en pág. 11)

M AR IA ROSA OLIVER

La lucha del pueblo por
su

l i b e r t a d , e t e r no

Lo|»e

de

Vega

tema

inspirador

«m i

(¿eorgia

E l culto del pueblo ruso por todas las manifestaciones artísticas que la civiliza­
ción ha producido, alcanza su nivel máximo en el teatro.
directores y
valioso,

Tal vez no haya país donde

actores hayan logrado para el arte escénico u n iversal un a p o rte tan

marcando jalones decisivos en su desarrollo.

Es interesante comprobar, a

través del artículo de Fevralski aparecido en ‘‘La Literatura Internacional'’, que trans­
cribimos, com o ese entusiasmo no decayó ni durante los momentos más difíciles de la
guerra que el pueblo ruso acaba de rematar victoriosamente, tras epoyéyica campaña.

T^s nuestros días, se representan obras de Lope de Vega en cuatro teatros de la Repú­
blica Socialista Soviética de Georgia. El gran
dramaturgo español es amado en este pequeño
país montañoso de cultura tan antigua y original.
El arte de Lope de Vega ha jugado un gran papel
en el desarrollo del teatro moderno georgiano.
Uno de los más destacados directores de esce­
na soviéticos, Koté Mardzhanischvili, de origen
georgiano (1872-1933), que es conocido con el
nombre de Konstantín Mardzhánov, trabajó largo
tiempo en la escena rusa. En 1919, en Kiev, ca­
pital de la Ucrania soviética, en el teatro ruso
“ Lenin” puso en escena “ Fuenteovejuna” . El
frente de la guerra civil pasaba por cerca de Kiev.
Y el llamamiento de los campesinos de Fuenteovejuna a la venganza contra los tiranos, sonó des­
de la escena como la llamada a la resistencia fren­
te a los enemigos de la Patria revolucionaria. Los
soldados rojos, inspirados por el espectáculo, mar­
chaban desde la sala del teatro directamente al
combate.
Tres años y medio más tarde, los ecos de la
tempestad de la guerra civil del pueblo soviético
fueron llevados a la escena georgiana con la re­
presentación de la obra clásica española. Después
de regresar a Georgia, Mardzhanischvili fué invi­
tado a representar la obra en el teatro principal
de la República, que lleva el nombre del gran
poeta georgiano del siglo XII, Schota Rustaveli y
que se encuentra en Tbilisi, capital de Georgia.
El teatro georgiano, en aquellos días, sufría una
crisis, reflejo de la crisis general del teatro en el
territorio del antiguo imperio ruso en vísperas de
la Revolución de Octubre y que se había agudi­
zado como resultado del dom inio en Georgia,

baile de conjunto, unas veces con un ritmo lento
y acompasado, con la pesadez propia de los cam­
pesinos, otras en forma de baile tempestuoso, en
el que se manifiesta la pasión de una nación
joven, se aspiraba a reflejar la voluntad de la
masa popular, quizás aún ingenua, pero ya cons­
ciente de su fuerza. Algunas características del
espectáculo estaban determinadas por la tarea que
se planteaba el mismo Mardzhanischvili en su
lucha implacable contra la rutina de la escena de
la época. Así se explica lo elevado del dinamismo
del espectáculo y también la tendencia a la co­
media, que a veces debilitaba el dramatismo del
argumento. En los tres actos aparecía la misma
decoración convencional, realizada en dos colores,
el azul y el amarillo (del artista Valerián Sidamón-Eristavi, 1889-1913). A la derecha del fondo
de la escena se veía un arco con unas cortinas.
En algunas escenas las cortinas se corrían y aque­
llas se desarrollaban bajo el arco. De esta ma­
nera, Mardzhanischvili resolvía en este espectácu­
lo el problema de la alternación, de lo que en
el lenguaje cineasta se llama planos general y
principal. La música de la compositora Tamara
Yajvajischvili, hacía que se destacaran los pasa­
jes más emocionantes de la obra.
Causó una gran impresión el famoso monólogo
de Laurencia. La heroína lo dijo comenzando en
un tono bajo, y, después, paulatinamente, fué
exaltándose y exaltando cada vez con mayor fuer­
za a los labriegos que la rodeaban en la escena.
Pasaba entre ellos, que se hallaban sentados, y
esto reforzaba aun más el sentido de las palabras

durante tres años, del partido menchevique, que
era un agente del imperialismo extranjero (19181921). Mardzhanischvili escogió “ Fuenteovejuna”
como una obra cuya representación podía abrir
en la escena georgiana nuevos caminos.
La representación, sencilla en su forma externa,
resultó brillante por la serie de grandiosos recur­
sos escénicos y de ingeniosidades del montaje
empleados, y por el asombroso sentido del ritmo,
del colorido y del dinamismo en la acción. Im­
presionó a los espectadores por su riqueza inago­
table de elementos de expresión.
El héroe del espectáculo de “ Fuenteovejuna” ,
como ocurre en la obra, fué el propio pueblo. El
magnifico director de escena, por medio del arte
teatral, descubrió ante los espectadores la esencia
de este héroe, su valor, su unión y solidaridad,
su pasión, su juventud y espontaneidad. En el
10

Un decorado de “ Fuenteovejuna”
de! escenógrafo Fidamón Eristavi.

�que llamaban a la locha y a la unión. El espec­
táculo arrebató de tal manera a los espectadores
que éstos se sentían atraídos a la acción. Y al
final, a la pregunta que se dirigía al pú blico:
“ ¿Quién mató al com endador?” , contestaban:
“ Fuenteovejuna” .
A la creación de un espectáculo tan apasionado
y arrebatador, indudablemente ayudaron el tem­
peramento revolucionario de la época y la afini­
dad temperamental de los pueblos de España y
Georgia (la Iberia Caucásica). La grandiosa ima­
gen de Laurencia, creada por la artista entonces
principiante, Tamar Chavchavadze (en la actua­
lidad Artista del pueblo de la R.S.S. de G eorgia),
correspondía a la magnífica actuación de otros
participantes en la obra, entre los que se encon­
traban muchos actores bien conocidos ya en
aquella época y otros que después ocuparon un
puesto destacado en la escena georgiana.
La extraordinaria importancia ideológica, ar­
tística e histórica de esta obra, fué comprendida
ya en el estreno, que tuvo lugar el 25 de no­
viembre de 1922, o sea en el 360 aniversario del
nacimiento de Lope de Vega. El público dedicó
a Mardzhanischvili y a los artistas una grandiosa
ovación, siendo la obra muy elogiada por la crí­
tica de entonces. En realidad la representación
de esta obra hizo que se produjera un viraje en
el arte teatral de Georgia. Sonaron otras palabras,
brillaron nuevas formas artísticas: el movimiento,
ritmo, musicalidad y colorido teatral adquirieron
sus derechos. El actor se sentía ligado con la nue­
va vida de su pueblo y comenzaba a representar
de una manera nueva. Esto fué el comienzo del
renacimiento del teatro georgiano sobre la nueva
base soviética.
En 1928, en otra ciudad georgiana, en Kutaísi,
Mardzhanischvili organizó un nuevo teatro que
posteriormente fué trasladado a Tbilisi y, des­
pués de la muerte de su fundador, comenzó a
llevar su nombre. Una de las primeras repre­
sentaciones de este teatro fué una reposición de
Fuenteovejuna” . Esta obra se conservó en el
teatro “ K. Mardzhanischvili” hasta la temporada
1941-1942.
En la actualidad, uno de los discípulos más pró­
ximos de K. Mardzhanischvili, el inteligente y
enérgico director de escena Sergó Chelidze, emé­
rito del arte, director del teatro de Abjazia (R e­
pública autónoma que forma parte de G eorgia),
en la ciudad de Sujumi, ha puesto nuevamente en
escena “ Fuenteovejuna” , en lengua georgiana. (En
este teatro de Abjazia existen tres compañías:
abjaza, georgiana y rusa). El estreno tuvo lugar
el 18 de abril de 1943 y coincidió con el décimo
aniversario de la muerte de K. Mardzhanischvili.
La reposición de esta obra en la nueva escena
y por nuevos artistas ha sido realizada en forma
tan cuidadosa, más aún, con tal entusiasmo y ca­
riño, que el espectáculo tiene un encanto nuevo
por su brillo y su frescura. En este espectáculo
se respira la juventud del teatro soviético y en
la actualidad produce una profunda impresión.
Lo principal es que al espectador llega el tempe­
ramento revolucionario, siempre vivo, de la obra.
El sentido heroico de la lucha del pueblo contra
sus enemigos opresores, las imágenes de gentes
del pueblo dispuestas a realizar cualquier hazaña
y soportar cualquier sufrimiento en nombre de las
causa común, particularmente las imágenes de las
valientes y abnegadas mujeres, hacen que esta
obra esté próxima al espectador de una manera
nueva, en los días de la guerra por la Patria del
pueblo soviético contra los invasores alemanes. Y
esto es la m ejor confirmación de la vitalidad de
este drama y de la importancia de su represen­
tación y es también la confirmación del signifi­
cado histórico del espectáculo en el desarrollo del
teatro soviético.
“ El perro del hortelano” es una de las comedias
de Lope de Vega preferidas por el espectador so­
viético y más de una vez ha sido montada en los
escenarios rusos de Tbilisi. Ahora, en el período
de la guerra, ha sido de nuevo puesta en escena

por el teatro dramático ruso, que lleva el nombre
del famoso dramaturgo ruso Alexander Griboédov.
La obra es presenciada con gran interés. En ella
se siente bullir la pasión, lo meditado de los
detalles psicológicos. El trabajo del director de
escena, Gueorgui Tovstonogov, produce gran ale­
gría por la brillantez de su forma teatral y por
algunos momentos escénicos muy bien logrados.
Los elementos italianos y españoles, de acuerdo
con el carácter de la obra, están reunidos con
gran acierto en el trabajo de la escenógrafa Irina
Stenberg, en el del pintor G. Metonidze, que ha
creado trajes de gran vistosidad y efecto, y en el
del compositor V. Beyer. Sin embargo, entre las
canciones introducidas en la obra hay dos o tres
que desmerecen del tono general de ella.
Otra escenificación de “ El perro del hortelano” ,
presentada ya antes de la guerra, es la del teatro
georgiano de la Comedia Musical, donde ha sido
puesta en escena por el famoso director cinema­
tográfico M ijail Chiaureli, Artista del pueblo de
la R.S.S. de Georgia y laureado con el Premio
Stalin. En esta representación han sido introdu­
cidos muchos intermedios musicales y los artistas
aetúan con agilidad y alegría. Son discutibles al­
gunos detalles en la forma de representar el es­
pectáculo y en su interpretación. A las decora­
ciones de la misma Irina Stenberg han sido
trasladados algunos elementos arquitectónicos del
palacio del duque del Infantado de Guadalajara.
El ya mencionado teatro que lleva el nombre de
Rustaveli, ha montado en la temporada de 19421943, la comedia de Lope de Vega “ Boba para
otros, discreta para sí” . La representación de esta
obra se distingue por un buen gusto que muestra
la compenetración con el estilo de la época. Este
buen gusto se percibe en la dirección escénica
de Dimitri Alexidze, en la ordenación del conjun­
to de los actos, en las características escénicas, en
toda una serie de afortunados aciertos de direc­
ción, en las escenas de pantomima y danzas en
las que ha prestado gran ayuda el coreógrafo Da­
vid Machavariani y el pintor Salomón Virsaladze,
en los efectos de los trajes y en las decoraciones
tan bien concebidas. En esta obra, en relación
con el lugar de la acción de la comedia, predo­
minan los elementos italianos; al mismo tiempo
son oportunos los matices españoles en el trabajo
de Diana y en la música, inteligentemente com­
puesta por Revaz Gabichvadze, que destaca el
temperamento español de Lope de V ega.
Si en “ Fuenteovejuna” , Tamar Chavchavadze
crea una emocionada imagen de hija del pueblo,
la labriega Laurencia, aquí también, en la carac­
terización de Diana en su papel de hija de un
duque, criada en el campo, adquieren el mayor
éxito los momentos que ligan a Diana con los
aldeanos. Unas veces espontánea y sencilla, otras
auténtica o fingidamente ingenua, su interpreta­
ción de Diana contrasta con los nobles fatuos y
amanerados que la rodean.
Con esta Diana, contrasta con éxito su rival,
Teodora: la artista Tamar Bakradze, que hace re­
saltar magníficamente el dominio de Teodora y
su frialdad exterior. Sincero y valiente, con gran
fuerza de sentimiento y voluntad, es el novio de
Diana, Alejandro Médicis, representado por el
artista del pueblo de R.S.S. de Georgia, Gueor­
gui Davitaschvili. Emanuel Apjaidze, artista emé­
rito, interpreta magníficamente el papel de Julio,
contagiando al espectador con su alegría, vivaci­
dad y agudeza.
Tbilisi pronto tendrá ocasión de conocer otra
comedia de Lope de Vega, esta vez en lengua ar­
menia. El teatro dramático armenio de Tbilisi
prepara la comedia “ La viuda valenciana” , m on­
tada por el emérito del arte, Alexander Abarián.
Estos hechos, tomados de la realidad,
el interés por el teatro español solamente
de las dieciséis Repúblicas soviéticas y
nian el cariño inmenso y creciente de los
de la Unión Soviética hacia el heroico
español y su gran cultura.

reflejan
en una
testimo­
pueblos
pueblo

A. FEVRALSKI.
11

p tifíi/ta r a h »

(viene de póg. 10)

NIJINSKY, por Romola Nijinsky. Edit. Siglo Veinte.
El título del libro escrito por Romola Nijinsky,
nos hace, equivocadamente, suponer que se trata
de un nuevo tratado de ballet. No hay tal. La vida
de Nijinsky. contada por su mujer, es una biografía
novelada. El baile interviene muy poco; se trata de
un documento sentimental-escandaloso, que resulta
en partes, ameno y divertido.
Verdad es que el libro adolece de defectos dema­
siado visibles: la insistencia sobre la felicidad del
matrimonio Nijinsky, que no podemos aceptar co­
mo tal, si juzgamos detalles que surgen continua­
mente en la narración; el deseo de ganar la inme­
diata simpatía del lector hablándonos elogiosamente
de Nijinsky, pero sin que los rasgos y anécdotas que
nos cuentan lleguen a mostramos su carácter, que
continúa incógnito. Conocemos hechos, hechos y
más hechos narrados con palabras dulces, de mujer
que se esfuerza en estar y parecer enamorada,
aunque ya no recuerde precisamente cuáles eran
sus sentimientos en la época que relata. Se tiene
la sensación de algo corregido y adulterado, algo
asi como los retoques a la manera de Hollywood,
para dar satisfacción al público. Los detalles para
la venta inmediata del libro de Romola Nijinsky
han merecido especial atención: la poda hábil de
que ha sido objeto dejó pasar detalles escabrosos,
de indudable interés para el lector.
De lo que antecede podría suponerse que no re­
comiendo la lectura del libro, pero no es así. Se
trata (ya lo he dicho) de un libro que conserva
su amenidad y hasta deja cierta nostalgia al ter­
minar los últimos capítulos (que parecen sinceros).
Vale decir, que el personaje de Nijinsky, su bio­
grafía, se defiende de adiciones y supresiones con­
vencionales: nos queda una sensación de extraña
curiosidad por la figura del bailarín, de quien se
nos dice tan poco en las trescientas treinta y cinco
páginas que lo nombran continuamente. Hay un
misterio Nijinsky, apenas insinuado en el relato de
los hechos cotidianos y secretos de su vida (jamás
tenemos la impresión de que se nos cuente real­
mente algo íntimo, pese a los esfuerzos de la auto­
ra por damos la sensación opuesta).
En lugar de encontramos frente a un matrimonio
modelo y bien avenido tropezamos —cosas que se
deslizan sin querer entre las líneas— con una e x ­
traña pareja, que apenas se conoce al casarse, que
habla distinta lengua, que se pelea violentamente
y que jamás llega a entenderse. Nijinsky parece
haber sido un enigma especialmente para su mujer.
Pero el libro tiene otros verdaderos méritos in­
discutibles: nos introduce en el mundo del ballet
tilso en 1912. Nos encontramos en un olvidado am­
biente de pequeñas intrigas y escándalos, en donde
nada se oculta, en donde los temas más escabrosos
se tratan inocentemente (las relaciones de Nijinsky
y Diaghileff, por ej., y la iniciación amorosa del
bailarín). El curioso matrimonio de dos personas
que no podían hablar entre si (tal vez eso no haya
entorpecido la falta de comprensión, sino al con­
trario), se realizó en la ciudad de Buenos Aires,
una ciudad que tiene algo de París, de Madrid y
de Bruselas, un gran parque (Palermo) lleno de
extrañas plantas. La evocación interesa: nos con­
templamos vistos por ojos totalmente extranjeros,
hace treinta años.
Desearíamos saber mucho más sobre Nijinsky,
sobre su extraña vida de niño, hijo de bailarines
ambulantes, que recorrían a fines de siglo las ciu­
dades de Rusia, con su hermano loco desde peque­
ño; de su carácter, mezcla de misticismo y osten­
tación. Asombran sus danzas que presentimos, su
cuerpo que se desliza a pesar de todo en las pá­
ginas, su amor a Rusia y a la familia y su vegeta­
rianismo y búsqueda de Dios.
El libro de Romola Nijinsky nos da todos los ele­
mentos para que construyamos una fantasía a nues­
tro antojo, y éste no es un elogio pequeño. Casi
todos los libros pecan por proporcionarnos dema­
siados elementos y permitir poco vuelo a la ima­
ginación.
ESTELA CANTO

•

tr u stiv n d u

•

•

(viene de póg. 8)

lugar a los otros Macedonios Fernández que deben
fatalmente venir. Esperamos que ellos tengan las
convicciones de que usted hace gala no tener, no
persistir, ignorar. Queremos, un Macedonio Fernán­
dez no repetido, no circular, no indeterminado.
Débil argumentación la mía si he logrado que
usted se autoclasifique como autor innecesario. No
dije tal blasfemia. Innecesaria es esa persistencia
en un descubrimiento —el suyo— que no lo conduce
a otras empresas intelectuales. Ya sé, ya sé que me
pregunta usted sobre esta carilla —mi única cara—
cuáles son esas empresas. Le respondo: las que
se mantienen en las grandes corrientes del fluir
humano; de la búsqueda de mundos más propicios
a la inteligencia; la corriente de las revoluciones
inevitables. Esa es mi Verdad que ambiciona menguadamente juntarse a la suya.
El éxito —respondo al otro lado de su mano,
escribiendo la carta de marras—, el éxito nadie lo
disfruta en la vida, pues enseguida se genera otro
que dejará de ser al oir ¡as voces de los que creen
hacemos justicia. El éxito suyo, el mío y el de
ese otro que se asoma a leemos, el que se mete en­
tre los dos, no debe preocuparle a usted, Macedo­
nio Fernández. Ni la no envidia, ni la envidia
misma, ni esos otros alimentos deteriorados de
los que se nutren los más ilustres literatos de nues­
tro país. Esos que siempre hablan en público y
a quienes el pueblo on escucha.
Lo saluda muy afectuosamente:
L.R.
POSTDATA.—
Estas líneas pueden ser leídas por el poeta, el
excelente poeta Jorge Calvetti, autor de “ Fundadon en el cielo” (•) que en la revista “ Contra­
punto" habla de nosotros dos.
(•) El muy disparatado P. E. N. Club, declaró desierto
el premio de poesía, citando este libro entre los que
no consiguieron el lauro marchito. Es. posiblemente,
el único caso en nuestra literatura en que se hace
saber tan peregrino campeonato definido por falta
de puntaje.

�ESCULTURA
Dirige
¡A IS F A L C IM

MI SI ON
DEL

CULTURAL

MUSEO
por V E N A N C IO V IER A

Venancio Viera, el escritor uruguayo que se ha dado a la tarea americanista de conocer y
divulgar la organización y funcionamiento de las instituciones argentinas de cultura popular, dio el
año pasado a uno de los más difundidos diarios del Uruguay un extenso y meditado trabajo acerca
de la obra que estaba cumpliendo el pintor Domingo Viau en la organización técnica de nuestro
Museo Nacional de Bellas Artes.

Unos meses más tarde, — cuando este artista se vió obligado a

renunciar su puesto de trabajo ante la imposibilidad de dar cima a su plan por la oposición y
dilaciones inexplicables de las dependencias oficiales que debían colaborar en su ejecución—, Viera
nos visitó de nuevo con el fin de comprobar cóm o las nuevas autoridades proseguían la ejecución
del plan que él había visto en obra. Sus comprobaciones las documentó en el artículo que recién
hoy podemos publicar. Si desde el momento de ser escrito pudo variar la ubicación de algunas pie­
zas del Museo, se mantiene todavía la desorientación y el desconcepto general acerca de la obra
que debe cumplir una institución de esa naturaleza.
Detalle del "Retrato de Manuelita Rosas",
por Prilidiano Pueyrredón.

más elementales principios museográficos
que las actividades culturales que
L osindican
debe desarrollar un Museo son de tan grande

y vastísima importancia, que la apertura del Museo
Nacional de Bellas Artes de la Argentina hubo de
ser un acontecimiento de enorme trascendencia in­
ternacional, dado el puesto de excepción que el país
ocupa entre los más cultos e importantes del mun­
do y siempre es a través de su cultura que se
juzga el grado de civilización de un pueblo.

Como sabíamos que la sabia dirección del pintor
Domingo Viau, ex-director del Museo, tras un pro­
ceso de depurada elaboración, había encauzado,
orientado y desarrollado la organización total del
Museo bajo las normas y disciplinas museográficas más modernas y científicas, lo visitamos dis­
puestos a aprovechar la enorme enseñanza que
toda institución de esa naturaleza debe significar.
Y fué entonces que tuvimos el triste, tristísimo
desengaño de ver frustados nuestros más caros de­
seos de conocimiento y estudio. El Museo ha sido
habilitado al público en pobres e inadecuadas con­
diciones de funcionamiento y con una total desor­
ganización cultural, malogrando el largo proceso
de experiencias dolorosas que hubo de llevar a cabo
el pintor Viau para su total realización. Desde el
dintel de entrada comienza la desvirtuación de todo
sentido museográfico, de toda norma educativa, que
se acentúa en cada sala, en cada corredor.
Apenas penetramos al local nos enfrentamos sin
preámbulos, de sorpresa, sin explicación alguna, con
el calco de la Victoria Alada de Samotracia, apri­
sionado a escasa distancia del techo. Este calco tiene
a sus costados dos mármoles académicos italianos
de fines del siglo xix, obras carente de todo valor
artístico. Anotamos así un primero y gravísimo
error, que se irá repitiendo a medida que vayamos
recorriendo el Museo. No es posible mezclar un
calco del más puro arte griego con dos decadentes
esculturas italianas de fines del siglo pasado. La
diferencia de tiempo, de procedimiento, de naciona­
lidad, de civilización, de originalidad, nos eximen de
todo comentario.
Al entrar al corredor de la planta baja, derecha,
nos llama la atención que se expongan cuadros en
un ambiente preparado para la exhibición de blanco
y negro, dibujos y grabados. Y vemos con asom­
bro, con desconcierto, que se haya desconocido y
desaprovechado la experiencia que ofrecen los trata­
dos de Museografia sobre el uso y destino de los
corredores y espacios secundarios. Insistimos, asom­
bro y desconcierto, porque en lugar de exponer di­
bujos y grabados que hubiera sido no ya lo lógico
y natural, sino lo que a cualquier persona de me­
diana cultura se le hubiera ocurrido, se exhiben
óleos. Estos, por estar expuestos en corredores, que
sirven de pasaje entre sala y sala, donde los visitan­
tes pasan continuamente o se aglomeran, con po­
quísima distancia entre la obra de arte y el espec­
tador, con una luz inadecuada para el procedimiento
técnico seguido, nos demuestran que la actual direc­
ción ha cometido otro gravísimo desacierto.
En el primer corredor, a la derecha, se hallan telas
de Kisling, Van Dongen, Gregoriev, Flandin y Utrillo
(la única aguada), colocadas en la pared exterior,
siendo totalmente imposible verlas durante las visi­
tas del día, pues la luz que entra por las ventanas
molesta la vista haciendo dificilísimo todo intento
emocional. En la otra pared lateral, Friesz, Modi-

gliani y Vlaminck, Chapelain-Midy, Foujita y Zak.
expuestos en este orden no solamente atenían entre
sí, sino que desconciertan al visitante impidiéndole la
más mínima comprensión de los pintores indicados.
En la primera sala, donde se hallan expuestos
los maestros franceses impresionistas, nos encon­
tramos a Cézanne junto a Monet, Renoir y Pissarro.
¿Cómo es posible que aún hoy se cometa la im­
prudencia de colocar a Cezanne, sobre todo el Cezanne de “Pan y Huevos", junto a los pintores
impresionistas nombrados? ¿Es que Cezanne, cabría
preguntar, es un impresionista como Monet, Renoir
y Pissarro? Además no es posible colocar el “Re­
trato de Albert Wolf” , por Manet, junto al “Des­
nudo” de Renoir. Es tan tremendamente nociva
esta vecindad, que los tonos bajos del Retrato se
oscurecen, mientras que los tonos claros, transpa­
rentes del Desnudo se pierden, dando falsas sensa­
ciones de blancos y lilas y es que se trata de un
dibujo al pastel. Este mismo hecho se hace evi­
dente al colocar a Gauguin (un Gauguin de la úl­
tima época), entre Van Gogh (Le Moulin de la
Galette) y Toulousse-Lautrec (Retrato de Suzanne
Valadon) o a Daumier (Edipo y el Pastor), entre
dos telas de Lebourg (El Sena en Croisset y Route
par la neige). En esta sala hay dos importantes
obras de Daumier (Edipo y el Pastor y Feydeau
y su hijo) y las dos están colocadas en rincones.
Pensamos que por su valor se les debió dar mayor
importancia en la exhibición.
Estos errores que anotamos en esta primer sala
se van acentuando a medida que recorremos el Mu­
seo, pero no ya en la mala distribución de las obras,
sino en la mezcla de escuelas, tendencias y motivos.
Por ejemplo en otra sala y en los dos corredores
siguientes, últimos lugares habilitados al público
en esta parte, planta baja lado derecho, vemos a
Carriére (Mujer mirando), junto a Fantin Latour
(Violetas y azaleas), a Courbet (Marina), entre dos
Boudin (La Ribera de Port Rieux y L'Escaut par
Temps Orageux), a Rousseau (La Tropilla) junto
a Millet (La esposa del pintor, obra de muy du­
dosa autenticidad), a Roqueplan (Marina) junto a
Jacque (El establo), a Lucien Simón (Bañistas)
junto a André Devambez (El 14 de Julio en la
Plaza Pigalle). Como vemos, la exposición de las
telas, ordenadas por tamaños, se va apartando cada
vez más de toda norma educativa, de toda misión
museográfica.
En los corredores de la planta baja izquierda, se
han colocado las telas que representan las escuelas
española, italiana, inglesa, alemana, holandesa del
siglo xix. Aquí la colocación está más allá de toda
critica. Para el visitante del Museo no es ya posi­
ble ver ni aprender nada. Y todavía como si todo
esto fuera poco, no hay la más simple indicación,
el más elemental catálogo, error fundamental que
ya habíamos notado y que vamos a constatar en la
otra planta del edificio. Además los títulos de las
obras de arte están a veces en castellano y otras
en idiomas extranjeros y en muchos casos cuando
están escritos en francés, presentan errores grama­
ticales o de acentuación. Tal vez esto se disculpe
pensando que el actual Director no conozca el len­
guaje de M oliére...
En otra sala se encuentra expuesta pintura espa­
ñola y se nos hace increíble que se exhiba a Meifren (Las lavanderas) y Mir (El arroyo), junto a
Romero de Torres (Musidora); a Rusiñol (Otoñal)
junto a Alvarez de Sotomayor (Orando); a Anglada
12

Camarasa (Gitana y niño), junto a Meifren (Ba­
ñistas); a Zuloaga (Las Brujas de San Millán),
junto a Anglada (La espera); a Sorolla (La vuelta
de la pesca), junto a Gutiérrez Solana (Procesión
en T oro).
En otro pequeño corredor de esta planta vemos
a los pintores argentinos de fines del siglo anterior
y principios de éste. No se comprende cómo se ha
podido colocar a Malharro (El arado), entre dos
telas de Rodríguez Etchart (Naturaleza muerta y
La toilette); a Fader (Caballos al sol), entre Thibon
de Libian (Vendedor de diarios) y Sivori (Autoretrato) ; a Silva al lado de Schiaffino, a Navazio al
lado de Ballerini, etc. Creemos que se ha preten­
dido restarle méritos a Malharro, a Silva y que
todavía hoy dia se les persigue. Fader que tiene
una coloración tan viva, no puede gustarse cabal­
mente junto a Thibon de Libian, tan neutro de
color, siendo además las telas de tan diferentes
motivos como lo indican sus títulos. En la pared
señera vemos una de gran tamaño y movida com­
posición de Angel de la Valle (La vuelta del ma­
lón), colocada sin causa ni explicación alguna entre
dos retratos de Ballerini y Rodríguez Etchart, es­
tando además enormemente dañada.
En una pequeña sala se encuentran las obras de
Pellegrini, retratos, paisajes y motivos de época
a la acuarela, y tres óleos de otros autores. Dada la
gran cantidad de acuarelas expuestas por Pellegri­
ni, creemos que se pretendió darle el carácter de
homenaje a su memoria, pero no se pensó que al
colocar las telas del chileno García del Molino,
de Fiorini, de Bernabé de María, en lugares de
preferencia, centros de pared, es a estos artistas a
quienes, al colocarlos en sitios señaleros, se les
rinde homenaje, pasando Pellegrini a segundo plano.
En la otra sala vecina a ésta se encuentran ex­
puestas las obras de Pueyrredón. Aquí se hallan
mzeclados los óleos con las acuarelas, los retratos
con los motivos de época, sin orden ni proceso al­
guno. La obra cumbre de Pueyrredón, el gran re­
trato de Manuelita Rosas, se halla en una pared
lateral a poquísima distancia del espectador. Si a
este retrato se le hubiese colocado en la pared
señera, se podría ver de lejos y la luz no le daría
los reflejos y brillos que tanto le perjudican. Cree­
mos que esta exhibición de pintura argentina en el
Museo ha sido expuesta con un total desconocimien­
to de estética museográfica. Se debió cuidar la
colocación de las telas y de tal modo rodear las
obras señeras, que ellas nos fueran llevando a tra­
vés de un plan estético a un plan histórico, cum­
pliendo así de una manera decisiva la verdadera
misión que debe desarrollar el Museo de Bellas
Artes como organismo oficial al servicio de la cul­
tura del pueblo argentino.
Al recorrer de regreso el corredor que nos llevará
hasta la escala para subir a la planta alta, notamos
algo que ya habíamos percibido. Nosotros que ha­
blamos presenciado las experiencias que Viau habla
pacientemente realizado a fin de lograr para las
paredes de las salas y corredores un color gris
neutro ligeramente cálido, vemos como la actual
dirección, en su apresuramiento para abrir el Mu­
seo, no había llegado a darle el verdadero matiz
creado por la ex-dirección. Asi mismo observamos
con asombro que las ventanas carecen de la im­
prescindible tela metálica contra insectos; será po­
siblemente por esto que hay en el Museo una gran
cantidad de moscas que no solamente molestan al

�público, sino que dañan las obras de arte. Por otra
parte no funciona el sistema de aereación que tam­
bién se estaba estudiando sin solución hasta la
renuncia de Viau. La humedad ambiente se ha
intensificado de manera tal. que las telas se en­
cuentran, en la gran mayoría arqueadas, lo que
no solo es contraproducente y atentatorio para su
estudio, sino también para su vida misma.

I

f

Al subir a la planta superior vemos que el pasa­
manos de la escalera ha sido pintado de negro
brillante (diríamos ripolín), lo que molesta, no
solo a la vista, sino al más elemental buen gusto.
Las cuatro esculturas que hay en los descansos
tienen el pedestal también pintado pero de un tono
blanco intenso, en lugar de haberlo hecho de un
gris neutro como primeramente se habia resuelto.
El gran ventanal que da a la parte posterior del
edificio, se encuentra abierto totalmente, lo que
origina una verdadera corriente de aire y polvo.
que atenta poderosamente contra la buena conser­
vación de las obras de arte.
En la planta alta y en el primer corredor se
encuentran ubicados en vitrinas los objetos artísti­
cos de la colección Guerrico (Marfiles, Jades, La­
cas. Abanicos, Peinetones, Platería, Bronces, Minia­
turas, etc.); la distribución de las vitrinas es de un
gusto dudoso y el arreglo de los objetos de arte
dentro de ellas se ha llevado a cabo sin ninguna
disciplina y selección. Volvemos aqui a observar
la total carencia de conocimientos, para organizar
la exhibición de épocas, temas, materia, origen, no
dando tampoco al más mínimo dato o reseña que
ilustre al visitante haciéndole de utilidad prove­
chosa su estadía en el Museo.
En el corredor de la derecha, hay junto a dos
magnificas telas de Tiépolo (Los hebreos recogiendo
el maná del desierto y Sacrificio de Melquíades)),
una tela de Tintoretto (Martirio de San Pedro),
otras de Zurbarán (Monje orando) que siendo fal­
sas están expuestas como originales, y varios telas
anónimas de la Escuela Flamenca (Siglo xvn).
Escuela Holandesa (Siglo xvm ). Escuela Italiana
(Siglo xvi), Escuela Española (Siglo xvii ), Escuela
Francesa (Siglo xvn), se hubieran podido exponer
de una manera más armoniosa si se hubieran segui­
do las más elementales reglas museográficas.
En la sala siguiente, junto con los románticos
españoles Pérez de Villamil, Fortuny Madrazo, se
encuentra en una pared no señera, una tela de
Goya (Ataque a la Diligencia), expuesta como au­
téntica y una tela de Ribera (Músicos), también
expuesta como original.

•

En la sala grande de esta ala del edificio, la
colección Guerrico ha sido mezclada de tal forma
que se la hace desmerecer en su calidad y valor.
Vemos así al lado de Jacques (En el gallinero), a
Harpignies (Coucher de soleil); a Fantin Latour
(Uvas) con Zien (Palacio Ducal en Venecia): a
Van Marcke (Vaches dans paisage) con Courbet
(Rochers): a Menard (Paisaje) con Vellón (Flo­
res), se encuentra expuesta la tela grande de Lefebre (Diana sorprendida). Además de toda esta
inadecuada com binación , notamos que no existe
ninguna línea establecida como cimacio, sino que
las telas se hallan todas a distinta altura. Y en
vez de estar sostenidas por un alambre invisible,
se hallan colgadas por pesados cordones que recar­
gan el ambiente y distraen la atención del espec­
tador. Estas graves faltas, desde luego, se encuen­
tran en todas las salas y corredores del Museo. Y
por último notamos también en esta sala una seria
imprudencia: la tela de Daúbigny (Paisaje, N? 5755.
colección de Guerrico), tiene el marco abierto y la
tela se encuentra casi totalmente en el aire. Aquí
también, como en el piso inferior, el calor, la hu­
medad, las moscas, atenían despiadadamente contra
la vida de las telas, estando la mayoría dobladas, lo
que hace dificultoso su estudio.
En otra sala pequeña hemos visto un Fantin
Latour (Sarah la bañista) en la pared señera, en­
tre dos Rosa Bonheur (Caballos pastando y La
vaca negra). Siendo la diferencia de calidad y de
temas tan fundamental, no nos explicamos como se
ha podido tener la peregrina idea de colocarlos
juntos. Pensamos que solamente por apresuramien­
to y sin ningún control superior haya podido suce­
der esto.

Detalle del ''Retrato de Aimé
Bomplond", dibujo por E. C.
Pellegrini.

En la otra sala grande de la planta baja, se en­
cuentran expuestos los dos grandes tapices: El
triunfo de la Paz y Celebración del enlace de María
Teresa con Luis XIV. Estos tapices, que son pesadí­
simos, al estar colgados se han ido abriendo, mos­
trando ya roturas, y eremos que de continuar
exhibiéndoseles, se irán rompiendo cada día más.
terminando en breve tiempo por quedar casi des­
truidos. Hay en esta sala un cuadro de Goya
(Aparición de San Isidro a San Fernando) que se
exhibe en una pequeña pared lateral que da al
corredor y un Greco (Jesús en el Monte de los
Olivos) que debían de ocupar lugares señeros, dado
su enorme valor. También en esta sala se encuen­
tran Vasari (Bodas místicas de Santa Catalina),
tela a todas luces falsa, un Natier (Retrato de
Mlle. Desfoumell) falso o completamente repinta­
do, un Lawrence (Retrato de A. Canning) falso y
un Oudry (Perros y perdices), presumiblemente
falso también.
Hemos hecho una detenida visita al Museo de
Bellas Artes y la enseñanza recibida por nosotros,
que íbamos ávidos de estudio, fué tan pobre, po­
dríamos decir, tan negativa, que pensamos lo poco
constructiva que ha de ser para aquellos que con
pocas o ningunas nociones artísticas concurren al
Museo, venciendo todavía la gran inconveniencia
del horario y nos dolemos profundamente de que
un centro de cultura como debe ser todo Museo
y más aún el Museo Nacional de Bellas Artes, esté
abierto al público en tan mediocres condiciones de
funcionamiento y de organización, sin trasmitir o
encauzar emociones estéticas de verdadera jerarquía
intelectual.

"Edlpo", óleo por
H. Doumier.

�PINTURA Y GRABADO
- ‘

k

Dirige
ANTONIO BERNI

C

L

a

a

l

t

a

r

reacción totalitaria — fascismo, nazismo o falangismo—

r p a e v

a

contra la cultura hu­

manista, tom ó distintos aspectos según las circunstancias y países donde se ha
desarrollado.

Con notable capacidad de adaptación, m uy característica en los

individuos y en las organizaciones de esa ideología, ha sabido vestirse del ropaje más
oportuno para ganarse parte de las conciencias colectivas.

Todos los medios eran bue­

nos cuando conducían al fin primordial, que era la toma del poder y la ubicación de
sus secuaces en los puestos directivos.

Operada la conquista de las posiciones estratégi­
cas, el resto consistía en la captación colectiva
por la persuasión, el soborno o la amenaza. Los
rebeldes recalcitrantes eran confinados en un cam­
po de concentración o muertos violentamente.
Todo eso. que muchos desprevenidos consideran
como hechos del pasado sin perspectiva inmediata,
permanece latente como fenómeno de actualidad
y como posibilidad futura. La reacción no ha sido
totalmente desarraigada, vive agazapada aquí y
activa más allá, encubriendo sus intenciones bes­
tiales bajo la piel de cordero de un fingido amor
a la democracia.
En el campo intelectual, el fascismo -—tomamos
este término como expresión de un estado mental
más que acción de un partido— ha sabido manio­
brar con extremada habilidad al punto que se
hace difícil, en muchos casos, determinar com pro­
batoriamente la existencia de los hilos conduc­
tores que manejan los notorios activistas. La tác­
tica es compleja y variada, pasa por toda la gama
que va desde la posición franca del ideólogo fas­
cista hasta el vulgar colaborador escudado en
una “ prescindencia” política que no le impide
prestigiar intelectualmente a la reacción.
¿N o vemos a notorios fascistas gesticular y gri­
tar a los cuatro vientos su “ fe democrática” sin
abandonar su odio manifiesto al pensamiento que
ellos llaman “ judaico-comunista” ? ¿N o vemos ya
emplear la táctica divisionista de demostrar simul­
táneamente el odio al ruso y la hipócrita amistad
al inglés? ¿N o los vemos sembrar el derrotismo
alrededor de los verdaderos demócratas y pres­
tigiar en nombre de la “ democracia” a calificados
quintacolumnistas? ¿N o los vemos comprometer

con dádivas de todas clases a los tibios intelec­
tuales del campo democrático utilizando el puente
de la amistad personal o el soborno disimulado?
Es importante conocer todas las variantes polí­
ticas que ha tenido y puede tener la reacción en
el campo intelectual. Entre las tácticas empleadas
en la conquista o utilización del intelectual para
prestigiar esta causa existe una que por su fineza
y disimulo es la que alcanza mayor peligrosidad
en los países donde esa ideología no ha conse­
guido arraigo. Esta fué empleada con todo éxito
en Francia. En París el famoso Otto Abetz, agente
secreto del servicio exterior de propaganda del
nazismo alemán, altamente vinculado, desde años
antes, a lo m ejor de la intelectualidad francesa,
se valía de las amistades personales para organizar
ciclos culturales en Alemania a base de invita­
ciones a pintores y escritores franceses. Algunos
de éstos, que eran magníficamente pagados y aten­
didos, volvían a su país para hablar ingenuamente
a sus compatriotas de las “ maravillas” de aquel
régimen que tan bien los habían “ comprendido”
y acogido. Así fueron envueltos Jules Romain y
Denis de Rougemont.
Las otras tácticas son propias de los países don­
de conquistó el poder, con sus consiguientes
variantes. En Italia de Mussolini, las vanguardias
futuristas fueron las brigadas de choque que
operaron dentro del gremio de los trabajadores
de la cultura. En nombre de “ modernitá” su
“ revolución” estaba íntimamente ligada por afi­
nidades espirituales con la “ revolución” fascista
o cualquier otro totalitarismo antidemocráticó y
antiproletario. De aquí que los más caracterizados
intelectuales surgidos del futurismo buscaron des^

i o 11

arrollar su acción colaboracionista bajo la tutela
de las dictaduras.
En España la reacción se puso el ropaje román­
tico de la añoranza del viejo pasado de esplendor
hispánico. La restauración de la grandeza colonial
de los tiempos de la conquista fué todo un sím­
bolo. Pero sólo se podía alcanzar esta aspiración
restaurando las viejas armas de sometimiento: la
cruz, la espada y la inquisición.

Y

Lo que otrora sirviera para moros e indios de
América, la falange lo usó para la propia España
democrática: asesinó a Lorca y torturó con el
dramático destierro a un Antonio Machado.
En Alemania el nazismo fué directamente a sus
fines, impuso un solo pensamiento con exclusión
de cualquier otro; decretó a la cultura instrumen­
to de la propaganda nazi, colocándola bajo la
tutela incondicional del Partido. Los pintores
de Alemania tuvieron prácticamente un código.
Ejemplo vivo es el folleto editado en Alemania
con el título: “ Arte Alemán y Arte Degenerado”
(Ediciones Deutchen Volksverlag G. M. B. H.
Munchen) equivalente a la cartilla del artista
alemán y cuyo cumplimiento estaba controlado
por la sección cultural de la Gestapo. Este or­
ganismo terrorífico observaba celosamente la vi­
da intelectual del pueblo alemán. Controlaba,
aparte de la actividad política, el pensamiento
filosófico-estétieo del pintor o del esclutor. El
nuevo orden hitleriano debía proyectarse hasta en
la sensibilidad estilística del pensador. Extraemos
algunos párrafos y ejemplos gráficos insertados
en el folleto aludido. La discriminación que
hace el autor no deja lugar a duda ni permite el
equívoco sobre lo que estaba o no permitido
realizar al intelectual alemán. Pintora agresiva,
pintura de guerra, pintura nazi exclusivamente;
lo otro, era lo degenerado, era la traición. Klee,
Gross, Kokoschka representaron para ellos los
“ embadurnadores criminales” dignos de la cár­
cel o de la hoguera.
Esta etapa ha quedado atrás después de la de­
rrota en los campos de batalla, pero el pensa­
miento queda en pie y busca desesperadamente
el apoyo de las permanentes fuerzas grises o con­
servadoras. temerosas de la libertad de los pueblos
y de los hombres.
A. B.

E l e s v u r n i o rfe lo
li e r o i c o

(viam liiag i en
**A m auta”
La galería Amauta presenta desde el 4 has­
ta el 16 de junio una muestra de la pintura
de Carlos Giambiagi. A propósito de este ar­
tista, dice “ Atalaya” , en “ Críticas de Arte Ar­

“ El arte hebreo recu­
rrió a todos los medios
para desarraigar de la
mente del pueblo ale­
mán su alto ideal: el hé­
roe y la vida heroica.
No puso coto a sus in­
tenciones ante los inmo­
lados de la guerra, ridi­
culizándolos, estos borroneadores pertenecien­
tes a hombres inferio­
res!” . Del folleto “ Arte
alemán y arte degene­
rado” .

gentino” :
Carlos Giambiagi, por sobre todo, es pin­
tor. Si la naturaleza misionera sonríe con sus
lapachos rosados o se entenebrece con la cuen­
ca de su río barroso y de su cielo bajo que
parece gravitar sobre los hombres del paisa­
je, son éstos simples pretextos para las varia­
ciones armónicas de su color y para elaborar
sus ritmos sutiles. Si existe una poesía, es pu­
ramente pictórica. A lgo más aún. Son pocos
los que se preguntan qué visión total tiene
un artista de este universo. Ello nos bastaría
para conocer a fondo quién es realmente. Lo
de este artista es sereno, fervorosamente ele­
vado y de una gravedad viril. Porque ya llegó
a su más nutrida y meditativa madurez que
le permitirá evolucionar indefinidamente.

Izquierda: Otto Dir: "In­
válido de guerra".
Antes: Museo Nacional de
Dresden.
Derecha: Kirchner: Despe­
dida de 1914.

14

1

�Picasso no es oficial del
ejército francés
por SIMOME T É R Y
Picasso, ¿está Ud. en París? Toda la
prensa ha anunciado que estaba en el frente.
— Sí. dice Picasso, en los periódicos me han
nombrado oficial, pero a mí no me han dicho
nada. En el Ministerio de Guerra, nadie sabe
nada. Todo lo que sé es que un día me vinieron
a preguntar: “ Picasso, ¿qué le parece si fuera al
frente como corresponsal de guerra? Podría Ud.
pintar allá algunos “ Guernicas” Y. como Ud. sabe,
un corresponsal de guerra tiene el grado de o fi­
cial. ¿O ficial? — contesté— ¡eso es interesante!
— ¿Tanto le gustan los galones, Picasso?
— No tanto por lo de los galones, dijo Picasso
modestamente, pero Ud. comprende que si fuera
oficial tendría mí ración de tabaco. Tal vez tam­
bién me darían un poco de mantequilla y de
carne. Y quién sabe, quizá tendría derecho de
recibir algunos kilos de c a rb ó n ...
Ese genio, el más célebre y más discutido de
la pintura modernq. ese “ fauve” , ese salvaje, ese
niño malcriado de Montparnasse no coincide en
absoluto con la idea que me había forjado de él.
Su poderosa cara morena iluminada por sus finos
cabellos blancos, esculpida de arrugas profundas,
refleja una bondad radiante, una especie de sere­
nidad maliciosa e incluso una dulzura inquietante
en la cual sin duda sería ingenuo confiar.
— ¡C óm o! ¿ni a Ud., un pintor, le dan carbón?
— ¿N o se da usted cuenta?
— Vaya si me doy cuenta. Hace tanto frió en el
taller de Picasso que no me he quitado los guantes.
Un taller inmenso, en el corazón del viejo
París, semejante a un granero de granja campe­
sina, con sus vigas negras sobre un techo blanco
pintado con cal. Un perro largo y flaco, al que
se le pueden contar las costillas, tirita sobre las
baldosas mal ajustadas del taller. Ese perro se
llama, Dios sabe por qué. Kasbek. Kasbek. que
explica Picasso, es el nombre de la montaña más
alta del Cáucaso. En las paredes, en los caballe­
tes, están expuestas las pinturas de guerra de
Picasso con sus tonos fúnebres: gris, azul morte­
cino, negro. Una mujer con forma de mandolina
acostada en un diván, otra que parece un tubo
acodado de chimenea: paisajes de cataclismo y de
teremotos, con una arquitectura poderosa cuyo
aparente desorden está equilibrado por una ar­
monía secreta. Encontramos a nuestro Picasso
de siempre, emergido de la guerra, de la inva­
sión, del terror, más joven, más dinámico que
nunca.
— ¿Es verdad, Picasso, eso cuentan todos, que un
óm o

C

*

"GEORG GROSS, uno de los más lastimeros embadurnadores bolcheviques, se supera en muchas "obras" en
el escarnio del soldado del frente. El cuadro repro­
ducido arriba, figura en "cuaderno de arte" sobre "las
matanzas en un camino campestre". Uno de los crítieos de arte judíos loa esta fanfarronada como de
"una naturaleza aristocráticamente acentuada" y la
galerías compran de buena voluntad sus chapucerías
criminales". "Arte alemán y arte degenerado".

día un oficial de la Gestapo le enseñó una repro­
ducción de su “ Guernica” preguntándole: “ ¿Ha
hecho Ud. esto?” y que Ud. le contestó: “ No,
fué Ud.” ?
— Sí, dice Picasso riendo, es verdad, o más o
menos verdad. A veces algunos alemanes venían
a mi casa so pretexto de admirar mis cuadros;
yo les regalaba postales de mi lienzo “ Guernica”
y les decía: “ Llévensela. ¡R ecuerdo! ¡R ecu erd o!”
— Algunos periódicos americanos han pretendi­
do que su adhesión al Partido Comunista no era
más que una de sus tantas manías y que explicaba
Ud. que el arte y la política no tienen nada de
común.
El rostro de Picasso, lleno de risa, se pone serio
de repente.
— ¡Y o nunca he dicho eso! ¡Es un escándalo!
— Pero los comunistas, querido maestro, pre­
gunta con perfidia una joven americana, ¿los
comunistas comprenden su pintura?
Picasso no se inmuta por tan poco.
— Hay los que la comprenden y hay los que no
la comprenden. Hay quien sabe inglés y hay
quien no lo sabe. Hay quien comprende a Einstein y hay quien no lo comprende. Espérese un
momento (este asunto es muy importante), le
voy a dar una declaración escrita para que nadie
tenga dudas sobre el particular.
Poco después el alborotado Picasso vuelve con
dos hojas de carnet garabateadas con lápiz. Des­
cifro con dificultad estas frases agresivas, del más
puro estilo Picasso:
“ ¿Qué creen Uds. que es un artista: un im bé­
cil que no tiene más que ojos, si es pintor; orejas,
si es músico; o una lira en todos los estantes de
su corazón si es un poeta, o incluso, si es boxea­
dor, solamente músculos? Todo lo contrario. Es
al mismo tiempo un ser político, en acecho cons­
tante frente a los acontecimientos del mundo,
desgarradores, ardientes o dulces modelándose por
entero a su imagen. ¿C óm o sería posible no inte­
resarse por los otros hombres, y en virtud de qué
pereza marfilina podríamos desentendemos de
una vida que nos aportan tan copiosamente? No,
la pintura no está hecha para decorar los depar­
tamentos. Es un instrumento de guerra ofensiva
y defensiva contra el enemigo.”
— ¿Queda aclarado así el asunto? — me pregunta
Picasso con inquietud.
— Creo que no puede estar más claro, Aunque
no todos comprendan su pintura, todos compren­
derán estas palabras . . .
(Cedido por el Servicio
Francés de Información)

Elk Eber: El llamamiento del 23 de febrero de 1933.

Nuevo

Consejo Administrativo

de

la Sociedad

Argentina de Artistas Plásticos
E

l

30 de abril se realizaron las elecciones de la S .A .A .P .

han de regir los destinos de la institución por

el

período

para elegir las autoridades que

1945A6,

quedando

integrado de

la

siguiente forma: Presidente, Juan B. Tapia; Vicepresidente, Juan C. Castagnino; Secretario, An­
selmo P iccoli;
castro;

Vocales:

Prosecretario, Horacio M arch; Tesorero, Juana D ourge; Protesorero, Enrique PoliHoracio Butler. Héctor Basaldúa,

Cecilia

Marcovich,

Luis

Falcini;

Suplentes:

Emilio Centurión, Oscar Barberis, Guillermo Thiemer Casavega, Cecilia Beneditt de Debenedetti,
\ oem í Gerstein, Julia Peyrou ; Síndicos: José Alonso, Marina Bengoechea, Raúl Farías.

Elk Eber: La última granada de mano.

Este nuevo Consejo Administrativo se pro­
pone encauzar las futuras actividades de la
sociedad, de acuerdo a los principios funda­
mentales que dió origen desde su fundación
como ideario básico. Necesidades, éstas, que.
dada la amplitud del desarrollo de las activi­
dades artísticas en nuestro país ha hecho agu­
dizar cada vez más los problemas.
Para llenar debidamente tal cometido, la
Sociedad defenderá la agremiación libre, como
clima ineludible que permita el pleno desarrollo
de la personalidad artística, que sería contra­

riada si rigiera una concepción preestablecida;
como también defender la libertad ciudadana
de los artistas.
Estima este Consejo de suma necesidad re­
editar el órgano oficial de la S . A . A . P .
La subcomisión de trabajo dará un informe
actualizando el sistema de concurso para provi­
sión de cátedras y ejecución de monumentos,
que la Sociedad propiciará ante los poderes
públicos, como asimismo dará a conocer su
concepto con respecto a la organización de los
Museos.

�MUSICA
Dirige
LEOPOLDO HURTADO

Música Brasileña
HANS JOACHIM
Y EL GRUPO

KOELLREU TTER

"M USICA V IV A "

p or J U A J S C A R L O S P A Z

o\ la llegada al Brasil de Hans Joachim Koellreuter, en 1937, puede afirmarse
que comienza en ese país una nueva etapa de su evolución musical: la que une a
un sentido de renovación substancial en el punto de partida de la creación, un cri­
terio de respojisabilidad mayor, en el aspecto cultural, que el que hasta entonces
practicara el com positor nativo, m uellem ente columpiado por fáciles folflorism os, cos­
tumbrismos, espíritu de imitación, e inauditas orgías de colorido instrumental y de sel­
váticas onomatopeyas, planeando sobre un terreno de lacrimosa sentimentalidad.

Era el instante en que imperaba en el país, y
con máxima fuerza, la pueril creencia de que para
hacer un arte nacional era preciso emplear ritmos
o giros melódicos extraídos del cancionero popular
o de las músicas autóctonas. Entonces todo se con­
vertía en excursiones musicales a la selva, al Ama­
zonas, a un indigenismo literario y ornamental, ple­
no de un salvajismo a hechura de la mentalidad
ochocentista del compositor blanco o mestizo, he­
redero directo del Romanticismo de sus mayores,
con su ambición por lo decorativo a todo color,
una saudade importada de Portugal, y fecundizada
por el ambiente soñoliento y propicio a la sensua­
lidad fácil y a la postergación del esfuerzo: físico
y mental.
Toda la producción musical brasileña puede con­
cretarse espiritualmente dentro de esos límites; y
si la voluntad aparecía, en modo esporádico, era
siempre para definirse dentro de una visión lite­
raria y obediente a un clisé obligado —la danza
guerrera de las tribus autóctonas o el candombe—,
o más bien dicho, a una actitud pasiva que se
alimentaba de un culto incondicional del pasado, en
perpetua indiferencia y postergación del presente.
Los elementos indispensables para el logro de es­
tos fáciles tradicionalismos, que obran directamen­
te sobre el oyente por vía de un simple contacto
psíquico, como la risa o el llanto, poco o ningún
esfuerzo significaban para el compositor brasileño
cultivador de tendencia semejante; le bastaba ex­
tender su brazo, por así decirlo, para obtener, sin
gran fatiga, una cantidad de ritmos o de melodías
derivadas en el mejor de los casos de las fuentes
populares, cuando no simplemente calcados de lo
popular o de lo autóctono, para obtener materiales
evocativos y sentimentales para la construcción de
un poema sinfónico, una ópera indo-italiana o una
"suite” , invariablemente descriptivas, pintorescas,
de esencia realista e imitativa, y aderezadas con
los recursos que el impresionismo y aún el "veris­
m o" pusieron en manos de todos los aficionados
del universo. Esa es, sintéticamente considerada, la
labor incontrolada y deforme del nacionalismo mu­
sical brasileño, de Villalobos a Lorenzo Fernández,
Francisco Mignone, Barroso Netto, Fructuoso Vianna, imitadores, satélites y adláteres.
Con una riqueza musical autóctona, de la que es
difícil desprenderse, y a la que, por el contrario,
es cómodo y llevadero entregarse sin mayores es­
fuerzos para estructurar elementos evocativos en
sí, y presentados con las consabidas etiquetas que
conducen al oyente ingenuo al estado de postración
de la siesta o de la noche tropical, o a la volup­
tuosidad o la furia de las danzas negroides, puede
deducirse fácilmente que nunca el compositor bra­
sileño se sintió impulsado a superar ese estado de
cómoda indiferencia por todo cuanto no fuera una
postergación perpetua del mismo, obtenido a tra­
vés de instintiva antipatía a lo que no significara
sensación pura, o por todo lo que obligara a la
reflexión, entendida como punto de partida hacia
una formal estructuración del organismo musical.
Este ha sido, por otra parte, el defecto capital
y el límite de posibilidades de los compositores de
tendencia nacionalista de todas partes del universo,
ya se trate de Smetana, Grieg, Borodin, Rimsky Korsakov, Slavensky, Musorski, Granados, Albéniz
y toda la subsiguiente escuela española con la
excepción de Falla: quien, para superar su etapa
meramente pintoresca y folklorizante se obliga a
retroceder varios siglos — en el "Retablo" y en el
"Concertó"— para lograr al fin una estructuración,
un orden, sin el cual no hay arte posible y sí sola­
mente un balbuceo indefinido o un estado de in­
controlada improvisación O).
•

o

•

En esta etapa de cristalización se hallaba la mú­

sica del Brasil, es decir, en un callejón sin salida
y en una línea de conducta de perpetua repetición
y aniquilamiento por desgaste, cuando Hans Joa­
chim Koellreutter, exilado voluntariamente de Ale­
mania, llegó para perturbar ese inefable estado de
gracia. Nacido en Friburgo, en 1915, habia estudia­
do composición y dirección de coros con Kurt
Thomas. y dirección de orquesta con el Dr. Hermann Scherchen, piano con Martienssen, en Berlín,
y flauta con Marcel Moyse, en Ginebra. Fundó en
Berlin, en 1935, el "Círculo de Música contemporá­
nea", con elementos de vanguardia, en contraposi­
ción al academismo del medio. En 1937 emigró al
Brasil, iniciando sus actividades en giras artísticas
por todo el país, fundando el grupo "Música Viva”
y la Revista del mismo nombre, dedicándose a la
vez, fervorosamente, a la presentación de la mú­
sica nueva y al estudio de los problemas de la
música actual. Desde 1938 profesa en el "Conser­
vatorio Brasileiro de Música” , de Rio de Janeiro,
y en 1941 fué nombrado profesor de contrapunto
y de composición del "Instituto Musical de Sao
Paulo". En 1942 fundó el “ Quinteto instrumental"
de esta misma ciudad.
Su acción como animador y como enseñante y
divulgador de las tendencias modernas ha sido de­
cisiva para el desenvolvimiento de los nuevos com­
positores del Brasil. El Grupo "Música Viva", fun­
dado por él en Río de Janeiro, integra a discípulos
suyos, que como Claudio Santoro y Guerra Peixe,
introducen un idioma nuevo en el ambiente, —el
actual— aplicado a una música de carácter absolu­
to: es decir, que no admite otra lógica que la
emanada de la propia substancia musical, sin in­
tromisión de otras nociones o recursos que los de
la música misma. Esto significa, para el ambiente
musical del Brasil, quemar las naves e introducir­
se en las regiones de lo inexplorado, en procura de
un nuevo reino desconocido. Naturalmente que tal
actitud, si parcialmente puede haber sido compren­
dida, y por muy pocos, en cambio atrajo los rayos
de la indignación estrechamente tradicionalista:
igual que ha pasado entre nosotros por iguales
causas, motivos y aspiraciones.
Parecería que la única misión destinada a las
agrupaciones llamadas "de vanguardia" se con­
cretara en molestar a crítica y auditorios de esen­
cia conservadora; una y otros consideran que el
compositor contemporáneo afiliado a tendencias ra­
dicales tiene la misión especifica de burlarse de
ellos. Pero esto no colma la totalidad de las ocu­
paciones ni del tiempo de que dispone tal composi­
tor, sino que constituye únicamente parte de su
preocupación y actividades; el resto lo constituye
la labor positiva: creación y divulgación; comple­
mentos que forman un todo en la actitud de ata­
que y defensa a que se vé forzado el compositor
contemporáneo, ante la critica rutinaria que pre­
tende medir y clasificar tendencias nuevas con pa­
trones y fórmulas archivables y en desuso.
•

•

•

Dentro de esa actividad bifacial —creación, di­
vulgación—, actúa el grupo "Música viva" en Río
de Janeiro, Sao Paulo, Bello Horizonte. Su presen­
tación oficial fué hecha en 1944, teniendo como
único apoyo la Radio del Ministerio de Educación,
que ha cedido una hora quincenal para irradiar
los programas organizados por la flamante agrupa­
ción de compositores y ejecutantes. El Dr. Fran­
cisco Curt Lange, Director del Instituto Interamericano de Musicología, inauguró con una "canden­
te y cáustica” conferencia las actividades prácticas
de este grupo de jóvenes idealistas, que se inician
en su penosa y peligrosa travesía nadando contra
la corriente. Aldo Parizot, violoncelista que acaba
de obtener una beca para estudios en los Estados
Unidos, Santiago Parflneli, Oriano de Almeida, Hans
Breitinger, Egidío de Castro e Silva, Jaioleno dos
16

de

Vanguardi a

Santos, todos ellos ejecutantes, además de los nom­
brados compositores Claudio Santoro, Guerra Peixe
y H. J. Koellreutter, forman las nuevas fuerzas de
choque en el ambiente musical del Brasil. Claudio
Santoro (1919) cultiva el "atonalismo” , evitando
cuidadosamente en sus obras, todas las influencias
folklóricas y cualquier exterioridad, buscando su
propia expresión sin especiales características de
país o raza determinadas. La estructura de su len­
guaje musical es de una rica polifonía, y su armo­
nía es áspera y voluntariosa. Sus obras más im­
portantes son una "Sinfonía para dos orquestas de
cuerdas” , un "Divertimento” para orquesta sinfó­
nica, un poema sinfónico “ Impressoes de una TJsina
de A so” , un "Concierto para violín y orquesta",
“ Música concertante" para piano y orquesta. "Quin­
teto” para instrumentos de aire, "Trío" para cuer­
das y sonatas para violín, violoncelo, flauta, oboe
y plano. Santoro actúa como violinista en la Or­
questa Sinfónica Brasilera, y su "Cuarteto" de
cuerdas fué distinguido recientemente con mención
honorífica en el Concurso Internacional de los
Estados Unidos.
Guerra Peixe (1914) comenzó su carrera de com­
positor desarrollando en sus obras motivos folkló­
ricos, a veces concebidos por él mismo; luego se
encaminó hacia un virtual neo-clasicismo, hasta
cultivar en la actualidad una tendencia francamen­
te atonalista: o más concretamente, una técnica
dodecatónica, dentro de la que parece haber hallado
su plenitud y su libertad de expresión. De su obra
más reciente, liberada de las influencias de facto­
res puramente locales, pueden citarse "Seis instan­
táneas” , para orquesta, “ Dos piezas" para orquesta
de cámara, "Noneto”, "Música para flauta y piano",
"Música para violín y piano” , “ Sonatina" para flau­
ta y clarinete, "Sonata” para violín y viola, "Cua­
tro bagatelas” , para piano. Todas las obras ante­
riores a 1944 han sido consideradas por el autor
como inaprovechables por carecer de interés.
Koellreutter a su vez ha escrito: "Sonata 1939",
"Preludio, Coral y Fuga", “ 3 bagatelas" y "Música
1941” , todas para piano. Dos Sonatas para flauta y
piano, una para violín y piano; "Música 1942” ,

Hans Joachim Koellreutter

para violín solo. “ Invenciones” , para instrumentos
de aire; "Variaciones 1941", para cuarteto de cuer­
das; “ Cuatro piezas", “ Música 1940", "Música 1942” ,
para orquesta; “Pieza lenta” , instrumentada por
Arturo Pereira; “El arte de la fuga” , de J. S. Bach,
transcripto para flauta, violín, viola y chelo. En
preparación, "Música concertante” para flauta con
acompañamiento de percusión, dos pianos, violas,
chelos y contrabajos; “ Hai-Kais” , para barítono,
com o inglés, clarinete bajo y arpa. Además, ha
publicado recientemente varias canciones sobre
textos de Omeyda Alvarenga y de Ronald de Carvalho. La producción de Koellreutter está basada
en una rigurosa higiene mental, que excluye como
recursos prohibidos e indeseables toda sensiblería
tradicionalista o todo criterio de arte basado en
toda una farmacopea a base de estupefacientes, de
los que tanto empleo se hace a partir de las “ Chansons de Bilitis” , de “ Pélleas et Mélissande” o de la
“ Rapsodie espagnole” . En su evolución, ha avan­
zado Koellreutter a través de un atonalismo inte­
gral, impulsado por el principio que instituye la
“ melódica libre" como único elemento de relación
y de estructuración formal, en procura de un vo­
luntarioso encauce de la fantasía creadora. Este
parece haber sido hallado y concretado en el plano
de la técnica dodecatónica, a la que se ha afiliado
Koellreutter desde 1940, aproximadamente, y que

�SELECTAS

EDICIONES

SALVAT

PREMIO IMPRENTA LOPEZ
CON EL AUSPICIO

DE LA

Sociedad Argentina de Autores

HISTORIA del ARTE HISPANOAMERICANO
por Diego Angulo lñiguez,
Catedrático de la Universidad Central (Madrid).

R esu lta d o

Esta obra constará de tres tomos, habiéndose publicado el primero que
forma un volumen de 720 páginas ilustrado con 834 figuras, 15 láminas
en negro y 5 en color.

El Ju rad o integrado por la Sra. Victoria
Ocampo y los Sres. G uillerm o de Torre,
Adolfo Bioy C asares, Leónidas Barletta y
Ju lio A ram b u ru , después de considerar
detenidam ente los 165 trabajos presen­
tados al certam en, ha adjudicado los pre­
mios a las siguientes obras:

H ISTO R IA del ARTE HISPANICO
PRIMER PREMIO:

por el Marqués de Lozoya,
Catedrático de la Universidad de Valencia.

"El Muro de Mármol", de Estela Canto.
Acaba de aparecer el tomo IV de esta obra que constará de cinco. Un
volumen de 692 páginas, ¡lustrado con 628 figuras y 58 láminas, algunas
en colores.

SEGUNDO PREMIO :

"La Caá Yari", de Alejandro Magrassi.

Obras de auténtico valor artístico, únicas en su género, reúnen la
historia del Arte de España y la América Latina.
En venta en las principales Librerías de la República.

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Los originales no premiados están a
disposición de los interesados en la

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Editores,

Representante general y distribuidor:
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Q I al ocupar un nuevo domicilio observa
dos hilos en el sitio donde antes había
un teléfono, quizás suponga que sólo basta
conectar un aparato para conseguir servicio
telefónico; pero ello no es así.
Esos dos alambres sirvieron para conectar un
teléfono con la central telefónica; pero al mu­
darse el inquilino produjo una vacante que fué
adjudicada — de acuerdo con su categoría y
antigüedad— al solicitante que figuraba en
primer término en nuestra lista de turno.

£n realidad, hace falta mucho más c\ue un
aparato telefónico para darle servicio. Ante
todo se requiere disponer de vacante en el
conmutador; luego, tener línea o vacante en el
cable que une el barrio con la central.
Para obtener energía eléctrica, gas o agua
corriente sólo es necesario conectar con el
conducto respectivo que pasa por frente de la
casa del usuario. En cambio, el servicio tele­
fónico exige una línea exclusiva e individual
que una directamente cada abonado con la
central.
De no disponer de vacantes, nos sería mate­
rialmente imposible satisfacer su pedido, aun
en el caso de que el anterior locatario de su
casa hubiera tenido servicio telefónico.

UNION TELEFONICA

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Ernesto R. Trattner:
A R Q U IT E C T O S DE ID E A S

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Rolaml M anuel:
M ANI E L D E F A L L A

................................................ S 7 —

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del músico español. En él se estudian con minuciosidad y compe­
tencia todas sus obras. Un volumen de 124 páginas, con grabarlos,
encuademación de lujo.

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T A DE PALM YRA.

Ugo S pirito:
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Luminosa v completa exposición del pragmatismo contemporáneo.
Los autores, las ideas, la bibliografía.

Bertrand Russell: IN T R O D L C C IO N
A LA FILO SO FÍA M A T E M Á T IC A .....................

S 7—

Se exponen e neste libro, en forma que no ofrezcan dificultades para
el principiante, algunos problemas de la lógica en su relación con
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Vicente V alls: M E T O D O L O G ÍA
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dades manuales en la educación.

M. Medina B ravo:
M E T O D O L O G ÍA

..........................

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actividad artística.

A d olfo Salazar:
SÍNTESIS D E H IS T O R IA D E LA M ÚSICA

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géneros, desde sus orígenes hasta nuestros días. Libro útil para el es­
pecialista y excelente guía para el aficionado.

Luis de G óngora:
A N T O L O G ÍA P O É T IC A

...........................................

S 7.—

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A lbert T h ibau det:

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tro con“ naturalidad”, embelleciéndolo con
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El “ maquillage natural” 1 lang se apli­
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BUENOS AIRES

�parece haber definido las directivas de su proceso
de creación al impulsarlas desde un principio de
construcción apriorística. Las consecuencias inme­
diatas de esta evolución fueron, desde luego, un
nuevo sentido expresivo emanado directamente de
la adopción del nuevo lenguaje armónico. Una de­
mostración decisiva, como resultado de sus incur­
siones por el terreno dodecatónico, lo constituye
su "Música 1941", para piano, en donde el material
aparece totalmente renovado, y en donde tanto la
armonía como la sonoridad, el desenvolvimiento y
en consecuencia la expresión, hacen de esa obra
una de los escasos grandes exponentes de la lite­
ratura pianística de Latinoamérica, que todavía
sueña con efectos y "glisados” a lo Ravel o con
los reflejos, irisaciones, "nuances" y toda clase de
sugestiones debussystas.
Es natural que una música antisentimental, ce­
rebral en el más elevado sentido, tenga que ser
resistida en su ambiente y aún fuera de él. Hay
que considerar que, en rigor, y si bien se mira y
se analiza la producción musical más caracterizada
de los países del Sur de nuestro Continente, vemos
de inmediato que ella no ha superado la etapa
impresionista con reflejos aún románticos, a pesar
de las inyecciones negroides, indígenas, mestizas,
etc. A fin de cuentas, y resumiendo, hallamos siem­
pre un impulso sentimental no controlado y no
concretado en orden estructural alguno, disfrazado
con derroches de color orquestal y etiquetas lite­
rarias que todo lo explican y nada definen, una
técnica postiza —indios a la última moda europea—
y una continua simulación del compositor blanco
disfrazado de aborigen, en perpetuo carnaval folklorizante. La música y las enseñanzas de Koellreutter tienden a demostrar a los tradicionalistas,
folkloristas y demás plagiarios del pasado que pu­
lulan en el ambiente musical latinoamericano, que
la música es una estructuración sonora, y que di­
rigir la fantasía creadora desde un plano construc­
tivo previamente organizado, es infinitamente más
eficaz —y más difícil— que abandonarse blanda­
mente a improvisaciones sin control, hijas de un
desorden mental y estético lamentable: muy boni­
tas, a veces, mientras duran; pero incapaces de
resistir un análisis severo en cuanto dejan de oírse.
•

•

•

Por cuanto antecede es que hemos calificado el
afianzamiento de Koellreutter en el Brasil como un
acontecimiento y como un nuevo punto de partida
en la creación musical de ese país. Claudio Santoro
y Guerra Peixe amplían las líneas tendidas por el
eficaz animador del ambiente musical brasilero, y
se dirigen a la conquista de nuevas expresiones,
logradas a través de un proceso de estimulación de
las fuerzas creadoras que parte de los dictados del
raciocinio. La síntesis de lo propuesto ha sido
debidamente aclarada en el manifiesto dado a pu­
blicidad por el Grupo "Música viva’', en el que se
revela una elevación de ideales, que inútilmente
procuraríamos encontrar en otras agrupaciones de
compositores latinoamericanos. He aquí el mani­
fiesto del Grupo “Música viva” , tal como fué publi­
cado en la revista “ Clima” , de San Pablo.
“El Grupo "Música viva” surge como una puerta,
que se abre a la producción musical contemporá­
nea, participando activamente de la evolución del
espíritu. La obra musical, como la más elevada
organización del pensamiento y del sentimiento
humanos, como la más grandiosa encarnación de
vida, está en primer plano en la labor artística del
Grupo "Música viva” .
"Música viva” , divulgando, por medio de con­
ciertos, irradiaciones, conferencias y ediciones, la
creación musical de hoy de todas las tendencias,
especialmente del continente americano, pretende
demostrar que en nuestra época también existe
música como expresión del tiempo, de un nuevo
estado de inteligencia” .
“La revolución espiritual que atraviesa actual­
mente el mundo, no dejará de influenciar la pro­
ducción contemporánea. Esa transformación radi­
cal, que se hace notar también en los medios so­
noros, es causa de incomprensión momentánea
frente a la música nueva. Las ideas, sin embargo,
son más fuertes que los preconceptos".
“ De esta manera, el Grupo "Música viva” luchará
por los ideales de un mundo nuevo, creyendo en
la fuerza creadora del espíritu humano y en el
arte del futuro”.
Tal es el ideario del Grupo “ Música viva” . Ya
hemos visto cuáles eran las realizaciones dictadas
por esa linea de conducta. Que uno y otra encaran
la posibilidad de una renovación substancial ya
Iniciada en parte, es cosa indudable. El ruiseñor
romántico y folklórico, de expansiones ilimitadas
en su falta de control mental —su fórmula está en
el Walter de "Los Maestros Cantores", encarnación
típica del dilettanti —que canta sin saber por qué
ni cómo, a base del simple impulso sentimental y
nostálgico, es cosa que en Brasil ha entrado en el
periodo jubilatorio. La improvisación, que carac­
teriza a una larga etapa lograda en base a desechos
rom ánticos, impresionistas, "veristas", folklóricos,
ha terminado y en su lugar comienza la era de la
estructuración conciente, planteada con perspecti­
vas a la liberación de factores meramente localis­
tas, en procura de un sentido general, universa­
lista. Este es el postulado, irrenunciable ya para
la nueva generación de músicos del Brasil que
quiere desprenderse de todo sentimentalismo tradicionalista, améné de la pereza mental consiguien­
te, y que han establecido, en forma heroica y en
un ambiente totalmente adverso. Hans Joachim
Koellreutter y sus continuadores inmediatos. Gue­
rra Peixe y Claudio Santoro.

(i) Es interesante recordar que los pueblos más
ricos en música popular, son los que menos han
contribuido con grandes personalidades al desarrollo
de la música, del punto de vista universal. Así
sucede con España, Hungría, Rusia, Rumania, Bra­
sil o Checoeslovaquia. En cambio, países como Ale­
mania, Austria o los Países Bajos, pobres en música
basada en el elemento popular, asi como la misma
Francia, aportan la casi totalidad de los figuras
cumbres de la música mundial.

Tiranías

y

coplas

populares

A ncora de Salvación
por F E L IX SO L O N I
Américas, históricamente, están en deuda.
Todos sus libertadores tienen monumentos,
a todos sus héroes se les rinde homenaje de
admiración. Las plumas y las liras, la tribuna y la
escena, la paleta y el cincel han creado nuestro
Olimpo de grandes cerebros y grandes corazones.
Mártires y paladines llenan las páginas de nuestra
historia. Pero, oficialmente, hemos dejado pasar
inadvertida una veneración incumplida, que, aun­
que vive en el alma popular de todos nuestros
países, carece de materialización, y su intenso
contenido se diluye en el folklore sin una crista­
lización efectiva.
Las Américas deben nn homenaje visible, tan­
gible y adecuado al elemento máximo que ha
permitido su supervivencia como países libres,
pese a todas sus tragedias internas, a todas sus
miserias, a sus sombrías debilidades, y a su des­
aliento fatalista en ocasiones. Las Américas están
en deuda con su música autóctona que, aún en los
momentos más negros de su historia, desde los
incipientes conatos de emancipación, hasta las tur­
bulencias de su vida independiente, ha sido siem­
pre la válvula de escape, el suspiro de aliento, y
la expresión genuina del alma popular, al través
de todos sus instantes trágicos. Los dictadores
han pasado dejando su estela de sangre y de odios
y de rapiña y también el acompañamiento mor­
daz de los cantos populares. En los minutos más
ominosos de la historia americana, en medio de
los climas de angustia, desaliento y abulia popu­
lar, siempre ha habido el relámpago de una can­
ción, las notas de una copla, los ecos de un cantar
que han encerrado en sus compases protesta, ren­
cor, burla y escarn io...
Han sido girones del alma del pueblo, a veces
impotente, que así ha llorado, castañeándole de
ira los dientes, su indignación y su coraje.
Todas las guerras civiles tienen sus canciones;
todas las luchas de emancipación sus coplas. No
son los himnos oficiales solemnes, rotundos y al­
midonados, hechos para las bandas de metales.
Son esas humildes expresiones musicales que
apenas necesitan una guitarra, donde se vuelca
todo el sentir de la masa, creando a veces una
frase dem oledora; un apelativo aplastante; un
apodo desintegrador. Es la música que se entona
en voz baja, en tono menor, a hurtadillas, una
música que pudiéramos llamar de conspiración;
como una hoja suelta subversiva o un pasquín
clavado al descuido en la propia espalda del tira­
no de tu r n o ...
Los folkloristas de todos nuestros países con
facilidad encontrarán los ejemplos. No es mi in­
tención señalarlos. Pero esa música autóctona
nuestra ha sido el factor de cohesión de nuestros
idealismos nacionales; que se ha cantado en las
plazas públicas y en los remansos del hogar, en
las tinieblas de las cárceles y ante las baterías de
nuestros pobres teatros típicos; en las ferias de
aldea, y hasta en las procesiones del santo pa­
tr ó n ... Esa música ha sido siempre -—cuando
todos los demás vestigios de alma nacional se han
esfumado, o han buscado refugio en el silencio—

L

as

17

lo que ha quedado a flor de tierra ... No hay
dictadura americana que no haya prohibido una
canción— No hay una canción popular que no
haya tenido su parodia de contenido p o lític o ...
Debemos, pues, un homenaje palpable, perdura­
ble y sentido a esa áncora de salvación del ansia
popular, que ha hecho más por la existencia de
nuestras repúblicas que todas las teorías paname­
ricanistas. ..
•

•

•

La música americana — me refiero a la Améri­
ca toda— tiene tres orígenes claros y definidos:
el indio, el conquistador, el esclavo. No es de
extrañar, pues, que la música del continente to­
do, sin exceptuar a Norte América, sea una mú­
sica triste, sentimental, llorosa. El indio nos legó
sólo la música de su decadencia, la música de la
época en que se vió abrumado por la conquista,
que no podía ser alegre. El conquistador cantó
sus nostalgias de la tierra natal lejana. El esclavo
sólo trajo de Africa, y no tuvo motivos para otra
cosa, sus cantos rituales, sus invocaciones a la
divinidad pidiendo auxilio y protección, del mis­
mo modo que los puritanos que llegaron al Norte
en el ‘‘Mayflower” sólo trajeron sus himnos auste­
ros de expulsados religiosos__
Pese a los esfuerzos de los tiempos buenos por
cambiar el ritmo y el tono a la música de nues­
tro continente, si tomamos la más alegre de nues­
tras músicas, digamos el pericón, la zambra, el
jarabe, la rumba, el one step, el joropo, el tam­
borito o el merengue, y las reducimos a un com­
pás lento, caeremos en verdaderas marchas fune­
rales, en las que las melodías son lamentos pro­
fundos, conmovedores e impresionantes.
Y ese efecto en la música nacional, infiltróse y
contaminó la inspiración individual, en los can­
tos de a m o r... El bolero, el bambuco, el tango,
la guajira, las danzas, las mañanitas, los “ blues” ,
¿qué son sino quejas de amor?
Andalucía, Vizcaya, el Calabar, Holanda y Bre­
taña ofrecen la genealogía a nuestra música con­
tinental. La influencia india apenas si es percep­
tible. Y la alegría y vivacidad de algunos de
nuestros bailes no son más que expresiones de
ese deseo de torbellino y vorágine para ahogar
toda la tristeza del momento.
América, desde su descubrimiento, sólo ha te­
nido nostalgia, tristeza y lucha. Su música ha
sido la expresión del sentir popular. Cada cual
puede reconstruir las etapas de su vida enume­
rando canciones. Tanto países como individuos.
Por eso debemos rendir homenaje a nuestra mú­
sica triste que ha acunado todos nuestros dolores
y todas nuestras rebeldías. Es una música amar­
ga como nuestra historia.
¡Ojalá algún día llegue el momento de pleni­
tud y triunfo en que la América — el pueblo
americano— se sienta satisfecho y jovial para
producir su música alegre, que ha de ser, sin du­
da, la sinfonía triunfal de un continente, al en­
contrarse a sí mismo!
New York, 1945.

�una

prosperidad

El
ttrasil ríe hoy y
Posl - y uorra
por C A I O PR.-LDO (Jr .f

L*ar» Un s n o t ú s í c r a

brtáLma*

de majar

tira r úu-Urtzvd, Cria Prado Jtotior es da Un i r
DHI pruAavua juicio.
Braaü C om am porñ ao”

Sm libro ~ f ormacuñi del
fEd. N v t á u . S o

Pablo.

1912/ le n tiú en el p u p o de los estudiosos inte­
resados en prensar la fisonomía histórica de su
país. Su interpretación valoriza lo económ ico con
indudable maestría y pone de relieve tanto ¡a
hondura de

sus pesquisas científicas

com o

un

claro talento crítico ante los innumerables docu­
mentos consultados.
En el presente estudio, Caio Prado Júnior res­
ponde, con gentileza que apadecem os, a la con­
sulta que

le hicimos apenas

se

vislumbró

un

cambio aparentemente fundamental en el rumbo
de la política de su país.

Tiene virtudes que el

lector argentino apreciará, pues, com o Caio Prado
Júnior nos dice en reciente carta, ulos destinos
de nuestros países están hoy tan ligados que nada
de lo que suceda en uno dejará de tener reper­
cusión en el otro” .

Brasil fué un país ampliamente alcanzado
por la ola reaccionaria, representada por el
fascismo internacional, que se propagó por el
mundo sobre todo después de la ascensión de Hitler
al poder, en la Alemania de 1933.

E

l

A fines de 1935, aprovechando la alarma causada
por un levantamiento militar fracasado, las fuerzas
fascistas brasileñas, constituidas sobre todo por el
partido llamado Acción Integralista Brasileña, y
por grupos militares, reducidos pero muy activos,
todos ellos intimamente ligados al nazismo alemán
y al fascismo italiano, consiguen gran influencia
Junto al gobierno, y acaban asimismo conquistando
para sí al Presidente de la República Getulio Var­
gas. Bajo la presión gubernamental, el Congreso
vota una reforma constitucional y decreta el estado
de guerra, entregando con ésto al ejecutivo poderes
discrecionales. C onstituyese, además, el Tribunal
de Seguridad Nacional, formado por jueces de libre
nombramiento y dimisión del Pte. de la República,
destinado a juzgar "de conciencia” los crímenes
políticos o reputados tales. Indicaremos que el
Congreso ya no funcionaba libremente, estando
presos varios diputados y un senador y los demás
bajo amenaza.

El gobierno se aprovechó de estas medidas y del
verdadero arbitrio de que fué revestido para per­
seguir violentamente a todos los partidos, grupos
y luchadores antifascistas más conscientes. Llená­
ronse las prisiones y fueron disueltas o colocadas
bajo un rígido control policial las organizaciones
democráticas y populares (sindicatos obreros y otras
asociaciones de clase). Mientras tanto, los fascistas
ganaban, cada día, nuevas posiciones y ampliaban
su influencia.
Esta situación se agravó en el curso de 1936 y 37.
Finalmente en Noviembre de este último año, el
Pte. Vargas, apoyado por los integralistas y por
grupos militares fascistas, desencadenó el golpe fi­
nal de la reacción: la Constitución en vigor fué
revocada, el Congreso disuelto, y se promulgó una
nueva constitución de pura inspiración nazi-fascista
(10 de noviembre de 1937). El Brasil vivirá de
ahi en adelante en un régimen dictatorial puro,
que suprimirá completamente las libertades pú­
blicas, todas las actividades politico-partidarias, tra­
tando de estructurar la política y administración
del país de acuerdo con el modelo fascista, y el
funcionamiento de sindicatos obreros y patronales
bajo el control gubernamental.
Tal régimen está sostenido por la fuerza, porque
le era contraria la gran mayoría de la opinión pú­
blica. mantenida, sin embargo en estado de su-

~zraoc per eí terror y la vreúBaria. Pero, a poco,
la ooostcLcr rrsarzzaca
se fue
í e e r z a s z c c EV.» ¡razara faen a y aiguzas operf_ - pares ¡
s-s por ; a s o la r a --:.a s
—a ar­
cha per el Brasil en ü-C. Este aero de got-erao ie
fné ar.poesro tarto per uz arr.plae ñ o r aaratn po­
pular rocstg-—ertte al h u rd m en to de saraos tra­
steros por stibraa raros llenares, y q-ae ao fue
posible m p ecir corro por la presioc. a t :s m c « -a? muy fuerte er un país como el Brasil, cuyos
izaereses haBáhaase istm_an.er.te ligados a k-s Es­
tados Unidos. Pero, no obstante la declaración de
guerra, el gobierno traió siempre de impedir una
pa.rucapación activa del Brasil. Comprendía, per­
fectamente. que el esfuerzo de guerra al lado de
las Natrones Unidas estalla intimamente ligado *1
movimiento interno centra la dictadura y en favor
de ias libertades publicas y el restablecimiento de
la democracia. P je k&gt; que sucedió A medida que
Las Naciones Unidas conquistar, victorias el régimen
fascista brasileño se aebilita. Esto culmina con las
victorias angio-amencara y del movimiento de
liberación francés en el frente occidental, con el
avance fulminante de las ejércitos soviéticos y fi­
nalmente. con la conferencia de Yalta. que per­
judicó las últimas esperanzas fascistas de una pat
condicional. Como reflejo de ésto, el Estado Nuevo
inombre oficial del régimen fascista-brasileño), en­
tró en descomposición. El gobierno es obligado a
convocar a elecciones generales por el sufragio
universal (en desacuerdo con la constitución de
1937); la prensa rompe la censura: reanúdame las
actividades politicas partidarias que la dictadura
ya no consigue impedir o controlar. El gobierno
fascista de Getulio pierde completamente el control
de la situación. Este es el momento actual.

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y
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■yr- ‘. j y nv je ie&gt;x*res-oct ie Vas sa'ar
y ieTrec ie v:ia ttrteeuLa reterrea
«coco»***- oa

res're&gt;ee.;a así -ea

ie

p

a*

Pero ^&gt;'a refersa ie^e »*•’

Los problemas brasileños se presentan ahora bajo
una doble faz: inmediatos y futuros. Los inme­
diatos derivan de la profundidad de la penetración
fascista en el Brasil, como fué explicado antes, y
consisten en ampliar y consolidar las libertades
ya conquistadas: proceso complicado y que no po­
drá ser instantáneo. El primer paso será ahora
conseguir la amnistía por crímenes políticos: la re­
vocación de las leyes de represión existentes (como
la prohibición de partidos políticos, la intervención
policial en los sindicatos, etc.); la supresión de los
órganos de coacción política (como el Tribunal de
Seguridad Nacional, el Departamento de Piensa y
Propaganda, órgano de censura y de control perio­
dístico. etc.); el restablecimiento de las garantías
jurídicas (estas garantías aún no existen; lo que se
está haciendo en materia de oposición es gracias
únicamente a la debilidad del gobierno: pero puede
de un momento a otro ser legalmente suprimido).
Estos pasos preliminares serán coronados y com­
pletados con la convocatoria de una Asamblea
Constituyente que revoque definitivamente la Cons­
titución fascista de 1937 (ya muy tambaleante,
pero todavía legalmente en vigor), y que promul­
gue un nuevo estatuto político que consagre las
libertades públicas, las garantías jurídicas y un
legitimo régimen representativo.
Tales son las tareas del momento, en que se
empeñan todos los demócratas brasileños. Su reali­
zación creará el ambiente propicio para la solución
de los grandes problemas políticos, económicos y
sociales que la actual fase de la historia brasi­
leña propone. Ellos son. en primer lugar, la extir­
pación definitiva de los remanentes fascistas que
aunque muy abatidos, tentarán, como ya están
tentando, rehacerse sobre nuevas bases. Sin es­
ta limpieza política preliminar, no será posible
llevar a cabo la reconstrucción económica y social
brasileña, tanto internamente como dentro del
equilibrio internacional preconizado por la Carta
del Atlántico y las conferencias de Teherán y Yal­
ta, que representa la salida democrática y progre­
sista de la actual crisis mundial y de la post­
guerra. En segundo lugar, (aunque el proceso
sea simultáneo), el Brasil enfrentará los siguientes
problemas y tareas correspondientes a la fase his­
tórica que vamos a atravesar, que consolidarán
la base fundamental sobre la que el país podrá
asentar su prosperidad futura:
1) Democratización política: la democracia del
Brasil no es sólo una cuestión constitucional y de
estructuración jurídica. Es un proceso que consiste
en ampliar progresivamente la base popular en que
se asienta la política brasileña y el funcionamiento
de sus órganos representativos. Trátase de movili­
zar las grandes masas brasileñas, en particular el
proletariado urbano y rural, para que ellas entren
efectivamente a participar de la vida política del
pais, lo que hasta hoy no hicieron todavía en época
alguna de nuestra historia. Esto se conseguirá so­
bre todo por la elevación del nivel cultural de la
18

El téA lcja ld in h o " —Antonio Francisco Lisboa
(1730-1814)— nació en la famosa ciudad ti*? Omfu
Prcto, del Estado de Minan. Su primer biógrafo
(R. Drctas: 1858), fundado en la tradición oral, dijo
que el susodicho era “ pardo oscuro, de baja esta­
tura, de cuerpo mal configurado, cabeza grande,
cabello negro ensortijado, de fuerte vos g habla
a r r e b a t a d a A Ion 47 años comentó a padecer una
enfermedad que se ha supuesto fuese lepra, Desde
entonces vivió alejado del mundo. De aquí la razan
de su apodo. La legenda le imagina con los pies
maltrechos, andando de rodillas, g trabajando
por
haber perdido los dedos con los Instrumentos ata­
dos en la palma de las manos. No parece verdad
lo último, pues no ha mucho se encontraron bien
trazados recibos de su puño g tetra, datados entre
los años 1706-1805. Durante este tiempo ejecuto en
esteatita gris oscuro —materia blanda conocida como **piedra Jabón" que se desbasta Igual que la
madera— las doce estatuas de los profetas del atrio
del Santuario de Congonhas do Campo (Mirlas),
La de DANIEL que se reproduce
g que recuerda
el retrato del Dante— es una de las de tnagor
Interés del gran Imaginero brasileño,
N.A.f,
entendida en Mentido amplio. No mc trata sólo de
ver la división de. la tierra Mo q u e . por lo
menos en cierta* regionc* del liraaii. era tarca re­
lativamente fácil, pues bastará estimular los factoren que ya er.
en»o presen»*, •/ de larga
data, actúan en el sentido del aparcelamiento d e ia
propiedad rúatica); sino de acompasar esta pro»
ceso con medidas radicales y profundas d e mejo­
ramiento de las condiciones de la vida rural; sa­
neamiento y asistencia medico sanitaria, educaclOfj

^

•«

�popular y amplia difusión de conocimientos agrí­
colas; preparación material del campo (vías de
comunicación, maquinaria agrícola, irrigación, dre­
naje. terraplenamiento, etc.): reorganización de la
producción y del comercio, y en particular por el
cooperativismo. Estas medidas y otras semejantes,
deben ser emprendidas dentro de amplios planos
de realización en larga escala, para lo que se
contará con recursos públicos y privados que en el
régimen actual son desviados, sobre todo para dis­
pendios urbanos burocráticos y suntuarios. Esta
canalización de los recursos nacionales, en grandes
proporciones, para el campo (el sentido inverso es
el que predomina* actualmente), tendrá que ser
realizada por medidas financieras (que compren­
dan tanto providencias fiscales como el estimulo
a la iniciativa privada en el campo) y asimismo
por restricciones impuestas a la prodigalidad pú­
blica y privada que se produce en los centros
urbanos, en particular en los de mayor importancia.
3) Industrialización: La industrialización es con­
dición esencial del progreso económico brasileño.
Ninguna comunidad puede ser rica y próspera, y
proporcionar a sus miembros un nivel de vida ma­
terial y cultural adecuado sin contar con un apa­
rejo manufacturero que asegure la elaboración pro­
pia de las materias primas de su producción, que
provea una buena parte por lo menos de los ar­
tículos industriales de su consumo, y que propor­
cione una numerosa clase obrera de alto nivel.
El Brasil cuenta hoy con una reducida industria
liviana, establecida y mantenida, casi exclusivamen­
te, tanto gracias al desequilibrio crónico de la ba­
lanza de cuentas externas del país y la consiguiente
desvalorización monetaria, como a la protección de
altas tarifas aduaneras, impuestas más al acaso
de necesidades fiscales, que de acuerdo con planes
económicos destinados a estimular el desenvolvi­
miento racional de las industrias. En consecuencia,
la industria brasileña es débil y mal estructurada,
y en gran parte mucho más parasitaria y onerosa
que realmente progresista.
El desenvolvimiento Industrial brasileño depende
de una estructuración planeada que tenga su pun­
to de partida en la movilización efectiva y en
larga escala de los recursos naturales del país. El
Brasil posee algunos elementos de la mayor impor­
tancia para la industria moderna: inmenso poten­
cial de energía hidráulica, reservas considerables
de algunos minerales de primera importancia in­
dustrial, como el hierro, el manganeso, el aluminio;
además de otros en menores proporciones. Cuenta
por lo demás con carbón de piedra suficiente para
alimentar una industria siderúrgica de relativo vo­
lumen. Todos estos recursos todavía se encuentran
en una fase primaria y rudimentaria de explotación.
Debemos también considerar que es imposible pre­
ver lo que se podrá todavía descubrir y aprove­
char en este inmenso territorio brasileño, de cons­
titución geológica tan compleja y enormemente va­
riada. hasta hoy muy mal conocido y aún menos
explotado.
Es de estos elementos que debe partir la es­
tructuración industrial brasileña; y no como se
realiza hoy, de una industria liviana, especializada
y de cúpula, que depende casi enteramente de
maquinarias y materiales semi-acabados de im­
portación. Industria remuneradora para los capi­
tales privados en ella invertidos, pero en general
onerosa para el país en conjunto.
4) Problema de la población; El Brasil resulta
una de las mayores reservas territoriales de la
humanidad. Su Inmensa área de 8 y medio millo­
nes de km’ , toda ella perfectamente habitable y
aprovechable para el sostenimiento del hombre con
un mínimo de trabajos preparatorios, reúne, no obs­
tante, sólo 40 y pico de millones de habitantes. Sin
dificultades particulares, esta población podría ser
multiplicada varias veces. En estas condiciones el
desenvolvimiento demográfico del Brasil repre­
senta no sólo una cuestión nacional sino sobre todo
y en general de la humanidad. Es preciso poner
a su servicio las posibilidades inmensas que el
Brasil encierra, y así el incremento de la población
y el estimulo a las corrientes inmigratorias deben
constituir uno de los principios fundamentales de
la política brasileña del futuro. Pero, ahora, ya con
un criterio completamente diverso de aquél que en
este mismo asunto se usó en el pasado. Hasta hoy,
"poblar" fué en el Brasil casi únicamente sinónimo
de "reclutamiento de brazos" para la gran labran­
za y la minería, en particular del azúcar y del café,
del oro y de los diamantes. Es con este criterio
que hasta mediados del siglo pasado se introdu­
jeron esclavos africanos; y de ahí en adelante, in­
migrantes europeos.
Una política progresista de población e inmigra­
ción debe tener otro objetivo enteramente diverso.
Esto es, dar salida a excesos demográficos de re­
giones super-pobladas de otros continentes y ase­
gurar a los inmigrantes en el Brasil un más favo­
rable régimen de vida, en su propio interés, y no
de la simple obra de mano que ellos pueden re­
presentar. Es el hombre el que debe ser mirado
y no sólo su capacidad de proveer trabajo.
Son éstos, en suma, los problemas y las tareas
que se presentan al Brasil de hoy y de postguerra.
Ellos lacrarán la reconstrucción de un Brasil nue­
vo que no será ya la colonia tropical del pasado,
simple proveedora de materias primas y géneros
alimenticios para mercados extraños y distantes.
Será una nación, efectivamente organizada para
dar bienestar y prosperidad a todos los individuos
que la componen. Es éste el fin esencial que se
deberá tener en vista. El exigirá, como fácilmente
se ve, reformas profundas de la estructura eco­
nómica, política y social del país. Y en una tarea
tan amplía, tendrán que colaborar todas las clases
progresistas del país, desde la burguesía esclarecida
hasta las agrupaciones de trabajadores del campo
y. .de la ciudad. Contará también con la coopera­
ción internacional que el sistema político y econó­
mico de postguerra deberá asegurar, de acuerdo
con los principios firmados en la Carta del Atlán­
tico y en las conferencias de Teherán y Yalta, y
que ya se encuentran en vías de realización en los
acuerdos de Dumbarton Oaks, Bretton Wocds, Chapultepec, y ahora en la conferencia de San
Francisco.
San Pablo (Brasil), 9 de Abril de 1945.
Traducción y nota de N. A. F.

I na L niversidad para endurecerse en Hombre

Epica d el Salitre
por A N D R E S S A B E L L A (h )
a Chile como a cuerpo humano, le
veremos una extraña anatomía, finísima y
arbitraria. La cabeza le queda muy lejos
de los pies, verdaderamente calzados con propie­
dad rey, en hielo, blancor y distancia. Pero, de
su cabeza es que hablaremos ahora, o sea de su
esencialísima zona; la del caliche.
En imagen y en verdad, la pampa es la cabeza
de Chile. Cabeza de frente rotunda que suele
andar en trances de locura. Tal si fuera dominio
solar, por ella pasa el sol más vivo y entero que
hayamos visto jamás; un sol dueño de si y de
todos los horizontes de la pampa, patria de las
piedras que parecen lágrimas del Diablo, caídas
quién sabe en qué infortunio, y del espejismo, la
más hermosa máscara de La Muerte.
Sol desbocado, semillena de piedras, mentiras
que colorean el iris y el ánima, y muerte. ¡H e
aquí la fotografía de la pampa! Y, sin embargo,
allí ha sido, y es, La Vida el acento dominador.
Vida que fué menester traer con el 'agua y el
coraje, venciendo a la puna y a la sed, al acaso y
al desengaño.
irando

M

No sería m ejor definida, se nos ocurre, olvi­
dando, un poco, la modestia, que así: Universidad
para endurecerse en Hombre. No otro destino
puede hallársele a primera vista. En sus pardas
soledades, el hombre fué, poco a poco, sintiendo
que su piel se volvía resistente y brillante, casi
piedra, y que por dentro el corazón estaba sien­
do, a su turno, metamorfoseado: concluiría en
pedrusco; pero, en pedrusco gobernado por mis­
teriosas leyes de ser y de victoria. El corazón,
aqui. encarna gracia redonda y colorada. Merced
a su condición arrebatada, cosida por el sol con
aguja de oro a sus plenitudes, fué posible este
como milagro de domar páramos y desventuras,
lejanías y sacrificios, que representa la conquista
y el desarrollo del desierto salitrero.
En parte alguna fué requerido el corazón con
violencia mayor: cuando, en agosto de 1866, A l­
fredo Ossa, Juan Zuleta y Martín Rojas descubren
las capas feraces de salitre de Antofagasta,. no
gratifica el azar porque si a don José Santos Ossa,
organizador de la afortunada caravana: le grati­
fica por la segura espera que don José Santos
ha hecho, desde años, soportando olvido, miseria
y destierros, mucha sombra amarga que sólo se
aguanta por clase de corazón. Cuando obreros
chilenos levantan la primera línea férrea en terri­
torio boliviano, es el corazón, más que las manos,
el que golpea en el hierro. Cuando, hacia 1890,
surgen las primeras banderas que reclaman Jus
ticia Social, en Tarapacá, es el corazón el carmín
que se ha volcado en ellas. Cuando, en 1902, la
“ Combinación Mancomunal de Obreros” , de Tocopilla, aguza los puñales rebeldes, el corazón se­
ñala los deberes. Y es el corazón el legítimo
oriente por donde despunta el obrero máximo
de Chile, Luis Emilio Recabarren Serrano, muer­
to en 1924, después de fundar la prensa obrera
y el Partido Obrero Socialista O ), apóstol de la
fraternidad, intemacionalista consecuente, tallador
de voluntades proletarias y padre de la F. O. Ch.
aguerrida. &lt;2)
Bella y poderosa cabeza la de Chile. El erario
nacional existió, magníficamente, por el sudor que
de allá caia en la historia. Toda la patria depen­
dió de los “ rajos” ; y en los “ rajos” , se rehizo
el chileno. La pampa lo cinceló, acomodándolo
al tamaño del heroísm o; lo depuró de escorias
sentimentales; mas, nunca ni le desfiguró ni le
debilitó en lo cordial y fecundo: en el corazón.
El pampino ignoró lo mujeril, el arabesco, las
tretas. En cambio, la sabiduría del vivir opulento
le entregó las llaves del reino tremendo de la
borrachera, de la amistad a prueba de “ corvo” ,
y del despilfarro.
¡Oh, tiempos terribles de los “ salones” norte-

ños, donde las mujeres conocían las dimensiones
del delirio, y el dinero caía en las avariciosas
alcancías de la medianoche meretricia!
El “ roto” del Sur se vino “ enganchado” , pen­
sando que en la pampa el oro era cosa de coger
con la punta de los zapatos. El despertar fué
una bofetada h orrible: la pampa era la esfinge
más cruel. El oro rodaba lontano, y había que
ganarlo a punta de llanto y de agonía. La pers­
pectiva negreaba los ojos. Lentamente, la pampa
principiaba su obra: la re-creación de los varones
que le eran entregados para su m ovim iento de
millones y de espectros. El campesino abandona­
ba su aire frutal, leve y transparente, para eri­
girse en juez de su propio destino. ¡A lg o noble
se ganaba, después de t o d o !: mirarse íntegro y
reconocerse Hombre. Por ahí empezaban a deste­
ñirse el temor y el respeto “ al rico” . La máquina
ponía lo demás. La lucha social, de este modo,
repartíase, y era el corazón la sola energía con
que se contestaba a las balas. Si no, ¡que lo
cuenten los muertos de 1906, en Antofagasta; de
1910, en la Escuela Santa María, de Iquique; de
1921, en la Oficina “ San G regorio” ; y de 1925,
en la Masacre de “ La Coruña” ! La esperanza
social de la patria la dictó esta cabeza, amarilla
como el oro, la desmemoria y la mejilla tís ic a ...
Puro temblor de corazón encontramos en la
historia de la pampa: en 1919, las mujeres de
Antofagasta im pidieron que un tren de rom pe­
huelgas llegara “ al Interior” &lt;3), tendiéndose en
la línea férrea; si pasaba el tren, se llevaría rojas
las ruedas, rojas de tanta sangre valerosa que le
desafiara... “ A pata pelá” ( 4) , miles y miles de
trabajadores cruzaron la pampa, dibujando el ma­
pa perfecto de la Necesidad, sin otra fuerza que
la que llevaban en un tarrito con agua. Los
“ calicheros” , trabajando a espalda desnuda, prue­
ban que el corazón es una pieza maravillosamente
fina, para seguirla confundiendo con vano tintero
de esquela sensiblera. Don Clodom iro Castro, exi­
gido por su corazón, decidió su destino de poeta,
en 1896, escribiendo Las Pampas Salitreras, va­
lioso e ingenuo documento, primer homenaje a
la industria que encontramos en Chile. Los ban­
didos del desierto, caballeros de arena, amaron y
lloraron con la cuchilla entre la boca anhelosa,
sintiendo más que la maldad, el carguío sutil de
la aventura: ¿n o conocéis al “ Chichero” , el que,
para salvar su pellejo, se escondió en una pipa
de cerveza y burló, fragante y solemne, a la fiera
Policía?
Dentro del redondel caldeado del desierto chi­
leno, anda La Vida con sus velas' desplegadas,
como barca endemoniadamente fuerte. Y es en
sus arenas, que no repiten dos veces la misma
huella porque no lo toleran ni el Viento ni el
viento de la suerte, que duerme el dulce nitrato,
savia de eternidad que ayuda a la tierra en su
tarea sagrada. (5)
Leche coagulada, prodigiosamente, en la hoya
fascinante de la pampa, el salitre muestra, a ve­
ces, su blancura salpicada de sangre. Es la sangre
de los “ cateadores” y de los soldados del “ 79”
y de la industria, sangre de los ilusionados y de
los siervos que en sus ardientes límites encon­
traron la efigie intransferible de tantos y tantos
monótonos kilómetros demolidos por el paso
creador del hom bre: la pampa es la página pre­
dilecta de La Muerte; en ella, redacta la cotidiana
ración de sus victimas!
Santiago de Chile, mayo 1945.
(1) 1912. En 1921, en el Congreso de Rancogua, se trans­
forma en Partido Comunista.
(2) Federación Obrera de Chile.
(3) A las Oficinas salitreras.
(4) Descalzos.
(5) En 1528, es nombrado, en documento oficial. En 1820,
es llevado a Liverpool el primer cargamento, que se
arroja al mar, por creérsele "tierra inútil". En 1830, se
exportan de Iquique a Europa 18.700 quintales.

19

■■•■■■■■i

�EL PRIMER CONGRESO DE ESCRITORES
BRASILEÑOS EN SAN PABLO
E

l Primer Congreso de Escritores Brasile­
ños, recientemente realizado en la ciudad de
San Pablo, aprobó por aclamación, entre
otras, las siguientes declaraciones:

“ i ? — Si el escritor es la conciencia del
mundo, el Primer Congreso de Escritores
Brasileños representa la conciencia de su
pueblo y es la expresión de su época.
2 ? — Los escritores del Brasil ejecutare­
mos nuestra parte en la tarea de . . re­
construcción democrática del mundo.

5? — Destacamos especialmente, por las

U n m a te Im a n e n
“ El "mate” huanca es vigoroso en la fantasía
de forma y en la novedad de colorido. De la cor­
teza del fruto el artista ha obtenido más delicadas
notas que las de todos los mates de otras regiones
del Perú. La base de la originalidad está en la
coloración, que auxiliada por los tintes modernos,
cubre total o parcialmente la calabaza, para dar
lugar luego a que el cuchillo o el buril realice una
fantástica enredadera de motivos y ritmos admira­
blemente equilibrados. Los huancas cortan y ras­
pan anchos espacios, que dejan en blanco, combi­
nados con el natural del fruto, los matices del
hierro candente y los colores que le aplican. Los
elementos decorativos son glosa de la vida campe­
sina y los motivos que les ofrecen en el aire y en
la superficie las formas de la industria moderna,
involucrando todos los elementos en la rueda ar­
caica de la fantasía india del peruano” . — (José
Sabogal: “ Mates burilados” , Ed. Nova).

afinidades profundas que nos unen, a los
escritores franceses de la resistencia y a
los antifascistas que en Italia supieron com­
batir los principios antihumanos de la dic­
tadura y la práctica deshonrosa de los
métodos de opresión.
4&lt;f — No olvidamos la actividad digna y
ennoblecedora de los colegas españoles, de
los que se encuentran en las prisiones de
la "hispanidad” y de los que pueden resis­
tir en el exterior y preparar el resurgimien­
to de la gran república española. Tampoco
olvidamos, en nuestro afecto y admiración,
a los escritores portugueses no conformes
con las imposiciones del silencio, las medias
palabras y los pensamientos dirigidos de
su país.

5? — a) el nivel cultural del país es defi­
ciente; b) el problema de la cultura depen­
de enteramente, en sus soluciones, de la
organización social, económica y política;
c) la elevación cultural puede ser alcanza­
da por varios procesos, de los cuales el
principal es el sistema de educación orga­
nizado por el Estado. Recomendamos, por
lo tanto, una inmediata reforma que lo ca­

pacite para difundir una enseñanza libre de
las barreras del sexo, raza, religión, posi­
ción económica o credos políticos; d) en la
lucha contra el bajo nivel cultural deben
ser utilizadas todas las fuerzas disponibles.
Los escritores brasileños organízanse des­
de ya para este fin”.
El Congreso aprobó, asimismo, por acla­
mación, una “Declaración de principios”
redactada por la subcomisión de Asuntos
Políticos que integraban los prestigiosos
escritores Astrogildo Pereira, Caio Prado
Júnior, Carlos Lacerda, José Augusto y Hermes Lima. Dicha “Declaración de princi­
pios” reza así:
“Los escritores brasileños, conscientes de
su responsabilidad en la interpretación y
defensa de las aspiraciones del pueblo bra­
sileño, considerando necesaria una defini­
ción de su pensamiento y de su actitud en
relación a las cuestiones políticas básicas
del Brasil, en este momento histórico, de­
claran y adoptan los siguientes principios:
Ib) La legalidad democrática como garan­
tía de la completa libertad de expresión del
pensamiento, de la libertad de culto, de la
seguridad contra el temor de la violencia y
del derecho a una existencia digna. 2b) El
sistema de gobierno elegido por el pueblo
mediante sufragio universal, directo y se­
creto. 3b) Sólo el pleno ejercicio de la sobe­
ranía popular, en todas las naciones, hace
posible la paz y la colaboración internacio­
nales, así como la independencia económica
de los pueblos. Conclusión: El Congreso
considera urgente la necesidad de ajustar
la organización política del Brasil a los
principios aquí enunciados que son aque­
llos por los que se baten las fuerzas arma­
das del Brasil y de las Naciones Unidas” .

F e r ia en e l p u e b l o d e San R e r n a r d o
u chedu m bres ;

M

pregones que suben en la luz

arroyos, sauces, boldos, se mueven y suspiran
desde la Cordillera hasta el trigal de espuma.
Allí va el rozagante conquistador del pueblo
que se enternece ante una linda doncella.
Va la pobreza con su lazarillo, el hambre

entre las bizarras y nobles hortalizas;
rábanos de sangre, lechugas herrumbrosas;

naranjas que a lo largo del Pacífico ruedan;
limones en que el ámbar llora pausadamente;

entre el vaho ardoroso de prolijas fritangas,
que sale de los puestos en oleadas plebeyas.
La gente pasa y mira como ante los bazares
y la naturaleza sus joyas disemina.
¡Ah, canción de lo simple que es centella en el huerto

manjares que se sirven entre el fuego y el humo;
todo el oropel que canta en el domingo,
pescados que crepitan al hervir en aceite;
panes ¡oh, más suaves que un corazón sereno!
Todo el pueblo ha venido a coronar la fiesta,
Vino el huaso en el alba con su manta y espuelas

y fulge en la hortaliza de enmohecido cobre!
¡Ah, canción del durazno que perfuma en la cesta;
miel del higo que embruja al zorzal melodioso;
maravilla celeste y lenta del racimo
que en el lagar del día hasta morir se exprime.

y sus zapatos altos, luminosos de música.
Vino el enamorado para ver a la novia
que en su vestido grácil trae toda la misa.
Oh, carpa de bohemios trashumantes y tristes,
donde todos vocean sus claras mercancías:

Allí la tierra exalta su seno milagroso
y se reparte como la bandada de pájaros,
o como el agua hacia la Rosa de los Vientos.

frutos con el dulce de las tardes de Chile,
¡todo lo que el campo labora para el hombre!
Rosas para las manos que el amor transparentó;

Es la feria el brillante carrusel del domingo,
que hace girar los frutos que dan las Estaciones
— ¡verde, rosado, rojo, amarillo y azul!—
Tú, caballo del pobre que soportas las árguenas
en las que ruborosas nos miran las frutillas,
atraviesas el polvo y haces nacer el alba
bajo las herraduras con ojos de rocío,

lirios para la angustia que no tiene esperanza;
violetas para que ancle el día de la muerte.
Todo canta en la red tirante de la feria;
el juguete del niño, el bastón del anciano;
pájaros de greda; ollas y fuentes puras;
caballos que al galope penetran en la vida;

avanza, que en la feria del pueblo están los niños,

cántaros que perfuman a la tierra divina.

la doncella que viene con el aro del día,
las rosas y las uvas . los caballos de greda! ..

Todo el pueblo está allí. ¡Oh mañana feliz,
más hermosa y azul que una acacia florida!
Un aroma rural distiende su abanico;

Santiago de Chile, mayo 1945.
20

A N G EL

CRUCHAGA

SA N TA

M ARIA

&lt;

�CI NE

Dirige
LEON K L ÍM O V SK Y

El e s p i r i t a de M a y o en el c i n e a r g e n t i n o
nes de nuestros primeros balbuceos cinematográ­
ficos: “ La revolución de Mayo” . “ Amalia” , “ El

A 23 años de

himno nacional” y algunos otros modestos inten­
tos que aparecieron entre 1908 y 1915...

T na nueva

v gloriosa

nación "

Fué un cinematografista culto y apasionado —chi­
leno. por otra parte, de origen— , Julián Ajuria,
quien emprendió la titánica tarea de dirigir en
Hollywood con elementos y actores americanos,

J ’ A una expresión de tan vastas posibilidades com o es el cinematógrafo, puede espe­

una reconstrucción de nuestra epopeya de Mayo,
hace casi veintitrés añ os.. “ Una nueva y gloriosa

rarse siempre un soplo inspirador de nuestros elementales principios sociales y po­
líticos. al margen de las formas puras. Porque el cine, com o toda expresión de arte,
tiene dos caminos a seguir: o el valor estético puro traducido en riqueza plástica o rít­
mica. o la expresión de una idea, entroncada directamente con nuestro ideario, nuestra

nación” , se titulaba esa película en la que el ac­
tor americano Francis ilusionan, encarnaba gallar­
damente a Manuel Belgrano. Para su época, fué
ya un esfuerzo desmesurado en que no sólo mere­
ció destacarse el respeto histórico y las cuidadas
reconstrucciones, sino el espíritu de libertad que

historia, nuestro país.

giraba como tema central de este drama.
Desde entonces no volvió a encararse una em­
presa de esta envergadura, hasta que hace casi
Y puesto que no es dable exigirle en general

tras pantallas, hasta el de nuestra independencia

el primer camino de creación, ya que nuestro ci­

económica —la “ recuperación” tan comentada has­

de franceses radicados en la Argentina, llevó a

nematógrafo se ha ceñido voluntariamente a esti­

ta hace p o c o . . .

la pantalla la gesta libertadora de Mayo y la figura

diez años. Arturo Mom, patrocinado por un grupo

los foráneos, veamos en qué forma ha contribuido

Tampoco en esta forma abundan las expresiones

de San Martín, en su ambiciosa película “ Nuestra

a la expresión o difusión de nuestra Carta, hija

que buscamos en nuestro cine: ni siquiera elemen­

tierra de paz” . Es cierto que el film carecía de

dilecta de la revolución de Mayo.

tal canto por la libertad, el espíritu de Moreno,

una línea narrativa central, y que adolecía de cierto

traducido a imágenes actuales. Recordamos sí. al­

primitivismo escolar, que le daba un carácter de

Así como en el cine americano, vibra frecuente­

gún leve apunte insinuado por Arturo Mom en

estampa animada. . . Pero tampoco puede pasarse

mente el espíritu de Lincoln; en el cine ruso, todo

“ Petróleo”, o alguna frase de humor, incisiva y

por alto, la vibración dramática de sus primeros

el vigor candente de su revolución; en el francés;

penetrante, de Pondal Ríos, utilizada por Sofficci

actos, que reconstruyeron los hechos más destaca­

toda la fuerza crítica de la Revolución Francesa,

en “ Kilómetro 111” . Las más serias lecciones en

dos de la semana de Mayo, expresados con altura

había dererho a esperar una expresión parecida

ese sentido, fueron

por Mario ¿offici.

y dignidad. Y también es cierto, que el realizador

en nuestra modesta y también impersonal cinema­

cuando alentaba en ese director un poderoso so­

se vió obligado a suprimir ciertos pasajes valien­

tografía.

plo sociaL que no ha vuelto a expresarse desde

tes dedicados a Moreno, y a su lucha contra el con-

los tiempos un poco remotos de “ Prisioneros de

servadorismo de la é p o c a ...

En forma directa lamentamos declararlo, nada.

Aclaremos, de paso, que entendemos, que el es­
píritu de nuestra revolución fundamental, no tiene
por qué ser expresado en estampas históricas: pue­

dictadas

la tierra” V “ Héroes sin fama” .

Desde entonces, sólo merece señalarse el desta­

Queda pues, la evocación histórica. Fila inspiró

cado esfuerzo de Artistas Asociados Argentinos,

de flotar en decenas de temas contemporáneos,

nuestros primeros films mudos hace treinta y tan­

realizadores con Demare como director y Petit de

desde el de la inmigración, virgen aún para nues­

tos años y vibró fugazmente en las torpes imáge­

Murat y Manzi, como autores, de “ La guerra gau­
cha

y “ Su mejor alumno” . Mucho mus en la pri­

mera que en la segunda, vibra un auténtico espí­

llna escena de " la Guerra Gaucha4'

ritu libertador, un reflejo fiel y apasionante de
nuestra gesta por la independencia. Piedras liminares de un cinematógrafo más nacional que na­
cionalista. ambas señalan una independencia de
criterio y un lírico vuelo hacia nuestros ideales
más legitimos que no han vuelto a ser -uperadus
ni siquiera imitados en su ambiciosa aspiración.
No sabemos siquiera si alguien seguirá esa en­
señanza: el cinematógrafo no tiene las fuentes ins­
piradoras de otras formas de expresión. El autor
tcutral, puede a veces escribir sin esperar verse
representado en la escena. Y el- teatro gana asi, de
vez en cuando, alguna obra amplia, audaz, ambi­
ciosa.

En cine, generalmente los autores escri­

ben de encargo, según las directivas impuestas por
los industriales que orientan y controlan esa acti­
vidad. Y es muy difícil que esos productores, pue­
I

dan pensar siquiera en la trayectoria necesaria de
un arte como el cine, para mantener viva la dig­
nidad y la libertad de nuestros postulados de .Ma­
yo.

¿alvo que alguna vez, se repita el caso sin

iguaL de un grupo de escritores, actores y direc­
tores, que emprendieron la loca tarea de dar vida
auténtica a nuestra historia auténtica, ¿ i esto vuel­
ve a ocurrir, seguramente no babrá de extinguirse
esa antorcha inspiradora, que ilustra el sello pro­
ductor de los films recién m en cionados...
L K.
21

�L fin una buena, una muy buena película;
no vacilemos en pronunciar la palabra: ¡una
obra de arte! Una obra de poderosa originalidad
que renueva la técnica del cine, superando todo
lo que se ha podido ver en la pantalla desde hace

A

años.
El nuevo film de Marcel Carné reabre el campo
del cine, rompe con todas las rutinas y su autor
osa destruir el conformismo que se asignaba al
rhismo. Digamos hoy, sin titubear, que acaba de
escribirse una página grande en la historia del
séptimo arte.
Original, extraordinariamente original esta pelí­
cula de Marcel Carné; lo es principalmente por
el tema que trata. El autor de “ Les Visiteurs du
Soir” concibió su relato com o una leyenda mara­
villosa, que pone en juego los sentimientos más
elevados con una nobleza y una riqueza poética
que colocan a esta película al lado de las más
grandes obras tradicionales del género humano.
Es el tema del A m or erguido contra el Mal y
que triunfa. Tema romántico, sin duda, que se
afirma en esta obra donde se espera en vano que
el amor encuentre su recompensa.
Todo el film es de una belleza admirable; por
sus maravillosos paisajes llenos de misterio y de
una intensidad inolvidable que superan a los de
la “ Kerm esse héroique” (de la que Marcel Carné
fué asistente al lado de M. Jacques Feyder), Les
Visiteurs du Soir” se coloca en primera línea
entre las obras de arte pictóricas de la pantalla.
K o se olvidan pronto los extraordinarios pai­
sajes del principio que son vistos com o desde
otro planeta y desde alguna distancia en alguna
forma infinita, ni la brillante blancura del castillo
que se eleva en la llanura entre la tierra y las
nubes, ni la mágica hechicería de tanto aire libre
donde la realidad se despoja de la pesadez de la
materia para alcanzar la ligera pureza del ensueño,
ni el desfile de caballos, ni la caza en el campo,
tan hermosos o aim más que los m ejores trozos
llegados de las películas d e Jean Renoir. I\i los
decorados de interiores ( el decorador M. W aévitch
tiene también derecho a su parte de alabanzas)
cuya armoniosa estilización crea un cuadro digno
de una verdadera obra de arte.
Pero sobre todo M. Marcel Carné ha vuelto a
encontrar el secreto olvidado del lenguaje cine­
matográfico, utilizando con rara maestría la expre­
sión del rostro humano, develando ante la cámara
los sentimientos más profundos del alma, lo que
lamentablemente se ha perdido en las películas
americanas. Carné se iguala a sus maestros clási­
cos y hasta los supera por sus medios técnicos
más perfectos. Por otra parte, es secundado por
actores que supo elegir acertadamente, debiendo
hacer resaltar la labor de M. Alain Cuny, que
debuta en la pantalla; Mlle. Arlettv, de un encan­
to equívoco perfecto; Mlle. Marie Déa y M. Jules
Berry, quien encarna perfectamente el Mal.
M. Marcel Carné supo también orquestar a esta
excepcional sinfonía de imágenes con la autoridad
de los grandes maestros.
El cinematógrafo es el arte de los conjuntos.
M. Marcel Carné supo armonizar a sus “ Visiteurs
du Soir” reuniendo a su alrededor a un equipo
de colaboradores cuyo talento debe también ser
reconocido. Ya nombramos a M. Wakevitich y a
los principales actores; no omitimos a M. Jacques
Prévert que escribió los diálogos con exquisito
gusto, y que es autor también, junto a M. Pierre
Lar oche, de los escenarios; citem os aún a M.
Maurice Thiriet, cuya partitura acompaña con una
perfecta justeza de tono a esta película sin pre­
cedentes.
Y retengamos para terminar el nombre de M.
Marcel Carné, en adelante uno de los más grandes
en la historia del cine.

(Cedido por el Servicio Francés de Información)

�M ás a llá
del h o r r o r . . .
Hace mucho que conocemos los campos de con­
centración. Los hombres que llevamos el tiempo
en la conciencia — sin retóricas ni oportunismos—
no nos asombramos dema-iado ante los noticia­
rios. No descubrimos ahora el horror, ni el per­
feccionamiento científico de la barbarie, ni el
cinismo de los enemigos de la libertad. Es más:
hasta teníamos una experiencia por cada uno de
los crímenes, porque, desde que existen, reper­
cuten dolorosamente en nuestra sangre.
•

•

•

Hay una imagen que compendia el terror de
los años de aniquilamiento colectivo. Trátase de
un esqueleto animado por un rescoldo de vida.
Lo extraen de una parva de huesos. Con el últi­
mo destello de lucidez, el hombre une lo que
queda de sus manos en una plegaria, mira hacia
lo alto y muere al fin.
Estemos cerca o lejos del espíritu de ese gesto,
nos sentimos conmovidos. Es, en verdad, lo que
más nos ha impresionado por su tremenda elo­
cuencia y porque resume toda la época cuya pri­
mera parte ha concluido y cuyo final definitivo
se dirime ahora sobre las ruinas.

• • •
El cine al servicio de la verdad nos propor­
ciona hoy este documento. ¡Humanísimo! De lo
que se trata es de que los remisos, los cómplices,
los timoratos — la comparsa gris que mide el sen­
tido de la vida con la vara de sus mezquinas
ilusiones—- comprendan que esta infernal reali­
dad existía desde mucho antes que las cámaras
cinematográficas acompañaran a los ejércitos li­
bertadores, y que después de este desenlace ya
no podrá repetirse la infamia, la demagogia y el
cinismo.

• • •
La escena que encuadramos es más significativa
que todas las palabras. Creamos o no en la ima­
gen sagrada que invoca la plegaria del moribundo,
ese gesto significa ur. interrogante patético, diri
gido hacia el futuro.
Y en ese futuro — que ya estamos viendo— es
donde tiene que consagrarse el más elemental de­
recho a la vida, “ a salvo del temor y la necesidad’.’
• • •
Sobre los campos trágicos, donde se extermina­
ron “ millones de personas inocentes en condicio­
nes de increíble bestialidad” y sobre las ciudades
aniquiladas, todo tiene que resurgir. Las palabras
no alcanzan para nombrar el renacimiento.
¿Y para qué las palabras cuando está creciendo
la realidad viviente que presagiaron?
Hay una fe renacida que asciende desde el
trabajo hasta el alma; desde la conciencia ilumi­
nada hasta el coro libre que voltea las falsas re­
presas.
La justicia conquista su residencia m ora l...
EMILIO NOVAS

Esta terrible escena de un campo de concentración
cercano a Leipzig, descubierta por tropas norteameri­
canas, muestra los cuerpos de trabajadores esclavos
franceses y polacos, electrocutados al intentar huir a
través de las alambradas.

S i n o p s i s

a n

p a r a

f i l m

QUE VIVA MEXICO
p or

S.

M.

Eisenstein

y

G.

A.

Alexandroff

(versión castellana de H. C.)
(CONCLUSION)

Clarines suenan a “ descanso” .
Soldados de artillería desenganchan las muías
y los asnos de los carros de ametralladoras cubier­
tas de polvo; las mujeres buscan a sus hombres.
Pancha encuentra a su soldado, Juan.
Lo agasaja con un pollo asado y tortillas calien­
tes.
Terminada la comida, Juan descansa su cabeza
sobre el regazo de Pancha y canturrea acompa­
ñando a ias guitarras que suenan.
Adelita es el nombre de la canción, y esta can­
ción es el leitmotiv de Soldadera.
Dominado por el agotamiento se queda dormido
y su estentóreo ronquido se junta al coro general
de ronquidos de los soldados durmiendo.
Pancha le lava la camisa y limpia su revólver.
Al amanecer, cuando aún repercute en el de­
sierto el eco del roncar de los soldados, rancha
coloca cinco o seis cartuchos en el revólver de
Juan y lo deja a su lado.
Ella guarda su menaje en el gran saco y ponién­
doselo a la espalda se une a la columna de mujeres
que continúan su interminable peregrinaje.
Oprimidas por sus pesadas cargas, tratando de
calmar a los niños llorosos; mascando los restos
de ¡as tortillas del desayuno, el montón de mujeres
marcha a lo largo del polvoriento y desierto camino.
De pronto, la voz fuerte del autor interpela
a Pancha:
—Dí, “ Soldadera” . ..
Pancha se detiene, vuelve la cabeza hacia la
cámara, primero, encarándose simplemente; luego,
llevándose el índice al pecho, inquiere silenciosa­
mente:
—¿La ha llamado?
La voz de nuevo:
—Mujer, adónde vas?
Ella pensativa, sonríe enigmáticamente, se en­
coje de hombros, como no sabiendo qué decir, y
hace con las manos el gesto amplio con el cual
saben las mujeres acompañar un:
—¿Quién sa be?...
Es arrastrada hacia adelante por la avalancha
de mujeres y se pierde en la moviente masa huma­
na y en el polvo que pone un velo a todas las cosas
frente al ojo humano.
Ametralladoras están bramando.
Se oye el grito de la caballería.
Una batalla estalla.
Juan lucha como los demás soldados.
Descarga su revólver.
Grita: “ . .o r a . . . arriba... ¡a dela n te!...”
Corre al asalto entre granadas que explotan.
Bajo los vagones de un tren de carga las “ sol­
daderas” ruegan por sus hombres en lucha.
Han colgado a sus “ santos” —las santas imáge­
nes de su más cara devoción— de las ruedas del
tren y colocan las pequeñas lámparas votivas sobre
los resortes del eje del vagón.
Las ametralladoras callan.
El tiroteo disminuye.
No se oyen más los gritos de los soldados.
Las soldaderas avanzan hacia la cabecera del
tren, hasta la locomotora y desde allí observan
en dirección de la batalla que termina.
Las soldaderas corren a encontrarse con ellos,
escrutan sus rostros.
Inquieren... “ ¿Ha visto a mi hombre?”
Pancha, excitada, busca a Juan.
—Aquí lo traen herido.
Pancha corre hacia él.
Descubre su ca ra ...
—No, éste no es é l...
Las soldaderas descubren las heridas, las curan
según su mejor conocimiento. Aplican tortillas
sobre las heridas y las atan con fibras de sauce.
Juan está vivo y sano pero preocupado, y debe
subir al vagón de su tropa, pues los oficiales y las
locomotoras dan los silbidos de partida.
Habiéndolo visto subir al tren, Pancha trepa
a la plataforma de la locomotora.
La voz airada del centinela la interpela:
—¿Qué lleva bajo la manta?
Y levantando su rebozo, Pancha responde tran­
quilamente:
—¡Quién sabe, señor; puede ser una niña, o
quizás un v a r ó n ...!”
Las tropas parten ruidosamente. En los atesta­
dos vagones los soldados cantan Adelita. Y sobre
los techos, las soldaderas, con sus cocinas y niños,
están agazapadas tomo cuervos.
Han encendido fuego sobre los techos de hierro
y el voleo de las palmas haciendo tortillas parece
competir con el rechinar de las ruedas del tren.
El tren miiltar desparace en la oscuridad de la
noche.
Al romper el nuevo día el fogonero, cubierto de
hollín, salta de vagón a vagón en el tren en mo­
vimiento —cruza por sobre las mujeres y niños
viajeros.
En uno de los vagones se tiende, pegado de
barriga al techo, y grita a través de la puerta
abierta...
Respondiendo al llamado, Juan, ayudado por sus
camaradas, trepa al techo.
El chirrido del tren ahoga las palabras de men­
saje que el fogonero ha traído a Juan.
Corren ligero hacia la locomotora, asustando a
las mujeres echadas y al llegar a destino bajan
a la plataforma delantera.
Bajo las ropas colgadas para secar sobre los
faroles, bajo la ropa interior de los soldados on­
deando al viento, cerca de la hoguera resplande­
ciente, Pancha está sentada con un bebé recién
nacido.

23

Y el mismo malhumorado guardia sentado junto
a ella, cerca de una ametralladora, le pregunta a
Pancha:
—¿Es niña o varón?
Entre las montañas, junto a las nubes, reso­
plando con esfuerzo en los trechos en pendiente, el
tren militar avanza.
¡Otra batalla!...
De nuevo el repiqueteo de las ametralladoras...
De nuevo las soldaderas aguardando la vuelta
de los soldados heridos...
Esta vez Juan no regresa.
Y cuando la lucha ha terminado, Pancha encuen­
tra el cuerpo de su marido entre las ruinas hu­
meantes. . . Forma una pila de piedras, le construye
una primitiva lápida, le teje una cruz de ju n co ...
Toma su fusil, su cartuchera, su hijo, y sigue
lentamente al cansado ejército que avanza.
Sus piernas apenas pueden soportar a su cuerpo,
que pesa bajo la carga del dolor y del cansancio.
El mismo adusto soldado se acerca, entonces, a
ella y le toma el niño. Pancha se apoya en el
fuerte brazo de su nuevo marido para no caer y
quedarse atrás del ejército.
“ Adelita” es la canción que tocan las cansadas
bandas, desafinada y fuera de ritmo.
El ejército se ha preparado para un ataque, pero
el pueblo de la ciudad se acerca y explica.
La guerra civil ha terminado.
La revolución ha triunfado
Ya no es necesario que Mejicanos luchen contra
Mejicanos.
La banda de cobres descubre una nueva fuente
de energía que le permite tocar “Adelita” vigorosa,
solemne y triunfalmente.
Como estrépitos de trueno retumban los vivas
triunfantes sobre las cabezas de los soldados.
Los ejércitos fraternizan.
En el estandarte se puede descifrar la última
palabra de su lema.
Hacia la Revolución.
Hacia una Nueva V ida... dice la voz del autor.
Hacia una nueva V ida!...
EPILOGO
Lugar y época — México moderno
• «i00
hoy en el camln&lt;&gt; de paz, prosperidad
y civilización.
F^ ^¿cas' *errocarr^es- puertos con enormes bar­
cos; Chapultepec, castillo, parques, museos, escuelas
campos de deportes.
El pueblo de hoy.
Jefes de la Nación — Generales — Ingenieros —
Aviadores.
Constructores del nuevo México.
Y niños — el futuro pueblo del futuro México.
El trabajo en las fábricas.
El silbido de las hélices.
El chiflido de las plantas industriales.
M oderno... Civilizado... Industrial... — México
aparece en la pantalla.
Carreteras, diques, ferrocarriles...
La animación de una gran ciudad.
Maquinaria nueva — Casas nuevas — Gentes
nuevas.
Aviadores — Chauffeurs — Ingenieros — Oficiales — Técnicos — Estudiantes — Expertos agrícolas.
Y los Jefes de la Nación, el Presidente, Generales.
Ministros. Vida, actividad, obra de un nuevo, enér­
gico pueblo... pero si os acercáis, vuestros ojos
encontrarán en el campo y en la ciudad las mismas
caras. Caras con íntimo parecido con las de aque­
llos que oficiaban los funerales de la antigüedad en
Yucatán, de aquellos que danzaban en Tehuantepecde aquellos que cantaban el “ Alabado” detrás dé
los altos muros, de aquellos que con extraños trajes
danzaban alrededor de los templos, de aquellos que
peleaban y morían en las batallas de la revolución.
Las mismas caras — pero un pueblo diferente.
Una patria diferente, una nueva y civilizada
nación.
Pero, ¿qué es ésto?
Tras el bufido de las máquinas de las fábricas.
Tras el desfile de las tropas modernas.
Tras las arengas del Presidente y las órdenes de
los Generales — La Muerte avanza danzando!
No precisamente una, sino muchas muertes; mu­
chas calaveras, esqueletos...
¿Qué es esto?
Esto es el Desfile de Carnaval.
El más original y tradicional desfile: “ CALA­
VERA” , día de la muerte.
Es un día mexicano notable, cuando los mexicanos
recuerdan el pasado y muestran su desprecio a la
muerte.
El film comenzó con el reino de la muerte.
Con la victoria de la vida sobre la muerte, sobre
las influencias del pasado — termina el film.
La vida desborda por debajo de los esqueletos
de cartón, la vida se derrama avanzando, la muerte
retrocede, desaparece.
Un alegre indiecito se quita cuidadosamente su
máscara de la muerte y sonríe con sonrisa conta­
giosa — él personifica el nuevo México que crece.

Con motivo de su viaje a Río, y por falta de tiempo,
Horacio Cóppola ha dejado la dirección de esta sec­
ción, reemplazándolo León Klimovsky.
Cóppola su eficaz colaboración.

Agradecemos a

�O -

CONCESION N° 3129

O
m *“
8 0 Z

TARIFA

Jü ►- &lt;

Latitud
REVISTA MENSUAL DE ARTES Y LETRAS

Precio del ejemplar $

"Mujer del pueblo", óleo de Castagnino.

-

AVDA. CORDOBA 836

-

&lt; U

BS. AS.

-

FRANQUEO PAGADO

OZ_,

R E D U C ID A

CONCESION N9 2684

U. T. 32-0470

0.50

(Soc. Argent. de Artivtas Plásticos).

P. Vallery Radot, presidente de la embajada cultural Francesa.

Una escena de "Les Visiteurs du Soir", último film de Carné.

"Lobarrenechea", óleo de Spilimbergo expuesto en "AMAUTA".

AR-FUNDACION ESPIGAS-KARDEX LATITUD

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                  <text>Ejemplares 1 a 5/6 del año 1 de la revista Latitud, publicados en el año 1945.</text>
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                <text>Puiggros, Rodolfo&#13;
Thénon, Jorge&#13;
Barreiro, José P.&#13;
Amorim, Enrique&#13;
Flaumbaum, Isidoro&#13;
Riet, Lázaro&#13;
González Lanuza&#13;
Caillois, Roger&#13;
Oliver, María Rosa&#13;
Mingo, Carlos F.&#13;
Fevralski, A.&#13;
Canto, Estela&#13;
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Viera, Venancio&#13;
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Sabella, Andrés&#13;
Klimovsky, León</text>
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                    <text>'Para

el

surco

feraz

de

nuestra

tierra,

la

mejor

simiente

de

la

Humanidad”

ORENO

OLAS AVELLANEDA

A Ñ O

1

-

JUNIO

V

N U M E R O S
- JULIO

-

5 y

6

1945

V

I

HOMENAJE AL
PENSAMIENTO LIBERAL ARGENTINO

�AÑO 1 - JUNIO-JULIO 1945 - NUM ERO S 5 y 6

Latitud
Precio del ejem plar
$ 0.50
Un año de suscripción $ 5.00
DIRECCION Y ADMINISTRACION
Av. Córdoba 836 - Bs. As. - U.T. 32-0470

EDITOR

Rubén Xúñez

I \ l l ¡ 1 I PO X C E

E

y lo s d e b e r e s u e tu a te s
d e la in te tiy e n e ia

LETRAS

Enrique Amorim

Seis años han transcurrido desde la muerte de Ponce, seis años de hechos decisi\os
para la historia del mundo. En los prolegómenos de la gran lucha contra el fascismo, que
acaba de terminar en su aspecto militar. Ponce fue el jefe indiscutido del grupo intelec­
tual de vanguardia, que opuso al fascismo nacional y extranjero una resistencia denodada.
Fuá uno de los primeros desterrados de las dictaduras que se sucedieron desde el año
1930 y que epilogaron en el golpe militar de Junio del 43.

TEATRO

M aría Rosa OI iver

Con el exilio de Ponce. perseguido por la furia desencadenada de la reacción y el
clero falangista, se pretendió asestar un golpe eficaz a la resistencia intelectual que se le
oponía denunciando sus atropellos; así también el destierro de cinco obreros entregados
fríamente a Mussolini por el presidente Justo, fué el comienzo del combate dirigido contra
la clase trabajadora organizada.
Desde 1930 Ponce se lanzó a la batalla, denunció las intrigas y los ataques arteros

ESCULTURA

Luis Falcini

emprendidos contra los principios liberales, advirtió con toda la fuerza de su voz la inmi­
nencia del motín y la asonada de las facciones reaccionarias, que obraban estimuladas por
los éxitos espectaculares de Hitler y Mussolini. Todo tenía que perder y nada que ganar,
si es no ganar el elevarse como una figura señera del pensamiento libre de América, si es
no ganar constituirse en eslabón poderoso
desde el magnífico

PIN TU RA Y G R A B A D O

Antonio fíerni

en la cadena de

resplandor de Mayo, se encaminan hacia

los sucesosy los hombres que
una sociedad democrática como

fundamento necesario de la grandeza nacional.
La muerte en el destierro le im pidió presenciar el fin del más grande drama contem­
poráneo, la guerra, Stalingrado, la derrota del fascismo, las alternativas dolorosas de la
contienda y el triunfo final con las banderas de las naciones unidas sobre las riberas del
Elba, y ondeando sobre el Reichstag y la puerta de Brandeburgo, la bandera de la Unión

M USICA

Leopoldo Hurtado

Soviética.

La muerte le im pidió saber que su pueblo fué el único en el mundo al que

se le prohibió manifestar la alegría infinita de la victoria, que vivió sofocando su grito
de guerra y su pasión democrática, negando su historia y su genio en la alternativa de la
servidumbre o la muerte.
No dudó sin embargo del triunfo final contra la
bajo los

M A PA CO N TIN EN TAL

Aorberlo A .

Fronlini

pliegues de la filosofía de Nietzche

barbarie que surgía en Alemania

y Spengler; se había solidarizado con las

fuerzas proletarias,

seguía paso a paso su historia desde las primeras rebeliones agrarias

hasta la Jacquerie,

la Revolución francesa, la Comuna, las revoluciones del 48 y la Revo­

lución de Octubre.
Se esforzó en hallar los lazos que ligaban la suerte de la patria al movimiento del
inundo en su conjunto. La luz del marxismo amplió sus horizontes y pudo comprender las
causas y móviles de la progresión de la cultura, las ciencias y las artes, así como los

CINE

León Klimovsky

cambios ocurridos en las sociedades humanas en su incesante transformación.
A la

vez que

procuraba derribar enemigos

prosa, se adiestraba en el conocimiento de los

con lassaetas certeras
rumbos nuevos de la

y penetrantes de su
Revolución y desde

el fondo de nuestro pasado liberal lanzaba un cabo hacia el porvenir del mundo.

Creía

que para defender nuestra incipiente cultura del retroceso y la decadencia, era preciso

ARQ U ITECTU RA
Y U R BA N ISM O

Fermín Bereterbide

avanzar sin detenerse, compenetrarse sin recelos ni prejuicios de los conocimientos, expe­
riencias y doctrinas, surgidas de la realidad del agitado mundo contemporáneo.

El exa­

men analítico, histórico y político, le permitió entrever que el progreso técnico y cultural
se operaba sobre las alternativas y sobresaltos bruscos derivados de la forma de produc­
ción, que la marcha era impulsada por la emulación del provecho privado y la explo­

PR O D U CCIO N

Bartolomé M irabelli
Sam Malamud
Jorge Naranjo Cuadra

tación del trabajo; que la ciencia se hallaba subordinada a las contradicciones de un sistema
de convivencia en que la distribución de los frutos del trabajo y la cultura no obedecían
a las necesidades colectivas sino a las exigencias específicas del capital, cuyas crisis perió­
dicas implican una ciega destrucción de la riqueza y cuyas guerras sobrevienen como un

�fundacion

espigas

Eueaoa Aires - Argentina
fiu o m rí M r V i &amp; U d e j X u f d e
quebranto colosal, donde los hombres sucumben
abatidos por los mismo elementos que crearon en
la paz. Consideraba que el apoliticismo pregona­
do por algunos intelectuales era una fórmula
refinada del quintacolumnismo y afirmaba con
Marx que una filosofía que no va unida a una
política no llegará a ser nunca una verdad. In­
telectuales hostiles y ajenos a la p o lític a ... no
¿es eso lo que quieren los tiranos? ¿N o es esa
la clase d.e gente que Gentile y Radice prepara­
ban en las escuelas del fascismo para asegurar
la opresión y envilecimiento del pueblo? Si ade­

OitArrMruX) (P •$. de UÍiíde.

t io^cjue
Cjl'-ú i d , &amp;

más de explicar el mundo la filosofía debe trans­
formarlo ¿qué clase social, se pregunta, tomará
entre sus manos la magnífica empresa? Esta cla­

(ju&amp;

fa X a d de

á tru jx rfe

b X u lén/dcoi.

■Cjue j^ d -í m

e jrjo o a o

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Cjen&amp;toí-CL

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dydjttebó&gt;,

aw-cu-M^aov-

(X Yvu, VolurJead/ X e io'drrJriicltni,

CÓCW

de la Revolución, es un deber impuesto por la
dignidad de su inteligencia. Seguro de su paso,
que

u

G £ &gt; n u p ^ /n ,íiu .t&lt; je &gt; lié ‘j

I

un adarme en el fiel de la verdad y la justicia
que anima las luchas reivindicatorías del proleta­
riado, y adiestrarse en la filosofia transformadora

resplandor

-to-m(a

-iluidrClCUl u CxdCx

fdíuma- d e ‘-un exiddiantí d e meditmco.

funda de la Historia su amor por la libertad y la
superación del hombre. Entiende que depositar

el

&lt;¿S -tc iT V

&lt;xdwinra¿LOiv jv&gt;r

sino de la miseria artificialmente producida.
Consciente de los compromisos contraidos con esa
verdad que le ilumina, resuelve apoyarla con toda
su fuerza, llevar al caudal de la corriente pro­

su alma por

0 *C b ,

pirdeyn joor m¿ oiaduiij jexcUr WneArcXneuv

se es el proletariado, concluye, que se distingue
de todas las otras clases esclavizadas o serviles
que la historia ha conocido porque es el producto
no tanto de la miseria naturalmente existente,

iluminada

U

tejí brando

se­

ñalaba en el horizonte su ruta peregrina, sin es­

por ese “ prodigioso portal levantado a mitad del
siglo X IX para que pasara por él rumoroso y
pujante, el espíritu nuevo” . No miró hacia atrás
sino para reparar la marcha con más justeza y
sin errores, para evocar en los momentos de an­
gustia y en los instantes de abandono, propios de
la lucha cruel y desgarradora de todos los días,
las voces amigas de la historia que incansable­
mente le instaban a proseguir su andar.
En ese pasado jalonado de nuestros grandes
proceres y en la construcción triunfante del mun­
do socialista, nutría esa confianza inextinguible
que le animaba a salir al encuentro de la Histo­
ria, “ para decir tan alto como la voz lo permita
que estamos viviendo con lucidez absoluta este
momento, el más dramático de la vida del hom ­
bre, y que tan seguros nos sentimos del porvenir
inevitable cualquiera sea la suerte que el destino
nos reserve, que ya podemos desatar al viento la
infinita alegría de vivir ahora” .
El destino le reservó la muerte en la República
de M éjico, fraternal amiga. Pero la lucidez con
que vivió los com plejos problemas del mundo
con el instrumento flexible del marxismo, hizo
menos amarga su desdicha y su soledad. Sólo
puede comprenderse que el porvenir es inevitable
si, como él lo hizo, contribuimos a determinar
lo que la razón y el sentimiento nos anticipan
como verdadero y justo. Ello despertó en él esa
alegría de vivir, símbolo melancólico de su alma,
hoy que evocamos su recuerdo y procuramos rea­
nudar su marcha interrumpida.
Desde el primer momento Aníbal Ponce ofició
de fiscal acusador ante el tribunal inapelable de
la Historia, ante cuyos estrados llevaba de con­
tinuo a los tiranos y usurpadores de la soberanía
del pueblo que se sucedieron en nuestro país
desde el año 30. Advirtió que la burguesía feu­
dal latifundista, las 200 familias y los reyes de la
industria, desconfiando ya del instrumento legal,
comenzaron a minar el crédito de la democracia y
procuraban perpetuarse por el fraude para ase­
gurarse sucesiones. Mientras esas fuerzas oscuras
y retardatarias se obstinaban en desacreditar un
sistema politico que no parecía ya adecuado a la
conservación y crecimiento de sus privilegios, las
fuerzas nazi-falangistas, aprovechando esa feliz
coincidencia de propósitos, se dispusieron a de-

sreíár el mcú-t

-4-aWa,

forzarse en formar adeptos y confiando sólo en
su amor y su conducta, se lanza decididamente

Canvíé d&amp;yyioXdxeic t v a x e jX ifd

.&lt;jue a-rdma/ e X x iMAoyixjó^

£oi

de

d o rle X
%

UN

M A N U S C R IT O

DE

(o

i TUjCninrodó

A N IB A L

PO NCE

rribar del todo el artificio democrático y asestaron
por fin el golpe definitivo el 4 de Junio de 1943.
Ponce, a la cabeza de un grupo de intelectua­
les de vanguardia constituyó la AIAPE, con el
inolvidable Emilio Troise, y libró desde el pri­
mer momento la batalla en todo el vasto frente
de la cultura, contra los avances del clericalismo
en la enseñanza, contra la filosofía irracionalisla
y escolástica, contra la conculcación de la liber­
tad y la negación de nuestra historia liberal. Su
pluma, por lo general delicada y suave se tor­
naba áspera e incisiva cuando advertía alguna
claudicación en los intelectuales que se evadían
dp la realidad, ya fuera comulgando con el élan
vital y la metafísica espiritualista de Bergson, el
irracionalismo de Rathenau o el intuicionismo de
Steiner, sostenido por el capital alemán.
Su testamento intelectual y político, resumido
en “ Los deberes de la Inteligencia” y “ Un exa­
men de conciencia” , contiene en las mallas deli­
cadas de su estilo la fuerza de todo nuestro pasa­
do liberal y la potencia creadora de la cultura
viva y pujante que le es inherente. Se hacía
necesario a su juicio redimir la inteligencia de
dos fuerzas hostiles y concurrentes, la que de­
pende del mismo pensador temeroso de las con­
secuencias de la verdad y aquella que la sustrae
de sus deberes sociales en la quietud de su re­
fugio. cuando no la convierte en fuerza capaz de
cohonestar los abusos y extravíos de la tiranía.
Para librar a la inteligencia de aquel temor que
invadía a Bruno y Erasmo, apelaba a la dignidad
como virtud primera que hace sentir como un
bofetón las claudicaciones voluntarias ante el des­
arrollo previsible del pensar; y para lo segundo,
invitaba a la inteligencia juvenil a fecundarse en
el contacto vivo de la Revolución. Para una y

otra, Ponce dió a sus conciudadanos el alto ejem­
plo de su conducta civil, su exilio y su muerte.
Fué el ejemplo heroico para una inteligencia que
habiéndose acercado a la verdad se rehusaba sin
embargo a decirla y defenderla, que habiendo
sacudido la tutela de los dogmas desde el mag­
nífico amanecer del humanismo, “ no ha perdido
del todo las costumbres de su vieja servidumbre” .
Acaso, dice, un proceso que marcha paso a paso
hacia lo desconocido criticándose a si mismo con
crueldad implacable, iría a sancionar la quietud
del dogma, la rutina de las tradiciones el gozo
panglosiano de los que nada esperan? Buscar
la solución honradamente, se pregunta, ¿no equi­
vale a poner la inteligencia sobre el camino de
la Revolución?
Estas convicciones sencillas, expresadas a veces
con ingenuidad, dado que se hallaba casi solo en
un mundo asolado por una lucha semejante a
la de las fieras en la jungla, le hicieron insensi­
ble a las consecuencias y emprendió su marcha
en medio de la algarabía de clérigos y fascistas
a quienes había tocado alguna vez con la pun­
zante ironía de sus comentarios. Procuró desco­
nocer como un santo todos los obstáculos. Lle­
vaba en su alma la pasión obstinada de Agenor,
el gusto poético y el amor a la belleza de Idomeneo.
Vivía atento al rumor de las muchedumbres y
en las luchas del pueblo, en la huelga y la insu­
rrección percibía los indicios que anticipan una
vida nueva, que librará por fin a la inteligencia
de los obstáculos que estorban en la práctica su
progreso indefinido.
Entendía que escribir es actuar y que no es­
cribir es también un modo de tomar partido.
Su acción no se circunscribió sin embargo a la

�mera prédica, o firmar manifiestos por la paz.
contra el facism o; acompañó a los obreros en
sus luchas; creó instituciones de combate, como
«1 Colegio Libre, destinado a desarrollar la cien­
cia que en la universidad se ignora o se prohíbe
y la A.I.A.P.E. que continuó en la Argentina la
acción del Comité de Vigilancia de los Intelec­
tuales de Francia.
Consideraba que en una sociedad dividida en
clases el intelectual no puede creer que el progreso
sólo concierne a la inteligencia prescindente y
apolítica.

Para reconocer el m óvil de su propio

desarrollo le es preciso estudiar a fondo los proble­
mas sociológicos, comprender la motivación de los
cam bios históricos, saber en suma para qué y pa­
ra quien se trabaja, cuál es el destino de su pro­
pia creación.
En un mundo de tal modo organizado, en que
la producción se rige por el impulso anarqui­
zante de la explotación del trabajo y el provecho
privado, ¿cóm o puede creerse en la neutralidad
del pensamiento, fruto de una pretendida virtud
inmanente? La verdad es que apenas nacido es
arrancado de las manos que le dieron forma y
se incorpora al proceso del trabajo y concurre
c o n sus descubrimientos a promover las revolu­
ciones de la técnica o a fortalecer la injusticia
y otorgar acaso a nn enemigo de la cultura los
frutos preciosos de su labor. Bien triste cosa
es el mundo de hoy, exclama para quien no
sepa contemplarlo en una amplia perspectiva.
Fascismo, terror, guerra inminente, no son sin
duda para alentar a nadie. Bajo su influencia
inmediata se desesperan unos en la angustia, bus­
can otros en el pasado la solución. El ve seguro
la solución del porvenir y su esperanza estriba
en el mundo y el hombre nuevo que construye
el mundo socialista sobre los cimientos inconmo.
vibles de los planes quinquenales. Ha aprendido
a descubrir en las luchas de clases el motor de
la Historia y “ todo adquiere de pronto una orde­
nación precisa, todo asume de inmediato una
significación que lo ilumina” . Conmovedor ins­
tante de la vida del mundo, exclama, en que sa­
bemos por fin adonde vamos.
Desconociendo el carácter peligroso que mu­
chos asignan a las ideas, advierte en las transfor­
maciones sociales del mundo moderno la conti­
nuidad histórica de los diversos movimientos y
de los documentos teóricos de las clases revolu­
cionarias, ayer la Enciclopedia y el Contrato So­
cial, “ hoy el caudal de las ciencias y el pensa­
miento de Marx” .
Su examen de conciencia es menos doloroso
y desgarrador que el de Romain Rolland. pues
es más joven, se desprende fácilmente del pesado
ropaje y salta con gallardía allí donde otros em­
prenden una marcha vacilante y torpe. No se
limita, sin embargo, a admirar de un modo con­
templativo la obra de creación de un mundo que
nace, de ciudades que surgen en medio del de­
sierto, de una ciencia que progresa al servicio del
hombre, pues ausculta en su propia tierra el ru­
mor de las corrientes profundas y procura abrirles
camino en el alma de su pueblo, para adelantar
la hora de su propia superación. Porque está con
el pensamiento de Mayo, con la organización
nacional, con Moreno, Echeverría, Sarmiento, por
eso, está con la Comuna de París, con la Revolu­
ción Rusa, con la insurrección de Asturias, con la
República Española, contra la ilegalidad que im­
pera en nuestra patria desde el año 30. Su sentir
y su pensar constituyen un todo indivisible y ar­
m onioso.
Para servir a la Revolución debe penetrar en
« í mismo y desprenderse sin miramientos de to­
das las mentiras convencionales V prejuicios que
limitan el alcance de la crítica; se encamina metó­
dicamente, sin prisa, con firmeza. El sabe que sólo
se marcha seguro cuando no se niega ni obsta­
culiza un solo instante la fuerza popular que
forjará la historia. No es un utopista, pues
com prende que la marcha de la Revolución es

desigual como es desigual la marcha y la hora
del ocaso del capitalismo, sabe que en nuestro
país deben cumplirse todas las posibilidades de
la burguesía y que para ello es preciso abatir las
posiciones del feudalismo latifundista que se man­
tenía adherido a los imperialismos mediante go­
biernos fraudulentos y policías políticas. No ig­
nora, además, que la reacción es implacable y
pagará un precio muy alto por su osadía.
Pero aún a expensas de^su dolor proclamará
su fe en el mundo de mañana y cuando el cura
le despoja de su cátedra, aunque herido, su res­
puesta no será un lamento, sino aquel libro mag­
nífico en que analiza la naturaleza y el carácter
clasista de la educación. Qué pueden significar
los sacrificios, decía a los jóvenes, si al mezclaros
en la vida de la época y al batallar en ella vais
sintiendo al mismo tiempo que os aumenta de
tamaño el corazón? A medida que le atacaban,
su figura se aligeraba y su voz adquiría esa re­
sonancia singular que sólo surge cuando las for­
mas del arte revisten de sonidos y colores algo
vivo, auténtico y profundo.

Las tristes circuns-

/ n tr o d a v e ió n d e l á lb u m
d e h o m e n a je a
P e d r o F ig a r i
H a d e m o ra d o un tie m p o la rg o e sta a n s ia d a c o n sa g ra c ió n
de F ig a r i. P a re c e ría q ue e l d e stin o de to d a su o b ra , lo ­
g ra d a en la le n ta m a d u ra c ió n , h u b ie ra in flu id o ta m b ié n
p a ra q u e lle g a r a s in la p re m u ra ir r e f le x iv a el in s ta n te de
le v a n ta r p o r so b re la s fr o n t e ra s , su g ra n no m b re de p in to r.
D e trá s d e su o b ra in m e n sa e s p e ra b a su tu rn o , su p a la b r a
d e lu z . P ud o d a rs e — y c a s i lle g ó a d a rse — y a l poco
tie m p o de su m u e rte , a t a d a a l c o lla r de s o m b ra s en q ue
h a s u frid o el m u n d o . P ero é l, q ue sie m p re m a n tu v o izad a*
en a lt o , a u n m ira n d o h a c ia un d u lc ís im o p a s a d o , su fe en
lo s d ía s n u e v o s y lib e r a d o s , d e b ía d e h a c e r e n tre g a de su
lím p id o m e n sa je a r t ís t ic o , c u a n d o e sa s s o m b ra s se h u b ie ra n
a le ja d o d e la tie r r a .
N o es en v a n o q ue q u e rem o s p o n e r el no m b re d e F ig a ri
— d e s p e rta d o d el s ile n c io en q ue d o rm ía d esd e q ue c a ll a ­
ron su s p in c e le s — en e sta h o ra c la r a de s a lv a c ió n d el m un­
d o . E l, el p in to r, e l filó s o f o , el m a e s tro , el h o m b re , in s is tió
con el le g a d o de su o b ra en e sta m a g n ífic a p a r a d o ja : p u e s­
to de e s p a ld a s h a c ia la v id a — d e s c a rg a n d o un le v e p a s a d o
en su s c a rto n e s— a n u n c ió el oro de lo s n u e v o s d ía s . Con
la m ir a d a v u e lta h a c ia a t r á s , re m o zó sus m a n o s a ñ o s a s en
lo s b ro tes re v e rd e c id o s . Y a h o n d a n d o en la v iv a tr a d ic ió n
d el R ío d e la P la t a , fu e com o la r a íz q ue p e n e tra a l neg ro
m is te rio d e la tie r ra p re s in tie n d o en el o scuro d e s c e n d im ie n ­
to , e l te m b lo r de la s h o ja s en el a ír e de la s p r im a v e r a s .
A s í en ese e n tre g a m ie n to de h e c h ic e ría , b ru jo de sus s e ­
sen ta a ñ o s , d e jó lo m ás g ra n d e q ue p u ed e a p re t a r el h o m ­
b re en su e fím e ro p a s a je p o r la v id a : sus su e ñ o s. F ig a ri
lo s d ió to d o s, y de a m ile s , ro c ia d o s d e fu tu ro . D esp ertó
la s h o ra s d o rm id a s — p ero de e sa s h o ra s c u b ie rta s de ce­
n iz a ,— fu é e l p rim e ro q ue p ud o a r r a n c a r u n a s u s ta n c ia
y un d e stin o n u e v o y p u ro p a ra el a rte a m e ric a n o . La p lá s ­
tic a e s p e ra b a ese a n u n c io lib e r a d o r. Y F ig a ri lo o fre c ió en
c a u d a lo s o r ío de b e lle z a .
Fué a s í q u e e l la rg o p a s a je de su v id a le p e rm itió con­
q u is t a r, m a c e ra d a p or la m e d ita c ió n y e l tr a b a jo , la o b ra
q ue sie m p re é l re c la m a b a p a ra el c re a d o r a m e ric a n o . La
o b ra en to d a su fu e rz a in d íg e n a , h u n d id a en el su e lo n u e­
v o ; re g o c ijo de sus ojo s d e a r tis ta ilu m in a d o ; d e sp u é s re ­
g o c ijo p a ra n u estro s o jo s a c tu a le s , de c a rn e v iv a , en la
re c re a c ió n de to d o su m undo de f a n t a s ía ; y ta m b ié n re ­
g o c ijo p a ra lo s o jo s q ue se a b r ir á n m a ñ a n a en la in s a ­
c ia b le y a tá v ic a in te rro g a c ió n a n te e l p a sa d o .
C A R L O S H E R R E R A M A C L EA N
V ic e p re sid e n te d e la C o m is ió n N a c io n a l d e B e lla s A rte s

2 0 A r t i s t a s fír a s ile ñ o s
E n el M useo P ro v in c ia l de B e lla s A rte s de La P la t a se
in a u g u ró o fic ia lm e n te , p ro g ra m a d a p o r la D ire cc ió n P ro ­
v in c ia l de B e lla s A rte s , la m u e stra de 20 A rtis ta s B ra s ile ­
ño s. R eza el c a tá lo g o q ue sele c c io n ó y o rg a n iz ó la s o b ra s
e l señ o r M a rq u e s R e b e lo , c rític o de a rte c a rio c a con oced o r
de la re a lid a d p o lít ic a y c u ltu ra l d el p rese n te a rg e n tin o .
A p a rtá n d o n o s , m o m e n tá n e a m e n te , de lo s v a lo re s in d is c u ti­
b le s de la s o b ra s e x p u e s ta s , a u n q u e fa lt a n no m b re s entre
e llo s el g ra n S e g a d , no com p ren d e m o s com o se h ace p a r­
tic ip a r a lo s a rtis ta s b ra s ile ñ o s en una a c c ió n o p u e sta y
c o n tra ria a la a c titu d q ue a c tu a lm e n te h a n to m a d o lo m ás
d e s ta c a d o de la in te le c tu a lid a d d e m o c rá tic a a rg e n tin a , a c ­
titu d q ue c o in c id e en un todo con la s re so lu c io n e s d e l P ri­
m er C o n g re so de E sc rito re s B ra s ile ñ o s de S a n P a b lo .
Los
a rtis ta s b ra s ile ñ o s a p a re c e n a q u í ro m p ie n d o la n e c e s a ria
u n id a d q ue d eb e te n e r el m o v im ie n to d e m o c rá tic o in te le c ­
tu a l la tin o - a m e ric a n o . N o d u d a m o s q ue P o r t in a r i, T a r s ila ,
C a v a lc c n t i y to d os los d e m á s a rtis ta s b ra s ile ñ o s ig n o ra n a
q ue fin e s d iv is io n is ta s h a ce n s e r v ir sus no m b re s con la
e x p o s ic ió n d e La P la t a . H ace p oco m ás de un m es un g ru ­
po de in te le c tu a le s a rg e n tin o s se n e g a ro n a d a r c o n fe re n ­
c ia s en el M useo P ro v in c ia l de B e lla s A rte s de La P la ta en
s o lid a rid a d con el m o v im ie n to en f a v o r de la n o rm a lid a d
d e m o c rá tic a d el p a ís . Con e sta e x p o s ic ió n se h a c e so sp e ­
c h a r, a lo s d e s p re v e n id o s, que lo s a rtis ta s d e m o c rá tic o s b ra ­
s ile ñ o s no tie n e n in te ré s en la s o lid a rid a d con lo s a rtis ta s
d e m o crá tico s a rg e n tin o s , cosa que no p ued e n im a g in a r ni
re m o ta m en te q u ie n e s co n o zcan a lg o de lo s a lto s v a lo re s
p e rs o n a le s y a rtís tic o s de lo s p in to re s c u y a s o b ra s se la s
e xp o n e n o fic ia lm e n te la s a u to rid a d e s de la p ro v in c ia de
Buenos A ire s .
A . B.

4

tandas que precedieron su partida no le acorbadaron: siguió pregonando la verdad y su prosa
magistral continuaba restallando en los oídos de
los tiranos. Las palabras que brotaron de su alma
resuenan com o el eco multiplicado de los grandes
pensadores liberales que hablan siempre al alma
juvenil de América, juventud que cien veces aba­
tida, cien veces se rehace, ligera y vibrante, entre
las toscas manos de la tiranía.
Desde la muerte de Aníbal Ponee, los proble­
mas que él señaló con profundidad y belleza in­
superable, adquirieron formas nuevas. Para no
extraviarse, es preciso, si no igualarle en conoci­
miento y experiencia, permanecer adherido a cier­
tos principios esenciales, amar al pueblo, com ­
prender y aplicar en el examen de los hechos
históricos así com o en las diversas disciplinas,
la filosofía política de la clase obrera, que es
fundamentalmente crítica y revolucionaria y que
procura apropiarse, bajo el signo del nuevo hu­
manismo proletario, de todos los valores progre­
sistas de la humanidad en el terreno de la técnica,
las ciencias y las artes.
Ahuyentemos el temor a las ideas, retomemos
el hilo de la historia y estemos atentos al llamado
del mundo nuevo que nace por doquier y se es­
tremece bajo nuestros pies. Seamos dignos de
uno y otro, de aquel que nos llama desde el fondo
de las edades con sns creaciones, sus sabios y
sus poetas y de aquel que nos señala la ruta del
mañana.
La lección de Ponce nos dice que no debemos
bajar la guardia. La barbarie que en Europa ha
sucumbido bajo el peso de las armas no se ha
extinguido todavía y sus formas monstruosas pro­
curan resurgir. Atizando los odios que nacen del
hambre y la destrucción, realizará un esfuerzo
supremo por revivir y jamás se declarará vencida
así quede un solo rincón para su refugio, un solo
pueblo para darle abrigo, un periódico, un libro
para introducir su ponzoña en el alma juvenil, un
solo encapuchado en la escuela y en la Universi­
dad. En el fondo de la escena de la paz se agitan
oscuramente los cóm plices de Munich, de aque­
llos que pesaron sobre el mundo la noche lúgubre
de su sangriento y efímero reinado.
Después de quince años de asfixia y retraso
en que hemos sentido el bochorno de nuestro
impotencia, en que el mote infamante de fascista
ha resonado en el mundo al lado del nombre
lim pio de la República, la democracia se anuncia
pregonada por la voz juvenil, una democracia
vigorosa, asida a la experiencia adelantada del
mundo moderno. No obstaculicemos el conoci­
miento con el pretexto de idiosincrasias incom­
patibles, de culturas de Oriente y de Occidente
o confundiendo las cosas más opuestas identifi­
cándolas com o “ extremistas” de igual categoría.
Para su tiempo, fueron extremistas las ideas ja co­
binas profesadas por M oreno y Echeverría; pero
ellos las distinguieron claramente de la filosofía
y práctica extremistas del despotismo feudal y la
inquisición. Sí el criterio de los hombres de
Mayo se hubiese circunscripto a la experiencia
interna, aborreciendo las ideas por exóticas, la
colonia hubiese prevalecido, los principios de la
Revolución Francesa no hubiesen penetrado en el
pensamiento emancipador y progresista que pro­
clamó la Independencia.
Después de un siglo, cuando aun no hemos
cumplido una mínima parte de aquel legado his­
tórico, cuando nuestro país se ve expuesto a permanecer inerte y empequeñecido en el torbellino
del mundo, bajo la férula de los tiranos, ¿seremos
nosotros menos avisados que nuestros ilustres pre­
decesores? ¿Tendrem os miedo de nuestro propio
pensamiento, so pretexto de que así nos preser­
vamos de toda influencia exótica? Seríamos in­
dignos de aquel pasado magnífico y habríamos
a la vez enajenado la herencia sagrada de la
Revolución y burlado la dignidad de la inteli­
gencia.
J. T.

�CONFERENCIA PRONUNCIADA EN LA FACULTAD DE ARQUITECTURA DE MONTEVIDEO.
C O N EL A U S P I C I O

DE SU C ONS EJ O

DIRECTIVO,

La encrucijada
del superrealismo
por HECTOR P. AGOSTI

I.

La tentación del vaticinio

El final de esta guerra invita a evocar el final
de la otra, a recomponer sus gestos precisos en el
orden político y a reparar en la abigarrada mul­
titud de doctrinas que a su tiempo pretendieron
captar, fugaz o permanentemente, el inédito curso
del fenómeno que se ofrecía a la consideración
del hombre. Dicha circunstancia conduce necesa­
riamente a la tentación del vaticinio. Apenas se
medita acerca de estos temas fundamentales sur­
gen varias interrogaciones, que suponen otros
tantos problemas inquietantes. ¿Cóm o habrá de
reaccionar la conciencia del hombre — y sobre
todo su conciencia artística— ante ese mundo que
se dibuja borrosamente entre el eco de las bata­
llas ¿Es que otra vez habremos de sumirnos, como
en la posguerra angustiosa que desembocó en la
nueva catástrofe, en la pugna tremenda de un
escepticismo que dudaba de todo, hasta de su pro­
pia sombra piruetesca? ¿Es que otra vez habrá
de obstinarse el artista en esa huida dramática de
lo real, en esa evocación afanosa de una “ superrealidad” que señaló con acentos definitivos su
postrada grandeza?

i

En un libro ( ’ ) cargado de sugestión polémica
se ha animado Juan Larrea a internarse en esas
zonas ariscas del vaticinio, tan seductoras en su
ínsito riesgo alucinante. Su ardiente desafío in­
cita a seguirle. Porque Larrea traza el prontuario
del superrealismo y no le perdona en el análisis
uno solo de sus defectos ni una sola de sus simu­
laciones; pero al término del balance nos dibuja
el simultáneo suicidio y esplendor del superrea­
lismo en esta conjugación de Sueño y Realidad
que es el orto inaugural de la América Nueva.
Coloquemos aquí, entonces, la banderilla capaz
de servirnos como punto de arranque en la indig­
nación. Si el superrealismo, como típico fenóme­
no de entreguerras, fenece en su agitado tránsito
europeo, ¿será forzoso que renazca, aunque sea
investido de otras cualidades gentilicias, sobre
nuestras tierras de América, carentes de las razo­
nes concretas que motivaron el nacimiento de la
tendencia? La tesis de Larrea relaciona al super­
realismo con circunstancias y potencias específica­
mente americanas, y es lógica consigo misma, por
lo tanto, cuando anuncia la postrera sublimación
del superrealismo en el ámbito del Nuevo Mundo.
Pero a su turno los poetas “ surréalistes” france­
ses, estremecidos en las andanzas del maquis glo­
rioso, también responden operativamente a este
interrogante, y es entonces Aragón quien reivin­
dica una nueva vigencia de la rima, o Eluard el
que postula una flamante inmersió n en la clari­
dad expresiva, y todos ellos los que abandonan
la Realidad soñada para hundirse en la Realidad
verdadera que la experiencia —y la conciencia cla­
morosa de dicha experiencia— pone a su alcance
entre el fragor de los hechos cotidianos.
(i) -'El Surrealismo entre Viejo y Nuevo Mundo” , ed.
Cuadernos Americanos, México, 1944.

II.

Las formas de la moralidad

Intentar el seductor paralelismo de ambas pos­
guerras en cierta manera comporta indagar lo que
pueda haberse alterado en las formas mudables de
la moralidad, todo lo cual equivale a mirar al
trasluz el cúmulo de esas relaciones sociales de

donde brota la moralidad como expresión sinto­
mática de la conciencia colectiva.
Queda fuera de toda discusión que la primera
guerra mundial, por su insólito carácter universal,
significó una poderosa conm oción de las concien­
cias. La guerra abolió brutalmente las viejas
fronteras de la fantasía, y en el desquicio inhu­
mano de las trincheras comenzó a percibirse — bo­
rrosamente para algunos, lúcidamente para otros—
que había llegado la crisis de la civilización, exhi­
bida en su impresionante podredumbre por el
centelleo de la metralla. La conciencia conmo­
vida respondió de distintas maneras. Algunos,
como el Barbusse de Le feu, sintieron que era
preciso internarse en la realidad repugnante con
decidido ánimo de transformarla. Otros — los
más— perdieron la fe en los valores esenciales
del hombre, y desde el refugio de Zurich ensa­
yaron la descompuesta carcajada de Dadá, descon­
fiando de la comunidad, según lo dijo Tzara en
su Manifiesto liminar, y dudando de todo, abso­
lutamente de todo, incluso de Dadá, pues “ el arte
— declaraba Picabia entre traviesas risotadas fu­
nambulescas— es un producto farmacéutico para
imbéciles” .
No es difícil descubrir el mecanismo psicosocial de ese inmenso resorte roto de Dadá, cuyo
desarraigo absoluto de la civilización que simul­
táneamente lo alimenta y lo repele habrá de re­
producirse en el superrealismo. Crecida en la
veneración casi metafísica de los “ valores eter­
nos” de la cultura, ¿cóm o no iba a sentirse em­
pavorecida o desconcertada esa generación de ar­
tistas ante una civilización que se les representaba
cual una masa de cadáveres anónimos calcinándose
sobre las yertas tierras europeas? Los psiquiatras
han descubierto una psicosis de guerra que se
origina en las torturadas vigilias del acecho y que
se desmorona en las formas de la vida corriente
por la ruptura violenta de los frenos morales que
rigen la conducta colectiva. Esta psicosis de gue­
rra —que a ratos se transforma en una disconfor­
midad anárquica con el orden social— rebulle
furiosamente en la insurgencia artística del da­
daísmo y el superrealismo, y en un artista, que
es por definición una naturaleza sensible, aquella
subversión moral habrá de precipitarse con más
agudo dolor. Pero la sola psicosis de guerra no
explica el descalabro, o apenas si lo explica, pues
en la oscuridad sigue permaneciendo la intrincada
madeja de relaciones sociales a medias develada
por la moralidad. Habrá de verse que la psicosis
de guerra no obra en nuestros días el mismo re­
sultado desquiciante, y en esta diferencia psíquica
de la moralidad, tan descuidada frecuentemente
por los psicólogos puros, radica una de las discre­
pancias sociales en el paralelismo de ambas gue­
rras. Esa discrepancia invalida todo intento de
pervivencia del superrealismo.
La disgregación moral es, por tanto, la conse­
cuencia necesaria de esa desconfianza en la hon­
radez intrínseca del hombre, porque el hombre,
desencajado de los términos sociales que lo condicionan y lo explican, aparece como un individuo
autónomo, como una miserable criatura revestida
de todas las lacras que el romanticismo creyó
oportuno redimirle. Y esas mismas lacras, volup­
tuosamente descarnadas a lo vivo, llegan incluso
a transformarse en temas de poesía que trasladan
5

EL 5 DE J UL I O DE 1945.

h” sta lo más recóndito del mundo el eco de la
¿L-olución moral.
Como núcleo de generación primaria del su­
perrealismo, a Dadá no podría entendérselo ca­
balmente si se lo desvinculara de ese medio de
amoralidad definida que constituye siempre el
clima de una civilización que se desmorona. En
ello consistió su drama: los disloques de loa
dadaístas presentían el derrumbe de ese sistema
de relaciones burguesas brutalmente desnudadas
por la guerra; pero aunque ese sistema les repe­
liera, ese sistema los alimentaba y seguía alimen­
tándolos, a punto de impedirles descubrir los
indicios de una nueva civilidad reemplazante. El
mundo que los nutre les repugna; pero no les
queda fuerza para rechazarlo o enmendarlo, y
apenas si se conforman con asustar por sus pi­
ruetas a los pobres burgueses tradicionales, de­
masiado impresionados de una travesura inofen­
siva que, sin embargo, escarba hasta sangrarla una
irremediable infecundidad. Pues si el cubismo ha­
bía pretendido fijar en normas la quiebra del
concepto aparencial de la realidad, padecido p o r
la conciencia de nuestros días, los dadaístas in­
tentan reducir a la nada esos mismos principios,
en un nihilismo tan desenfrenado que pareciera
tener por misión la fragua del caos prim itivo.
“ Nosotros no reconocemos ninguna teoría. Ya te­
nemos bastantes academias cubistas y futuristas:
laboratorios de ideas formales” , exclama Tristán
Tzara en su Manifiesto de 1918. Con este repudio
violento de toda regla de invención y de solida­
ridad, Dadá se empina en lo más encumbrado
del individualismo: el arte es un acto individual
que sólo interesa al sujeto que lo cumple, y el
mayor agravio para Dadá consistiría en que sus
piruetas pudieran entenderlas los espectadores.
Irritar al espectador pareció entonces lo más ex­
presivo, porque el espectador -—el público—- pre­
sentábase como la materialización congruente de
esa vasta humanidad ruinosa capaz de degollarse
en el asalto de las trincheras. Emergiendo de
la disolución moral y adornado por el desprecio
hacia las masas, el disconformismo no era otra
cosa que un nihilismo anárquico, embriagado de
sólo vociferar.

III.

El desplazamiento de la vida real

¿Simplemente por dicha amoralidad podría ex­
plicarse el superrealismo? Conviene reparar ante
todo en esta distinción: los superrealistas provie­
nen de Dadá, pero en vez de aquel nihilismo
corrosivo traen ya un primer acento de afirma­
ción y un aire de escuela que, no obstante su
individualismo obstinado, pugna por asociarlos
como colectividad y por presentarlos como un
“ agregado” de doble condición a la vez estética
y sociológica. Al desconcierto inicial sucede la
voluntad de encauzar el arte y la literatura por
rumbos sistemáticos. Dadá había sido la nega­
ción de la norma como sistema; el superrealismo
se aplica, por el contrario, a la búsqueda de un
sistema normativo.
Este sistema normativo, ¿dónde encontrarlo con
precisión coherente y a la vez profunda? Los
superrealistas repararon entonces en los hallazgos
de la psicología abismal. Con cierta sobriedad
luciferina estremeciéronse en la trampa de ese
mundo del inconciente, olvidando o desechando
los lazos que lo ataban a la lucidez. Llevados a
evadirse de un sórdido medio señalado por el
viento de la guerra, los superrealistas condujeron
hacia su más extremoso desenfreno esa fuga de
lo real comenzada por los románticos con virtual
sobrecarga de palabras. Los románticos iniciaron
una curva en la cual la visión personal se sobre­
pone a la visión exterior; los superrealistas se
trepan al punto empinado de la comba. Bretón
lo confiesa en su Manifiesto de 1924: el super­
realismo significa el predominio absoluto de la
fantasía, de las razones de la imaginación que
“ la razón —pura— no conoce“ , capaces de des­
plazar totalmente la vida real.
(C o n tin u a r á )

�LETRAS
Dirige
ENRIQUE A M O R IM

A ntología del P ensam iento LiberaI Argentino
DE SAN M ARTIN
“ La presencia de un militar afortunado, por
más desprendimiento que tenga, es temible a los
estados que de nuevo se constituyen” .
“ No busco gloria militar ni el título de conquis­
tador del Perú; quiero sólo libertarlo. ¡D e qué
me serviría Lima si sus habitantes fueran hostiles!
DE M ARIANO MORENO
“ Os hemos hecho superiores a nosotros, a fin de
que descubráis el conjunto de nuestras relaciones,
y estéis fuera del tiro de vuestras pasiones; pero
acordaos de que sois nuestros semejantes, y que el
poder que os conferimos dimana de nosotros; que
os lo damos en depósito y no en propiedad ni a
título de herencia; que vosotros seréis los primeros
que os debéis sujetar a las leyes que establezcáis;
que mañana seréis relevados y que ningún derecho
adquiriréis sino el de la estimación y el reconoci­
miento; y considerad con qué tributo de gloria el
universo que reverencia a tantos secuaces del error,
honrará la primera asamblea de hombres racionales
que declare solemnemente los principios inmutables
de la justicia y consagre a la faz de los tiranos los
derechos de las naciones” .
DE MONTEAGUDO
“ Por rigor de justicia todo el que sea ciuda­
dano tiene derecho de sufragio; la privación de
este derecho es un acto de violencia, un paso al
despotismo y una injusticia notoria” .
DE RIVAD AVIA
“ Ha llegado el momento de oponer los principios
a la espada” .
“ Las revoluciones deben acabarse, y el modo de
que no vuelvan es no temerlas” .
DE SARMIENTO
“ La libertad de los pueblos, pues, no se consi­
gue con la persecución, se consigue por la tole­
rancia y la libertad de conciencia” .
DE ALBERDI
“ El hombre de espada no tiene más que un modo
de ilustrar su carrera terrible en lo futuro, y es el
de no desnudarla jamás de la vaina. La espada vir­
gen, que tanto ha dado que reír a la comedia, es la
única digna de los honores de! soldado del porvenir” .
DE MARMOL
“ Los que besan el pie del tirano
No son dignos de un otro destino;
Son ladrones del nombre argentino,
Son bastardos sin alma ni voz” .
DE ESTEBAN ECHEVERRIA
“ La Democracia, señores, es el ángel de fraterni­
dad que ha reunido todos los hombres de climas
diferentes. ¿Sabéis qué bandera lleva en su diestra?
La bandera de Mayo.
Marchemos, pues, todos unidos como hermanos a
la sombra de ese símbolo santo, que es el galardón
de esperanza y de salud, y que ahora, como en el
pasado, ondeando sobre nuestras cabezas nos abra
el camino de la victoria” .
DE JUAN M ARIA GUTIERREZ
“ ¡E l cielo prospere las armas de la patria y les
conceda el último triunfo sobre los tiranos! En­
tonces se completará aquella época de esplendor
que consiguen los Estados libres, por las ciencias,
la industria y la libertad de com ercio” .
DE BARTOLOME MITRE
“ Poder irresponsable es aquel que no tiene con­
trapeso, ni obligación de dar cuenta a nadie de sus
acciones, ni autoridad superior a él que pueda fis­
calizarlas” .
“Poder despótico es todo poder especial estable­
cido fuera de las condiciones del derecho natural o
escrito y que, por consecuencia, no tiene ley ni
regla alguna a que ajustarse” .
DE JOAQUIN V. GONZALEZ
“ San Martín, cuyo pensamiento democrático tar­
da todavía en volverse conciencia y esencia moral
de nuestro pueblo, ha dejado a todo soldado —y
lodo ciudadano lo es en su hora— el lema impe­
recedero de nuestra Bandera ideal: No desnudar
jamás la espada contra la libertad de ningún pue­
blo, ni en lucha fratricida entre los pueblos de
América, ni para impedir desde el Poder la libre
expresión de la voluntad soberana para darse sus
instituciones y gobernantes.
No habrá paz social sino en el seno de una ver­
dadera democracia” .

D IB U JO

P iú

DE A N D R E S C A L A B R E S E

avanti
N o te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios, que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua, y no la implora. . .
Q ue muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!
A LM AFU ERTE

6

�N

o

hay

Literatura

exenta

de

CULTURA FRANCESA
Y CULTURA ARGENTINA
por ROBERTO GIUSTl
T o puede seguirse lu evolución de nuestra cultura sin remontar las diferentes corrientes europeas

N
^

que confluyeron en ella.

Si, com o dicen los enemigos de las actuales instituciones, nuestra

historia del siglo X X ha sido una traición a la patria, una negación de sus orígenes y des­

tino, todo lo que aprendieron los espíritus generosos que nos emanciparon de la esclavitud colonial
e intentaron constituir la nación en las primeras décadas revolucionarias, fueron sin duda quimeras y
sofismas criminales.

Yo veo, en cambio, que la línea del desarrollo cultural argentino se quebró

lamentablemente durante veinte largos años, cuando se pretendió volver las espaldas a Europa. Que,
para trazarla, hay que seguir a la generación de los emigrados y verlos en Chile, en M ontevideo, en
otros lugares de América o en el V iejo Mundo, adiestrarse en el ejercicio del pensamiento libre
y preparar el cem ento con que reedificar la patria soñada, la cual, si ante todo no es un hogar de
civilidad y cultura, nada significa en la historia.

Pero ¿puede haber cultura sin libertad?

La res­

puesta la da la Asociación de Mayo, cuyos miembros creyeron, ilusos, que les seria permitido amasar
ese cem ento en su propia tierra, retornando a los ideales de la generación de 1810.

i

“ La Joven Argentina” , agrupada en torno de
Echeverría, respiraba los vientos ozonizados del
romanticismo poético y político que soplaban de
Francia. La juventud escuchó el mensaje, como
suele decirse hoy, del poeta de La Cautiva. Su
fervor creció, alimentado de discusiones y lectu­
ras, en casa de Miguel Cañé, donde se fundó una
inocente Asociación de Estudios Históricos y So­
ciales, antecedente del Salón Literario de Marcos
Sastre, a su vez origen, cuando Rosas lo clausuró,
de la Asociación de Mayo. La correspondencia
y las memorias de esos hombres nos instruyen
ampliamente sobre sus lecturas. Es larga la nó­
mina de los escritores y pensadores europeos has­
ta entonces desconocidos en el Plata, que encen­
dieron el espíritu de aquellos muchachos. Con
ella puede rehacerse toda la cultura francesa filo­
sófica y literaria de la Restauración. Vicente Fi­
del López describió, ya anciano, en su tantas ve­
ces citada Autobiografía, aquel entusiasmo, aque­
lla fiebre de lectura, el sacudimiento moral que
les produjo hacia 1832, poco después del triunfo
del romanticismo en Francia, esa “ entrada torren­
cial de libros y autores que no se habian oído
mencionar hasta e n ton ces...”
Alberdi también catalogó en la ancianidad sus
lecturas de aquel tiempo y a los autores que
Echeverría y Gutiérrez, principalmente el prime­
ro, le descubrieron. El tucumano, redactor en
1838 de La Moda, el gacetín que escondía bajo
frívolas apariencias ambiciosos propósitos de re­
forma social, repudiaba al romanticismo én poesía
y a su corifeo Víctor Hugo por retrógrados. Sin
embargo, ardoroso sansimoniano y lerrouxista, él
no era menos romántico, puesto que en el román' ticismo cabe un universo de cosas, desde la ado­
ración lacrimosa de la Edad Media hasta la anun­
ciación profética del porvenir. ¿Cóm o no sería
romántico en el secreto de su corazón quien, ya
en los bancos del colegio de Ciencias Morales
había quedado “ hechizado” y con el alma “ inun­
dada de dulces ilusiones” por La Nueva Eloísa?
En el Plata la nueva escuela alimenta a la nue­
va poesía, promueve fecundas discusiones de or­
den estético sobre la función del arte en relación
con la sociedad, ensancha la crítica y la sátira de
costumbres y da nacimiento a la literatura nativista y costumbrista. También renueva la litera­
tura doctrinaria política. El Dogma Socialista fué
escrito bajo la influencia de Saint-Simon y Lerroux y lo anima el verbo inflamado de Lamennais. Abora parece que todo eso fué un extravío.
¿Aceptaremos, pues, de Echeverría, el don de
La Cautiva y rechazaremos el Dogma y natural­
mente El Matadero, condenación de la demagogia
plebeya rosista?
No cabe en los límites de un breve artículo el
examen menudo de las influencias cruzadas que
se ejercieron sobre nuestros mayores poetas. Eso
es propio del estudio monográfico y ya ha sido
hecho. ¿Recordaré que así como Echeverría pro­
cede de Hugo tanto como de Bvron. Mármol no

debe menos a aquéllos que a Zorrilla, y Andrade
es hechura del vate de la Leyenda de los siglos,
a quien pide prestadas imágenes, hasta de sus
novelas? Otro tanto digo de los publicistas. Casi
todos los nombres románticos y prerrománticos
ilustres los hallamos en las citas y recuerdos em o­
cionados de los hombres de aquella generación.
Pero a veces se les pasaba gato por liebre. “ ¡Ah,
qué equivocaciones padecemos! — se lee en un
escrito postumo de Alberdi— . ¡Cuántas veces no
se conoce aquí un nombre de autor francés que
en nuestro país está en todas las bocas!” Ese
Alberdi tan calumniado, sea dicho de paso, en el
cual pueden encontrarse, sabiéndolos buscar, los
más válidos argumentos contra los europeizantes
excesi%os. Era aquél un error de perspectiva jus­
tificable a tanta distancia y más cuando sabemos
que allá también lo padecían en ocasiones de
muy cerca. Es cosa de todos los tiempos tomar
por titanes a pensadores y escritores de media­
nísima estatura.
Desde entonces y hasta entrado este siglo, nues­
tro pensamiento y nuestra literatura reflejarían
con preferencia los movimientos cambiantes de la
filosofía y literatura francesas. En algunos casos,
el calco más o menos voluntario, la trasposición
hábil, la asimilación incompleta son transparentes.
Tampoco fué la francesa la sola literatura sobre
•

ANTOLOGIA DEL PENSAMIENTO
LIBERAL ARGENTINO
DE JOSE INGENIEROS
“ Cuando no hay patria no puede haber sentimien­
to colectivo de la nacionalidad — inconfundible con la
mentira patriótica explotada en todos los países por
los mercaderes y los militaristas” .
Sólo es posible en la medida que marca el ritmo
unísono de los corazones para un noble perfeccio­
namiento y nunca para una innoble agresividad que
hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades.
No hay manera más baja de amar a la propia
patria que odiando a la patria de los otros hom­
bres, como si todas no fueran igualmente dignas de
engendrar en sus hijos iguales sentimientos. El pa­
triotismo debe ser emulación colectiva para que la
propia nación ascienda a las virtudes de que dan
ejemplo otras mejores; nunca debe ser envidia co­
lectiva que haga sufrir de la ajena superioridad y
mueva a desear el alejamiento de las otras hasta el
propio nivel. Cada patria es un elemento de la hu­
manidad; el anhelo de la dignificación nacional
debe ser un aspecto de nuestra fe en la dignifica­
ción humana. Ascienda cada raza a su más alto
nivel como Patria y por el esfuerzo de todos se
remontará el nivel de la especie, como Humanidad” .
DE ANIBAL PONCE
Saber expresar la verdad artística es saber ex­
presar la tendencia del desarrollo; de donde se
deduce que no es posible crear — crear con pulso
tenso, crear con soplo duradero— si no se sabe
distinguir, primero, las fuerzas que conducen al
futuro.

influencias

la cual se modeló la nuestra, pues las influencias
españolas de Zorrilla, Espronceda y Bécquer con­
taron mucho en la era romántica, y las de la ge­
neración del 98 en la modernista. En segundo tér­
mino, las inglesas e italianas, así como las rusas
en ciertos aspectos de la novela, el cuento y el
teatro del primer cuarto del siglo actual. Esto es
decir que nuestra literatura se ha formado bajo
influencias cosmopolitas. Por la imitación, lo
mismo que los niños, empiezan los pueblos cuan­
do nacen a la vida del espíritu, si no están ais­
lados. Por lo demás, no hay literatura ni escritor
que no se desarrolle bajo influencias múltiples.
Si en nuestros escritores los injertos son más
visibles, digámonos que sólo gracias a ellos he­
mos ido formando una literatura con todos sus
órganos, aportando modos más o menos origina­
les a la expresión humana y alcanzando en ciertos
casos una propia e inconfundible.
Además, el amor a Francia nunca fué incom­
patible con el de las cosas de la tierra. ¿Acaso
no fué Echeverría quién descubrió para el arte
la pampa y la exuberante naturaleza tucumana?
Otro tanto puede decirse de Juan María Gutiérrez.
Una vena americana y criollista circula d'esde los
románticos por nuestra literatura. Por algo con­
taba en la nueva estética “ el color local” y había
escrito Chateaubriand sus magníficas descripcio­
nes de las praderas del norte. Facundo fué senti­
do desde su publicación, también por los fran­
ceses, una obra típica de la literatura americana.
El general Mansilla, “ boulevardier” de monóculo
y galera gris, titulaba sus charlas periodísticas
tan porteñas “ causeries” y “ entre nos” (¡q u é cerca
de “ entre-nous” ! ), y salpicaba de terminachos
franceses sus páginas, en lo que le aventajó sola­
mente otro burgués porteño, Cambaceres, de es­
tirpe gala. Era, no obstante, el autor de Una Ex­
cursión a los Indios Ranqueles. Miguel Cañé
titulaba uno de sus libros con afectada modestia
Gallicae constructiones y nos ofrecía en Juvenilia
un nutrido repertorio de galicismos, aunque algu­
nos menos de los que ha pretendido ver con exce­
sivo celo purista don Américo Castro. Con todo,
Juvenilia es un libro muy nuestro, de agradable
sabor criollo. La rica cultura francesa de Martín
García Mérou no le impidió, por el contrario, le
valió, ser uno de los críticos más ilustrados y
estimulantes de nuestras letras. En otro campo,
y sin pretender agotar los ejemplos, el francés
Groussac fué un benemérito arquitecto de nuestra
cultura contemporánea, maestro de historiadores
argentinos.
Merece meditarse el caso de Ricardo Güiraldes.
escritor de refinada cultura francesa, escribiendo,
y no sin galicismos, una de las obras más típicas
de una auténtica literatura argentina: Don Segun­
do Sombra. También es ilustrativo el de Leopoldo
Lugones, temperamento robusto de escritor muy
criollo, convertido en la madurez al apostolado
del nacionalismo — el autor de El Payador, de La
Grande Argentina, de las Odas Seculares, de los
Romances de Río Seco— el cual forjó su instru­
mento sucesivamente en la escuela de Hugo y de
Poe, de Samain y de Laforgue. ¿Y quién sabe
si La Guerra Gaucha, la admirable gesta, pedregrosa e intransitable como la montaña norteña,
habría sido escrita, de no haber leído Lugones
La Legénde de l’Aigle de Georges D’Esparbés?
Por supuesto, de ello no hay cuestión en la
época de Rosas. Esta no nos ofrece ejemplos de
tales antagonismos y reconciliaciones entre lo pro­
pio y lo extraño, porque no había vislumbre, en­
tiéndase que en Buenos Aires, no en la provisoria
patria de los proscriptos, de esta suerte de pre­
ocupaciones. 1 quien las tuviera, que buscara
mejores aires, como lo hizo Lucio V. Mansilla,
sobrino del dictador, por sabio consejo del padre,
(quien conocía a su cuñado), cuando el general
rosista se enteró con susto de que su hijo leía
El Contrato Social.
Groussac ve manifestarse “ el excesivo apego a
la tradición que envuelve el odio al extranjero”
en el grito ¡Mueran los franceses! en que reventó
espontáneamente el entusiasmo gaucho el día de
la entrada de Quiroga en Buenos Aires.
Y por eso la tradición civilizada no se reanu­
daría hasta después de Caseros.

7

i

�Querido Am orim :
E escribo a usted una carta que es poco menos

L

que una engañifa. Con ella, ni cumplo el com ­

promiso de darle una colaboración para LATITL D
ni dejo de cumplirle. Es el caso que cuando tuvo
usted la amabilidad de pedirme tal colaboración,
por ser usted, así com o por la simpatía que esa
revista me inspira, acepté de
luego, recordando

que

inmediato.

el próximo

Pero

número

Un

debate

de

tono

Polémico

EN TORNO A LAS
INFLUENCIAS LITERARIAS

de

por ARTURO SERRANO PLAJA

LATITU D se iba a dedicar, más o menos íntegra­
mente, a estudiar las influencias literarias en la
Argentina, he pensado que meterme a dar opinión
sobre cuestión tan compleja era meterme en un
callejón sin salida. Y para buscarla he dado con
la tangencial manera de enviarle a usted esta
caria abierta.
No está el horno para bollos. Si por algo tan
inocuo como el hecho de comentar riendo, al
viajar en un colectivo a horas de mucho tránsito,
las incomodidades del momento y decir que aque­
llo parecía un instrumento de tortura, hubo quien
me dijo hace días “ que peor estaríamos en un
campo de concentración en Europa” , bien podría
ser que por opinar sobre literatura argentina hu­
biese alguno de esos escritores nacionalistas que
aquí, como en España o en otra parte todos pa­
decemos, me dijese cosas mucho más graves. En
cuanto a mi accidental interlocutor en el colecti­
vo, tuve la fortuna de que la inspiración descen­
diese a mi para poderle contestar lo siguiente:
en primer lugar, que en su afirmación no había
la menor duda: viajar en colectivo, en Buenos
Aires, era mejor que estar en un campo de con­
centración en Europa; que en un campo de con­
centración. por lo demás, había yo estado y por
luchar, en mi patria, contra los nazis como él.
que también por allí se crían; que triste sería la
grandeza argentina si hubiese de esperar a medir­
se con la europea, comparativamente, a que Euro­
pa se hubiese convertido en un vasto campo de
concentración; y finalmente, que los campos de
concentración, al menos teóricamente, ya se ha­
bían concluido puesto que las Naciones Unidas
habían ganado la guerra.
No es que yo cometa el groserísimo error de
adjudicar a semejante energúmeno celoso más
representación que la suya propia y mucho menos,
claro está, la de una nación que me brinda hos­
pitalidad y que está muy por encima de tan ener­
vada y pueril suspicacia. Pero si tal estado de
ánimo no representa ni puede representar a nin­
gún país, por darse en todos (y en el mío ¡ay!
con no poca abundancia) sí representa, sin duda,
un producto, averiado, claro, de nuestro calamito­
so tiempo. Y en alguna manera, como intentaré
ver, en relación con el tema de las influencias en
literatura, tema que soslayo, no en función de la
anécdota, que sería razón menor, sino por la ma­
yor de mi conocida incompetencia para deslindar
orígenes e influencias literarias en la literatura
argentina.
Lo que yo creo que puedo hacer, amigo Am o­
rim, y paso a intentarlo, es escribir alguna cosa
sobre las influencias en general. A una vez es­
crito. someterlo a su juicio para que usted decida
si puede o no ir en ese número de LATITUD.
No concibo, claro está, que haya literatura sin
influencias, ni escritor de cierta grandeza que no
se avenga a reconocer las que sobre él han ac­
tuado. Habría de ser un dios o sería un misera­
ble. Un dios, si consiguiese crear algo de la nada;
un miserable, por no conocer o querer desconocer
— según fuese el color de su miseria— quienes
son, literariamente hablando, sus verdaderos y le­
gítimos padres. Todo eso me parece tan evidente
como seguramente se lo ha de parecer a usted,
y a todos los lectores de LATITUD, y no vale
la pena, por tanto, insistir más sobre ello.
Por consecuencia prefiero sacar un poco las
cosas de quicio. Prefiero fijarme, por ejemplo, en
un aspecto de la cuestión: el que representa el
casticismo o tradicionalismo literario. Porque en
eso de las influencias literarias hay un como fan­
tasma que merodea en torno a ellas: el de lo
fuerte, y lo débil en literatura; el del individua­
lismo, en filosofía; el del nacionalismo en política.
Probablemente, aquellos escritores que niegan u
ocultan sus influencias literarias son los mismos

que en el plano de las ideas que. para llamar de
alguna manera, diré sociales, son tradicionalistas,
casticistas. Y muy consecuentemente.
Quien piensa que su país es ante o sobretodo
(Deutchland über alies, X-land iiber alies) para
decirlo con la deliciosa letra de esa germánica
cancioncilla. no es mucho que se piense a sí mis­
mo, como miembro de esa nación, ante o por en­
cimo de todo, lo que lógicamente conduce a re­
chazar hasta la sombra de toda posible influencia.
Escritor español he conocido yo en España que
declaraba un día no conocer otro idioma que el
castellano; pero no hacía la declaración como en
esos casos se suele hacer, sino apoyándola nada
menos que en toda una teoría según la cual el
conocimiento de otra lengua forzosamente habría
de ir en detrimento de la pureza de su castellano,
que no podría por menos de contaminarse con
giros extraños, con influencias, digamos. Lo que
de ser cierto daría una pobre idea de la robustez,
que el mismo escritor atribuía al idioma castella­
no. que parecía de aquel modo frágil objeto que
había que guardar entre algodones de cuidado.
Traducida esa preocupación a su expresión más
profunda es claro que ha de dar como consecuen­
cia no querer conocer otras ideas que las propias
— que las que se creen propias— para que no de­
formen el ser espiritual original. Teoría que
admite su mejor caricatura aplicándola a un caso
de cultura científica supuesto en una tribu del
centro de Africa: si los tribales razonasen de la
misma manera hay que suponer que nunca deja­
rán de ser tales, por cuanto que el mundo civili-

AN TOLOG IA DEL PENSAMIENTO
LIBERAL ARGENTINO
DE EDUARDO WILDE
“ Los hombres no son grandes sino cuando se
arrodilla el espectador para mirarlos; pero des­
graciadamente hay muchos que prefieren arrodi­
llarse a mantenerse de pie y mirar a la altura de
sus ojos, y mientras los espectadores se arrodillan,
los cómicos guardan un silencio profundo que
puede ser meditación sobre el porvenir de la
patria
DE AGUSTIN ALVAREZ
“ Esa es, en efecto, la descripción perfecta del
espíritu que los hispanoamericanos tuvimos la des­
gracia de heredar de nuestra madre patria, y por
el cual la libertad ha sido siempre pisoteada por
todos los caudillos ambiciosos de poder, sin encon­
trar defensores suficientes y han caído siempre los
gobernantes ilustrados que pretendieron implantar
la primera y la más grande de las libertades huma­
nas: la libertad de conciencia” .
LISANDRO DE LATORRE.
Yo pertenezco al número de los que creen en
los programas. y porque creo en los programas
prefiero a las reformas promovidas a veces aisla­
damente por un hombre superior que llega al
gobierno, la obra integral de un partido, iniciada
en la propaganda doctrinaria, proseguida en la
consulta al pueblo en los comicios y culminada
en el recinto parlamentario.
ALEJANDRO KORN.
La ciencia no ha de hacer bancarrota, pero sí
aquellos que pretenden emplearla como un arma
amoral en la empresa de degradar la personalidad
humana.
JUAN B. JUSTO
Numerosos indicios del moderno movimiento
histórico señalan para la humanidad un porvenir
mejor. Marcha ella en masa hacia la libertad "que
no consiste en la soñada independencia de las le­
yes naturales, sino en el conocimiento de estas
leyes y en la posibilidad así obtenida de hacerlas
obrar metódicamente con fines determinados” .

zado ha realizado algunas conquistas científicas,
pongamos por caso algunas de las de bulto mayor,
como la luz eléctrica que al no ser originales, de
ningún miembro de la supuesta tribu, al no ser
tampoco nacionales se hallarían en colisión con
la cultura autóctona. Pero ese prejuicio de la
originalidad en las letras o del nacionalismo en
lo social, es un producto reciente y fruto de nues­
tra cultura individualista en la cual, el artista,
personalmente, trata de anteponerse al arte y en
la cual el mayor de los méritos artísticos parece
ser el de la’ invención que, generalmente, ha sido
el don de los artistas mediocres. A un Shakes­
peare. por ejemplo, no le preocupaba ni poco ni
mucho, la procedencia de sus temas; y no estan­
do pendiente ni atado a su individualista origina­
lidad, sino concibiendo el arte en función univer­
sal y según la grandeza de su expresión, de su
forma, en una palabra, resultaba de una indivi­
dualidad tal como la que su nombre, con sólo
invocarle, presupone.
Hay en todo eso manía de grandeza: una pe­
queña manía de grandeza. Nada hay más grande,
ciertamente, que el sentimiento nacional cuando
por él se afirma un sentimiento unánime y común
en los diversos grupos humanos que integran las
naciones; cuando por él se afirma, bien que par­
cialmente. el sentimiento universal de una soli­
daridad humana fecunda y positiva que halla en
el marco nacional expresión adecuada; pero nada
hay más pequeño que esa pequeña ambición de
aristocracia que consiste en saberse miembro de
una colectividad importante para ornarse con las
glorias comunes a las que ese pequeño aristócra­
ta. por lo común, no ha contribuido con nada.
La menor de las manías de grandeza es la de sen­
tirse individualmente depositario de las grandezas
de la patria a la que uno pertenece y no que le
pertenece a uno. Pero en fin. si todo eso de la
originalidad, del individualismo y del nacionalis­
mo se quedase reducido a mero desahogo litera­
rio nada habría que objetar. Más ocurre que esa
manía puede asumir formas ciertamente más pe­
ligrosas. La pura originalidad literaria lleva en
germen, me parece, el más puro casticismo. A’
lo que empieza queriendo ser nacionalmente na­
cional y castizo, individualmente original y ge­
nuino a toda costa, las más de las veces termina
por no mantenerse sólo en ese estado de beatífica
satisfacción de sentirse grande por pertenecer a
algo grande, sino que halagado por ese cosquilleo,
dicho sentimiento suele tomar formas polémicas y
agresivos perfiles cuya última consecuencia muy
bien pueden ser, en determinadas circunstancias,
millones de muertos: por ejemplo, los de esta
guerra. Muertes esas cuyo elemental holocausto
era. en sus orígenes, minúscula aunque imprescin­
dible demostración: la que resulta de evidenciar
la vacuidad del X-land iiber alies. En efecto, la
voluntad de los alies, puesta a prueba ha demos­
trado suficiente capacidad para no permitir esa
situación unter X-land que parecía ser la axio­
mática consecuencia de toda una teoría de genia­
lidad castiza.
Por terrible paradoja, en el caso actual, el
X-land que quiso estar iiber alies ha venido a
quedar unter alies. Alemania, vencida en su pro­
pia salsa, quiero decir con sus propios métodos
y en su misma casa, se halla hoy a merced de to­
dos sus vencedores en los que hay que suponer
un mínimo de buen sentido para no hacer con
ella lo que ella hubiera querido hacer con todos.
Precisamente en esa situación viene hoy a en­
carnar la Alemania digna y grande, en grandeza
universal compartida con todos, un alemán que
se sintió excluido de esa agresiva manía de gran­
deza genuina: Thomas Mann. Grandeza la suya
más conmovedora cuanto que siendo evidentemen­
te uno de los alemanes no comprometidos en los

�F L O R E N C I O

ESCARDO

L as infla en eias
sobre
Eduardo Wilde
jg L planteo exige algunas diferenciaciones pre­
vias. Angel Estrada, sobre datos biográficos,
señala una decisiva influencia de D ickens; Morales
supone una disposición racial anglo-frar.cesa y
Smith lo hace ironista sobre, todas las cosas. Los
críticos suelen parecerse a los pitucos en eso de
no poder soportar ninguna presencia sin ponerse
a averiguar quién fue su abueliio. Pero además,
lo anotado sólo apunta al esfuerzo humorístico de
Don Eduardo. Y los auténticos humoristas pue­
den recibir todas las influencias que se quiera,
pero no provienen de ellas sino como el mar
provienen en alguna forma de los ríos que en él
desembocan. Esto es fácil de entender cuando se
entiende que el humorismo no es un género lite­
rario, sino una actitud vital; una fórmula personal
de enfoque esencial que una sistemática para ha­
cer sonreír. Gran parte de la culpa de que esto
no se entienda en seguida la tienen los festivos
que se asimilan a humoristas para darse corte y
com o lo hacen "por gracia” , muchos los dejan
hacer.
Además, en el conjunto de la obra escrita de
JT ilde, la humorística es tan sólo una pequeña
parte y hay que apreciar el total si se quiere
adivinar la influencia que sobre él ejerza. Hayuna influencia bien notoria pero no es literaria,
es de ambiente. El hace de W ilde un pragmático
en el m ejor sentido de la palabra; el panorama
del país le muestra que está todo por hacer, que
hay que hacerlo pronto y que los misoneístas se
van a oponer; entonces toda la obra se dirige
suasiva e insobornablemente en esa dirección; a
urgir la realización y a espantar al pacato, al te­
meroso y al conservador. No son pocas las pá­
ginas de IF ilde en las que se siente que su ánimo
no está impregnado de lo que afirma sino que.
tienden a conseguir un fin concreto. Por eso W il­
de es uno de los argentinos más serios como ar­
gentino. La seriedad — en el sentido de hacer
lo que se debe— y la patria en el sentido de
construirla; he ahí, a nuestro modo de ver, las
influencias que más poderosamente han pesado
sobre la obra de Wilde. No hacen falta otras a
los escritores del presente.

En

torno

a

las

L os pueblos, en el albor de su nacimiento,
por rara paradoja tienen un real sentido de
la vida heroica a la par que ética. Nombro
a Sarmiento; junto a él, anoto; Almafuerte.
Sarmiento, luchador imbatible, hombre de pe­
lea, de pluma como espada; Almafuerte, poeta
de las iras santas, ser de profecía, es decir,
de poesía.
Yo no sé cuánto vale la poética almafuertiana: alguna vez me lo he preguntado y he per­
mitido decirme que su lenguaje poético no es
rico, pero el poeta cantaba como el mar o e’
viento, rugiendo o exaltando a su “chusma” .
Estaba hecho de una pasta aguda y dura­
mente trabajada. Vivió la soledad de la cam­
paña bonaerense, habitó un miserable ranchito aun en La Plata, tuvo una agitada y tor­
mentosa existencia, vió muy de cerca y sintió
la miseria física y los sufrimientos moral:s,
estuvo por años desamparado, pero todo esto
no le impidió atacar a gobernantes y a malos
gobiernos causantes del dolor del pueblo. Su
voluntad y carácter emergían siempre inso­
bornables.
Anécdotas, muchas, dan cuenta de su tajante
vida. No admitía ni la hipocresía, ni el egoís­
mo, ni la petulancia, ni el engreimiento, ni la
cobardía, y hacía el bien por el bien mismo,
sin esperar recompensas. Era un rebelde tenaz;
su vida y su obra giran alrededor de tres o
cuatro conceptos fundamentales: el bien, el
mal. la virtud, la moral cristiana; una mtral
cristiana, esto sí. que nada sabe del olor de los
claustros monacales, ni de las perversiones ca­
tólicas. que combatía audazmente. •
Estas singularidades enumeradas bastan pa­
ra fijarlo, para hacerlo vivo para todos los
argentinos; poseía el ardor, el entusiasmo de
los prohombres de la patria: de los que sabían
jugarse.
A Almafuerte lo veo íntegro, como héroe ci­
vil, en esta anécdota que relataré:
Estaba Pedro B. Palacios de presidente de
un comité radical, en Trenque Lauquen, allá
por el noventa y tantos. Se hizo una elección
y pierde el partido de Palacios. Almafuerte
se queda solo a la puerta del comité, cuando
llega un paisano a caballo y le dice a boca de
jarro: “Ahí tienen lo que hemos ganado por
nombrar presidente del comité a un poeta”.
En eso venia a unas pocas cuadras una atro­
pellada multitud, dando vivas al partido ven­
cedor y mueras al del autor de “El Misionero”.
— Ahora Vd. me va a acompañar adonde yo
vaya, si e s . . . ” contestó resuelto Almafuerte.

influencias

crímenes de los campos de concentración, siente
cernirse sobre si la vergüenza que seguramente
pesará un tiempo sobre Alemania toda y asume
de buen grado una responsabilidad que a él no
le alcanza. Pensando en él me acuerdo de las
palabras de Antonio Machado: “ La verdad es que
Zaratustra. por su jactancia ético-biológica y por
su tono destemplado y violento, está pintiparado
para un puntapié en el bajo vientre que le obli­
gue a ceder el campo a otros maestros más hon­
damente humanos, que la misma Alemania puede
producir; a otros maestros que nos enseñen a
contemplar, a meditar, a renunciar” . ..
El puntapié proféticamente previsto ya está da­
do. Y muy bien puede completar el cuadro de
las previsiones el mismo Mann, con su llaneza
para hablar a los alemanes de los demás hom­
bres; con su dolor porque la nación alemana no
haya sido capaz de liberarse por sí sola de sus
tiranos, de su casticismo; con su humildad para
reconocerse, en tanto que alemán, defectos que a
él no le conciernen en tanto que hombre. En fin,
su libro “ Oid alemanes” 1 invita realmente a me­
ditar, a contemplar, a renunciar.
Quien así razona acerca de su desgraciado país,
sabe muy ciertamente que ser alemán es una de
las muchas formas de ser hombre; que ni Ale­
mania ni cualquier otro país puede pretender es­
tar sobre todos sin que todos, inmediatamente,
se nieguen a estar debajo. Y en definitiva, que la
idea nacional, concebida agresiva y polémicamen­
te lleva en germen su propia destrucción o la del
universo entero, en su incompatibilidad, (hipoté­
ticamente. en el supuesto de que Alemania hitle-

literarias

(continuacióni

rizada hubiese ganado la guerra), lo mismo que
la concepción del hombre aislado, sin influencias,
implica la negación del género humano. O lo que
es lo mismo, que el nacionalismo niega la idea de
nación en la misma medida y de la misma forma
que el individualismo destruye la misma noción
del individuo. Porque la última consecuencia de
un individualismo hipertrofiado habría de ser un
Hitler que atribuyéndose a sí# mismo todos los
derechos del individualismo, fatalmente los niega
a todos los demás mortales, porque su individua­
lidad es de tal especie, sin límite ni medida, que
excluye al género humano. Y a fuerza de no pa­
decer influencia ninguna y de ser enteramente
individualista y castizo, ha tenido que soportar el
citado puntapié en el bajo vientre para que los
demás individuos vuelvan a sentirse libremente en
posesión de su individualidad.
Le suplico, amigo Amorim, que me perdone
estas reflexiones acaso bien impertinentes al pro­
pósito de LATITUD. Pero confesada mi incom­
petencia en la cuestión que c usted y sus compa­
ñeros interesaba, me he permitido desquiciar el
tema hasta traerle a lo que he expuesto. Cosas,
seguramente, sabidas por lodo el mundo y por eso
mismo, creo, que están pidiendo a voces repeti­
ción. porque, como decía Unamuno, son de esas
olvidadas de puro sabidas. Así me parece que
ocurre con la de la absoluta originalidad, el indi­
vidualismo máximo y su colindante genialidad
casticista o tradicionalista. que de esa manera sue­
len definirse a sí mismas.
Le ?aluda muy afectuosamente su amigo
0)

9

E d ito ria l N o v a .

ROMUALDO

B RUGHETTI

.4 Imafaerte
Iteroe Civil
i/ poeta
Sube a un carruaje e invita al paisano, pidien­
do y obligando — bajo su responsabilidad— al
cochero, a dirigirse al encuentro de la colum­
na. Almafuerte, sin más arma que su varita de
bambú, el pecho descubierto, pasa en medio
de la manifestación, abre cancha y grita:
“ ¡Viva el Partido Radical!”
(Demás está decir que el paisano, no bien
vió semejante decisión, se alejó al galope. . . ) .
No se de quién, en nuestros tiempos y en
este país, se podría señalar un rasgo semejante.
•

CARLOS

S A N C HE Z

V IA.M ONTE

Esteban
Echeverría
E cheverría fué la cabal expresión de
su medio y de su tiempo. Siendo genuinamente criollo por su sensibilidad y por su carác­
ter. desempeñó junto con los demás hombres de
la generación del 37 la función de un viaducto
intelectual entre Europa y América. Estuvo en
contacto directo con los intelectuales franceses del
romanticismo y acogió con profunda simpatía la
influencia ideológica y literaria de sus líderes.
Su tono admonitorio y profético no era extraño
al fervor democrático de aquellos tiempos pero se
advierte en él la influencia de Lamennais que
hemos reencontrado recientemente en las ardien­
tes arengas pronunciadas en Buenos Aires por
el Rev. J. V. Ducatillon.
En cuanto a la ideología políticosocial que sir­
ve de fondo doctrinario al dogma socialista y que
da a la personalidad de Echeverría un relieve
cada día mayor, la influencia monitora debe ser
adjudicada a Saint-Simon y en mayor grado aún
a Tocqueville.
Lo fundamental del pensamiento de Echeverría
se halla, sin duda, en su definición de la demo­
cracia, a la que atribuye un claro contenido so­
cial. Esa definición termina con palabras que
Tocqueville escribió en un opúsculo en el que
expuso la síntesis de su gran obra La Democra­
cia en América. Dice Echeverría: “ La Democracia
no es una forma de gobierno, sino la esencia mis­
ma de todos los gobiernos republicanos, o insti­
tuidos por todos para el bien de la comunidad” ,
o de la Asociación.
“ La Democracia es el régimen de la libertad,
fundado sobre la igualdad de clases.
"Todas las asociaciones políticas modernas tien­
den a establecer la igualdad de clases, y puede
asegurarse, observando el movimiento progresivo
de las naciones europeas y americanas, «que el
desenvolvimiento gradual de la igualdad de cla­
ses. es una ley de la Providencia, pues reviste sus
principales caracteres; es universal, durable, se
substrae de día en día al poder humano, y todos
los acontecimientos y todos los hombres conspi­
ran sin saberlo a extenderla y afianzarla» (Toc­
queville ) .
Entre las piezas de un abundante epistolario
que poseo, se baila una carta dirigida a Esteban
Echeverría, desde París, con fecha abril 1*? de
1845, por Gervasio A. Posadas (hijo del Director
Supremo) y en ella le expresa su opinión de que
el Manifiesto de la democracia pacífica, de Víctor
de Considerant parece un plagio de El Dogma
que. sin duda, era conocido en ciertos círculos
intelectuales parisienses.
No está demás recordar que no falta quien con­
sidere que el manifiesto de Considerant constitu­
ye el antecedente directo del manifiesto comunista
rdactado por Marx y Engels a comienzos de 1848.
g

steba .n

�Vida y muerte
de Leopoldo

estos grandes y fecundos acontecimientos, Lugones
se colocó en actitud de adversario. Individualista
y solitario, se dedicó a su arte literario. De aque­
llos años datan sus mejores obras. Trabajador in­
signe, hizo incursiones mentales a otros campos que
el puramente literario. Estudió matemáticas, cien­
cias naturales, filología, filosofía, etc. Y en todos
ellos brilló con luz propia. Asimismo simpatizó
con los aliados en la Gran Guerra. Pronto se hizo
un apasionado y activo aliadófilo y antiprusiano.
Habló y escribió en favor de los aliados a quienes
identificó con la Democracia, y combatió rudamen­
te a Alemania por ser patria del socialismo. Lugo­
nes, oponia, entonces, la Democracia al socialismo.
Para él, la primera significaba la libertad, el se­
gundo la dictadura. Luego cambió radicalmente
de concepto.

por ENRIQUE DICKMANN
T T

onda

impresión

me produjo la trágica

-■-X desaparición de Leopoldo Lugones.
Colocados, política e ideológicamente, en po­
los opuestos, tenia, asimismo, por Lugones, una
consideración

especial:

la consideración

que

se tiene por los robustos talentos sinceramen­
te equivocados.
En tiempos lejanos —-si tiempos lejanos puede
haber en la breve vida de un hombre— tuve admi­
ración por el gran poeta y vigoroso prosista de
aquel entonces. Pronto cultivamos estrecha y cor­
dial amistad. Ello se remonta a más de cuatro
décadas. Salimos del mismo punto de partida; la
rebeldía juvenil contra el orden social existente,
contra la injusticia, contra la mentira y contra la
fealdad. Pero, quiso el destino que nuestros cami­
nos fueran divergentes. Yo quedé en la línea. Leo­
poldo Lugones marchó en la vida ideológica en
zig-zag. Luego viró en redondo. De la extrema
izquierda pasó a la extrema derecha. Yo quedé
donde estaba siempre: en el centro del Partido So­
cialista. Cortamos nuestra amistad, pero no inte­
rrumpimos nuestra mutua consideración. Lo con­
sideraba sincero en el error; no por ello el error
dejaba de ser grave y fatal. Yo denunciaba y re­
pudiaba los tremendos errores políticos e ideológicos
de Lugones, pero respetaba al hombre. Era un
singular ejemplar humano: mezcla de luz y de
sombra, de grandeza y de miseria, de virtudes y
de flaquezas. Cultivaba la paradoja: libaba sil
néctar y tragaba su acibar. En los últimos años
sus trabajos literarios y sociológicos eran abomina­
bles, no por su forma sino por su fondo. Eran la
negación de sus sentimientos y pensamientos ante­
riores. Yo los leía, y me causaban pena y dolor.
Decía para mis adentros: ¡Qué ¿norme talento ma­
logrado !
Frente a su trágica muerte —que puede significar
arrepentimiento y purificación— evoco las palabras
que Shakespeare pone en boca de Marco Bruto
frente al cadáver de Julio César: “ Porque fué mi
amigo, lo lloro. Porque afortunado fué, lo celebro;
porque fué valiente, lo honro; porque fué ambicioso
lo maté. Lágrimas tuve para su amistad; regocijo
para sus triunfos; encomios para su valor, y muerte
para su ambición". Leopoldo Lugones no fué muer­
to como Julio César, sino murió por su propia y
deliberada voluntad. En el fondo de mi corazón
conservo para él un recuerdo cariñoso, recuerdo
que viene de lejos y tiene hondas raíces. Otros
analizarán su obra literaria y artística; yo evoco
lejanas reminiscencias de un pasado común y cer­
canos recuerdos de opuestos modos de sentir y
de pensar.
Conocí a Leopoldo Lugones a mediados de 1895
A poco de llegar del campo, fui invitado a una
reunión de jóvenes en la pieza del practicante José
Ingenieros, en la Cruz Roja, sito calle San José 18.
Ha sido en el balbuceo del movimiento obrero y
socialista argentino. ¡Qué tiempos heroicos fueron
Ruellos! Yo llegaba de la campiña entrerriana,
abandonando la chacra de inmigrante para iniciar
mi carrera universitaria; y Lugones llegaba de la
campiña cordobesa y santiagueña, abandonando su
solar de pura cepa criolla para abrirse camino en
el mundo periodístico y literario. En aquella reu­
nión de media docena de jóvenes se charlaba, se
mateaba y se fumaba. Eramos unos grandes discutidores. Se discutía sobre Speneer. Darwin, Comte.
Kant. Nietzche, Marx, Engels, etc. Me impresiona­
ron entonces la singular vivacidad y la inteligencia
brillante de Pepe Ingenieros, y el vigor y la ro­
bustez del talento de Lugones. Don Leopoldo —co ­
mo lo llamábamos—, hablaba como quien tiene
autoridad: en palabras enérgicas, en frases rotun­
das, en sentencias lapidarias. Yo, el más ignaro de
todos, empece a admirar a aquel grupo de jóvenes
y sobre todo a Ingenieros y a Lugones. más al
segundo que al primero.
Todos militábamos en el naciente Partido Socia­
lista fundado por el doctor Juan B. Justo.
El 19 de Mayo de 1896, en una reunión organi­
zada por los socialistas, en el Club Vorwaert calle
Rincón 1141, para celebrar la fiesta del trabajo,
hablamos Payró, Lugones y yo. La concurrencia
era muy pequeña, pero la oratoria fué abundante,
exaltada y ardiente. El discurso de Lugones fué
en extremo revolucionario: contra la burguesía y
el Estado. Discurso vigoroso de forma y tremebun­
do de fondo, que impresionó profundamente al
reducido pero entusiasta auditorio. El está publi­
cado íntegramente en La Vanguardia de aquel en­
tonces, y cuya lectura recomiendo a los que quieren
estudiar la compleja personalidad de Leopoldo Lu­
gones y sus ulteriores desarrollo y cambios políticos
e ideológicos.
Pronto Lugones tuvo su primera dificultad en el
Partido Socialista. En 1896, llegó a Buenos Aires
el príncipe de Saboya. El temperamento literario
y estético de Lugones lo impulsó a la admiración
de la realeza. Y escribió un articulo ditirámbico
para el príncipe italiano, en el diario “El Tiempo” ,
dirigido por Carlos Vega Belgrano. Le contestó
Domingo Risso. el eximio traductor de los poemas
de Carducci, denunciando el peligro socialista de
una literatura bombástica y ditirámbica para la

Finalizada la guerra y producida la revolución
rusa, Lugones simpatizó con ella. Durante algún
tiempo se inclinó ante el bolchevismo triunfante.
Lenin y Trotzky fueron santos de su devoción.
Pero, esta su nueva actitud duró también poco.
Benito Mussolini y su fascismo conquistaron a Lu­
gones, y a igual del poeta italiano Gabriel D’Annunzio, el poeta argentino Leopoldo Lugones se hizo
ardiente adepto de la nueva doctrina político-social,
reaccionaria y dictatorial. Renegó de su pasado
laico, liberal, democrático y socialista; y proclamó
“ la hora de la espada". Fué el iniciador del movi­
miento fascista en la Argentina, con sus confe­
rencias en el Teatro Coliseo.

monarquía y los monarcas. En la polémica que se
produjo alrededor de ese episodio, Lugones no sa­
lió vencedor. El Partido Socialista censuró su
actitud.
La consecuencia de ello fué una inclinación ma­
yor de Lugones hacia el extremismo revolucionario.
En 1897, él e Ingenieros fundan el periódico socia­
lista revolucionario “ La Montaña", que empezó fe ­
chando su primer número por el calendario de la
revolución francesa.
Lugones e Ingenieros dierpn a su periódico un
tono de rojo violento. Eximio desde el punto de
vista literario, escrito en una prosa virulenta pero
no procaz, matizado de versos de un vigor inusita­
do. los dos jóvenes escritores denunciaron a la bur­
guesía y a sus puntales —el Estado, el Ejército y
la Iglesia— en una forma atroz. Para Leopoldo
Lugones, la burguesía era la más cabal expresión
de la brutalidad, grosería, ignorancia y bajos ape­
titos. El burgués era un ente grotesco, chato, sen­
sual, brutal y antiestético. El Estado era el comité
ejecutivo de la burguesía. El ejército, sus lacayos;
y la iglesia, la prostituta que vende sus favores al
mejor postor. La prosa y los versos de Lugones,
publicados en “ La Montaña", fueron una tremenda
requisitoria contra la actual organización social de
la sociedad. Asombra y desconcierta su lectura.
Traducen temperamentos vigorosos, pero negativos
y destructivos. _ A los pocos meses, y por razones
obvias, el periódico dejó de aparecer.

Factor muy activo en la gestación y realización
de la revolución del 6 de Septiembre de 1930, per­
teneció al grupo áulico de los consejeros del dic­
tador Uriburu. Proclamó la reforma, por cualquier
medio, de la Constitución democrática, para trans­
formar el pais en un régimen corporativo. En su
edad provecta, Lugones abrazó el fascismo con el
mismo entusiasmo y ardor; como abrazara, en su
juventud, el socialismo revolucionario. Lugones
nunca fué hombre de términos medios. Su tempementó se regia por el concepto de “ todo o nada".
Así se explica su transición ideológica de la extre­
ma izquierda a la extrema derecha; su irreductible
oposición a las ideas e ideales democráticos y so­
cialistas que con tanto fervor profesaba en su
juventud.
Me encontré con Leopoldo Lugones pocos meses
antes de su muerte, después de no vernos durante
casi cuatro décadas. Esta vez fué también a invi­
tación de un grupo de jóvenes. Un núcleo de escri­
tores e intelectuales israelitas se propusieron orga­
nizar un movimiento contra el antisemitismo, y
entre los invitados a la reunión figuraba Lugones
y yo. Nuestro encuentro fué sencillo y cordial, con
un fuerte y afectuoso apretón de maños. Como si
nos hubiéramos visto la víspera. Coincidimos sobre
el absurdo y la monstruosidad del antisemitismo, y
coincidimos también que la Argentina no era tierra
propicia para este mórbido y exótico movimiento.
No abordamos otros temas, y nos despedimos cor­
dial y afectuosamente.

Militante activo del Partido Socialista, orador y
escritor, Lugones reprochó al mismo su aburguesamiento y su _ actitud reformista. Lo encontraba
débil en la acción y acomodaticio en el pensamiento.
Y como no pudo modificar su estructura interna
resolvió fundar otro partido socialista revolucio­
nario; y lo consiguió en 1899, fundando la Fede­
ración Socialista de Barracas.
Es un episodio muy curioso, por ser la primera
escisión que soportó el Partido Socialista en la
Argentina; escisión encabezada por Leopoldo Lu­
gones.
Para atraer adeptos a su nueva agrupación so­
cialista revolucionaria, Lugones me escribió la si­
guiente esquela, que conservo en mi archivo: “ Es­
timado compañero: —si quiere venirse el sábado
a la noche por esta su casa (Hornos N9 1094), per­
derá un poco el tiempo, agradablemente me ima­
gino, y oirá una cosa que reputa agradable su
affmo. compañero y amigo, L. Lugones 26 de
abril — 99” .
Concurrí a la reunión, encontrándome con un
grupo de jóvenes como en 1895. como en la pieza
del practicante Ingenieros en la Cruz Roja. No doy
sus nombres, porque algunos de ellos viven aun, y
temerla comprometer su envidiable posición políti­
ca y social.
Lugones quiso convencerme de la necesidad de
la nueva agrupación revolucionaria y atraerme a
sus filas. Yo era, en aquel entonces, estudiante de
medicina y ya activo militante socialista. No me
dejé impresionar ni convencer por la pretendida
nueva ideología. Le dije que dentro del Partido
Socialista cabían todas las modificaciones de esta­
tuto, programa y declaración de principios; pero
que toda actitud fuera de él, yo consideraba una
traición. Nos separamos, para no encontrarnos más
en una conversación téte a téte, hasta pocos meses
antes de su muerte. Encuentro que luego referiré.
La Federación Socialista fundada por Lugones
vegetó un par de anos. El Centro Socialista de Ba­
rracas retomó, en 1902, al Partido Socialista. Leo­
poldo Lugones quedó fuera del partido, para no
volver más a sus filas; y para colocarse poco a
poco frente a él en una actitud irreductible no
solo contra el Partido Socialista de la Argentina,
sino contra el socialismo en general.

A comienzos del siglo en que vivimos, el presi­
dente Julio A. Roca nombró a Leopoldo Lugones
inspector de Enseñanza Secundaria v Normal fun­
ción que desempeñó algunos años, llegando a ser
inspector general de la misma. Partidario de la
candidatura de Manuel Quintana para presidente
de la República, pronunció, en 1904, una conferen­
cia a su favor en el teatro Victoria. Asistí a ella
en compañía de algunos otros socialistas. Nos in­
teresaba escuchar a un socialista revolucionario
apoyando una candidatura presidencial típicamente
oligárquica. La síntesis de la conferencia fué la
vuelta del orador del país de Utopía y su retorno
al país de la Realidad; y que habiendo encontrado
al hombre que él buscaba, y que el país necesitaba
había apagado su linterna! ¡Linterna simbólica!
luz interna del Ideal que alumbra el camino de los
mortales; y. que apagada, deja el espíritu en tinie­
blas, y el rumbo de la vida se hace tortuoso e
incierto!
El oficialismo de Lugones duró poco. Con la
muerte de Quintana, a principios del año 1906 y
el advenimiento a la presidencia de Figueroa Al­
cona, Lugones se hizo opositor terrible de éste.
Desde "El Diario", del entonces senador Manuel
Lainez, Lugones bombardeó, a editorial diario, al
presidente Figueroa. ¡Editoriales tremebundos ’ de
prosa maciza como catapultas!
Vino luego la nueva era de Sáenz Peña, el ejer­
cicio del sufragio universal, la derrota de la oli­
garquía, el advenimiento del radicalismo al gobier­
no, la expansión del socialismo. Frente a todos
10

•
Por un complejo de amargura y decepción. Leo­
poldo Lugones abandonó este valle de lágrimas,
deliberada y voluntariamente. ¡Tremenda decisión!
¿Qué honda crisis mental y moral trabajaría úl­
timamente su espíritu impresionable y cambiable?
No es el caso de discurrir sobre si el suicidio es
un acto de fuerza o de debilidad, un gesto de valor
o de cobardía. Es una terrible realidad. No se
suicida, como no mata, el que quiere, sino el que
puede. _ Lugones. a pesar de su neocristianismo.
prefirió el método pagano de auto-eliminación.
Su vida y su muerte es una tremenda lección de
cosas. Y porque murió pobre, por no haber sido
venal; y porque lo he creído siempre sincero en
el error —grave y fatal error— honro su memoria
con esta nota leal y sincera, producto de una
consideración personal nunca extinguida.
Leopoldo Lugones fué, en vida, un grande y robusto talento verbal, rayano a veces en el genio.
Sus magníficos versos y poemas son obra de un
gran poeta, su prosa maciza y tajante traduce a un
escritor excepcionalmente vigoroso. Fué un eximio
esteta, pero mal pensador y peor político. Lo atraía
y encantaba el bello gesto, pero no la obra lenta
y fundamental. Impaciente, anhelaba lo que no
podía conseguir: y desdeñaba lo que estaba al
alcance de su mano.
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m

lin c a

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brillante juventud, si hubiera sido fiel a las ideas
e ideales por él entonces abrazados, si hubiera
puesto su vigorosa inteligencia, su brillante pluma
y su robusto verbo al servicio del pueblo laborioso
que el admiraba en sus primeros pasos en la vida:
i
^r.an escritor y qué magnífico orador hubiera
tenido la democracia y el socialismo en la Argen­
tina. Hubiera sido un par entre pares de los poetasc J escritores del mundo: poeta, hubiera sido igual
a Sheiiey y Byron; escritor, igual a Víctor Hugo y
Lmu10 Zola Pero, los dioses torcieron su destino,
i .Tremendo dolor! La línea de su vida se ha queorado. Su pensamiento y acción se tornaron en un
cambio perpetuo de actitudes y gestos. De socialista revolucionario se torna fascista reaccionario;
de librepensador, ateo y pagano, se convierte en
cristiano, pero no en lo que este tiene de eterno y
universal, sino en lo que tiene de dogmático y es, catTollcls™&gt; romano. ¡Qué gran talento
y1 f a t a ¡ ? ° ¿L° redimirá su último gesto simbólico
su va a

"T Juventua argentina de dolorosa y fecunda
d&gt;fía^ OS.aSo=y la&lt; f nseñe lo qne n o 's e puede
haceI ' Sl asi fuera, la voluntaria inmola“ ° “ „ d.el P°eta. serla útil; su dolor, fecundo. Así
como ia crueificcion de Cristo fué un acto de reP®,ra, los demas. la muerte de Leopoldo
ri»g» r r » ^ f de S.er u" acto de Pr°P‘a redención:
de arrepentimiento y de purificación. ¡Es mi ar­
diente deseo que así sea!
geP !° .y, el talento son regalos de la vida que
™
° ? ,S alcanzan. Y el genio y el talento
?o nna irlo L feC“ ndos cuando sirven a la vida en
al
V'en,e d« mas alto y noble: cuando sirven
? e, H,.Justicia, de la Razón, de La Berinía inmortal. Si asi no sucede los dioses castigan
eeí
‘ ^placablemente a los mortales que infrin­
gen sus leyes inflexibles y eternas.
Febrero, 1938.

�muerte del inoculado, ya con menos virulencia. ¿No
exagerarán nuestros hombres de ciencia, al sostener
que contra el Virus 33 no hay cañón, ni bomba, ni
lanzallamas, ni atomismos que valga? Una vez más
es conveniente repetir: al pueblo le funciona el
cerebro y las guerras nunca se ganan con explosi­
vos, porque los explosivos tienen un revés como
los naipes...
(De “ Latitud” , 25 de julio de 1981).

trastienda
por LA ZA R O

TEMAS PROPUESTOS
La Direción de LETRAS propone tres temas
a los autores jóvenes que estén dispuestos a cola­
borar en LATITUD. La publicación de cualquie­
ra de los artículos que se nos envíen autoriza
a hacer efectiva la suma de cincuenta pesos en
nuestra administración.
Los temas son los siguientes:
EL

P E S IM IS M O

EN
LAS

LA

EL A M O R

EN

¿P U ED EN

GO BERN AR

N O V ELA

C A N C IO N E S
LO S

C R IO L L A .
PO PU LA R ES

IN T E L E C T U A L E S ?

NO TE M E T A S ...
Los más notables escritores del mundo participan
en forma activa en la política y en las restantes
actividades de la sociedad a que pertenecen. Abs­
tenerse cuando las garantías constitucionales ase­
guran la libertad de pensamiento resulta una idea
suicida. Actualmente intervienen en la vida de sus
pueblos los siguientes escritores:
ESTADOS UNIDOS: MacLeich.
CHILE: Pablo Neruda.
VENEZUELA: Rómulo Gallegos.
COLOMBIA: Gustavo Santos y Sanin Cano.
URUGUAY: Jesualdo.
CUBA: Jorge Mañac.
ARGENTINA: Ataliva Herrera.
Es curioso comparar los nombres de los presiden­
tes de los PEN Clubs. Jules Romain preside en el
orden Internacional. Wells, el Pen Club de Londres.
Paul Valery, el de París. El de Buenos Aires, acaba
de elegir, después de doce años de permanecer en
ese puesto, a Antonio Aita. Como puede verse, la
actividad de los escritores en todas partes del mun­
do no es de prescindencia cuando se trata de sus
vitales intereses. La prudente "política” de los
apolíticos argentinos, cumple al pie de la letra la
observación de Keyserling: “ No te metás” . Cuando
se escriba la historia de estos momentos de profun­
da significación para la inteligencia, se nos podrán
hacer serios reproches por nuestra insólita tole­
rancia.

R IE T

LAS DOS PROCLAMAS
Para la defensa de Hungría se lanzó la siguiente
proclama, cuyo texto apareció en volantes y en
periódicos:
“ ¡Campesinos de Hungría'.... ¡Obreros de nuestras
fábricas!... ¡Estudiantes!... ¡Salid a los caminos a
defender vuestro suelo! Agrupaos en las encruci­
jadas... ¡Levantad barricadas que el invasor se
acerca!”
La otra proclama, también ‘ patriótica” , que se­
gún nuestras informaciones rodó por las calles de
la capital, decía así:
“ Latifundistas de Hungría, terrantenientes, ban­
queros! Apostaos en las puertas de vuestros des­
pachos... Haced de cada bufet un cantón... ¡De­
fended vuestra comodidad!... ¡Luchad por vuestra
pitanza!.. . ”

LOS ROSTROS PALIDOS
No es el titulo de una película, ni siquiera de
una novela radial. Es el rótulo que se le quiere
dar a cierta gentecita que anda por ahí, contenida,
especiante, pacata. Rostros pálidos en el seno de
la familia (¿por qué no se van un poquito al cam­
po?) Rostros pálidos, en las revistas literarias (¿a
qué tanta evasión. tanto miedo. tanto sacarle el
cuerpo a la actualidad del país?) Rostros pálidos.
en los banquetes, (¿para qué se reúnen ustedes, si
digieren tan mal que resultan un espectáculo de
dificultades gastrointestinales? ¿Por qué no beben
alcohol en abundancia 4 .le una vez por todas, para
probar las violencias de los estimulantes?) Rostros
pálidos en los periódicos, (¿por qué no dejan en
paz las transcripciones de los corresponsales y dicen
lo que piensan?) Rostros pálidos en el teatro,
(¿por qué buscan la risa, por qué insisten en la
chabacanería? Acaso no les daría plata —si es esto
lo que buscan— escribiendo obras con algún con­
tenido?) Rostros pálidos en el cine, rostros pálidos
en los cafés, rostros pálidos en las canchas de fútblo, rostros pálidos en la política, exangües ciuda­
danos de un tiempo criollo sin heroísmo.

FASCISMO ES LO QUE LIM ITA. ¿QUE ATRACTIYO, POR LO TANTO, PO DRIA OFRECER
A UN INTELECTUAL SIENDO ESTE ENEMI­
GO DE LOS LIMITES?
JEAN CASSOU
(Examen de conciencia del intelectual)

VOCABULARIO BELICO
1914 - 18

1 9 39-45

Sin novedad en el fren­
Racismo
te
Coventrizar
Trinchera
Quinta columna
Cruz de palo
Campos de con cen tra ­
Línea Maginot
ción
Kn klux klan
Gestapo
Kulak
Gauleiters
Pogrom
Duce
Espacio Vital
Fuehrer
Madelón
Falangismo
Sisteme D.
División Azul
Boche
Vichy
Estos ascos de la derecha —a mano derecha—
terminaron gracias a la intervención de estas me­
morables palabras:

EL P .E .N . C lu b ¿ e s a n tin a z i ?
¿Qué pretende el Pen Club de Buenos Aires al
mantenerse ajeno a las manifestaciones de grupos
calificados, de sociedades y asociaciones que se ma­
nifiestan en contra de la anormalidad en que se
desarrolla el país? Creemos que el Pen Club se ha
caracterizado por su posición liberal en todos los
congresos que ha llevado a cabo. Resulta extraño
que se haya negado a firmar un manifiesto que
agrupa la totalidad de las instituciones libres. So­
bre todo contando entre los miembros de la comi­
sión directiva a algunos escritores de conocida beli­
gerancia antinazi. ¿Qué se pretende con semejante
hostilidad?

Radar
La R .F .A
Bolsones
Jeep
Punta de lanza
Cabecera de puente
Mosquitos
Superfortalezas
Les maquis
Postdam
T .N .T .
y la señorita Atómica.

VENERABLE VALERY

S O L IC IT A D A
“ Buenos Aires, julio 3 de 1945.
Señor Director del Museo Provincial de Bellas
Artes, don Emilio Pettoruti. — La Plata.
Estimado amigo:
Lamentamos profundamente tener que dirigirnos
a Vd. para comunicarle nuestra decisión de no con­
tinuar el desarrollo del ciclo de conferencias que
acordamos dictar en ese Museo dentro del plan
cultural del corriente año. Pasamos a explicar a
Vd. las razones que motivan esta actitud.
Cuando a fines del año pasado, nos formuló Vd.
que dirige, la aceptamos como acto de solidaridad
su invitación a ocupar la tribuna de la institución
personal y artística con Vd. y con la obra de cultura
que viene desarrollando a través del Museo desde
hace quince años. Pero ya iniciado el ciclo con la
participación de algunos de nosotros, se ha aludido
a nuestra actitud, en círculos oficiales y extraofi­
ciales, en forma tal que nuestro acto de solidaridad
personal con Vd. puede ser interpretado por la opi­
nión pública como un gesto de adhesión al estado
de cosas imperante. Tal interpretación contraría
nuestra posición frente a los problemas públicos.
Quienes hemos pronunciado ya nuestras confe­
rencias, lamentamos haberlo hecho y quienes no las
hemos pronunciado aún, rogamos a Vd. quiera con­
siderarnos desligados de nuestro compromiso.
Mantendremos esta actitud mientras subsista en
el país la actual suspensión de las tradicionales
libertades argentinas y no se devuelva a la Repú­
blica el goce de los principios de tolerancia mutua
y respeto de la dignidad ciudadana sin cuya vigen­
cia la salud de la patria es imposible.
Saludamos a Vd. con nuestra amistad de siempre.
Leónidas Barletta, Mane Bernardo, Arturo
Cerretani, Córdova Iturburu, Alfredo de
la Guardia, Jorge D’Urbano, Gilardo Gilardi, María Rosa Oliver, Jorge Romero Brest,
Juan S. Valmaggia, Javier Villafañe.

EL VIRUS 33
i Tierna ingenuidad la de nuestros abuelos cuando
en aquel agosto de 1945 los cronistas decían que
“ les faltaban palabras para describir el horror de
la bomba atómica” . El radio de acción del “ mons­
truo” ponía los pelos de punta a los habitantes de
las islas japonesas. Las descripciones que se pue­
den leer en las colecciones de los diarios de la
época, son objeto de regocijo de los muchachos de
hoy. Aquellos ilusos de 1945 creyeron que las gue­
rras se ganarían con bombas atómicas! En 1910, mi
bisabuelo escribió un pintoresco artículo en “El
Globo” , anunciando el fin del mundo porque la
gente se lanzaba a la velocidad increíble de 120 kiló­
metros a la hora. ¡Quién iba a decirles que ni el
maquinismo ni las bombas atómicas significaron
nada en el curso de las guerras! Los inventos fabu­
losos resultaron una bicoca. La bomba atómica
aplicada a la industria terminó con un régimen que
hacía del hombre un esclavo. Pero no pasó de allí.
Ahora nos preguntamos: ¿no será una exageración
de nuestro tiempo el atribuirle tanta importancia al
Virus 33? El sabio nazi que lo elabora, asegura su
filtrabilidad y se cree en Alemania que puede cretinizar, nazificar a todo hombre no mayor de 33
años. Las experiencias realizadas en el Congo dan
un resultado sorprendente. El Virus 33 se inocula
desde una distancia de 1120 kilómetros. El sujeto
no advierte su introducción. Acciona hasta la edad
de 33 años y puede proyectarse luego, hasta la

O í. un griego ejemplar, un artífice inigualado
^ que en su “ torre de marfil" escribía para la
eternidad. Sí, el más asombroso rigor en su pa­
labra, la poesía quintaesenciada, purísima, inma­
terial. El pensador sin prisa, el reposado filósofo,
la augusta serenidad del esteta. Pero, además,
que se enteren los destemplados, los que preten­
den vivir fuera de la realidad, en “ ebúrneas”
chozas de barro, que Paul Valery fue el activo
redactor de la prensa clandestina, el sueltista de
los periódicos de la resistencia, el Hombre, en
suma, cuyo pensamiento ardió en las imprentas
a oscuras, montadas por los heroicos maquis.
En el solemne cortejo que conducirá sus res­
tos al Panteón a la sombra de los altos honores
se verá la presencia del más humilde de los
soldados del pueblo.
Magnífico escritor, venerable ciudadano que no
olvidarán los obreros de la Libertad.

H

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S

Para evitar esto . . .

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E

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G

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A

Conviene adelantarse . . .

F

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v execrar . . .
Í106E P&amp;OHIRE

...c o n t ie n e n c a b e llo s co rta d o s a 1 5 0.000 m u je re s, m u e rta s
en un cam po de c o n ce n tra ció n d e A le m a n ia . . . “ Y lo s c a ­
b e llo s

e ra n

u tiliz a d o s

en

la

fa b ric a c ió n

de

p a n t a lla s " .

E H R EN B U R G

11

�“ O’NEILL” . EL HOMBRE Y SU OBRA” , por Barret H. Clark. Editorial "Nova” . Buenos Aires.
T A obra de O’Neill dará motivo a múltiples aná■*-' Usis cuando se la enfoque desde los ángulos que
reclama la actualización de sus intenciones. El
teatro de O’Neill será inagotable como tema crítico.
Es, hoy día, el teatro más vigoroso de la escena
mundial.
La editorial Nova, en una cuidada edición de las
que no son muy frecuentes en nuestro medio, y
gracias a una ajustada traducción del señor Manuel
Barberá, entrega al público argentino una tentativa
de biografía a la par que una interpretación de la
obra del gran autor americano. La firma B. H.
Clark. El critico yanqui está autorizado para una
apreciación ponderada de su amigo, pero esta con­
dición quizás lo coloque en un plano difícil para
ahincar en la persona, en el personaje turbulento y
extraño que hay en O’Neill. En cada página se
adivinan prudentes reservas. Es curioso observar
cómo la obra de los grandes autores contemporá­
neos (creemos que también los de cualquier tiempo)
está condicionada a su modo de vivir. O’Neill, que
fué marinero y cargador y cuidador de muías y
que practicó mil oficios, deja en trance de dudas
al escritor de vida reposada, tranquila, burocrática,
rutinaria. ¿Qué se puede esperar de esos “ rostros
pálidos” que andan por la literatura, por la nuestra
en particular? Mientras un Malraux vuela sobre
los campos de batalla y un Cremieux se expone a
la muerte y la logra ejemplar en un campo de
concentración, por el mundo literario circulan los
escritores cuya obra es un minucioso ejercicio men­
tal. O’Neill entró en la vida como un minero. Su
obra es la resultante de ese contacto violento con
la existencia. Por eso será perdurable, por eso
motiva estos libros y muchos otros que sobre él se
escribirán en el correr de los tiempos.
De los estudios que Clark propone de las piezas
de O’Neill, ninguno nos ha parecido tan ligero c o ­
mo la interpretación que nos da de “ Deseo bajo los
olmos” . Interesado en la trama, el crítico americano
descuida el examen del contenido social del drama.
La posesión de la tierra, el sentido de la propie­
dad. encienden la tragedia. La avaricia mueve a
los seres y el asunto pasional se explica tan sólo
por la gravedad de un sistema que engendra la
maldad, el odio y la miseria moral. Barret H. Clark
dice que “ en esta obra sondea los abismos. Se
pone de cara a la vida con valentía y entereza” .
Es bien poco, porque hay algo de más capital
importancia en la obra. Hay una crítica social de
tremendo contenido. Más adelante dice: “ esta gente
(al revés que la gente de la vida diaria) es cruel
y avariciosa” . Creemos que en la exageración está
la magnitud de tal obra, pero sus personajes no
son el revés de la gente de la vida diaria. Es la
vida diaria misma con su régimen sórdido de la
propiedad. O’Neill la magnifica, nada más.
En general, el análisis del critico americano no
es sostenidamente agudo. Pero tiene vigor y valor
informativo. Grabados y anecdotario hacen de esta
obra un libro muy útil para el conocimiento del
teatro de O’Neill.
L. R
"ENSAYOS DE POESIA LIRICA” , por J. R. Wilcock. Buenos Aires.
C » infrecuente es el misterio de la creación poéJ tica, más extraño aún su alcance, más raro su
hallazgo cuando un afán loable induce a la bús­
queda de una depurada, exacta arquitectura de las
formas.
Lograda está en la poesía de Wilcock la difícil
conjunción, airosamente, sin que resten señales del
esfuerzo ni la menoscabe un estéril virtuosismo.
Acendrada voz la suya, de sugerencias perdura­
bles, intimista y honda, evoca de algún modo la
lírica de Luis Cemuda, aunque tal proximidad no
supone una identificación inexistente, que el poeta
domina sus partculares medios expresivos y es
dueño ya de un peculiar acento.
Esperemos un destino nada común para un autor
cuyo primer volumen ofrece generosamente tan
singulares valores.
H. C.

“ RAZON DEL MUNDO” , por Francisco Ayala. Edi­
torial Losada, 1944.
F STE libro pretende justificar la teoría de la írresponsabilidad edl intelectual: la teoría de la
evasión, de su fuga, de la imposible ruptura de sus
vínculos sociales. Ya se sabe en qué consiste en
rreno filosófico, recordemos la “ neutralidad” social
el fondo, toda “ neutralidad” : sin salimos del tede toda ética; la "neutralidad" gnoseológica e his­
tórica de la axiología (que así disfraza toda estimatiya parcial): la "neutralidad” metafísica del
positivismo (que encubría ingenuos principios metafísicos): la “ neutralidad” gnoseológica del Circulo
de V;ena (que lleva implícito el solipsismo de
Mach); la "neutralidad” metafísica y religiosa del
agnosticismo inglés (que deja la puerta abierta a
la metafísica y al fideísmo): la “ neutralidad” de
la teoría de Kelsen (que tan bien se presta a
consagrar toda situación de facto) la “ neutralidad”
política del existencialismo (que no alcanza a en­
cubrir su esencia inhumana y deshumanizada)
Pensemos en la “ neutralidad” , en la perfecta
"aislación” , en la absoluta “ autonomia” de cual­
quier cosa (con la excepción trivial de la totalidad
del universo): de cualquiera de los entes del uni­
verso, todos ellos en constante interacción, en mutua
dependencia, en inescindible unidad dinámica. Pen­
semos, en particular, en el conjunto de la actividad
humana en el conjunto de la civilización y de la
cultura: ¿es posible aislar, sin lesionar la unidad
orgánica total, cualquiera de los aspectos de este
todo? Un sociólogo de verdad —y el Dr. Ayala se
especializa en sociología— no puede intentarlo por­
que sabe de antemano, o debiera saberlo, que asi
consumaría un fraude intelectual. Y un filósofo
—y el Dr. Ayala se interesa por la filosofía—, cual­
quiera que sea su posición, no puede fragmentar
consciente y honestamente el universo de los ob­
jetos de su meditación: puede hacerlo provisoria­
mente, en cumplimiento de preceptos metodológi­
cos: pudo hacerlo en los tiempos de Leíbniz; pero
hoy, en el siglo XX. no puede proclamar el aisla­
miento real o posible y de principio de ninguna
de las "esferas" reales o ideales en que idealmente

X ilo g r o f ía

de

F. M a se re e l

e sca p a ra te

“ EL GAUCHO NUSEZ” , de Enrique Mouliá. Entre
Rios tiene un nuevo novelista. Su búsqueda por
los senderos de una expresión nacional ya se ha
perfilado en otras obras de este narrador, que es
vigoroso y no aparece despreocupado de los grandes
problemas que se exponen a la consideración de los
escritores con inquietudes.
“ LOS DIAS DE LA GUERRA MUNDIAL” , por
Lázaro Riet. La contienda que acaba de terminar
con las banderas de las Naciones Unidas enarbo­
ladas en los mástiles donde flameaba la cruz eswástica, tiene una guía minuciosa en esta recopi­
lación de telegramas confeccionada con un sentido
muy agudo y oportuno. La memoria no ha podido
retener muchos de aparente intranscendencia. “Los
dias de la guerra mundial” es un libro útil para los
periodistas, para los futuros historiadores y para
los que quieran conservar un vivo recuerdo de esta
guerra. Libro de consulta, libro de documentación
y libro de interesante estructura a un tiempo, ha
sido recibido con interés, y su trayectoria, que
abarca desde el primer día de la guerra hasta la
caída de Berlín, lo coloca entre los más originales
que se han publicado últimamente.
C. M.

LIBROS DEL MES
descompone el “ gran todo". Si lo hace en serio o
es deshonesto o es tonto. En cuanto al Sr Ayala
no parece tener pelo de tonto.
Desde luego, no se trata de “ echarles la culpa”
ae todas las calamidades a los Intelectuales: en su
afan por justificar su posición, el Sr. Ayala se
debate con un contrincante inexistente, pero ni
aun asi logra ganar pelea tan bien dispuesta Pero
cuando un intelectual —com o el Sr 'A yala— ha
puesto su iteligencia en la difusión de doctrinas
reaccionarias .antisociales e irracionalistas (toda la
sociología alemana contemporánea), cabe pregun­
tarse si le asiste el derecho de acusar de irracionalismo y antiintelectualismo al "hombre de la ma­
sa ; cabe preguntarse si el "hombre de la masa”
no tiene sobrado dercho d desconfiar de esta clase
de clercs, que no sólo le deja librado a su suerte
?lJ}° %ue pretende justificar su propia irresponsa­
bilidad social y política con bellas teorías, endil­
gándoles la responsabilidad por los males de este
mundo, y por añadidura trabajar intensamente por
la difusión de doctrinas retrógradas e inhumanas
como son las nazis o pronazis; cabe preguntarse si
quien profesa la concepción del mundo del aves­
truz (en el m ejcr de los casos) tiene derecho de
hablar en tono compungido del “ duro destino del
intelectual” .
Para el Sr. Ayala —expatriado, esto es. con cier­
ta experiencia histórica, y desde luego en un "ais­
lamiento” forzoso que por ello mismo no es aisla­
miento— el deber supremo del intelectual como
tal no es poner su inteligencia al servicio de cau­
sas justas, sino mantenerse alejado del combate” *
"en cuanto intelectual, deberá preservar, apartadas
e intactas, sus facultades, como un islote de razón
vigilante en una hora” , etc., etc.; "la lucha propia
del intelectual es la lucha por mantenerse fuera de
ella; su valentía consiste en huir del campo de
batalla” ; “ los peligros de la lucha, con ser tan
grandes, no igualan a los del apartamiento cons­
ciente, ni hay heroísmo que se compare al de la
irreductible soledad . Estas, que podrían parecer
“ brillantes paradojas” en tiempos más calmos —o
en salones wildeanos— son en los que corren afir­
maciones de suma gravedad; y si no son suficientes
para escalar cátedras, lo sen para merecr califi­
cativos muy severos, con mayor razón tratándose
de un sociólogo, que asi pretende desconocer la
función social del conocimiento y en consecuencia
de aquél cuya profesión es alcanzarlo, ampliarlo,
aplicarlo o difundirlo. El autor no da ejemplos
concretos en prueba de su teoría (y con ello se
muestra fiel a la metodología de muchos sociólo­
gos modernos: en una teoría absurda huelgan las
aplicaciones). Pero podemos ayudarle nosotros: el
intelectual ideal de Razón del mundo, el que ha
cumplido ccn sus preceptos ascéticos y asépticos,
es el que silencia su voz —y con ello su produc­
ción— bajo un régimen fascista.
Verbo y acto, protesta y creación, rebeldía y pro­
ducción, critica y construcción,* ¿no van acaso de
la mano como el sí y el no. como lo claro y lo
oscuro? Muera una y languidecerá hasta morir la
otra . Se objetará; también el acatamiento tiene su
voz. Es verdad: la voz del acatamiento, disfra­
zado de purismo y neutralidad, es por ejemplo este
libro Razón del mundo.
M. B.

•NUESTRO VIVIR TORTURADO” , por Ornar Tapella. Montevideo.
ü STE esbozo de una patología de la personalidad,
**"' fué premiado en el Concurso de Remuneración a
la labor literaria del año 1943 por el Jurado del
Ministerio de Instrucción Pública y Previsión So­
cial del Uruguay. El autor, que es médico, de­
muestra una preocupación nada frecuente entre
los graduados, por los problemas de su país en una
visión directa de la realidad. Si se hubiese ajus­
tado a un rigor científico, quizás el libro habría
alcanzado un ajuste mayor, A pesar de no querer
hacer literatura, hay en el libro abundante “ lite­
ratura” , no siempre de calidad superior. Las anéc­
dotas quieren asumir categoría de relatos. Pudo
ser un libro de cuentos de fácil realismo. El es­
critor que hay en este médico observador, quizás
nos dé frutos maduros y mejor sazonados, cuando
no relacione la medicina con la aparente ficción.
“ PECES TURBADOS” , de Venancio Viera. Un li­
rismo con serias perspectivas a condensarse en un
verso más riguroso, ofrece la perspectiva de este
poeta de auténtica visión y singular instinto de
escritor. Su imaginación es rica, pero deberá liber­
tarse, en adelante, de las influencias lorquianas a
las que se inclinan todavía, muchos jóvenes poetas
de la hora actual. Domina su mundo emocional,
pero el verso se ve, a veces, trabado por las exi­
gencias superficiales de una actualización de modos
no siempre felices. Seguramente estamos frente a
un escritor que por sus condiciones y su vocación
dará muestras de su talento en futuras obras. Apun­
ta. un temperamento que abriga el propósito de
originalidad. Es sincero, pero será potente cuando
se encuentre a si mismo.

FRANCE. Ediciones Victoria. Buenos Aires. 1945.
p recedido de un prólogo de Victoria Ocampo.
*
lleno de emoción y del cariño que todos sen­
timos por la noble Francia, este libro despliega,
en magníficos fotograbados, las bellezas del suelo
y la obra del genio francés. No puede hablarse de
Francia sin mentar el nombre de la Libertad y el
código sagrado de los Derechos del Hombre; sin
evocar, en las callejas de sus ciudades seculares, el
nombre de los grandes pensadores que nosotros,
argentinos, atesoramos en el fondo de nuestra cul­
tura y nuestra formación nacional.
El equilibrio, el gusto, la fuerza creadora del
pensamiento, la grancia sencilla de la Hélade, todo
ese conjunto prodigioso de la cultura francesa, se
engarza en la belleza de sus praderas, en su
impar naturaleza.
"Hay landas más ásperas que las de Bretaña
—dice Gide— praderas más verdes que las de Normandía, rocas más calientes que las de la campiña
de Arles, playas más glaucas que nuestras playas
de la Mancha, más azules que las de nuestro M e­
diodía; pero Francia tiene todo a la vez. La luz
de su genio, su lengua y su belleza se han propa­
gado por el mundo, han penetrado todas las cultu­
ras. Ño se puede amar a la propia patria sin amar
también a Francia” .
Hermoso homenaje a la Francia inmortal es este
libro, donde se ha unido, en edición amorosamen­
te cuidada, una fina muestra de muchas de sus
glorias del campo intelectual a una no menos
escogida selección fotográfica de viejas gloriosas
arquitecturas y poéticos paisajes.
CINCO AÑOS QUE CAMBIARON EL MUNDO.
M. Ilin. Ediciones Pueblos Unidos. Montevideo. Se
relee siempre con gusto este hermoso libro del
ingeniero Ilin, cuyo original y ameno estilo narra­
tivo conoce el lector argentino a través de su tan
difundida obra “ Las montañas y los hombres” . Ilin
es un enamorado de esa epopeya representada por
el titánico esfuerzo mancomunado de los hombres
en su lucha vencedora contra la naturaleza; y sabe
trasmitir tal fuerza a su relato que el lector se
identifica, emocionado, con las tareas de este nuevo
Hércules, el pueblo soviético, en sus primeros cinco
anos de lucha ininterrumpida para echar las baSes
de una nueva vida, más justa y más feliz ................
DOS MUNDOS; LOS EXPLORADORES DEL
PLAN QUINCENAL; LA DOMA DEL AGUA Y
EL VIENTO; EL PAIS DE LA ELECTRICIDAD'
MAESTROS DE HIERRO; NUESTRO ALIADO. LA
QUIMICA; LA LUCHA CON LOS KILOMETROS;
son algunos de los apasionantes capítulos de este
libro que conserva hoy toda su actualidad y ayuda
a comprender muchos aspectos del ‘‘ milagro sovié­
tico” , y de su aplastante victoria sobre el nazismo
destructor.
R. N.

CUADERNILLOS “ LILULI”
Hace ya dos años que, bajo la advocación de
Romain Rolland, salieron a las calles el fervor v
las palabras del Grupo “ LILULI".
Sus * cuadernillos militantes de prosa y poesía”
buscan la voz de los escritores jóvenes, pero sólo
la de aquellos que escribiendo aspiren a expresar,
en identificación armónica y total, su condición de
artistas y su condición de hombres.
Si bien vivimos tiempos que exigen más que
nunca esta conducta, tiempos de desprecio y de
esperanzas, en lo humano, tiempos de confusión
y desatino, en lo estético, “ LILULI” no hace de
esta conducta una postura transitoria. Con toda
la fuerza de su sangre joven siente que, cualquiera
sea la posibilidad creadora del artista, el espíritu
debe ser siempre el primer combatiente en la
causa del hombre.
De ahí que el robusto pensamiento de Rolland
encabece la marcha de "LILULI” , marcha sin pre­
mura pero continua que ha ofrecido * ya, junto a
la edición extraordinaria de NUEVE CANTOS del
hondo peeta santafecino José Pedroni.
JORNADA DEL HOMBRE. Poemas, de Guillermo
Etchebehere.
TIEMPO DE MORIR Y TIEMPO DE NACER. Cuen­
tos, de Felipe Rossi.
LA CLAVE ENCANTADA. Títeres para niños, de
Carlos Gorostiza.
TODO VA BIEN. Esbozo de novela, de Floreal
Mazia.
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Oscar Arverás.

ESPERANZA.

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de J.

ESTE GRIS ENUNCIADO. Poemas, de Alejandro
González Gattcne.
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lenguaje tierno y simple, el secre­
to mundo de las cosas naturales
y el poder del hombre frente a
las fuerzas de la naturaleza. “ Lo
que un solo hombre no pueda lle­
var a cabo, una comunidad entera
tendrá fuerzas para hacerlo” , dice
el autor explicando cuál ha sido
la labor del hombre en la cons­
trucción socialista.

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El prestigioso ensayista argentino,
publica en este libro, una serie
de conferencias que revelan su
madurez intelectual, de las cuales
la primera sirve de título a la
obra. Los problemas de la crítica:
Los problemas de la novela; A ní­
bal Ponce o el destino de la inte­
ligencia; son otras de las confe­
rencias que integran este valioso
volumen.

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ASI SE FORJO EL ACERO
Nicolás Ostrovski
Con prólogo de Romain Rolland.
Esta novela autobiográfica, tradu­
cida a todos los idiomas y lleva­
da al cine soviético, une a su ex­
traordinario sabor humano el va­
lor del momento histórico en que
se desarrolla, admirablemente re­
flejado.

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CERVANTES
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Originalisimo estudio de Cervan­
tes y de su creación literaria, a
la luz del pensamiento filosófico
materialista, realizado sobre una
magistral visión de la decadencia
del imperio español en la época
de Felipe II.

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LA CAIDA DE PARIS
llya Ehrenburg
Magníficamente editada aparece
esta magistral novela, todavía des­
conocida en forma completa para
el público argentino. La trayecto­
ria de entrega y de traición que
ei proceso a Petain y los crimina­
les de guerra franceses actualiza,
surge vivida, candente, de la plu­
ma de este excepcional observa­
dor de la realidad de su época.

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la vida de un diario, una estación
radiotelefónica, son episodios ins­
tructivos que vive el simpático
Yuyito, narrados en ese estilo en
que han llegado a hacerse insu­
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soviéticos.

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de acuerdo con el régimen de prioridades en vigor...

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• O tal vez la circunstancia de que existiera línea para esa
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correspondía por turno.

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disposiciones que determinan el turno de la asignación de servicio telefónico, no
nos será posible satisfacer los pedidos nuevos pendientes sino en la medida en
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�ARQUITECTURA
Y URBANISMO
Dirige
FERMIN BERETERBÍDE

LA NUEVA
CIUDAD DE SAN JUAN
A fines de mayo se conoció la resolución del Gobierno de reconstruir la ciudad de

San Juan en el lugar que ocupaba antes del terremoto. A o se han divulgado aún
las razones determinantes

F ig . 2 . P la n g e n e ra l de la

p ro p u e sta

ciu d ad

de San Ju a n .

El presente articulo es un comentario al ante-proyecto preparado por la primera
Comisión de Urbanismo que actuó en el Ministerio de Obras Públicas durante los me­
ses de febrero a junio de 1944, integrada por los arquitectos Ernesto E. Vautier, Car­
los Muz zio, Jorge Lima y el suscrito.

El lugar. — La región de San Juan es de llu­
vias insuficientes; la vida humana depende del
riego. El valle del río San Juan (fig. 1) es la
principal zona productora de la provincia. Los
nuevos y mejores viñedos se hallan en la margen
opuesta a la de la Capital, a distancia de 10 a
80 Kms. de la misma; los viñedos inmediatos
al sur de la ciudad, son de viejas cepas colonia­
les; enfermos, improductivos, van siendo aban­
donados y reemplazados por olivares y huertas.
Toda la región es sísmica y razones económicofuncionales requerían que la nueva ciudad no se
alejara de las zonas de cultivo, de las bodegas,
comunicaciones y demás factores que constituyen
la riqueza social regional. En consecuencia, la
nueva ciudad, en cualquier parte de la zona que
se construya, deberá hacerse con estructuras antisismicas. En la elección del sitio y en su tra­
zado, la referida Comisión no consideró el pe­
ligro de los terremotos. La creación de la nueva
ciudad debe ser regulada principal, por no decir
exclusivamente, por normas urbanísticas; son és­
tas las que determinaron a aquel organismo a
proyectar su reconstrucción en el m ejor baldío
contiguo al amanzanamiento existente, en el lugar
de las viejas cepas y en parte del ejido actual;
su nuevo centro se hallaría a menos de 4 hilómetros del viejo.
Ciudad de distritos funcionales. — El estudio de
la Comisión de Urbanismo (fig. 2), organiza el
trazado de la nueva ciudad en distritos fundados
en sus diferentes funciones esenciales &lt;fig. 2 bis).
Los usos atribuidos a cada distrito se establecen
de acuerdo con la índole y el horario de las acti­
vidades y con la frecuentación y características del
público. Así los barrios residenciales (Unidades
Vecinales) no aceptan nada que contraríe la vida
apacible y sana, pero no omiten actividad comer­
cial o industria] alguna de las requeridas diaria­
mente por la familia. De igual modo, en el dis­
trito céntrico no se admite la vivienda privada,
reñida con la.fu n ción de las tiendas, bancos, ci­
nes y hoteles; y además, carente de la tranquili­
dad que el hogar reclama, y de la seguridad y
espacios libres que requieren los niños. En este
mismo distrito, el centro bancario y de escritorios,
cuya actividad dominante se desenvuelve alrede­
dor del mediodía, tiene horario y clientelas di­
ferentes del de las de tiendas y diversiones, cuyas
actividades se hacen preferentemente desde el me­
diodía hasta avanzada la noche.
Por estos motivos, el centro financiero, el de
los negocios minoristas, el de los hoteles y es­
pectáculos, el de los mayoristas, el de la industria
general, etc., conforman distritos exclusivos y
colindantes. Los núcleos gubernativos y eclesiás­
ticos componen conjuntos monumentales con sus
alas de edificio de amplias perspectivas; el nú­
cleo comunal contiene la Municipalidad, el Tea­

tro y la Escuela de Arte, el Museo y la Biblio­
teca, entre explanadas, y ligados con pórticos.
La creación de composiciones monumentales con
arquitectura sencilla, como corresponde a una ca­
pital de provincia, no se puede lograr con la
cuadrícula colonial de nuestras viejas ciudades;
el actual —y tan viejo— concepto arquitectural
de la edificación desplegada, la libertad de com­
poner con masas construidas y sus volúmenes
espaciales comprendidos, las perspectivas variadas
abiertas y cerradas, no se concilian con el cua­
drado bordeado por las calles iguales con edifica­
ción heterogénea, de la ciudad colonial.
Distritos residenciales. — La Unidad Vecinal (fi­
gura 3 ), elemento primario de la organización
urbana, consiste en una agrupación de familias,
suficiente para llenar un grupo escolar completo
de seis grados con su jardín de infantes, comedo­
res y gimnasio. Partiendo de las necesidades del
niño, la Escuela constituye el centro de la Unidad
Vecinal y dista menos de 500 metros de la vivien­
da más alejada; dentro de esta Unidad, el reco­
rrido se podrá hacer por veredones arbolados o
a través de parques sin circulación vehicular.
Cada Unidad Vecinal (de unos 5.000 habitan­
tes) conforma un alveolo de la ciudad bordeado
por las avenidas parques (fig. 4) -—radiales y de
cintura— del sistema vial urbano: por estas ar­
terias, sobre calzadas separadas, circulará el trán­
sito general de cargas y el veloz de rodados para
personas, con cruces y paradas muy espaciadas.
Dentro de la Unidad Vecinal, el tránsito, para
servicio local exclusivo, será lento (fig. 5 ), sin
ruidos ni peligros; como le bastan calzadas an­
gostas y económicas, los jardines y las frondas
constituirán su mayor superficie y ornato.
El abastecimiento diario se hará mediante gru­
pos de pequeños negocios (almacenes, carnicerías,
panaderías) que no disten más de 200 metros de
cada hogar; pero el núcleo activo de cada unidad
vecinal, situado junto a su parque respectivo.

F ig . 2 (b is ) - Z o n ific a c ió n p a ra la n u e v a c iu d a d , según el
uso d el su e lo . En lu g a r d el caos y la d is p e rsió n de la s
c iu d a d e s a c tu a le s se cre a un cuerpo c o n fo rm a d o por e le ­
m entos u rb a n o s (lo s d is tr ito s ), c la ra m e n te d e fin id o s como
los ó rg a n o s v it a le s de los sere s v iv o s . " U . V . " : U n id a d e s
V e c in a le s , s e p a ra d a s p o r la s a v e n id a s p a rq u e s (v e r f ig . 4)
(en ca d a centro su g ru p o e s c o la r); 1) D istrito g u b e rn a tiv o ;
2 ) centro e c le s iá s tic o ; 3 ) c in es, te a tro s, ho teles de p rim e ra
c a te g o ría ; 4 ) m ercad o y centro d el tu rism o ; 5 ) d is trito de
neg ocio s y tie n d a s de la p rim e ra e ta p a ; 5 ') ídem d el d e s­
a rro llo fu tu ro ; 6) centro m u n ic ip a l — v e r f ig . 6— ; 7 ) 7 ')
centro b a n c a rio y de e sc rito rio s ; 8) d istrito de m a y o ris ta s ;
10) m ercad o s de a b a s t o ; 11) lo ca l de fe ria s y e x p o s ic io n e s ;
12) e sta c ió n ún ica de fe rro c a rrile s y ho teles de a g en tes co­
m e rc ia le s ; 13) p la y a s fe r r o v ia r ia s y d istrito de d e p ó sito s;
14) d istrito s in d u s tria le s .
De ig u a l modo que los d is trito s , la s v ía s de trá n sito — s is ­
tem as c irc u la to rio s de p ea to n e s y de ro d a d o s— e stán c la ­
s ific a d a s com o la s a rte ria s , v e n a s y v a so s según el v o lu ­
m en, tip o y n a tu ra le z a d el trá n sito . Los " v e r d e s " (v ere-

13

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N u e v o EM
rg p b o p u e í
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V l r t E Sc cOs ’ -

*
F ig . 1 - R eg ió n de San J u a n . El lu g a r p rop uesto p a ra la
n u e v a c a p ita l es el m ás a lto y de m ejor suelo de la s in ­
m e d ia cio n e s; con el d e s p la z a m ie n to se lib e ra de la s c in tu ra s
f e r r o v ia r ia s , de los cru z a m ie n to s p or la s ru tas p rin c ip a le s
de la re g ió n y d el a n tic u a d o d am ero de la v ie ja c iu d a d .
" A . J . " : P o sib le s a ld e a s ja rd in e s d is e m in a d a s p or la s zo n as
de los c u ltiv o s , junto a v ía s , cam ino s y b o d e g as, o rg a n iz a n
la in d u s tria liz a c ió n , reducen los tran sp o rte s y crean núcleos
de v id a c u ltu ra l.

de la ciu d a d — co n stitu yen un siste m a re sp ira to rio com pleto
y o rg a n iz a d o ; no d isp erso como los clá sic o s p a rq u e s , p la ­
z a s y p a se o s de nu estras c iu d a d e s. O b sé rv e se que los p a rq u e zu elo s v e c in a le s u b icad o s junto a sus núcleos c o m e rc ia ­
les re sp e ctiv o s — v e r f ig . 3— p or h a lla r s e in m e d ia to s a l
centro a c tiv o p rin c ip a l de la ciu d a d co n fo rm an un conjunto
de p a rq u e s que e n vu e lv e n el centro y lo p en e tran m ed ian te
la g ra n P la z a ; el m a y o r v e rd e donde m ás se n ecesita (ló ­
g ic a , fu n c io n a lis m o , e sté tic a ).

�F¡9- 3 - U n id a d V e c in a l - 1) G ru p o e s c o la r; 2 ) g rup o s de
n e g o cito s; 3 ) m a n z a n a t íp ic a ; 4 ) núcleo a c tiv o (n e g o cio s,
c in e , e sc rito rio s , e tc .); 5 ) d e p a rta m e n to s; 6) centro g u b e r­
n a tiv o p r o v in c ia l; 7 ) C entro de ho te le s y d iv e rs io n e s — v e r
*'9- 6— ; 8 ) g ra n p la z a ; 9 ) p a rq u e s ; 10) a la m e d a s p a ra
p e a to n e s; 11) c a lle s p a ra el trá n s ito lo c a l; 12) c a lle s re ­
s id e n c ia le s ; 13) a v e n id a s p a rq u e s — v e r f ig . 4 — (d e g ra n
c ir c u la c ió n ); 14) a u t o v ía .
D esde ca d a c a s a , h a c ia una u o tra e sq u in a se te n d rá a cceso
a una a la m e d a p a ra p erso n a s (p ea to n e s y b ic ic le ta s e x c lu ­
s iv a m e n te ) o a una c a lle de trá n sito (o b sé rve se la d ife r e n ­
c ia c ió n de d iv e rs a s c a lle s en la u n id a d ).

reunirá eficaz y armoniosamente todo lo que re­
quieren las necesidades físicas y espirituales de
su población (fig. 6 ). Así este núcleo activo com ­
prenderá los locales de negocios con sus recovas
y terrazas hacia el parque, las oficinas de profe­
sionales en un alto, los cines, cafés y el club so­
cia l; otro conjunto anexo — de vida más restrin­
gida— contendrá las reparticiones oficiales —ban­
cos, correos, juzgados, registro civil, comisaria,
asistencia—, compuesto de edificios diversos con
sus accesos, estacionamientos, plazoletas y terra­
zas propias; la iglesia con su casa y jardín parro­
quial, el campo deportivo y los bloques de depar­
tamentos completarán el núcleo de cada Unidad
\ecinal. De igual modo que en la nueva ciudad
en su conjunto, en cada uno de sus distritos y en
cada una de las partes de éstas regirá siempre el
orden, la variedad y la eficacia que admiramos
en los organismos vivos. San Juan puede ser,
p or la calidad de su suelo y el riego, una brillante
conjugación de las arquitecturas con la natura­
leza.
Distritos activos. — En los demás barrios — co­
merciales, industriales y otros— se propone simi­
lar especialización por afinidad; de aquí resultan
amanzanamientos y calles diferentes. Por la di­
versidad de sus aspectos, cada distrito de uso dis­
tinto tendrá una personalidad bien definida.
Los distritos más activos están dispuestos alre­
dedor de la Gran Plaza; así, el centro de tiendas
y negocios (con los talleres y escritorios de pro­
fesionales en altos), por su función de venta para
un gran público atraído por las compras, las vi­
drieras y su propia contemplación requiere mu­
chos pasajes, recovas, galerías, patios y plazuelas
— que todo esto cabe y conviene— exclusivos para
los peatones. Los vehículos para personas bor­
dearán este distrito, o junto con los de carga, lim ­
pieza y mudanza penetrarán en el interior de las
manzanas; aquí los patios comunes asegurarán el
estacionamiento y facilitarán, fuera de la vista del
público, el acceso a las trastiendas, talleres y es­
critorios. La cada día menos soportable interfe­

rencia de peatones y rodados no tiene por qué
repetirse en la nueva San Juan; la gente podrá
en cada distrito marchar tan libremente como
convenga, ya que no es difícil separar, cuanto sea
necesario y deseable, los rodados de los lugares
por donde va el peatón y, si se quiere, bicicletas y
jinetes. Es absurdo aceptar como único espacio
del peatón el peligroso sendero apretado entre
muros y rodados, que es la vereda del presente.

mente; las ilustraciones permiten suplir la omi­
sión (Fig. 7, 8 y 9 ).
Proceso de reconstrucción. — A los dos años y
medio del terremoto, la población que hoy no
ocupa las casillas de emergencia levantadas por
el gobierno nacional, habita en casas de amigos o
parientes de los contornos o en chozas precarias
de tablas y barro, construidas en los fondos de las
casas derribadas.

Contiguo al de las tiendas estará el distrito de
los teatros, cines, hoteles, confiterías y negocios
de lujo y ambos bordearán la Gran Plaza, sin cal­
zadas interpuestas; de tal modo, los sitios de ma­
yor concentración y vida activa en el día y en la
noche dispondrán del más amplio espacio libre
para desahogo y reunión. Este Foro Sanjuanino
— adonde no accede el rodado— dispondrá, como
corresponde a su función y paraje, de estanques
florales, bosquecillos, alamedas con estatuas y ex­
planadas embaldosadas. (En San Juan, el césped
es lujo oneroso, pero el árbol se desarrolla mag­
níficamente.)

Prácticamente, toda la población requiere nuevo
alojamiento: las casas que puedan repararse son
muy pocas; la casi totalidad construida con ado­
bes, se ha derrumbado. Con excepción de las cal­
zadas y de los conductos sanitarios, todo, en San
Juan, deberá ser rehecho.
Definido un ante-proyecto como el expuesto y
la nueva localización, el Estado expropiaría la
superficie necesaria para la población actual y
futura.

Frente a los otros dos costados de la Gran Plaza,
pero separados de ésta por las dos principales
avenidas-parques, que cruzan la nueva ciudad, se
hallarán: el distrito financiero (bancos, agencias,
escritorios de comercios, restaurantes, etc.) y el
de los departamentos de lujo. En este último

La reconstrucción se haría por etapas, mediante
yuxtaposición de manzanas, sin dejar baldíos in­
termedios. Sobre los lotes adjudicados con este
criterio progresivo, se levantarían al mismo tiem­
po las viviendas, la escuela, los comercios y la
industria, comenzándose con una o más unidades
vecinales. Simultáneamente se construirían los
servicios públicos, obras sanitarias, electricidad,
riego, pavimentación y arbolado.

F ig . 7 - P e rs p e c tiv a del cen tro c ív ic o y d el cen tro e c le s iá s tic o . En p rim e r té rm in o a la iz q u ie rd o el cen tro de s a la s de e sp ec­
tá c u lo s y h o te le s de p rim e ra c la s e . M á s a r r ib a la C a te d ra l con sus a trio s y ja rd in e s , su c a m p a n a rio y c a sa a rz o b is p a l.
B o rd e a n d o la e x p la n a d a c ív ic a se e n cu en tra n lo s e d ific io s d e l G o b ie rn o p ro v in c ia l y m ás a trá s el P a rq u e C e n tra l que
s ir v e a la s z o n a s re sid e n c ia le s .

— como en las Unidades \ecinales— no se mezclan
la residencia individual con la colectiva, de ca­
racterísticas incompatibles. Los bloques de los
departamentos se desarrollan aquí en alas exten­
didas con las fachadas de habitación orientadas
hacia el norte, delante de parques y con jardines
al pie; la parcela angosta, el patio cerrado, los
cercos divisorios y las habitaciones sombrías y
muchos otros defectos desgraciadamente demasia­
do conocidos, no se conciben en un trazado racio­
nal como el propuesto.
Los distritos financieros de mayoristas, indus­
triales y otros, así com o sus sistemas ferroviarios,
de parques y deportes y vial, no se describen en
el presente artículo para no extenderlo excesiva-

F ig . 4 - A v e n id a p a rq u e - D iv e rs a s c a lz a d a s p a ra ro d a d o s y v e lo c id a d e s d ife re n te s . C ru &lt;es y p a ra d a s p a ra p a s a je r o s d is ta n c ia d a s (g ra n v e lo c id a d ),
A rb o la d o p ro fu so en lu g a r
d e ja rd in e s (s o m b ra , fr e s c u ra , c o lo r, e c o n o m ía ).

Iniciada la construcción de las primeras unida­
des vecinales se levantarían sus centros de barrio,
se procedería al replanteo de la red vial y de la
forestación, y se comenzaría la ejecución — aun­
que parcial— de los centros de gobierno, de nego­
cios. bancario y de escritorios. Conjuntamente, se
iniciarían los centros mayoristas, de depósitos y
abasto.
Los edificios públicos se irían construyendo,
completos los de barrio cuya utilización desde el
primer día es integral y definitiva «juzgados, re­
gistros, comisarías, dispensarios, etc.) ; los de ma­
yor envergadura y que por su naturaleza se des­
arrollan con el aumento de la población ( centros
gubernativos, hospitalario, etc.) se harían por eta-

F ig . 5 - C a lle re s id e n c ia l.
C a lz a d a s a n g o s ta s sin co rd o n e s.
A rb o le s en e n fila d a o no
so b re la v e re d a m ás a s o le a d a .
R e tiro de e d ific a c ió n sin cerco s (s o m b ra , v a r ie d a d , e c o n o m ía ).

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F ig . 6 - D istrito s cén trico s - G ) nú cleo g u b e rn c tiv o p ro v in c ia l: g) g o b e rn a c ió n ; j) ju s tif ic ia ;
0 ) o fic in a s de a b o g a d o s ; c) co n g reso ; m) M in is te rio s ; cg) c a sa del g o b e rn a d o r; th) tem plete
h is tó ric o ; ec) e x p la n a d a c ív ic a ; a c ) a la m e d a de los c o rtejo s.
1) N úcleo M u n ic ip a l: i) In te n d e n c ia ; c) Concejo D e lib e ra n te ; t) te a tro y e scue la de m úsica y
d e c la m a c ió n ; m ) m useo, e scu e la de a rte s y c la u stro de e sc u ltu ra s; b) b ib lio te c a .
E ) N úcleo e c le siá stic o : c) c a te d ra l y c a m p a n a rio ; s) s e m in a rio ; ca ) c a sa y cla u stro a rz o b is ­
p a l; n) neg ocio s de c u lto ; p p ) p la z a de la s p ro ce sio n es.
T) N úcleo p rin c ip a l de tie n d a s , neg ocio s y e scrito rio s de p ro fe s io n a le s : n) n e g o cio s; p r)
p a s a je con re c o b a s; p ) p a tio s p o rtica d o s o e m p a rra d o s p a ra c o n fite r ía s ; c) c a lle s in te rio re s.
I i) N ú cleo sec u n d a rio de tie n d a s y negocios (fu tu ra e x p a n s ió n d el núcleo p rin c ip a l).

n 1 n
m u LD

H) N úcleo de e sp e ctá cu lo s, ho te le s y negocios de tu rism o : ct) cines y te a tro s sob re la p la ­
z a ; h) ho teles de 1? c a te g o ría ; n) n e g o cio s; t) o fic in a s de tu rism o , correos y e stació n d e
los ó m nib us de e xc u rs ió n y re g io n a le s .
M^ M ercad o p rin c ip a l; pe) p a tio s interno s p a ra ca rro s.
F) N ú cleo fin a n c ie ro : be) b a n co s, c a ja s y seg u ro s; e) e scrito rio s c o m e rc ia le s; p ) p a tio s d e
acceso y e sta c io n a m ie n to ; v ) v e re d o n e s a rb o la d o s ; p e) p a s a je p o rticad o p a ra p e ato n e s.
B) N úcleos a c tiv o s de u n id a d e s v e c in a le s : n) n e g o cio s; m ) m ercad o ; rj) re g istro y ju z g a d o ;
c) c o m is a ría y b o m b ero s; g ) g a ra g e y e sta c ió n de s e rv ic io ; b ) b ib lio te c a ; i) ig le s ia p a rro ­
q u ia l; d ) d e p a rta m e n to s; r) m a n z a n a s de c a sa s in d iv id u a le s .
G P ) G ra n P la z a : b ) b o sq u e c illo s; a a ) a la m e d a y a lb e rc a ; e) e sta n q u e ; v ) e x p la n a d a s ).

Fig 8 - C e n tro M u n ic ip a l. A la iz q u ie rd a — d el lecto r— la In ten d e n cia y el Concejo D e lib e ra n te fre n te a la e x p la n a d a ;
luego el M useo de A rte s con el cla u stro de la s e sc u ltu ra s; d e la n te , la B ib lio te c a y a c o n tin u a ció n el T eatro y e l C o n­
s e rv a to rio (o b sé rve n se los g ra n d e s esp a cio s p a ra ios p e a to n e s). A la d erech a los neg ocio s — con re co b a s— , los p a tio s
de la s c o n fite ría s y los accesos p a ra los ro d a d o s.

F ig . 9 - P e rsp e c tiv a de una nu eva a ld e a . El núcleo lo c o n stitu ye el g rup o e sc o la r, con seis g ra d o s , k in d a g a rte n y b ib lio te c a .
El centro c o m e rcial lo c o n stitu ye la p la z a con los ne g o cio s, d iv e rs io n e s , ig le s ia y o fic in a s p ú b lic a s .
Rodean e sta a ld e a
— u b ica d a junto a una b o d eg a — los lotes de los v iñ a te ro s . Se ha q u e rid o q u e , a s í como h a y que lle v a r a la ciu d ad
lo s b en e ficio s de la n a tu ra le z a , lle g uen a l a g ro la s v e n ta ja s de la c iu d a d , (v e r f ig . 1).

pas, de conformidad con un plan y planos com­
pletos de previsión para cada composición arqui­
tectural. El propósito es el de ir llenando siempre
las necesidades en cada etapa en forma progre­
siva. paralela con el normal desarrollo de la vida
colectiva, con un criterio de inversiones ajustadas
y eficientes, vale decir, económico y remunerador.
Con un fin semejante e igual criterio, desde el
primer momento se determinarían los distritos
industriales y sus unidades vecinales; de tal ma­
nera estas zonas, como las demás, se desarrolla­
rían desde el principio con carácter estable y
definitivo. Donde el loteo urbano —y por ende la
edificación— termine, comenzará nítidamente el
campo, arrendado provisionalmente para huertas
y granjas.
Hacer las cosas y hacerlas bien. — Como se dijo
al comienzo, ya se ha resuelto reconstruir la ciu­
dad en el lugar de las ruinas. ¿Es ésta una deci­
sión definitiva, irrevocable? Esperamos que no.
No conocemos las determinantes de tal resolu­
ción, pero tenemos justificadas dudas de que el
proyecto estudiado para el viejo damero cumpla
las directivas urbanísticas y — por ende— satisfaga
las necesidades presentes y futuras de una vida
urbana racional.
¿Es aventurado afirmar la imposibilidad de or­
ganizar sobre la absoluta cuadrícula colonial una
tan nítida separación de funciones y de tránsitos
como la expuesta, sin su total modificación? Y
de renunciarse a su mantenimiento, ¿qué quedaría
del damero que sea respetable, tanto como para
no preferir un planeo racional y sin compromisos
en un lugar baldío?
Evidentemente, las posibilidades antes apuntadas,
que no por simples dejan de ser extraordinarias,
no se pueden realizar con una modificación ligera
del damero colonial; por ello, la mencionada Co­
misión de Arquitectura, que consideró imperativo
el planeamiento de una ciudad adecuada, desde el
primer momento percibió la imposibilidad de con­
ceder a San Juan, sobre el viejo casco, las inmen­
sas proyecciones de un trazado urbanístico integral.
Preferir, por razones escondidas, una “ solución
práctica” (que no sería solución ni práctica) sig­
nifica renunciar a la única posibilidad que hasta
ahora ha tenido el país de levantar la mejor y
más hermosa de sus ciudades.
La Nación posee técnicos, técnica y riqueza que
le permiten crear una ciudad modelo. ¿Se dejará
malograr una oportunidad que no volverá a re­
petirse?
F. H. B.

0

�LOS FRESCOS DE
SIQUEIROS EN CHILLAN
TOMAS LAGO
se inauguró la Escüela México de Chillón, en marzo de 1941, la gran
sensación de aquel acto era, evidentemente, ver las decoraciones que David
Alfaro Siqueiros —-el gran pintor mexicano— había hecho en los muros de la
biblioteca. Aun recuerdo, en medio de un público tumultuoso que se había desbor­
dado por todos los ámbitos del edificio, cómo en un momento determinado se había
localizado la atención del público junto a la puerta cerrada del segundo piso frente
a la escala. Aquella puerta daba acceso a la biblioteca y allí estaban las pinturas
de Siqueiros.

C

D e ta lle .

Fran cisco B ilb a o y el in d io
C o m p o sició n c h ile n a .

D e talle

D e ta lle .

del

m uro

G a lv a rin o .

m e xica n o .

L á za ro C á rd e n a s y B enito
Co m p o sició n m e x ic a n a .

Ju á re z

UANDO

Se había perdido la medida para llegar primero
a ese sitio. El mundo oficial incluso, formado
por embajadores, militares y políticos estuvo jun­
to a aquella puerta hermética esperando mezcla­
do en abigarrada compañía. La escuela significa
un obsequio que representa — con sus habilitamientos, piscina, sala de sport.— más de dos mi­
llones de pesos, sin considerar las pinturas de
Siqueiros. En Chile la Escuela México es el úni­
co edificio que ostenta decoraciones hechas di­
rectamente en el muro.
Cuando se abrieron aquellas puertas que du­
rante mucho rato habían contenido difícilmente
a la muchedumbre, se produjo un sentimiento de
perplejidad ante la sensación de color vivo, de
violentas oposiciones, de las dos paredes de fon­
do. La gente se agrupó al pié de ellas en silencio.
Esto significa cabalmente que lo que había allí
era totalmente inesperado, fuera de las convencio­
nes decorativas conocidas.
¿Cóm o podríamos describir el trabajo del no­
table artista mexicano? ¿Cóm o podríamos descri­
bir nuestra propia sensación? Pasados ya cuatro
años de aquel día, aun pensamos en medio de una
atmósfera de incertidumbre. Nuestro conocimien­
to de la pintura de Siqueiros obstruye una impre­
sión espontánea de la cual podría salir un con­
cepto clarificado de su arte, (habíamos visto
algunos retratos suyos, reproducciones, y un cua­
dro que hay en el Museo de Arte Moderno de
New Y ork ). Habíamos oído aquella frase, tan
repetida dentro de su lenguaje, de la “ elocuencia
plástica” , todo lo cual en un momento dado ami­
noraba los efectos de una primera impresión; sin
embargo esa impresión subsiste todavía en nos­
otros y a base de ella escribimos este artículo.
DESCRIPCION DE LA OBRA.
Al entrar en la sala, cuyos ventanales dan hacia
la calle por el oriente, se abarca por un movimien­
to de mirada toda la obra; la pared de la dere­
cha correspondiente a representaciones chilenas y
la pared de la izquierda a representaciones me­
xicanas, se unen en el techo mediante una com­
binación de planos articulados que forma la rela­
ción en un todo de las dos composiciones. Estas
vienen a ser en su materialidad plástica como
corrientes visibles de la historia que desembocan
allí en un tráfago incontenible de formas y ale­
gorías. Los colores predominantes son el rojo y
el negro, opuestos casi siempre en planos cerra­
dos, que modifican a veces el gris ceniza y el
amarillo. La objetividad es de formas concretas,
sensibles en un movimiento violento de fuerzas

histórico del pueblo mexicano y el pueblo chileno
respectivamente. Cortes en triángulos y segmen­
tos como puntos de vista o iluminaciones espec­
trales hacen girar o destacan aspectos determina­
dos de la obra, dándole una especie de profundi­
dad mágica a sus elementos.
En el muro mexicano las figuras centrales son
los dioses aztecas, entre los cuales se distingue
el rostro terrible de Huitzilopochtli, que maneja
un arco tenso de dobles alas; en confuso tropel
pasan sobre un hombre de rostro nazareno derri­
bado que ostenta un hierro clavado en el pecho.
A la derecha suben Benito Juárez. — rostro cobri­
zo. puño de hierro y negra levita legal, junto a
Cárdenas que levanta una mano enfundada en
guante blanco mientras con la otra sostiene la
doctrina de la revolución. A la izquierda la fi­
gura de Morelos, Hidalgo y Zapata vienen detrás
de la Adelita de la canción, que con grandes ma­
nos de pueblo los sostiene, surgida de unos pris­
mas de diamante. Sobre el cieloraso la cruz ca­
tólica preside como una visión esta pared.
En el muro chileno la figura central es el
indio Galvarino. héroe de la rebelión indígena
contra los españoles de la conquista, agitando
con alarido salvaje, los muñones sangrientos de
sus brazos cortados, en una carrera loca sobre
la sala; junto a su rostro aparece la cabeza rubia
y noble de Francisco Bilbao, ideólogo espiritua­
lista del siglo xix, discípulo de Lammennais. acu­
sado de blasfemo por la reacción chilena. En
tumulto de puños y de lanzas, pasan sobre las
armaduras de guerreros españoles derribados. A
la derecha O’Higgins, el fundador de la República,
levanta la bandera de Chile y en un claro espi­
ritual, que se produce donde va termina el muro

TECNICA Y DOCTRINA.
Característica de la nueva técnica de Siqueiros
es la modificación expresa del muro recto en
cóncavo que modifica el rectángulo clásico. Am­
bas paredes han sido arregladas en sus ángulos
para unirlos en una perspectiva total que vence
la geometría de los planos. Desde cualquier pun­
to de la sala puede empezarse a mirar la obra
pictórica como una concepción de unidad. A su
vez las líneas de la pintura, lanzas y otras rectas
visibles pasan de la pared vertical a la horizontal
del techo sin quebrarse ni perder su estricta ob ­
jetividad, pero el pintor se atreve todavía a más;
pinta sobre el techo
que está más cerca del

�PINTURA Y GRABADO
Dirige
ANTONIO BERNI

u e

h

la

H i s t o r i a

a s i g n a r á

espectador y en una oposición geométrica de
90°— el segundo plano o fondo de la obra que
se proyecta sin embargo hacia arriba y hacia
atrás.
—“ Y o he buscado — dice Siqueiros— algo que
vaya más allá de la pintura al fresco cuyo esta­
tismo me parece inadecuado para una pintura
destinada al gran público o las masas. Por esto
he querido ir a una cohesión de procedimientos
expresivos. La pintura al fresco es a mi juicio,
como les d ir ía ..., giottesca en una época en que
el Giotto no es posible. Como en cierto período
del arte cristiano en que se trabajaba con medios
paganos, no podemos llegar donde queremos si
no usamos procedimientos nuevos, por esto, he
querido movilizar la pintura desde un sentido
total para darle fuerza a su objeto de acuerdo con
los elementos válidos de nuestro tiempo. Creo
que mi pintura es a la pintura al fresco lo que
el cinematógrafo es a la cinematografía” .
Por de pronto se trata de una teoría entera­
mente nueva de la pintura mural que trastorna
todos los conceptos conocidos. Siqueiros aprove­
cha para su trabajo los medios más perfecciona­
dos de la industria moderna. La decoración de
Chillón está toda realizada con pintura de auto­
móviles, duco, piroxilina empleada de la misma
manera que se pinta un coche por medio de so­
plete. Trabajando el artista vestido de overoll,
salpicado de colores, al levantar pesadamente los
pistoletes pulverizadores no es más que un obre­
ro en la obra.
El procedimiento cambia mucho. A menudo se
emplea en ricos empastes, a veces en superficies
lisas de colores planos. En cierto modo la mura­
lla es como un gran cuadro que no conserva ese
revoque parejo del fresco, que hace que la pin­
tura surja desde adentro como a través de un
tamiz confiriéndole cierto estatismo ritual de per­
manencia. Siqueiros hace pintura en grandes di­
mensiones.
UN ARTE SOCIAL PARA AMERICA.
Sin pronunciarnos sobre los puntos de vista
que pueden barajarse en pro o en contra, lo que
nos parece interesante —y esto alcanza a toda la
pintura mexicana— es su rehabilitación como arte
social. La pintura de nuestro tiempo se moría
de élite, sólo estaba hecha y preparada para mi­
norías cada vez más estrictas. El cubismo y el
surrealismo habían llegado a resultados extremos
a costa de la vitalidad de la pintura como arte
histórico. A todo esto, entre nosotros no había
tenido tiempo de existir. Mientras en Europa
crepuscular eso aparecía como la declinación na­
tural de un proceso de cultura, en América estas
expresiones aparecían como la sombra de una
realidad que no habíamos conocido. Se hablaba
seriamente de la agonía de la pintura. Para ella
no había sitio en la arquitectura moderna. Las
grandes épocas del retrato, del paisaje, podían
declararse cerradas. No se necesitaba la pintura.
Mas he aquí que de pronto, ella adquiere un
carácter funcional puesta en el edificio de utili­
zación colectiva, llenándolo todo con su ense­
ñanza y su revelación material. Esto es lo que
hay que estimarle a la pintura mexicana; ella,
buscando la solución de su propio problema so­
cial y’ político, ha planteado de nuevo los funda­
mentos mismos del arte en su primera ley: la
necesidad de su existencia, su utilidad y destino
humanos. Las proyecciones que las pinturas mexica­
nas tienen en Chile no podemos todavía calcularlas
|¡¡L in te le ctu al chileno Tom ás La g o , n a cid o en este s ig lo , es
au to r de lib ro s de p o e s ía , cuentos y e n sa y o s . En c o la ­
b o ració n con P a b |o N e ru d a p u b licó en 1926 " A n illo s " lib ro
de p rosa p o e m á tic a .
H om bre de se v e ra cu ltu ra e sté tic a ,
ju ic io m esurad o y c la ra com p ren sión d el sen tid o p o lític o
de la é p o ca , fu é no m b rad o a ca u sa de su noble p reo cu­
p ació n por el a rte a u tó cto n o , d ire c to r d el M useo de A rte
P o p u la r de la U n iv e rs id a d de S a n tia g o .
Ha o rg a n iz a d o
esta in stitu ció n con certero c rite rio m useo ló g ico y cum plid o
en e lla una fu n ció n d id á c tic a p le na de in te ré s, siendo su
intenció n a u m e n ta r el núm ero de la s a c tu a le s colecciones
h a s ta a lc a n z a r un conjunto de a u té n tic a fis o n o m ía a m e ric a n a .
Las fo to g r a fía s de los m u ra le s de S iq u e iro s h a n sid o
lealm en te to m ad a s p or el ta len to so a rtis ta chileno A n to n io
Q u in ta n a .—
N. A . F.

a

n u e s t r o

t i e m p o

en toda su integridad. Recordemos que en núestro país no ha habido nunca obras de arte al
alcance del pú blico; fuimos una colonia excep­
cionalmente pobre y ni aún las iglesias han po­
seído jamás tesoros artísticos. Al entrar en la
Escuela México de Chillón, bajo los frescos de
Javier Guerrero, sentimos en seguida como la
revelación de este nuevo sentido de la pintura.
¿Cuándo un campesino pudo haber visto obras
de arte en algún sitio? No era posible. En cam­
bio, ahora como un bien común esta obra de
arte estaba allí para recoger y despertar en los
hombres anónimos el espíritu que tenemos dere­
cho a suponer en nuestro pueblo.
POSTERGACION DE UN JUICIO CRITICO
Mucho se ha discutido y se discutirá todavía
por largo tiempo el procedimientos y los valores
de la pintura de Siqueiros. Personalmente, él
ha dado amplias explicaciones sobre su doctrina
en los círculos artísticos interesados: charlas, reuniones, homenajes de los pintores chilenos a
los pintores mexicanos sirvieron para examinar
desde muchos ángulos su posición estética.
Así como él emplea en su trabajo todos los re­
cursos materiales de la última industria, del mis­
mo modo echa mano de todos los recursos plásD e ta lle

d el

m uro

c h ile n o .

En seg und o

té rm in o

O 'H ig g in s .

ticos de la pintura moderna, incluso hay partes
centrales abstractas en sus composiciones, como
puede verse en los grabados de este artículo.
También ha querido realizar una pintura de épo­
ca arriesgando conscientemente sufrir todas las
contingencias de los valores transitorios que hu­
biese en ella. No puede haber error alguno: su
posición es totalmente afirmativa. No ha desde­
ñado nada. Como un recurso de materia, los pin­
tores de cierto período ponían la materia misma
en el cuadro: Siqueiros ha puesto igualmente,
bajo las armaduras de los guerreros españoles
(com posición Chilena) los trozos de vidrio del
espejo roto con que los conquistadores proyecta­
ban los rayos del sol para espantar a los indios.
Por nuestra parte, si tuviéramos que formular
un juicio sobre la pintura de este extraordinario
artista, podríamos hablar del dinamismo objetivo
de su tema, de las gradaciones simbólicas de su
maduro color, de la fuerza viva y desbordante de
sus formas, pero aún reconociéndolo un maestro
en todo ello, comprendemos que su obra, por sus
dimensiones y compromisos con la hora actual
queda más allá de todo juicio personal responsa­
ble, que tiene que aspirar forzosamente a una
mayor estabilidad. Por eso, ante la obra de Si­
queiros, lo más acertado es decir que se trata de

�unu gran pintura de nuestro tiempo, concebida y
realizada por un artista de nuestro tiempo, con
todos los conceptos y recursos de nuestro tiempo;
solamente que su valoración, por esto mismo,
queda íntimamente ligada, en el futuro, a la suer­
te que la historia asigne a nuestro tiempo.
Santiago de Chile, julio de 1945.

Fragm ento de una conferencia leída
en el Salón Am auta bajo el título de

CARTA

SOBRE

J. C. C A S T A G N I N O
La E d ito ria l L o sad a p u b lic a rá p ró xim am e n te
este tra b a jo de En riq u e A m o rin .

M uro norte de la
M uro

su d :

C o m p o sició n

c h ile n a .

b ib lio te c a .

C o m p o sició n

m e x ic a n a .

T¡^ L pintor frente al paisaje, reacciona de acuer^
do a su sensibilidad, a su estado de ánimo
y a su mundo interior. En ese momento, el pai­
saje avanza hacia el artista, erigido unas veces en
realidad y, en otras, como una fantasmagoría, que
tienta poseer el alma del que lo contempla.
Artista y paisaje se adelantan como a una cita
mágica y es allí, en ese lugar y tiempo imprecisos
donde se define la tercera existencia, vale decir,
la verdadera creación. Se ha producido el en­
cuentro de la imagen elegida, hecha visible rea­
lidad. con la emoción — estado de ánimo— que
domina al artista en ese momento milagroso. Un
paso más hacia el objeto observado y se invade
el campo del verismo fotográfico. Un paso atrás,
y el mundo visible entraría en el terreno de la
interpretación caprichosa lo cual significaría dar­
le espaldas a la naturaleza.
Nuestro pintor frente al paisaje, adopta la po­
sición del poeta que calcula lo abstracto y así
llega al límite donde la realidad se transfigura.
El mundo exterior gravita sobre el artista y sólo
aquel que está dotado para la auténtica creación,
consigue determinar el punto exacto donde lo
visible comienza en él a transformarse en obra
de arte. Castagnino se adelanta con sus pinceles
a la captación de la realidad y el encuentro en­
tre ésta y el pintor, determinan la particularísima
gracia de su estética. Observe usted, Barbeau.
esa inocencia de niño asombrado que tienen los
paisajes de Castagnino. En esos caballos frente
al mar. sorprende la glauca lejanía y con igual
ternura capta los rastros de la osamenta en tierra
donde el verde húmedo de las hierbas abonadas
por los huesos, le proporcionan un goce expre­
sivo. Nos trasmite la noble presencia del caballo
con un algo de “ descubrimiento*’ que los hace
tan distintos y tan suyos a un tiempo (véase “ Pes­
cadores del río” ). Creada la atmósfera campe­
sina. luego de situados armónicamente la tierra
y el mar donde dominan la botánica y la fauna,
el pintor comienza a darse el gusto con las tona­
lidades de nuestra pampa, cuyo caudal entra y
sale de la retina del pintor con abundante ple­
nitud. porque el encuentro entre el paisaje y el
hombre ha alcanzado el punto milagroso de la
creación. De que sea. a su vez, el nuestro, de­
pende de la sensibilidad de cada uno. Pero el
mejor punto donde se sitúa Castagnino. es, sin
ninguna duda, el que mejor se acomoda a un
arte americano, inocente, grande y perdurable.

H om enaje a

PEDRO

FIGARI

Comisión de Bellas Artes de Montevideo ha
organizado ttn homenaje al pintor Figari,
inaugurando tres exposiciones de su obra. Una
serie de conferencias explicarán al pueblo la pintu­
ra de Figari. Un álbum con reproducciones de los
cuadros más significativos acompañados de pági­
nas de escritores que consagran estudios de la obra
figaresca y un catálogo ordenativo, completan el
homenaje. Conviene destacar la intervención ofi­
cial en un plan tan vasto que se debe a Carlos
Herrera Mac Lean, crítico especializado en la
obra del gran pintor y presidente del comité de
hom enaje; a Orestes Baroffio, periodista de es­
trechas vinculaciones en el medio artístico rioplatense y a Carlos Rodríguez Pinto, poeta de fina
sensibilidad, colaborador eficiente en la tarea de
dar perspectivas a la pintura de Figari en el es­
cenario de América. Por la calidad del homenaje,
por las intenciones y por realizarse en una atmós­
fera de libertad creadora, el homenaje a Figari
tendrá el más cálido apoyo de L atitud y daremos
cuenta de su realización en el próximo número.

L

a

�SALON MUNICIPAL
DE OTOÑO
¥7'L verdadero Salón de Otoño que se inaugura
anualmente en la ciudad de Buenos Aires se
fundó hace cerca de quince años por iniciativa
de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos.
Ese nombre propio, no común, de Salón de Oto­
ño. pertenece moralmente a esta Sociedad que lo
tiene ganado como tal por prioridad y por pres­
tigio. No lo han entendido así las autoridades
del Museo Municipal de Bellas Artes que, al
fundar su salón anual, no han tenido reparos en
usar un título que, aún sin registro, se debió
respetar en su calidad de patrimonio ajeno. Si
no nos equivocamos, los mismos premios otorga­
dos en este Salón no son otros que los Munici­
pales que se dan anualmente en el Salón Nacio­
nal. otra falta de iniciativa creadora cuyo saldo
negativo será que este año el Salón Oficial no
contará ya con esas viejas recompensas.
Es así como hemos tenido este año dos salones
llamados de Otoño: uno de la Sociedad Argentina
de Artistas Plásticos y otro de la Municipalidad,
homónimos pero fundamentalmente distintos en
cuanto al pensamiento y jerarquía artística de
los expositores. Mientras el primero se organizó
por la sola voluntad de los artistas asociados, sin
recursos financieros y sin acicates de premios o
recompensas de otra índole; el segundo contó con
todos esos recursos, inclusive el de una propa­
ganda excepcional. No obstante estas desventajas,
el salón de S .A .A .P ., ralizado en los salones de
Peuser, se vió ampliamente apoyado por lo más
calificado entre la mayoría de los artistas ar­
gentinos. El otro salón, el Municipal, no consi­
guió reunir ese conjunto mínimo calitativo de
cuadros sin el cual un salón resulta un fracaso.
De haberle quitado al Municipal unas pocas obras
meritorias, quedaba reducido apenas a uno de esos
tantos saloncitos de socios de un club deportivo
o profesional de barrio.
¿Qué razones existieron para esa abstención, o
m ejor dicho, para esa no colaboración por parte
de lo m ejor de los artistas argentinos? Induda­
blemente. los motivos residen en la obra destruc­
tora realizada en estos dos últimos años por los
encargados municipales de la acción cultural ar­
tística de la Capital. Está presente en la memoria
de todos nuestros artistas el agravio inferido al
gremio con la injusticia de quitar de la Dirección
del Museo Municipal de Bellas Artes a un profe­
sional. el escultor Luis Falcini, cuyos méritos y
competencia museográfica son indiscutibles, para
colocar en su lugar a una persona ajena a las
artes plásticas, de manifiesta y comprobada inca­
pacidad para cualquier tarea técnico-artística exi­
gida por ese cargo. A este hecho se añadieron
otros que podemos calificar de atentatorios: el de
descolgar del Museo Municipal por “ orden supe­
rior” cuadros y esculturas calificadas “ subversi­
vas” , de Badi, Fació Hebequer, Yigo, Falcini y
otros; la destrucción a martillazos de un panel de­
corativo en el ex-Teatro del Pueblo, hoy Munici­
pal, por la sola razón de haber sido realizado por
el que escribe, a encargo del señor Barletta. . .
Todos esos son hechos frente a los cuales los
artistas de conciencia gremial no pueden perma­
necer indiferentes u olvidar con el tiempo. Hasta
que esos daños morales no se puedan reparar le­
galmente, el ambiente artístico vivirá en el des­
contento inquietante provocado por los que no
saben respetar la personalidad humana ni los de­
rechos sagrados de la obra de arte.

S o lic ita d a :
“ Buenos Aires, mayo 27 de 1945.
Señor Director de “ Pintura y Grabado” de
la Revista L atitud .
De mi mayor consideración:
Le ruego a Ud. publique en las páginas
de la Revista L atitud ¡a siguiente acla­
ración:
Quiero dejar constancia que los ejempla­
res acuarelados a mano de la edición “ Evo­
caciones Porteñas” , del doctor Gastón Fe­
derico Tobal, editada por la casa Guillermo
Kraft Ltda. (1945) no fueron realizados por
mí, ni bajo mi dirección, ni respetados los
bocetos originales.
Hago esta manifestación por estar des­
conforme con la citada edición.
Agradeciéndole la presente publicación, lo
saluda muy atentamente.
ENRIQUE FERNANDEZ CHELO:

es un artista en visible proceso ascensional. esto es. en viviente drama de
búsqueda y hallazgo de sí mismo, de su
substancia y su expresión. No otra cosa corres­
ponde. por cierto, a la inquietud de su juventud
auténtica, ávida y ambiciosa de experiencia y de
realización. Su constante desplazamiento viajero
sobre la corteza apasionante de nuestra América,
no es, en suma, sino el esquema dinámico de sus
apetencias profundas. Carybé no es el que pasa
sino el que ahonda. Recuérdense sus cotidianas
caricaturas de actualidad de hace algún tiempo.
Recuérdese aquella etapa suya que no es posible
clasificar sino dentro de la ilustración. No es la
habitual risa epidérmica de los caricaturistas, ni
la ironía más o menos sutil y penetrante del co­
mentario olvidadizo, lo que singulariza aquellas
obras de volandero destino. Carybé no ríe ni son­
ríe. Su instrumental es cruel y penetrante. Des­
carna y sus apostillas asumen la categoría levan­
tada del sarcasmo. Una convicción ennoblecedora
anima su inspiración, mueve su lápiz. La de la
irreductible seriedad de la vida, escenario de un
juego donde hasta la comedia descubre, a través
de inadvertibles fisuras, su fondo insobornable de
drama. No otro sentido asumen, en definitiva,
sus ilustraciones. Pero implican, en el artista, la
manifestación de un nuevo estadio de sus exi­
gencias expresivas, de su necesidad de ahonda­
miento en una realidad obsesionante y de elo­
cuencia y solidez re-creadoras. Algo de esto se
vió, se me ocurre que de manera muy signifi­
cativa, en la exposición realizada hace cuatro o
cinco años en el inolvidable salón del Consejo
Deliberante. Ya está Carybé, entonces, en el ca­
mino del cuadro de caballete; en el camino ás­
pero. erizado de altos problemas, de la pintura.
De cómo los afrontó, con qué honestidad y con
qué coraje, nos lo dijo en su muestra del salón
de Nordyska, hace un par de años. ¿Se resentía
esa serie, todavía, de la presencia del ilustrador
valiosísimo, excepcional, que había sido hasta en­
tonces Carybé? Y o pienso, con todo respeto, que
sí. Había en esa muestra, ya, más de un problema
específico de la pintura airosamente resuelto. Pero
—en términos muy generales— una composición
no bastante equilibrada y un color en que asoma­
ban sus puntas de estridencia, sugerían al espec­
tador la magnitud de la tarea asumida por el
artista en el porfiado propósito de hallarse a
través de una expresión más compleja. Desde
entonces a hoy — desde aquella exposición a la
que acaba de realizar en “ Amauta” — mucho ha
caminado el pintor. Mucho más. desde luego, de
lo que haría suponer la brevedad del tiempo
transcurirdo. Véase como agrupa ahora las figu­
ras y los elementos de sus cuadros, cómo los
envuelve en la unidad de su gama cromática, có­
mo valoriza sus distancias, cómo busca y consigue
sensibles superficies. Su color, sin embargo — un
color cuyas atrevidas purezas pueden traer al
pensamiento alguna remota reminiscencia del
arybé

C

Doña

U rsu la

M oya,

por C a ry b é

CUADROS DE CARYBE
EN "AM AU TA”
‘‘ Aduanero”— es suyo en el atrevimiento de sus
contrastes, en el clima exultante de sus tonos vio­
lentos, levantados. Carybé es uno de esos colo­
ristas en quienes se advierte la presencia de esa
dicha primitiva de mover colores, del gozo pri­
mordial de pintar. Ciertos azules, ciertos verdes,
ciertas tierras suyas, quedan en la retina como
una vibración musical dichosa, inolvidable.
¿Será preciso añadir a esto que Carybé es un
artista de esos que pugnan por revelarnos un
mensaje? Su técnica, cada día más personal, más
suya, más exclusiva, no es sino la consecuencia
de la fatalidad expresiva de ese mensaje humano
de sentido social y americano. Habrá un día que
analizar a fondo ese mensaje. Señalemos, por lo
pronto, que si en su cricatura y en su ilustración
era el sarcasmo el impulso dominante, en su
obra actual, pictórica, es el amor, el desintere­
sado interés, la simpatía humana, los signos que
presiden su apasionado ahondamiento en la viva
realidad del paisaje y el hombre de nuestras
tierras.
C. CO RD O VA ITURBURU

LOS P A I S A J E S DE
"GIAMBIAGGI”
Para el poblador colonial, primero, el criollo
burgués y el inmigrante de toda laya, después,
nuestra tierra — en su naturalidad— es respecti­
vamente una geografía recién nacida y una simple
materia fructificadora. En todo caso el habitan­
te de nuestro país, el físicamente adaptado y el
foráneo — casi siempre de vuelta en la nostal­
gia— es un ser pluralizado de externas urgencias.
Forasteros espirituales de dentro y de fuera, die­
ron. apenas, testimonio de la anécdota, el episo­
dio, la leyenda, el folklore, la epopeya, las cos­
tumbres, el retrato, etc. Pero, el paisaje no fué
objeto de pura contemplación estética. Ahora, los
tiempos han cambiado: el habitante siente la ne­
cesidad de una pronta y justa aclimatación espi­
ritual: el paisaje — el país, el pago— solera de la
de la tierra vivida— es ya una invitación a su
conocim iento por la poesía.
El descendiente actual de coloniales e inmi­
grantes habita con definitiva raíz y anhela el des­
cubrimiento de la tierra en él, sus colores y for­
mas. sus cielos, sus resonancias, sus ritmos, sus
ecos, su inconfundible e ineludible presencia.
Un largo estar en inocencia, en y ante el paisa­
je, es el espejo indispensable del nuevo conoci­
miento. Ni fórmulas, ni repentismos, ni repetición
por los sentidos. La poesía del contagio de la
tierra debe provenir de un sostenido diálogo con
ella. Los paisajes misioneros y misionales de
Giambiagi, expuestos en Amauta, nos dan esta
razón, revelándonos, entre otras visiones, 1?) que
la relación animada —sentimental y consciente—
con el paisaje argentino es de reciente data; 29)
que esta relación debe ser una suerte de con­
substanciación. resultante de una larga amorosa
convivencia; 39) que en nuestro país el paisaje
es todavía casi naturaleza virgen; 49) que, como
es reciente la actitud contemplativa, las creacio­
nes que la expresan deben exponer el asombro
del hombre ante el misterio de la tierra —selva,
sierra o llanura (com o en los paisajes de Castagnino consultan el misterio de la Pampa — dán­
donos su distancia— los caballos regocijados y
alertas); 5) que el paisaje debe darse como si
el espectador estuviese dentro, como el propio
artista le lleva en el corazón después de haberse
dejado traspasar por é l; 69) que el paisaje no es
repelible por la pintura sino recreable por el
color y la relación de las formas en una arqui­
tectura de pura invención; 79) que son un cono­
cimiento verdadero y que el autor es dueño de
un oficio dotado de excelencia; 89) que el hom­
bre es habitante de un contorno terreno-celeste,
ser de circunstancias y que su conversación con
ellas es la fuente primera de su canto.
N . A . F.

�T E A T RO
Dirige
M AR IA ROSA OLIVER

DON JACINTO BENAYENTE
Y SU TEATRO
por BLAS RAUL GALLO

T

ornan

a la vida los muñecos creados por la pluma infatigable de don Jacinto

Benavente. Cuando su obra parecía definitivamente relegada por la irrupción

de la nueva dramática española — encarnada fundamentalmente en la figura del inmor­
tal poeta granadino— . la España franquista y reaccionaria, sin libertad y sin arte,
agita el viejo estandarte benaventino, procurando así cubrir la brecha dejada por la
emigración de la intelectualidad republicana.

Este prurito de resurrección artística ha lle­
gado hasta nosotros. Varias son las salas don­
de se exhiben sendas obras de Benavente,
mientras el cable nos anuncia la inminente vi­
sita del comediógrafo, en compañía, claro está,
de la destacada actriz Lola Menbrives, la misma
que estrenó en España, como paradigma de la
dramaturgia argentina, una obra de Martínez
Payva.
No podría discutirse el derecho que asiste a
cada capocómico de representar al autor de
su predilección. (A lo sumo podría exigirse
el buen gusto de no estrenar una obra tan vie­
ja e innocua como “Rosas de Otoño” ). Lo dis­
cutible es el valor y la oportunidad que de­
terminadas reposiciones suponen y en que
medida puede la crítica aceptar que se silen­
cien obras de autores fundamentales del teatro
contemporáneo, tales como Clifford Odets, Saroyan, T. Wilder. Lennormand, mientras los
programas aparecen saturados por las obras de
un autor harto conocido ccmo Benavente. En
efecto, las piezas de este autor han llegado
a nuestro público profusamente a través del
teatro, el libro y la radio. En todas ellas se
ha elogiado siempre la presencia de un agudo
escritor, sabio componedor de bien graduadas
escenas. Cuando se posee esa virtud y sabe
manejarse el idioma con la destreza de un
elegante ironista. el éxito sobre el grueso del
público está parcialmente ganado. Pero sola­
mente por un determinado lapso, más allá del
cual no puede arriesgarse una insistencia.
Benavente es un escritor que buceando en
los más íntimos problemas de la clase media
rural española, escribió para el gusto de ciertos
sectores de la clase media ciudadana. El re­
verso del formidable Ibsen, que combatiendo
los vicios de la clase media de su país, com­
puso obras del más auténtico sentido revolu­
cionario para todas las épocas.
Benavente es el conflicto familiar. Es el
triángulo famoso del teatro burgués, en el
seno de la familia provinciana. Verdad es que
estos litigios de familia han permitido al au­
tor estructurar recios caracteres femeninos
que en definitiva son la justificación de su
teatro. Así nacieron, la Raymunda de “La
Malquerida” , Dominica de “ Señora Ama”, Feli­
cia de “Pepa Doncel” . Podría recordarse ese
liberalismo suave que suele observarse en mu­
chas de sus comedias, pero ¿quién va, en estos
tiempos aborrascados que vivimos, a tomar
muy en serio al Leo de “Pepa Doncel” ? Queda
sin duda, en el haber benaventino, su indiscuti­
ble habilidad en el remate de las comedias
dando pábulo al inveterado sentido adocenador
moral que parece congénito en la modalidad
de su obra.
En Benavente el drama es apenas una leve

superación del viejo melodrama español que
tan perniciosa influencia ejerció en la evolu­
ción del teatro argentino. De todas sus come­
días, la que más merece los honores de una re­
posición es seguramente “Los intereses crea­
dos”, con la cual nuestro Nacional de Comedias
se asocia a la recepción, incluyendo al autor
en la nómina de sus escritores dilectos (de
paso recordemos que la Comisión de Cultura
no ha permitido nunca la reposición de una
obra de Roberto Payró, el más grande escritor
argentino del presente siglo).
En “Los intereses creados” su autor se apar­
ta de la modalidad general en la composición
de sus comedias. Aquí los valores son más
universales y los personajes adquieren una tó­
nica más permanente. Si bien la farsa no
puede escucharse con la admiración de años
anteriores — fué estrenada en el año 1907—
pues su trama ha envejecido y su filosofía se
ha aniñado con el tiempo, cierto es que el
Crispín se insinúa ágilmente en el ánimo del
espectador, con el inveterado optimismo de su
audacia. Crispín aun subyuga, porque con ser
la creación más artificiosa de Benavente, re­
sulta la más humana. Crispín es el profundo
conocedor del alma humana. Conoce al hom­
bre en la medida que conoce la intensidad de
sus intereses.
Pero este Crispín bien puede resultarnos la
creación más subjetiva de su progenitor.
Cuando lo imaginamos condecorado por las
autoridades franquistas — a él que en 1922 re­
cibió el Premio Nobel— sin esfuerzo nos vie­
nen aquellas palabras con que Crispín adocena
a Colombina:
“Todos llevamos en nosotros un gran señor
de altivos pensamientos, capaz de todo lo gran­
de y todo lo bello. . . Y a su lado, el servidor
humilde, el de las ruines obras, el que ha de
emplearse en las bajas acciones a que obliga
la vida . . . ”
El problema sería que el gran señor ignorase
la existencia del otro, del que ha de “ em­
plearse en las bajas acciones a que obliga la
vida”. Pero esta también tiene sus caprichos
y la verdad es que no todo es farsa en la farsa.
A Federico García Lorca lo mataron los fran­
quistas y no hace mucho por cierto. Su recuer­
do, tanto como su obra, está en el mismo
músculo del pueblo que no ha de olvidarlo con
la misma facilidad con que lo hacen aquellos
escritores y artistas que apuntalan a la dic­
tadura franquista.
Mientras tanto, que nuestra Comisión de
Cultura reciba al autor de “Vidas cruzadas” y
a su dilecta actriz con todos los atuendos que
le permite su frondoso presupuesto. Más tar­
de, pronto quizás, será el silencio.

R IC A R D O
P A S S A N O , m a g n ífic o d ire c to r de e sc e n a , q ue
co n d u jo la c a s i to ta lid a d d e la s o b ra s d el re p e rto rio d e
" L A M A S C A R A " . En el v ie jo te a trito de M o re no 10 33, h o y
a s fa lt o de u n a lu jo s a a v e n id a , v ie ro n la lu z d e la s c a n d i­
le ja s sus m á s e s fo rz a d a s c re a c io n e s . Fue un o de lo s c re n d o re s d el " T e a t ro P r o le t a r io " , de e m o c io n a d o re c u e rd o .

I n a m a fjn ífieu
volatín con
“'V iv e c o m o q u i e r a s 99
ADA seis o siete meses, y algunas veces desgraciadamente
más. en las pausas que le deja libre su constante sacrificio,
"La Máscara", el joven teatro de arte que hace unos años
nos maravilló en su barraca de la calle Moreno, ofrece pequeñas
grandes pruebas de su capacidad escénica. Es asi. como después
de una larga serte de éxitos, entre los que cabe destacar: "D este­
rrados" y "En algún lugar" , de Ernesto L. Castro; "El avaro",
en una versión mucho más digna que la reciente: "Despierta
y canta
de Clifford Odets: " Macbeth" y "E l momento de
su vida', de William Saroyan: "E l bosque petrificado", de
Roben Sherwood. hemos llegado a " Vive como quieras" , la
brillante comedia de Kauffmann y Hart. que ya conocíamos hace
años en su adaptación cinematográfica.
Es una obra que tiene la rara virtud de atrapar la atención
del espectador desde la primera palabra, atención que casi siem­
pre se transforma en carcajada estrepitosa. Puede achacársele,
pese a la buena intención con que ha sido escrita, algunos boca­
dillos de tmte reaccionario, pero en general es sana, desde el
punto de vista de su ingenio aplicado y sentido optimista de
la vida.

C

El reparto bien amplio de " Vive como quieras" , cubierto
modestamente casi en su mayoría por seudónimos, se vió enga­
lanado con los recursos teatrales y la personalidad artística de
cada uno de los integrantes del grupo capitaneado por Ricardo
Passano, director y compañero. Este supo extraer el máximo
provecho de un libreto ágil y pleno de situaciones y sutilezas.
Lástima grande que la acción que declina notablemente en el
segundo acto, casi enteramente diálogo, extrañamente liviano y
cursi, no haya ofrecido el más mínimo asidero para su salvación
Quizás la poda, tan censurable en otros casos, hubiera sido en
este la milagrosa panacea.
Tomás Migliacci creó un Kolenkhov superior, sin duda, al
muy bueno de Mischa Auer: Diana Wells, perfecta en e' difícil
papel de la madre (P en ny) e improvisada escritora; la pareja
romántica integrada por Angel Pierlet y Susana Penny (T on y
Kirby y Aliec Vanderhoff) , cumplió con propiedad su cometido,
falto de brillo en la letra, como dijimos; Lola March, Isidro
F. Valdés, Juan J. Ross. Antonio Cobantes, Nieves Ibar. Pedro
Doril. Jorge Dalbón. Sebastián Menéndez y Pola Márquez, en
sus papeles respectivos de Rheba. Donald. Paul. De Pinna. Sra.
Kirby. Oficial. Policía 2?, Policía J? y Olga Katrina, aprove­
charon bien sus oportunidades. En cuanto a la figura de la
noche fué Pedro Asquini. que en el breve espacio que concede
el libro a Henderson, un cobrador oficial de impuestos, demostró
que un buen actor no necesita de un papel de extensión ni de
jerarquía para su lucimiento. (Claro que nos estamos refiriendo
a la escena independiente y no a los escenarios "comerciales"
donde las llamadas grandes figuras del teatro argentino limitan
al máximo las oportunidades de sus compañeros de labor). Un
aplauso nutrido, a telón abierto, valioso como símbolo, premió
el mutis de Henderson Asombró a muchos espectadores la pre­
cisión con que se desempeñaron los intérpretes, aún en los
papeles que requerían habilidades especificas, como los de Essie.
F.ddy. Martin V anderhoff y Sr. Kirby, conducidos respectiva­
mente por Alejandra Boero. Jorge Giralt, Ricardo Trigo y L eo­
poldo Saporiti.
Durante toda la obra se advierte la mano segura del director,
vigilante en todos los detalles, experta en la complicada evolución
de los personajes. En determinado momento en que actúan en
escena quince de ellos, sus desplazamientos están tan bien
estudiados, que se llevan a cabo armónicamente, sin ocasionar
las habituales interferencias y rupturas en la atención del público.
La dicción, natural en todos los casos, excepto quizá en el
de Susana Penny, que afecta un ligero tono de conservatorio,
pero pasa inadvertido. El montaje, sencillo e inteligente. Las
luces no constituyeron un problema.
Al terminar ¡a función y a requerimiento del público. Ricardo
Passano dijo algunas palabras referentes a la precariedad de
medios y la riqueza de tenacidad de intenciones de "La Más­
cara , un teatro "con los ideales de Romain Rolland". Acto
seguido, efectuó la justiciera presentación de los anónimos cola­
boradores del cuerpo técnico.
Ln síntesis
La velada superó ampliamente todas las espe­
ranzas de un abigarrado público de amigos, que hoy y siempre
estarán con las manifestaciones que impliquen un deseo de dig­
nidad. de altura y de renovación artística.
J . O. A .

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UESTO que resulta inevitable aceptar en la
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pecto narrativo, debemos convenir asimis­
mo en sus inevitables relaciones con la novela,
por lo menos con cierto tipo de novela.
Así como el cine se ha dedicado a narrar cosas,
pudo ser un cine poema, utilizando las imágenes
visuales como elementos líricos o simbólicos. Pu­
do ser también un cine-sinfonía, glosando temas
musicales en un desarrollo visual de forma cíclica
o contrapuntística. Pudo ser también un cine de
“ sketches” o un cine como elemento de reportaje
periodístico... Pero, en conclusión, ha evolucio­
nado hacia la forma narrativa, que. con la incor­
poración de la palabra, lo ha llevado hacia dos
formas precisas que podríamos definir como el
“ cine-teatro” y el “ cine-novela” .
A ello han contribuido eficazmente, la atracción
de ciertos títulos, el tiraje asegurador de numero­
sos espectadores, y una médula dramática con si­
tuaciones infalibles en su sugestión.
Pero en ese camino no ha podido solucionarse
un problema básico y de por sí insoluble: la no­
vela tiene una técnica, una mecánica narrativa y
el cine otra. Y son completamente opuestas: a
la novela, de carácter amplio, de evolución cíclica,
rica en personajes y problemas, enmarcados en
un amplio decorado de tiempo y espacio —así
sea el espacio subjetivo— opone el cine la bre­
vedad de su espectáculo: dos horas como máximo,
y la necesaria unidad de su relato. En verdad, el
cuento sería el género ideal de relato cinematográ­
fico. Pero no el cuento literario, en torno a una
situación, sino el de un tema central, recom­
puesto sobre una serie de escenarios y a través
de varios personajes... En resumidas cuentas, un
cuento de forma cinematográfica.
Fatalmente, al incorporar el cine una novela,
comienza por despojarla de personajes y de situa­
ciones, tendiendo a una unidad esquemática que
desnuda . el relato novelístico y lo empobrece.
Además, el reemplazo de la palabra por la ima­
gen, en la narración, trae aparejada una diferencia
profunda de estilos, que disocia completamente
ambas técnicas: por eso un pasaje completamente
desapercibido en una novela, puede dar lugar al
hallazgo más importante de una p elícu la ...
Todo ello crea una serie inagotable de interro­
gantes en torno a la fidelidad más o menos ne­
cesaria, a la eficacia de determinado estilo de
adaptación, o la adaptación misma, al adaptador,
a la conveniencia o no de que sea el mismo no­
velista quien traslade su obra al lenguaje de la
pantalla. Fundamentalmente, cabría convenir en
que novela y cine, son dos lenguajes distintos.
¿Cómo puede pretenderse, pues, que sea el nove­
lista quién vea la forma cinematográfica de una
novela?
Y desembocamos de nuevo en el problema ini­
cial: tratándose de técnicas y formas de narra­
ción distintas, se está intentando la soldadura arti­
ficial de dos géneros distintos, unidos por razones
de éxito e industria. El debate sería agotador y

P

S . M . E IS E N S T E IN

estéril, mientras no se plantee claramente la ne­
cesidad de utilizar sólo parcialmente elementos
comunes a la novela y a la narración cinemato­
gráfica.
Los elementos de sugestión de “ El muelle de
las brumas” , por ejemplo, son puramente plásti­
cos como traductores de una espléndida narra­
ción, mientras que la obra de Mac Orlan, es de
sugestión in terior... “ Viñas de ira” ha sido una
extiaordinaria película de John Ford: porque es
distinta en su concepción y desarrollo a la novela
de John Steinbeck en la que se inspiró. En “ La
carreta fantasma” , Julien Duvivier ha obtenido
una creación narrativa superior al libro de Selma
Lagerloff; pero el prejuicio de la fidelidad a la
obra original, lo ha hecho caer en los mismos de­
fectos literarios de la novela, y esa esclavitud es
la que perjudica notablemente al aspecto cine­
matográfico de su hermoso film.
El caso de la fidelidad escrupulosa nos ha dado
un clásico ejemplo de film malogrado: “ David
Copperfield” , realización fría y opaca, por exceso
de supeditación a la mecánica narrativa de Dickens, y al cuidado de evitar infidelidades ne­
cesarias.
Cuando John Ford se vió obligado a faltar el
respeto literario en su versión de “ El delator” ,
tuvo razón. Y así debió comprenderlo el autor,
Liam O’Flahertv, cuando decidió escribir espe­
cialmente una novela cinematográfica: “ El aluci­
nado” (“ El puritano” ) : ese nuevo film mostró
una construcción admirable de novelista cinema­
tográfico. Pero la disociación continuó existien­
do: en ese caso, la novela, supeditada al cine, se
resintió de una pobreza narrativa, que dió en
cambio intensidad al film. Lo mismo puede de­
cirse de “ La luna se ha puesto” , obra que indu­
dablemente escribió John Steinbeck pensando en
la película que podría realizarse, y que volvió a
demostrar la incompatibilidad de un acierto si­
multáneo: si era mejor el libro desde un punto
de vista exclusivamente cinematográfico, no podía
serlo desde el punto de vista novelístico: por eso
“ El puritano” y ” La luna se ha puesto” son gran­
des libros cinematográficos, pero medianas crea­
ciones como novela, esquemáticas y sim ples... Y
no hablemos ya del caso de un Cronin, escribien­
do “ Las llaves del reino” , en el que se trasluce
excesivamente el trabajo de “ encargo” , con fines
exitistas que resienten por igual la calidad del
film y de la n ov ela ...
Mediocres novelas han proporcionado en cam­
bio elementos para la realización de excelentes
films, como mediocres actores han resultado los
mejores intérpretes del cine; porque al margen
de la calidad literaria o novelística propiamente
dicha, han proporcionado los elementos necesa­
rios para la narración visual cinematográfica. Por
ello seguimos creyendo que el buen “ cinematur­
go” puede surgir más fácilmente de un mal na­
rrador que de un extraordinario n ovelista... Re­
cuérdense los casos siguientes entre otros: “ Or­
gullo y prejuicio” , de la relamida Jane Austin,
21

que con la ayuda de Huxley, permitió realizar
aquella hermosa y fina comedia titulada “ Más
fuerte que el orgullo” . “ Adiós, Mr. Cheaps” , no­
vela sentimental de Hilton, que insufló un real
espíritu poético en su versión fílnlica. “ Rebecca” ,
vulgar novelón de Dn Maurier, al que Alfred
Hitchkock dió original sugestión. “ Un ataúd para
Demetrio” , novela policial que vimos transforma­
da en un extraordinario film intenso y plástico,
bajo la dirección de Juan Negulesco. Y recorde­
mos el humor que extrajo René Clair del más
vulgar de los “ vaudevilles” franceses: “ Un som­
brero de paja de Italia” . . .
El dilema, pues, puede plantearse categórica­
mente en estos términos: o se cuida de la versión
fiel de una novela y se llega a la película antici­
nematográfica. O se utilizan libremente persona­
jes y situaciones de una novela, teniendo en cuen­
ta las leyes de la construcción cinematográfica.
Y este último caso, el único positivo para la
forma fílmica, nos lleva a la única solución acep­
table: la creación libre y completa del libro cine­
matográfico, realizado por el novelista o escritor
adaptado al cine: el “ cinematurgo” . Algunos en­
sayos van señalando ese único y lógico camino,
iniciado hace ya veinticuatro años por Louis
Delluc, que escribió y realizó especialmente los
temas de “ Fiebre” y “ La mujer de ninguna par­
te” , en Francia. Los más recientes son el de
“ Ocho a la deriva” , escrito especialmente para
el cine por John Steinbeck, “ Crimen sin pasión”
y “ Antes que me muera” , dos modelos de narra­
ción cinematográfica, realizados por el escritor
Ben Hecht, y en Francia, los ejemplos de “ Car­
net de baile” y “ El fin del día” , verdaderos
“ cinedramas” compuestos originariamente para el
cine, con una sabia utilización de todos los ele­
mentos narrativos que puedan realizar la imagen
y el son id o...
Nos falta aún conocer la experiencia rusa: el
caso reciente de “ Arco Iris” , adaptado para la
pantalla por su misma autora Wanda Vasilievska, prueban una original visión de las
necesidades de la pantalla: su autora ha cambia­
do el final y aprovechado situaciones secundarias
de la novela, que en el film han logrado con­
vertirse en los pasajes más intensos e inolvida­
bles, por su esencia misma, de profunda verdad
visu al...
Otro ejemplo ruso que inicia quizá una era
distinta en la narración cinematográfica, es el del
cine breve. Liberándose de la convencional me­
dida de las películas de hoy, Rusia realiza ahora
cuentos de una duración que varía entre los vein­
ticinco minutos y los cincuenta. Así se han reali­
zado dos joyas inspiradas en dos narraciones de
Chéjov: “ Jubileo” y “ Matrimonio” , y un film de
18 minutos basado en un bello cuento de G orki:
“ La carta” . He ahí un sano principio que señala
una comprensión y respeto a las necesidades del
cine, tan importantes para su eficacia, como las
de la novela en su propio campo.
I.

K.

�Verdad y Mentira
del "D oblaje”
por ROLAN!)
preocupación por un cine en el que los actores se expresen en idio­
ma castellano data del mismo momento, en que se admitió la posi­
bilidad de un séptimo arte hablado. En 1929, cuando “ La divina
dama” , película filmada muda a la que luego se añadió un fondo
musical, una canción romántica que simulaba entonar Corinne Griffith y
los ruidos destinados a dar mayor realismo a las escenas de la batalla de
Trafalgar, convenció a algunos críticos y a bastante público que el cine
había ganado en buena ley su derecho a la palabra, nadie concebía que
en las inminentes producciones totalmente habladas los actores expusiesen
sus ideas y sus sentimientos en un idioma extraño. Y menos aun imagina­
ban que la hasta entonces cómoda tarea de alternar la visión de las imá­
genes con la lectura de los títulos tendría que hacerse, desde ese instante,
en forma simultánea, obligándose a un incómodo proceso de desdobla­
miento de la atención.

L

a

Hollywood lo entendió así. Y después que las exhibiciones de las pri­
meras producciones habladas y sobretodo musicales (la revista fué la p ie­
dra de toque de ese cine que hizo de la banda de sonido su nuevo amor)
pasaron la etapa de la simple curiosidad popular cobró trascendencia el
problema del idioma frente a los públicos hispanoparlantes. Y casi simul­
táneamente se dió principio a la producción directamente hablada en cas­
tellano. Casi todos los estudios de Hollytvood dedicaron una parte de su
presupuesto anual, tal vez insuficiente y por eso la tentativa fracasó, a
realizar películas con artistas de habla español. Pero la duración de esa
experiencia fué efímera. La incapacidad de los artistas, la mala elección
de los temas y la modestia de recursos con que se filmaron rompió toda
perspectiva de competencia con el resto de la producción hablada en in­
glés. El público prefirió acostumbrarse a ver la imagen y leer los títulos
a la vez y poco se preocupó por los sonidos extraños e incomprensibles
que emitían las gargantas de los intérpretes.
Hubo un período de calma no muy largo. Se interrumpió cuando la
técnica cinematográfica, tan llena de sorpresas y tan vasta de recursos,
perfeccionó el “ doblaje” . Si muchas escenas filmadas en exteriores eran
“ dobladas” luego en el estudio con un resultado óptimo, con un poco más
de trabajo y de paciencia se podría llegar también a “ doblar” , no sólo las
voces, sino también el idioma. La idea se llevó a la práctica, pero por la
imperfección del sistema y porque el mismo se cumplió en zonas locales
(España, por ejem plo) tornando sus voces inadaptables al gusto de otros
países, y particularmente, del nuestro, el más alejado del verdadero cas­
tellano, no prosperó. Esas películas sólo llegaron a nuestro público mu­
cho después de la versión original en inglés directamente a las pantallas
de barrio.
Luego de otra pausa, más pronunciada, ha intentado Hollywood, ya
con armas más poderosas y después de múltiples y minuciosos ensayos,
la imposición de sus grandes películas “ dobladas” en castellano. Técnica­
mente son inobjetables. Sólo prestándoles excesiva atención se descubre
la trampa. De lo contrario se tiene la impresión de que los artistas hablan
realmente nuestro idioma. Pero hay, lamentablemente, un escamoteo irre­
parable: al privamos de la auténtica voz de un intérprete se nos priva de
un factor importante en el juicio de su arte, y aun no entendiendo inglés
se descubre casi siempre un notorio divorcio entre la intensidad de un
gesto, que pertenece al intérprete que estamos viendo, y la intensidad de
la expresión verbal, que pertenece a un intérprete que no vemos, y que,
podemos suponer, por su condición anónima, inferior en mérito al con­
sagrado. Si en cambio, se obligara a los actores originales a recitar su
parte en castellano, aunque fuera mal pronunciado, se evitaría que la bús­
queda de las palabras obedeciera más al movimiento de los labios coin­
cidentes con el inglés, que a t exacto sentido de una frase o de una pa­
labra. (Con lo que se desvirtúa un factor a veces fundamentalísimo: el
diálogo). Ya no habría, entonces, que alterar las palabras originales en
el “ doblaje” . Pero, de todas maneras se crea, así, un nuevo tropiezo en
los méritos del intérprete: expresándose en un idioma que no domina,
sacrifica buena parte de la intensidad de su creación.
Y llegamos a un punto culminante del problema. Aun aceptado el
“ doblaje” como sistema, por sus ventajas para la comodidad de un pú­
blico no exigente, no se puede aceptar un mismo “ doblaje” castellano para
España y todos los países latinoamericanos. Hasta ahora se ha buscado,
evidentemente, un castellano medio, digamos, que oscila entre la pureza
monótona del castellano español y la impureza pintoresca castellano la­
tinoamericano, más marcada cuanto más al sur se desciende. Y si el pro­
cedimiento puede tolerarse en películas de ambiente elegante, refinado,
como “ La luz que agoniza” , no sucede lo mismo cuando se abordan temas
de fisonomía popular, en los que el diálogo exige modismos en forma irrenunciable. Con ese castellano “ standard” no se puede pensar en filmar
películas de bajo fondo o de simples barriadas populares. El “ doblaje”
resulta, así, privativo para una versión de “ Pigmalión”, por ejem plo, o
de la mayoría de las obras de O’Neill, e incluso haría imposible el “ do­
blaje” del lenguaje en “ cockney” de “ Un desolado corazón” , de Lleuellyn.
Es este el grave problema del cine “ doblado” en castellano, cuya lejana
solución estaría en la realización de versiones para cada país sobre diá­
logos escritos por autores locales interpretados por artistas también locales.
Y conste que en esta apreciación general del “ doblaje” no nos hemos
olvidado que, fuera del cine, sólo conocem os a Shakespeare a través de
sus traductores, es decir, no lo conocemos aunque pretendamos que sí; y
que dentro del cine, nunca hemos querido dudar sobre si la voz inconfun­
dible de Bette Davis en idioma inglés pertenece realmente a ella o a una
“ doble” suya. En cuyo caso poco valdría todo lo dicho más arriba.

Con lo p re d e stin a c ió n en su a lm a de su p ró x im o fin no v a c ila en a y u d a r a lo s e s c la v o s .

ROSA
U L IE S S

P E T IT

P E N S A M IE N T O

DE A M E R I C A
DE

M URAT

Y

H O M ER O

S O B R E EL F IL M

M ANZI

R ES U M EN

E X T R A O R D IN A R IO

DE

PO RA

E S T U D IO S

" L A L IT U D "
SA N

SU

M IG U E L .

de América” evoca una gran figura continental: la de Rosa de
Esa figura nos re­
sultó fascinadora por los aspectos que señalaban su más versado y talen­
toso hagiógrafo, el jesuíta Hansen. y que la mayoría de los comensales
ha olvidado, para detenerse en la capacidad penitencial de la Santa. En
primer lugar, señalaremos el antiracismo declarado de Rosa. Hansen lo
señala al afirmar que la Santa combatía los prejuicios de la clase de es­
pañoles elevados hacia los negros e indios. Atendía por igual, con la in­
saciable violencia de una caridad magnífica, de una solidaridad humana
sin límites, en su pequeña enfermería, a todos los enfermos, incluso a los
esclavos negros heridos en las fugas. Nosotros hemos dramatizado estos
resplandores de esa vida casi increíble, que dedicaba doce horas al tra­
bajo, diez a la oración y la mortificación, y tan sólo dos al reposo. Hemos
apuntado un retrato de Rosa, de su acción fervorosa, de la época en que
le tocó transitar por tierras de América naciente: una época en que el
sueño tremendo del Vellocino de Oro conm ovió a las almas de los nuevos
argonautas de la España Imperial y los lanzaba, rabiosos el destierro, ar­
diendo con la fiebre de la codicia, a la conquista brutal, mientras otros,
fija la mirada de una concepción profunda de la eternidad, trataban de
borrar las huellas de sangre que sus camaradas habían dejado. El film
se apoya en la verdad, pero, ante todo, en su relato encaminado a produ­
cir un determinado efecto y una parábola deliberada desde el principio.
Como en “ Su mejor alumno” , hemos aglutinado acontecimientos disper­
sos y, cuando ha sido preciso, hemos inventado, lisa y llanamente. A los
historiadores quedan libradas las difíciles, tal vez imposibles precisiones
de enumerar una vida humana en ese pobre orden asequible a nuestra
más pobre inteligencia: el paso de los hechos, en el tiempo. “ En “ Rosa
de América” , entramos, muchas veces, a la tal vez más verdadera y en
todo caso siempre más hondamente conmovedora, disposición arquitec­
tónica. deliberada, ordenada con toda conciencia de muchas vidas, de
muchas almas entrechocándose.
o sa

R Lima, santificada y declarada Patrona de América.

Rosa (D e lia G a rc é s ) a m a b a a lo s p o b re s, lo s m en esterosos y d e s a m p a ra d o s. Sus h o ra s
la s re p a r tía e n tre la o ra c ió n y la c a rid a d , v is ita b a el a r r a b a l de L im a lle v a n d o consuelo
y re m ed io s p a ra sus m a le s a los neg ros e s c la v o s , lep ro so s, ta re a q ue n a d ie se a n im a b a
a r e a liz a r .

�MUSICA
Dirige
LEOPOLDO HURTADO

L n gran compositor habla de la música de nuestro tiempo
década 1930-1940 marca la terminación de
la fase experimental de la música contem­
poránea. Durante casi cuarenta años, la música
ha pasado a través de una serie de crisis revo­
lucionarias, cuyo resultado ha sido la bancarrota
de las idiotizantes “ reglas” de la armonía, la
frase rítmica y la construcción melódica. Hacia
1930, los compositores de todas las latitudes co­
menzaron a percibir la necesidad de consolidar
las conquistas logradas en tantos años de expe­
riencia. Como Hindemith, deseaban hacer uso
de los descubrimientos de los pioneers, para ha­
cer un inventario de todos los recursos musicales
que estuvieran ahora a su disposición. Además,
desde el punto de vista estético, ya no había nada
que temer del romanticismo; estaba firmemente
establecido que la nueva música, sea cual fuere
su estilo, iba a adoptar una actitud objetiva, a
ser concebida con claridad y a mostrarse refinada
en su expresión emocional.
Este era el movimiento natural del péndulo
musical. En el pasado todo período de experi­
mento, dentro de la esfera musical, había sido
seguido por otro de recapitulación. Esta necesi­
dad de un “ nuevo orden” en la música contem­
poránea fué intensificada por un factor externo
muy importante: la reacción, o más exactamente,
la falta de reacción de parte del auditorio.
Desde los días de Wagner, ha sido un axioma
que el oyente profano es por naturaleza lento en
la comprensión de las innovaciones que se pro­
ducen en el ámbito del arte de combinar bella­
mente los sonidos. Durante los más críticos años
de evolución que sucedieron a la muerte del
genio de Bayreuth, los compositores habían llega­
do a dar por sentado que sus obras sólo podían
ser de interés para los oyentes más alertas. ¿C ó­
mo podía esperarse que el aficionado común,
ajeno, en comparación con los otros, a las diversas
transformaciones que trajeron los cambios gra­
duales que se operaron en los métodos y en los
ideales musicales, entendiera un lenguaje artístico
que sonaba como si procediera de otro planeta?
Los compositores, al final de la tercera década
del siglo, comenzaron a experimentar la sensa­
ción intranquilizadora de que una amplia brecha
los separaba de sus oyentes. Hubiesen sido bas­
tante torpes al no comprender que esta falta de
contacto con el público los colocaba en una si­
tuación crítica. Además, el hecho de que la
nueva música comenzaba a “ normalizarse” hizo
más que nunca deseable y aun necesario que se
realizara un esfuerzo para reconquistar el interés
de los oyentes en la música contemporánea.
La única nueva tendencia discernible en la
música de los últimos diez años, puede derivarse
de la sensación de desagrado por parte de los
compositores ante la falta de una relación salu­
dable con el público. Como resultado de ello,
se tomaron dos medidas: primero, muchos com ­
positores trataron de simplificar su lenguaje mu­
sical, y luego, intentaron tomar contacto con el
público, no sólo en las salas de concierto, sino
también buscando oyentes y ejecutantes donde­
quiera que pudieran hallarlos: en las escuelas
públicas .y en los colegios, en los conservatorios,
en los cinematógrafos, a través de la radiotelefo­
nía y el disco fonográfico: en todo lugar, en
realidad, en donde se escucha o ejecuta música.
Los primeros signos de esta nueva tendencia los
podemos hallar, históricamente, en Europa cen­
tral, durante la tercera década de este siglo.
Era natural que los compositores se percataran
de su falta de contacto con el público musical­
mente educado en los paises en que la música se
cultiva en mayor grado. Para remediar tal estado
de cosas, buscóse una solución típicamente ger­
mana. Los compositores, con Hindemith a la ca­
beza, comenzaron a escribir obras adaptadas es­
pecialmente a las necesidades del “ amateur”
musical. Esta música — más tarde llamada Gebrauchsmusik, literalmente música de encargo,
con un fin determinado— estaba destinada a fa­
miliarizar a los ejecutantes aficionados con reT

e

j

a

LA MUS I CA
ACTUAL
por AARO N CO PLAN D
cursos musicales diferentes de los que emplean
los compositores clásicos, a los que conocían muy
bien. Los primeros pasos en tal sentido fueron
apoyados por los editores de música, que vieron
en ello la posibilidad de lograr nuevas ventas en
un mercado antes no explotado*. Pero el valor
de estos primeros sondeos fué puramente táctico,
pues el contenido musical intrínseco de la mayor
parte de la Gebrauchsmusik era débil. Los com­
positores continuaban reservando sus mejores
pensamientos para la música “ seria” . No obstante,
en esta forma se puso de relieve la posibilidad
de establecer contacto con el aficionado común.
Al mismo tiempo, en Alemania se hizo tam­
bién otro intento de llegar al público. Esta vez
se trató de buscar a los aficionados a la ópera.
Kurt W eill y Emst Krenek, ya mencionados al
hablar de la influencia del “ jazz” , buscaron deli­
beradamente en sus obras escénicas el “ interés
popular” . Ambos eran compositores de gran ca­
pacidad técnica, que podian escribir en el estilo
de más difícil comprensión.
Pero el público de ópera, en la Alemania de
posguerra, no era el relativamente entendido de
la época anterior. Carecía completamente de pre­
paración para apreciar las complejidades atonales
de Berg y Schoenberg. Mediante la introducción
de canciones de un estilo seudo “ jazzístico” , en
lugar de las anticuadas arias, W eill y Krenek le
daban al público algo que estaba a su alcance.
Aquí, nuevamente, quedó demostrado que me­
diante el cambio de sus objetivos, el compositor
podía establecer contacto con un amplio sector
de oyentes.
Pero el tercer signo de la nueva tendencia,
y posiblemente el más significativo, procedió de
Rusia, principalmente a través de las obras del
joven compositor soviético Dimitri Shostakóvitch.
El ejemplo del autor de la Sinfonía de Stalingrado, sin duda, podría multiplicarse si las obras
de los compositores rusos actuales se escucharan
fuera de la Unión Soviética, tan frecuentemente
como las de aquél. Resulta fácil comprender que
un compositor joven, viviendo en medio de una
revolución social, haya pensado principalmente
en el problema de su relación con el público. La
nueva masa de oyentes, sin haber recibido edu­
cación musical, no se hallaba, por supuesto, pre­
parada para captar las sutilezas musicales. Y, sin
embargo, el compositor soviético debe de haber
sabido que sus obras sólo podían dirigirse a esa
misma masa de público.
Es curioso advertir el efecto que esta circuns­
tancia ha tenido también en la música de Serguév
Prokófief, que permaneció muchos años en el ex­
terior, pero que regresó luego a vivir a su patria.
No será éste el más grande de los compositores
modernos, pero ciertamente es uno de los más
deliciosos. Su estilo es fresco, claro y homogéneo,
características éstas demostradas desde el comien­
zo de su carrera. Siempre ha causado sorpresa
comprender lo poco que en esencia ha cambiado
su música durante dos décadas, ya sea en lo que
concierne a su contenido emocional, o bien en
cuanto a su perfección técnica. Solamente en sus
orquestaciones demuestra un progreso con res­
pecto a sus obras anteriores. Se podría haber
adivinado que lo que necesitaba el pueblo so­
viético era su estilo, pleno de invención melódica
y de joie de vivre. Y se lo podría haber pensado
así con razón, porque .hasta donde puede opinarse,
basándose en las obras recientes que se han es­
cuchado en el mundo occidental, su redescubri­
miento de su tierra nativa lo ha inclinado más
23

decididamente hacia la música de expresión di­
recta y de simplicidad absoluta.
Pero la influencia del público no iniciado se
observa con mayor claridad en la producción de
Shostakóvich. A la edad de treinta y cinco años,
es autor de óperas, “ ballets” , obras de cámara,
numerosas partituras de películas cinematográfi­
cas y seis sinfonías, además de otras ya anuncia­
das. La eficacia de su música, ha sido demos­
trada de manera indudable, tanto dentro como
fuera de la Unión Soviética. Pocos podrían decir
que la suya es música de primera calidad. Pero
si por momentos parece innecesariamente trillada
y convencional, resulta imposible negar el extra­
ordinario flair y la invención musical pura de
que se hace gala. No cabe duda de que es un
hombre que sabe escribir. Su empleo peculiar de
la forma es interesante desde el punto de vista
de la estructura, pues la música parece fluir con
facilidad, en lugar de hallarse entretejida de ma­
nera apretada, poseyendo tan sólo material adap­
tado temáticamente, según la costumbre germana.
La intención emocional de la música es siempre
transparente- como un cristal — casi demasiado,
pues uno se hastía pronto de los movimientos que
son demasiado llanos, en un sentido u otro— ;
satírica o sobria, grandiosa o sentimental. Cual­
quiera sea su debilidad, en Shostakóvich la Unión
Soviética posee un compositor con una persona­
lidad propia notable, que conoce la manera de
revivir la tradición de Borodin y Chaikovsky, de
modo de que interese no sólo a las masas prole­
tarias de Rusia, sino al público aficionado a la
música de todas las latitudes. Su influencia es
posible que gravite sobre otros compositores que
posean sus mismos ideales artísticos.
La nueva simplicidad ha dejado una sensación
de desagrado en algunos de nuestros integrantes
de la “ élite” musical. Opinan que constituye una
sustitución deventajosa, con respecto al estímulo
producido por las obras lanzadas durante la ter­
cera década del siglo que corre, época en que
cada año traía numerosas producciones cuyo estilo
o modalidad no podia pronosticarse. Mas este
período ha desaparecido de manera irremisible,
y por más ansiosamente que se piense en ellas
no podrán volver. La última década será impor­
tante históricamente, aparte de la simplicidad, si
ha producido obras de mérito musical sólido.

AARON

C O P LA N D

�ESCULTURA
Pero todavía nos hallamos demasiado cerca de
ella para poder decir con cierto grado de segu­
ridad cuál será el escenario musical en lo futuro.
i En una carta a N ic o lá s S lo n im s k y . e n v ia d a p o r H ijo s
de B. S c h o tt, e d ito re s de las o b r a s de H in d e m ith (cita d a
p o r S lo n im s k y en su lib r o “ M u s ic S in c e 1900". se h ace
una d is t in c ió n e n tre la “ G e m e in s c h a ft s m u s ik ’ ’ , la m ú sica
para la c o m u n id a d , y la “ G e b r a u c h s m u s ik ” , la m ú sica
es crita c o n c ie r to s p r o p ó s it o s d e te r m in a d o s , a d ife r e n c ia
de la d e c o n c ie r t o o a r tís tic a . M ás r e c ie n t e m e n t e , toda
la m ú sica c o n c e b id a c o n a lg ú n p r o p ó s it o p a rticu la r, o
para c u a lq u ie r g r u p o de e je c u ta n t e s a p a rta d o de la e sfe ra
de los c o n c ie r t o s , ha sid o lla m a d a “ G e b r a u c h s m u s ik ” .
(D e l lib r o “ M ú sica y m ú s ico s c o n t e m p o r á n e o s " .
Con
a u to r iz a c ió n de la E d ito ria l L o s a d a ).

Recuerdos de Claudio Debvssy
u cuarto de trabajo estaba a la derecha del
com edor; la mesa delante de la ventana,
y un piano vertical de palisandro detrás. Poste­
riormente, la casa Pleyel, siempre generosa con
los artistas, le ofreció un hermoso instrumento en
caoba, que él me mostró y me hizo oír lleno de
alegría. El sillón destinado a las visitas estaba
a su izquierda y casi frente al suyo. A llí me hizo
sentar y, bajando un poco la cabeza para evitar
mis excusas, comenzó por felicitarme. Pronto me
sentí cóm odo, a causa de su rostro sinuoso que
me recordaba el Extremo Oriente calmo y cortés,
y sobre todo porque yo presentía en él las pre­
cauciones, muy parecidas a las mías, para no rozar
a los extraños, y para no decir nada sin la certi­
dumbre de ser comprendido.
“ Hablaba con una voz baja y nitida, por frase»
cortadas; y de una tirada, sin buscar jamás las
oalabrat, ofrecía de pronto una imagen maravillo­
sa. Su espíritu era el de un poeta. Y o no sé si,
como han afirmado varios amigos suyos, cuando
estaba en el Conservatorio ignoraba todo lo re­
ferente a la literatura; pero de lo que estoy se­
guro es que, desde entonces, ha recuperado mejor
que nadie el tiempo perdido. No es por azar que,
a su regreso de Roma, haya buscado, como únicos
camaradas, la élite de los escritores; consultado
a Henry de Renier, por ejem plo, estando pre
sente Catulle Mendés — según me lo ha contado
después— sobre su texto de las Prosas Líricas,
pronto para iniciar su com posición; y frecuen­
tado asiduamente el cenáculo, prohibido a los
profanos, de Stéphane Mallarmé, donde yo no
creo que haya entrado otro músico. Es allí donde
vió a Whistler tomar un dibujo de Odilon Redon
y preguntar de qué lado había que ponerlo; a
Verlaine sentarse a un rincón de la estufa, llenar
su pipa y pedir a Mme. Mallarmé un ajenjo bien
abundante. Otro dia conoció a Pierre Louys y pa­
só con este exquisito conversador una larga velada,
hasta la madrugada, en la cual los dos amigos
esperaron que se abriera un café en el Bois de
Boulogne para proseguir la conversación durante
varias horas todavía, ante sus tazas de chocolate” .
L.

La Editorial Argentina de Música
o r
iniciativa de la señora Cecilia Benedit de
Debenedetti, acaba de constituirse en Buenos
Aires una editorial de música cuyos comienzos no
pueden ser más halagüeños.
Se trata de la Editorial Argentina de Música, que
se dedicará —Oh, dioses inmortales— a difundir,
en ediciones pulcrísimas, la mejor música que se
escriba en este país. Este propósito implica algo
tan singular en nuestro medio, que debe destacár­
sele en forma especialísima.
Para que el lector pueda tener una idea de lo
que significa “ la mejor música argentina” bastará
hacerle saber que el consejo artístico de la nueva
entidad está constituido por José María Castro.
Jacobo Ficher y Luis Gianneo, y dar una brevísima
nómina de las primeras ediciones que se han pre­
sentado al público.
Figuran en ellas: Siete canciones, de Jacobo Fi­
cher; la Sonata de Primavera, de José María Castro:
una Sonatina para piano, de Luis Gianneo. Cuatro
piezas sobre temas infantiles, para piano, de Was­
hington Castro; Introducción y fuga, para clarinete
y piano, de Honorio Siccardi; Toccata para piano,
de Juan José Castro; “Las horas de una estancia",
para canto y piano de Alberto E. Ginastera; "Malborough's Retum” de Roberto García Morillo; Seis
movimientos corales de Pedro Valenti Costa y varias
Coplas de Gilardo Gilardi.
Esta editorial era algo que nuestro pais necesita­
ba imperiosamente y que se crea ahora merced a
la felicísima iniciativa de la señora de Debenedetti.

P

H.

De Adolfo Solazar
“ Aquellos pueblos que viven una estética mu­
sical “ nacionalista’' relativamente atrasada pasan,
en el momento actual, por un dilema decisivo:
o tienden a superarse o caen en la reacción. Su­
perarse queda entendido com o rebasar los valo­
res contingentes, circunstanciales de tiem po y
lugar, con los valores universales del espíritu” .
{D e

“ S ín te sis

de la h is to ria d e
E d ito ria l P le a m a r ).

la

m ú s ic a "

Dirige
Ll'ÍS FALChM

Fu nc i ó n' e s c l a r e c e dora

de

la C r í t i c a

de A r t e

ATALAYA
SU C O M P R E N S I O N

DE LA E S C U L T U R A

los escritores que se han ocupado del desenvolvimiento de nuestras artes plásricas avanza con perfiles heroicos la recia personalidad de Alfredo Chiabra Acosta,
conocido por A t a l a y a . Todos los aportes renovadores a la pintura y a la escultura
del país, como las fuerzas negativas que se oponían al natural desarrollo de aquéllos,
encontraron en el penetrante espíritu crítico de este hombre extraordinario, unos, la
generosa comprensión nutrida en el conocimiento-intuición de los procesos de la crea­
ción artística: otros, la intrepidez y fuerza moral para señalar desviaciones o fustigar
intereses subalternos. Su labor esclarecedora se desarrolló durante los veinte años
anteriores al de 1932, en el que terminó su existencia de combatiente. En ese lapso,
fué siempre el primero, y a menudo el único, en advertir y estimular la labor de
cuanto artista aparecía en nuestro medio anunciando un noble don expresivo. Ningún
intento de expresión personal, cuando todavía era difícil captar la potencialidad de
la obra en agraz, pudo escapar a su singular aptitud para “ ver debajo del agua".
L a t i t u d , al rendir homenaje al pensamiento liberal, recuerda el de Atalaya, des­
tacando de sus “ Críticas de arte argentino" algunos conceptos sobre la Escultura, —los
modos de expresión, la ética del artista, la de la crítica y el significado del estímulo
oficial,— en virtud de su permanente actualidad.

E

ntre

La Escultura
“ La Escultura, hermana gemela de la
A rquitectura, es el arte de esencias más
nobles, y la que puede contener con m ayor
potencialidad nuestras más insondables
ansias de infinito. N obilísim o simulacro
de la terrible, armoniosa fuerza secular y
m olecular del guijarro y de la montaña,
bloque hum anizado de ella misma, es la
única m edida que tenemos de nuestra
eternidad” ..............................................................

Fórmulas modernas
“ Actualm ente, y en esta era moderna,
más repleta de teóricos que de verdaderos
artesanos — en el más am plio con cepto—
se escribe y se habla de escultura pura, de
construcciones geom étricas en demasía,
quizá con el laudable p rop ósito de reanu­
dar la tradición de las más grandes épocas
escultóricas que tuvo la hum anidad. Y sin
advertirlo, estos mismos que hablan a todo
trapo de estilización y de geometrías, no
hacen sino reducir el problem a a una
cuestión retórica y tal vez a un im presio­
nismo de planos y volúm enes cuando p o ­
nen en práctica esa retórica. Caso co n ­
creto es L ipcliiz” .................................................
“ A brien d o un forzoso paréntesis nos ve­
mos obligados a proclam ar bien alto la
desconfianza que nos infunden esas frasesrecetas, efigies borrosas del lugar com ún,
de los vacuos v platónicos propósitos. Ba­
rajando estas fórm ulas simplistas p od e­
mos ob jeta r que antiguamente, cuando se
lograban épicam ente “ la escultura arqui­
tectural” y “ el sentido constructivo y geo­
m étrico de la form a ’ , nacían de la com p le­
jidad de m uchos factores, y el más básico
entre ellos era el de una necesidad profun­

damente orgánica de expresión biológica,
diríam os, esto es, de la doctrina que ha­
bíase form a do del universo: y no apoyán­
dose en una teoría apriorística, que es todo
lo contrario de una prolongada y lentísima
elaboración evolutiva. Si querem os preci24

A TA LA YA

pitar los factores tendrem os estas teoría-

a priori que dan lugar a todos los artificios
y a todas las artificiosidades” ........................
“ P or esto m ism o, hay que desconfiar de
los conceptos tan redondos, tan hechos,
que pueden hacernos correr el peligro de
no dejarnos pensar, y hasta no sentir por
nuestra propia cuenta. ¡Y a hay muchos
que esculpen y pintan con estos conceptos
va m anipulados, y en verdad cabe decir
que son la peste del m undo, que mancillan
la divina frescura del arte!
“ Se ha dado en creer que únicamente
los cuadros de género, de asunto, las ma­
chines, eran pinturas anecdóticas, y se
encaró el problem a en su más burda faz.
La anécdota, lo anecdótico, es la vulgari­
dad del sentim iento, de la pasión, de la
sensibilidad y del talento. ¡ Eso sí es la
anécdota pura en toda su chabacanería!
¡Y tanto da que un escultor o pintor
cubista construya por planos buscando el

�sentido arquitectónico de la form a, pues
si su inspiración es vulgar, su com posición
adolecerá de todos los defectos de anecdotismos que se le reprochaba a los con ­
vencionales cuadros de g én ero!” ...............

Acentuación del carácter

*

“ Miguel Angel hizo de Moisés el caudillo
de un p ueblo, el creador, un dios de un
aplomo y potencialidad única. ¿E l tau­
maturgo hebreo fué exactamente de ese
modo en la realidad de aquellos lejanos
tiem pos? Probablem ente que no. D ejando
de lado una figura legendaria, pasemos al
Balzac de R odin . Quién buho de trans­
figurar y elevar al ciclo de lo ép ico, una
figura de hom bre que en la feria de la
vulgaridad cotidiana no fué más que un
gordo, rech on ch o, de p o r te a n tie s té tico .
Sin em bargo, todo el p oder creador de
La comedia humana vive en esa estatua,
columna gotizante en sus tonalidades som­
brías, casi maciza, que, en toda su pesadez,
parece que se tuerce, se yergue, en un
dinamismo ascendente, en ligera espiral:
es el artista en el acto de crear, ciclóp eo
esfuerzo; dios tam bién él com o pudo serlo
Moisés. En la con cep ción pura. Rodin
coincide con el Buonarroti a quinientos
años de distancia.
Exaltemos en la criatura humana todo
lo que en ella sea su parcela de etern id ad :
su fuerza, su energía, sus virtudes creado­
ras; lo demás sólo son sentimientos tran­
sitorios. lo que antes calificam os de baja
anécdota"...............................................................
“ Obsedid o p or su constante preocupa­
ción de lo ép ico, de lo grandioso v m onu­
mental — que S . . . siente hondam ente—incurrió un p oco en los efectos. Lo que
se aviene a un m onum ento ecuestre, cree­
mos que no se avendrá a una cabeza. ¿Para
qué excederse, diciendo lo sim ple, lo llano
enfáticam ente? Su obsesión del problem a
plástico, ante todo, fatalm ente habría de
conducirle a m agnificarlo, arrastrado toda­
vía por prurito levem ente estético. ¿Es
un error este? Lo es. aunque en el más
noble sentido de su peración: aun cuando
lo con d u jo a la acentuación del carácter
basta lindar con la recia armonía de lo
caricatural. ¡\ la estética es lo que hay
de más nefasto para el arte! Asimism o,
todo ello se atenúa y se com pensa, porque
siendo S. . . fundam entalm ente escultor, su
forma y su m odelado son fuerzas en p o­
tencia: ya tomadas com o densidad de m o­
vim iento. orden rítm ico, construcción y
actitud estática. V ale decir, que si el efec­
to existe visiblem ente en sus más recientes
piezas escultóricas, se halla ju stificado por
el contenido, hondam ente expresivo de
ellas que laten con poderoso eflu vio de
extraordinaria vitalidad, ingenuamente p o ­
pular. en sus líneas esenciales.
"H em os señalado defectos y cualidades,
que es la trabazón íntima de toda obra de
arte, cuando se realiza con el único, incan­
sable anhelo de estudiar señera v sincera­
mente y siem pre por nuevos derroteros” .

Modos de arquitecturar la Escultura
“ M . .. es un sensitivo de recóndita na­
tu r a lid a d ... Es el artista en vigencia que
se contrae, ante todo, en lo que existe
de espíritu disperso en el m undo de las
formas. Forzosamente su m odelado, la
com posición, la manera de encarar los
temas escultóricos, de cóm o trata la ma­
teria. responden con honda fidelidad a
estas cualidades cardinales . No es m onu­
mental. ni precisa serlo, talvez por ahora.

A N G EL,

c s ta tu ita

en

m c d e ra ,

del

s ig lo

X III

fra n c é s .

Pueden coexistir dos grandes m odos de
arquitecturar la escultura. P or el misti­
cismo ascendente que afina v espiritualiza,
y por la abstracción concentradora que
geometriza o estiliza: góticos v egipcios.
I na íntima, y la otra épica y grandiosa­
mente decorativa. El realismo de M . . .
se arquitectura sobre el espíritu de una
sensibilidad perpetuamente alerta. Hay vi­
da interior. Sus formas jamás pueden ser
pequeñas, aun cuando sus esculturas no
alcancen un gran tamaño, porque en ella
hay ese fondo inexpresable, que no nos
atreveríamos llamar poesía. Todas re p o ­
san serenamente. En su m odelado podrá
haber pequeños errores, pero no zonas
neutras o “ m uertas" v sí obedece a una
contraída sen sibilidad".....................................
’"L n bajorrelieve de tierra cocida, otro
en yeso, un desnudo en form a de tanagra.
y una figura vestida, tratada idénticam en­
te. No no nos explicam os por qué todas
ellas nos infunden la sensación de un arte
de raíces populares. Hay algo de tosca
delicadeza, que parece constituir un atri­
buto exclusivo del p ueblo, entendiendo a
éste no com o un mito de clase y sí com o
la masa anónima donde lo sustancial de
25

la humanidad se funde en una sola alea­
ción. Principalm ente se puede deber ello
a que esta tendencia de arte deriva de otras
qu fueron voluntariamente expresiones co ­
lectivas de estados sociales y culturales de
determinadas civilizaciones: supóngase la
egipcia, las indochinas, donde una m uche­
dum bre de artistas y artesanos anónimos
trabajan para una manifestación total. Y
las artes de vanguardia, si no se han ave­
nido a este anonimato colectivo, en el cual
nadie figura y figuran todos, propenden
a que la escultura y la pintura retornen
a su antiguo rol, utilitario de adorno y
decoración de una masa arquitectónica.
Entonces al artista urgíale expresarse en
otra técnica, menos detallista: proceder
p or grandes planos y vastos volúmenes.
“ Y bien, C . . . supo asimilarse la sola
esencia de esta doctrina constructiva, insu­
flándole, además, la calidez de su tem pe­
ramento m eridional — si no lo es p or su
nacim iento— que se revela en su sensua­
lidad táctil. Así animaba con soplo vital
la abstracción de una teoría plástica. Es
en lo que se diferencia de sus coetáneos,
los deshumanizadores de las formas en un
grado tan extrem o que ya no son abstrac­
tos y sí abstrusos. El artista argentino, aun
cuando esquematiza, conserva siempre la
esencial estructura humana. La despoja
sólo de lo superfluo, para ordenarla en
líneas, volúm enes y planos, dentro de una
com posición rítmica. Tom em os p or ejem ­
plo este desnudo, que tildam os de tanagra
p or la arm oniosidad de sus perfiles, y
ensayemos a decir en qué es contrario al
bihelot. Generalmente se cree que el ta­
maño hace lo estatuario, el m onum ento o
lo monumental. Es una falacidad de idea
y sensación muy difundida. Es com o se
ha tratado las partes de una figura, etc.,
cuando adquirirá grandiosidad: todo ello
en vista del carácter y del equilibrio a
veces agrandado y siem pre exacto, de las
proporciones. Si se tomara una tanagra
griega, agrandándola hasta el tamaño na­
tural, resultaría una estatua quizá tan ática
y graciosamente monumental com o sus
hermanas mayores, los más bellos ejem ­
plos de la escultura griega. Si hemos exa­
gerado un p oco el símil, es con el fin de
una m ayor com prensibilidad. \ tanto el
desnudo y la figura vestida de C . . . llevan
todos los elementos de la gracia arquitec­
tónica de una estatua: en cam bio, una de
un m etro y ochenta, que no participase
de la virtualidad de esas características,
no sería más que un m onstruoso bibelot,
ya p or ser una copia pedestre o frívola ­
mente agradable, en cuya creación no en­
tró para nada el espíritu de un artista” .
“ Las escasas obras que victoriosam ente
se zafan de un nivelador aire de fam ilia,
son las que p or el poderoso im pulso de
una personalidad definida, que sabiendo
lo que se prop on e y quiere logra realizar
más o menos el tema, siem pre en la ten­
dencia de unidad orgánica, para crear algo
viviente. Son aquellos que ven grande.
No de tamaño, y sí p or volúm enes y planos
p lá s tic o s ... ¿Q ué es una escultura si no
se organiza en carácter v la rige un ritmo
general?
A l querer inferirle a C . . . un grandísi­
mo daño, le hicieron el m ayor bien. Esa
soledad penitente le favorecía. Sobre ese
muro, era este bajorrelieve la alegría de
la form a vivificada p or un gran carácter.
La ternura ruda y viril, puesta p or el
artista, le hacía cobrar acentos nobles y
puros a la tragedia eterna del amor. Pero
sobre v por encima de este sentimiento

�“ Los que juzgan con un criterio unila­
teral a ambos artistas com eten el error
flagrante de incom prensión. Y cuando se
discurre del m odelado de planos y de v olú ­
menes, quizás F . . .. instintivamente plás­
tico, siga el consejo de Ingres, quien acon­
sejaba esto: pour arriver a la belle forme,

il faut modeler droit avec des rondeurs” .

Expresión + plástica
“ El ritm o sucesivo que cadencia esta
escultura, acompaña este d olor materno,
manso, callado com o una fuente escondida
que llorase p or dentro. Y esta em oción
contenida que rodea com o un halo de luz
la cabeza materna, inclinada y dolorida,
nos conm ueve más que la desesperación
de una Gorgona, convulsa p or los sollo­
zos . . . E m oción contenida y armonía rít­
mica con ten ida: he ahí el triunfo que sig­
nifica esta com posición escultórica. Es la
unidad del sujeto y del o b jeto, en la obra
concebida orgánicamente. Es lo patético,
dentro de la serenidad, que se enlaza a
la antigua gracia helénica, más p o r el espí­
ritu que p or la form a” .....................................

El artista

R etrato de S e so stris I I I .

( X I P d in a s t ía ). G r a n ito . A ltu ra 1.20

inicial de toda obra de arte, el problem a
de luz y sombra había sido resuelto magis­
tralmente p or la contraposición armoniosa
de largos planos y volúm enes agudos u
obtusos. La justeza de esos valores daba
suavidad de terciopelo a las form as, des­
prendiéndose de ese ritmo continuo e in fi­
nito una sensación de poem a. Es esta una
tosquedad de extremada delicadeza inte­
r i o r . . . Nunca los jóvenes orfebres h u bie­
ran p o d id o sentir este soplo de pasión y
poesía que alienta esa com posición. Ellos,
los catadores del detalle, de la bonitura
fragm entada” .......................................................

El movimiento en Escultura
“ E m pleando una opuesta técnica a la
voluntaria estilización de C. . ., consigue
F . . . las grandes líneas y la caracteriza­
ción del tema que se p ropon e desenvolver.
Su m odelado a grandes planos plásticos,
le otorga una estructura arquitectural a
su figura. Con ello fija y detiene el dina­
mismo que la agitará en gesticulación rete­
nida. Quisiéramos detenernos un segundo
sobre la debatida cuestión del m ovim iento
en la escultura. En esta obra la pose v io ­
lenta ha sido expresa y calculadamente
desechada, para que este recogim iento co ­
brara una intensidad inusitada. Es la ten­
sión nerviosa del acecho. El esfuerzo de
atención contrae toda la figura. Son
fuerzas en reposo, y p or ende eternamente
en m ovim iento. El gran acierto de esta
escultura es im buirnos con esta im presión
de espectativa, que es uno de los instantes
de este juego. H aber logrado esto es ya
un triunfo. Todos los planos huyen hacia
un ritm o indefinido. Si a C . . . le era im ­
prescindible solucionar un problem a de
claroscuro por un solo plano total, F . . .
tuvo que resolver un problem a de m ovi­
miento p or la m ultiplicidad de los perfiles.
Fue su única preocupación, y en este caso
no debía ser otra. ¿H an com pren dido esto
sus críticos v sus gratuitos zaheridores?
P or cierto no tuvieron tiem po ni voluntad
para observar, m editando, cuál idea había
dado pie a la creación de esta figura de
atenta gravedad.

" . . .el arte, simple epifonem a, suma, sín­
tesis. no es más que un fruto maravilloso
que supone el á rb o l: el hom bre.
“ No basta, p or cierto, nacer con una
diminuta veta de aprendiz de creador, o
de poeta, que es lo mismo. Siendo ello
prim ordial para la solución feliz del p ro­
blema de arte, es sólo un oscuro com ienzo.
Es un germen que. según los cuidados que
le prodigue el azar o una tutoría vigilante,
llegará a la madurez de su crecim iento y
podrá ser fecundo y vigoroso.
“ Ser sinceros es perm anecer fieles a
nuestra naturaleza, para serlo después con
los elementos que nos rodean. Esta es la
guía ética — inalcanzable e hipotética pa­
ra la m ayoría— y que deberán seguir, los
artistas. T o d o lo demás les será dado por
añadidura. Técnica, carácter, personali­
dad. siendo un todo indisoluble, tiene sus
raíces en el sustrato m oral de cada uno.
Lo que resta luego sólo es literatura y
metafísica, mala metafísica y pésima lite­
ratura. Los que quieren engañar, hacién­
dole trampa a la vida y a sus coetáneos,
en el reino del arte, se engañan a sí mis­
mos. En la historia inm em orial de todas
las artes queda el tendal de cadáveres que
vivieron com o sombras y desaparecieron
com o sombras deslucidas. Esto le aconte­
cerá a las pasadas y presentes generaciones
de artistas argentinos, con sus raras y
honrosas excepciones.
Las virtudes que deberían adornar a un
temperamento artista, si ansia la máxima
belleza m oral, han de ser viriles y diáfa­
namente veraces y siem pre la valentía en
todo trance. Alguien ha d ich o : valor de­
bajo del cráneo y en los puños; y es lo
único que convertirá a los artistas en leva­
dura, en ferm ento de inquietud, tendiendo
hacia mía perfectibilidad indefinida de los
hom bres” ...............................................................

La crítica y el Salón
“ Nos aplasta la falta de responsabilidad
en los críticos m ejor situados para co n ­
traerse a una labor bienhechora de depu ­
ración y de esclarecim iento artístico. Nos
revienta esta ausencia de dudas al enfren­
tarse a valores espirituales que podrán
poseer cierta o determinada calidad o no,
pero que existen y laten concordes al ritm o
universal. Estamos hartos de com probar
esta carencia absoluta de curiosidad, de
26

. . . ..

inapetencia p or todo lo que es nuevo o
se exorna con la más ínfim a y novedosa
partícula de algo desacostum brado. Con
creces pudim os demostrar esta suficiencia
pom posa e ignara en e llos; y lo que es
más, esta lamentable desaprensión, com o
si sólo se tratara de arrojar chinarros al
r í o : sin arrestos, sin entusiasmo ni bríos,
en una deflagradora inconsciencia que di­
vaga y se despeña al azar, anegando ciertos
nom bres, haciendo flotar otros, porque sí.
Lo mismito que la m ayoría de los e x p o ­
sitores, quienes parecieran pintar de en ­
cargo, p or entregas y con taxím etro. Existe,
pues, una secreta correlación entre la in­
trínseca tesitura de estas obras y esos largos
y babélicos articulones p or los cuales des­
filan con vertiginosidad cinem atográfica
una m ultitud de nom bres, con el apéndice
de un adjetivo gastado y a rch iviejo” .
“ Un salón com o el que aquí realiza cer­
támenes anuales y que vive y se sostiene
p or m edios artificiosos y no m uy lim pios
casi siempre, ha de crear, en lógica pará­
bola. un ambiente artificial de flora ané­
mica y de invernadero. Esas inyecciones
periódicas de dinero son com o las bolsas
de oxígeno aplicadas a un agonizante. No
es con dinero com o se protege el arte, sino
con la enseñanza viva de los maestros.
¿L os hav entre nosotros? No nos referi­
mos a los profesores ni a los estetas que
evaculan sus elucubraciones pastosas y
turbias, sino al maestro espiritual, que
enseña con amor y no p or deber o paga.
El único que tuvimos fué M alharro” .

T 0 R 0 M I R 0 , emocionante testimonio del arte de
tallar imágenes en madera dura que practican
desde antiguo los nativos de la legendaria Isla de
Pascua, de jurisdicción chilena, perdida en el
Océano Pacífico.
El anónimo escultor primitivo que talló esta
figura, expuesta en la galería Amauta, prolonga
a través del tiempo el misterioso poder expresivo
de sus remotos antepasados que tallaron en lava
las colosales esculturas megalíticas, cuyo arcaísmo
induce a los historiadores a considerarlo como
el arte antecesor de la gran escultura polinesia.

�MAPA CONTINENTAL
Dirige
NORBERTO FRONTINl

A r t e

V e r n a c u l a r .

P e r u a n o

RETABLILLOS
DE AYACUCHO
por JOSE SABOGAL

E

l

arte popular en las comarcas ayacuchanas se mantiene aún en plena vitalidad
a pesar de la invasión de juguetería industrial que hizo estragos en la ciudad
de Cuzco en su feria de Cavidad, en el “ Santuranticuy” , en el que han des­

aparecido las mejores expresiones de la vena popular, reemplazadas con las feas y
JO S E

SA BO G A L

extrañas figuras de celuloide importadas.

En Ayacucho, desde los primeros momentos de
la conquista se asentó una fuerte colectividad es­
pañola y erigieron una ciudad -—Huamanga— , im ­
portante como base estratégica y punto obligado
en el dilatado camino entre Cuzco y Lima. Fue
centro importante en las artes y en la artesanía; y
el hombre aborigen, apto en sensibilidad y en
fuerza para asimilar los rumbos artísticos del
Renacimiento traídos por España e interpretarlos
con cadencia india. En Ayacucho se realizaron
esos hermosos jergones para las iglesias y los
estrados de casonas con los ritmos decorativos del
imperio hispano y la cadencia decorativa de “ pocras” y “ chankas” , los pobladores de esta región.
En estas interesantes jergas y tejidos finos se
realiza la pugna de las dos corrientes y se ha
dado en llamar a estas piezas de la “ etapa de
transición” . Después vino el entendimiento, se en­
tendió la armonía decorativa mediterránea, se po­
pularizó y se convirtió el acanto en la flora de la
comarca ayacuchana. La artesanía se hizo famosa
en la platería repujada y afiligranada, en los cue­
ros repujados policromados a la manera de los
de Córdoba en España y en la bordaduría, en el
tallado de madera y en las doraduras al bole. En
la imaginería, Ayacucho tenía su especialidad en
las figuras de piedra de Huamanga -—un alabas­
tro del lugar— que se aprovechaba de su trans­
parencia y se coloreaba con mucha delicadeza.

acusan un admirable sentido de agrupación, de
gesto, de intención. Se continúan en relieve y se
pinta el cielo o el fondo conveniente que ha de
ambientar al “ retablo” . En el campo laico, se
desarrollan las escenas del campo, las “ mingas” ,
las “ jaranas” y cuanta escena lugareña se le ocurre
al festivo artista, que se siente que goza como
un niño al producir estas encantadoras piezas. No
hay colores agrios ni inarmónicos en los retablos,
y en el decorado de pintura del exterior se siente
una armonía admirable de tintas enteras realiza­
das con la decisión y justeza del artista tempe­
ramental.
Estos retablos aparecen en las festividades gran­
des y especialmente en Navidad. Así como en los
“ Mates burilados” , en que hay los maestros des­
tacados, los “ championes” , en los retablos hay los
“ maestros” prestigiosos, cuyas producciones son
solicitadas en las pintorescas ferias ayacuchanas.
Ahora estos maestros han trasmontado con su
faena las fronteras provincianas, han despertado
un interés enorme en los “ turistas” criollos y no

criollos y hasta hay ofertas tentadoras a los ar­
tistas para una producción en gran escala. Se
intenta industrializar un arte vernacular que tie­
ne su valor en eso, en que es espontáneo, íntimo
e ingenuo.
Ayacucho se defiende en este aspecto de su ex­
presión plástica popular por razón de su reciente
carretera — sólo en 1924, para el Centenario de la
batalla de la Quinua, se abrió esta vía— . En Cuz­
co. la invasión de imaginería, juguetería y basta
telas incaicas de importación tiene cerca de cua­
renta años con la llegada del ferrocarril. Claro
es que existiendo latente una fuerza artistica ver­
nacular, después del inevitable trastorno que pro­
ducen los medios modernos de transporte, en
todos los aspectos, esta fuerza emprenderá otra
etapa acorde con los nuevos tiempos; pero entre
tanto tocan a su final estas piezas candorosas que
vienen con aroma de tiempos pasados. Son las
últimas de este carácter y entre ellas se destaca
con brillante relieve el “ retablo ayacuchano” .
Lima, julio de 1945.

R e ta b lillo s de A y a c u c h o (23 x 30 c m s .), fo to de G re te Stern

En el campo de las artes caseras, el “ nacimien­
to” criollo, fué el acicate para la producción de
lindas figuritas ingenuas hechas en muchas ma­
terias, en piedra de Huamanga, en madera y pasta
y telas encoladas y pintadas. La Cruz de Mayo
provee aún de oportunidad para las bellas cruces
de la Pasión, en madera, en pasta y en hoja de
lata. Pero estas manifestaciones tienen su máxi­
ma expresión en los llamados retablos” .

•
Los “ retablos” de Ayacucho son ya las com po­
siciones populares enmarcadas en su caja de ma­
dera y cerradas por una puertecita de dos hojas
decorada en vivos colores en su exterior y en el
reverso de las hojas. En estas agrupaciones de
escultura y de pintura se realizan las escenas
religiosas más populares y en especial la del Naci­
miento del niño Jesús, la Huida a Egipto, la Pa­
sión y Muerte de Nuestro Señor y una serie rela­
cionada con estos asuntos. Las figuras en pasta

En el núm ero 4 de L A TITU D a p a re c ió un b re v e e n sa y o del
e sc rito r ch ile n o A n d ré s S a b e lla , a u to r de la d is c u tid a n o v e la
"N o rte G r a n d e " , v is ió n de la v id a s a litre ra q ue a b a rc a 70
añ o s de a c c ió n , en q ue h a y un e rro r de fe c h a s : e l a u to r
nos p id e re c tific a r lo : la m a sa c re de o b re ro s h a b id a en la
Escuela Sa n ta M a r ía , de Iq u iq u e , a c a e c ió en 1907, e l 21
de d ic ie m b re , y no en 1910 como a h í a p a re c e .
Q ueda,
p u e s, hecha la s a lv e d a d .

27

�El indio v el cambio cultural
por IX IS

L

E. V A L C A R C E L

os mixtificadores no han logrado convencer
a nadie de la ingénita ineptitud del aborigen
peruano para lo que llaman la civilización.
Está suficientemente explicado que el proceso
transcultural, a través de los canales del coloniaje
español y sus supervivencias contemporáneas, ha
sufrido una doble corriente agostadora que ha
traído como consecuencia el empobrecimiento to­
tal de los pueblos indígenas, quienes, de un lado,
perdían infinidad de elementos culturales pro­
pios y, de otro, no adquirían, no lograban absor­
ber por inopia económica, por inferioridad social,
aquellos elementos nuevos integrantes de la cul­
tura occidental. El indio de hoy es una sombra
del hombre de Tahuantinsuyu y no es ni un es­
bozo del civilizado occidentaloide. Pero esta es
una mera “ situación” que no imprime sello per­
durable en el alma india. Todo nos conduce a
afirmar que el indio está saliendo de ese oscu­
recimiento, y que el Perú no se da cuenta aun
del tremendo hecho que significa el despertar
de cinco millones de hombres. Con fe que se ha
calificado de mística o de ilusa hemos esperado
la producción de tan magno fenómeno. “Tempes­
tad en los Andes” simbolizó ese entrever o pro­
fetizar el resurgimiento indiano.’ Esta vez no
somos nosotros, quizá parciales, quizá equivoca­
dos, quienes vamos a ratificar nuestro juicio y re­
novar nuestra esperanza en la aptitud del indio
para entrar a tono en la vida de nuestro tiempo,
que ése es, en último término, el concepto de
modernización. Va a ser la palabra autorizada de
un joven maestro italiano (Antonello G erbi), au­
tor de uno de los libros medulares de nuestra
época: “ El Perú en Marcha” .2 Con la claridad y
madurez del estudioso europeo de este siglo, lim ­
pios los ojos de toda predisposición a mirar las
cosas de este continente como inmaduras o de­
crépitas, el profesor Gerbi analiza y discrimina
la personalidad del Perú. Oigámosle: “ El Imperio
Incaico — dice— desapareció; empero, la energía
espiritual implícita en su tradición sobrevivió a
su caída. Más aún, cristalizándose en las almas
y en los corazones, creció en fulgor inextinguible
como el diamante nacido del oscuro carbón y
pudo así constituir el primer núcleo de una con­
ciencia nacional peruana. Este núcleo adamantino
resistía al principio y hasta se oponía a la pe­
netración española; pero, una vez consolidada la
República, brillaba a través de los elementos im­
portados y asimilados como un sello de antiquísi­
ma nobleza y operaba en el nuevo estado como
un ejemplo atávico, como una exigencia de orga­
nización y de disciplina, de fuerza y orden, como
el mito propulsor característico (por ser históri­
camente verdadero y reciente) de la religión pa­
tria del Perú” . En este párrafo, Gerbi revela la
parte positiva y sobreviviente de la cultura in­
caica que se incorpora al nuevo ser colectivo.
Descubre como núcleo vital, dominante, “ masculi­
no” , esta tónica viril y austera de la herencia
indigena. El sentido señorial que todo viajero
descubre en el alma del Perú arranca de su raíz
originaria, multisecularmente americana.

Sólo México en el norte, otro sector de alta
cultura india, ofrece panorama similar. Cuando
estudia el resurgimiento de los valores indígenas
y comprueba el rápido desenvolvimiento de aque­
llos pueblos que más alejados se mantuvieron
del tráfago europeista, llega a la conclusión de
que es un hecho incontrovertible que son m illo­
nes de hombres los que pueblan los valles andinos
como “ fuertes productores en potencia y pro­
bables consumidores asiduos de toda clase de
artículos manufacturados” y que “ el Perú tiene
una reserva de mano de obra y de capacidad ad­
quisitiva que representa, por lo menos, tanto co­
mo las riquezas mineras de su subsuelo” . En esta
afirmación, Gerbi queda corto, porque el valor
de esos millones de hombres significa para el
Perú su máxima razón de existir. Queda sorpren­
dido el autor de la suma habilidad técnica del
indio, cuando en la Granja Salcedo de Puno le
ve dominar las máquinas y producir artefactos
“ demasiado finos, demasiado elegantes para aque­
lla discreta población” , o cuando en La Oroya,
zona de las grandes instalaciones mineras, trabaja
como mecánico especializado, asombrando su ca­
pacidad asimiladora a los ingenieros y técnicos
norteamericanos. “ Su fuerza está todavía virgen
— dice el profesor Gerbi— y sus aptitudes no han
sido ensayadas en todas las industrias” . La Sierra,
que es la región india por excelencia, ha entrado
en un ritmo acelerado extraordinario que se pin­
ta en el siguiente párrafo:
“ Actualmente — escribe— en toda la Sierra el
desarrollo de las relaciones comerciales, el tráfico
de camionetas sobre las pistas asfaltadas de las
modernas carreteras, los intercambios de hombres,
de productos y de dinero, se desenvuelven en un
ritmo acelerado. Las estadísticas bancarias acusan
un aumento de las operaciones, número de los
pagarés cobrados, letras de cambio descontadas,
depósitos efectuados, mucho más alto en porcen­
taje que el correspondiente a la costa, que tam­
bién es muy fuerte” . No incurriremos en el error
de atribuir todo este movimiento a sólo el pueblo
indio, aun cuando la base de todas las operaciones
se identifica con él. Son los indomestizos y al­
gunos indios económicamente elevados quienes
figuran en este drama de la economía como pro­
tagonistas: la comunidad india juega el papel de
coro, como en la tragedia griega. Es de todo
punto cierto que el día que el indio pueda cam­
biar su burrito o su llama por un camión y su
viejo buey por un tractor, lo hará, como ya lo van
haciendo muchos. Su inferioridad actual no es
sino suma pobreza, absoluta miseria, tanta o ma­
yor que bajo los opresores hispánicos. Gerbi, co­
mo nosotros, es partidario de la aceptación com­
prensiva y entusiasta de la realidad india, de su
“ tamaño fervor que no puede, ni debe, desperdi­
ciarse” , de este “ fecundo entusiasmo que consti­
tuye la mejor garantía de su grandeza futura” .
Pide, tanto como lo hemos pedido siempre, la
incorporación INTEGRAL de los “ elementos étni­
cos, morales, tradicionales, autóctonos, propios de
la población que existía antes de la Conquista” .
Es decir, el cumplimiento del verdadero proceso
de transculturación, desviado, paralizado, perver­
tido, por la absurda política colonial y por su
continuación inconsciente bajo la República. Pue­
de afirmarse, sin hipérbole, que el Perú indígena
con sus cinco millones de habitantes va apenas
a tomar contacto con la cultura occidental, y que
el fervor y entusiasmo que Gerbi ha observado
en todas partes es el presentimiento de la nueva
era transcultural. La civilización traída por los
españoles, y apenas renovada e incrementada en
tres siglos, fué un articulo de lujo para grupos
restringidos de pobladores. La masa india, ayer
como hoy, recibió muy tenues influencias, siendo
más aparente que real la asimilación de ciertos
valores, como el religioso. El indio — no el crio­
llo ni el mestizo— está fuera en gran parte del
comercio de ideas, costumbres y usos que han
transformado a las clases superiores de la pobla­
ción del Perú. Si visitamos la choza de un habi­
tante de la cordillera, apenas hallaremos la hoja
de acero de un cuchillo, como toda representa­
ción de la cultura occidental; y si bajamos a la
IN D IO

B O L IV IA N O " Q U IP IL L A N D O "

UN

FA R D O

E L

I N D I O

E N

admitir como probable este pensamiento:
para el conquistador español el indio es un ser
física y espiritualmente inferior por ser de raza
diferente y por haberle vencido. Este pensamiento
nos explica su esclavitud y su catequización (doy
por mediantes la codicia, el coetáneo concepto de
la riqueza, el sentido misional de la conquista y las
urgentes necesidades de la colonización). La eocplotación del indio es, pues, par del consuelo moral
que se le prodiga en nombre de una doctrina que
dispone, en principio, dejar al César lo que es
del César.
Teólogos y juristas proyectan la legislación de
Indias, pero militares y civiles nacidos con el indi­
vidualismo y el hambre material del Renacimiento
conquistan y colonizan América. El "se acata pero
no se cumple” , de la autoridad local, es fruto del
divorcio entre un derecho metropolitano complicado
y una realidad económico-social exigente de orde­
namientos simples. La historia de los hechos colo­
niales nos informa que la esclavitud del indio —ori­
gen de la aristocracia minera y terrateniente — es
el resultado real de las “ encomiendas” , que obligan
a un grupo de familias indias a prestar su no
remunerado servicio personal a un español, por toda
su_ vida, por la de éste y la de su mujer e hijo
(1513), por tres vidas (1629) y hasta por cuatro
(1714); de las “ reducciones y corregimientos” , que
fuerzan al indio a vivir en aldeas y a prestar su
gratuito servicio personal, y corrigen al nómade
y al huido; y de las “ mitas” , que lo obligan, per
sorteo, a trabajar temporariamente en casas, campos
y minas, a cambio de hospital, doctrina, justicia,
protección y salario, del que se descuenta el tributo.
El régimen de esclavitud destruye, paralelamente,
las formas comunitarias del trabajo campesino abo­
rigen y al indígena mismo: en Perú, dice Mariátegui,
diez millones de indios, en tres siglos de coloniza­
ción, quedan reducidos a la tercera parte. J^a calequización, a su vez, con la necesaria proliferación

P

o d e m o s

profunda selva amazónica, nos asombrará, por to­
da muestra de civilización, un “ abrelatas” conver­
tido en pendantif de puro adorno en la mínima
indumentaria del machiguenga o del huarayo. El
conquistador del siglo X V I , como el cauchero del
siglo X X , no intentaron ni consiguieron otra cosa
que la más despiadada explotación del indio. No
es renuente el indio a la adopción de métodos y
procedimientos, herramientas o aparatos que in­
crementan y facilitan la producción. Todo lo con­
trario. La prueba se presenta a cada paso con el
indio chófer, con el indio mecánico, en la fábri­
ca o en la mina, en el campo o en la ciudad.
Parece más bien un hombre especialmente dis­
puesto para el trabajo técnico, por su impertur­
bable serenidad, su atención persistente, su pa­
ciencia y su habilidad manual. Es por la técnica,
por la escuela del trabajo, por la educación prác­
tica, como el indio alcanzará el dominio de la
cultura occidental. No es con escuelas memoristas, con maestros teorizantes, y con planes educa­
tivos enciclopédicos cómo el estado ayudará al
indio. Tierras colectivas, granjas colectivas, ta­
lleres colectivos: be ahí los grandes y únicos me­
dios eficaces. Lo que el indio reclama, con tanta
razón como derecho, es un aprendizaje de cosas
útiles que mejoren sus condiciones económicas.
El estado apenas parece que va a escucharle, si
se lo permite el latifundista, a quien no conviene
otra cosa que el mantenimiento de la servidum­
bre y de la miseria de millares de labriegos indios.
Pero el estado no sólo tiene que contemplar el
interés de los grandes agricultores, sino también
el de los industriales y comerciantes. Estos piden
un incremento del consumo, una multiplicación
por diez de los actuales consumidores. Pueden
tener, en pocos años, una nueva clientela com­
puesta de cinco millones de productores que con­
sumirán todo lo que un hombre civilizado nece­
sita. Desde el punto de vista económ ico — y no
meramente desde un miraje ético o humanitario—
conviene al Perú enfrentar el problema de la ade­
cuada “ educación” del pueblo indio. Ese plan­
teamiento está pasando del terreno ideológico
reivindicacionista al político de la planificación
industrial. El Perú se aboca a la era de la gran
industria. País de economía feudal, de economía
colonial, país-factoría, se propone ser nación eco­
nómicamente lib r e ... Aquellos millones de ha­
bitantes andinos dispuestos para el trabajo, en for­
ma admirable, bajo la dirección de expertos en
todas las ramas de la industria, deberán desarro­
llar el plan decenal del Perú que opere el mila­
gro de su transform ación... Es preciso ir dere­
cho a la integración nacional, habilitando a la
gran masa india como factor político, económico
y cultural del Perú, por la sola vía indicada.
Lima, julio de 1945.
1 “ T e m p e s ta d en los A n d e s " , L im a . 1927, E d itorial
A m a u ta .
: “ El P e r ú en m a r c h a ” , 1942, L im a . E d ita d o p or B a n c o
de C r é d ito d el P erú .

�HISPANO

AMERICA

de templos, conventos y clérigos —América es campo
propicio para la carrera eclesiástica— es fiesta, con­
suelo y embotamiento del indio, y, como quiera que
sea, conformismo sonámbulo con la realidad política
y económica que le esclaviza.
La Independencia cambia la fisonomía política de
los pueblos de América, pero deja subsistente la
economía colonial: las encomiendas se convierten en
latifundios bajo el régimen de la propiedad indi­
vidual que en modo alguno proteje la rústica, comu­
nitaria, de los indios. La catequización continúa y
llega a consagrarse como principio de derecho polí­
tico positivo. De todos modos, durante y después
de la Colonia, los naturales de Hispanoamérica son
seres marginales.
El indio constituye todavía —salvo el cuso alec­
cionador, en marcha, de México — un más o menos
adrede no resuelto problema del blanco dirigente.
En días próximos, Leguía exige como tributo, para
la construcción de caminos, el servicio personal de
los indios. En las minas estañíferas de Potosí y
Catavi — Bolivia—, en los latifundios azucareros de
Catarvio, Casa Grande, Chiclin — P eni—, en los
arrozales sureños del Ecuador, y en otros sitios más,
en clima de insoportable picardía, subsisten sistemas
de parecida servidumbre. “ Huasipungo", de Jorge
Icaza, y "El mundo es ancho y ajeno’’ , de Ciro Ale­
gría, son, entre otros, altos ejemplos novelados de
la trágica indefensión del indio frente a la auto­
ridad desorbitada y al gamonal abusivo y ente!.
El artículo del Dr. L u is E . Valcárcel, director del
Museo Arqueológico de Lima, profesor universitario,
indigenista y escritor prestigioso, nos muestra la
eficacia del indio peruano en la actual fase de
interculturación. El del Dr. Jesús Reyes Heroles,
becario de nuestra Comisión Nacional de Cultura
y joven y talentoso profesor de Derecho Político
de la Universidad de México, nos muestra, a su vez,
los saludables efectos de una legislación de honrado
estilo en los pueblos indios de su país.
N . A . F.

i se observa el panorama de Latino-América des­
tácase inmediatamente com o uno de sus ras­
gos más característicos la yuxtaposición de cultu­
ras y civilizaciones que en muchos de sus países
se manifiesta. En Indo-América se ve que junto
a la moderna ciudad industrializada y de vida
plenamente occidentalizada, se yerguen ciudades
o conglomerados indígenas con un género de vi­
da específico y una cultura sui-generis. Entre
estos dos mundos coexistentes se alzan barreras
de gran tamaño, encontrándose entre ellos una
gran distancia no nada más material, de simple
progreso, sino espiritual. Del indígena con su
rudimentaria técnica y sus hábitos de vida ances­
trales,’ al habitante de la ciudad latino-americana
moderna, hay tanta distancia com o la que puede
existir entre dos hombres que pertenecen a dos
mundos culturales distintos.
La enunciación de esta realidad nos muestra
claramente que el problema indígena latino-ame­
ricano es fundamentalmente nn problema de homogenización. Es preciso unificar ese mosaico
de razas en un tipo común, persiguiendo también
una simbiosis de culturas, en que los elementos
provenientes de la sensibilidad indígena no se
pierdan, sino que por el contrario, puedan mani­
festarse libremente alcanzando en la homogenización el porcentaje que su calidad merece. Es
decir, en la unificación debe comprenderse que
no se trata de que el indio deje de ser espiritual­
mente tal, pues resulta evidente que su entidad
espiritual le permite hacer una valiosa aportación
en el proceso de integración de las nacionalida­
des latino-americanas.
Planteado así el problema se pensó y sostuvo
que urgía una efectiva incorporación del indígena.
Para ello un sólo m odelo se presentaba: el in­
tento realizado durante la Colonia. En él se
había acertado en lo relativo a la mestización
realizada empíricamente, pero en cambio, en el
proceso de mera incorporación se había errado.
El misionero colonial sólo perseguía un objetivo
en la incorporación de indígenas: hacer católicos.
Al logro de tal propósito se vió que el misionero
incluso aprendía el dialecto indígena y prescindía
de enseñar español al autóctono. El resultado de
este proceso de catolización colonial, fué un indio
que se llenaba de prejuicios y tomaba en la con­
versión religiosa una rica serie de superticiones
que añadir a las propias. El indio permanecía
miserable, analfabeto y lleno de superticiones y
solamente una vez a la semana se le veía bajar
de las serranías a oír una misa y recibir consejos
de un sacerdote que hablaba su dialecto original.
En México el problema se presentaba con toda
crudeza. En 1910 siete millones de indígenas,
entre ellos grandes núcleos de católicos, se en­
contraban dispersos en el país hablando más de
cincuenta dialectos distintos, haciendo una vida
primitiva, sub-humana, recelosos del extranjero y

Una experiencia indigenista
p or JESU S R E Y E S H E R O L E S
del criollo y ajenos en absoluto a la vida econó­
mica, social y política del país. Y es entonces
cuando la experiencia indigenista más amplia de
la América iba a verificarse.
El proceso solucionador del problema indígena
en M éxico, no obedeció a una idea pre-establecida,
no estuvo determinado por un plan teórico pre­
vio, sino que fué una realidad viva la que al
desbordarse lo impuso. En 1910 se inicia en el
país un movimiento cívico encaminado a derro­
car una dictadura que durante treinta años había
regido los destinos nacionales. Dicho movimien­
to era exclusivamente político y simplemente pe­
dia que se respetase el voto popular y que se die­
se libertad, pero al iniciarse la lucha armada, se
ve que en su apoyo vienen campesinos indígenas
que imperativamente reclaman tierras para ellos.
El problema agrario emergía en toda su magnitud
y al hacerlo estaba brindando el método para
solucionar el problema indígena.
La cuestión agraria tenía raíces muy profundas.
En el período colonial las Leyes de Indias se
habían declarado tuteladoras del indígena y para
que ello se pudiera cumplir, expresamente seña­
laban que respetarían el régimen de propiedad
agraria pre-colonial. Ahora bien, antes de la Co­
lonia el agro mexicano se encontraba repartido en
cuatro tipos distintos de propiedad, que obedecían
tanto a la estratificación indígena, como a las dos
modalidades de explotación: la comunal y la in­
dividual. El callpulli o tierras comunales, era la
forma de propiedad agraria más extendida y a
numerosas comunidades indígenas se les otorga­
ron títulos de la Corona española reconociendo
su propiedad. Otras muchas comunidades, no
obstante la ordenación jurídica existente, fueron
despojadas de su propiedad mediante mercedes
reales que auspiciaron la concentración de la pro­
piedad agrícola en manos individuales. En esta
concentración de la propiedad agraria el porcen­
taje más alto correspondió al clero católico mexi­
cano que por medio de donaciones y de muy
variados procedimientos, acaparó el mayor núme­
ro posible de tierras.
El M éxico independiente, encontróse con una
economía estrangulada. La propiedad agraria es­
taba en manos del clero en su casi totalidad, el
indio vivía como peón avasallado en condiciones
miserables y la tierra era explotada en minima
parte. Ello y la captación del liberalismo como
ideología, originó el movimiento llamado de R e­
forma. La Reforma tendía a la secularización de
la propiedad y para ello nada más adecuado que
implantar el régimen de propiedad individual,
aboliendo la propiedad de las comunidades re­
ligiosas. Se inició en ese momento histórico la
liquidación de la propiedad de las comunidades
religiosas, pero las leyes únicamente precisaban
comunidades, de aquí que al secularizar la pro­
piedad agrícola también se afectaron las comu­
nidades indígenas, que sobrevivieron a la Colonia.
La desamortización del agro mexicano realizada
en la Reforma tuvo tres consecuencias funda­
mentales: a) terminó con la propiedad del clero;
b) indirectamente y sin pensarlo, dió la base legal
para despojar a las últimas comunidades indíge­
nas; c) creó la base de la gran propiedad privada
de la tierra, esto es, el latifundismo.
Durante el período liberal y en el lapso de
treinta años de dictadura pre-revolucionaria, se
form ó y consolidó el latifundio como único ré­
gimen de propiedad agraria. Así se llegó el año
de 1910 en que la tierra se encontraba repartida
entre unos cuantos marqueses feudales, en que los
latifundios de más de dos millones de hectáreas
eran varios, habiendo incluso uno de seis. La
tierra era explotada por medios primitivos y ru­
dimentarios, dado que el marqués feudal practi­
caba el ausentismo, esto es, era plácido residente
en Europa y confiaba la explotación a un admi­
nistrador que tenía como única instrucción la de
hacer producir la tierra con el mínimo de gastos.
Este momento puede marcarse gráficamente en la
frase corriente de aquella época: “ El administra­
dor del latifundio hace como que paga y el peón
29

indígena hace como que trabaja” . En esa frase
se señalan los dos fenómenos que el latifundismo
producía: la miseria del indígena y la improduc­
tividad del país en el renglón agrícola.
Desde 1913 y en plena convulsión revoluciona­
ria, los sectores progresistas de M éxico se perca­
taron con toda evidencia que ninguna solución
podría darse al problema indígena sin resolver
previamente la cuestión agraria. Los fuertes núcíeos indígenas que intervinieron en la lucha ar­
mada sólo pedían tierras, su m óvil de lucha era
reclamarlas y lo demás no les importaba. A par­
tir de entonces, se inició la resolución del proble­
ma agrario.
Como antes habíamos visto, los indígenas tenían
títulos de propiedad otorgados por la Corona, que
reconocían y legitimaban su posesión de origen
pre-colonial. (*) Por lo tanto, el problema agrario
era un problema de restitución. Había que resti­
tuir a las comunidades indígenas la propiedad de
que fueron despojadas. Pronto se vió que, por
razones naturales (crecimiento de la población ),
el concepto de restitución era totalmente insufi­
ciente y entonces se creó la dotación de tierras
para comunidades indígenas que carecieran de tí­
tulo originario de propiedad. Con estos dos con­
ceptos — restitución y dotación— el latifundio fué
fraccionado y los indígenas entraron en legítima
posesión de parcelas de tierra, con la única condición de que ellas no quedaran ociosas. Se crea­
ron instituciones crediticias oficiales que refaccio­
naran al trabajador del campo, sabiendo que ten­
drían que soportar pérdidas en el período de
adaptación y conociendo de antemano que el nue­
vo régimen de propiedad agrícola era el impuesto
por condiciones humanas y sociales y no por me­
ras indicaciones de productividad económica.
Sobre lo realizado en materia agraria, baste de­
cir que en la actualidad dos millones de ejidatarios, disfrutan del nuevo régimen de propiedad,
explotando tierra de su legítima posesión.
Concomitante a la repartición agrícola, se inició
en M éxico un tipo de educación adecuado a las
modalidades propias del país. Desde luego se dotó
a la educación de sentido, pensando al respecto,
que el laicismo en una Nación que aun buscaba
su expresión, su peculiaridad nacional, resultaba
meramente negativo. Se requería una educación
unificada en cuanto que debía combatir prejuicios
y supersticiones y sembrar en los educandos una
pequeña dosis solidaria, pero diversificada en cuan­
to que era una educación destinada a comunida­
des de muy variada idiosincrasia. Por ello, al
mismo tiempo que se federaliza la enseñanza, se
practicaron técnicas educacionales específicas pa­
ra cada región nacional, que por sus característi­
cas lo exigieran.
En lo relativo al problema indígena, se creó la
Escuela Rural o sea la escuela de campesinos.
Actualmente funcionan doce mil escuelas rurales
y ellas no sólo enseñan a grandes y pequeños las
primeras letras, sino que además a los niños se
les dan clases rudimentarias de cultivo de acuerdo
con las condiciones climatéricas del lugar, educa­
ción física e higiénica y un sentido social de la
vida. Al mismo tiempo trabaja lo que se llama
misión cultural, que son grupos educacionales m ó­
viles, integrados por un profesor de primaria,
uno de deportes, una enfermera y una trabajadora
social que enseña a las mujeres indígenas los ele­
mentales oficios domésticos. Estos grupos móviles
ponen en contacto comunidades indígenas de dis­
tintos lugares, organizan competencias atléticas
entre ellas, les muestran sus respectivas costum­
bres, sus canciones y danzas, y mantienen latente
su sentido nacional.
Coadyuvan eficazmente con las misiones los
estudiantes de las Facultades de Medicina, que
por disposición legal, antes de obtener el título
profesional, deben hacer seis meses de servicio
social en alguna región del país. Función primor­
dial de las misiones culturales es la de crear
necesidades a las comunidades indígenas, pues al
paso que el indígena de la ciudad, aunada a su
sorprendente facultad para adaptarse a la meca(s ig u e en p é g . 31)

�M is e r i a que clama p or una ju s tic ier a rebeldía constructiva

Misa en una aldea Peruana

ISAJ es una aldea de la cordillera andina
situada a más o menos veinte y tantos
kilóm etros de Cuzco. Transcurre uno de
sus bordes el río Urubamba, de ligeras aguas ama­
rillas y puente colgante. No muy lejos perduran
algunas estimadas ruinas incaicas . La aldea tiene
ancha plaza, a la que se rinde lo principal del
caserío. con árboles de grueso tronco y gigantes­
ca copa nemorosa, de hoja menuda, bajo la que
pulula la dominical feria indígena, com o una
sombra entre movidos colores calientes. En­
carándola se levanta una blanca iglesia de no muy
alta espadaña, portal en arco y umbral espacioso,
que tiene la prestancia y simpatía de forma
de casi todos los pequeños templos coloniales
que se conservan en América desde el norte ar­
gentino a California y Nuevo M éxico. El maestro
albañil de la colonia solía remedar en las fábricas
por él ejecutadas sus débiles memorias de igle­
sias románicas aldeanas y si de algún modo ex­
presaba ingenuamente el espíritu barroco de la
época, infundíale un sentido hasta entonces iné­
dito. La arquitectura popular hispanoamericana
debe al recuerdo vago, a la nostalgia, a la repeti­
ción desfigurada, a la inhabilidad de ese artesano
de las primeras horas, y también al sentimiento
de novedad de la tierra, un estilo simple y gra­
cioso, todavía no suficientemente validado como
expresión primigénita de la sensibilidad americana.
La iglesia de Pisaj es de escaso atrio y conser­
va, en derredor de la amplia puerta y sobre el
muro enjalbegado, unas semiperdidas decoraciones
florales entrelazando desvanecidas imágenes san­
tas. Entré a la misa en una mañana de domingo
de principios de 1944. En lo que fué retablo
mayor y en los laterales había una miscelánea de
bártulos litúrgicos o meramente contemplativos, y
en las paredes algunas telas descoloridas simpli­
ficando biografías del santoral o documentando
con desvaído color y por millonésima vez los pa­
sos de la padecida pasión de Jesús. Sobre el es­
trado y de espaldas al altar de agrietada madera,
con crucifijos, — ya ni cruces ni fijos— costras
de polvo y humo de candelas, imágenes repintadas
o despintadas, candelabros enmohecidos, desvali­
das flores artificiales, rajados espejos, retorcidos
cirios despabilados, incensarios y cálices de plata
y otros chirimbolos de esotérico sentido — o sin
sentido— se destacaba, de pie, el alto empaque
del sacerdote, incorporado en una casulla color
ceniza de envejecidas áureas estofas. En el silen­
cio de la nave, franjeada diagonalmente a trechos
por una transparente niebla de luz que penetraba
por los vidriados ventanales altos, sonaba su voz
sermoneadora. La ululante oratoria sagrada del clé­
rigo rememoraba las tradicionales cadencias del
estilo pero el efecto era para mí rarísimo porque
decía su discurso en quéchua. Como no entendía
ni jota, su voz, huérfana de significación, se me
exaltaba, y sentía otras reminiscentes voces pare­
cidas en diferente articulación de sonidos. La mí­
mica de este graudulón encasullado adolecía de
arrebato suasorio, pero los indios le escuchaban re­
cogidamente.
Cuatro grupos de indios, bien diferenciados,
usistían a la misa y cada grupo parecía desem pe­
ñar un papel calegorial. El primero lo formaba
una docena de hombres de más o menos cuarenta
años, hieráticamente de pie en hilera junto al
muro de la derecha, pero sobre el estrado y a
poca distancia del sacerdote. Eran los caciques o
alcaldes. El color cobre oxidado de la piel armo­
nizaba con su hirsuto negrísimo cabello. Más
bien altos, de cuerpo vigoroso, frente despe­
jada, curvada y ancha nariz, boca severa, pómu­
los angulosos y ojos negros de profunda luz. L so­
ban calza hasta las rodillas, faja roja, camisola

P

de burda lana blanca partida en medio del pecho,
llevando sobre éste colgado del cuello, un gran
crucifijo de plata. Cubríanse los hombres con
gruesos y largos ponchos negros, doblados, de
flecos, y con la mano derecha cogían el bastón
de mando, de casi metro y medio, de mango y aros
de plata labrada, manteniéndolo verticalmente. Es­
taban inmóviles, las caras impávidas, la mirada
fija. Su sitio preferencial, por estar junto al
altar, me recordaba el palco balcón envarillado,
para reyes o señores, de las magnas iglesias me­
dievales y del Renacimiento.
El segundo y tercer grupo lo formaban casi
doscientos misantes populares, arrodillados sobre
el solado de ladrillos. El de la izquierda era el
de las mujeres. Eran pequeñas, tenían las piernas
y pies desnudos, faldas de mucho vuelo, y estaban
envueltas en “ llicllas” con las que casi se cubrían
la cabeza de renegrida cabellera semilrenzada.
La “ lliclla” es un mantoncillo de lana, con fondo
negro, verde o colorado, finamente tejido a ma­
no y decorado con franjas rojas que enhebran
hilos azules, celestes, amarillos, blancos. Es grue­
so y al envolverles el cuerpo les añade una en­
cantadora rigidez de madona románicas o gó­
tica. El de la derecha era el de los hombres.
Llevaban puestos sus ponchos de fondo rojo con
bandas negras, blancas y amarillas; tenían las
piernas y los pies desnudos y com o los caciques,
lustrosas caras tostadas.
Es posible distinguir de cerca, en el variado
color abigarrado de la “ lliclla” , sus sencillos mo­
tivos geom étricos o zoom orfos, pero en conjunto
y en el templo escapábanse los detalles, resul­
tando un espectáculo de brillante fantasía en
contraste orquestal con la llaneza de colores del
grupo masculino y el todo con la solemne y reco­
gida postura de unos y otros y más aún con las
imponentes figuras carbónicas de los caciques.
Era muy difícil saber, a simple vista, si la mi­
rada de los indios, aparentemente triste, respon­
día a un movimiento activo del alma o a simple
repetición de un acto amortajado en viejos sos­
tenidos y supersticiosos miedos. Quien conozca
la posición social del indio, dentro de la no
propia organización económica y política en que
vive, sospechará que su presencia en la iglesia
es una costumbre por la que se le dispersa y pierde
una importante energía del cuerpo y del alma.
El cuarto grupo era el de unos veinte mocetones de más o menos diez y ocho años, de pie,
detrás y a la izquierda de los asistentes popu­
lares. Vestían com o los del tercer grupo, pero sus
caras y sus ojos traslucían una fresca ingenuidad
y un anhelo que no se advertía en los mayores.
Estos mocetones tenían en sus manos sendos “ pututos” , caracolas de más de veinte centímetros de
eje por el centro de cuya espiral, agujereado,
arrojaban un gran soplido inmediatamente trans­
formado en el más heterogéneo y estridente so­
nido de dramática expresión coral que era posible
imaginar en el concierto — o desconcierto— del
ceremonial de la misa.
La misa es un espectáculo teatral que en símbo­
los representa la pasión y muerte de Jesús y al
que los fieles de la platea adhieren con plegarias
más o menos rituales o libres. A veces aumenta
el número de los personajes rectores y a menudo
uno de ellos — predicador o doctrinero— pregona
las historias y comenta los acontecimientos de
actualidad desde el punto de vista ortodoxo. Este
m onólogo es el elem ento variable de la misa. La
relación entre oficiante y misante es una implí­
cita conversación con la divinidad siendo expre­
sión de exaltación religiosa la solemnidad de
la música y el canto coral. En América y en
España— resabios de autos sacramentales y de re­
presentaciones teatrales en atrios y plazas— sue­
len echarse en procesión a la calle, en pleno día,
sacerdotes y fieles, llevando cadalsos rodantes o
en parihuelas, y altares floridos, y el pueblo les
sigue en una confusión de plegarias, canciones
y manducatorias.
Voy a contar de la misa a que asistí los si­
guientes episodios. La monótona monserga del
„ „ cerdote duró media hora; entretanto, tos indio*
30

permanecieron en la misma actitud. Apenas hubo
Sermmado reanudó la lectura del misal, y un
indio, desde el ángulo delantero izquierdo del
estrado, comenzó a ejecutar en un armonio de
baúl yaravíes que los misantes femeninos canta­
ron en quéchua. Eran los mismos yaravíes que
había oído en calles y plazas de pueblos. Mientras
las canciones henchían el templo y los misantes
masculinos permanecían inconmoviblemente de pie,
el sacerdote meneaba ritualmente brazos y manos a
diestro y siniestro. La voz de las indias era suave
y grata y concertaba la música aunque con desga­
no, con seguridad de juego sabido. Alguien me
dijo que la letra de los yaravíes que cantaban eran
versiones quéchuas de villancicos de Navidad.
D e repente, música y canto quedaron en sus­
penso; sonó una campanilla y, en el silencio si­
guiente, atronó a un tiempo el sonido de los
veinte pututos. El efecto fué inesperado, descon­
certante y sugestivo. No encontré modo de enla­
zar armónicamente el bronco son de las trompetas
marinas con la voz del sacerdote, la melodía de
los yaravíes y las delgadas dulces voces de las
indias. Era un chorro de estridentes vozarrones
que hacía temblar el aire del templo y solivian­
taba los nervios. Sospeché que semejante sacu­
dida hundía en olvido o aturdimiento la vida del
indio y que el regreso de la inmersión era una
duradera imposible vigilia. El coro de caracolas
repitió cada dos minutos la misma tremenda
algarabía. Después de esa ebriedad musical — ese
alarido— , todos debieron echarse a gritar y a
bailar porque su paganía era una invitación al
regocijo corporal. Pero los indios permanecieron
quietos y la misa prosiguió.
Cuando el sacerdote dijo a los misantes que la
misa había terminado salieron todos lentamente,
cuchicheando apenas, y se arrojaron a la intensa
luz solar de la plaza, a la caterva de la feria y
a la continuada roña que los apiña y circunda.
En cuerpos fuertes, los indios parecían tener el
alma en estado de miseria — mixtura, mezcla—
y desesperanza. Miseria y desesperanza que cla­
ma no por misericordia ni conmiseración, sino
por justiciera rebeldía constructiva. Si en su de­
rrotero el indio de mis experiencias perdió su
mundo, no recibió otro, en cambio, hasta los ac­
tuales días, que le reanimase su necesaria dignidad
de hombre. Durante la Conquista y colonización,
dirigidas complicaciones de la organización social
y económica, y del espíritu, le fueron adormecien­
do el alma para una vida con persuación de alto
destino terreno. Su duro estado, poco más o me­
nos, todavía dura. ¿C óm o insuflarle nuevo esti­
lo? ¿Cóm o devolverle el señorío de sí mismo?
¿C óm o transformarlo en ser consciente de un mis­
mo destino popular? ¿Cóm o hacerle p u e b lo ? ...
Preciso será empezar desde la tierra y desde
donde el amor es pasión de libertad y justicia
y ansia de activa participación social.
Los caciques fueron los últimos en salir y se
distribuyeron en ambos lados del atrio, junto a
la puerta, a la espera del sacerdote, que a poco
llegó, de sombrero de paja y gabán blanco de
hilo sobre la sotana. Nos saludó cortésmente al
tiempo que extendía la mano al primer cacique,
que la besó reverencioso. Luego nos dijo con de­
leznable sonrisa y repelente afán didáctico: “ Los
indios no inspiran asco". No le dijimos palabra.
Pero ¿d e qué recóndita turbia mezcla de Barto­
lomé de las Casas y Septílveda, de qué precon­
ceptos raciales, de qué amor sin nombre y sin
valor, le venía al cura ese pen sam ien to?... Los
caciques guardaron silencio. No estoy seguro de
que la frase del funcionario de la Iglesia haya
tenido en sus corazones parecida resonancia que
en el mío.
Salimos a nuestra vez a la diáfana luz del me­
diodía. La plaza estaba colmada de indios. Par­
loteaban, bebían, mercaban sus graciosas humildes
creaciones. Brillaba el color de los indumentos y
había baratijas, cacharros, tejidos, chicha. Los
caciques se habían trasladado a la casa del cura
y estaban de pie junto a la puerta, velándole
■—sin desvelo— la ingestión del desayuno.
N. A. F.

�(v ie n e de p á g in a 29)

nización que la industrialización supone
en la
cual revela una retentiva e incluso una inventiva
realmente maravillosas— se convierte rápidamente
en una entidad consumidora de primer orden, el
indígena agricultor señala una desproporción en­
tre su capacidad productora y su bajo índice con­
sumidor, de aquí que la misión cultural atienda
muy en especial a la creación de necesidades que
eleven la posibilidad de consumo del indígena
agricultor.
Trabajan asimismo escuelas regionales en las
que se enseña una educación agrícola media y de
acuerdo con las posibilidades de la región donde
funcionan. A ellas asisten indígenas de las respec­
tivas regiones, que después ejercen una vital fun­
ción directiva. Igualmente son regionales las es­
cuelas normales, con el objeto de que los maestros
?ean nativos de los lugares donde desempeñan
sus funciones, lo cual permita su arraigo y cariño
entre los vecinos.
Un indicio revelador del grado de conciencia
que la escuela rural ha creado entre los indígenas
agricultores, lo señala el hecho de que los miem­
bros de la comunidad contribuyen al sostenimiento
de una escuela cultivando colectivamente una pe­
queña extensión de tierra que a tal objeto se
destina.
Este es, a grandes rasgos, el plan y la realiza­
ción de la educación rural mexicana, que fue cali­
ficado por un distinguido escritor italiano como
“ una bella ópera de acción social” .

## o s

a v u a r t* I a s

ti e I

(» r a l .

O * ## i #/ / / i n s

* * *
Los resultados obtenidos destácanse a través de
un simple esquema estadístico. La población de
México está formada por un poco más de 21.000.000
de habitantes, siendo su composición racial la
siguiente: a) blancos, el 20 por ciento; b ) indí­
genas, el 25 por ciento; c) mestizos, el 55 por
ciento. Ello significa que el asiento de la nacio­
nalidad mexicana está constituido por el mestizo,
que forma un poco más de la mitad de su pobla­
ción total y que constantemente absorbe elemen­
tos pertenecientes a los otros dos tipos raciales.
La distribución de la población, conforme al
trabajo que desempeña, es la siguiente: a) peo­
nes, carentes de conciencia política y social, vein­
te por ciento; b) ejidatarios, esto es, beneficiados
por el programa agrario, gentes dotadas de una
conciencia social y política bastante clara, el trein­
ta por ciento; c) rancheros, o sea pequeño pro­
pietario agrícola, típica clase media campestre, el
diecisiete por ciento; d) obreros industriales, el
15 por ciento, todos ellos con una clara concien­
cia político-social y militantes de alguna central
obrera y fundamentalmente de la Confederación
de Trabajadores de M éxico; e) clase media urba­
na, el diez por ciento; f) servidumbre doméstica,
el cuatro por ciento; g) clase privilegiada, fun­
damentalmente industrial, el cuatro por ciento.
Del cuadro planteado salta a la vista los positi­
vos resultados obtenidos: el problema de México
se reduce a convertir el veinte por ciento de su
población que sigue siendo peón, en ejidatario o
sea cultivador de su propia tierra o en obrero in­
dustrial. La legislación económico-social mexicana
va encaminada a ello. La cifra de peones, casi
coincide con el número de analfabetos que hay en
el país, lo cual revela que el estado económ ico de
esa gente contribuye en gran parte a su bajo nivel
cultural.
* * *

f

i

El b a ta lló n

" N u m a n c ia " re cib e

la b a n d e ra

d el

E jé rc ito

L ib e rta d o r en el puen te de

No quisiéramos terminar sin decir que en la
obtención del mestizaje se cuida mucho que el
indígena al mezclarse no pierda los rasgos distin­
tivos de su entidad espiritual, trabajando al res­
pecto un Departamento de Asuntos Indígenas, que
junto con la Secretaría de Educación, pone espe­
cial empeño en cuidar, incrementar y proteger
las manifestaciones espirituales indígenas: su mú­
sica, su danza, su poesía, su pintura y su cerámica.
Los resultados de ello son un hombre de gran
calidad humana, pues junto al amplio sentido
social que adquiere en su educación conserva su
sensibilidad individual y su ancestral perspectiva
frente a los problemas del hombre y su mundo.
Sobre ellos se levanta el nuevo México.

El G e n e ra l

(*) E m ilia n o Z ap ata, c o n d u c t o r de c a m p e s in o s d u ran te
la r e v o lu c ió n , h a b ía in te n ta d o an tes de ella un litig io por
la p o s e s ió n d e sus tierras y las de n u m e r o s o s v e c in o s
d e s p o ja d o s , a m p a rá n d o se en lo s títu lo s de p r o p ie d a d qu e
d esd e la C olon ia h a b ía n lle g a d o a ellos.

llón peruano “ Numancia” plegado en 1820 al Ejército Libertador.

San

M a rtín

h ace

ju ra r

la

b a n d e ra

d el

E jé rc ito

L ib e rta d o r a l

b a ta lló n

H u a ra .

" N u m a n c ia " .

Durante su adolescencia, morando en Inglaterra, el General O’Higgins estudió dibujo. D e entonces
es unu carta dirigida a su padre, Don Ambrosio O'Higgins. f irrey del Perú, en la que, al darle cuenta
del progreso de sus estudios, hace especial referencia al dibujo y al manejo de las armas “ cosas (qu e)
sin lisonja poseo en particularidad —dice —y me sería de grande satisfacción si varias de mis pintu­
ras pudieran llegar a manos de Vuestra Excelencia*\
Las acuarelas que se reproducen son de la época de su madurez y representan episodios del bata­
variana del Museo de la Magdalena (Lima).— F.
31

Se conservan en la sección Boli-

�O eo

Latitud
R E V IS T A

M EN SU A L

DE A RTES

Y LETR A S

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AVDA.

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836

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FRANQUEO PAGADO
CONCESION N9 3129

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T A RI FA R E D U C I D A
CONCES ION N ° 2684

3 2 -0470

Precio del ejemplar $ 0 . 5 0

AR-FUNDACION KSPIGAS-KARDEXLATITUD

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Agosti, Héctor P.&#13;
Amorim, Enrique&#13;
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