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                    <text>' CUADERNOS D£ CRÍTICA ARTÍSTICA

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CUADERNOS
DE
CRITICA
ARTISTICA
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JO R G E ROM ERO BR EST
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�P I C A S S O
EL

INVENTOR

g S C R IB O SOBRE PICASSO AQUÍ, EN BUENOS AIRES, A CIENTOS
y cientos de kilómetros de todas las ciudades que lo cobijan; aquí, donde
vive una comunidad que no bebe en las fuentes primordiales de la exis­
tencia —la tierra y el hombre— sino en otras aguas que se enturbian al
ser miradas con narcisista pretensión, y por eso le cuesta trabajo compren­
der la limpia postura del pintor español. Diez años han transcurrido, ade­
más, desde la última vez que enfrenté sus cuadros, en los que recién
apuntaba la verdadera expresión picassiana, en una Europa ya doliente
y desvitalizada. Y me asaltan dudas sobre la legitimidad de mi ensayo. Pero
lo hago con resuelta pasión, justificándome al pensar que el mensaje
de un gran artista supera las limitaciones de tiempo y espacio, y se hace
patente hasta en la más humilde imagen fotográfica.
No hay reproducción que pueda transmitir el aliento de ternura de
un Andrea del Sarto, o el envolvente lirismo sentimental de un Corot,
o la sensual vibración cromática de un Matisse, pero unas pobres estam­
pas bastan para que se comprenda la grandeza épica de un Rafael, el
patetismo sin gestos de un Rembrandt o la impersonalidad barroca de un
Picasso. Aunque es mucho lo que se pierde —la fina emanación de lo
sensible a través de la materia— se conservan en aquéllas las estructuras
formales, definidas y actuantes, potenciadas de modo universal como para
que parezcan liberadas de la miserable condición material, acaso porque
son productos de una íntima armonía de cuerpo, alma y espíritu.
Me animo a escribir sobre Picasso, temerosa la conciencia, porque
su obra plantea problemas que afectan la totalidad del ser, y por ello

i

�puede ser contemplada desde un ángulo más absoluto que el de la esti­
mación artística; porque es un fenómeno vivo de cultura que se expande
por doquier, para nadie ajeno.

I
DESCUBRIR E INVENTAR
V f{I O BJETO AL PIN TA R ES M OSTRAR LO QUE HE ENCON­
A trado, no lo que estoy buscando”. Picasso se considera un descubri­
dor y tal vez lo sea, en cuanto pone de manifiesto algo que estaba ignorado
o escondido. Para Cicerón descubrir era “poner en claro la verdad”. Sus
formas, sin embargo, no tienen aún la coherencia necesaria, ni la vigencia
universal, como para que se las considere verdaderas —se comprende que se
habla aquí de verdades emocionales—, de modo que todavía están afecta­
das por una nota de provisionalidad. Inventa, más que descubre. Pero
el lector tiene derecho a exigir mayores precisiones a propósito del des­
cubrir y el inventar en la creación artística.
Por diferentes que hayan sido los modos de creación durante la
edad moderna, desde Giotto todos los artistas de Occidente han coinci­
dido en el deseo de recomponer la realidad concreta por medio del
análisis y la síntesis; todos se han ajustado al juego lógico, inventando
formas que parecieron verdaderas, sea por el ejercicio de la experiencia
sensible o la emotiva, sea por la construcción racional, o por el equili­
brio de unas y otras, porque respondían a un concepto se diría científiconatural de la verdad. El mismo Picasso respetó ese juego durante las
primeras etapas de su vida, pero desde que es Picasso, a mi juicio,
se ha lanzado abiertamente a la invención de formas que responden a
un nuevo juego, ilógico y dinámico; sin haber traspuesto, claro está,
la dilatada pausa del desconcierto que toda invención produce.

�¿Puede un jugador actuar a sil
antojo, sin respetar las reglas del
juego? ¿Puede el hombre, en
cuanto juega a vivir, violar las
leyes? No, mientras estén en el
juego y acuerden respetarlas; pero,
¿no será posible que al no acatar­
las inventen otros juegos, otros
modos de sentir y de vivir, otros
caminos del saber? Y el que vio­
lenta las leyes, hasta que no ins­
taure otras, se mueve en un terre­
no desconocido y resbaladizo, en
el que todo ha de ser inventado.
Inventar es hacer una cosa nueva
a fuerza de ingenio, o de saber,
o de intuición, cuando no por
obra del acaso.
Pero tampoco el inventor crea el nuevo juego, de la nada; inventa
basándose en conocimientos fragmentarios y mediante hipótesis que, al
ser comprobadas, se transforman en descubrimientos, en nuevas verda­
des. No hay entre el invento y el descubrimiento más que una dife­
rencia de grado, si se quiere de eficiencia: el primero es un proyecto
de verdad; el segundo, la verdad misma. Y es menester que el invento
se incorpore como necesidad para que se trueque en verdad descubierta.
¿No hay invenciones y descubrimientos en el plano del arte? Puede
decirse que toda su historia se compone de un sinnúmero de invenciones
que lentamente se han transformado en verdades, aparentemente descu­
biertas. Grandes artistas han sido inventores de formas que fueron mi­
radas al comienzo como cosas curiosas y en cierto modo ajenas; acaso
hayan sido más grandes los que perfeccionaron esas formas y las incor-

3

�poraron al torrente de la vida, haciendo que ellas se cargaran de ese
sentido de verdad que les otorga la vigencia emocional sostenida. Segu­
ramente alude Margarita Sarfatti a la creencia del espectador de que
está frente a la verdad, cuando dice que el patrón básico para saber
si en el arte hay descubrimiento o no está en el hecho de que se diga
ante un cuadro: “ ¡Es tan sencillo! Me parece que lo sabía de ante­
mano” . Pero nadie lo dice, ni lo piensa, cuando se está frente a la
forma recién inventada, porque ella es nueva y no halla clima propicio
para resonar; sólo parecerá bella cuando sea tan natural como un des­
cubrimiento.
“El que crea una cosa está obligado a hacerla fea, pues el es­
fuerzo y la lucha por crear producen cierta fealdad. Quienes siguen al
creador pueden hacer cosas bellas, porque ya conocen la cosa dada, si
la cosa ha sido bien inventada; pero el inventor, puesto que no la conoce
todavía, para inventarla debe inevitablemente hacerla fea.” Idea de
Picasso que proporciona uno de los puntos de vista esenciales de este
ensayo. Él es un inventor todavía porque crea cosas feas —feas porque
no son coherentes, ni responden a una absoluta unidad emocional— que
aun no se han incorporado a la corriente de la vida. Rafael no hacía
cosas feas, mas pudo hacerlas bellas, y que parecieran descubrimientos
definitivos, porque durante cien años muchos pintores italianos se dedi­
caron a explotar el invento de Giotto, que también hizo cosas feas.
No puede ser comprendido Picasso, que vive en un tiempo de
invenciones, si se lo juzga según principios tan sólo valederos para los
momentos de maduración. Lo que él encuentra, sin duda más nuestro
que todo lo que amamos del pasado, tiene imperfecciones de infancia
apenas sobrevenida, grita todavía en vez de hablar, de ningún modo mu­
sita. Él es un hombre que no ha querido jugar dei' mismo modo que
sus antecesores, y aun que la mayoría de sus contemporáneos; que ha
entrevisto las nuevas maneras de vivir, estremecidas y contradictorias, y
pretende darles forma plástica; que está creando el alfabeto de nuestro

4

�tiempo, dinámico y fáustico, basado en el ritmo y en el carácter, en
la pasión de un ansia, tal vez desmedida, de ser universal.
A pesar de sus cambios hay una voluntad de forma que existe desde
el comienzo. Para advertirla es necesario que se consideren todos los
momentos de su vida, aun los más disímiles, aquellos en los que pareció
no ser Picasso, a la luz de esta idea conductora; entonces resplandecerá
su nueva conciencia de inventor.

II
LO QUE PICASSO ES Y NO ES
p ICASSO ES UN A R TISTA APEGADO A LAS COSAS, A LA M ATE­
ria de las cosas, por lo que tiene de plástica y en cuanto le permite
componer sus objetos sin partir de la idea, como acto previo, sino de su
instinto de la forma. Sus obras son estudios de realidades observadas, como
lo revelan sus títulos, siempre descriptivos y nada sentimentales, también
sin aliento metafísico. Y si varía sus técnicas de modo sorprendente, es por­
que le importan más las cosas que las ideas, o, de otro modo, porque no
concibe las ideas sino en función de las cosas. Incluirlo entre los culto­
res del mal llamado arte abstracto es no conocerlo, ya que su arte no
está hecho de relaciones conceptuales, sino de formas concretas, al mismo
tiempo reales y virtuales.
Pero tener apego a las cosas no quiere decir que sea, ni haya sido,
un naturalista, y ya se sabe lo que quiere decir esta palabra, con sentido
ochocentista. “Hablan de naturalismo en oposición a la pintura moderna
—ha escrito—. Me gustaría saber si alguien ha visto jamás una obra de
arte natural. La naturaleza y el arte, por ser cosas diferentes, nunca
podrán ser lo mismo. Con el arte expresamos nuestro concepto de lo que
no es naturaleza.” Verdad eterna, sin duda, llevada por él hasta sus últi­
mos extremos, que no debe ser entendida como un intento de crear una
5

�sobrenaturaleza espiritual, sino como una infranaturaleza escondida ,y
esencial, en la que subyace lo espiritual como potencia.
Tampoco es un sentimental, salvo en los comienzos' y de modo sui
generis, porque el sentimiento disgrega las cosas y obliga a tomar partido.
Por lo menos no es un sentimental subjetivista, como los románticos y
los impresionistas, ya que desdeña todo lo que es clima o sugestión; si
hay sentimiento en sus obras, tiene los caracteres de universalidad que
éste suele adoptar en la inmediata adhesión a las cosas, como en los
primitivos. Ni es un sensorialista, como los fauves y los expresionistas,
que reducen el papel de la inteligencia y permiten que prive el sentido,
un poco impreciso siempre, de la deformación emocional. La línea puede
ser rígida o flexible o vibrante, pero nunca registra esas finas fluctua­
ciones que llamamos de la sensibilidad; el color admite todas las varia­
ciones, desde el violento contraste planista hasta las delicadas armonías
espaciales, pero nunca se carga de emoción subjetiva y siempre es rotundo

6

�y definitivo. "Ninguna pasión, ninguna voluptuosidad del color, en esta
sensibilidad tan absolutamente desprovista de temperamento” —ha escri­
to Eugenio D’Ors.
Muchas veces se ha dicho que Picasso es un racionalista, pensando
en sus cuadros cubistas, como si en ellos hubiera pretendido reducir el
espectáculo del mundo a un esquema de fuerzas controladas. El error de
los que afirman tal cosa, a mi modo de ver, procede de la consideración
superficial del cubismo como un movimiento que hubiera tendido a
instaurar un orden geométrico, en vez de advertir todo lo que hay de
irracional en él, volcado en rítmicos moldes que de ningún modo son
precisos, sino de pura invención fantástica. Acaso Juan Gris, ascético,
pueda parecer más racional, pero no Picasso, con sus violentas contradic­
ciones y su materialismo nunca desmentido, menos todavía Braque, de
finísima sensibilidad en el arabesco y la variación tonal. Por otra parte,
un principio latente de racionalismo peculiar que se halla en el cubismo,
fué desarrollado por los puristas y los constructivistas, saltando hacia
atrás, por encima de Picasso, hacia esa figura inmensa que constituye
hasta ahora, junto con Piero della Francesca, uno de los dos polos de
la inteligencia en la creación plástica: Paul Cézanne.
Sin embargo, Picasso ha parecido ser naturalista, sentimental, fauve
y clásico, hasta el punto de que quienes escribieron sobre él hace veinte
años pudieron pensar que su meta era la última posición. Ramón Gómez
de la Serna decía en 1929: “En 1906, el período .carne llega a su cúspide.
Picasso ya ha pintado tantas obras que va a comenzar a arquitecturizar,
a sacar de sí la columna que lleva cuajada en sí” . Si entonces pudieron
equivocarse, ahora resulta evidente que él no extrae nada de sí, sino de
las cosas, y por eso sus arquitecturas no son racionales. Sus últimas trans­
formaciones no pueden engañarnos: no es un clásico, a pesar de su con­
cepción inmanentista, porque en lugar de presentar la naturaleza inteligida, como Cézanne, la siente como algo que no obedece a orden alguno
y que está en permanente metamorfosis.
Este principio de la metamorfosis, el que justifica su camaleonismo,

7

�constituye el hilo conductor para entender la voluntad de forma de Pi­
casso. “¿Recuerda usted esa cabeza de toro que exhibí recientemente? —le
dijo a un periodista no ha mucho tiempo—. Además del manubrio y del
asiento de bicicleta, hice una cabeza de toro que cualquiera reconocía
como tal. Así fué completada una metamorfosis. Y ahora yo querría ver
que se produjera otra metamorfosis en el sentido opuesto. Supóngase que
mi cabeza es tirada con un montón de hierro viejo. T al vez algún día
un camarada vendrá con ella diciendo: He aquí algo que servirá para
el manubrio de mi bicicleta... Así una doble metamorfosis se habría
realizado.” La metamorfosis implica transformación de una cosa en otra;
tal es su modo de expresión metafórica: sus monstruos, sus figuras nor­
males, sus combinaciones caprichosas de líneas y planos, sus jeroglíficos,
no son sino señales de cosas que se transforman, en absoluta inestabilidad,
las cuales denuncian a su vez una concepción materialista dinámica que
no admite ningún género de trascendencia.
Si en Picasso hay una inteligencia lúcida y una sensibilidad visual
y táctil muy desarrollada, no son esas las fuerzas determinantes de su
hacer: esa fuerza es su instinto para descubrir en las cosas aspectos inédi­
tos, puntos de vista sorprendentes, y para inventar con esas notas formas
que muestran la apariencia y la otra cara de la apariencia. “El arte no
consiste en aplicar un canon de belleza —ha dicho— sino en lo que el
instinto y el cerebro sean capaces de concebir más allá de cualquier
canon.” Se explica entonces, que algunos hayan recurrido a la magia,
otros al milagro mediúmnico o a los fascinantes enigmas para hallar el
sentido que anima a las obras del maestro; en verdad es un Courbet que
no se conforma con lo que el ojo ve en la superficie de las cosas y
va penetrando en ellas hasta descubrir las esencias, sin satisfacerse jamás.
Y para que ese instinto de la forma se ejerza con libertad, él permanece
neutral e imperturbable, sin poner nada de sí. “ Picasso no es el hombre
de un paisaje o de una figura —decía Jean Cassou—; no transporta con
él nada de concreto, sino el desierto, en el seno mudo del cual todo
es posible.” Alguna vez ha dicho que su pintura es asunto suyo, y acaso

8

�sea cierto, pero es asunto de un yo impasible que tan sólo registra
e inventa, sin proyectarse para nada en su obra. Por eso resulta tan
hermética —nada confesional, por cierto— sobre todo para quienes, por
razones de temperamento, buscan en las formas artísticas una amplia­
ción del yo hacia un mundo de trascendencia espiritual o sentimental.
¿Se dirá, entonces, que Picasso es un imaginativo? No, en la medida
y la acepción corrientes. Los monstruos que crea no son hijos de una
fantasía absoluta —de ningún modo es un alucinado— sino de una ca­
pacidad de descubrirlos en las cosas; hasta se diría que ellos están in­
mersos en las cosas. Lo fantástico aparece en sus obras como expresión
de una infrarrealidad, como en Cervantes y en Goya, otros genios his­
pánicos con los cuales conviene comparar a Picasso, pues en los tres
las notas expresivas se manifiestan como señales de inframundo. “El
realismo superior de Picasso —decía Jean Cocteau— no deberá jamás ser
confundido con la geometría armoniosa por la cual otro pájaro, Paolo
Uccello, pretendía reemplazar la representación del mundo visible.” Y
no le faltaba razón, salvo en que lejos de ser un realismo superior, es un
realismo inferior el suyo, el que le permite mantenerse frente a la reali­
dad total como si no hubiera ocurrido ese complejo fenómeno de
discriminación entre las fuerzas creadoras del hombre, que constituye la
diferenciada cultura de Occidente. Picasso es un primitivo, un bárbaro,
para quien no existen ni los refinados sentimientos del alma, ni las com­
plejas explicaciones conceptuales del mundo, ni la misteriosa emanación
de una superrealidad onírica: él crea con los ojos bien abiertos de la
vigilia, adhiriéndose a la realidad bárbara en que sólo imperan los ins­
tintos, bien es cierto que gobernados por la inteligencia. Precisamente
porque crea en ese estado, cuando el mundo occidental está resquebra­
jado, es que puede lanzarse con tanto atrevimiento a la invención y
a plantear nuevas bases para el futuro equilibrio del hombre. Pero
nadie espere encontrar en su obra ingente la instauración de un orden
inteligible; él es un destructor y un liberador de las fuerzas contenidas por
el exagerado intelectualismo de la edad moderna, pero no un inventor

9

�de demonios, a la manera medieval, sino de monstruos materializados
que pugnan por independizarse de su carcaza de ilusiones. Se compren­
de, pues, que nada conceda a lo agradable y placentero, y que huya
de todo lo que puede ser decoración. “Yo no puedo usar una manera
ordinaria, precisamente para causar placer a los seres que no entienden”
—ha dicho. Su posición es demasiado austera para que le preocupen
los superficiales sentimientos y los goces de la carne.

III
DEL NATURALISM O AL CLASICISMO
J^ E C IÉ N AHORA, LA R ETIN A LLENA DE ESE CO N JU N TO ABI­
garrado de formas disímiles que Picasso ha creado en los últimos
tiempos, se comprende que aun en sus etapas primeras estaba latente
la voluntad de engendrar un nuevo barroquismo; recién ahora se ve cómo
ha ido jalonando sus experiencias, realizando sus conquistas en el orden
de los contenidos emocionales y de las formas plásticas, más que incorpo­
rando elementos expresivos, limpiándose de los que le ofrecía la tradición
y eligiendo, cuanto más, entre ellos, los que le permitirían ser él mismo.
Si se piensa en términos de clasificación y se comparan las obras
de los períodos sucesivos hasta 1925, parecen formas tan extrañas entre
sí como para sorprenderse. Pero si se ahonda, no diré en el análisis, que
para esta faena no es fecundo, sino en la síntesis, a menudo tan aleccio­
nadora, se advierte que cada una de esas etapas encaja en el cuadro que
su obra actual plantea:
1.
De aquel naturalismo sombrío, a lo Zurbarán, que lo arrastró
en su época de La Coruña y Barcelona, antes de que comenzara el
siglo, se curó gracias al descubrimiento del románico y el gótico catala­
nes, así como de El Greco, produciéndose la primera canalización de su
apasionado individualismo; y en lugar de imponer sentimientos a la

10

�forma, empezó a encontrar en ésta los sustitutivos plásticos de aquéllos.
2. Los modelos no podían satisfacerlo; seguramente le repugnó la
impudicia de aquellos brotes barrocos y él aspiraba a una potenciación
más honda de la materia, para lo cual necesitaba dominar la forma
sin caer en las abstracciones. Tolouse-Lautrec y Steinlen, pero segura­
mente con más fuerza Isidro Nonell, le permitieron realizar esa prime­
ra contención de su fuerza instintiva, cuyo resultado fué la admirable
serie de figuras azules, pintadas entre 1901 y 1904.
3. Todavía había mucho sentimiento, aunque ya amasado en una
pasta tan generosa como personal que pugnaba por revolverse contra el
tema. Antes de que ello ocurriera, necesitó Picasso eliminarlo e influido
por Watteau, los grabados del siglo xvm, la Commedia dell’ Arte y
el ballet, formas diversas de un mismo intento de ritmización de la
materia, produjo las telas de la época carne, con más de un resabio
patético en ocasiones. Primer período de calma y de sosiego que pre­
ludió el momento clásico.
4. Hacia 1906, sea porque descubrió la escultura ibérica de Gosol,

11

I

�sea porque Cézanne iluminó su conciencia, acaso también Puvis y Gauguin, la disciplina de la forma se hizo carne en él, produciendo algunas
obras aún más clásicas; pero ya estaba a punto de realizar el primero
de los grandes hallazgos de su vida: el cubismo, que fué para él, como
para tantos otros, el impulso que rompe un fuerte estado de tensión.
“Es la etapa más lírica y subjetiva de Picasso —ha escrito Christian
Zervos— de la que prontamente se apartó, en cuanto comprendió que
quedaban muchas posibilidades de explotación.” T al vez sea cierto, mien­
tras duró el período del cubismo analítico (1909-12); más cierto es, a
mi juicio, que esa reducción de las cosas a un juego de planos nutridos
de materia le permitió descubrir el secreto del dinamismo plástico, inde­
pendizado del movimiento anímico, en cuya búsqueda andaba.
5. Luego vinieron las traiciones a la teoría cubista, que nunca tuvo
carácter de tal para él: el collage, el trompe l’oeilj el color vibrante, el
arabesco, cuando ya el cubismo era nada más que un juego. Mucho antes,
el arte negro africano le había revelado el vasto mundo de la deformación
dinamizada de la materia por la potencia mágica de la misma, y Les
demoiselles d’Avignon (1907) marcó una senda que no se decidió a seguir
sino años más tarde.
6. Dinamización formal /con cierta apariencia de abstracta precisión,
la del cubismo; dinamización material con pujanza irracional, la del
fauvisme negro: he ahí los dos grandes componentes del curioso barro­
quismo primitivo del Picasso actual.
Pero, ¿cómo no intentar su fusión en formas que tuvieran la severa
majestad del espíritu mediterráneo, aunque movidas por una contenida
pasión demoledora? El resultado fueron retratos y figuras, grandes grupos
de desnudos en la playa y dibujos de ballet que, entre 1917 y 1925, con­
figuraron su período clásico. Primer instante de resumen, que pudo en­
gañar a D’Ors y hacerle afirmar el italianismo de Picasso, porque no
supo o no pudo ver que la suave temperancia de algunas formas apenas
lograba esconder una salvaje potencia de expresión barroca, plenamente
hispánica.

12

�El verdadero Picasso, aunque ya había pintado como para que su
gloria no sufriera regateos, no había nacido aún: hasta entonces había
sido un talentoso pintor ochocentista, heredero de los más grandes del
pasado, que se mantenía en el plano de los descubrimientos consagrados
como verdades. Pero ya se quejaba amargamente de que no lo dejaran,
quienes lo proclamaban tan grande dibujante como Rafael, escoger su
camino; de seguro porque apuntaba el inventor.

IV
LA LUCHA POR LA INVENCIÓN
E N T O N C E S COMENZÓ LA LUCEIA POR LA INVENCIÓN DE
objetos concretos, en los que debían resumirse sus emociones indife­
renciadas ante el espectáculo de la vida, una fiesta brillante a la que no
pretendía reconstruir mediante síntesis ordenadoras, sino mostrar en sus
aspectos más acendrados de inconstancia visual.
Con frecuencia suele decirse que el artista sublima, es decir que
volatiliza las cosas para condensar luego los vapores a tenor de sus
sentimientos o de sus ideas. La metáfora es justa cuando se trata de
los románticos o de los clásicos, no para aplicársela a Picasso, quien,
lejos de sublimar, organiza simplemente la materia, trabaja con ella
para otorgarle una forma dinamizada por dentro, la más inesperada
y atrevida. Puede hasta decirse que esta larga etapa de la aventura
picassiana se realiza bajo el signo de la desubjetivización: es posible
advertir ahora que los mayores esfuerzos se han ejercido para indepen­
dizar los elementos plásticos de los contenidos emotivos individuales,
para crear una lengua nueva que exprese los contenidos emotivos más
generales y universales. T al parece haber sido su meta.
Ejemplos hay, desde los comienzos del siglo, en su variadísima obra de

13

�dibujante, pintor y escultor, de esa
irrupción de la fuerza instintiva desubjetivizada, capaz de cegar de modo defi­
nitivo el manantial romántico, sobre
todo en las formas cortantes y estreme­
cidas por un aliento épico del período
azul y en las convulsivas de la época
negra; pero se los encuentra también en
las telas cubistas, y en las clásicas, en
cuadros donde la deformación grotesca,
mediante la cual pretendía ya expresar
cierto simultaneísmo plástico, base de su inestable temporalidad, con­
trasta con la severa serenidad intemporal de otras formas normales.
Alfred H. Barr señala Las tres bailarinas (1925) como la obra en
que el pintor se introduce en el inframundo de lo primitivo y lo
instintivo, tardía maduración de su proceso africano. T al vez esté en
lo justo, pero en ella también se advierte un intento lírico, en el planismo exacerbado y en el juego del arabesco —la irrupción del instinto
y la reacción del sentimiento propio; el acercamiento a las cosas y el
despuntar del formalismo—, contra el cual lucha prontamente en una
serie de figuras de mujer, en las que se encuentran los elementos ante­
riores, pero ya solidificados, hechos materia. En las figuras de 1925 el
movimiento se aparta de la materia; en las de 1927, se afirma en la
materia. Importante conquista, que se acentúa en el juego de volúmenes,
plenamente tridimensionales, de dibujos que luego traslada a la escul­
tura, y que se problematiza en las curiosas escenas de Dinard (1928).
¡Incomprensibles y acaso fracasadas experiencias de Dinard! ¡Cuán
importantes son, sin embargo, en la configuración del destino de Pi­
casso! Son monigotes informes, junto a cabinas de baño crípticas, en
los que parece haber hallado el secreto de la dislocación, pero tan inma­
duros todavía que sólo se explican por las obras posteriores, en las que

14

�se impone su primitivismo y se ordena el arabesco que responde a una
fuerza rítmica formal y material al mismo tiempo, en nada similar
al arabesco sensual de Matisse o al arabesco cargado de sentido épico
de Rouault, tan frío como su imperturbable actitud de espectador. Se
trata de una serie de mujeres y bañistas sentadas (1929-30), armadas
como muñecos algunas, de naturalezas muertas (1931-32), y de un con­
junto de figuras femeninas sentadas o acostadas, que culmina en Mujeres
ante un espejo (1932), una de las obras más cumplidas de ese tiempo.
Im que en las figuras anteriores era dinamismo contenido, se trueca
en dinamismo violento y desatado, pero sin contenido emotivo en el
color y la línea. También en esta tela hay rojos, verdes y amarillosj
como los de Van Gogh, pero ¡qué diferencia con los rojos, verdes y
amarillos de Picasso! ¡Cómo se siente que tras el primero está su en­
cendida pasión y tras el segundo sólo su imperturbabilidad! Frente al
romántico, un inventor de formas sin más contenido que la materia.
Se acerca el pintor malagueño a la cúspide de su experiencia, al final
de su etapa de disciplina, y bien pronto podrá entregarse a la verdadera
invención.
Picasso da un paso más y la fuerza expresiva de la materia comien­
za a ordenarse según impulsos del hasta entonces dormido sentimiento:
son figuras leyendo, dibujando o escribiendo, que pinta entre 1934
y 1935, en las cuales entreteje, con gran seguridad, las conquistas del
planismo cubista y del expresionismo espacial, dando la mayor impor­
tancia a la sensualidad de las curvas, a la pastosidad de las sustancias, al
mordiente expresivo de los trazos, como si hubiese sentido el señuelo
de las emociones superindividuales.
Es posible que haya sido la etapa más trágica de su vida. Ensaya
diversos modos de expresión: pasa de la pintura a la escultura y el
dibujo, y de éstos a aquélla, alterna entre el cubismo, el naturalismo
clasicista y el monigotismo, todo con una potencia que sólo espera el
momento propicio para hacer eclosión. ¿Qué camino seguir? Desde el
fondo de su pintura, que es como decir desde el fondo mismo de su ser,

15

�comienza a configurarse su nuevo modo de expresión, su verdadero invento,
el que corresponde a esas formas materiales vibrando por el enriqueci­
miento de inéditos contenidos emocionales.
Se conocía un Picasso imperturbable que había ido ganando paso
a paso las formas plásticas desnudas; luego, comienza a inyectar con­
tenido a sus formas, y éste es el instante verdaderamente genial de su
vida. Su pintura se hace alegórica y simbólica al mismo tiempo, como
ha seguido siéndolo; las formas, aunque siempre materiales, ya no esta­
rán desnudas, sino que van a aludir a ciertos modos espirituales perfec­
cionados en el símbolo. Como buen español, Picasso hallará en el toro
y en la corrida, en el minotauro y en el caballo, los temas que le permi­
tirán expresar una realidad que lo urge desde enero de 1930. El toro
será el símbolo del poder y la brutalidad, el agresor, en tanto que el
caballo será la víctima, el elemento popular, lo bueno, el que sufre todas
las transformaciones y metamorfosis h Su pintura recibe una nueva carga
de emoción, profunda y ancestral, popular, vulgar. El caballo herido,
de 1923, en el que Picasso comienza a descubrir el sustitutivo plástico de
la emoción —estremecimiento dinámico de la materia, violencia en el
choque de las líneas y de las zonas de
claroscuro, frescura de las pastas—; La
muerte del toro, de 1934, con formas aun
más violentas y expresivas de su barro­
quismo; Minotauro y caballo, de 1935,
ya en proceso de purificación; tales son
los jalones que conducen a las obras en
que culmina su españolismo universalista:
Sueño y mentira de Franco y Guernica,
de 1937. Porque si del arte español, con­
siderado en su totalidad, puede decirse
que ha sido el medio más expresivo de
l Véase la nota al pie del grabado Guernica
en el Camino de la Observación.

16

�lo individual, conviene no olvidar que tiene su nota de universalidad en
la virtud de transformar las pasiones individuales en pasiones arquetípicas. Y ésta es la gloria de Picasso.

V
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA
T A LUCHA ESPAÑOLA ES LA LUCHA DE LA REACCIÓN
contra el pueblo y la libertad. Toda mi vida como artista no ha
sido sino una continua lucha contra la reacción y la muerte. ¿Cómo alguien
pudo pensar por un momento que estaría de acuerdo con la reacción y
la muerte?” . Picasso siente el tremendo sacudón que implica la felonía
de la casta militar —“que ha sumido a España en un océano de dolor y
de muerte”— y se vuelve contra ella, en el momento oportuno en que sus
formas ya exigían, con perentoriedad, contenidos de vibración emotiva
universal.
Alguna vez habrá de escribirse la historia del arte desde el punto de
vista de las coincidencias afortunadas o desafortunadas, para presentar
el factor álea, de tanta importancia en el desarrollo de las personalidades
creadoras especialmente, y explicar la maduración repentina de algunas
y el fracaso de otras. El instante de Picasso figurará entre los más afor­
tunados de esa historia: hasta entonces su severa disciplina le había
hecho abominar de todo sentimiento individualista, conduciéndolo hacia
un primitivismo que enderezaba hacia la expresión de las formas pri­
mordiales de vida, con notas de evidente zoomorfismo, reveladoras a
su vez de una actitud alegórica. Los contenidos eran pobres: la innomi­
nada expresión de la materia dinamizada por el instinto superaba toda
posible proyección de la misma en el plano de las emociones colectivas.
Y toda obra de arte, por primitiva que sea, ha de abrir el alma y el

17

�espíritu haciá un mundo de perfección; ninguna obra de arte alcanza
a ser verdadera, a mi modo de ver, sino cuando en ella se funden los
contenidos con las formas, cerrándose el ciclo que va desde la expe­
riencia hasta la idea.
Picasso debió tener la intuición de que llegaría el momento en que
su maravilloso instrumento, afilado para rechazar todo lo que fuera
decadente tentación del individualismo finisecular, pudiera entrar en
juego para exaltar un contenido que lo apasionara con limpieza. Pri­
mero fué la indignación contra el tirano, luego la bárbara destrucción
de Guernica. Y entonces, lejos de expresar sus sentimientos por los me­
dios habituales de la representación, dotando a los objetos de una carga
emocional, como hubiera sido la actitud de un Goya o de un Manet,
aprovechó sus formas desnudas para que ellas aludieran a los hechos,
por medios alegóricos —el toro y el caballo, la lámpara, la madre y el
hijo—; pero tampoco se conformó con ellos, en lo que se diferencia esen­
cialmente de un David, por ejemplo, en sus alusiones políticas anteriores
a la Revolución Francesa, e hizo que tales medios, excluido el color
seguramente para evitar todo sensualismo, se potenciaran de modo sim­
bólico en la fuerza expresiva del trazo y el claroscuro, como una cali­
grafía plena de sentido que encerrara las esenvas emotivas en las esen­
cias formales, sin más apoyo material que el imprescindible.
La mujer de fauces abiertas, el caballo echado y el minotauro, así
como esa figura en extremo torpe, también de mujer, que lleva su busto
como un viento hacia adelante, en Sueño y mentira de Franco, ya no
son alusiones a hechos españoles —algún periodista norteamericano instó
al pintor para que confesara si el toro era el tirano o el fascisno, y él
contestó: “He dicho que el toro era el signo de la brutalidad”— sino
la expresión paradigmática de un horror frente a la muerte y la des­
trucción que se hunde hasta la capa primera de las emociones humanas,
por eso mismo capa de la universalidad. Simultaneísmo y multiplicación
de puntos de enfoque, deformación, fuerza de los contrastes, composi­
ción dinámica, no constituyen modos expresivos de un horror individual,

18

�pero tampoco de una actitud imperturbable: el espectador siente que
está frente a una arquitectura sólida de emociones arquetípicas, libre
de toda trivialización en el ademán o el gesto.
Todas las formas inventadas en Sueño y mentira de Franco, feas
y torpes todavía desde el punto de vista del nuevo contenido universal,
recibieron una primera purificación en el gran mural de la Exposición
de París de 1937: Guernica. Basta comparar a unas con otras para com­
prender que en el segundo ganaron en fuerza simbólica —pero sin trans­
formarse en signos, como pretende Juan Larrea—, conservándose como
formas concretas y al mismo tiempo como esquemas de un nuevo modo
de sentir colectivo. Por eso son inventos la cara impasible del toro, la
lastimera del caballo, la mujer presa de indignación, porque habrán de
quedar, lo mismo que el efebo helénico o la virgen rafaelesca, como mo­
delos, a través de los cuales se expresará el dolor del mundo en cuanto
fuerza primigenia de adhesión a la tierra y al hombre. Prueba de esa
capacidad normativa del invento picassiano, la que permite augurarle
su transformación en descubrimiento, así como las más inesperadas me­
tamorfosis, es el empleo de esas formas por parte de grandes pintores
contemporáneos, Portinari por ejemplo, los cuales no enajenan de ese
modo su personalidad, sino confiesan tácitamente que aquéllas constituyen
el lenguaje de nuestro tiempo.
El invento no surgió al acaso, como tantas veces. Curioso es observar
cómo vinieron a fundirse en Guernica todas las conquistas de Picasso.
Basta comparar sus formas con las del período azul para comprender hasta
qué punto el sentimiento se ha universalizado; o con las de la etapa
negra, para advertir cómo el movimiento se ha hecho más consciente y
menos instintivo a causa del contenido que lo determina; o con las
cubistas, y entonces se descubre de qué modo la interpenetración de
planos de luz y sombra colabora en la creación del ritmo formal de la
obra, adquiriendo un sentido nuevo; o con las clásicas, en las que sub­
yacen como proyectos casi todas las figuras.
En estas dos obras de 1937 se define, a mi juicio, su inédito barro-

19

�quismo, tan peculiar como para manifestarse al mismo tiempo con carac­
teres de limitación. Si por una parte es la resolución del dinamismo metamorfósico, por otra ese dinamismo se agota en una fijeza intemporal;
si por una parte esa quintaesencia del dolor y de la mansedumbre parece
referirse a una capacidad de sufrimiento o de resignación que trascienden
de lo humano, por otra encalla tan en lo hondo del hombre de carne y
hueso como para que se los considere atributos exclusivos del ser. También
la inestabilidad y la transformación caracterizan al barroquismo del siglo
x v ii , sobre todo el español, pero las formas que en éste son expansivas
a fuerza de ser movidas por sentimientos exacerbadamente individualistas,
se comprimen en esquemas definitivos en el arte de Picasso, genial mala­
barista de nuestro tiempo que trata de fundir inasibles y libres elementos
de irracionalidad en firmes estructuras que resuelven, por la vía del instin­
to, el valor inmanente de la vida.

VI
FORMA Y CONTENIDO
E N T R E LAS FORMAS INVENTADAS POR ENTONCES APARE­
cen algunas figuras de mujer, similares a las de Sueño y mentira de
Franco y de Guernica, grotescas porque responden al doble punto de vista
que le permite a Picasso dar la síntesis de la forma —frente y perfil—, ex­
tremadamente violentas de color muchas, y animadas de hondo patetismo,
aunque el tema nunca parezca justificarlo. Si en la potencia puramente
plástica ha podido llegar, por medio de la síntesis, a provocar simbólica­
mente tal fuerza de emoción, es porque ya no permanece ajeno a las cosas,
sino dentro de ellas. Después de Guernica, al volver a la figura humana
o animal, lo hace ya con otra fuerza emotiva. Y, sin embargo, no vuelve
a tentar una composición semejante a aquélla: tan sólo Pájaros nocturnos

20

�en Antibes (1934), óleo en el que se advierte algún resabio, a pesar de que
la composición es más tupida y menos tensa, y el Crematorio humano
(1944), aun no terminado, pero ya expuesto en París, también pintado en
blanco, negro y gris, en el que parece querer presentar la “humanidad
inmolada en una pira funeraria” .
Se diría que Picasso, después de esa violenta experiencia que debió
significar Guernica, ha vuelto a reencontrarse en su intimidad y que la
ha volcado en temas de aparente sentido individualista: en las figuras de
cestería —jeroglíficos absurdos que las componen como si constituyesen
una compleja caligrafía cromática—, en cabezas y retratos de mujeres, en
figuras femeninas sentadas o de pie, en desnudos reclinados y en natu­
ralezas muertas, sin que falten algunas escenas de interior y la serie de
los gallos, con el agregado, absolutamente nuevo,
de paisajes urbanos que pintó en Royan prime­
ro (1940) y en París después (1943 - 45).
No es el momento de entrar en el detalle,
sino de mostrar una línea general de expresión.
Son diferentes los modos, ahora quizás más que
antes porque en su momento de madurez reapa­
recen en él a cada instante procedimientos olvi­
dados, todos ellos fundidos sin embargo como
para afirmar claramente que recién en estos años
se advierte un estilo Picasso, producto de una
íntima compenetración entre forma y contenido.
Si el pintor viviera en una época que no le
exigiese inventar, habría podido tal vez partir
de estas formas expresivas para refinarlas a lo
largo de su vida, pero debió empezar por crearse
el instrumento y en ello se le han ido cincuenta
años de tanteos, de esfuerzos y de logros.
f ,
La revolución española no fué sino el preludio
*' * ' del desastre, ya que inmediatamente estalló la

21

�guerra mundial. De esta última catástrofe no hay versión en la obra
de Picasso, a pesar de que siguió viviendo en París durante la ocupación
alemana. “No he pintado la guerra —dijo en 1944— porque no pertenezco
al género de pintores que salen como un fotógrafo a pintar algo; pero
no hay duda de que la guerra está en estas pinturas que he hecho” , y
agregó: “Acaso después los historiadores querrán. . . encontrar que mi
estilo ha cambiado debido a la influencia de la guerra. Yo no lo sé”.
De igual modo ha negado que su posición política hubiese influido en
su pintura, a pesar de haber dicho que “la pintura no está hecha para
decorar departamentos” y que “ es un instrumento de guerra para atacar
y defenderse de los enemigos” .
Conviene atenerse más a las obras que a las declaraciones, sobre
todo porque en los últimos tiempos, tal vez a causa de su prolongada
estancia parisiense, sus declaraciones son menos frescas y parece cultivar
la boutade. Es claro que la guerra y la afiliación política han influido
poderosamente en el arte de Picasso. ¿Cómo hubiera podido ocurrir lo
contrario? Pero no es hombre de actuar por reflejo, sino por creación,
de modo que esa influencia se manifiesta preponderantemente en ciertos
acentos de su barroquismo, ahora más instintivo que nunca.
Ya se consideren sus admirables series de mujeres sentadas, o de
desnudos reclinados, o de naturalezas muertas, los tres grandes temas de
los últimos años, se advierte una idéntica aguzación del ilogismo instin­
tivo. Por atrevidas que puedan parecer algunas telas cubistas o clásicas
o del período negro, cuando se las compara con estas últimas, revelan
obedecer, aunque debilitadamente, a un proceso de ordenación que en
definitiva no es sino racional; ahora, en cambio, más maduro y más
suelto, menos apegado también a modos paradigmáticos, a pesar de que
hubieran sido inventados por él, la materia ha triunfado de todo forma­
lismo abstracto, y en su dinamismo instintivo e impersonal se halla la
razón de ser de sus obras. Como si el derrumbe de las ideas y conceptos,
de escuelas y posturas —¿cómo podría justificarse la pretendida inclusión

22

�de Picasso entre los superrealistas?— le hubiesen permitido dar mayor
libertad todavía a su capacidad de invención.
Podrían señalarse, a lo largo de la historia del hombre artista, mo­
mentos similares, de profunda desilusión y de catástrofe, que han deter­
minado la eclosión de formas estremecidas —pienso sobre todo en los
grabados que adornaban el Ars moriendi del expirante Medioevo, o en
el anuncio tenebroso que fuó el Altar de Isenheim pintado por Grünewald— pero no conozco un documento de tanta fuerza como el que pro­
porciona Picasso, quien es capaz de hacer vivir en una calavera, o en
una mujer ante un espejo, o en un desnudo apenas reconocible, o en
un vaso de gladiolos, la inmensa desesperanza de nuestro tiempo, sin
alusiones literarias o filosóficas o políticas, sin esteticismo alguno, tan
sólo por la capacidad de influir una potencia de inframundo a la ma­
teria, dócil en sus manos.
Frente a la farsa de querer que perduren las formas de una concep­
ción del mundo definitivamente liquidada; frente a la farsa de querer
instaurar un orden, cuando las ideas han perdido su vigencia y el hombre
el tino para comprenderlas y perfeccionarlas; frente a la farsa de una
lucha suicida entre regímenes que coartan la libertad humana; frente a
tales farsas, Picasso se eleva como el bárbaro que se hunde en la exis­
tencia, dispuesto a extraer de ella verdades elementales. Lo que ha de
estimarse en él, por tanto, es su capacidad para inventar formas que
revelan las rudimentarias bases de nuestra verdadera existencia, cuerpo
a cuerpo del hombre con el hombre y con la naturaleza, como si ame­
nazara desplomarse el edificio construido pacientemente durante cinco
siglos. Tenga el lector por seguro de que si en la obra de Picasso no se
advierten las serenas armonías de las épocas clásicas, producto de la
confianza en ciertas esencias formales, ni tampoco las turbulencias del
alma romántica, bastante menos subversivas de lo que parecieron otrora,
es porque nada en la vida contemporánea, juego de tensiones desatadas,
inquieta realidad en la que sucumben los débiles, podría justificarlas.

23

�Demasiadas pruebas ha dado Picasso de su capacidad de inventor co­
mo para que nadie pueda imaginarlo detenido. ¿No estará cuajando en él
alguna nueva invención? Entre tanto, ánimo para escapar del falso idilio
que implica añorar una vida cerrada y completa; existe la obligación de
comprender a Picasso, porque es como entenderse a uno mismo en limpia
postura, y para ello es menester que se considere toda su obra como
una permanente revolución. Picasso problematiza el hacer plástico, para
construir la realidad a imagen y semejanza de sus angustias, basándose
en lo único que parece sostenerse: la fuerza instintiva del vivir. Su arte
no puede ser agradable, ni bello en el sentido del logro de una forma
final: tiene que tener los flancos desgarrados, y junto a ellos los brotes
de iniciación, como tienen unos y otros los hombres que viven alerta.
J orge R o m ero B r est

24

��PABLO RUIZ PICASSO
Mujer con cabello negro

Hoja de VER Y ESTIM AR

�CAMINO DE LA OBSERVACION
Las

M ctamorfosis

Ae

Picasso

Mujeres en el mostrador (1902) . Barcelona. Colección Walicv 1'. Chrysler, Jr. — Período azul.

Las formas comienzan a perder carácter representativo —por lo menos desaparecen las notas
que pueden aludir a sentimientos superficiales, los rasgos de la cara especialmente—
y ganan en fuerza de expresión plástica. La emoción se concentra en la densidad y elasti­
cidad de los volúmenes, que revelan en su fuerza expansiva la distensión moral de los per­
sonajes, acentuada por los trazos firmes en arabesco barroco; en los contrastes tonales y
de claroscuro, en una materia generosa: patetismo sin gestos; en el recorte preciso y cruel
de las figuras contra el fondo casi planista, tan sólo interrumpido por el raso. De tal modo
se unlversaliza la expresión, sentimental empero, sin perder sus raíces humanas individuales.

�Cabeza (1907) . K1 ejemplo de

los fetiches negros hace que
irrumpa el instinto salvajemen­
te; el sentimiento es más vigo­
roso porque presenta menos
signos exteriores, y se unlver­
saliza al confundirse, en cuan­
to contenido, con las formas.
Líneas rígidas pero de conte­
nida vibración; contrastes vio­
lentos de claroscuro; desestima
de todos los recursos de la
sensibilidad; búsqueda de un
ritmo más que de una expre­
sión e m o c i o n a l nominada.

■ &lt;-

-&gt;
Abstracción (1910). Colección

Walter P. Chrysler, Jr., Nue­
va York. Cubismo analítico. El
conjunto de cosas que consti­
tuye el tema se transforma en
un juego de planos que se ar­
monizan, se repelen o se inter­
penetran. Picasso descubre así
el secreto
del dinamismo
plástico. independizado del
movimiento anímico, cerrán­
dose su ciclo de desubjetivizarión. Mas no analiza y des­
compone
para
recomponer
las cosas /&gt;or dentro, sino para
inventar algo totalmente nuevo.

Madre e hijo (1921) . Se habla de

un período clásico de Picasso, al
que corresponde este cuadro. Bas­
tará compararlo con Mujeres en
el mostrador, para comprender
que vuelve a crear figuras ba­
rrocas, más sólidamenie cons­
truidas merced a la experiencia
cubista, y de mayor fuerza ex­
presiva como resultado de la
experiencia negra: ellas revelan,
en su inestable estatismo v en
su deformado gigantismo. un
ansia de lo explosivo —una sal­
vaje potencia sensualista pero des­
personalizada y sin eros— del
que derivaron sus imágenes poste­
riores, así como la p o d id a de
resabios sentimentales al volver a
crear volúmenes con plenitud.

���Mujer escribiendo (1934),
Colección de Peter Watson.
El movimiento se afirma
en la materia y reaparece el
dormido sentimiento indivi­
dual, no para manifestarse
en encendida pasión, sino de
modo
contenido.
Picasso
combina las conquistas del
planismo cubista y del ex.
presionismo espacial: sensua.
lidad de las curvas; pastosi­
dad de las sustancias, mor.
diente expresivo de los tra­
zos, serenidad estática de los
planos de color y claroscuro.

-&gt;

-fLas tres bailarinas

(1925) .
Manteniéndose en la con­
cepción planista, Picasso ha­
lla el modo de exaltar los
instintos de infiamundo sin
aludir a sentimientos huma­
nos. Potente expresión sinté­
tica y sensual al mismo tiem­
po en los trazos que limitan
las figuras, las cuales se
cargan de una emoción no
subjet'wa (en la bailarina
de la izquierda se advier­
ten las primeras señales de
su monstruisnw psicológico) .
Contraste lírico y dinámico
de planos de colores puros.

Toro x caballo (1935).
Boisgeloup. Una nue­
va fuerza dramática
conduce al pintor que
rechaza las alusiones
naturalistas a la ale­
goría: el toro y el ca­
ballo le sirven para
trasponer, de acuerdo
con la tradición his­
pánica. una realidad
emocional
mediante
formas concretas. Pero
la alegoría adopta ca­
racteres de simholo al
cobrar nn valor expre­
sivo por sí, que tiende
a imponerse por en­
cima de lo represen­
tado. consolidándose su
pujante barroquismo.

�i,.«111*11 l»M
l¡¡( l l t t i H "

Guernica (1937) - Gran pintura mural para el Pabellón español de la Exposición Internacional
de París de 1937, inspirada en la bárbara destrucción del santuario vasco Guernica por aviones
alemanes. Son formas alegóricas, que aluden de manera enigmática a una realidad de ningún
modo presente, pero con tal fuerza de expresión, a pesar de que no se las entienda, como para
afirmar su sentido simbólico. Sobre el carácter alegórico de Guernica se discute, sin que
Picasso intervenga en la contienda. Según la supuesta declaración de éste a Jerome Seckler
en 1945, el toro representaría la brutalidad y el caballo, el pueblo. Muy recientemente, Juan
Larrea ha tratado de probar que el caballo representa el nacionalismo español, en tanto que
el toro representa el pueblo, protegiendo a la madre (Madrid) de la brutalidad franquista;

�así como que el personaje despedazado por las palas del caballo es el miliciano; la voluminosa
cabeza que empuña la lámpara, la República; la mujer en llamas de la derecha, la imagen
del infierno a que ha sido precipitada España por el falangismo, y la otra que huye a grandes
zancadas, un sentimiento “ tan poco delicado como concreto" en su acercamiento al trasero
del caballo. Simultaneísmo y multiplicación de puntos de enfoque, deformación, fuerza de
los contrastes, composición dinámica, no constituyen modos expresaos de un horror individual,
pero tampoco de una actitud imperturbable: el espectador siente que está frente a una
arquitectura sólida de emociones arquetípicas, libre de toda trivialización en el ademán o el
gesto. Con gran energía Picasso halla el punto de fusión entre el contenido y la forma

�Estudio ¡xira Guernica (1937). Picasso exacerba y deforma, especialmente con el trazo, al que

otorga la mayor potencia expresiva, pero respeta la solidez de la forma total —impersonales
trazos de la nariz, cráneo y cuello— y la descarga de sus contenidos materiales. El sentimiento
no se manifiesta como vibración superficial sino como forma; no es emanación sino estructura.
El pintor pretende y logra presentar más bien la imagen del dolor que la de una mujer dolorida.

�El gallo (1938) . Gallo y veleta. Otra
muestra del alegorismo zoomórfico de
Picasso, quien hace del gallo una ima­
gen-símbolo del estremecimiento doloroso,
del grito en paroxismo. Siguiendo un mé­
todo parecido al de Estudio pata Gueniica, carga a la figura del gallo de senti­
mientos humanos despersonalizados. Y aca­
so sea en estas figuras de gallos, dibujos
y pasteles, donde más se humaniza, com­
binando ritmos brutales de líneas y de
claroscuro —cabeza y cuerpo del animal—
con el ritmo sutil, aéreo casi, de la cola.

Mujer sctitada (1938) . Nunca ha dejado
de ser Picasso un pintor gráfico. En
estas figuras que parecen hechas con ca­
ñas de mimbre —se las ha llamado figuras
de cestería— vuelve a imponerse su senti­
miento caligráfico de las formas. Mujeres
sentadas o de pie las más, retoza libre­
mente el pintor y se goza en la combina­
ción de líneas y planos que limitan for­
mas aparentemente inconexas, porque res­
ponden a diferentes puntos de enfoque.
Y aunque parecen muñecos descoyunta­
dos, se adivina un proyecto de armonía.

��Calavera y jarro (1943) . Se advierte, no sólo la integración de ciertas concepciones anteriores,

cada una de las cuales fue excluyeme, sino una nueva riqueza en lo que se refiere al dina­
mismo interior de las formas. Lejos de todo sintetismo abstracto, la invención aparece como
lesultado de un modo inédito cíe contemplar la materia de las cosas. Y tamo en estas
naturalezas muertas como en los retratos, desnudos y paisajes, se impone de manera madura
el impersonal barroquismo del maestro español, acaso ton mayor fuerza que en C.uernica.

-4r
Desnudo relleno con su carne (1940) . Royan. Figura de mujer en la que Picasso alterna ciertas

formas de volumen pleno, limitadas por luces y sombras, con otras planas, obteniendo de ese
modo un curioso ritmo interior (pie no rompe el estatismo del conjunto (ver la manera cómo
ha solucionado la inclusión de la pierna izquierda del modelo, en escorzo y reducida a un
contraste plano de luz y sombra) . I’or otra parte, el descoyuntamiento aparente, desde el
punto de vista naturalista, se explica por la posición del cuerpo en dos perfiles diferentes,
como en Mujer con cabello negro (lámina suelta) . Ln ambas obras es sorprendente la
capacidad de potenciación de la materia, para expresar una angustia existencia! que para
nada se vincula con las circunstancias exteriores que la producen, según un proceso de legí­
tima universalización, incidiendo sobre todo en sus más profundos contenidos instintivos.

�lil crematorio humanot Desde 10-14 trabaja Picasso en esta pintura al óleo, de menor tamaño
que Guemica, pero de concepción en cierto modo similar, sin haberla terminado aún. No
vuelve a emplear la alegoría, como en aquélla, sino que presenta con alusiones menos
enigmáticas el espectáculo de la muerte provocada por la barbarie de la guerra, mediante las
figuras arquetípicas de la mujer, el hombre y el niño; "humanidad inmolada como en una
pira funeraria”, según han escrito Harriet y Sidney Janis. Se diría que en esta pintura
mural Picasso crea ritmos más complejos, que predominan sobre el valor expresivo de
cada forma, no obstante la potencia de sugestión de las caras y pies, como si la experiencia
anterior le hubiera hecho comprender mejor las leyes de la composición pictórica mural.
( Cl i s és

c e d i d o s

g c n t i 1m e n t e p o r

la

E d i t o r i a l

P o s e i c l ó n )

�Inventarío
PICASSO EN BUENOS AIRES
T OS CUADROS E X ISTEN TES EN BUENOS AIRES QUE NOS HA
•*-' sido posible observar, permiten destacar algunos de los elementos
característicos de la obra de Picasso en dos períodos de su producción: el
anterior a 1901, cuando aun está sujeto al arte representativo, a los temas
extraídos de la contemplación de la realidad, fueran escenas de la calle,
interiores, paisajes o figuras; y el llamado período neoclásico de los años
1920 a 1922, donde apela a los volúmenes llenos, a las deformaciones, para
expresar sus modelos escultóricos. El cubismo, en cambio, no lo hemos
podido localizar más que a través de un pequeño óleo de la señora Victoria
Ocampo. Pintura no imitativa de la realidad, apenas si se reconoce en
ella el motivo de una cabeza; la emoción es provocada por la simple
disposición de áreas coloreadas, negra, ocre y celeste; y por el juego
incluido en ellas de una línea, también negra en forma de arabesco.

La mujer de pie, en actitud de peinarse de Escenas de la vida
bohemia, (Col. de la señora de Aguirre), revela un acentuado planismo;
los perfiles se espesan y subdividen en fuertes trazos, acusando una bús­
queda del volumen; pero, la expresión surge de la forma aplanada y
recortada como silueta contra el fondo azul y ocre. El color, dentro del
arabesco quebrado de la figura, aparece como un relleno que no contri­
buye a acentuar la corporeidad. Así presentada, la figura contrasta con
la concepción del espacio que la rodea. No son las cosas puestas en pers­
pectivas las que indican la profundidad, sino el color sensiblemente mo­
dulado en las tintas azules de la pared o en las tierras ocres de la manta.
Cuadro cuidadosamente organizado, cada elemento robustece la com­
posición. Así, mientras en el primer plano, la figura y el toilette parecen
imprimir a simple vista un sentido vertical al conjunto, las dos zonas
de azul y ocre que se desplazan horizontalmente y los ocres claros de la

37

�Carne, almohadón y falda están colocados con intención para salvar una
posible monotonía. Estamos lejos del futuro período azul, en el cual, las
figuras aparecerán desconectadas de los fondos abstractos y simplificados,
a la manera de telones.
A la misma época debemos atribuir El morfinómano, (Col. Antonio
Santamarina), donde tres figuras se recortan sobre un fondo ocre ver­
doso de distinta intensidad. Aquí el color adquiere mayor significado, al
punto de desaparecer la expresión por el contorno. Es cierto que en de­
terminadas partes los perfiles se acentúan en gruesas pinceladas de azul,
pero la estructura de los brazos, las formas en general, están dadas por
la materialidad de la pasta. Su empleo no es uniforme, pues tanto recu­
rre a las pinceladas sueltas y alargadas como a las manchas de color. Tam ­
bién ahora debemos señalar la distancia que separa a Picasso de la pro­
ducción de futuros períodos, pero no por lo que se refiere a la conexión
con los fondos, sino por la exagerada movilidad de las figuras. En efecto,
Picasso casi siempre ha preferido las actitudes estáticas y cuando ha
querido expresar el movimiento, lo ha dado siempre como constreñido,
sin desbordarse más allá del límite de las figuras. En El morfinómano el
movimiento está realizado con blandura y hasta con exuberancia.
Idéntica característica presenta En el Moulin Rouge, (Col. Rafael
A. Crespo). Conjunto nada estático, no tanto por el tema mismo, cuanto
por el juego de los elementos plásticos. Son los trazos del pastel, colo­
cados con absoluta libertad en distintas direcciones, los contornos que
se abren espontáneamente, las piernas dislocadas de una bailarina, los
que imprimen vertiginoso ritmo al cuadro. Ése es su fondo. Contrastando
con él, surge en primer plano una figura femenina en actitud estática.
El conjunto tiene así, ciertos puntos de contacto con el estilo de Toulouse - Lautrec.
Alrededor de 1901 ubicamos también Cabeza de hombre (Col. Augusto
Palanza). El artista hunde el cuerpo azul grisáceo profundo en el fondo
oscuro de la tela, para hacer resaltar la cabeza plena de expresión de su

38

�Ti es mujeres en ¡a f nenie (arriba)
Cabeza de hombre (izquierda)

Desnudo de mujer (ai riba)
J'.seenas de la vida bohemia (izqnu*rda)

�Pararte

i.l nwi¡itu'nnano

F.n el Moulin Rnna;e

�personaje. El traje resulta pobre en cuanto al modelado sin relieve; hay
demasiada uniformidad en las tintas, a pesar del azul verdoso de la cami­
sa que solamente tiñe con sus reflejos el rostro, contribuyendo a acentuar
la expresión lánguida y patética. A ellos se agregan las sombras negras
que marcan las mejillas desnutridas. Todo el interés pictórico del cuadro
está concentrado en ese rostro presentado en medio de cierta nebulosi­
dad, a la manera de Carriére. Pero hay otra reminiscencia posible de
localizar: la de El Greco, por la estructura alargada de la cara que se logra,
justamente, con el auxilio de las sombras.
En Tres mujeres en la fuente (Col. Mercedes Saavedra Celaya) el
pintor desarrolla uno de sus temas preferidos durante el período que
se inicia en 1920. Sobre un fondo generalizado —cielo celeste, nubes
grises y ocres—, se destacan inmutables las tres figuras. Anotamos una
doble expresión: por el dibujo, donde el contorno preciso, a ratos vigo­
roso, limita las formas; y por el color, donde el ocre rojizo, fuertemente
extendido en las carnes, acusa el volumen pleno de la figura de la izquier­
da. Tanto en los elementos planistas como en los espaciales se mani­
fiesta una fuerte tendencia a la síntesis; así, la referencia a lo geomé­
trico, la hallamos en los cuellos vistos de perfil y en el poderoso volumen
esférico del cuello de la derecha. Como un contraste con lo señalado en
último término los brazos y piernas se desdibujan en una deficiente
estructura orgánica. Más que de una deformación es preciso hablar de
una carencia de rigor formal para destacarse como volúmenes llenos de
sugestión. Si agregamos a estas observaciones que la materia pictórica se
extiende libremente como manchas, dentro de una calidad flúida, ten­
dremos anotadas las principales características de la obra de Picasso en
este período.
Aun hemos de referirnos a dos facetas de su vasta producción: sus
dibujos y su decoración teatral.
La línea sintética y casi uniforme de los primeros, las estiradas curvas
de los contornos, las deformaciones usadas para acentuar un movimiento,
las hallamos en el Desnudo de mujer, (Col. Antonio Santamarina) el
que atribuimos a la misma época del cuadro en último término comentado.

41

�A Picasso, decorador teatral, conocemos directamente por el famoso
telón firmado y ejecutado en 1917 para el ballet Parade, con música de
Satie y tema de Cocteau. Traído a Buenos Aires con motivo de la Expo­
sición de Pintura Francesa del Museo Nacional de Bellas Artes en 1940,
fué adquirido posteriormente por el señor Arturo Jacinto Alvarez, su
actual poseedor.
El telón ha sido concebido como un gran cuadro, en el cual se ha
incorporado la tercera dimensión, teniendo en cuenta una composición
rigurosa. El centro lo da la figura del mandolinista y la columna de
una ruina arquitectónica; simétricamente a ambos lados, acentuando la
verticalidad, una escalera y un grueso tronco; cerrando el cuadro se plie­
gan dos cortinas laterales. Dentro de este marco están ubicadas las figuras
formando dos masas que se compensan por las áreas ocupadas. Es intere­
sante notar con Barr (Picasso, The Museum of Modern Art), que a pesar
de volver a los temas de arlequines, acróbatas y guitarristas de 1905, la
forma de tratarlos ha variado, ya que abandona la melancolía caracterís­
tica de entonces, por una homogénea falta de expresividad sentimental.
B l a n c a S t a b il e

42

�Angulo Eluard - Picasso
E N C U E N T R O DE ELUARD CON PICASSO. ELUARD,
llegando desde sus elefantes, sus cerezas, sus esqueletos, sus
sueños sin estrellas, sus hombres ciegos, sus cadáveres, su mapa
sensual y redondo, sus máscaras, sus pesadillas, sus revelaciones,
sus instintos, sus espejos multiplicadores. Desde su vida que es
como un agua turbia que lo baña sin cesar, lo refresca y lo estre­
mece, libera su frente, lava su mirada, se hunde como una onda
diáfana en su boca y sale de su boca como una espesa marea,
sensibiliza su piel, modela sus lágrimas, draga sus manos, abre sus
poros, gime bajo sus plantas: agua turbulenta, que lo ciñe y
lo impulsa, vivificándolo en su temblor huidizo. Desde sus dos
ojos fértiles con la obsesión de la fertilidad, que trepan por los
racimos de las horas yendo al encuentro de otros ojos sin rencor,
de ojos justos sin esperanza y desentrañando, con urgencia impla­
cable, las pequeñas miradas vegetales.
Llegando desde esta zona desamparada, desde esta tierra
austera.
Desde su universo, Eluard.
Hacia él, Picasso alzándose desde sus descubrimientos mara­
villosos, cayendo desde la rueda luminosa de sus propias sorpre­
sas, asombrado de sí, creador sin teoría, gigante sin dimensiones,
genio sin posturas. Llegando desde el misterio de los instantes,
desde el fondo del color y el fondo de la forma como un buzo
apresurado y ardiente, descubridor de un expresivo y descono­
cido océano. Desde la destrucción y la construcción de la realidad,
la destrucción y construcción de la línea, la destrucción y cons­
45

�trucción del objeto, la destrucción y construcción del ojo: y
desde esa realidad, esa línea, ese objeto, ese ojo aniquilados y
reconstruidos, célula a célula, átomo a átomo, con un maravi­
llado y angustioso encarnizamiento. Abrazado a la realidad como
a un cuerpo de mujer; luchando con ella, fundiéndose. Arrojado
de sí mismo, por voluntad propia. Recuperado con furor. Vi­
viendo con horarios exactos y totales, sin tregua, sin oasis sobre
ía arena caliginosa.
Desde esa arena, ardiendo, Picasso.
He aquí el encuentro de Eluard con Picasso.
El libro de Eluard a Piccaso es un apretado nudo vital. Ni
Eluard ni Picasso aprobarían que se juzgara como libro, o que
se analizara literariamente, o que se colocaran bajo el escalpelo
frío de la crítica sus ideas.
Eluard lo escribe viviendo. Picasso lo recibe viviendo. Si
dejáramos de vivir al leerlo, se deshacerla en nuestras manos
como una ceniza mágica, porque no puede existir fuera del
pulso encendido del lector. No hay datos, ni cronología, ni anéc­
dota, ni juicio concreto: tal vez lo único concreto, en este plano
paradojal, sea la convergencia sensible de Eluard con Picasso o
el ansioso deseo de que esa convergencia entre en el molde de
cada palabra y la transforme en un signo vivo, inteligible, o en
un canto sonoro, sólo canto.
Descartando voluntariamente la alternativa del juicio literario-estético —normalmente halagadora por lo que tiene de re­
curso, de asidero tangible— queda aún intacta la otra zona, más
árida, es cierto, pero fecunda como un terrón impuro y grávido.
El umbral de esta zona es una gran pregunta: ¿Se ha encontrado
realmente Eluard con Picasso?
Porque Picasso es un hombre difícil, elude las entrevistas,
desmiente las declaraciones, huye de las teorías. Crea sin cesar,
44

�casi sin gestaciones, desconcierta, destruye y contradice su obra,
no le interesa que lo comprendan, no pide que lo sientan, de­
testa que lo expliquen. No se pueden separar sus emociones,
para analizarlas, como se desgrana limpiamente una espiga. Para
colmo, Eluard es poeta, y sus constelaciones pudieran muy bien
no ser la astronomía de Picasso.
Pero sí, se han encontrado. Se han encontrado, no obstante
todo, y sus angustias viven al unísono en cien grandes hojas,
llenas de versos de Eluard y cuadros de Picasso, que se suceden
como un sumario candente de búsquedas. El encuentro de Eluard
con Picasso está en la prosa y en el verso. Eluard va hacia Pi­
casso buscándose a sí mismo: “Yo no soy de aquellos que buscan
olvidar, no amando nada, reduciendo sus necesidades, sus gustos,
sus deseos, conduciendo la vida a la repugnante condición de su
muerte” . Buscándose, se pierde por momentos a sí mismo y
dibuja un hombre, el hombre, arquetipo en el vasto universo.
Hora de definiciones: “El hombre no puede existir más que en
su propia realidad. Los artistas pintores se limitan a reproducir
un mundo. Lo que importa verdaderamente es comprender,
participar” . Luego casi en grito, o tal vez en imperativo, con
épica violencia: “ Hay que vivir haciéndose uno con el universo,
con el universo en movimiento” .
Uno con el universo, componiendo y deshaciendo en el
objeto más simple el universo.
La frase resuena, en miles y miles de ecos y al fin de cada
uno está Picasso, está ya Picasso. Lo ha encontrado, se libera
nombrándolo: “Picasso tiene en sus manos la llave frágil de la
realidad. Se trata de ver lo que se ve. De liberar, al fin, la
visión”.
El poeta se hunde en el genio, abriéndolo como una espada
de luz. Comienza entonces la onda del canto, ya en pleno en­
45

�cuentro, reverdecidas las palabras en el júbilo del Hallazgo. Si
Picasso ha sido encontrado por el razonamiento intelectual, será
vivificado en las arterias cálidas, fantásticas, desatadas, del poeta.
Se ha comenzado a tocar el horizonte y las estrellas, como cosa
natural. En ese instante, Paul Eluard es verdaderamente Paul
Eluard. El poeta se sumerge en el color y la línea, caos fructífero,
orden del desequilibrio, belleza de la deformidad, estructura
tenaz y gigantesca del sentimiento y halla una síntesis, sencilla
como el pan y el agua, extraordinaria.
Tocamos todo lo que vemos
Tanto el cielo como la mujer
Unimos nuestras manos a nuestros ojos
La fiesta es nueva.
Todo es posible. Se es amigo del hombre y la bestia
a la manera del arco iris.
Si el lector, a esta altura, está ya en Eluard y Picasso, o si
los roza ya, debería leer esto con pausas, hondamente, sintiendo
que cada palabra tiene un significado total, propio y único y
que todas, armónicas, son Picasso.
Y aun más —¡hay más aún!— en su abrazo prolongado:
Se te exhortaba el alma y el cuerpo
T ú has colocado la cabeza sobre el cuerpo
Has horadado la lengua del hombre harto
Has quemado el pan bendito de la belleza
También, en otras páginas, está el fervor casi azorado frente
a los desnudos durmiendo, a los retratos, a los colores, a los
papier-collé, a los hallazgos de toda materia.
Pero esto sería descender del encuentro hacia la visión li­
teraria. Y el universo de la coincidencia vital retiene, como una
gran mano masculina. Nos quedamos en él, sumergidos en su
áspera potencia.
M arth a T raba

46

�E U G E N I O D’ ORS Y P I C A S S O
T TAY UNA MANERA DE T IT U L A R QUE ES ENGAÑADORA Y EN
* ese pecado cae frecuentemente Eugenio D’Ors, pues los nombres de sus
libros prometen mucho a la esperanza del lector, pero luego —en generalestán hechos de retazos de artículos publicados a lo largo de cuarenta años
de su vida, intensa pero desigual, y las más de las veces contradictoria. Y es
una gran desilusión no encontrarnos en todos estos casos con libros pen­
sados o repensados de cabo a rabo sino con una especie de olla podrida
que refleja muchas maneras diferentes de pensar y sentir pero que
naturalmente, no presenta un cuerpo de opinión sólido y definido.
En Tres horas en el Museo del Prado, D’Ors dió una de sus notas
más felices. Todo el caudal de su gran saber estaba reflejado allí. Y
aclaremos que no es un saber en profundidad, a veces lo es en exten­
sión, pues D’Ors sabe muchas cosas y las sabe en muchos idiomas. Em­
pezando por los dos que le son nativos: el catalán que es el suyo propio
y el español en que escribe desde hace años.
Parafraseando el decir filosófico: “ Nada de lo que es europeo le
es ajeno” y esto —extraordinario en un español, si exceptuamos a Ortega
y Gasset con quien tiene más de un punto de contacto o al olvidado
Ganivet— puede llegar a ser un defecto si la pluralidad se transforma
en un internacionalismo fácil. Pensemos en Unamuno y tendremos el
más claro, el más flagrante contraste con D’Ors.
Esa cultura enciclopédica de salón de D’Ors le da una gran agilidad,
una elasticidad para emprender ciertos tours de forcé a los que es muy
afecto. Y así, pasa de la filosofía a la historia, de la historia a la crítica
y en todas —fuerza es reconocerlo— se luce. Este hombre que lo sabe
todo, tiene a veces ideas geniales. Atisbos que dejan sorprendido por la
originalidad. Generalizaciones atrevidas como la de comparar la idea de
imperio con la de la cúpula como forma expresiva, que si bien deslum­
bran con la fuerza de un gran intento de aclarar la cultura en un
esquema transparente, racional, previsible, pecan —desgraciadamente—
muchas veces por superficiales y generalizadoras.
D’Ors escribe en un idioma barroco muy español pero más catalán

47

�todavía. Lleno de palabras llanas y, por otra parte, en contraste, de
latines y giros filosóficos. Su tono general es de suficiencia, siempre
el pensar un poco engolado y satisfecho de sí mismo. Pero ¡qué gracia
en los giros! ¡qué repertorio de cuentos, sucedidos y anécdotas! Todo
el temperamento español, “forrado de catalán”, se da continuamente en
cada una de sus páginas.
En Picasso, en tres revisiones hay una cantidad de ideas, todas
ellas interesantes, de las cuales algunas nos parecen en cierto modo falsas
y otras —en cambio— muy originales y acertadas.
A lo largo de todo el libro hay un leit-motiv que es: Picasso es un
pintor italiano. Para llegar a esa afirmación se apoya en la serie MálagaBarcelona-Mediterráneo-Italia-Ulises, o sea que por afinidad se lleva a
Picasso a Italia para dibujar un esquema que lo enamora. Pero más ade­
lante despotrica contra el nacionalismo a lo Taine y demuestra que no
existe tal cosa, y un poco después quiere convencer de que Delacroix,
Daumier, Cézanne y Ensor son pintores españoles. Una de dos: o el
sistema es bueno o es malo, pero no para usarlo o dejarlo de usar según
le convenga al crítico.
Nos parece en cambio que acierta cuando no inventa teorías tan
llamativas y dice que Picasso es el pintor de la pureza y la sutilidad, dice
de él “ que no ha usado sorpresa” , que es espiritual como la arquitectura
y más que la música “ con todos sus sentimientos” y que la poesía “con
todos sus argumentos” . Se empeña luego en demostrar que Picasso no
es un primitivo ni el suyo un estado de inocencia. “ Su Dios no es un
Jehová barbudo . . . sino un triángulo que lleva, cuando más, un ojo
en el centro” .
Al hablar de la moda en el arte saca a colación a Constantin Guys
(que él llama Constantino por afán de españolizar) y lo compara con la
no-moda de Picasso que “ha eliminado todo lo histórico al eliminar el
tiempo” . No hay en Picasso la belleza moderna de Baudelaire ni nada
que tenga que ver con el novecientos y tantos. El pintor “ha encontrado
para los cuerpos una situación más elemental, más grosera —más espiritual
por consiguiente— que la desnudez misma” .
Sigue acertando cuando dice que Picasso no es un barroco, sus formas
son arquitectónicas, “ permanecen en pie”, no son “formas que vuelan”
como las formas musicales del barroco. Una idea atrevida lo hace dis­
tinguir entre la pintura compuesta en fuga, es decir obedeciendo a un

48

�ritmo que, a su vez, obedece a un centro ordenador situado fuera del
cuadro (caso de Goya por ejem plo); y la pintura compuesta en contra­
punto y de la que Picasso es el exponente típico.
Define una de las veces a la pintura como un referir el objeto a una
superficie general que el cuadro o el muro limitan convencionalmente.
La escultura —agrega— no tiene esa limitación, y en cuanto a la arquitec­
tura puede decirse de ella que sus formas colonizan una porción del
espacio.
Creemos —en cambio— que se equivoca cuando dice que Picasso tiene
una indiferencia al color como Leonardo. D ’Ors lo dice en el sentido
de que ambos pintores han sido antagónicos del impresionismo —en lo
que tiene razón— pero ¿sólo los impresionistas son los grandes maestros
del color? ¿Y los venecianos? ¿Y los fauves?
No quiere hablar de épocas y en cierto modo nos parece bien, pues
el propio Picasso las ha mezclado siempre, aunque no deliberadamente
como creen los críticos desconfiados, y en cambio propone cuatro grandes
modos (los que él llama “los cuatro órdenes de la arquitectura picassiana”)
que no implican idea de evolución como las épocas sino de bloque.
Creemos que este sistema no ofrece mayores ventajas que otros. Se
habla de épocas sabiendo que se hace una violencia como en todos los
casilleros que inventa el hombre para entenderse con más facilidad. Pero
por qué es mejor el sistema de ios modos que otro cualquiera no alcan­
zamos a comprender. No podrá negar D ’Ors que en cierto tiempo Picasso
pintó preferentemente con la dominante azul o rosa, que luego fué subista, que tuvo influencia negra, o que dibujó con una calidad vecina
de la de Ingres.
Hay algo, sigue diciendo el autor, una fuerza subconsciente en la
vocación de los hombres más unitaria que su conciencia racional, más
inteligente, que es la que conduce a Picasso por un camino inalterable
a pesar de sus variaciones.
Una de las mejores ideas a nuestro juicio es la de que “ el juego
de los ritmos gráficos más durables” en la obra picassiana es su oposición
formidable al impresionismo, que es “un estilo porque es una metafísica” .
A continuación contrapone como términos extremos de una serie, al
impresionismo por una parte, y por otra a los vasos griegos de figuras
recortadas, o sea la predominancia del ambiente sobre las cosas o vice­

49

�versa. La primera posición es la del panteísmo, la segunda —la de
Picasso— es la de la razón. “Las cosas han constituido para él lo más
importante y lo más santo: el ambiente lo que hay de más bajo, de mal­
dito . . . ” Y ha llegado a fabricar paisajes con los cuerpos —al revés de
los impresionistas— que fabricaban un cuerpo con un paisaje.
No nos parece justo, para extremar la tesis hacer salir a Picasso, no
de Cézanne sino de Hodler, ¿será que D ’Ors no comprende lo de impon­
derable español que hay siempre en toda la obra de Picasso?
Hay dos caminos —dice— en las matemáticas: el del álgebra que
utiliza signos y el de la geometría que se expresa por figuras, esos dos
modos son los que ha utilizado indistintamente Picasso para pintar, y
piensa D’Ors que ambos medios son válidos para el artista.
Notamos que favorablemente el pensamiento del autor se manifiesta
en las antítesis y en los juegos de dos elementos opuestos. Siguiendo con
esa obsesión termina la primera parte de su libro diciendo que hay pin­
tores que son un ejemplo y otros que son un modelo. Así El Greco y
Poussin respectivamente. Otros, los menos, son al mismo tiempo un ejem­
plo y un modelo, su arquetipo: Rafael. Y Picasso “quizá algún día le
haga compañía” .
Lo que dice en Cinco años después y Quince años después desmerece
del resto que hemos analizado. En estos apéndices se propone D ’Ors la
destrucción de la última obra de Picasso, por el simple motivo de que
Picasso no ha seguido la línea hipotética y teórica que le trazara veinte
años antes su ex amigo y compañero de bohemia en Barcelona. A simple
vista parecería la ceguera de un hombre inteligente, pero desgraciada­
mente creemos ver en ese entusiasmo arrepentido que se transforma en
acritud reaccionaria, un síntoma del mismo origen del que hizo que el
actual gobierno español olvidara la nacionalidad de Picasso en la última
Exposición Española en nuestro Museo de Bellas Artes.
Lástima grande porque D’Ors sigue siendo un crítico de genialidades
y de un idioma y una gracia siempre cautivantes. Y este libro —como
todos los suyos— un conglomerado extraño que deleitará a los amigos
de las cosas complejas, un poco desordenadas pero escritas de un modo
impecable y pensadas siempre hasta la violencia de la imagen o la metá­
fora, aunque llevando siempre el sello de lo propio, de la más tremenda
y peligrosa originalidad.
D a m iá n C a r l o s B a y ó n

50

�RECIENTE BIBLIOGRAFIA PICASSIANA
PICASSO, T H E R EC EN T YEARS, 1939
1946, por Harriet y Sidney Janis. Edi­
torial Doubleday &amp; Co., Nueva York,
1946.
“ Para el artista revolucionario —habría
dicho Picasso— el tema es apenas un punto
de partida.” De allí que la expresión crea­
dora del artista moderno no pueda desen­
trañarse legítimamente sino del juego de
sus elementos plásticos. Harriet y Sidney
Janis en su Picasso, the recents years, lle­
nan su cometido analizando lo que han
dado en llamar la “estética picassiana” en
los elementos plásticos, psicológicos, humo­
ristas, macabros, simbólicos o fantásticos,
con que el artista penetra el conocimiento
del mundo y de los hombres.
Pasan así a estudiar los elementos de
variación con que Picasso multiplica un
tema en sus innúmeras potencialidades
expresivas, recurriendo unas veces a la
distorsión para reconciliar la visión exte­
rior e interior, otras a un punto de vista
circulante o simultáneo de ambos escorzos
y del frente para dar una caracterización
formal o psicológica más rotunda; o a
una luz o una sombra dinamizadas en sus
efectos sobre la línea, la forma y el color;
o un equilibrio precario que agita —no
estatiza— los elementos en oposición hasta
interpenetrarlos; o invirtiendo los términos

51

plásticos en procesos metamorfósicos que
ocurren en el plano físico y en el con­
ceptual . . . sirviéndose en fin de todos los
medios que su plástica y su inventiva
arbitran para lograr esa expresión tortuo­
sa, torturada, agónica, rebelde y violenta
que tiene el efecto de un impacto sobre
el espectador y que los autores han lo­
grado explicar mediante un análisis que
agudiza nuestro sentido estético y una
síntesis recurrente que acompaña las tran­
siciones plásticas desde un naturalismo —
relativo— a la invención más abstracta o
superrealista. Ese realismo subterráneo y
esa superestructura imaginativa que com­
ponen el espíritu y el carácter de la obra
picassiana.
Cada una de las más de 100 obras re­
producidas en el volumen es objeto de
un análisis por los elementos y la expre­
sión plásticos, descubriendo en las natu­
ralezas muertas, las escenas urbanas, los
factores mágicos o fantásticos, el trata­
miento de las figuras distorsionadas, gro­
tescas, angustiadas, alegres o pensativas,
los términos que Picasso por su instinto
y su visión ha volcado en coordinación
de “ojo-mente-mano-sentimiento” buscan­
do y logrando un nuevo realismo que in­
cluye hasta la realidad interior del hom­
bre.
The Chame! House —el crematorio hu­

�ta introducción. Estudia objetivamente ca­
da uno de los períodos del artista, a tra­
vés de un análisis cuidadoso de casi todas
sus obras; pinturas, grabados, dibujos, es­
culturas, telones, etc., deteniéndose en
aquellas que por marcar un cambio en
la manera del artista, adquieren a juicio
de Barr mayor importancia como La Coif-

mano—, una pintura en blanco, gris y
negro en que el artista está trabajando
desde 1944, será resumen espiritual y plás­
tico de las experiencias que para su genio
inventivo significaron los cruentos años
de la guerra.
C l a r a

D ia m e n t

fure, Les Demoiselles d’Avignon, Les Trois
Musiciens, Guernica, etc., Las reproduc­
ciones en blanco y negro son correctas, ex­
celentes las siete láminas en color, todas
ellas magníficamente compuestas en pági­
nas de ritmo ágil.

PICASSO: FIFTY YEARS OF HIS ART
por Alfred H. Barr, Jr. The Museum of
Modern Art, Nueva York, 1946.
Este libro de Barr es una generosa am­
pliación del catálogo de la exposición Pi­
casso, Forty Years of His Art, organizada
en 1939 por el Museo de Arte Moderno
de Nueva York, y extendido por una par­
te hacia las primeras obras del artista y
por otra, hacia las más recientes.
El autor define bien claramente, en la
introducción, los objetivos y el alcance de
su obra, en la que “ no se propone una
interpretación ni deduce conclusiones, pe­
ro realmente intenta un resumen equili­
brado y condensado del arte de Picasso,
primero por medio de reproducciones, se­
gundo por un comentario al pie de las
mismas que está estrechamente ligado a
las ilustraciones, página por página, y
sustentado por medio de notas; por últi­
mo, por una serie de apéndices que inclu­
yen cronologías, listas y reproducciones de
las propias declaraciones de Picasso”. Barr
cumple estrictamente lo prometido en es­

52

Quizá la posición detalladamente obje­
tiva de la que el autor hace gala, contri­
buya a que el libro resulte a veces un po­
co tedioso. Es innegable, sin embargo, que
el lector puede obtener una idea clara y
sin parti-pris de la obra de Picasso hasta
1945, de sus cambios y de los factores que
influyeron sobre ella.
Como bien dice Barr en la introducción,
Picasso es posiblemente uno de los pinto­
res sobre quien más se ha escrito; en la
bibliografía del libro, que está lejos de ser
exhaustiva, se enumeran más de 550 tra­
bajos incluyendo 46 monografías, los que
generalmente han tratado de probar una
tesis sobre el artista, tesis a veces apresu­
radas que la misma obra ulterior se en­
cargó de desmentir.
Si algo puede aseverarse es el carácter
proteiforme de su trabajo. ¿Hasta qué
punto es posible hacer critica de arte so-

�bre una obra aún viva y cambiante? Pro­
bablemente el libro sobre Picasso no ha
sido escrito y no se pueda escribir toda­
vía, ya que a pesar de los 67 años del ar­
tista, no puede saberse qué nuevos vuelcos
ha de dar en su obra.
El libro de Barr es sin duda pobre de
ideas, acaso frío y descarnado, disección
meticulosa y objetiva de cada una de las
obras que están reproducidas, suerte de
archivo ricamente documentado. Queremos
cieer que no le faltaron ideas al autor,
asi como tampoco una posible tesis sobre
Picasso, pero probablemente ha sabido re­
frenarse y guardarla para su coleto. Sin
embargo, para cuando llegue el momento,
quizá sea éste uno de los pocos trabajos
que por su carácter netamente objetivo y
analítico no sea impugnable. Para cuando
podamos comprender desapasionadamen­
te la obra del maestro, el libro de Barr
será sin duda una buena guía para refe­
rirse a Picasso y a lo dicho sobre él
hasta 1945.
Si mucho de lo escrito sobre el artista
podría ser tachado de literario, este libro
es exactamente lo contrario. Si acaso pue­
de aducirse que ni una ni otra posición
son sensu estricto crítica de arte, proba­
blemente el tipo de trabajo de Barr está
mucho más cerca de serlo desde que es
documento preliminar a la verdadera crí­
tica de arte, la de comprender al artis­
ta como un símbolo de su época a través
del mensaje que su obra significa.
L ía

C a r r e a

53

PICASSO ANTES DE PICASSO, por A.
Cirici Pellicer. Edición Joaquín Gil,
Barcelona, 1946.
La lectura del título de este libro su­
giere de inmediato una pregunta. ¿Picasso
antes de Picasso? ¿Puede decirse, acaso,
a través de su obra en constante trans­
formación, en qué momento Picasso es ya
Picasso? Para su autor no lo es segura­
mente, durante los diez primeros años de
la vida pictórica del artista, los que van
de 1895 a 1904, mientras fué hijo del arte
catalán y antes de ser “padre del arte uni­
versal"; mientras desarrolló la recia per­
sonalidad que le dió su “estirpe mallor­
quína” en la atmósfera intelectual de
Barcelona de fin de siglo y se nutrió en
su ambiente bohemio y “ modernista”, sa­
turado de Nietzsche, Tolstoi, Ibsen, Maeterlink y Ruskin. Así pues, no se propone
escribir, como dice, “más que el Antiguo
Testamento de Pablo, la historia verídica
de Pablo 1?”.
Para darnos una “imagen global” de su
origen y desenvolvimiento, y con un espí­
ritu extremadamente teórico, oscuro y re­
buscado, va presentando en casi todos los
capítulos, que llegan a cuarenta, otras
tantas teorías, algunas verdaderas leyes, en
donde no se encuentran las más de las
veces relaciones entre unas y otras, o si
las hay, son relaciones absurdas entre aqué­
llas y las obras que va citando para ejem­
plificarlas.
Así se enfrenta el lector de entrada, y
con bastante sorpresa y susto, con la teoría

�del cerebro-buril, más absurda que origi­
nal, que viene a ser algo así como su
leit-motiv, su teoría-eje, una fórmula que
ayudará a comprender a Picasso, un ver­
dadero “símbolo”. Nos ofrece allí un pañorama confuso e incompleto de la huma­
nidad dividida en tres grandes grupos: el
citado cerebro-buril, introvertido y especu­
lativo; el hombre-caballo, que es el hombre
de acción; y el de la calle, hombre medio
sensible y contemplativo. Se comprende
que ha de colocar a Picasso en la primera
categoría, la del intelectualismo puro.
Teoriza con la circunstancia de que des­
ciende de orfebres mallorquinos, y hasta
con la raíz y declinación de su apellido
materno. Y antes de hablar de Picasso
mismo y de su arte, enuncia todavía la
llamada ley biogenética de Haekel, a la
que quiere someter la obra picassiana,
pues encuentra que el artista realizó por
si mismo la síntesis sucesiva de toda la
historia del arte, durante esos primeros
diez años. Así nos habla de una fase hele­
nística entre los 15 y 17 años del artista.
Lo ve como pintor gótico cuando, en 1898
ilustra una minuta para Els Quatre Gats,
en el pastel Madre e hijo o en un autorre­
trato, donde encuentra la misma subordi­
nación a un esquema geométrico "que
contornea y fija los planos como la raya
de plomo de un vitral”
Más adelante nos presenta un Picasso
barroco muy relacionado con su maestro
y compañero Isidro Nonell, refiriéndolo
a una Bailarina, pastel de 1900, La dama
del sofá, y toda una serie de dibujos pu ­

54

blicados en periódicos. Continúa enuncian­
do leyes cuando trata de definir sus pin­
turas como románicas con la ley del m áxi­
mo de contactos, formulada por Focillon;
cita entonces cinco óleos de 1902: El bock,

La mujer en el café, La sopa, Maternidad
y La comida del ciego. Los mismos ejem­
plos le vienen bien para ilustrar otra ley:
la del movimiento encadenado. Y ya esta­
mos aquí en plena época azul y terminada
su "carrera biogenética”; época que consi­
dera como una manifestación del ambiente
intelectual catalán y no como una inven­
ción de Picasso, “determinada por la
evolución de su psicología personal”. Atri­
buye a Whistler el origen directo del
azulismo pictórico catalán, que califica
como “ descenso a los infiernos cromáti­
cos”. Con tres formas típicas define y
sistematiza la época azul picassiana: “ las
manos cariñosas, los pliegues en guirnaldas
y las facciones estalactíticas”, caracteres
que va encontrando en las obras que des­
cribe.
A través de todo el libro se ve a Pellicer
obsesionado por descubrir influencias, pro­
cedimiento crítico éste, abandonado por su
superficialidad. Sin embargo puede com­
prenderse que busque tantas relaciones ya
que da como verdadera clave para descifrar
la obra del artista la opinión de Joaquín
Mir, de que “ no veía nada del natural,
sino sólo a través de las representaciones
de objetos hechos por otros artistas”, opi­
nión que le sirve también para comprobar
su visión de Picasso como cerebro-buril.
A veces, ve más que influencias, verdade-

�ios mimetismos, sin que con esto llegue
a acusarlo de plagio.
Ya en sus primerísimos óleos le va en­
contrando puntos de contacto con Zurbarán, o sabor a Mas y Fontdevil. La cara
de Hombre con gorra le recuerda algún
Velázquez, mientras su claroscuro a R ibe­
ra. Relaciona su Interior de taberna de
1897 con Caravaggio o Tenier, con Pieter
de Hoch y Velázquez, con Le Nain y aun
con Delacroix. ¿Es posible suponer que
Picasso los recordara a todos mientras rea­
lizaba esta "pequeña nota sabrosísima”?
Señala como muy importante la presencia
del estilo de Casas que durará mientras
use el carbón y el pastel; la de Nonell,
sobre todo, con quien tuvo contactos bien
visibles y cuyo dibujo L ’ultim somni da
la clave de centenares de figuras picassiañas; la de Junyent, con cuyas ideas comul­
garía. Cita todavía a Toulouse-Lautrec,
M. Denis, Ingres, Degas, Carriére, Manet,
Renoir, Gaudí a través de Cario Mani
R o ig . . . y, para finalizar, afirma que el
espíritu de El Greco triunfa en nuestro
artista influyendo directamente en la de­
formación de sus figuras en la tonalidad
y en las luces, en los dedos cariñosos y
en las "luengas piernas”. El ciego y El
viejo guitarrista son sus ejemplos.
Podemos agregar todavía que son pési­
mos los dibujos intercalados en el texto:
en ninguno de ellos puede reconocerse el
trazo de síntesis y vibrante de los grupos
de Metamorfosis, por ejemplo, o el diná­
mico arabesco plástico de su Escena de
ballet. Finaliza el texto con una larga

55

serie de reproducciones de aquella época,
en blanco y negro, interesantes porque
permiten conocer muchas de sus obras re­
producidas con poca frecuencia, o aun
inéditas.
"Picasso antes de Picasso” queda así de­
finido por dos circunstancias geográficas,
por dos hechos cronológicos: Barcelona
1896 y París 1904, criterio bien estrecho
de que se ha valido nuestro autor en la
concepción de su libro. Es cierto que los
años de Barcelona han sido decisivos y
muy importantes las influencias de Casas
y Nonell sufridas entonces; pero no puede
aceptarse que corte tan arbitrariamente ese
momento de la vida y obra de Picasso,
ya que lo deja a las puertas de París en
el momento mismo en que culmina su
época azul, aunque para Pellicer haya
terminado ya.
Quedaría justificado el título del libro
y satisfecho el lector, si estudiara en pro­
fundidad la gestación del verdadero Pi­
casso, si tratara de descubrir el motor
íntimo que impulsara al artista; en cam­
bio nos ofrece una visión atropellada,
superficial y sistematizada con sus inter­
minables teorías y leyes, con las relaciones
aparentes y artificiales que trata de enta­
blar, con las minuciosas descripciones de
las obras citadas, excesivamente detalladas
y abrumadoras por su forma y estilo, y
que muestran al autor muy apegado a la
obra misma. Algo puede anotarse en favor
del libro, sobre todo para aquel espíritu
que se recrea en el detalle minucioso de
fechas, lugares y circunstancias, versos, ci­

�tas y nombres, pues se tiene la impresión
de que no ha olvidado a ninguno de
aquellos con quienes estuviera ligado o
ninguna de las obras realizadas entonces.
Pero aquel que busque en sus páginas
una guía para penetrar en el mensaje de
“l’homme qui fut”, como lo llamara Andrc
Salmón, se verá defraudado.
R a q u e l

E d e i .m a n

PICASSO, PORTRAITS E T SOUVENIRS.
Por Jaim e Sabartés. Louis Carré,
editores, París, 1946.
Ya lo aclara el subtítulo. No se deten­
ga aquí quien busque un análisis de las
obras, una caracterización de los perío­
dos, una teoría interpretativa, una va­
loración. Hallará, en cambio, dentro de
un esquema poco respetado de división
cronológica, el gesto momentáneo, la ob­
servación curiosa, la frase aguda o im­
prevista, la anécdota condimentada de so­
breentendidos y digresiones, la charla tri­
vial o reveladora, el enfoque amable de
lo cotidiano y aun de lo prosaico. Y todo
esto con un tono ameno, sin cuidados li­
terarios, familiar, vulgar a veces.
Salta de un tema a otro, de un paseo
a una carta, de una broma compartida
a un impulso de mal humor, de una dis­
cusión sobre un par de zapatos a una teo­
rización con respecto al arte y la belleza,
de un escrito a un ataque de ciática, mez­
clando lo fútil con lo importante, así

56

como le viene a la memoria, sin otro ot
den que el del acaso. Pues todo es un
poco casual en este libro, hasta su propio
nacimiento, método de cura propuesto
por Picasso contra los males del ocio, co­
mo se narra al comienzo en una especie
de prólogo, que es también un anécdota.
El hilo de enlace entre tantos trozos
dispares lo da la serie de retratos de)
autor hechos por Picasso en el transcurso
de cuarenta años. Pero estos retratos só­
lo son referidos a las circunstancias ín­
timas; ni se los estudia en cuanto a su
técnica y su estilo, ni se los juzga esté­
ticamente. Pues otra cosa es lo que im­
porta consignar, lo mínimo y lo extra­
ordinario madurado en el momento, lo
que se retarda y se aterra a la memoria
con su peso de vivido y su pulpa jugosa
de subjetividad.
Ahora bien, la multiplicidad de los re­
cuerdos lleva a la multiplicidad de los
enfoques, y ésta, a su vez, permite arti­
cular sobre su base heterogénea la ima­
gen total. Y, en efecto, lo tenemos en ca­
si todos sus perfiles: Picasso escolar y
aprendiz de pintor, Picasso en Barcelona
y París, Picasso conversando con amigos
por la calle o en un café, Picasso de via­
je, Picasso de entrecasa, Picasso enfermo,
Picasso trabajando, Picasso expositor. El
que a la postre resulta escamoteado es
Picasso en su obra. No hay ni un re­
cuerdo de las lavanderas o de los músi­
cos, ni una huella de los monstruos, ni
una resonancia de Guernica. Todo Picas­
so no está en este libro, pero todo el

�libro es Picasso; lo demás, la descrip­
ción de ambiente, el análisis del medio,
es apenas un fondo para su figura. En
cuanto a los compañeros de sus distintas
épocas —aunque figuren nombres como
los de Braque, Manolo Huguet, Max J a ­
cob, Paul Eluard, André Bretón— no so­
brepasan la mera anotación circunstan­
cial e incolora; Sabartés mismo justifica
su permanencia en escena limitándose a
comentar los sucesos y a convertir en
diálogo el monólogo.
Cabe un reparo. A la rápida mutación
de tema y de tiempo debe corresponder
un dinamismo igual en el relato. Pero
no siempre sucede así; por el contrario,
a menudo la narración se vuelve demo­
rada y detallista. El autor nunca se ol­
vida de consignar las direcciones, los nom­
bres de las calles que atraviesan, el ho­
rario de los trenes en que viajan, las
bebidas tomadas en el café, hasta las
fechas, a pesar de sus repetidas trasgresiones al orden temporal. Pero este detallismo tiene una ventaja: la de facilitar­
nos el acceso a la intimidad de Picasso,
al Picasso cotidiano. Y hay que recono­
cerlo, para quienes padecemos de admi­
ración atónita por su desmesurado por­
tento, resulta hasta reconfortante saber
que sus bolsillos suelen romperse con el
peso de mil variadísimas e inútiles chu­
cherías, o contemplarlo cuando pasea a
su perro por las calles de París, bajo las
noches densas de astros y cornisas.
A n g e l ia

B e r e t

57

GUERNICA - PABLO PICASSO, por Juan
Larrea. Curt Valentín, editor, Nueva
York, 1947.
Para Juan Larrea, Picasso vive —como
los matemáticos— en un mundo de sím­
bolos y ha compuesto en Guernica una
alegoría apocalíptica del drama que está
viviendo el mundo. El tercer drama ver­
daderamente apocalíptico —fin de un
mundo y nacimiento de otro— de la cul­
tura occidental. En ésta se presentan tres
momentos que han originado otras tantas
obras pictóricas de carácter universal: el
primero, después de la Reforma, fué la
época de transición del Renacimiento al
Barroco y está reflejado en el Juicio final
de Miguel Ángel; el segundo fué, después
del colapso napoleónico, la época de tran­
sición entre la Revolución francesa y el
nuevo mundo burgués, y lo reflejó Géricault en un cuadro cuyo tema no es pre­
cisamente el gran drama revolucionario
sino un hecho histórico más reducido
aunque no menos dramático, posterior a
aquélla: Le Radeau de la Méduse; y el
tercero, época de transición entre dos gue­
rras que hemos vivido en lo que va del
siglo, lo ha fijado Picasso en la destruc­
ción de Guernica, centrando así el nudo
dramático de nuestra época en la guerra
de España. Y como aquellos dos primeros
momentos coincidieron con el descubri­
miento de América y con las guerras de
independencia americana, Larrea —que no
puede negar su condición de poeta— prevé
que el futuro del mundo occidental se des-

�arrollará en América, definitivamente con­
quistada por el nuevo concepto universa­
lista, para cuyo logro los dramas anteriores
no fueron sino dos etapas previas de un
mismo proceso.
Para desentrañar el simbolismo de Guerr.ica, recurre el autor a sutiles razona­
mientos —algunos convincentes, discutibles
otros— con acopio de antecedentes históri­
cos y míticos, a las distintas visiones apo­
calípticas y al psicoanálisis. Así, la enig­
mática figura del toro, en el que en
definitiva ve simbolizado al Padre (Logos
espermáticos) , al Super-Ego, al Alfa y el
Omega (principio y fin) , a España; como
en el caballo herido ve representado el Id
(la animalidad) , la fuerza bruta desen­
cadenada (Franco, el fascismo y su infier­
no destructivo), el verdadero Anticristo.
Da suma importancia a la luz del cuadro,
oue sería la luz de una nueva conciencia,
del Nuevo Mundo que surge del desastre.
Todas, como vemos, razones no estricta­
mente pictóricas. Podríamos decir que este
análisis es extraestético. Y así clasificaría­
mos a Guernica de una manera especial,
fuera del arte. Porque nuestro concepto
del arte resulta estrecho para comprender
en él a una cosa puramente mental como
sería Guernica según la interpretación de
Juan Larrea. Y menos aun comprenderlo
dentro de los límites de un arte particular
como la pintura, desde que Picasso re­
nuncia en él a los factores hasta ahora
determinantes de la obra pictórica, empe­
zando por el color. ¿Podemos estudiar co­

58

mo pintura una pura alegoría, un puro
juego mental de símbolos?
Pero Larrea va más allá. Llega en defi.
nitiva a la conclusión de que, en conso­
nancia con los adelantos alcanzados por '
otras ramas de la ciencia —entre ellas la
física, con la estructura y la desintegra­
ción del átomo— Guernica es el punto de
partida de una nueva concepción pictóri­
ca, al abandonar todos los recursos utili­
zados por ese arte en el mundo que
finaliza. El carácter de universalidad de
ese mundo que nace exige expresiones pluridimensionales. Así será el nuevo Realis
mo, que nada tendrá de común con el
chato realismo del pasado siglo. El nuevo
Realismo deberá ofrecernos los distintos
aspectos de la vida en un prisma, pero
sin recurrir al limitado mundo subjetivo
del superrealismo. El arte es una visión
total de la realidad; la forma ^física y su
contenido psíquico, usando un sistema de
símbolos que permita penetrar en la esen­
cia de las cosas y de la imaginación del
hombre. El nuevo Realismo será el fin
del “lastimoso concepto del arte de pintar
y el nacimiento de una nueva era pictó­
rica”. Habría, pues, que revisar toda la
estética, modificar fundamentalmente to­
dos sus enfoques. Hablaremos un nuevo
lenguaje, un lenguaje “ cifrado”, de sím­
bolos puros, de alegorías. Pero ¿cómo esa
nueva pintura esotérica podrá considerarse
un lenguaje universal? Tendría la uni­
versalidad de todas las claves. . . una vez
descifradas.
Completan este estudio numerosas re­

�producciones de los distintos "estados” de
Guernica, previos al logro de la obra de­
finitiva, muy útiles para mostrarnos el
génesis de la misma, así como otras obras
de Picasso —apuntes, dibujos, grabados y
óleos— que permiten captar gráficamente
su proceso creador.
A
E. R
l f r e d o

o l a n d

PICASSO ET LES CHEMINS DE LA
CONNAISSANCE, Por Tristan Tzara.
Editions D ’Art Albert Skira, Ginebra, 1948.
Pocas páginas de hermosa prosa. Tzara
habla de Picasso y de los caminos del
conocimiento. Esperábamos más en este
sentido, o más explícitamente. Pero el
comienzo y el fin de este ensayo, donde
se dibujan esos caminos, no deja de ningún
modo de encuadrar los fundamentos de la
concepción estética y vital (móvil, inquieta,
oscilante, pero sin duda valiente) de nues­
tro torturado siglo. Su exposición, ahora
serena, recuerda jornadas juveniles de Sui­
za y Cabaret Voltaire, cuando las firmas
de Tzara y Picasso aparecían juntas, colo­
cándose “frente a todos los sistemas”.
Conocimiento por el arte. Conocimiento
que es acción; que es forma de vida en
cuanto absorbe y ocupa todas las facul­
tades. Y que en cada producto, en cada
resultado de sus agotadoras búsquedas de
lo universal, presenta íntegro a su autor;
el conjunto de su vida. Pero también cono­
cimiento que se aleja de la realidad cir­
cundante para crear su realidad y estruc­
turarla. En este sentido Picasso es presen­

59

tado como reinventor de la pintura.
Niega todo lo anterior para recomenzar.
Y recomienza y termina cada vez. Descubre
y agota infinitos caminos, para darnos en
su obra diversificada y multiforme, tanto
el conocimiento particular del mundo de
las formas, como el general del hombre
y su destino.
En la visión de Tzara —cuyo propósito
no es explicar la obra de Picasso— se
tienen en cuenta los aportes técnicos o
puramente pictóricos, y el sentido funda­
mental de la obra del pintor. Sentido fun­
damental en el orden de la pintura y en
el orden de la vida. Profunda y precisa
en los dos aspectos, alcanza el deseo expre­
sado de encadenar esta manifestación al
conjunto de relaciones que conforman el
espíritu de su tiempo. Tzara considera que
la verdadera comprensión de la pintura
sólo se consigue "en la medida en que el
espectador experimenta la conciencia de
un camino del pensamiento”, y quiere
evidenciar ese camino seguido por Picasso
ensamblándolo con los anteriores. Camino
arriesgado y revolucionario que lo lleva
a una nueva concepción de la pintura y
a una nueva teoría de la visión. A pesar
de los distintos métodos empleados, obser­
va que todos ellos pueden ligarse a una
necesidad de expresión persiguiendo un
objeto: profundizar la estructura de la vi­
sión objetiva por medio de la vista y del
tacto. El tacto visualizado. Estas dos sen­
saciones hacen perceptible el espacio y
los cuerpos que se mueven en él, cuya
razón constitutiva, cuya definición, es el

�volumen. La preocupación fundamental de
Picasso está dirigida al problema de las
estructuras, y se manifiesta en su inquietud
por unir los problemas de las superficies
planas y los volúmenes. En este punto co­
mienza su “ camino”, que, ya iniciado por
perfeccionamientos anteriores (entre ellos
la reacción de Cézanne al impresionismo) ,
lo conduce a la teoría cubista.
A lo largo de la marcha, Tzara tiene
en cuenta dos aportes básicos: la expe­
riencia de los papiers-collés y la de su
época negra. Con ellas introduce en la
pintura el poder de señalación de los obje­
tos, el análisis de la densidad de la m a­
teria pictórica en oposición al análisis es­
pectral y la distribución de las fuerzas de
peso y atracción. Estos nuevos elementos
le permitirán ubicar en forma inmutable
el objeto en el espacio, a su vez objeto
definido en los límites de la tela.
Punto de partida y punto de llegada.
(Añoramos la omisión, en este análisis un
poco histórico, de la producción última de
Picasso) . Camino de pensamiento que
arranca en una negación de todo lo ante­
rior: esquemas de representación y objeto
de la representación; que utiliza los re­
cursos de un mundo maravilloso, hecho
de axiomas, e imaginación, y que se sus­
tenta, en su formación de una naturaleza
pensada y reobjetivada, en el instinto de
invención, la facultad de observación y
el saber siempre renovado de quien lo
recorre.
Pero no todo es esto. El sentido pro­
fundo de la obra de Picasso se desprende

de su conexión con los problemas del des­
tino del hombre, que Tzara observa como
una de las directivas originales de nuestro
tiempo. Su reacción a la pintura anterior
tuvo una base vinculada a lo puramente
humano: crítica al arte que no considera­
ba más que la verdad de la naturaleza
exterior al hombre, menospreciando la
expresión de la vida concreta, en lo que
tiene de único y emocionante. Picasso se
basaba en la certidumbre de que la ex­
presión de lo humano no podía detenerse
en sus caracteres exteriores. "Era necesario
sumergirse en la profundidad para expre­
sar la realidad, y ésta al precio de largas
tentativas. La pintura no debe expresar­
la realidad del mundo exterior. Ella mis­
ma es una realidad. Se expresa a sí misma
en un lenguaje apropiado.”
Por medio de su pintura, Picasso nos
invita —dice Tzara— a descubrir un enca­
denamiento que es una forma de vida; en
ella se unen el sentimiento trágico de la
pi esencia del ser, con la expansión libre
de los impulsos de violencia y de ter­
nura. Si bien es un universo particular,
el conjunto de esta obra toma carácter
universal, por moverse en ése mundo de
lo inestable a que el hombre se adhiere
para liberarse de los moldes creados por
la realidad exterior. Poderosa palanca pa.
ra el logro de ulteriores aspiraciones.
Esfuerzo por devolver a los valores reales
de la civilización, absorbidos por la so­
ciedad, toda su plenitud, acercándolos a
la naturaleza del hombre.

60

I s o l in a

G rossi

�ESTAMPAS JAPONESAS EN VIAU
LA GALERÍA VIAU SE REALIZA UNA EXPOSICIÓN DE ESlampas japonesas de los artistas: Uta-gawa Kuni-sada (1786 - 1865) y
Uta-gawa Kuni-yoshi (1797 - 1861). El lenguaje de la estampa japonesa es
de signos y alegorías. Su concepción poética del paisaje, el análisis rigu­
roso de la naturaleza y su reconstrucción en un esquema inestable son
los que nos transportan y nos dejan pensativos frente a esta actitud
contemplativa del universo. En los ejemplos que podemos apreciar en
esta exposición muchas veces la estampa se hace pesada y densa cuando
el dibujo queda oculto por la impresión de las manchas de color. Si
bien llegan a ser más llamativas, pierden en cambio en calidad de detalles.
Otras veces la línea desaparece en parte por la acumulación de elementos
decorativos. Las actitudes de las figuras son más dinámicas en función
del tema que por la expresión del trazo. Representar a los actores es
uno de los temas preferidos, actores encarnando personajes de leyenda
que se mueven sobre fondos sencillos de bambalinas de teatro que su­
gieren el panorama de la antigua epopeya.
Por diversos conceptos, sin embargo, no deja de ser atractiva esta
exposición que nos permite conocer en Buenos Aires a dos de los mejores
discípulos de ese gran maestro que fué Toyo-kuni 19 y que los espe­
cialistas no titubean en comparar a Haronobu, Utamaro y Hokusai.
De Kuni-sada podemos apreciar veintiocho estampas, en las cuales
se nota la tendencia hacia las figuras de curvas suaves como las de su
maestro. Aunque a veces como en la estampa de los actores Kikujiro
Onoe en el papel femenino de Shinobu y Eisaburo Onoe en el de su
hermana Miyagino, aprovecha un fondo estático y geométrico para hacer
resaltar el movimiento de la futura lucha expresada por las curvas entre­
lazadas de las figuras. Las composiciones de Kuni-sada son variadas y no
carentes de imaginación, inventando una actitud nueva para cada sujeto,
aunque tanto en uno como en otro de estos pintores veamos ciertas pos­
turas, como las de los pies o los ojos, repetidas constantemente, que a
nosotros —con otra sensibilidad— pueden parecemos monótonas, pero
no olvidemos que se trata de cánones adoptados e inviolables. El color
en Kuni-sada e« en general de entonación suave, de tonos agrisados lle­
e n

61

�gando a veces a los azules más profundos como en la estampa del actor
Eizaburo.
Kuni-yoshi es más intelectualizado. Crea sus figuras con ropajes am­
pulosos y plegados con sus correspondientes motivos decorativos. Todo
este laberinto de líneas y de figuras geométricas se aclara por medio de
la impresión del color en finas entonaciones y en audaces contrastes
como en la estampa del actor Tamizo Onoe en la danza del shak-hyo.
En ella el bailarín de obsesionante cabellera rosa contrasta con un fondo
verde de naturaleza. El dibujo de Kuni-yoshi tiene fuerza y sus angulo­
sidades —casi siempre en el sentido radial— adquieren fuerte dinamismo
expresivo.
Dice un proverbio japonés: “ Un poema es un cuadro con una voz,
un cuadro es un poema sin voz“ . Pero en las estampas de estos dos
pintores la voz se hace algo trivial y repetida. Estamos bien lejos de los
paisajes que sugieren sensaciones como los de Hiroshige o de los tiernos
ademanes de Utamaro.
Sa m u el

F.

O

l iv e r

MALHARRO Y SILVA
E N LA SOCIEDAD HEBRAICA ARGENTINA ACABA DE REALIL ' zarse una exposición de obras de Martín Malharro y de Ramón
Silva. Sólo se expusieron tres óleos de Malharro, el resto son acuarelas,
lo que no basta para que el espectador pueda formarse una idea clara
sobre la producción del artista; sin embargo, en este reducido número
figuran El Sueño de los Arboles, Crepúsculo y La Argentina, una de sus
telas más importantes. En Malharro hay un verdadero impresionista
formado en la escuela francesa, pero creador de un arte nacional, ya que
aprende a mirar nuestros paisajes y a comprenderlos (paisajes 5-6-8),
reproduciéndolos con toda la pasión de un romántico; el espíritu de un

62

�hombre que admira la naturaleza vibra en sus obras; los árboles, la
luna, el cielo, el mar, son su tema favorito. En definitiva es un impre­
sionista de forma —usa la pincelada corta y los colores puros— pero no
de fondo; la diferencia fundamental con el resto del movimiento está
en que si bien la luz inunda sus cuadros, la pone al servicio del tema,
ya que el objeto de su representación no es la atmósfera misma sino la
naturaleza en todo su esplendor. Aplica la técnica impresionista para
lograr una mayor vibración natural pero, aquí está su grandeza, la hace
depender de su manera de ver y de sentir.
Las obras expuestas de Ramón Silva, siete óleos y cinco acuarelas,
si no son lo mejor de la vena del pintor, constituyen un conjunto suficien­
temente significativo, como para que el espectador pueda comprender a
este artista que quizás por haber desaparecido demasiado pronto, no llegó
a realizar todo lo que su obra parecía prometer.
Hay en sus telas reminiscencias de algunos impresionistas (Meudon,
Boulevard Raspail) y postimpresionistas (Suburbios de París, Casa Roja,
Bosque de París); introduce la fuerza, la potencia de Gauguin y Van Gogh
(Alrededores de París), pero se observan en la riqueza de la materia y en
los colores vibrantes y apasionados, destellos de una actitud faiwe. Esta­
mos en el reino de lo sensorial.
Silva es ante todo un colorista —a veces un poco desequilibrado— de
ahí que no encontremos siempre un dibujo estricto o cuidadoso. Es el
pintor que se deja arrastrar por su actitud panteísta frente a una natu­
raleza en la que se halla inmerso, para convertirla en manchas de color
rico y profundo.
En Paisaje de Córdoba, Sousbois, Rincón de parque, abandona esta
manera para tratar de llegar más íntimamente al fondo de esta naturaleza,
para lograr una comunión espiritual con ella; se desprende entonces de
Ja euforia colorística perdiendo así su materia en sensualidad y ganando
en cambio en riqueza expresiva. Se ha impuesto a la naturaleza que lo
dominaba refinándose a la vez espiritualmente. Su actitud se acerca al
romanticismo y a la melancolía, sus tonos se enriquecen equilibrándose,
deja entonces de ser el hombre extrovertido para replegarse en sí mismo
al tiempo que se humaniza.
L

ó3

ía

C a rrea

�V ID R IE R A S E N LA C A L L E L L O R ID A
La vidriera, tomo todo medio de pro­
paganda es una forma de arte urgida por
las necesidades modernas. Tan exacta­
mente como un tapiz lo era en la Edad
Media o un ánfora para los griegos. Es
decir, una intención de arte dirigida a
cumplir una función utilitaria.

Casi nadie entre los pintores invitados
a componer vidrieras para la casa Harrod's
este año cumplió con el lema que las
justificaba: “La nueva apariencia 1948”.
La mayoría se dejó llevar, simplemente,
por su imaginación pictórica.

Berni sigue acudiendo al superrealismo,
l’ero que no se engañe, el papel retorcido
y pintado se sublima en un escenario por
el juego do las luces y de la distancia

64

(¡ue separa al espectador. En una vidriera
la tramoya sigue siendo nada más que
tramoya.

Encontramos desvaída la vidriera de
Larco. Cuesta creer que el acuarelista de
los colores vivos y las manchas pura sen­
sibilidad, haya caído en la crisálida de
quillango, amortajando un maniquí y en
esc ángel-mariposa de alas de celofán.

El objeto más hermoso de todo el con­
junto filé, sin duda, la mujer hueca que
armó Raquel Eorner para su evocación
griega. Siempre es ella la más inquieta,
la que busca referencias en el espacio y
en el tiempo para componer con origi­
nalidad. Lástima que su vidriera se re­
sienta de amontonamiento. Su mujer color

�terracota vestida de blanco hubiera gana­
do en dramatismo más sola, contra un
fondo más neutro que la destacara. Aun
así es uno de los valores más altos.

saber muchas cosas antes. ¿Las sabe el
público de Florida aunque sea al ocho­
cientos? (V, entre nosotros, ¿dónde está
la moda de 1948 en las dos preciosas
muñecas y esa encantadora empalizada
azul que tan bien ha sabido hacer Soldi?)

La vidriera de Butler era elegante y
estaba bien acabada, pero tanto él como
Basaldúa salen del paso a puro buen gus­
to. No es mucho en quienes tienen tanto
talento, pero es algo en un conjunto en
que la mitad ni siquiera lo demuestra.
Otra objeción a ambos: la vidriera no
puede ser nunca un telón de fondo por
bien pintado que esté. Hay que componer
tridimensionalmente.

De Caslagnino y Nina Haeberle poco
puede decirse. Tienen la excusa de que
sus vidrieras eran muy pequeñas. La
auriga de Castagnino con su terciopelo
y su tela escocesa, su palidez y su fle­
quillo de lana era una creación realmente
deliciosa. De lo más agradable que recor­
damos en todo el conjunto.

O
si no, escamotear el problema vi­
niéndose sobre el espectador como ha
Las vidrieras de Harrod's no están
hecho con mucha habilidad Soldi. Su
equipadas
para esos iours de forcé; ya que
vidriera sería quizá la mejor si no fuera
esta
casa
tiene
la excelente idea de orga­
tan literaria, con tanta referencia a Tounizar
todos
los
años una exhibición, ¿por
’ louse-Lautrec y los avisos —que hoy nos
qué
no
instala
sus
vidrieras con todos los
parecen ridículos— del siglo pasado. Para
elementos de la iluminación moderna?
entender la vidriera de Soldi hay que

65

�En el dominio de lo leal o lo irreal
de una vidriera es factor importantísimo
la perfección del acabado y del detalle.
No valen brazos que no encajan, algodón
de relleno que se escapa y quiere taparse
a último momento con una pulsera o una
tiara de brillantes. No quiero decir nom­
bres, a buen entendedor . ..

La de Carybé es más vidriera que cua­
dro, pero a pesar de algunos efectos inte­
resantes en alambre retorcido el conjunto
es desordenado y un poco pobre. Lo con­
trario puede decirse de Domínguez Neira,
le sobra a Pettoruti.

siado color de repostería. Pero tiene algu­
nos trajes de verdad y eso ya es algo.

Parabién Pettóruti muestra dos trajes
en maniquíes convencionales. La hermosa
entonación azul de su vidriera no se podía
apreciar de día por el reflejo del cristal.
La idea de achicar la embocadura de la
enorme vidriera con un marco nos parece
excelente, pero creemos que en este caso
no fué bien realizada. Estamos seguros
que la vidriera del maestro no pudo ser
terminada del todo. Le faltaba algo que
le sobra a Pettorutti.
D a m iá n

C a i u .o s

B a y ó n

OBRAS DE ARTISTAS ARGENTINOS
CONTEMPORANEOS
T A GALERÍA VAN R IE L 1 ACABA DE INAUGURAR SUS ACTIVItlades con una exposición de obras de artistas argentinos contempo­
ráneos —pintores, grabadores y escultores— y con tal motivo Jorge Romero
Brest, que actuó como asesor, pronunció una conferencia sobre Camino
de una exposición.
“Cuando se camina entre cuadros, esculturas y grabados - d ijo si en ellos habita un alma que se traduce en mensaje, se va creando
un susurro interior, una íntima melodía del sentimiento y la idea rundi­
dos en la emoción que nos embarga. Más allá de la simple visión, se
despiertan las potencias del ser, que son las que nos adhieren a la tela
cíe los cuadros, al papel de las estampas, al bronce o la piedra de las
esculturas, para revelarnos, en esa suprema intimidad, una emoción cjue

66

�nos ensancha y nos ahonda. Porque la obra de arte sólo tiene categoría
de tal cuando, al penetrar en el alma y el espíritu del espectador, es
capaz de ahondar por una parte y de ensanchar por otra: ha de ser su
goce tan profundo y subjetivo como el del amor, pero tan extenso y
objetivo como el de la teoría.”
“No creo poder marcar por eso el camino de esta exposición sino
presentando las ideas envueltas por los efluvios íntimos que las obras
me despiertan: será mi camino, pues, abrupto y serpenteante, con subidas
y bajadas, con acentos de emoción lírica o de reciedumbre dramática,
con la frialdad de una idea preconcebida o la calidez de un sentimiento
aun no depurado. Será mi camino —agregó— porque no me parece apro­
piado el momento para hacer crítica, por lo menos crítica de las cosas,
de las obras, como si en ellas se agotara el arte; acaso será más crítica,
pues mi camino quiere ser una reconstrucción anímica, que infunda a
las obras —objetivas y eternas— los inesperados matices que puede impo­
nerle una personalidad viva y actuante.”
Se refirió luego al artículo publicado en VER Y ESTIM AR reciente­
mente-, y al respecto dijo: “ Ojalá haya sido bien comprendido. Es tanto
lo que amo y espero de esta tierra mía y de los hombres que trabajan
en ella, que no puedo conformarme ni siquiera con los productos que
hacen gozar a mi propio espíritu de desarraigado. Debo confesar aquí
que en el país hay muchos artistas que me satisfacen plenamente, a los
que sigo en fraternal vibración; pero he aprendido a dudar de mí mismo,
porque sé que también a mí me arrastra la marea de vida inauténtica.
Si acicateo a los mejores, a quienes son mis amigos, es porque también
me exijo; es porque creo que todos debemos hacer el esfuerzo por mirar
hacia dentro de nosotros mismos, en busca de raíces que afirmen la
autenticidad de nuestro destino.”
“Efe dicho que Argentina es tierra de buenos pintores, grabadores
y escultores, pero no de auténticos artistas. Lo he dicho y lo refirmo,
no para culpar a quienes se esfuerzan por perfeccionar el espíritu y afinar
el alma según los únicos modelos posibles, los de Europa, sino para exi­
girles más aun, es decir, para que asimilen sus conquistas a la tierra y
el hombre, para que se hundan en la sustancia caótica de nuestras ilu­
siones, hincando en ella el corazón y elevando el espíritu para darle
forma.”

61

�"Pero, cuando debo señalar —dijo más adelante— quiénes son los
únicos que pueden realizar esa faena de hacer que los argentinos nos en­
contremos a nosotros mismos, no puedo sino decir: son éstos que están
aquí, buenos, excelentes artistas, a los que sólo falta, a mi modo de ver, ese
sacudón existencial que les permita descubrir, por debajo de las formas
que aman, propias o ajenas, la sustancia viva de un apetecer colectivo.”
“No soy tan pesimista como algunos han creído —agregó—. Soy duro
y severo y lo que propongo es una austera autodisciplina del alma, pues
no tenemos el derecho de desfallecer, antes de haber intentado la aven­
tura de reconocernos, con el único afán de construirnos por dentro.”
“Entremos ahora por mi camino —fueron sus palabras siguientes—,
erizado de espinas; por éste mi camino de pobres emociones acaso. Sólo
lamento que falten algunos artistas. No están con sus obras, pero los
tengo demasiado en el corazón como para que no sienta sus presencias
esta tarde”. A continuación fué ubicando a los artistas presentes y ausen­
tes según los distintos caminos que él advertía en la exposición, señalando
en cada caso las notas que a su juicio alejan a sus obras de la viva realidad
nacional. “No me tuerce mi camino, por subjetivo que sea, de una
correcta estimación de valores; no me impide pesarlos, compararlos, jerar­
quizarlos y reducirlos a conceptos críticos, como he hecho tantas veces,
pero advierto ahora —¿será la madurez?— que esas icfeas no están envueltas
en la calidez debida de pasión, y me revuelvo contra mí mismo, y dudo.”
“ Recién ahora me doy cuenta —terminó diciendo— que mi camino
ha sido una confesión. Ojalá sea bien entendido y no se trueque una
actitud de amor en otra de destructor nihilismo o de odio. Sería no
comprender hasta qué punto el amor, cuando se sublima, es capaz de
superar los meros apetitos de la carne, para transformarlos en afanes
de progreso espiritual.”
1 C on cu rriero n a la exposición J o s é Alonso, H éctor B a s a ld ú a , Ju a n B a t lle P la n a s,
A dolfo B elloeq, A n tonio B e rn i, H o rac io B u tle r , J u a n C a rlo s C a sta g n in o , E u g e n io D a n e ri,
V íctor D elh ez, J u a n D el P re te , L oren zo D o m ín guez, R a q u e l F o rn e r, R am ón G óm ez C ornet,
H o ra c io Ju á r e z , Jo r g e L a rc o , H o rac io M arch , C lem en t M oreau , A lb erto N ie a sio , Jo s é P la n a s
C a sa s , E n riq u e P o lic a str o , D om ingo P ro n sato , V íc to r R e b u ffo , A g u stín R ig a n e lli, Antonio
S asso n e, A n tonio S ibellin o , R a ú l Soldi, D em etrio U r r u c h ú a , R a ú l V eroni y M ig u el C a rlo s
V ic to ric a . S e e x cu saro n Ju a n A ntonio, A lfredo B ig a t t i, E m ilio C en tu rión , L u is F a lc in i, Jo s é
F io ra v a n ti, L ía C o rrea M o ra le s de Y r u r tia , R o g elio Y r u r tia , R icard o J , M u sso, E m ilio Fettoru ti y S e rg io S erg i.
2 E l a r t e a rg en tin o y e l a r t e u n iv er sa l. V E R Y E S T I M A R , n? 1 (ab ril 1 9 4 8 ) .

68

�VER Y ESTIMAR
CUADERNOS
DE
CRITICA
ARTÍSTICA

Ocho números en el año
de abril a noviembre
50 páginas de texto
12 con ilustraciones
1 lámina en color

SUSCRIPCIÓN ANUAL

Argentina: 10

p e s o s

n a c io n a l e s

Uruguay: 5

p es o s

u r u g u a y o s

Otros países: 3

d ó l a r e s

u

. s. a .

NUMERO SU ELTO
$ 1,50 arg. ó 0,70 urug. ó 0,50 dólar

Toda la correspondencia deberá ser diri­
gida a nombre del director, o de la se­
cretaria de redacción, Martha Traba. Las
suscripciones, cheques, giros, bonos pos­
tales, a nombre de la administradora,
Raquel Bianco de Brané.
No se mantiene correspondencia sobre
originales espontáneamente enviados.

Dirección, secretaria y administración
Tucumán 1539.

T . A. 35 - 9243

�ARTES G R A F I C A S
BARTOLOME U. CHIESINO

Un peso cincuenta

�</text>
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                <text>Vol. 1,  no. 2</text>
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                <text>Título posterior Ver y Estimar : revista de crítica artística </text>
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                <text>Buenos Aires, mayo 1948</text>
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              <elementText elementTextId="1976">
                <text>Romero Brest, Jorge&#13;
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                    <text>AD&amp;RNOS DE C R IT IC A

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DE
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ARTÍSTICA
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Punto de partida.

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El arte argentino y el arte universal.

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Inventario: Renoir en Buenos Aires.
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L G R U PO QUE PUBLICA UNA REVISTA LE ES
difícil resistir la tentación de presentar en el prim er núme­
ro un cuerpo de doctrina o, por lo menos, algunas sólidas
ideas generales. Con mayor razón en este caso, pues al temor de
ser mal comprendido, se sobrepone la urgencia de cuestionarse
a sí mismo. Tal vez la tarea sea vana, y fuera preferible dejar
en libertad al lector; pero, ¿no es legítima esta voluntad de autodefinición en una época regida por lo imprevisto?
Nacen estos cuadernos de manera natural, para que un con­
junto de estudiosos vuelque en sus páginas —ejerciendo una labor
modesta pero firme y ambiciosa en el intento de incluir la esti­
mación estética en los universales cuadros del espíritu— más que
el producto sin elaborar de la enseñanza recibida, el que resulte
de la aplicación de un método asimilado; con lo cual, no obstan­
te la unidad a lograrse en el orden de los principios, quedará
amplio margen para la libre manifestación de los temperamentos.
Entendemos que la crítica, sin olvidar las reacciones sensi­
bles y el juego de la imaginación, debe enriquecerse por sus
fundamentos teóricos y por su modo inteligente de explorar la

�realidad; lo que no significa en modo alguno que la- concibamos
como una fría estructura de ideas. La dimensión de lo sensible
y lo sentimental se ha de integrar en la dimensión del pensa­
miento, so pena de que el juicio se desvanezca en una caótica
sucesión de imágenes verbales.
Por tal razón, no admitimos que la crítica se reduzca al
análisis de las formas y contenidos, ni a la caracterización psico­
lógica de los artistas. Es menester que, al sugerir posiciones,
aclarar ideas, destruir prejuicios —en una palabra, al preparar
la vía de los sentimientos por una mejor afinación de la em oti­
vidad—, haga resplandecer la significación espiritual de la obra
de arte; y, cuando se trata del creador, que llegue a una tipología
en que lo subjetivo se explique por lo objetivo y no a la inversa.
Se trata, para nosotros, de ver y estimar: de dominar el com­
plejo de reacciones sensibles que conducen al conocimiento y
de comprender la proyección hacia el mundo de lo absoluto,
pues una obra de arte, además de existir en el plano físico, vale
en el plano del espíritu. Y este valer no se aprecia solamente
con el sentimiento, sino con todas las potencias del ser, puestas
en tensión para descubrirlo en el sentido que anima las estruc­
turas objetivas.
N o desdeñamos los determinismos, pero tenemos fe en la
libertad creadora del hombre, el cual se eleva por encima de las
circunstancias, anhelando la perfección, para construir la siem­
pre fragmentaria realidad. Por eso sostenemos que la crítica,
yendo más allá de la mera discriminación de los factores desen­
cadenantes, debe descubrir en el ideal que presta coherencia a

�la obra de cada artista todo cuanto haya de personal creación
metafísica, racional o intuida.
Pero tan falso es, a juicio nuestro, reducir el acto creador
a un juego mecánico de factores exógenos, como afirmar la omni­
potencia inventiva del artista. ¿Qué sería de él, si no sublimara
el barro de la vida, si no disparara sus flechas desde una firme
posición en la tierra? N o hay audacia en la historia del arte,
aunque parezca individual desvarío, que se justifique por una
adivinación genial: siempre se descubren en su napa de germi­
nación las inconexas fuerzas colectivas que la originaron.
Consideramos a la teoría, la historia y la estética de las artes
como formas de la crítica, cuya función es estimar valores. No
hay una teoría o una técnica fuera del campo de los valores espi­
rituales creados por el artista, ni hay una diferencia sustancial
entre la crítica de lo pasado y lo presente, ni existe el pensamien­
to estético como algo que se pueda desprender del constante fluir
y refluir de las realizaciones prácticas. Así justificamos el subtí­
tulo de estos cuadernos.
Una revista debe ser el resultado de un diálogo ininterrum­
pido entre quienes la hacen y quienes la leen. Pretendemos que
la nuestra asuma carácter de tal en su permanente problematismo,
y por ello nos dirigimos a los que pueden dialogar, es decir, a
los que sienten que mal se pueden recrear las formas pretéritas,
sin estar lo suficientemente vivo como para reconocerse vivo en
las obras vivas de su tiempo. Con lo que no hacemos profesión de
sectarios, sino de fe en nuestras posibilidades.
D

3

ir e c c ió n

�ARTE ARGENTINO
y el arte universal
LA CRISIS

Hay una nota de alteración en el desarrollo de las artes
plásticas en el país, tan profunda y acaso tan grave como
para atreverse a decir que revela una adolescencia en trance de frustra­
ción. No debemos engañarnos: los síntomas que pueden denunciar aquí
a un pueblo en plena lozanía juvenil esconden, nada más, una crisis que
adquiere caracteres de mayor evidencia cuando de las artes se trata; de
seguro porque ella se debe, a mi juicio, a la falta de autenticidad en
el sentido de la vida, fijado por un repertorio de falsos ideales, y tal
carencia tiene que acusarse más enérgicamente en el campo de la intui­
ción creadora que en el de la praxis o el de la especulación mental.
No es cuestión de echar culpas, como suele ser costumbre de algunos
historiadores doblados de moralistas, sino de señalar las fuerzas pertur­
badoras con firmeza, como quien realiza una salvadora catarsis del espíri­
tu. Si no fuéramos capaces de hacerla, si no fuéramos capaces de problernatizar nuestra existencia ahondando en sus contenidos y cuestionando
sus formas, jamás madurará el modo de creación nacional. Y entonces
mereceremos el amargo juicio de Ezequiel Martínez Estrada: “Lo nuestro
no nos interesa porque aún guardamos rencor a lo que somos de verdad”.
Puede señalarse con relativa precisión el momento en que la creación
plástica entra en crisis: hacia la época del Centenario, cuando se comien­
zan a vislumbrar los movimientos independientes europeos. Pero el choque
de fuerzas que la origina se remonta más lejos, de modo que no basta
señalar aquella influencia y es menester que se fije su calidad y su
intensidad, así como los agentes concomitantes, algunos de los cuales son
del resorte de la nacionalidad. Es erróneo creer que esta crisis se ha

�debido únicamente a los contactos con el arte de Europa: por una parte,
ellos determinaron reacciones positivas o negativas según la oportunidad
de los momentos históricos y la calidad de los hombres; por otra, depen­
dieron principalmente de la metamorfosis del arte europeo en arte
universal.

LA COLONIA

Me pregunto frente a las pobres iglesias porteñas,
a las groseras tallas de madera jesuíticas o las muy
cuidadas que imitan el estofado español, a las pocas telas de valor pro­
cedentes del norte, a las toscas platerías, si con la visión de tales obras
podía desarrollarse la intuición sensible de las formas en la Colonia,
y la contestación no puede ser afirmativa.
¿Por qué no se trajeron buenas piezas de la Península? ¿Por qué
no se proveyó al nativo de los medios instrumentales para que se expre­
sara él mismo, no obstante su rudimentaria concepción de la vida, ya
que era la única manera de perfeccionarla? ¿Por qué no se le abrieron
anchos surcos en el espíritu y se le hicieron entrever horizontes? No
quiero enjuiciar aquí a los españoles, quienes vieron quizás algo más
que posibilidades de enriquecimiento en esta colonia sureña, pero no
puedo dejar de señalar que la acción de los mismos fué casi nula en
el orden del espíritu, amén de que importaron una cultura gastada y
encallecida, en la que ya no resonaban los ecos doloridos de El Greco
o los sones líricos de Velázquez, ni se anunciaban los rabiosos rugidos
de Goya.
Tampoco había existido una civilización anterior en el Plata que
permitiese la continuación de un modo expresivo abonado por el tiempo.
La diaguitocalchaquí sólo tuvo alguna originalidad en la decoración,
como el arte jesuítico más tarde: hecho probatorio de que ya entonces
privaron los impulsos sensuales sobre los que hubieran podido determinar
el nacimiento de una verdadera voluntad de forma. Es lógico, por tanto,
que en aquella sociedad entregada a un vivir vegetativo, materialista y
pragmático; en una sociedad cuyos ocios sensuales se manifestaban pre­
ferentemente en el adorno, quedara descartada toda oportunidad de
redención por la búsqueda de la verdad y por el cultivo de la imagina­

5

�ción, y admitiera dócilmente la incorporación de sistemas expresivos, sin
poner la menor impronta sobre ellos, al contrario de lo que ocurrió
en México y Perú.
Nunca se comprenderá bien el carácter de nuestras artes plásticas,
si no se contempla esta fase de iniciación de un proceso que pudo acele­
rarse en la incorporación de muy variadas experiencias, pero que ignoró
la medieval, asentada en el milagro. Por eso el argentino es de imagi­
nación indigente y se muestra perplejo ante las obras' del Medioevo,
sin que su rudo materialismo le permita descubrir, llave que abre y
eleva el espíritu, la nota de misticismo trascendente que las legitima;
a la inversa del europeo, que conserva siempre, cualquiera sea su cosmovisión actual, ese trasfondo de alucinación mítica ante lo maravilloso del
milagro —del milagro, que es venero de sugestiones e inquietudes para él,
entre las cuales suele naufragar la vana y pedante pretensión racionalista.
También en Argentina, y en todo el extremo sur del continente,
señoreó el milagro durante la época colonial. Desde el pulpito y la
cátedra se extendió sobre las atontadas almas nativas el fantasma de lo
milagroso, por obra de los jesuítas. Pero aquí no fué expansión del alma
transida por la fe, no fué transustanciación de lo humano en lo divino,
no fué lirismo puro que se perfecciona en el no-ser; aquí fué corporizado en el animal y el hombre, fué transformado en signo ritual de
ornamental sentido, fría imagen de terror, y en lugar de ampliar las
visiones, pareció que cambiaba de signo, sumergido en la materia sensual
de los fetiches, sin favorecer aquella identificación entre fantasía y reali­
dad, que es el secreto del arte medieval.
Todavía era lejana, pues, la posibilidad de que surgiera un artista
argentino y ya en el primer contacto con las expresiones europeas se
impuso la adhesión a formas cuyos contenidos no podían ser más que
letra muerta. Ni se comprendieron entonces las formas barrocas en su
vigorosa potenciación del sentimiento, ni las neoclásicas luego en su rigu­
roso sentido de la síntesis constructiva: de unas y otras sólo se apreció
el aspecto exterior, como si ellas no hubiesen invitado más que al goce
sensorial de las cosas naturales que representaban. En algunas tallas
jesuíticas, hay que confesarlo, se dió la versión americana, anárquica,

6

�ruda y simplista, de la actitud barroca, lo que hubiera sido tal vez un
camino, pero hasta ese sentimiento conformado con autenticidad tenía
que disolverse, como ocurrió, en una sociedad incapaz desde entonces
de hallar la raíz de su destino.

LA COSMOVISIÓN CRIOLLA

Muchos años después de la Revo­
lución todavía gritaba Echeve­
rría: “Los lazos de España no nos oprimen, pero sus tradiciones nos
abruman”, lo que siguieron sintiendo hombres de generaciones posteriores,
Sarmiento entre ellos. No se referían seguramente a las formas superio­
res de la cultura hispánica, sino a esa sugestiva envoltura que crean las
costumbres, las leyes, los sentimientos y pensamientos ingobernables e
imponderables, es decir, todo cuanto constituye el tono de la vida.
Ese tono castizo se fué enriqueciendo a lo largo del siglo con los
modos de expresión románticos, los más auténticos porque América era
romántica sin saberlo. La poesía de los neoclásicos no debe despistarnos:
si la sociedad porteña la aceptó, no fué porque sintiera el obstinado
rigor de la forma que surge por una contracción racional de sus ele­
mentos —cuando más había una complacencia en cierto amaneramiento
' retórico que respondía a la tradición conservadora— sino porque también
en ella vibraba el aliento del romanticismo nuestro, hecho de inquietudes
políticas y sin resabios de emoción católica, el cual desembocó en la
exaltación de lo natural y lo humano en sus aspectos positivos. De
toda la ebullición romántica, en efecto, en la que se mezclaron la vida
y los ideales para determinar una nueva concepción del mundo —más
vibrante en la adhesión a lo instantáneo, en cuanto fuese más libre;
más profunda en la adhesión a lo permanente, en cuanto fuese infinitoquedó como saldo el modo de concebir al hombre como libérrimo indi­
viduo en su naturaleza circundante.
Por entonces comenzaron a llegar artistas europeos, trashumantes
viajeros que aportaban una habilidad de aficionados (Emeric Essex Vidal,
Adolphe D’Hastrel, Cario Enrico Pellegrini) u hombres formados en
las severas disciplinas del academismo (Raymond Monvoisin, Jean-Léon
Palliére, Johan Moritz Rugendas); pero, en lugar de imponer ellos su

7

�visión de las cosas, el medio los absorbió y, olvidando la mitología, los
principios de composición y colorido, la fijeza dibujística a lo Ingres,
se ciñeron a las posibilidades de tema y estilo que determinaba aquél:
el retrato y la escena de costumbres, expresados de modo naturalista. Lo
que también hicieron los primeros pintores argentinos, Carlos Morel y
Prilidiano Paz Pueyrredón, al cultivar un arte honesto y limitado, sin
acentos de expansión lírica o de potenciación dramática, pero pleno de
sentido.
Puede argüirse, lo sé, que ya esas formas de sociabilidad y de expre­
sión marcaban una división en la realidad argentina; que ellas implicaban
una concepción de clase, sin recoger las inquietudes bárbaras de tierra
adentro. Pero tampoco ha de pensarse que las formas culturales nacen
de la nada; era necesario que se constituyera la estructura social y que
en ella se resumieran los contenidos anárquicos, sin desnaturalizarse, y
tal fué lo que ocurrió entre 1830 y 1860: la cohesión social castiza y
la inquietud romántica construyeron el país, que comenzaba recién su
verdadera infancia, bajo el signo del naturalismo materialista.
“Un estilo cuidado —decía Sarmiento en 1842— sólo puede existir
como la flor de una completa y bien desarrollada civilización.” Los
pioneers de la pintura en Argentina tuvieron esa certera intuición y, en
lugar de cuidar el estilo, que siempre es peligroso cuando él no surge
de una formación que pudiera decirse cristalográfica, volcaron el pobre,
pero hondamente sincero contenido de sus visiones, como Echeverría y
Mármol, tan ceñidos a los modelos naturales.
Si la influencia del arte europeo sobre el nacional fué entonces
benéfica, se debió, ante todo, a una coincidencia feliz. Europa estaba
viviendo el final de una cultura nacida en los albores del quattrocento,
y, como débía suceder, aquella madurez y esta infancia pudieron enten­
derse, mas no hubo entrega: basta estudiar los dos procesos del arte para
que se adviertan diferencias claras en la voluntad de creación, a pesar
de que, tanto allá como acá, privó el naturalismo, preñado de sobreen­
tendidos y acusando una noble prosapia formalista en las tierras de mile­
naria cultura, con toda la lozanía y la ingenuidad debida en las comarcas
que despertaban.

8

�EL IDEAL DE PERFECCIÓN Y
LA A V A LA N C H A IN M IG R A T O R IA

Pasada la tiranía, el país
cambió de forma, merced
a los esfuerzos de Mitre,
Sarmiento y Avellaneda, quienes le dieron una estructura nueva de orden,
guiados por un ideal de perfección que fué desgastando lentamente la
tradición romántica, hasta suplantarla por una concepción utilitaria.
Cambió su forma, pero no su contenido. “Se tapaba con estiércol el
almácigo de la barbarie —ha escrito Martínez Estrada—, sin advertir que
los pueblos no pueden vivir de utopías y que la civilización es una
excoriación natural, o no es nada’’. Acaso el juicio sea excesivo, pero
tampoco puede pensarse que el país había llegado a un estado de madu­
rez, la que no habría alcanzado en el mejor de los casos más que a
Buenos Aires. Por el contrario, la creación plástica se esterilizó en el
remedo torpe de formas anteriores. ¿Pueden compararse las telas de García
del Molino, de Verazzi, de Aguyari, con las de Pellegrini, Rugendas,
Pueyrredón, Morel o Monvoisin? Me parece evidente que en aquellos
años de fiebre por un ideal de perfección comenzó a cegarse la única
fuente viva —la del naturalismo románticopositivista— y a constituirse
esa mentalidad pragmática y ávida de placeres, todavía contenida por
un formularismo social de viejo cuño castizo, que luego habría de im­
ponerse.
El aluvión inmigratorio, el sentido de la educación practicista impues­
ta por Sarmiento, la llegada de grandes capitales, la formación de una
clase media como conglomerado amorfo, todo conspiró para que se que­
braran, después del 70, los viejos moldes —valga el testimonio inapreciable
del M artín Fierro— y junto a la anarquía económica se impusiera la
anarquía del espíritu, vagamente sostenida por el deseo de un “destino
peraltado”, de un “futuro soberbio” —son expresiones de José Ortega y
Gasset, que sagazmente lo observó— para cuya obtención no importaba
"el aplastamiento de la espontaneidad social por un estado desproporcio­
nadamente perfecto”.
Abundan los testimonios sobre el bajo nivel cultural del país a lo
largo del siglo, pero en la época anterior al 80, por lo menos existían
minorías cultas, enraizadas en la tierra, que lograron crear formas expre-

9

�sivas de una infancia viable. Hasta entonces, sin que pueda decirse que
la pintura ocupara un lugar en el espíritu público, ningún hombre
culto dejaba de tener algunos cuadros, con retratos de familia o escenas
pintorescas. Luego, y a medida que la avalancha inmigratoria crecía, al
propio tiempo que nuestros artistas comenzaban a mirar más insistente­
mente hacia Europa, su vigencia social fué disminuyendo, y comenzó la
etapa obstinada y heroica de los esfuerzos por dotar a una sociedad ma­
terialista de nuevos ideales. “Las fortunas se improvisaban hora por hora,
pero las artes estaban al margen de la sensualidad reinante; fuera del
coche, el palco en la ópera, los atavíos suntuosos, las pedrerías, las mu­
jeres elegantes, los placeres de la mesa, la atracción del juego, las com­
binaciones políticas, nada existía”. Piense el lector si tales palabras de
Eduardo Schiaffino no serían igualmente aplicables a la época actual.
La generación del 80, escéptica y burlona —generación de especta­
dores más que de protagonistas, ha dicho Julio Caillet-Bois— afrancesada
no sólo por el empleo de instrumentos de expresión sino en su alma
mundana, acentuó ese estado de espíritu, a pesar de que no pudo des­
truir de cuajo el simple sentimentalismo naturalista. “Si yo fuera pintor
—decía Eduardo Wilde— y quisiera pintar un cuadro que representara
la fórmula de todas las aflicciones humanas, pintaría a una madre en
camisa, con una vela en la mano, observando el sueño de su hijo cuando
teme que le sobrevenga una enfermedad”. ¿Dónde quedaba el humour,
la gracia gálica y el escepticismo elegante? Bien se advierte en tales
palabras una simple adhesión a las cosas humanas, sin otro sentido tras­
cendente que el sentimental. Lo mismo ocurrió con los pintores —Eduar­
do Sívori, Reynaldo Giudici, Eduardo Schiaffino, Severo Rodríguez
Etchart— y con los escultores —Lucio Correa Morales—, cercanos al natu­
ralismo francés o al italiano, quienes asimilaron el aporte de una Europa
que fenecía, sin atisbar siquiera la otra Europa que amanecía.
Realizaron, sin embargo, obra fecunda, porque supieron no forzar
la coincidencia de sus concepciones con las europeas más allá del natuíalismo positivista que sentían, y porque practicaron, como los escritores
contemporáneos, el estilo de la sencillez, que, según decía Miguel Cañé,
“es la vida y es la verdad”. Durante mucho tiempo he seguido la co-

10

�riiente de quienes afirman la miopía de tales artistas, por haber ignorado
el impresionismo; hoy me parece que fueron clarividentes, pues de ese
modo lograron fortalecerse en el oficio sin abjurar de sus más hondas
convicciones; y si bien incorporaron formas ficticias —las académicas—
no desnaturalizaron demasiado los contenidos anímicos de la nación,

LA CONCIENCIA UNIVERSALISTA

Europa estaba enveje­
ciendo hacia fines del
siglo xix; el impresionismo fué un síntoma de vejez, no obstante su
frescura de inspiración. Pero los símiles organicistas son falsos, porque
las culturas no mueren como los seres vivos. Así de ese impresionismo
decadente fué naciendo, a la zaga de Cézanne, Van Gogh y Gauguin,
una salvaje potencia, y la maravillosa epifanía se transformó en una
nueva infancia tumultuosa. Hasta el hecho mismo de que la palabra
experiencia se haya transformado en la palabra de orden de los artistas
lo demuestra. Todos, quien más quien menos, sienten en lo vivo que
no es tiempo de realizaciones finitas, sino de búsquedas, o de hallazgos,
como dice Picasso, aunque él mismo se encarga de denunciar la preca­
riedad de los suyos al transformarse de continuo.
Por muchos que sean los caminos, puede afirmarse que la creación
artística europea ha cambiado de signo, buscándose ahora la expresión
universal. Ningún artista del pasado se detenía en las lindes de un
país o de su raza o de su círculo cultural, mas la aspiración universal
no lo llevaba a desdeñar las determinantes circunstanciales; ni siquiera
los italianos del Renacimiento, o Rembrandt, o Poussin, pretendieron
negar su filiación nacional o racial. Los artistas contemporáneos, en
cambio, tratan de expresar una realidad que se extiende más allá de
toda frontera, disparados hacia un infinito metafísico apenas entrevisto.
El arte europeo, en nuestro siglo, se ha transformado en arte universal;
y si París ha ejercido el más alto magisterio que le haya sido asignado
a ciudad alguna en la historia de la humanidad, es porque durante
cincuenta años ha sido el crisol de las teorías estéticas universalistas.
¿Qué ocurría entretanto en Argentina? Rotos los cuadros en forma

11

�definitiva por la formación de una clase media de origen aluvial, cuyos
caracteres han sido magistralmente analizados por José Luis Romero,
entró en choque esa concepción anárquica y caótica con los resabios de
la mentalidad criolla y la constitución de minorías ilustradas, de con­
ciencia universal europeizante.
La mentalidad aluvial se había ido constituyendo lentamente, desde
los comienzos del tercer cuarto del siglo pasado, más no trajo en el
primer momento contratiempos demasiado graves, entre otras razones
porque los inmigrantes procedían de Italia y España, con las que había
más de un punto común en lo que a exaltación del naturalismo costum­
brista se refiere. La introducción del gran capital extranjero después
del Centenario sí favoreció, seguramente más que la condición sin patria
de los inmigrantes, la formación de aquella mentalidad, ávida de placeres
sensuales para la cual no podían cobrar jerarquía alguna las expresiones
artísticas. Y aunque ciertamente la mentalidad criolla se mantuvo, y se
mantiene, en minorías tan equivocadas como que han desembocado en
un nacionalismo político de la peor ley y en un folklorismo suicida, la
aluvial ha ido llenando los moldes, como una marea persistente que
aplanara los campos y borrara todo cuanto pueda significar la obra
caracterizadora del hombre anterior.
Entre ambas fuerzas, muy lentamente, se ha ido engrosando la mi­
noría intelectual, la de los mejores, es decir, la de quienes estudian y
trabajan por perfeccionarse, cada vez más desenraizados de la realidad,
empero, porque el horror que ella les produce, a causa de su barbarie
y falta de sentido, los lleva a mirar con exclusividad hacia las fuentes
del pensamiento universalista. Entre éstos se hallan los pintores, graba­
dores, escultores, arquitectos, que han podido realizar, en los últimos
treinta años, alguna tarea fecunda, ya que sólo se les opone la cohorte
infinita de los mediocres.
Después de Malharro, un precursor, se fueron descubriendo sucesi­
vamente los movimientos nuevos del arte universalista: el impresionismo
y el postimpresionismo, el fauvisme y el expresionismo, el cubismo y el
futurismo, el superrealismo. Para nuestros jóvenes artistas, que a dife­
rencia de los viejos rechazaban de plano el aprendizaje en las academias

12

�naturalistas de Francia e Italia, aquellos movimientos resultaron sor­
prendentes y se alucinaron, creyendo ingenuamente que podrían asimi­
larlos y realizar obras parejas. La desilusión comenzó al regreso, porque
aquí no encontraron eco, ni en las esferas oficiales, dominadas por prin­
cipios retrógrados, ni en el reducidísimo público de aficionados.
Era difícil que hombres con el bagaje de formas nuevas se confesaran
a sí mismos sus errores o pusieran en duda la verdad de los apotegmas
en que se fundaban; más fácil era achacar su falta de éxito a la incapa­
cidad del país, a la falta de refinamiento de sus habitantes. Y, como
siempre se prefiere lo fácil a lo difícil, cerraron sus inteligencias a todo
análisis y discriminación, para tratar de conservar celosamente el tesoro
de sensibilidad adquirida. El fenómeno de formación de una minoría
escogida, con su secuela de elegante escepticismo, obedece, a mi juicio,
a ese encontronazo que se produjo entre 1920 y 1930, en Buenos Aires,
entre los que aportaban las experiencias universalistas de Europa y los
que debían lógicamente recibirlas.
En Europa se habían justificado tales movimientos, que se imponían
a) anunciar una nueva infancia después de una espléndida vejez; pero,
¿existían tales antecedentes en Argentina? En menos de un siglo, por
potente que haya sido el despertar, no pudieron quemarse tan rápidamente
las etapas, de modo que nuestros artistas estaban dando sus primeros
vagidos, trabando contacto con una cultura que pudo parecerles de ela­
boración inmediata, aunque en verdad era resultado de cinco siglos de
maduración, cuando nos sorprendió la nueva infancia europea, la cual
nacía tambaleante pero vigorosa, en tanto que nuestra adolescencia era
amenazada por un infantilismo pernicioso. Este desgraciado proceso, hijo
más de las circunstancias que de las voluntades —probablemente inevi­
table— trajo como consecuencia el estado de anarquía actual, el que se
caracteriza por ese empeño de nuestros pintores y escultores de ser niños
otra vez —acaso nada defina mejor el movimiento europeo que el estado
de ingenuidad frente al mundo— antes de haber sido adultos.
Se dirá que es arbitraria esta exigencia de la madurez para legitimar
el rejuvenecimiento. No lo es, porque no hay rejuvenecimiento para el
arte sino sobre un fondo de oficio y de sentimiento claramente asentado.

13

�Es necesario saber pintar como los naturalistas para poder innovar como
los modernos; pero saber pintar como los naturalistas no es sólo aprender
el oficio de tales, sino aprenderlo en función de necesidades vivas que
lo justifiquen, para que sea un modo de expresión y no un mero rece­
tario. Esto es lo que no se ha comprendido aquí.
Lo más grave en este desequilibrio es que ni siquiera las minorías
han evolucionado a tenor de los artistas, como para apoyarlos. N o hay
mayor diferencia, cuando se trata de juzgar el arte contemporáneo de
vanguardia, entre el profesor universitario, el estanciero, el obrero, el
industrial y el empleado: todos añoran el fácil arte del verismo natu­
ralista, sin los atributos de creación, claro está, que lo hicieron legítimo
en Europa. El país entero sigue siendo materialista y formularista —no
formalista—, sensual en todos los grados de la comodidad y sin raíz meta­
física; el país entero sigue siendo pragmático y superficial, animado por
un complejo de solemnidad que nos será difícil sublimar. ¡Y el pequeño
grupo de artistas más escogidos quiere imponerle formas que sólo se
justifican en comarcas donde los hombres tienen inquietudes que no
conocemos!

A R T E Y D E ST IN O

Así hemos llegado a la crisis actual, provo­
cada a mi juicio por un inconsciente espíritu
de fraude —el de querer ser siempre más de lo que se es; el de vivir
siempre en estado de promesa, como ya lo señaló Ortega y Gasset—,
agravada por el extraordinario florecimiento económico y, en el plano
del arte, por la alucinación que producen las formas universalistas de
Europa. Unos falsean la realidad porque son pueriles y anodinos, porque
son sensuales y utilitarios; otros, porque pretenden expresar, mediante
fórmulas, una espiritualidad instintiva o racionalizada que de ninguna
manera es carne de sus carnes. Y nadie pretende, como debiera, construir
la realidad de acuerdo a un ideal propio.
Lo peor es la carencia de una emoción colectiva, de una verdadera
intimidad consigo mismos, en los artistas, que pudiera llevarlos al descu­
brimiento del ser nacional a través del ser individual, y de aquél al ser
universal. No sólo no hay intimidad en la pintura y la escultura, con

14

�mayor razón en la arquitectura, sino que, cuando parece haberla, se
trata de una intimidad anastomosada por los prejuicios y las ideas previas„
sin calor de humanidad.
Para los argentinos la intimidad es también un sistema —como la
moral, la religión, la política o el amor— en el que terminan de morir
los impulsos espontáneos, las violentas reacciones del alma, las apeten­
cias del espíritu. Y porque no poseen esa actitud problemática acerca
de su propia vida, carecen de vocación. ¿Puede acaso nutrirse el arte
en una realidad en la que nadie parece sentir una palpitación de angustia
por el destino del ser colectivo? Diré más, que no sienten el destino
como repertorio de posibilidades a realizarse en función de sus potencias
anímicas, sino como posibilidades que deben realizarse en el plano prác­
tico y materialista, de donde deriva nuestra falta de alcances espirituales,
nuestra frialdad y nuestra menguada fantasía. Si el argentino no tuviese
tanta seguridad en los altos destinos del país, si vacilara y contara más
con las fuerzas del alma que con las del capital, hallaría la raíz metafísica
de su existir, esto es, el meollo de su destino.
Siendo así nuestro pueblo, ¿cómo puede enderezarse el arte hacia
formas de valor universal? Lo característico de los grandes pueblos
creadores es la tenencia de una viva inquietud por su destino; y si logran
construirlo —paradoja irrecusable a mi modo de ver— es precisamente
porque lo sienten como algo móvil, sujeto a transformaciones, y no como
algo fijo y estático, de desarrollo vegetativo. Se universalizan por eso
a medida que ahondan en el propio ser nacional, pues al llegar a las
napas primordiales se generalizan las ideas y se uniforman los senti­
mientos. En Argentina, en cambio, todo el mundo cree en unas cuantas
supuestas verdades elementales, cuando no pueriles, impulsadas por un
quimérico motor de autosuficiencia, pero sólo unos pocos, muy pocos,
dudan de ellas y sienten la necesidad de cultivar las únicas potencias
creadoras: las del espíritu y no las de la mano. De modo que no ha
de resultar extraño que el arte formal universalista tenga algo de postizo
entre nosotros, al no responder a una modalidad nacional, sino a una
estructura ficticia e inerte de ideales ajenos.

15

�Las formas del arte denuncian una sed, un apetito, una urgencia
de conocimiento, porque la curiosidad priva sobre cualquier otro aspecto
del obrar; pero lo que no manifiestan es el deseo, de parte de los artistas,
de una incorporación a fondo de las formas traídas desde lejanos países,
para realizar con ellas su verdadera personalidad. Se conforman aquéllos
con una refinada exaltación de la sensibilidad superficial y no intentan
una construcción inteligente y apasionada del organismo plástico. Por
eso es tierra de buenos pintores, grabadores y escultores Argentina, pero
no de auténticos artistas.
No quiero ser pesimista y no lo soy. Tan sólo quiero mostrar al
desnudo, tal como lo pienso y siento, las causas que han conducido a
esta fase de adolescencia en trance de frustración que aqueja a la creación
plástica; así como afirmar que el destino del arte en una comunidad, si
bien depende de las condiciones económicas, sociales y políticas, tiene
que ser elaborado por el hombre, al elevar su cabeza y hundir su corazón.
Acaso el remedio esté en querer la vuelta a lo que somos, y la
verdadera espiritualidad a que podamos aspirar sea la que se obtendría,
por añadidura, mediante una justa apreciación de nuestro ser moral y
una honrada incorporación de los medios técnicos para expresarlo; acaso
esté en partir de las formas y temas que tienen arraigo natural en la
mayoría de los nuestros, para refinarlos y ennoblecerlos lentamente.
N o tienen razón, a mi juicio, los torpes que subestiman el magnífico
esfuerzo de los artistas de vanguardia, pero tampoco parecen estar en lo
justo éstos al ignorar sistemáticamente las potencias de la tierra y el
hombre. Por ahora hemos llegado a un impasse, en el que actúan nega­
tivamente el desinterés de las masas y el esnobismo de ciertas minorías.
Ejemplos hay en América de pueblos que han ensayado o ensayan la
solución del problema; la nota de mayor culpabilidad que nos oprime
es que nada se haga aquí para superar los términos de una crisis angus­
tiante. ¿Será en verdad angustiante para muchos?
J org e R o m e r o B r e st

16

�EL VII SALON DE MAR DEL PLATA
L A

P I N

T

U R A

L a tónica del V il Salón de M ar del
P la ta la d a u n c o n ju n to d e artistas
cuyas o b ras im p re sio n a n p o r la esca­
sa im ag in ació n , el apego al m odelo a la
m an e ra n a tu ra lis ta , la pobreza en el em ­
pleo de los elem entos plásticos y la des­
preo cu p ació n p a ra com poner. El p aisajista
no construye, n i
se sie n te d e n tro
de la n a tu ra le z a
o d el escenario
u rb a n o —se l i ­
m ita a copiar
e stru c tu ra s d a ­
das— y el figurista escasam en­
te busca el ca­
rá c te r p o r la
a ce n tu a c ió n de
lo s
elem entos
p l á s t i c o s . La
ausencia de m u ­
chas de n u e stras
p rim e ra s f i g u ras c o n trib u y e a
e videnciar e s a
R aúl S oldi .
característica g e ­
neral.
Soldi es el a rtista qu e, con u n a e x tra ­
o rd in a ria fin u ra crom ática, consigue hacer
v ib ra r e n cada caso u n a em oción evoca­
dora adecu ad a. Ya p in te paisajes, n a tu r a ­
lezas m u e rta s, figuras, su p rim e ra c ara cte ­
rística es la de sab er m a n te n e r la u n id a d
ton al. Éste es su estilo. Así, en Casa en
B ernal, se le ve p a sa r de la som bra azul
verdosa y ocre a la luz, clarifican d o el

tono en el cielo, c am b ian d o el color del
suelo y de la casa, p e ro sin violencia v
d e n tro de u n a m ism a fa ctu ra. Y a u n q u e
a ra to s sus a rm o n ías son m on ó to n as, es
posible e n c o n tra r siem pre al colorista sen­
sible: a h í están los n abos de su X a tu ra leza
m u erta , con u n a riq u ez a de verdes y ocres
p a ra a te stig u arlo . Esa sensibilidad es la
q u e lo lleva a in c lu ir p eq u eñ o s arabescos,
elem entos gráficos q u e lle n a n de gracia a
sus obras.
B asaldúa es
tam b ién u n co­
lo rista —el d i ­
bujo
como
lím ite casi des­
aparece e n l a
c onstitución de
la fo rm a, q u e
o b tie n e p o r la
p ro x im id a d de
las m asas c ro ­
m áticas— p ero
es m ás denso en
su em paste q u e
Soldi, m enos su­
jeto a tra d u c ir
la m a te ria lid a d
de cada cosa.
Así en el acer­
Casa en B ernal.
tado R e tra to del
pintor
Jorge
Larco, salvo el m a n to a m a rillo q u e se
d e sp ren d e con fuerza, y el ro stro y las
m anos q u e a d q u ie re n carácter p o r el e m ­
pleo ta n sólo d el color, el resto aparece
realizado casi en el p lan o .
D e acuerdo a u n a m o d a lid a d q u e com ­
p re n d e sus ú ltim a s telas, el color resu lta
en d eb le p a ra C astagnino. Las fig u ras im ­
p re sio n an p o rq u e se d e sd ib u ja n , n o en una

17

�búsqueda de pasajes, sino p o r obra de la
atm ósfera q u e parece avanzar sobre ellas,
deshaciéndolas. Lo mismo no nos sugería
su M u jer norteña, bien estru ctu rad a y
con vigor plástico. En ésta existía fuerza
en el color y en la form a; en la q u e expone
a q u í tan to la form a como la com posición
parecen libradas a la inspiración, y hasta
se d iría a la im provisación. Posiblem ente
se defina de ese m odo su posición lírica y
a ratos épica; el episodio es u n pretexto
p a ra trasm itirnos su em oción por los p e r­
sonajes, q u e son como sím bolos de la tierra.
Con H oracio B utlcr estam os en la a n tí­
poda. E ncontram os a n te todo una p reo cu ­
pación p o r com poner y una tendencia a
la síntesis de la form a y el color. P or eso
divide su Desnudo en partes casi simé-

tricas y m arca los contornos, en u n a bús­
q u e d a insistida del d ib u jo . N ad a deja li
bracio a la im provisación, sabe o rd en ar su?
im presiones d e n tro de u n esquem a —tal
vez dem asiado frío—, el cual parece tener
vida indepen d ien te, pues se repite, ya sea
u n rincón del T ig re , u n paisaje urbano,
o éste su Arrabal.
Jorge L aico es u n lírico. Su acuarela El
invernáculo es u n cabal ejem plo: allí los
fondos viven con ex altada emoción, el azul
del cielo se diluye en grises expresivos,
se m u ltip lic an los verdes, alternados con
pinceladas rojas y azules, en tan to los vio­
letas se d esp arram an en las som bras; cua­
dro com puesto, en él hay p ro fu n d id ad y
hasta luz do rad a p re n d id a a los verdes,
sin q u e falten los elem entos descriptivos.
Sarah, su óleo, es m enos feliz, p o rq u e a
ratos sus pinceladas son dem asiado ligeras
y sueltas, pero la expresión ín tim a del
rostro, y el d ib u jo de m anos y brazos,
destaca al p in to r expresivo q u e es.
E n T ig lio encontram os la pretensión de
trad u c ir la to ta lid a d del cuadro, el aire
y las cosas, en color. Así en Paisaje, sin
llegar a lo caótico, con pinceladas r á ­
pidas com pone el p rim e r plano, las
ru in as y el cielo. Y en N aturaleza m uerta
y paisaje, a pesar de (pie m antiene el to­
no p a rtic u la r de cada cosa, son las d ife ­
rentes tintas incorporadas o p o rtu n a m e n ­
te p a ra m arcar un contorno o u n a som ­
b ra las q u e dan carácter al cuadro.
Al cerrar esta crónica, no podem os d e ja r
de m encionar otros esfuerzos serios: a
E ugenio D aneri, q u e expresa su candorosa
em oción en T arde en. el R iachuelo; a Miragiia. con su óleo Invierno en la isla;
a Bruzzonc, en cuya M u jer sentada, el
sensualism o de la m ateria parece c o n tra ­
decir su posición sentim ental fren te al
tem a; a Italo B otti, siem pre expresivo en
sus paisajes del R iachuelo.

B asaldr a . R etrato del pintor J. I mito .

Blanca Stabile

18

�LA

ESCUL T URA

T res características se advierten en la
sección escultura: el uso p referente del
yeso y el bronce, el p redom inio de las ca­
bezas y los bustos, y la objetividad; y las
ti es reflejan u n a posición sim ilar del es­
cultor, de donde cabe buscar m otivos co­
m unes y ex traer consecuencias.
Con respecto al em pleo de los m ateriales,
hay q u e a n o ta r la p ro p ied ad del yeso y
el bronce p a ra plegarse a los modos de
tratam ien to escultórico preferidos: escul­
tu ra por valores y escultura lum inista.
T am b ién cuenta la relativ a facilidad con
q u e se tra b a ja el yeso, y a u n el bronce,
cuyas dificultades son m ás bien de orden
técnico en el vaciado. Ig u alm en te explica­
ble es la predilección p o r las cabezas y
los bustos, q u e son p u n to s de apoyo del
re tra to . Y éste favorece la tendencia n a tu ­
ralista, la a ctitu d receptiva fren te a lo
representado. E n efecto, casi todas las
obras llevan el signo de lo objetivo. La
m ayor p a rte de los expositores se d etie­
ne en la observación. A cepta las suge­
rencias del m odelo, en vez de proyectarse
en él y recrearlo. N o deja lugar a la fa n ­
tasía, a lo sorp ren d en te e inesperado.
Apego a lo n a tu ra l, con tendencia al
d etalle y a veces a lo anecdótico, expresión
d ada por la superficie antes q u e p o r el
volum en, gusto p o r la nota sensible de los
valores, éstos son los rasgos a consignar
en cuanto al tratam ien to del desnudo. Un
ejem plo lo da A lba, de E d u ard o D aulte,
otro José Líense en Chico del rio, otro
López Seoane con su D esnudo. M ayor fu e r­
za y solidez hay en el E studio de T id o n e
Sepuccio, a pesar de que representa la
figura como en u n p lano, en perjuicio de
la tercera dim ensión, y la estudia casi
exclusivam ente desde el p u n to de vista
frontal. Como él, A ntonio Sassone em plea

el cem ento p a ra su E studio, donde la e n er­
gía linda con el efectismo: el m odelado
es vigoroso y el m ovim iento acentuado,
pero la form a carece de consistencia y se
desm orona, no sólo p o r la violencia de la
posición, sino tam bién plásticam ente.
H ay u n notable cam bio de actitu d fre n ­
te al desnudo en D urm iendo de José A lon­
so. Busca la expresión en el volum en,
sentido como redondez; huye de las aristas
trazando curvas plenas y am plias en los
perfiles; y, como no persigue la emoción
de superficie, tiende a la síntesis. T odo
concurre a legrar la sensación de m asa
única, p rieta, sólida. C ierra los intersticios,
pega los brazos al cuerpo, ensancha y acor­
ta los brazos y piernas. El cem ento favo­
rece esta expresión de estatism o, de pesa-

JosÉ A lonso . D urm iendo.

19

�dez buscada. Sin em bargo, lo redondo
nunca es totalm ente estático, m enos aun
con el agregado dinam izante de la su p e r­
ficie rugosa y el choque de las oblicuas,
piernas y brazos flexionados. N ada in te ­
lectual, in tu itiv o , q u ieb ra el tono general
de esquem atización con el detalle de las
uñas y los nudillos. No hay retrato . T al
tez una nota de gravedad. En Preciosas
cargas, en cam bio, e n tra n en conflicto el
carácter sintético y la consignación de
detalles accesorios; pesa dem asiado el ele­
m ento literario del tema.
En las cabezas se consigna lo externo
del m odelo, llegándose en ocasiones a un
detallism o que queda en lo circu n stan ­
cial, sin inscribirse el carácter. Se trazan
los cabellos, se c uentan las arrugas y se
im ita la ropa, pero la fuerza de la e x ­
presión queda ahogada p o r el afán de
lo pintoresco o por u n a dulzona sensi­
bilidad. al m ism o tiem po que la form a
pierde consistencia y tensión. T a n sólo
Adriana, de Noenrí G erstein, en la que
íeh u y e todo detallism o, se destaca, así
como D avid y Cabeza de E m ilio Casas
O cam po, a pesar de que a éstas les falta
carácter.

Dos tendencias se advierten en el pe­
queño n úm ero de relieves presentados;
una, descriptiva, q u e se caracteriza por
la riqueza de valores, el em pleo p refe­
rente de las curvas y la objetividad; otra,
decorativa, con inclinación al estatism o y
la frialdad de superficie. C abe situ ar en
ésta al relieve de N oem í G erstein, E n el
mar, el único q u e tiene algún valor.
De la revisión del conju n to se des
pren d e la a ctitu d prescindente del a rtis­
ta, la falta de im aginación y curiosidad.
Y como corolario, el desinterés p o r lo
o riginal y el escaso contacto con las fo r­
mas nuevas de la escultura. N o sólo se
m antienen los escultores alejados de las
corrientes m odernas, sino q u e tam poco
llegan a expresar alguna nota de re a li­
dad argentina. H ay ejem plos, sí, de
in q u ie tu d renovadora, emoción en el m o ­
delado, acierto en la expresión, justeza
en el análisis, posibilidad de síntesis. Pero
la a ctitu d m ás frecuente es colocarse an te
el objeto y transcribirlo sin o tra p re ­
ocupación. Carecen de m ensaje.

EL GRABADO Y EL DIBUJO

individualizada o circunstanciada, según
una concepción planista, con form as es­
tru ctu rad a s y definidas, de gran precisión
form al. Se ha valido a q u í el xilógrafo
de los dos elem entos de expresión legí­
tim os en el grabado sobre m adera de
veta: el trazo esquem ático y franco, y los
contrastes de blancos y negros, q u e no
llegan a ser tan sonoros unos y p ro fu n ­
dos los otros, como en sim ilares trabajos
suyos. Con u n a alegoría ta n sim ple como
lo es la de L a hechicera, busca y lo logra
sólo a m edias u n a gracia y espontaneidad
poco frecuentes en las xilografías. Se
descubre en su figura, no in cluida sino

Parece q u e el ag u afu erte sigue siendo
el procedim iento preferido por nuestros
grabadores; sin em bargo, debo referirm e
en p rim e r térm ino a los trabajos en re ­
lieve, no p o rq u e lo sea el prim er prem io,
sino po rq u e a m i juicio las dos estam pas
que alcanzan m ayor je ra rq u ía están re a li­
zadas sobre m adera.
V íctor R ebuffo es el a u to r de las dos
planchas. E n I.os argonautas nos presen­
ta. u n a vez más. el tem a p o rtu ario , b u s­
cando una expresión perm anente, poco

20

A ncelia B eret

�sobrepuesta al paisaje del fondo, cierta
rem iniscencia poética, cierto lirism o se n ­
tim ental que surge, tal vez, de la actitud
m ism a de la m uchacha arro d illad a a o ri­
llas de u n río. El trazo que la lim ita,
flexible o rico en el ju eg o de las curvas,
y sensible, como el q u e describe esque­
m áticam ente los cabellos, se hace a veces
trivial e inexpresivo. Hay allí una bús­
q u e d a evidente del arabesco y con ese
juego de oblicuas en
diferentes sentidos de
los cañaverales e n tre ­
cruzados del f o n d o ,
o con las hojas de r i t ­
mos repetidos, llega
a dinam izar el co n ju n ­
to y a d arle m ayor
expresividad.
Dolor, de Díaz Arduino, sobre linóleo,
es el p rim e r prem io.
Es un dolor patético,
superficial, el q u e su r­
ge de ese g rupo tan
abigarrado de gente de
pueblo, que se tra d u ­
ce no por los elem en­
tos plásticos en form a
contenida, sino por el
gesto e x a g e r a d o de
unos puños que se
levantan, de u n cu er­
po que se retuerce u
otro que cae vencido.
V íctor R ebuffo .
T a m b ién Cecconi p re ­
senta u n trab ajo sobre linóleo, pero aquí
se puede descubrir u n a em oción ín tim a a
través de sus esquem as u n poco inge­
nuos.
El otro gran procedim iento, el buril,
está representado por u n solo trabajo. A su
au to ra, A na M aría M oncalvo, le ha in te ­
resado sobre todo el problem a de la com ­
posición y del ritm o, q u e resuelve bien.

21

a u n q u e es u n poco m onótona.
En los aguafuertes predom ina una m e­
d ian ía desconcertante. El m ás honesto me
parece ser E lgarte, qu ien presenta un
paisaje serrano que va conform ando con el
juego de pequeños planos en todas las gamas
del gris, obtenidos por diferentes entrecruza­
m ientos de tallas sum am ente finas. Pero le
q u ita fuerza expresiva al conjunto esa exce­
siva desm enuzación. T am poco explota to­
das las posibilidades
del aguafuerte, ya que
no va en busca de
una expresión em otiva,
sino de u n ritm o fo r­
m al. Con todo, denota
una gran h ab ilid ad en
la m anera con que ha
controlado su p ropia
labor y la del ácido.
B astante inferior es
T ríptico de barrio, el
tercer prem io. Q uiero
n o m b rar t o d a v í a a
A braham Vigo, con su
aguafuerte A m igos de
sugestión sentim ental,
obten id a m ás p o r el
tem a q u e p o r los ele­
m entos plásticos.
Poca cosa p u e d e
decirse de l o s d i bujos. Casi todos son
r e t r a t o s naturalistas,
triviales en su e x ­
L os argonautas.
presión sentirn e n t a 1,
en los que la línea, elem ento de expresión
fu n d am en tal, queda excluida casi por
com pleto. Cabe destacar, sin em bargo, el
de E lb a V illafañe, en el q u e con trazo
rá p id o sem iabierto, bosqueja apenas la
figura de u n indio que sostiene dos
cirios.
R aquel E delman

�C A M I N O

DE

LA

OBS

E G IP T O :

C onstructivam ente el sistema
es el m ism o q u e el an terio r
pero ya hay a q u í u n g ra n ad elanto científico

que se traduce en la perfección del tra b a jo
de la piedra y en el cálculo de los esfuerzos
que se producen en la estru ctu ra, lo d o res­
ponde a u n a idea preconcebida sin q u e haya
ningún elem ento casual. La n aturaleza está
usada como u n m edio y geom etrizada siguien­
do esquem as m entales p u ra m e n te abstractos.
En esta sala hip ó stila se crea un espacio ce­

DO L M E N :

hom bre neolítico descu­
b re u n procedim iento cons­
tructivo: un elem ento q u e carga y varios ele­
m entos sustentantes. U n paso m ás y estarem os
en el sistema ti i 1ítico en que dos piedras v erti­
cales llam adas jam bas sostienen una h orizon­
tal: el dintel.

rrad o que no cuenta como concepción a rq u i­
tectónica sino sim plem ente como protección,
som bra o necesidad religiosa. Pero si bien el
h o m b re dom ina ya el m aterial, en cam bio
plásticam ente no acierta a trad u c ir el juego
expresivo de la carga y el sostén. El d e m e n to
sustentante —u n a selva de gi tiesas c o lu m n a srecibe el peso de un techo relativam ente li­
viano y toda esta relación no se inscribe a r­
q u itectónicam ente en el edificio.
Em oción de tipo evolucionado
m ente racional.

y

sensible­

Ua solución técnica es precaria y no está
totalm ente conseguida, el m aterial dom ina to­
davía al hom bre. P ero ya hay u n a v o luntad
de com posición, y esta volu n tad es la de un
m onum ento. Sea cual sea el origen de los d ó l­
m enes no hay d u d a de que ellos son la p r i­
m era expresión de u n afán de p e rd u ra r, de un
a m ia m etafísica en el hom bre.
1.a potencia de este esquem a surge de la
p ropia rudeza del m aterial en b ru to con toda
la expresividad de un accidente n a tu ra l al que
ya preside u n p rin cip io rector de lógica y de
ordenación. El hom bre h a hecho la m ita d del
trabajo: la elección de las piedras y el hecho
de erigirlas; la naturaleza, en cam bio, les dió
su form a sensible. E m oción de tipo p rim ario
como la (pie produce el tam -tam .

99
I

�R VACIÓN
GRECIA :

La colum na ya no es un m e­
ro cilindro, tiene su form a in ­
ventada con un capitel y una basa q u e son
p u ra creación. Adem ás el fuste lleva estrías,
elem ento q u e hace cuerpo con la colum na y
sensibiliza a la m ateria perm itien d o u n juego
de v ariedad tonal de luz y som bra.
El dualism o carga-sostén, techo-columna,, se
revela claram ente y es aprovechado al m áxim o

p a ra la expresión arquitectónica. La techum ­
bre se tran sp are n ta en el esquem a como e n ta ­
blam ento y su dim ensión y líneas horizontales
no sólo lo acusan sino q u e lo im plican como
carga y contrabalancean el verticalism o de las
colum nas y estrías.
El sentido es espacial, a u n q u e no se haya
conseguido todavía —h asta la época de los r o ­
m anos— la solución del g ran problem a a rq u i­
tectónico de occidente: la creación y es tru c tu
ración del espacio in te rio r cerrado.
E m oción de tip o e quilibrado, h u m an a y sen
sible sin de ja r de ser racional.

MODERNO

'

Gracias al adelanto cien
tífico el hom bre h a in ­

ventado una técnica constructiva: el horm igón
arm ado y un procedim iento de cálculo q u e es su
fu n d am en to indispensable. Las form as pueden
no siem pre parecer originales pero es que la
realidad es m ás p ro fu n d a. Este sistem a ya no
es triU tico sino m onolítico, es decir q u e no
existe claram ente la a n tig u a oposición de c a r­
ga y sostén, sino cpie hay u n c o njunto de fu e r­
zas q u e actúan al unísono y se e q u ilib ran e n ­
tre sí; pilotes sustituyendo a las colum nas, lo­
sas en lu g ar de dinteles y un elem ento total
m ente nuevo: el voladizo.
Hem os vuelto

o tra vez a u n geom etrism o

abstracto, pero no olvidem os q u e estam os vi­
viendo las p rim eras experiencias de u n a in v en ­
ción

revolucionaria

cuyas

ú ltim as

consecuen­

cias no podem os prever.
E m oción de tipo in telectual: p o ten te y audaz.
s. r . o. y i), c.

b.

23

�RENOIR

L ’alelier de la rué S. Georges (arrib a izquier­
da.) • Jeune filie (arrib a derecha.) • La
baigneuse (abajo izquierda.) • G abrielle el
Coco (abajo derecha.) •

24

�Inventario

RENOIR EN BUENOS AIRES
A GALERÍA WILDENSTEIN EXPUSO EL AÑO PASADO LA
mayoría de los cuadros de Renoir que existen en Buenos Aires; si
a ellos se suman los del Museo Nacional y de la Galería Saint- Honoré es posible estudiar casi todas sus maneras. La primera, todavía natu­
ralista, en el camino que le trazaron Coubert y Manet; luego, la que corres­
ponde al período que va de 1868 a 1883, en que debido a la influencia im­
presionista su paleta se llena de colores puros y se vuelve audaz, utilizando
la pincelada corta característica de la nueva escuela. Pero hay una tercera
manera, que surgió al preocuparse por el aspecto frívolo de sus obras: es
entonces cuando se deshace del impresionismo para volver a la enseñanza
de los museos, e influido por Rafael, Tiziano, Veronés y Carpaccio, se dedi­
ca a la búsqueda del volumen, adquiriendo así sus telas la estructura que
parecía faltarles, y perdiendo en cambio el elemento sensual y la alegría
de sus colores vibrantes. Después y como última manera, en su esfuerzo
por superarse, se vuelve menos rígido, las formas conservan una estructura
firme, pero vuelven a ser voluptuosas y blandas, ocupando su lugar en el
espacio. Ésta es la manera final, que ya no abandonará hasta su muerte.
En L ’Atelier de la R ué St. Georges (Colección Antonio Santamarina)
puede apreciarse un Renoir que acaba de abandonar su naturalismo de
primera hora para formar parte del movimiento impresionista. Vemos
rastros de esta actitud en la fidelidad con que encara el retrato de los
distintos personajes de la reunión. La manera impresionista se pone de
manifiesto, en cambio, en la calidad de la pincelada corta y entrecruzada
que forma una trama y en la tendencia planista, que no es definitiva, ya
que existe juego de luces y sombras, claros y oscuros. Utiliza aquí colores
impuros, que no son los preconizados por la nueva escuela: todo el cua­
dro está pintado en ocres, tierras, marfiles y verdes que le dan una

25

�entonación total mucho más apagada que la de su manera verdadera­
mente impresionista.
Un paso más y encontramos un Renoir definitivamente influido por
el impresionismo, a quien el pastel permite diluir la forma para obtener
mayor luminosidad con el color puro y los poros blancos del papel: La
Femme au Col de Fourrure, de la misma colección, en el cual Renoir
usa esta técnica en todas sus posibilidades y consigue un color vibrante
y al mismo tiempo modulado. Apartándose de la manera naturalista
definitivamente, sintetiza el dibujo, sobre todo en el cabello. La figura se
desarrolla en el plano y el fondo tiene interés de por sí, ya que está
tratado en grises y rosas que vibran al entonarse con los oros del cabello
y los verdes del sombrero y del cuello, haciendo que la mirada no se
detenga en la figura, sino que pase de ésta al fondo y viceversa, convir­
tiendo así a los dos elementos en el tema del cuadro.
En el Paysage (Colección Segismundo Edelstein), Renoir es neta­
mente impresionista; su objetivo ha sido la búsqueda de la atmósfera, y
los árboles, una masa que se diluye sin llegar a materializarse, constituyen
el soporte para lograrla. Las sombras obtenidas con el color aumentan la
fuerza cromática, disminuyendo la sentimentalidad, mejor dicho, logrando
una sentimentalidad diferente. En el dibujo no hay estructura racional
aparente, existe un debilitamiento de lo sensual producido por la materia
menos rica, lo que conduce a un refinamiento del color.
El Profil de Jeune Femme (Colección Mercedes Santamarina), pin­
tado al aire libre, con toda la alegría de un día resplandeciente de luz
y color, pertenece al mismo período, aunque sin embargo hay una dife­
rencia fundamental con el paisaje anterior y con las obras de los compa­
ñeros del movimiento: el objetivo del pintor no ha sido aquí la búsqueda
de la atmósfera, sino la figura misma. La cabeza está modelada con una
fina variación de tonos que le da fuerza expresiva, pero dentro de una
concepción planista acentuada por la posición de perfil. Este planismo es
dinámico, ya que cada pincelada actúa como un plano de color puro.
La materia es sensible aunque no tan rica como en obras posteriores;
la luz destruye la forma al amasarse con el color y da la impresión de
que entrara y volviera a salir produciendo la desintegración de la misma
y la pérdida de sus límites.
Impresionista todavía pero ya en franca búsqueda del volumen, Re-

26

�noir pinta La jeune filie aux fleurs (Galería St. Honoré), donde el
dibujo estructura la cabeza, consiguiendo un relieve subrayado por la
línea curva del sombrero que avanza hacia el espectador como si saliera
del cuadro. El busto en cambio ha perdido corporeidad; aparece sumer­
gido en el fondo, unificado con éste podría decirse, por medio de casi
pasajes logrados con pinceladas cortas que se funden en los límites. El
fondo resuelto a la manera impresionista nos deja adivinar el aire libre;
las pinceladas de color puro dinamizan el plano en contraposición con
la figura que por su eje vertical bien marcado es de tendencia estática.
Los verdes de este fondo y los azules del vestido se unen hasta formar
una masa que se desintegra en el plano.
El Portrait de Mme. Heimendahl (Colección Magdalena Ocampo de
Casares Lumb), fué pintado en 1880, casi al final de su período impre­
sionista, en una época de transición, cuando todavía no había llegado
a dibujar cuidadosamente como en su manera posterior, influida por
Ingres. En la cabeza de este retrato la línea sugiere el relieve, en tanto
que en el busto el modelado no le interesa, lo que se nota en las pince­
ladas cortas y luminosas. En él Renoir pone algo de su primera manera
naturalista, logrando la expresión por el modelo mismo. En el modo
de fundir el negro espléndido, rico y transparente del encaje, con los
ocres y en los brillantes que resplandecen, vemos la influencia de los
pintores españoles, de Velázquez y especialmente de Goya, a quien Renoir
admiraba tanto como para decir que el Retrato de la Familia Real valía
por sí solo el viaje a Madrid. Se ha vuelto más sobrio, la materia se ha
espesado —es brillante hasta el punto de parecer esmalte— el centro
expresivo son los ojos y la boca que brillan llenos de luz.
Una vez liberado de la escuela impresionista y en plena época ácida
o agria, Renoir hace el pastel de La Baigneuse (Colección Alberto W olf),
en el cual se aprecia claramente la influencia de Ingres, en el dibujo
firme, de volúmenes amplios. La línea sugiere el relieve con un trazo
neto que define las formas y el predominio absoluto de la curva le otorga
su carácter de sensualidad. Hay una intención de arabesco en la línea
continuada y vibrante que no se interrumpe en ningún momento; el
dibujo, al ser cerrado y espacial, produce la ilusión de menor dinamismo,
las formas se simplifican y desaparecen los detalles para lograr una expre­
sión más fuerte.

27

�Probablemente un poco más tarde, en plena evolución hacia su últi­
ma manera, Renoir haya pintado Tete de Jeune Filie (Galería Wildenstein), en la cual la línea de trazo firme parece ceñir un volumen; la
materia se ha enriquecido. La mejilla modelada con una gran variedad
de rosas, que conservan el color local, parece sobresalir del cuadro; en
la nuca hay una pequeña sombra que subraya el volumen. El fondo
está logrado con planos de colores yuxtapuestos: azules, rosas y amarillos
vibrantes que mueven cada plano con pinceladas cortas y luminosas.
En Gabrielle et Coco (Museo Nacional de Bellas Artes), Renoir
vuelve a la forma blanda de sus primeros tiempos, abandonando la seque­
dad del dibujo de su período ingresco, pero conservando la estructura
conseguida con este dibujo. La línea límite es sensible y bien marcada;
hay una gran armonía en los volúmenes logrados con las redondeces de
las mejillas y de las cabezas. La luz uniforme elimina las sombras, las
figuras se recortan con una línea clara, una sobre la otra y ésta sobre el
fondo, insistiendo así por la superposición de planos en la creación del
espacio. La materia es espesa, lisa, pulida y brillante, aunque no alcanza
todavía la riqueza de sus últimas telas. El eje oblicuo crea cierto sentido
dinámico.
Coco Dessinant (Colección Torcuato Di T elia), nos muestra a Renoir
en su último período, en plena madurez, seguro de sí mismo; el volumen
está obtenido con la pincelada corta y llena de color y con el dibujo
cuidadoso. Sensualista por naturaleza, Renoir ve en el niño la reencar­
nación de la mujer y, como a ésta, lo construye con una materia rica y
sensual, con formas plenas y voluptuosas que cantan el triunfo de la
curva sobre el ángulo.
Entre las telas de que hemos hablado no se encuentra ninguna de
esas vastas composiciones llenas de figuras que tanto complacían al maes­
tro, no son tampoco de grandes dimensiones, ni tratan su tema favorito:
el desnudo, a pesar de lo cual el conjunto es bastante completo 1.
L

ía

C arrea

1 A d em ás, se e x p u sie ro n la s s ig u ie n te s o b ra s de R e n o i r : Les Roses (C ol. A lb e rto
M a r tin ) ; Paysage (C o l. J o rg e P e re d a ) ; Femme au corsage bleu (C o l. D iego L ez ic a A lv e a r) ;
L’été (C o l. A lb e rto W o lf) ; Portrait d’enfant (C o l. M arce lo D iego S c h lim o v ic h ) ; Ohamp
de blé (C o l. A rtu r o J a c in to A l v a r e z ) ; L'allée couverte (C o l. C a rlo s Z u b i z a r r e t a ) , D e s g r a ­
c ia d a m e n te no se ex p u so la Ba/igneuse de la C o lección L lo b et, p ie z a m a g is tr a l del m a e stro .

28

�CENNINO CENNINI
Y LA PINTURA DEL TRECIENTOS
ÁS EXACTAMENTE QUE EL LIB R O DEL A R T E ESTE TRA­
tado de Cennino Cennini debiera llamarse El libro del oficio, el
libro del oficio del pintor. Porque en él hay apenas una que otra
ligera referencia al problema esencialmente artístico. En el capítulo I
leemos: “Y así Adán, reconociendo la falta por él cometida, y habiéndole
dado Dios tan nobles dones, como que era raíz, principio y padre de todos
nosotros, halló de propia ciencia que era menester encontrar una manera
de vivir manualmente. Así, pues, empezó a trabajar con la zapa, y Eva a
hilar. Luego siguió muchos oficios conformes a las necesidades, diferencia­
dos unos de otros. Algunos oficios eran —y son— de mayor ciencia que otros,
pues no todos podían ser iguales; y era la ciencia el más digno. Después
de ella siguió algunos oficios derivados de aquel arte cuyo fundamento
se encuentra de necesidad en ella, con obra de mano. Y es ésta el arte
que se llama el pintar y que precisa de fantasía y obra de mano; hallar
cosas no vistas, penetrando en la sombra de lo natural, y fijarlas con la
mano, mostrando todo aquello que no es. Merece ésta, con razón, que
se la siente en segundo lugar después de la ciencia y se la corone de
poesía. La razón es ésta: que el poeta, con la ciencia primaria que
tiene, tórnase digno y libre de componer y establecer vínculos o no, como
le plazca, según su voluntad. De modo semejante, el pintor tiene libertad
de componer una figura de pie, sentada, mitad hombre y mitad caballo,
como quiera, según su fantasía”.
En estas líneas está resumido todo el credo estético de Cennini. Y
no va más allá, en lo que a teoría artística respecta, en el resto del
libro. Después de esta breve introducción teórica, se presenta “como
humilde miembro que cultiva el arte de la pintura”, haciendo referencia1

M

1

C e n n in o C e n n in i ,

El libro del arte, A rg o s, B s, A s. 1947.

29

�sus maestros, y nada más. No aprovecha la circunstancia para ilus­
trarnos acerca de lo que realmente significó esa mudanza de “el arte
de pintar de griego a latino”, atribuida por él mismo a Giotto. Quedamos
ante el hecho consumado de una mudanza estilística realizada por Giotto
y, ya que éste “alcanzó un arte acabado como nadie jamás lo tuvo”, no
se plantea otro problema que el de seguir sus huellas humildemente y,
con “amor, temor, obediencia y perseverancia”, tratar de alcanzar su
maestría. El resto de la obra está íntegramente destinado a explicar y
enseñar la artesanía de la pintura: preparar carbones para el dibujo y pre­
parar los colores; triturar, encolar, pegar telas, enyesar, relevar en yeso,
dorar, bruñir, preparar témperas, barnizar, hacer pinceles, etc.
Libro de pura artesanía, típicamente medieval, no trasunta la esencia
de aquel dolce stil nuovo de Giotto que lo inspirara y que fué un paso
tan decisivo para salir estilísticamente del hieratismo convencional del
período bizantino. Pero en su concepción limitada de simple libro del
oficio, sin ahondar el problema teórico del estilo, está ya hecho en
función de aquél. Es un paso más en el camino ya emprendido, largo
camino en el cual Leonardo da Vinci, un siglo más tarde, plantaría otro
jalón importante y decisivo, y del cual es testimonio su Tratado de la
pintura, obra de más vuelo, de mayores pretensiones teóricas y, por lo
mismo, con lunares visibles, de que carece este sencillo tratado de Cennini.
Concepción laboriosa la de ese estilo latino, estilo-madre, que en Leonardo
no aparece aún del todo depurado de los prejuicios del arte griego cuyas
ligaduras tan resueltamente rompiera Giotto. Leonardo, teóricamente,
se afirma en el naturalismo (aunque en la práctica no se mantuviera
tan fiel a la teoría y aun teóricamente se contradijera); Cennini también
se pronuncia por la naturaleza: “Ten presente que el guía más perfecto
y el mejor timón es la puerta de triunfo del copiar del natural. Éste
supera todos los demás modelos, y puedes confiar en él sin temor. . . ”
Aconseja esto después de recomendar que se copie a los más grandes
maestros y, de ser posible, a uno solo para adquirir su estilo. En este
punto, Cennini se nos muestra, sin embargo, más desembarazado que
Leonardo, cuando agrega: “Luego te sucederá que, si la naturaleza te
dotó de alguna imaginación, acabarás por adquirir una manera propia”.
0

30

/

�Como buen artesano, Cennini se nos presenta muy simple, sin conflictos
de auténtico creador. Lo que en Leonardo resulta una contradicción,
en Cennini es sólo un cambio de recursos para el honesto aprendizaje
de un oficio.
Pero este aprendizaje ¡qué lleno de heroísmo, qué emocionante como
vocación! “Tu vida debe ser siempre ordenada como si tuvieras que
estudiar teología o filosofía u otras ciencias” —dice en el capítulo xxix.
Y entre los consejos están los de beber y comer con moderación y no
usar demasiado de la mujer. Y luego, esa minuciosa descripción del duro
y largo aprendizaje, desde moler los colores, fabricar los pinceles y pre­
parar las tablas, las témperas y barnices, y trabajar en el dorado, en
mosaico, en vidrio y en tela, “que cada arte por su naturaleza es habi­
lidad y placer”. . . “Y, caso que no fueras bien pagado, Dios y Nuestra
Señora recompensarán tu alma y tu cuerpo”.
Estamos en plena Edad Media, en que el arte es un oficio que im­
porta sacrificios y que se ejerce con conciencia y con placer, como un
sacerdocio, para mayor gloria de Dios. Seguimos por ese camino aunque
entremos en una senda que lleva derechamente al Renacimiento; la direc­
ción está tomada, pero el espíritu sigue siendo medieval. Esa dirección
hacia el Renacimiento parecería estar dada tan sólo por los recursos de
la técnica.
¿Son acaso únicamente éstos los que imponen en definitiva los cam­
bios en los estilos? Leyendo a Cennini no se vislumbra que un estilo
pueda responder a directivas previas impuestas por una concepción esté­
tica determinada, por una verdadera creación teórica, y que más tarde
se adquiera una técnica que responda a las exigencias de dicha con­
cepción. Todo lo contrario; el estilo parece ser un derivado de la mayor
c menor habilidad en el oficio y de los recursos materiales más simples
o más complejos, en una palabra, de los puros recursos técnicos. . .
Con todo, resulta este libro de Cennini un estímulo y un ejemplo,
una admirable lección para las generaciones actuales, tan olvidadas y
tan distantes de las virtudes de la artesanía. Y quizá también alejadas,
en igual medida, del verdadero arte.
A

31

lfred o

E.

R

o l and

�ESPEJO DE LA PINTURA ACTUAL
d e M A R G A R IT A G. de S A R F A T T I

L P R IM E R H E C H O D IG N O DE
m ención d e este lib ro i tan o p o rtu n o
es el d e estar escrito directam en te en
n u e stro idiom a, y n o sólo correctam ente
sino con u n tono, u n a vivacidad y u n a g ra ­
cia q u e n o son frecuentes en obras de esta
clase. C laro q u e hay u n aire de o tra
c u ltu ra, m ás q u e ita lia n a nos a tre v ería ­
m os a decir europea, a lo largo de todas
sus páginas, p e ro esa circunstancia no es
m ás q u e u n a v en taja, pues las im ágenes
o m etáforas q u e d an teñidas d e u n a o rig i­
n a lid a d m uy sim pática.
Si acierta M arg arita S arfatti con las p a ­
lab ra s q u iere decir q u e acierta con las
ideas y adem ás las piensa p ro fu n d am e n te
y las sabe tra d u c ir en el texto. P ero
aclarem os en seguida que no se tra ta de
u n a o b ra p u ra m e n te de tip o conceptual.
Al con trario , éste es el lib ro de alguien
con u n a gran sensibilidad, e xquisita p a ra
los detalles, q u e escribe como qu ien con­
versa, dejándose llevar p o r la fuerza del
tem a y d el entusiasm o. C ualidad negativa
p a ra algunos, n o lo es p a ra nosotros q u e
com partim os m uchas de las preferencias
de la au to ra . P e ro n o venga n a d ie a q u í
buscar u n a exposición sistem ática de
ideas, n i u n m étodo de investigación.
H ay otras ventajas e n cam bio: soltura,
elegancia, in tu ic ió n de m u je r y de cono­
cedor.
T ie n e siem pre la a u to ra u n a g ra n ri­
queza p a ra caracterizar m atices ta n n u m e ­
rosos como los q u e se p re sen ta n en u n 1
1

M a r g a r it a G . de S a r f a t t i ,

libro q u e tra ta de p in tu ra , y siem pre sus
frases son gráficas o cortantes o irónicas
o llenas de la expresividad de los sentidos
del gusto y el tacto, los m ás próxim os
a la m a te ria y al cuerpo.
Em pieza el lib ro p o r u n a o p o rtu n a
revisión de los conceptos fun d am en tales
como p a ra evitar —ella n o lo dice— u lte ­
riores m alen ten d id o s con el lector, y e n ­
tonces, d id ácticam ente p ero disfrazándolo
de conversación lla n a , explica q u é cosa
son las artes plásticas, las categoriza, las
ubica. L uego e n tra en m ate ria y siguien­
do u n ord en sui generis q u e no es n i
cronológico n i geográfico, sino de interés
h u m an o y de o p o rtu n id a d , em pieza a p a ­
sar revista a la p in tu ra actual, n o sin
h a b la r antes —y extensam ente— de la
del siglo pasado.
A pesar de q u e acierta siem pre en las
caracterizaciones, no es ta n im parcial q u e
no deje ver claram ente sus preferencias,
pero no p o r eso cae en generalizaciones
poco fundadas, sino q u e tra ta de ser lo
m ás rigurosa y objetiva posible.
T ie n e com o pocos u n sentido especial
p a ra la o p o rtu n id a d y entonces n o titu b e a
en dedicarle u n a re p rim en d a a D alí; a b o r­
dar el discutido tem a del a rte polém ico;
reivindicar a E nsor como el p recu rso r del
superrealism o o contar divertidas anécdo­
tas de la “ R u c h e ”, el gigantesco conven­
tillo en q u e vivieron M odigliani y Soutine.
T o d o sabroso, irónico y lleno de viva­
cidad.

Espejo de la pintura actual, A rgos, B s. A s. 1947.

32

�D espués d e desm ayados com entarios —
listas de nom bres m ás q u e o tra cosa— sobre
la p in tu ra del C anadá o de A ustralia,
a b u rrid o s (porque se siente q u e le a b u ­
rren a la au to ra) , llegam os a los esplén­
didos capítulos sobre la escuela de París
o los p in to re s italianos. C laro q u e no
dedica m ás q u e unos pocos renglones a
u nos y varias páginas a otros, pero, ¿quién
se lib ra de ser u n poco p a rcial en cues­
tiones de arte? H ay tem as q u e evidente­
m ente prefiere; la p in tu ra española p o r
ejem plo n o le interesa y no llega a carac­
terizarla con p ro fu n d id ad . Lo q u e dice
de Picasso nos parece d e lo m ás flojo del
libro.
Más adelante, en u n cap ítu lo q u e se
llam a: “ ¿Vecinos de tiem po o de espa­
cio?” desarrolla la tesis poco nacionalista
pero m uy exacta de q u e el hecho de ser
contem poráneos u n e —y m ucho m ás— q u e
la circunstancia fo rtu ita de h a b e r nacido
en la m ism a ciudad o región. Y aprove­
cha a renglón seguido, p a ra desconfiar de
aparentes folklorism os y explicar q u e las
form as populares son siem pre "m igajas
del b a n q u ete d e los dioses” o sea del
esp íritu creador en su m ás a lta acepción.
E n o tro cap ítu lo —el titu la d o “L as siete
lám paras de tinieblas d e la p in tu ra con­
tem p o rán e a ”— M arg arita S arfatti estudia
el origen y las posibles causas del actu al
divorcio e n tre p in to r y p úblico y lo a tr i­
buye a esas lám paras, contrarias a las de
R uskin, q u e en vez de ilu m in a r sum en
en tinieblas a n uestro a rte actual. Ellas
son: a) la fa lta de élites fijas, o sea u n a
aristocracia con estabilidad y contin u id ad ;
b) el hecho de n o e xistir m ás el m ecenatism o; c) la ausencia de ideales unánim es;
d) la falta, en el cam po artístico, d e u n a
elaboración y colaboración colectivas; e) el
inexistente e sp íritu de síntesis (que debe­
rá ap arecer fa ta lm e n te ya q u e el siglo

33

pasado fu é a n a lític o ); f) la p re p o n d e ­
rancia de la ciencia y g) la in flu en cia de
la fotografía. D e todas estas razones a lg u ­
nas nos parecen ciertas como las dos p r i ­
m eras y las otras discutibles.
D e las ú ltim as dos, pensam os q u e ta m ­
bién el siglo x ix fué científico y p ro d u jo
—a veces apoyándose en los pro p io s des­
c ubrim ientos científicos como el im presio­
nism o— u n o d e los m om entos m ás glo rio ­
sos de la p in tu ra de todos los tiem pos.
Nos parece q u e acierta p len a m en te en
cam bio cuando le señala a la fotografía
su puesto y su alcance. Y las teorías que
a v en tu ra sobre el d ib u jo anim ado y otras
flam antes form as de expresión, son acer­
tadas y apasionantes.
T e rm in a la o b ra con u n A péndice sobre
la p in tu ra rioplatense, en q u e la a u to ra
se re tro tra e h asta los hum ildes y prim eros
ilustradores viajeros p a ra llegar, a través
de anécdotas y sucedidos, h a sta la época
actual, e n la q u e analiza con sim patía y
sagacidad a nuestros representantes m ás
conocidos. A veces p a ra lam e n ta r la m ala
suerte q u e tuv iero n al caer en P a rís o
en Ita lia en m anos de m alos profesores,
académ icos sin trascendencia q u e les lega­
ron u n oficio sin alm a.
O tra ú ltim a objeción. M arg arita S arfatti
no nos da soluciones. N o cree en el a rte
como tem a social y nos parece q u e ta m ­
poco en el arte p o r el arte. D e su libro
no nos q u e d a la afirm ación de su actitu d
a n te ese p ro b lem a ta n debatido, y quizá
ese escam oteo sea la p ru e b a m ás evidente
de su posición hecha de u n a g ra n sensi­
bilid ad q u e no q u iere p lan tearse la cues­
tió n y la e lu d e con la vehem encia de su
pasión, con el excelente conocim iento del
tem a y las personas, con la sutileza de
la apreciación.
D a m iá n C arlos B ayón

�W1LHELM PINDER
Y EL

Problema de las generaciones en
la H istoria del Arte de Europa
\

NTRE LOS HISTORIADORES DEL ARTE CONTEMPORÁneo ocupa un lugar distinguido Wilhelm Pinder, nacido en Kassel
—en el corazón de Alemania— en 1878, no sólo por su larga y fecun­
da actuación de pedagogo e investigador, sino porque planteó los proble­
mas de la historia del arte con miras hacia soluciones nuevas, a menudo
debatidas, pero sin duda de gran valor científico y sociológico. Basta
pensar en que a los 27 años fué habilitado como docente en la Universidad
de Wuerzburgo y a los 32 ocupó su primera cátedra de ordinarius en la de
Darmstadt, para seguir su carrera por casi todas las demás universidades
alemanas (Breslau, Estrasburgo, Heidelberg, Leipzig, Munich y Berlín),
y se tendrá idea de lo movido de su empeñosa actividad.
Su pequeña figura, que rebosa agilidad, es foco de atracción para
muchos miles de estudiantes. Su erudición encuentra digna exteriorización
en una oratoria cristalina y penetrante; pero no por tener profundos cono­
cimientos se convierte en un hombre de ciencia alejado de los demás
y falto de buen humor. Al contrario, atrae personalmente y cautiva a
sus oyentes como historiador que no ha perdido la noción y el contacto
íntimo con el presente y el futuro. Prueba cabal de este vínculo estrecho
que Pinder supo mantener con la juventud estudiantil, se tenía en el
aula magna y en los seminarios de la Universidad de Berlín, colmados
en su capacidad de estudiantes y estudiosos que acudían de los cuatro
vientos a escuchar su palabra 1.
1 S u b ib lio g r a f ía es e x te n sa y fr u c tíf e r a , siendo a u to r de la s s ig u ie n te s o b r a s : El
ritn o de espacios interiores románicos en la Nonnandia (1 9 0 4 ) ; Catedrales alemanas
(1 9 0 7 ) : La escultura medieval en Wuerzburgo (1 9 1 1 ) ; El barroco alemán ( 1 9 1 2 ) : La
escultura alemana desde el final del Medioevo hasta el final del Renacimiento (1 9 1 4 ) ; La

34

�No ha mucho se ha editado en castellano uno de sus trabajos
más importantes como investigación histórica y como tesis personal2.
Estamos con este libro, complementado con ilustraciones de valor de­
mostrativo, frente a una obra que ha provocado muchas discusiones
y aplausos, y que plantea el concepto biológico de la generación como
base élemental para juzgar y conocer la verdadera posición histórica,
la cual encontró simultáneamente en José Ortega y Gasset un adepto y
un defensor3. Esta idea básica de Pinder ha sido recogida y aplicada
también por otros a los demás campos de la investigación histórico-artística, de manera que actualmente se ha convertido en una verdadera
conquista para el esclarecimiento del devenir histórico.
Pinder propugna una historia en su parte no-anónima, según “estra­
tos de generaciones”, imaginada por lo pronto como una posibilidad más
de la visión histórica —sin excluir las demás— y presentada como suges­
tión; y fundamenta su tesis con un esbozo completo de tal ordenamiento
e interpretación de los hechos históricos, arrancando de Fra Angélico y
de Stephan Lochner para concluir con los maestros contemporáneos,
puntos extremos que bastan para señalar el camino que recorre.
Con su tesis destaca principalmente lo inconscientemente innato en
los hombres de un “estrato generacional”, correlacionados estrechamente
por su “unidad de problemas” —pero no siempre de las soluciones— lo
que ofrece en su totalidad aspectos nuevos, no solamente seductores sino
convincentes, en su intento de percibir las manifestaciones artísticas del
hombre europeo como una polifonía multidimensional, y no como una
mera y esquemática sucesión de estilos o escuelas por un lado, o como
la obra individual de los grandes creadores en biografías aisladas y des­
vinculadas por el otro.
En el resumen que inserta al final de su libro, esquematiza nueva­
mente su teoría, mencionando brevemente los hechos irrefutables y ya de
carácter axiomático, destacando luego su propia interpretación y distinPietá de Naumburgo y sus esculturas (1 9 2 4 , en c o la b o ra c ió n con H e g e ) ; Las artes plás­
ticas del siglo X IV en Alemania (1 9 2 5 ) ; La catedral de Bamberg y sus esculturas (1 9 2 7 ) :
Burgos alemanes y castillos fortificados.
2 El problema de las generaciones en la Historia del Arte de Europa, E d ito ria l L o sad a
B ib lio te c a S o cio ló g ica, B u en o s A ires, 1946.
3 J o s é O r t eg a y G a s s e t , E l terna

de nuestro tiempo, C a lp e , M a d rid , 1923.

35

�guiendo entre los factores constantes y relativamente permanentes (espacio
cultural, nación, tribu, tipo e individualidad) y los factores temporales
susceptibles de mutación. Entre éstos son de influencia decisiva diversas
clases de entelequias —puntos o más bien trechos cúspides, diríamoscorno ser: la entelequia de las artes mismas (en la sucesión cronológica:
arquitectura, escultura, pintura y música, que ocupan el lugar de lenguaje
de primer plano, predominando sobre los demás); la entelequia de lo
idiomático (religión, filosofía, poesía y ciencia, que a su vez se hallan
íntimamente ligadas a las manifestaciones artísticas de carácter predomi­
nante) ; la entelequia de los estilos (que guarda diversas relaciones con
los valores generacionales); la entelequia de las generaciones mismas (la
predominancia de los seres reales que son autores de la creación artística
en un momento histórico dado); y, finalmente, las entelequias de las
naciones y de los individuos. Sólo del entrecruzamiento y la disposición
en estratos generacionales de estas entelequias surge como resultante lo que
comúnmente se denominan épocas y estilos en la Historia del Arte.
Cierra Pinder su obra con una determinación y estudio de la “Ley
del ritmo”, que rige los acontecimientos en la Historia del Arte, y con la
afirmación del propósito que lo guía, según el cual “su contemplación
basada en la historia de las generaciones intenta aproximarse, con vene­
ración, a las fuentes vivas del devenir”. No parte ella de la “explicabilidad”, sino de la evidencia (posición empírica y determinista); advier­
te el peligro de considerar en primer término los estilos como seres
vivos —pues de ningún modo coinciden ellos con las generaciones de
artistas— y se dedican más bien a la contemplación de seres vivos reales.
Se propone fijar matices que realmente existen y que suelen ser
tapados por una mera “historia de los estilos”; distingue entre la pers­
pectiva subjetiva y la biología objetiva; halla en las biografías de las
generaciones el elemento de un ritmo integral, que redime a los efectos
disgregadores de la mera “historia de los artistas” tanto como del orden
aparente, excesivamente claro, de la simple sucesión de los estilos. Final­
mente, aclara que su interés por comprender la parte no-anónima en la
historia del arte es para iluminar con mayor claridad la anónima, según
aspectos cada vez más precisos y libres de todo ocultismo científico y
místico.
R o d o l f o G. B r u h l

36

�También aquí cabe Sartre. Y es lógico. Su palabra existencial anda
por todos los sitios donde se suscita algo: existencia, vida. Es difícil
saber qué piensa de una exposición de pintura un escritor, un novelista,
tal vez porque al iniciar el juicio se ubica inconscientemente en el sitio
del crítico de arte y desvirtúa su posición primera. La narración emocio­
nal o literaria no ha tenido hasta ahora, con demasiado frecuencia, jerar­
quía de postura definida frente al cuadro. Hasta que Jean Paul Sartre
describe en La Náusea 1, el museo de Bouville, la sala de retratos de
un museo de provincia. A Sartre no le importa la técnica, ni la factura,
ni la resolución del cuadro: se hunde con pasión en el “clima humano”
que sale del retrato y en el placer de recrear, por la obra de arte, la
vida de cada personaje. Comparándolo, siempre, con el propio protago­
nista, Antoine Roquentin.
El retrato cobra jerarquía, se eleva, se construye, adquiere defini­
ción: “Este hombre —dice Roquentin— tenía la simplicidad de una idea.
Sólo le quedaban huesos, carne muerta y derecho puro”. Pero no es po­
sible detenerse en la construcción de definiciones: hay que hundirse,
hurgar en todas las posibilidades, tratar de ver, tratar de no perder
ningún movimiento ideal o sensible; típica angustia existencial. Se llega
a la radiografía, implacable^ del retrato. “Sabía —cuenta— por haber
contemplado mucho tiempo en la Biblioteca del Escorial cierto retrato de
Felipe II, que cuando se mira a la cara un rostro resplandeciente de
derecho, al cabo de un momento el brillo se apaga y queda un residuo
ceniciento; ese residuo era el que me interesaba”. La radiografía va
acercando a la esencia del retrato. Antoine Roquentin llega —aparente­
mente sin advertirlo, lo que también entra en la posición existencial—,
a la reconstrucción del mismo instante creador. Incorpora la naturaleza
X

J ean P a u l Sartre,

La Náusea, E d i to r ia l L o sa d a, B s. A s.

37

�a la composición artística: los dos pintores habían construido los retratos
sumando a ellos “los dragados, las perforaciones, las irrigaciones”, de la
naturaleza. Y alcanza al pequeño momento, a la esencia misma: “Lo que
estas telas ofrecían era el hombre repensado por el h om b re... Admiré
sin reservas al género humano”.
Es simplemente un hombre que ha entrado a un museo. Una sala
inmóvil, con. esa luz especial, impalpable y silenciosa de los museos. Y
de pronto, cincuenta retratos: todos los ilustres personajes de provin­
cia, que dinamizan fantasmagóricamente su estatismo, un célibe que vive
por un color verde, un gris que da la clave de la muerte en los ojos,
un rostro que se llena de historias burguesas y otro que comienza a ser
cruel debajo de las líneas de la pintura, unas manos que señalan la vida
de un hombre y el súbito descubrimiento de la treta del pintor para
encubrir una estatura ridiculamente exigua. Cuerpos, caras, manos. Acti­
tudes, gestos. Realidad, inmortalidad y época, mentira y descubrimiento
del retrato. Antoine Roquentin atraviesa nuevamente la sala. Se aleja
mirando los retratos. Lo han inquietado, turbado, hasta conmovido. Pero
no se deja engañar. Él es Roquentin, existe, tiene el valor de existir y
de angustiarse. Y algo le repugna de estos hombres definitivamente
célebres por los retratos. Y es Sartre, el escandaloso y genial Sartre, el
que resuelve la pugna íntima de su personaje: “Adiós hermosos lirios,
pura fineza en nuestros pequeños santuarios pintados, adfós hermosos
lirios, orgullo nuestro y nuestra razón de ser, adiós. Cochinos.” La puerta
se cierra detrás de Roquentin. Sala vacía de museo de provincia. Absoluta­
mente vacía.
• Cien obras de Paul Klee, óleos y acuarelas, se exponen desde mediados de
febrero, en el Museo de Arte Moderno, a la crítica violenta y activa del público
de París.
• Si en la E xposición de H isto ria y A rte R eligiosos, q u e acaba de realizarse,
h a h a b id o u n deseo de g u iar al v isitante, o rien tán d o lo en u n a com prensión relativ a
del asunto, el in te n to n o se cum ple p o r la desorganización con q u e están presentadas
las piezas. E n u n a exposición d e este carácter, —erizada de dificultades, p o r la in flu e n ­
cia va ria d a de la p in tu ra española sobre la am ericana—, debió hacerse u n d etenido
estudio previo p a ra la ubicación de las obras p o r épocas, influencias y nacionalidades.

38

�E sto, u n id o a fallas técnicas im p o rta n te s —la luz im p o sib ilita la apreciación de la
m ayoría de los cuadros— q u ita valor a u n a exposición q u e p u d o ser d e jera rq u ía .
E l m ovim iento barroco español del siglo

xviii

está expresivam ente ubicado en la

Inmaculada, de la colección de D aniel G arcía M ansilla, rica d e color, audaz de form a,
con todo lo p o ten te y áspero y angustiado de lo barroco. C ontraponiéndose, el m ag n i­
fico Señor de la Paciencia y Humildad, de las m isiones guaran iticas, señala el a rte
de A m érica, d istin to y p ro p io , prim itiv o y genial en su expresividad. U n m aravilloso
b u sto en m adera policrom ada de la Doloroso, p ro p ied a d del Sr. M iguel P an d o , indica
la transición hacia la línea im p u ra del barroco, la v irtu d d e la form a en el triá n ­
gulo, la m aestría e x tra o rd in a ria del color. La exposición se com pleta con orfebrería,
p la te ría , tejidos, m uebles, im presos y m anuscritos.

• Escorialito: novísimo estilo arquitectónico —inspirado en las líneas del Escorialson el cual los españoles de hoy están construyendo, naturalmente, conventos y casas de
ejercicios. España da a cada instante señales de su muerte.

• Entrevista con Campigli2. Entrevista con un hombre inteligente,
un artista insatisfecho, en permanente búsqueda, no una entrevista
cualquiera. Toda la conversación tiene un clima verdadero y aleccionador.
Campigli explica su pintura: resultado de sus nostalgias de épocas pasadas
y felices; de sus influencias próximas —Picasso y Leger— y sus remotos
hilos invisibles que lo unen a las mujeres etruscas y cretenses; de las
influencias involuntarias del ambiente exterior, de sus muebles, sus
objetos simples, que mira “largos ratos, beatamente”, su tapiz de Karamani, su mujer Giuditta esculpiendo a su lado, obstinadamente, gravi­
tando en silencio. Se le pregunta cómo ubica sus cuadros en la época
actual, abriéndole las posibilidades de múltiples definiciones. No las
rehuye. Contesta que todo el arte actual es de evasión, arte en el cual
los bajos fondos del alma dirigen fundamentalmente el sentido misterioso
de la creación. Descarta que la crítica de arte pueda tener algún valor
sobre la obra, aunque admite una influencia muy sutil, y también rnuy
insignificante, del público en el artista. No le da a sus actuales pinturas
murales un sentido social y defiende su posición de creador individual,
no aislado con indiferencia, sino para construir una realidad propia, más
2

R e v is ta

Domus, N « 2 2 3 /2 2 4 /2 2 5 . M ilá n , I ta lia .

�feliz y esperanzada que un mundo real de desolación cierta. El cronista
le hace una pregunta al margen. ¿Caracteres de una “pintura italiana”?
Tiene una respuesta exacta y de totalidad expresiva; “nuestra evolución
lenta, la resistencia a la moda, el sentido de lo eterno y algo de nobleza
que encontramos en los mejores”. Necesariamente, se toca el tema del
superrealismo. Es conciso, como en todo. “La pintura superrealista es
una literatura transcripta en bella caligrafía”. En cambio elogia sin
reservas al psicoanálisis, que da sentido “a Ja más oscura creación” y
lo admite como una forma que “ayuda a ver claro intelectualmente”.
Respuestas apretadas y densas, de un hombre que trabaja y piensa,
con definitiva actitud de artista, con un trazado ideal que emociona por­
que su pulso vital es sencillamente evidente.
• El pintor italiano Filippo de Pisis, trabaja con fervor. Ha reencontrado París,
donde, según sus palabras “hay un ansioso sobrevivir, un espíritu nuevo y distinto".
• C on m otivo de los actos de la tom a de posesión d e R ó m u lo Gallegos, p resi­
den te d e V enezuela, el Museo de Bellas A rtes d e C aracas organizó u n a am plia e x p o ­
sición d e p in tu ra venezolana, colonial y m o d e rn a s . E l catálogo de la Exposición
presen ta 95 reproducciones precedidas p o r u n estudio crítico de E n riq u e P la n c h a n .
L a p in tu ra venezolana, como toda la p in tu ra de A m érica, debe estudiarse in tim a ­
m en te u n id a a E u ro p a, desarraigada de sus vitales necesidades y reflejando sólo u n a
m ayor o m en o r h a b ilid a d técnica.
P la n c h a n n o in te n ta realizar u n a crítica d irig id a a la esencia y sentido filosófico
d e la p in tu ra . Se lim ita a p re sen ta r los p in to res anecdóticam ente y los cuadros com o
descripción arg u m en tal. D esfilan T o v a r y T o v a r, R ojas, M iclielena, Boggio, Salas,
Valdés, Sánchez, B ra n d t, C abré, R everón y m uchos otros. N ad a m ás que desfilan. El
lib ro , e n tre estos pequeños lím ites, tom a ú n icam en te el valor docum ental y aclaratorio
q u e h a in te n tad o alcanzar.

M arth a T

3

Tres siglos de pintura venezolana. M u se o d e B e lla s A rte s , C a ra c a s, 1948.

40

raba 3

�VER Y ESTIMAR
CUADERNOS
DE C R Í T I C A
ARTÍSTICA

Ocho números en el año
de abril a noviembre
40 páginas de texto
8 con ilustraciones
1 lámina en color

-j

SUSCRIPCIÓN ANUAL
Argentina: 8
Uruguay: 4
Otros países: 3

pesos nacionales
pesos

uruguayos

dólares u . s . a .

NÚMERO SUELTO
1,20 $ arg. ó 0,60 urug. ó 0,50 dólar

Toda la correspondencia deberá ser diri­
gida a nombre del director, o de la se­
cretaria de redacción y administradora,
Martha Traba.
No se mantiene correspondencia sobre
originales espontáneamente enviados.
Dirección, secretaría y administración
Tucumán 1539. T. A. 35 -9243

'

�ARTE!

GRAFICAS

BARTOLOME U. CHIESIHO

�</text>
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                  <text>Ejemplares 1 a 34 (volúmenes 1 a 9) de la serie 1 y ejemplares 1 a 10 de la serie 2 de la revista Ver y Estimar, publicados entre 1948 y 1955.</text>
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                <text>Romero Brest, Jorge&#13;
Stábile, Blanca&#13;
Beret, Angelia&#13;
Edelman, Raquel&#13;
Carrea, Lía&#13;
Roland, Alfredo E.&#13;
Bayón, Damián C.&#13;
Bruhl, Rodolfo G.&#13;
Traba, Martha</text>
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7

v|

revista bimestral
arte, literatura y pensamiento modernos

Buenos Aires
• ... ....................................................

4

■'

�CICLO

%

comité directivo
Aldo Pellegrini
Enrique Pichón Riviére
Elias Piterbarg

administración
David J. Sussmann

R e m itir toda la correspondencia

concerniente a esta revista a

Brasil 1766
Buenos Aires

La D irección no se responsabiliza
de los artículos firm ados ni devuelve
las colaboraciones espontáneas

�------

FUNDACION HSPtGAS
Buenos Aires - Argentina

revista ciclo
marzo - abril
i

��Enrique Pichón Riviére
Vida e imagen del Conde de Lautréamont
Mario Trejo
Apollinaire y Para partir (poemas)
Max Bill
La expresión artística de la construcción
Jean Cassou
La libertad del artista
anuncia la libertad del hombre
Sebastián Salazar Bondy
Noticia de Szyszlo
Elias Piterbarg
Proposiciones
Aldo Pellegrini
La conquista de lo maravilloso
Documentos de arte contemporáneo:
Piet Mondrian: Fragmentos de "Le Neoplasticisme"
Notas y comentarios

sumario

�D ispo sición tipográfico: M aldonado - Hlito

�Enrique Pichon-Riviére

Vida e imagen del Conde de Lautréamont

Toda investigación sobre la vida del Conde de Lautréamont se
vió siempre dificultada por factores externos, fortuitos y sobre
todo por factores internos, existentes en aquellos que se ocupaban
de él. La angustia que condiciona esta situación estaba ligada
a los aspectos siniestros de su vida y de su obra. El mismo Lau­
tréamont advierte al decir en el primero de sus poemas: "Plegue
al cielo que el lector, envalentonado y sintiéndose feroz como lo
que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje,
a través de los pantanos desolados de estas páginas sombrías y
llenas de veneno; porque de no em plear en su lectura una lógica
rigurosa y una tensión de espíritu igual por lo menos a su des­
confianza, las emanaciones mortíferas de este libro em paparán
su alm a como el agua em papa el azúcar. No es conveniente que
todo el mundo lea las páginas que van a continuación; sólo algu­
nos saborearán este fruto am argo sin peligro. En consecuencia,
alm a tímida, antes de internarte más en semejantes páramos in­
explorados dirige tus talones hacia atrás y no hacia adelante".
Pero sin embargo la mayor responsabilidad de este rechazo del
caso Lautréamont recae sobre sus primeros críticos: León Bloy y
Remy de Gourmont. Ellos espantaron a los lectores y sin duda
influyeron también en el ánimo de los fam iliares en el sentido
de hacer desaparecer todo rastro del poeta. Alrededor de Lau­
tréamont se creó una atmósfera de terror, de espanto, y su in­
fluencia satánica parece haberse ejercido sobre algunos que se
interesaron por su obra, ya que enloquecieron o se suicidaron.
El aspecto fantasm al fué reforzado de este modo.
Isidoro Ducasse que usó el seudónimo de Conde de Lautréamont
nació en Montevideo en el año 1846, vivió adem ás en Tarbes y

• Conferencia pronunciada en el Instituto Francés de Estudios Superiores el 5 de
septiembre de 1946. Constituye la primera de un curso de 15 conferencias titula­
das "Psicoanálisis del Conde Lautréamont", que integran un libro en preparación.

5

�en Pau, pasó por Buenos Aires, estuvo en Córdoba y murió a
los 24 años en París, en el año 1370.
Escribió unos poemas en prosa, "Los Cantos de M aldoror", y el
prólogo a unas poesías.
Recordemos que M allarm é nació en el año 1842, Verlaine en
Corbiere en 1845, Lautréamont en 1846 y Rimbaud el más
de este grupo en 1854. Lautréamont publicó sus Cantos
año 1868, es decir cinco años antes que Rimbaud publicara
tem porada en el infierno".

1844,
joven
en el
"Una

El grupo perteneciente a la generación de 1914 tomó a Lautréa­
mont por estandarte, así nacía el movimiento surrealista que des­
cartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud —dice Marcel
Raymond— prefirió por gusto del escándalo y para decep­
cionar las adm iraciones burguesas, un Lautréamont genial y mi­
tológico al cual presentó como un arcángel enfurecido, lanzando
blasfem ias en una noche apocalíptica.
Situado Lautréamont en el tiempo y en la historia de la literatura,
trataré de mostrar por qué su existencia fué reprim ida por su
medio y cómo poco a poco, merced a la labor de muchos, tal
como un psicoanalista va venciendo las resistencias del enfermo,
se pudo traer a la conciencia de esta época algo de este m ate­
rial previamente reprimido.
Y tal como sucede en las neurosis, lo reprimido tiende a volver
a la conciencia en form a d isfrazad a, como sucede por ejemplo,
en las fantasías, los mitos y las leyendas. A sí surgió la leyenda
Lautream oniana.
León Bloy fué el primero en descubrir al Conde de Lautréamont
en el año 1890 es decir veinte años después de su muerte. Este
verdugo de la literatura contemporánea —como lo llam aba un
crítico de la época— juzgó a Lautréamont de esta m anera: "Con­
sidero como un signo de este tiempo la reciente intromisión en
Francia de un libro monstruoso, casi desconocido, "Los Cantos de
M aldoror", obra totalmente sin analog ía y probablemente llam a­
da a tener resonancia". Dice que el autor murió en un m ani­
comio y es ésta su única información. Duda de que la palabra
monstruoso sea suficiente para calificar la obra. Recuerda —dice—
a un espantoso polimorfo submarino a quien una tempestad sor­
prendente hubiera arrojado a la ribera después de haber zam a6

�rreado el fondo del océano.
manente de Lautréamont.

La blasfemia es la obsesión per­

"El signo incontestable del gran poeta —continúa Bloy— es la
inconsciencia profética, la turbadora facultad de proferir sobre
los hombres y el tiempo palabras inauditas cuyo contenido ignora
él mismo. Esta es la misteriosa estampilla del Espíritu Santo sobre
las fuentes sagradas o profanas. Por ridículo que pueda ser hoy
descubrir un gran poeta, y descubrirlo en una casa de locos, debo
declarar —dice Bloy— en conciencia, que estoy seguro de haber
realizado el hallazgo".
León Bloy, el hombre que decapita por mandato de la ley —como
dice un crítico— es el voluntario verdugo moral de esta gene­
ración; más que todo es un Monje de la Santa Inquisición. Su
juicio decidió el porvenir literario de Lautréamont, pero sólo el
porvenir inmediato y obró como conciencia moral de su época,
como elemento represor, Lautréamont es un genio, pero es un
genio loco, hay que tener cuidado de él.
Podría explicarse justamente por este hecho, la influencia pos­
terior de Lautréamont, como todo elemento reprimido, no perdió
su fuerza por el hecho de ser inconsciente para sus contemporá­
neos, sino por lo contrario, desde allí pujó por salir y expresarse
de alguna manera. El surrealismo es, a mi entender, la conse­
cuencia de esta situación. Y la prueba de la trascendencia in­
consciente de Lautréamont.
El primero en darnos referencias verdaderas sobre la vida del
Conde de Lautréamont fué L. Genonceaux, editor de la primera
edición librada a la venta en 1890. Dice que en el transcurso del
año 1869 el Conde terminaba los preparativos para la salida
de su libro y que cuando éste iba a ser entregado, el editor
Lacroix que era víctima constante de las persecuciones del im­
perio, suspendió la venta a causa de las violencias del estilo
que hacían peligrosa la publicación. El poeta mismo en una
de las cartas que envió a su editor había dicho: "He hecho pu­
blicar una obra de poesías en lo de Lacroix. Pero una vez que
fué impreso, él se rehusó a hacerla aparecer porque la vida
estaba allí pintada bajo colores muy amargos y él temía al
Procurador General". Bajo la permanente insistencia del editor,
Lautréamont hizo algunas modificaciones en el primero de los
7

�C antos y p arece ser que posteriorm ente tam b ién en los d e m á s;
pero en 1870 estalló la g u e rra —dice G e n o n ce a u x — y el autor
m urió b ruscam ente h ab ien d o ejecutado sólo una parte de las
revisio nes que h a b ía consentido hacer. La edición p re p a ra d a por
el m ism o Lautréam ont quedó e n te rra d a en los sótanos de un
librero b elg a quien tím id am en te, cuatro añ o s d esp ués, es d ecir
en 1874, hizo e n cu a d e rn a r alg u n o s e je m p la re s con un título y
unas ind icacio nes an ó n im a s. Sólo alg u n o s hom bres de letras co­
nocieron esos prim eros e je m p lare s m otivo por el cual G e n o n ce a u x
se decidió a hacer una reim presión en el añ o 1890.
El propósito del editor a l p u b licar el prólogo es —según dice—
d estruir una le ye n d a tejid a a lre d e d o r del C o n d e de Lautréam ont
y que ten d ía a d em o strar que se tra ta b a de un a lie n a d o . A llí
a p u n ta , sobre todo, el juicio de León Bloy. Los datos b io gráfico s
proporcionados son de que el v e rd a d e ro nom bre del poeta es
Isidoro D ucasse, que nació en M ontevideo el 4 de ab ril de 1850
—esta fech a es e rró n e a , pues nació en 1846— y que su m an u s­
crito fué rem itido a la im prenta en 1868 pudiendo sostenerse que
la com pleta term inación de los C antos d a ta de 1867. L a u tré a ­
mont tenía entonces 21 año s.
G e n o n ce a u x su m inistra datos sobre la fech a de la m uerte, 24 de
noviem b re de 1870, a las 8 de la m a ñ a n a , en su dom icilio de
la Rué du Faub o urg M ontm artre N ° 7. Fué en terrad o en una
concesión te m p o raria del C em enterio del Norte el 25 de n o viem ­
bre de 1870, de donde fué exh u m ad o el 20 de noviem b re de 1871
p a ra ser en terrad o de nuevo en otra concesión te m p o ra ria , lu g a r
que fué tom ado tiem po después por la ciu d a d , ig n o rán d o se el
p a ra d e ro de los restos del poeta. G e n o n ce a u x trató de hacer in ­
vestig acio n es sobre la v id a de Isidoro D ucasse y relata las m úl­
tiples d ificultad es que tuvo, entre otras, con la Prefectura de la
Policía p a ra obtener a lg u n a info rm ació n. Las que pudo obtener
fueron que Isidoro h a b ía ido a París con el objeto de seg u ir los
cursos de la Escuela Politécnica o la Escuela de M in as. En 1867
o cu p a b a una p ieza de un hotel situado en la calle de Notre
D am e de la V ictoire N ° 23, y que v iv ía a llí d esd e su lle g a d a d e
A m é rica . A q u í encontram os la p rim era descripción del C onde de
Lautréam ont; según é sta, era un joven alto, m oreno, im b erb e,
nervioso, O rdenado y tra b a ja d o r. Se cuenta que sólo escrib ía de
noche, sentado a l p ian o ; d e c la m a b a y construía sus frase s acom 8

�pañando su prosopopeya con acordes. Este método de compo­
sición cau sab a a la vez la desesperación de sus vecinos que a l
despertarse sobresaltados —dice G enonceaux— no podían d udar
de que un extraño músico del verbo, un raro sinfonista de la
frase, buscaba, golpeando el teclado, los ritmos de su orques­
tación literaria.
Otros datos que encontramos aq u í es de que la fam ilia del Conde
era de origen francés, que su padre era Canciller de la Legación
francesa en M ontevideo, que la fam ilia era pudiente y que esta­
ba en relación con un banquero de París llam ado D arasse, en car­
gado de entregar m ensualm ente a Isidoro una pensión.
Un año después, en 1891, Remy de Gourm ont vuelve a insistir
sobre la presunta alienación del Conde de Lautréam ont. Lo d e ­
fine como un joven de una o riginalidad furiosa e inesp erad a, un
genio enferm o y m ás aún como un genio loco. N ada se sab e,
continúa Gourm ont, de su corta v id a , parece no haber tenido re­
laciones en el mundo literario y los numerosos am igos citados
en sus dedicatorias llevan nombres que perm anecen ocultos. Si
los alienistas hubieran estudiado este libro —dice— habrían d esig ­
nado a Lautréam ont como un loco perseguido y am bicioso que
sólo ve en el mundo a sí mismo y a Dios, pero Dios le estorba.
Hasta entonces Lautréam ont era desconocido en A m érica y fué
Rubén Darío, en 1893, el encargado de hacerlo conocer. Lo incluye
entre sus "raros" junto con V erlain e, Leconte de Lisie, Villiers de
L'lsle A d am , León Bloy, Richepin, M oreas, etc. Conoció Darío la
obra del Conde de Lautréam ont a través de León Bloy, y en M on­
tevideo mismo, escribe que posiblemente el Conde de Lautréam ont
sea sólo un seudónim o, dudando incluso de que fuera m ontevi­
deano. "Vivió desventurado y murió loco, escribió un libro que
es único, si no existiera la prosa de Rim baud: un libro diabólico
y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, un libro en que se
oyen a un mismo tiempo los gem idos del dolor y los siniestros
cascabeles de la locura".
Rubén Darío tradujo, ad em ás, uno de los Cantos de M aldoror y,
sin duda alguno, Leopoldo Lugones influido por esta lectura, com­
pone entre los 20 y 22 años, es decir, en 1897, su poema titulado
Metempsicosis. De esta m anera el Conde de Lautréam ont se filtra
en la literatura am erican a. Años después Leopoldo Lugones pone
voluntariam ente fin a su vid a.
9

�Hace 25 años, Ramón Gómez de la Serna inventó Sa más bella y
exacta imagen del Conde Lautréamont. A él debemos también el
juicio más atinado sobre la presunta locura de Isidoro. "Lautréa" mont —dice— es el único hombre que ha sobrepasado la locura.
"
Todos nosotros no estamos locos, pero podemos estarlo. Él, con
este libro se sustrajo a esa posibilidad, la rebasó".

Este juicio tan acertado de Gómez de la Serna puede ser perfec­
tamente apoyado por la interpretación psicoanalítica de la obra.
De no haber escrito los Cantos de Maldoror que estaban en él,
hubiera enloquecido sin duda alguna; intentó por medio de la
creación poética un proceso de autocuración, pero sus fantasías lo
espantaron y finalmente cayó víctima de su propia condenación.
La investigación sobre su vida, avanzó con increíble lentitud.
Sobre el lugar de su nacimiento nos informe el propio Conde de
Lautréamont en los Cantos de Maldoror, cuando dice: "El final
" del siglo XIX verá su poeta, ha nacido en las costas am ericanas,
" en la desembocadura del Plata, allí donde dos pueblos rivales
" en otro tiempo —se refiere sin duda a la guerra grande— se
" esfuerzan actualmente en superarse por medio del progreso
" moral y material, Buenos Aires, la reina del Sur y Montevideo
" la coqueta, se tienden una mano am iga a través de las aguas
" argentinas del gran estuario".
En otra parte insiste sobre esto al decir: "No es el espíritu de
" Dios el que pasa; no es sino el suspiro agudo de la prostitución
" unidos a los gemidos graves del montevideano. Niños, soy yo
" quien os lo dice. Entonces, llenos de misericordia, arrodillaos
" y que los hombres más numerosos que los piojos recen lar" gas oraciones".
Dos montevideanos, G ervasio y Alvaro Guillot Muñoz dan en el
año 1924 el paso más decisivo en la búsqueda biográfica del
Conde de Lautréamont al descubrir en los archivos de la Catedral
de Montevideo el acta de bautismo. El 15 de noviembre de 1847
fué bautizado Isidoro Luciano que había nacido el 4 de abril
de 1846, era hijo legítimo de Francisco Ducasse y de Celestine
Jaqueíte Davezac, nacidos ambos en Francia. Los padrinos de
Isidoro fueron Bernardo Luciano Ducasse, tío de Isidoro, repre­
sentado por Eugenio Baudry y la m adrina Eulalia Baudry. En
10

�diciembre de! mismo año, los Guiliot Muñoz encuentran en los
archivos de la Em bajada de Francia en Montevideo, el acta de
nacimiento. Había nacido, como ya dije, el 4 de abril de 1846
a las 9 de la m añana. La madre de Isidoro tenía entonces 26 años
y el padre 36, y era Canciller Delegado del Consulado General
de Francia. El acta de nacimiento está firm ada por Eugenio
Baudry, Pedro Lafarge, Francisco Ducasse y Denoix, gerente del
Consulado. Recuerdan los Guiliot Muñoz que el subteniente Pedro
Lafarge combatió en la Legión Francesa durante el Sitio de
Montevideo ¡unto con Juan Davezac, tío de Lautréamont y Luis
Lacolley, abuelo materno de Jules Laforgue, y el suboficial Munyo,
abuelo materno de Jules Supervielle. Aparecen así reunidos los
fam iliares del Conde Lautréamont, Laforgue y Supervielle, tres
poetas nacidos en Montevideo que con el and ar del tiempo se
reunieron en la historia de la literatura francesa, figurando entre
los más caracterizados representantes.
El padre de Isidoro, don Francisco Ducasse, había nacido en Bazet,
a 5 kilómetros de Tarbes el 12 de mayo de 1809. Era hijo de
Juan Luis Ducasse, llam ado "El Maestro". La m adre de Isidoro,
Celestina Jaquette Davezac era de Sarguinet, pequeña comuni­
dad vecina a Tarbes donde don Francisco Ducasse ejerció las
funciones de maestro durante los años 1837, 1838 y 1839.
El padre de Lautréamont vivió en Montevideo hasta su muerte
ocurrida en el año 1889. Se lo describe como un hombre de
pequeña estatura que usaba barba, era elegante, fino, burlón y
escéptico, con una gran cultura literaria. Frecuentaba el mundo
diplomático donde se lo consideraba como un hombre de fina
espiritualidad. Antes de su matrimonio se había ligado a Rosario
de Toledo, bailarina muy popular en Río de Janeiro en la época
del Emperador Pedro I!. Al ser ésta abandonada por el Canciller
enloqueció, muriendo al poco tiempo.
Parece que don Francisco Ducasse se interesaba por los estudios
etnográficos y según cuentan los Guiliot Muñoz, habría em pren­
dido en el año 1862 un viaje, visitando Paraguay, Bolivia, Brasil
y el Norte Argentino con el objeto de realizar estudios sobre las
tribus guaraníticas. En este viaje, fué acom pañado por Eugenio
Baudry, padrino de Lautréamont, teniendo éste que regresar antes
que Ducasse. El padre de Lautréamont entregó a Baudry los m a­

lí

�nuscritos, pero éstos fueron quemados por los contrabandistas
brasileños que asesinaron y mutilaron horriblemente su cadáver.
En el curso de este largo y penoso viaje, Francisco Ducasse con­
trajo un paludismo, sufriendo fiebres intensas y crisis alucinatorias y se dice que cuando leyó por primera vez los Cantos de
Maldoror quedó profundamente impresionado al descubrir gran­
des analogías entre ciertas visiones de Maldoror y las alucina­
ciones que había sufrido en plena selva. También se asegura
que ni el viaje ni el relato de la enferm edad habían sido cono­
cidos por Lautréamont que en esa época ya estaba estudiando
en Francia .
De vuelta a Montevideo, Francisco Ducasse decide orientar sus
inquietudes en otra dirección. Funda entonces una escuela de
lengua francesa donde dictó él mismo cursos de filosofía, expo­
niendo la influencia de Augusto Comte y del positivismo fuera
de Francia, como así también las ideas morales de Edgard Quinet.
Después de los Guillot Muñoz, otro escritor uruguayo, Edmundo
Montagne, en los años 1925 y 1928, proporciona datos sobre la
vida de Isidoro Ducasse. Conocí a Montagne en el Hospicio de
las Mercedes donde estuvo internado por sufrir intensas depre­
siones; vivía permanentemente torturado por remordimientos, el
problema del bien y del mal era su obsesión. Me habló de
Lautréamont con mucho entusiasmo y sentía el gran orgullo de
que su tío don Prudencio Montagne fuera el único sobreviviente
de los que habían conocido en persona a Isidoro. A liviado de
sus depresiones salió del Hospital hasta que poco tiempo después
volvió reagravado. Al día siguiente de verlo, durante la noche,
se colgó con una sáb ana.
Edmundo Montagne había escrito a su tío Prudencio pidiéndole
antecedentes sobre la vida de los Ducasse en Montevideo. De
este modo se pudo saber que cuando el padre del poeta murió,
se alojaba en el Hotel de las Pirámides, que tenía fortuna, que
era jubilado como Canciller, que vestía siempre de levita y usa­
ba galera de felpa y que los domingos acostum braba alm orzar
en fam ilia con los Montagne.
Cuando murió Ducasse —dice don Prudencio Montagne— tenía yo
30 años. Hasta entonces iba al hotel a verlo una o dos veces
por sem ana, a eso de las 4 de la tarde para tomar mate con

12

�él y cebado por m í. Éram os dos g rand es m ateros. M urió dos
d ías después de mi última visita y el dueño del hotel, M. H aurie,
me lo hizo sa b e r y le m andé una corona de flores, que fu é la
única que tuvo el fin ad o . Francisco Ducasse fué ca sa d o , pero
parece que su m ujer m urió al poco tiem po de nacer Isidoro. Res­
pecto de ella —continúa don Prudencio— no sé n a d a , no la conocí,
no existía en mis tiem pos. En cam bio, conocí a Isidoro Luciano
Ducasse, a quien lla m a b a n Isidoro. Era un m uchacho lindo pero
sum am ente travieso, barullero e insoportable, nunca oí h a b la r a
n ad ie de las o b ras literarias de Isidoro y si él las publicó entre
1868 y 1870 tend ría yo de 10 a 12 años. Entonces, ni cuando
fu i hom bre oí h a b la r de esos Cantos. Lo único que me dijo una
vez el viejo Ducasse después del año 1875, fué que Isidoro h a b ía
muerto en el 70, yo creí siem pre que hubiera sido en la g u e rra .
Don Prudencio h a b ía conocido a Lautréam ont en la casa p ate rn a
de la calle C a m a cu á frente a la de La Brecha. La calle C a m a c u á
donde se presum e que nació Lautréam ont fué, m uy posterior­
m ente, el lu g ar donde la prostitución sentó p laza en M ontevideo.
Recordemos lo que dice en su prim er Canto: " He hecho un pacto
" con la prostitución a fin de sem b rar el desorden en las fa m ilia s" .
En la actu alid ad no existen rastros de la casa, fué dem o lid a y
la Ram bla Sud ocupa su lug ar.
En relación con la dem olición de la casa, la d esap arició n d e la
calle C a m a cu á y el deseo de rendir un hom enaje a Lautréam ont,
algunos poetas uruguayos entre ellos Juan C. W elker que e ra
a d e m á s diputado, presentó en el año 1926 un proyecto tendiente
a d ar el nom bre de Lautréam ont a una calle de M ontevideo. Este
proyecto fué ap ro b ad o pero nunca se llevó a ejecución. W elker
en la exposición de motivos dice: "Como una eterna corriente
" constructora las m odernas inquietudes de Freud, de Bergson y
" de Proust en el arte, Lautréam ont, el uruguayo estupendo, es
"
la fu erza ferm entado ra y dom inante de la emoción presente en
“
la literatura". Poco tiempo después W elker m urió loco, no v o l­
viéndose a h a b la r m ás del asunto.
El Conde de Lautréam ont nació durante el Sitio de M ontevideo,
que duró desde el año 1843 hasta el año 1851. Sintió desd e la
cuna —dice Leandro Ipuche—, la fu sile ría, el cañón, la m etralla,
los d esafío s, los alertas, las p atrullas y los ho m enajes con ta m ­
bor a p a g a d o . Durante sus cinco prim eros años h a b rá oído re13

�latos de degollinas, y descuartizamientos, cuyas víctimas eran
muchas veces amigos de su padre. Habrá leído años después
"Montevideo o una Nueva Troya", de Alejandro Dumas. Este
libro escrito en París y dictado por Pacheco y Obes a Dumas con
el propósito de mover la opinión pública en favor de los sitiados,
es un libro falso en muchos aspectos desde el punto de vista his­
tórico, pero representa sin embargo una realidad subjetiva. Creo
que es así cómo el niño Isidoro habrá vivido el clima del sitio de
su ciudad natal y no dudo de que posteriormente habrá sido
una de sus primeras lecturas. La atmósfera sádica y traicionera
del sitio, con sus decepciones, sus luchas intestinas, resentimientos
y traiciones configuraron sus primeras experiencias y su concep­
ción de la vida. Cuántas veces habrá oído contar el martirio
sufrido por Mirquete y Etcheverry en manos de las fuerzas de
Oribe y de Rosas. Desposeídos de sus ropas —dice un cro n istarecibieron un golpe de lanza y luego fueron paseados desnudos
por el campamento donde se les hizo objeto de los mayores ul­
trajes. Luego fueron atados de pies y manos, se les abrió el
cuerpo longitudinalmente, se les arrancó las entrañas y el cora­
zón, y se les mutiló en forma vergonzosa. Se les arrancó trozos
de piel de los costados para hacer m aneas de caballos y por
fin se les cortó la cabeza y se les dejó expuestos en el medio
del campo. La historia de la Legión Francesa que intervino en
la defensa de Montevideo está llena de escenas semejantes. Y
junto a eso, el hambre, la miseria, los negociados, las acusaciones
y la triste historia de la intervención extranjera en el Río de la
Plata, las misiones inglesas y francesas, el entendimiento secreto
con las dos partes, las dificultades del Coronel Thiebaut, las m a­
tanzas de franceses, y la misión de Pacheco y Obes a París. Pero
de todas las misiones fué sin duda la del Conde W alew sky, hijo
de Napoleón I, la que quedó más grabada en el recuerdo de los
franceses del Río de la Plata. Los Ducasse sentían una gran a d ­
miración por la fam ilia Bonaparte y sospecho que el título de
Conde tomado para su seudónimo está basado en una identifi­
cación con el Conde W alew sky. Según Robert Desnos, Isidoro
tomó su seudónimo de una novela de Eugenio Sue titulada
"Latreamont". Creo, sin embargo, mucho más lógico suponer que
deriva del propio nombre de su ciudad natal, Mont de Monte­
video. El significado total sería Conde del otro monte, del otro
14

�Montevideo. Es curioso hacer notar que esta influencia de la
fam ilia Bonaparte pudo tam bién condicionar el hecho de que el
desenlace de los Cantos de M aldoror se lleve a cabo en la Place
Vendóm e, en la misma columna Vendóm e donde está la estatua
de Napoleón y en el Panteón donde están sus restos.
Esto es todo cuanto podemos suponer de la infancia de Isidoro
Ducasse hasta la edad de 14 años, es decir, 1860, época en que
ingresa al Liceo Im perial de Tarbes. Los datos sobre su ad oles­
cencia encontrados por Alicot en 1928, arrojan alg una luz sobre
esta época de su vid a. En el Liceo Im perial de Tarbes perm anece
los años 1860, 61 y 62, es decir, hasta los 16 años; a llí es un
mediocre alum no, obtiene algunos premios en cálculos, dibujo y
versión latina, figurando dos veces en el cuadro de honor de la
ciase. En 1863 ingresa en el Liceo de Pau donde sigue cursos
durante los años 1863, 64 y 65. Se inscribe en Retórica y Filo­
sofía siendo allí un mal alum no. A los 19 años v a a París a
inscribirse en la Escuela Politécnica.
Los am igos, condiscípulos y maestros de Lautréam ont figuran en
el prólogo de sus poesías, la dedicatoria dice: "A Georges Dazet,
Henri Mué, Pedro Zurm arán. Louis Durcour, Joseph Bleumstein,
Joseph Durant, Paul Lespes, G eorge M invielle, Auguste Delmas.
A los Directores de Revistas, Alfred Sircos, Frederic Damé. A los
am igos pasados, presentes y futuros. A M onsieur Hinstin, mi a n ­
tiguo profesor de Retórica, están dedicados, de una vez por todas,
los prosaicos fragm entos que escribiré en la sucesión de las e d a ­
des, y de los cuales, el primero com ienza hoy a ver el d ía, tipo­
gráficam ente hablando".
Francois Alicot prosigue su investigación tratando de identifica!*
a los am igos de Isidoro: dos de ellos, Paul Lespes y G eorge M in­
vielle d arán los datos más concretos sobre la vid a del poeta.
Henri Mué, Georges Dazet y A. Delmas fueron sus condiscípulos
en Tarbes. G eorge Dazet es el único am igo de Lautréam ont que
figura en la prim era edición del primer canto de M aldoror. Dice
así: "¡A h , Dazet tú, cuya alm a es insep arab le de la m ía; tú, el
más bello de los hijos de la mujer, aunque adolescente to d avía,
tú, cuyo nombre se parece al más grande am igo de juventud de
Byron, tú, que alb erg as noblemente . . ." En la edición completa
de los cantos, en 1869, este párrafo está reem plazado por éste:
"¡O h pulpo de m irada de seda! Tú, cuya alm a es inseparable de
15

�la m ía; tú, el m ás bello de los habitantes del globo terrestre y
que m anejas un serrallo de cuatrocientas san g u iju elas; tú,
que alb e rg as noblem ente . . ." M ás ad elan te, en el prim er canto
vuelve a referirse a Dazet cuando dice: "Q u e se ap arte de mí
este ángel de consuelo que me cubre con sus a la s azules. Véte,
Dazet, que quiero morir tranquilo. Pero, por d esg racia era so la ­
mente una enferm edad p a sa je ra , siento asco de vo lver a la v id a .
Yo te ag rad ezco , i oh!, de haberm e despertado con el m ovimiento
de tus a la s, tú, cuya n ariz tiene encim a una cresta en form a de
h errad u ra: me apercibo, en efecto, que sólo era por d esg racia
una enferm edad p a sa je ra y siento asco de renacer. Unos dicen
que tú ve n ías hacia mí p ara chuparm e el poco de sang re que
aú n se encuentra en mi cuerpo: ¡por qué esta hipótesis no es una
realid a d !" El nom bre de Dazet d esap arece en la edición com ­
pleta de los cantos de M aldoror, nos queda la im presión de que
fué su m ás íntimo am ig o ; m ás tarde llegó a ser un brillante a b o ­
g ado de los tribunales de Tarbes y murió m ientras desem p eñab a
un cargo en la m ag istratura, a s í como otro de los am igos, Henri
M ué de Toulouse. Sus otros condiscípulos, eran Joseph Bleumstein, de! que sólo se sab e que era de Buenos A ires y Pedro Zurm arán , de quien sospecho que podría pertenecer a la fam ilia
del doctor Pedro S áen z de Z urm arán de M ontevideo, a quien
Isidoro envió con dedicatoria desde París uno de los ejem plares
de M aldoror llam ándo lo "mi protector".
M onsieur Hinstin "Mi antiguo profesor de Retórica", como dice
en su dedicatoria, fué profesor del Liceo de Pau durante los
años 1863 a 1866, desde donde pasó a Lyon. Fué un antiguo
alum no de la escuela de A tenas.
M ás recientem ente, Court M üller, en 1939, dió con el p aradero
de Damé y Sircos, los directores de revistas citados en el pró­
logo de las poesías. A sí se supo que Frederic Dam é fué secre­
tario de Tirard , intendente del segundo distrito de París en el
año 1870, distrito donde Lautréam ont vivió los últimos años de
su v id a. Dam é publicó tratados de filología y algunos poem as.
La revista literaria "L'Avenir" red actada por él, no contiene nin­
guna alusión a la obra de Lautréam ont. A lfred Sircos, el otro
de los directores de revista citados, fué director de las revistas
"L'Union des Jeunes" y de "La Jeunesse". Este fué m ás conse16

�Grabado de M éndez Magariño tomado de la única fotografía
de I. Ducasse que se encontró.
Reproducción autorizada por A . y G. Guillot-Muñoz

�Francisco Ducasse
Padre de Lautréamont (1809-1890)

Bernardo L. Ducasse
Tío y Padrino-(l 894)

�El Molino Ducasse y su actual propietario
el Sr. Lozada Llanes

Amelia Súarez Ducasse
Sobrina (1937)

�Szyszlo: mujer peinándose (1948)

Szyszlo: Figura (1947)

*
Szyszlo: Naturaleza muerta (1947)

�cuente con su am igo, ya que en la segunda de las revistas men­
cionadas se puede leer la primera crítica hecha sobre el primero
de los cantos de M aldoror en septiembre de 1868, está firm ada
"Epistemon", probablemente un pseudónimo de Sircos; llam a a
Lautréamont "Primo de Childe-Harold y de Fausto, conoce a los
hombres y los desprecia".
Este comentario es el único aparecido en vida del poeta, y hasta
1890 en que León Bloy lo descubre, su obra había pasado in­
advertida.
Con respecto a los otros dos amigos que quedan nada se ha
podido averig u ar de Louis Doucour y de Joseph Durant se cree
que tomó parte activa durante la Comuna y que después tuvo
que salir de Francia, desconociéndose su paradero.
El único sobreviviente en el año 1928 era Paul Lespes, que fué
entrevistado por Francois Alicot. En esta época era un hombre
de 81 años, Consejero Honorario del Tribunal de Apelación de
Pau y dotado aún de una memoria extraordinaria. Cuenta Les­
pes que conoció al conde de Lautréamont en el liceo de Pau en
el año 1864 y que con Georges M invielle eran sus mejores a m i­
gos. Con gran penetración psicológica, este anciano hizo un
retrato de Isidoro. Era, dice, un joven alto, delgado, la espalda
un poco encorvada, el tinte pálido, los cabellos siempre largos
y cayéndose de su frente, tenía una voz destem plada. Su fiso­
nomía no era nada atractiva y estaba habitualmente triste, silen­
cioso, como replegado sobre sí mismo.
En la sala de estudios p asaba horas enteras con los codos ap o ­
yados en el pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos
sobre un libro clásico que no leía. Parecía sumergido en sus fa n ­
tasías; sus am igos, Lespes y Minvielle estaban convencidos de que
tenía nostalgias de Montevideo y que sus padres debían hacerlo
llam ar. En clase parecía a veces interesarse vivam ente en las
lecciones de geografía e historia, gustaba de Racine y Corneille,
pero sólo se lo ve ía entusiasmarse con "Edipo Rey" de Sófocles.
La escena en la cual Edipo conoce al fin la terrible verdad y
lanza gritos de dolor, con los ojos arrancados, mientras maldice
el destino, le parecía de una extraordinaria hermosura, lam en­
tándose, sin embargo, que Yocasta no hubiera llevado al paro­
xismo el horror trágico, m atándcse a la vista de los espectadores".
17

�A dm iraba a Edgar Poe, de quien había leído muchos de sus
cuentos antes de la entrada al liceo, es decir, antes de los 16 años.
Sus compañeros habían visto también en sus manos un libro de
poesías, Albertus, de Teófilo G autier. Se lo consideraba en el
liceo como un espíritu fantástico y soñador, pero en el fondo,
dice Lespes, era un buen muchacho, no pasando de un nivel me­
dio de instrucción debido al retardo en sus estudios. Una vez
Lautréamont les mostró a sus condiscípulos algunos versos, que
Ies parecieron de un ritmo extraño y de pensamiento oscuro.
Otro rasgo que destaca el condiscípulo era la obstinación. M u­
chas veces ni quería ceder en sus antipatías y desprecios por
haber emitido con anterioridad un juicio desfavorable sobre
alguna obra. Sufría de intensas jaquecas que influían en su
estado de ánim o, haciéndolo en estos momentos muy irritable.
Uno de los paseos preferidos de los alumnos del liceo era bañarse
en un arroyo cercano, donde Lautréamont aprovechaba para de­
mostrar sus condiciones de excelente nadador, quizá otro rasgo
de la identificación con Byron. Un día dijo a sus am igos: "Tengo
que refrescar más a menudo mi cabeza en esta corriente", refi­
riéndose a sus jaquecas y m alestares. Cuenta Lespes que a fin
del año escolar de 1864, el profesor Hinstin le había reprochado
duram ente sus extravag an cias de estilo a propósito de un dis­
curso. Por la descripción que hace Lespes apareció aq uí de lleno
el pensamiento del conde de Lautréamont, M aldoror ya estaba
en él. El discurso, dice Lespes, fué inolvidable para todos sus
com pañeros, fué una exageración extrem a de su form a habitual
de escribir, su im aginación no respetó más límites, dando rienda
suelta a un pensamiento hecho de im ágenes acum uladas, de
m etáforas incomprensibles y oscurecido aún más por invenciones
verbales y form as de estilo que no respetaban siempre la sintaxis.
El profesor de retórica creyó en un primer momento que se tra­
taba de una broma de Isidoro y el castigo que recibió éste lo
hirió profundamente.
En el liceo, según cuenta su condiscípulo, no habría demostrado
ninguna aptitud para las m atem áticas y la geom etría, hecho
curioso porque uno de sus más bellos poemas se refiere a ellas.
El poema 24, del segundo canto, dice: "O h, severas M atem áticas,
no os he olvidado desde que vuestras sab ias lecciones, más
dulces que la miel, penetraron en mi corazón, como una oleada

18

�refrigerante; asp irab a yo instintivamente desde la cuna a beber
en vuestra fuente, más antigua que el sol, y sigo aún pisando
el atrio sagrado de vuestro templo solemne, como el más fiel
de vuestros iniciados".
Cuenta su condiscípulo que la gran vocación de Lautréamont era
la historia natural, dato importante que aclara en algo la im­
portancia que tuvo el mundo anim al en los cantos de M aldoror.
Gastón Bachelard, en un ensayo titulado "El bestiario de Lau­
tréamont", hace notar que éste cita 185 nombres de anim ales
diferentes. Sabiendo Isidoro que sus am igos Lespes y M invieile
eran entusiastas cazadores, les interrogaba sobre las costum­
bres de los anim ales y especialmente sobre el vuelo de los
pájaros.
No he visto a Ducasse —dice Lespes— desde su salid a del Liceo
en 1865, hasta que años después recibí los Cantos de M aldoror
(primera edición) en Bayona, sin ninguna dedicatoria; pero el
estilo, las ¡deas extrañas que se entrechocaban como en una
refriega, me hicieron pensar que Ducasse era el autor. M invieile
había recibido un ejem plar en las mismas condiciones. F. Alicot
preguntó a Lespes si no creía que los Cantos de M aldoror eran
una mistificación, una broma o befa de un escolar. Lespes m a­
nifestó que no creía que esto fuera así: "Su actitud era distante,
si puedo em plear esta expresión, una especie de g ravedad des­
deñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte. Nos
form ulaba a quem arropa preguntas oscuras y a las cuales tenía­
mos grandes dificultades para contestar". "Sus ¡deas, sus for­
mas de estilo que tanto irritaban al profesor de Retórica y todas
sus extrañezas nos inclinaban a creer que su mente carecía de
equilibrio. La "loca de la casa" se develó íntegramente en su dis­
curso donde había tenido ocasión de acum ular con un lujo ate­
rrador los más horrorosos epítetos e im ágenes de la muerte.
Huesos rotos, visceras colgantes, carnes sangrantes e hirvientes".
Fué el recuerdo de ese discurso que le hizo pensar que Isidoro
era el autor de los Cantos de M aldoror.
En el Liceo se consideraba a Ducasse como un buen muchacho,
pero un poco "tocado". No era am oral ni tampoco un sádico.
J. M invieile dijo a Lespes al recibir el libro: "Te acuerdas de so
discurso. El tenía entonces una ara ñ a en el cielorraso, pero ella

19

�ha crecido mucho". Para sus com pañeros de colegio la insp ira­
ción y la originalidad del estilo de Ducasse se relacionaban con
una configuración mental particular. Lespes no se atreve a pro­
nunciar la p alab ra loco. Seguram ente teme equivocarse. Han
pasado muchos años y la obra de Lautréam ont es juzgada de
otra m anera.
Tam bién Lespes nos inform a sobre las influencias que se ejer­
cieron sobre Ducasse creyendo que son predom inantem ente los
clásicos, G autier, Shakesp eare, Shelley, pero sobre todo Byron,
que fué gran inspirador. Concluye diciendo que los Cantos de
M aldoror son una obra sincera, fruto doloroso de un cerebro
exaltado y lleno de im ágenes negras.
Con la descripción hecha por Lespes nos ponemos por prim era
vez en presencia del Conde de Lautréamont. Su conducta y las
características que sus com pañeros de Liceo le ad jud ican, son
el primer paso hacia una comprensión de su obra basándose
en datos biográficos auténticos. No cabe ninguna duda que
M aldoror, el personaje de sus Cantos, estaba ya presente y que
los poemas que leyó y el discurso pronunciado en la clase del
profesor de Retórica tienen relación y continuidad con su obra
posterior. La im agen que nos queda es la de un ¡oven alto,
pálido, delgado, ligeram ente encorvado, con el cabello sobre la
frente, triste, inm aduro, orgulloso, que se interesa por el vuelo
de los p ájaros, que lee Byron y Edgar Poe. El Conde de Lau­
tréamont no se contentaba son saber el final de Yocasta sino
que prefería que ésta se m atara frente a los espectadores. Este
dato adquiere im portancia posteriormente cuando se conocen las
circunstancias de la muerte de la m adre que sin duda se sui­
cidó cuando él tenía un año y ocho meses. Es casi seguro que
Isidoro sintió curiosidad por conocer las circunstancias de la
muerte de su m adre, la pérdida de ésta en una edad tan tem­
prana constituyó una frustración tan intensa que puede consi­
derarse como una de las fuentes de la génesis de su resenti­
miento.
Hasta hace algunos años había sido imposible encontrar un
documento gráfico de la persona física de Isidoro Ducasse,
ningún retrato, ninguna fotografía, hasta que A lvaro Guillot
Muñoz encontró en casa de una parienta lejana de Isidoro una
20

�fotografía del poeta, que sería la única que se conoció. A llí
ap arentab a tener de 18 a 20 años, tenía un aire adolescente
de montevideano, dice Ipuche. Pero la mano encargada de
hacer desaparecer todo aquello concerniente al Conde de Lautréamont actuó aquí por medio de la Policía de Montevideo,
que al practicar un allanam iento de la casa de los Guillot-Muñoz
durante el gobierno de Terra, se llevó entre otras cosas el re­
trato de Isidoro. Fueron después inútiles los esfuerzos para recu­
perarlos, fué de los pocos documentos incautados que no pudo
volver a mano de los Guillot-Muñoz. Pero la fotografía había
sido vista con anterioridad por Supervielle, Ipuche y el grabador
M éndez M agariños. Éste pudo reconstruir más o menos los tra­
zos de Isidoro, y digo más o menos porque cuando los que ha­
bían visto el retrato m iraron, cada uno por su lado hicieron
observaciones que de ninguna m anera estaban de acuerdo con
los dem ás. Al poco tiempo, M éndez M agariños pagó esta intro­
misión con la locura.
Después de sus estudios en Tarbes y en Pau, el Conde Lautréamont
teniendo 19 años, se traslada a París con el objeto de ingresar
en la Escuela Politécnica. A llí comienza de nuevo el misterio, y
los datos que tenemos de su vid a entre los 19 y 24 años, época
de su muerte, se refieren sólo al contenido de 6 cartas escritas
en épocas diferentes. Publicó en agosto de 1868, en París, el
primero de los Cantos de M aldoror donde firm a solamente con
tres asteriscos, en diciembre del mismo año hace una reim pre­
sión de este primer Canto con el propósito de enviarlo al con­
curso poético organizado en Burdeos por Evaristo C arrance. En
1869 se imprime la primera edición completa de los Cantos de
M aldoror donde firm a con su nuevo seudónimo Conde de Lau­
tréamont. Esta edición no pasó nunca a la venta y sólo 10 ejem ­
plares salieron de la imprenta y llegaron a sus manos. A prin­
cipio del año 1870 publica el prólogo de las poesías donde se
atreve a firm arlas con su propio nombre, Isidoro Ducasse. En
los dos últimos años de su vida sufrió una intensa crisis y como
veremos después, fué su propósito el negar la primera parte de
su obra, los Cantos de M aldoror. Hay una carta escrita a su
tutor, el Banquero D arasse, que constituye un documento psico­
lógico de gran valor para estudiar las causas de este profundo
viraje y los nuevos propósitos.

21

�Según informaciones que he recogido en Córdoba, el padre del
Conde de Lautréamont se resistía a hacer envíos de dinero fuera
de la pensión habitual porque tenía la convicción de que Isidoro
lo em pleaba en la publicación de periódicos y panfletos políticos.
El Conde de Lautréamont vivió sucesivam ente en la calle de
Notre-Dame des Víctoires, luego en la calle del Faubourg Montm artre 32, luego en la calle Vivienne N® 15 y finalm ente de
nuevo en la calle del Faubourg Montmartre N9 7, donde murió.
Robert Desnos sugirió que Ducasse podía ser aquel orador del
mismo nombre citado por Jules Valles en su libro "L'lnsurgé".
F. Soupault lo afirm ó en el prólogo de una de las ediciones com­
pletas. Pero A ragón, Bretón y Eluard se rebelaron contra esta
afirm ación, sosteniendo que el Ducasse que en las reuniones
públicas de 1869 tomó la palab ra para citar las epístolas de
San Pablo, fué perfectamente identificado entre otros, por C h ar­
les Da Costa que lo conocía íntimamente. Era Félix Ducasse, que
terminó siendo Presidente del Consistorio de la Iglesia Cristiana
Evangélica de Bruselas y que murió en el año 1877.
Entre los fam iliares ha quedado la ¡dea de un Lautréamont re­
belde, que tenía cierta am istad con Gam betta y que esta cir­
cunstancia había creado dificultades a don Francisco Ducasse el
Canciller, en los últimos años del Imperio. Tam bién esta situa­
ción fué —según dicen— la base de los resentimientos entre padre
e hijo ya que parece que don Francisco Ducasse era un entusiasta
bonapartista.
El 19 de julio de 1870, año de la muerte del Conde de Lautréa­
mont, Napoleón III declara la guerra a Prusia, "ley fatal de los
" regímenes de explotación de una clase por otra —dice un his" toriador—, en los que la pérdida del poder inspira más angus" tia que la m atanza. Los diputados salen de vacaciones, el Em" perador toma el mando de un ejército desparram ado en la
" frontera y cuyo desorden se manifestó pavoroso desde la mo" vilización, en Francia no obstante la confianza en la victoria
" se había hecho general, el desastre fué completo". Este es el
clima en que vive el Conde de Lautréamont, acab a de publicar
el prólogo a sus poesías, canto dedicado a la calm a, a la cor­
dura, al deber y así llega el 4 de septiembre de 1870. El pueblo
de París reunido en los alrededores del Palacio Borbón grita
22

�vivas a la República, se dirigen luego al Palacio M unicipal donde
ya en la p laza la multitud ha escogido un gobierno. Recordemos
que Isidoro Ducasse había nacido durante la caótica época del
Sitio de M ontevideo. Las condiciones históricas se repiten, París
está sitiado, la efervescencia política es creciente y Lautréamont
seguram ente se sintió perdido.
Según informes, el Conde Lautréam ont murió de una enferm e­
dad infecciosa, algunos sospechan de escarlatina, el jueves 24
de noviem bre de 1870. El certificado de defunción dice: "Isidoro
" Luciano Ducasse, escritor, de 24 años, nacido en M ontevideo,
" falleció hoy a las 8 de la m añan a en su domicilio de la calle
" del Faubourg N° 7". El acta fué lab rad a en presencia del dueño
del hotel y de un mozo del mismo, fué enterrado al día siguiente,
el 25 de noviem bre de 1870, en una concesión tem poraria del
Cementerio del Norte. Los fam iliares sospecharon que Isidoro
Ducasse había sido envenenado debido a su vinculación con gru­
pos políticos de extrem a izquierda. Su padre fué a Francia
3 años después, en 1873, según hemos podido descubrir por sus
pasaportes. Con el significado de un auto de fe debe haber
hecho d esaparecer todo cuanto encontró de su hijo en París. Un
fa m iliar que conocí en Córdoba sostiene que todos los papeles,
libros y correspondencia fueron colocados en un baúl de cuero
y depositados en un banco. La hipótesis que trataré de dem os­
trar en mi libro en preparación sobre el tem a, es que el Conde de
Lautréam ont se suicidó, tomando esta p alab ra sólo en el sentido
psicológico, es decir, en el sentido de que fué una muerte desead a.
La repetición de su situación .de doble sitiado, durante su in fan ­
cia y el último año de su v id a , hicieron que quedara inm ovili­
zado. Posiblemente si las situaciones sociales en que vivió el
último año de su vid a lo hubieran sorprendido en la época en
que escribió los Cantos de AAaldoror, Lautréam ont se hubiera s a l­
vado y entonces sí se podría creer que estuvo en las b arricad as
y que perteneció a Clubes políticos que podrían llam arse "El
Club de la Libertad", el "Club de la V en g an za", "El Club de la
Resistencia" o el "Club de M ontm artre", que tenía su local muy
cerca del hotel donde murió.
El último paso dado en la búsqueda biográfica del Conde de Lau­
tréamont lo di yo mismo al buscar los rastros de una parte de
23

�/

la fam ilia Ducasse que había em igrado de Francia poco tiempo
después que lo hiciera el padre del Conde de Lautréamont y que se
radicó definitivam ente en Córdoba. En abril de este año me tras­
ladé a dicha ciudad con ese propósito. Lo primero que me en­
teré es que los Ducasse habían fallecido todos y que sólo que­
daba el esposo de una sobrina de Isidoro fallecida en el año 1937.
El señor Rafael Lozada Llanes, que así se llam a el último pariente
del Conde, me recibió en el Molino Ducasse. A penas expuesta
la finalid ad de mi visita me preguntó si era para bien o para
mal remover el recuerdo del Conde de Lautréamont. Después
de largas explicaciones sobre mi interés por Isidoro y la im por­
tancia de su obra, pude vencer poco a poco las resistencias del
pariente. Creo que mi condición de médico fué un obstáculo en
la gestión ya que su primer pensamiento fué de que me inte­
resaba exclusivam ente el caso Lautréamont como un caso clínico.
Esconder a Isidoro era para ellos sa lv a r el prestigio de la fam ilia,
no remover el asunto, olvidarlo. Confieso que la prim era actitud
del señor Lozada Llanes me intimidó un poco. Detrás de él esta­
ban colgados enormes retratos de hombres barbudos y serios que
parecían dirigir los pensamientos del pariente de Isidoro. Cuando
Lozada Llanes decidió "m ostrarm e algo" como él decía, comenzó
a ejecutar una especie de ritual en form a lenta y parsim oniosa.
Abrió una caja fuerte, sacó con todo cuidado un cofre de metal
cerrado también con llave, esperaba ver yo por lo menos los
originales de los Cantos de M aldoror cuando sacó de a llí un
monedero de cuero que contenía m onedas de oro argentinas,
uruguayas y francesas que estaban envueltas en un pañuelo
am arillento con bordes negros. El monedero en cuestión había
pasado por todas las manos de los Ducasse y había sido reg a­
lado a la sobrina de Isidoro cuando niña. Sacó después otro
cofre más grande lleno de papeles, con documentos que perte­
necieron a Francisco Ducasse, padre del poeta. Había allí nom­
bramientos, certificados de estudio, títulos de propiedad, liqui­
daciones b ancarias, copia de las actas de nacimiento, m atri­
monio y defunción de toda la fam ilia Ducasse. Del Conde de
Lautréamont solamente encontré copias del acta de nacimiento,
bautismo y defunción, sobre el m argen de esta última había una
nota que decía "no se hizo inventario". Revisé adem ás toda la
correspondencia que allí existía perteneciente a Francisco Ducasse
24

�y no h ay nin gun a referen cia al hijo, todas son de ca rá cte r co ­
m ercial. Tam bién pude v e r fo to g ra fía s de casi todos los m iem ­
bros de la fa m ilia pero no h a b ía n in g un a de Isidoro.
El único dato que encontré y que juzgo de m ucha im p o rtan cia
se refiere a la m ad re de Isidoro. Según se co ntaba en la fa m ilia ,
el C an ciller, como lla m a b a n a l p ad re de Isidoro, h a b ía conocido
a la que fué d esp ués su esp o sa en un v ia je que hizo a Fra n cia
y parece ser que e ra sirvien ta de los D ucasse en T arb es. El p a d re
del poeta regresó solo de ese v ia je y al poco tiem po llegó a
M ontevideo C elestine Jaq u ette D a v e za c. Se casaro n el 21 de
febrero de 1846, naciend o el C on de de Lautréam ont el 4 de ab ril
del mismo a ñ o , es decir dos m eses d esp ués. Se lee en el cer­
tificado de defunción que e lla m urió de m uerte n atu ral el 10 de
diciem bre de 1847, es d ecir cu an d o Isidoro te n ía un año y
ocho m eses; el certificado dice de m uerte n atu ra l pero según lo
que contaron los fa m ilia re s ella se h a b ría su icid ad o . H ace pocos
días en ocasión de un v ia je que hice a M ontevideo p a ra asistir
a un hom enaje que se re a liz a b a con m otivo del p rim er cente­
nario del nacim iento de Isidoro D ucasse, traté de a m p lia r los
datos referentes a la m ad re. Ella fué e n te rra d a el m ism o d ía de
su muerte con el nom bre de C elestin a J o a q u in a , sin su a p e llid o ,
no existen rastros de su tu m b a, m ientras que pude encontrar
con toda fa cilid a d la tum ba del p ad re en el C e m en tario C entral
de M ontevideo. Esta m uerte trág ica de la m ad re d eb e h a b er
constituido un trau m a in su p e ra b le en la v id a de Lautréam ont.
Recordemos de nuevo , a propósito de esto, su a fá n de v e r a
Yocasta en el trance m ism o de m atarse.
El señor Lozada Llanes me hizo una historia d e ta lla d a de la ra m a
de los D ucasse de C ó rd o b a. Luciano B ernard o D ucasse, tío y p a ­
drino del C onde de Lautréam ont em igró de Fran cia después de
su herm ano Francisco y se radicó p rim eram ente en M erced es,
provincia de Buenos A ire s, donde instaló un m olino h a rin ero .
De a llí pasó a C ó rd o b a donde se le reunieron tres prim os del
Conde, Francisco, Ju a n Droctoveo y Lecea D ucasse. Esta últim a
se h ab ía casad o en Bazet con un esp añol lla m a d o J u a n A nto nio
Suárez F e rn án d e z, naciendo de este último m atrim onio 4 hijos
de los que viviero n sólo dos, M arcos que nació en F ra n cia y
A m elia que nació en M ontevideo.
25

�Los Ducasse compraron en Córdoba un pequeño molino que según
cuenta les costó 18 muías gordas y que había pertenecido suce­
sivam ente a Ascorcel de Peralta, a una Congregación de Monjas,
al Deán Funes y por último a otra Congregación de M onjas, si­
tuado en las afueras de Córdoba, hoy barrio San M artín. Luciano
Ducasse, el padrino del Conde a quien llam aban fam iliarm ente
el Carpintero, y sus dos sobrinos, Francisco y Juan Droctoveo,
permanecieron solteros, y llevaron una vida retirada. Se les con­
sideraba como gente extraña, poco sociable, con una m oralidad
muy rígida, muy religiosos y muy preocupados por acrecentar
su fortuna. Según cuenta Lozada Llanes todos de acuerdo a una
exigencia del tío Luciano, usaban barba para que los indios los
respetaran. Vivieron en el Molino durante muchos años, y des­
pués en una casa de la calle G eneral Paz, donde está hoy insta­
lado un Colegio Nacional. La única prima de Lautréamont, Lecea
Ducasse, había casado, como dijimos, con un español llam ado
Suárez Fernández, que al parecer tenía muy poca inclinación al
trabajo y mucha a m algastar el dinero de los Ducasse, razón por
la cual fué literalmente expulsado de la fam ilia y devuelto a
España donde falleció. Después de este incidente, el tío Luciano
y los hermanos de Lecea le instalaron a ésta un negocio de p a n a ­
dería con el nombre de "La mano dorada", situada en la calle
Santa Rosa. Del matrimonio de Lecea Ducasse y Suárez Fernán­
dez nacieron Marcos Suárez Ducasse que siguió la línea del p a­
dre, se negó a trab ajar, llevó la vida de un excéntrico y murió
insano en el año 1922. Según cuentan algunos amigos de éste,
tenía "afición por la poesía" y había escrito algunos versos. La
herm ana de Marcos, la otra sobrina de Lautréamont llam ada
A m elia Suárez Ducasse, casó en terceras nupcias con el señor
Lozada Llanes en Montevideo, falleciendo en el año 1937 y extin­
guiéndose con ella los Ducasse. Durante la última entrevista que
tuve con Lozada Llanes me relató ya en tren de confidencias que
Isidoro visitó a sus parientes de Córdoba alrededor del año 1868
y que había llevado los originales de los Cantos de Maldoror
para leérselos. Parece que la lectura produjo una gran indigna­
ción y tal fué la gravedad del caso que éste fué consultado con
el confesor de la fam ilia. Creo, dice Lozada Llanes, que los ori­
ginales fueron a p arar a la Iglesia de Santo Domingo y que
posiblemente fueron quemados.
26

�El Conde de Lautréam ont fué considerado por su fa m ilia como un
loco, un poseso y un b lasfem ad o r. Y aunque esta visita fu e ra
una ficción, lo im portante es que el poeta quedó señ alad o a sí
en el seno de su fa m ilia .

Mario Tre¡o

Apollinaire
a sí es. h a y que decir
una violenta rosa crece
un d ía crece
una m irad a aum enta
un corazón detiene su tam año
alg uien intensifica su san g re
alg uien golpea tu silencio
o a b rig a tu d esollado horizonte
a llí refu g ias entonces
tu convenid a le jan ía
y a llí duda mi ard o r
m ientras un g allo se d esen cad en a
la m a ñ a n a se a g a ch a hacia su color inm inente
y mi voz toma un tono de luminoso peligro.
es necesario es necesario
decir que las v e n tan as se abren
como las frutas y que las uvas
fom entan una costum bre jubilosa
porque un perfil a m e n a za
una m uchacha no se decide
y el porvenir que d estap a botellas
y el d esatad o am an e ce r que dije.

27

�Para parfír
también aquí se quiere huir
dejar atrás
reanudar el silencio
yo preconizo la vida
entonces la lluvia del sol
p asar por alto algo más todavía
d esb aratar los melancólicos niveles
de todo eso
sólo quedará el retorno
una copiosa prim avera
y el tiempo
que es una paciencia
largam ente presentida
y elástica

Mario Trejo

28

1948

�Max Bill

La expresión artística de la construcción

La o b ra de Robert M a illa rt se po dría com prender y e x p lica r desde
un punto de vista exclu sivam en te técnico. S u rg iría n a sí un sin ­
núm ero de d etalles constructivos m uy interesantes, cap aces de
fe cu n d a r el espíritu del técnico: la fun d am en tació n m atem ática
y la b ase constructiva del arte de M a illa rt, sab io e inventor.
Si no sigo a h o ra este cam in o no es porque m enosprecie este
im portante aspecto de su o b ra o porque lo valo rice m enos que
el que he elegido p a ra trata r a q u í con m ayo r p ro fu n d id ad .
M a illa rt fu é, sin d u d a , un g ra n inventor y técnico, pero en sus
construcciones, y esp ecialm ente en sus puentes, por hab er utili­
z a d o las p o sib ilid ad es al m áxim o , su p era lo m eram ente técnico.
Ellas están co nceb id as con tal a u d a c ia y rigor que trasciend en
de lo m aterial a lo e sp iritu al, de la técnica a la visión estética.
Su fu e rza de exp resión es la de un artista q ue, m ediante la uti­
lización total de los m edios y p o sib ilid ad es de su época consigue
siem p re cre a r lo nuevo, y este elem ento nuevo presupone el
atractivo de una lucha sostenida con las d ificultad es de su oficio,
de su visió n , sum ad o al atractivo que sig n ifica lo inédito. En
sus o b ras se ad vierten siem pre los m ism os principios constructivos
elem en tales, recursos exp resivo s que se repiten in d efin id am en te;
son parte integrante de una p e rso n alid ad que se e xp re sa dentro
de las lim itaciones de la m ate ria. La m ateria posee, es v e rd a d ,
sus leyes p ro p ias, pero dentro de sus lím ites ofrece al espíritu
cre a d o r diferentes p o sib ilid ad es de las que nacen fo rm as d iv e r­
sas. Y es precisam ente por estas leyes se v e ra s —y por no tender
ja m á s, en su e se n cia, a lo decorativo sino a lo constructivo— que
resulta tan a p a sio n a n te d a r fo rm a a la m ate ria, au n a través
d e una lucha con sus p o sib ilid ad es. Robert M a illa rt lo s a b ía
perfectam ente.
Se puede o b jetar que no son tantas las p o sib ilid ad es e x p re siv a s
del horm igón a rm a d o y que si una construcción de este tipo
ad o p ta una form a p articu lar esto d ep end e o de invenciones ulte­
riores o de nuevos sistem as em p lead o s. Las p o sib ilid ad es, en

29

�efecto, no son muchas, sin embargo, numerosos caminos se ofre­
cen a la invención creadora. ¿Cómo explicar si no fuese así
que un puente de M aillart, sin conocerlo como tal, nos parezca
una extraordinaria estructura y que podamos renocerlo fácil­
mente como una obra suya; cómo que se trate de un fenómeno
de igual categoría que el encuentro de una obra de arte y que
provoque tanta oposición entre algunos, tanta admiración entre
otros? Ciertamente, la técnica no lo explica por sí sola, sino la
elección, el orden estético, intensamente expresado en las obras
de M aillart, al cual la técnica está sometida.
Me encontraba yo en la comarca de Schwarzenburg ocupado
todavía en los trabajos preliminares para este libro. Era durante
la guerra; no había automóviles a disposición; y cam inaba al
este de Schwarzenburg, por la región donde debían encontrarse
los puentes de Rossgraben y de Schwadbach. Hacía un calor
sofocante. Tomé finalmente un sendero a través de un bosque.
De pronto vi brillar entre los árboles una esbelta construcción,
tendida como un inmenso galgo: el puente de Rossgraben. Una
construcción de increíble tensión. Y algunos cientos de metros
más allá, en medio de un valle arbolado, planeaba el puente
de Schwandbach. Sí, ¡planeaba! Tan ligero como una hoja de
papel, parecía unir sin esfuerzo ambos extremos del valle. Dos
impresiones inolvidables. Regresé a Berna. Al día siguiente cru­
zaba en bicicleta un puente que me había impresionado muy
particularmente antes de ocuparme en este libro. Lo consideré
entonces más atentamente y encontré que me gustaba; se trataba,
en verdad, de una construcción fuera de lo común. Crítico, me
dije: "Es injusto, tal como lo hacemos, considerar siempre a
M aillart como el mejor constructor de puentes y únicamente a los
suyos como obras de arte moderno; este puente es también una
obra maestra de armoniosa belleza y simplicidad, y casi lo pre­
fiero a todos los puentes de M aillart". Sorprendido ante esta
¡dea no podía dejar de comprobar la ingratitud de los hombres.
Este pensamiento me perseguía continuamente durante todo el
tiempo que me ocupaba de Maillart. Dos años más tarde des­
cubrí que M aillart debía haber construido un puente, en un cruce
sobre el ferrocarril, cerca de Berna. No conocía fotografías ni
planos ni poseía dato alguno, y fué por casualidad que lo en­
contré mencionado en una lista de sus obras. Hasta entonces no
30

�!e había atribuido ninguna im portancia. Im aginad mi sorpresa
al constatar que este puente en el cruce de W aissensteinstrasse
sobre el ferrocarril era precisamente aquel que yo había com pa­
rado a los puentes que conocía de M aillart y al que yo estaba
por considerar superior.
¿No es acaso sorprendente que ese sentimiento de la calidad
esté siempre presente y nos induzca a form ular un juicio aun
cuando nos encontramos ante una solución nueva y desconocida?
Otra cosa interesante de constatar: una obra buena no depende
solamente de su am biente. A pesar de lo d esag rad ab le del lugar,
el efecto de este puente en el cruce de Weissenstein no dism inuye
en forma alg una. Esto me ha dado finalm ente la convicción que
uno de los proyectos de M aillart, el proyecto para el puente de
Rhone-en-Aire-la-Ville-Peney, al cual anteriormente había pres­
tado muy poca atención, representaba sin duda su solución más
importante, la más completa y m adura, tanto desde el punto de
vista constructivo como estético. El hecho de que este puente
—del cual hice reconstruir una vista general en base a sus
planos— no se haya construido constituye seguram ente una pér­
dida m ayor y aun más lam entable que la destrucción también
doloroso del puente de T avan assa por una avalan ch a.
He demostrado ya que ante las obras de M aillart sucede lo mismo
que ante las obras de arte: nos seducen a pesar nuestro. Podemos
del mismo modo com probar que provocan oposición entre los espí­
ritus conservadores y son ad m irad as por los espíritus progresistas.
El hecho es sim ilar al que sucede con las obras de arte moderno:
mientras ellas representan la expresión más a v a n za d a sus parti­
darios y enemigos se oponen irreconciliablem ente, pero en cuanto
una form a de arte más progresista las reem plaza las diferencias
se suavizan. Finalmente, estas obras, consideradas "clásicas",
adm itidas en los museos, reciben la protección pública. Podemos
prever que los puentes de M aillart serán también protegidos y
que al cumplirse el centenario de su nacimiento serán reparados
y repintados con un bello tono m ineral blanco o gris; que los
ingenieros y los que se interesan por el arte en el viejo y nuevo
mundo vendrán a visitarlos en ocasión de un v iaje a Suiza, y
serán incluidos en las historias del arte. Será el tiempo también
en que las expresiones más m odernas del arte actual habrán
alcanzado un cierto clasicismo, en que Piet M ondrian, apenas un
31

�mes más joven que Maillart, será reconocido como el gran clásico
de la nueva pintura y existirá asimismo comprensión para las
demás obras de arte concreto. Maillart no será entonces adm i­
rado solamente como el gran ingeniero, sino también como uno
de esos nuevos artistas junto a otros "grandes" de su época. Y
si hemos comparado los elementos estilísticos del nuevo arte y
los de las construcciones de Maillart es para demostrar que
existen relaciones entre quienes transforman la materia en una
forma estética y los que hacen de la construcción racional una
obra de arte.
Esto es válido también en lo que se refiere a la estructura interna,
al sistema de armadura "hongo" de Maillart. ¿No es asombroso
que estos dos precursores de la misma generación: el constructor
y el pintor, Robert Maillart y Piet Mondrian, hayan creado en
el mismo año, uno, un nuevo sistema constructivo, otro, una nueva
pintura; el primero la arm adura cruzada de la losa continua
—sistema a dos direcciones tratado como una superficie única
que pasa orgánicamente de la losa a la columna a través de los
"hongos"— (fig. 1); el segundo, una superficie y ritmos horizon­
tales y verticales acentuados apenas por unos pocos colores
(fig. 2)? En ambos casos la economía de medios y el principio
se basan en una fórmula estética de extraordinario valor. ¿O no
es también extraño que elementos de formas semejantes se en­
cuentren tanto en el ritmo de una pintura de Georges Vantogerloo (fig. 3) como en el puente de Schwandbach (fig. 4)? ¿No
existe acaso un parentesco entre la elegante curvatura, lanzada
de un extremo a otro como la materialización de una descono­
cida ley de crecimiento artificial (fig. 5) y la plástica de implícito
rigor matemático, recostada en la naturaleza (fig. 6)? ¿Y no
existe también un cierto parentesco entre esta otra plástica apo­
yada en escasos puntos, que parece obedecer sólo por obligación
al peso de la materia (fig. 7), y el puente con apoyos puntiformes que apenas tocan el suelo (fig. 8)?
Desearía haber mostrado con estos ejemplos que existe una cierta
relación entre la materia "hormigón armado" utilizada por razo­
nes técnicas con extremada economía y aquella otra materia,
inútil aparentemente, creada en realidad para utilización racional
del espíritu. Y ya que nosotros llamamos a este arte "concreto"/
puesto que utiliza realidades y hechos —expresión materializada
32

�Piet

M ondrian

en su es t u d ¡

�8.

Antoine

Pevsner:

Esta obra de arte
algunos puntos.

"Construcción

1937 193

constructivo se cpoyo s o l ó

�5.

Puente de S c h w a n d b a c h

entre fa e c o n o m ía de

.

^ '

de

Robert

la m a te ria

la s

M a illa r t, un e je m p lo de a c u e r d o p erfecto
f u e r z a s co n s t ru c t iv a s y el ritmo estético.

^6S
nt°ngerloo: Curvas-Lineas-Intervalos'', 1938. Ritmo estético
conomía en los medios de expresión de la pintura moderna

y

Puente de la Tt.
. n
.
'n u r de R. M a illa rt. El p u en te a p e n a s toca el s u e l o , c a r a c t e r ís t ic a
Tanto cJ | orto i * ,
ael ingeniero moderno como de la nueva plástica constructiva

ésta &lt;

q

�2.

P.

Mondrian: "Composición" 1936.

Reducción de los medios de expresión de la
pintura

a

simples relaciones verticales y

horizontales.

6.

Max Bill: "Continuidad" 1935-36

Una rigurosa concreción plástica y
matemática del espacio.

(
)'

I

i

1.

Esquema de

la

armadura de la losa

"hongo" de Maillart, a dos direcciones
solamente.

�del espíritu, tal es el concepto del término desde el punto de vista
filosófico—, hacemos notar que la terminología anglosajona da a
la palabra "concreto" no sólo el sentido que nosotros le damos
en arte, sino que también la aplica al conglomerado que se
obtiene artificialm ente. Es decir, la materia que el hombre crea
y a la que da forma por medios técnicos, y que no es sólo sim ilar
a la piedra natural sino que posee cualidades superiores. El
círculo vuelve a cerrarse y las dos acepciones de la palabra
"concreto" no resultan tan alejados como una comparación super­
ficial podría hacer creer.
Si hemos considerado los puentes de Robert M aillart, ante todo,
como obras de arte de un género especial, ello no significa que
no sean también construcciones técnicas, ni diseñadas para una
utilización práctica. Ellas son igual y armoniosamente útiles y
bellas; son desde todo punto de vista funcionales, cumplen real­
mente su función. Podemos estar convencidos —por su perm a­
nencia y por los ensayos y controles efectuados— que las solu­
ciones técnicas fueron justas y comprobar al mismo tiempo su
alto grado de economía y utilidad. Su finalidad no la cumplen
sólo como puentes, sino que su incorporación al trazado del
camino es tan justa que el curso regular de éste no se interrumpe
nunca ni es bruscamente desviado. Siempre que nos encontramos
ante un puente de M aillart comprobamos que los problemas de
circulación están resueltos de m anera ejem plar y, muy a menu­
do, salvan el obstáculo en sesgo. Para los cruces de ferrocarril
M aillart ha em pleado diferentes sistemas que combinan la fun­
ción y la economía.
Y a que estamos tratando, particularmente, la expresión estética,
hubiéramos deseado, sin duda, saber si nuestro punto de vista se
confirma en todos los casos. Desgraciadam ente aquí no podemos
comprobar una gran concordancia entre nuestra tesis y la reali­
dad. No obstante, observando con atención, comprobamos que
esta diferencia no depende de M aillart, que buscó siempre la
belleza en sus construcciones y la reclamó en sus escritos. Encon­
tramos siempre proyectos no realizados de impecable pureza,
pero, raram ente, obras ejecutadas de igual modo. Podemos pues
adm itir que en la m ayoría de los casos la influencia de quienes
le encomendaban los trabajos dificultaba los proyectos de M aillart
33

�y que sólo pocas veces pudo re a liz a r sus puentes con absoluto
rigor. (Si hem os de m encio nar en c a d a caso el resultado de
esa s in flu en cias y decisiones de orden estético, es porque las
o b ras de M a illa rt son e x p e rie n cia s de com posición y m edios p a ra
cre a r fo rm as a disposición del ing eniero p a ra que una v e z a p re n ­
d id a su lección las a p liq u e en el porvenir.)
No se tra ta , claro está, d e citar a q u í todas las in g eren cias por
parte de las a u to rid a d e s, in g e re n cias que cam b iaro n el aspecto
de los puentes d e M a illa rt. Los casos p articu larm en te d e s g ra ­
ciad o s, como el puente de Thur en Feld eg g , en el cual la lig era
b a ra n d a p ro yectad a deb ió re e m p la za rse por un p ara p e to d e
horm igón 1, o del puente de T w a n n b a ch que fu é concebido
como una costilla cu rva m uy d e lg a d a pero deb ió ejecutarse
como una vig a -ca jó n cu rva con tím p an os llenos, son re la tiv a ­
m ente raro s. C om únm ente los puentes no se co nstruían, pues
eran rech azad o s por los ju rad o s. Esta es la razón por la cual
la m ayo r parte de los escaso s puentes construidos por M a illa rt se
encuentran en lu g ares poco accesib les, en solitarios v a lle s a lp i­
nos, p a ra los cu ales h a b ía pocos fondos a disposición y donde
el problem a estético p a re c ía no ju g a r p ap el alg u n o . V em os e n ­
tonces que la o b lig a d a econom ía favo re ció la estética y que la
m ism a econom ía hizo m orir soluciones artísticas de g ran v a lo r.

(De su libro "Robert M a illa rt,/, Zürich. Ediciones de arq u ite c­
tura Erb en b ach , Zürich). Traducción de las versio n es fra n ce sa e
ing lesa por Ricardo M uratorio Posse, con auto rizació n e x p re sa
de su autor p a ra C IC LO .

1 Este parapeto de hormigón no desempeña función constructiva alguna (N. dei T.).

34

�Jean Cassou

La libertad del artista anuncia la libertad del hombre

Toda sociedad tiende a considerar al arte en su función social.
El arte sirve p ara defender a los vivos de los muertos deteniendo
en determ inados objetos la fuerza m aléfica de los muertos. Pero
tam bién puede servir p ara aum entar las posibilidades de la
ca z a , concentrando otras fuerzas sobre los rasgos de la silueta
de una bestia. Exalta la gloria de un príncipe o de un régim en.
Durante la guerra de 1914-18, se utilizó a los artistas m oviliza­
dos, y en especial a algunos de los m ás ilustres, p ara las nece­
sidades del "cam ouflage".
No obstante, si bien puede em plearse al artista con fines socia­
les, no es ésa su función esencial y específica. Aunque* el artista
com partiese las doctrinas, las convicciones y la m anera de pen­
sa r de la sociedad que se sirve de él, un sentimiento diferente,
por oscuro e ¡nform ulado que fu e ra, guía su m ano creadora
convírtiendo al objeto creado en receptáculo de una fuerza es­
piritual desconocida: la belleza.
Tal diferenciación se ha hecho consciente en el transcurso de la
historia, evidenciándose en nuevas etap as de civilización. A sí,
es posible estudiar en determ inada época, la laicización del arte
y su em ancipación. Pero yo afirm o que aun q ue el artista fuese
el estricto servidor de la sociedad, confundiéndose en cierto
modo su función con la del hechicero o la del artesano, y a a d ­
vierte su propia singularidad.* Por lo dem ás, podemos d esp ojar
a l objeto que ha producido de sus significaciones e intenciones
p ara que se nos ap arezca como un objeto de arte.
Ello sucede porque el arte tiene su dominio propio y la activid ad
artística, caracteres precisos e inconfundibles. Dichos caracteres
ni siquiera d ejarían de m anifestarse aunque la actividad artís­
tica se identificase aparentem ente con una actividad social d e fi­
nid a, orientada por las exigencias de la religión y de la política.
Aún en este caso, el funcionario a que se reduce el artista, e x ­
perim enta la necesidad de doblegar y m odificar los cánones que
se le han impuesto a fin de realizar su labor en mejores condi-

35

�c io n e s , e n o tra s p a la b r a s , tie n d e a in tro d u c ir u n a v a r ia n t e e n
el o b je to q u e p ro d u c e s e g ú n un m o d e lo s t a n d a r d . P u e s b ie n , el
a r t e se m a n if ie s t a ju s ta m e n te e n e s a v a r ia n t e ; e lla p ro d u c ir á en
el e s p e c t a d o r u n a e m o c ió n e x t r a ñ a y n u e v a , d is tin ta d e la e m o ­
ció n c o n v e n c io n a l e n la c u a l la s o c ie d a d q u ie r e c o n fu n d ir la s
c o n c ie n c ia s in d iv id u a le s d e su s m ie m b ro s .
El a n á lis is h istó ric o s e h a c o m p la c id o , y se c o m p la c e t o d a v ía m u y
a m e n u d o , e n id e n t if ic a r e s tric ta m e n te la a c t iv id a d a r t ís t ic a co n
la s a c t iv id a d e s s o c ia le s , e n la m is m a fo r m a e n q u e lo h a c e n y
d e s e a n la s s o c ie d a d e s . A l e s t u d ia r u n a d e t e r m in a d a s o c ie d a d ,
lo s h is t o r ia d o r e s se c o n f o r m a n , p o r lo g e n e r a l, con v e r e n el a r t e
u n a d e s u s m a n if e s t a c io n e s , u n a a c t iv id a d im p u e s ta p o r e lla ,
u n a m a n e r a p e c u lia r d e a f ir m a r su s is t e m a y su p o d e río . Los
h is t o r ia d o r e s se c o n te n ta n co n re c o n o c e r e n e l a r t e d e u n a s o c ie ­
d a d , los rito s d e é s t a , e s d e c ir , u n a f o r m a d e su e x p r e s ió n r e li­
g io s a o p o lític a . E llo s t a m b ié n v e n e n e l a r t is t a un b ru jo o un
s a c e r d o t e , un c o rte s a n o o un f u n c io n a r io .
El m é to d o m a r x is t a , a p lic a d o e n f o r m a o r t o d o x a , ta m p o c o m o d i­
f ic a s u s t a n c ia lm e n t e e s ta c o n c e p c ió n . Lo m á s fre c u e n te e s q u e
p e r m a n e z c a d e n tro d e los lím ite s d e l c o n fo rm is m o s o c ia l, c o n s i­
d e r a n d o a l a r t is t a e s t re c h a m e n te s o m e tid o a la s c o n d ic io n e s e c o ­
n ó m ic a s y a la s s u b e s tr u c t u ra s in t e le c tu a le s d e su tie m p o . D e sd e
Ju eg o q u e h a y a lg o d e cie rto e n to d o e s o , p e ro p ro c e d ie n d o d e
e s t e m o d o s e d e s c u id a la n a t u r a le z a d e la a c t iv id a d a r t ís t ic a
q u e tie n d e a u n a s u p e r a c ió n . En e fe c to , la p ro p ia c o n c ie n c ia
d e l a r t is t a s e o r ie n t a , s u p e r a n d o la s c o n d ic io n e s im p u e s ta s o
s im p le m e n t e d a d a s , h a c ia la in te g r a c ió n d e la n a t u r a le z a , a u n a
to m a d e p o se s ió n d e la r e a lid a d y a su e n r iq u e c im ie n to , e n s ín ­
te s is , a u n a a f ir m a c ió n d e lo h u m a n o . Es p o r e llo q u e c u a n d o
f in a liz a n la s c o n d ic io n e s e n la s c u a le s s e h a r e a liz a d o u n a o b r a
d e a r t e , d ic h a o b ra s e g u ir á s ie n d o p a r a n o so tro s un te stim o n io
v á lid o q u e h a d e c o n t in u a r c o n m o v ié n d o n o s y e le v á n d o n o s p o r
e n c im a d e n o so tro s m ism o s. A l c o n q u is ta r d e m a n e r a c o n s ta n te
su p ro p ia a u t o n o m ía , el a r t e n o s a y u d a a lo g r a r n u e s tra p ro ­
p ia h u m a n id a d .
A s í lo h a re c o n o c id o , en un e n s a y o r e c ie n te , un m a r x is t a , M . H e n ri
L e fe b v r e , a l d e t e r m in a r la f o r m a en q u e la n o ció n d e e n a je n a ­
ció n se o p o n e a la n o ció n d e e n r iq u e c im ie n to . C ita a M a r x ,
36

�seg ú n el cual "no existe en Econom ía Política la riq u eza o la
m ise ria , sino m ás bien el hom bre rico y la necesid ad h u m a n a
rica. El hom bre rico es aq u e l que necesita de la to talid ad de la s
m an ifestacio n es h u m a n a s de la v id a ; el hom bre p a ra q uien la
re a liza ció n de sí m ism o existe como e x ig e n cia interior y com o
n e ce sid a d ". Lefeb vre d efin e a l artista en los sig u ien tes térm inos:
"a q u e l que e x p e rim en ta como necesid ad fu n d a m e n ta l la e x i­
g en cia interio r de e x p an sió n y de re a liza ció n de sí m ism o m a n i­
fe stá n d o la en un objeto sen sib le". A d e m á s el producto de su
tra b a jo , la o b ra de a rte , d ife rirá por m uchos caractere s precisos
de los otros productos del tra b a jo . "H asta a h o ra estos últim os
se han obtenido dentro de las ca ra cte rística s de la e n a je n a c ió n ,
es d ecir, dentro d e las m o d a lid a d e s históricas de la producción
(por ejem p lo , dentro de las fo rm a s de la d ivisió n del tra b a jo ,
de la servid u m b re o del sa la rio ). Por el co ntrario , el cre a d o r
estético intenta s e p a ra rse de la e n a je n a ció n que lo ro d ea y a r r a s ­
tra , en una lucha terrib le y a veces d e se sp e ra d a , en la cu a l
siem p re corre pelig ro de fr a c a s a r. T rata de s o b re p a sa r los lím i­
tes estab lecid o s por la e n a je n a ció n en la s condiciones de un
m om ento histórico d eterm in ad o , m erced a la a ctiv id a d del ser
hu m ano . Se e sfu e rza por v o lv e r a en co n trar, por re-crear la
riq u e za e fectivam en te lo g ra d a (y d ila p id a d a por la e n a je n a ­
ción) por el ser h u m ano . T rata (de acu erd o con su p ro p ia d is­
posición su b je tiv a) de e x p re sa r la to ta lid a d de la s m a n ife sta ­
ciones de la v id a , in co rp o rán d o las a un objeto.
M e p arece que por su am p lio h u m an ism o , este a n á lisis m a rx ista ,
a la v e z que fecund o y útil, pone las cosas en su lu g a r. Por
cierto que no se opone a una n e ce sa ria a firm a ció n del ca rá cte r
esp ecífico de la a ctiv id a d a rtística , a firm a ció n ésta, que se ha
e x p re sa d o d e m odo veh em en te en la ép oca m o d e rn a. P areciese,
en efecto, que la p o e sía , la pintura o la m úsica se h u b ie ran in ­
v e n ta d o en los tiem pos m odernos; lo que e q u iv a le a decir que
se han re v e la d o en esta ép oca con toda su p u reza y com o d e s­
lig ad o s de las co n tin g en cias en las que hasta a h o ra las reten ía
la sociedad p a ra que sólo fu e ra n una de sus m ás estrictas m a ­
nifestacion es. De a h í el choque y el e sc á n d a lo . La so cied ad no
se ha reconocido en las o b ra s del arte y de la literatu ra m o d ern a.
A sí, ha silb a d o la m úsica n u e v a ; ha co n sid erad o in m o rales y
m onstruosas las b añ istas de C o u rb et, la O lim p ia de M an et y las

37

�o b ra s d e los im p re sio n ista s. D u ra n te el m ism o a ñ o d e 1 8 5 7
co m p a re c ie ro n a n te los trib u n a le s , B a u d e la ir e , a u to r de las"
F le u rs d u m a l, c re a d o r d e la p o e sía y F la u b e rt, a u to r d e M a d a m e
B o v a ry , c r e a d o r d e la n o v e la . En la e x p o sició n u n iv e rs a l d e 1 8 6 7
en la c u a l h a c ia su b a la n c e el ré g im e n in te rn a c io n a l, C o u rb e t
y M a n e t fu e ro n e x c lu id o s d e e se m e n sa je , d e b ie n d o e x p o n e r sus
o b ra s en d os p a b e llo n e s e sp e c ia le s com o si fu e se n a p e sta d o s
La s ig n ific a c ió n p ro fu n d a d e ta le s aco n tecim ie n to s es de q u e en
este sig lo , el a rte h a a d q u irid o co n cie n cia d e su n a tu ra le z a d e
su n a t u ra le z a o rig in a l y e se n c ia l. A n te todo su in d e p e n d e n c ia
se m a n ifie s ta con resp ecto a la s a p lic a c io n e s p rá c tica s a la s q u e
q u ie re co n streñ irlo la s o c ie d a d . El a rtista s a b e q u e y a no es un
s e rv id o r d e la s o c ie d a d , ni ta m p o co un sa ce rd o te , un b ru jo un
co rte sa n o o un fu n c io n a rio . C la ro e stá q u e tanto en su a c tiv id a d
p r iv a d a com o en su e x p re sió n se so m ete a la s co n d icio n e s e x te ­
rio res d e la so c ie d a d d e su tie m p o ; p e ro , no o b sta n te , a s p ir a
a s u p e r a r e s a s co n d icio n e s p a r a a f ir m a r q u ié n s a b e q u é m e n ­
s a je m á s a m p lio , e sta b le c e r un contacto m enos a rtific ia l m á s
lib re y m a s v e rd a d e ro con la n a tu ra le z a a la v e z q u e con la s
c o n cie n cia s. Por otra p a rte , d e b e e n co n tra r un le n g u a je d istin to
d ei q ue se u sa co n v e n cio n a lm e n te , un le n g u a je m e d ia n te el cu a l
se e sta b le c e rá n d en tro d e su p ro p io se r, en tre él y los h o m b re s,
e n tre el y la r e a lid a d co m u n ica cio n e s m ás in te n sa s e in te rc a m ­
bios m á s n u e v o s y fru ctífe ro s.

38

�Sebastián Solazar Bondy

Noticia de Szyszlo

Es en A m é ric a , sin d u d a , don de el artista está o b lig ad o a dar las
resp u estas m ás c a b a le s y justas a los interrogantes m ás cngustiosos. A b re los ojos a un m undo intacto, sobrecogido por el
torbellino de co n tra ria s h e re n cias, y su fre en carne prop a las
a firm a cio n e s y n eg acio n es que e n tra ñ a su nacim iento. Al d es­
cub rim iento de sí m ism o, ha de su m a r el descubrim iento de lo
que realm en te constituye el sentido de su o b ra en la sociedad en
qu v iv e y tr a b a ja . ¿N o som os a ca so p erp lejo s espectadores de
los fra ca so s de todo intento reg io n alista que ad o b a de mentido
fo lklo rism o , fácil y retórico por otra p arte , lo que pretence im ­
poner como arte " n a cio n a l" , y no som os tam b ién testigos de la
frustración de tantos im itad o res de las corrientes occidentales
p a s a d a s y p resen tes? N a d ie p uede o lv id a r, como los primeros,
las conquistas de la pintura eu ro p e a d esd e el Renacim iento hasta
nuestros d ía s. Ellas nos pertenecen en la m ed id a en que e sta­
mos incluid o s dentro de un ciclo cultural com ún. N a d ie , ta m ­
poco, puede re n e g a r de su condición a m e ric a n a , entendida ésta
como germ en de una revelació n fu tu ra. En último caso, al artista
a m e rica n o le corresp ond e la letra de p re p a ra r el cam ino, de
in icia r la b ú sq u e d a, dentro de las v e rd a d e s que el arte occiden­
tal nos ha le g ad o , e sp ig a n d o de su pueblo —de los testimonios
artísticos de su p ueblo— los elem entos estéticos que habrán de
in co rp o rarse a sus logros. En tién d ase que ello se h a rá de m a ­
n era distinta a la de los pintores de la escuela m exicana que
confund ieron la a p a re n te g ra n d e z a social del temo con la f in a ­
lid ad de la o b ra de arte y que cayero n en una suerte de a e g a to
g ráfico o crónica p in tad a. El v e rd a d e ro tra b a jo de creación de
un arte p e cu lia r, propio en los térm inos en que esa propiedad
no sig n ifiq u e exaltació n n a cio n a lista , consiste en el hallazgo de
sutiles elem entos de la p e rso n alid ad que indudablem ente nos
d isting ue de los d em ás pueblos y b ajo la cual les sea imposible
m e d rar a los corifeos del aislam ie n to .

39

�Fernando de Szyszlo ha sabido sortear los vericuetos de este
problema con adm irable inteligencia. Sin desdeñar el legado
europeo ha tratado de hallar sus particulares fundamentos pic­
tóricos. Partiendo de aquél ha intentado, hasta ahora con in­
negable éxito, arrib ar a una expresión distinta y original. El
mismo ha expuesto, aunque someramente, sus ideas a! respecto
en una nota sobre Mario Carreño publicada en el N? 4 de "Las
M oradas". Afirm e allí: "A pesar de todo insistimos en que una
original manifestación artística que tenga carácter universal tiene
que surgir de la exaltación de lo particular, de lo que es patri­
monio exclusivo de cada persona, y que, como hemos dicho ante­
riormente, está en íntima relación con el medio en que se ha
desarrollado. Si pensamos con Proust que el valor objetivo de
las artes es poca cosa en sí; lo que se trata de hacer surgir, de
sacar a luz son nuestros sentimientos, nuestras pasiones, es de­
cir, los sentimientos, las pasiones de todos, convendremos en que
nuestras más profundas y personales características son las que
tienen valor universal. Teniendo presentes estas consideraciones
se podría, pues, hablar de algunos atributos comunes que dife­
renciarían las expresiones estéticas de ios hombres de estas re­
giones, de las producidas en otras". El pensamiento es lo sufi­
cientemente claro como para pretender elucidarlo. Szyszlo ha
indagado en sí mismo cuáles son esos "atributos comunes" que
dan al hombre del Perú en este caso validez universal.
He sido durante varios años testigo de su labor y tengo más de
una razón para afirm ar que con él aparece una expresión pic­
tórica singular, severa y consciente a la vez, en las artes plás­
ticas de nuestro continente. Sus primeras experiencias, una vez
abandonada la Academ ia de Bellas Artes de Lima en donde se
distinguió por su talento, se entroncan con el cubismo. Tomó de
éste el poder sintético, la visión ardua y profunda de los objetos,
el rigor geométrico que no em paña en ningún punto el amor
al color y su función. Fué tras las norma que corrige la emo­
ción, como Braque, y puso en ella esa otra pasión, pasión de
creador, que impone al trabajo la suprema lucha por lo genuino
e imperecedero. De este ensayo Szyszlo pasa casi sin violencias,
como dentro del proceso de su evolución natural, a una pintura
que no desdeña —lo hemos ya advertido— las enseñanzas del
arte europeo, de la escuela de París concretamente, pero que se

43

�ap arta de sus modelos en lo que ellos tienen de reconocibles.
Entonces es cuando sus estudios —largos paseos por el hermoso
Museo Antropológico de M ag d alen a V ie ja , en Lim a— del color
en la cerám ica N azca y los tejidos Paracas dan sus primeros
frutos. C om enzará a advertirse en sus cuadros una como suges­
tión, perfectam ente a sim ila d a , de las com binaciones que el sutil
artista primitivo llevó al vaso y a la tela como un rito. Los óleos
de Szyszlo adquieren a sí una precisa característica ind ivid ual.
Son ám bitos de misteriosos caprichos anim ados de m agia y sueño.
A llí, despojados de todo afá n real, detenidos y vivos, intem po­
rales en fin, los objetos y las fig uras pertenecen al patrim onio
de la verd ad puram ente artística, son entes de ficción. El color
los afecta dotándolos de una superior existencia, como seres que
v ivieran detrás de un m aravilloso espejo —quizá poesía— en
cuya profundidad todo ad q u iriera el resplandor que le corres­
ponde.
La trayectoria de la pintura de Szyszlo es intachable. Desde sus
prim eras realizaciones, en las cuales todo a p a re cía sum ido en
cierta tem erosa o cauta utilización de los tonos vivos, en cierta
oscuridad de grises y azules en los que sólo a veces ap untab a el
color anim oso, hasta sus telas de hoy dotadas de fuerza crom á­
tica, libres y aud aces, se cumple un cam ino de perm anente ilu­
minación que es el encuentro con lo m ás auténtico que tiene.
Bástenos ver sus "N aturaleza M uerta" (1947) y "Figura" (1947)
y su "M ujer peinándose" (1948), con las cuales acom pañam os
esta nota, p ara tener una ¡dea de la obra última del pintor. El
primero de los tres cuadros nos m uestra los objetos destinados,
en im pecable composición, a ser de m anera com pacta, sólida,
entera, un solo cuerpo en el cual el color establece los límites de
cad a ingrediente. A llí m esa, fruta, escudilla, ven tan a, cortina,
son tales sólo por virtud de su valorización plástica dentro de la
tela. En conjunto se pertenecen los unos a los otros, constituyen
y dan nacim iento a un ser nuevo. La "Figura" nos da una im a­
gen m ás completa del resultado. La intensa expresión de ese
rostro, la actitud hierática de todo el personaje, se com pletan
con los haces de luz que los cortan y atraviesan y con la friald a d
y tristeza del lugar en el cual reposa tan g rave criatura. Puesta
en un confín, ella nos habla con terrible hondura. La tercera
41

�tela es e jem p lo d e la c u lm in a d ó n d e todos su s e sfu e rzo s. N o
in teresa y a otra co sa q u e no sea lo q u e ín tim a m e n te nos con­
m u eve en el c u a d ro . P ictó ricam en te, sus a cie rto s re sid e n sólo en
a q u e llo q u e la p a la b r a es in c a p a z d e o b te n e r. Todo se in teg ra
y co n fu n d e en u n a e x iste n cia recó n d ita y el a n á lis is d e los v a lo re s
p lásticos d el lienzo —so b re todo cu a n d o la t a re a re c a e en a lg u ie n
que no es un e s p e c ia lis ta — p u ed e co n d u cir a l rie sg o d e p is a r los
terreno s d e lo v a n a m e n te lite ra rio . La " M u je r p e in á n d o se " (el
tra ta m ie n to de la s fo rm a s, los p la n o s, la s p ro p o rcio n e s, el sentido
q ue el a u to r le h a q u e rid o d a r, iró n ico o trá g ico ) es in d iscu ti­
b lem en te una co n clu sió n m a d u ra y v e r a z .
P o d ría h a b la r a q u í d e la c a lid a d q ue com o d ib u ja n te tien e S zy szlo ,
d e sus r e a liz a c io n e s e sc e n o g rá fic a s , d e su s co le ccio n e s d e objetos
e x tra ñ o s y e n c a n ta d o re s, d e sus p re o c u p a c io n e s e in q u ie tu d e s.
Ello lle v a r ía m ás e sp a c io d el co n v e n ie n te y t r a e r ía a e sta nota
recu erd o s e x c e siv a m e n te p e rso n a le s. H a y q u e d e c ir, sí, q u e la
p in tu ra del Perú —e lu d o a d r e d e la e x p re sió n p e r u a n a — le d e b e
a S zy szlo el p aso d e cisiv o h a c ia su e n c a u z a m ie n to d en tro d e una
m o d a lid a d que e v ita ig u a lm e n te la im ita ció n s e rv il y el red ich o
n a c io n a lis ta . H a sta su a p a r ic ió n (sa lv o las e x c e p cio n e s d e Sérv u lo G u tié rre z , R ica rd o S á n c h e z , J u a n M a n u e l d e la C o lin a , etc.)
e lla se d e b a tía e n tre la co rrie n te d e n o m in a d a " u n iv e rs a lis t a " ,
m á s d e ín d o le a c a d é m ic a y , en a lg u n o s ca so s, c e rc a n a a la s e s ­
c u e la s e u ro p e a s p e n ú ltim a s, y el " in d ig e n is m o " q u e a c u d ía a l
a c a r re o pictórico d e lo s u p e rfic ia l p in to resco . C u á n to sa crificio
no h a b rá im p o rta d o a s í un a rte q u e re h u y e , por v o lu n ta d del
a rtis ta , el h a la g o fá c il, la m u n d a n a o b s e q u io s id a d , el triu n fo
p e rio d ístico , la co m o d id a d o fic ia l. S zy sz lo h a p re fe rid o —y eso
d a la p a u ta de su v o c a c ió n — c re a r en q u e h a c e r intenso los s ím ­
bolos q u e h acen d e c a d a c u a d ro el recinto d e un m ito p o sib le .

42

�Elias Piterbarg

Proposiciones
a.
Ilusiones sobre las p o sib ilid ad es de exp resarse.
C u a n d o se trata de vo lcar el contenido total de un ser, d a lo
m ismo condensarlo en una fra se precisa y cla ra como una fó rm u­
la m atem ática que d e rra m a rlo en un sin fin de conceptos y de
im ág enes. Porque esa totalidad que pretendem os a sir es al
m ismo tiem po, por una esencia infinita, como un punto m ate­
m ático y como un universo sid eral.
C u a lq u ie r form a de e x p re sarse es pasto p a ra la im ag in ació n . En
¡os dos extrem os anteriores la im ag inación o p era en sentidos
opuestos p ara obtener el m ismo resultado. A la fó rm ula breve
la d ilata hasta h acerla a d q u irir las dim ensiones de un universo
o com prim e lo inform e hasta reducirlo a un punto. De a m b a s
m an ip u lacio n es la im ag inación extrae una im ag en m ás p ara la
colección de su in saciab le a lfo rja .
C a d a acto de com prensión se b asa en un supuesto, como todo
supuesto, fa la z : suponem os que la im ag inación de ios interlocu­
tores es idéntica, que se m ueve con el mismo ritmo y que b a ra ja
las m ism as im ág enes. Com o que la identificación ni siq u iera es
com probable en el m undo de lo im ag in ario , resulta, pues, fo r­
zoso colegir que si decim os com prender alg o , sólo podem os h a ­
cerlo callan d o el m alentendido que nace de aq uel supuesto. En
fo rm a m ás breve podríam os decir que en el acto de com prensión
se oculta un supuesto y se calla un m alentendido.
Posiblem ente en el am o r nos com prendem os, pero es im posible
sab erlo porque ni aún en el am o r nos entendem os. En la v i­
ven cia m utua del am o r las im ag in acio n es corren p are jas y corren
sin tiempo ni ca p a cid a d p ara ex p re sarse . C u an d o lo intentan,
a b a n d o n a n por fu e rza el yugo que las unía y surgen los m alen ­
tendidos. Los am an tes se com prenden pero no se entienden.

43

�La inteligencia separo lo que el corazón une . . . hasta que logre­
mos alcan zar un estado en el que la inteligencia conoce lo que
el corazón am a.

b.
Si la sinceridad consiste en expresar nuestros sentimientos tales
como son, entonces ej necesario d eclararla im practicable, porque
raras veces conocemos con precisión y claridad lo que sentimos
como para expresarlo adecuadam ente. Otro modo de ser sincero
consistiría en exprescr todo lo que pensamos: contradicciones y
vag ued ad es, ¡unto a o poco acertado que pudiésemos pescar en
el río revuelto de nuestro ser íntimo. Esta m anera linda, eviden­
temente, con la extravagancia; pero si queremos eludirla confe­
semos, a lo menos, que nos engañam os cuando hacemos osten­
tación de una sinceridad m anifiestam ente imposible.
Se puede creer en los sentimientos de los dem ás tanto o m ás
que en los propios, ccmo se puede creer en la aspiración de infi­
nito de todos. No dejemos de ver por eso que si suspiram os por
algo idéntico, procedemos de modo muy distinto.
Por eso nuestros amores son líneas p aralelas que sólo se encuen­
tran en el infinito . . . o en la muerte.
La divergencia entre optimistas y pesimistas radica en la d ife­
rente ubicación que dan a la muerte. Aquéllos la colocan m ás
acá del infinito y los segundos la confunden con él.
Nos mantenemos en vida saltando de uno a otro islote de ale g ría
con zancos gigantes sobre m ares de dolores. El optimismo m a­
ravilloso del hombre se traduce en su empeño en agotar el océano.
Otro motivo de perplejidad y adm iración: la inm ensidad del
egoísmo humano y el esfuerzo, que nunca ha cejado, p ara ven ­
cerlo a pesar de las interm inables derrotas.
La desconfianza es una de las form as correctas de disim ular
la cobardía.

44

�G

Nuestro modo de p e n sa r en lo g en eral sería otro si no po seyé­
ram os ojos, oídos o p iern as. Tam bién una m an e ra de p ensar
ciertos prob lem as se h a lla co n d icio n ad a por la estructura p eculiar
del individuo. Sé, por ejem plo, que no podré ca m b ia r la lín ea
g en eral de mi pensam iento en virtud de la constancia de una
conducta cuya norm a p o dría en u n ciar en estos térm inos: "de
a lg u n a m a n e ra , a veces secreta, todo ser hum ano es ¡nocente".
Con cu a lq u ie r g rad o de progreso de la ciencia coexisten zonas
de la re a lid a d in e x p lo ra d a s y desconocidas. Si pudiésem os p er­
m anecer indiferentes a los estím ulos que fluyen de e sa s regiones
nos podríam os contentar con la explotación de los frutos de la
cien cia. Pero el m undo es una unidad in d ivisb le, en el que lo
desconocido actúa a la p ar de lo que conocem os, exigiénd o no s
una respuesta o im poniéndonos una reacción o actitud, en contra,
m uch as veces, de nuestra vo luntad razo n an te.
Nos vem os pues o b lig ad o s a com pletar los hechos científicos con
los datos im precisos de la se n sib ilid a d : las intuiciones que el arte
y la filo sofía p lasm an en sus o b ras. Con un m aterial sensible
la p rim era, con el pensam iento la se g u n d a, m odelan una visión
de la totalid ad de la v id a que no nos puede proporcionar n in­
guna otra a ctiv id a d , y a sea práctica o científica.
Si el espíritu científico presupone la existencia de un orden o
ley en la n a tu ra le za , entonces no es un ab su rd o ad m itir la v ig e n ­
cia de una ley en el co razó n; como tam poco lo es el pensam iento
de que p ueda h ab er una conexión íntim a entre el orden natural
y el orden m oral. ¿A ca so el corazón hum ano, con todas sus
e x tra v a g a n c ia s, no pertenece a la n a tu ra le za ?

d.
P a recería que la m ayor ab n eg ació n consistiera en sacrificarse
por el prójim o. Sin em brgo, m ás g ran d e heroísm o y m ás hu­
m ilde, sería el de e vitar o im pedir el sacrificio de otro ser porque
esta otra actitud nos im pone exclusivam ente el sacrificio propio.

45

�Es evidente que no es éste el proceder general. En la realidad
la cap acidad de sacrificio personal y el sacrificio mismo, son
utilizados como arm a in apelable p ara exigir el de los dem ás. Y
la imposición de un sacrificio no deja de ser un homicidio aunque
nos sobren los atenuantes y las justificaciones.
Para a m ar la vid a debiéram os a m ar sin reservas a todos los
seres. Porque el desprecio de uno solo trae consigo la posibilidad
del menosprecio de uno mismo.
Si se vive sin a le g ría , es decir, sin un am or incondicional a la
v id a , ¿no resulta tonto y absurdo cualquier orgullo?
M ientras no realicem os ese am or sin reservas a la vid a y a los
hombres nuestra aleg ría es regalo de inconsciencia y disim ula­
mos su falta con un andam io hecho de van id ad e s, prejuicios y
aún principios.
Si la Hum anidad es el conjunto de cad a uno y todos los seres
hum anos, el desprecio o sacrificio de tan sólo uno de ellos eq u i­
vale a la comisión de un homicidio. En estos casos la necesidad
no explica ni justifica los horrores: sim plemente nos obliga a co­
meterlos. Se procede de m ala fe cuando se suplanta la angustiosa
conciencia de la necesidad por una justificación tranq uilizado ra.
Nuestra libertad se mueve dentro del redondel que la necesidad
circunda y nuestra esp eranza lo hace siem pre m ás a llá .
Nos define la acción, jam ás nuestro pensam iento,

e.
Si en el progreso del conocimiento reside la esp eranza de la
hum anidad, debiéram os asum ir el riesgo de expresar y publicar
todo lo que pensamos.
Una ¡dea que se oculta es una hipótesis que hurtamos a las posi­
bilidades de observación y de experiencia de los dem ás.
El hombre de ciencia emite hipótesis g rad uales, ad ecuad as al mo­
mento del proceso que investiga; pero el artista y el filósofo
irrumpen en sus obras con m asas de hipótesis en m arañ ad as
46

�que con el tiempo se desenredan. Hasta llega a suceder que la
hipótesis del artista se convierte en principio de una investi­
gación científica.
La autonomía del arte y del pensamiento no es absoluta, es
relativa. Esto supone una relación estrecha con las dem ás acti­
vidades hum anas y excluye, al mismo tiempo, la intromisión
consciente de cualquiera de ellas.
En cuanto el filósofo completa su visión de la totalidad con los
datos imprecisos de su intuición o de su fan tasía, el filósofo ejerce
un arte. La m ateria prima de su obra, como los colores para el
pintor, son los pensamientos. Aquellos que producimos —como
los define Hegel— cuando pensamos los pensamientos que tene­
mos de la realidad.

f.
Vivimos la Verdad —o lo absoluto— en la vid a que nos contiene
a nosotros, a todo lo que existe y aun aquello que decimos que
no existe o parece no tener existencia.
Se posee la Verdad y se es poseído por ella, aunque nunca
lleguemos a conocerla enteramente.
Puesto que ningún conocimiento agota su objeto, no es arries­
gado afirm ar que todo conocimiento es una abstracción.
Las verdades que cosechamos están plagadas de omisiones: algo
omiten de sus modelos, algo omiten de la totalidad.
La totalidad que vivimos es una e indivisble. Juntos e insep ara­
bles lo que existe y lo que parece existir, lo material y lo ideal,
sueño y realidad.
Si lo que sólo puede existir unido no es concebible fraccionado,
caemos en contrasentido si negamos la posible existencia de todo
aquello que no existe o aparenta no existir.
C ad a parcela de lo que existe es de algún modo. Lo inexistente
también es en cierto modo, indefinido u oculto. La totalidad es
de todos modos.

47

�Si comienzo y fin, causa y efecto, materia y orden, alm a y
cuerpo son también inseparables, cometemos un absurdo cuan­
do convertimos en preeminente a uno de los términos, en detri­
mento del otro.
El conocimiento es siempre una imagen hum ana, y una imagen
no puede ser ni exacta ni aproxim ada. Podrá ser imagen fiel
o infiel, pero en todo caso el modelo mantendrá en sí lo que
le hace ser diferente de la imagen. A la comprobación de la
fidelidad, también se llega por imágenes.
La praxis actúa muchas veces con una conciencia tuerta. A b raza
un problema, lo tritura, lo resuelve y lo ejecuta. Cuando parece
que la tarea está cumplida una incógnita viva, la que vivía en
el problema, se despereza intocada. Débil es la justificación si
olvida que acometió su empresa despreciando la incógnita que
al final se le aparece.
¡Oh Praxis: imita a lo que vive y a la am ante. En cada una de
sus manotadas y sus abrazos hiende o ciñe todo lo que se puede
percibir y todo lo que adivina y sospecha . . . y aun aquello que
no sospecha!
Le corresponde a la praxis en el proceso del conocimiento, la
parte del ensayo o tanteo. La vida le revela incógnitas que ni
presentía, en cada paso de su conocer y de su andar.
Nada puede negarse ni afirm arse de modo absoluto si cualquier
juicio es una abstracción. En rigor no existen juicios verdaderos
y falsos. Unos omiten más aspectos, otros menos de una tota­
lidad que eternamente traducen en imágenes incompletas. C uan­
do no tenemos conciencia de las omisiones de un juicio, lo lla­
mamos verdadero.
La vida ejecuta la sentencia de nuestros juicios con las mismas
arm as de la abstracción: le hurta al hombre una porción de su
alegría o una porción de su conciencia, o am bas a la vez.
Lo que no conocemos a pesar de ello lo vivimos. De algún modo
nos entendemos con lo desconocido y siempre de alguna manera
influye en nosotros.
48

�Penúltim a proposición

Lo que rotundam ente se afirm a es sólo un ensayo de afirm ación,
porque el pensam iento nunca es definitivo o finito.
Pues si lo fuera habríam os alcan zad o el conocimiento absoluto
de un objeto o de un sector, aun que infinitesim al, de la realid a d ,
lo que es im posible.
Posible es la posesión de lo absoluto, cosa m uy distinta al co­
nocimiento del mismo.
Me reservo, en consecuencia, la libertad de una serie infinita
de penúltim as proposiciones . . . forzosam ente contradictorias.

49

��Aldo Pellegrini

La conquista de lo maravilloso

Hay una palabra que circula profusamente en nuestros días y
que parece encerrar el secreto de la revolución artística de nues­
tro tiempo. Se la pronuncia con raro fervor y se le asigna un
sinnúmero de significados ignotos; contiene, latente, todo lo in­
explicable para el hombre. Esta palabra, lo m aravilloso, no es,
sin embargo, nueva. En lo antiguo se aplicó para designar un
tipo de literatura en la cual, la fantasía, esa manifestación de
la libre fuerza creadora de la im aginación, inventaba un mundo
de seres y cosas fuera de las leyes naturales. Según esta acep­
ción, lo sobrenatural sería la característica más destacada de lo
m aravilloso, pero lo sobrenatural que resulta de la acción libre
del espíritu. Ese tipo de sobrenatural, aunque habitando fuera
del mundo considerado como real, encontraba natural acepta­
ción en la imaginación de todos los hombres.
Pero no acaban allí los significados de la palabra maravilloso:
el sentir académico ha recogido la ¡dea popular de que m aravi­
lloso es todo hecho o cosa fuera de lo común que provoca adm i­
ración. En esta definición, lo m aravilloso se presenta como exte­
rior al sujeto, formando parte del mundo objetivo, real. Pero
si se la analiza con detención, aparecen claramente en ella dos
elementos: en primer lugar, el hecho insólito, exterior, real; en
segundo lugar, un sujeto con capacidad de adm iración. No basta,
por lo tanto, para calificar a un hecho de m aravilloso su carac­
terística de ser poco común; esta designación no cabe si ante
él permanecemos indiferentes; para poderlo clasificar como tal,
debe sentir el espectador al contemplarlo un movimiento posi­
tivo del ánimo: la adm iración. Pero ésta no representa una sim­
ple apreciación intelectual, no es una manifestación puramente
valorativa; debe consistir en una impresión profunda que ab a r­
que la totalidad del espíritu, un suspenso del ánimo, que resulta
inundado por lo que contempla, un estado, en fin, de completa
exaltación. Esta agitada presencia interior da a lo m aravilloso
su verdadero carácter; lo meramente pintoresco, lo inesperado,
51

�lo nuevo, cuando no poseen dicha característica, no se incluyen
en el dominio de lo maravilloso.
Si analizam os los dos aspectos que presenta el fenómeno en
estudio vemos que, tanto en el primero —donde es libre crea­
ción de la fantasía— como en el segundo —donde es presencia
interior de un objeto del mundo real— siempre el papel funda­
mental lo desempeña el sujeto; en ambos casos lo maravilloso
es una exaltación total de los componentes espirituales del ser,
una entrega absoluta sin reservas.
Esta tradicional significación de lo maravilloso se ha enriquecido
considerablemente en el mundo moderno; más bien dicho: el
conocimiento de ese curioso fenómeno ha avanzado de modo
notable en profundidad y en extensión; han aparecido sus deta­
lles, tenemos ¡dea de su estructura, hemos am pliado sus domi­
nios. Desde el terreno del arte ha invadido todas las actividades
humanas. Ha abandonado su antigua ubicación en el mundo
de lo quimérico, lo irreal, para situarse plenamente en la reali­
dad y hoy sabemos que lo maravilloso es un fenómeno que
surge en el momento preciso en el cual el espíritu del hombre
abandona su secreta habitación interior para incorporarse con­
cretamente a la realidad.

Anatomía de lo maravilloso
Acabamos de mencionar los dos significados que se asigna a
la palabra maravilloso desde épocas remotas. En estos dos sig­
nificados están también resumidas todas las posibles m anifes­
taciones de lo maravilloso en el presente. Hay casos en que se
revela como acción de la fantasía libre, sin aparente conexión con
lo externo: se trata de lo maravilloso como creación; en otros, es
la totalidad del espíritu la que se enfrenta con un elemento
exterior estableciendo con él una conexión exaltada: aquí lo m a­
ravilloso aparece como descubrimiento. Estos dos aspectos fun­
damentales, raramente se muestran en forma pura, más frecuen­
temente se mezclan o ensamblan de modo tal que bien puede
decirse que en todo fenómeno maravilloso participa a la vez el
factor de creación y el de descubrimiento.
52

�Lo maravilloso como trascender del individuo

E! fenómeno que parece esencial en el proceso de lo m aravilloso
es el impulso de trascender de los límites individuales, de exterio­
rizarse: el sujeto quiere proyectar su espíritu hacia el mundo
real. En el caso de la fan tasía creadora, ap arece claram ente la
intención de exteriorizar el mundo mítico o de convertir en objeto
real el producto de la elaboración interior. Cuando en lo m a ra ­
villoso prevalece el factor descubrimiento, parecería que el motivo
exterior desem peña el papel fundam ental; pero en realidad cons­
tituye sólo un pretexto: el proceso se desarrolla esencialm ente
en el sujeto; el estado de exaltación, de arrobam iento, el impulso
del espíritu hacia el objeto, d an, en este caso, su verdadero sello
a lo m aravilloso. El objeto representa tan sólo el pretexto utili­
zado por el sujeto en su necesidad de trascenderse.
La exteriorización del sujeto, es, pues, el acto concreto que con­
duce a lo m aravilloso, sea que utilice p ara ello un pretexto exte­
rior, y entonces se denom ina descubrim iento, sea que resulte de
un acto puro del espíritu en el que éste inventa algo hasta en ­
tonces no conocido. Esta creación pura se incorpora al mundo
como realidad concreta, sea en form a de acto de v id a, sea como
producto artístico, sea como mito.
El momento en que lo m aravilloso se incorpora a la realidad es
aquel en que puede ser aprehendido por los otros. Este m ani­
festarse a los otros constituye el sello inconfundible de que lo
m aravilloso ha completado su ciclo, ha logrado realizarse ple­
namente.
La necesidad de trascender ap arece, pues, como característica
fundam ental de lo m aravilloso; pero se trata de un trascender
que arrastra tras sí al individuo, sin ab and o narlo jam ás. El in­
dividuo es m arca indeleble que queda en lo m aravilloso; des­
pués podrá éste p asar a ser patrimonio de todos, pero m ientras
perdure en su condición de tal, contendrá en sí al espíritu que
lo ha engendrado. Si este espíritu lo ab and o na o se pierde, e!
objeto deja de ser m aravilloso; entonces se petrifica y se con­
funde con el mundo convencional, adquiere la inmóvil triv ia ­
lidad que caracteriza a los objetos de este mundo.
Q ue lo m aravilloso contenga al individuo parece una lim itación,
pero es en realidad su fuerza: contiene aq uella parte del indi-

53

�viduo que ansia ser universal, su aspiración máxima, su deseo
infinito, y esto sólo puede darse de modo concreto en la unidad,
en lo individual.
Lo maravilloso como aspiración hacia un arquetipo

Si analizam os el impulso que obliga al individuo a trascenderse,
observamos que es una necesidad que lo lanza sin tregua hacia lo
desconocido, lo nuevo. Una vez poseído lo que ansia, el espíritu
lo abandona para lanzarse más allá y cuando las puertas de lo
desconocido en lo externo aparecen cerradas busca en su interior
lo nuevo para proyectarlo en el mundo. Parece que buscara
algo inalcanzable con que completarse a sí mismo, algo situado en
un camino concreto pero cuya meta fuera infinita. Presa de
una avidez sin límites el espíritu parte de sí mismo buscán­
dose a sí mismo. Se busca en la infinidad del espacio y del
tiempo; persigue su yo ideal que encuentra confundido con el
universo. Marcha hacia su arquetipo que es, en último extremo,
sólo un realizarse sin término. En ese trascender del individuo
en procura de su modelo ideal, se comprueba que la imagen
esencial de tal modelo yace en la propia intimidad del sujeto,
pero que no adquiere existencia mientras no se realice en una
forma exterior.
El fundamento de lo maravilloso está en esa aspiración hacia
un modelo infinito y concreto al mismo tiempo, real y fiuente,
reconocible ante todo por la intensidad de la exaltación interior.
El proceso de lo maravilloso es una marcha sin término, y en
ella se resume toda la historia del hombre, su camino específico
como ser que existe. Su traducción en la historia podría deno­
minarse progreso, es decir un avance interminable, una sed,
que no se ap ag a, por lograr la posesión de la realidad, que le
significa realizarse plenamente en su condición de hombre; por
que conquistar la realidad equivale, como ya dijo Espinosa 1 , a
conquistar la perfección.
La concepción de modelos ideales prospectivos trae al pensa­
miento inmediatamente, la idea de Dios. Pero la concepción
1 Espinosa en su Etica (Parte II, definición Vi) expresa: "Por realidad y por perfec­
ción entiendo la misma cosa".

54

�te ísta , a l in m o v iliz a r el m odelo id e a l p ro sp ectivo , a l p e trifica rlo ,
d etie n e el im p u lso del ho m b re h a cia él. Dios es p a ra la relig ió n
un ser de in d e p e n d e n c ia a b so lu ta , y , e sta n d o en sus m an o s la
su m a de p erfecció n , n a d a q u e d a a l ho m b re por a lc a n z a r . Este
últim o a p a r e c e , entonces, ro d e a d o d e un a in m e n sa n a d a en la
q ue su in fin ita p e q u e n e z no tien e s a lid a . El im p ulso h a c ia lo
m a ra v illo so es d estru id o por la relig ió n . El ho m b re q u e d a re d u ­
cido a su a n g u stio sa so le d a d sin e s p e ra n z a y todos los g a lim a t ía s
relig io so s no lo p o d rá n c u ra r d e e sa d esco n exió n con el u n iv e rso .
Lo m a ra v illo so , en ca m b io , le e n se ñ a la s a lid a de su so le d a d d e
in d iv id u o , le h a ce p a rtic ip a r en las co sas del m undo, le d e s ­
cu b re su u n id a d con el cosm os. Los m odelos id e a le s p ro sp e c­
tivos son a lc a n z a b le s in fin ita m e n te , p o rq u e están a la v e z den tro
y fu e ra del hom b re.
Relaciones entre lo m aravillo so y lo real

G u ia d o por lo m a ra v illo so el esp íritu no b usca lo d esconocid o en
un m undo v a c ío sino q ue lo h ace en la m ism a re a lid a d a p a re n te
q u e lo ro d e a . La re a lid a d se n sib le en un ve lo d etrás del cu a l está
lo d esco no cid o . El objeto e le g id o p u ed e ser c u a lq u ie ra , lo e s e n ­
c ia l está en el e sp e cta d o r q u e lo sa cu d e , q ue a r ra n c a su m á s ­
c a r a inm ó vil y d escu b re su cam in o in fin ito ; entonces el objeto
se e n tre g a a la im a g in a c ió n en un som etim iento q ue a s p ira a
se r fe cu n d a d o . A s í, d e objeto com ún se co n vierte en e x tra o r­
d in a rio y lo co tid ian o d e ja p aso a lo insólito. Estas c a ra c te rís ­
tica s fu ero n las que so rp re n d ie ro n com o m á s lla m a tiv a s a los
p rim ero s in v e stig a d o re s de lo m a ra v illo so ; por ello se le con­
fu n d ió con lo s o b re n a tu ra l; pero lo m a ra v illo so q u ie re se r lo
v e rd a d e ra m e n te n a tu ra l, por oposición a la re a lid a d co n ve n cio ­
n a l que es tan sólo lo fa ls a m e n te n a tu ra l. La co nq uista de lo
m a ra v illo so se co n vierte en d e fin itiv a en la co n q u ista de la r e a ­
lid a d , pero d e la re a lid a d a b so lu ta y ú ltim a. Los lla m a d o s p o si­
tiv ista s, no a d m ite n m ás q ue la re a lid a d co n v e n cio n a l, es d ecir
la a p a r ie n c ia p e re ce d e ra y tra n sito ria ; q u ie re n v iv ir el instante
r e a l, que es in a sib le p o rq ue se co n vierte in m e d ia ta m e n te en
p a s a d o ; a s í co nstruyen un sistem a de re a lid a d e s m u e rtas, q u e,
a l e sta r p e trific a d a s, d a n la ilusión de la p e rm an e n te . A d o ­
ra n d o ese g ra n cem enterio en d esco m p o sició n , fa b ric a n esta-

55

�tuaS/ sím bolos de un a re a lid a d inm ó vil de e s p a ld a s a lo fu tu ro ,
a lo que flu y e in fin ita m e n te . Si se v o lv ie ra n re p e n tin a m e n te ,
d e scu b riría n q u e tod a re a lid a d p o se íd a d escu b re una n u e v a
re a lid a d por p o se e r, y a s í en e sc a la in a g o ta b le . La sed de lo
m a ra v illo so e s, en d e fin itiv a , un a sed in s a c ia b le d e re a lid a d 1 .
El principio de lib ertad como condición fundam ental de lo m aravilloso
El fenóm eno del a z a r

U na a p a re n te in d e te rm in ació n rig e el destino de lo m a ra v illo so .
No h a y no rm a e x te rio r q ue d eterm in e su im p ulso , su p e d ita d o
sie m p re a la lib re elecció n. Sólo a q u e l fa cto r e x te rio r q ue esté
d e a cu e rd o con la e se n cia ín tim a del e sp íritu p e rm itirá la a p a r i­
ción del fen ó m en o . La lib e rtad es, por lo tan to , condición im p re s­
cin d ib le en la co n q u ista de lo m a ra v illo s o ; lib e rta d en p u g n a con
el m undo de lo d e te rm in a d o , de lo co n v e n cio n a l. Ella b ro ta, seg ú n
el concepto d e S ch e llin g , del propio in terio r del sujeto "co n fo rm e
a la le y d e id e n tid a d y sig u ie n d o un a n e ce sid a d a b so lu ta , q u e
es ta m b ié n la lib e rta d a b s o lu ta ; p ues sólo es lib re lo que a ctú a
d e a cu e rd o con su e se n cia p ro p ia sin n in g u n a o tra d ete rm in a ció n
ni e xte rio r ni in t e r io r " 2.
En relació n con el p rin cip io d e lib e rtad se e n cu e n tra el fe n ó m en o
d el a z a r , q ue sitú a a l esp íritu lib re fren te a lo a p a re n te m e n te in ­
e sp e ra d o . El a z a r , com o d ice Em ile Borel 2 "n o es la n e g ació n
d e la le y, sino la re v e la ció n d e n u estra ig n o ra n cia d e cie rta s
le y e s". A l v a lo r iz a r el fe n ó m e n o del a z a r com o fu en te d e lo
m a ra v illo so , el esp íritu reconoce en él la e x iste n cia de leyes m ás
p ro fu n d a s, to d a v ía no a cce sib le s a la ra zó n . El a z a r nos coloca
en el cam in o de todos los g ra n d e s d escu b rim ie n to s; rep re se n ta
la d erro ta d e lo p revisto , d e lo co n ve n cio n al y nos conduce d e
la m a n o a l g ra n u n ive rso de lo desco no cid o . El a z a r nos a c e c h a

1 El an álisis del problem a de la rea lid a d su p e raría los lím ites de este trab ajo
y será estudiado con m ás detención en mis próxim os "En sa yo s sobre lo re a l".
2 Schelling: La Liberté hum aine (Trad. fr. de Georges Politzer.
Rieder).
3 Em ile Borel: El a z a r (Trad. esp año la en

56

P arís, 1926.

Ediciones del Tridente.

Bs. A s.

Rieder).

1945).

�a cada paso, pero sólo cuando el espíritu está preparado para
reconocerlo, aparece el hecho m aravilloso y desde entonces el
mundo se transform a. Para reconocerlo, nuestros ojos deben
estar cargados de deseo, nuestro espíritu, alerta, en estado de
grave expectación, pues ya lo dijo lúcidamente Heráclito: "Si no
esperáis lo inesperado no lo encontraréis". En lo m aravilloso el
a za r adquiere una importancia que podría definirse invirtiendo
la "ley única del azar", enunciada por Borel, que dice: "Un acon­
tecimiento de probabilidad suficientemente pequeña, debe con­
siderarse prácticamente como que no se producirá jam ás". En
lo m aravilloso la ley sería: "El espíritu debe estar preparado
exclusivam ente para recibir los casos de probabilidad muy pe­
queña". Esta ley de lo m aravilloso abre las puertas al pro­
greso infinito.
Dialéctica de lo maravilloso. Oposición del mundo convencional al mundo maravilloso

Vivimos en un mundo mágico, pero hemos perdido la capacidad
de verlo. Desde temprano se nos enseña a construir una realidad
convencional, se nos imparten normas de vid a convencionales,
detrás de las cuales se oculta lo verdadero que nos rodea. Lo
m aravilloso habita el mundo circundante, está al alcance de nues­
tras manos pero no podemos verlo: nos lo impiden el cúmulo de
inhibiciones que constituyen el mundo convencional. Se establece
así la oposición entre ambos mundos: el convencional y el m ara­
villoso, que se traduce por una lucha enconada en el terreno de la
sociedad y del individuo mismo. Lo m aravilloso, al orientarnos
hacia lo desconocido significa el riesgo, la ¡ncertidumbre, la inse­
guridad. Lo convencional, en cam bio, al limitarnos, al trazarnos
rumbos, nos da seguridad. Ambos representan, pues, visiones
opuestas y en lucha permanente. El mundo convencional ha o rg a­
nizado la realidad para el vivir cotidiano sobre la base de la
seguridad, de la eliminación del riesgo, la incertidumbre y lo for­
tuito: para lograrlo, encierra al hombre en una ¡aula a cuyos
monótonos decorados llam a mundo real y designa con el nombre
de libertad la posibilidad de moverse dentro de sus estrechos
límites. El principio de lo convencional invade todos los terrenos,

57

�incluso el de lo m aravillo so, y utiliza p ara su fines el m ecanism o
de petrificación. Procede en el dom inio del conocimiento petrifi­
cando las hipótesis y entonces las transform a en dogm as, y en
el dom inio de lo m aravilloso petrificando los mitos con los que
obtiene la religión.
A sí el mundo convencional, al intentar d a r una seguridad al
m ayor núm ero de seres, al congelar el fluir inagotable del co­
nocimiento y de la creación del hom bre, se convierte en el m ayor
enem igo de lo m aravilloso. Situado on ese mundo convencional
transcurre la existencia del hom bre, en la cual todo está previsto,
salvo la incertidum bre por el propio subsistir. Se traslad a lo
incierto al plano angustioso de la lucha por la v id a y cierran
al hom bre todas las rutas de la im aginación. La consigna de!
mundo convencional es subsistir a cualqu ier precio y a sí ad q u iere
el derecho a una vid a sórdid a. Pierre M ab ille 1 ha exp resad o
ag u d am en te la urgencia de fu g arse en lo m aravilloso: "El hom ­
bre quiere ser sustraído a las condiciones sórdid as de la vid a
cotidiana p ara ser transportado a un mundo tallad o a la m edida
de sus deseos".
En verd ad la ¡dea de fuga de la realid a d no es la que exp resa
exactam ente el im pulso de lo m aravillo so ; éste es un m ovimiento
positivo, su m ecanism o es natural en el hom bre y se lo encuentra
en toda su p ureza en el niño y el prim itivo. La imposición de
lo convencional ap a re ce g rad ualm ente y em puña p ara dom inar,
la necesidad de subsistir. Se establece entonces la lucha entre la
v id a sórdida y la v id a m a ra v illo sa ; la inseguridad que significa
esta última doblega p aulatinam ente al hom bre, que llega en
distintas épocas a una autodestrucción de lo m aravilloso. En el
artista, el revolucionario, el hom bre de id eales, suele o b servarse
este proceso. G iorg io de Chirico, exp lo rad o r en su juventud, de
lo m aravillo so, renuncia y ab o m in a de él m ás tarde. El mismo
cam ino han seguido muchos revolucionarios convertidos en reac­
cionarios. Otros individuos, ah og ad os por la sordidez de lo
convencional, han seguido el cam ino opuesto y un d ía han s a ­
cudido su mundo cotidiano p ara sum ergirse en lo m aravilloso:
es el caso de G au g u in . Lograr la conservación del m ecanism o
de lo m aravillo so desde la niñez hasta la edad m adura repre1 Pierre Mabille: "Le miroir du merveilleux (Sagittaire, París, 1940).

58

�senta una de las luchas más cruentas en la existencia del hom­
bre. El individuo común abandona inm ediatam ente sin lucha, el
hombre de excepción, entre los que resalta el artista, trata de
escap ar perseguido por toda la sociedad. En esa fuga utiliza
todos los subterfugios, cuando en la lucha directa peligra su
existencia. O tras veces lo vence la m iseria, la locura, el suicidio,
castigos que utiliza la sociedad contra el au d az que persiste en
el sueño de todo ser humano hacia su plena realización.
La ocultación de lo m aravilloso ha sido el recurso habitual utili­
zado por el hombre. A sí surgieron las doctrinas secretas, las
sectas ocultas, la enseñanza hermética. Pero la lucha contra el
mundo convencional, ha sido más directa en muchos casos. G e ­
neralm ente ha tomado la forma del humor, desarrollando enton­
ces su más aguda agresividad. En Sw ifí, en Lautréamont, en
K afka, se encuentran esquem atizados estos distintos tipos de hu­
mor agrio, revelación de la lucha contra la realidad convencional
en la que enarbolan su haz de sueños, sus deseos de un mundo
mejor. En el curso de la primera guerra mundial apareció en
Zurich el primer movimiento organizado en contra de la realidad
convencional, se llamó movimiento Dada y sus consecuencias
fueron fecundas, en muchos sentidos, en pro de una liberación del
hombre. De él surgió el surrealism o, que adem ás de la posición
negadora de lo convencional, tomó una posición positiva de
defensa de lo m aravilloso. Paralelam ente al surrealism o otros
grupos de artistas sufrieron fecundam ente la influencia Dada.
En filosofía la lucha más violenta contra el mundo convencional
fué conducida por Nietzche.
Lo maravilloso es a la vez individual y universal

La universalidad es característica de lo m aravilloso, pero enten­
dida como que todos los hombres poseen específicam ente el
mismo impulso, el cual es universalm ente comunicable. Com u­
nicabilidad significa posibilidad de expresión y no debe con­
fundirse con comunidad del impulso. Lo m aravilloso es indivi­
dual en su esencia y universal en sus resultados.
Lo m aravilloso debe entenderse referido siempre a la unidad
hombre y lo universal entendido a la suma de unidades hombres
59

�q u e p a rtic ip a n en d e te rm in a d o m o m ento . El p ro ceso d e lo m a ­
ra v illo s o se r e a liz a e sp e c ífic a m e n te en c a d a h o m b re y en los
g ra n d e s m o v im ie n to s co lectivo s o rie n ta d o s h a c ia e se fin la a p a ­
rie n c ia d e c o m u n id a d la d a el hecho d e q u e lo m a ra v illo s o co n s­
titu ye un p ro ceso e x t ra o r d in a ria m e n te co n ta g io so . P o d ría c o m p a ­
r á rs e le a u n a lla m a q u e e n c e n d ie ra a l m ism o tiem p o la p orción
co m b u stib le d e to d os los in d iv id u o s. V isto d e lejo s a p a r e c e e n ­
to nces com o u n a in m e n sa h o g u e ra , p ero a l a p r o x im a r s e re su lta n
u n a m ultitud d e lla m a s in d iv id u a le s , con in fin id a d d e m atice s
d iv e rso s. Por eso no p a rticip o d e la o p in ió n d e M a b ille q u e
c o n sid e ra a lo m a ra v illo s o co lectivo com o lo fu n d a m e n ta l y a
lo m a ra v illo s o in d iv id u a l sólo com o u n a d e b ilita c ió n o d e g e n e ­
ra c ió n . Sólo e x iste lo m a ra v illo s o in d iv id u a l q u e tie n e , eso s í,
u n a te n d e n c ia irre sistib le a la c o m u n ic a b ilid a d , a la c o n ta g io s i­
d a d , q u e a lc a n z a fre c u e n te m e n te a e x a lt a r con la m ism a in te n ­
s id a d a todos los m ie m b ro s d e u n a c o m u n id a d , p ero en la c u a l
c a d a uno re sp o n d e a l lla m a d o e n c e n d ie n d o la p ro p ia lla m a en
la q u e a r d e su au té n tico y o . N o e x iste fu sió n d e im p u lso s sin o
s u m a , y en e sa v e r d a d e r a a r m o n ía s in fó n ic a , el o íd o a le rta p u e d e
re co n o ce r la s d istin ta s v o ce s u n id a s a p a s io n a d a m e n t e p a r a d a r
el g ra n e sp e ctá cu lo d el co n cierto u n iv e rs a l. P a ra co n trib u ir a l
le n g u a je co m ún d e lo m a ra v illo s o , h a su rg id o el m ito, e x p re sió n
sim b ó lic a d e e s a a s p ira c ió n .
Lo m a ra v illo s o h a p a rtic ip a d o a s í, d e m odo fu n d a m e n ta l, en la
cre a ció n d e los m itos y le y e n d a s . El fo lk lo re re p re se n ta la te n d e n ­
cia p o p u la r en e se se n tid o . En el m ito el m u n d o d e lo m a ra v illo s o
a d q u ie r e u n a o rg a n iz a c ió n co h e re n te s u p e d ita d a a l e sp íritu c r e a ­
d o r d el h o m b re . En e sta fo rm a lo m a ra v illo s o a d q u ie r e v a lid e z
u n iv e rs a l, se f ija en sím b o lo s y se co n v ie rte en co m u n ic a b le .
La a s p ira c ió n h a c ia lo m a ra v illo s o h a c re a d o su p ro p io m ito d o n ­
d e lo g ra su e x p re sió n sim b ó lic a . Este m ito se rep ite en to d a s
la s tra d ic io n e s le g e n d a r ia s . El sím b o lo d e la b ú s q u e d a d e lo
m a ra v illo s o a p a r e c e en la le y e n d a g rie g a d el v e llo cin o d e o ro
y en la g e r m á n ic a d el a n illo d e los N ib e lu n g o s. La lite ra tu ra
o rie n ta l nos o fre ce el sím b o lo d e la lá m p a r a d e A la d in o y la s
le y e n d a s c ris tia n a s m e d ie v a le s , el S a n to G r a a l. E je m p lo s s im ila re s
se e n cu e n tra n en to d a s la s tra d ic io n e s re lig io s a s , en la o b ra d e
los ilu m in a d o s y los m ístico s, en los p o e ta s y e scrito re s fa n tá stic o s.
Los a lq u im is ta s s im b o liz a ro n lo m a ra v illo s o en la p ie d ra filo s o fa l.
60

�Pero el sím bolo m ás perfecto se descubre en la leyend a g rieg a
del laberinto, donde todas las condiciones del proceso de lo
m a ra villo so están d a d a s: el m inotauro representa el m undo de
convenciones que nos im pide a lc a n z a r lo m aravillo so , el laberinto
es el espectáculo del m isterio en el que tenem os que penetrar y
q u e desconcierta a nuestra razó n ; en el hilo de A ria d n a recono­
cem os la lig ad u ra que a l lan zarn o s a lo desconocido nos m antiene
unidos a nuestra propia in d iv id u a lid a d . Icaro es el ejem plo de la
b úsq ued a de lo m aravillo so por el falso cam ino de Dios: el solDios destruye al hom bre que se acerca a él.
Hemos visto cómo el carácter universal de lo m aravillo so está
d a d o por la sum a de momentos sim ultáneos y por la utilización
de un len g u aje común que se ejem p lifica en los mitos. En los
g ra n d e s m ovim ientos colectivos revolucionarios, lo m aravillo so se
re v e la como ag resión contra la realid a d convencional, como el
deseo prim itivo y d eso rd enad o, de espíritus no p re p arad o s, de
d estruir la v id a só rd id a. Es la g ran sed de lo m aravillo so o p ri­
m id a durante siglos, que se despierta tum ultuosa y se la n za a
destruir a sus opresores; actúa de modo ciego, confundiéndolo
todo hasta lleg ar a destruirse a sí m ism a y a sus propios sím bolos.
El acto de lo m aravillo so , se cum ple, pues, de modo concreto en
el individuo, au n q u e la tendencia a la m aravillo so , siendo e sp e ­
cífica del hom bre tiene un v a lo r u n iversal. La utilización de un
le n g u aje com ún, de sím bolos de v a lid e z g e n e ra l, crea el peligro
de la petrificación de estos sím bolos, produciéndose entonces el
fenóm eno religioso. En este momento el sím bolo corta su unión
con el hom bre y se ind ep end iza p a ra fo rm ar parte del rígido
m undo convencional. La religión constituye una d esviación de
lo m aravillo so que tiende a an u la rlo . La necesidad de trascen­
d er del hom bre o rig ina en prim er térm ino la id ea de Dios, que
está e x p re sa d a exactam ente en la definición que dió Feuerbach:
"Dios es la proyección del hom bre en el infinito". Después el
sím bolo Dios se ind ep end iza del hom bre y lo som ete, an iq u ilan d o
en él toda p osibilidad de trascender, an u lan d o su ca p a cid a d
cre a d o ra , convirtiendo su orgullo en hum ildad. Le h a b la de libre
alb e d río , y al mismo tiem po le im pone norm as ríg id as, a m e n a ­
zán d o le con horrendos castigos si se se p ara de ellas.

61

�El instrumento de lo maravilloso

La im aginación es el motor de lo m aravilloso que im pulsa a l e sp í­
ritu, como to talid ad, a trascenderse. M ientras la im aginación
elab o ra los m ateriales interiores que han de producir lo m a ra ­
villoso y q ueda recluida en los lím ites del individuo se produce
el fenóm eno del sueño o el ensueño. Hasta ese momento no
existe lo m aravillo so. Los productos de su elab o ración deben
trascender p a ra d ar lug ar al fenóm eno. El sueño que no se re a ­
liza, no contiene lo m aravillo so. Este nace en el momento en que
el sueño se incorpora a la re a lid a d , se hace concreto y puede
ser ap reh endido por otros. Al trascender de los límites del in d i­
viduo lo m aravillo so nace p ara el mundo. Representa la nece­
sidad de retornar a la sustancia m adre de las antig uas cosm o­
g on ías
La razón juega un papel pasivo en el proceso de lo m aravillo so ;
carece de la vid en cia que le perm ite ca m in a r en la g ran oscu­
ridad de lo desconocido; carece de la ca p a cid a d de vuelo, de
creación. Su misión es o rd enar lo conquistado por la im ag inación ,
fisca liza r, a veces, el g ran torrente irracion al que descubre y crea.
Lo m aravilloso es específico del hombre

La exaltación total de las potencias del espíritu, el esfuerzo por
trascender del individuo en la dirección de m odelos id eales per­
fectos, la conexión sim pática con el resto del universo, que hemos
considerado características de lo m aravillo so , son atributo exclu­
sivo del hom bre; en ellas reside su cap acid ad de crear y de d e s­
cubrir, de penetrar la realid a d y de fe cu n d arla. Los elem entos de
la razón se encuentran, aun q ue en form a red im en taria, en el resto
del reino a n im a l; el sentido de lo m aravillo so es exclusivo del
hom bre; por él se in d ivid u aliza como especie, se eleva a la m ás
alta jerarq u ía vivien te, revela su esencia d ivin a. La conquista de
lo m aravillo so sign ifica la conquista de su propia calid ad h u m a­
n a, en pugna con los elem entos contradictorios que tiendan a
a n im a lizarlo . 1
1 Ver en Hesiodo (Teogonia) y en Ovidio ("Las Metamorfosis". Libro 19) cómo
nacieron las cosas al diferenciarse en el seno de una primera sustancia indiferen­
ciad a: el caos.

62

�Ditintos aspectos que se vinculan con lo m aravilloso
Lo maravilloso y lo desconocido

Lo m aravilloso y lo desconocido no son conceptos equivalentes.
A unque el cam po de acción de lo m aravillo so está en lo d es­
conocido, éste tiene en nuestro caso una acepción distinta de
la corriente. El mundo convencional es com plejo y vasto y
alg u n as de sus zonas pueden a p a re ce r oscuras en determ inado
momento p ara nuestro espíritu. Ese señor, cuyo ta fa n a rio se
a p o ya d elicad am ente en un banco de la p la z a , es desconocido,
pero su contem plación no despierta en modo alg uno el m ecanis­
mo de lo m aravillo so. Para que lo desconocido despierte el im ­
pulso de lo m aravillo so , debe d eterm inar en el sujeto aq u e lla
exaltación que constituye su sello inconfundible. Sin em b arg o,
en ocasiones, lo desconocido, por su carácter de n o vedad, tiene
una fu erza de sorpresa que a prim era vista puede inducir a
confusión. Pero la diferencia surge cuando nos acercam os, pues,
cuando no se trata de lo m aravillo so, vem os cómo, en un instante,
se torna conocido, arch isab id o , incorporándose de un salto a su
mundo, el mundo de lo convencional. La decepción sustituye,
entonces, a la so rp resa; la exaltación falta.
Pero lo m aravilloso puede d e ja r de serlo: es el acto por el cual
lo desconocido se transform a g rad ualm ente en conocido y se in­
corpora al mundo convencional; por este hecho se exp lica la
antig ua tendencia a conservar secreto el descubrim iento de lo
m aravilloso (doctrinas y sectas herm éticas), p ara m antenerlo a le ­
jado de la contam inación de aquellos enem igos que tienden
siem pre a petrificarlo, a vaciarlo de contenido. O tra razón es
que lo m aravilloso tiene tendencia natural a ag o tarse, de ah í la
constante necesidad de renovación, la sed inago tab le de novedad
que m anifiesta.
Lo verd ad eram en te desconocido nos rodea por todas partes, flota
inconm ensurable detrás de la cortina de lo cotidiano. C a d a cosa
conocida oculta, detrás de sí, un mundo por conocer donde habita
aquel misterio que despierta la estupenda a v id e z del espíritu.
Basta correr la cortina de lo convencional y nos encontram os
sum ergidos en un mundo m aravillo so que no tiene horizontes,
un mundo que se confunde con los sueños del hom bre, donde

63

�tra n sita lib rem ente la e sp e ra n z a . Es un m undo que e sp e ra el
im p ulso que no se d etien e, la a sp ira c ió n in fin ita y les ofrece la
p ro b a b ilid a d de m a te ria liz a rse . A s í, im p re g n a n d o la re a lid a d
q ue nos ro d e a , p e n e trá n d o la y a n iq u ilá n d o la , casi a l a lc a n ce de
nuestros d ed o s, está lo m a ra v illo so co tid ian o .
Relaciones de lo m aravilloso con lo enigm ático

Lo en ig m ático es a q u e llo cuyo sentido nos a p a re c e oscuro y d ifícil.
Se d irig e so lam e n te a la co m p ren sió n , a l m ecan ism o ra c io n a l. Es
el hecho oscuro p a ra el en ten d im ien to , pero q ue no a r r e b a ta ;
pone e x clu siv a m e n te en juego el m ecan ism o de la ra zó n ; la to ta­
lid a d del á n im o q u e d a , por lo tanto , e x c lu id a ; el facto r d e e x a l­
tació n fa lta . Lo m a ra v illo so , en cam b io , no e x clu y e la ra zó n ,
pero en el m om ento en q ue su rg e , a q u é lla q u e d a su sp e n d id a ,
el esp íritu se co n m u eve com o to talid ad co n fu n d ién d o se en a p a ­
sio n a d o contacto con el hecho m a ra v illo so . En el le n g u a je p o p u ­
la r se su ele co n fu n d ir lo en ig m ático con lo m isterioso. N a d a m ás
erró n eo : lo e n ig m ático n a d a tien e que h a ce r con lo m isterioso,
su e se n cia es fu n d a m e n ta lm e n te lú d icra , co n sid e ran d o el juego
com o e u tra p e lia , com o d istracció n in trascen d en te o, a lo m ás, com o
recurso intelectual del cu al se e x clu y e todo aso m o de em oción,
d e fe rv o r.
Relación de lo m aravilloso con lo misterioso

Lo m isterioso p o d ría , q u iz á , d e fin irse com o la q u in ta e se n cia de lo
e n ig m á tico , su extrem o lím ite. C o m p re n d e lo totalm ente in a cce ­
sib le a la ra zó n . Su d om inio está por lo tanto en la e sfe ra de
lo irra c io n a l, fu e ra de la com p rensión consciente. En la religión
se lle g a a él por la fe , pues su com prensión está sólo a l a lc a n c e
d e la m ente de Dios, es racio n alm e n te in a cce sib le a l hom bre. En
el u n iverso q ue nos ro d e a , a p a re c e el m isterio laico totalm ente
o puesto a l m isterio religioso: está constituido por el vasto d o m i­
nio en el que la m ente h u m a n a to d a v ía no ha p en etrad o . En
ese d om inio actú a lo m a ra v illo so . De a q u í se d ed u ce que las
relacio n e s entre el m isterio y lo m a ra v illo so son estrech as. El
m isterio es exterio r a l yo , es el m undo in e x p lo ra d o y secreto.

64

�En el um bral de ese m undo se detiene la razó n , pero la im a g i­
nación a v a n z a y penetra. En contacto con el corazón del m is­
terio surg e lo m ara v illo so , unión del espíritu y el universo secreto.
Entonces lo oscuro se torna claro.
Los poderes irracio n ale s del espíritu g u iad o s por la im ag in ació n
tom an contacto con lo m isterioso a fa v o r de los nom bres m ás
d iverso s: a d iv in a ció n , intuición, fe , etc. Sólo en el clim a del m is­
terio nace lo m ara villo so . Pero sólo en el m isterio laico. El m is­
terio religioso es totalm ente in accesib le a l hom bre, el m isterio
laico es sólo transito riam ente in accesib le a la razó n .
Lo m aravillo so constituye, pues, la ilu m inació n del m isterio. Su
cla rid a d es tal que, a quienes lo exp erim en tan y a desd e antiguo
se les llam ó ilu m inad o s. El acto de p en etrar en el m isterio es
un acto v e rd a d e ro de conocim iento.
El m isterio ha sido siem p re m otivo de exaltació n y se lo consideró
en toda época territorio de pocos eleg id o s; se pensó que p en e­
tra r en él con otras a rm a s que no fu e ra n las de lo m ara villo so ,
e ra p ro fan ació n . Los ritos secretos en los que se d a b a la in v e s­
tid u ra de iniciación fo rm aron los m isterios antig uos entre los
cu a le s se destacó el de Eleusis. La iniciación perm itía en trar en
el m undo del m isterio que e ra el m undo de la sa b id u ría . El
objeto de estos m isterios e ra " lle v a r las a lm a s a su principio, a l
estad o prim itivo y fin a l" 1 .
Relación de lo m aravilloso con lo milagroso

El m ilag ro rep resenta una sub versión de las leyes n atu ra le s, cuyo
origen está en Dios, fu e rza exterior al hom bre. Este último no
p articip a en el m ilag ro , sim plem ente lo soporta, y a l sim b o lizar
el m ilag ro el poder cread o r, d e sp la za d efin itivam en te a l hom bre
de tal poder. El m ilag ro alte ra la ley porque proviene de una
vo lu n tad a rb itra ria , sin ley. Lo m a ra v illo so , en cam b io , reconoce
una ley y q uiere d escu b rirla. El m ilag ro es so b ren atu ral, lo m a ­
ravillo so n atu ral. Esta últim a a firm ació n p arece p a ra d ó jica si se
tiene en cuenta el carácter de e x tra o rd in a rio , de insólito, que
hem os ad m itid o p a ra lo m ara villo so . Pero se co m p rend erá fácil1 Ver Víctor M agnien: "Les Mysteres d'Eleusis" (Payot, París, 1938).

65

�mente si se recuerd a que e s:a p a a lo común en cuanto no perte­
nece al mundo de lo convencional, con el cual la gente se m an eja
en ía v id a d ia ria , pero es natural en cuanto obedece a las g ra n ­
des leyes de la naturaleza y se m antiene en el plano de la
arm onía cósmica.
En resum en: en el m ilagro el hom bre q ueda som etido, el poder
creador corresponde a Dios; lo m aravillo so d evu elve este poder
al hombre. M ientras lo m ilagroso em pequeñece al ser hum ano,
lo m aravilloso lo a g ra n d a .
Relaciones de lo m aravilloso con lo fantástico

Lo fantástico a b a rc a las creaciones del espíritu que no tienen re a li­
dad. La im aginación totalmente libre, la n z a d a a la invención de
seres y cosas irre ale s, recibe el nom bre de fa n ta sía . Esta actúa
directam ente contra el mundo convencional, creando un m undo
ideal que lo su p e ra ; a la sordidez de lo cotidiano opone la e le ­
vación de lo fantástico. En esta lucha d ialéctica con el m undo
convencional está el momento en que la fa n ta sía toca lo real.
Cuando el m isterio no se presenta esp o ntáneam ente, la fa n ta sía
lo crea. Pero nunca lo fantástico está totalm ente d esvin culad o de
las cosas, siem pre sigue las g ran d es leyes secretas que el espíritu
presiente. Las exp resa de un modo sim bólico. A sí surgen las
leyendas y los mitos en los que se exp resa un conocim iento a r ­
cano. Siem pre lo fantástico, cuando participa de lo m aravillo so
asp ira a exterio rizarse en el m undo rea!, a m ezclarse con él.
El término fantástico, de uso casi exclusivo en literatura, ha se r­
vido últim am ente p ara encubrir y je ra rq u iza r una especie lite ra­
ria de intención m odestam ente e u trap élica, cuya m anifiesta in ­
trascendencia, n a d a tiene que hacer con lo m aravillo so . Día a
d ía esas características se han acentuad o, de modo tal que hoy
se designa con el nom bre de literatura fan tástica una suerte de
relato pretencioso y pobre, fa b rica d o con recetas de la b a ja co­
cina literaria, que pretende dem ostrar la n a d e ría de lo m a ra v i­
lloso, al ofrecernos un producto d esm añ ad o y sin fervor.
Relaciones de lo maravilloso con el sueño y el ensueño

Desde tiempos remotos se supuso que los sueños están en contacto
66

�con el mundo invisible; de a h í su prestigio vaticin ad o r que las
antig uas doctrinas secretas acep tab an .
En el mundo moderno Freud ha efectuado el a n á lisis de los su e­
ños, proclam ando su carácter sim bólico —y a antes aceptado— y
su significado como expresión de los deseos reprim idos. Siend o
el deseo en su sentido general el germ en donde nace lo m a ra v i­
lloso, el sueño —como la fa n ta sía y el ensueño---- exp resa la
lucha contra la realid ad convencional, la búsqueda de n u e v a s
form as de realizació n.

Diversas expresiones de lo m aravilloso
Se encuentra la m arca de lo m aravilloso en toda activid ad hu­
m ana que revele una búsqueda trascendente, y ésta a p a re ce ca d a
vez que la actividad del hombre se m anifiesta en el sentido d el
conocimiento o la creación.
C uand o la necesidad de trascender toma el sentido de! conoci­
miento, lo m aravilloso penetra en el m arco de la ciencia. El
ap aren te predom inio de lo racional en la ciencia m o d ern a, el
m enosprecio que ésta m anifiesta hacia los factores irracio n ale s d e
conocimiento sugieren la idea errónea de que lo m aravillo so q u e ­
da excluido de sus dom inios. Es un error; ya Pierre M a b ille 1
hizo resaltar la com binación de m aravilloso e im aginación e x a l­
tad a que revelan las hipótesis científicas.
En las m atem áticas es donde ap arece m ás claro el proceso de'
lo m aravilloso. Basta recordar el pensam iento de los m atem áti­
cos p ara com probarlo. Dedekind definió a los números como
libres creaciones del espíritu hum ano y p ara Cantor la esencia
de las m atem áticas es la libertad. El pensam iento lúcido de
N ovalis se anticipó a estas revelaciones cuando exclam ó: "El
álg e b ra es la poesía".
Las m atem áticas m odernas, desde C antor, han dem ostrado un
predom inio de la im aginación que p arecería a le ja rla s de la r e a ­
lid ad . El paseo de Cantor por el infinito, las teorías de los
núm eros irracion ales e im ag inario s parecen expresar la fu g a del
mundo concreto; sin em bargo, n ad a ha hecho a v a n z a r con m á s
1 Pierre Mabille: Ibídem.

67

�v elo cid ad la cien cia que la fa n ta sía de los m atem áticos. De
instrum ento práctico, de m edida del m undo co nvencion al, las
m a te m áticas se han convertido en vehículo h a cia lo desconocido
y en sím bolo de lo m aravillo so .
A d e m á s de la exp lo ració n de lo desconocido, las m atem áticas
han d em ostrcdo p oseer el secreto de la b e lle za : la d ia g ra m a ción de las fó rm u las a lg e b ra ic a s e fe ctu a d a s entre otros por
Fran co is Le Lionnais (x) han producido fo rm as de sorprendente
b e lle za que ig u alan o su p eran las fa n ta sía s ab stra ctas d e los
a rtista s m odernos.
C u a n d o la necesidad de trascender tom a el cam in o de la creación
su rg e el a rte , d o n d e lo m aravillo so ha encontrad o siem pre refu ­
gio seg u ro , donde se e x p re sa directam ente y en su m á x im a pu­
re z a . Ha sido esp e cialm e n te y desde antig uo la literatura la q ue
m á s ha utilizado el procedim iento d e lo m ara villo so . La p o esía
o frece las m áx im as p o sib ilid a d e s de e xp re sió n , a l encontrar en
la im ag en un instrum ento de riq u eza in a g o tab le .
Las artes plásticas han ido lib eránd ose de su e n cad e n am ie n to a l
m undo co nvencional h asta lle g a r, en la pintura m o d erna, a d e ­
m o strar p o sib ilid ad es de expresión de lo m a ra v illo so e q u ip a ra b le s
a las de la p o esía.
En el pensam iento esp ecu lativo se co m b inan conocim iento y
cre a ció n ; la doctrina filo sófica que e x p re sa lo m ara villo so es el
m onism o dialéctico, en el cual a p a re c e a p lena luz la corriente
filo só fica que insp iró el pensam iento herm ético de la m a g ia ,
sin tetizad o en el concepto de la triu n id ad (em an ació n d e la u n i­
d a d en los opuestos y síntesis con retorno a la u n id ad ). El m o­
nism o de Espinosa y la d ia lé ctica , que evo lucio na desde H eráclito,
Platón, p asan d o por N ico lás de C u s a , G io rd a n o Bruno hasta
a lc a n z a r en Hegel su pleno d esarro llo , han fo rm ad o esta co­
rriente m oderna de esp eculació n que contiene p lenam ente lo
m a ra v illo so a l re v e la r la u n id ad del cosm os y el m isterio d e
las tran sfo rm acio n es.
En lo social el im pulso de lo m ara v illo so ha conducido prim ero
a los ensueños de los utopistas: Platón, Tom ás M oro, C a m p a n e lla ,
Ver Francois Le Lionnais: "La beauté en m athém atiques".
de la Pensée M athém atique. C ahiers du Sud. 1948.

68

Les G randes Courants

�S a in t-S im o n , F o u rie r.
La a p lic a c ió n del m étodo d ialéctico ha
re v e la d o a M a rx el secreto d e la h isto ria y la evo lució n del
h o m b re com o ente so c ia l. H oy el so cia lism o científico co n d e n sa y
p o la riz a todos los e sfu e rzo s d e lo m a ra v illo s o h a cia un m u n d o
m ejo r.
El v iv ir m aravillo so

En la e x tra ñ a f r a s e d e P ín d a ro , "La v id a es sólo el sueño d e u n a
s o m b ra " , se e x p re s a d e m odo m a g n ífic o , todo lo q u e la v id a
p ro m ete y no se cu m p le . La v id a resu lta a s í una p e rm a n e n te
fru stra ció n y no d e p e n d e esto d e su f u g a c id a d , pues el tiem p o
es f u g a z en cu a n to n in g ú n tiem p o a lc a n z a p a ra que el h o m b re
se re a lice . Lo m a ra v illo s o nos im p u lsa a q u e la v id a s e a un
su e ñ o q u e se co ncrete.
El m a rg e n p a ra lo m a ra v illo s o q u e d a el m und o co n v e n cio n al e s
el a m o r y éste co n stitu ye el centro d e acció n d e lo m a ra v illo s o
en la v id a : he a q u í q u e su rg e d e la g ra n so m b ra in fin ita y
a v a n z a la m u jer. En su s ojos b rilla el m isterio co n d e n sa d o ; a
su p a so todo v ib r a y el e sp a c io su fre la co n g o ja in so p o rta b le
d e la e x p e cta ció n ; d e pronto, todo lo q u e v ib r a se su sp e n d e en
un in sta n te in te m p o ra l y el d ía se v a c ía d e lu z p a ra d a r le p a so .
A h o ra está a l a lc a n c e d e mi m a n o y m iles d e p u e rtas se a b re n
sig ilo sa m e n te ; la e x p e cta ció n d e ja d e se r la d u lzu ra im p e rio sa
y se o y e el ru m o r del g ra n to rren te q u e a v a n z a sin in terru p ció n
p a r a te rm in a r en el su p re m o d e rru m b a m ie n to : el d e r ru m b a ­
m iento d iá fa n o .
A s í se p ro d u ce la tra n sfo rm a c ió n d e la a m a d a por o b ra d el
tra sc e n d e r m a ra v illo s o del a m a n te . Esta es u n a tra s c e n d e n c ia
c u y a m á s a lta e x p re sió n se e n cu e n tra en los m ísticos y n a d ie
la reve ló con ta n ta p erfecció n com o J u a n d e la C ru z , e se g ra n
m ístico del a m o r, en su "N o ch e o sc u ra " :
¡O h no ch e, q u e ju n taste
A m a d o con a m a d a ,
A m a d a en el a m a d o tra n s fo rm a d a !
en d o n d e la co m b in a ció n d e la noche —q u e o b tien e el a n iq u ila ­
m iento del m und o e x te rio r— y la e n a je n a c ió n de los sen tid o s

69

�(fenómeno que comparten el místico y el am ante) logran la fusión
del ser trascendido y del objeto am ado que cumple la síntesis de
lo m aravilloso. Este mismo trascender del sujeto en lo rea! es
la razón también del artista.
El vivir m aravilloso exige la negación de lo cotidiano conven­
cional, la rebelión ante la sordidez de la vid a corriente; lanza
al hombre en todas las aventuras, lo impulsa a lo desconocido,
a la búsqueda del riesgo y del peligro. Se revela en el revolu­
cionario político, en el heterodoxo religioso, en el disconforme
de toda índole. En la literatura, el aspecto negador encuentra sus
dos grandes representantes en Lautréamont y Kafka y más recien­
temente en Henry M iller y Antonin A rtaud. A ellos se suman
todas las voces negadoras que revelan su ag resividad com bativa,
su ataque directo a la realidad convencional.
El vivir m aravilloso exige una sola condición: la libertad de
trascender, el respeto por la aspiración hacia sus moldes infini­
tos, la comprensión de que su esencia es constante renovación.
La fuga de la realidad no es sino fuga de los esquem as muertos.
La fuga de la vid a es tan sólo fuga de la vid a horrenda, sórdida,
hacia la existencia plena, hacia la realización del destino hum a­
no. En el vivir m aravilloso se cumplen las tres condiciones de la
vid a en su triple aspecto ético, estético y fáctico.
(Continuará)

70

�Documentos de arte com fem poraneo
La dirección de esta revista ha ju zg ad o necesario crear una sección estab le p ara
la difusión de los documentos que, de un modo u otro, directa o indirectam ente,
h a y a n contribuido a la fundam entación teórica de las g rand es tendencias del arte
de nuestros d ía s. En el núm ero p a sa d o fué p u b licad a con este propósito la carta
que en 1937 dirigió M oholy N a g y al arquitecto checoeslovaco K a livo d a , que cons­
tituye una de las p iezas m ás notables del pensam iento estético m oderno y u n a,
asim ism o, de la s que m ejor inform an sobre el presente y porvenir de la "n u ev a
v isió n ", es decir, del conjunto de las activid ad es p lásticas lib e rad as de to d a ficción
rep resen tativa. A continuación se publican fragm entos de "Le N eo-Plasticism e" del
g ran pintor holandés Piet M ond rian, cuya p rim era y única edición ap are ció en
P arís en 1920 (Editions de "L'effort m oderne"). Si bien es cierto que algunos
de las ¡d eas sustentadas en ese libro por su autor han sido en parte m od ificad as
o a m p lia d a s en el curso de su posterior activid ad teórica — sólo interrum pida con
su m uerte, aca e cid a en 1944— o d esech ad as por insuficientes por los represen­
tantes del actual concretismo, del que M ondrian fué uno de sus m ás calificad o s
precursores, tam bién es cierto que otras evidencian to d a v ía hoy un asom bro so valo r
de a ctu a lid ad . Es que M ondrian ha sido uno de los espíritus m ás prodigiosos de
este siglo. Él ha dem ostrado que el fervor inventivo ejercitado sin d esm ayos ni
clau d icaciones, aun dentro de los lím ites de lo aparentem ente m ás divo rciado de
la v id a , de lo m ás "a b so lu to ", term ina, tard e o tem prano, por g ra v ita r sobre ella
de un modo p erd urable y profundo. En m uchísim as de las form as visu ale s que usa
el hombre de nuestro tiem po es posible reconocer la filtración secreta de su estilo.
D iseñadores de m áq uinas y de utensilios, d iag ram a d o re s de periódicos, arq u itec­
tos, ingenieros, cin eastas, todos los que hacen alg o p a ra el uso de los ojos, sufren
sin sab erlo , la influencia de su arte. Y , conviene no olvid arlo, sólo el g ran arte
es ca p a z de a ctu a r sobre tan tas cosas y de tal modo.

Piet M ondrian

El neo-plasticism o

fragm entos

El neo p la sticism o tien e sus ra íc e s en el cu b ism o . P u ed e ta m b ié n
d e n o m in a rse p in tu ra a b s tra c ta r e a l, p o rq u e la a b stra cció n —ig u a l
q u e en las c ie n c ia s m a te m á tic a s, pero sin a lc a n z a r lo a b so lu to —,
p u e d e se r e x p r e s a d a por u n a re a lid a d p lá stic a . Esto co nstituye
la c a ra c te rístic a e se n c ia l de la n u e v a p lá stic a en la p in tu ra . U na
co m p osició n d e p la n o s re c ta n g u la re s en color e x p re s a la r e a li­
d a d m á s p ro fu n d a , q u e se a lc a n z a por la e x p re sió n p lá stic a de
re la c io n e s y no por el p a re c id o n a tu ra l. R e a liz a a q u e llo que
todo pintor ha a n s ia d o , p ero sin lo g ra rlo sino en fo rm a v e la d a .

71

�Los p lan o s co lo re ad o s, tanto por la posición y d im en sió n , com o
por la v a lo riz a c ió n del color, no e x p re sa n p lásticam en te sino
rela cio n e s y de n in g u n a m a n e ra fo rm a s.
La n u e v a p lá stica pone sus relacio n e s en e q u ilib rio estético y se
e x p re sa por la n u e v a a rm o n ía .
Se trata de u n a p in tu ra e n te ram e n te n u e v a , en la cu al se re su e lv e
toda la p in tu ra , tanto p ictórica com o d e c o ra tiv a . A so cia el c a ­
rácter o b jetivo del a rte d eco rativo (si bien en m ucho m a y o r g ra d o
que él), a l c a rá cte r su b je tiv o del a rte pictórico (pero con m ás
p ro fu n d id ad ).
El n eo -p lasticism o no consiste ú n icam en te en un p ro b lem a d e
"p ro ced im ien to ". En la n u e v a p lá stica , y por e lla m ism a , el p ro ­
ced im iento c a m b ia . La p ie d ra de toque del n uevo e sp íritu , d e s­
pués de la co m p osició n, es ju stam en te a q u e llo q ue se d e n o m in a ,
a m enudo sin p ro p ie d a d , "p ro ced im ien to ".
"Es por la a p a ric ió n que se ju zg a si u n a o b ra de arte es r e a l­
m ete la e x p re sió n p lástica p u ra d e lo u n iv e rsa l" (De Stijl, a ñ o 1,
N. B., p á g . 65).
Porque la escu ltu ra y la p in tu ra h an p odid o red u cir los m ed io s
plásticos p rim itivo s a un m edio p lástico u n iv e rsa l, p ueden e x ­
p re sa rse p lástica y e fe ctiv a m e n te en la e xactitu d y en la a b s tra c ­
ción. La a rq u ite ctu ra , por su m ism a n a tu ra le z a , d isp o n e y a d e
un m edio p lástico lib e ra d o de la fo rm a ca p rich o sa de la a p a ­
rición n a tu ra l.
En la n u e v a p lá stic a , la p in tu ra no se e x p re sa m ás por la co rp o ­
re id a d a p a re n te q ue co n fie re la rep re se n tació n n a tu ra l. A l co n­
tra rio , se e x p re sa p lá stica m e n te por el p lan o en el p lan o . Y
red u cien d o la co rp o re id a d trid im e n sio n a l a un p lan o , no hace
sino e x p re s a r la relació n p u ra .
H a y veces que la A rq u ite c tu ra , lo m ism o q ue la Escu ltu ra, a v e n ­
ta ja n a la Pintura por sus m edio s plásticos y por sus p o sib ilid a d e s.
Por su m edio p lástico , la arq u ite ctu ra es u n a a p a ric ió n estética
y m a te m á tica , por co n sig u ien te es e x a cta y m ás o m enos a b s ­
tra cta . S ien d o la com posición de p lan o s opuestos que se n e u tra ­
liz a n , constituye la e xp re sió n p lástica e x a cta d e la relació n e sté ­
tica e q u ilib ra d a en el e sp a cio . La N u e v a P lástica no co n sid e ra
a la A rq u ite ctu ra , a s í com o tam p o co a la P in tu ra, com o m orfop lá stica . Tal e ra el v ie jo concepto.

72

�Vistas como oposición equilibrada de la expansión y del límite
en la composición p lana, la expresión arquitectónica (a pesar
de su tercera dimensión), de¡a de existir como corporeidad y como
objeto. Su expresión abstracta ap arece en form a más directa
que en la pintura.
A veces, lo abstracto no se realiza por la esterilización, ni surge
solamente por la simplificación y la depuración. Pues lo a b s­
tracto perm anece como la expresión plástica en función de lo
universal: la m ás profunda interiorización de lo exterior y la
exteriorización m ás pura de lo interior (De Stijl, año 1, N. B., Art. 3).
El espíritu nuevo anula lo particular. No es suficiente que la
form a se quintaesencie, que la proporción del todo resulte arm o­
niosa: es necesario, adem ás, que toda la obra no sea sino la
expresión plástica de relaciones y la desaparición de toda p ar­
ticularidad.
La edificación por m asas es preferible a aq uella por unidades.
En el primer caso, lo particular ya está suprim ido por la com­
posición que nace por sí misma. Pero observando bien, la com­
posición es igualm ente la primera condición en la construcción
unitaria: lo mismo que en la pintura, la composición es el e le ­
mento que más interviene para suprim ir lo individual.
Poco a poco, la aparición natural adquiere de tal m anera su
ciu dad anía en el arte, que se term ina por estim arla indispen­
sable. Inclusive la arquitectura participa de su condición. G e ­
neralm ente no se la reconoce como "arte" cuando logra expresar
la belleza, por la plástica pura de relaciones y oposiciones al
inspirarse en la naturaleza o de prestar elementos con que ves­
tir a la escultura o la pintura. Se revela entonces hasta qué
grado de im pureza ha llegado la concepción estética: no se
quiere reconocer como arte sino a una expresión plástica m a­
quillada por la form a delim itada. A sí es como muchas veces se
ha denom inado a la Plástica Nueva en la pintura con el nom­
bre de "decoración", porque en lugar de negar lo individual
dentro de la plástica, la ha reducido a planos rectangulares

73

�coloreados. Si de una parte, la vie ja concepción continúa siendo
un obstáculo al reconocimiento y constituye el m ayor enem igo
del espíritu nuevo, por otra parte muchos artistas sufren la g ran
dificultad de no disponer p ara crear sino de un m edio plástico
tan sim ple.
De cu alq u ier modo el espíritu nuevo debe m anifestarse sin e x ­
cepción en todas las artes. El hecho de que entre las artes
h a y a d iferencias, no constituye una razón p ara que una v a lg a
m ás que la otra. Una puede conducir a una ap arició n distinta,
pero no a una ap arició n opuesta. Desde el momento en que un
arte es la expresión plástica de lo abstracto, los otros no pueden
ser al mismo tiem po la expresión plástica de lo natural. Estas
dos form as no pueden integrarse: en esto reside esa hostilidad
m utua. La N ueva Plástica a n u la esta enem istad al crear la re­
unión de todas las artes.
La Escultura no puede continuar siendo la sirviente de la A rq u i­
tectura, como sucedía bajo la v ie ja concepción. No es m ás la
representación plástica de ¡deas o de cosas: ha d ejado de existir
m orfoplásíicam ente. Por su m edio casi abstracto, puede con­
vertirse en la expresión plástica estética por la oposición eq u ili­
b ra d a de la exp ansión y del lím ite, y esto sin tener que contar
con las exig en cias utilitarias o constructivas.
Si la Escultura y la A rquitectura an tig u as llenan hasta cierto
punto el espacio de otro modo v a cío e indefinido, la nueva Es­
cultura (lo mismo que la nueva A rquitectura), lo hace con m ás
efectividad al reducir el capricho de lo natural por la com posi­
ción e q u ilib ra d a y llevando toda su atención sobre las relaciones.
C a d a arte posee su expresión esp ecífica, su n atu raleza particular.
"M ientras que el contenido de todas las artes es lo mismo, d i­
fieren , en cam bio, en la exteriorización plástica. Estas posibili­
d ad es nacen p a ra cad a arte sobre su terreno p articular y a llí
q uedan circunscriptas. C a d a arte posee sus propias form as de
expresión. En consecuencia debe encontrar por sí m ism a las
transform aciones necesarias de sus m edios plásticos, m edios que
p erm anecerán lim itados por sus propias fronteras. Una razón
m ás p ara que las p osibilidades técnicas de cad a arte no puedan
ser ju zg ad as por las correspondientes a otro arte, sino confor­
mes a ellas m ism as y en relación al arte que se e n cara" (De
Stijl, año 1, pág. 3).

74

�El A rte r e b a s a el p e n sa m ie n to p a rtic u la r, a l ig u a l q u e lo in co n s­
cie n te (lo u n iv e rs a l), r e b a s a la co n cie n cia in d iv id u a l. Si d u ra n te
el m o m ento d e la cre a ció n e sté tica , lo u n iv e rs a l (lo in co n scien te)
h o ra d a la c o n c ie n c ia , a lc a n z a n d o fin a lm e n te la v isió n co m p le ta
d e la s c o s a s, lo p a rtic u la r d e ja e n to n ces d e co n ta r. Es por e sta
ra z ó n q u e la v o c a c ió n a rtís tic a co n siste en la su p re sió n p lá stic a
d el p e n sa m ie n to p a rtic u la r.
El p e n sa m ie n to q u e se o rie n ta ú n ic a m e n te h a c ia la v e r d a d , p e r­
m a n e c e d en tro d el d o m in io d e la ra z ó n p u ra y no co n stitu y e un
a rte . Sin e m b a rg o , el p e n sa m ie n to c re a d o r es p lá stico . La Filo ­
s o f ía , a l ig u a l q u e el A rte , e x p r e s a p lá s tic a m e n te lo u n iv e rs a l.
La F ilo so fía se e x p r e s a en v e r d a d , el A rte en b e lle z a . C o m o en
el fo n d o , la v e r d a d y la b e lle z a in te g ra n u n a u n id a d , no es ló ­
g ico n e g a r el e v id e n te p a re n te sc o d e e sta s d os p lá s tic a s . El A rte
no es sin o la e x p re sió n p lá s tic a d el h o m b re en su t o t a lid a d ; n a d a
d e b e p u e s fa lt a r le .
A lg u n o s e sp íritu s a v a n z a d o s d e s e c h a n e n te ra m e n te la ló g ica .
¿ P e ro en eso co n siste la lib e ra c ió n d el a r te ? ¿N o es el a rte la
e x te rio riz a c ió n d e la ló g ic a ?
R e su lta c la ro q u e los "n e o -p lá stic o s" q u ie re n "lo n u e v o " en to d a s
la s a rte s y tra ta n d e c o n s a g r a r en "lo n u e v o " to d os su s e s fu e r ­
zo s. Pero sin m e d io s fin a n c ie ro s , es im p o sib le r e a liz a r lo e x p e ­
rim e n ta lm e n te . Si la s c irc u n s ta n c ia s so c ia le s y m a te ria le s fu e se n
f a v o r a b le s , a q u e llo no s e r ía im p o sib le , p uesto q u e en el fo n d o
to d a s la s a rte s son u n a . Pero a c tu a lm e n te c a d a o ficio tie n e n e c e ­
s id a d d e to d a s su s f u e r z a s . El tie m p o d e los m e c e n a s h a p a s a d o
y el n e o -p lá stico no p u e d e im ita r a un d a V in c i. Tod o lo q u e
p u e d e h a c e r es u tiliz a r la ló g ic a , e x p o n ie n d o su s ¡d e a s so b re la s
o tra s p a rte s.
La o b ra d e A rte n u e v o d e b e se r, en cu a n to a l co n te n id o , u n a e x ­
te rio riz a c ió n p lá stic a c la r a , e q u ilib r a d a y e sté tica d e re la c io n e s
so n o ra s y n a d a m á s.
P a ra el h o m b re n u e v o , el te a tro e s, si no un to rtu ra , a l m eno s
u n a s u p e r fic ia lid a d . El e sp íritu n u e v o , a lc a n z a d o su punto cul-

75

�m in a n te , in te rio riza el gesto y la m ím ica : r e a liz a r á en la v id a
c o tid ia n a a q u e llo q u e el teatro e x h ib e y d e scrib e p a ra el e x te rio r.
Las a rte s d e c o ra tiv a s d e s a p a r e c e rá n dentro d el n e o -p lasticism o ,
a l ig u a l q ue la s a rte s a p lic a d a s : el m u e b le , la a lf a r e r ía , etc., q u e
v e n d rá n a su rg ir por la acció n s im u ltá n e a d e la a rq u ite c tu ra ,
e scu ltu ra y p in tu ra n u e v a s , rig ié n d o se a u to m á tica m e n te con a r r e ­
glo a las leyes d e la p lá stica n u e v a .
A s í, por m edio d el esp íritu n u e vo , el h o m b re h a c re a d o él m ism o
u n a b e lle z a n u e v a , m ie n tra s q u e en el p a s a d o no h a c ía sino
c a n ta r o e x p r e s a r p lá stic a m e n te la b e lle za d e la n a tu ra le z a .
Esta b e lle za n u e v a se ha hecho in d isp e n sa b le a l ho m b re n u e v o ,
pues con e lla e x p re sa su p ro p ia im a g e n en o p osició n e q u iv a le n te .
El a rte n u e v o h a n a cid o .
T rad u cció n de B e rn a rd o Kordon

76

�N otas y com entarios
Los in telectu ales
fra n c e se s y la p az
C ic lo no p u e d e m o stra rse in se n sib le a l
a c tu a l e sta d o de a n g u stia y d o lo ro so e x ­
p e cta tiv a q u e la creciente a m e n a z a d e
u n a n u e v a g u e rra h a d d d o o rig e n . Re­
v is ta a l servicio d el e sp íritu y del p e n sa ­
m iento m o d e rn o s, co m p ren d e q u e un n u e ­
v o co nflicto s e r ía c a u s a no sólo d e p a ­
d ecim ien to s físic o s y m a te ria le s q u e la
h u m a n id a d q u iz á no p o d ría v o lv e r a su ­
f r ir sin e n v ilecerse o d e g r a d a rs e , sino
ta m b ié n de un a n o n a d a m ie n to sin p re ce ­
d e n te s de la cu ltu ra . Por e so C iclo , d e ­
s e a n d o co n trib u ir d e a lg ú n m odo a la
g ra n o fe n siv a co n tra la g u e rra q u e e stá n
lle v a n d o a ca b o los in te le ctu a le s m ás
lú cid o s y m enos com p rom etid o s d el m un­
d o e n tero , p u b lica a co n tin u ació n la p e ­
tición a la U .N . q u e , re fre n d a d a p o r la s
firm a s de ho m b res d e la s m á s d iv e rs a s
te n d e n cia s p o lítica s y d e los m á s v a r ia ­
d o s fren te d e cre ació n cu ltu ra l, e s e x ­
p resió n d e un fe rv o ro so a n h e lo p a c ifis ta
y a d v e rte n c ia sin eu fem ism o s so b re el
d estin o trá g ic o q u e nos e sp e ra si no
so b em o s e n co n tra r a tiem p o el cam in o
d e u n a p a z e sta b le y d e fin itiv a .

se ria s e sté rile s, el
m a n id a d .

d esh o n o h

de

la

hu­

La m isión de los p u e b lo s e u ro p e o s, d e sd e
el A tlá n tico h a sta los U ra le s , es d e cirle s
a los re p re se n ta n te s del m und o e n tero :
" Q u e el re c h a zo d e la g u e rra com o s o ­
lución a c u a lq u ie r p ro b le m a se a v u e stra
h ip ó tesis p re v ia a cu a lq u ie r o tra h ip ó ­
te sis, v u e stra v o lu n ta d p re v ia a c u a lq u ie r
o tra v o lu n ta d . P ues, se a cu al fu e re el
p o rv e n ir q u e q u e ra m o s, sa b e m o s y a q ue
u n a g u e rra a tó m ica lo co m p ro m e te ría
p o r un núm ero in c a lc u la b le de a ñ o s " .
Los p u eb lo s e stá n d e m a sia d o a b ru m a d o s
y care ce n d e los m ed io s p a r a d irig irse
a vo so tro s. Escrito re s e in te le ctu a le s a l
se rv icio d e los h o m b re s, creem o s n os co ­
rre sp o n d e , sin p re su n ció n , h a b la ro s p o r
e llo s y con e llo s. N u e stra v o z ca re ce de
a r m a s . Es la m ism a v o z de E u ro p a , d e s ­
a r m a d a y a r r u in a d a p or h a b e r a m a d o
d e m a sia d o a la s a rm a s en el p a s a d o .
Q u e e lla os lle v e , con el e je m p lo de
nu estro s e rro re s, el lla m a d o d e n u e stra
a n g u s tia , y n u e stra resolució n d e co m ­
b a tir h a sta el fin la lo cn ra q u e se d is ­
p one a d estru ir la fe lic id a d y la s fu e r­
z a s del m undo.
H an d a d o su f irm a , entre otro s:
De la A c a d e m ia F ra n c e s a : G . D u h a m e l,
E. Le Roy, F. M a u ria c , J . R o m ain s.

Petición a la U N
Los que suscrib en son e scrito re s e in te ­
le ctu a le s fra n c e se s , q u e , d en tro o fu e ra
d e los p a rtid o s q u e d iv id e n h o y el m u n ­
d o , tienen la s p o sicio n e s m á s d iv e rs a s.
A p e sa r de sus d ife re n c ia s p ie n sa n que
u n a n u e v a g u e rra im p lic a r ía , p a r a u n o s,
la p é rd id a de la s lib e rta d e s q u e ponen
p o r en cim a d e to d o , p a r a o tro s, la ru in a
d u ra b le d el m und o so cia lista q u e p r e p a ­
ra n , y q u e p a r a los ho m bres de to d a
o p in ió n , u n a su m a in c a lc u la b le d e m i­

77

De la A c a d e m ia d e C ie n c ia s : R. B arthélé m y , E. B o rel, A . C otto n .
A c a d e m ia de C ie n c ia s M o ra le s y P o lític a s :
E. B ré h ier, A . L a la n d e , D. P a ro d i.
A c a d e m ia d e M e d icin a : M. Lig n e l-La v astin e , M. P o lo n o vsk i, M . V in ce n t.
A c a d e m ia
F le u ry.

de

F a r m a c ia :

J.

C o u rto is,

A c a d e m ia

G o n co u rt: A . B illy.

P.

C o le g io de F ra n c ia : J . B a ru z i, H. P iéro n .
P ro fe so re s

de

la

U n iv e rsid a d

de

P a r ís :

�G . Cohén, J. M. C arré, M. Curie, M. Janet, P. Lavedan, H. Lévy-Bruhl, C. Lian,
P. M. M asson, J. P. Mathieu, J. Perret,
y también destacadas personalidades de
las Academ ias de inscripciones y Bellas
Artes, de Bellas Artes, de C irug ía, de
la Escuela de Altos Esudios, Museo N a­
cional de Historia N atural, Escuela de
Lenguas Orientales, Directores de gran­
des escuelas y profesores de universidad.
Escritores: T. A ubray, D. A rban, J. Bouissounouse, H. Charasson, G . Luccioni, H.
Psichari, M. Sibon, M. Soleillant, V. Viollis, M. A rland, G . Audisio, F. Ambriére,
P. Archam bault, J. Baruzi, F. R. Bastide,
C. Braibant, M. Beigbeder, J. Beaufret,
A\. Bernard, P. Barbier, M. Beaufils, A.
Berry, G. Buraud, E. Buchet, G . Blin,
A. Cam us, J. Cayrol, H. Celly, H. Calet,
J. Cocteau, M. Carrouges, G . Clancier,
R. C har, G . Caillet, C. Dravaine, N. Devalux, F. Dumont, P. Descaves, E. Dermenghem, M. Delarue, A. David, L. Estang, J. Follain, S. Fumet, E. Fleg, A.
Frenaud, A. G ide, Y. Gandon, P. Guth,
J. Guehenno, La. Gachón, L. Guilloux,
E. Humeau, J. Isaac, R. Lannes, J. Lemarchand, J. Lescure, J. Lacroix, P. Labracherie, P. Luccin, R. Lalou, L. Lemonnier,
H. Membre, M. Merleau-Ponty, C. Marbo,
A. Miatlev, L. Masson, M. N adeau, A.
Pierhal, C. Plisnier, H. Pourrat, F. Pouey,
G. Pillement, F. Ponge, E. Pcisson, R. Queneau, J. Rousselot, J. Cl. Renard, J. Rostand, D. Rops, J. Roy, D. Rousset, P.
Seghers, M. Toesca, P. de La Tour du Pin,
Vercors, L. de Villefosse, M. V aussard,
C. Vildrac, A. Vialatte, B. Voyenne, J.
Tortel.
Pintores: J. Bazaine, M. Courtaud,
Goerg, M. Grom m aire, H. M atisse,
Terlés.

E.
J.

Compositores y críticos musicales: A.
Coeuroy, J. Francais, Roland-Manuel.
Teatro y Cinem atógrafo: L. Pitoeff, C.
Toth, E. Hélisse, M. Achard, A. Barsacq,
G. Baty, J. Copeau, J. Dasté, C. Duilin,
E. Decroux, R. Ferdinand, J. P. Grenier,

73

H.
M.
A.
R.

Gignoux, J. Hébertot, O. Hussenot,
Jacquemont, P. Renoir, A. Reyboz,
Salacrou, Jean V illar, H. Jeanson,
Leenhardt, A. Cuny.

Directores de revistas y periódicos: A.
Beguin, J. Cassou, J. M. Domenach, E.
Mounier, A. Patri, J. Paulhan, C. W estphal.

Sens-pSasfÉque
por Malcolm de Chazal
N R F 1948
Malcolm de C h azal, perteneciente a una
vieja fam ilia de la Isla Mauricio, inge­
niero de profesión, ha publicado recien­
temente un libro de pensamientos (más
exactamente, mensajes) que ha sido re­
cibido en Francia con los términos más
elogiosos. A n d ré B retón lo considera
como el acontecimiento más destacado,
en el plano poético1. Jean Paulhan (pro­
loguista de la obra) cree que merece el
nombre de genial. "Ese nombre y nin­
gún otro".
El autor explica, al final del libro, cuál
ha sido el "mecanismo cerebral" que lo
ha llevado a escribirlo. Con una form a­
ción intelectual eminentemente raciona­
lista, inició su carrera literaria tratando
de "disecar la materia-hombre" con un
criterio analista, sin que sus hallazgos
lo sacaran del "plano del pensamiento
común a la m asa del género humano".
A sí escribió sus primeros cuatro tomos
de pensamiento (ha publicado siete, con
tiraje limitado a cien ejemplares). Desde
entonces, otro método se impone a su
espíritu: objetos aparentemente ajenos al
sujeto de la meditación bastaban a ve­
ces para desencadenar todo su mecanis­
mo cerebral llevándolo al objetivo en un
instante. Pero esos "destellos de pensa­
miento intuitivo no eran, en esa etapa,
sino raros y espaciados".
A quí comienza otra época de progre­
sos rápidos que lo llevan sucesivamente

�a la fo to g ra fía interna (un solo clisé) y
a la cin em ato g rafía inferior del espíritu.
De la conjugación de esta últim a con la
doble visión por narcisism o a "re b o u rs"
surge el procedim iento de observación
por medio de la triple visión (con tres
etap as diferentes). El avión de su espíritu
que antes se d e sp la za b a rápidam ente,
pero a ras del suelo, ha d esp egado por
fin y puede cobrar altu ra. El prim ero,
de los numerosos descubrim ientos que
han de sucederse, es que "todo e sta b a
lig ad o , a q u í a b a jo , que todo se tocaba
y fo rm ab a uno": el unismo ha visto la
luz.
Finalm ente, solucionado y a el proble­
ma de la coordinación de las id ea s, el
autor ob serva con am a rg u ra que el de la
expresión sigue en pie. Traducir, com u­
nicar por medio de p a la b ra s el torrente
de id eas que brotan de su espíritu le p a ­
rece el lím ite insuperable a que ha Hel­
g ad o , y piensa si no será éste el mo­
mento de p a sa r la A ntorcha a la nueva
g eneración, etc., etc.
Com o referencia al proceso evolutivo del
autor, este epílogo es sin d uda intere­
sante; como receta p a ra un nuevo m é­
todo de p e r c e p c ió n , d u d a m o s de su
eficacia.
M alcolm de C h a za l es un hombre d es­
concertante. No es fácil emitir un juicio
de prim era intención; es tan desigual la
calid ad de su obra que no sabem os si
ca lifica rla por lo bueno, por lo m alo, o
decidirnos por un criterio estadístico.
H ay, evidentem ente, una g ran d isp arid ad
entre la concepción y la realización. F al­
ta, ad e m ás, el sentido de autovaloración
que exp lica el am ontonam iento de id eas
cualitativam ente tan d iversas. Pero hay
algo que d espierta sim p a tía: su ingenui­
d ad y su p ureza. Sentim os cierta resis­
tencia a rech azar de inm ediato su obra
por sus aspectos m ás pobres (pero num e­
rosos) y nace en nosotros, repetidam ente,
la ¡dea de un posible error en nuestro

79

juicio. Al leerlo, en d ía s sucesivos, pi­
cando en diversos sitios de su ab und ante
m ensaje (h ay vario s miles de pensam ien­
tos de extensión muy v a ria d a ) se nos a p a ­
rece, por momentos, diferente a lo que
creíam os. Pronto advertim os que se trata
sólo de un fenóm eno superficial, como
el de ciertos objetos que parecen cam ­
b ia r b ajo los efectos de luz y som bra: lo
m arivilloso es dem asiado efím ero y a p e ­
nas si soporta la m irad a atenta del ob?
servador.
Sus sentidos son agudos y es ag u d a
la captación de las cosas; pero sus im á­
genes se m antienen en el p lano senso­
rial. Dudo si esto puede perm itirnos una
nueva captación de la realid ad .
El cuerpo hum ano es una escalera de
olores. Es ca d a articulación, un rellano.
El esp acio es la m ás g ruesa de todas
la s bocas.
El relám pago son la s cad e ra s de la luz;
y el centelleo, los senos.
En la extrem a fa tig a , la m irad a del
hombre no a v a n z a h acia el espacio, sino
que cu alg a a am bos lad os de la silla de
la n criz, como las p iernas de un ca b a ­
llero ag otad o sobre su bestia detenida.
. . . Nos "b uscam o s" en el olor de la
bien a m a d a , como si hubiésem os perdido
nuestra a lm a en el cuerpo de la a m a d a ,
en la em briaguez.
El peligro de esta literatura está en e!
incesante hurg ar en los sentidos.
En el p lano de las id ea s, la clarid ad
se muestra a veces sacrificando la belleza
de la expresión, como si el filóso fo a g o ­
ta ra al poeta:
. . . El ensueño es necesario como resor­
te de la rea lid a d , pues somos m edio-espi­
rituales y m edio-carnales, y quien rehúsa
p oetizar la vid a cae en las alucinaciones
de la carne, y el A m or que rehúsa un
terreno a l alm a se crea hechizos carn ales
m ás delirantes que los peores sueños del
opio . . .

�Su unismo es una especie de concep­
ción panteísta de la naturaleza, pero que
no camina sin la ayuda de Dios: algo así
como la unidad de uno + uno:
. . . no debemos concluir que el Univer­
so visible terminará también por estallar
un día . . . ? Teóricamente, estamos qui­
zás en la cierto, y tal podría ser, en efec­
to, la suerte final del Mundo visible— si
no fuese la fuerza de cohesión de Dios
que todo lo liga y es infinita.
Pero Dios es, también, el término de la
plenitud del hombre:
. . . Todos los grandes trastornos de la
carne, tales como el éxtasis, son festines
solitarios. Todos los placeres, cualesquiera
que sean, terminan por una masturbación
espiritual. Goazrse, es el fin de todos los
placeres. Todas las felicidades entre dos
terminan sobre dos picos separados. El
nirvana no existe jam ás entre dos. Más
allá de cierta forma de expresión de go­
zo, no tenemos sino a Dios por compa­
ñero. La soledad es, p ara el Gozo su­
premo, su condición y su rescate . . . El
egoísta tiene el Goozo solitario; los san­
tos son los solitarios del Gozo.
Pero el camino de los sentidos parece
ser el más breve:
El color es una prédica; la luz, una
misa. El color nos enseña la luz; la luz
nos enseña a Dios.
No busquemos en Malcolm de Chazal
de lo que él puede darnos. Sus impulsos
de comunicación están justificados mu­
chas veces. Gustemos esos momentos sin
asignarle una trascendencia que no tiene.
D. J. S.

80

Sophie Tauber-Arp
Editado por George Schmidt
Les éditions Holbein-Bale
Suiza 1948
Esta publicación destinada a exaltar la
obra y la personalidad de Sophie Taeuber-Arp, constituye un aporte valiosísimo
para la historiografía del arte no-figura­
tivo.
Editada en colaboración con Hans Arp
y Hugo W eber, proporciona una visión
sumamente completa de la labor reali­
zada por uno de los artistas más ori­
ginales de nuestro tiempo.
La diagramación de este libro, que es
expresión de una alta jerarquía gráfica,
ha sido realizada por Max Bill.
La existencia de Sophie Taeuber ha es­
tado entrañablemente ligada a la his­
toria y el desarrollo del arte no-figurati­
vo. En 1915, época de su encuentro con
Hans Arp estaba ya vinculada a las ten­
dencias constructivas del arte moderno;
todo su desarrollo ulterior hasta el fin
de su vida en 1943, no es más que una
permanente y sistemática exploración en
el sentido de la no-figuración y el arte
concreto.
En 1916 ingresa al movimiento Dadá;
paralelamente a su labor de creación pu­
ra, realiza obras de pintura mura! y
"vitraux" donde aplica los principios de
su arte. Trabaja en colaboración con
Hans Arp y Theo Van Doesburg en de­
coración de interiores (Estrasburgo). De
1931 a 1936, participa en el movimiento
A bstracción-C reación. Es miembro del
grupo A llianz (asociación de artistas mo­
dernos de Zurich); funda y dirige la re­
vista "Plastique". La invasión nazi la
sorprende en París, buscando refugio en
Grasse donde reside hasta su vuelta a
Suiza en 1943. El 13 de enero de ese
mismo año deja de existir en Zurich.

�/

C u a n d o p a ra otros cre ad o re s el arte
n o -fig u rativo im p lica, en e! m ejor de los
ca so s, una ruptura y u n a co n q u ista, en
So p h ie T a eu b e r e ra condición n a tu ra l.
"S u ad h e sió n al g rup o «Constructivism o»
no es u n a co n versió n , dice G a b rie lle
B u ffet-P icab ia. El a rte lla m a d o a b stracto ,
la p in tu ra a b s tra c ta , sujeto de la s con­
tro v ersias a p a s io n a d a s de e sa ép o ca y
que trascien d e el p ro b lem a puram ente
estético, es su clim a fa m ilia r, su v e rd a ­
d ero elem ento ".
Esta ad h esió n e sp o n tá n e a y to ta l, e sta
flu id e z y n a tu ra lid a d en el m antenim iento
de u n a posición que se supone su m am en ­
te co n tro vertid a y p o lé m ica, constituye
uno de los rasg o s m ás d istintivos en la
p e rso n a lid a d de So p h ie T a eu b e r. P ode­
mos b u scar los an teced en tes de e sta a c ­
titud en la e sm e ra d a ed ucación técnica
re cib id a en la Escu ela de A rtes y O ficio s
de S ain t G a ll y m ás tard e de H am b u rg o ;
en su e x p e rie n cia com o p ro fe so ra de la
escu ela de artes y oficios de Z u rich , pero
debem os b u scarlo s tam b ién en la d isp o ­
sición de sus e n e rg ía s e sp iritu ale s.
"T o d a su m a n e ra de p e n sar y de a c ­
tu a r, dice G e o rg e Schm idt, e ra n a f ir m a ­
ción y se re n id a d , a m o r y fe en la s fu e r­
z a s co nstructivas de la v id a " .
Las e x ig e n cia s c re a d o ra s de Soph ie T a e u ­
b er e x p re s a d a s en los p rincipios cons­
tructivos del nuevo a rte se id en tifica b a n
plen am en te con la s m ás p ro fu n d as m oti­
v acio n es éticas de su p e rso n a lid a d . En
e lla , la producción de la b e lle za no q u e ­
d a b a e n ce rra d a d entro de los lím ites del
la b o ra to rio , por un a circu n sta n cia fe liz
cu y a s pro yecciones están re se rv a d a s p a ra
el fu tu ro , h a b ía conseguid o im p reg n ar
su v id a y la de q uienes la ro d e a b a n , de

81

un sentim iento de b e lle z a y se re n id a d .
P o d ría a trib u írse le de acu e rd o con el
testim onio em o cio n ad o de H an s A rp y
G a b rie lle P ica b ia , u n a dosis excep cio n al
de b o n d ad e in g e n u id a d , pero teniendo
cu id ad o en no e x tra e r de ello un d ia g ­
nóstico d e m a sia d o sim ple.
El v a sto conjunto de su o b ra , m ás de
600 te la s, a c u a re la s , d ibujo s y relieves,
rev e la un a tra y e cto ria de a u ste rid a d a r ­
tística , severam en te cond ucid a por u n a
vo lu n tad sistem ática de ex p erim en tació n
a lia d a a un sentido estético in fa lib le . Su
evolución no contiene salto s ni flu ctú a
so licitad a por e x ig e n cia s a je n a s a la s e s ­
trictam ente constructivas.
De sus p rim e ras p roducciones a b stra c ta s
re a liz a d a s sobre la b a se de d ivisio n es
verticales y h o rizo n tales de la te la , h a sta
sus producciones m ás ca ra c te rístic a s: la
serie de círcu lo s-cu ad rad o s-re ctán g u lo s,
a s í como en sus relie ve s y e scu ltu ras, se
ad v ie rte siem pre un a co ntinuid ad y una
co h erencia rig u ro sas en el p lan team ien to
de los p ro b le m a s, un a m arch a incesan te
h a cia la conq uista de n u e vas re a lid a d e s
sensib les.
Un estud io d etenid o de la o b ra de Soph ie T a eu b e r y de sus a p o rta cio n e s al
a rte n o -fig u rativo s e ría de sum o interés
por cierto, p ero su extensión s u p e ra ría
con mucho los lím ites de este com entario.
Resta por decir tan sólo que e sta p u ­
blicación lle n a cum p lid am ente el ob jetivo
p ropuesto por su edito r en la nota que
sirve de introducción: "u n p ensam ien to
me h a p reo cu p ad o p ro fu n d a y p a rticu ­
larm en te: el de o p o ner a l sin sentido de
su muerto el sentido de sus o b ra s" .
A . H.

�C o la b o ra d o re s de este n ú m ero
M ax Bill, pintor, escultor, arquitecto, gráfico y publicista. Nace en W interthur, Su iza,
en 1908. Estudia en la "Kunstgew erbeschule" (Zürich) y en el "B au h au s" (Dessau).
Ha form ado parte de "A bstraction-Creation". En la actu alid ad es miembro del C IA M
("Congrés internationaux de l'architecture m oderne") y del IPC ("Instituí pour une
culture progressive"). Vive en Zürich.
Piet M ondrian, pintor y publicista. N ace en 1872 en Am ersfoort (H olanda). Estudia
en la Academ ia de Am sterdam. 1910-1911 en París. En 1919, form a parte del
grupo "Stijl", ¡unto a Theo Van Doesburg y Georges Vantonegerloo. En 1932,
"A bstraction-Creation". M ás tarde París y Londres. Muere en N ueva Yokr en 1944.
M ario Tre¡o, pertenece a la más ¡oven promoción de la p oesía argentina. N ació en
Com odoro R ivad avia (Buenos Aires) en 1926. Ha publicado ya un libro: " C e ld as de
S an g re" y colaborado en diversas revistas literarias. Forma parte del grupo "PoesíaInvención".
Joan Cassou. N ació el 8 de julio do 1897 en Deusto (Esp añ a), residiendo desde la
prim era infancia en Francia. Como escritor pertenece a la corriente neo rom ántica
que podría definirse —según sus propias p alb ra s— como el deseo de "colocar la
vid a espiritual bajo el doble signo del fervor y la lib ertad ". Se ha dem ostrado lúcido
en sayista en "Le G reco" (1932) y en "Pour la Poésie (1935), novelista brillante en
"Inconnus dans la C a v e " (1933), "Souveniers de la Ie r re " (1933), "M assacres de
P arís" (1935), "Legión" (1939). Como poeta destacam os especialm ente sus "33 Sonnets écrits en sécret" publicados durante la resistencia con el seudónimo de Jean Noir.
Sebastián S o la za r Bondy. Joven escritor peruano que se ha revelado como poeta
y dram aturgo. Recibió en Lima el Premio N acional de Teatro por su comedia
'Am or, G ran Laberinto". Reside actualm ente en Buenos A ires donde a ca b a de
publicar un libro de poemas.

Aclaración
Por un descuido involuntario que lamentamos, se omitió al pie de la conferencia del señor
Ernesto N. Rogers "Ubicación del arte concreto", publicada en el primor número de esta
revista, el nombre del autor de la redacción castellana de la misma, señor Najmen Grinfeld.
Además en el trabajo se introdujeron algunas modificaciones con las que él no está de
acuerdo. Cumple consignar también que, habiéndose traspapelado la traducción de la
cita de Platón hecha por el señor Grinfeld del griego, se la reemplazó por una tomada de
una edición castellana corriente. He aquí la traducción por él ofrecida:
"Por lo tanto, siendo el almcr así, se encamina hacia lo que le es semejante: lo invisible
divino, inmortal y racional; y una vez llegada allí —libre ya de extravíos y locuras, de
temores y desordenados amores y de los demás males añejos a la humana condiciónlogra la bienaventuranza y, como se dice de los iniciados, mora para siempre con los
dioses". (Phaedo, 81 a).

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                  <text>Ejemplares 1 y 2 de la revista Ciclo, publicados en 1948 y 1949.</text>
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              <elementText elementTextId="1974">
                <text>Pichón Riviére, Enrique&#13;
Trejo, Mario&#13;
Bill, Max&#13;
Cassou, Jean&#13;
Salazar Bondy, Sebastián&#13;
Piterbarg, Elías&#13;
Pellegrini, Aldo</text>
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revista
bimestral

arte
lite ra tu ra
p e n sa m ie n to
m o d e rn os

1948

noviembre
diciembre

número 1

I

�Revista
bimestral
Arte
literatura
y pensamiento
modernos

1948

noviembre-diciembre
número 1

Comité
directivo

Administración

Aldo Pellegrini
Enrique Pichón Riviére
Elias Piterbarg
David José Sussmann
Remitir toda la correspondencia
concerniente a esta revista a
Brasil 1766
Buenos Aíres
La Dirección no se hace
responsable de los
artículos firmados
ni devuelve las colaboraciones
no publicadas.

Diagramaclón: Tomás Maldonado
Impresión:

Carlos Kordon

�FUN D A C IO N ESPIGAS |
Buenos Aires - Argentina !

Henry Miller

página

Trópico de Capricornio.................

3

Georges Bataille
La moral de Henry M ille r...............

i
1

23

René CHar
El P o e ta ...........................................

38

Ernesto N. Rogers

II
R

Ubicación del arte concreto...........
Sumario

André Bretón
Jacques Hérold ..............................

■

39

53

László Moholy-Nagy
Carta a K a livo d a ............................

57

Elias Piterbarg
Surrealismo y surrealistas en 1948.

65

Aldo Pellegrini
Wolfgang P aalen............................

74

Notas y comentarios de
Enrique Pichón Riviére, W. Baranger, David J. Sussmann, Edgar Bayle y ...........................................

84

�Henry M iller

Escritor americano residente en París. Nació en la ciudad de Nueva York
en 1891. Ejerció innumerables oficios, entre los cuales el de jefe de per­
sonal de la Western Union Telegraph Company, N. Y. City, durante cinco
años. De sus experiencias en este cargo surgió el tema de "Trópico de
Capricornio". Sus obras más conocidas son, además de la mencionada,
"Trópico de Cáncer", "Primavera Negra" y "M a x y los fagocitos", editadas
todas en París en idioma inglés. La circulación de la mayoría de sus obras
ha sido prohibida en Estados Unidos e Inglaterra.
Georges Bataille

Escritor francés orientado con preferencia hacia la crítica y el ensayo. Sus
obras principales son: "La experiencia interior" (N. R. F. 1943), "Sobre
Nietzsche" (N. R. F. 1945), "Método de Meditación" (Fontaine, 1946). En
la revista ACEPHALE fundada por él hace algunos años, consideraba que la
misión del escritor es llevar la existencia "a su punto de ebullición". Actual­
mente dirige la revista CRITIQUE.
André Bretón

Fundador del movimiento surrealista. Nació en Orne (Francia) en 1896.
Participó en el movimiento Dada de 1917 a 1921. Su primer "Manifiesto
del Surrealismo" apareció en 1924. Publica en 1930 el "Segundo Manifiesto
del Surrealismo" y en 1942 en Nueva York en la revista VVV, los "Prole­
gómenos a un tercer manifestó o no", donde señala su posición actual. Entre
sus numerosas obras pueden destacarse: "El surrealismo y la pintura"
(1928), "N a d ja " (1928), "Los vasos comunicantes" (1932), "El revólver
de cabellos blancos" (1932), "El amor loco" (1937), "Arcane 17" (1947).
László Moholy-Nagy

Pintor constructivista, fotógrafo, tipógrafo, escenógrafo, escritor, nacido en
Borsod (Hungría) en 1895, Estudia leyes en Budapest. En 1915 deja la
abogacía por la pintura. 1923-1928, Bauhaus de Weimar y de Dessau.
Profesor del curso preliminar, director del taller de metaloplastia. Experi­
mentos con luz y color. Fotografía, film , tipografía. Escenografías para la
Opera del Estado de Berlín, y para el teatro "Piscator". 1935-1937, Lon­
dres. Exhibiciones de pintura, escultura y fotografía. Films: • "Marsella
viejo puerto" (1929); "La bohemia de las grandes ciudades" 0 932); "N e­
gro, blanco, gris" (1929); "El congreso del C1AM - Atenas" (1932); "Lan­
gostas" (1936). Revistas: "M A ", "110". Libros: "Antología del arte mo­
derno" (Viena, 1922); "Pintura, fotografía, film " (Munich, 1925); "Nueva
Visión" (N. Y., 1946); "Visión en movimiento" (N. Y., 1947). 1937: Di­
rector de la Escuela de Diseño de Chicago. Muere en setiembre de 1946.
Ernesto N . Rogers

Arquitecto, urbanista y publicista. Nació en Trieste en 1909. Egresa de
la Facultad de Arquitectura de Milán en 1932. Miembro del Council del
C. I. A. M. Miembro del Consiglio Nazionale delle Ricerche (1946-48).
Trabajos de arquitectura y urbanismo en colaboración con los arquitectos:
Banfi (muerto en el campo de Mauthausen), Belgiojoso y Peressutti. Parti­
cipó en los importantes estudios urbanísticos del valle de Aosta (1935-1937);
de la isla de Elba (1938) y de la ciudad de Milán (1946-47). Principales
construcciones: Colonia helioterápica de Lefrano (1939); Palacio del correo
en Roma (1939-40); casas colectivas en Milán (1936-48). Monumento a
los caídos en los campos de Alemania (1946). Fué director de la revista
Domus. Está transitoriamente en nuestro país como profesor de Teoría de
la Arquitectura en Tucumán y colaborador del plan de Buenos Aires.

�Henry M iller

Trópico de Capricornio

fragmentos

Una vez que hayáis exhalado el último suspiro, todo el resto
proseguirá, con absoluta certeza, aun en medio del caos. Desde
el principio sólo hubo caos; éste era un flúido que me envol­
vía, un flúido que inhalaba a través de mis branquias. En el
subsuelo, donde la luna brillaba impasible y opaca, todo era
lisura y fecundación; arriba reinaba el tumulto, la discordia.
Inmediatamente descubría yo en cada cosa lo opuesto, la con­
tradicción, y, entre lo real y lo irreal, la ironía, la paradoja.
Yo era mi peor enemigo. Todo lo que deseaba, podía, con
la misma indiferencia, dejar de hacerlo. Ya de niño, no care­
ciendo de nada, quería morir, quería renunciar a la lucha por­
que no le veía sentido. Estaba convencido de que, persistir
en una existencia que yo no había pedido, no servía para
probar, ni materializar, ni añadir, ni sustraer nada. En todos
los que me rodeaban veía el fracaso, o si no el fracaso, la
ridiculez. Especialmente en los triunfadores; éstos me abu­
rrían hasta hacerme saltar lágrimas. Me atraían en cambio
los vencidos por la vida, aunque no me impulsaba la simpatía,
sino una cualidad puramente negativa, una debilidad que sólo
florecía ante el espectáculo de la miseria humana. Nunca
socorrí a nadie con la idea de realizar un acto justo; cuando
lo hice, fué porque me sentía impotente para proceder de otro
modo. Inútil me pareció siempre, pretender cambiar el estado
de cosas. Estaba convencido de la imposibilidad de cualquier
transformación profunda a no ser que se modificara el cora­
zón humano, ¿y quién sería capaz de cambiar el corazón del
hombre? De vez en cuando, uno de mis amigos se convertía;
esto era algo que me daba náuseas. Yo no tenía más nece­
sidad de Dios que la que El tenía de m í................................
Lo más fastidioso era que, al primer golpe de vista, la gente me
tomaba por hombre de bien, cortés, generoso, leal, fiel. Quizás

3

�poseyera tales virtudes, pero ellas procedían, en ese caso, de
mi temperamento indiferente. Podía permitirme el lujo de ser
bueno, cortés, generoso, leal y todo lo demás, gracias a que
carecía absolutamente de la capacidad de envidiar. La envidia
es lo único de lo que nunca he sido víctima. Jamás envidié
nada ni a nadie. Por el contrario, sólo he sentido piedad por
todo y por todos.

4

Desde muy temprano debo de haberme adiestrado para no
desear nada con excesiva intensidad. Desde ese temprano co­
mienzo era ya independiente, aunque con falacia. No nece­
sitaba de nadie porque quería ser libre, libre de hacer, libre
de dar, siguiendo sólo los dictados de mis caprichos. Apenas
me pedían o esperaban algo de mí, surgía mi resistencia. Este
era mi modo de ser independiente. Estaba corrompido, más
aún, estaba corrompido desde el principio. Era como si mi
madre me hubiera amamantado con veneno y como si mi or­
ganismo — pese a haber sido destetado temprano— hubiera
conservado ese veneno para siempre. El mismo hecho de que
mi madre me destetase, pareció dejarme completamente in­
diferente. La mayor parte de los niños se rebelan, o por lo
menos simulan rebelarse, pero a mí se me importó un bledo.
Envuelto en pañales, ya era un filósofo. Por principio estaba
contra la vida. ¿Cuál era ese principio? El principio de la
futilidad de todas las cosas. A mi alrededor sólo encontraba
lucha; yo, en cambio, no realizaba el menor esfuerzo. Si a
veces parecía esforzarme, era sólo para complacer a alguien;
en el fondo me burlaba de eso. Y aún cuando se intentase
explicarme las razones de mi modo de ser, rehusaría escu­
charlas, pues nací con una vena de malicia contra la que
nada es posible hacer. Tiempo después, siendo ya crecido, oí
decir que tardaron una eternidad en sacarme del útero de mi
madre Me resulta perfectamente comprensible. ¿Para qué
cambiar de sitio? ¿Por qué abandonar un lugar cálido y agra­
dable, un cómodo refugio donde todo se os ofrece gratis? Los
recuerdos más antiguos que conservo se refieren al frío, la
nieve y el hielo en las cunetas de la calle, la escarcha de las
ventanas, la helada exudación de las paredes verdosas de la
cocina. ¿Por qué buscan los hombres, para vivir, los extraños
climas de las zonas mal llamadas templadas? Porque son por

�naturaleza idiotas, indolentes y cobardes. Hasta no tener más
o menos diez años, nunca supe que existían regiones "c á li­
das", lugares en los que no era indispensable ganarse la vida
con el sudor de la frente, ni era necesario tiritar, pretendiendo
al mismo tiempo que no hay nada más tónico y regocijante que
el frío. Dondequiera reine el frío, hay gentes que trabajan
hasta matarse y que, cuando engendran hijos, educan a éstos
en el evangelio del trabajo — que al fin y al cabo no es más
que la doctrina de la inercia— . Mis parientes eran nórdicos
de pie a cabeza, lo que equivale a decir idiotas. Habían adop­
tado todas las ideas erróneas que han sido expuestas en el
mundo. Figuraba entre ellas la doctrina de la limpieza, por
no decir nada de la de la virtud. Eran penosamente limpios.
Pero hedían interiormente. Ni una sola vez habían abierto
la puerta que conduce al alma, ni una vez habían soñado en
dar un salto a ciegas en las tinieblas. Después de las comidas,
lavaban apresuradamente la vajilla y la colocaban en el apa­
rador; después de leer el diario, lo doblaban cuidadosamente
y lo guardaban en un anaquel; después de lavar la ropa blan­
ca, la planchaban y apilaban en los cajones. Todo lo hacían
pensando en el mañana, pero ese mañana no llegaba nunca.
El presente constituía tan sólo un puente, y en ese puente
siguen todavía gimiendo, y el mundo entero gime, sin que
ninguno de estos idiotas piense en volarlo.
La amargura me impulsa con frecuencia a buscar razones
para condenarlos; es un modo de poder condenarme a mí
mismo, pues en muchos aspectos me asemejo a ellos. Por lar­
go tiempo creí haber logrado eludirlos, pero con el andar de
los años pude advertir que no les aventajo en nada, y hasta
incluso que soy en cierto sentido peor. Porque a pesar de ha­
ber visto más claro que ellos, me demostré impotente para
cambiar el curso de mi vida. Cuando examino mi pasado,
me parece no haber hecho nunca nada por mi propia volun­
tad, sino obligado por la presión de los otros. La gente me
toma frecuentemente por amante de las aventuras, pero nada
hay más lejos de la verdad. Mis aventuras fueron siempre
una cosa adventicia, impuesta; fueron padecidas más bien
que emprendidas. Pertenezco por esencia a esa raza nórdica
orgulloso y petulante que, careciendo del menor espíritu de

5

�aventura, recorrió, empero, la superficie de la tierra en todos
sentidos, trastornándolo todo y desparramando ruinas y reli­
quias por doquier. Espíritus inquietos, sí, pero jamás aven­
tureros. Espíritus atormentados, incapaces de vivir en lo pre­
sente. Cobardes indignos, todos ellos, incluyéndome a mí.
Pues hay tan sólo una gran aventura: la de marchar hacia
dentro, en busca de uno mismo, aventura para la cual no tie­
nen importancia ni el tiempo, ni el espacio, ni los hechos.

6

Cada tantos años, sucedía que me encontraba al borde mismo
de efectuar ese descubrimiento, pero — hecho significativo—
me las arreglaba de modo de eludir la conclusión. Si intento
buscar una excusa, no puedo menos de pensar en el ambiente,
en las calles que conocía y en la gente que las poblaba. Me
es imposible imaginar una calle de Norteamérica, ni gente
que camine por ella, capaces de guiar a alguien hacia el des­
cubrimiento de sí mismo. He andado por las calles de los más
diversos países del mundo, pero en ninguna parte sentí tanto
vilipendio y humillación como en Norteamérica. Me imagino
a todas las calles de Norteamérica unirse para formar en
conjunto un enorme pozo negro, el pozo negro del espíritu en
donde todo lo existente es absorbido y expulsado hacia el
reino de la mierda sempiterna. En esta cloaca, el demonio
del trabajo teje una mágica trama: palacios y fábricas surgen
unos al lado de otros, mezclados con plantas de municiones,
laboratorios químicos, fundiciones de acero, hospitales, cár­
celes y manicomios. El continente todo es tan sólo una pesa­
dilla que fabrica la más grande miseria para el mayor número
de gente posible. Y yo, ente definido, en el centro de esa gi­
gantesca orgía de riqueza y felicidad (riqueza estadística, fe li­
cidad estadística), sin encontrar jamás a alguien que sea
verdaderamente rico, verdaderamente feliz. Al menos sabía
de cierto que YO era infortunado y pobre, que no participaba
del festín y que marchaba contra la corriente. Esto consti­
tuía mi único consuelo, mi única alegría. Pero, indudablemen­
te, no era suficiente. Hubiera sido preferible para la paz
de mi espíritu, para mi alma, expresar francamente mi rebel­
día, aun cuando me hubiera costado la cárcel y hubiera tenido
que podrirme en ella hasta la muerte. Hubiera sido preferible, como hizo el loco Czolgosz, disparar un tiro a algún buen

�presidente Mac Kinley, a una de esas almas tiernas e insig­
nificantes, incapaces de hacer el menor daño a nadie. Porque
en el fondo de mi corazón habitaba el asesinato: ansiaba
ver a Norteamérica destruida, arrasada de un extremo a otro.
Un mero espíritu de venganza hacía surgir en mí tal deseo;
como expiación por los crímenes cometidos contra mí y contra
otros seres como yo, que nunca han podido alzar sus voces,
ni expresar su odio, su rebelión, su legítima sed de sangre.
Yo era el mal producto de un mal terreno. Si el ser no fuese
imperecedero, hace ya tiempo que estaría aniquilado el " y o "
protagonista de este libro. Más de uno habrá que considere
todo lo que relato como pura invención, pero debo decir que
todo lo que doy por ocurrido, ha ocurrido realmente, por lo
menos para mí. Puede ser que la Historia lo niegue, puesto
que yo no figuro en parte alguna de la historia de mi pueblo;
pero aunque todo lo que digo fuere falso y resultado de pre­
juicios, despecho o malevolencia, aun cuando yo mismo fuere
embustero y envenenador de la opinión pública, a pesar de
todo esto, cuanto digo persiste siendo verdad y como tal hay
que tragarlo.
En cuanto a lo que sucedió . . .
Todo lo que sucede, si posee un sentido, lleva implícita, por
naturaleza, una contradicción. Antes de mi encuentro con
aquella a quien dedico este libro, suponía yo que había de
existir en alguna parte del mundo exterior, en la vida, como
se dice, un lugar en donde se hallaba la solución de todos los
problemas. Al encontrarme con ella me pareció que lograba
aferrar la vida, que tomaba algo que podía morder. Pero
ocurrió, en cambio, que la vida se me escurrió entre los dedos.
Tendí entonces la mano, buscando algo de donde asirme, pero
mi mano extendida sólo encontró el vacío. He aquí que en
esa tensión, durante el esfuerzo por asirme fuertemente a
algo, por ligarme a alguna cosa, encontrándome abandonado
como despojo en la playa, hallé sin embargo, algo que no
había buscado; mi propio yo. Descubrí que lo que había de­
seado toda la vida no era vivir — si puede llamarse vivir a lo
que los otros hacen— sino expresarme. Me di cuenta que

7

�nunca había tenido el menor interés en vivir, que siempre
había anhelado hacer lo que estoy haciendo en este momento:
es decir algo paralelo a la vida, que participa de ella, pero que
al mismo tiempo va más allá de ella. Ni lo verdadero ni lo
real me interesan casi; sólo me atrae lo que imagino ser, aque­
llo que había estado sofocando día a día para poder vivir. Que
yo haya de morir hoy o mañana, no tiene — ni ha tenido nun­
ca— la menor importancia para mí; sólo me fastidia y me
irrita el hecho de que todavía hoy, después de años de esfuer­
zos, no puedo expresar lo que pienso y siento. Desde la época
de mi infancia me veo marchando, ser sin alegría, tras las
huellas de ese espectro, no deseando más que lograr dicho
poder, buscando sólo adquirir dicha destreza. Todo lo demás
es mentira: cualquier acto o frase mía que no tendiera a ese
definido designio. Y sin embargo esto constituye con mucho
la mayor parte de mi vida.

8

Yo era, en esencia, como suele decirse, una contradicción.
La gente me tenía por persona seria y de espíritu elevado,
otras veces por un sujeto alegre y temerario, o por sincero y
ardiente, o bien por negligente y descuidado. Yo era todas
estas cosas a un tiempo, pero había en mí todavía algo más,
algo que nadie sospechaba y que yo sospechaba aún menos
que los otros. A la edad de seis o siete años acostumbraba
sentarme en el banco en que trabajaba mi abuelo para leerle
mientras él cosía. Lo recuerdo vividamente en los momentos
en que, pasando la plancha caliente por la costura de una
chaqueta, se detenía de pronto con una mano apoyada sobre
la otra y dejaba vagar soñadoramente su mirada a través de
la ventana. Recuerdo la expresión de su rostro, mientras per­
manecía de pie con aire soñador, mucho mejor que el con­
tenido de los libros que le leía, que nuestras conversaciones y
que mis juegos en la calle. Solía preguntarme en qué estaría
soñando, qué era lo que lo abstraía así de sí mismo. Yo, que
ignoraba todavía que se pudiera soñar despierto, estaba siem­
pre lúcido, ubicado en el presente y formando una sola pieza.
Esa ensoñación diurna de mi abuelo me fascinaba. Sabía que
él rompía entonces toda conexión con lo que estaba haciendo,
que no había en él el menor pensamiento hacia ninguno de
nosotros, que estaba solo, y gracias a esta soledad, libre. Yo

�nunca me encontraba solo, y menos que nunca cuando no ha­
bía nadie a mi lado. Siempre me parecía estar acompañado;
era algo así como una migaja de un enorme queso, que su­
pongo representaba al mundo, aunque nunca me detuve a
reflexionar sobre ello. Pero bien sabía que no tenía una exis­
tencia aislada y nunca me imaginé, por así decir, que yo mismo
fuera ese inmenso queso. De modo que aun cuando tenía
sobrados motivos para sentirme infortunado, para quejarme
y llorar, conservaba la ilusión de participar de una común y
universal desdicha. Suponía que al llorar yo, el mundo entero
estaba en llanto. Pero, en verdad, lloraba raramente. La
generalidad de las veces me sentía feliz, reía y lo pasaba muy
bien. Lo pasaba muy bien porque, como ya dije antes, en
realidad no se me importaba un bledo de nada. Estaba con­
vencido de que si las cosas me iban mal era porque iban mal
en todas partes. Y, generalmente, las cosas iban mal sólo
cuando uno se preocupaba demasiado por ellas. Esta concep­
ción me dominó desde muy temprano. Por ejemplo, recuerdo
el caso de mi joven amigo Jack Lawson. Durante un año en­
tero estuvo postrado en cama sufriendo los peores tormentos.
Era mi mejor amigo, así decía la gente a cada rato. Pues bien,
es probable que al principio sintiera pena por él, y quizás haya
pasado de cuando en cuando por su casa para informarme de
su estado; pero al cabo de uno o dos meses me torné insen­
sible a sus sufrimientos. Me decía a mí mismo que era nece­
sario que muriera, y que cuanto antes ocurriera sería mejor.
Obrando de acuerdo con estos pensamientos, dejé de ocupar­
me de mi amigo, abandonándolo a su suerte. Tenía apenas
doce años en ese entonces y recuerdo haberme sentido orgu­
lloso de mi decisión. También me acuerdo de los funerales:
abominable espectáculo, por cierto. A llí estaban parientes
y amigos, congregados alrededor del féretro y chillando en
coro como monos enfermos. Sobre todo el aspecto de la ma­
dre me producía diarrea. Era una criatura excepcionalmente
espiritual, devota de la Christian Science, según me parece
recordar, y aunque no creía en la enfermedad ni en la muerte,
hacía tal batahola, que hubiera hecho levantar a Cristo de la
tumba. ¡Pero no a su amado Jack! No, Jack yacía allí, frío
como el hielo, rígido, sordo como una tapia. Estaba muerto,
y muerto sin remedio. Lo sabía y me alegraba. No malgasté 9

�ninguna lágrima. No podía asegurar que hubiese mejorado
yéndose, porque después de todo, lo que llamamos concreta­
mente él, ya no existía. Se había ido, llevándose los sufri­
mientos padecidos y los sufrimientos que había hecho padecer
a los demás inconscientemente. "A m én" dije para mis aden­
tros, y acto seguido, quizás a causa de una ligera conmoción,
se me escapó una sonora ventosidad, precisamente al lado del
ataúd.
Recuerdo que cierto modo de tomar la vida en serio, llegó a
desarrollarse en mí en la época en que me enamoré por pri­
mera vez. Y aun entonces no me preocupé demasiado. Si
realmente me hubiese preocupado, no me encontraría en este
momento escribiendo sobre este asunto: habría muerto de
pena o me habría ahorcado. Fué una experiencia desagrada­
ble porque me enseñó que se puede llegar a vivir una mentira.
Me enseñó a sonreír cuando no tenía deseos de hacerlo, a
trabajar sin creer en el trabajo, a vivir sin tener motivos para
continuar viviendo. Y hasta después de haberla olvidado con­
servé el ardid de hacer aquello en lo que no creía.
Desde el principio sólo conocí el caos, como ya he dicho. Pero
a veces logré acercarme tanto al centro, al corazón mismo de
la confusión, que me asombra que todo no haya estallado
a mi alrededor.

10

Se acostumbra a echar toda la culpa a la guerra. Afirm o que
la guerra no tuvo nada que ver conmigo, con mi vida. En una
época en que los otros conseguían cómodas ocupaciones, yo
recorría un trabajo miserable tras otro sin obtener jamás lo
necesario para conservar juntos el alma y el cuerpo. No ha­
bían llegado a tomarme que en seguida me despedían. Me
sobraba inteligencia, pero inspiraba desconfianza. Por donde
iba fomentaba la discordia, no porque estuviera al servicio de
algún ideal, sino porque me asemejaba a un proyector lumi­
noso que pusiera de manifiesto la estupidez y futilidad de
todo. Además, no tenía condiciones de lameculos, cosa evi­
dentemente desfavorable. La gente no tardaba en darse cuen­
ta, cuando yo solicitaba un trabajo, que en el fondo me
importaba un comino obtenerlo o no. Y por consiguiente, era

�habitual que no lo obtuviera. Pero, después de un tiempo, el
mero hecho de buscar trabajo se convirtió en una especie de
actividad, en un pasatiempo, por así decir. Entraba y pedía
lo que se me ocurría. Era un modo de matar el tiempo, ni
mejor ni peor, como luego pude comprobar, que el trabajo
mismo. Yo era mi propio patrón; elegía mi horario; pero
— y esto me distinguía del resto de los patrones— yo mismo
me acarreaba mi propia ruina, mi propia bancarrota. Yo no
era ni una corporación, ni un "tru s t", ni un estado, ni una
federación, ni una sociedad de naciones; si a algo me aseme­
jaba era exclusivamente a Dios.
Así continué desde mediados de la guerra hasta . . . pues bien,
hasta que un buen día caí en la trampa. En efecto, llegó al
cabo un momento en que realmente deseé conseguir trabajo
con desesperación. Lo necesitaba. No pudiendo perder un
solo minuto, me decidí por el que me pareció el trabajo más
humilde de la tierra: el de mensajero. Me encaminé a la
oficina de personal de la compañía telegráfica (Compañía
Telegráfica Cosmodemónica de Estados Unidos) hacia la caí­
da de la tarde, resuelto a apechugar con lo que viniere. Aca­
baba de dejar la biblioteca pública y llevaba bajo el brazo
algunos gruesos volúmenes sobre economía política y meta­
física. Ante mi enorme asombro, me negaron el empleo.
El sujeto que me rechazó era una especie de enano que mane­
jaba el tablero de mensajeros. Me pareció que me tomaba por
un estudiante, pese a que se desprendía con bastante claridad
de la solicitud por mí llenada, que había dado término a mis
estudios hacía ya tiempo. Incluso hice figurar en la solicitud
mi grado de doctor en filosofía por la Universidad de Columbio.
Esta circunstancia pasó, al parecer, inadvertida, o, más bien,
debe haber resultado sospechosa al enanillo que me mandó
a paseo. Me puse furioso, tanto más que era la primera vez
en la vida que procedía de buena fe, pero especialmente por­
que me habían hecho atragantar mi orgullo, el que, conside­
rado desde cierto punto de vista, es de tamaño desusado. M i
mujer me recibió, por supuesto, con su habitual mirada de
soslayo y de desprecio. "H a sido uno de tus gestos", dijo ella.
Me fui a acostar, meditando en el incidente que todavía me

11

�escocía, enfureciéndome más y más a medida que avanzaba
la noche. No era el hecho de que tuviera que mantener a
una mujer y un niño lo que me molestaba especialmente;
comprendía bien que no era argumento suficiente para con­
seguir trabajo que uno tuviera que mantener una familia.
No, lo que más me irritaba era que me hubieran rechazado
"a mí", a Henry V. Miller, individuo de capacidad y espíritu
superiores que había solicitado el más humilde de los traba­
jos del mundo. Eso me consumía. No podía soportarlo. A la
mañana siguiente, temprano, me levanté resplandeciente, me
afeité, y corrí hacia el subterráneo. Me encaminé sin más
trámites a las oficinas principales de la compañía telegráfi­
ca .. . hasta el piso 259, o cosa así, donde el presidente y los
vicepresidentes tenían sus cubículos. Pedí hablar con el pre­
sidente. Por supuesto, éste, o estaba fuera de la ciudad o
tenía demasiadas ocupaciones para poder verme, pero ¿ten­
dría inconveniente en hablar con el vicepresidente, o quizás
mejor, con su secretario? Hablé, pues, con el secretario del
vicepresidente, un sujeto inteligente y muy considerado a quien
martillé por largo rato los oídos. Lo hice diestramente, sin
excesiva fogosidad, pero dándole a entender al mismo tiempo,
que no le sería muy fácil deshacerse de mí.

12

Cuando le vi tomar el teléfono y pedir con el gerente general,
pensé que se trataba de una artimaña y que se disponían a
pasarme de mano en mano hasta agotar mi paciencia. Pero
cuando escuché lo que decía, cambié totalmente de opinión.
Al llegar a la oficina del gerente general situada en otro ele­
vado edificio en el extremo opuesto de la ciudad, ya me espe­
raban. Me acomodé en un confortable sillón de cuero y
acepté uno de los enormes cigarros que me ofrecieron. El
sujeto en cuestión pareció interesarse intensamente y de modo
inmediato en mi historia. Me pidió que le contara todo por
extenso, no dejando de lado ni los menores detalles, mientras
tendía hacia mí sus grandes orejas velludas para atrapar hasta
la más pequeña migaja de información, que pudiera quizás
justificar una u otra sospechas que estarían germinando den­
tro de su cráneo. Caí en la cuenta bien pronto de que, por
algún accidente de la suerte, estaba prestándole un inesperado servicio. Dejé sonsacarme todo lo que quiso, acomo-

�dándome a lo que gustaba a su fantasía y observando atenta­
mente de qué lado soplaba el viento. A medida que progre­
saba la conversación, caí en la cuenta que se iba entusias­
mando más y más. ¡Al fin encontraba a alguien que demos­
traba un poco de confianza en mí! No necesitaba más para
lanzarme inmediatamente por una de mis rutas favoritas; ya
que después de años dedicados a la caza de emplees, me había
convertido en un verdadero experto. Sabía, no sólo lo que
"n o " convenía decir, sino lo que había que dar a entender,
lo que había que sugerir. Poco después fué requerida la pre­
sencia del segundo gerente genera!, a quien se pidió que
escuchara mi historia. Entre tanto yo me había ya enterado
del nudo de tal historia. Me había informado que Hymie
— “ esa rata minúscula"— como lo llamaba el gerente gene­
ra!, no tenía ningún derecho a atribuirse funciones de jefe
de personal. Era un hecho evidente que Hymie había usur­
pado dicha prerrogativa. También resultaba evidente que
Hymie era judío, y que los judíos no eran santos de la devoción
del gerente general, ni tampoco de la de Mr. Twilliger, el
vicepresidente, quien era para el gerente genera! como una es­
pina en el dedo. Tal vez fuera Hymie, "esa rata roñosa", res­
ponsable del elevado porcentaje de judíos en el equipo de
mensajeros; tal vez fuera realmente Hymie quien efectuaba
el reclutamiento del personal, en la oficina de la Plaza de!
Sol Poniente, como la llamaban. Inferí además, que se pre­
sentaba una excelente oportunidad para que Mr. Clancy (nom­
bre del gerente general) depusiera a un tal Mr. Burns, quien,
como se me informó, tenía el cargo de jefe de personal desde
hacía unos treinta años y evidentemente comenzaba ya a
descuidar sus funciones.
La conferencia duró varias horas, al cabo de las cuales, Mr.
Clancy me llevó aparte para anunciarme que estaba dispuesto
a concederme "a m í" el cargo de jefe de personal. Sin em­
bargo, y antes de instalarme en la oficina correspondiente, me
solicitaba como favor especial — cosa que por lo demás cons­
tituiría un provechoso aprendizaje, útil para el desempeño de
mi futuro puesto— que trabajara como mensajero extraordi­
nario. Por supuesto recibiría el sueldo de jefe de persona!
pero este sueldo se me pagaría por cuenta aparte. En pocas

13

�palabras: mi misión se reduciría a deambular de oficina en
oficina, con el objeto de investigar la marcha de las cosas
hasta en los menores detalles. De tanto en tanto pasaría un
pequeño informe sobre el estado de esos asuntos. También
me sugirió que lo visitara de tiempo en tiempo en su residen­
cia, como amigo, para charlar sobre la situación existente en
las ciento y una secciones de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica de la Ciudad de Nueva York. En otros términos:
tenía que actuar como espía durante algunos meses, después
de lo cual me confiaría abiertamente la dirección de la de­
pendencia. Quizá un día llegara a ser también gerente ge­
neral, o vicepresidente. La oferta era tentadora, aun cuando
viniera envuelta en un impresionante montón de estiércol.
Acepté.

14

Al cabo de pocos meses, me encontraba instalado en la Plaza
del Sol Poniente tomando y despidiendo gente como el mismo
demonio. ¡Líbreme Dios, aquello era un verdadero matadero!
era algo completamente absurdo, de pies a cabeza. Un des­
gaste de hombres, materiales y energía; una horrible farsa
que tenía un telón de fondo de sudor y miseria. Pero del mis­
mo modo que había aceptado el espionaje, acepté tomar y
despedir gente, con todo lo que arrastraba consigo. Dije sí
a todo. Si el vicepresidente ordenaba que no se tomaran más
lisiados, yo no tomaba más lisiados. Si ordenaba que se des­
pidiera a todos los mensajeros de más de cuarenta y cinco años
sin previo aviso, yo los despedía sin previo aviso. Cumplía
fielmente todas las instrucciones que me impartían, pero de
modo tal que tuvieran que pagarlas muy bien. Cuando esta­
llaba una huelga, me cruzaba de brazos y esperaba que todo
pasara, no sin antes haber sacado cuentas de que la cosa le
costaría a la compañía una bonita suma. Todo el sistema
estaba tan podrido, era tan inhumano y sórdido, tan irremi­
siblemente corrompido y complicado, que se hubiese necesi­
tado un genio para poner un poco de orden y de sentido en
él, sin hablar para nada del respeto y consideración que me­
rece el ser humano. Yo estaba contra la totalidad del sistema
americano de trabajo, sistema podrido de un extremo al otro.
Yo era la quinta rueda del carro, y no desempeñaba otra fun-

�ción que la de ser explotado. Bien examinado, todo el mundo
era explotado. Las fuerzas invisibles explotaban al presidente
y su pandilla, los jefes a los empleados y así continuaba la
cadena atravesando, recorriendo y abarcándolo todo, de un
extremo a otro de la organización. Desde mi reducida alcán­
tara de la plaza del Sol Poniente, veía a vuelo de pájaro la
entera sociedad americana. Era algo así como una página
de la guía telefónica. Tenía sentido desde el punto de vista
alfabético, o numérico, o estadístico. Pero si se observaba de
más cerca, cuando se examinaban las páginas separadamente,
o cada parte aislada, al estudiar cada individuo en sí para
averiguar en qué consistía, investigar qué aire respiraba, la
vida que llevaba, los riesgos qué corría, todo se volvía tan
sucio y degradante, tan bajo, tan miserable, tan completa­
mente desesperante y absurdo, que era peor que meter la
nariz en un volcán. Podía así observarse toda la vida ameri­
cana, la vida económica, política, moral, espiritual, artística,
estadística, patológica. Parecía un enorme chancro en un
miembro impotente; peor todavía que eso, porque ya no se
podía ver nada que tuviera características de miembro. Puede
ser que haya tenido eso, vida en lo pasado, que haya procrea­
do, o por lo menos que haya proporcionado un instante de
placer, una exaltación pasajera. Pero, mirado desde mi sitio
de observación, parecía encontrarse en estado putrefacto más
avanzado aún que el del más agusanado de los quesos. Lo
sorprendente era que el hedor que producía no los hubiese
espantado. Aunque utilizo permanentemente el tiempo pre­
térito, eso no quiere decir que las condiciones actuales hayan
cambiado, a no ser para empeorar. Por lo pronto hoy inha­
lamos libremente toda la fetidez producida.
Por la época en que Valeska apareció en escena, yo había
reclutado un número de mensajeros equivalente a varios cuer­
pos de ejército. Mi oficina de la Plaza del Sol Poniente era
una especie de cloaca a cielo abierto, y como tal hedía. Yo
mismo me había enterrado en la primera línea de trincheras
y desde allí actuaba simultáneamente en todas direciones.
Para comenzar, el individuo a quien había reemplazado, se
murió de congoja a las pocas semanas de mi llegada. Aguantó
el tiempo exacto para ponerme al tanto de mis funciones y en

�seguida reventó. Los hechos se sucedían con tal rapidez, que
no tenía oportunidad de sentirme culpable.

16

A partir del momento de mi llegada a la oficina, se convertía
en un ininterrumpido pandemónium. Una hora antes de llegar
— siempre lo hacía tarde— el lugar estaba colmado por una
multitud de postulantes. Tenía que abrirme paso a codazos
para lograr subir la escalera, y al llegar, debía literalmente
forzar la entrada de mi escritorio, del otro lado de la barricada.
Antes de que pudiera quitarme el sombrero tenía que respon­
der a una docena de llamadas telefónicas. Había tres aparatos
en mi escritorio y todos sonaban a un tiempo. Ese estrépito
me quitaba las ganas de mear que podía haber sentido antes
de sentarme a trabajar. No me quedaba un minuto para pro­
bar un bocado antes de las cinco o seis de la tarde. Hymie
estaba en peores condiciones todavía, permaneciendo atado al
tablero de mensajeros. Permanecía sentado allí desde las ocho
de la mañana hasta las seis de la tarde, quitando y poniendo
hojas de ruta. Cada hoja significaba un mensajero prestado
por una oficina a la otra por todo el día o por parte del mismo.
Ninguna de las ciento y una oficinas tenía nunca su personal
completo. Hymie jugaba al ajedrez con las hojas de ruta mien­
tras yo trabajaba como un condenado para tapar las brechas.
Si por un milagro lograba un día cubrir todas las vacantes, a
la mañana siguiente me encontraba con la misma situación
de siempre o todavía peor. Aproximadamente el veinte por
ciento de los efectivos eran fijos; el resto era personal volante.
Los fijos ahuyentaban a los nuevos. Los fijos ganaban de
cuarenta a cincuenta dólares por semana, a veces sesenta o
setenta y cinco y podían llegar a ganar cien dólares semanales,
lo que quiere decir que ganaban más que los empleados de
escritorio y a menudo más que los propios jefes. En cuanto
a los nuevos, a duras penas lograban ganar diez dólares sema­
nales. Algunos de ellos trabajaban una hora y luego plan­
taban todo, arrojando a menudo un fajo de telegramas en
cualquier cesto de basuras o en los bocas de cloacas. Y al
abandonarnos reclamaban su paga inmediatamente, lo cual
era imposible, dado que la complicada contabilidad en vigor
no permitía precisar la cantidad ganada por cada mensajero
sino al cabo de diez días por lo menos. Al principio yo invi-

�taba a los postulantes a sentarse a mi lado, para suministrarles
detalladamente toda clase de explicaciones. Hice esto hasta
un momento en que llegué a perder la voz. Pronto aprendí
a administrar mis fuerzas, diciendo sólo lo estrictamente nece­
sario. En primer lugar, de cada dos muchachos uno era embus­
tero innato, si no un pillo consumado. Muchos de ellos ya
habían sido tomados y despedidos en varias oportunidades.
Algunos veían en el puesto un medio excelente de encontrar
otro trabajo, pues durante sus funciones tenían acceso a cientos
de oficinas a las cuales de otro modo nunca hubieran llegado.
Por suerte Me Govern, el viejo ordenanza, que apostado a la
puerta entregaba las solicitudes en blanco a los postulantes,
tenía un ojo avizor. Y además contaba con los gruesos libros
ubicados a mis espaldas, en los que quedaban registrados los
nombres de todos los postulantes que habían pasado por la
empresa. Esos registros tenían la más estrecha semejanza
con los ficheros policiales; estaban repletos de marcas con
tinta roja que significaban tal o cual delito. A juzgar por ellos
estaba entre una caterva de malhechores. A cada dos nom­
bres aparecía una indicación de robo, fraude, escándalo, o bien
demencia, perversión o imbecilidad. "¡Cuidado! Fulano de
tal es epiléptico". "N o tomar este individuo: es negro".
"Atención: X ha estado en Dannemora, o en Sing Sing".
Si me hubiera atenido estrictamente al reglamento, nunca
hubiera tomado a nadie. Me vi obligado a aprender rápida­
mente, pero no de los archivos, ni de la gente que me rodeaba,
sino de la experiencia. Había mil y un detalles para juzgar a
un postulante, todos los cuales debía yo abarcarlos en conjunto
y al instante, pues en el transcurso de un breve día, aunque
uno sea más ligero que Jack Robinson, sólo puede tomar un
número determinado de sujetos y ni uno más. Por otra parte,
cualquiera que fuera la cantidad de aceptados, nunca alcan­
zaban, y al día siguiente había que volver a empezar como si
nada hubiera sucedido. De algunos, sabía positivamente que
no podían durar más de un día, pese a la cual debía contratarlos
lo mismo. El sistema era absurdo del comienzo al fin, pero
yo no estaba allí para criticarlo. Estaba allí con la misión de
tomar y despedir. Me encontraba en el centro de un disco
giratorio, el cual daba vueltas con tal velocidad que arrojaba

17

�18

todo cuanto se ponía en él. Lo que se hubiera necesitado era
un mecánico, pero de acuerdo con la lógica de los superiores
jerárquicos, el mecanismo no tenía fallas, todo andaba a la
perfección, salvo pequeñas alteraciones transitorias. Y esas
pequeñas alteraciones transitorias determinaban ataques epi­
lépticos, robos, vandalismo, perversiones, negros, judíos, pros­
titutas, y mil cosas más, incluyendo a veces huelgas y "lockouts". De donde se deducía, de acuerdo con esta lógica, que
había que empuñar una gran escoba y barrer todo el establo,
o bien armados de garrotes y revólveres, hacer entrar a golpes
un poco de sentido común en el cráneo de los pobres idiotas
que padecen de la ilusión de creer que en el mundo las cosas
no van del todo bien. Era útil, de vez en cuando, hablar de
Dios; o constituir una pequeña sociedad coral; a veces hasta
se justificaba conceder gratificaciones, cuando las cosas se
presentaban tan terriblemente mal que una solución por pala­
bras no era posible. Pero, en resumen, lo importante era con­
tinuar tomando y despidiendo; mientras hubiera hombres y
municiones, era menester avanzar, arrasar con las trincheras
enemigas. Entretanto, Hymie seguía tomando píldoras laxan­
tes, en cantidad suficiente para hacerle explotar el extremo
trasero, si en realidad poseía uno; pero, lo cierto es que ya no
lo tenía: se limitaba a imaginar que ingería un mendrugo, a
imaginar que se sentaba en el excusado. De hecho, el pobre
insensato vivía alucinadamente. Había que vigilar ciento una
oficinas, cada una de las cuales poseía un cuerpo de mensa­
jeros de características míticas, o mejor, hipotéticas. Ahora
bien, fueran reales o irreales, tangibles o intangibles, Hymie
tenía que barajarlos desde la mañana hasta la noche, en tanto
que yo iba tapando las brechas, tarea igualmente ilusoria, pues
¿quién podría asegurar, en el momento en que se despachaba
a un recluta hacia una oficina, que el mismo llegaría ese día
o al siguiente o nunca? Algunos se perdían en el subterráneo
o en los subsuelos laberínticos de los rascacielos, otros pasea­
ban de un lado a otro, por la línea de trenes elevados, durante
todo el día, aprovechando el hecho de que el uniforme les
permitía viajar gratis, gozando así de la oportunidad de una
diversión que nunca se les había presentado antes. Algunos,
que habían salido hacia State Island, aparecían en Canarsie, o
bien eran traídos por policías en un estado de curda espantosa.

�Otros olvidaban sus domicilios y desaparecían de un modo
absoluto. Había los que, contratados para Nueva York, apa­
recían repentinamente en Filadelfia un mes más tarde, como
si tal cosa. Otros, que habían salido con intención de llegar
a destino, decidían en el trayecto que era más fácil vender
periódicos, y se ponían a venderlos con el uniforme que les
habíamos proporcionado, hasta que se les pescaba. Otros se
dirigían directamente a los puestos de guardia, impulsados por
un extraño instinto de conservación.
Lo primero que hacía Hymie por la mañana, después de llegar,
era sacar punta a sus lápices; efectuaba esto de modo reli­
gioso, indiferentes a la lluvia de llamados, pues, según me
explicó más tarde, de no hacerlo antes de comenzar la función
del día, los lápices se hubiesen quedado sin punta. Acabado
esto, Hymie echaba siempre una mirada a través de la ven­
tana para observar el estado del tiempo, después de lo cual,
utilizando uno de los lápices recién afilados, trazaba un cua­
dradlo en lo alto de la pizarra que tenía siempre a su lado,
en el interior del cual anotaba su informe meteorológico. Este
último — me confesó también— , le servía a menudo de ú tilí­
sima coartada. Habiendo una espesa capa de nieve o estando
las calles cubiertas de escarcha se hubiese justificado al mismo
diablo que las hojas de ruta no marcharan con la velocidad
debida, y ¿no se excusaba también, que en tales días, el jefe
de personal no pudiera cumplir satisfactoriamente su misión
de llenar los claros? Pero lo que constituía un misterio para mí
era la razón por qué, una vez afilados los lápices, no tomaba
un bocado antes de dejarse atrapar por el mecanismo del
tablero de rutas. De esto me daría también la explicación
más tarde. De todos modos, el día comenzaba siempre entre
confusión, reclamaciones, constipados y pedidos de licencia.
Se iniciaba la jornada en una atmósfera de pedos sonoros y
malolientes, alientos fétidos, nervios destrozados, epilepsia,
meningitis, salarios bajos, sueldos retrasados que habían prescripto, zapatos gastados, callos y juanetes, pies planos y pies
débiles, carteras que faltaban y estilográficas perdidas o roba­
das, telegramas nadando en las alcantarillas, amenazas del
vicepresidente y observaciones de los gerentes, pendencias y
discusiones, vendavales e hilos telegráficos rotos, métodos

19

�nuevos de trabajo y sistemas que caían en desuso, esperanzas
en tiempos mejores y pedidos de gratificaciones que nunca
llegaban. Los nuevos mensajeros al intentar saltar el cerco
se hacían ametrallar, los antiguos se enterraban cada vez más
profundamente, igual que ratas en el queso. Nadie estaba
satisfecho, y menos que nadie, el público. Diez minutos far­
daba la comunicación en alcanzar a San Francisco a través
del hilo telegráfico, pero podía llegar a necesitarse un año para
que el mensaje llegara a las manos de quien iba destinado,
o podía suceder que nunca llegara.

20

Habían llegado hasta mí desde todos los rincones de la tierra
para que yo los socorriera. Excepción hecha de las razas pri­
mitivas, eran muy pocas las que no estaban representadas en
mi tropa. Exceptuando los ainos, los maoríes, los papúes, los
vedas, los lapones, los zulúes, los patagones, los igorrotes, los
hotentotes, los t'uaregs, y dejando de lado las razas extinguidas:
los tasmanios, los hombres de Grimaldi, los atlantes, yo tenía
representantes de casi todas las especies que habitan bajo el
sol. Se encontraban dos hermanos que eran aún adoradores
del sol: dos nestorianos del antiguo mundo asirio; había dos
gemelos malteses llegados de Malta y un descendiente de los
mayas venido del Yucatán; unos pocos representantes de nues­
tros hermanitos morenos de las Filipinas y algunos etíopes de
Abisinia. Tenía hombres de las pampas argentinas y vaqueros
de Montan; tenía griegos, letones, polacos, croatas, eslovenos,
rutenos, checos, españoles, galeses, fineses, suecos, rusos,
daneses, mejicanos, portorriqueños, cubanos, uruguayos, bra­
sileños, australianos, persas, japoneses, chinos, javaneses,
egipcios, africanos de la Costa de Oro y de la Costa de M arfil,
hindúes, armenios, turcos, árabes, germanos, irlandeses, ingle­
ses, canadienses, y multitud de italianos y multitud de judíos.
Tuve un único francés, por lo que puedo acordarme, y duró sólo
tres horas. Conté con algunos indios americanos, en su mayoría
cheroques, pero no con tibetanos ni esquimales. Veía nombres
que nunca hubiese siquiera imaginado y escrituras que iban
desde la cuneiforme hasta la caligrafía complicada y de sorpréndente belleza de los chinos. Escuchaba implorar trabajo

�a individuos que habían sido egiptólogos, botánicos, cirujanos,
buscadores de oro, profesores de lenguas orientales, músicos,
ingenieros, físicos, astrónomos, antropólogos, químicos, mate­
máticos, alcaldes de ciudades y gobernadores de estados, car­
celeros, marcadores de ganado, leñadores, marineros, buscado­
res de ostras, estibadores, obreros remachadores, dentistas, ciru­
janos (*), pintores, escultores, plomeros, arquitectos, traficantes
de drogas, profesionales del aborto, tratantes de blancas, buzos,
deshollinadores, granjeros, comerciantes en vestimentas, juga­
dores fulleros, guardianes de faro, rufianes, concejales, senado­
res, toda clase de bicho viviente y todos aquellos en la más
espantosa miseria, implorando trabajo, o cigarrillos, una
moneda para el viaje, ¡una oportunidad, Dios Todopoderoso,
una última oportunidad! Vi y llegué a conocer a hombres que
eran santos, si es que hay santos en este mundo; hablé con
sabios entre los cuales había crapulosos y justos; escuché a
hombres en cuyas entrañas ardía el fuego divino, que hubieran
llegado a convencer al mismo Dios Todopoderoso de que eran
merecedores de otra oportunidad, pero no al vicepresidente
de la Compañía Telegráfica Cosmococo. Yo, allí, desde mi
escritorio ante el que estaba clavado, viajaba alrededor del
mundo con la velocidad de un rayo y aprendía que en todas
partes privaba lo mismo: hambre, humillación, ignorancia,
vicio, codicia, extorsión, chícanos, torturas, despotismo; la
crueldad del hombre hacia el hombre, que utilizaba cadenas,
arneses, frenos, bridas, látigos, espuelas. Cuanto mejor era
la calidad del hombre tanto peor su situación. A través de las
calles de Nueva York se veía a seres humanos que arrastraban
esos crueles y degradantes equipos, despreciados, por debajo
de lo más bajo, que daban vueltas como halcones, como pin­
güinos, como bueyes, como focas amaestradas, como asnos
pacientes, como grandes jumentos, como gorilas locos, como
maníacos mansos que mordisquean la carnada que pende ante
ellos, como ratones bailarines, como conejillos de Indias, como
ardillas, como conejos. Y muchos, muchos de ellos tenían
aptitudes para gobernar el mundo, para escribir el libro más
estupendo que jamás se haya escrito. Cuando pienso en algu­
nos de los persas, árabes o hindúes que yo conocí, cuando
(*)

Repetición existente en el original. (N. del T.)

21

�reflexiono en el carácter que revelaban, en su gracia, en su
ternura, en su inteligencia, en su santidad, entonces escupo
sobre los conquistadores blancos del mundo, los degenerados
británicos, los alemanes con cabeza de cerdo, los presumidos
franceses. La tierra toda constituye un gran ser sensible, un
planeta saturado de hombres de un extremo al otro, un pla­
neta vivo que se expresa balbuceando y tartamudeando; no
es la residencia de la raza blanca o de la raza negra, o de la
amarilla, o de la extinguida raza azul, sino la residencia del
hombre, y todos los hombres son ¡guales ante Dios y tendrán
su oportunidad, si no ahora, dentro de un millón de años.
Nuestros hermanitos morenos de las Filipinas pueden volver
a florecer un día, y los indios masacrados de América del Norte
y del Sud pueden resurgir para galopar por las llanuras donde
ahora se levantan nuestras ciudades, vomitando fuego y pesti­
lencia. ¿Quién tendrá la última palabra? ¡El hombre! La
tierra le pertenece porque él es la tierra, es el fuego de la
tierra,'el agua, el aire, los elementos minerales y vegetales,
el espíritu de la tierra que es espíritu cósmico, imperecedero,
que es el espíritu de todos los planetas, que se transforma a sí
mismo por intermedio del hombre, a través de signos y sím­
bolos infinitos, a través de manifestaciones infinitas. Atended,
vosotros, podredumbres telegráfico-cosmocóccicas, vosotros,
demonios que desde lo alto esperáis que las tuberías sean repa­
radas, atended, vosotros, sucios conquistadores blancos que
habéis mancillado la tierra con vuestras hendidas pezuñas,
con vuestros instrumentos, con vuestras armas, con vuestros
gérmenes patógenos, atended, vosotros, que apoltronados en
el lujo contáis vuestros cobres; aún no ha sonado la hora final.
El último hombre dirá lo que tenga que decir antes de que
todo se acabe.
(Publicación autorizada por Editorial Argonauta. Tradujo Aldo Pellegrini.)

22

�Georges Bata i lie

La mora! de Henry Miller

Trópico de Cáncer fué publicado en París, en inglés, en el
año 1934 (el texto completo sigue prohibido en los Estados
Unidos) y Trópico de Capricornio que es más lírico fué dado a
conocer en inglés, también en París, en 1939: ambos son una
especie de autobiografía. El tema de Cáncer es la vida del
autor en Francia (París, Montparnasse y, durante cierto tiempo,
un liceo de Provincia donde enseñó inglés). Capricornio en
cambio transcurre en Nueva York donde el autor nació el 25
de diciembre de 1891. En realidad ya no es joven; cuando
publicó su primer libro tenía 43 años, pero rápidamene logró
notoriedad. Primavera Negra está en parte dedicada a la ado­
lescencia, en parte es una fantasía lírica u onírica. Pero en
conjunto la obra de M ille r es cosa corriente, lo que escribe es
sencillo y tiene un sentido preciso.
A propósito de M iller se ha hablado de monstruosa inmoralidad
(Maurice Nadeau, Combat, 29 de marzo de 1946). Pero sin
duda alguna, y Nadeau ciertamente lo admitiría, éste es sólo
un aspecto superficial. Libros tan singulares, que parecen
hechos a propósito para provocar maleniéndidos (su obscenidad
que les procura lectores no es sino un vacío necesario; sus
"momentos elevados" parecen a algunos fáciles y logomáquicos), merecen que se los relea con atención después de un
primer contacto. Este "monstruo de inmoralidad" es también
un santo, y su inteligencia de vendaval, que a veces acoge
verdades demasiado blandas, descubre a menudo con brus­
quedad relampagueante los secretos más ocultos. Estos libros,
en verdad, deben ser leídos como si el autor los hubiese con­
cebido "en busca del valor moral perdido", pero, como en el
caso de Proust, su búsqueda en nada se diferencia de la vida.
Tiene sentido en la medida en que se reducen a la expresión
de la vida, desde la infancia hasta la época en que fueron
escritos.

�En Capricornio, M iller cuenta sus primeros años en un barrio
de emigrantes de Brooklyn, pequeño reino mágico de la vio­
lencia y de lo maravilloso, en donde grupos de niños hacen
hogueras en terrenos baldíos, fríen papas, discuten sin fin un
montón de historias que los entusiasman, fornican en los sóta­
nos y se pelean. "Largo verano como un idilio surgido en
línea directa de la leyenda del rey Arturo". Estas bandas de
muchachos, con ingenua solidaridad, constituyen todo un extra­
ño mundo al revés, cuyas leyes se oponen diametralmente a
las leyes de la sociedad. El adulto atribuye valor a su esfuerzo
para ganarse la vida. Todo lo que le sucede se valora en la
medida de la ganancia realizada (¡está en relación con lo que
rinde!): El vive así en un exilio y en este exilio los niños lo
arrancan de su tristeza y le dan noticias del país perdido. "No
es sin cierta pena nostálgica, confiesa M iller, que me digo que
esta vida, tan estrictamente restringida de la primera juventud,
parece un universo ilimitado, en tanto que la vida posterior,
la vida adulta no es más que un mundo en disminución cons­
tante. Cuando llega el día de ir a clase, acabóse el niño, siente
que le ponen un cabestro al cuello. El pan ya no tiene sabor;
la vida tampoco. Ganarse el pan resulta así más importante
que comerlo" (Capricornio).

24

El acontecimiento más notable de la infancia vagabunda de
Henry M iller, es según resulta de Capricornio, el asesinato del
jefe de una banda opuesta. En un combate a pedradas entre
las rocas, al borde del río, M iller y su primo Gene lo derribaron
a golpes en la sien y en el estómago. "Se desplomó y quedó
tendido de una vez por todas, los ojos fijos. Algunos minutos
después llegaron los policías y lo encontraron muerto. Tenía
8 ó 9 años, más o menos la misma edad que nosotros. No sé
qué nos hubiera sucedido si nos hubiesen llegado a prender.
En todo caso. . . nos dimos prisa en volver a casa. . . Tía
Carolina nos dió a cada uno una enorme rebanada de pan de
centeno agrio cubierta con manteca fresca y espolvoreada con
azúcar que comimos juiciosamente, sentados frente a la mesa
de la cocina, escuchando su charla y sonriendo como unos
angelitos". Pero no basta a M iller afirmar esta inocencia: la
contrapone agresivamente a la moral de los adultos. "El chico

�que yo había visto caer muerto, dice más adelante, que yacía
inanimado, sin voz, sin quejas, el asesinato de este chico no
está lejos de adquirir a mis ojos el valor de un acto de pureza
y de salud. En comparación, la lucha por el pan cotidiano
adquiere el carácter de una mancha, de una degradación;
delante de nuestros padres teníamos el sentimiento que ellos
llevaban la marca de la infamia y no se lo podíamos perdonar.
Este grueso trozo de pan que nos tocaba todas las tardes era
delicioso, porque, precisamente, no teníamos necesidad de
ganarlo. Nunca más tendrá el pan el sabor de entonces. El
día del asesinato lo encontré todavía más delicioso. Tenía un
tenue gusto de terror que después siempre añoré". El niño que
ingenuamente, para vivir sólo tiene como fin saborear la vida;
en su ingenuidad juzga todo según su sabor. El mal, que los
padres prohíben, acrecienta el sabor del manjar y el fruto
prohibido es el santo de los santos de su iglesia. "Para mí,
este pan de centeno tiene una cualidad que quisiera definir —
una especie de vaga delicia, de terror que libera, que lo acerca
a las grandes revelaciones. Me acuerdo de otra clase de pan
de centeno agrio que se relaciona con un período aún más
lejano, cuando mi compañero Stanley y yo robábamos furtiva­
mente en la nevera. Era pan robado, es decir, más maravi­
lloso para nuestro paladar que el pan que nos daban con ternura
y amor. Pero era en el acto de comerlo juntos, caminando y
conversando, que llegábamos a un sentimiento cercano a la
revelación. Sentimiento comparable a un estado de gracia,
de completa ignorancia, de verdadera abnegación. Todo lo
que yo he podido sentir en esos momentos, me parece haberlo
conservado intacto, sin temor de perder el conocimiento así
adquirido. La razón de ello es tal vez que esta adquisición
nada tiene de común con lo que se suele considerar conoci­
miento. Es como si nos hubiesen hecho depositarios de una
verdad, aunque la palabra verdad es demasiado precisa para
lo que quiero decir". Esta paradoja es más profunda que la
opinión común. Los padres tienen por obligación introducir
el niño en la esfera de la actividad, donde se debe preferir lo
útil al sabor de la vida. El niño que entra por las buenas o
por las malas en un mundo penoso no puede evidentemente
quererlo: en estas condiciones la verdad de la vida se asocia
a la negación de toda opresión. Por un lado está la seducción

25

�de lo inmediato y por el otro el esfuerzo, el mérito y la recom­
pensa. Es fatal que nuestro mundo de trabajo sea en un prin­
cipio extraño (hostil) al ser pueril: pues tiende a la máxima
reducción del sabor de la vida, la subordina y la vuelve insípida
y neutral. El niño, a menos de estar pulido como un engranaje,
confunde la vida con el mal (capricho, violencia y sensualidad),
y para él su sabor está en el mal.
Un chico vagabundo no es inmoral; vive la auténtica experien­
cia de la moral en la banda a la que pertenece. La generosidad,
la devoción, la lealtad y los sentimientos de igualdad y justicia
tienen tanta importancia para una banda de pilletes como la
poca que todavía se les da en la organización occidental del
trabajo. (Las dos concepciones de moral y derecho exceden
por lo demás la oposición actual de mayores y menores: las
¡deas cristianas y burguesas de mérito, trabajo, jerarquía, fun­
dadas sobre el resultado de las tareas cumplidas, son descono­
cidas en las sociedades más antiguas). Pero nada hay en las
virtudes espontáneas de la infancia que contradiga el "senti­
miento intenso de lo inmediato". Por más generosos y leales
que sean los niños, este "sentimiento intenso" no puede ser
ahogado en el mundo en que juegan. Es el mismo sentimiento
que define con precisión la fórmula de Miller: "Hay muerte
en el aire y reina el azar" (Capricornio).

26

Sólo por excepción se vive la infancia con tanta intensidad y
sólo por excepción, también, tiene ésta tantas consecuencias
lejanas. Lo ocurrido sin embargo no impidió que M iller pro­
siguiera sus estudios. Pero él siguió afectado por el choque de
esta primera experiencia y su misión en el mundo parece ser
la de vivir hasta el fin la rebelión infantil. La oposición del
niño no puede sino fracasar: solamente es posible al margen
y bajo la forma de engaño; "cuando la persona grande apa­
rece" el niño calla. No puede material ni moralmente esperar
más que una prórroga a escondidas. Los maravillosos éxitos
que él se labra en sordina tienen un carácter "menor". Sabe
que tarde o temprano tendrá que humillarse (en el sentido
despectivo de la palabra juego). Ocurre a veces que un hombre
entre mil persista, se encolerice y no acepte. Es el caso de

�aquellos que prefieren el arte, que no es sino un juego, al
verdadero trabajo. En general ellos conservan de la época
pueril el carácter "menor": no ponen dificultad en admitir
que el arte es un lujo y que la vida seria es otra cosa. Sin
embargo M iller se entrega libremente a sus ganas de bajarles
los humos a las personas mayores (y va hasta el absurdo, esto
es, hasta la despreocupación). Es tan radicalmente insumiso
qué prefiere con ligereza la abyección a la esclavitud. Esto es
tal vez una apuesta a lo Gribouille, pero quizás también un
medio para él de llevar hasta el final su fidelidad a la infancia.
El resultado de este desafío insostenible es un ser difícil de
definir. "El hombre confuso, negligente, temerario, ardiente,
obsceno, turbulento, pensativo, escrupuloso, mentiroso y diabó­
licamente sincero que soy yo". En estos términos se pinta
a sí mismo en Primavera Negra. El problema de la rebeldía
del adulto es que conserva por falta de seriedad el carácter
pueril, humillado, de la infancia, perdiendo, si es seria, su
carácter divino y caprichoso. Así el rebelde se condena al enga­
ño y ya no se encuentra a sí mismo. "El hombre que lleva a sus
labios la divina botella, el criminal que se arrodilla en la plaza
del mercado, el inocente que descubre que todos los cadáveres
hieden, el loco que baila con el rayo en sus manos, el monje
que levanta las faldas para orinar sobre el mundo, el fanático
que para encontrar la Palabra saquea las bibliotecas, todos
ellos — dice M iller— están fundidos en mí y contribuyen a mi
confusión y a mi éxtasis" (Cáncer). En esta situación hay
necesariamente algo de locura y también algo inconfesable
en el hecho de no estar loco. Harto de todo, M iller se ha pre­
guntado muy acertadamente si la huida es uno de los medios
de responder a las dificultades exageradas. Ha renunciado,
dice, a la inquietud que le correspondía como ser humano.
"Nada tengo que ver con la maquinaria rechinante de la
humanidad ¡pertenezco a la tierra! Me lo digo con la cabeza
hundida en la almohada, siento que brotan cuernos en mis
sienes. Veo que me rodean todos estos antepasados que me
pertenecen, bailando alrededor de la cama, consolándome, exci­
tándome, azotándome con sus lenguas de serpientes, burlán­
dose de mí con sus ojos bizcos y sus cráneos deprimidos. ¡Yo
soy inhumano! Y lo digo con una risa insensata, alucinada. .
(Cáncer). La locura es en sí misma una fuga y ¡qué decir

27

�entonces del lenguaje de un loco que a pesar de todo huye más
eficazmente de la locura que de la sabiduría! Sólo con cruel­
dad se puede exponer este ir y venir ruidoso, desenfrenado de
un espíritu que no puede resolver a la vez las exigencias con­
tradictorias que se le imponen. Pero no está justificado hablar
de un fracaso de M iller y tildarlo de inhábil como si se vis­
lumbrara alguna salida. Se puede naturalmente aceptar la
esclavitud — ya se sabe que la aceptación paga— pero al
rehusarla, se rehúsa al mismo tiempo lo posible: se acepta en
contraposición el ser desgarrado, el quedarse apresado en lo
imposible. En tales condiciones no se puede ser otra cosa que
lo que es M iller, el monstruo que revelan sus libros, insoste­
nibles en todos los sentidos.
•

28

Evidentemente la edad adulta acentúa los elementos indefen­
dibles de la infancia que han perdurado. El adulto pierde la
inconsciencia, en la cual las cosas son anodinas e inofensivas.
Como tiene que vivir por su propia cuenta, choca con la reali­
dad del orden social. S¡ trabaja, se limita a cobrar un sueldo,
reduciendo su esfuerzo al mínimo. La única conducta satis­
factoria sería la de responder con farsas a los deseos del patrón.
Me han dicho que habiendo sido encargado de la dirección
del periódico de una pequeña ciudad de Francia, M iller hizo
publicar artículos en chino: ¡las letras eran divertidas! El
método tiene el inconveniente del fuego de paja: el propietario
imprudente despidió a su impagable director. La vida de
M iller está hecho de experiencias parecidas, propias para agu­
zar la conciencia de un principio fundamental: si das dema­
siado al momento presente, tu porvenir está comprometido.
Esta conciencia, la educación la inculca al niño, pero, por
tratarse justamente de un niño, no obtien un éxito inmediato.
El niño cuya turbulencia se consagra sin cesar al momento
presente, dejando a sus padres la preocupación por el porvenir,
se conduce así por no tener una conciencia bastante clara de
este principio. En M iller, por el contrario, penosas experiencias
le han vuelto "nítida y distinta" una certidumbre: que vivir
para el momento presente era condenarse a la situación de
muerto de hambre. Pero por una vez el hambre, que él conoció
sin duda alguna, falló en su propósito. Y el efecto que obtuvo

J

�fué lo contrario a una sumisión. M illar continuó fiel al juicio
de su infancia. Siendo niño, no hubiera podido afirmarse de
este modo — ningún niño lo puede. Tomó conciencia de esa
exigencia suya: vivir para el presente y no para el futuro, vivir
pero no para ganarse la vida. Los tormentos del hambre
demuestran en todo sentido las verdades fundamentales, pero
fué la verdad inversa a la común que la cruel necesidad señaló
a Miller. Es su experiencia del hambre que habla cuando él
dice: “ Aquí estoy, sentado en la plaza Clichy en pleno sol.
Hoy, sentado al sol, les digo que me importa un comino que el
mundo vaya o no a la ruina, sea bueno o malo. Es, eso basta"
(Primavera Negra). O entonces: “ Hoy, sin necesidad de nada,
soy un hombre sin pasado y sin futuro. Yo soy, eso es todo"
(Primavera Negra). Mejor todavía: “ Escupir sobre el pasado
no basta. Proclamar el futuro no basta, se debe actuar como
si el pasado estuviera muerto y el porvenir fuera irrealizable.
Se debe actuar como si el próximo paso fuera el último; y lo
es" (Primavera Negra). A partir de este punto lo que era
en el niño una conducta provisoriamente tolerada por el mundo
llega a ser por el contrario verdad agresiva, y rechaza los
valores fundados sobre su negación: “ El sol ardiente castiga
a través de la carpa. Yo deliro porque voy camino de la muer­
te ¡y a qué paso! Cada segundo cuenta. Ya no oigo el segundo
que acaba de pasar, ¡tac, tac! Me agarro como un demente
a este segundo que todavía no se ha anunciado. . . ¿Qué vale
más que leer Virgilio? ¡Esto! Este momento de expansión que
todavía no se ha definido, ni en tacs-tacs, ni en tocs-tocs,
este momento eterno que destruye todos los valores, distancias
o diferencias" (Primavera Negra). Pues esta conciencia nacida
del hambre no ha invertido solamente el principio de la socie­
dad de los adultos, ella da a los momentos irrisorios y risibles
del juego las prerrogativas del éxtasis, que es la más alta cum­
bre concebible, que es divinidad y también destrucción de la
conciencia. "El individuo que simboliza esta sola y única ruta
lleva una cabeza de seis caras y ocho ojos; esta cabeza es
un faro giratorio y en lugar de triple corona en la cima (¿por
qué no, después de todo?), hay un agujero para ventilar el poco
seso que encontramos. Muy poco seso, así como lo digo, porque
el equipaje es escaso, porque la materia gris al vivir en plena
conciencia se vuelve luz. Este es el único tipo humano que se

29

�puede colocar por encima del comediante; es el que no ríe ni
llora, y está más allá del sufrimiento. Nosotros no lo recono­
cemos: en realidad está demasiado cerca, lo tenemos bajo la
piel. Cuando el comediante surge en nuestras visceras, este
hombre, que se podría llamar Dios si tuviésemos que darle un
nombre, se pone a hablar. Cuando la raza humana entera
esté sacudida por una gran carcajada, quiero decir: por una
risa tan dura que hace daño, entonces sí, nos encontraremos
todos en el buen camino. En este momento ¿por qué no sería
posible que alguien fuera Dios o cualquier otra cosa? La con­
ciencia que hace a la materia gris enrollarse en pliegues
muertos en la cima del cráneo, aunque fuera, doble, triple,
cuádruple, múltiple, la conciencia, digo, queda aniquilada en
el instante. En tales momentos se puede verdaderamente tocar
con el dedo el agujero que todos llevamos en lo alto de la
cabeza; en tales momentos sabemos que antes teníamos un
ojo en ese lugar y que ese ojo era capaz de percibirlo todo
a la vez. Ese ojo ya no existe hoy, pero cuando reímos hasta
las lágrimas, cuando nos duele la barriga de tanto reír, se
abre la claraboya y se ventila el cerebro. Nadie nos podría
convencer entonces de tomar un fusil y salir a matar al ene­
migo: nadie tampoco podría persuadirnos de abrir y leer
algunos de los fastuosos tomos donde se guardan las verdades
metafísicas de este mundo. Quien conoce el sentido exacto de
la libertad — libertad absoluta y no relativa— no puede dejar
de reconocer que un instante como éste es el mayor acerca­
miento a esa libertad que se puede alcanzar. Si me sublevo
contra la condición actual del mundo no es como moralista
sino porque tengo ganas de reír más y más. No digo que
Dios es solamente una risa enorme: digo que hace falta reír
duramente antes de acercarse a Dios. M i único fin en la vida
es aproximarme a Dios, es decir, llegar más cerca de mí mismo.
De ahí que poco me importen los caminos" (Capricornio).

30

Los términos trascendentales, recurso poco frecuente en M iller
al describir estados que otros consideran inmanentes, no indu­
cen en error. Pero si hay un Dios en el mundo podría ser el
propio Henry M iller. "Bajando por el río en un velero. . .
lentamente como un gusano en la punta del anzuelo pero tan

�minúsculo que acompaña cualquier virada. Y, además ¡escu­
rridizo como una anguila! ¿Su nombre? Una voz aúlla. ¿Mi
nombre? Pero llámeme Dios simplemente — ¡Dios el embrión!
Y sigo bajando. Alguien quisiera comprarme un sombrero.
¿Cuál es su medida, imbécil? vocifera. ¿Qué medida? Pero la
medida X, ¡caramba! (¿Por qué sienten ellos la necesidad de
gritar cuando me hablan? ¿Me creen sordo?). El sombrero
vuela en la primera catarata. Mala suerte — para el sombre­
ro. ¿Desde cuándo Dios tiene necesidad de un sombrero?". . .
En verdad, ser divino es muy poco para M iller. Tiene algo
mejor: "Todas las noches, después de cenar, bajo con la basura
al patio. Al subir me detengo con el tacho vacío frente a la
ventana de la escalera y contemplo el Sacré-Coeur en lo alto
de la colina de Montmartre. Todas las noches al bajar la
basura pienso en mí mismo, de pie sobre una alta colina,
resplandeciente de blancura. Ningún sagrado corazón me ins­
pira y no pienso en el Cristo. Pienso en algo mejor que un
Cristo, más grande que un corazón, en algo más allá de Dios
Todopoderoso: en MI. Soy un hombre, esto me basta" (Pri­
mavera Negra).
Hay en M iller una extraña atracción hacia lo religioso, a la
cual se contrapone una no menos significativa aversión por
todo lo que tiende a lo perfecto. La idea de Dios parece atraerlo
como la mayor gloria concebible — tal vez para el "instante",
tal vez para sí mismo— pero cuando describe el instante lo
hace por medio de imágenes incompatibles con un absoluto sin
contingencias: "Hay muerte en el aire y reina el azar" (Capri­
cornio). La ¡dea de la perfección lo aburre: "Cuando me
muestran alguien que se exprese en forma perfecta, no diré
que no es grande, pero diré que no me seduce" (Cáncer). De
este modo la gloria del hombre imperfecto, cuyo atributo es
la suciedad, tiene al fin de cuentas más seducción que la gloria
de Dios. Indudablemente encontramos aquí en cierta medida
el sentido de la obscenidad de Miller, que él exhibe sin mira­
mientos, sin escapatorias y sin excusas. M iller es obsceno
como si respirara, con avidez, profundidad, plenitud (como si
estuviera por perder el aliento). Como si la obscenidad, y sólo
la obscenidad, objeto máximo de nuestros temores, tuviera el
poder de revelarnos lo que se oculta en el fondo de las cosas

31

�(o sea: el nivel de iluminación que el propio autor cree haber
alcanzado). "Si alguien, dice, supiera lo que significa leer el
enigma de esta cosa que hoy se llama «hendedura» o «agujero»,
si alguien tuviera el menor sentimiento de misterio con res­
pecto a los fenómenos que se rotulan hoy «obscenos», el mundo
se abriría en dos" (Cáncer). Y es lógico que el extravagante
M ilier adopte al tratar la obscenidad el tono de un predicador
religioso. Empieza afirmando que "discutir la naturaleza y el
sentido de la obscenidad apenas si es menos difícil que hablar
de Dios", pero termina diciendo que "la verdadera naturaleza
de la obscenidad consiste en el deseo de convertir" (La obsce­
nidad y la ley de reflexión, en Tricolor, Nueva York, febrero
de 1945). La cumbre de la vida espiritual es el momento agudo
— pero insostenible en parte— de la seducción: que este
momento se vincule al momento equívoco de la obscenidad, en
el cual el deseo de ser seducido tiene por lugar de elección el
objeto del asco, esto en sí mismo nada tiene de sorprendente.
En verdad, no es todo tan sencillo como lo dice Milier.
Es necesario distinguir, cuando se trata de sacrificar al instante
las reservas útiles al porvenir, el sacrificio por exceso que
expresa el poder en forma activa, y el sacrificio por defecto
que tiene por único origen la impotencia. Ahora bien, la
obscenidad no es sólo un equívoco entre la seducción y el asco,
también lo es entre el exceso y la impotencia. Es obsceno al
extremo un objeto sexual que no seduce (la desnudez de una
mujer obesa): no hay nada que hacer, el objeto nos coloca
en una situación de impotencia. Ocurre también por otra parte
que un hombre atraído por un cuerpo grácil desee justamente
encontrar en ese cuerpo el aspecto que le repugnaba en otro:
en este momento la obscenidad en lugar de disgustar acrecienta
el carácter deseable del objeto. Tratándose de literatura, tal
autor se complace en describir un aspecto repugnante de la
vida carnal. En esta forma hace saber a quien quiera que
la parte de sí misma expresada en sus libros es ajena a la
riqueza y poderío del deseo: y la aversión que manifiesta
anuncia a la vez que ha elegido preocuparse por el futuro en
contraposición al instante presente (pues no puede ignorar que,
humanamente, la carne es seductora y no sórdida o imbécil).
Es lo que pasa con M ilier que, en los Trópicos, deja ver clara-

�mente que el placer de la carne le agrada — hasta el exceso.
Pero generalmente la impresión sensible que transparece oculta
el elemento deseable (éste está representado, implícito, pero no
se hace sensible); acentúa por el contrario el elemento vulgar
y tonto. Su sensualidad corre pareja, por principio, con la
humillación de su objeto. El deseo y el respeto no se excluyen
necesariamente: la seducción sin el respeto no es una seduc­
ción verdadera (como también el respeto sin seducción no es
un respeto verdadero). Pero la disociación de los dos, la seduc­
ción sin el respeto, permite el equívoco de una obscenidad de
aspecto sórdido.
Desde este punto de vista se puede apreciar lo que está en
juego en la actitud de Miller.
No es raro que un hombre adulto viva "para el instante".
Pero comúnmente no lo sabe. Sus esfuerzos se proponen siem­
pre un resultado posterior (cuando va al teatro es con el fin de
"haber visto" tal obra que efectivamente se debe ver, cuando
viaja, es con el fin de "haber visto" más tierras; esto es, por
lo menos, lo que cree). Cosa muy distinta es saber que se vive
para el instante. Implica mantener la atención fija en un
punto actual que debe ser seductor (sin lo cual el instante no
podría ser aprehendido). En esta concentración de todo el ser
en un solo punto está implícito un respeto infinito (recíproca­
mente, en el respeto infinito del amor está por lo menos dada
la posibilidad de alcanzar el instante). Pero en la ignorancia
o la negación del momento presente el espíritu es violenta­
mente expulsado del objeto de su interés. Tiene que desesti­
marlo en beneficio de otra cosa, que todavía no existe. Nada
hay más favorable a la depreciación de la obscenidad. Es una
cosa graciosa sentir que (puesto que no se tiene la lucidez
necesaria para sincerarse): "Gozo con lo que obtengo, pero evi­
dentemente no es lo que deseo: lo soporto, y es vergonzoso;
así es, amo este objeto, gozo con él y también lo escupo. Pues,
lo sé, pertenezco al porvenir, a las reservas que debo hacer
para ese tiempo futuro. Si en beneficio del instante malgasto
estas reservas, es una lástima. En fin, soy un cerdo". No
hay diferencia entre esta conducta — conducta que en el acceso

�al instante nadG tiene de voluntaria, es meramente pasiva—
y la ecuación del instante y de! mal. La ecuación lleva en sí
los denigrados placeres de la obscenidad. Estos placeres sirven
de fundamento a la ecuación. Si el acceso al instante es volun­
tario, activo, puede subsistir la obscenidad, pero modificada:
se desarrolla en este caso sobre un fondo de veneración.
Nada de esto está muy claro en una obra tan confusa. Pero
la denigración del objeto confiere al autor una actitud abru­
mada. Lo que caracteriza las escenas eróticas es en primer
lugar un elemento de violencia que desorienta, y después una
condición de fatalidad. Mientras denigra a la víctima, el héroe
de la escena parece soportar y no dominar lo que provoca.
Se puede, a mi juicio, vincular este elemento de depresión a
todo un conjunto de rasgos. M iller no se limita a despreciar
a las mujeres que desea; para alcanzar sus fines es capaz de
valerse de sus prerrogativas de contratante (profesión que tal
vez haya desempeñado con provecho); roba al pasar un poco
de dinero. Acepta, por otra parte, fácilmente situaciones humi­
llantes, mendiga en la calle, lustra los zapatos de un amigo
a quien debe plata, o recluta clientes para una casa de tole­
rancia. Por encima de todo, hace cuestión de mantenerse en el
nivel de los que viven como él (aunque inconscientes), bajo el
signo del instante (todos los cuales, por su actitud de denigra­
ción, se hacen cómplices de una condenación común de la
sensualidad — condenación que no es sólo cristiana).

34

Esta preferencia de M iller por la vulgaridad es sensible en la
elección de sus compañeros. Los numerosos personajes de los
Trópicos tienen un rasgo común, viven puerilmente en función
del instante (constituyen en conjunto un mundo particular,
desordenado, donde la única verdad constante es la falta de
dinero). Pero Van Norden, Fillmore, Hyme, Schnadig están a
merced de libertinajes vulgares, indiscutiblemente asquerosos:
son personajes de pesadilla, de subidos colores, horriblemente,
sórdidamente vividos. Las mujeres por lo general tampoco
valen mucho, con la diferencia que el autor acostumbra pre­
sentarlas muy de pasada: se siguen unas a otras en un ritmo
febril (apenas si tenemos tiempo para percibirlas, muchas veces
sólo de la cintura para abajo). Pero estos aspectos enlodados,

�viscosos, abandonados a la deriva de la vida humana provienen
sin duda de este hecho: lo que más podría seducir ha sido
vomitado y no puede ahora encontrarse sino en la inmundicia,
en un estado de detrito desechado. Por este motivo tenía un
valor decisivo la elección que hizo M iller de la vulgaridad. No
es en las estrellas sino en el lodo donde se nos escapa el imperio
de la seducción. La más lejana verdad de M iller se podría
expresar con esta fórmula: Si no bajamos hasta lo más abyecto,
si quedamos atados a la pureza del cielo perdemos por un
engaño y para siempre el diamante del tiempo presente. Es
a este precio únicamente — pasando por aquellos que aceptan
la denigración, pero en ella se revuelcan— que se recobra el
tiempo perdido.

■S-jOl

Así que, cuando M iller se representa a sí mismo "de pie entre
sus propias increpaciones obscenas, como un conquistador
entre las ruinas de una ciudad devastada", dándose cuenta
entonces "que la verdadera naturaleza de la obscenidad reside
en el deseo de convertir" (La Obscenidad), hay que tomarlo al
pie de la letra. Sólo que no es tan sencillo como él lo cree.
Este conquistador de un mundo lunar tuvo primero que arrui­
narse y hundirse totalmente en su propia devastación. Es
éste el íntimo sentido de los sórdidos relatos que constituyen
la trama de sus libros. Bajo esta luz, se les podría atribuir
un valor próximo al de los mitos de resurrección (lo que no
es de sorprender: el mundo en que se mueve M iller se encuen­
tra en el límite de las religiones — por eso es lunar). La caída
en la vulgaridad no es al fin de cuentas sino un rodeo: en todo
momento, M iller — y aquí ocurre lo inesperado— vuelve como
un fantasma caprichoso, mancillado como una mortaja, pero
"resplandeciente de blancura". Abrasado del más íntegro y
elevado amor por Mona. Iluminado, extático, gritando con
violencia de profeta. Confiriendo a lo que debe escribir la
más loca ambición que jamás se tuvo.
Sus libros, efectivamente, desbordan cualquier trazado, cual­
quier límite. Tienen el carácter del instante, que abarca de
golpe la inmensidad del universo, que sólo logra aprehender
lo inasible, que estalla. "Es con el presentimiento del fin — que
puede darse mañana o de aquí a tres siglos— que escribo

35

�36

"La tierra, escribe M iller, no es una árida meseta, sana y
confortable, sino una gran hembra con un torso de terciopelo
que se despereza: se hincha y se agita con las olas del océano;
se retuerce bajo una diadema de sudor y angustia. Desnuda,
el sexo desnudo, rueda a través de las nubes en la luz violeta
de las estrellas. Todo ella, desde sus senos generosos hasta
sus muslos resplandecientes arde en furiosas llamas. Ella se
desplaza a través de las estaciones y los años a grandes saltos
que le arrancan al torso un paroxismo de furor y precipitan
las telarañas del cielo; se desploma sobre sus órbitas con tem­
blores volcánicos. A veces, parece un gacela caída en el lazo
y tumbada en el suelo que espera el estruendo de los címba­
los y el ladrar de los perros. El amor y el odio, la desespera­
ción, la piedad, el furor, el asco — ¿qué es esto perdido entre
las fornicaciones de los planetas? ¿Qué son las guerras, las
enfermedades, la crueldad, el terror, cuando la noche despliega
el éxtasis de miríadas de soles abrasados?" (Cáncer). Y ¿cómo
no ver que ningún otro sentido hay aquí sino ej deseo de gritar?
M iller tiene conciencia de ello cuando compara su libro a una
"últim a danza de agonía" (Cáncer). "Pero ¡que sea un danza!"

10 b

febrilmente mi libro", dice Miller. "Por eso también mis pen­
samientos se presentan a menudo sofrenados. Por eso estoy
obligado a reavivar constantemente la llama, y no sólo con
coraje sino también con desesperación — pues no puedo con­
fiar en nadie para que diga lo que debo decir. Atropello las
palabras, titubeo, busco todos los posibles e imaginables medios
de expresión y es un balbucear divino. Me deslumbra el gran­
dioso derrumbe del mundo" (Primavera Negra). ¿Sería posible
dejar de expresar un anonadamiento sin límites cuando se
lleva en sí el poder del instante? Ya no se puede entonces
asociar la expresión literaria a lo perdurable sino a su contra­
rio. Ni siquiera es importante que este mundo humano des­
aparezca de hecho. El instante aprehendido en su plenitud
es, de todos modos, la ruina de las cosas ordenadas. Y el
único lenguaje apropiado en tal caso sería el lenguaje del
"últim o hombre": sólo tiene sentido en la medida en que todo
sentido se pierde, cambia las perspectivas a las que estamos
acostumbrados y les sustituye una visión extática de una reali­
dad que se nos escapa.

�agrega. No importa: se equivoca al querer definir demasiado.
Nada es definible en el instante, el cual no tiene límites y
que, si no es "todo", es, en cualquier momento, todo lo que
se quiera. Y M iller lo sabe.

•
Lo molesto cuando se ha tomado este camino es que hay algo,
sin embargo, que subsiste necesariamente dentro de los límites
establecidos; y no es una solución feliz ignorarlos bajo el
pretexto de que, en esencia, se sobrepasan estos límites. Ya que
en el mismo momento se continúa, como es inevitable, despla­
zándose, hablando dentro de sus dominios. La despreocupación
de M iller con relación a todo límite, aunque profundamente
justificada, causa a veces desconcierto. El es natural sin
lugar a dudas si sus gritos son los del "últim o hombre". Pero
¡estos gritos se venden en librería! Así, vienen a insertarse
en un tiempo que fluye, y es medido por las obras humanas.
M iller, mientras grita, se preocupa todavía de juzgar estas
obras en detalle. Y si es fatal que al juzgar lo que ya no le
concierne, el "últim o hombre" llega a descarriarse, para los
que subsisten, estos juicios no dejan de ser descarriados. Que
considere a Elie Faure genial, que sitúe al mismo nivel Bretón
y Montherlant, Tzara y Unamuno, vaya y pase. El mismo
Nietzsche fué bastante complaciente con Gyp: era por excep­
ción. Pero M iller tiene necesidad, en general, de tratar a la
ligera cosas que debiera dejar a un lado, o bien considerar
con seriedad. Es despreocupadamente tajante en materia
política, sin querer ver que aceptar de este modo el sistema
establecido es retener en el fondo una actitud irresponsable
de niño. Frente a estas actitudes fáciles es a veces molesta la
insistencia de M iller en la vulgaridad. Finalmente, subsiste
el equívoco que es inherente a la intención de aprehender el
instante: percibiéndose aún que no hay forma de resolver
semejante equívoco. Podemos evocar furtivamente las "pers­
pectivas del estallido", nadie estalla: y continuamos escribien­
do, publicando, leyendo. . .
(Tradujo Marcia Bastos.)

�René Char

El Poeta

El poeta, como se sabe, mezcla la falta y el exceso, la meta y
el punto de partida. De allí la insolvencia de su poema. Es
maldito, es decir que asume peligros perpetuos y renovados, en
la medida en que rechaza — con los ojos abiertos— lo que
otros admiten a ojos cerrados: el provecho de ser poeta. No
puede existir un poeta sin aprensión, así como no existen poe­
mas sin provocación. El poeta pasa por toda la escala solitaria
de una gloria colectiva de la que — con justo motivo— se le
excluye. Es la condición misma para decir y sentir lo justo.
Cuando logra genialmente alcanzar la incandescencia (los pre­
socráticos, Teresa de Avila, Saint-Just, Rimbaud, Niefzsche,
Van Gogh), llega al resultado que todos conocemos. El poeta
agrega nobleza a su caso cuando duda de su diagnóstico y del
tratamiento de los males del hombre de su época, cuando
formula reservas sobre el mejor modo de aplicar el conoci­
miento y la justicia en el laberinto de lo político y lo social.
Debe aceptar el riesgo de que su lucidez sea considerada peli­
grosa. El poeta es la parte del hombre refractaria a las combi­
naciones. Pueden obligarle a pagar el más alto precio por ese
privilegio o esa carga. Debe saber que el mal viene siempre de
más lejos de lo que se cree, y que él no muere forzosamente en
la barricada que se le ha elegido.

38

�Ernesto N. Rogers

Ubicación del arte concreto
Conferencia pronunciada el 25 de Setiembre de 1948
en el salón Nuevas Realidades.

Pienso en la "Madona en el trono" de Giotto, en las majas de
Goya, en las bellas mujeres de Tiziano, en los personajes de
"La Fiesta campestre" de Breughel, en los pájaros que se cier­
nen en el cielo de su triste "Invierno", en los autorretratos de
Van Gogh; pienso en las figuras de Nicola y Giovanni Pisano,
en las de la catedral de Amiens, admiradas por Ruskin y des­
pués por Proust; pienso en Picasso.
¿Qué podrá decirse después de todo esto de nosotros que esta­
mos aquí para celebrar un arte que ai parecer se propone res­
tablecer una gramática elemental con puntitos, cuadraditos y
pocas rayas cruzadas sobre un fondo blanco?
Dos juicios opuestos caben contra nosotros: se puede tacharnos
de presumidos, o bien, decir que somos tan modestos que casi
sentimos el placer del cilicio.
Pero sea que se nos juzgue con severidad o con benevolencia,
se podrá en todo caso tacharnos de faltos de memoria, como a
una persona que habiendo recorrido el camino peligroso que
conduce a lo alto de una montaña no tuviese en cuenta las fa­
tigas padecidas y las alegrías experimentadas.
Pudiera creerse que mientras los demás se volvían para respi­
rar el amplio horizonte o para mirar el cielo, tan cercano,
nosotros nos contentábamos con mirarnos los pies que nos
permitían caminar mecánicamente.
Trataré de demostrar que los que nos juzgan así están equivo­
cados. Pero la primera condición del buen luchador es no
desconocer el valor del adversario, y nosotros seríamos verda­
deramente insensatos si nos forjásemos la ilusión de zafarnos
de las críticas que se nos formulan con sólo encogernos de
hombros.

39

�El peso y el valor de la tradición son inmensos.
Cuando, guiado por el instinto — que es la chispa que hace
nacer toda verdadera simpatía y todo verdadero amor— , me
acerqué a las expresiones de arte moderno que se han dado
en llamar concreta pasé frecuentemente por momentos de
duda, de ¡ncert'idumbre y hasta de desaliento. A veces hube
de preguntarme: "¿No estaré loco?" "¿No estarán locos los que
hacen estos puntitos y estos cuadraditos que tanto me atraen?"
Claro está que tales preguntas no me hubieran preocupado si
sólo hubieran sido el eco de las críticas de los conformistas y
fariseos que nos acosan de continuo con sus catecismos de ver­
dades inmutables. ¿Qué me importaba el juicio de éstos? Lo
grave era que surgían de lo más hondo de la conciencia; me
parecía oir las voces admonitoras de los grandes maestros que
me exhortaban a establecer la comparación de sus obras con
las del nuevo arte.
Felizmente, el instinto inicial que me llevó al arte concreto ha
hallado tantas pruebas confortantes que realmente ya me pa­
recería absurda cualquier vacilación. Y pienso, por otra parte,
que aquellos de ustedes que han tratado de recorrer estas in­
exploradas regiones deben haber experimentado seguramente
algo semejante.
En fin, uno ya no duda de la existencia de los puertos lejanos;
sólo puede dudar de la dirección y los medios que ha elegido
para alcanzarlos, porque es indudable que hay barcos que sal­
van las dificultades de las olas y otros que zozobran.
Para mí, para muchos de nosotros, ya no es cuestionable la
razón de ser del arte concreto, sino tan sólo el modo de en­
tenderlo y expresarlo.

40

Contrariamente a lo que piensa la mayoría de los que se han
ocupado del asunto, es mi opinión que nuestro juicio sobre él
será tanto más sólido cuanto mejor acertemos a demostrar que
los brotes de este nuevo florecimiento espiritual pertenecen
a una planta que tiene firmes y profundas raíces en el terreno
de la historia. Quiero, decir, que son fruto, no de una súbita
explosión — cosa, por tanto, efímera— sino del desenvolvimien-

�to de una ¡dea fundamental que en forma latente, confusa
o cautiva ha formado siempre parte del mundo del arte.
Resulta evidente que tal manera de razonar trastrueca los
términos con que se suele encarar la tradición, pues de peso
muerto que pudiera molestarnos, la convierte en fuerza activa
en que apoyar nuestra tesis.
Me gustaría poder decir, como se ha dicho respecto del ba­
rroco, que el arte concreto es una categoría, pero no quiero
entregarme a tan peligrosas analogías. Creo que es suficiente
afirmar que el arte concreto constituye una entidad perma­
nente de nuestra existencia espiritual, pues ha tratado de
responder a exigencias de orden ideal, aun cuando no se haya
revelado antes en toda su fuerza — ni en las obras de los ar­
tistas ni a la conciencia estética— con la claridad y auto­
nomía con que se nos manifiesta ahora.
La nuestra es época de desintegraciones, debe ser pues época
de nuevas individualizaciones, de liberaciones.
Entre liberar la energía atómica, que se halla en estado con­
fuso en la naturaleza, y liberar los valores plásticos, confusos
hasta ahora en los objetos de arte, hay un paralelismo que
quizá no sea fortuito. Tras de nosotros ya vendrá quien logre
establecer las relaciones de estos fenómenos sobre un común
fondo cultural; mientras tanto, sepamos que ellos nos traen
inimaginables posibilidades para nuestra vida espiritual y
material.
Huelga decir, sin embargo, que si en el campo científico ocurre
a veces que los últimos descubrimientos invalidan los anterio­
res — siguiendo una línea de progreso— otra cosa ocurre en
el campo del arte, donde no se descubre sino que se crea.
Y si bien puede hablarse en este último de evolución, no puede,
en cambio, hablarse de progreso, sino tan sólo de sucesivas
manifestaciones que, interpretando siempre lo contingente, lo
proyectan en lo absoluto y en lo eterno.
El que lea lo que han escrito los cultores del arte concreto

41

�podrá tropezar con expresiones que parezcan ingenuas y faltas
de ponderación.
¿Mas no ha de permitírsele al artista — que ve siempre el
mundo con ojos nuevos— que se entusiasme al punto de creer­
se el primer Adán? Por eso espero que no les chocará a ustedes
que también yo me valga de un lenguaje demasiado subje­
tivo, ya que, en verdad, al hablar de estas cosas, no acierto
a distanciarme lo suficiente, pues a mi deseo de comprender­
las críticamente debo agregar un poderoso anhelo de realizar,
de crear.
En lo dicho hasta aquí, más que ubicar el arte concreto, lo que
he hecho es proporcionar a ustedes algunas coordenadas que
les permitan conocer mi propia ubicación frente a él. Creo
haberles participado en alguna medida mi convicción; resta
ahora mostrarles los fundamentos sobre los cuales ella se
asienta.
He afirmado antes que el arte concreto, pese a su palpitante
novedad, hunde sus raíces en la tradición creadora del espí­
ritu. ¿Qué sentido y alcances doy a esta aseveración?

42

Empezaré con un ejemplo que me parece útil para aclarar
mi pensamiento. Se trata de un pequeño objeto que vi en el
Louvre, fabricado en Persia 3.000 años antes de Cristo, pero
que, con ligeras variantes, es posible encontrar en todos los
países y en las más diversas épocas; los indios, por ejemplo,
los han fabricado de una gran belleza. Se trata en realidad
de una ampolla para aceite de cerámica de 12 centímetros de
altura y de 7 a 8 de diámetro, tamaño perfectamente calcu­
lado para que se pueda tenerla en la mano con toda como­
didad. A su vez la forma más estrecha arriba, más ancha
abajo, panzuda, da inmediatamente la impresión de que el
líquido se acomoda a sus leyes; la proporción entre el reci­
piente y el pico es tal que ninguna gota puede derramarse al
ser trasegado. La forma expresa equilibrio. Es un objeto
funcional. La expresión estética interpreta perfectamente
el uso. ¿No es acaso esta tan sutil interdependencia entre
lo útil y lo bello lo que buscamos tan afanosamente los arquitectos?

�En mi descripción he olvidado un detalle, un insignificante
detalle en apariencia, pero que en realidad contiene una his­
toria apasionante y que guarda una relación directa con todo
este conjunto de fenómenos a que nos hemos estado refiriendo.

■é

Aproximadamente en la parte media de la vasija, están dibu­
jadas dos gruesas rayas negras que recorren circular y para­
lelamente su superficie.
Dos gruesas rayas, y nada más.
El artífice primitivo no ha sabido resistir a la tentación del
ornato. Aunque el objeto hubiera podido considerarse acabado
sin ese aditamento aparentemente superfluo, la sensibilidad
del artista ha querido evidenciarse introduciendo un signo en
qué complacerse.
Importa aquí constatar que el agregado ornamental no trae
aparejado en este caso conflicto alguno. Lo inútil, por lla­
marlo de algún modo, no altera lo necesario; más aún, pode­
mos decir que él se desenvuelve en su legítimo campo de
acción. Sólo la observación teórica podría señalar las posibles
desviaciones.
Pero en cuanto este equilibrio entre razón y sentimien­
to, altamente definitorio del espíritu de esta obra, deja de
existir, aquellas dos rayas se volverán complicados lazos, vo­
lutas, hojas y hasta dragones y monstruos temerarios, que al
ir pasando de un objeto a otro — como se trasmite de un indivi­
duo aotro el vicio de una familia— acabarán por extraviar y
pervertir su carácter auténtico. Lo accidental llegará a ser así
substancial, sobreponiéndose a la función propia de los ob­
jetos y convirtiéndose en motivo dominante y en fin ¡legítimo
de la invención. Pensemos, si no, en ciertas ampollas del siglo
X IX que vertían rosoli del sombrero de Napoleón y entendere­
mos lo dicho por Adolf Loos de que "ornato es delito"; porque
esto nos pone al desnudo el problema esencial de la arqui­
tectura.
Si lo que he dicho antes resulta, por un lado, útil para enten-

43

�der el fenómeno arquitectónico, por otro, nos conduce, casi
sin advertirlo, a una nueva ubicación del arte concreto.
En efecto, cuanto más consciente es la arquitectura de la fun­
ción exacta que debe interpretar con sus elementos, esto es,
la relación precisa que a cada uno de ellos le corresponde
establecer entre utilidad y belleza, tanto más se va librando
de aquellos ornamentos que buscaban desvirtuarla.
Las formas de la arquitectura no pueden resolverse según las
leyes de un plástica autónoma, porque deben responder a las
exigencias prácticas determinadas por leyes racionales, de las
cuales la más importante es la relación humana.
La íntima lucha entre los dos términos del fenómeno arqui­
tectónico se resume en una síntesis dialéctica sumamente
precaria. Porque el vector plástico pugna violentamente por
aparecer, y si empieza manifestándose por las dos rayas de
la vasija persa, puede terminar en la ampolla en forma de
sombrero napoleónico, a que me he referido más arriba.
Para que una cuchara sea una cuchara, una casa sea una
casa, y no símbolos literarios, no queda otra alternativa que
la de rechazar el ornato.
Pero, he aquí que, el ornato es una fuerza permanente en el
mundo plástico, es la aspiración del mundo plástico a expre­
sarse con sus leyes autónomas.
Por lo tanto, la única solución es dar a este elemento completa
libertad, librándolo de las ataduras que lo ligan a la arquitec­
tura a cuyo lado no puede ser sino siervo o tirano.
El ornato — siervo o tirano en un mundo plástico en cuya
definición no entraba como ingrediente necesario— adquiere
ahora dignidad de individuo.
Y este nuevo individuo no es otro que el arte concreto.
44

Advierto al instante, que esta afirmación puede parecer des-

�concertante; ya que, por lo general, solemos referir el término
ornato a ciertas expresiones culturales determinadas, en vez
de referirla al concepto más amplio de fantasía plástica. En­
tendido el término ornato en su sentido más genuino, nada
hay de desconcertante en lo que afirmo.
Pero cabe preguntarse ahora ¿un esclavo o un tirano que se
vuelven hombres libres son lo mismo que antes? La nueva
vida no tiene nada de común con la precedente. Así, la indi­
vidualidad que surge de la liberación del ornato es algo com­
pletamente distinto. Es la fuerza liberada de la fantasía; es,
en suma, el arte concreto.
En el arte concreto las relaciones entre forma y contenido se
hacen estrechísimas. La fantasía se adueña de la materia,
la plasma, la mueve, la proporciona, para extraer de ella y
sólo de ella — sin hacer intervenir ningún otro elemento— las
expresiones de poesía.
Podría decirse que el arte concreto aplica a la plástica los
principios de la música.
Es la música del espacio — si ustedes lo prefieren.
Claro está, que definiciones de este género, por atrayentes que
ellas sean, y aun cuando sirvan para la comprensión inmediata
de lo desconocido por analogía con experiencias que nos son
más familiares, pueden pecar de parciales o entrañan el peli­
gro de hacernos enfocar equivocadamente el nuevo arte.
Difícil es juzgar el arte concreto, no hay duda, pero frente a
aquellos que se sienten perdidos por la falta de toda referencia
a los objetos conocidos, creo que puede decirse que entre una
obra hermosa y una fea del arte concreto, existe la misma
posibilidad de elegir que entre una obra bella y otra fea del
arte tradicional.
No es por cierto nuestro ideal de la belleza femenina lo que
nos permite juzgar la representación de la misma en el mundo
plástico. Lo bello real y lo bello artístico coinciden sólo casual-

45

�mente, y es diferente el metro para valorarlos. Pero no voy a
derivar al análisis de estas cuestiones. Ellas ya han sido sufi­
cientemente esclarecidas por la estética moderna y, a no du­
darlo, pueden expresarse en términos más profundos de lo que
pueda hacerlo yo.
Digamos, con todo, que entre un magnífico desnudo de Ingres
y un vulgar desnudo de un dibujante adocenado hay kilómetros
de distancia, así como hay toneladas de diferencia entre las
manzanas pintadas por Cézanne y las pintadas por unq de
los muchos que han embadurnado telas antes y después de
él. Y esa enorme diferencia proviene de algo en apariencia
insignificante. Aquellos kilómetros están representados en
la obra — no se lo tome a paradoja— por la desviación m ili­
métrica de una línea, como estas toneladas por unos gramos
más o menos de color.
Pues bien, la misma facultad que se requiere para apreciar
esas medidas infinitesimales en el arte tradicional — las
cuales depende un mundo, creando abismos entre lo bello y
lo feo, lo eterno y lo efímero, acaso también entre lo bueno
y lo malo— , se requiere para apreciar las cualidades del arte
concreto.
El que no entiende un Mondrian, tampoco puede entender un
Ingres; es decir, no entiende nada. El que no entiende un
Ingres, tampoco puede entender un Mondrian; es decir, no
entiende nada.
Sin embargo, la especialización cultural del crítico puede
ser limitada. Su preferencia ha de ser — según nos advierte
Baudelaire— de índole "partielle, passionnée, politique", pe­
ro su comprensión ha de ser total "au point de vue qui ouvre
le plus d'horizons".
Personalmente, me siento tan apasionado y parcial que de­
claro mi adhesión al arte concreto, y, dentro de él, con el
mismo apasionamiento y parcialidad, a mis particulares pre­
ferencias.
46

El arte concreto está dotado de una vitalidad tan pujante

�que admite en su seno concepciones diversas y hasta contra­
dictorias, las cuales en cada caso hallan la debida justifica­
ción en la unidad del mundo de un artista o en el estilo de
una obra. Los problemas que he planteado, si bien reposan
todos sobre una base común, han dado origen a diversas
poéticas del espacio donde se aventura la curiosidad activa
de los artistas, por rutas y con teorías diversas para captar
secretos diversos.
Si se considera el fuerte impulso que estas indagaciones han
provocado en la ciencia del color y de la composición, no
cabe menos de reconocer su importancia instrumental y cul­
tural, aun cuando, por incomprensión, no se tengan en cuen­
ta los resultados artísticos obtenidos con estos medios.
De la fe incansable y casi heroica de Mondrian y Kandinsky
sólo podría hablar por lo que he leído o me han contado, pero
conozco personalmente a muchos de los artistas concretos
diseminados por el mundo; entre ellos a los tres que considero
más significativos: Hans Arp, George Vantongerloo y, en
particular, Max Bill, con cuya íntima amistad me honro.
Más de una vez, hablando con ellos, ha acudido a mi mente
— casi estaría por decir a mi corazón— la imagen de Paolo
Uccello atento, según la descripción de Vasari, a descubrir
nuevos instrumentos de expresión. "¡Oh beat'íssima prospettiva !" exclama el pintor florentino completamente identifica­
do con su pasión, en la cual — como para todo verdadero
artista, como para todo verdadero amante— se confunden
subjetivamente, y sin reparar en sutilezas filosóficas, los
medios y los fines de su relación.
No es adoptar una actitud ecléctica, sino ubicar el arte con­
creto dentro del vasto campo de sus posibilidades, el aceptar
las diversas y aun opuestas poéticas de estos artistas, cada
uno de los cuales, al fija r los límites del arte según un cri­
terio subjetivo, determina sin embargo un mundo completo,
congenial con su naturaleza.
Cierto es que la estructuración geométrica de las obras de
Bill, de Vantongerloo, de Lohse, de Vordemberge-Gildewart,

47

�de Pevsner, satisface más mis exigencias estéticas, afanosas
de un orden, que no el "hasard" de Arp, o los agradables
juegos de Calder, reductibles a lo sumo a una matemática
de las probabilidades, tan amplia que escapa a nuestro control.
Pero esto, acaso responda a mi deformación profesional o a
las afinidades electivas de mi condición de arquitecto.
Desde el punto de vista crítico no es lícito negar derecho de
ciudadanía en el mundo del arte concreto ni aun a estas obras
de estructura totalmente diferente de las otras.
Por lo demás, entre las nuevas búsquedas de la pintura pla­
nimétrica de Mondrian y las composiciones sinuosas, exqui­
sitas, complejas de Vantongerloo hay una diferencia tan
grande, se manifiestan en una y otra personalidades tan dis­
pares, que resulta difícil incluir estos dos tipos de pintura en
una misma definición, por más que ambas presentan un
mismo gusto geométrico.
Geometría hay igualmente en el arte de Bill aunque muy
distintos sus intentos. Dígalo si no una de sus últimas obras
de que tengo conocimiento: es un cilindro, una columna pin­
tada con particiones rigurosas. Aquí la pintura ha salido del
plano para vivir la vida más compleja de la tercera y, quizá,
de la cuarta dimensión.
Me complazco en ver en esta obra — aun prescindiendo de
su valor artístico— un indicio y un símbolo de las nuevas
conquistas que cabe esperar en el dominio de las artes plás­
ticas.
Claro está, que sería temerario ponerse a hacer profecías
sobre el futuro, porque en arte las ideas sólo cobran valor en
la concreción de la materia en que se realizan. Eso no quita,
empero que se pueda determinar desde ahora si este mundo
de la plástica concreta es de índole tal que consiga eliminar
el de la pintura y escultura tradicionales.
48

Hemos tratado de demostrar que la arquitectura puede liberarse de las fuerzas plásticas que pretenden actuar en su

�László Moholy Nagy
A la m b re c u rv o 1 9 4 6

�y

„?•

Vaso persa
3000 años antes de J. C.

Picasso
M ujer llo ra n d o
e s tu d io p a r a e l c u a d r o
G u e r n ic a 1 9 3 7

r

r

M ax Bill
Columna I 1947

Georges Vantongerloo
Variaciones 1937

�Maldonado

salón

Nuevas
Realidades

Prati

Hlito

��campo con una autonomía que ella no puede permitirles, so
pena de destruirse a sí misma.
Así el arte concreto está "vis a vis" de la arquitectura mo­
derna.
En realidad, la pintura y la escultura han sido hasta ahora,
en cierto sentido, artes aplicadas, o, mejor dicho, se han
limitado a la representación de temas específicos — religiosos,
políticos, privados, etc.— , que por ser extraños a la plástica
en sí, no podían ¡lustrarse sino con símbolos cuyos modelos
estaban en la naturaleza.
Lo que en la arquitectura era ornato, en la pintura-escultura
es, al contrario, estructura, condición esencial. El tema, esto
es, el elemento histórico que se identifica con las actividades
del hombre y que es el sostén de las formas arquitectónicas,
no es necesario para la pintura-escultura. Esta puede entre­
garse sin dificultad al arte concreto.
No seré yo por cierto quien acuse de insuficientes las expre­
siones dél arte del pasado, como han hecho a veces algunos,
por ingenuidad o soberbia; debo a ellas un gran reconoci­
miento por los momentos de elevada plenitud que me han
brindado. (Hay que respetar a la antigua amante, aun cuan­
do le parezca a uno que acaba de descubrir el amor con la
recién conocida).
Las obras de arte, cuando lo son en verdad, resuelven siempre
cabalmente su propio mundo y no se pueden juzgar con otras
medidas que no sean las suyas propias.
El "Descendimiento de la Cruz" de Van der Weiden, por
ejemplo, adhiere tan perfectamente con todos sus elementos
a la expresión del mito sublime, que no necesita en verdad de
nuestro asentimiento para continuar viviendo en el mundo
del espíritu, siendo absurdo querer identificar su valor, como
se ha hecho en ciertas oportunidades, con el esquema geomé­
trico o la abstracción plástica implícita en su estructura.

�Pero se puede afirm ar entonces que las razones históricas y
estéticas a que ha obedecido la composición de la obra de
Van der Weiden, si ha sido necesaria para este cuadro de­
terminado, no lo son para la pintura en general, que puede
hallar, en otros momentos, otras razones y medios de ex­
presión.
Hoy, que estamos adquiriendo conciencia de la autonomía
del mundo plástico, podemos muy bien eximirnos de ponerlo
al servicio de otro ideal que no sea el de establecer su nueva
armonía. La arquitectura absorbe en sí las energías nece­
sarias para servir a la vida cotidiana del hombre, para serle
útil y hacerla más bella; así como la pintura y la escultura
— cuya diferenciación es puramente empírica— concentran
en sí todas las energías de la libertad plástica.
La unidad se establece en el espacio: unidad nacida no de
una mezcla, sino de la relación de elementos de individualidad
bien caracterizada, cada uno de los cuales responde al fin
que le impone su propia esencia.
La tarea que esto entraña es fascinadora para la inteligencia
y la fantasía, y me parece que vale la pena afrontarla, ya
que al interés intelectual corresponde un interés moral que
la justifica plenamente.
Sobre el valor estético, técnico y social de la arquitectura
moderna no creo que quepan ya dudas: Es evidente que ha
destronado las antiguas formas.
Ahora bien, ¿qué queda de la pintura y escultura no concretas
de nuestro tiempo?
Una buena parte de ellas, del cubismo acá, se va orientando,
con mayor o menor decisión, hacia el arte concreto que si
bien asienta todavía sus creaciones sobre figuraciones de ob­
jetos naturales ya no considera a éstos sino como motivos de
forma y color.
50

Este sector del arte contemporáneo pierde, salvo raras excep-

�dones, cada día interés, porque al no adquirir una verdadera
concreción en el campo más libre y desprejuiciado de la plás­
tica pura, sólo expresa la timidez del mundo pequeño burgués.
Hay, sin embargo, otro sector que, por la dramática crítica
humana y social que inviste, tiene razones más profundas
para permanecer, pero que, en último caso, nos lleva a los
confines de la locura donde nos abandona horrorizados.
Recuerdan los versos de Rafael Alberti:
"Guernica, dolor al rojo vivo
y aquí el juego de! arte
comienza a ser un juego explosivo”.
Las desventuradas figuras que Picasso creara después, pu­
dieran titularse: Montecassino, Varsovia, Stalingrado, Saint-Loo,
Conventry, Colonia, Europa o también Bikini. Ciertamente,
es difícil que hoy un artista, un gran artista como Picasso,
pueda arrancar del rostro de sus contemporáneos, otra cosa
que terroríficas imágenes: explotadores marcados por sus pro­
pias infamias y explotados desfigurados por los padecimientos,
expresan — en un solo alarido— la tragedia de quien ha per­
dido, o no ha hallado todavía, la palabra humana. Estos
retratos son denuncias, y sólo los hipócritas pueden dejar de
reconocer en ellos por lo menos una parte de sí mismos, en
la representación de la tragedia común.
Pero también Picasso es, en el fondo, uno de nosotros, un
condenado. No un juez. Y cuanto más sincero es, más corre
el riesgo de introducir la confusión en su arte. El mismo es
víctima de su explosión.
El que quiera traducir todavía en el mundo de las artes plás­
ticas las imágenes de nuestra historia, puede hacerlo sin duda.
Nadie podrá demostrarle de modo concluyente la verdad o
el error de las diversas tendencias. Los fundamentos de la
creación artística permanecen en el campo de la libertad.
Podemos declarar nuestra absoluta preferencia por el arte con­
creto, por reputarlo una expresión genuino de nuestra época,
pero no hemos de ser tan necios como para lanzar diatribas

I

51

�o anatemas contra los que no participan de nuestras ideas. De
hacerlo caeríamos en el error de los que condenan el arte
concreto — y aun el de Picasso— por falta de compresión o
por motivos que nada tienen que ver con el arte, y que ofen­
den la libertad del espíritu, no siendo estos motivos más plau­
sibles porque se los refiera a razones morales o sociales.
El arte — estamos todos de acuerdo— tiene un cometido moral
y social que cumplir, pero la verdad es que sólo lo logra
cuando es libre, y no cuando se convierte en un "instrumentum regni", en un megáfono para transm itir consignas.
El arte concreto, en particular, no es, ni una renuncia, ni una
evasión, sino la expresión consciente de un mundo de belleza
desinteresada, al cual los hombres tienen derecho a aspirar
sin temor de perderse en lo demoníaco o lo abstracto. Es una
palabra nueva del eterno ideal de armonía que ha hecho vibrar
tantas veces la voz de los hombres.
Así, podemos concluir citando a Platón, que ya hablaba por
nosotros:
". . . el alma va hacia un ser semejante a ella, divino; inmortal,
lleno de sabiduría, cerca del cual, libre de sus errores, de su
ignorancia, de sus temores, de sus amores tiránicos y de todos
los demás males anexos a la naturaleza humana, goza de la
felicidad; y, como se dice de los iniciados, pasa verdadera­
mente con los dioses toda la eternidad. ¿No es esto lo que
debemos decir?"

52

�André Bretón

Jacques Hérold
El aire atmosférico es de calidad cristalina.
Novalis

Era fatal que el divisionismo de Seraut, considerado como des­
cubrimiento de un mundo enteramente nuevo o maravillosa­
mente rejuvenecido, no concluyera con él y su escuela. Debe­
mos tener presente que la técnica "post-impresionista", refe­
rida por lo general al procedimiento del punto, responde, de
modo fundamental a una voluntad arquitectónica que se tra­
duce en el juego insistente de horizontales y verticales, sugi­
riendo la idea de ese templo de "pilares vivientes" en el cual
Baudelaire — influido por los ocultistas— hacía reconocer la
naturaleza. Una contribución tan considerable no podía dejar
de fecundar, y al mismo tiempo unificar, los dominios de la
vista y de la visión. Semejante camino estaba llamado a rami­
ficarse, más o menos pronto, en todos los sentidos, a desarro­
llarse y fortificarse con miras a nuevas exigencias. Superada
la época de las vacilaciones, luego la del embotamiento, que
tenían que producirse a la muerte de Seurat, una obra de tal
envergadura teórica había de llegar a transformarse, cada vez
más, en factor de creación y mutación continuas.
Y guardemos silencio ante los peores sordos: los que denuncian
el arte "que no dice nada", los empantanados con patente, los
viejos cocodrilos que execran lo no imitativo "sin vinculación
con lo real" (como si el artista pudiera crear formas qué no
procedieran de los datos de la naturaleza), "sin comunicación
con lo humano" (que, como se sabe, sólo les interesa a su ma­
nera), y finalmente aquellos que movidos por un odio — de ca­
rácter cada vez más delirante— hacia el aire libre físico y men­
tal, se regodean con la esperanza de relegar a los pintores "a la
profundidad de las minas", para permitirles realizar "el esfuer­
zo práctico en conexión con el pueblo". Basta ya, y para siem­
pre, de retratos de dictadores y generales, basta de "greuzeries" lacrimógenas, tal como sucedía en la época de Seurat en-

53

�tre "La Lectura del Anuario de Caballería" y el "Panorama de
ia batalla de Reichshoffen".
Cerrado este último paréntesis, no es por azar que el elevado
pensamiento motor que inspiró al divisionismo a fines del siglo
pasado, ponga ante nuestros ojos nuevos puntos que nos vemos
obligados a considerar como los más avanzados tanto en el
plano poético como en el plástico.
En el plano poético, no titubeo en considerar la publicación de
la obra de Malcolm de Chazal, Sens Platique (tomo II), como el
acontecimiento más destacado. El autor, que pareciera estar
en posesión de un sistema genial de percepción e interpretación,
con el que las reverberaciones del espíritu escamotean instan­
táneamente la opacidad de todo lo que está a su alrededor,
desplazándose a toda velocidad hacia el "sin precedentes",
proviene formalmente del impresionismo divisionista extendido
a todo el dominio del pensamiento. De lograr asimilar su méto­
do — y él suministra los medios— no dudo que se avanzaría, en
el sentido de la comprensión del mundo, a pasos agigantados.
Del lado plástico, estimo que nunca será demasiada la aten­
ción que se preste a la obra de Jacques Hérold, que responde
a una intención paralela. Esto es tan cierto, que algunos afo­
rismos de Malcolm de Chazal constituyen el comentario más
adecuado de ella. Basta, por otra parte, confrontar los puntos
de vista de ambos:

54

Amengüemos la velocidad de nuestra
mirada y veremos que todo se soli­
difica.
Los únicos espacios vacíos son las
partes muertas de nuestros pensa­
mientos.
Cuando se tejan ropas de vidrio pero
con granos de cristal, las mujeres
tendrán vestidos multicolores . . . Las
caderas y el busto de las mujeres
serán elásticos bajo el sol.
Brusco resplandor: el hombre siente
como una mano que le agarra el ojo.

Siendo la cristalización un resultado
del devenir de la forma y de la
materia, la pintura debe tender a la
cristalización del objeto.
El cuerpo humano, es ante todo una
constelación de puntos ígneos de
donde irradian los cristales.
Al constituir ellos la substancia de
los objetos, la fuerza de gravitación
los arranca a la atmósfera.

�Efecto de arrancamiento de la vis­
ta . . . Si pudiéramos soportar bas­
tante tiempo la contemplación del
sol, sentiríamos muy pronto como si
nos trasportaran de la tierra.
El vientre del viento, ese odre de va­
cío, tiene todos los gestos y movi­
mientos infinitos, y sus gesticulacio­
nes interiores han sido tomadas de
los gestos de todos los animales.

Es necesario, pues, para que los ob­
jetos pintados lleguen a ser reales,
que se les desgarre, y como el viento
los penetra y flagela contribuyendo
a desgarrarlos, es necesario pintar el
viento.

Malcolm de Chazal

Jacques Herold

"Sentido plástico"
Tomo II - 1947

"El surrealismo ahora y siempre"
(Agosto, 1943).

El título mismo del ensayo de Jacques Hérold de donde extraigo
las citas precedentes, indica con bastante precisión que ha par­
tido también del divisionismo; pero lo que distingue el punto
de Hérold del de Seurat es que constituye el elemento de expre­
sión ya no del mundo físico, sino del mental, y que se propone
no tan sólo impresionar la retina sino desempeñar un papel de
terminación nerviosa cuya relación con los otros "puntos íg­
neos" circundantes nos permite remontarnos hasta el centro
de su (de nuestro) propio deseo. A eso se debe que no haya
aquí "toque pictórico" sino vértice de ángulo poliédrico, en el
que siempre existe por lo menos la transparencia en acecho.
Resulta claro que el acento esta vez está colocado sobre el
magnetismo. "El magnetismo, dice Hegel, logra cumplirse en
el cristal, si bien entonces no está ya contenido como magne­
tismo". Y también enseña que "en la determinación de la figura
cristalina deben reproducirse las determinaciones del espacio".
El gran secreto del ambiente (feliz o desgraciado) de las cosas,
de nuestra libertad con respecto a ellas, tiende por ese motivo
a descubrirse: la llave de las prisiones está en el cristal (y la
"videncia", aún en su aspecto mercantilista, es prueba de ello).
Todo objeto, dice también Malcolm de Chazal (y el arte de
Hérold ilustra de modo ideal esta definición) es un micro-emisor
radiotelegráfico de ondas cortas que emite ondas variables
según las facetas de sus formas".
Las inmutables direcciones, acogidas como coordenadas en
un pizarrón que el postimpresionismo había establecido sólida-

55

�mente siguiendo la emergencia de los bancos de arena y
la verticalidad de los mástiles, encuentran en la construc­
ción de Hérold su equivalente a nivel de las napas y filones
subterráneos, erizados de estalactitas-estalagmitas, de los gru­
tas. Es inútil, por lo tanto, ir a las minas para encontrar nuestro
lugar (con el pueblo): es ésta la imagen visual más común con
que se puede expresar la libido y el inconsciente. A partir de
este esquema y de sus consiguientes implicaciones se construye
una nueva ciencia de ángulos según Hérold, válida ante todo
como expresión del mundo mental. Seurat, en cambio, partía
por lo menos del pretexto de dar una traducción del mundo
físico.
Con él, nos encontramos positivamente en las antípodas de la
rigidez. Lo que aquí penetra, a través de todos los tamices
sensibles, es la verdadera vida, con todo lo que nos dispensa
de fronda soleada; un encuentro en el cual un movimiento de
ala nos revela el porvenir. Un prisma, que sólo le pertenece
a él, hace que los hilos de la virgen se afanen en los contornos
de un seno.
Jacques Hérold, con su grano de fósforo en los dedos, sobre
su selva de radiolarios. Jacques Hérold, leñador en cada gota
de rocío.
3 de octubre de 1947.
(Tradujo Aldo Pellegrini)

56

�N. Moholy-Nagy

Carta a KaHvoda
M i querido Kaüvoda:
Te sorprende el número creciente de exposiciones en que voy
exhibiendo, de nuevo, mis cuadros antiguos y recientes. Ha­
cía años, en efecto, que no exponía y ni siquiera pintaba. Me
parecía sin sentido emprender nuevos trabajos con medios que
consideraba insuficientes en una época que nos ofrece tantas
posibilidades técnicas aun no exploradas.
1.
Desde la invención de la fotografía la pintura ha ido evolu­
cionando del color a la luz. Dicho de otra manera, en vez
de pintar con pinceles y colores se podría pintar ahora con la
luz y transformar así en estructuras luminosas las superficies
coloreadas de dos dimensiones. Yo soñaba con aparatos que
permitiesen, gracias a un dispositivo manual o automáticomecánico, proyectar visiones luminosas en el aire, en vastos
salones, sobre pantallas de sustancias inusitadas: bruma, ga­
ses, nubes. Tracé innumerables proyectos. Sólo faltaba el
mecenas que me encargase su ejecución. Imaginaba estruc­
turas formadas por paredes planas y convexas, cubiertas de
sustancias artificiales, tales como: galalita, trolita, cromo y
níquel, estructuras que, sin más que hacer girar una llave, se
transformarían en resplandecientes sinfonías luminosas; al
mismo tiempo que el movimiento controlado de las superficies
de reflexión expresara el ritmo fundamental de la concepción
del artista.
Anhelaba tener a mi disposición un salón desnudo con doce
aparatos de proyección, con cuyos rayos multicolores anima­
ría su blanca desnudez.
¿Has visto alguna vez cómo se van extendiendo, con bruscos
movimientos, los conos de luz de un gran reflector, abarcando,

57

�como gigantescos tentáculos, un espacio cada vez mayor?
Pues una cosa parecida imaginaba yo. Sólo que mis proyec­
ciones no habrían de limitarse al ritmo entrecortado de las
señales luminosas emitidas de conformidad con el código
ABC, sino que estarían basadas en una composición luminosa
con su correspondiente partitura. Este no era más que uno
de mis proyectos, uno de los muchos sueños de luz y movi­
mientos que acariciaba, para cuya realización habrían de uti­
lizarse todos los recursos de la física y sus inestimables apa­
ratos, p. ej., los que sirven para las experiencias de polarización
y espectroscopia.
Si bien las probabilidades que estos sueños se realicen son
todavía remotas, cabe desde ahora establecer las bases de la
futura arquitectura de la luz.
1. Juegos luminosos al aire libre:
a) La publicidad luminosa de nuestros días se limita al tra­
zado de líneas sobre superficies planas. Es menester introdu­
cir en ella la tercera dimensión, y, valiéndose de materiales
y reflectores apropiados, crear estructuras luminosas especiales.
b) Mencionemos también aquí el "cañón de proyección" que
ya utilizan algunas firmas americanas y la alemana Persil.
c) La proyección en las nubes o en otros medios gaseosos a
través de los cuales se pueda caminar, hacer marchar vehícu­
los, volar, etc., es ya posible hoy en día.
d) Los juegos luminosos sobre las ciudades — que se podrán
presenciar desde dirigibles o aeroplanos— se desplegarán so­
bre una vasta red de rayos multicolores e irán acompañados
de continuos cambios en los planos luminosos y en los ángu­
los de iluminación constituirán una parte esencial de las fies­
tas ciudadanas del porvenir.
2. Juegos luminosos en locales cerrados:

58

a)
El cine con sus posibilidades, aun inexploradas, de pro­
yección plástica, simultánea y en colores. La proyección podrá
hacerse con un número mayor de proyectores dirigidos, ya sobre

�sola pantalla, ya simultáneamente, sobre todas las paredes del
salón.
b) Juegos de luz reflejada, obtenidos mediante proyectores
de rayos coloreados que ejecuten variaciones según un patrón
dado, como Jo hace, por ejemplo, el órgano de los colores de
Lászlo. El espectáculo podrá quedar confinado al salón en
que se proyecte, o bien difundirse por medio de la televisión.
c) El piano de colores, por medio de cuyo teclado, conectado
a una serie de lámparas-unidades de intensidad graduada, se
iluminarán ciertos objetos hechos de materiales especiales.
Servirá en el porvenir de "profesor de dibujo" para muchas
lecciones prácticas.
d) El fresco luminoso animará vastas unidades arquitectóni­
cas, como edificios, partes de edificios o paredes. Los frescos
se proyectarán mediante luz artificial enfocada y manejada
de acuerdo con un plan previamente establecido. Probable­
mente en las viviendas del porvenir se reservará un sitio para
la recepción de los mismos, como hoy se reserva uno en ellas
para colocar un aparato de radio.

15 b

2.
Querido Kalivoda, tú conoces mis accesorios luminosos y mi
"juego luminoso negro-blanco-gris". Me ha costado no poco
trabajo crearlos, y sin embargo, no constituyen más que un
modesto comienzo, un paso insignificante hacia adelante; no
habiéndome sido posible, ni aun en esfera tan limitada, reali­
zar mis experiencias plenamente. Claro que tú podrás pre­
guntarme por qué me he rendido, por qué vuelvo a pintar y
a exponer cuadros, no obstante haber reconocido cuáles son
las verdaderas tareas que han de afrontar los "pintores" de hoy.
3.
Es preciso que responda a esta cuestión detenidamente, no sólo
porque me toca personalmente, sino por ser de vital importan­
cia para toda la nueva generación de pintores. Hemos publi­
cado muchos programas, hemos lanzado al mundo muchos

59

�manifiestos. La juventud tiene derecho de saber por qué han
fracasado nuestras aspiraciones, por qué no se han cumplido
nuestras promesas. Al mismo tiempo la juventud tiene el deber
de no cejar en la búsqueda y difusión de las nuevas formas
que han de permitir el progreso del arte.
4.
Es evidente que la creación de la arquitectura luminosa — lim i­
tada a suscitar emociones de espacio y color y ajena por ahora
a todo propósito de utilidad práctica— ha de hallar un obs­
táculo grandísimo en la dependencia forzosa en que tal arqui­
tectura está con respecto del capital, la industria y el medio
espacial que necesita para su manifestación. Al paso que el
pintor puede ser un soberano artífice sin salirse de su taller y
sin otros medios que unos pinceles y unos tubos de colores, el
creador de juegos luminosos ha menester medios técnicos y
materiales especiales que difícilmente se hallan a su alcance,
quedando por ello, harto a menudo, a merced de los mecenas
que tengan a bien protegerlo. Aspecto técnico del arte muy
mal apreciado por lo demás. Existe, en efecto, el prejuicio
dañosísimo, de que la técnica y la elaboración intelectual cons­
tituyen la negación del arte. El artista no ha de tener más
guías que la intuición y el sentimiento. Este prejuicio se halla
tan extendido, que muchos artistas temen exhibir un conoci­
miento demasiado profundo de su arte, una excesiva habilidad
técnica.

60

¡Como si no hubiera existido un Leonardo, como si la energía
creadora de los constructores de catedrales Giotto, Rafael y
Miguel Angel no hubiese resultado incalculablemente más
fructífera gracias al cabal conocimiento de su arte y al con­
sumado dominio de su técnica que poseían estos artistas!
Pero una vez resueltos los problemas de orden técnico — difí­
ciles todo lo que se quiera, pero no insolubles para el artista
que trabaje con entusiasmo— se plantea otro arduo problema.
Y es el de presentar al público los resultados obtenidos. Hoy
en día resulta casi imposible hallar donde exhibirlos. Y el
artista no tiene más remedio que encerrar sus sueños en una
heladera y dejar que se disipen en la soledad. Es tarea sobre-

�humana intentar llevar a la práctica nuestros proyectos cuan­
do el público, por ignorancia, no secunda nuestros esfuerzos.
5.

14 b

?

Otro punto que merece especial atención es el siguiente. Un
vasto servicio de informaciones bombardea al público con
noticias de todas clases, incluso noticias relativas al arte. Las
virtudes de este servicio son la universalidad de su interés y su
rapidez; sus defectos, su superficialidad chillona y el afán de
cada periódico por adelantarse a los demás en la publicación
de noticias. Lo importante es atiborrar al público con noticias
sensacionales. Cuando no las hay, se las fabrica. Y el público,
educado mecánicamente, se ve arrastrado cada vez más por la
corriente de diarios y revistas. En el terreno artístico el resul­
tado de este estado de cosas es funesto. El interés apasionado
con que debiera acudirse a las fuentes mismas de la creación
artística y entrar en contacto directo con sus obras ha quedado
sustituido en el público por el vago interés del lector de perió­
dicos, suscitado artificialmente por estos últimos. Adormecida
su sensibilidad, reducida su actividad mental a mera aparien­
cia, el público nada hace por lograr dicho contacto directo,
contentándose con las fáciles y superficiales explicaciones que
le suministran los órganos de la prensa.
Pero a pesar de que la vida de las grandes ciudades, la prensa,
la imprenta, la fotografía, el cinematógrafo y el desarrollo rá­
pido pero no controlado de la civilización han disminuido nues­
tra perceptividad para el color al punto que no percibamos
sino los tonos grises, y que la mayoría de nosotros sólo con
gran esfuerzo pueda zafarse de esta uniformidad; a pesar de
todo, es menester restaurar el culto del color tal como lo pro­
fesábamos antaño. Y al mismo tiempo debemos esforzarnos
por dominar cada vez más la técnica a fin de elaborar la
materia coloreada y óptica con un sentido constructivo, en vez
de extasiarnos ante una labor basada principalmente en el
sentimiento y difícil por lo mismo de sujetar a control.
6.
Son muchos los obstáculos que se oponen a la realización de

61

�esta tarea. Ante todo, el desacuerdo fundamental entre el
hombre y sus creaciones en el orden técnico, la conservación
de formas anticuadas de organización económica, no obstante
haber cambiado por completo las condiciones de la produc­
ción; la difusión de una concepción enemiga de las necesidades
vitales y que transforma la vida de obreros y patrones en una
actividad sin descanso. La capacidad productiva humana va
aumentando constantemente; lo malo es que fascinado el
hombre por el espectáculo renovado de la producción que con­
tinuamente va aumentando sus cifras, pierde el sentido de
las necesidades biológicas más elementales, y eso que estamos
en una época en que, gracias a los progresos de la técnica,
podría satisfacerlas en grado mucho mayor que antes.
7.
Sería meramente soslayar el problema querer buscar las cau­
sas de esta situación en hechos aislados. Este estado de cosas
se debe a un desarrollo industrial rápido, mal dirigido por el
capitalismo y que sólo la clase dominante tiene interés en
conservar en su forma actual. Es, pues, evidente que toda
tentativa de reconstruir sobre una base socialista este mundo
mecanizado, si bien no sujeto a nuestro dominio, incluso todo
ensayo de esclarecimiento, chocarán con la resistencia cons­
ciente o instintiva de la clase dominante.
Por ello todo esfuerzo creador, toda obra de arte que aspire a
armonizar con un orden social nuevo, a lograr el equilibrio
entre la existencia humana y la técnica industrial está conde­
nada al fracaso. Los resultados, relativamente poco conside­
rables, que logran las nuevas experiencias artísticas reconocen,
pues, por causa el sistema social cctual, cuyas ramificaciones
ocultas se extienden hasta aquellos círculos en que uno espe­
raría hallar hostilidad hacia él.

8.

62

De manera que los iniciadores de las nuevas experiencias se
ven obligados a acercarse a un público no preparado para
recibir su mensaje valiéndose de rodeos o haciéndole conocer

�tan sólo pequeñas porciones, cuidadosamente elegidas, de su
labor creadora.
Según sea su temperamento, el artista sigue en su labor uno
u otro de los dos caminos siguientes. Un sector de ellos apli­
ca sus energías creadoras a los problemas actuales y a los
hechos evidentes de la existencia trasmitidos por tradición y
aceptados sin discusión por sus contemporáneos. Su tarea con­
siste simplemente en perpetuar nuestra tradición cultural.
Otros, en cambio, beben su inspiración creadora en todo aque­
llo que no existe aún, que se halla aun en estado embrionario,
en todo aquello que se orienta hacia el porvenir y no ha sido
aun sometido al testimonio de la experiencia. A fuer de ver­
daderos revolucionarios del arte quieren conquistar de un
salto nuevas formas de experiencia.
Bien que el contraste establecido entre ambos métodos no
signifique una evaluación de ellos, no es menos cierto que el
desarrollo universal de la cultura depende de la profundidad
que alcancen estas ideas revolucionarias. Incluso el modo
cómo se interpreten los problemas del día se halla bajo su
directa influencia.
Pero como cada uno de nosotros no dispone para su acción sino
de un tiempo limitado, debemos a menudo optar por el camino
evolutivo, a fin de poder trasmitir a los demás siquiera una
fracción de nuestra labor creadora.
9.
Dado que nos resulta imposible realizar cabalmente en estos
tiempos nuestro sueño: desarrollar en toda su plenitud la téc­
nica óptica (arquitectura luminosa), no tenemos más remedio
que limitarnos por el momento a la pintura de caballete.
Sin embargo, considero necesario continuar mis experiencias
con sustancias artificiales tales como la galalita, la trolita, el
aluminio, el zellon, etc., y usarlos como medios para mi obra,

63

�porque el uso de estos materiales en el arte ayudará a demos­
trar su aplicabilidad en una esfera más amplia.
10.
Este es el motivo principal, si bien no único, porque sin inte­
rrumpir mis experiencias sobre la luz, continúo pintando
cuadros.
Tuyo
N. Mohoy-nagy.
Redacción castellana de Najmen Gainfeld.

64

�Elias Piterbarg

Surrealismo y surrealistas en 1948

Frente al Boulevard Saint'-Germain, las butacas en la vereda
del café Les Deux Magots. Son butacas y es una platea.
El escenario amplísimo es París, con su luz espolvoreada de
plata y de oro. Telón de fondo: los árboles de París festo­
neados por los chirimbolos barrocos de los techos de pizarra
y de negro zinc. A la derecha, la torre de la Abadía de SaintGermain-des-Prés, con sus enredaderas de verde, un brazo de
sol. . . y la primavera.
Sobre la calle de Rennes, que corta el Boulevard, frente a la
cola de los que esperan el autobús y de la pareja que se besa
bostezando, una hilera de butacas se ha rebelado, ha dado
la espalda al escenario. Enfrenta a otra hilera de butacas en
cuyo centro está sentado André Bretón. Peret está a su lado.
El melenudo alquimista Baskine, Marcel Jean, Cáceres de
Chile, Herold. Veinte muchachos y muchachas: cabelleras
enruladas de rubio y cabelleras morenas que caen como corti­
nillas sobre los hombros. Un poeta rumano, una poetisa checa,
un poeta egipcio.
Bretón conversa con ellos; no discuten; no gritan. Hablan con
suavidad. Parece que sólo exprimieran la espuma de las pala­
bras. Impresiona la actitud modosa y la ondulación leve del
movimiento de los cuerpos. Es la brisa de Bretón.
No son bullangueros, no tienen otras reuniones que éstas los
surrealistas. En sus casas, o los lunes en el café de la Place
Blanche en Montmarfre, y los jueves en el café de Les Deux
Magots. A las seis de la tarde. "Así los ve a todos, se ahorra
Bretón muchos «rendez-vous», y puede trabajar" — me dice
su mujer.
Pasan dos horas; se bebe cualquier pretexto. Bretón comenta

65

�el contenido de una carta recibida de Alemania, se discute tal
o cual proyecto de edición, o se borda un comentario a un
artículo.
Nos mirarpos todos con aire de grata complicidad. Nos senti­
mos bien en compañía de Bretón.
Bretón se levanta y nos desbandamos. Hasta el próximo lunes
o jueves.
Me dijo X, íntimo de Bretón: "A l surrealismo no lo puedo
definir; no es una doctrina. Quizás en política estemos todos
de acuerdo, pero para mí el surrealismo es Bretón. Cuandp se
ausentó no había surrealismo en París. Con su vuelta lo tene­
mos nuevamente. Muchos se han ido del surrealismo, pero
él ha quedado. Nos aconseja, nos estimula, nos orienta. ¿ A
quién mejor que a él pedirle ayuda para realizar una obra?
índica, añade, insinúa. Con él no nos sentimos solos. Es el
gran imantador".
Bretón parece conservarse tal como era hace veinte años. Ape­
nas el halo gris y ocre del tiempo, pero sin deformación notable.
Su mirada, su boca, su nariz son las mismas. Me impresiona
por su voluntad de permanecer sereno.
Me encuentro a mis anchas con Bretón. Es llano, camarada,
incluso excesivamente condescendiente. Se le quiere. Ristich
le reconoce sinceridad, y su honestidad debe de ser indiscu­
tible si hasta un cachorro de caza como Isou no se la niega.
"Nunca he tenido dos millones de francos, como fácilmente
otros los obtienen con algunas de sus ediciones de lujo. Nunca
tampoco he cobrado mis prefacios e introducciones".
A los surrealistas de Bretón que conocí, los encontré pobres y
sin quejas. "A pesar de las colas interminables para conseguir
unas papas congeladas en invierno, en París sabemos rebuscar
la alegría", me dice, otra vez, la compañera de Bretón.

66

Y el lunes 24 de mayo subo las escaleras de los cuatro pisos
de la rué Fontaine, a unos pasos del café de la Place Blanche.
En la puerta un letrerito: "M . André Bretón no admite visitas,

�n¡ da interviews, y no recibe sin convenio preestablecido. Inútil
insistir". Al lado, una rima de negativas: ni visitas, ni inter­
views, ni prefacios, ni otra cosa que no recuerdo.
Es posible que entrara emocionado, porque sólo pude distinguir
una habitación humilde, llena de objetos raros. Un Chineo,
una gran ventana, una selva de pájaros bajo una campana de
vidrio, y sentados Bretón, Peret, y su mujer.
Entramos Marcel Jean y yo.
De inmediato, con excitación evidente, le pregunto a Bretón
si querría contestar a un cuestionario que había preparado
pero que le resumiría verbalmente. Es obvio que Bretón me
estimula a expresarme.
M i cuestionario constaba de tres puntos:

icrar

l 9 — Si Bretón tiene conciencia de que el mito surrealista es
un mito. Es fundamental la aclaración porque si no hay tal
conciencia el mito escapa a! control y opera como causa sa­
grada.
29 — Si podemos permanecer neutrales o indiferentes con
respecto a las masas que hoy luchan envolviendo a veces sus
justas necesidades en un nuevo mito.
39 — ¿Cómo entonces, si se quiere eludir la complicidad con
un nuevo mito social, se puede ayudar a las masas en una
lucha de evidente necesidad, que un espíritu revolucionario
no puede soslayar?
Bretón me confirma que tiene conciencia del mito surrealista,
pero no cree que esto le suceda exclusivamente a él. Supone
que los políticos en la cumbre también tienen conciencia de
su mito, y que el movimiento romántico también la poseía.
Discuto ese punto de vista porque si bien lo acepto para los
románticos, personalmente creo que los líderes políticos no
padecen de esa duplicidad. Pero Bretón insiste en que si bien

67

�cree en la buena fe del pueblo y de muchos comunistas, no
le pasa lo mismo con sus jefes. Peret añade que éstos siempre
defienden intereses o posiciones personales. Pero Bretón corrige
diciendo que las cosas pueden no ser tan simples, y que es
posible que sea algo más, fuera de los intereses, lo que defien­
dan, pero que en última instancia su posición es semejante a
la del Gran Inquisidor de Dostoievsky.
Incidentalmente Bretón califica a sus ex compañeros, a los
que niega espíritu revolucionario y calidad surrealista, pues si
el surrealismo es un mito consciente no es admisible que pue­
dan seguir siendo surrealistas si se acogen a otro mito, por
añadidura inconsciente: el st'alinista.
Al segundo punto de mi encuesta, Bretón afirma que es impo­
sible toda conciliación con el mito stalinista. Cree firmemente
que éste es e! enemigo ideológico número uno del surrealismo.
Alude al desprecio con que el mismo Lenín se refirió a cierta
poesía e insiste en que el stalinismo es la negación absoluta
de la poesía. Cree Bretón que "en la flor del marxismo debe
de existir algún gusano" que puede explicar la degeneración
de la revolución rusa, y no acepta que pudiese ser el resultado
de una fatalidad histórica como lo sería la inevitable deforma­
ción que todo acto impone a una teoría. Además — añade
Bretón— , todo eso de la historia burguesa o marxista "est une
connene". Así es que, si bien acepta la importancia del factor
económico, no va más allá, y mucho menos lo puede creer
único y fundamental.

68

Ante mi sugestión de que una estructura económica, de cuño
socialista, se instaura en Rusia, y que esto es suficiente
para reivindicar la revolución del 17, Peret contesta apa­
sionadamente que nada hay sano en Rusia. Por su parte
Bretón vuelve a corregir y admite que omitiendo las respuestas
apasionadas quizás podría salvarse una duda que permitiría
creer en la persistencia de un vestigio de socialismo en la
U.R.S.S. Por esa misma duda me dice Bretón que él ha hecho
esfuerzos para no combatir a los stalinistas, pero que son ellos
quienes con sus métodos de lucha peculiares lo han provocado. Porque si en algo no puede hacer concesiones Bretón es

�en el terreno de su ideología. Y reitera que si bien ideológica­
mente no acepta el stalinismo, en la práctica hubiera querido
ser neutral, pero que le ha resultado muy difícil si no imposible.
Deduje de sus palabras, y así se lo dije, que si su posición
ideológica es inconciliable no había forma de llevar a la prác­
tica esa necesidad de ayuda que se exige a sí mismo un espíritu
revolucionario, cosa que me ratificó Bretón refirmando una
sensación de impotencia, al parecer forzosa en un momento
como el nuestro y en las condiciones planteadas por Bretón.
Por este hilo abordamos la respuesta al tercer punto. Peret,
por ejemplo, ratificó la necesidad de la unión entre la poesía
y la política, y estuvimos de acuerdo en que esa unión perte­
nece exclusivamente a la intimidad del poeta, y podría concre­
tarse diciendo que el poeta no puede tolerarse a sí mismo una
poesía política, pero que tampoco, en el caso de hacer política,
puede permitirse una política poética.
¿Cómo podremos entonces compartir una lucha cuyos funda­
mentos sentimos justos?
Se barajó la posibilidad de un nuevo movimiento, por ejemplo
el R.D.R. (Ressemblement Democratique Revolutionaire) fun­
dado en estos meses por Rousset y Sartre, que se declara
revolucionario actuante y anti-stalinista. Pero estuvimos de
acuerdo en que tales movimientos, formados desde arriba, no
tienen posibilidades de llegar a las masas, y que por lo tanto
no resuelven en verdad el problema. Además ¿por qué estaría
más inmune este partido a la degeneración que ha de sobre­
venirle, ya sea por causa de aquel gusano que contiene la
flor del marxismo, o por la deformación que toda doctrina
sufre al ser llevada a la práctica?
De nuestra conversación se desprendía, en suma, que domi­
naba a los surrealistas una penosa impotencia.
Nuevamente en contacto, después de muchos años, con el
mundo surrealista, se me aparece una de sus más graves con­
tradicciones; si el surrealismo tiene conciencia de crear un
mundo difícilmente permeable para el exterior ¿a qué se deben

69

�entonces los fáciles amores marxistas de algunos de sus inte­
grantes? y si fuera cierta la afirmación de otros acerca de la
indisolubilidad de la acción política y poética ¿cómo se puede
aceptar con tranquilidad una impotencia quizás rebajante? Si
en verdad el surrealismo acepta la coexistencia de dos mundos
no puede tratar al “ otro" como enemigo. No se explica enton­
ces esa agresividad inútil contra los poetas de la Resistencia,
por ejemplo, que si bien desertaron del surrealismo no se han
refugiado en un campo que pueda definirse como enemigo,
salvo que uno pueda confesarse que todo este mundo real o
práctico o político es en globo el eterno enemigo de la poesía.
En este paseo mío por París presentía una fragilidad en el
surrealismo que podía objetivarse mirando el problema desde
el lado político. Y de estas conversaciones surgí5 una refirmación de mi punto de vista. Veo la coexistencia de dos
mundos que tratan de penetrarse. Asentado en el mundo de
la poesía, si bien no puedo confundirme íntegramente con la
masa del otro mundo, mucho menos puedo tratarlo como
enemigo; y en las condiciones actuales, tal como se ofrecen,
no puedo sino elegir entre lo que existe, sea o no de mi
gusto, se amolde o no a mis exigencias más íntimas.
Quise contrastar mis opiniones, y las de Bretón incluso, y con
esta intención hablé con dos poetas que no pertenecen al grupo
de Bretón: Ristich y Tzara.
Ristich, antaño jefe del grupo surrealista de Yugoeslavia, hoy
embajador de su país, me dijo que al contrario de Aragón él
no escupía sobre su pasado surrealista por el peligro imagina­
ble. Distingue actualmente en el surrealismo tres posiciones:
la de Aragón, la de Eluard y la de Bretón. La primera ya queda
calificada y definida.

70

Eluard ha seguido una evolución, digamos, natural, y por sus
actitudes públicas, como por el contenido de sus últimas obras,
se ha ubicado en la posición, simple o como se quiera, de poeta,
con las perspectivas visibles de transformarse en poeta nacio­
nal. Que esto nada tiene que ver con el surrealismo "de antes"
sería evidente, si no lo confirmara también lo que Eluard
repite aún hoy: "antes para mí sólo existía Bretón".

�Ristich confirma que el surrealismo ha sido un movimiento
universal que ha revolucionado el gusto y ha liquidado una
serie de valores falsos, pero que esta obra ya se ha infiltrado
y diseminado en el mundo haciendo innecesaria la persistencia
del grupo primitivo cuya misión fué la de atizar el fuego
inicial. No le reprocha a Bretón una traición política sino
exactamente una traición al surrealismo. En su concepto éste
debía haberse dejado disolver como la realidad misma lo
provoca, y la voluntad de oclusión de Bretón riñe con esa
tendencia sustancial del movimiento.
Personalmente se relame con el recuerdo de su actividad juve­
nil y, con tal fruición, que me sugería que eso que fué la
sustancia de la actividad surrealista no estaba totalmente
muerto, por lo menos para él mismo.
Tzara fué algo más agresivo y tajante. Me habló también de
aquella influencia universal del surrealismo, me citó aquello
de los millares de escritores y pintores que hoy no pueden
trabajar sin revelar la influencia surrealista; "pero estamos
en época de guerra — me dijo— y hay que tomar posiciones.
El surrealismo como grupo, como escuela, ha perdido precisa­
mente su vigor revolucionario. Todo lo que tuvo hasta 1932, la
virulencia, la agresividad, lo ha perdido". Lo que le queda a él
mismo del surrealismo es una forma de expresión, pero no
puede adherirse a sus viejos o nuevos mitos, místicos, mágicos
o proudhonianos. Se sabe artista proveniente de la burguesía
y en rebelión contra ella y manejando una forma que no puede
ser definitiva. Por otro lado el motor del surrealismo no fué
¡a revolución en el arfe sino la liberación del hombre, y a
ésta la considera realizándose en el plano político. Si todavía
cree en una actividad poética vivida y ya no escrita, la supone
plasmándose en un mundo futuro.
La hostilidad de la U.R.S.S. hacia el surrealismo no reside,
para él, en una cuestión de principios. Se explica por circuns­
tancias políticas transitorias. Afirm a que siendo éstas dife­
rentes en Francia, y sumando la sólida tradición de la línea
poética revolucionaria francesa, este fenómeno de intransi­
gencia puede no repetirse, siempre que los poetas no se sitúen
como enemigos de la única línea progresista.

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Aquí termina el resumen de mis conversaciones en las que
si he dejado traslucir algún concepto personal, creo no haberles
dado una catadura precisa.
A continuación diré lo que he creído ver y lo que he podido
interpretar.
En París me ha conquistado la impresión de que, confesos o
no, los surrealistas de distinta denominación se ven ceñidos
a expresar su surrealismo en la única forma posible hoy para
ellos: la expresión artística o literaria. Es innegable, como
dijo Tzara, que el surrealismo ya no es combativo. Ya no
escandaliza. No provoca remolinos ni en las calles ni en los
espíritus. Y si hay una tentativa en el grupo de Bretón para
mantener la persecución de valores espectrales y para imponer
una actitud surrealista en la vida, los resultados de esa ten­
tativa sólo aparecen en manifestaciones que no conmueven
hasta la raíz ni a las masas ni a la flor de la juventud de
París.
No son muchos los jóvenes que hoy en París se apasionan por
el surrealismo. Son muchos más los que colman las salas de
conferencias y de polémica de existencialistas y comunistas.
La única influencia que el surrealismo puede ejercer se opera
a través del contacto individual. Creo que permanecerá siendo
un movimiento restringido a un pequeño grupo de individuos,
entre los más interesantes de esta época, pero no los más
efectivos.
La sensación de impotencia ante los fenómenos sociales que
he recogido, ese su bullir amortiguado, en definitiva, su efi­
cacia restringida, obedecen en mi concepto, no sólo a las
razones evidentes de estos años de lucha elemental, sino tam­
bién a defectos en la lucidez.

72

En la eterna lucha entre la libertad y la necesidad, los surrea­
listas abatieron valores y erigieron una visión más libre de la
vida. Pero esto fué posible después de 1918, porque fenómenos
de tamaña envergadura, como la guerra del 14 y la revolución
rusa, a modo de terremoto conmovieron las rocas sobre las que

i

�se asentaba la sociedad burguesa. A favor de esa dinamita
pudieron los surrealistas remover y apartar escombros y salvar
lo más hermoso que afloraba desde el filón más profundo.
El fenómeno cataclísmico sigue actuando y surgen actualmente
nuevas rocas, nuevos valores, pero que ya traen consigo, junto
con la promesa de lo original, una vegetación espesa de nece­
sidad ciega que puede ahogar la visión de poesía y de libertad
que el surrealismo desenterrara. El defecto de lucidez consiste
en querer actuar contra estas formas jóvenes de la necesidad
con la misma táctica que se empleara frente a estructuras
anticuadas y a punto de derrumbe.
En este tiempo de pensamiento abreviado y de voluntad estricta,
acusamos falta de lucidez si nosotros mismo caemos en esa
limitación de vistas y confundimos barbarie con decadencia,
o lo nuevo y lo viejo. Tachar a todo este mundo nuevo de
degeneración es querer cerrar los ojos ante lo desagradable
o lo difícil.
Para mí sólo hay dos alternativas: O en la realidad que vivi­
mos todo está en pudrición, entonces el único islote sano lo
constituyen los surrealistas y algunos hombres afines que al
final serán ahogados por la marejada, o, como yo creo, debe­
mos aceptar que de este caos surje lo nuevo, también confor­
mado en parte por una necesidad que rechazamos, pero que
en su conjunto debemos aceptar como único terreno firme
donde sembrar la semilla de subversión y de liberación. Pero
entonces la táctica ha de ser otra. No podemos recluirnos
voluntariamente en aquel islote palúdico. En alguna forma
viril y honesta debemos aceptar ese mundo nuevo, aunque
manteniendo una crítica sin concesiones fundamentales a
nuestra voluntad de conquistar para el hombre una realiza­
ción "plena" de sus deseos y, por tanto, de su libertad.

73

�Aldo Pellegrini

Woifgang Pealen

La pintura moderna, constituye un apasionante fenómeno que
hace de nuestra época una de las más fecundas de la historia.
Nos encontramos con un caos de escuelas, teorías, ortodoxias
y heterodoxias, donde pululan creadores audaces, junto con
mistificadores groseros o geniales. Las formas y los colores
han sido usados para expresar lo inexpresable, lo que la pa­
labra nunca se aventuró a sugerir, lo que la música apenas
insinuó. Con colores y formas derramados sobre una super­
ficie plana, se ha intentado revelar el secreto del hombre,
penetrar con imágenes en las nociones de espacio y tiempo,
darnos el contenido emocional de las matemáticas y de la
lógica. Ahora con Woifgang Paalen, la paleta del artista se
propone mostrarnos los secretos de la materia, la intimidad
del cosmos.
En el cúmulo de artistas improvisados, de exhibicionistas sin
fe, de arrivistas en busca del camino más corto, para aban­
donarlo cuando los "marchands" o "snobs" se lo sugieran,
aparece Paalen con su arte reflexivo y firme, recorriendo un
camino de pintor en donde cada etapa es lógica consecuencia
de un desarrollo espiritual, donde nada es improvisado ni
artificial.

74

Paalen es el ejemplo de una vida totalmente dedicada al arte;
éste constituye su motivo de reflexión y a causa de él, viaja,
estudia arqueología, filosofía, física. Fuera de los momentos
en que el artista está al servicio de la creación, su lúcida
mentalidad de investigador y de teórico pone todos sus re­
cursos al servicio de la dilucidación de los problemas del arte.
Su vida se resume así: nació en Viena en 1907; estudió pin­
tura con Leo von Koenig en Italia en 1921; luego con Adolf
Meyer en Berlín en 1923 y en la Hoffmann Accademy de
Munich en 1925. Sufrió temprano la influencia de Renoir y

�Cézanne y en esa dirección, hizo sus primeros ensayos en la
plástica. Luego van Gogh produjo una sacudida más honda
en su espíritu. En 1927 vió por primera vez en Munich pin­
turas de Klee, que lo impresionaron fuertemente. Se interesó
por el arte primitivo que estudió en sus mismas fuentes: en
1933 visitó las cuevas de Altam ira en España; estudió profun­
damente la antigua cultura de las islas cicladas; actualmente,
en México, es un apasionado investigador del arte azteca y
maya. En las culturas primitivas buscó infatigablemente las
formas esenciales y perennes de expresión plástica.

«1 6t

Paalen vive hoy en México, en su retiro de San Angel, ro­
deado de los maravillosos colores del paisaje mejicano, que
constituyen el laboratorio al cual se asoma para arrebatar, a
través del color, los secretos de la naturaleza.
Prescindiendo de sus primeros ensayos bajo el influjo post­
impresionista, su labor de creador plástico cumple tres etapas
fundamentales: un período abstracto que transcurre desde
1932 hasta 1935, colaborando en esa época con el grupo
Abstracción-creación de París. En un segundo período entra en
contacto con los surrealistas y su pintura se impregna de ele­
mentos poéticos, expresando las angustias, los ocultos conte­
nidos anímicos; en esa época colabora directamente con el
grupo de Bretón desde 1936 hasta 1940, produciendo algunas
de las obras más puras y de mayor calidad dentro de la pin­
tura surrealista. En un último período que llega hasta el
momento actual, se libera totalmente de influencias extrañas
para buscar su camino personal. A este camino llega después
de un prolongado proceso de maduración, resultado de su
esfuerzo por comprender el mundo moderno, sus análisis de
las posibilidades de la plástica, y especialmente guiado por
la idea fundamental de que el artista no debe resignarse a
la expresión del yo personal sino que debe constituirse en
abanderado de su época, en punto de confluencia de todos
los problemas del conocimiento, en síntesis emocional de la
más alta esperanza humana.
Para cumplir propósitos tan ambiciosos, Paalen desarrolla,
contemporáneamente con su obra de creador artístico una

75

�producción teórica de considerable envergadura. Con el fin
de difundir sus concepciones, funda en 1942, en México, la
revista DYN, de la que se publican seis números.
Paalen representa la inseparable conjunción de artista y
pensador, que constituye el modelo del artista perfecto, ca­
tegoría excepcional en la que Leonardo fué el arquetipo. Pero
no basta la confluencia de esos dos factores para determinar
al artista perfecto; es necesario que ambos — el creador y el
pensador— rayen a igual altura, que ninguna de estas per­
sonalidades necesite el apoyo de la otra para existir. En
efecto, la obra artística de Paalen es de tal naturaleza, que
puede vivir perfectamente sin el apoyo de ninguna teorización.
Su pensamiento teórico, a su vez, supera la racionalización
de los propios impulsos artísticos, para lanzarse a un análisis
del sentido general del arte, para superar el arte mismo y
buscar el sentido del hombre, sin detenerse ante las más
arriesgadas especulaciones filosóficas.í1)
Detengámonos ahora en el examen de su producción artística.
En el período abstracto (producción que desgraciadamente se
ha perdido en gran parte a consecuencia de la última guerra),
procede por grandes planos de color o superficies y líneas
escuetas, detrás de las cuales asoman los restos de formas
naturales, como se encuentran en algunas culturas primitivas;
por eso su biógrafo Regler (2) denomina a este período de su
pintura, período cicládico. "El hombre y su máscara" es pro­
totipo de esta época, en la cual ya se insinúa la gran obsesión
cósmica que encontraremos permanentemente en toda la obra
de Paalen: "Rostro planetario (tema que repetirá en sus dis­
tintos períodos, siempre bajo nuevas formas) y "La Rueda de
la Tempestad" son manifestaciones de esta obsesión.
Estamos lejos del análisis plástico del cubismo y también de
la búsqueda de formas sin contenido del arte abstracto pro­
piamente dicho.
f1) No amengua en nada su tarea de pensador el que yo personalmente
confiese no compartir sus puntos de vista sobre la dialéctica, expresados
en su ensayo: "El Evangelio Dialéctico" (Dyn 1942, N9 3).

76

(2 )

Gustav Regler: Walfgang Paalen (Nierendorf, New York, 1946.

�Después de su contacto con los surrealistas, Paalen se lanza
a la realización de grandes paisajes emocionales. El intenso
sentido poético que los surrealistas preconizan en la plástica,
domina sus cuadros de entonces. El color adquiere una trans­
parencia y delicadeza infinitas para poder impregnar a la
tela de los más puros contenidos anímicos. Así produce
maravillosos cuadros tales como "Fata Alaska", "El barco del
Espacio", "Restos Inmortales" y la serie de "Paisajes Tótem",
Son paisajes de desolación y de angustia que semejan la super­
ficie de planetas muertos, donde surgen extrañas formas sin
vida. La línea del horizonte da sin embargo, perspectiva humana
a estos cuadros. Este conjunto de obras, junto con las de Tanguy,
expresan quizás lo más puro de la pintura surrealista de aquella
época. En este mismo período se lanza a la investigación en
el terreno del azar plástico y surgen entonces sus famosos
"fumages" obtenidos por acción del humo sobre la tela.
En 1938 y siempre dentro de la tendencia surrealista su pintura
evoluciona desde esos desolados paisajes de primitivas épocas
geológicas, hacia construcciones que parecen representar el
caos primero de donde surgiera la vida: de aquí nace una
nueva serie donde parece concentrarse la lucha por lograr
formas definidas de vida, una lucha extraña y desgarradora que
se manifiesta en los cuadros denominados "Tempestades Mag­
néticas", en la serie de "Combates de los Príncipes Saturninos",
en "País medusado". Son embriones de vida que luchan contra
el aniquilamiento, exhiben, ante los ojos mediocres del hombre
de hoy, todo el terror de la creación del mundo, el gran drama
cósmico e infinito que podría servir para despertarnos del
letargo presente, de la civilización que nos ciega.
Hacia 1939 aparece en Paalen una preocupación de orden com­
pletamente distinto, que se anuncia en su aguada "Entre la
Materia y la Luz". En esa época se le revela la grandeza de la
física posteinsteniana, hecho que, unido a sus elaboraciones
estéticas lo conduce a la eclosión actual de su pintura. Pintura
de intención fundamentalmente cósmica. De un punto de vista
técnico se caracteriza este período por transformaciones impor­
tantes: desaparece el espacio tridimensional, con línea de hori­
zonte y perspectiva; espacio que responde a leyes de percep-

�ción humanas, y que convierte por lo tanto al hombre en tácito
protagonista. Tal cosa sucede en los cuadros surrealistas de
Paalen (y exactamente lo mismo en los de Tanguy), a pesar de
la tota! ausencia en ellos no sólo de elementos morfológicos hu­
manos, sino de toda forma viviente.
Abandonado el espacio tridimensional, Paalen se lanza a la
representación de un espacio multidimensional, ruta en la cual
reconoce haber sido precedido por Kandinsky, quien por pri­
mera vez prescindió de toda representación natural para crear
sobre la tela formas libres que parecían desplazarse en todas
las direcciones posibles. En las pinturas multidimensionales, el
hombre queda totalmente anulado en su triple calidad de pro­
tagonista, espectador y creador. El cuadro adquiere vida inde­
pendiente. Paalen se lanza, nuevo Pigmalion, a dotar de vi­
da a sus creaciones. La tela se transforma en un personaje ex­
trahumano que tiene su significado específico, que vive e inte­
rroga; se convierte — según una feliz expresión del artista—
en expectador. En ese momento contempla al hombre y le
devuelve irónicamente la pregunta mi! veces repetida por éste:
¿Y qué significas tú?

78

Las pinturas que Paalen, dominado por estas ideas, creara des­
de 1940, significan uno de los aportes más originales y profun­
dos al arte de nuestro tiempo. Para Regler, los "Cosmogones"
ejecutados entre 1944 y 1945, constituyen verdaderos jalones en
la historia de la pintura, y yo no estoy muy lejos de esa opinión.
En estos cuadros Paalen parece haber penetrado en el mismo
comino en el que van Gogh se había introducido con furor de­
moníaco. Van Gogh había intentado la descomposición de la
materia por la luz; fué el primer paso. Paalen avanza hacia lo
más profundo de este camino, pero en lugar del arma desintegradora de la pasión demoníaca, penetra con su pupila inda­
gadora, con serenos ojos de ultramicroscopio, para arrebatar
los secretos de la materia y reproducirlos en imágenes cromá­
ticas y rítmicas, poniendo ante nuestra vista el ritmo plástico
del universo interior de los átomos, el gran drama íntimo de la
materia donde lo infinito y finito se confunden. Con paleta de
magia estupenda nos describe los más sorprendentes paisajes
que abarcan el mundo de lo infinitamente pequeño y de lo infi-

�nitamente grande. Es la gran fusión de ecuaciones (emocional
e intelectual) de que nos habla Paalen, donde se mezclan los
elementos objetivos de la ciencia con la imaginación humana.
Esta nueva ecuación que nos ofrece el arte, debería completar
en lo futuro, la fría angustia de las puras ecuaciones matemá­
ticas; estas últimas se refieren a la materia de un modo indirec­
to, nos anuncian como inalcanzable para el hombre, su esencia
última, su íntimo secreto. Al arte corresponde acercarnos a
ese secreto, y el arte de Paalen lo intenta. En el deslumbra­
miento de los grandes vértigos intranucleares que expresan sus
cuadros, aparece como signo tranquilizador la parábola, la
señal que nos hace inteligible la materia. Las parábolas conflu­
yen en el signo DYN, símbolo de la tripolaridad de fuerzas, con
el cual el hombre se explica el gran misterio de la energía
cósmica.
Así ha penetrado Paalen, mediante los colores, en el secreto
de la materia. Su pintura nos dice que hay una perfecta con­
cordancia entre apariencia y esencia. Los colores (la aparien­
cia) son ventanas abiertas hacia la íntimo de la materia; pero
sólo abiertas para el ojo superlúcido del pintor. ¿Qué nos revela
de ese mundo que sólo conocíamos a través de fórmulas? Nos
habla de panoramas donde la materia y el tiempo se confunden,
nos habla de la gran síntesis.
Y vemos cómo en estos cuadros de Paalen el tiempo constituye
una dimensión más de la tela; las formas y colores adquieren
un sentido rítmico. Supera a la música en cuanto es ritmo condensado. El tiempo aprisionado por el pintor hace vibrar la tela.
No es lo que pretendía Kandinsky: una transposición de la mú­
sica en colores, sino la misma esencia del arte de la que tanto
la música como la pintura han partido.
A llí vemos desfilar los maravillosos cuadros pintados por Paalen
en estos últimos años: la serie de "Polaridades cromáticas"
(años 1940-41 y 42) que nos abisman en ondas de color, las
cuales nos conducen desde lo sombrío a lo lírico. En el mismo
tono presenta los cuadros: "Figura paradinámica" (1940),
"Personaje espacial" (1941), "Espacio liberado" (1941). Con
el tríptico "Los primeros espaciales" (1941-44) entra más hon-

79

�do en el drama del cosmos, captando tres instantes de un
vértigo de grandeza alucinatoria. En "Los Cosmogones" (194445) culmina la pintura de este período: el movimiento desen­
frenado de la materia se organiza en ritmos coherentes con­
fluyendo hacia el centro del cuadro donde el signo Dyn mate­
rializa la síntesis final; estamos sumergidos en una verdadera
vibración de color, algo que sobrecoge y al mismo tiempo
tranquiliza, el punto de contacto entre el cosmos y la inteli­
gencia organizadora. En parecido estilo pinta "Eroun" (1944),
la sobria y delicada tela "Tripolaridad" (1944), "G yra"
(1943), la serie de "Aerogyls" (1944-45). Otro aspecto nos
revelan las telas "Rueda Nuclear" (1942) y "Solarización"
(1942); especialmente esta última recuerda las imágenes de
la superficie del sol obtenidas por fotografías con luz de hi­
drógeno. Parecida impresión nos dan sus "starscape" (pai­
sajes siderales).
Hacia el año 1946, sin abandonar la técnica que lo particula­
riza en este período, vemos que la alucinante vibración se aquie­
ta, para conducir a un tipo de pintura que corresponde exacta­
mente a lo que el mismo Paalen denomina "meditación píastica" (x). A este grupo pertenecen: "Los silenciosos" I y II
(1946), los "Rostro Planetario" de 1946-47 y varias telas que
llama simplemente "Rostro", ejecutadas en 1946 y 1947, la
"Selan Trilogy" (1947), la "Hanmur Trilogy" (1947) y diversas
pinturas y dibujos a tinta ejecutados sobre papel mexicano.
En este período de quietud, de "meditación plástica", está la
pintura de Paalen actualmente, y así hemos visto oscilar toda
su evolución pictórica entre los dos polos que significan la agi­
tación del continuo flu ir cósmico y la quietud de la medi­
tación.
Toda la labor de Paalen en este último período se acompaña de
una intensa labor teórica. En una brillante serie de ensayos,

80

t1) En una carta que me envió el 16 de julio de este año 1948 me dice:
"En estos cuadros continúo expresando mis meditaciones plásticas sobre lo
que es y sobre lo que podrá ser. Crece cada vez más en mí la convicción
de que la meditación es tan necesaria como la acción y que el arte puede
llegar a ser una especie de meditación activa y comunicable.

�Jacques
Hérold

la

N o d riz a d e la Selva

1946

Jacques
Hérold

La Torre

1945

�Wolfgang Paalen

1932

El h o m b re y su m á scara

1945

La nave de! e sp a cio

�1947

Wolfgang Paalen
A e ro g y l

�Wolfgang Paaien
R ostro F la n e ta rio

1947

Wolfgang
Paaien

C o m b a te d e los
p rin c ip e s
s a tu rn ia n o s

1947

�intenta una fundamentación de su pintura. Parte de las concep­
ciones del filósofo americano John Dewey, quien preconizó la
síntesis de imaginación y razón. La pintura para Paalen debe
resultar de la fusión de la ciencia (ecuación lógica del universo)
y del arte (ecuación rítmica del universo); por este camino se
logrará superar — dice— al surrealismo que postuló la omni­
potencia de lo irracional y al materialismo dialéctico que afirmó
la omnipotencia de la razón. La belleza, según Paalen, aparece
cuando, lo que piensa el yo y lo que siente el yo, se integran
en un modelo coherente, o sea, cuando las ecuaciones intelec­
tuales y emocionales se fusionan.
Paalen analiza en su obra la crisis por la que pasa el arte mo­
derno llegando a la conclusión que se trata fundamentalmente
de una crisis del tema: el problema no es ya cómo pintar; no se
trata de buscar nuevas técnicas, sino nuevos temas. Resume las
soluciones dadas hasta ahora en el problema del tema: los cu­
bistas se dedicaron al análisis plástico del tema; los surrea­
listas procedieron a la destrucción poética del tema utilizando
las yuxtaposiciones insólitas, e introduciendo finalmente la lite­
ratura en la plástica; el arte abstracto brega por el abandono
del tema. Paalen considera todas estas soluciones no satisfac­
torias y propone un tema totalmente nuevo: la creación de una
cosmogonía plástica con la que se intentaría dar una imagen
de las fuerzas ocultas en la naturaleza. Esta cosmogonía sería
la auténtica expresión de nuestra época, considerando que cada
cultura tiene su propia cosmogonía que corresponde a su par­
ticular concepción del mundo. Cada nueva cosmogonía tiene,
según Paalen, su imaginería específica que es elaborada por
una minoría que forma la vanguardia de la época. El modo de
expresión utilizado por estas vanguardias resulta arbitrario y
hasta ininteligible para la mayoría de sus contemporáneos; re­
cuérdese, dice Paalen, lo difícil que resultó a las gentes de la
época del Renacimiento asimilarse los principios de la pers­
pectiva.
Toda la trayectoria de Paalen se revela como una búsqueda de
las conexiones de su yo con el mundo que lo rodea. La síntesis
emocional del macrocosmos y el microcosmos es para él la gran
misión del artista y así retoma en un nuevo plano — el del arte—

81

�la antigua obsesión de los ocultistas. En esta forma, el hombre
desaparece de su pintura como individualidad, para reaparecer
como esencia cósmica.
La ambición de revelar el secreto del cosmos en cada pincelada,
la conmoción frente al gran enigma de la naturaleza, no es
particular del último período de la pintura de Paalen; se la ve
latente o manifiesta desde sus primeras creaciones del período
abstracto: la obsesión de los rostros planetarios, tema que
retoma a través de los años, tiene este significado.
Pero la misión del artista, dice Paalen, no concluye al dar una
imagen emocional de la ciencia; el artista coopera en la labor
misma de! conocimiento, convirtiéndose en un anticipador. En
"New Image" C1) Paalen señala la similitud de algunos antiguos
paisajes de Klee con la fotografía infrarroja. Alice Paalen me
refería la sorprendente semejanza que encontró — en ocasión
de su visita a Alaska — entre los paisajes reales de esa región
y el cuadro "Fata Alaska" pintado por Paalen algún tiempo
antes.
La pintura de Paalen tiene, además de su valor intrínseco, una
importancia fundamental para nosotros, espectadores en el
gran campo del arte: se coloca francamente entre los caminos
de! surrealismo y del arte abstracto, señalando un camino nue­
vo. El error del surrealismo ha sido para Paalen querer poeti­
zar la ciencia; el error de los abstractos querer hacer un arte
científico; el verdadero camino para él, está en lograr la fusión
integral de arte y ciencia. Así obtiene Paalen una pintura diná­
mica, que es la expresión plástica de la energía en movimiento
y que se opone al neoplasticismo y concretismo, pintura estática
que busca imitar los grandes esquemas inmutables del pensa­
miento. Paalen nos hace conocer, directamente, el flu ir in fi­
nito, y de este modo, por el sendero de lo inagotable, el hombre
penetra más seguro en el enigma del universo que a través del
frío camino de las verdades simbólicas e indirectas de las mate­
máticas.
Pero más allá de toda reflexión estética o lógica, Pealen nos

82

(1)

Dyn, 1942, N? 1.

�da un arte de pura exaltación; una exaltación sin tortura como
podemos encontrarla en la música de Bach. Al contemplar sus
cuadros se me hace claro el sentido de una extraña impresión:
la voz silenciosa; es la voz que habla a los ojos de mundos
maravillosos y eternos, de luchas y de quietud, de violencias
que aspiran a una gran armonía. He aquí la voz silenciosa
que nos habla con su lenguaje radiante: la voz de Paalen, el
pintor cósmico.

83

�Li b r o s
Kaputt, por Curzio Malaparte
Curzio Malaparte, correspon­
sal de guerra italiano desta­
cado en el frente oriental, ha
escrito un libro voluminoso,
especie de autobiografía don­
de consigna sus vivencias
relacionadas con uno de los
períodos más negros de la
historia de Europa. Ha tenido
acceso a las más diversas
fuentes de información, se ha
codeado con importantes je­
rarcas nazis y diplomáticos de
toda laya, ha podido escuchar
testimonios de toda especie y
ver las cosas más dispares.
Este libro fué escrito antes del
fin de la guerra y pretende ser
un documento auténtico de la
vergüenza y la ignominia en
que fueron sumergidos pue­
blos enteros durante muchos
años. El autor da a entender
que no se presenta ni como
juez ni acusador, sino como
un testigo un poco culpable
como todos los que convivie­
ron en esa época.

84

Veamos qué es este "docu­
mento". Gran parte de la
información que suministra la
conocíamos ya a través de di­
versas fuentes periodísticas,
por lo general anónimas. Sus

entrevistas con distintas per­
sonalidades son, salvo excep­
ción, de muy escaso interés.
¿Qué tiene pues de curioso o
extraordinario este libro? El
autor y su obra, indisoluble­
mente ligados. Entendemos
que un libro documental tiene
valor cuando el autor es ho­
nesto, es decir cuando no hace
juegos malabares, cuando no
falsea la realidad. Aquí, la
preocupación del autor no es­
tá en captar la realidad, sino
en causar sensación. La cons­
trucción de los actos y capítu­
los no la guía la naturaleza
del tema o de los hombres sino
la ¡dea ingenua de dar un gol­
pe teatral. A menudo la mis­
ma elección del asunto hace
prever el desenlace. Escribe
como si representara ante el
público. Esa es sin duda su
realidad, quizás una explica­
ción de su gran popularidad.
Lo interesante es que ese de­
seo inconsciente de evasión ya
lo expresa él mismo cuando
dice que en su libro la guerra
no es sino un personaje secun­
dario.
Gran parte de la obra está
constituida por descripciones

�23 a

de encuentros con numerosas
personalidades. Los diálogos,
donde se usa insistentemente
el recurso de las transcripcio­
nes en el idioma original, cui­
dadosamente traducidas al pie
están plagados de lugares co­
munes y trivialidades de toda
especie. Pareciera que el úni­
co objeto que se propone es
mencionar el amplio y selecto
círculo de sus relaciones per­
sonales, recordar los brindis
insultantes que dedicaban a
los dictadores (muy en priva­
do) y anotar las frases inge­
niosas en boga. Algunos frag­
mentos cuyo interés es inne­
gable, quedan fa ta lm e n te
ahogados por la maraña de
efectismos y situaciones fabri­
cadas.
El estudio psicológico de al­
gunos personajes que ha co­
nocido (Frank, Himmler, etc.)
lo conduce a un terreno que
fácilmente puede desembocar
en la opereta. Frank, el pro­
tector de Polonia, de todos el
más minuciosamente descrito,
parece un fragmento de ópera
bufa. En un intento general
de explicación de las tenden­
cias criminales del HerrenvoSk, cree en una forma espe­
cial de neurosis: el miedo a sí
mismo. Más adelante se trans­
forma en miedo ante los dé­
biles.

Después de leer este libro
sentimos grandes deseos de
urgir el homenaje al cronista
desconocido que nos suminis­
tró la materia prima para la
construcción de nuestro pro­
pio panorama y que nunca in­
tentó idiotizarnos con el barro
de su conciencia culpable.
J. D. Sussmann

Les jours d e notre m ort

por David Rousset
"Este libro está construido con
la técnica de la novela, por
temor a las palabras", dice
Rousset en su prefacio. Es
la esencia de toda la novela,
pero más necesaria en este te­
ma que en cualquier otro. En
realidad, el propósito de Rous­
set no es novelesco, no perte­
nece al campo de lo imagina­
rio. Pero una simple enume­
ración de los recuerdos de
Rousset, acerca de los diversos
campos de concentración de
Alemania, donde estuvo inter­
nado durante varios años, no
hubiera logrado este propó­
sito.
Se trata por lo tanto de llevar
al lector fuera de sí mismo,
hacia un mundo real, pero tan
extraño e inhumano que pare­
ce el más irreal de todos los
mundos posibles. Este univer-

85

�86

La obra tiene para Rousset, y
para nosotros, un valor catár­
tico. Se trata de elaborar y de
dominar la vivencia del ho­
rror, de descender hasta el
fondo del infierno real, con­
trapartida de nuestro universo
de seudocivilizados. Así desve­
la poco a poco el universo concentracionario, con una lógica
más real que la del tiempo. V¡venciamos, paso a paso, la
deshumanización del preso, sin
palabras inútiles ni sentimen­
talismos fuera de lugar. La
brutalidad de la notación pu­
ra, hiere más que cualquier
comentario, aún el uso del vo­
cabulario específico de los
campos, de las palabras ale­
manas, rusas, etc., contribuye
a crear la impresión de extrañeza y desamparo del hombre
separado de su vida y de su
pasado, cuya precaria existen­
cia dejó de tener valor para
todos. Llegando a Mauthausen
o en Dachau, después del viaje
agotador en vagones de mer­
caderías herméticamente cerrados, pasando días sin co­

mer, ni beber, ni acostarse, el
preso tiene que olvidar que fué
hombre. Tiene que aprender
las leyes de este universo: co­
mer para vivir, no decir nada,
no acordarse, no tener piedad.
Tiene que asumir un papel en
una organización rígida y pri­
mitiva. Tiene que integrarse
en una colectividad nacional o
política, lo que le permite con­
seguir una "pionque", una
función re la tiv a m e n te más
tranquila, menos cercana a los
"SS" o quizá un puesto en
la administración interna del
campo, en manos de los pre­
sos. La obtención de este pues­
to, la protección del preso in­
fluyente, significan la posibili­
dad de sobrevivir. El que se
aísla muere. Esta ley funda­
mental rige la conducta de
todos, sobre ella se funda toda
una sociedad artificial, con
sus clases sociales, sus escla­
vos y sus dueños, que son a su
turno los esclavos del "SS",
todopoderoso. Toda falla, toda
equivocación en la aplicación
de las leyes conduce al crema­
torio. El valor más sobresa­
liente de la obra de Rousset
reside en este análisis de la co­
lectividad concentracionana,
fundada en val ores elemen­
tales, sin ningún disfraz, sin
ningún otro principio que el de
las necesidades del hambre y
de la conservación. Esta socie-

23 b

so especial, el "universo concentracionario", es el más in­
concebible. Sólo podemos pe­
netrarlo identificándonos con
él, sintiéndolo efectivamente.
Esta experiencia emotiva del
horror exige la técnica lite­
raria.

�dad creada artificialmente por
el mundo moderno resucita
los impulsos más arcaicos del
hombre en su forma más pri­
mitiva. Es un mundo comple­
tamente regresivo, que ha ne­
gado todo el aporte cultural y
aniquilado todas las necesida­
des humanas fuera del comer
y del matar. Aún así, desapa­
recen los impulsos sexuales,
excepto en las clases sociales
más "privilegiadas" del cam­
po. David Rousset se dedica
poco a la psicología individual,
por lo tanto no existe más que
un problema psicológico en el
campo: ¿cómo puede un ser
humano adaptarse a semejan­
tes condiciones de vida? Tres
reacciones fundamentales son
posibles: seguir siendo un hom­
bre del mundo externo, es de­
cir, no poder adaptarse, y mo­
rir. Darse completamente al

nuevo ambiente, aceptar inte­
riormente sus leyes y salvar su
vida a este precio o tratar de
dominar el universo concentracionario, utilizando sus leyes
para fines y por medios colec­
tivos. En este último juego
también uno corre el riesgo de
perderse como hombre, de per­
der su vida.
No se puede juzgar equita­
tivamente el valor estético de
este libro. Sabemos que es
grande porque consigue su
fin: hacernos penetrar en el
universo del campo y vivir en
él. Toda nuestra sensibilidad
lo rechaza, aun cuando no
rechace las imaginaciones del
Marqués de Sade. Porque des­
pués de todo, se trata aquí del
mundo real.
W. Baranger.

87

�Notas

Nuevas realidades
El salón Nuevas Realidades,
e f e c t u a d o últimamente en
Van Riel, tuvo la virtud de
agrupar en una manifestación
de conjunto las diversas ten­
dencias del arte no-represen­
tativo en nuestro país. La
muestra presentó así junto
a las realizaciones de los ar­
tistas que se ajustan a un
concepto elementarista y con­
creto, las de aquellos otros
que soslayan esta preocupa­
ción y se atienen a un criterio
casi intuitivo.
Esta circunstancia otorgó al
Salón una variedad muy ilus­
trativa de los diferentes mati­
ces que presenta el llamado
"arte abstracto" en su des­
arrollo actual y, particular­
mente, del valor de las obras
aportadas a este movimiento
por los artistas argentinos.

88

El arte de espacio tuvo en la
exposición que nos ocupa ma­
nifestaciones que expresan la
madurez alcanzada en nues­
tro medio por este sector de
la creación abstracta. El ar­
quitecto Catalano expuso un
objeto de bella precisión, cu­
yas partes — un plano rectangular y una "continuidad"

metálica— se vinculan en el
espacio mediante un certe­
ro equilibrio de forma y de
material. Las dos obras ex­
puestas por lommi fueron
construidas utilizando casi ex­
clusivamente direcciones de
profundidad y con el auxilio
de variados materiales. Una
de ellas, de grandes dimensio­
nes, afirma prácticamente la
tendencia concretista a exal­
tar el espacio, otorgándole el
carácter de elemento funda­
mental de la escultura. En
esta composición, las "trayec­
torias" de lommi se proyectan
sagitalmente en el ámbito es­
pacial. La antigua formula­
ción volumétrica de la escul­
tura tradicional resulta así su­
perada por estas direcciones,
tan libres y al mismo tiempo
tan inteligentemente organi­
zadas. Otro objeto espacial
de lommi, compuesto por des­
arrollos direccionales curvos,
reafirma las aptitudes de este
escultor para un tipo de es­
tructura que l l a m a r í a m o s
abierto, cuyos elementos se
desplazan en todos los senti­
dos y en donde la base física
del objeto viene a jugar un pa­
pel mínimo. Un movimiento
co ntro lado , antiautomático,
que respondiese a una concep­
ción previa, abriría para estos
objetos posibilidades insospe­
chadas.

�Ajustándose a un mismo con­
cepto direccional, pero en una
orientación distinta, Souza
presentó un objeto compuesto
dentro de una severa ortogonalidad. Este expositor utiliza
también planos que hace jugar
como otras tantas direcciones
dentro del conjunto de la com­
posición. V a r d a n e g a — de
quien volveremos a ocuparnos
más adelante— , Giróla — con
un meritorio trabajo direccio­
nal— , Arden Quin y Blaszko
— con objetos abstractos (madí) donde perdura el juego tra­
dicional de los volúmenes—
completaban el grupo de escul­
tores de la muestra.

24 b

En la pintura se puso de ma­
nifiesto, quizás con mayor evi­
dencia, la diversidad de crite­
rio estético. Maldonado expu­
so cuatro trabajos, que res­
ponden a diferentes conceptos
pictóricos. En ninguno de ellos
el plano se comporta pasiva­
mente, sino que, por el contra­
rio, adquiere el carácter de
un elemento cromáticamente
valorizado, en relación al cual
se conforman los restantes
factores de cada pintura.
Dentro de la misma volun­
tad de objetivación, Varda­
nega expuso un trabajo en
vidrio de planos superpuestos,
donde cada uno de ellos pre­

senta un suceso cromático dis­
tinto, lo que determina, en su­
ma, una verdadera pintura en
profundidad. Molemberg, por
su parte, apelando también al
vidrio, presentó dos obras de
coherencia interna y limpia
belleza.
En sus pinturas, que responden
a planteamientos casi concretistas, Del Prete manifiesta la
riqueza de su registro cromá­
tico y la segura técnica de
su composición. También se
orientan en una dirección concretista las obras de Yente,
quien reitera en las composines expuestas su preferencia
por los "collages" geométricos.
Hlito utiliza en las pinturas
presentadas elementos linea­
les cromáticos, que son inscri­
tos en atención a un equilibrio
a distancia, esto es, haciendo
jugar en la composición los
sectores "vacíos" del plano.
Por el contrario, Mele y Villalba aplican sobre el plano, en
algunas de sus obras, figuras
geométricas, a fin de lograr
por otro camino la concre­
ción plástica.
Arden Quin, Blaszko y el uru­
guayo Rothfuss presentan tra­
bajos concebidos según la es­
tética madí, casi todos pródi­
gamente coloreados, con mar­
co quebrado y una anécdota

89

�pictórica en función de la cual
se organiza el resto de la com­
posición. El trabajo de Arden
Quin, realizado sobre una su­
perficie curva, presenta un
interesante motivo polémico.
Dentro de un concepto estric­
tamente ortogonal, Espinosa
logra en las obras expuestas
organizaciones cromáticas de
un ponderable valor plástico.
Con el mismo rigor estructura
sus trabajos Prati, una de cu­
yas obras, basada en series de
rectángulos dispuestos casi si­
métricamente, tiende a derivar
su efecto plástico, más que de
una variedad formal — reduci­
da este caso al mínimo— , de
una acertada relación cromá­
tica. Por su parte, Fedullo se
aventura en el difícil terreno
de las composiciones curvilí­
neas.
Forte — autor de una estruc­
tura acromática, en madera— ,
Mimo Mena — perjudicado por
su abandono intuitivo— , Vaistein — de manifiesta proceden­
cia cubista— , Mané Bernardo,
S. de CarelI¡ y Morera com­
pletaron el conjunto de las
pinturas expuestas.

90

Citemos finalmente a los ar­
quitectos italianos Belgiojoso,
Peressutti y Rogers que estu­
vieron presentes en este salón
con tres reproducciones foto­

gráficas de su "Monumento a
los caídos en los campos de
concentración de Alemania",
erigido en el cementerio de
Milán. Esta obra, aparte de su
extraordinario sentido plástico,
pone de manifiesto, una vez
más, las posibilidades sociales
del arte concreto.
Edgar Bayley.

El caso Malraux
En otro número nos ocupare­
mos también nosotros de Mal­
raux como lo hace ahora la
revista "Esprit", de París del
mes de octubre de este año.
Por el momento entresacamos
unas líneas de un artículo de
Albert Beguin: "Pero Malraux
no es un ambicioso vulgar. En
un sentido, es el único fascis­
ta francés auténtico. Porque
en este país, en que se llama
fascista al reaccionario, al
conservador, al espíritu inmo­
ral, él es casi el único que ha
seguido el camino clásico que
lleva al fascismo: el camino
del revolucionario que perma­
nece revolucionario, pero que,
ante la experiencia del fraca­
so o por propensión innata,
termina por desesperar de los
hombres."

�Picasso an the
inconscious
Frederick Wight (New York)
The Psycoanalitic Quaterly
Vol. XIII, N? 2, 1944

El autor trata de examinar la
obra de Picasso y, sobre todo,
los períodos evolutivos de la
misma, que si aparentemente
carecen de unidad y se encuen­
tran desconectados, a la luz
del enfoque psicoanalítico se
presentan plenas de unidad y
continuidad. El autor consi­
dera que Picasso, constante
explorador, descubre nuevos
campos. Progresa en el senti­
do de acercarse paulatinamen­
te, a través de su obra de arte
a las etapas más profundas y
regresivas de su propio incons­
ciente. Sin embargo, según el
autor, existe una profunda di­
ferencia entre el psicótico y el
genio, y es que este último no
sucumbe ante la presión de su
propio inconsciente, porque es
capaz de exteriorizarlo. El
genio, proyectando su emoción
sobre la tela, vive y comparte
el mundo de adulto, y tiene su
pasado y su presente.
Es indudable que la cantidad
de obras realizadas por Picas­
so, es el precio pagado para
lograr su estabilidad psíqui­
ca.

En una de las primeras pintu­
ras, Picasso muestra a una mu­
jer y a un hombre joven,
desnudos y abrazados. El jo­
ven mira por encima de la
cabeza de su compañera a la
figura de la derecha, una mu­
jer de edad con un niño en
los brazos; la madre, que cla­
va fijamente sus ojos en el
joven. Entre estos dos grupos
aparecen, en dos niveles, figu­
ras más pequeñas, que son los
dos lados de un cubo. La pin­
tura encierra un extenso dra­
ma, cuyo asunto ofrecerá el
material para escenas poste­
riores, que lo detallarán más
ricamente.
Los cuadros siguientes, mues­
tran a un niño, resguardado
por sus padres. Las figuras no
hacen nada; los rostros están
pintados en direcciones opues­
tas y la madre siempre miran­
do a lo lejos. Reflejan la ex­
tenuación producida por el
hambre, como si carecieran del
alimento más esencial.
Estas pinturas han sido inter­
pretadas como la expresión
de una protesta social, pero
la protesta es aún más profun­
da. El hambre y el ascetismo
de Picasso tienen un mismo
origen: el temor a la fuente
de subsistencia.

91

�Después aparecerá la etapa de
los arlequines, hombres madu­
ros jugando como niños, es
decir la infancia y la madurez.
El arlequín tiene dos vidas, la
cotidiana y la dramática, y
por lo tanto cabe ser dibujado
con dos colores distintos: ro­
sado y verde. El arlequín posee
otros dos símbolos: su sombre­
ro y su máscara, que significa
el secreto.
En el transcurso de la obra del
artista, el cuerno del sombrero
sufrirá una evolución. Duran­
te su infancia, Picasso vió a
la policía española que usaba
ese sombrero; el cuerno repre­
senta el cuerno del toro que
ningún español puede olvidar,
ya que se encuentra asociado
al drama parricida de la fiesta
de toros. Por último, tenemos
el cuerno de la luna, símbolo
de la ambigüedad y el dilema,
y en las dobles imágenes de
las pinturas posteriores, es el
símbolo de la mujer embara­
zada.

92

El siguiente símbolo en la obra
de Picasso es el acróbata. Ul­
teriormente se inicia la etapa
cubista con la cual se logra
básicamente una reconquista
del espacio arquitectónico. Pa­
ra resolver su problema, Pi­
casso construye y crea en tres
dimensiones. Este problema

fué la revelación de cosas más
profundas. Necesita espacio
para sus efectos escultóricos,
pero el aspecto que prefiere es
la ruptura de la superficie dia­
gramada.
Creemos que Picasso trata de
encontrar en el cubismo la
síntesis existente entre sus dos
mundos, interponiendo entre
ellos una pantalla de geome­
tría para protegerse de una
revelación demasiado comple­
ta de sí mismo. Sin embargo,
el cubismo no protegerá a Pi­
casso en forma indefinida.
En 1921, Picasso pinta los Tres
Músicos. Estos personajes, es­
tán compuestos por áreas pla­
nas que podrían ser papel co­
loreado. No hay perspectiva
entre los músicos y el fondo.
Los tres lucen trajes de carna­
val, o son trajes de carnaval
hechos hombres, para la cir­
cunstancia. Uno es arlequín,
otro un payaso, el otro un mon­
je. Todos usan máscaras. ¿Pe­
ro hay algo debajo de las más­
caras? Esto no es problema.
Todo vive. Las piernas del
monje no se encuentran debajo
de la mesa, la que representa
un símbolo femenino. Los de­
dos se confunden con las cla­
vijas de un instrumento, los
dedos del payaso forman un
teclado. (Los dedos de las mu­
jeres a menudo serán las cía-

�vi jas de una guitarra.) El traje
del arlequín podríasertambién
un enrejado de hierro. El cuer­
no del sombrero se asemeja a
la luna. Las notas de música
se desparraman por toda la
tela. Los ojos son notas, la
impresión que causa es de se­
ñales arbitrarias en el papel,
y que sin embargo tienen fuer­
za. La mascarada es singu­
larmente siniestra, con la al­
garabía y el disfraz de un
auto de fe.

forma, el espejo no había sido
sino un símbolo preliminar.
Habitualmente se trata de dos
entidades con una misma en­
voltura, las formas son ovulares y los colores vivos. En es­
tos dibujos, se refleja la ambi­
güedad del pensamiento in­
fantil acerca de la diferencia
de los sexos. El niño no tiene
ninguna razón para pensar
que su madre es distinta a él.
La confusión resulta inevitable
en el niño de pecho.

Después viene el período clá­
sico de Picasso, al que pode­
mos considerarlo psicológica­
mente como referido a la épo­
ca en la que se podía vivir y
sentir "desnudo", sin que fue­
ra pecado; es un retornar al
principio, carente de pecados.
Es interesante comparar a los
padres de este período con los
que dibuja en el período azul.
Sin embargo, la calma dura
bien poco y se pasa al simbo­
lismo; la masa es una mujer
y su pecho una mandolina; en
esta época crece la impresión
de profundidad. Las imágenes
dobles se refieren a la madre
y al niño, y la dualidad toma

Picasso concluye que somos
primaria y p r i n c i p a l m e n t e
tracto digestivo con áreas sen­
sibles en los dos extremos,
siendo el comer nuestra prin­
cipal ocupación. El tema de
las pinturas de Picasso radica
en el inconsciente y es asom­
brosa la profundidad y pers­
picacia lograda por Picasso.
Su evolución artística va mos­
trando en forma regresiva,
contenidos inconscientes cada
vez más profundos y primarios,
que va siendo capaz de exte­
riorizar paulatinamente.
E. Pichón Riviére.

93

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                  <text>Ejemplares 1 y 2 de la revista Ciclo, publicados en 1948 y 1949.</text>
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                <text>Miller, Henry&#13;
Bataille, Georges&#13;
Char, René&#13;
Rogers, Ernesto N.&#13;
Breton, André&#13;
Moholy-Nagy, László&#13;
Piterbarg, Elías&#13;
Pellegrini, Aldo&#13;
Pichón Riviére, Enrique&#13;
Baranger, Willy&#13;
Sussmann, David J.&#13;
Bayley, Edgar</text>
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                    <text>INVENCION&#13;
arte concReTo&#13;
BVENOS AIRES&#13;
&#13;
NUESTRA MILITANCIA&#13;
 Hemos escrito antes que alentába­-&#13;
mos la esperanza de contribuir, con&#13;
nuestro arte, a la revolución de nuestra&#13;
época. El propósito no es nuevo. Otros&#13;
escritores y artistas nos han precedido.&#13;
Nos referimos no sólo a los que han he-­&#13;
cho del arte llamado “social'’ su pre-­&#13;
ocupación mayor, sino también a los&#13;
que, utilizando técnicas estéticas dife-­&#13;
rentes de las sancionadas por la bur­-&#13;
guesía, pugnaron por crear las bases&#13;
de un arte nuevo, acorde con la trans-­&#13;
formación social que se avecinaba.&#13;
 &#13;
 Unos y otros han vinculado estrecha­-&#13;
mente su inquietud creadora a la con­-&#13;
ciencia política. Para todos ellos, la&#13;
obra de arte cumplía una función ac­-&#13;
tiva sobre el mundo, operaba o podía&#13;
operar, en un plazo más o menos breve,&#13;
una revolución espiritual en el hombre.&#13;
 &#13;
 Nosotros, como dejamos señalado, nos&#13;
manifestamos absolutamente solidarios&#13;
con ese criterio. Nuestras obras tienen&#13;
un cometido revolucionario; su finali­-&#13;
dad es ayudar a transformar la reali­-&#13;
dad cotidiana, por la intervención efec-­&#13;
tiva de cada lector o espectador en la&#13;
experiencia estética. Es decir, que ne­-&#13;
gamos, prácticamente, la “evasión” que&#13;
la antigua técnica representativa es­-&#13;
tablecía como una de las condiciones&#13;
de la obra de arte.&#13;
 &#13;
 En consecuencia, los artistas de nues­-&#13;
tro movimiento no permanecen indi­-&#13;
ferentes ante el mundo de todos los&#13;
días ni ante los problemas del hombre&#13;
común. Los artistas concretos se soli-&#13;
darizan con todos los pueblos del mun­-&#13;
do y con su gran aliado —la Unión&#13;
Soviética— en sus esfuerzos por pre­-&#13;
servar la paz y detener los planes im- ­&#13;
perialistas para resucitar el fascismo.&#13;
 &#13;
 No ven, por lo tanto, salida ni opor­-&#13;
tunidad para la invención que propug­-&#13;
nan, dentro de los moldes que los im- ­&#13;
perialismos y la burguesía reaccionaria&#13;
pretenden imponer a la humanidad.&#13;
 &#13;
Los Amigos del Pueblo&#13;
 Difícilmente objetivan la voluntad&#13;
del pueblo quienes se limitan a mar­-&#13;
char, cómodamente, a su zaga; en arte,&#13;
para estar con el pueblo, de un modo&#13;
efectivo, es necesario caminar a la van­-&#13;
guardia, sin contemplaciones pasatistas,&#13;
en base a una conciencia del desarrollo&#13;
de la sociedad y de las condiciones de&#13;
su transformación. Nos resulta difícil,&#13;
realmente, concebir a esos amigos del&#13;
pueblo, empeñados en un fijismo esté­-&#13;
tico, sordos a las proyecciones espiri­-&#13;
tuales del progreso social y técnico, fal­-&#13;
tos de la audacia de imaginación sufi­-&#13;
ciente para admitir, en un futuro pró­-&#13;
ximo, la expansión popular de un nuevo&#13;
arte. En el fondo, desconfían del pue­-&#13;
blo, a quien suponen incapaz de toda&#13;
empresa mental.&#13;
 &#13;
2&#13;
 &#13;
 SEMEJANTE AL  ACASO&#13;
POR LAS TARDES&#13;
 &#13;
 Recorro hasta la última inocencia de los días.&#13;
 &#13;
 Ahora puedo referir, sin justicia, el rigor de su som­-&#13;
bra a cada gota diferente; mucho más cerca de su me­-&#13;
moria, más atrás del cambio en que tiembla su fatiga.&#13;
 &#13;
 Ahora puedo enfilar los muros hacia la tarde, conven-&#13;
cido del alcance estricto de sus labios, apoyado por las pri­-&#13;
meras estribaciones del azar. Los días de su nombre termi­-&#13;
nan por no quedarse, se vacían, al fin, de los caminos, de&#13;
los paños y del futuro, su protegido; han transformado la&#13;
voluntad en un instante completo; necesitan del paladar&#13;
a cara o cruz, de los vasos que ríos más pequeños solían lle­-&#13;
var al fondo de los silbos. Cuando ella nos dejaba para&#13;
desprender las calles, junto a las rompientes, nosotros nos&#13;
quedábamos esperándola. “Este es el día, nos decíamos, ella&#13;
estará juntando, para nosotros, las últimas transparencias,&#13;
iluminada por los pigmentos de las marchas; se asomará&#13;
a lo lejos en desorden, sobre el destino de los peces.&#13;
 &#13;
 Otro esfuerzo del aluminio, de su nivel, y los triángu­-&#13;
los hurtarían todos sus deseos.&#13;
 &#13;
PERSUADIR EL LIMITE&#13;
 &#13;
No es de hoy cuando no queda en producción de irse&#13;
o de ayer a la existencia como dedos y rehermanada;&#13;
no es del costado de ver,&#13;
cercano a expensas de la discordia,&#13;
conquistando con partículas el término provisto&#13;
y renacido hacia las llaves, ilegal y a nado;&#13;
no es del olvido mirando y atado a su rumor,&#13;
bajo la inflexión ambiental de su nuca&#13;
o consultando los frentes para distinguir el aire.&#13;
 &#13;
Es del tiempo abierto;&#13;
es del asomo en que late el ademán del hallazgo,&#13;
tu excesivo alrededor,&#13;
tu siempre en asas diurnas,&#13;
es del follaje que ciñe las inundaciones,&#13;
que exige los siglos rotos y salobres&#13;
y la lanza convertida por los signos en vuelo.&#13;
 &#13;
No es de los hilos callados hacia el rumbo&#13;
de donde viene esta suma invitadora,&#13;
este rostro a sitios,&#13;
a débiles aguas pastadas.&#13;
 &#13;
Viene del nudo incoado al silencio,&#13;
del rincón instantáneo que oxida los milagros&#13;
y las lenguas centradas por el sol en armas.&#13;
 &#13;
¿Pero tras de qué denodado s&#13;
úbito se reclina el medio,&#13;
y hacía qué relación en avatar embrionario,&#13;
hacia qué cuño distenso se ilumina tu costumbre?&#13;
 &#13;
EDGAR BAYLEY&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
ESTA PUBLICACION HA SIDO&#13;
 &#13;
GENTILMENTE DONADA: POR RAQUEL GONZÁLEZ DE PEÑALVA&#13;
 &#13;
hacia una MUSICA INVENCIONISTA&#13;
 &#13;
Tomas Maldonado&#13;
 &#13;
 El mundo musical de la idolatría representativa, de la ficción y de la plutocracia artística llega ya a&#13;
su fin. Su estado actual desvirtúa su porvenir progresista; pues al mantener hoy sus bases expresionistas&#13;
 y representativas, ha caído en la negación de sus funciones estéticas y en la especulación idealista y de­-&#13;
cadente sobre un pasado renovador.&#13;
 Es así como sobre las bases de una trayectoria vivamente progresista de la música, hemos compren­-&#13;
dido la necesidad y la posibilidad, de emprender nuestro movimiento decisivo y revolucionario en la estética musical, hacia la invención concreta de sus valores.&#13;
 Partimos de la base que el único elemento de la música es el sonido, y establecemos las relaciones ele- mentaristas del mismo como estructura musical. En este aspecto fundamental, toda la historia de la música, desde sus épocas primitivas, ha significado una renovación constante de valores producidos todos ellos,natu-­&#13;
ralmente dentro de un círculo que consideraba al sonido solamente como un medio representativo. Las últi­-&#13;
mas renovaciones musicales, aún las composiciones abstractas atemáticas no han logrado superar su contenido expresionista. La expresión ha sido en realidad su elemento estructurante. Actualmente consideramos super­-&#13;
flua toda renovación de valores de un sistema superado, y establecemos un nuevo sistema de relaciones liberando al elemento sonoro de las extrañas funciones en que es sometido por los trasnochados apóstoles de &#13;
la decadencia.&#13;
 Solamente a través de un verdadero conocimiento estético real del sonido, es como se llega a concretar &#13;
su calidad objetiva su función en la composición invencionista &#13;
 La nueva relación de sonidos en base a la valorización y objetjivización del tiempo y vibraciones sono-&#13;
­ras, trae como consecuencia la anulación de la frase musical y el rechazo de todo problema relacionado con&#13;
los acordes. Se comprende que ello no implica la reducción de la variedad sonora ya que nosotros los inven- &#13;
cionistas impulsamos secundariamente todo desarrollo técnico que aporte nuevos sonidos; mantenemos,ade­- más en otros sistemas posibles en los instrumentos y en la orquestación. Es necesario aclarar una vez más &#13;
que a través del desarrollo técnico se han concretado variadísimos sonidos musicales para la composición, y nuevos sonidos se están logrando sin duda con la elaboración de nuevos instrumentos. Pero un sonido no es &#13;
la música, ni tampoco un nuevo sonido equivale a una nueva estética. Ella surge de la relación de sonidos entre sí, y de las relaciones totales como unidad de la obra. No hemos de rechazar ningún valor para el sonido mu-&#13;
sical propiamente dicho logrado por el desarrollo técnico. Contrariamente (a excepción de la voz humana), exaltamos todas las calidades sonoras. Solo rechazamos la vieja combinación de los sonidos en base a la subestimación de sus valores elementales de relación; rechazamos la composición de los sonidos sobre una su- ­puesta valorización sentimental de los mismos.&#13;
 La práctica invencionista llevada a cabo por nuestra compositora Matilde Werbin ha impuesto también &#13;
un desarrollo extraordinario en la escritura musical. Las viejas fórmulas técnicas de escritura han debido ser rechazadas, alteradas y ampliadas fundamentalmente debido a inconvenientes insalvables presentados &#13;
dentro del viejo sistema, especialmente para la valorización del tiempo sonoro como elemento de relaciones.&#13;
 El problema del tiempo y de la intensidad es considerado por el invencionista como un factor concreto &#13;
para las relaciones del sonido, y deberán estar ambos supeditados a la calidad sonora y no a la representa-&#13;
­ción de vivencias psicológicas individuales del compositor. Contra el tiempo metafísico del sonido, exaltamos&#13;
el timpo físico del mismo: una esencia realista de la duración y la relación. Llegamos as ia la conquista ob-&#13;
­jetiva en el campo sonoro temporal de la música y sentamos las bases para la nueva estructura de la mú-&#13;
­sica invencionista, para la unidad del tiempo sonoro&#13;
 Entendemos la creación musical como un suceder de relaciones sonoras y no como una subdivisión de&#13;
frases musicales con su clásico desarrollo. La música invencionista no puede dividirse en partes mediante la frase musical, pues éesta impondrá como condición la prioridad de determinados sonidos. Estamos contra la subestimación de un sonido o conjunto de sonidos y reclamamos un paralelismo elementarista. Todo desarro-&#13;
­llo de una frase musical impone la acepatción de parte independiente y parte derivadas. La estructura mu-&#13;
sical invencionista ha de basarse en una sucesión de sonidos paralelos en su valor. Esa nueva relación que &#13;
se establece recién cuando el elemento sonoro es considerado en su valor real, ha sido la médula vital de &#13;
la invención musical concreta. &#13;
 Así como no hemos aceptado la superposición de sonidos utilizados en muchos casos para la estructura musical, por significar ella una subestimación del valor concreto del sonido, también hemos rechazado to- ­talmente el silencio en la música, al no considerarlo ni como elemento ni como medio de relaciones. El silen-&#13;
­cio, que en toda la música pasada y especialmente en la romántica y expresionista donde ha sido exaltado, ha jugado un papel especial, se torna un contrasentido para la composición musical realista; atenta contra los valores sonoros, que en la invención se equilibran esencialmente mediante las relaciones sucesivas del tiempo- sonido. Ese suceder sonoro quedaría trunco, y así la invención, introduciendo elementos expresionistas como &#13;
lo es el silencio.&#13;
 Frente a las amplias posibilidades abiertas a la creación artística por nuestro movimiento, objetivando y humanizando sus propios elementos estéticos constitutivos, el hombre inicia una nueva era en su vivencia estética. Como todas las manifestaciones artísticas, la música recibe con la invención concreta un soplo rea-&#13;
­lista y renovador.&#13;
 La juventud tomará la antorcha de esta nueva concepción revolucionaria de la estética musical, pues re­-&#13;
presenta una realidad donde la naturaleza humana se da plenamente.&#13;
 Tal es la invención, contra la representación sonora. La invención contra la metafísica y el idealismo­  &#13;
estético de la música decadente.&#13;
 &#13;
RAUL LOZZA&#13;
 &#13;
3&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Alberto Molemberg&#13;
Sobre las artes aplicadas a la necesidad&#13;
revolucionaria y el arte de la invención concreta&#13;
 &#13;
 La interpretación marxista enseña que el arte&#13;
no es una posición humana melancólica ni una&#13;
actitud “realista romántica” con retorno a la expre­-&#13;
sión clásica, sin embargo, en nuestro país, el “pas-­&#13;
tiche” de la confusión y el resentimiento es hábil­-&#13;
mente pirocteniado por algunas honestas persona-­&#13;
lidades revolucionarias — me refiero a su condición&#13;
de militantes de fracciones políticas específicas— ,&#13;
pero reaccionarios en el ejercicio de sus expresiones&#13;
estéticas.&#13;
 Es despropósito vincular el pasatismo estéti­-&#13;
co con el interés y necesidad del pueblo, resuci­-&#13;
tando viejas fórmulas periodísticas según recetas&#13;
de versificación categóricamente superadas por&#13;
el auténtico arte popular, que no debe confundir&#13;
se con la producción aplicada a la necesidad po­-&#13;
lítico-revolucionaria.&#13;
 &#13;
 La gran aventura del artista es aquella que&#13;
irremisiblemente avalan los pueblos. Mis últimos&#13;
poemas han sido compuestos sobre temas de la&#13;
acción contra la dictadura y destinados a incitar&#13;
a la lucha cívica. Su condición ideológica de agi&#13;
tación y propaganda requería una estructura rít­-&#13;
mica y épica que actuara sobre el pulso de la san-­&#13;
gre, como el sonido del tambor en los espectáculos&#13;
marciales. Simultáneamente, en mi carácter de in­-&#13;
tegrante de la Asociación de Arte Concreto-Inven-­&#13;
ción, he trabajado en un arte de invención no figu-­&#13;
rativo, opuesto a la representación sancionada por&#13;
la sociedad capitalista decadente y fruto de su&#13;
saturación individualista. La creación de nuevos&#13;
objetos de arte que actúen y participen en la vida&#13;
integral de los pueblos y que contribuyan a revo­-&#13;
lucionar sus condiciones de existencia, es nuestro&#13;
objetivo estético esencial, que reviste, por tanto,&#13;
un carácter eminentemente político. La nueva obra&#13;
se dirige hacia la formación de una nueva con-­&#13;
ciencia estética popular, pasible de ser lograda so-­&#13;
lamente en base a la presencia de un arte despojado&#13;
del individualismo reaccionario.&#13;
 La actitud de los “ artepuristas”, los destilados&#13;
del “preciosismo” y el “ truquismo”, y los llamados&#13;
“postas sociales”, ha promovido un “arte” abso­-&#13;
lutamente falso. Un panfleto no se convertirá en&#13;
poema porque se le provea de ritmo más o menos&#13;
musical y se le salpique de algunas palabras posti­-&#13;
zas. La actitud revolucionaria del poeta ha de con-&#13;
cretarse con aportes estéticos inéditos de búsqueda&#13;
y acción inventivos.&#13;
 &#13;
 La inminencia de un nuevo tiempo revolucio&#13;
nario, que consolidará las fuerzas productivas pre-­&#13;
dominantes en el pueblo, asegura también la evolu-­&#13;
ción de las artes hacia una activa participación en&#13;
la construcción socialista del mundo. Nuevas rea&#13;
lidades se avecinan. El mundo espera con vital&#13;
esperanza la invención de nuevos elementos na­-&#13;
turales, mecánicos y técnicos. Gran tarea aguarda&#13;
a los poetas. El hombre habrá de liberarse de lo&#13;
preexistente y entonces no cantará el mundo: lo&#13;
inventará.&#13;
SIMON CONTRERAS&#13;
 &#13;
4&#13;
 &#13;
 &#13;
Alberto Molemberg&#13;
 &#13;
Lo abstracto y lo concreto en el arte moderno&#13;
 &#13;
 &#13;
 Ningún problema de la pintura pudo darse nunca &#13;
al margen del problema práctico que plantea a todo &#13;
ser humano la percepción del espacio y del tiempo. &#13;
Es más, en todas las épocas la pintura trató de ser &#13;
una definición gráfica de estas dos propiedades de&#13;
la realidad objetiva.&#13;
 Relacionar estética y anecdóticamente figuras re­-&#13;
presentadas en un espacio igualmente representado,&#13;
ha sido lo esencial del procedimiento creador de la &#13;
pintura del pasado. Se pretendía hacer valer las fi­-&#13;
guras como formas, y lo que en la tela estaba au-&#13;
­sente de figuras, como fondo; a las superficies “va- &#13;
cias”, sin anécdota gráfica.  se las consideraba  ám-&#13;
bitos espaciales concretos, verdaderas profundidades,&#13;
cuando en realidad eran sólo simulacros de formas&#13;
y espacios sobre una superficie de dos dimensiones.&#13;
Sin embargo, esta concepción tradicional del hacer &#13;
artístico, que la moderna psicología de la estructura&#13;
podría explicar, pero que los sentidos no verifican, &#13;
es motivo, desde principios de siglo, de una radical&#13;
revisión. La batalla fundamental librada por el arte &#13;
auténticamente revolucionario de nuestros días ha &#13;
estado enderezada a concretar el espacio y las for­-&#13;
mas, a promover una nueva práctica estética eximi-&#13;
­da en absoluto de toda sujeción a lo abstracto e ilu­-&#13;
sorio. Esta batalla, por lo demás, es el último paso en&#13;
el sentido de superar la milenaria contradicción, en el &#13;
seno del arte, entre lo imitativo (documento, símbolo,&#13;
signo, tótem) y lo inventivo (artístico), porque, en ri-&#13;
­gor de verdad, el problema del espacio y del tiempo en&#13;
la pintura es inseparable y dependiente de esa contra-&#13;
­dicción a la cual se [vincula], de hecho, a través de la&#13;
gnoseología implícita en toda pregunta sobre lo re­-&#13;
presentado y lo concreto. &#13;
 &#13;
 Los cubistas, llevando hasta sus últimas consecuen-&#13;
­cias lo que Cezanne y Seurat solo habían sugerido, pu­-&#13;
sieron al desnudo el mecanismo abstracto de toda re-&#13;
­presentación. Pero la voluntad de abstracción y pu-&#13;
­ridad — Langevin lo ha demostrado palmariamente en &#13;
el terreno de la nueva física atomística— puede des-&#13;
­embocar, por un proceso dialéctico perfectamente ex-&#13;
­plicable, en voluntad de objetivación. El cubismo, aún&#13;
cuando lo que más informa sobre él sea su procedi­-&#13;
miento abstracto, es indudablemente el primer paso en&#13;
la época contemporánea por objetivar la pintura, por &#13;
exaltar en ella sus elementos objetivos (colores, for-&#13;
­mas, materiales, etc.) y no las ficciones figurativas.&#13;
No hay que olvidar que una manzana gráficamente&#13;
representada es una abstracción de una manzana real,&#13;
aparezca ella en un cuadro de Chardin o de Braque;&#13;
empero, la disimilitud esencial entre una manzana de&#13;
Chardin y una de Braque, reside en que en la primera&#13;
es el elemento im tativo el que predomina, mientras&#13;
que en la segunda, es el inventivo. Y ha sido preci-­&#13;
samente este predominio de la invención sobre la imi-&#13;
­tación lo que llevó a los cubistas a una vecindad, sólo&#13;
a una vecindad entiéndase bien, con lo concreto. Cabe &#13;
aclarar, no obstante, que cuando ellos comienzan a lo-&#13;
­grar ciertas conquistas en este sentido concreto, la &#13;
primitiva doctrina de la escuela entra a perder su vi-&#13;
­gencia a ser negada en sus principios fundamentales. &#13;
En efecto, la introducción en la práctica cubista del&#13;
“collage”. verdadera apreciación concreta, señala ya&#13;
el fin del cubismo propiamente dicho; así como años&#13;
más tarde, desde otro punto de vista, los “objetos de&#13;
funcionamiento simbólico”, derivación concreta del su-&#13;
perrealismo, darán un mentís inesperado a la preten­-&#13;
dida gnoseología onírica de Bretón y sus amigos.&#13;
 Sin embargo, las críticas a estos aspectos abstrac­-&#13;
tos del cubismo y el anhelo de superar sus insuficien­-&#13;
cias en este sentido, tuvieron una importancia primor-&#13;
­dial en la evolución posterior dei arte. Los futuristas &#13;
se rebelaron contra la exaltación cubista de lo estático;&#13;
más como la representación de lo estático es asimismo, &#13;
un modo de abstración, éstas críticas se extendían, en&#13;
verdad al arte abstracto en general. No obstante, en &#13;
la práctica, los futuristas no supieron dar al problema&#13;
Del movimiento otra solución que no fuere abstracta. &#13;
En lugar de concretarlo en el espacio se limitaron, una&#13;
vez más a representarlo.&#13;
 Ahora bien: después del cubismo y del futurismo, &#13;
agotadas ya todas las formas de abstracción y de re­-&#13;
presentación, la necesidad de concretar el espacio, el&#13;
tiempo y el movimiento era la inquietud más sentida o&#13;
por todos los pintores que, desde sus respectivos campos&#13;
bregaban por una transformación radical del arte. Así, &#13;
en Rusia, como reacción a las experiencias meramente&#13;
abstractas de Larionov, que reducía el problema a la&#13;
imitación de rayos luminosos (“rayonismo”, 1910), Ma- &#13;
levitch y Rodchenko, en 1913, se esfuerzan por tornar &#13;
más sutil la lucha por la objetivación de la pintura. &#13;
La no representación, en un sentido general, se da por &#13;
sobreentendida; de lo que se trata ahora es de comba-&#13;
­tir los residuos que facilitan la aparición ficticia de&#13;
cosas, que, aunque no se había buscado representar, &#13;
emergen por sí solas a los ojos del espectador. Male- &#13;
vitch y Rodchenko reparan que, si bien se trabaja con&#13;
elementos geométricos, el espacio y el tiempo siguen&#13;
representados sobre sus telas y, por ende, también las&#13;
cosas, cosas menos cotidianas, de naturaleza geomé-&#13;
trica, pero cosas al fin. Es precisamente aquí cuando&#13;
 comienza a plantearse el problema a que hemos hecho&#13;
 referencia m ás arriba: MIENTRAS  HAYA  UNA  FI­-&#13;
GURA  SOBRE UN FONDO, ILUSORIAMENTE EX-&#13;
­HIBIDA, HABRA REPRESENTACION. Pero ¿cómo &#13;
resolver este problema? Malevitch tienta la solución&#13;
tonal: “blanco sobre blanco’’. Y al encontrarse con una&#13;
superficie monocrama y monotonal descubre el alto&#13;
valor estético y concreto del plano, iniciando la era de&#13;
su exaltación. En Holanda, durante la primera gue-&#13;
rra, Mondrian, Vantongerloo, Van Doesgurg, y más&#13;
tarde, el soviético Gorin, Moss y Einstein preconizan &#13;
una pintura “plana en el plano”, que ellos denominan&#13;
“abstracto real”. Pero el problema no está todavía re-&#13;
­suelto; recién ha quedado revelado el valor concreto&#13;
del plano, resta verificar su efectividad estética en &#13;
campos ajenos al estrictamente bidimensional.&#13;
 Los rusos Gabo, Pevsner, Tatlin, Miturisch, los hom-&#13;
­bres del taller “Obmuchu”. Meduniezki, Lissifzki y el &#13;
mismo Rodchenko. ya vivida la gran experiencia de&#13;
la revolución proletaria, dan los primeros pasos en es-&#13;
­te sentido y formulan, alrededor de 1920, una estética&#13;
realista-constructiva. “Las bases fundamentales de ar-&#13;
te — dicen los dos primeros en un manifiesto publicado&#13;
en la U R S S en 1920— deben reposar sobre un terreno&#13;
resistente: la vida real. El arte si quiere comprender&#13;
la vida debe basarse en el espacio y en el tiempo”. Los &#13;
participantes de esta escuela realizan objetos de vidrio,&#13;
hierro, acero, y otros materiales. El plano es usado por&#13;
ellos como elemento espacial. No obstante, estas pri­-&#13;
meras experiencias no podían aún lograr su finalidad;&#13;
los realistas constructivos tropezaban a cada instante,&#13;
por un lado, con el problema del plano, todavía no &#13;
resuelto; por otro, con la ausencia de un método de &#13;
composición espacial. De ahí que fuese necesario que&#13;
tanto el planteamiento hecho por Malevitch en lo re­-&#13;
ferente al plano como las búsquedas de una composi-&#13;
­ción verdaderamente no-representativa, cumpliesen, o&#13;
se tratase de hacerles cumplir, todas sus etapas de &#13;
desarrollo y crisis. El plano, antes de ser lanzado a&#13;
cualquier tipo de aventuras espaciales, tenía que perder&#13;
progresivamente, su modalidad ortogonal, despoiarse de &#13;
todo estatismo y aprender a valer como dirección, co­-&#13;
mo trayectoria en el espacio. De igual modo, la com-&#13;
posición clásica, que era eminentemente dispositiva, es-&#13;
­cenográfica, al servicio del tema y su representación, &#13;
no podía ya servir a este nuevo arte, que nada tenía&#13;
que disponer y que sólo buscaba componer, es decir, &#13;
relacionar estética, pero también concretamente, los ele-&#13;
­mentos pictóricos; de suerte que, antes de pensarse en &#13;
estructuras espaciales, debíase primero tentar la com­-&#13;
posición no-representativa en dos dimensiones, o sea, &#13;
antes de profundizarla, urgía redefinirla en sus prin-&#13;
­cipios. Pero hubo algo que no se supo ver: que el pro-&#13;
­blema de la exaltación objetiva del plano y el de la &#13;
estructura plástica son inseparables. Tanto es así que &#13;
toda la historia del arte no representativo bidimensio&#13;
-nal se puede sintetizar del siguiente modo: por un lado,&#13;
esfuerzos por hacer valer la superficie de la tela como &#13;
tal; por otro, esfuerzos por lograr una estructura no &#13;
representativa. Así, en 1923, el húngaro Peri, encarando &#13;
desde un punto de vista no-representativo lo que Ro&#13;
-sanova había hecho en Rusia como cubista (1916) y H. &#13;
Arp y K. Schwitters, en Zurich, como dadaístas, quie­-&#13;
bra la forma tradicional del cuadro, esforzándose por &#13;
separar sus elementos constitutivos. Sin embargo, Peri &#13;
no sistematiza debidamente este descubrimiento ni saca &#13;
de él ninguna conclusión atingente a la estructura. &#13;
Buchheister, Stasewski y Strseminski vuelven a tentar &#13;
la exaltación del plano por la solución tonal, aunque &#13;
con menos éxito que Malevitch y sin asomarse tam-&#13;
­poco al problema de una nueva composición. Contra­-&#13;
riamente, los neo-platicistas se abocan a la tarea de &#13;
lograr una composición no representativa, que ellos su­-&#13;
ponen basada sobre la función ortogonal, y restan &#13;
importancia al problema del plano, al que otorgan una &#13;
solución transitoria, disolviendo los “fondos” por medio &#13;
de complicaciones lineales hasta elevarlos al mismo ni­-&#13;
vel óptico de las figuras (Mordrian Moss, Gorin, etc.). &#13;
Pero ni los unos ni los otros logran dar una solución &#13;
satisfactoria. El espacio ilusorio no ha sido abolido y &#13;
la composición sigue siendo de un marcado clásico, dis­-&#13;
positivo. Porque ni Peri ni los neo platicistas se atre-&#13;
­vieron a relativizar el cuadro mismo; a poner en duda &#13;
su tradicional función de “organismo continente”, de &#13;
superficie dentro de la cual, necesariamente, se debe &#13;
desarrollar un suceso. Y este fue el principal error. &#13;
 &#13;
 Es en este momento que comienza a hablarse de &#13;
la necesidad, como única salida, de retornar al primi-&#13;
tivo planteamiento constructivista de un arte de espa-&#13;
­cio. Así el inglés Ben Nicholson, en oposición a las &#13;
“figuras blancas sobre fondo blanco” de Malevitch, pro-&#13;
­pone las formas blancas sobre fondo blanco, realizando &#13;
bajorrelieves y sobrerrelieves; mientras Dómela con sus &#13;
relieves policromados completa este regreso al espacio. &#13;
Apartada, hasta nuevo aviso, la cuestión bidimensional &#13;
quedaba expedido el camino para proseguir las formu- &#13;
laciones espaciales de los primitivos constructivistas. &#13;
Estos se habían declarado, en 1920, por la dirección y &#13;
contra la masa en el arte de espacio, desarrollando esta &#13;
idea, el húngaro Moholy Nagy y el suizo Max Bill, en &#13;
el Bauhaus de Dessau, estudian los problemas de cons-&#13;
­trucción de las direcciones en el espacio y las relaciones &#13;
de los distintos materiales, pero sin prestar, claro está, &#13;
mayor atención a los problemas de la estructura esté­-&#13;
tica. En rigor de verdad, en estas experiencias espa­-&#13;
ciales, como en las anteriores constructivistas, la com-&#13;
­posición no era la cuestión principal; en el deseo de &#13;
verificar y descubrir nuevas relaciones y elementos, era &#13;
lógico que el problema de la ordenación estética fuese &#13;
permanentemente postergado. &#13;
 &#13;
 Estos nuevos constructivistas no tardaron en ad-&#13;
­vertir que la plenitud concreta del espacio-tiempo se &#13;
logra en lo dinámico, y el anhelo de realizar objetos de &#13;
esta naturaleza se torna su inquietud predominante. &#13;
Cierto es que los hermanos Gabo y Pevsner — que tam-&#13;
bién están presentes en este nuevo período de investi-&#13;
­gaciones— y el mismo Rodchenko, habían ya creado &#13;
objetos dinámicos; pero lo reducido de sus repertorios &#13;
cinéticos, movimientos circulares o pendulares las más &#13;
de las veces, impedía que pudiesen ser considerados &#13;
como manifestaciones de un género artístico en ple­-&#13;
nitud. Consciente de ello, M. Nagy empieza a construir &#13;
objetos en base a un repertorio más amplio de movi-&#13;
­mientos, velocidades y materiales.&#13;
 &#13;
 Ahora bien, la incorporación de la dinámica con-&#13;
­creta al arte no-representativo era, a ciencia cierta, &#13;
una de las conquistas más valiosas, pero el no haberse&#13;
resuelto con anterioridad, los problemas de la compo-&#13;
­sición bidimensional y la postergación que por esta &#13;
}causa se hizo padecer a la composición tridimensional, &#13;
comenzaron hacer sentir sus efectos. Al redescubri­-&#13;
miento meramente automático del espacio seguían las &#13;
coincidencias inesperadas.&#13;
 &#13;
 En efecto; “L’ heure des traces” de Giacometti, uno &#13;
de los primeros “objetos de funcionamiento simbólico” &#13;
de los superrealistas, por su doble aspecto de objetivo &#13;
y dinámico, viene a poner en evidencia la inquietante &#13;
posibildad de que el arte no-representativo pudiese ser &#13;
usufructuado por el superrealismo, o, lo que es peor &#13;
aún, que se pretendiese una absurda síntesis de ambos. &#13;
Esto último fué tentado por el norteamericano Calder &#13;
— en un principio participante destacado en “Abstrac- &#13;
tion-Creation-Art nin figuratif”, frente único de ar-&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Raúl Lozza&#13;
tistas no-representativos (1931-1940)— a quien su ad-&#13;
­miración por el pintor Joan Miró condujo, primero, a &#13;
hacerle adoptar una actitud condescendiente para con &#13;
la pintura superrealista y, posteriormente, a realizar &#13;
obras donde subyace un notorio propósito expresionista- &#13;
onirico. Los “móviles” de Calder son, con todo, un paso &#13;
evidente hacia la liberación del objeto estético del ba-&#13;
­rroquismo a que habia sido llevado por Moholy Nagy, en&#13;
su anhelo de ampliar y sutilizar la materia prima de este &#13;
nuevo género artístico. Pero en lo que respecta a la &#13;
estructura Calder insiste en el nefasto error de no in-&#13;
­ventar la estructura estética dinámica, sino que, por&#13;
el contrario, se sujeta a la ordenación que le impone &#13;
el motor o la fuente de energía. Y es en esta insu-&#13;
fi­ciencia estructural — «que no es en el fondo inventiva— &#13;
común a todas las manifestaciones del arte no-repre­-&#13;
sentativo donde debemos buscar el motivo, no sólo de &#13;
la desviación de Calder, sino de todas las coinciden­-&#13;
cias posibles entre el arte no-representativo y el super­-&#13;
realismo o el expresionismo. Es evidente que cuando se &#13;
renuncia a la voluntad de estructura se abandona irre­-&#13;
misiblemente el campo de la invención y se pasa a una &#13;
incontrolada “tierra de nadie”, que, en última instancia, &#13;
resulta ser la tierra del sueño, del subconciente, de la &#13;
intuición pura, de la agorafobia, de las expresiones &#13;
delirantes, de todos los matices posibles en la ilusión &#13;
y de la representación.                                &#13;
 &#13;
 Por otra parte, en la pintura bidimensional se es-&#13;
­taba en Ios mismos problemas: Kandinski y Bauer, la &#13;
extrema derecha del arte no - representativo europeo, &#13;
que defendieron siempre un escepticismo radical &#13;
con respecto a la composición, exaltando el papel de la in­-&#13;
tuición y del automatismo geométrico (“expresionismo &#13;
abstracto”), comenzaban a tener adictos en los EE. &#13;
UU. En efecto, los no-objetivos norteamericanos si-&#13;
guiendo los pasos de Kandinski y Bauer retornan al &#13;
cuadro y a la anécdota plástica. Generalmente, la &#13;
anécdota consiste en un acento cromático (con alusiones &#13;
musicales), una flecha (signo) o un zig-zag (suceso &#13;
descriptivo), es decir, se vuelve al tema central de la &#13;
composición clásica. Antes, era la “Virgen de las ro-&#13;
­cas” (Virgen, primer momento de la percepción— tiem-&#13;
­po representado); ahora, es el ‘‘Acento Amarillo” de &#13;
Kandinski (Acento amarillo, primer momento de la per­-&#13;
cepción— tiempo representado).&#13;
 &#13;
 Es, precisamente, contra todas estas manifestacio­-&#13;
nes que implicaban una tendencia a extrañar al arte &#13;
no-representativo de su verdadero destino: la conquis-&#13;
­ta de lo concreto, que los militantes del movi-&#13;
­miento concretista de la Argentina iniciamos &#13;
hace algunos años nuestras tareas de inves-&#13;
ti­gación e invención, tratando de resolver sus &#13;
problemas fundamentales y alejarlo así, definitivamen-&#13;
­te, del tremedal del expresionismo, del superrealismo &#13;
o de cualquier otra forma artística idealista y repre­-&#13;
sentativa. Munidos del materialismo dialéctico, que es &#13;
la filosofía viva de Marx, Engels, Lenin y Stalin, que &#13;
confirmaba y confirma nuestras búsquedas, llegamos &#13;
a formular una estética materialista o concreta. Nues-&#13;
­tros primeros pasos estuvieron enderezados a replan-&#13;
­tear todos los problemas del arte no-representativo des­-&#13;
de Malevitch hasta nuestros días, buscando, claro está, &#13;
soluciones más certeras y exhaustivas; comprendimos &#13;
desde un principio que las mayores insuficiencias del &#13;
arte no-representativo tenían su origen en no haberse &#13;
logrado ni una nueva composición ni la liquidación de­-&#13;
finitiva de lo ilusorio. &#13;
Empezamos, por ésto, quebran­-&#13;
do la forma tradicional del cuadro (Rothffus, Maído-&#13;
nado, Arden Quin, Prati, Espinosa, y más tarde, HIi-&#13;
to, Mónaco y Souza); pero no nos quedamos allí (éste &#13;
fué el error de Peri) sino buscamos comprender la &#13;
utilidad y real trascendencia de esta conquista. Repa-&#13;
­ramos entonces que el “cuadro o marco recortado”, co­-&#13;
mo dimos en llamarlo, especializaba el plano; no po-&#13;
­díamos ser indiferentes al hecho que de este modo &#13;
abríamos las compuertas y que el espacio penetraba en &#13;
el cuadro, participando como un elemento más, esté­-&#13;
ticamente beligerante. Al mismo tiempo, repetimos las &#13;
experiencias de Nicholson y de Dómela: materializa-&#13;
­mos figuras, las hicimos formas (Maldonado, Prati, &#13;
Raúl Lozza, Antonio Caraduje). Pero a esta altura nos &#13;
sorprendimos buscando una solución tridimensional al &#13;
problema bidimensional: repetíamos el error... Y nos &#13;
detuvimos. Nos propusimos firmemente que si salía-&#13;
­mos al espacio iba a ser siempre después de una solu­-&#13;
ción, nunca como desviación ante un escollo en lo &#13;
bidimensional. Reiniciamos en profundidad el estudio &#13;
del problema del “cuadro o marco recortado”. Comen-&#13;
­zamos por otorgarle más importancia al espacio pe-&#13;
­netrante que al cuadro mismo (Molenberq, Raúl Lozza &#13;
Núñez). Y por este camino llegamos al descubrimiento &#13;
máximo de nuestro movimiento: la separación en el &#13;
espacio de los elementos constitutivos del cuadro sin &#13;
abandonar su disposición coplanaria (Molenberg, Raúl &#13;
Lozza). De este modo, el cuadro, como “organismo &#13;
continente”, quedaba abolido. Después de tantos años &#13;
de lucha lo concreto había sido logrado y recién a par­-&#13;
tir de este instante la composición no-representativa &#13;
podía ser una verdad, lo era ya de hecho. &#13;
 Hoy, el arte no-representativo se encuentra, por pri­-&#13;
mera vez. en la posibilidad de encarar el espacio y el &#13;
movimiento desde un punto de vista absolutamente &#13;
concreto.&#13;
7&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
MANIFIESTO INVENCIONISTA 1)&#13;
 &#13;
 La era artística de la ficción representativa toca a su fin. El &#13;
hombre se torna de más en más insensible a las imágenes ilusorias.&#13;
Es decir, progresa en el sentido de su integración en el mundo. Las &#13;
antiguas fantasmagorías no satisfacen ya las apetencias estéticas del &#13;
hombre nuevo, formado en una realidad que ha exigido de él su pre­-&#13;
sencia total, sin reservas. &#13;
 Se clausura así la prehistoria del espíritu humano.&#13;
 La estética científica reemplazará a la milenaria estética especu­-&#13;
lativa e idealista. Las consideraciones en torno a la naturaleza de lo&#13;
Bello ya no tienen razón de ser. La metafísica de lo Bello ha muer-&#13;
­to por agostamiento. Se impone ahora la física de la belleza. &#13;
 No hay nada esotérico en el arte; los que se pretenden “inicia-&#13;
­dos” son unos falsarios. &#13;
 El arte representativo muestra “ realidades” estáticas, abstracta­-&#13;
mente frenadas. Y es que todo el arte representativo ha sido abstrac­-&#13;
to. Sólo por un malentendido idealista se dió en llamar abstractas a&#13;
las experiencias estéticas no representativas. En verdad, a través de&#13;
estas experiencias, hubiese o no conciencia de ello, se ha marchado&#13;
en un sentido opuesto al de la abstracción; sus resultados, que han &#13;
sido una exaltación de los valores concretos de la pintura, lo prueban&#13;
de un modo irrecusable. La batalla librada por el arte llamado abs-&#13;
­tracto es, en el fondo, la batalla por la invención concreta. &#13;
 El arte representativo tiende a amortiguar la energía cognoscitiva&#13;
del hombre, a distraerlo de su propia potencia. &#13;
 La materia prima del arte representativo ha sido siempre la ilusión. &#13;
 Ilusión de espacio. &#13;
 Ilusión de expresión.&#13;
 Ilusión de realidad.&#13;
 Ilusión de movimiento.&#13;
 Formidable espejismo del cual el hombre ha retornado siempre de­-&#13;
fraudado y debilitado.&#13;
 El arte concreto, en cambio, exalta el Ser, pues lo practica. &#13;
 Arte de acto; genera la voluntad del acto. &#13;
 Que un poema o una pintura no sirvan para justificar una renun-&#13;
­cia a la acción, sino que, por el contrario, contribuyan a colocar al&#13;
hombre en el mundo. &#13;
Los artistas concretos no estamos por encima &#13;
de ninguna contienda. Estamos en todas las contiendas. Y en pri­-&#13;
mera línea.&#13;
 No más el arte como soporte de la diferencia. Por un arte que &#13;
sirva, desde su propia esfera, a la nueva comunión que se yergue&#13;
en el mundo. &#13;
 •Practicamos la técnica alegre. Sólo las técnicas agotadas se nu-&#13;
­tren de la tristeza, del resentimiento y de la confidencia.&#13;
 Por el júbilo inventivo. Contra la nefasta polilla existencialista o &#13;
romántica. Contra los subpoetas de la pequeña llaga y del pequeño &#13;
drama íntimo. Contra todo arte de élites. Por un arte colectivo.&#13;
 “Matar la óptica”, han dicho los surrealistas, los últimos mohica-&#13;
nos de la representación. EXALTAR  LA OPTICA, decimos nosotros.&#13;
 Lo fundamental: rodear al hombre de cosas reales y no de fan-&#13;
­tasmas.&#13;
 El arte concreto habitúa al hombre a la relación directa con las &#13;
cosas sino con las ficciones de las cosas. &#13;
 A una estética precisa, una técnica precisa. La función estética &#13;
contra el “buen gusto”. La función blanca.&#13;
NI BUSCAR NI ENCONTRAR: INVENTAR.&#13;
 &#13;
 &#13;
Edgar Bayly, Antonio Caraduje, Simón Contreras, Manuel O.&#13;
Espinosa, Alfredo Hlito, Enio Iommi, Obdulio Landi, Raúl&#13;
Lozza, R. V. D. Lozza, Tomás Maldonado, Alberto Molemberg, &#13;
Primaldo Mónaco, Oscar Núñez, Lidy Prati, Jorge Souza, Ma-&#13;
tilde Werbin.&#13;
 &#13;
1)Manifiesto publicado con motivo de nuestra primera exposición.&#13;
Realizado en el Salón Peuser en Marzo de 1946. &#13;
 &#13;
Jorge Souza Primaldo Mónaco Raúl Lozza Tomás Maldonado Manuel Espinoza&#13;
 &#13;
8&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Inio Iommi   Lidy Pratti&#13;
 &#13;
 &#13;
9&#13;
 &#13;
INVENCIÓN INTEGRAL&#13;
 &#13;
  Que se entienda claramente el carácter integral de la in-&#13;
vención que perseguimos. La pintura invencionista exige, de&#13;
modo implícito, una arquitectura y una composición urbanística&#13;
de la misma naturaleza; nuestra poesía, toda nuestra literatura, &#13;
nuestra música no son. en realidad, más que las primeras ma-&#13;
nifestaciones de un nuevo estado de espíritu en los hombres que&#13;
ha de lograrse en la extensión y en la profundidad necesarias&#13;
mediante el comunismo.&#13;
 Nuestras obras son factores revolucionarios; contribuímos&#13;
así, también desde ,el campo artístico, a la transformación social &#13;
y cultural que propugnamos.&#13;
 El valor y la trascendencia de la revolución invencionista &#13;
reside, entre otras cosas, en haber replanteado sobre bases cien-&#13;
­tíficas todo el problema estético y espiritual del hombre, pero &#13;
sin desvincularlo del problema, concreto de la liberación econó- &#13;
mica de la clase obrera y, antes bien, buscando una coordinación&#13;
lo más ajustada posible entre las actividades estrictamente po-&#13;
­líticas de los marxistas y los intentos invencionistas por superar &#13;
las formas mentales y estéticas de la burguesía.&#13;
 &#13;
Oscar Nuñez &#13;
 &#13;
LOS ARTISTAS CONCRETOS, EL “REALISMO" Y LA REALIDAD&#13;
 &#13;
Si hace un siglo el pintor Horacio Vernet se vana­-&#13;
gloriaba de ser Horacio Vernet, no sucede lo mismo&#13;
con sus descendientes y fieles continuadores de hoy,&#13;
quienes no se resignan a ser juzgados por lo que son.&#13;
La altivez reaccionaria de Bouguereau, que asombraba&#13;
a Cezanne, ha sido reemplazada en nuestros días por&#13;
un reaccionarismo vergonzante —menos insolente, pero&#13;
más pernicioso—, que trata, por todos los medios, de&#13;
mostrarse vinculado a las mejores y más populares&#13;
ideas de nuestro tiempo. En efecto, la reacción artís­-&#13;
tica burguesa pretende ser hoy realista, humanista y&#13;
revolucionaria. Explotando el milenario error interpre­-&#13;
tativo —acentuado del Renacimiento acá y muy espe-­&#13;
cialmente después de Courbet— de juzgar que una pin-­&#13;
tura cuanto más imitativa es más realista, y que el&#13;
verismo representativo está más cerca del humanismo&#13;
que cualquier otra tendencia, los reaccionarios exhiben,&#13;
como novedad, las todavía insepultas modalidades for­-&#13;
males de las academias burguesas; modalidades for-­&#13;
males que ellos rotulan “realistas’ y que, en última&#13;
instancia, sólo constituyen el trasunto artístico de su&#13;
concepción’ burguesa, idealista, de la realidad.&#13;
 “Este perro no es real sino pintado”, exclama Pe-&#13;
tronio ante un fresco romano que representa a ese&#13;
animal.&#13;
 El arte representativo no es realista; no puede&#13;
serlo nunca: sólo crea fantasmas de cosas. Para nos­-&#13;
otros, marxistas, real es lo que la acción, la práctica,&#13;
puede verificar. “El éxito de nuestros actos —ha es­-&#13;
crito Engels—, demuestra la correspondencia de nues­-&#13;
tra percepción con la naturaleza objetiva, con las co-­&#13;
sas percibidas”. Una representación gráfica, mecánica&#13;
(fotografía), o manualmente ejecutada (que puede ser&#13;
un medio de conocimiento), es una ilusión, un simu-­&#13;
lacro de conocimiento. Una representación gráfica es&#13;
la estatización abstracta de un solo momento del pro-­&#13;
ceso conognescente, nunca el conocimiento mismo. Pre­-&#13;
tender esto último, es descender a Berkeley.&#13;
 La representación gráfica manualmente ejecutada,&#13;
de técnica revolucionaria y socialmente necesaria, ha&#13;
pasado a ser, después de la fotografía, idealismo filo­-&#13;
sófico. O mejor aún: una de las tantas manías filo&#13;
sóficas de la burguesía, como el agnosticismo, el solip-&#13;
sismo o el existencialismo.&#13;
 La imaginación puede ser sistemáticamente defrauda-­&#13;
da sin que el hombre sucumba; el conocimiento, no.&#13;
Ni aun una supuesta belleza representativa podría&#13;
justificar una traición al conocimiento.&#13;
 Lo fundamental es la práctica, pues sólo ella po­-&#13;
tencia para la acción, CONOCER efectivamente un obje­-&#13;
to implica una ilimitada alegría para el hombre, una&#13;
afirmación de su poder.&#13;
 No puede ser humanista, por ende, una actividad&#13;
que debilite al hombre; que lo lleve a desconfiar de&#13;
su propio poder de conocimiento y acción.&#13;
 La reacción tiene también sus teóricos ; estamos&#13;
al tanto de su lenguaje: aptitudes mediúmnicas, in- ­&#13;
tuición reveladora, fenómeno y cosa en sí . . . “Historias&#13;
de aparecidos” llamaba Lenín a consideraciones de&#13;
este tipo; “historias de aparecidos’’ como el arte mis-­&#13;
mo que pretenden defender.&#13;
 El arte concreto será el arte socialista del futuro.&#13;
 El arte concreto es un arte de INVENCION.&#13;
 El arte concreto es práctica. La conciencia provie­-&#13;
ne del mundo, pero también opera sobre él, INVENTA.&#13;
Inventar, no en el sentido de Bergson, sino en el de&#13;
Marx, es decir, PRACTICA, TRABAJO.&#13;
 Nuestro arte no desemboca en la humillación, en&#13;
el escepticismo, o en la melancolía.&#13;
 Sabemos quiénes están contra nosotros; y nos alegra.&#13;
Están contra nosotros los neo-realistas-muralistas&#13;
(la burguesía quiere tener su Laocoonte); están los&#13;
lotheistas, demagogos de la modernidad; están los pin-&#13;
tores de “grises muy finos”; están los líricos que des­-&#13;
cubren el “alto valor sentimental de un caballo pas­-&#13;
tando” o “el profundo contenido de ciertas miradas”;&#13;
están, finalmente, los gordezuelos angustiados de la&#13;
Secretaría de Cultura, trepadores de la culpa cristiana,&#13;
que odian nuestro arte por jubiloso, claro y constructivo.&#13;
 Con nosotros, en cambio, está lo mejor y menos&#13;
contaminado de las nuevas promociones de artistas...&#13;
 El arte concreto es el único arte realista, huma-­&#13;
nista y revolucionario.&#13;
Tomás  Maldonado&#13;
10&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
POEMAS &#13;
1&#13;
 &#13;
Juego a la vieja sombra que no me representa&#13;
y mi sombrilla verde del cromático olvido&#13;
intercepta los cielos de la droga sinfónica&#13;
 &#13;
La catarata trepa las laderas sin límites&#13;
y un olor paralítico exhuma los solanges&#13;
mientras el piano esférico remonta en ademanes&#13;
la mirada del dios soltero de caballos.&#13;
 &#13;
¿Quién retoma el arqueo de relojantes mitos&#13;
que el rabdomante alquila a la mueca turingia?&#13;
He aquí la pregunta corsética, primera,&#13;
el botanismo que hunde sus aceros en nadie&#13;
 &#13;
 Este nograma de odio recorneadigrafado&#13;
 me returna de amores sobre la geografía&#13;
 y recorto bahías sobre los dulces mapas&#13;
 mientras urdo con trenes jubilosos recaldos.&#13;
 &#13;
 Pero la canción&#13;
magia del angulero&#13;
 es&#13;
caja botinal, &#13;
es decir, melocrática &#13;
bajo el brazo del hombre.&#13;
 &#13;
Y no es aquella soledad de los rombos suicidas,&#13;
(siempre los mismos rombos)&#13;
lejos aun del color conquistado &#13;
al par de la llanura y de los vinos.&#13;
Mesas pergaminadas, oleadoras, &#13;
traque traque del mazo, &#13;
hilando subibajas latigueros.&#13;
 &#13;
2&#13;
 &#13;
El búfalo recorre su primer lente de humo &#13;
fumando sutilmente sus espadas de libros.&#13;
El escorzo sutil de la mavrela &#13;
es regulado por el electrígneo, &#13;
nada es nacido ya entre las sombras.&#13;
 &#13;
 &#13;
Según mi itinerario,&#13;
mi caballo más rápido bebe ya en el Lagar de Ion&#13;
Ved cómo nacen los terceros hombres&#13;
entre los tirarnares danzarines&#13;
y cómo el viento hiende a la sextina capa de la tierra&#13;
danzarín en la espada del secreto.&#13;
Y aquí, entre sedicentes martingalas,&#13;
los bolsillos resbalan sobre el torso&#13;
de la ciudad.&#13;
El bastidor opina entre un litro de mar&#13;
y las escalinatas de bolsillo que compraré&#13;
para cazar adioses, mareas,&#13;
cabelleras de príncipes de gas y las innumerables cosas necesarias&#13;
a la nueva esperanza;&#13;
el bastidor de gas saluda al hombre que siempre vende los látigos&#13;
[ blancos&#13;
dos días antes de la partida de mi sombra&#13;
hacia eI [hangar] de rayos apresados.&#13;
 &#13;
SIMON CONTRERAS&#13;
 &#13;
Matilde Werbin&#13;
 &#13;
Edgar Bayley&#13;
 &#13;
Jorge Souzo&#13;
 &#13;
Obdulio Landi&#13;
 &#13;
Oscar Nuñez&#13;
 &#13;
Primaldo Monaco&#13;
 &#13;
Alfredo Hlito&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Notas para una estética materialista&#13;
 &#13;
1. — El materialismo dialéctico conciba el arte como &#13;
la práctica estética del hombre.&#13;
2. — Al mismo tiempo, considera las diversas formas &#13;
que ha adoptado el arte, en el. curso de la historia, &#13;
e interpreta su movimiento como producto de las con­-&#13;
tradicciones que se suscitan en el proceso de la prác­-&#13;
tica social.&#13;
3. — La historia de la evolución del arte moderno, &#13;
desde los impresionistas hasta el arte llamado “abs­-&#13;
tracto”, constituye un ejemplo en donde aquellas con- &#13;
tradicciones Internas, derivadas de la práctica misma, &#13;
conducen a resoluciones parciales. El antagonismo su-&#13;
r­ge, cuando las diversas resoluciones parciales —que en &#13;
la práctica estética pasan a- ser otros tantos elementos &#13;
concretos —-entran en contradicción con las viejas &#13;
formas del arte.&#13;
4. — El materialismo dialéctico aplicado a la in-&#13;
ter­pretación de la práctica artística, comienza por es-&#13;
­tablecer una distinción entre el proceso y su producto: &#13;
el objeto material con propiedades estéticas. Difiere, &#13;
por lo tanto, esencialmente, de las diversas interpre-&#13;
taciones idealistas, las que, por no concebir el arte y &#13;
la actividad sensible como práctica, no tienen en cuen­ta &#13;
tal distinción. &#13;
 En efecto, ellas parten de supuestos incondicionados, &#13;
[tales] como la pretendida “facultad representativa del &#13;
sentido interno”; de formas pre-establecidas de la sen- &#13;
sibilidad, que determinan a su vez las características &#13;
del juicio, etc. El error idealista consistía, pues, en &#13;
considerar los juicios y los sentimientos estéticos, co-&#13;
mo algo ya dado, en el sentido de intuiciones o cate-&#13;
­gorías formales.&#13;
5. — Los sistemas metafísicos se han distinguido, entre &#13;
otras cosas, por no reparar en la diferencia que media &#13;
entre el mundo físico e histórico y el mundo de la &#13;
representación. Esto equivalía, en estética, a no consi­-&#13;
derar la naturaleza histórica y práctica del arte, y, &#13;
en consecuencia, a confundir, en la especulación sobre &#13;
lo bello sobre los elementos del juicio, las propie­-&#13;
dades del objeto natural con las del estético.&#13;
6. — Como hemos dicho, para el materialismo el pro-&#13;
ceso estético constituye una práctica condicionada. Pe-&#13;
ro esta concepción materialista del arte como prác-&#13;
tica no ha sido, en modo alguno, resultado de una &#13;
crítica formal; ha surgido, cuando las contradicciones &#13;
internas de la obra de arte exigieron la verificación &#13;
del procedimiento que le daba origen.&#13;
7. — A la antigua estética idealista no le importaba &#13;
la realidad del objeto, ya que se conformaba con su re­-&#13;
presentación intuitiva; para la estética materialista, &#13;
en cambio, es indispensable que el objeto exista real­-&#13;
mente. O sea; mientras, para la estética idealista, el &#13;
objeto aparecía incluido en el proceso de la práctica&#13;
artística como mera "intuición sensible”, para la con-&#13;
cepción materialista ,el objeto se define y cobra rea­-&#13;
lidad en el proceso. Lo que equivale a decir que, en la &#13;
primera, el proceso consistía en una representación, &#13;
que, por supuesto, no se resolvía dialécticamente en &#13;
el objeto; mientras que, en la segunda, el proceso con-&#13;
siste en la invención y el objeto es su resultado.&#13;
8. -— Para la concepción formalista clásica, era el espí­-&#13;
rituel que proporcionaba el orden, la forma, mientras &#13;
el mundo sensible aportaba la materia, “el contenido”. &#13;
De esta manera, eran separdas metafísicamente las cua-&#13;
­lidades de las cosas de las cosas mismas.&#13;
 &#13;
 Hegel definió esta actitud “clásica”, como un mo-&#13;
­mento en el cual ‘‘el sujeto libre, determinándose a si-&#13;
mismo, encuentra en su propia esencia la forma exte-&#13;
­rior que le conviene”. Pero pronto se advierte que esa &#13;
forma constituye una limitación; es finita y tiende, &#13;
entonces, a integrarse en el espíritu puro. Nace así la &#13;
forma romántica, y la estética comienza a debatirse &#13;
infructuosamente en la teoría de los “contenidos”. El &#13;
proceso artístico se resuelve en la intuición pura y &#13;
en la contemplación; el sujeto no proporciona sola­-&#13;
mente la forma, sino que el "contenido” mismo de la &#13;
realidad es dado por él.&#13;
 &#13;
 En este sistema de las representaciones, en que su-&#13;
­jeto y objeto constituyen “contenidos implícitos”, con­-&#13;
fundiéndose en el abrazo de la “proyección senti-&#13;
i­mental”, todo se vuelve factible de convertirse en fe­-&#13;
nómeno estético, mientras contempla una necesidad &#13;
expresiva de la naturaleza humana.&#13;
 &#13;
9. — Para la estética materialista, el objeto se agota &#13;
en sus propiedades. Ella parte de la- Invención, como&#13;
 del único medio posible para construir un arte en con­-&#13;
sonancia con la concepción materialista del conoci-&#13;
miento.&#13;
 Al no separar el objeto de sus cualidades, determina&#13;
 que la propiedad estética resida en la concreta mate-&#13;
rialidad de la obra de arte.&#13;
 &#13;
10. — El arte, como toda actividad que en su proceso &#13;
“va cambiando constantemente de la form a de la ac­-&#13;
ción, a la forma del ser”, se verifica concretamente &#13;
en el objeto. En el proceso de la invención estética, &#13;
la práctica se manifiesta como productora de una nue-&#13;
va cosa, con propiedades nuevas.&#13;
 “Lo nuevo es la organizaciún y con ella deben rela-&#13;
­cionarse las nuevas propiedades” (Sellars. Cit. por J.&#13;
Lewis.)&#13;
11. — La nueva propiedad determina el nuevo conte­-&#13;
nido, el nuevo “ser”. “El trabajo ha sido incorporado &#13;
a la materia de trabajo; lo que en el obrero aparece &#13;
como movimiento, en el producto en reposo, aparece &#13;
como ser .en lugar de “proceso de ser" (C. Marx).&#13;
ALFREDO HLITO&#13;
Antonio Caraduje, M. Espinosa, Enio lommi, A. Molemperg, T. Maldonado, S. Contreras, L, Prati y Raúl Lozza&#13;
 &#13;
12&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Alfredo Hlito&#13;
 &#13;
SOBRE INVENCION POETICA&#13;
 &#13;
 El concepto inventado, que es la base de la nueva poesía, constituye una de las &#13;
formas de la praxis revolucionaria. A través de su invención, el poeta se integra en &#13;
el mundo; es decir, que participa activamente en la tarea teórico-práctica de trans­-&#13;
formarlo.&#13;
 &#13;
 Lo que se revela hoy ineficiente, en la antigua estética, es el intento de relacio­-&#13;
nar el poema con objetos determinados, para darle así una significación lógica.&#13;
 La poesía vive de una relación con la totalidad del mundo, y no con una parte de él.&#13;
 &#13;
 Las experiencias poéticas de los últimos años han permitido conocer algunas for­-&#13;
mas de la actividad creadora del hombre, que habían permanecido, hasta ese momen-&#13;
to, confundidas con otras funciones, especialmente con las de comunicación o expresión. &#13;
Tales experiencias han abierto el camino para la concepción estética invencionista.&#13;
 &#13;
 Un poem a debe constituir un hecho.&#13;
 Vivir el poem a como un acontecimiento de nuestra vida mental, y no como una re-&#13;
­presentación en la que somos meros espectadores.&#13;
 &#13;
 La técnica surrealista, en virtud de su carácter descriptivo, coloca con frecuencia el &#13;
poema en función de realidades que le son extrañas. No procede a construir una reali­-&#13;
dad poética (combinación de conceptos inventados), sino que toma el hecho surrealista &#13;
y se limita a describirlo.&#13;
 &#13;
 El poeta no canta ya parcelas del mundo, porque ha comprendido que su oficio no &#13;
reside en la mera enunciación de objetos, sino, en el más esencial, de producir en cada &#13;
hombre una relación poética con la totalidad de las cosas y de las situaciones.&#13;
 &#13;
 Hay un desarrollo histórico de las formas poéticas, que podemos explicar con res­-&#13;
pecto a los cambios sociales y económicos, pero hay también una función de la poesía, &#13;
que se ha ejercido a través de los más diversos estilos creadores, y cuyo carácter inte­-&#13;
resa definir.&#13;
 &#13;
 Por esa función, mucho más que por el tema o la anécdota, la obra poética se&#13;
ha convertido en una forma de conocimiento y de vida; ha establecido relaciones men­-&#13;
tales con el mundo y ha sostenido el júbilo creador en la aventura humana.&#13;
 La poesía invencionista persigue una familiaridad con lo desconocido.&#13;
 &#13;
EDGAR BAYLEY&#13;
 &#13;
13&#13;
 &#13;
 &#13;
GALERIA&#13;
 &#13;
ALD INSIGNE ALDI&#13;
 &#13;
GRABADOS DE GRANDES MAESTROS&#13;
 &#13;
GRABADOS PARA DECORACION&#13;
 &#13;
LIBROS RAROS - ANTIGÜEDADES&#13;
 &#13;
CORDOBA 999&#13;
 &#13;
U. T. 32 -2646&#13;
 &#13;
 &#13;
Arenales 1029&#13;
Studio&#13;
GRABADOS&#13;
AGUA FUERTES&#13;
TALLER DE MARCOS&#13;
PASSE PARTOUTS&#13;
 &#13;
14&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Cía. AMERICANA&#13;
de IMPORTACIONES&#13;
 &#13;
C O R R IE N T E S 2549&#13;
 &#13;
 &#13;
ATELIER DECORACIONES&#13;
 &#13;
 &#13;
CHARCAS 837&#13;
 &#13;
GRANDES SEDERIAS&#13;
Jose Salmún&#13;
ALTAS&#13;
NOVEDADES&#13;
Sederia Salmún&#13;
C PELLEGRINI 971&#13;
U.T. 32-1025&#13;
(LA UNICA SUCURSAL)&#13;
EN SUS NUEVOS&#13;
MODERNOS LOCALES&#13;
L IM A 1019 - 23&#13;
U.T. 23-2368 y 26-4888&#13;
Casa Central&#13;
SEDAS LANAS HILOS MEDIAS TAPICERIA ALGODONES&#13;
ESTA ES LA UNICA, ANTIGUA Y TRADICIONAL “Casa y Sederia Salmùn”&#13;
15&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
Asociación de&#13;
ARTE CONCRETO&#13;
INVENCIÓN&#13;
JOSE E. URIBURU 1170, 1° BUENOS AIRES&#13;
 &#13;
INTEGRANTES:&#13;
Edgar Bayley&#13;
Antonio Caraduje&#13;
Simón Contreras&#13;
Manuel Espinosa&#13;
Alfredo Hlito&#13;
Enio lommi&#13;
Obdulio Landi&#13;
Raúl Lozza&#13;
R. V. D. Lozza&#13;
Tomás Maldonado&#13;
Alberto Moiemberg&#13;
Primaldo Mónaco&#13;
Oscar Nuñez&#13;
Lidy Prati&#13;
Jorge Souza&#13;
Matilde Werbin&#13;
 &#13;
Secretariado:&#13;
Manuel Espinosa&#13;
Raul Lozza&#13;
Tomas Maldonado&#13;
 &#13;
REVISTA&#13;
ARTE CONCRETO&#13;
No. 1 - Agosto 1946 - Buenos Aires&#13;
COMITE DE REDACCION:&#13;
Edgar Bayley&#13;
Simon Contreras&#13;
Alfredo Hlito&#13;
Raul Lozza&#13;
 &#13;
Precio de venta $1.00 m n. &#13;
 &#13;
Manuel O. Espinosa&#13;
Antonio Caraduje&#13;
Alfredo Hlito&#13;
16&#13;
 &#13;
 &#13;
FE DE ERRATAS&#13;
EN LA PAGINA:            DICE:                DEBE DECIR:        &#13;
3       re n g ló n      39        Llegamos as  ia             Llegamos así a&#13;
3,    “          46                            la acepatcion             la  aceptación&#13;
4        “         29        cantara el mundo            cantará al mundo&#13;
6,      “         29           los neoplaticitas            los neoplasticistas&#13;
6.     “         39            “                “&#13;
6    “    38         marcado cl asico            marcado carácter clásico&#13;
6,    “    8 ( 2 a .c )    expedido                expedito&#13;
6.     “    5   “        bajorrelieves y sobrerelieves        bajorelieve y sobrelieve&#13;
6 .     “    55  “        nin - figuratif            non - figuratif&#13;
6,     “    11  “         de espacio desarrollando        de espacio ; desarrollando&#13;
6,     “    40  “         con anterioridad ,los problemas    con anterioridad los problemas    &#13;
6    “    42  “        tridimensional, comenzaron         tridimensional comenzaron&#13;
6,     “     43  “        comenzaron hacer            comenzaron a hacer&#13;
7,     “     3    “        -que no es            que lo es&#13;
 &#13;
 &#13;
Buenos Aires, Agosto de 1946&#13;
SUPLEMENTO&#13;
ASOCIACION ARTE CONCRETO INVENCION    poesía&#13;
 &#13;
EDGAR BAYLEY &#13;
SIMON CONTRERAS&#13;
 &#13;
simón. - Juani juado de pronto murió Ias avefrías y con mil&#13;
gramos de [reajo] recogió el versicolor demudado de&#13;
Ios estuarios en su bolsa de fina piel de abrojos&#13;
polares.&#13;
5&#13;
Edgar.- La verdadera razón de ser de la realidad sustituí&#13;
da no se encuentra en la autonomía del mundo,sino&#13;
en su registro civil.&#13;
*&#13;
*simon. Si tú corrieras el hombro sobre la vértebra micro&#13;
tonista para eliminar el ice-berg crecido, las pa&#13;
labras carnívoras alzarían sus ojos hacia las pa&#13;
noplias, danzarían de pronto colgando de los cue&#13;
llos de los escabeles, y los ríos, rápidamente,&#13;
retornarían a sus cajas de sorpresa.&#13;
*&#13;
Edgar.- Pero, de cualquier modo, se incurriría en las to&#13;
rres del porcentaje a rebotes. La inclinación no&#13;
parece suficientemente empalidecida por cada em&#13;
pleo de la frecuencia o, bien, por cada alejamien&#13;
to de las relaciones en la templanza. Sin embargo,&#13;
todo será fácil,cuan do los años escapen a las azo&#13;
teas y ambos, en un millar de teclas, nos unamos&#13;
a los surtidores.&#13;
*&#13;
Simon . - La arrugada vida de vulcán se irguió perezosamen&#13;
te desde su botella para restablecer sobre la me&#13;
sa espumeante, la-profunda matriz de los mares.&#13;
 &#13;
Del arte representativo neo-realista, lo único que me interesa es el tango.&#13;
SIMON CONTRERAS.&#13;
 &#13;
 &#13;
Edgar Bayley&#13;
POE&#13;
 &#13;
REMOVER LA EVIDENCIA&#13;
 &#13;
 Estoy de pie para mecer los puertos que ajan mi cigarro, para ol&#13;
vidarme del tope, cuando nadie soslaya el horizonte, y, sin saber&#13;
lo, la fe bienquista la vertical. Porque esto de marchar en labios,&#13;
lo sabemos, ayuda muy poco a la simetria, si mi oficio comportaran&#13;
hasta las venas de enfeente., Yo no discuto sus preferencias - diga&#13;
mos: su ablución - ni sus juicios en ochavas, y no me parecé justo&#13;
increparle sus bujías; pero no hay porque escindir las apuestas,ex&#13;
pulsar de vista el desarrollo. Yo espero.&#13;
 &#13;
 &#13;
ACUDE EL ANCLA QUE ALIMENTA LOS DESIERTOS&#13;
 &#13;
Llega de su fábula, junto al cauce erguido, el minuto en nieve,&#13;
como los vidrios o las excusas por las noches;&#13;
y en cada memoria decapitada,&#13;
en cada árbol, atento tan sólo al término del océano,&#13;
en cada amor, desgarrado tan sólo por el nudo repentino del agua,&#13;
se abre y tantea el cuello de la distancia.&#13;
 &#13;
La edad existe a selvas, dispersando las agujas del clima,&#13;
abatiendo toda sombra el rumor de los ojos o de las citas en rayas; por su parte, &#13;
el pulso voluntario del plomo&#13;
y mi propio contacto con la tregua liberada de espacios&#13;
dan, como respuesta, el latido de los objetos que nadan&#13;
sin cristales, porque la época no sirve ya para respirar de raíz&#13;
y el lenguaje se ha convertido en un punto de inmersión&#13;
porque el único naufragio que puedo ofrecerte,&#13;
el único alcohol semejante a la tierra, el único día y la única noche, confundidos aún con los ritos del paso,&#13;
o, simplemente, con el oficio del alba, es esta pupila sin escalas,&#13;
a tientas, que visita las campanadas del mar.&#13;
 &#13;
 &#13;
 &#13;
SIMON CONTRERAS&#13;
MAS&#13;
3&#13;
 &#13;
Acaso la llanura cubicada devuelva siete escalas prelunarias&#13;
y el lento vaho en su dorsal sonoro&#13;
recoja el elemento musical,&#13;
el micromado anuncio de la vida.&#13;
 &#13;
Para siempre el poeta,&#13;
ese mundo que hiendo con el realizamiento,&#13;
danza en albor de hachas digitantes&#13;
su dinamismo de la geometría.&#13;
 &#13;
La ía, la maestranza, el sudor de los vientos tejedores;&#13;
el cabezal que alquilan los crepúsculos&#13;
para Flórmaq, nuestra quinta estación,&#13;
todos ello s acaso, amen tu suerte, rosamund de vino.&#13;
 &#13;
4&#13;
 &#13;
YA NO ES APENAS EL GLACIAR DE BOLSILLO&#13;
CUANDO LA AGUJA ORDENA SU PELAMBRE&#13;
Y EL MARTILLO REEMBOLSA DANZÓMETROS DENTADOS.&#13;
YA SIN MANGO NI ADIÓS, COMO TANTO POEMA.&#13;
 &#13;
YA NO ES APENAS LA TARDE. NI EL ADIÓS.&#13;
NI EL OLVIDO MATADOR DEL SILENCIO ELEMENTAL.&#13;
O EL PLANO QUE DEVUELVE LA RÉPLICA DEL HOMBRE&#13;
A LA ZONA DE VÉRTEBRAS LUCÍNIGAS, DIALÉCTICAS.&#13;
 &#13;
MAVRELA ARDIÓ EN EL RIOMAR DE TANGOS&#13;
LA TARDE EN QUE ABRAZÉ SUS CARABELAS&#13;
CON MIS DOS FALOS DE NADÁR Y ÁMBAR.&#13;
ANTES ROTÓ MORDIDA DE ROMANCES&#13;
LEJAMENTE ABISMADA POR LA DUDA&#13;
DEL SKATING SOLEMNE RECORREDOR DEL CÍRCULO.&#13;
 &#13;
 &#13;
&#13;
&#13;
SUPLEMENTO Agosto 1946&#13;
DOS RELATOS (fragmentos)&#13;
&#13;
 La canoa recogió sus aldabas, y, con un golpe de paraguas, des &#13;
plazo sus terceras dimensiones del espacio iluminado por las in &#13;
termitencias del pasto iónico. Este movimiento pentográdico per &#13;
mitió que mi tonsura se manifestara en campanadas a través del &#13;
ámbito de jugos ágilmente armado por las innumerables patas de &#13;
otros tantos martillos neumáticos, que, a cada rotación de sus &#13;
escudos atmosféricos, acrecentaban la sensación de júbilo y fir &#13;
meza, dinamizando la planificación de los valores del mundo digi &#13;
tal. Corunal intercambió su juego de dedos 27 y extendió el ta &#13;
jamar hertziano en la esquina pulimentada, mientras,vigilaba el &#13;
funcionamiento de los grandes pulmones arenosos que regulaban, &#13;
distribuyendo colores y ángulos, el nivel~geo-aéreo de los hote&#13;
les algebraicos y de los parques rotativos.&#13;
&#13;
Simón Contreras&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 ESA GENTE CUENTA DIVERTIDAS HISTORIAS .HAY UNA QUE ES PARTI&#13;
CULARMENTE INTERESANTE: EL SEÑOR T..POR UNO DE ESOS CAPRICHOS&#13;
TAN FRECUENTES EN EL ANÁLISIS. SE ENCONTRÓ DE BUENAS A PRIMERAS&#13;
CON LOS OJOS Y LA PARTIDA DE SU TESTIMONIO. EN ESA SITUACION.PO&#13;
CO LE QUEDABA POR HACER COMO NO FUERA EXTRALIMITAR LOS DONES DEL&#13;
DESALINO&#13;
 QUIENES LO HABIAN CONOCIDO EN OTRA EPOCA DUDABAN. CON RAZON. DE&#13;
SUS EXIGENCIAS BIÓGRAFICAS. NO COMPRENDIAN COMO, DESPUES DE SU&#13;
MATERIA, PODIA LLEGAR. APARENTEMENTE SIN ESFUERZO. AL MENSAJE.&#13;
AL MENSAJE CORRIENTE.&#13;
&#13;
Edgar Bayley</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Ejemplares 1 y 2 de la revista de la Asociación Arte Concreto Invención, publicados en 1946.</text>
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                <text>Bayley, Edgar&#13;
Lozza, Raúl&#13;
Contreras, Simon&#13;
Maldonado, Tomás&#13;
Hlito, Alfredo</text>
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                <text>La transcripción de los textos de esta publicación se hizo respetando la estructura original del texto y los errores de tipeo. En los casos en los que no fue posible identificar la palabra por errores de impresión, se utilizaron los corchetes para indicar la interpretación.</text>
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                    <text>ARTURO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
INVENTAR: Hallar o descubrir a &#13;
fuerza de ingenio o meditación, &#13;
o por mero acaso, una cosa nueva&#13;
o no conocida. /Hallar, imaginar, &#13;
crear su obra el poeta o el artista/&#13;
&#13;
INVENCIÓN: Acción y efecto de &#13;
inventar. /Cosa inventada. /HA-&#13;
­LLAZGO/&#13;
&#13;
INVENCIÓN&#13;
contra&#13;
AUTOMATISMO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
ARTURO&#13;
N. 1 VERANO 1944&#13;
&#13;
Sumario&#13;
&#13;
• Ardén Quin	• Edgar Bayley	• Gyula Kósice.&#13;
Con Respecto a una Futura Creación Literaria, J. Torres - García. El Marco:&#13;
un problema de plástica actual, Rhod Rothfuss.&#13;
&#13;
Poemas&#13;
&#13;
Una Mujer Baila sus Sueños, Vicente Huidobro. Estreno Escurre. Dos Poemas &#13;
en Ción, Edgar Bayley. Novísimo Orfeo; Homenaje a Mozart, La Libertad, &#13;
Momentos Puros, La Operación Plástica, La Vida Cotidiana, Murilo Mendes.&#13;
Divertimento, Torres - García. Pegaso come hierba en el caos,  Ardén Quin. &#13;
Transmisión de Tierra, Tiempo de un Kilómetro de Horizonte, Densidad del &#13;
Paisaje Abandonado, Gyula Kósice.&#13;
&#13;
Reproducciones&#13;
&#13;
Tomás Maldonado, Rhod Rothfuss, Vieira Da Silva, Augusto Torres, Lidy&#13;
Maldonado, Torres - García, Kandinsky, Piet Mondrián.&#13;
&#13;
ARTURO. Revista de Artes Abstractas. Aparece cuatro veces al año, al final &#13;
de cada estación. Redacción; Ardén Quin, Rhod Rothfuss, Gyula Kósice, &#13;
Edgar Bayley. La cubierta d e este número fué impresa con taco original de&#13;
Tomás Maldonado. Viñetas de Lidy Maldonado. Textos originales, Impresa &#13;
en los Talleres Gráficos Experimentales Domingo F. Rocco, Directorio 429.&#13;
&#13;
BUENOS AIRES&#13;
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&#13;
Invención No. 2 (óleo)&#13;
TOMAS  MALDONADO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Son las condiciones materiales de la sociedad, las que condicio­-&#13;
nan las superestructuras ideológicas.&#13;
&#13;
 El arte, superestructura ideológica, nace y se desarrolla en base &#13;
a los movimientos económicos de la sociedad.&#13;
&#13;
 Esa es la revelación que sobre el arte hace el materialismo his­-&#13;
Tórico.&#13;
&#13;
 Para la exacta interpretación del arte, en su función histórica, &#13;
debe establecerse este orden dialéctico. Primitivismo - Realismo - Sim­-&#13;
Bolismo.&#13;
&#13;
 En este orden aparece el arte a todo lo largo de la historia.&#13;
&#13;
 Hasta ahora la característica fundamental de estos órdenes han &#13;
sido la expresión, la representación y la significación.&#13;
&#13;
 En el Primitivismo, el hombre, desarmado de razón y espacio &#13;
ante las fuerzas exteriores (seres, elementos; los dos igualmente “co­-&#13;
sas” para él) que lo presionaban, no ha podido menos que representar&#13;
sus temores, indecisiones, búsquedas, transformados en supersticio-&#13;
­nes, magia, signos, en sus obras; lo que devino expresión para la &#13;
naturaleza.&#13;
&#13;
 Sería, sin embargo, recaer en la interpretación idealista, si hicié-&#13;
­ramos con ello la ley única, permanente, del Primitivismo, y no le con-&#13;
­cediéramos ningún desarrollo dialéctico propio, a su vez; incluso con &#13;
una representación y una simbolización, y llegar así a explicarnos &#13;
sus períodos de realismo (siempre dentro de la ley de frontalidad) y&#13;
geometrización, sus etapas de monocromismo, policromismo, estiliza­-&#13;
ción, y retorno, en este caso siempre como retrogresión, como por &#13;
ejemplo el cuarto período, en el bosquimano, que es una vuelta total &#13;
al monocromo rojo. Lo que define y caracteriza al primitivismo, es &#13;
la expresión de las cosas, compuesta en la ley de frontalidad.&#13;
&#13;
 El Primitivismo (es de capital importancia) ha durado en toda &#13;
su fuerza de expresión mágica, hasta la Grecia del siglo V, donde, &#13;
por primera vez en la historia, el hombre ha sustituído la expresión &#13;
por la representación óptica pura.&#13;
&#13;
 Después de Grecia, los recomienzos, como los de Bizancio e &#13;
Italia (determinados por épocas de profundas transformaciones eco­-&#13;
nómicas y sociales. Pasaje del esclavajismo, al feudalismo. Temores &#13;
religiosos. Luchas religiosas.) no han podido sacudir del todo la he-&#13;
­rencia helenista de representación, herencia que tomaría cuerpo cada&#13;
vez más, hasta desembocar en el Renacimiento, de puro realismo casi &#13;
fotomecánico.&#13;
&#13;
&#13;
 Nadie se ha detenido con pensamiento dialéctico materialista, en &#13;
la Escuela de París, para ver que ella ha sido el resultado emocional &#13;
e ideológico de una transformación total del mundo.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 Nadie pensó en subordinar el fenómeno del arte moderno, y sus &#13;
abstracciones, al proceso de liquidación económica y social del orden &#13;
capitalista, y a la creación de una nueva sociedad bajo formas socia­-&#13;
listas de producción.&#13;
&#13;
 Nosotros estamos viviendo, en economía como en arte, y demás &#13;
ideologías, un período de tesis; período de recomienzo; período pri­-&#13;
mitivo; pero bajo normas y estructuras científicas, en oposición al pri­-&#13;
mitivismo material, instintivo, de la formación de la historia.&#13;
&#13;
 El arte, dialécticamente, con una precisión de correspondencia &#13;
histórica, que asombra, entró en un recomienzo total, y sus creadores, &#13;
desde un principio y con gran intuición, han visto en el arte de los &#13;
pueblos aborígenes, su más pura correspondencia.&#13;
&#13;
 La sociedad humana, después de su comunismo primitivo, pasó &#13;
por tres órdenes de economía (esclavajismo, feudalismo, burguesía) &#13;
para retornar a sus olvidados cauces históricos.. Pero retorno nada &#13;
más que como correspondencia, pues la misma marcha ascensional de &#13;
la historia (Lenín dejó subrayada la proposición engeliana de la &#13;
“marcha en espiral” ), impide que ese retorno sea una copia exacta, &#13;
lo que sería una regresión. Se repite la historia, estructurada científi­-&#13;
camente en sus nuevas condiciones. Las etapas que se vuelven a en­-&#13;
contrar, en el constante devenir de la historia, están así separadas por &#13;
espacios de ascensión. En verdad la historia no se repite; y se co-&#13;
­rresponde.&#13;
&#13;
&#13;
 Así la expresión, que en arte, ha sido el fundamento del primiti-&#13;
­vismo natural, vino a ser reemplazada por la INVENCION, en el pri­-&#13;
mitivismo moderno, científico. Sus artistas más que intuitivos puros, &#13;
han sido inventores. Y más que un sentido de imaginación (Apolli-&#13;
naire no tenía gran imaginación), han tenido un sentido de creación. &#13;
De ahí que hayan podido levantar con toda conciencia (los movimien-&#13;
tos lo prueban) el sólido edificio del arte contemporáneo.&#13;
&#13;
&#13;
 Más allá de la expresión de la naturaleza ( representación de sí &#13;
mismo), el hombre grabó (imitando sus huellas en las arenas); &#13;
y pintó, en los árboles y paredes de sus cavernas (antes de la palabra;&#13;
 antes del pensamiento; cuando obraba nada más que con sus miem­-&#13;
bros; y por instinto) sus manos ensangrentadas, o húmedas de savia &#13;
vegetal; más allá del período de la Caza; en plena recolección de raí-&#13;
­ces y frutos; primero casualmente; por azar; y luego por imitación; &#13;
y después por juego inventivo; como es dado ver aún entre ciertos &#13;
primitivos; p. ej. los esquimales con sus tallas del marfil, en que no &#13;
aparece ningún signo expresivo mágico.&#13;
&#13;
 Así, yendo a más profundas fuentes históricas, podemos hallar &#13;
para el arte contemporáneo, todavía correspondencias más puras. Y &#13;
eso por determinismo. Y no por justificación, cosa que la historia &#13;
desconoce.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 Se ve pues que no puede ser ya la expresión, la que domine el &#13;
espíritu de la composición artística actual; ni mucho menos una re-&#13;
presentación, o mágica, o signo. El lugar ha sido ocupado por la &#13;
INVENCION, por la creación pura.&#13;
&#13;
 En el momento actual, expresionismo, automatismo onírico, etc., &#13;
importan nada más que reacciones y retrocesos. Y deben ser deste-&#13;
­rrados, abolidos.&#13;
&#13;
 El automatismo no dió nunca una criatura viva. Ha dado &#13;
fetos. En buena hora el automatismo para despertar la ima-&#13;
­ginación. Pero inmediatamente recobrarse e incidir sobre él con una &#13;
alta conciencia artística, y cálculos, incluso fríos, pacientemente elabo­-&#13;
rados y aplicados. Automáticamente devendrá ello creación.&#13;
&#13;
&#13;
 Así la invención se hace rigurosa, no en los medios estéticos, &#13;
sino en los fines estéticos. Esto, naturalmente, implica primero la ima-&#13;
­ginación aflorando en todas sus contradicciones; y luego la concien-&#13;
­cia ordenándola y depurándola de toda imagen representativa natu­ra-&#13;
lista (aunque sea de sueños), y de todo símbolo (aunque sea sub-&#13;
­consciente).&#13;
&#13;
 Ni expresión (primitivismo); ni representación (realismo); ni &#13;
simbolismo (decadencia). INVENCION. De cualquier cosa; de cual-&#13;
­quier acción; forma; mito; por mero juego: por mero sentido de crea-&#13;
­ción: eternidad. FUNCION.&#13;
&#13;
ARDÉN QUIN&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Plástica en Madera&#13;
&#13;
RHOD ROTHFUSS&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
DURANTE MUCHO TIEMPO EL CRITE­-&#13;
RIO CON QUE SE HA PROCEDIDO PARA &#13;
DECIDIR CON RESPECTO A LA BUE­-&#13;
NA CONFORMACION DE UN DEDO HA &#13;
SIDO APROXIMADAMENTE EL MISMO &#13;
QUE EL UTIUZADO CON RELACION A &#13;
UNA ESTATUILLA TOTEMICA O UN &#13;
BISTURI. LO QUE HA IMPORTADO &#13;
FUNDAMENTALMENTE HA SIDO EL &#13;
COLOR, TAN LIGADO A LA PSICOLO-&#13;
GIA HUMANA.&#13;
&#13;
NO SE PUEDE AGOTAR EN UNAS PO­-&#13;
CAS LINEAS UN TEMA TAN APASIO­-&#13;
NANTE COMO ESTE. PERO INTENTA-&#13;
­REMOS AL MENOS FIJAR LOS LINEA-&#13;
MIENTOS GENERALES DE NUESTRAS &#13;
IDEAS.&#13;
&#13;
TODO HOMBRE RECONOCE COMO MO­-&#13;
VIL LA GRACIA Y SU ACTITUD ESTA &#13;
DETERMINADA. AL MENOS EN LO&#13;
ESENCIAL, POR EL DESEO DE PERMA-&#13;
NECER DE PIE. POR EJEMPLO: CUAN-&#13;
DO UN GRUPO DE PERSONAS HA ES-&#13;
­TADO DIRIGIENDO CONTINUAMENTE &#13;
SUS MIRADAS HACIA UN CALZADOR Y&#13;
ALGUNOS LADRILLOS ES PORQUE HAN &#13;
COINCIDIDO EN LA MISMA POSICION &#13;
ESTETICA. TAMBIEN PUEDE JUZGARSE &#13;
DE LA SINCERIDAD POR LA ALTURA &#13;
DE LAS PAREDES O POR LA CONVEXI-&#13;
DAD DE UNA COLINA, PERO, EN CUAL-&#13;
QUIER CASO OUE SEA, DEBE TENERSE &#13;
ESPECIALMENTE EN CUENTA EL NOM-&#13;
­BRE DE LA MUCHACHA. DE ESTO SE &#13;
DEDUCE CLARAMENTE QUE TODAS &#13;
LAS PERSONAS Y TODOS LOS INDIVI-&#13;
DUOS QUEDAN ABOLIDOS. OBSERVE-&#13;
­SE, POR EJEMPLO, DE QUE MODO AR-&#13;
DE UN PUENTE CUANDO SE SUSPIRA&#13;
SOBRE EL.&#13;
&#13;
POR OTRA PARTE, NUESTRA MUERTE &#13;
NO EXISTE. Y SE SABE, ADEMAS, OUE &#13;
SOLO LOS CRETINOS PUEDEN HOY &#13;
PRONUNCIAR LA PALABRA YO O DAR &#13;
A ENTENDER QUE LES DUELE ALGO. &#13;
VIAJAR EN TRANVIA NO DA DERECHO &#13;
A PELEARSE LUEGO EN EL ASCENSOR &#13;
CON. . . TUF; POR ELLO ES QUE HOY &#13;
SOLO PUEDE DAR BELLEZA LA IMA­-&#13;
GEN PURA.&#13;
&#13;
LA PREOCUPACION POR UNA SIGNIFI­-&#13;
CACION EXTERIOR A LA IMAGEN EXIS-&#13;
­TIO EN TODAS LAS EPOCAS DE LA &#13;
HISTORIA DEL ARTE. ES DECIR, QUE &#13;
LA IMAGEN NACIA COMO SIGNO DE &#13;
UNA REALIDAD PERSONAL, NATURAL, &#13;
CONCEPTUAL, ETC., PERO NUNCA CO­-&#13;
MO UNA REALIDAD INDEPENDIENTE &#13;
Y AUTONOMA, COMO UNA VERDADE-&#13;
­RA VIVENCIA. LA OBRA DE ARTE NA-&#13;
CIA ASI COMO RE-PRESENTACION, Y &#13;
EL PUBLICO SE HABITUABA A HACER &#13;
DE ESTA CONDICION UN REQUISITO &#13;
FUNDAMENTAL PARA LA CALIFICA-&#13;
CION ESTETICA DE LA OBRA. PERO &#13;
NUNCA UNA OBRA HA VALIDO POR &#13;
SU CAPACIDAD DE ACUERDO CON &#13;
UNA REALIDAD CUALQUIERA, EXTE­-&#13;
RIOR A ELLA, SINO POR SU CAPACIDAD &#13;
DE NOVEDAD, NOVEDAD, VALE DECIR,&#13;
DESPLAZAMIENTO DE VALORES DE &#13;
SENSIBILIDAD EJERCIDO POR UNA &#13;
IMAGEN.&#13;
&#13;
SE VE, ENTONCES, QUE EL VALOR ES­-&#13;
TETICO NO ES INCUMBENCIA DEL &#13;
ACUERDO CON UNA REALIDAD SINO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
DE LA CONDICION DE LA PROPIA IMA-&#13;
­GEN.&#13;
&#13;
EN LAS EPOCAS CRITICAS, QUE ES &#13;
CUANDO SE HAN PRODUCIDO LAS &#13;
GRANDES REVOLUCIONES ESTETICAS, &#13;
EN LOS MOMENTOS EN QUE EL ARTIS-&#13;
­TA EXPERIMENTA CON MAYOR FUER-&#13;
­ZA UN SENTIMIENTO DE DIFERENCIA &#13;
CON RESPECTO AL MEDIO EN TRANS­-&#13;
FORMACION, LO MAS IMPORTANTE Y &#13;
LO MAS FECUNDO PARA EL ES ESA &#13;
REALIDAD DISTINTA QUE ADVIERTE &#13;
EN SI MISMO; DE AHI QUE SE DEDI-&#13;
­QUE A EXPRESAR ESA REALIDAD OUE &#13;
LE PROPORCIONA LO QUE, DESDE EL &#13;
PUNTO DE VISTA DEL ARTE, ES LO&#13;
UNICO QUE INTERESA: UNA IMAGEN &#13;
NUEVA. RIMBAUD, POR EJEMPLO, CON­-&#13;
TINUA CREYENDO QUE LO FUNDA-&#13;
­MENTAL PARA VER CLARO ES HACER-&#13;
­SE VER, MOSTRAR. MAS RECIEN-&#13;
TE­MENTE, EL EXPRESIONISMO HA LO­-&#13;
GRADO TODAVIA OBRAS DE CALIDAD &#13;
CON IMAGENES OUE HAN NACIDO DE &#13;
UN DESEO DE MOSTRAR.&#13;
&#13;
PERO HA LLEGADO UN MOMENTO EN &#13;
OUE TODA IMAGEN RE-PRESENTATI-&#13;
VA ES FORZOSAMENTE UNA REPETI­-&#13;
CION Y, POR CONSECUENCIA, CARECE &#13;
DE TODO VALOR. ASI, LO QUE AYER &#13;
RESULTO FECUNDO Y FUE EN DETER­-&#13;
MINADAS CIRCUNSTANCIAS FACTOR &#13;
DE RENOVACION ESTETICA, HOY ES &#13;
SOLO REACCION.&#13;
&#13;
EL DADAISMO, EL SURREALISMO, EL &#13;
CREACIONISMO, AL DAR IMAGENES PU-&#13;
­RAS SIN PREOCUPACION POR SU &#13;
ACUERDO CON REALIDADES EXTER-&#13;
­NAS, ECHAN LAS BASES PARA LA CON­-&#13;
CEPCION DE LA NUEVA IMAGEN. ESTA &#13;
ES LA IDEA ESTETICA MAS IMPORTAN­-&#13;
TE DEL MOMENTO QUE VIVIMOS.&#13;
&#13;
TODA PREOCUPACION RE-PRESENTA-&#13;
TIVA, TODA VOLUNTAD DE CONVER-&#13;
­TIR A LA OBRA DE ARTE EN UN IN­-&#13;
TERPRETE DE NO IMPORTA OUE REA-&#13;
LIDAD INTERIOR, DE QUE SUTIL, COM­-&#13;
PLEJA Y NUEVA ACTITUD, TODA SIM-&#13;
BOLOGIA POR MUY DIFUSA QUE SEA, &#13;
FALSEA LA IMAGEN Y LA DESPOJA DE &#13;
TODO VALOR ESTETICO. LA NOVEDAD &#13;
NO PUEDE RADICAR HOY MAS QUE &#13;
EN LA IMAGEN-INVENCION. TODO &#13;
REALISMO ES FALSO, TODO SIMBOLIS-&#13;
MO ES FALSO, TODO EXPRESIONISMO &#13;
ES FALSO. TODO ROMANTICISMO ES &#13;
FALSO.&#13;
&#13;
LA IMAGEN-INVENCION ES INTERPRE-&#13;
TE DE LO DESCONOCIDO, ACOSTUM­-&#13;
BRA AL HOMBRE A LA LIBERTAD. EL &#13;
CUENTO Y LA NOVELA LLAMADOS &#13;
FANTASTICOS ESTAN COMPUESTOS &#13;
POR IMAGENES DE RE-PRESENTACION, &#13;
REFERENCIAS A TEMORES COLECTI-&#13;
VOS, A OBJETOS YA EXISTENTES A LOS&#13;
CUALES BUSCAN INTERPRETAR. &#13;
AHI NO HAY IMAGEN NUEVA.&#13;
&#13;
LAS MODAS KAFKISMO, JOYCISMO, ET-&#13;
CETERA, TIENEN UNA SIMBOLOGIA, A &#13;
PESAR DE TODO.&#13;
&#13;
EN EL EXISTENClALISMO MUERTISTA &#13;
NO HAY TAMPOCO NINGUNA PUREZA &#13;
Y ES ABSOLUTAMENTE UNA REPETI­-&#13;
CION.&#13;
&#13;
NADA TAMPOCO CON DALI CUYO AR-&#13;
TE BASADO EN IMAGENES COPIAS DE &#13;
EXPERIENCIAS TERMINADAS IMPORTA &#13;
UNA REACCION.&#13;
&#13;
AL DEFENDER UNA IMAGEN LIBRA-&#13;
­DA DE LA NECESIDAD DE REFERIRSE &#13;
A OBJETOS YA EXISTENTES Y PROYEC­-&#13;
TARLA SOBRE EL PORVENIR, LO DES­-&#13;
CONOCIDO ADQUIERE UN SENTIDO &#13;
NUEVO; NOS VOLVEMOS FAMILIARES &#13;
CON LO MAS LEJANO Y DISTINTO DE &#13;
NOSOTROS. LA MUERTE, IMAGEN DE &#13;
COMPROMISO, LA SUPLANTAMOS CON&#13;
LA CONCEPCION POLIDIMENSIONAL O &#13;
EL SENTIDO DEL ETERNISMO.&#13;
&#13;
BUENOS AIRES, MARZO DE 1944.&#13;
&#13;
EDGAR BAYLEY&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
M. H. VIEIRA DA SILVA&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
UNA MUJER &#13;
BAILA SUS SUEÑOS&#13;
&#13;
Tierra de ritmo aéreo&#13;
Sangre raza escalonada hacia arriba&#13;
Profundidad geológica saliendo a luz en armonía&#13;
Células de antigua carne en nueva etapa&#13;
Tierra tierra para su cielo y traspasar su cielo&#13;
Hasta la negra nada giratoria y la locura del universo&#13;
&#13;
Recuperar el firmamento&#13;
Recuperar la tierra&#13;
Envolver el mundo en ritmos de experiencia&#13;
Aprisionar el éter que se escapa&#13;
Aprisionar el aire&#13;
Con esta carne presurosa&#13;
En olas envolventes sobre el ensueño&#13;
Y la fuga de las estrellas en el momento&#13;
en que iban a contar su historia&#13;
&#13;
Este gran torbellino de fuego originario y fuentes vivas&#13;
Este cuerpo de viento en su horizonte puro&#13;
No cae de su cumbre al drama sin razón precisa&#13;
&#13;
Significa la luz herida gravemente&#13;
La paloma sonámbula&#13;
El árbol que sueña que se está ahogando&#13;
La piedra que rueda y cambia de planeta&#13;
Significa el despertar de las edades&#13;
El camino hacia adentro con sus ejércitos de hormigas&#13;
Que empiezan a cantar para subir de rango&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Con su sangre que se pierde de vista&#13;
Antes de caer la noche&#13;
Con sus entrañas en lo más profundo&#13;
En lo anterior a todo pensamiento y la blancura misma&#13;
Significa hipnotizar los siglos las montañas y los mares&#13;
Llegar en un delirio de veranos entre polo y polo&#13;
Con los ojos pletóricos&#13;
Levantar sus abismos en los brazos&#13;
Y morirse de sol sobre la yerba&#13;
&#13;
Dice el torrente en vértigo de nubes y regiones&#13;
Aquí estoy para el triunfo de las viejas soledades&#13;
De las tumbas remotas que aprenden a volar&#13;
Aquí estoy entre los pueblos respirando&#13;
Sobre arenas calientes que se mueven&#13;
Aquí estoy con la fascinación de las esferas&#13;
En substancia de anhelos perdidos en la noche&#13;
Aquí estoy para atar el día a mis caderas&#13;
Y que la edad de piedra sea la edad de oro&#13;
Espantando las lágrimas que pudieran quemarse&#13;
Arrojando el dolor a sus eclipses solitarios&#13;
&#13;
Aquí estoy como una perla errante en el espacio&#13;
Para tus vendavales infinitos&#13;
Y tu cráter abierto a su primer suspiro&#13;
&#13;
Santiago de Chile&#13;
&#13;
VICENTE HUIDOBRO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
™ &#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 La aclimatación gratuita a las llamadas escuelas no &#13;
rompe con el patrón de los antiguos contemplativos.&#13;
 Es un error creer que toda escuela edificada sobre &#13;
doctrinas y definiciones (las definiciones exactas en su&#13;
inmovilidad no ayudan mucho) subsistirán indefinida-&#13;
mente.&#13;
 Las últimas aportaciones surrealistas y sus voceros &#13;
eliminan toda posibilidad de romper con esa subordina-&#13;
­ción cuando absorben con su exclusivismo esponjoso &#13;
toda nueva manifestación artística.&#13;
 La escuela surrealista define; hay el equilibrio de &#13;
una fuerza diferenciadora que a medida que cristaliza &#13;
las imágenes oníricas hace de ellas una “técnica”. En &#13;
cuanto a su periferia pictórica, el contenido latente del &#13;
pensamiento es bifurcado por la yuxtaposición; lo cual &#13;
automáticamente lo convierte en un valor de depen­-&#13;
dencia (1).&#13;
 F. Delanglade (por ejemplo) movido por su espí­-&#13;
ritu psicoanalítico reivindica la reproducción de los sue­-&#13;
ños en su estado primitivo.&#13;
 Pero este onirismo puro conduciría a una mayor es­-&#13;
tupidez aún, ya que su única fuente sería una constante &#13;
y sistemática evasión, que, analizada caería en una in-&#13;
timidad cerrada, en el enquistamiento de la personali-&#13;
dad; por eso se extiende casi exclusivamente (en su &#13;
forma pura) al arte pictórico.&#13;
 El residuo es sencillo, se hace parasitaria para te-&#13;
­rapéutica y estudio del Psicoanálisis.&#13;
 Resultado: lo consciente e inconsciente, con mucho &#13;
de elemento unificador, perjudican la necesidad sin &#13;
concomitancias de una liberación salvaje y del valor de &#13;
la imagen por sí.&#13;
 Arturo dice la afirmación de la imagen pura sin &#13;
ningún determinismo ni justificación.&#13;
 Si se suprimen las distancias, el Arte será solamen­-&#13;
te tensión, y la imagen pura, vibración estética.&#13;
 Esto no modifica la visión de continuidad, inmer­-&#13;
sión y desplazamiento.&#13;
 Las condiciones que determinan una evolución en &#13;
cada época, son materiales.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 Si existiera la muerte no habría ningún principio. &#13;
 Y toda tendencia a otorgarle un significado vital &#13;
es decadencia y descomposición.&#13;
 Si la abstracción es menos transferible emocional-&#13;
­mente de hombre a hombre no es temática para dar va­-&#13;
lidez a una forma de cobardía e insuficiencia (2).&#13;
 Para verificar toda invención, exploración, que in-&#13;
­tervenga cierta ilegalidad y autonomía confirmando el &#13;
proceso.&#13;
 EL HOMBRE NO HA DE TERMINAR EN LA &#13;
TIERRA.&#13;
 EL ARTE ABSTRACTO englobado como relación &#13;
de un todo, asegurará la ARMONIA DE LO POLIDI-&#13;
MENSIONAL, SIN NECESIDAD DE ADAPTACIO­-&#13;
NES PSIQUICAS.&#13;
&#13;
 (1) El valor de la pintura de Dalí (por ejemplo), está contenido en los &#13;
objetos y en sus significaciones simbólicas a la vez que hay mucha descripción &#13;
entorpecedora...&#13;
 (2) El temor a perderse, la ignorancia, impiden a mucha gente expre-&#13;
­sarse plenamente, lo cual crea una atmósfera de “carne de gallina” al intentar &#13;
el contacto con el subconsciente.&#13;
&#13;
GYULA KÓSICE&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
TRES POEMAS&#13;
&#13;
ESTRENO ESCURRE&#13;
&#13;
El reducto cursa sacabocados. Verifica limaduras mi teatro. Sobre tus faldas. Regreso.&#13;
&#13;
Esto lo comprendo&#13;
No es preciso&#13;
Está bien&#13;
Lo veo&#13;
Así que adelante acero callhermano conceptuando&#13;
La lista está completa y lancha tiniebla&#13;
No se ha visto al displicente soldado de la cámara&#13;
No se ha visto a Marte esta mañana&#13;
El ajetreo no ha experimentado los sinsabores boreales&#13;
Contrincante descansa&#13;
Con el ala chocó la mujer&#13;
Chocó con blandura untuosa y lloró&#13;
Chocaba con flor dios linterna&#13;
La linterna se apagó&#13;
No es preciso&#13;
Hoy&#13;
Hoy es preciso llevarle este bastón barroso&#13;
Barroco&#13;
Hoy discurso hoy poeta hoy un salto&#13;
Hoy yo lo comprendo bien hoyado&#13;
Yo hoyo este día con su noche incluso hasta luego&#13;
Hoyo este aparato miristicáceo&#13;
Muchas gracias se vé muy bien dodecaedro&#13;
Si lo van a empujar sería&#13;
Una aspirina o la libertad&#13;
Libre conferva no estás en buen estado&#13;
Solsticio de verano sobre este pan huía&#13;
Y adentro por cuantos canales rampaba&#13;
Que bien bien bien bien&#13;
Había en la vejiga material de conversación&#13;
Pero el pan migaba y cuic&#13;
Hoy estreno hoy edgar&#13;
Loturcamonudolantianamente&#13;
Bastión tomado por mis tropas saludo&#13;
La libertad mandando los panes adelante&#13;
Telegramas cayendo yo me opongo al nazismo&#13;
Guitarra en bata me roba las botellas de leche&#13;
Celebro la decisión de no usar paracaídas&#13;
Una histérica savia subvierte la lotería&#13;
La eternidad se ha inclinado hacia el perfil del revólver.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Pero&#13;
si eres un pulgar que horada&#13;
lo infinito grandulón que tropieza&#13;
o el simple cabrestante de la puna&#13;
con ganas de dormir&#13;
si eres un lento ojo complicado&#13;
en un viaje sin retorno de la rana&#13;
o abreviatura&#13;
o bioceánico tajo&#13;
o dedicado a mortificar el agua&#13;
si eres una edad y un sido&#13;
con demostraciones estaba y fué&#13;
encuentros escurre una mano este lado&#13;
y bueno así ha de ser&#13;
si eres estreno para las estrellas&#13;
y arrepientes el veloz dirigible vitriolo&#13;
dejas a la tierra librada a su pez.&#13;
&#13;
&#13;
PRIMER POEMA EN CION&#13;
&#13;
Desde la lona estribaba el pala&#13;
Y por eso&#13;
No se había decidido nada&#13;
La muchacha que traía desprendida la imagen&#13;
lisaba el cenicero que servía de planeta&#13;
Eso era todo&#13;
Aunque también es posible&#13;
que la muchacha hubiese tirado el pala&#13;
y la flor&#13;
Sin embargo&#13;
la fenicia versión&#13;
puede&#13;
ser cierta&#13;
Según ella la semana habría vertido&#13;
alguna regla en el armario&#13;
y de esa manera&#13;
se interrumpiera la eclosión&#13;
O el menudo dedo volara&#13;
hasta la Argentina&#13;
y entonces se produjera&#13;
LA IMAGINACION&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
SEGUNDO POEMA EN CION&#13;
&#13;
Está bien podemos ser tristes&#13;
Umumumumumumumumumu &#13;
mumumumumu ERTEMUR &#13;
Detrás de la cortina se ha detenido &#13;
el remanente&#13;
El pez se pone en la tarde como &#13;
si fuera una tarjeta postal &#13;
Y yo que estoy en la semana &#13;
me siento&#13;
por esa razón&#13;
muy triste y escribo:&#13;
lujo de la joroba en la muerta&#13;
Detrás vienen vagones&#13;
Ahora se sabe&#13;
que los vinos enredan los yugos&#13;
que la hierba crece de preferencia&#13;
en el cielo&#13;
y que un bello cuadro&#13;
es una&#13;
EYACULACION&#13;
Pero fundamentalmente&#13;
soy persuadido&#13;
por los colores y los años&#13;
y los mismos cementerios me persuaden&#13;
La persuasión es acaso necesaria&#13;
La voz y el piquete de fusilamiento&#13;
Se ha llegado&#13;
Y los grupos de hombres y mujeres jóvenes&#13;
que disparan entre sueños al paisaje&#13;
Es la nadadora azul en la guerra&#13;
Doblado sobre el mar bajo la ternura&#13;
Vuelven y establecen sobre el tiempo&#13;
Ahora definitivamente ganada la batalla&#13;
Desafío&#13;
Interrogo: ¿es preciso ser persuadido de este hecho?&#13;
Piedras para los inventores&#13;
Solos horadan el porvenir&#13;
Esta máquina reconstruye la luna&#13;
&#13;
Buenos Aires, Marzo 1944.&#13;
&#13;
EDGAR BAYLEY&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
LIDY MALDONADO&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
POEMAS &#13;
&#13;
NOVISIMO ORFEO&#13;
&#13;
Voy adonde la poesía me llama&#13;
&#13;
El amor es mi biografía&#13;
Trazo de fuego&#13;
&#13;
Aves contemporáneas&#13;
Largan de mis hombros&#13;
Llevando recado a los hombres&#13;
&#13;
El mundo alegórico se disipa&#13;
Queda esta substancia de lucha&#13;
De donde se divisa la eternidad&#13;
&#13;
La estrella azul familiar&#13;
Vuelve la espalda se fué&#13;
La Poesía sopla donde quiere.&#13;
&#13;
HOMENAJE A MOZART&#13;
&#13;
Sentado a la sombra de tu monumento aéreo&#13;
Vengo a conversar contigo oh Wolfgang Amadeo!&#13;
&#13;
La noche envuelve las montañas de Salzburg&#13;
Las espadas de los dictadores confabulan en las tinieblas.&#13;
Recogen las flautas los címbalos los violines&#13;
Y embarran el horizonte con los tanques los cañones los paracaídas&#13;
&#13;
Destruyen la cajita de música&#13;
Que alimentó nuestra infancia&#13;
Echan abajo los teatros de marionetas&#13;
Y levantan gigantes de plomo.&#13;
iOh Wolfgang Amadeo conspiran contra el ritmo!&#13;
Construyen las falsas patrias y mutilan la unidad&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
El corazón del universo&#13;
Estalla no puede más&#13;
El peso del Minotauro&#13;
Aplasta el ala de la música.&#13;
&#13;
Sofocan la danza de la mañana primera de la creación&#13;
Sofocan la libertad de danzar y de errar&#13;
&#13;
Fascinado por tu cristal&#13;
Que permanece altivo y simple por encima de la matanza&#13;
Vengo a confesarte mi fidelidad&#13;
Mientras los rayos de los dictadores se abaten sobre Europa&#13;
&#13;
Es de tí que el mundo necesita&#13;
Oh dominador de los elementos y de los instintos.&#13;
Por encima de las bayonetas y los tanques de los tiranos&#13;
Canta pura llama danza Wolfgang Amadeo&#13;
Para que el hombre retorne al paraíso.&#13;
Tu canto es libertad&#13;
Tu nombre es victoria.&#13;
&#13;
&#13;
LA LIBERTAD&#13;
&#13;
Un ramo de nubes&#13;
&#13;
El brazo de una constelación&#13;
Surge entre los encajes del cielo&#13;
&#13;
El espacio se transforma a mi gusto&#13;
Es un navío una ópera una usina&#13;
O sino la remota Persépolis&#13;
&#13;
Admiro el orden de la anarquía eterna&#13;
La nobleza de los elementos&#13;
Y la gran castidad de la Poesía&#13;
&#13;
Dormir en el mar! Dormir en las galeras antiguas!&#13;
&#13;
Sin el grito de los náufragos&#13;
Sin los muertos por los submarinos&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
MOMENTOS PUROS&#13;
&#13;
Beber en la fuente de la mañana&#13;
Beber en la fuente de la música&#13;
&#13;
Estamos frente a una vasta muralla&#13;
De donde las estrellas huyen a todo galope&#13;
&#13;
La ciudad vacía los sueños&#13;
Dos mujeres son dos maniquíes&#13;
En la ventana&#13;
&#13;
Arrojo un brazado de nubes&#13;
En el monumento de la Mujer Anónima&#13;
Vientos fríos vientos blancos&#13;
Telegrafían para Oriente&#13;
&#13;
Beber en la fuente aérea&#13;
&#13;
LA OPERACIÓN PLÁSTICA&#13;
&#13;
Album de crimen denuncia&#13;
María dejó el rastro en la nube&#13;
&#13;
Aletea el pájaro de cuatro hojas&#13;
Gritando traición&#13;
&#13;
El Ente sin color ni nombre&#13;
Graba su color su nombre.&#13;
&#13;
¿A quién telefonear?&#13;
&#13;
Masa de odio&#13;
De intuición&#13;
Me libro de las fajas de vidrio&#13;
Para devorar la Poesía&#13;
&#13;
El viento viene en mis alas&#13;
La tempestad sonríe&#13;
Dejen que duerma Eleonora&#13;
En su cuarto donde crecen girasoles.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
LA VIDA COTIDIANA&#13;
&#13;
Espejo cerrado&#13;
Maniquí de pájaros&#13;
La vida breve&#13;
Te corta los sueños&#13;
&#13;
Cae la ciudad&#13;
De los estantes del cielo&#13;
&#13;
Hombre-gaveta&#13;
Guardó recuerdos&#13;
Guardó naranjas y el semen&#13;
De otros niños-gavetas&#13;
&#13;
Tres sirenas amenazan el mar&#13;
&#13;
Cordelia en el balcón&#13;
Traga nubes&#13;
Escupe jazmines&#13;
&#13;
Río de Janeiro&#13;
&#13;
MURILO MENDES&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Con Respecto a una Futura &#13;
Creación Literaria &#13;
&#13;
 Previamente ¿de qué se trataría ? De abrir las compuertas, de de-&#13;
­jar pasar a todo. A todo, menos a lo sensato. Todo bienvenido en &#13;
nombre de la locura, en nombre de la expresión libre, incontrolada, &#13;
audaz y agresiva.&#13;
&#13;
 Sí, que pase todo lo que se proyecte en el sentido de romper el &#13;
orden lógico. Este debe caer, desaparecer, pues es la mala costumbre &#13;
descriptiva naturalista, que debemos extirpar de nuestro espíritu.&#13;
&#13;
 En este primer momento tenemos que sentirnos libres, sin im­-&#13;
pedimenta alguna, y decirlo todo. Todo, pero tomando directamente, &#13;
no de segunda mano.&#13;
&#13;
 Atrás, el que busque precedentes para justificarse, atrás el que&#13;
tenga abuelos o bisabuelos, atrás el que no sea hijo directo de la &#13;
tierra. Si hay que dar beligerancia a todo, si hay que abrir un cré-&#13;
dito a todo lo que se piense, sienta, y escriba, es bajo estas condiciones.&#13;
&#13;
 Este primer momento es necesario, indispensable. Pero sépase &#13;
que ha de ser provisional. De no pensarse así se iría a la ruina. &#13;
 Afluencia de materia viva, de sentir vivo, personal, auténtico. &#13;
Incursiones a lo desconocido. Osadía. Afirmación de fe en sí mismo. &#13;
Repudio a todo lo aprendido.&#13;
&#13;
 Vi yo tal cosa, y lo digo. Siento tal cosa, y la digo. Y lo digo po­-&#13;
niendo a la misma cosa, pues la cosa ha de estar allí. Y estará junto &#13;
a otra, pero no como en el mundo, sino dentro de un ritmo en el cual &#13;
yo quiero que esté. Y así ya estoy en el segundo momento. En el de &#13;
la construcción.&#13;
&#13;
 Más aún ahora podrá decirse con libertad, más aún ahora podrá &#13;
oponerse lo más heterogéneo, más aún ahora podrá romperse en el &#13;
orden lógico, porque estamos construyendo otro.&#13;
&#13;
 El plano ha cambiado. Ahora nos interesa menos la cosa que la &#13;
estructura en la cual se sitúa. La casa, el sol, el árbol que vemos que &#13;
&#13;
&#13;
&#13;
ahora viven allí de otro modo: como piedras en un muro. Nos in­-&#13;
teresa más el muro que hicimos, la construcción, que no las cosas y &#13;
sucesos tras que andábamos. Y entonces vemos, que lo nuestro pro-&#13;
­pio y la originalidad, están del lado de esa construcción. Ya no más &#13;
las cosas, sino el ritmo en que ahora están, que es la esencialidad de &#13;
la creación poética.&#13;
&#13;
 Este es el plano del Arte. Y la poesía, que no puede ser más que &#13;
una de las manifestaciones de él, como éste lo es del orden universal, &#13;
debe estar en tal plano. Por esto, un poeta o un literato, debe ser un &#13;
constructor armonista, pues el arte es eso: construir dentro de la &#13;
ley armónica.&#13;
&#13;
 Y ahora yo digo: sólo aquel que ha sabido encontrar un ritmo &#13;
nuevo, propio, personal, sólo ése podrá poner lo que sienta y vea, de &#13;
manera también propia. Y aquí no entiendo por ritmo propio, lo que &#13;
pertenece a las leyes constructivas universales, sino a la modalidad &#13;
suya; esto es, la invención, que será su creación, dentro de aquellas&#13;
leyes que tienen que ser de todos. Por esto, un escollo en que puede &#13;
caer y debe evitar, es el trabajar dentro de la influencia, sea de otro &#13;
poeta o de una escuela, y hasta de lo que pueda denominarse moderno. &#13;
Debe proceder de una manera honrada y pura: lo que sienta o vea &#13;
directamente, pero que inmediatamente verá hecho en el plano abs­-&#13;
tracto de su invención constructiva.&#13;
&#13;
 Pues bien: si así procede habrá cortado absolutamente con el na­-&#13;
turalismo descriptivo (antítesis del arte y lugar común del que aún &#13;
no comprendió) para entrar en el plano estético, que es el del arte, &#13;
y por esto de la verdadera creación.&#13;
&#13;
“DIVERTIMENTO”&#13;
&#13;
El gato es el rato de la ratería&#13;
retintín sonoro de la algarabía&#13;
y es guerra&#13;
y es paz.&#13;
Bromitas&#13;
gotitas&#13;
ollitas&#13;
en cada señal.&#13;
Estruendo tremendo&#13;
se agita gigante&#13;
tirante y brutal.&#13;
Y cae el compás.&#13;
Botella ballesta de botillería&#13;
la bellaquería se hace triunfal&#13;
el germen es sangre&#13;
el aire es cristal&#13;
y el vino&#13;
y el tino&#13;
y el grafologismo&#13;
y el duende&#13;
y el pez&#13;
crecen al revés.&#13;
Las luces astrales&#13;
y los avestruces&#13;
son cosas iguales.&#13;
Las cosas iguales me causan pavor.&#13;
Diez dientes&#13;
diez dedos&#13;
las cosas iguales fatales.&#13;
El áspero yeso&#13;
y el barniz espeso&#13;
la brea&#13;
el lacre&#13;
y lacra de alacrán&#13;
son.&#13;
Son de sones.&#13;
Y araña velluda&#13;
redonda patuda&#13;
y el grillo&#13;
y el brillo&#13;
de abrillantamiento&#13;
no son.&#13;
No son&#13;
y son de sones sonoros&#13;
y lloros&#13;
y loros&#13;
que son y no son.&#13;
Son...&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
sonsonete.&#13;
Estribillo gallardo — brillo del sonar&#13;
din — don — la campana&#13;
tin — tan — el reloj.&#13;
Tam tam.&#13;
Voy brillando en firmamento&#13;
tan contento&#13;
tan jovial&#13;
tan animal&#13;
y tan lento&#13;
que siento&#13;
y quiero&#13;
y quiero ver&#13;
y huir&#13;
y decir&#13;
para contradecir.&#13;
Y huyendo&#13;
y gritando&#13;
y acaso saltando de gozo y vergüenza&#13;
veo una esperanza&#13;
veo un caracol&#13;
y apago la luz&#13;
y ya no hace sol.&#13;
Eterno brincar&#13;
y cabrillear&#13;
y decir y contar&#13;
y jamás estar.&#13;
Formas enormes&#13;
bichos escuálidos&#13;
seres extraños&#13;
llanos inmensos.&#13;
Acaso estoy solo.&#13;
Subo...&#13;
El ruido ya cesa.&#13;
Subo....&#13;
El vino no bebo.&#13;
Subo...&#13;
Y subo&#13;
y vengo&#13;
y tengo&#13;
y allá voy!&#13;
Venta de ventana&#13;
Subo...&#13;
Gratos perfumes&#13;
Subo...&#13;
subo súbitamente&#13;
y subo&#13;
subiendo.&#13;
¿Qué es subo?&#13;
Subo saba sibi sini&#13;
sini tini del arroz&#13;
somos dos&#13;
somos tres&#13;
bienvenido el portugués.&#13;
Hace tres días que estoy en Alcoy&#13;
hace tres noches que estudio el violín&#13;
y estando en Alcoy&#13;
y rascando tripa&#13;
me quedo sin fin.&#13;
Bendito violín.&#13;
&#13;
Hollín.&#13;
Hollín hollón&#13;
la eterna canción.&#13;
Los tropeles vienen&#13;
los tropeles van&#13;
tropeles de pieles.&#13;
Toneles.&#13;
A tropeles&#13;
atropellando&#13;
que brutos los hombres.&#13;
Son pez&#13;
son guinda&#13;
en el almirez.&#13;
Almirez blanco&#13;
almirez azul&#13;
estrella y sol a la vez.&#13;
Vela&#13;
bola&#13;
en el teztuz&#13;
de la vaca en cruz.&#13;
Y la ubre lechera&#13;
de la madre vaca.&#13;
Tres en la casa de enfrente&#13;
y otros diez&#13;
en el almirez.&#13;
Peritóneo idóneo&#13;
peristáltico&#13;
multicolor.&#13;
De la cristalería.&#13;
Cristal&#13;
ramal&#13;
pliegue inguinal&#13;
de la psiquiatría.&#13;
Y en día&#13;
y hora sonora&#13;
borrascas imprevistas&#13;
en las aristas vascas&#13;
adquieren nombradía de osadía.&#13;
El odio azul&#13;
del bisexual&#13;
el igual.&#13;
Porque pez no es pez&#13;
ni barniz&#13;
ni tomillo&#13;
ni grillo&#13;
sino brillo de ajimez.&#13;
Los rebordes de las cosas&#13;
y los casos&#13;
los rebordes de los quesos&#13;
y las cosas&#13;
queso cosa quisicosa y mariposa&#13;
y ambrosía de tonada en la enramada&#13;
causan risa.&#13;
Y en la cumbre del alumbre&#13;
y en el beso del cerezo&#13;
y en el verso del cantor&#13;
hay oculto un ruiseñor.&#13;
La ballena estaba llena&#13;
y nadie se preocupó.&#13;
Vizco viene de Vizcaya&#13;
y el hierro del herrador&#13;
el horror viene del miedo&#13;
y la chispa del calor.&#13;
El colibrí, de la antena&#13;
de un barco de pescador&#13;
y el viento viene del agua&#13;
y el hielo del Ecuador.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
El vizco no mira bien.&#13;
Vizco vasco de Vizcaya&#13;
colorado es tu color&#13;
y el color de la vergüenza&#13;
es el color del temblor.&#13;
Bimbo bambo de algodón&#13;
el negro se sube encima&#13;
y orina.&#13;
Libertad divina&#13;
de la creación&#13;
yo te doy las gracias&#13;
por tu rebelión.&#13;
Bambo bembo la carlinga&#13;
me enamora la catinga.&#13;
Catinga&#13;
rombo dorado&#13;
en cielo estrellado.&#13;
Y los áloes&#13;
diestros y aventureros&#13;
se yerguen altaneros&#13;
en los campos sinceros.&#13;
Y el Rhin sueña.&#13;
Sueña en la dina dora&#13;
de la aurora risueña&#13;
cuando el campo colora.&#13;
Borra borrasca de borrasca rosa&#13;
estrepitosa&#13;
en el centro polar.&#13;
Y así fueron desfilando los treinta y tres guardias civiles,&#13;
del Apocalipsis&#13;
apocalípticos.&#13;
Apocalípticos guardias civiles&#13;
elípticos.&#13;
Díptero y antítesis&#13;
electrólisis.&#13;
Vinagre sediento&#13;
y naranja frita&#13;
para Margarita.&#13;
La alcurnia sonora&#13;
cornuda y cornada&#13;
señora barbuda&#13;
y luz apagada&#13;
soñaba...&#13;
Y andaba sonando y llorando.&#13;
El pelícano portugués&#13;
me mira de través.&#13;
No mire así al revés&#13;
pelícano de través&#13;
que hiela al hielo&#13;
y al hilo de hielo&#13;
de hilo y de tilo.&#13;
No me mire más.&#13;
Rechina la risa de risa rechoncha&#13;
el algodón mezcla de pólipo azul&#13;
el engendro agudo&#13;
y el blasfemador&#13;
tocan el tambor.&#13;
Tambor&#13;
frenesí.&#13;
Dorada la entrada&#13;
la cuadra cuadrada&#13;
locura de cura&#13;
con cura se cura.&#13;
Militantes&#13;
degollados&#13;
cruzaban el Sena.&#13;
Iban todos extraviados&#13;
y daban pena.&#13;
Era un rumbo incierto&#13;
bajo la Cruz del Sur.&#13;
Locura con cura se cura.&#13;
Orbicular saliente de maxilar&#13;
epiceno y ambiguo se dan la mano&#13;
se dan el seno&#13;
se dan el sino&#13;
por el camino.&#13;
De vino de vinagrera&#13;
la perrera de los perros&#13;
y la rabia rabiosa de los espárragos&#13;
en la carrera&#13;
de tiempo y de trampa&#13;
trampero.&#13;
Trampero temprano&#13;
del trampolín tremendo.&#13;
Paralepípedo&#13;
y hoyito en la tierra&#13;
requetechiquito.&#13;
Cayó una bolita&#13;
requetechiquita.&#13;
Un pájaro miró&#13;
y sonrió.&#13;
Chascarrillo cogibambo&#13;
que te vas tambaleando&#13;
y el frutero ceji-junto&#13;
con el sartén por el cabo&#13;
hacen un bello conjunto.&#13;
Conjunto&#13;
conjuntivitis&#13;
de otitis.&#13;
Paragua de agua&#13;
de lluvia y arañas&#13;
de caña y cañizal&#13;
en el arenal.&#13;
Arenal blanco&#13;
arenal gris&#13;
gris y plata&#13;
pilotís.&#13;
Granja de granjeria y de granjero&#13;
poeta extranjero&#13;
gárgara de gárgola&#13;
gongorismo y cubismo&#13;
encefalismo&#13;
ismo.&#13;
Las luces astrales&#13;
y los avestruces&#13;
son cosas iguales.&#13;
Las cosas iguales me causan pavor.&#13;
El poeta sonríe&#13;
con compasión&#13;
al oír lo estúpido&#13;
de mi canción.&#13;
¡Pobre poeta...!&#13;
Poeta ringo&#13;
poeta tango&#13;
ringo rango.&#13;
Rengo de renguear y de rengífero&#13;
regenerar.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Regenerar la poesía&#13;
el poeta,&#13;
Poeta anémico&#13;
paseísta&#13;
figurista.&#13;
Poeta claro de luna&#13;
clara de huevo&#13;
clara de clarín.&#13;
Y el clarinete&#13;
de machete&#13;
erróneo.&#13;
Erróneo e infecundo&#13;
poeta iracundo.&#13;
Poeta bilingüe&#13;
estratósfera&#13;
pantera…&#13;
Y lirios endomingados para el poeta.&#13;
Marrón de la marronería&#13;
marronazo&#13;
marrón&#13;
marro hierro&#13;
hierro marrón&#13;
chispa de rojo marrón de fuego&#13;
del herrero de la herradura caballar&#13;
caballería de los caballos&#13;
de los soldados de caballería&#13;
de los cuarteles acuartelados por el acuartelamiento de los soldados&#13;
a sueldo de soldadura&#13;
soldada&#13;
dura&#13;
de través&#13;
de los travesaños&#13;
de los años de través&#13;
de los bes cabes&#13;
cavando.&#13;
Y va y viene y va&#13;
y ritmo y costura&#13;
de coste y contextura espacial&#13;
de espacio&#13;
y despacio de nubarrón&#13;
de nube&#13;
de negro y de claro&#13;
y de gota&#13;
y tac tac&#13;
y rayas miles&#13;
cielo rayado&#13;
rayador&#13;
y el rayo&#13;
ángulos cabalgando&#13;
ruido&#13;
ruido y retumbo de retumbar profundo&#13;
y hondo profundo y alto&#13;
picacho&#13;
pichahito&#13;
río risa risa de rosal rosado&#13;
frescamente&#13;
simple contumacia del masticar&#13;
de mandíbula masticadora de gusto&#13;
cruje hueso&#13;
visagra de masticación mandibular metabólica&#13;
por el metabolismo de los méritos de la me­ritación evangélica&#13;
de la cúspide membranosa tridimensional...&#13;
Y el otro respondió:&#13;
El drama es dramático&#13;
por la dramatización de las cualidades opacas de la opacidad&#13;
por la elaboración metafísica de la física fisical&#13;
de fisiquismo&#13;
de benoplástia errática&#13;
de hedonismo&#13;
de corrientes alternas. . .&#13;
De acuerdo:&#13;
Más teniendo en cuenta&#13;
el diapasón de la eurítmia eurítmica&#13;
micabilística y perniciosa&#13;
existencia es paz&#13;
existencia es cuerda&#13;
y siete&#13;
y diez y siete&#13;
Constante y contundente&#13;
pega&#13;
y dá por tres&#13;
y por ocho ...&#13;
¿Y entonces. . . ?&#13;
Su irritabilidad numérica me asombra&#13;
pero&#13;
constante y operante&#13;
debe ser secante y contundente&#13;
por oposición eurítmica de accidente.&#13;
Y entonces&#13;
el verso&#13;
¿dónde está?&#13;
¿dónde está el verso verde?&#13;
¿ese casto verde de expresión hendida&#13;
henchida&#13;
visualidad estenoplástica&#13;
etérea&#13;
cuerda glacial?&#13;
Está bien, pero contra esa yo opongo esta otra:&#13;
Bloque cerrado&#13;
en término apretado&#13;
mácula abigarrada&#13;
diablo azul&#13;
canción azucarada&#13;
son canciones de grises y de peces&#13;
en nieve bien templada.&#13;
Enigma incuestionable&#13;
pétrea superficie&#13;
benigno can:&#13;
tengamos el concepto&#13;
el pecho&#13;
el trueno&#13;
del formidable plan.&#13;
Divina melodía&#13;
Azul celeste y viento de ambrosía.&#13;
Espacio abierto&#13;
lagarto tremebundo y mal formado&#13;
la llama del desierto&#13;
son nada en el terreno medieval.&#13;
Del buque que venía&#13;
del aire que se iba&#13;
de la ola&#13;
del pez&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
de las tachuelas y viento que se hada&#13;
de eso se reia.&#13;
Pero el golpe del agua persistía&#13;
y era un contradecir.&#13;
Pasto verde&#13;
y conserva&#13;
conserva verde.&#13;
Tierra y terrón&#13;
de embrión.&#13;
Y de cataclismo ardiente&#13;
y canicular&#13;
de can.&#13;
Y canecillos&#13;
venita.&#13;
Baraúnda gris.&#13;
Bermejo&#13;
estridencia incolora&#13;
de astilla&#13;
y de silla&#13;
y de polilla&#13;
y de quilla&#13;
y de quincalla.&#13;
&#13;
¡Calla...!&#13;
Y calle&#13;
y avenida.&#13;
Avenida vienen&#13;
y son tres&#13;
al revés.&#13;
AI revés de los diez.&#13;
Gotera de gótico&#13;
goteando&#13;
glótis glótíco&#13;
glu glu&#13;
rinoceronte.&#13;
Rinoceronte glotón.&#13;
Glotón de glotonería&#13;
estafermo.&#13;
Fermo firmo&#13;
firmaría&#13;
firmemente y con audacia&#13;
la desgracia está en firmar&#13;
y afirmar&#13;
y decir&#13;
y no tener que admirar.&#13;
&#13;
"DIVERTIMENTO”&#13;
II&#13;
&#13;
El juez&#13;
al revés.&#13;
Juez barbudo&#13;
barbudo imberbe.&#13;
&#13;
Barba viene de barbero&#13;
barbero de barbecho&#13;
de bárbaro y de hecho&#13;
hecho de derecho.&#13;
&#13;
Y en derechura&#13;
de barba y hechura&#13;
de la barbería.&#13;
El peluquero&#13;
de peluquería&#13;
se pela la barba&#13;
con melancolía.&#13;
&#13;
Se afeita&#13;
afeitar&#13;
rapar&#13;
aceitar y perfumar&#13;
lavar y enjugar&#13;
oficio de barbero&#13;
por dinero.&#13;
&#13;
Dinero de barbero&#13;
buen dinero.&#13;
&#13;
Dinero contante&#13;
sonante&#13;
en papel moneda&#13;
resonante.&#13;
&#13;
Resonante&#13;
de son&#13;
de sonido&#13;
de sonido sordo&#13;
de papel moneda.&#13;
&#13;
Sonido sordo&#13;
sonido de dinero&#13;
nominal&#13;
fantasmagonal&#13;
cuadrangular y esférico&#13;
moneda.&#13;
&#13;
Moneda monada&#13;
(ponga cualquier cosa)&#13;
“la pierna quebrada".&#13;
&#13;
(Está mal&#13;
demasiado descriptivo&#13;
demasiado normal).&#13;
&#13;
Eso veo.&#13;
¡Ah...!&#13;
¡Las letras!&#13;
&#13;
A B C&#13;
C H D&#13;
¡Basta!&#13;
&#13;
Rima&#13;
rima que rima&#13;
rima con harina&#13;
y no rima&#13;
ni rimará&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
ni podrá rimar&#13;
ni rimó&#13;
ni rimaría&#13;
con pipa o tabaco&#13;
de tabaquería&#13;
porque es bobería&#13;
y tal necedad&#13;
por necesidad&#13;
debe ser nefasta&#13;
nefasta y caliente&#13;
cono llama ardiente&#13;
brillante y sensual&#13;
como un animal&#13;
pertinaz y dura&#13;
como la locura&#13;
y vieja y sencilla&#13;
como la polilla.&#13;
&#13;
Pero. . . (¿te paras un poco?)&#13;
mejor es callar&#13;
que disparatar&#13;
reir que morir&#13;
dormir que velar&#13;
cobrar que pagar&#13;
danzar que llorar&#13;
comer y beber&#13;
y holgar&#13;
que trabajar.&#13;
&#13;
Trabajar de trabajo&#13;
trabajar al trabajo&#13;
(hacerle trabajar)&#13;
trabajar bajo&#13;
con traba y bajar&#13;
de bajar trabando&#13;
al trabajador&#13;
de trabajería&#13;
de los trabajeros&#13;
por los agujeros&#13;
y perforaciones&#13;
de algunas cuestiones&#13;
de ferretería&#13;
de alta jerarquía&#13;
que están en vigencia&#13;
por su alta prudencia&#13;
más que es tan trivial&#13;
como un general.&#13;
&#13;
General de Generalife&#13;
alife.&#13;
&#13;
Generalato&#13;
de pato.&#13;
&#13;
Pato&#13;
de patear&#13;
patear de patoso&#13;
patoso de oso&#13;
oso de osa&#13;
mozo de moza&#13;
coso de cosa&#13;
casa de saca&#13;
saca de vaca&#13;
conejo de nejo y de cojo&#13;
y cojo de enojo.&#13;
&#13;
Y así las cosas&#13;
van con casas&#13;
y las casas&#13;
con las cosas.&#13;
&#13;
Y es lógico y natural&#13;
que así sea&#13;
y no sea&#13;
porque es igual.&#13;
&#13;
Igual&#13;
por lo descabellado&#13;
y desigual.&#13;
&#13;
Igual...&#13;
¿qué será "igual”?&#13;
&#13;
Enigma insondable&#13;
triangular y opaco&#13;
espantable.&#13;
&#13;
¡Arcano!&#13;
de arco y de cano&#13;
llano como la mano.&#13;
&#13;
Languidez suprema&#13;
dulce como la crema&#13;
suave y pontificia&#13;
como una caricia.&#13;
&#13;
¡Oh...qué delicia!&#13;
¡Qué pontificia!&#13;
¡Qué dulce la crema suprema de leche y avena!&#13;
Filántropo.&#13;
&#13;
Aquí me paro&#13;
es raro&#13;
no lo es&#13;
al revés&#13;
es claro&#13;
clarísimo&#13;
con claridad sonora&#13;
como la aurora&#13;
clara y transparente&#13;
como una fuente&#13;
pues si me paro&#13;
y es verdad cierta&#13;
¡alerta!&#13;
alerta estoy&#13;
y no me voy&#13;
pero me paro&#13;
y no es raro&#13;
no lo es&#13;
ni al revés&#13;
porque es clarísimo&#13;
con claridad sonora&#13;
como la aurora&#13;
y transparente&#13;
(ya lo dije)&#13;
como el agua de una fuente.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Ahora&#13;
hipocresía rima con filantropía.&#13;
&#13;
Cosa casual. . .&#13;
pero es igual.&#13;
&#13;
Lo mismo que flor y olor&#13;
tambor y dolor&#13;
alarido y marido&#13;
perejil y ferrocarril&#13;
gallina y cocina&#13;
y barba y barbero&#13;
como dije primero.&#13;
&#13;
Y el juez al revés&#13;
el juez barbudo imberbe&#13;
cosas que son y no son.&#13;
&#13;
Acicate viene de tomate&#13;
y tomate de remate&#13;
así como escobar de barrer&#13;
y corrido de correr.&#13;
&#13;
Estoy corrido...&#13;
¿Qué dirá el poeta?&#13;
&#13;
Montevideo, Nov. 1937, Oct. 1943.&#13;
&#13;
J. TORRES - GARCÍA&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
PEGASO&#13;
COME HIERBA EN EL CAOS&#13;
(FRAGMENTO)&#13;
&#13;
la noche amanece en el pensamiento de su fábula&#13;
cuando pegaso se suelta de su instinto&#13;
se desboca en el espacio&#13;
dispara en los sitios anhelantes de la luz&#13;
pegaso esa sombra de leyenda&#13;
sombra terrestre&#13;
pasa en sentido de viento&#13;
el viento de su forma&#13;
atrae los flancos de la tierra&#13;
&#13;
en el tiempo hay un mar&#13;
en el espacio hay un mar&#13;
en el tiempo hay una pradera&#13;
en el espacio hay una pradera&#13;
los seres están en orden en el universo&#13;
pegaso cruza las cabezas para abajo&#13;
de los pacíficos de jacintos&#13;
hay furia en el espacio&#13;
geometrías ocultas se alborozan&#13;
las geometrías cobran júbilo&#13;
estridencia de los cascos de pegaso&#13;
una cota de malla de la noche&#13;
defensa para el sistema de los astros&#13;
un oído absoluto para los vacíos&#13;
aun excede el movimiento de su vuelo&#13;
sobre batallas abstractas&#13;
pegaso es llevado por su impulso de dínamos aéreos&#13;
caballo sin muerte&#13;
de duración azul&#13;
su estadía de universo&#13;
ha conseguido elevarse&#13;
y un ser que retrasa&#13;
a medida que necesita su deseo&#13;
para sorber agua&#13;
corcel que retarda la presencia de la muerte&#13;
la leyenda perseo bálser leñador marino&#13;
un día que baja a los bosques del mar&#13;
se encuentra con un monstruo horrendo&#13;
de cabellera de serpientes&#13;
que viene a robar sus islas&#13;
con su Hacha mecánica el buzo cercena la medusa&#13;
el óxido del pez posee reminiscencias,&#13;
suspendidas en el agua&#13;
una mano traza un caballo con alas&#13;
que salva las barreras del océano&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
cuando el Caballo nace&#13;
y su cuerpo conoce las aguas&#13;
ya puede ver el sentimiento de su forma&#13;
en las vueltas de sus crines&#13;
qué espacio es límite&#13;
con alas de acero&#13;
qué tiempo es límite&#13;
pegaso todo lo admira que siente salir en la luz&#13;
se empina fuera de las algas&#13;
desde la antigüedad recoge sus crines&#13;
las siembra extiende la altura del egeo&#13;
pisa universo de relojes&#13;
en día de lluvias&#13;
pisa imanes sobre el fuego&#13;
en noche de solsticios&#13;
atraviesa una espada de filo aéreo&#13;
contra el unicornio que le sonríe ganando la llanura&#13;
deshace la figura de una cosa&#13;
el unicornio aplasta la flor silvestre&#13;
que ninguna bestia lo hace&#13;
&#13;
el unicornio se echa de ver entre hierbas de lluvia&#13;
hierbas que fluyen los países al&#13;
sol fuera&#13;
en las manzardas&#13;
en el exterior del día de los árboles&#13;
que pueblan los prados del atlas&#13;
al costado del sol&#13;
muerde el árbol del tiempo el alerce&#13;
da frutas alaercitas&#13;
el grifo que alza el polvo&#13;
o separa el fuego&#13;
cae en un océano de mercurio&#13;
Nado en el aire de las noches&#13;
hace su movimiento de cerca&#13;
sube peldaños&#13;
de otro&#13;
orden&#13;
de universos&#13;
que es lo que pegaso atraviesa&#13;
galaxias en bandada de novas&#13;
los mundos se abren cuando su hambre de frente fresca&#13;
muestra la resolución de su boca&#13;
el almuerzo del animal&#13;
es verde lo que acaece&#13;
durante un paseo en las nubes&#13;
el relámpago de la maniobra de pegaso&#13;
vence a las estrellas&#13;
se traslada del mediterráneo al atlántico&#13;
otra orilla marina&#13;
las lunas atlánticas&#13;
que lo observen&#13;
él se hunde&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
antes que se puedan ver las estaciones leños&#13;
de hélice&#13;
plantaciones de bosques encendidos en el norte&#13;
en menos del tiempo se sumerge&#13;
crea a veces ja&#13;
el gulf stream&#13;
sale radiante después del sueño hacia el último árbol que existe&#13;
&#13;
se le da para que abreve entre las constelaciones&#13;
máquina sus motores en el comienzo de los cielos&#13;
otra vez pegaso&#13;
sin inmiscuirse con la eternidad&#13;
conoce los números del oro&#13;
otra vez lo conduce un anciano a otro lado de algo&#13;
otras cuando entra en una calle&#13;
y el agua que sueña&#13;
el cántaro se desborda&#13;
pasa un viento de éter&#13;
&#13;
caballo de los éteres&#13;
no es menor tu silencio. Ni es menor&#13;
la niña equina de los ojos de Pegaso&#13;
nada es tan alegre en el universo para medir la altura!&#13;
pegaso duermes&#13;
nace el horizonte&#13;
y pegaso, galopa en profundidades&#13;
vértigos retirados&#13;
con un ojo que mira desde el único instante del universo&#13;
&#13;
así pegaso&#13;
nadando en el perfume de los mundos&#13;
en su geometría del comienzo&#13;
en corto instante se pierde de vista&#13;
en el cielo es una magallánica y sus albas&#13;
y ahora que se establece pegaso ordena&#13;
aquello que falta&#13;
devora su hierba pace&#13;
una honda medida de la nada&#13;
en el fondo del campo hay un agua para los animales&#13;
al lado del manantial está un hombre mudo&#13;
el espejo atrae su equilibrio&#13;
después de su cena el caballo se dirigirá hacia allí&#13;
abrevará turbará el agua,&#13;
y habrá que lamentar el lugar de permanencia&#13;
pegaso se ve en eternidades que fluyen&#13;
de este modo es una violencia de rostros&#13;
detrás del agua o al borde de la resistencia del narciso&#13;
los hombres se detienen en las curvas de su sangre&#13;
hacen el silencio de sus fugas de jinetes&#13;
las cosas se detienen.&#13;
y en sus redes&#13;
los reinos&#13;
están prontos&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
y remolino veloz como es el hoyo de los ciclos&#13;
desequilibra el infinito sobre los ojos de las tumbas&#13;
Se pierde la memoria que yo existo&#13;
los termómetros logran bajar de azogues desde el Tiempo&#13;
piafa, apoya las manos encima de equinoccios&#13;
Noche de sal&#13;
sombra de luz&#13;
medalla en cuyo reverso pegaso se estaciona&#13;
en el anverso ha dejado con la pradera de su cuerpo&#13;
y que pegaso funde en la usina de sus hierros&#13;
superficie de su esencia&#13;
pegaso pasó bajo el insomnio de los mundos&#13;
&#13;
He pasado bajo la ira de los mundos&#13;
&#13;
ARDÉN QUIN&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Transmisión de Tierra&#13;
&#13;
Un hombre negro espera el sol&#13;
Un límite en las piedras encontradas&#13;
Empieza el aire&#13;
Se descubre la respiración&#13;
Los animales se mueven&#13;
Tienen la muerte donde acaba el hambre&#13;
El hueco de la vivienda no pesa sobre el tiempo&#13;
Del bosque&#13;
El suelo hace el horizonte&#13;
Cuando se caen las estrellas&#13;
Se va en la oscuridad el rastro del cansancio&#13;
Los peces no saben de otros climas&#13;
La huella que hace el agua&#13;
No alcanza la mirada de la mujer&#13;
Crece la montaña sin estacas&#13;
El fuego es durable como la sal&#13;
En el árbol&#13;
La luz es semilla&#13;
Las hormigas terminan de caminar&#13;
&#13;
Un masajista altera la perseverancia&#13;
Del leñador&#13;
Y la elaboración del viento&#13;
Los hangares alojan las vacaciones de la máquina&#13;
Se cultiva un rascacielo&#13;
Con el tema de las ruinas de la piscina&#13;
La revelación del cemento establece la dimensión&#13;
Del panorama&#13;
Orugas en la resistencia del petróleo&#13;
Propagan la visibilidad del helicóptero&#13;
El ejemplo en la solución de los cohetes&#13;
Secunda la velocidad del telescopio&#13;
Etapa avenida del termómetro&#13;
Teclas en la utilidad de la vacuna&#13;
El huésped de vitamina&#13;
La inundación de metal&#13;
Dirigida a la ventaja de los niños&#13;
Qué sucede testamento de la niebla&#13;
En el decreto de las zonas atléticas&#13;
Atención escalas en las ondas.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Tiempo de un Kilómetro de Horizonte&#13;
&#13;
Condensan a propósito&#13;
la resistencia de pañuelos de metal&#13;
está desatado en la jaula el origen de la ceniza&#13;
está en la doblez del cielo arrodillado&#13;
una distancia del suelo a la frente&#13;
una distancia de una valija&#13;
de ojos revisados en la despedida&#13;
se ve fácilmente un calendario sonámbulo&#13;
que radiografía el depósito de permanencia en la noche&#13;
del cadáver de 1 KILOMETRO DE HORIZONTE.&#13;
&#13;
Una vez más&#13;
al otro lado del meridiano&#13;
microbios en marcha forzada deciden la púa del bronce.&#13;
&#13;
Densidad del Paisaje Abandonado&#13;
&#13;
Más aún&#13;
Arco diferente reemplazo de las partes&#13;
El Espacio un pequeño espacio&#13;
Del sáfico alcafón&#13;
Equinos rodaje del gesto no&#13;
Se está dispuesto&#13;
Educación inicia atravesado por la costa&#13;
Dirige horda qué dirección&#13;
“Clase de mapas y límites” (descriptiva)&#13;
Jeroglífico ontogenia&#13;
Algunos peldaños&#13;
Captura al nivel del juicio&#13;
Inmensa cercanía civilizada&#13;
Gratis&#13;
No contestan geografía tierna&#13;
Estadística dispersión&#13;
Que recompensa el objetivo&#13;
No hay duda es considerable&#13;
La indiferencia vigor biográfico&#13;
Grado ensaya homenaje&#13;
cadenitas.&#13;
Promedio retención exposición durable&#13;
Latitud 0’08791&#13;
&#13;
GYULA KÓSlCE&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
EL MARCO:&#13;
UN PROBLEMA DE PLÁSTICA ACTUAL&#13;
&#13;
 Motivada por la revolución bur­gue-&#13;
sa del 79 en Francia, una fuer-&#13;
te corriente naturalista invade las&#13;
artes, especialmente la pintura, a &#13;
la que por largos años relegará a &#13;
una condición de máquina foto­-&#13;
gráfica.&#13;
&#13;
 Será necesario que surja un &#13;
Cézanne, en el panorama plástico, &#13;
con un concepto tan pictórico que &#13;
le permitió decir: “He descubierto &#13;
que el sol es una cosa que no se &#13;
puede reproducir, pero que se pue-&#13;
­de representar”; o un Gauguin que &#13;
escribió: “El arte primitivo pro-&#13;
cede del espíritu y amplía la na-&#13;
­turaleza. El arte que se hace lla­-&#13;
mar refinado, procede de la sensualidad y sirve a la naturaleza. La &#13;
naturaleza es la servidora del primero y el amo del segundo. Convir-&#13;
­tiéndolo en su servidor, haciéndose adorar por el artista, lo envilece. &#13;
Así es como hemos caído en el abominable error del naturalismo que &#13;
comenzó con los griegos de Péricles...” ( 1 ), para que, lentamente, la&#13;
pintura vuelva a sus viejas leyes, por tanto tiempo olvidadas.&#13;
 Esto se concretará en 1907 ( 2 ), con la aparición del cubismo, con &#13;
el cual cobrarán nuevamente todo su valor en la creación del cuadro, &#13;
las leyes de proporción, de colorido, la composición, y todo lo rela­-&#13;
tivo a técnica.&#13;
 El cubismo será definido sucintamente por Guillaume Apollinai-&#13;
re en “Le Temps” del 14 de octubre de 1914, refiriéndose al “As-&#13;
pecto geométrico de esas pinturas, donde los artistas habían querido &#13;
restituir, con una gran pureza, la realidad esencial”. Y será este de-&#13;
­seo de expresar la realidad de las cosas, lo que llevará la pintura a&#13;
una plástica cada vez más abstracta, pasando por el futurismo, hasta &#13;
culminar en las últimas épocas del cubismo, no-objetivismo, neo-plas-&#13;
ticismo y también, en su modo abstracto, el constructivismo.&#13;
&#13;
( 1 ) Paul Gauguin. — Notes Éparses.&#13;
( 2 ) Dado por Guillermo Janneau en ART CUBISTE.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
 En este momento, cuando más lejos &#13;
parece que está el artista de la natu-&#13;
ra­leza, Vicente Huidobro dirá: “Nunca&#13;
el hombre ha estado más cerca de la na­-&#13;
turaleza, que ahora que no trata de imi-&#13;
­tarla en sus apariencias, sino haciendo &#13;
como ella, imitándola en lo profundo de &#13;
sus leyes constructivas, en la realiza-&#13;
­ción de un todo dentro del mecanismo &#13;
de la producción de formas nuevas.”&#13;
 Pero, mientras se solucionaba el pro­-&#13;
blema de la creación plástica, pura, la &#13;
misma solución (por un principio dia­-&#13;
léctico inquebrantable) creaba otro, que &#13;
se siente menos en el neoplasticismo y &#13;
en el constructivismo, por su composi­-&#13;
ción ortogonal, que en el cubismo o en &#13;
el no-objetivismo, y fué: el marco.&#13;
 El cubismo y el no objetivismo, por &#13;
sus composiciones basadas, ya en rit­-&#13;
mos de líneas oblicuas, ya en figuras&#13;
triangulares o poligonales, se crearon a &#13;
sí mismos el problema de que un marco &#13;
rectangular, cortaba el desarrollo plás­-&#13;
tico del tema. E l cuadro, inevitable­-&#13;
mente, quedaba reducido a un frag-&#13;
mento.&#13;
 Pronto se intuye ésto. Y los cuadros &#13;
muestran las soluciones buscadas. Por &#13;
ejemplo MAN RAY, LÉGER, BRA-&#13;
QUE y más cerca nuestro, el cubista de &#13;
otoño Pettoruti, entre otros, componen &#13;
algunas de sus obras en círculos, elipses&#13;
o polígonos, que inscriben en el cuadri-&#13;
longo del marco. Pero esto no es tampo­-&#13;
co una solución. Porque, precisamente es &#13;
lo regular de esas figuras, el contorno &#13;
ininterrumpido, simétrico, lo que domi­-&#13;
na la composición, cortándola.&#13;
 Es por esto que la generalidad de &#13;
esos cuadros siguieron en aquel concep-&#13;
­to de ventana de los cuadros naturalis-&#13;
­tas, dándonos una parte del tema pero &#13;
no la totalidad de él. Una pintura con un &#13;
marco regular hace presentir una conti­-&#13;
nuidad del tema, que sólo desaparece, &#13;
cuando el marco está rigurosamente es­-&#13;
tructurado de acuerdo a la composición &#13;
de la pintura.&#13;
 Vale decir, cuando se hace jugar al &#13;
borde de la tela, un papel activo en la &#13;
creación plástica. Papel que debe tener­-&#13;
lo siempre. Una pintura debe ser algo &#13;
que empiece y termine en ella misma. &#13;
Sin solución de continuidad.&#13;
&#13;
RHOD ROTHFUSS&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
Ninguna Expresión &#13;
Representación &#13;
Significación&#13;
&#13;
El hombre conquistará el espacio &#13;
multidimensional.&#13;
&#13;
Júbilo. Negación de toda melancolía. &#13;
Voluntad Constructiva. Comunión. &#13;
Poesía del contrato social.&#13;
&#13;
&#13;
&#13;
44 Verano</text>
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          <name>Dublin Core</name>
          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                <text>Arden Quin, Carmelo&#13;
Bayley, Edgar&#13;
Kosice, Gyula&#13;
Torres García, Joaquín&#13;
Rothfuss, Rhod&#13;
Huidobro, Vicente&#13;
Mendes, Murilo&#13;
Maldonado, Tomás&#13;
Vieira da Silva&#13;
Torres, Augusto&#13;
Prati, Lidy</text>
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                <text>La transcripción de los textos de esta publicación se hizo respetando la estructura original del texto y los errores de tipeo. En los casos en los que no fue posible identificar la palabra por errores de impresión, se utilizaron los corchetes para indicar la interpretación.</text>
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            <name>Relation</name>
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                <text>García, M. A., Naón, R. (2018). Edición facsimilar de la revista Arturo: Ensayos y traducciones. Buenos Aires : Fundación Espigas. &lt;a href="http://publicaciones.espigas.org.ar/index.php/espigas/catalog/book/9" target="_blank"&gt;http://publicaciones.espigas.org.ar/index.php/espigas/catalog/book/9&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rossi, M. C. (2018). La revista Arturo en su tiempo inaugural. Buenos Aires : Fundación Espigas. &lt;a href="http://publicaciones.espigas.org.ar/index.php/espigas/catalog/book/36" target="_blank"&gt;http://publicaciones.espigas.org.ar/index.php/espigas/catalog/book/36&lt;/a&gt;</text>
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